La dominación romana

La Conquista

Aunque algunos autores han opinado que Roma tuvo un programa de anexión de la península ibérica desde el momento del primer desembarco en Ampurias, cuando la segunda guerra púnica, parece evidente que la acción no fue más que una improvisada maniobra de guerra.

Campañas de la segunda guerra púnica.
Campañas de la segunda guerra púnica.

Y si tras la derrota cartaginesa los romanos se hallaron dueños de todo el litoral mediterráneo hispánico, esto fue una simple consecuencia de los azares de la guerra.

En el año 200 a. de C., tales dominios quedaban como un islote, sin conexión directa por tierra con Roma a través de territorio propio, pues no dominaban todavía ni Provenza ni el Languedoc. Ahora bien, terminada la guerra con tales resultados, no resultaba lógico emprender la retirada, y los romanos no se retiraron.

No podían abandonar, sobre todo, las fuentes metalíferas del Sureste y del Sur. La creación de las dos provincias (197 a. de C.) Ulterior y Citerior que correspondían grosso modo a Andalucía y al litoral Este con el valle del Ebro, indica la clara voluntad de permanencia. Al mismo tiempo señalan un nuevo programa de penetración.

Esta se realizó en dos etapas. La primera, que duró más de medio siglo, consistió en la conquista de la Meseta y el litoral atlántico. Empresa difícil, que se dio por terminada en 133 a. de C., con la reducción de Numancia. La segunda, un siglo después, fue la conquista de la zona cantabroastur y vasca, finalizada por Augusto en el año 30 a. de C.

Catón el Viejo.
Catón el Viejo.

Una larga, milenaria, tradición había preparado a los grupos que habitaban en el litoral mediterráneo para entrar en la civilización romana. No es de extrañar que la implantación fuera fácil. Los intentos de resistencia, esporádicos y nunca unánimes, fueron quebrados sin grande: dificultades, aunque el Senado decidió enviar a Catón, un hombre de prestigio con fama de duro, para implantar la pacificación sistemática, el 195.

Fue el primero que realizó un intento de penetración hacia la Meseta. Remontando el valle del Ebro llegó hasta los alrededores de Sigüenza. A su regreso se preciaba de haber sometido más de 400 ciudades, entre las que se debían contar en realidad muchos pequeños poblados.

Tiberio Graco, alternando hábilmente guerra y diplomacia realizó en 180 un nuevo ensayo de penetración en Celtiberia —lo que conocemos con el nombre de primera guerra celtibérica— combinando la penetración por el Ebro, a través del paso del Jalón, y por el Sur por Sierra Morena. Después de una paz breve, en 153 comenzó la —segunda guerra celtibérica—, la famosa, que no acabó hasta la toma de Numancia.

Segeda, ciudad del valle del Jalón (de localización incierta) proyectó fortificarse, a lo que se opusieron los romanos. La reacción antirromana se extendió a una serie de pueblos: belos, titos, celtíberos e incluso lusitanos. Las fuerzas romanas consiguieron imponerse en los primeros tiempos, pero los métodos de los jefes Lúculo en la Citerior y de Galba en la Ulterior, típicos de las guerras coloniales —rapiñas, engaños, rotura de pactos, etc.— amplió la reacción indígena que tuvo al frente a un jefe destacado, Viriato.

Viriato

La clave del éxito inicial fue que consiguió llevar la guerra al sur de Sierra Morena, es decir a una zona que desde hacía tiempo los romanos ya tenían dominada y estructurada, y que por otra parte había sido presa habitual de los lusitanos y de los pueblos de la Meseta en época anterior a la intervención de Roma, como zona rica y habitada por gentes poco belicosas.

Muerte de Viriato por José Madrazo.
Muerte de Viriato por José Madrazo

Con táctica de guerrillero, Viriato consiguió resultados incluso espectaculares, como la muerte de Vettilio, pretor de la provincia Ulterior. Le favoreció asimismo la nueva sublevación de los celtíberos en 143.

Así los romanos se vieron obligados a luchar a la vez en dos frentes. Aunque el jefe guerrillero nunca consiguió la unidad de acción de los dos grupos, el celtibérico y el lusitano, obtuvo, sin embargo, en un momento en que tenía sitiado a un ejército enemigo, mandado por Serviliano, que Roma se decidiera a concertar un pacto y le reconociera como amigo, autorizándole a mantener las tierras ocupadas.

Pero en las altas esferas romanas el pacto fue mal acogido y el nuevo gobernador de la Ulterior procuro reanudar guerra hasta acabar con la insurrección. Aunque los lusitanos tuvieron algunos éxitos parciales, el cansancio de los suyos obligó a Viriato a intentar negociar de nuevo. Pero sus emisarios fueron comprados por los romanos y le asesinaron al volver a su campamento.

Como consecuencia el Sur quedó definitivamente pacificado, y además entró en el dominio romano el país de los lusitanos, territorio que fue rápidamente ampliado con la sumisión de lo galaicos del Noroeste con la expedición de Décimo Bruto.

Quedaba el problema de la Meseta, donde los celtíberos continuaban insometidos tercera guerra celtibérica.

Numancia

Un jefe similar a Viriato, Olonicos, dirigía la lucha. Cuando la guerra lusitana estaba en sus últimas fases, Roma parecía decidida a acabar con la situación. Un ejército considerable mandado por Quinto Pompeyo entró por el Jalón, pero fracasó ante Numancia y ante Termancia.

El esfuerzo se repitió en 134 con nuevas fuerzas al mando de Escipión, el vencedor de Cartago en la tercera guerra púnica: la elección de este jefe indica que Roma estaba resuelta a liquidar la guerra colonial poco importante pero engorrosa. Numancia fue asediada en regla, y cayó en 133.

Escipión el Africano. Busto de la época en el Museo Nacional de Nápoles..
Escipión el Africano. Busto de la época en el Museo Nacional de Nápoles.

Con ello quedaba estabilizado el dominio sobre la Meseta. Siguió una larga paz, pues Roma no mostró tener prisa en redondear la conquista de la Península, incorporando el litoral cantábrico. Antes tuvo interés en dominar las Baleares, tomadas en 123, para evitar el peligro de los piratas que tomaban sus costas como refugio y para asegurarse un puente en las relaciones marítimas mediterráneas.

Luchas civiles de Roma en Hispania

Hasta las guerras cantábricas, las luchas que tuvieron como escenario, durante el s. I a. de C., el territorio hispánico, presentan un carácter especial. Se trata de las repercusiones que sobre el suelo de las provincias Citerior y Ulterior tuvieron las luchas civiles romanas de la época de la descomposición del viejo régimen republicano.

Políticos y generales aprovecharon las simpatías o influencias que podían ejercer sobre determinados grupos indígenas para atraérselos a sus bandos respectivos y disponer así de soldados, territorios donde apoyarse y dinero. Pero se tratan de un fenómeno típicamente metropolitano y no hispánico.

El primer caso fue el de Sertorio, dirigente del partido demócrata, exilado tras la victoria de Sila el año 83. Desde su refugio peninsular, y previos unos fracasos iniciales, consiguió un amplio movimiento a su favor, que le permitió crear una base para la reconquista del poder en Roma, que se mantuvo sólida durante varios años. No obtuvo nunca, sin embargo, el unánime favor de los indígenas.

Cuando Roma mandó fuerzas contra Sertorio, unas ciudades les abrían sus puertas, otras se mantenían fieles al demócrata. Parece excesivo, pues, presentar a Sertorio como un líder del independentismo indígena frente a los romanos. Ni entraba en sus cálculos ni en la reacción de sus partidarios, los cuales, a la larga, acabaron por cansarse de la guerra. Cuando el año 73 Sertorio fue asesinado, sus partidarios eran ya muy escasos.

El mismo caso se repite cuando las luchas internas del primer triunvirato —César y Pompeyo—. No se alcanza a ver en la participación de los hispanos el menor matiz de nostalgia nacionalista. Ambos candidatos al poder habían tenido cargos en la Península: Pompeyo había intervenido en la guerra contra Sertorio, César fue propretor de la provincia Ulterior.

En el momento de la ruptura, las provincias hispánicas estaban controladas por sertorianos Afranio, Petreyo, Terencio Varrón. Por esta causa César se vio precisado a conquistarlas, no porque los indígenas estuvieran en contra suya.

Cuando terminada la fase principal de la lucha en el Mediterráneo oriental el hijo de Pompeyo, Cneo, intenta continuar la lucha, aprovechó el descontento provocado en la Ulterior por la rapacidad de los lugartenientes que César había dejado en aquella provincia, consiguiendo crear un nuevo ejército, en gran parte con fuerzas locales. Estas fuerzas son las que César derrotó en la batalla de Munda, el año 45.

Última fase de la conquista

La última fase de la conquista fue la incorporación del litoral cantábrico, decidida por Augusto el 29 a. de C. Los romanos consiguieron dominar este territorio en cinco años, después de una dura lucha. El año 24 el emperador cerraba las puertas del templo de Jano en Roma, simbolizando el comienzo de una época de paz para el mundo romano.

En Hispania, salvo pequeños episodios locales de escasa importancia, esta paz había de durar hasta mediados del siglo III de nuestra Era, es decir, durante tres siglos. Este hecho, sin paralelo en la historia, es una de las claves que explica el éxito de la romanización, es decir de la transformación de Hispania en un país latino.

Mercenarios y guerrilleros

Durante los años de las luchas de Roma con los pueblos del Centro, del Oeste y del Norte de la península han sido presentadas con mentalidad nacionalista, típica de la mayoría de los historiadores del siglo XIX y de las primeras décadas del XX.

Se ha cargado el acento, a veces hasta la más desenfrenada retórica, sobre el heroísmo, el afán independentista, la sagrada defensa de la patria etc., de los lusitanos, de los celtíberos y -aunque menos de los cántabros o de los astures.

Es preciso detenerse un momento sobre la cuestión, no solo porque conviene derribar los tópicos que falsean la historia, sino porque el análisis de estas luchas realizado sin prejuicios jacobinos nos aproxima a las realidades internas de la sociedad y de la estructura económica de estos pueblos.

Señalemos también, al mismo tiempo, la exageración en que se cae frecuentemente cuando, para exaltar el heroísmo indígena, se presentan las guerras entre romanos e hispánicos como unas luchas de poder a poder. Un puñado de valerosos españoles tuvieron en jaque durante años el poder de la inmensa Roma...

Frases de este tipo han sido escritas, frecuentemente, y todavía colean en determinados textos a pesar de la renovación por la que han pasado los estudios históricos en los últimos años. Ante todo hay que aclarar con qué óptica los romanos continuaron la penetración en la Península, cuando al final de la lucha contra Cartago en la segunda guerra púnica, se encontraron con el litoral mediterráneo en sus manos.

El dominio de Andalucía y Murcia equivale a decir el de las zonas que contenían los productos que más podían interesarles, en primerísimo lugar los metales. La plata del área de Cartagena, el cobre de Huelva, etc. En definitiva, todos los productos metalíferos importantes de la Península salvo el oro del Noroeste.

Eran además los territorios donde podía desarrollarse mejor una amplia agricultura de tipo mediterráneo, la que pronto constituyó otra de las bases principales de la riqueza de la España romana. Dicha amplia zona pudieron mantenerla sin especiales dificultades, limitándose en los primeros años a unas cuantas expediciones militares del clásico tipo de policía colonial.

En tales condiciones, es evidente que no sería lógico esperar que Roma dedicara especial atención a la conquista del resto del territorio peninsular. Ni tuvo prisa ni quiso comprometer en ella grandes fuerzas. Sobre todo teniendo en cuenta que sus grandes ambiciones se dirigían hacia lo que entonces era el centro político y económico del mundo: el Mediterráneo oriental.

Si repasamos las conquistas y las incorporaciones de territorios que realiza Roma en aquella área vital en los dos siglos escasos que van desde el 200, en que se halla instalada por primera vez en Hispania, y el año 24, en que se acaba totalmente la conquista, el balance es impresionante.

Partiendo de cero acaba por dominar totalmente los países clave del mundo antiguo, salvo Mesopotamia: Egipto, Grecia, Asia Menor, Siria. Se comprende que ante tan fabulosos acontecimientos los problemas de la resistencia de los celtíberos o la insurrección de Viriato fueran contemplados por el Senado con una preocupación muy distinta de la que se deduce de las historias locales, en que se prescinde de la panorámica general y se presenta a los dirigentes de Roma como pendientes de lo que sucedía en cualquier rincón de Hispania.

Es cierto que el Senado, cuando decidió acabar con la guerra de Numancia, que parecía ya excesivamente larga, envió a Escipión el Africano, Pero lo mandó contra Numancia cuando ya había acabado su gran misión, que fue la toma de Cartago. Entre Cartago y Numancia, que fueron guerras contemporáneas, Roma no podía dudar sobre cuál era la importante.

Y cuando Escipión, cargado con la gloria mítica de haber arrasado la rival tradicional de Roma, fue encargado de liquidar el asunto numantino, se permitió tomar unas medidas casi desproporcionadas contra la ciudad celtibérica, porque no podía permitirse el lujo de jugarse su gran prestigio por unas afortunadas acciones de las guerrillas enemigas.

Puestas las cosas en su punto, no hay que negar que ciertos grupos indígenas demostraron especial vocación para la guerra. Este no era entonces un hecho nuevo y conviene asimismo considerar sus causas.

La vocación guerrera la habían manifestado algunos grupos hispánicos a partir del momento en que las grandes potencias del momento entraron en contacto con el litoral peninsular, y se manifiesta sobre todo a través de los mercenarios.

En efecto, la presencia de mercenarios hispánicos en ejércitos griegos o cartagineses se citan en las fuentes desde el siglo VI. Aparecen entre las tropas púnicas cuando la conquista de Cerdeña, a mediados de dicho siglo. Figuran en la batalla de Himera en 480, y más adelante, en las últimas décadas del siglo V, actúan repetidamente en Sicilia, en la gran guerra entre griegos y cartagineses, siempre al lado de estos.

Hasta el punto que, después de los libios, o sea de los indígenas norteafricanos más o menos vecinos de Cartago, parecen el núcleo de fuerzas más considerable que interviene en dicha guerra al mando de los generales cartagineses.

Cuando en 396, acosados por Dionisio de Siracusa, los púnicos se vieron obligados a replegarse, embarcando hacia Cartago, su jefe Himilcon dejó abandonados a los mercenarios ibéricos, que Dionisio incorporó a su ejército, con el que intervinieron en el Peloponeso (368-367).

Los mercenarios que servían al ejército cartaginés durante los siglos anteriores a la expedición de los bárquidas de mitad del siglo III, es decir, antes de que Cartago tuviera el dominio militar de una parte de la Península, debían ser reclutados a través de las colonias de origen fenicio, Después, con los ejércitos cartagineses dentro de la Península, las posibilidades de reclutamiento fueron mayores.

Así se sabe que Aníbal llevaba entre sus fuerzas en la famosa expedición a Italia del 217 a contingentes de iberos, mencionados por Polibio en ocasión de varias batallas o acontecimientos de la guerra, y en especial con motivo de la batalla de Cannas. La caballería ibérica jugó un destacado papel en la maniobra de rodeo con que en esta famosa batalla Aníbal aplastó a los romanos.

Posteriormente existen más referencias a los mercenarios procedentes de la Península y de las Baleares. Estos últimos resultan fáciles de distinguir, porque en las fuentes se citan con el nombre de baleáricos. El resto aparece bajo el nombre común de iberos, denominación que resulta poco explícita.

Salvo su procedencia peninsular, no podemos llegar a mayores precisiones sobre de qué zonas provenían. En las fuentes griegas se llama Iberia a la Península e iberos a sus habitantes, de forma que el nombre no tiene el sentido más preciso que se asigna ahora al término iberos, tal como se ha definido en el capítulo anterior, o sea como pertenecientes al grupo de lengua y civilización ibérica.

La existencia de estos mercenarios, durante más de 300 años, en cantidades considerables cada vez que había ocasión para ello, indica una masa de hombres dispuestos a ganarse la vida al margen de las propias estructuras sociales. Podemos sospechar que alguna causa les empujaba a tomar la guerra como profesión. Y resulta perfectamente lícito relacionar este fenómeno con otro también conocido a través de múltiples referencias: el del bandolerismo.

Con la ventaja de que aquí las fuentes son más explícitas en cuanto a su localización geográfica. Diodoro, copiando a Posidonio que estuvo en Hispania hacia el 100 a. de C., escribe.

Existe una costumbre muy propia de los iberos, principalmente de los lusitanos, y es que cuando alcanzan la edad adulta, aquellos que están más apurados de recursos, pero sobresalen por el vigor de sus cuerpos y su denuedo, proveyéndose de valor, y de armas, se reúnen en las asperezas de los montes; allí forman bandas numerosas que recorren lberia, acumulando riquezas con el robo y ello lo hacen con el más completo desprecio de todo.

Aquí ya el término iberos, igual a habitantes de la Península, se concreta básicamente en los lusitanos. Y, dato importantes se dice taxativamente que los que se lanzan al monte lo hacen por ser los que están más apurados de recursos. Este tipo de bandolerismo existió también, además de entre los lusitanos aquí mencionados, entre los galaicos y los cántabros, así como también entre los celtíberos y otros grupos menores.

La enumeración resulta muy significativa si la comparamos con los pueblos que más resistencia ofrecieron a la conquista romana. Resulta que son los mismos. Sabemos igualmente que uno de los éxitos de Viriato fue su prolongada permanencia en los territorios del Sur ya pacificados y dominados por los romanos; pues bien, son los que tradicionalmente venían siendo objeto de las correrías lusitanas, lo que está documentado desde los primeros tiempos de la conquista.

Ya en 194 los romanos tuvieron que detener a los grupos de bandoleros que recorrían zonas de Andalucía, y el hecho se repite con frecuencia en los años siguientes.

Por otra parte se comprueba que, con frecuencia, gentes pudientes de los mismos pueblos tendían a no oponerse a la conquista romana. También aquí es típico el caso de Viriato. Su suegro Astolpas, hombre considerablemente rico, tenía invitados romanos o la boda de su hija, los cuales se daban perfecta cuenta de la situación.

Es la esterilidad de vuestros campos y la pobreza la que os obliga a latrocinio; por lo que si queréis mi amistad, os daré, ya que lo necesitáis, tierras buenas y os estableceré en una fértil campiña..." Estas palabras se atribuyen a C. Galba, cuando preparaba la encerrona de los lusitanos, a traición.

Muerto Viriato la primera medida que se toma con los restos de su ejército, es establecerlos dándoles tierras. Está perfectamente claro que los romanos claro que los romanos identificasen a sus principales enemigos con los bandoleros que se habían lanzado al monte empujados por la miseria.

La tradición de bandolerismo permitía el entrenamiento de hombres preparados para la guerrilla. Técnicamente los métodos eran los mismos, lucharan contra los grupos indígenas vecinos o contra los romanos, lo cual explica sus éxitos parciales frente a las legiones. Explica asimismo que los bandoleros se sintieron obligados a tomar partido contra los romanos que estaban dispuestos a imponer el orden en los territorios ocupados, y que no podían permitir el mantenimiento del sistema.

Después de haber rechazado el mito nacionalista no conviene caer en el mito social. Es evidente que la resistencia antirromana no fue solo a causa de la existencia del bandolerismo como un medio de vida entre lusitanos o celtíberos. Ni tampoco se puede simplificar hasta el extremo de presentar a todos los ricos como prorromanos y a todos los pobres como resistentes.

Debió de existir el natural deseo de no ser invadido por otro pueblo, las rivalidades tribales que imponían el partido de la guerra a un grupo cuyo enemigo tradicional acababa de aliarse con los romanos —y al revés—. Pero no se comprende ni la amplitud con que los pueblos peninsulares se opusieron los romanos, salvo los de la orla mediterránea, ni la duración de las guerras si se olvidan los factores señalados.

R.B.: TARRADELL, Miguel, Historia Social y Económica de España y América, Ed. Vicens-Vives, 1972, tomo I págs.112-120.