La colonización fenicia

Impacto en el Mediterráneo

En los primeros siglos del primer milenio a. de C. aparece un hecho nuevo: unos navegantes y colonizadores establecen un puente entre las costas mediterráneas peninsulares y las civilizaciones del otro lado del Mediterráneo, que habían alcanzado el máximo desarrollo hasta entonces conocido por cualquier grupo humano.

Mapa de las principales rutas comerciales usadas por los fenicios.
Mapa de las principales rutas comerciales usadas por los fenicios.

Fenicios y griegos tenían tras de sí los resultados de la llamada revolución urbana, poseían alfabeto y el uso normal del hierro, empleaban (los griegos) la moneda, eran dueños de una serie de técnicas agrícolas e industriales enormemente distanciadas de las utilizadas por los pueblos bárbaros de la Europa occidental.

No era la primera vez que este puente se establecía. Por lo menos desde los comienzos de la agricultura, pasando por los periodos del cobre y del bronce, los estímulos de grupos más avanzados habían llegado a nuestra península, sea por vía directa, por navegaciones y algo que podríamos denominar colonizaciones, sea por reflejo indirecto.

Pero con los fenicios y los griegos su reiteración, ampliada, alcanza un nuevo valor: la entrada del litoral mediterráneo hispánico en lo que en nuestra visión denominamos la historia. Fruto de este contacto podemos apoyarnos, por vez primera, en documentos escritos.

El acontecimiento es importante para nosotros sobre todo por su repercusión en la sociedad indígena. Desde el punto de vista de la historia griega, o incluso fenicia, la aventura colonial en el extremo occidente del Mediterráneo tiene un valor secundario. Desde el punto de vista del impacto sobre las gentes del país la cosa cambia.

Gran parte de las transformaciones que hemos de ver en los pueblos extendidos entre Cataluña y Portugal meridional hubieran resultado imposibles sin la presencia de los colonizadores y comerciantes griegos y fenicios. Así se explica la aparición de las civilizaciones tartésica e ibérica, que constituyen los núcleos más originales y más adelantados hasta la romanización.

Precisemos que de ninguna manera se trata de un fenómeno a escala peninsular. Las zonas ocupadas por la verdadera colonización fueron, como veremos en seguida muy reducidas. Las que recibieron la penetración comercial y absorbieron técnicas artesanas o conocimientos culturales, alcanzaron un área más considerable. Pero zonas muy amplias como la Meseta, buena parte del litoral atlántico y todo el Cantábrico quedaron al margen de modo radical.

En cambio, la acción de los griegos en nuestra península está íntimamente vinculada con la de las costas de Provenza y Languedoc, mientras que la de los fenicios no puede separarse del norte de África, en especial de su extremo occidental.R.B.: TARRADELL, Miguel, Historia Social y Económica de España y América, Ed. Vicens-Vives, 1972, tomo I págs. 47-48.

Los fenicios en Andalucía

En pocos capítulos de la historia antigua Peninsular, seguramente en ningún otro, se ha producido en los últimos veinte años un cambio tan espectacular en nuestros conocimientos. La visión del proceso histórico de los fenicios en el extremo occidente que podemos ofrecer ahora es nueva. Depende, en lo fundamental, de los resultados de las investigaciones arqueológicas llevadas a cabo en dos décadas en las costas de Argelia y de Marruecos últimamente en Andalucía.

Las excavaciones de Lixus, en la costa atlántica marroquí junto a Larache (a un centenar de kilómetros al sur de Tánger), permiten conocer como fue una gran ciudad fenicia, considerada como hermana gemela de Cádiz, cuya continuidad urbana impide su conocimiento antiguo.

Se han descubierto y exhumado, además, una serie de factorías, que van desde el refugio para apoyar la navegación de cabotaje hasta la pequeña ciudad-mercado, centro de comercio con los indígenas, que en ciertos casos se transformará con el tiempo en ciudad, que pasará a ser indígena.

Ruinas de Lixus.
Ruinas de Lixus.

No otra cosa son en la costa argelina los yacimientos recientemente descubiertos y explorados de Rachgoun, Mersa Madak, Les Andalouses, o en la marroquí Emsá, Tamuda, Sidi Abdselam del Behar.

Después de tantos años de tratar de los fenicios en Andalucía sin conocer ningún resto de las demás fases de su historia, comenzamos a tener ante los ojos las necrópolis de los establecimientos costeros en Almuñécar, antigua Sexi, y en varios puntos de la costa malagueña en torno a Vélez-Málaga o alrededor de la ciudad de Huelva.

Al mismo tiempo se extiende a una considerable cantidad de materiales importados o fabricados in situ. Entre estos materiales adquieren particular interés un tipo de cerámica, que hemos llamado de barniz rojo, cuyas características —origen, tipos diversos, cronología según los tipos, área de expansión, etc.— constituyen una fuente de datos, insospechados hasta hace bien poco.

Gracias a estos elementos de tan reciente adquisición, el panorama histórico de la colonización fenicia comienza a poder ser esbozado con mayor firmeza, aunque queden, como es lógico, muchos interrogantes, incluso en puntos capitales. En este caso era necesario una referencia, aunque rápida, a las novedades de investigación para justificar el que a continuación presentemos una panorámica muy distinta a la que es normal en las historias generales, reflejo de un estado de conocimientos distinto al que hoy se dispone.

Las fuentes clásicas greco-latinas, recogiendo viejas e inciertas tradiciones, asignan a los comienzos de la civilización fenicia una fecha muy remota, anterior al primer milenio. Según ella, por lo menos tres ciudades —Utica en la costa tunecina, y Cádiz y Lixus en el círculo del Estrecho de Gibraltar—, se fundaron hacia 1100 a. de C.

Los hallazgos recientes, con una coherencia extraordinaria, muestran que en realidad la época del gran empuje colonizador comenzó en el s. VIII, y de modo más seguro y mejor documentado, en el s. VII. Para ligar ambas fuentes, puede suponerse que lo que reflejaban las viejas tradiciones más que la colonización propiamente dicha son los primeros ensayos de exploración, los contactos iniciales, cuando alguna naves, o grupos de naves, se arriesgaban esporádicamente a los primeros viajes de intercambio, sin que este comercio comportara establecimientos en tierra ni emigración, lo que explicaría la falta de vestigios.

En todo caso la fase sin documentación arqueológica, que podemos llamar pre-colonización, interesa menos desde el punto de vista de la historia, ya que no parece haber tenido repercusiones importantes ni en un sentido —el de los fenicios— ni en el otro —en el de los indígenas.—

Otra cosa es el periodo siguiente, que se inicia en los siglos VIII y VII a. de C. Observemos de paso que se trata del momento en que la presencia fenicia en el Mediterráneo se hace importante no solo en relación al extremo occidente. Más o menos paralelamente se sitúan los orígenes de los establecimientos fenicios en Cerdeña —varias ciudades importantes—, en el extremo oeste de Sicilia y sobre todo en la costa tunecina, donde en 814, según las fuentes, se funda Cartago, cuya acción tanto habría de pesar en tiempos venideros en el conjunto de la aventura colonial semítica. Del siglo VIII al VI es un momento de gran vitalidad.

Es asimismo la época de la expansión colonial griega, fenómeno que siguió al movimiento fenicio y que en buena parte se desarrolló paralelamente. Los establecimientos estaban elegidos en su doble función de puertos y centros de intercambio y solo en pocos casos con ambiciones de establecer algo que pudiera llamarse una ciudad. En principio las islas próximas a la costa y a la península, fáciles de defender fueron especialmente consideradas lugares idóneos.

Este es el caso de Cádiz, entonces todavía no unida a tierra por el angosto istmo hoy existente, o de Almuñécar que quizá había perdido ya su carácter insular pero que en todo caso mantenía parecidas condiciones. Otro tipo de establecimiento preferido: una colina junto a una playa, mejor si ofrecía buen refugio a los vientos y si tenía cerca un curso de agua.

Las naves de la época no necesitaban puertos en el sentido moderno de la palabra. Su escaso tonelaje y su calado poco profundo les permitían aprovechar una simple playa, en la cual podían ser varadas en forma análoga a como se realiza hoy con las barcas de pesca.

En tales condiciones, las facilidades de crear establecimientos costeros eran considerablemente mayores que las que hoy nos imaginamos cuando involuntariamente pensamos en un refugio marítimo como algo que debe presentar exigencias tan distintas de las que precisaba la navegación antigua, sobre todo la prerromana.

Birreme con dos filas de remeros.
Birreme (dieris) con dos filas de remeros.

El objetivo de la aventura fenicia fue el intercambio comercial. País pequeño, sin excedentes demográficos considerables, Fenicia no podía realizar, aunque tal hubiera sido su política, una verdadera colonización en el sentido de emigraciones de grupos considerables de ciudadanos. Las ciudades, pues, fueron escasas. En las costas españolas solo existió una: Gadir, o sea Cádiz, que junto con Lixus en la costa africana fue la primera ciudad en sentido estricto existente en el extremo occidente.

La afortunada circunstancia de haber podido excavar en las ruinas de Lixus permite traducir los resultados al caso de Cádiz, inasequible a la investigación, con ciertas posibilidades de aproximación incluso demográficas. La ciudad de Lixus cubría más de diez hectáreas de superficie ya en los siglos VII-V, extensión sorprendente para un núcleo urbano situado en el extremo del mundo.

Ha sido muy discutido el coeficiente correcto de habitantes por hectárea que hay que aplicar a las ciudades antiguas. Desde los 500 que se ha utilizado como máximo, hasta los 250 que otros defienden, y que es el mínimo, resulta prudente el de 300, surgido de la comparación de ciudades musulmanas del Mogreb en el siglo XIX, antes de las transformaciones modernas, cuyo tipo de vida y de casa no está muy distante de las de la época antigua —o por lo menos de época romana.—

Considerándolo válido por aproximación, tendríamos que Lixus alcanzó una población de 3.000 habitantes, más bien más que menos. Sin duda la demografía de Cádiz en las mismas fechas no sería inferior. No es aventurado suponer que, a partir del siglo V, pudiera alcanzar y probablemente superar los 4.000 habitantes. Puede parecer una cifra modesta, considerada desde la óptica actual, pero no conviene olvidar que muchas ciudades griegas o romanas, metropolitanas en ambos casos, no pasaban de los cinco mil habitantes.

Hemos de renunciar a saber cómo estaba compuesta esta población de Cádiz o de Lixus. ¿Eran todo inmigrantes, colonos? ¿Existió un proceso de atracción y se avecindaron grupos de indígenas? Y entre la población forastera, ¿qué tanto por ciento procedía de Fenicia y qué tanto por ciento de otros focos orientales íntimamente vinculados con Fenicia, Chipre por ejemplo?.

No estamos en condiciones de responder. No hemos apuntado al azar el caso de Chipre. La influencia chipriota, que se distingue de lo estrictamente fenicio por una serie de matices especiales, está presente en muchos productos importados. Incluso, como hemos de ver pronto, afecta a las imitaciones realizadas ya en el mundo indígena tocado por los estímulos coloniales, concretamente a las producciones tartésicas.

La acción fenicia no se interrumpió hasta la romanización. Es imposible seguirla en detalle, a través de los tiempos, entre este momento señalado de los siglos VIII-V en adelante. Pero lo que sí ha de aceptarse, por lo menos como una sólida hipótesis de trabajo, es su continuidad, la existencia permanente del puente entre los dos extremos del Mediterráneo, contra lo que se ha venido afirmando hasta ahora.R.B.: TARRADELL, Miguel, Historia Social y Económica de España y América, Ed. Vicens-Vives, 1972, tomo I págs. 48-53.

Establecimientos zona fenicia

La zona afectada por la colonización fenicia fue le litoral andaluz. Su centro fue, naturalmente, Gadir (Cádiz), la única ciudad importante establecida por los fenicios en el extremo occidente mediterráneo, junto con Lixus en la costa marroquí. Por su carácter único ejerció una cierta capitalidad moral sobre el resto de los establecimientos fenicios peninsulares. No solo se trata de un factor económico. Su famoso templo de Melqart, el dios fenicio que en época romana fue identificado con Hércules, debió ser sin duda el santuario más importante del mundo colonial fenicio hispánico.

Hay indicios que nos permiten entrever el prestigio de la metrópolis gaditana: por ejemplo, cuando las ciudades menores del litoral andaluz comienzan a emitir moneda propia —ya dentro de la época del dominio romano— son varias las que imitan los símbolos de las piezas gaditanas, la cabeza de Melqart-Hércules en el anverso y los atunes en el reverso.

De estas poblaciones secundarias estamos medianamente documentados sobre dos de ellas. Hacia el Oriente estuvo Abdera, que corresponde a la actual Adra, en la costa de la provincia de Almería, hacia la parte central del área de colonización Sexi o (Sexsi), sita donde hoy Almuñécar, en el litoral de la provincia de Granada. Correspondiendo al mismo emplazamiento que la actual ciudad de Málaga estaba Malaca, cuyo nombre, ligeramente transformado, ha continuado hasta nuestros días.

Los tres debieron ser los centros de mayor envergadura de la zona fenicia peninsular, a gran distancia de Gadir en lo que respecta a su demografía e importancia. Los tres fueron posteriormente ciudades romanas, y durante la primera fase de sumisión al poder de Roma fabricaron su moneda marcándola con el nombre de la ciudad todavía con letras fenicias.

Existieron además otras muchas factorías cuyos nombres antiguos ignoramos, pues no han dejado rastro suficiente en la tradición escrita clásica —por lo menos en la parte que ha llegado hasta nosotros—. Desde principios del siglo las excavaciones habían revelado la presencia de una de ellas en la costa oriental almeriense, junto a Herrerías en el pequeño pueblo de pescadores de Villaricos, cuyo nombre en época romana fue Baria.

Un importante núcleo de tumbas permitió conocer ciertos aspectos de la factoría de época fenicio-púnica, desde el siglo V o VI a. de C. hasta enlazar con el momento de la romanización. Este caso se ha incrementado con recientes exploraciones arqueológicas del litoral de la provincia de Málaga, en especial en la zona de Vélez-Málaga, donde están exhumándose, en trabajos en curso, una serie de varios establecimientos coloniales que formaron parte de las factorías del primer momento de pujanza de la acción fenicia en el Occidente, o sea de los siglos VII a VI a. de C.

De algunas de estas factorías conocemos el emplazamiento de las viviendas, de otras, tumbas, en ciertos casos de gran calidad constructiva y con notables objetos importados —joyas por ejemplo— junto a la habitual cerámica de barniz rojo.

Semejantes hallazgos se están extendiendo, mientras redactamos estas líneas, al área en torno a la ciudad de Huelva, en especial tumbas en las colinas que rodean la ciudad actual. Se abre con ello un nuevo capítulo en el estudio de la colonización fenicia, ya que hasta ahora nada se conocía de dicha área. Se trata asimismo de sepulturas de los siglos VII (o quizá VIII), VI y V a. de C. con ajuares semejantes a los del litoral malagueño.
Pero el hallazgo más brillante de la acción fenicia, se ha dado, por azar en Almuñécar, localidad de la que ya conocíamos los precedentes coloniales fenicios: una necrópolis con tumbas de incineración, del tipo pozo poco profundo, con materiales fenicios, algunos de imitación egipcia, como vasos de alabastro con cartuchos faraónicos, sin que falten piezas compradas en el mundo griego, como cerámica proto-corintia del siglo VII.

De seguir los descubrimientos arqueológicos al mismo ritmo que en los últimos veinte años, es de esperar que dentro de un plazo no excesivamente largo tendremos muchos más datos para el conocimiento del área fenicia de la zona del Estrecho de Gibraltar.

Hoy es posible entrever que el centro del área fenicia de la zona del Estrecho de Gibraltar fue la costa de Andalucía, pero no es fácil fijar los límites extremos tanto por la parte occidental como por la oriental, Respecto a esta última, ya hemos indicado que hoy el establecimiento conocido más hacia el Este es el de Villaricos, pero habrá que realizar un análisis a fondo de sus materiales para fijar hasta que punto debe ser incluido en esta área o bien pertenece a la zona de predominio cartaginés, y un análisis de este tipo no se ha realizado todavía con suficiente garantía.

En cuanto al límite Oeste, que se puede fijar hoy en los alrededores de Huelva, habrá que esperar a una exploración sistemática de la costa meridional portuguesa, la del Algarve, para saber si fue asimismo objeto de asentamientos de factorías. Ciertos indicios permiten suponerlo. Así el reciente hallazgo de un tesoro de joyas de oro en Sines, en el litoral del Alentejo, revela influencias fenicias penetrando más al N. que la propia costa del Algarve.R.B.: TARRADELL, Miguel, Historia Social y Económica de España y América, Ed. Vicens-Vives, 1972, tomo I págs. 53-55.

La colonización fenicia

Nadie discute que el objetivo esencial del proceso de la colonización fenicia fueron los metales peninsulares. Se trata de un territorio que por su riqueza minera no tenía parangón en el Mediterráneo antiguo. Reunía amplias posibilidades en dos tipos de metales: los llamados preciosos, oro y plata, y los industriales, cobre, estaño y plomo. Para la economía del Mediterráneo oriental el acceso a los metales hispánicos puede ponerse en paralelo con lo que representaron para Europa, a partir del s. XVI, los filones metalíferos americanos.

Se trata, además, de un producto que presenta espacialísimas facilidades de transporte, incluso en las embarcaciones de la época, de modestas dimensiones, obligadas a escalas constantes —o sea, a viajes de larga duración.—

Las posibilidades del oro se presentaban sobre todo en dos puntos: Andalucía y Galicia. En ambas zonas están bien atestiguados durante la última fase de la Edad de Bronce, en ambiente indígena La abundancia de hallazgos de joyas de oro en Galicia es un hecho bien conocido por los arqueólogos desde largo tiempo.

El reciente hallazgo de los dos tesoros de Villena, sobre todo el más espectacular de ellos, el tesoro real, nos muestra cual eran las posibilidades de un pequeño jefe de la región meridional hispánica en cuanto a disponer de una vajilla de piezas de oro. Lo cual no hace más que confirmar la tradición escrita clásica, que refleja el deslumbramiento producido a los griegos por la abundancia de metales preciosos en manos de los tartesios.

El Tesoro de Villena
El Tesoro de Villena está formado por 59 objetos de oro, plata, hierro y ámbar que totalizan un peso de casi 10 kilos y está datado alrededor del año 1000 a.C.

Algo similar acontece con la plata, aunque los historiadores acostumbran a dejarla en un lugar secundario. Recientemente se han estudiado algunas explotaciones mineras antiguas de Riotinto, de las que se suponía se había beneficiado cobre. Pero el análisis de las escorias demuestra que se extrajeron enormes cantidades de jarosita, que apenas contiene cobre (de 0,13 a 0,03%) y en cambio se muestra rica en plata, que puede llegar a superar los dos Kg. por tonelada. Parece indudable, según estos análisis, que el objetivo de la explotación sería, pues, la plata.

Ahora bien, en las minas hay que distinguir dos épocas. Una, que ahora no nos interesa, pertenece a los tiempos romanos alcanzando hasta la época árabe. Pero la etapa primitiva puede atribuirse a los fenicios, pues en el lugar han aparecido materiales fenicios de los siglos VII y VI, especialmente cerámica. Con estos elementos puede ligarse la fase antigua de la explotación, realizada con técnicas mucho más primitivas que las romanas: galerías, pequeñas e irregulares, en las que con frecuencia solo puede penetrar un hombre a gatas, que recuerdan muy de cerca las famosas minas de plata de Laurion en el Atica (una de las grandes fuentes de riqueza de Atenas del s. V a. de C.).

Se ha calculado que las escorias alcanzan la fantástica cantidad de 20 millones de toneladas. La cantidad de plata extraída durante la antigüedad hubiera sido pues, impresionante. No puede decidirse naturalmente, la parte correspondiente a la época que ahora nos interesa. Pero en todo caso se trata de un testimonio de valor incuestionable para añadir al dossier del comercio fenicio de la plata.

No es preciso insistir sobre el valor del cobre y del estaño en una época en que el bronce seguía siendo el metal básico, al lado del hierro. El cobre podía obtenerse, además en un área próxima a la zona costera de la colonización fenicia, en la minas de Huelva. El estaño siempre resultó difícil en el Mediterráneo oriental, muy pobre en yacimientos.

En Occidente, la situación de los grandes centros productores es netamente atlántica: Galicia, Bretaña, las islas Británicas. De aquí otro motivo para acrecentar el valor que tenía para los fenicios dominar el Estrecho de Gibraltar, puerta hacia los países del estaño.

Los metales eran el elemento primordial. No quiere decir exclusivo. El comercio de intercambio fenicio difícilmente debía dejar de aprovechar, secundariamente, otros elementos, que conocemos menos bien, pero que conviene no olvidar. La contrapartida en el intercambio eran los productos manufacturados procedentes de sus propios talleres, a los que se añadían otros originarios de Grecia, de Egipto, etc.

Los tejidos fenicios eran famosos y debieron desempeñar un papel importante en los intercambios. Conocemos mejor otro elementos más perdurables: los objetos fabricados con pasta vítrea a menudo multicolor, que van desde las botellitas que contendrían perfumes y ungüentos hasta las cuentas de collar; las joyas, que pronto fueron imitadas en obradores indígenas; armas e instrumentos de metal de tipos varios. En resumen, el clásico ciclo de la economía colonial de todos los tiempos, con los matices propios del momento.

Pero sería un error limitar la acción fenicia a la economía de intercambio, tal como la hemos presentado hasta el momento. Este fue el estímulo básico y sin duda el elemento de mayor volumen. Pero a partir de un momento que podemos aventurarnos a fijar en el s. VI y quizá firmemente en el V, al lado de los intercambios apuntados la economía de la colonización empezó a abrir nuevos campos de acción. De especial interés porque algunos de ellos consistieron en la creación de fuentes de riqueza de larga repercusión.

Un caso típico, de los mejor conocidos, es el de la explotación de la pesca y su industrialización. En el capítulo correspondiente a la economía hispano-romana hemos de referirnos a la industria del salazón de pescado, de gran intensidad en las costas meridionales de la Península en los siglos del Imperio romano.

Pues bien, aunque las instalaciones conocidas hasta ahora son construcciones romanas, la industria es originariamente fenicia. Hasta el punto de que la distribución de las factorías romanas se corresponde con gran exactitud con los lugares de establecimientos coloniales fenicios.

Uno de los principales productos preparados con el pescado —en especial con el atún— era el llamado garon por los griegos y garum en latín, el garum procedente de la zona de Cádiz se vendía en Atenas ya en el s. V a. de C., o sea en la época de la plenitud de la colonización fenicia. Ligada con la industria salazonera estaba la producción de sal, otra de las fuentes de riqueza puestas en valor, en grandes proporciones, por la acción colonial fenicia.

No es preciso ahora señalar otros elementos, que hemos de valorar cuando se trate de las sociedades indígenas que recibieron su herencia. Baste el toque de atención, para no caer en una simplificación excesiva, y mostrar la complejidad de un mecanismo económico que no se redujo en embarcar metales para Oriente.

R.B.: TARRADELL, Miguel, Historia Social y Económica de España y América, Ed. Vicens-Vives, 1972, tomo I págs. 57-60.