Los Iberos

Los pueblos iberos
Introducción
Extensión y cronología
Pueblos o tribus
Ciudad y poblado
Escritura y lengua
La industria
Las cecas ibéricas
Religión
El arte ibero

Introducción

Los griegos llamaron Iberia a nuestra Península e iberos a sus habitantes. Como en un principio lo que conocían era el litoral mediterráneo, se entendía por iberos a los pobladores de esta zona.

La península ibérica en torno al año 300 a. de C.

La península ibérica en torno al año 300 a. de C.

Ahora bien, a medida que fue avanzando el conocimiento de la Península el nombre se mantuvo en el primer sentido geográfico, Iberia, pero se aplicó el término de iberos a los pueblos costeros mediterráneos, que presentaban una cierta unidad de civilización frente a los grupos del interior y de las costas atlántica y cantábrica, a los que se dio etiqueta de celtas.

Los romanos abandonaron el nombre de Iberia y llamaron a la Península Hispania, basándose en la palabra previamente utilizada por los fenicios —que, al parecer, quiere decir país o tierra de conejos—. Y conservaron los términos de iberos y de celtas para significar los dos grandes grupos de pueblos, tal y como habían comenzado a señalar los griegos.

Estos hechos fueron conocidos por los eruditos a partir del Renacimiento cuando comenzaron a estudiarse sistemáticamente los textos históricos de la Antigüedad. Pero hasta muy entrado el s. XIX no se tuvo otro conocimiento de los pueblos hispánicos antiguos.

Los hallazgos arqueológicos de las últimas décadas del siglo pasado y los efectuados, ya de forma más científica, en el presente, nos han conducido a tener una visión mucho más sólida del panorama histórico peninsular en los siglos anteriores a la ocupación romana.

El estudio de las inscripciones y de las monedas indígenas, el descubrimiento de una serie de lugares de habitación y de enterramiento, en aumento constante por las nuevas prospecciones y excavaciones, la valoración de las diversas facetas del arte ibérico, etc., ha permitido añadir un conocimiento en profundidad de aquellos pueblos ibéricos de los que la tradición textual greco-romana solo nos ofrecía un pálido reflejo.

Ha nacido la arqueología ibérica. Como es sabido, a los restos de la cultura material correspondiente a las zonas y a la época que en las fuentes se señalan a los iberos, se la ha llamado cultura ibérica, por cierto no sin ciertas y pintorescas resistencias de algunos eruditos que intentaron imponer el nombre de hispánico.

Ahora bien, si el conocimiento de la historia de los iberos y de la estructura y de su sociedad ha avanzado un paso de gigante en menos de un siglo, quedan todavía muchos e importantes problemas sin acabar de resolver. Y, sobre todo, es verdaderamente sorprendente lo poco que el español culto acostumbra a conocer del pueblo de mayor personalidad de la Península en la antigüedad, cuando salimos del reducido grupo de los especialistas.

En general, los libros de divulgación, comenzando por gran parte de los que se estudian en los centros de enseñanza elemental o media, son de una desoladora pobreza cuando no de un radical desfase con los conocimientos actuales, por ejemplo, se acostumbra a presentar a los iberos como un pueblo invasor, que en determinado momento irrumpe en la Península con su personalidad ya formada.

Se establece un paralelismo con las invasiones indoeuropeas a través de los Pirineos, pretendiendo que los iberos representan el lado contrario, un pueblo que afluye desde África. Los celtas por el Norte y los iberos por el Sur..., ¿quién no recuerda la cantinela de sus años escolares? Sabemos poco de la formación del mundo ibérico. Pero si algo está claro es que no se trata de una invasión, sino de la formación de un complejo cultural creado por los pueblos indígenas de las zonas litorales mediterráneas bajo el influjo de los colonizadores griegos y fenicios.

Como en tantos casos en la historia ante un cambio producido en un determinado territorio, es preciso distinguir lo que es resultado de una renovación étnica, de un cambio de gentes, derivado de invasiones, de lo que es la transformación cultural. Más que un pueblo ibérico en el sentido de raza, lo que realmente existió fue una civilización, una cultura ibérica. Creada de forma similar a la que en los últimos tiempos se ha originado, por ejemplo la civilización industrial.

Cambio que no ha significado la llegada de un pueblo nuevo y distinto en ninguna parte del mundo. Contra el tan divulgado tópico, no hubo, pues, invasión africana. Sí precisamente existió un territorio que no desempeñó el menor papel en la aparición de la cultura ibérica fue el norte de África.

El único fenómeno común entre nuestros territorios y el litoral africano es que en ambos se implantaron colonias fenicias, pero mientras el estímulo derivado de ellas fue muy intenso en nuestro litoral meridional, los beréberes del Magreb lo recibieron con escaso fruto, sin que se produjera una civilización autóctona comparable a la ibérica, ni en nivel alcanzado, ni en dirección histórica.R.B.: TARRADELL, Miguel, Historia Social y Económica de España y América, Ed. Vicens-Vives, 1972, tomo I págs. 72-74.

Extensión y cronología

A los datos de la tradición escrita grecorromana acerca del territorio sobre el que vivieron los iberos podemos añadir hoy los proporcionados por la investigación moderna, que vienen a completarlos y que en líneas generales resultan coincidentes. Según los textos clásicos, el territorio ibérico comprendía, al norte de los Pirineos, el Rosellón y el bajo Languedoc, y al sur Cataluña, el valle del Ebro y la zona litoral entre el Sistema Ibérico y el mar. La parte meridional comprendió Murcia.

Respecto de Andalucía se manifiestan ciertas vacilaciones. Para unos es país de los iberos, mientras que otros parecen fijar su límite meridional en torno a Cartagena, considerando que Andalucía —o sea concretamente los grupos o pueblos burdetanos, bastetanos y mastienos— representan un mundo distinto, si bien emparentado.

En el área señalada por la vieja tradición aparecen, en efecto, una serie de fenómenos que son exclusivos de ella y que se han podido investigar a través de técnicas modernas. Uno de los más significativos es el que se refiere al idioma y a la escritura. Los residuos toponímicos así como el estudio de los topónimos perdidos que se han podido localizar muestran que en la zona indicada se utilizó un idioma distinto del que contemporáneamente se hablaba en las restantes tierras peninsulares o entre los pueblos del área mediterránea y europea.

Asimismo, el empleo de dos sistemas de escritura ibéricos se hallan circunscritos, salvo algún caso esporádico al mismo territorio. Cuando los romanos, en los primeros siglos de la ocupación, estimulan que aparezca una moneda indígena bajo el patrón del denario, y aparece una constelación de cecas ibéricas, se distribuyen asimismo dentro del ámbito definido por los elementos que acabamos de citar, con escasísimas excepciones.

Resultado análogo se obtiene analizando los hallazgos arqueológicos. Siempre es este mismo territorio el que ofrece las manifestaciones de la cultura material que se ha designado modernamente con el nombre de cultura ibérica. Los matices entre unas zonas y otras son patentes. El sector meridional creó la gran escultura en piedra, que apenas pasa al norte del Júcar; los estilos pictóricos de las cerámicas tienen determinadas localizaciones; ciudades y poblados son más complejos en unas comarcas que en otras.

Pero por encima de los matices internos, las características generales vienen a coincidir prácticamente siempre. Incluso se reflejan idénticas vacilaciones que las consignadas en las fuentes por lo que respecta al caso de Andalucía, territorio en que hallamos por una parte elementos coincidentes con el resto del área ibérica, pero por otro diferencias que permiten sospechar que, en efecto, el territorio donde en los siglos inmediatamente anteriores había existido la sociedad tartésica y sus extensiones se mantiene con un carácter distinto, aunque presente rasgos comunes con el resto de la civilización ibérica.

Otros matices diferenciales son asimismo apreciables en el territorio considerado ibérico en sentido estricto. Cataluña, el valle central del Ebro y el país valenciano constituyen tres áreas que, cuando llevamos los análisis a fondo, aparecen dotadas de personalidad propia, por lo menos en determinados elementos. Sin poder ahora entrar en detalles sobre el problema conviene no olvidar que junto con la evidente personalidad general del mundo ibérico hallamos matices propios en cada área, y que no existió uniformidad.

Asimismo, es interesante fijar otro concepto previo: la diferenciación cronológica. La historia de lo iberos se divide en dos periodos bien delimitados. Una fase antigua, durante los siglos V y IV a. de C., en que los iberos viven como pueblos independientes. Y, después de las grandes convulsiones del siglo III —intento de conquista cartaginesa, segunda guerra púnica, ocupación romana— los siglos II y I, en que la civilización ibérica continúa, pero mantenida por una sociedad que se halla ya bajo dominio romano.

Existe entre las dos fases continuidad evidente. Pero si es difícil que un pueblo pueda vivir medio milenio sin cambios, lo es más todavía si entretanto ha entrado en la órbita de otra civilización cuyos porteadores son, además, los dueños del país. No olvidemos que en la segunda etapa, durante los siglos II y I a. de C., los poblados ibéricos que continúan en líneas generales con el sistema de valores ancestrales eran contemporáneos de los nuevos campamentos militares o de los nuevos centros urbanos que los romanos establecían en los territorios incorporados.

Las cerámicas pintadas en San Miguel de Liria, por ejemplo, son coetáneas de la primera época de la ciudad romana Valentia (Valencia) que se halla a menos de treinta kilómetros de distancia. No debe de sorprendernos, pues, que cuando se estudia cualquier aspecto concreto del mundo ibérico aparezca reflejada la división de las dos épocas: por una parte los siglos V y IV y por otra los siglos II y I.

Durante la centuria anterior al cambio de Era comienza la lenta desintegración de la cultura indígena. Como en cualquier proceso de aculturización, no es fácil fijar una fecha final. El iberismo va muriendo lentamente a medida que los nuevos modos de vida romanos penetran en la sociedad. Hacia los comienzos de nuestra Era este proceso había alcanzado un grado ya muy intenso. Quedan supervivencias, pero no existe ya una sociedad o una cultura ibérica.R.B.: TARRADELL, Miguel, Historia Social y Económica de España y América, Ed. Vicens-Vives, 1972, tomo I págs. 74-76.

Pueblos o tribus

A través de las fuentes escritas griegas y romanas conocemos que existían dentro de la gran área de civilización ibérica una serie de pueblos diversos, cuyos nombres se han conservado, y que podemos fijar con exactitud en el mapa. El grupo meridional está constituido por los turdetanos, que ocupan la parte central de Andalucía con núcleo básico en el valle del Guadalquivir, y los bastetanos de la Andalucía oriental, cuya ciudad homónima, Basti, corresponde a la actual Baza en la provincia de Granada.

Como acabamos de ver, ciertas fuentes dudan en incluirles dentro de los pueblos ibéricos en sentido estricto. Entre Almería y el río Segura se cita asimismo a los mastienos. La ciudad de Mastia correspondía a los alrededores de Cartagena o quizá era la misma ciudad que los cartagineses fundaron y que luego se llamó Cartago-Nova.

En el litoral este, fuentes más antiguas presentan a los edetanos como dueños de lo que hoy es el País Valenciano, pero los textos más inmediatos a la época de la conquista romana señalan a los contestanos, extendidos aproximadamente entre el Segura y el Júcar, a los edetanos en la parte central valenciana —la ciudad de Edeta corresponde a Liria.—

Pebetero contestano hallado en la necrópolis de Lucentum (o Akra Leuké), conjunto arqueológico del Tossal de Manises

Pebetero contestano hallado en la necrópolis de Lucentum (o Akra Leuké), conjunto arqueológico del Tossal de Manises

Su límite norte se sitúa a poca distancia de Sagunto, que les pertenecía. Es error muy frecuente suponer que se extendían también hacia el Ebro medio, a través de la barrera montañosa del Sistema Ibérico, pero se trata de una confusión con los sedetanos. La zona de la desembocadura del Ebro, incluyendo una amplia zona de costa a ambos lados del río, era de los ilercavones.

El territorio catalán aparece mucho más dividido, poblado por grupos de extensión territorial menor que los citados. Los cosetanos corresponden al Campo de Tarragona. El llano de Barcelona con las comarcas inmediatas del Vallés en el interior y del Maresme en la costa era el territorio de los layetanos.

Los indigetes se asentaban en el Ampurdán y los sordones en el litoral al norte del Pirineo. Los lacetanos ocupaban las zonas del interior vecinas de cosetanos y layetanos: su centro parece haber sido la comarca de Bages.

Los ausetanos estaban establecidos en la comarca de Vic, que era su ciudad principal con el nombre de Ausa, mientras que el actual deriva del romano (de vicus). El pre-Pirineo y Pirineo catalán era dominio de una serie de pueblos de área reducida y de localización no siempre fácil o segura, salvo los bergistanos en la zona de Berga, y los ceretanos sin duda en relación con la Cerdeña, que ha conservado su nombre. Así los castellani, los andosinos y los airenosos, de los cuales los dos últimos presentan nombres al parecer relacionables con los actuales de Andorra y del Valle de Arán.

En el Pirineo aragonés estaban los iacetanos, cuya ciudad, Iaca, corresponde a Jaca. En el valle del Ebro, a caballo de Cataluña y Aragón destaca un pueblo que ocupó un territorio extenso: los ilergetes, cuyo centro principal era Lérida, otro nombre de ciudad que se ha conservado a través de los tiempos. Hacia la parte central de la llanura, no lejos de Zaragoza, debieron de asentarse los sedetanos, a menudo confundidos con los edetanos, como se ha señalado.

Si la documentación clásica permite situar a estos pueblos en la mayor parte de los casos, cuando se pretende fijar sus límites con alguna exactitud los datos de detalle resultan escasos y a veces contradictorios. Parece aceptable, en general, el sistema de atribuirles límites que corresponden a realidades geográficas o geográfico-históricas. Esta es la tendencia que se ha seguido, pero normalmente no hay forma de controlar la exactitud de las hipótesis.

Pero ¿que resolver cuando los textos son contradictorios? Según unos los ilergetes llegan hasta el mar, por el Ebro, según otros la zona litoral atribuida previamente a los ilergetes está ocupada por ilercavones y quizá en parte por cosetanos. Los edetanos son dueños, según Estrabón, de todo el actual territorio valenciano, mientras que en Plinio se reducen al área central y la diferencia en este retroceso está ocupada por contestanos al Sur e ilercavones al Norte.

Suponiendo correcta la información en los autores que tratan de estos pueblos más o menos contemporáneamente a su existencia, no hay que olvidar que dichas fuentes son de épocas distintas. Podríamos establecer por lo menos tres periodos.

  1. El primero corresponde a la fase anterior al final de siglo III a. de C., es decir antes del momento en que los romanos están conquistando el país y por tanto pisándolo a fondo. Es natural que en esta primera etapa las informaciones puedan resultar poco concretas.
  2. El segundo periodo corresponde a la época de la conquista y pacificación, cuando teóricamente sería posible que los respectivos autores hubieran podido manejar información más directa.
  3. Finalmente queda un tercer periodo correspondiente a la época de la romanización, que igualmente tenía que ser bien conocida por los escritores contemporáneos.

Podemos aceptar que el valor de esas fuentes no es igual según las fechas en que hayan sido producidas. Siempre ignoraremos, sin embargo, la exactitud o las inexactitudes en que pudo caer un determinado autor, así como el mayor o menos grado de escrupulosidad que manifestó a la hora de manejar un determinado dato concreto.

Aunque la mayoría de los comentaristas modernos se han entretenido sobre todo en discutir y afinar las cuestiones de límites entre los distintos pueblos, el problema importante, sin embargo, está a nuestro juicio en preguntarse: ¿cómo hemos de ver la realidad de estos pueblos indígenas? ¿Qué contenido histórico-etnológico se esconde bajo los nombres de bastetanos, iacetanos, ilercavones, layetanos, etc.?

Se trata de saber si constituían simples entidades políticas, derivadas de una superestructura de poder, —en cuyo caso las variaciones de fronteras resultarían explicables y en el fondo tendrían escasa importancia histórica— o bien se trata de verdaderos pueblos diferenciados. En este caso sus nombres y sus límites responderían a grupos con personalidad propia, dentro del gran conjunto de civilización ibérica.

Un camino para averiguarlo lo han intentado algunos investigadores relacionando los resultados arqueológicos con las diversas áreas de dichos pueblos. Con el peligro de poner en parangón o de querer establecer diferencias con materiales que no siempre son exactamente contemporáneos y que pueden ser resultado de producciones de momentos distintos, en cuyo caso las diferencias pueden atribuirse a la cronología más que a la distinción tribal. Hasta que no se disponga de un conocimiento mucho más profundo del arte y de la cultura material de los iberos, tales ensayos resultan prematuros.R.B.: TARRADELL, Miguel, Historia Social y Económica de España y América, Ed. Vicens-Vives, 1972, tomo I págs. 76-79.

Ciudad y poblado

El núcleo básico de la organización ibérica fue la ciudad. Paralelamente a la división de pueblos o tribus aparece la ciudad o poblado, como un ejemplo más del sistema típico del mundo mediterráneo antiguo, cuyo ejemplo máximo es Grecia.

Por fortuna nos hallamos aquí en un terreno de conocimiento mucho más firme que en el caso de pueblos o tribus. Las excavaciones han permitido exhumar las ruinas de algunos de ellos, de modo que es posible resumir sus características generales.

Estos núcleos de población manifiestan categoría y grado de urbanización distinto según se trate de los de zonas costeras, más ricas y más abiertas a las corrientes mediterráneas, o de núcleos de montaña. En el primer caso no resulta exagerado incluirlos dentro del concepto de ciudad, mientras que en otros no pasan de poblados o aldeas. Pero se ha generalizado el nombre de poblados aplicados a todos ellos, sin distinción, para significar que no se trata de ciudades comparables a las que hemos de hallar más tarde en los mismo territorios a partir de la época de la romanización.

Es característica general su posición en lugares enclavados, de fácil defensa natural, claro testimonio de una sociedad guerrera y disgregada, en la que debían ser muy frecuentes las luchas entre los grupos tribales y de ciudad a ciudad. La preocupación por la defensa dominó a la hora de elegir emplazamientos, por encima de cualquier otra preocupación.

Los lugares predilectos son la parte alta de cerros o mesetas que presenten acceso fácil por solo uno de sus lados. Así no es raro ver antiguos emplazamientos ibéricos ocupados por castillos medievales, como los casos de Sagunto, Játiva. Los establecimientos ibéricos en llano abierto son raros y en pocos casos llegaron a constituir centros importantes.

A la defensa natural se añaden las murallas, que jamás faltan, ya rodeando todo el núcleo habitado, ya limitadas a las zonas de más fácil acceso cuando el poblado se asienta en alturas prácticamente inaccesibles por algunos de sus frentes. La muralla acostumbra a ser única, sin que apenas conozcamos casos de doble o de triple recinto como es normal en la Meseta o en el área galaica.

La estructura urbana debe adaptarse al terreno, puesto que son muy pocos los casos en que este presenta un llano suficientemente extenso para permitir un desarrollo libre. Existe el poblado de cresta, de eje mayor muy alargado, con escasa posibilidades de ampliación en sentido transversal, y el de meseta redondeada, en cuyo caso el núcleo habitado acostumbra a presentar un plano de forma oblonga.

A menudo fue preciso aprovechar las vertientes superiores del monte para vivienda: las edificaciones presentan gran desnivel y las calles que siguen la dirección de la pendiente son, más que calles, escaleras. Siempre que el terreno lo permite se observa una clara tendencia hacia la regularidad urbanística, aunque sin excesivas precisiones geométricas. las calles tienden a ser paralelas entre sí, formando bloque de casas de cierta regularidad.

Estas calles son estrechas. Las casas están formadas por habitaciones de planta rectangular, por lo general pequeñas. La casa normal no tiene más allá de dos o tres cámaras, y en ciertos casos una sola. No se distinguen dentro de ellas elementos constructivos que diferencien su función: a veces un banco de piedra corrido contra un muro, a veces indicios del hogar en un ángulo o en el centro. Lo normal, sin embargo, es que no se halle, cuando se excava, más que las paredes.

El material constructivo es la piedra, raramente tallada en sillares, sino simplemente debastada, y unida a seco, rellenándose los intersticios con barro. Es corriente que los muros de piedra se limiten a la parte inferior, continuándose el resto, hacia arriba con adobe. En las casas ibéricas no se utilizaron tejas: cuando se hallan, se trata de poblados que se han romanizado. Las cubiertas debieron ser de ramajes, paja, etc., mezcladas con barro, todo ello sostenido por vigas de madera, cuyos troncos se identifican a veces entre las ruinas de las edificaciones.

Las viviendas son muy uniformes, salvo pequeños detalles. No se observan diferencias apreciables que respondan a tipos sociales distintos. tampoco conocemos edificios públicos ni templos. Los santuarios estaban, por lo general, fuera de los poblados, aunque a veces muy cerca de ellos, como en los casos de la Serreta de Alcoy o del Cigarralejo de Mula.R.B.: TARRADELL, Miguel, Historia Social y Económica de España y América, Ed. Vicens-Vives, 1972, tomo I págs. 79-81.

Escritura y lengua

La ibérica fue la primera civilización indígena peninsular que conoció el uso de la escritura. Antes solamente la habían empleado griegos y fenicios, en sus colonias. En territorio ibérico hallamos dos tipòs de sistemas de formas de escribir, íntimamente emparentados entre sí: el meridional, denominado también tartésico o turdetano, y el del Este, el más típico —a veces llamado monetal porque aparece en la mayoría de las monedas ibéricas—, que se extiende por el litoral de Murcia hacia el Norte y alcanza hasta las proximidades de Montpellier, adentrándose también por el valle del Ebro.

Ambos tienen de común una curiosa particularidad: son una mezcla de sistema alfabético y silábico. El mejor conocido, que es el del Este o monetal, merece ser brevemente analizado para dar una idea del sistema. Contiene un signo para cada una de las cinco vocales, así como unas cuantas consonantes también con signo propio: m, n, r, rr, s, ss, t, más otras dos no identificadas con seguridad. A su lado aparecen signos representando sonidos silábicos. La serie b o p con las cinco vocales correspondientes, ba, be, bi, bo, bu, que pueden sonar también pa, pe, pi, po, pu; la serie c-k o gue: ca, ke, ki, co, cu, o también ga, gue, gui, go, gu; y la serie d-t: da, de, di, do, du o bien ta, fe, ti, to, tu.

Precisamente tal mezcla de signos alfabéticos y silábicos produjo la dificultad de su desciframiento, que habiendo comenzado en el siglo XVI no llegó a resultados finales hasta hace cincuenta años. El sistema consiste, pues, o una transición entre las viejas escrituras silábicas, que representan una fase arcaica de la historia de la escritura anterior al uso del alfabeto, y nuevas corrientes procedentes de los sistemas alfabéticos. Ello confiere a la escritura ibérica un carácter arcaico.

Un razonamiento de tipo estrictamente lógico, al margen de lo que se conoce de la cronología de la cultura ibérica, induciría a suponerlo muy antiguo. Pero probablemente más que arcaico es arcaizante. En todo caso no existen pruebas documentales de que ninguna de las dos variantes, ni la del Sur ni la del Este, se hubieran usado antes del s. V, y aun la mayoría los textos hallados son del IV o posteriores.

Plomo de Ullastret en Signario íbero nororiental dual.

Plomo de Ullastret en Signario íbero nororiental dual.

Como en toda sociedad que se halla en fase inicial del uso de la escritura, esta tuvo en el mundo ibérico un papel social reducido. Sólo grupos muy pequeños debían ser capaces de leer y escribir. Las inscripciones son siempre muy breves. Las más extensas están incisas en plaquitas de plomo, que frecuentemente parecen tener significado mágico-religioso. Otras son marcas incisas o pintadas sobre vasijas.

El conocimiento actual se limita al valor fonético de los signos, con seguridad en los del sistema ibérico del Este o monetal, todavía en discusión para varios signos del sistema meridional o turdetano. La imposibilidad de traducción deriva del desconocimiento del idioma en que estos textos están escritos. La lengua ibérica nos es desconocida. Se trata de un idioma que no parece pertenecer al grupo indoeuropeo. Ha sido muy corriente el intento de ponerlo en relación con el vasco, hasta el momento con resultados todavía inciertos.R.B.: TARRADELL, Miguel, Historia Social y Económica de España y América, Ed. Vicens-Vives, 1972, tomo I págs. 81-82.

La industria

Dos destacadas novedades industriales aparecen en la época ibérica: el uso sistemático del hierro, que pasa a ser el metal básico, y la utilización masiva del torno de alfarero, con lo cual la cerámica deja de ser una actividad hogareña de la mujer para convertirse en una industria.

Poco se sabe de la extracción del hierro, de sus fuentes principales de abastecimiento y de los sistemas de distribución del mineral. Pero está claramente atestiguada la intensidad de su uso, que permitió una variedad de instrumental incomparablemente superior a la que pudieron disfrutar los grupos humanos que en épocas anteriores habían vivido sobre el mismo territorio. La entrada del conocimiento del hierro debió realizarse por doble vía: por una parte a través de las invasiones indoeuropeas, que permitieron el contacto con los conocimientos y las técnicas del centro de Europa, y por otra parte, como tantos otros elementos de la civilización ibérica, a través de los contactos con los pueblos colonizadores.

Los poblados y las tumbas ibéricas han proporcionado notable cantidad de objetos de hierro de todo tipo. El armamento, tan importante en la sociedad ibérica, era todo de hierro: espadas —la típica falcata—, lanzas, puñales, así como otros elementos como las espuelas o acicates y los frenos o bocados de caballo, que formaban parte del instrumental del guerrero.

Pero las armas, aunque han llamado mayormente la atención y han sido más estudiadas, quedan en segundo lugar cuando se constata la variedad y el grado de especialización a que llegó la industria ibérica del hierro fabricando herramientas de trabajo. Un estudio reciente sobre los hallazgos de los poblados valencianos ha permitido comprobarlo.

Es muy significativo que buena parte de los materiales provienen de yacimientos pertenecientes a la primera época ibérica, es decir al siglo IV a. de C., o sea en fecha anterior a la llegada de los romanos, por lo cual ninguno de estos instrumentos puede ser atribuido a resultados de la penetración latina y nos muestran la artesanía indígena en su fase más autóctona.

Los instrumentos agrícolas constan de arado, rejas de arado, arrejadas (para limpiar la tierra del arado), layas de dos tipos diversos, legones, azuelas, cucharas de sembrador, escardillos, alcotanas mochas, podones de tipos varios, hoces asimismo variadas, etc. Se trata de tipos que se han mantenido con escasísimas variantes hasta nuestros días, en que buena parte de ellos han sido eliminados por los nuevos elementos nacidos de la revolución industrial.

Precisamente tal continuidad de formas y tipos es lo que ha permitido su identificación y clasificación segura. Conviene advertir que hasta hace poco era idea común suponer que la mayoría de estos instrumentos habían sido introducidos en nuestros campos en época romana.

La fabricación de objetos de hierro alcanza asimismo gran difusión y variedad en lo que concierne a instrumentos para otros oficios. Así tenemos gran cantidad de piezas características del laboreo de la madera, como azuelas, aladros, formones, escoplos, sierras, barrenas, cuñas, hachas varias (de leñador, pequeñas, etc.), martillos-hacha, picos-martillos, doble hacha, compás, etc.

Otros pueden atribuirse a la albañilería, a la cantería, al curtido, a la fabricación de piezas de vestir, a la herrería, a la orfebrería, etc. Además de los usos citados, el hierro se empleó en multitud de otros casos: para clavos, cadenas, llantas de carro, etc.

No cabe duda que el torno de alfarero fue introducido por los fenicios en el Sur y por los griegos en Cataluña. Ello representó un nuevo sistema para la fabricación de vasijas y por primera vez la cerámica toma carácter industrial. Se crean una serie de formas en parte derivadas de tipos griegos o fenicio-cartagineses, en parte originales, que alcanzan gran variedad, en torno de 150 tipos con sus variantes.

Desde grandes urnas y ánforas para contener agua u otros líquidos o también granos, hasta la vajilla de mesa. Los modelos antiguos, a mano, de pastas bastas, derivados de la tradición neolítica y que habían perdurado, con las naturales modificaciones durante milenios, quedan ahora, si no radicalmente apartados, sí reducidos a un pequeño porcentaje.

La cerámica ibérica a torno, la típica, se distingue por su calidad técnica: pasta buena, cochura a temperatura relativamente alta —en torno a los 900 grados—. Las superficies lisas invitan a la decoración pintada y de ahí nace toda una rama del arte ibérico, a la que en seguida habremos de referirnos. Se trata de unas producciones eminentemente locales, que debieron ser fabricadas, si no en cada poblado, por lo menos para áreas comarcales reducidas.

Así se explica la variedad geográfica de detalle que presenta, dentro de una gran uniformidad general tanto en la técnica como en las formas y la decoración. A pesar de haberse hallado repartida por todo el litoral del Mediterráneo occidental, desde Provenza y Liguria hasta Sicilia y desde Marruecos hasta Cerdeña, es de creer que nunca fuera objeto de exportación.

Las hipótesis que se han sugerido, atribuyendo los hallazgos en territorios alejados a los mercenarios ibéricos o a exportación comercial de la cerámica no parecen tener base firme. Es más lógico suponer que las vasijas halladas fuera del área ibérica reflejan un comercio marítimo en el que dicha cerámica intervenía como envase de algún producto cuya identidad ignoramos, pues no puede saberse de qué tipo eran los elementos que los iberos solían ofrecer en su intercambio comercial.R.B.: TARRADELL, Miguel, Historia Social y Económica de España y América, Ed. Vicens-Vives, 1972, tomo I págs. 82-84.

Las cecas ibéricas

Ya hemos visto que la moneda había asomado a nuestro mundo indígena del litoral mediterráneo por la puerta de las dos colonias griegas de la costa catalana, Emporion y Rhode. Y también que, contra lo que a primera vista podía parecer, los fenicios que actuaban en el Sur fueron reacios a adoptar tan sensacional descubrimiento, de forma que no podía producir un impacto comparable en la zona tartésica o ibérica meridional.

El primer paso de la utilización de la moneda por parte de una sociedad que la desconoce es adoptar la de los forasteros. El área de difusión de la moneda griega en España se conoce a través de los hallazgos de piezas de Rhode y sobre todo de Emporion, así como secundariamente de otras cecas griegas y alcanza una amplia zona litoral que viene a corresponderse con el territorio ibérico del Este.

El segundo paso consiste en imitar la misma moneda, primero servilmente y más tarde apropiándosela. Así existe una primera fase de imitación en que aparece la moneda emporitana fabricada como si fuera de la ceca originaria, pero batida por indígenas, que acaban de poner el nombre de su ciudad o tribu sustituyendo la leyenda original.

Siguiendo este proceso aparece la dracma ibérica, en un momento difícil de fijar con exactitud, pero que debe corresponder al siglo III a. de C. Como es normal, los pueblos que entran más tempranamente en la corriente monetaria y se deciden a fabricar con marca propia son los más afectados, por su proximidad, a las colonias griegas.

Así todas las cecas que copian la dracma de Emporión se hallan en Cataluña. La más importante por su cantidad de emisiones es la ciudad de Iltirta, principal centro de los ilergetas, que corresponde a la actual Lérida. Es posible, pero no está probado, que también iniciaran acuñaciones propias en esta primera fase como consecuencia de las corrientes comerciales griegas sobre su área, dos importantes ciudades ibéricas del litoral valenciano: Sagunto y Játiva.

Como en tantos otros aspectos de la vida ibérica, también en el proceso histórico de su incorporación a la economía monetaria se dibujan claramente dos épocas. La que acabamos de indicar, a remolque de la influencia griega, de acción, en este caso, limitada. Y la que se abre a principios del siglo II a. de C., con la incorporación al dominio romano.

El ocupante romano no solo retiró las dracmas acuñadas por los iberos e impuso su divisa, el denario, sino que organizó una serie de nuevas acuñaciones en plata, del valor del denario, y en bronce equivalentes a sus divisores. Estas acuñaciones tienen un carácter muy uniforme, incluso en sus elementos externos: una cabeza masculina (seguramente de divinidad) en el anverso y un jinete en el reverso. A los pies del jinete aparece la leyenda correspondiente a la ciudad o tribu, siempre en escritura ibérica.

En realidad se trata de un elemento que deberíamos describir luego de explicar el proceso de conquista romana. Pero como lo que interesa en este esquema es estudiar en bloque la sociedad ibérica, conviene trazar el proceso de su incorporación a la economía monetaria sin interrupciones.

Así como las acuñaciones de las dracmas indígenas resultaron un fenómeno geográficamente limitado y las densidades de acuñación no parecen haber sido muy elevadas, la moneda ibérica del tipo del denario, fabricada bajo la supervisión romana, representa la plena incorporación del mundo ibérico al sistema monetario.

Políticamente parece haber sido una hábil maniobra romana. Se obligaba a los indígenas a entrar en el ciclo del denario, lo que equivale decir a la economía de los conquistadores, guardando la apariencia de algo propio: las piezas, salvo en el peso y en el módulo, eran distintas, tenían sus propios emblemas y su leyenda en caracteres indígenas.

La extensión geográfica de las cecas de estos nuevos tipos fue muy considerable, alcanzando toda el área ibérica en sentido estricto. Aparecen en el Rosellón, abarcan toda Cataluña y el valle del Ebro hasta Navarra inclusive, alcanzando por la parte meridional del litoral hasta Murcia.

Se nos escapa el significado de la diversidad que presentan los puntos de fabricación, o por lo menos los que indican las leyendas. Así, junto a emisiones que aparentan tener un carácter tribal, existen otras que debieron ser de ciudades En las primeras aparece el nombre del pueblo o tribu, o siempre con un final en -sken.

Así nombres como laiesken o laiescen parece que deben ser interpretados como "de los laie", sobreentendiendo "moneda de los de laie", pues la desinencia sken se supone un genitivo plural. Junto a esta serie tribal con nombre de pueblo aparecen otras en que figura el nombre de la ciudad, sin la señalada desinencia, caso, por ejemplo, de Cesse (Tarragona), de Arse (Sagunto) o de Saiti o Saitabi (Játiva).

Por otra parte hallamos acuñaciones a nombre de ciudades que parecen haber tenido muy escasa importancia, mientras que otras de mayor desarrollo, centros económicos por lo menos a nivel de tribu o de comarca no emitieron o por lo menos no aparecen sus nombres en ninguna pieza.

En este caso se hallan Edeta, ciudad o pueblo de los edetanos, o la ciudad de Elche, sin duda un centro urbano ibérico de primera categoría como lo atestiguan los resultados de la arqueología y la calidad artística de sus esculturas.R.B.: TARRADELL, Miguel, Historia Social y Económica de España y América, Ed. Vicens-Vives, 1972, tomo I págs. 85-87.

Religión

Proporcionalmente a otros aspectos, es de lo que menos se sabe de la civilización ibérica. Si los textos escritos propios se pueden traducir algún día, es probable que tengamos algún apoyo más firme, ya que los clásicos de poco sirven en este caso. La rápida romanización borró los cultos ancestrales, que no aparecen ya en las inscripciones de la época romana, privándonos de conocer, por lo menos, nombres de divinidades de forma paralela a lo que acontece antes áreas peninsulares.

Los lugares de culto abren un horizonte sobre este panorama tan pobre. Conocemos varios santuarios, pocos en número, pero con hallazgos considerables. Su posición, relacionada con el terreno y elementos naturales, ya indica las tendencias a lo que se consideraban lugares sagrados. Del análisis de los emplazamientos deducimos que eran, básicamente, de dos tipos: cuevas y lugares altos.

Los santuarios del Cigarralejo, de Mula, de La Luz de Murcia y de La Serreta de Alcoy se emplazaron en la parte más elevada del cerro en que se asentaban los respectivos poblados, muy próximos al lugar sagrado. En cambio los de Sierra Morena —Collado de los Jardines en Santa Helena junto a Despeñaperros y Castillar de Santisteban— surgen frente a sendas cuevas, de las que no cabe duda que parte la consideración de carácter sagrado del lugar, aunque posteriormente se eleve en sus inmediaciones un pequeño templo.

En varias cuevas del país valenciano se han hallado lotes de pequeñas vasijas de perfil caliciforme, todas ellas iguales, cuya presencia solo se puede explicar por razones votivas. Sin duda son otros ejemplos de lugares sagrados, que no alcanzaron el esplendor de los santuarios de Sierra Morena. En los santuarios el templo nunca llegó a ser una edificación. Su carácter de gran centro ritual lo conocemos a través de los exvotos que depositaban los fieles, que en algunos casos alcanzan millares de piezas.

En los dos citados santuarios andaluces y en el de la Luz de Murcia tales exvotos consistían en figuritas de bronce, en su gran mayoría figuras humanas de oferentes. Así conocemos el aspecto de la sociedad ibérica que constituía la masa de los devotos, pero ignoramos el tipo de divinidad que al adoraban.

En el Cigarralejo de Mula los exvotos son de otro tipo, muy característico: pequeñas esculturas o relieves representando équidos, principalmente caballos. Se trataba de una divinidad protectora de los caballos, similar a las de otros pueblos mediterráneos, como la que en el mundo griego se conoció con el nombre de Potnia theron.

En la Serreta de Alcoy el panorama es completamente distinto: se trata de figuritas de barro cocido, en su mayor parte femeninas, que con frecuencia puede conjeturarse que no representan a los devotos sino a la propia diosa adorada en el lugar. Puede enlazarse con los cultos de tipo de la diosa de la fertilidad o principio femenino, de tanta raigambre, aunque ignoremos los matices concretos que en ese caso podía esconder.

Otra característica general de estos santuarios es el estar separados de los núcleos de habitación. En el interior de los poblados o de la ciudad no se ha conseguido, por ahora, identificar ningún templo. Tampoco sabemos nada sobre la organización sacerdotal que podían comportar los cultos ibéricos.R.B.: TARRADELL, Miguel, Historia Social y Económica de España y América, Ed. Vicens-Vives, 1972, tomo I págs. 87-88.

El arte ibero

El arte ibérico es el fenómeno artístico de mayor importancia aparecido en nuestra Península antes de la romanización. Es preciso detenerse un momento ante una manifestación de tal importancia, que además resulta incomprensiblemente poco conocida. Se ha tratado normalmente solo a nivel especializado dentro del mundo de la arqueología.

Los problemas más estudiados han sido los de la cronología y las influencias que pudieron haberle dado origen. E incluso muchas veces no se ha pasado del nivel descriptivo. Problemas como el de su vinculación social —¿ a qué responde, en realidad, este arte?— o el de los artistas y la clientela, por ejemplo, apenas han sido tocados por los tratadistas.

El arte ibérico tiene dos manifestaciones: la escultura y la pintura sobre cerámica. Las creaciones arquitectónicas, en cambio, son limitadísimas, mediocres. No se conocen apenas edificaciones monumentales dentro del área ibérica. Algunas tumbas, como las de Galera, en Andalucía, son de las escasas muestras que podemos presentar.

Faltan templos, que en las ciudades antiguas constituyeron por lo general las mayores muestras de la capacidad creadora dentro del mundo arquitectónico; faltan asimismo edificios públicos civiles. Sin duda porque no fueron necesarios, dado el grado de desarrollo alcanzado.

La escultura

La escultura, en cambio, es impresionante. Sobre todo la de piedra, específica de la parte meridional del dominio ibérico, ya que no pasa, más que esporádicamente, al norte de la frontera del río Júcar. Esta escultura tiene dos facetas claramente diferenciadas. La gran escultura, en piedra, y los pequeños bronces y terracotas, que eran exvotos que los fieles depositaban en los santuarios.

La escultura de piedra fue lo primero que se conoció del arte ibérico. Hacia 1870-1880 comenzaron a descubrirse las series de los santuarios del sudeste de la Mancha, en la provincia de Albacete: el llamado popularmente Cerro de los Santos (precisamente por las estatuas de santos que aparecían en su área) y el inmediato del Llano de la Consolación.

Poco después, a fines del siglo XIX, vino el hallazgo, producido por azar, del busto conocido con el nombre de la Dama de Elche, encontrado cuando se realizaban trabajos agrícolas en el solar de las ruinas de la antigua Ilici ibérica y romana, cerca del actual Elche.

Estos hallazgos llamaron poderosamente la atención y despertaron la curiosidad sobre unas manifestaciones artísticas indígenas hasta entonces radicalmente ignoradas. A continuación vino el descubrimiento, o mejor la valoración, de las cerámicas pintadas, las cuales no acabaron de poder ser seriadas y estudiadas convenientemente hasta ya entrada nuestra centuria.

Es curioso este proceso, porque indica hasta que punto solo se halla lo que se busca. Hasta que las manifestaciones de la sensibilidad artística contemporánea hubieron alcanzado desarrollo suficiente, la plástica ibérica quedó en la sombra, porque no estaba de acuerdo con los cánones clásicos.

Cuando fueron valoradas las artes exóticas para el mundo occidental o las de las fases pregriegas, entonces surgió esplendorosamente el arte de los iberos, con su sorprendente mezcla de fuerza primaria y de singular refinamiento.

La escultura monumental consiste en una serie de piezas, de tamaño grande, a veces alcanzando tamaño natural, de figuras humanas o animales. Estas a su vez se dividen en las que representan seres reales —leones, toros, etc.— y los mitológicos que, a veces, como en el caso de la llamada bicha de Balazote, recuerdan prototipos del Extremo Oriente, posiblemente a través del arcaísmo griego.

Se trata de figuras que nunca han sido halladas in situ, por lo que resulta difícil conocer su función. Elementos de santuarios, piezas sueltas en relación con cultos de animales, posiblemente, en ciertos casos, unidos a creencias sobre la fecundidad, propia de economías ganaderas.

Las series comienzan en la parte meridional valenciana —la que corresponde a la actual provincia de Alicante— y siguen hacia Murcia, con intrusiones al extremo sudeste de la Meseta (Albacete) y por la Andalucía oriental y central. La figura humana, salvo el caso de los exvotos de los santuarios de la zona albaceteña, ya citados, es rara. Los hallazgos de la antigua Ilici, la Dama de Elche y otros fragmentos aparecidos en las excavaciones de las últimas décadas se manifiestan como una excepción.

Dama de Elche. Busto antropomorfo.

Dama de Elche. Busto antropomorfo.

Hoy resulta claro que tales producciones pertenecen a la primera fase de la cultura ibérica y que se esculpieron durante los siglos V y IV y quizá en parte en la primera mitad del III a. de C. Las discusiones sobre la fecha de la gran escultura ibérica en piedra, que fueron largas y apasionadas, podemos darlas actualmente por resueltas. Son muchos los datos que nos demuestran que en la segunda fase ibérica, la contemporánea del dominio romano, destacó por otras producciones plásticas, pero que no fue la de la famosa escultura.

Sabemos mucho menos, en cambio, del proceso de creación. Es evidente que existió en su base cierto influjo griego. Incluso no puede desecharse la idea de que en sus orígenes hubieran intervenido algunos escultores griegos ambulantes, que pudieron haber trabajado al servicio de los indígenas.

Pero, en líneas generales, se trata de un fenómeno autóctono. Salvo ciertos casos hipotéticos, los escultores fueron del país, y habría que ver si ciertos paralelismos que se señalan entre la escultura ibérica y la griega arcaica responden a semejantes condiciones ambientales y sociales tanto o más que a contactos artísticos directos.

¿Cómo se produjo este arte? Problema, como acabamos de indicar, poco estudiado. Nosotros, en un libro reciente sobre el arte ibérico, nos hemos atrevido a proponer la existencia de artistas o artesanos ambulantes, trabajando para una clientela doble: sacerdotes en lo que respecta a las figuras religiosas más específicas, y régulos o cortes para las piezas más vinculadas al ámbito urbano. De otra manera resulta difícil explicarse la unidad manifestada por la escultura ibérica, así como las dificultades de transporte que presentan muchas de las piezas mayores.

Así resultaría que la gran escultura ibérica podría ser hija de grupos de artistas relativamente pocos numerosos, viviendo en una época breve. Tal es el panorama que nos dibujan las propias piezas cuando las analizamos.

Caso muy distinto es la pequeña escultura de los santuarios, exvotos ofrecidos en cantidades ingentes por los devotos que los visitaban. Se conocen hasta este momento tres grandes lotes de bronces: dos correspondientes a los santuarios del Collado de los Jardines y de Castillar de Santisteban, ambos en las sierras del Sistema Bético, al norte de la provincia de Jaén, y otro, menos numeroso, de santuario de La Luz, en las inmediaciones de la ciudad de Murcia. Se trata de pequeñas figuritas de bronce, representando sobre todo a hombres y mujeres en actitud adorante.

Guerrero de Mogente (Valencia).

Guerrero de Mogente (Valencia).

Sus calidades son muy distintas, van desde obras de indudable categoría hasta simples esquemas en que la figura humana se ha reducido a una cabeza redonda y cuerpo en forma de tira circular que le da el aspecto de un clavo.

Estamos en este caso frente a un arte popular, fabricado a molde, en series numerosas, para las grandes masas que visitaban los santuarios. En la zona de Alcoy, donde no existe cobre, resultaba más difícil fabricar exvotos en cantidad a base de metal. Se optó por la cerámica, de modo que las ofrendas al santuario del poblado de La Serreta son de terracota.

En este caso no se trata de retratos de los fieles, sino de representaciones de una divinidad femenina que se veneraba en el santuario, y en las que hallamos estilos artísticos distintos, desde los que muestran claras influencias del mundo clásico —sobre todo griego— o los productos típicos del arte popular más primario.

La pintura sobre cerámica

Otro capítulo importante es la pintura sobre cerámica, El uso sistemático del torno, al crear superficies lisas y regulares, invita a la decoración pictórica. Desde los comienzos de la aparición de la cerámica ibérica se halla pintura, con motivos simples: franjas paralelas que rodean la superficie del vaso, motivos geométricos, elementales.

Es el estilo geométrico que ya no desaparecerá mientras exista la cerámica ibérica, y que se extiende por toda el área de la civilización. Resulta el estilo más fácilmente emparentable con otros productos cerámicos pintados del mundo mediterráneo, tanto de origen griego como de origen feniciopúnico.

Pero más tarde, a partir del siglo III a. de C., nos encontramos con otros dos estilos, los más característicos y originales. El que nosotros llamamos estilo simbólico, término que preferimos al del estilo de Elche-Archena con que es conocido tradicionalmente desde hace cincuenta años, y que se basa en su localización geográfica según los primeros lugares de descubrimiento.

Se trata en efecto de un estilo característico de la zona del extremo sur valenciano y del territorio murciano. Se caracteriza por sus figuras simbólicas —diosas aladas, carnívoros, etc.— en figuras de tamaño relativamente grande, a veces no completas, de arte refinado y muy original, rodeadas de elementos diversos que rellenan el resto de la composición. Sociológicamente solo puede interpretarse como producto de una sociedad bastante desarrollada, con predominio urbano, e indudablemente debe tener raíz religiosa. No existe en todo el ámbito ibérico pintura de mayor calidad.

Sin embargo, por la gracia y anécdota, es superado por el estilo narrativo, llamado también de Oliva Liria, lugares típicos de los primeros hallazgos, si bien ahora sabemos que el estilo se extendió hacia el valle del Ebro según señalan los recientes descubrimientos de Alloza.

Vaso de la Doma, cerámica decorada de Tosal de San Miguel.

Vaso de la Doma, cerámica decorada de Tosal de San Miguel.

Aparecen escenas con figuras humanas, representaciones de guerras, de cacerías, de danzas, etc., por lo que junto a su valor artístico estas piezas presentan enorme interés etnológico. Así resulta que ahora son las más famosas de toda la cerámica ibérica pintada. Lo interpretamos como un arte popular, hijo de sociedades rurales, menos complejas que las que produjeron el elaborado estilo simbólico, pero que por lo mismo resulta mucho más vivo.

Junto al geométrico, el estilo que presenta mayor extensión geográfica es el decorativo, con sus elementos combinados a base de motivos tomados casi siempre de mundo vegetal -hojas, flores- que se unen a otros, propios del estilo geométrico. En este caso el objetivo o es representar figuras simbólicas o escenas de la vida diaria, como en los dos anteriores, sino conseguir una riqueza decorativa mayor que la alcanzada con simples juegos geométricos.

No es de extrañar pues que se halle en toda el área de la civilización ibérica, desde el Languedoc hasta Andalucía, y que tenga su mayor predominio en las áreas rurales de Cataluña y del valle de Ebro, donde no llegaron los estilos simbólico y narrativo.

¿A qué responde la división geográfica de los diversos tipos? Inicialmente se supuso que estaba en relación con los grupos tribales, con los pueblos cuyos nombres conocemos a través de las fuentes clásicas. Pero tal hipótesis no se mantiene.

El estilo narrativo, por ejemplo, aparece en Oliva, que corresponde a los contestanos, en Liria, que fue de los edetanos, y en Alloza, muy lejos del ámbito de los pueblos mencionados. Nos inclinamos pues, como acabamos de insinuar, a ver en los diferentes estilos niveles socioeconómicos.

Pero queda mucho por descubrir antes de poder alcanzar conclusiones sólidas. Lo que sí resulta evidente es la diferencia entre escultura y pintura cerámica. La escultura es un arte creado por pequeños grupos de artistas, probablemente ambulantes, lo que explica su unidad, su calidad técnica. Iba dirigido a una clientela reducida.

La cerámica, por el contrario, tiene muchos centros de producción; tantos como alfareros, lo que explica su variedad, aun dentro de una personalidad general inconfundible. Es producción de pintores artesanos, y posiblemente en esta vinculación popular está la clave de su perduración y de su auge en la segunda etapa ibérica, cuando la gran escultura ya había muerto.

Porque uno de los fenómenos más característicos del arte ibérico es que sus dos grandes producciones son hijas de fases distintas. La gran escultura se dio en la época antigua (siglos V-IV), mientras que los estilos más elaborados de la pintura, fueron ejecutados durante los siglos II y I, comenzando quizás en el III.

R.B.: TARRADELL, Miguel, Historia Social y Económica de España y América, Ed. Vicens-Vives, 1972, tomo I págs. 88-93.