Los Griegos

La colonización griega
Los griegos en occidente
Emporion
La expansión del siglo IV
La moneda

Los griegos en occidente

La colonización griega, que siguió a la fenicia, se distingue de esta porque movilizó masas considerables —dentro de la escala demográfica antigua—. Trataba de colocar un excedente humano y de aquí que surgieran territorios —Sicilia y sur de Italia— en los que la emigración produjo la existencia de verdaderas prolongaciones de Grecia. Pero no es este el caso del extremo occidente.

Colonización griega del siglo VIII al IV a. de C.

Colonización griega del siglo VIII al IV a. de C.

Al oeste de la Magna Grecia (Italia meridional) el mecanismo colonial griego fue en este aspecto muy parecido al fenicio. Se limitó a la acción comercial marítima, con instalaciones de unas pocas ciudades y de algunas factorías. El centro de esta acción fueron las costas provenzales, y la fundación más importante Massalia (Marsella).

El área colonizadora del arco del Mediterráneo occidental alcanzó también las costas septentrionales de Cataluña. Las colonias griegas del Ampurdán hay que verlas en función de este fenómeno, que no es exclusivamente hispánico.

Pero junto a esta colonización que tuvo éxito, hubo otro intento fracasado; la penetración hasta el Estrecho de Gibraltar. Es decir, un ensayo de competir con los fenicios en el comercio de los metales andaluces y en la vía del estaño. Las fuentes griegas sobre Tartessos, que acabamos de citar, derivan de este intento, conocido más por las referencias literarias que por los vestigios que hubiera podido dejar.

Es cierto que esporádicamente se han realizado en Andalucía hallazgos de materiales griegos, correspondientes más o menos a la época del viaje de Colaios de Samos, o sea del s. XVII y del VI. Siempre queda, sin embargo, la duda de que si tales objetos proceden del comercio directo griego o bien si han llegado en naves fenicias, como uno de tantos elementos de intercambio.

Aunque los primeros ensayos helénicos de penetración marítima hacia el más lejano occidente fueran varios —Colaios era un samio, los primeros que se dirigieron a las costas provenzales y catalanas fueron los rodios—, los que intentaron la colonización sistemática eran focenses.

Focea, ciudad jónica de la costa del Asia Menor, pequeña y sin que hubiera jugado papel destacado en las grandes colonizaciones, fue la que tomó a su cargo la acción que ahora nos interesa.

Estamos muy mal informados de lo que pudo ser el proceso de las navegaciones hacia la parte meridional mediterránea. Los historiadores han establecido una posible ruta que aprovechando el puente de las Baleares alcanzaba las costas peninsulares por las tierras meridionales valencianas.

Testimonio de ella serían ciertos nombres griegos con final en oussa, que aparecen en denominaciones helénicas antiguas en las Baleares, así como las supuestas colonias de Hemeroscopeion y otras más oscuras que se suponen establecidas, ya en el s. VI, en el litoral valenciano.

Hemeroscopeion se ha querido identificar tradicionalmente con Denia, si bien otros la han buscado en puntos cercanos, como Jávea o el Peñón de Ifach. Todo este proceso, si existió como la historiografía lo ha recreado, queda en la penumbra y con escasas bases sólidas de apoyo.

Por ejemplo, la supuesta colonia de Hemeroscopeion no ha proporcionado el menor rastro arqueológico de su presencia, no ya en cuanto que nunca han sido hallados vestigios de la supuesta ciudad, sino por la falta de importaciones griegas antiguas en su hinterland.

Emporion

Mientras nos vemos obligados a tratar este proceso con los documentos muy fragmentarios, poseemos una preciosa fuente de información directa para saber cómo era una ciudad colonial en nuestras costas.

Escultura de Asclepio encontrada en el yacimiento arqueológico de Ampurias.

Escultura de Asclepio encontrada en el yacimiento arqueológico de Ampurias.

Emporion (cast. Ampurias, cat. Empúries) es un caso único entre todos los vestigios griegos al oeste de Italia. Habiendo desaparecido como ciudad al final de la época romana, convertido su solar en campos y dunas, ha podido ser excavada en gran escala.

Desde 1908 hasta hoy varias instituciones científicas de Barcelona han intervenido en los trabajos, en un caso de continuidad asimismo único en la arqueología peninsular. Así disponemos de la posibilidad de conocer bien el conjunto urbano y de apreciar, a través de los hallazgos, algo del desarrollo de la ciudad y de su vida social y económica, artística y religiosa.

La elección del lugar es la típica de un emplazamiento colonial. Un pequeño islote, hoy unido a tierra, donde se levanta el pueblecito de San Martín de Ampurias. Allí se estableció, según las fuentes, la primer factoría, de tanteo, simple mercado y refugio para las naves, que más adelante, ya establecida la ciudad en tierra firme, fue llamada por los mismos griegos la Palaia Polis, la ciudad vieja.

El acontecimiento tuvo lugar a principios del s. VI, es decir, poco después de la fundación de Marsella que se fecha hacia el 600 a. de C. Una segunda fase representó el salto a la urbanización en tierra, casi frente a la isla, en terrenos inmediatos al mar y entre la antigua desembocadura de los ríos Fluviá y Ter, hoy muy alejados.

La nueva ciudad, que los investigadores modernos han bautizado con el nombre de Neapolis, tardó poco en surgir, ya que los elementos arqueológicos más antiguos de su cementerio inmediato, en la playa llamada de El Portitxol, son solo medio siglo posteriores a la fecha indicada para los del islote.

Esta fue en realidad la primera ciudad: llamar polis al establecimiento de San Martín no pasa de una figura retórica. Indica que se había superado la fase de tanteo. Comenzaba la colonia, con verdadero establecimiento de gentes. Sus restos aparecen por bajo de la ciudad griega posterior, y se sabe poco de su estructura. Como toda ciudad viva, la evolución posterior ha borrado en gran parte el núcleo inicial.

Lo que ahora podemos contemplar visitando las ruinas es la ciudad en una fase ya avanzada de su historia, la última propiamente griega, antes de que los romanos la tomaran como cabeza de puente para su desembarco inicial en la península cuando la segunda guerra púnica, en 218 a. de C. Estaba rodeada de fuertes murallas por los tres frentes que dan a tierra.

Las relaciones con los indígenas eran sin duda buenas —de otra manera sería inexplicable su subsistencia— pero era indispensable estar prevenidos. El frente marítimo podía quedar sin fortificación, ya que el mar era del dominio griego. Su urbanismo corresponde al tipo corriente de los tiempos helenísticos, o sea que muestra la tendencia regular, más o menos hipodámica.

Hacia el centro existe el ágora, la plaza pública, corazón y centro político y económico de toda ciudad griega, con un edificio para mercado. De esta manera parten las calles principales, ejes del conjunto, que tienden a ser rectas y paralelas entre sí, cruzándose con las de dirección contraria en ángulo recto, y dejando dentro bloques de casas de planta rectangular o cuadrada. La parte sudoeste de la ciudad, próxima a la muralla, estaba reservada a los templos.

Este barrio religioso ocupaba una parte bastante considerable, en torno de un octavo de la superficie interior señalada por el recinto amurallado. Las casas son en general pequeñas, constituidas por pocas cámaras de escasa superficie, algunas con pavimento de mosaico de tipo helenístico. Posiblemente reflejan un estado de cosas de un momento muy al final de la época griega, seguramente contemporáneo a los comienzos del dominio romano.

El conjunto refleja lo que a priori podíamos esperar de una ciudad colonial remota, con un número de habitantes no muy elevado, fuera de las grandes rutas comerciales, sin ningún elemento especialmente rico en su hinterland inmediato. Se ha intentado un ensayo demográfico, partiendo de que la extensión de la Neapolis es de 26.000 metros cuadrados, descontando los núcleos no habitados (plazas, templos, etc.) quedan unos 18.000 dedicados a viviendas.

Se puede admitir un término medio de 50 metros cuadrados por casa, lo que daría entre 300 y 400 casas. Suponiendo 6 o 7 personas por casa, tendríamos unos 2.000 ó 2.500 habitantes, y utilizando el coeficiente 5 entre 1.000 y 2.000.

El puerto debía constituir uno de los elementos vitales. Pero no se construyeron escolleras hasta tiempos romanos, cuyos vestigios se conservan. Este puerto era, en definitiva, lo que daba vida a la ciudad, lo que mantenía sus relaciones con la metrópoli, atestiguadas no solo en las numerosas importaciones cerámicas —que al fin y al cabo constituían un elemento para comerciar con los indígenas— sino además por otros elementos para la propia ciudad.

Es significativo que una pequeña colonia tan lejana dispusiera de obras de tanta categoría artística como la estatua de Asclepios, venerada en uno de sus santuarios.

La expansión del siglo IV

Paradójicamente hay una serie de textos que se refieren a los intentos de penetración hacia el área del Estrecho de Gibraltar en los siglos VII y VI, sin que los historiadores hayan conseguido estructurar el proceso de desarrollo, del que ya hemos visto que apenas quedan testimonios materiales.

En cambio, un gran silencio se cierne -en los textos- sobre una época esplendorosa del comercio griego en la Península. Nada apenas sabríamos de este fenómeno de no ser por lo que nos indican los propios objetos transportados por las naves griegas.

En efecto, a partir de fines del siglo V y durante todo el IV se produce una verdadera inundación de cerámica ática en los ambientes indígenas de todo el litoral. Bien entendido que empleamos la palabra litoral en sentido amplio.

Los talleres atenienses enviaron millares de piezas, ávidamente adquiridas por los pueblos ibéricos. En los poblados y cementerios indígenas las importaciones de cerámica de Atenas son tan abundantes que, como hemos de ver en seguida, ha constituido una de las bases para establecer su cronología.

No se trata de un hecho anómalo, si lo relacionamos con lo que acontece contemporáneamente en toda el área mediterránea. La vajilla griega tuvo un éxito comercial impresionante, y se vendió desde las costas del mar Negro hasta las del Estrecho de Gibraltar.

En parte se trata de la cerámica decorada con escenas con figuras pintadas en rojo - la famosa cerámica ática de figuras rojas- pero la mayoría de los hallazgos consiste en vasijas de barniz negro, sin decoración o en todo caso con una decoración de palmetas estampadas en el fondo, algo que quiere ser la imitación de vasijas de metal. El tipo se puso de moda sobre todo en el siglo IV, cuando la cerámica pintada iniciaba el proceso de decadencia.

Crátera griega encontrada en Ampurias.

Crátera griega encontrada en Ampurias.

Este empuje comercial, revelado por los hallazgos arqueológicos, mal se compagina con la tesis, tan aceptada, de que los cartagineses a partir del siglo V consiguieron poner trabas sólidas al comercio griego. A la luz de los nuevos datos será preciso incluso revisar los textos sobre los que se han basado los autores que creen que Cartago echó una llave en el Estrecho de Gibraltar. Textos que en algunos casos son poéticos.

Habrá que ver si la leyenda de la impenetrabilidad del Estrecho, realmente viva en la literatura griega después del año 600 o 550, refleja de verdad un problema político y comercial de mercados cerrados o bien no es más que la repercusión del horror que producía a los helénicos -y a los restantes pueblos mediterráneos antiguos- la aparición del océano insondable y sin límites.

¿No será uno de tantos tópicos unánimemente aceptados, como el caso de la batalla de Alalia? Esta batalla naval que según los tratadistas modernos produjo durante tiempo el colapso del comercio griego al oeste de Córcega, ha resultado ser un fantasma. Ni aun en la propia ciudad corso griega de Aleria, frente a la cual tuvo lugar el combate naval, cesaron la vida colonial ni las importaciones griegas, según se ha comprobado en las recientes excavaciones.

El caso es que desde 530 o 520 los griegos vendieron como nunca habían conseguido vender en los mercados indígenas peninsulares, si hemos de juzgar a través del único elemento imperecedero cual es la cerámica. ¿Cómo se realizaba este comercio? El área de expansión es muy amplia. Comprende desde Andalucía hasta el Pirineo.

Un núcleo muy destacado de productos, y por cierto de buena calidad, aparece en la Alta Andalucía, en la zona minera de Jaén y del norte de Granada. O sea en un área muy lejana a las ciudades coloniales. Lo cual nos indica que al margen de estas, y además de lo que aportaban a sus zonas de penetración, buena parte de este comercio se hacía desde la costa, sin necesidad de establecimientos coloniales firmes.

Parece indudable que a los mercados interiores, como los citados de la Alta Andalucía, debía de llegarles a través de comerciantes indígenas que compraban las cerámicas directamente al ser desembarcadas, y que se encargaban de su distribución. Es más fácil imaginarlo así que postular caravanas de comerciantes griegos internándose hasta el interior. Observemos que la zona receptora era rica en yacimientos metalíferos, posible objeto de intercambio.

Pero las vajillas atenienses alcanzan también poblados ibéricos en otras zonas que no se caracterizan por sus posibilidades metalúrgicas. Los poblados del interior valenciano, por ejemplo, o del valle central del Ebro. ¿A través de qué mecanismo de intercambio llegaban estos productos? ¿Qué podían ofrecer, a cambio, los indígenas?

La moneda

Todo el mecanismo del comercio colonial se basó en el intercambio. Pero los griegos inventaron la moneda -o, caso que aceptemos el origen lidio, fueron los primeros que la usaron sistemáticamente y extendieron el sistema monetario-. Desde que cuaja la polis, las ciudades griegas acuñan moneda. Y cuando se crean las ciudades coloniales, estas organizan sus propias cecas así que se sienten consolidadas.

Las primeras acuñaciones mediterráneas al oeste de Italia fueron las de Massalia. Es normal, ya que, como hemos explicado, se trataba de la colonia más importante en dicha área. Las monedas massaliotas circulan en las ciudades griegas del Ampurdán, como demuestran los hallazgos de Emporion.

La segunda fase del proceso consiste en su imitación. Pronto Ampurias fabrica su propia moneda, siguiendo la metrología utilizada en Marsella, pero marcando las piezas con las primeras letras del nombre de la ciudad, para que no haya dudas sobre su origen.

El auge de Atenas a partir de principios del siglo V, después de su espectacular victoria sobre los persas, extiende su moneda, la dracma, como la pieza griega por excelencia. Emporion y Rhode reflejan el fenómeno, y a partir del siglo IV se pasan al sistema de la dracma. Rosas acuña dracmas anepígrafas, con una rosa como emblema de la ciudad. Ampurias también, pero poniendo el nombre de la ciudad y con un pegaso como emblema.

Moneda de Emporion.

Moneda de Emporion. En el anverso vemos la cabeza de la ninfa Arethusa y en el reverso la leyenda emporiton (emporitanos) en griego y un pegaso, símbolo de la ciudad.

Pasados los balbuceos de las primeras emisiones, estas monedas se generalizan y, lo que es más significativo, son cada vez aceptadas con mayor facilidad por los indígenas. Su área de expansión se concentra sobre todo en Cataluña, pero los hallazgos nos marcan la penetración hacia el Sur, en tierras valencianas y hacia el interior por el valle del Ebro, de la misma manera que saltan los Pirineos y se introducen en el área céltica de lo que hoy es el sur de Francia. Con lo cual no solo podemos seguir el impacto del comercio de las colonias griegas catalanas sino, lo que es más importante, el proceso de adaptación de las gentes del país al uso de la moneda. Cambio fundamental que tantas consecuencias habrá de tener en la economía futura.

En efecto, como hemos de señalar en el capítulo siguiente, la entrada de los grupos indígenas más ligados con el comercio griego a la economía monetaria no solo se refleja en la aceptación de las dracmas de las colonias griegas, sino que tiene un aspecto de mayor alcance: su imitación en cecas locales, lo que viene a representar la entrada de la moneda en nuestra península, y no ya como factor externo sino como algo ligado íntimamente a la estructura de sus sociedades..

R.B.: TARRADELL, Miguel, Historia Social y Económica de España y América, Ed. Vicens-Vives, 1972, tomo I págs. 64-71.