Aníbal

Biografía

Busto de Aníbal
Busto de Aníbal Barca.

General cartaginés 247-183 a. de C. Entre los grandes capitanes de la antigüedad clásica, el nombre de Aníbal destaca con vivos fulgores. Alejandro fue un caudillo afortunado, que tenía a su disposición un ejército superior en disciplina, táctica y espíritu combativo al del rey de los persas; César, un guerrero inteligente, audaz y maniobrero; pero Aníbal fue el gran estratega, el creador de un arte militar que se ha ido perpetuando en el transcurso de la Historia, el genial improvisador de maniobras de ataque a las que han procurado adaptarse los generales de todas las épocas.

El nombre de Cannas, indisolublemente vinculado al suyo, bastaría para acreditarlo de militar excepcional, si no fuera la serie de operaciones maestras que forman una aureola radiante alrededor de su persona. Por esta causa se ha podido escribir que el solo Aníbal, que no los más poderosos ejércitos, fue capaz de hacer temblar la poderosa Roma y de modificar, en una racha de inspiración bélica, la suerte y el destino de los pueblos mediterráneos.

Aníbal era hijo de otro distinguido general, Amílcar Barca. Heredero de las virtudes de los Bárquidas, así como de sus defectos, recogió desde su niñez el inflamado espíritu de su familia en pugna contra la sumisión de Cartago a Roma. Es por esta causa que la tradición nos lo presenta jurando odio eterno a los romanos desde su más tierna infancia. Pudo no existir ese juramento, pero el hecho cierto es que interpreta cabalmente la posición histórica de Aníbal.

Toda su vida es una lucha a fondo contra la victoriosa ciudad del Tíber, un esfuerzo titánico para levantar una barrera a su expansión y a su imperialismo, tanto en Occidente como en Oriente.

Desde este punto de vista, su figura se agiganta y adquiere matices épicos. Porque es él, con la única potencia de su persona, quien acomete la intrépida —y trágica— aventura de frenar la marcha triunfante del coloso de la Historia.

Había pasado a España cuando contaba nueve años y había asistido a la paulatina creación del imperio cartaginés en la Península, con sus triunfos y sus reveses. Se dice que asistió a la batalla de Helice, en que pereció el progenitor de sus días (229?).

Luego, durante el gobierno de su cuñado Asdrúbal, permaneció en España colaborando en la política de sumisión de los iberos al poder púnico. En el transcurso de aquellas luchas, y también en las relaciones amistosas que los cartagineses entablaron con los indígenas, el joven Aníbal pudo percatarse de la bondad del guerrero ibero. En él cabía buscar el elemento guerrero capaz de dar una dura réplica a las legiones romanas, al soldado que coronaría los planes de desquite de los Bárquidas.

Quizá en la confianza que despertaron en Aníbal el valor y la combatividad del ibero, es posible hallar el origen de la brusca ofensiva que desató este caudillo contra Roma, forzando las etapas del plan bárquida: elaboración de un imperio continental cartaginés para disputar de nuevo a Roma el dominio en el Mediterráneo occidental.

En 221, cuando Asdrúbal murió asesinado por un celta o un esclavo, Aníbal fue elegido por el ejército para sustituirle en el mando de la Hispania púnica. La metrópoli confirmó la decisión de las tropas provinciales. Tenía entonces unos 25 años, y su persona rebosaba energías y vigor tanto físico como intelectual.

Después de unas operaciones contra los olcades y los vacceos, que aseguraron el dominio cartaginés en la Submeseta inferior y adiestraron al ejército a sus órdenes (batalla del Tajo, 220), Aníbal se preparó para lanzar el zarpazo contra Roma.

La seguna guerra púnica

El primer paso en este camino fue el ataque a Sagunto, ciudad que había sido declarada protegida por Roma. El caudillo cartaginés logró forzar sus murallas después de un sitio de ocho meses (219), en el que los Saguntinos derrocharon heroísmo. La expugnación de Sagunto era el guante arrojado a la faz del Senado romano. Empezaba de esta manera la segunda guerra púnica, la que debería llamarse, propiamente, guerra de Aníbal.

Guerra o aventura de Aníbal. Guerra, porque desde el paso de los Pirineos a Naraggara, Aníbal fue su principal impulsor; aventura, porque el caudillo cartaginés se lanzó al ataque de Roma confiando en su genial improvisación militar, sin darse cuenta —o prescindiendo— del enorme potencial bélico de la Ciudad Eterna y de los muy limitados recursos de Cartago, que no era señora del mar y había de alimentar a sus tropas a lo largo de una línea de comunicaciones de más de 2.000 kilómetros.

Aníbal fue, pues, muy audaz, casi temerario, al iniciar la marcha hacia Roma en la primavera de 218 antes de nuestra Era. Pero cabe decir en su honor que aquella era la única oportunidad que se presentaba a Cartago para forzar las defensas continentales de Roma, cada vez más próximas a los Alpes.

El cachorro de Amílcar cruzó los Pirineos —probablemente por el valle del Segre y la Cerdaña—, vadeó el Ródano aguas arriba de Marsella, al objeto de burlar el ataque de las legiones romanas de Publio Cornelio Escipión, concentradas en aquella ciudad griega, y franqueó los Alpes por el paso de Monte Genévre mediante una marcha que ha pasado a la Historia como un movimiento de una bravura poco común.

Habiendo alcanzado el llano del Po a fines del verano de 218, su ejército, fuerte de 25.000 hombres, desbarató la caballería romana entre el Tessino y el Sesia y expugnó las fuertes posiciones de las tropas del cónsul Tiberio Sempronio en la batalla de Trebia (diciembre de 218).

Esta fue la primera gran victoria de Aníbal en Italia. La segunda la obtuvo en junio del 217 al derrotar a las legiones del cónsul Cayo Flaminio en las cercanías del lago Trasimeno y asegurarse el paso libre a Roma por los collados de los Apeninos.

Se acerca el momento supremo. Pero a treinta kilómetros tan sólo de Roma, Aníbal desvía sus tropas y las lleva primero a la Umbría y luego a la Apulia, Teme romperse los dientes contra el granito de la Federación italiana y agotarse en las dificultades de un largo asedio.

Prefiere la batalla campal. Y esta llega un año más tarde. En agosto de 216, Aníbal es atacado en Cannas por las legiones de Emilio Paulo y Terencio Varro. En la batalla resalta como nunca el genio militar del púnico, que llegó a la posteridad el ejemplo clásico de envolvimiento del enemigo por las alas. Los romanos fueron estrepitosamente derrotados, en la mayor humillación militar de su historia.

Pero la jornada de Cannas no fue decisiva. Ni los galos se levantaron en favor de Aníbal, ni se rompieron los lazos que unían los italianos del Centro a Roma. Solo los samnitas, los lucanos, los apulios y los campanios se unieron a su causa. Con un cuartel general en Capua, Aníbal se ve impotente para forzar una decisión militar que los romanos, en plena táctica de guerra de desgaste, rehúyen constantemente. Durante cuatro años, de 216 a 212, se mantiene en la Italia meridional.

Luego quiere intentar una acción desesperada se presenta ante Roma (211) para ofrecer combate; pero los romanos lo rehúyen, Desde aquel momento se acumulan las adversidades. En 211 los romanos conquistan Capua y Siracusa, la ciudad siciliana aliada de Aníbal, en 209 Tarento sigue la misma suerte; en 208 un ejército cartaginés de socorro, al mando de su hermano Asdrúbal, es derrotado en la batalla de Metauro; en España, el gran Escipión dirige la ofensiva romana ; en 209 se apodera de Cartago Nova ; en 206 de Cádiz.

Falto de su base de acción, Aníbal está perdido. Durante otros cuatro años lucha como un tigre en el Brútium, en la Calabria, haciendo pagar muy caro a los romanos toda tentativa de avance.

Pero he aquí que Escipión dirige un gran ataque contra la propia Cartago. Requerido por sus compatriotas, Aníbal abandona Italia en el otoño de 203, para hacerse derrotar por el caudillo romano en los campos de Naraggara, cerca de Zama Regia, en octubre de 202. La segunda guerra púnica acaba con el desastre del ilustre Bárquida, doblegado por la adversidad del destino contrario.

Aníbal en Oriente

Pero el general cartaginés no ceja en sus propósitos, Hallará en Oriente la victoria que le ha sido negada en Occidente. Después de dedicarse algunos años a restablecer la hacienda de Cartago, mermada y en crisis por el fracaso de la guerra, huye de la ciudad —acusado por los romanos de conspirar contra la paz— y busca un refugio en la corte de Antíoco III el Grande de Siria (196).

Este monarca, restaurador del Imperio seleúcida, se halla en conflicto diplomático con Roma. Aníbal le incita a la guerra, y cuando esta se hace inevitable, pretende organizar la marina naval de Antíoco.

En 190, el púnico acude con una flota fenicia en auxilio de su aliado pero los rodios, amigos de los romanos, lo derrotan en la batalla naval de Side. Vencido por mar y por tierra, sin amigos ni protectores —, pues Antíoco ha sido a su vez aniquilado en la batalla de Magnesia (190)— Aníbal halla un último refugio en la corte de Prusias, rey de Bitinia.

Gracias a sus consejos este reino prospera. Su experiencia y su genio, aún fulgurante, dan a los bitinios la victoria en la guerra entablada contra Eumenes II de Pérgamo, Este fue su último galardón militar. Los romanos, inquietos por una posible recuperación de la estrella le Aníbal, exigen a Prusias que le entregue la persona del púnico.

Acobardado por el poder de Roma, el rey de Bitinia accede a la orden conminatoria del cónsul Flaminio. Pero Aníbal no será víctima de Roma. Antes de caer prisionero de los legionarios, se libra de la vida por el veneno (183). Así acabó sus días el genio que ha quedado como maravilla de la historia de los hechos bélicos.

R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I.