Los Celtas

Los pueblos del área céltica
Introducción
Los pueblos principales
Características generales

Introducción

Frente a los grupos ibéricos que acabamos de ver, el resto de los pueblos peninsulares presentan dos matices diferenciales destacados; su alejamiento del tipo de civilización mediterránea, resultado de los emplazamientos que ocupan, y la perduración en ellos de los tipos de vida derivados de la tradición céltica, o mejor, indoeuropea.

La península ibérica en torno al año 300 a. de C.

La península ibérica en torno al año 300 a. de C.

El esquema no deja de ser una simplificación, pues buena parte de los grupos ibéricos tenían asimismo fuerte sustrato indoeuropeo, y sin duda no todos los del interior, del Atlántico o del Cantábrico estaban suficientemente matizados por los invasores indoeuropeos para que puedan ser considerados como parte integrante de este conjunto. Pero tomado en bloque, el sistema de división es válido.

Así lo entendieron griegos y romanos que, también para simplificar, llamaban iberos a los que nosotros les hemos mantenido este nombre, y celtas a los del resto.

Al Noroeste, al septentrión del Duero —o quizá del Mondego—, teniendo como centro la actual Galicia y comprendiendo asimismo Asturias y la parte norte de León, los galaicos y astures formaban una unidad, caracterizada entre otras cosas por su economía fundamentalmente agrícola y su estructura matriarcal.

Aunque Estrabón considera que los restantes pueblos del área cantábrica constituyen, con aquéllos, un grupo homogéneo, sin embargo se pueden apreciar matices diferenciales que permite considerarlos como un grupo distinto.

La parte de levante de la Meseta estaba ocupada por los celtíberos, divididos en cuatro grupos, cuya forma de vida se basaba en la ganadería. La parte occidental era dominio de los vetones, otro grupo también pastoril, salvo una parte del valle del Duero que constituía un enclave agrícola, el de los vacceos.

Desde el borde occidental de la Meseta hasta el Atlántico, al sur del Duero, los lusitanos ocupaban un extenso territorio, considerado como área de cultura superior agrícola, si bien quedaban ciertos núcleos montañosos y llanuras del interior de claro predominio pastoril.R.B.: TARRADELL, Miguel, Historia Social y Económica de España y América, Ed. Vicens-Vives, 1972, tomo I págs. 94-95.

Los pueblos principales

Acabamos de indicar sus límites aproximados. Se trata de un territorio que ya había manifestado una clara personalidad diferencial desde el segundo milenio, según reflejan sus hallazgos arqueológicos durante la época megalítica primero y en la Edad del Bronce después.

El área estaba densamente poblada en los siglos inmediatamente anteriores a la conquista romana, como lo demuestra la profusión de poblados identificados, que pasan de los 5.000 según un cálculo aproximado.

Estos poblados, llamados en la terminología popular actual castros o también citanias y a veces cibdades, nombres que los arqueólogos han adoptado, constituían el núcleo básico. De aquí que a veces se designe también esta área con el nombre de cultura de los castros.

El nombre tiene la desventaja de que también hay territorios en la Meseta con poblados llamados castros, lo que a veces se presta a confusiones, pero evita el término de civilización céltica de Galicia o del Noroeste, ya que sobre el celtismo básico de estas poblaciones hay mucho que discutir.

Situados en lo alto de las colinas, defendidos por uno, dos o hasta por tres recintos fortificados, su característica principal son las casas de planta circular u ovalada, repartidas irregularmente por el recinto del poblado sin un principio orgánico de urbanización.

Vista general del Castro de Coaña.

Vista general del Castro de Coaña.

Originariamente cabañas de ramaje y barro, pasaron más tarde a ser edificadas en piedra en su parte inferior, con aparejo poligonal. Pero mantuvieron el techo, cónico, fabricado con materias vegetales.

Es un tipo de vivienda y de poblado que conocemos muy bien no solo por la gran cantidad identificada, sino porque algunos han sido exhumados en su totalidad o en amplios sectores. En este sentido es famoso el de Briteiros, cerca de Guimaraes, en la parte meridional del territorio, mientras que tenemos en el extremo oriental el de Coaña, en Asturias, asimismo bien estudiado.

El papel de las mujeres

Lo que más sorprendía a los romanos cuando se pusieron en contacto con los galaicos era el papel desarrollado por las mujeres en el trabajo e incluso en la guerra: cuando Iunius Brutus realizó su expedición de conquista, tuvo que luchar en ciertos casos contra mujeres soldados.

Es decir, estamos ante una sociedad matriarcal, que conserva rasgos de la agricultura más primitiva, pues como han podido aclarar historiadores y etnólogos, las primeras culturas agrícolas se caracterizan por la intervención femenina en las faenas agrícolas.

Asimismo, y por idéntica razón, debió de tratarse de una agricultura rudimentaria, de azada, sin empleo del arado. Igualmente se corresponde bien con este ciclo económico el papel secundario, si no nulo, del ganado vacuno, frente a la preponderancia del cerdo, de la oveja y de la cabra.

Se señala como típico de los pueblos del Norte peninsular, y no solo de los de esta área, el aprovechamiento de la harina de bellota para fabricar pan, como uno de los elementos importantes de la alimentación. He aquí un significativo texto:

Los habitantes de las sierras viven durante dos tercios del año de bellotas que secan y trituran y después muelen para hacer pan, conservándolo largo tiempo.R.B.: Estrabón.

En las excavaciones del castro de Coaña, en el occidente de Asturias, han sido halladas bellotas y los molinos de piedra utilizados para su trituración.

Los astures y los cántabros

La estructura socioeconómica de los pueblos cantábricos, entre Galicia y el Pirineo, parece haber sido similar. Los dos grupos más destacados eran los astures y los cántabros. De ellos se poseen numerosos testimonios en relación con la conquista romana, realizada, como hemos de ver seguidamente, en tiempos de Augusto. Pero la mayoría de los textos se refieren más a historias guerreras que a particularidades que ahora nos interesan especialmente.

En cuanto a la documentación procedente de la investigación arqueológica, nuestro conocimiento es inferior al del grupo de los castros gallegos que acabamos de mencionar. Son escasos los poblados excavados en extensión. La ganadería parece haber tenido especial importancia.

Hay numerosas menciones de los caballos, y por lo menos en los primeros tiempos de la ocupación romana el cerdo era corriente y su grasa sustituía al aceite, lo que sorprendió a los romanos, los jamones cántabros eran muy apreciados, considerados de igual calidad que los pirenaicos.

Los celtíberos

Como gran parte de los textos clásicos que han llegado hasta nosotros se refieren a sucesos bélicos, estamos mejor informados de los pueblos indígenas que tuvieron papel preponderante en las guerras. De aquí las muchas noticias que se poseen sobre los celtíberos. Se les considera divididos en cuatro grupos: el que llevaba este mismo nombre celtíberos, más los arévacos, los lusones y los pelendones.

Habitaban el sector oriental de la Meseta: uno de sus centros básicos era la actual provincia de Soria, pero se extendían mucho más al Sur, alcanzando parte de la de Teruel y casi toda la de Cuenca; se sabe mucho más del grupo celtibérico del norte que del meridional.

Dado que fue uno de los primeros pueblos de la Meseta con que los romanos se encontraron, al remontar el valle del Ebro, a veces extendieron el nombre de celtíberos a todos los pueblos de la actual Castilla, lo cual no se corresponde con la realidad.

Visto con ojos romanos, la Celtiberia era considerada un país de clima muy duro, pobre. Sin embargo la población no parece haber sido escasa, aun sin alcanzar las densidades del litoral mediterráneo ni las del noroeste galaico. Se calcula el número de sus habitantes, cuando en el siglo II a. de C. se enfrentaron con Roma, en unos 340.000, y sus ciudades principales estaban bien pobladas.

El número de habitantes de Numancia en situación normal y antes de que se refugiaran en su recinto gentes huyendo de la guerra, era de 8.000 habitantes según Apiano y de 4.000 según Floro. Aunque las dos cifras sean tan diferentes, queda claro que se trataba de un núcleo denso, más que las verdaderas ciudades coloniales de la costa.

Base económica de los celtíberos

También entre los celtíberos la base económica fue ganadera: ganado lanar y vacuno, que producía carne en abundancia utilizada como elemento común en la alimentación, lo que no dejan de señalar los autores griegos y romanos que se ocupan de las guerras celtibéricas, puesto que, como mediterráneos clásicos poco acostumbrados al consumo sistemático de carne, no dejó de llamarles la atención como algo exótico.

Escudo celtíbero del siglo V o IV a. de C.

Escudo celtíbero del siglo V o IV a. de C.

En el año 140-139 a. de C., Numantia y Termantia entregaron a los romanos, entre otros elementos, 3.000 pieles de buey y 800 caballos, lo que es una crecida cantidad para solo dos ciudades. Durante las guerras de conquista, los soldados romanos sufrieron especialmente porque se veían obligados a una dieta a base de carne (lo que podía suministrar el país) y en cambio escasa de pan: en cierto momento C. Escipión frente a Numancia solo permitió a sus tropas comer carne.

En segundo lugar estaba la agricultura, principalmente cerealística. Se cultivaba trigo que, además de ser consumido en forma corriente, servía para la obtención de una bebida llamada caelia en la versión romana. Se conocen instrumentos de labranza y de cultivo, de hierro, hallados en poblados. La metalurgia estaba desarrollada. Además de la aplicación del hierro a instrumentos diversos, como los que acabamos de citar, las armas celtibéricas fueron famosas, sobre todo por la calidad de su hierro.

Los vettones

Una buena parte de la meseta occidental estaba ocupada por los vettones, desde las proximidades del Duero -Salamanca- al Norte, hasta el levante de Mérida, al Sur (Mérida era ya de los lusitanos). La frontera del Este alcanzaba cerca de Ávila y comprendía Talavera de la Reina, mientras que la del Oeste se aproximaba a la actual portuguesa. Este territorio forma el núcleo central de lo que se ha llamado cultura de los verracos, toscas esculturas de animales -jabalíes, osos, cerdos y sobre todo toros- relacionados, como veremos, con cultos ganaderos.

Toros de Guisando, El Tiemblo (Ávila).

Toros de Guisando, El Tiemblo (Ávila).

Los límites señalados corresponden al momento de la conquista romana o poco posterior y quizá representan un momento expansivo, consecuencia de la política de protección recibida de los romanos, que les agradecieron su actitud.

En efecto, no deja de ser notable que un pueblo destacado por su carácter guerrero no opusiera resistencia a la penetración romana. Por lo menos resistencia considerable. No se mencionan acciones de guerra en territorio vettón. Sus poblados tampoco muestran indicios de destrucciones violentas ni de abandono súbito, sino que se transforman paulatinamente de modo pacífico, bajo el influjo de la romanización.

Varios de estos poblados, con sus correspondiente cementerios, son bien conocidos, en especial en la provincia de Ávila, donde las excavaciones alcanzaron hace unos años notable intensidad. De ellos proceden grandes cantidades de materiales que permiten un análisis satisfactorio de la cultura material de este grupo. Destaca el de Las Cogotas en Cardeñosa —algunas veces se ha aplicado a este círculo etiqueta de cultura de las Cogotas—, el de Chamartín de la Sierra, el de Sanchorreja.

Los vacceos

Los vacceos ocupaban la zona central de la llanura del Duero, que corresponde, en actual división administrativa, a las provincias de Palencia y Valladolid, entre la montaña cantábrica al Norte y el Guadarrama al Sur. Rodeados de pueblos esencialmente ganaderos, presentan la particularidad de tener una base agrícola mayor que sus vecinos, así como una peculiar organización que conocemos a través de un texto de Diodoro de Sicilia y que ha llamado poderosamente la atención de los investigadores modernos.

Se trata del llamado colectivismo agrario, que consistía —siempre según el citado autor clásico— en lo siguiente: cada años se dividían los campos y se repartían entre las familias, por suertes, trabajando lo que les había correspondido según el azar; después de la recolección se entregaban las cosechas obtenidas en cada parcela, repartiéndose entre todos según las necesidades de cada cual. La ocultación de una parte de los frutos de la cosecha se castigaba con pena de muerte.

Conviene señalar que estamos frente a una región especialmente apta para los cultivos cerealísticos, dentro de las posibilidades generales de la Meseta, y donde recientemente se ha comenzado a investigar, en las proximidades de Valladolid, un poblado que corresponde a una fase antigua de la época indoeuropea, el de Soto de Medinilla, existente ya antes de la mitad del primer milenio y que presenta las características de un núcleo de población de vida predominantemente agrícola.

Existía por tanto una vieja tradición de cultivos cerealísticos, sin duda influida por las posibilidades del medio geográfico. Sistemas de organización similar a la que se relata entre los vacceos se conocieron en la Antigüedad en otras áreas, muy alejadas entre sí, ciertos pueblos de la India, los getas, etc. Está claro que el sistema no presupone un reparto igualitario, reflejo de una sociedad sin clases: los que entraban en el sorteo eran probablemente solo los jefes de las grandes familias y no cada uno de los miembros de la comunidad.

Tampoco puede deducirse de la famosa narración que los vacceos fueran exclusivamente agricultores. La presencia de una ganadería importante se desprende de que pudieran entregar los de Intercatia al pretor romano Lúculo 10.000 ejemplares de sagum, vestido fabricado con lana, lo que indica un buen desarrollo de la ganadería ovina.

Los carpetanos

La Meseta sur estaba repartida básicamente entre dos pueblos, carpetanos y oretanos, salvo el sector occidental en parte perteneciente a los vettones, como se ha visto, y a los lusitanos.

Tanto los carpetanos como los oretanos ocupaban territorios extensos, pero nuestra información es deficiente, tanto en lo que respecta a los límites de las áreas respectivas de dominio, como en lo que se refiere a las noticias de las fuentes clásicas. Los hallazgos arqueológicos se reparten muy desigualmente según las zonas y en general no son de densidad suficiente en relación con la amplitud del territorio.

Los carpetanos se extendían por el Norte hasta la Alcarria y se les atribuye Ptolomeo la ciudad de Complutum, o sea Alcalá de Henares; Toletum (Toledo) les pertenecía también y no parece que sus dominios se extendieron mucho más aguas abajo el Tajo, mientras que su sector meridional comprendía la Mancha hasta quizá alrededor de las fuentes del Guadiana. Pueblo eminentemente pastoril, sus características socioeconómicas no parecen diferir notablemente de las de los vettones.

Los oretanos

Más complejo parece ser el caso de los oretanos, establecidos, según fuentes de época romana, en el extremo superior del Guadalquivir hasta la parte alta del curso del Segura. Se citan las ciudades de Cástulo, Cazlona en la provincia de Jaén, Sisapo que corresponde al actual Almadén, y también Miróbriga en la de Badajoz. Habrían ocupado, pues, la zona de las sierras Béticas, con extensiones por una parte hacia Andalucía y por otra hacia la Meseta.

Su inclusión dentro del grupo indoeuropeo parece correcta por ciertas particularidades, pero en cambio la cultura de gran parte del área mencionada es ibérica, o si se quiere ibérico-tartesia, y los hallazgos arqueológicos permiten paralelos hacia el área ibérica mucho más que hacia las zonas donde vivieron los pueblos indoeuropeos.

Los lusitanos

Hacia el Oeste tenemos con los lusitanos un pueblo mejor conocido, hasta el punto que su nombre pasó a ser el de una de las provincias romanas y en época moderna se ha utilizado como sinónimo de Portugal. Este último hecho es fuente de errores, ya que para muchas personas que no conocen suficientemente la historia antigua la situación de Lusitania se tiende a superponerla a la de Portugal.

Conviene recordar que toda el área del norte del actual Portugal correspondió a los galaicos y la del sur a los célticos, es decir, de las tierras portuguesas los lusitanos solo ocuparon la parte central, y en cambio se extendían por buena parte de Extremadura. Sus límites parecen haber sido el Duero al Norte y el Tajo al Sur, llegando hasta la costa atlántica y alcanzando por el interior ciudades como Coria, Cáceres, Mérida y Medellín.

Se trata de un territorio extenso, pero sobre todo de características geográficas más diversas que los de la mayoría de los pueblos citados hasta ahora. La zona litoral fue muy elogiada por su fertilidad por los autores clásicos, lo que no debe sorprendernos, y explica la riqueza de sus culturas prehistóricas desde fines del tercer milenio antes de C.

Pero en cambio otras áreas lusitanas eran pobres, hecho que quizá contribuya a explicar la desigualdad social manifestada entre lusitanos, aunque sin duda no se trata de la sola causa del fenómeno. Como hemos de ver en el capítulo siguiente, fueron precisamente las fuertes desigualdades sociales el estímulo básico de la actitud guerrera de buena parte de estas gentes, como acontece con otros pueblos del complejo indoeuropeo peninsular.

Bandolerismo y guerrilla fueron males endémicos de la sociedad lusitana y explica las luchas que hubieron de emprender los romanos para alcanzar la sumisión y pacificación del territorio.R.B.: TARRADELL, Miguel, Historia Social y Económica de España y América, Ed. Vicens-Vives, 1972, tomo I págs. 95-101.

Características generales

En las páginas anteriores hemos pasado rápida revista a los elementos más característicos de cada uno de los grupos. Veamos ahora lo que afecta a todo este conjunto de pueblos, es decir los rasgos generales que pueden ser considerados en conjunto.

Conviene advertir, sin embargo, que un conocimiento más pormenorizado y más profundo quizá permitiera desglosar en áreas diversas lo que ahora es preciso considerar en líneas generales, como fenómenos que afectan a la totalidad, solo con leves matices diferenciales.

La primera característica destacada es la mayor vinculación de estos pueblos con el mundo indoeuropeo occidental, resultado de las invasiones que tuvieron lugar en la primera mitad del primer milenio a. de C., a través del Pirineo.

Mientras las oleadas -o las infiltraciones- que se asentaron en Cataluña y en el valle del Ebro quedaron, por lo menos a nivel cultural, absorbidas o desbordadas por la civilización ibérica, de neta estirpe mediterránea, las establecidas en el sector cantábrico y atlántico, así como en los territorios interiores (la Meseta) consiguieron conservar muchas de sus características indoeuropeas.

Desde la estructura socioeconómica hasta la religión y el idioma, los pueblos citados mantuvieron hasta la romanización su vinculación al mundo indoeuropeo.

La explicación del fenómeno es compleja. Que influyó su alejamiento de las corrientes civilizadoras mediterráneas, derivadas básicamente de la acción colonizadora de fenicios, griegos y cartagineses, es evidente.

También debió pesar el hecho de que en buena parte se establecieron sobre territorios cuya densidad de población no debía en elevada, y en los que el peso de los recién llegados, pudo dominar al viejo sustrato indígena, lo cual puede ser válido especialmente para la Meseta, pero que resulta menos, claro para toda la zona atlántica, desde Galicia al sur de Portugal, ya que son territorios que presentan unas etapas, anteriores densas, reflejando un poblamiento relativamente alto desde las primeras edades del Metal.

Lengua y escritura

Por lo que respecta a los idiomas, su filiación indoeuropea es incuestionable. La extensión del uso de la escritura ibérica hacia la parte alta del valle del Ebro y a toda la orla oriental de la Meseta con incursiones incluso más profundas (aunque esporádicas), explica que se posean más conocimientos de la lengua de la parte oriental del grupo que ahora nos interesa, es decir, del área celtibérica.

Esta lengua, que se conoce con el nombre de celtibérica, se utilizó en el territorio que actualmente constituye las provincias de Soria, Burgos, Logroño, Guadalajara, en su totalidad, así como la parte oeste de las de Zaragoza y Teruel y el extremo meridional de Navarra.

El límite oriental está bastante claro: confina con el área del uso del ibérico, mejor conocida, como ya se ha visto en el capítulo anterior. La falta de documentos, por lo que se refiere a la parte occidental, no permite fijar los límites de la lengua celtibérica hacia el interior peninsular con la seguridad suficiente.

Bronce de Luzaga (Guadalajara). Signario occidental.

Bronce de Luzaga (Guadalajara). Signario occidental.

Con respecto a su estructura, la lengua celtibérica presenta una curiosa mezcla de elementos arcaicos con algunas innovaciones típicas. Dentro del indoeuropeo occidental no puede incluirse entre los dialectos céltico británicos, lo que ha hecho suponer a los lingüistas que corresponde a una fase de invasiones célticas antiguas, comparables a las que aportaron los estadios más primitivos a las Islas Británicas.

La penetración de la escritura no alcanzó a los pueblo situados más al oeste del área del celtibérico, y en consecuencia, de los idiomas de la parte central y occidental de la Península tenemos menos información que del celtibérico, a pesar de la escasez de documentación que se padece para el estudio de este.

A falta de textos propios hay que apoyarse en los elementos indígenas que se han conservado en las inscripciones latinas del área correspondiente y en los topónimos o en los antropónimos. Ante tal situación hay que ir con sumo cuidado a la hora de las interpretaciones: toda precaución es poca. Sin embargo, parece que dos hechos se delinean con alguna seguridad.

El primero es que idiomáticamente los pueblos de la mitad occidental peninsular conservaron hasta época romana una lengua derivada de una fase arcaica indoeuropea, más antigua que la de los celtíberos. ¿Se trata de dialectos que llegaron mezclados con los aportados por las mismas gentes que dieron lugar a la lengua celtibérica? Es decir, ¿representan un fenómeno más arcaico, pero introducido en la Península dentro de la misma época en que aparecieron las raíces del celtibérico?¿O bien se trata de vestigios de unas invasiones más antiguas?

Los lingüistas dirigen la vista hacia los resultados de la arqueología y observan que en Galicia y en zonas adyacentes pueden hallarse muestras de relaciones con pueblos ribereños del mundo atlántico durante la Edad del Bronce, en fechas muy anteriores a la llegada de las primeras oleadas célticas. ¿Cabe pensar que junto a las relaciones manifestadas por la cultura material pudieron existir relaciones lingüísticas? En todo caso parece seguro que en la base de las lenguas indoeuropeas occidentales de la Península existe un componente no céltico.

Organización social

Tal componente se une a otros aspectos en lo que respecta a la organización social, que tampoco reflejan celtismo, como es el caso de las gentilidades. No son raras las inscripciones latinas de esta área en las que los individuos (hombres y también mujeres) aparecen adscritos o unos grupos gens que están entre medio de la organización tribal y de la familiar. En este caso gens no equivale a tribu, sino a una subdivisión de la tribu, ya que a veces se citan en una misma inscripción el nombre de la tribu y el de la gens.

La pertenencia a una gens se cita, en las señaladas inscripciones latinas de época romana, en genitivo plural, al estilo de ciertos grupos indoeuropeos, pero no latinos. Los hallazgos de inscripciones con tales características se dan en territorios que correspondieron a los cántabros, astures, vettones y carpetanos, pero también esporádicamente en zona celtibérica.

Algunos autores han defendido, como hipótesis del trabajo, que la organización en gentilidades podría representar un vestigio de las primeras invasiones indoeuropeas, es decir, del movimiento de infiltración anterior a los celtas.

Otro fenómeno de organización social es el de las centurias reflejado igualmente en inscripciones de época ya romana, pero que, como en el caso anterior, son testimonio de un estado de cosas previo a la romanización y del que quedaban vestigios todavía en plena época romana.

La pertenencia a una centuria podría prestarse o confusiones con la organización militar romana, si no fuera porque aparecen citados como formando parte de centurias personas que no pueden en ningún caso haber pertenecido al ejército, como mujeres, niños o ancianos.

Es significativo que la zona donde se hallan las menciones de centuria no se superpongan nunca a la de las gentilidades. La centuria, como organización social, parece haber sido exclusiva del Noroeste peninsular, o sea de la zona de los galaicos, donde como hemos visto se halla un pueblo con fuerte personalidad, bien diferenciada del resto del mundo indoeuropeo peninsular y con lejanas raíces culturales en el segundo milenio.

En los pueblos indoeuropeos la centuria parece haber sido originariamente una división puramente militar, pero que pasó más tarde a tener un valor no ya puramente guerrero sino además como sistema de división tribal. Entre los galaicos este parece haber sido el estado de cosas que llegó a sobrevivir hasta muy entrada la romanización, como caso único en la Península.

La existencia de gentilidades en unas zonas y de centurias en otras son nuevos datos a añadir a la organización marcadamente tribal de los pueblos indoeuropeos peninsulares, frente a la fuerza de la ciudad (o si se quiere de la aldea, cuando se trata de núcleos urbanos pequeños) en las áreas tartésicas e ibéricas.

Junto a las diferencias idiomáticas, es un nuevo factor de diferenciación entre la zona peninsular vinculada a la tradición y a las influencias de los pueblos de alta cultura mediterránea, que hemos visto en el capítulo anterior, y los del interior o del atlántico. Entre estos la ciudad no existió como unidad importante en la estructura social, como tampoco existió como núcleo urbanístico.

Las tribus eran regidas por personajes pertenecientes a sus respectivas aristocracias y por asambleas populares. Todo ello encaja perfectamente con los regímenes de gobierno característicos de todos o de la mayoría de los pueblos de tipo indoeuropeo, y más concretamente céltico, de la zona central y occidental de Europa.

La existencia de régulos o reyezuelos encabezando ciertas unidades políticosociales que forman un escalón entre el pueblo o tribu y la ciudad-aldea, se halla documentada en los textos de la época de la conquista romana para varios grupos, entre ellos los celtíberos. Pero su papel y su función no siempre resulta clara de interpretar.

Mayor número de referencias existen en las que se citan a príncipes, nombre que hay que tomar en el sentido etimológico de primeros, o sea personajes destacados dentro del conjunto social, pertenecientes a las familias poderosas.

Existían además asambleas de dos tipos. Las que los romanos nombran como senado, aplicando el término de su propia organización, formados por cabezas de familia destacadas, y la asamblea popular, que se reúne para ratificar o para rechazar los acuerdos del senado. Tales instituciones, mejor documentadas para el grupo celtibérico que para los restantes pueblos, parece que en líneas generales eran características de todos ellos.

La población

Se vivía en núcleos de población sitos preferentemente en lugares elevados, que facilitaran la defensa, pero juzgando necesario además fortificarlos con murallas. Dichas murallas forman a menudo más de un recinto, el interior delimitando la parte más elevada, principal centro de viviendas, los exteriores destinados a facilitar a la vez la defensa y a establecer un área donde en caso de peligro pudiesen encerrarse los rebaños y evitar la pérdida del capital principal que las reses constituían.

La función señalada explica la gran extensión que con frecuencia alcanzan estas áreas fortificadas, que no debe de interpretarse como áreas exclusivamente destinadas a la habitación. En las proximidades del muro exterior se instalaron las necrópolis, constituidas por tumbas de incineración, sin elementos arquitectónicos, aunque sí con frecuencia señaladas por una tosca estela sobre cada sepultura.

El ajuar funerario es especialmente rico en objetos metálicos, sobre todo en armas. El buen conocimiento que hoy tenemos de la panoplia del guerrero hispano-céltico proviene de la considerable cantidad de ejemplares que las excavaciones de las necrópolis nos han restituido.

Las casas fueron originariamente cabañas edificadas con materiales endebles, maderas, ramajes y barro. Sólo en las proximidades de la romanización comienzan a extenderse de modo general las casas con muros de piedra. El desarrollo de la metalurgia del hierro, manifestada en las armas depositadas en las tumbas, se refleja asimismo en el instrumental y en ciertos complementos de la indumentaria.

En cambio otros elementos son mucho menos desarrollados que entre los pueblos del litoral. Así la cerámica mantuvo la tradición manual y las características derivadas de los prototipos célticos de la Europa al norte de los Pirineos, conociéndose tarde el uso del torno alfarero y aún solo entre los grupos más orientales, más en contacto con las áreas tartésicas e ibéricas; solo con la romanización alcanzó a extenderse de modo general.

La cultura

Las manifestaciones de la cultura material presentan un aspecto bastante uniforme. Existen ciertamente matices, pero no resulta fácil que las posibles clasificaciones de los objetos de que disponemos se puedan hacer corresponder con las áreas respectivas de los pueblos cuyos nombres y territorios, conocidos por las fuentes escritas, hemos esbozado antes.

Hasta el punto que en el más reciente análisis de los objetos metálicos de los pueblos de la Meseta el autor ha optado por establecer dos grandes grupos a los que llama respectivamente cultura del Duero y cultura del Tajo. Basándose en la peculiaridad de la tradición hallstática, también se ha generalizado el llamar post-hallstáticas a todas las culturas célticas hispánicas.

La religión

Una de las consecuencias de la lenta romanización de las zonas del interior peninsular fue que los cultos indígenas perduraran de forma que actualmente una de las fuentes principales para el conocimiento de los nombres de los dioses de los grupos hispánicos de raigambre indoeuropea son, paradójicamente, las inscripciones romanas.

A través de ellas poseemos los nombres de casi 200 divinidades. Poco es, en cambio, lo que puede obtenerse de los textos clásicos Poco, asimismo, lo derivado del conocimiento de la plástica, ya que no hay tendencia a la representación antropomorfa Tampoco existen apenas santuarios conocidos.

Todos los datos coinciden en la semejanza que presenta el cuadro religioso de estos pueblos con el que contemporáneamente presentan los grupos célticos de las Galias, y en menor grado de Germania y de Britania, aunque no existe en el caso hispánico, clase sacerdotal fuerte y organizada que pueda ponerse en parangón con los druidas. En ciertos casos las coincidencias son notables, como en el de la forma de realizar la adivinación entre los lusitanos, que recuerda con exactitud el sistema de vaticinar de las poblaciones de la Galia.

La característica básica es un fuerte politeísmo, unido al animismo. Existen divinidades cuyas referencias en las inscripciones ofrecen un área extensa y que asimismo se citan con frecuencia, como Endovellicus o Ataecina, que gozaron por tanto de una importancia excepcional dentro del panteón indígena. La mayoría sin embargo, están atestiguados solo por una o por muy pocas inscripciones, lo que parece indicar gran fragmentación, con la consiguiente abundancia de dioses locales, así como la existencia de varios dioses en las mismas comarcas.

El culto a los árboles era muy extendido. Se alude también a diversos animales sagrados: el caballo entre los pueblos del Norte, el ciervo entre los lusitanos —recuérdese la famosa cierva que regalaron a Sertorio—, el buitre entre los numantinos, que aparece pintado en vasos hallados en la ciudad. Especial mención merece el toro, cuyas representaciones aparecen en un área extensa.

La práctica de sacrificios está atestiguada, y tenían idéntico sentido religioso que entre los pueblos de las Galias. En determinadas ocasiones se celebraban sacrificios colectivos, cuyos detalles se ignoran, como el que tenía lugar en Segóbriga cuando Viriato les atacó, o los que se atribuyen a los vascones. Por lo general lo que se sacrificaba en tales ocasiones eran animales, en especial bueyes o caballos.

Pero está bien claro que asimismo existían sacrificios humanos, documentados entre los lusitanos y entre los bletonenses (habitantes de la zona de Salamanca). Estos fueron amonestados por el procónsul Publio Craso, en el año 95 o 94 a. de C., por tal motivo, ya que los romanos los tenían prohibidos (a pesar de que en una época anterior también los habían practicado, como tantos otros pueblos en un determinado grado de civilización).

Son muy frecuentes los cultos relacionados con elementos naturales celestes: el Sol, la Luna, incluso ciertos vientos zephyro, al que se rendía culto en un monte sagrado cerca del Atlántico (identificado por algunos con el actual Montosanto cerca de Lisboa), en el que se criaba una raza de caballos tan veloces que surgió la leyenda que a las yeguas las fecundaba el viento, noticia que ya chocaba a Plinio.

El arte

Poco podemos decir de los aspectos relacionados con el arte. Existen muestras de escultura, pobres y limitadas. Por una parte figuras de piedra de tamaño a veces igual o superior al natural, figurando guerreros. Conocemos ejemplares en el área galaica y sobre todo en la lusitánica.

Mucho más corrientes son los verracos ya citados, figuras representando a animales (toros, cerdos) típicos de ciertas zonas de la Meseta norte, sobre todo en territorio de los vettones. Tanto en uno como en otro caso son piezas de gran tosquedad de ejecución, en las que se reflejan vagos estímulos de la tradición figurativa de raigambre mediterránea.

Jarrón numantino del siglo I a. de C. Museo Numantino (Soria).

Jarrón numantino del siglo I a. de C. Museo Numantino (Soria).

En cuanto a la pintura, tendió a desvanecerse la tradición de pintar sobre cerámica, ejercida por grupos célticos en una fase antigua y de los que se han descubierto ejemplares en el poblado de Cortes de Navarra y en otros de la Meseta.

En los tiempos contemporáneos a la conquista romana o poco antes comenzaban a difundirse tendencias de representaciones narrativas, con escenas de guerra (por ejemplo es típica la del guerrero muerto devorado por un buitre o quizá acompañado de un pájaro sagrado o la del hombre a caballo).

En las figuras pintadas, por lo general con pintura monocroma, se aprecia una clara tendencia a la esquematización. Capítulo aparte merecen ciertas cerámicas procedentes de Numancia, policromas y con decoración exclusivamente geométrica o floral muy estilizada, de gran calidad de ejecución y con elegante sentido decorativo, cuyos precedentes y evolución desconocemos. Sin duda representan uno de los mejores productos del arte de los grupos indoeuropeos de la Meseta.

Frente al aspecto generalmente tosco de estas producciones, salvo raras excepciones como la que acabamos de mencionar, destaca la calidad de la artesanía industrial aplicada a la metalurgia. La decoración de las espadas, a menudo con finos nielados de plata, las fíbulas de bronce y de hierro, otros elementos del armamento, de la indumentaria o de los arreos de los caballos constituyen producciones notables y de lo más típico de estos pueblos. Tampoco aquí nos movemos de la tradición céltica general.

R.B.: TARRADELL, Miguel, Historia Social y Económica de España y América, Ed. Vicens-Vives, 1972, tomo I págs. 101-108.