Los Austrias en España

Casa Real de los Habsburgo
Lista de los Reyes de la Casa Austria
Juana I, la Loca, 1479-1555
Felipe I, el Hermoso, 1478-1506
Carlos I, emperador, 1500-1558
Felipe II, 1527-1598
Felipe III, 1578-1621
Felipe IV, 1605-1665
Carlos II, 1661-1700

Casa Real de los Habsburgo

Nombre que recibe en España la familia germánica de los Habsburgo, titular del imperio desde 1440 hasta 1806 y de los tronos austriaco desde 1279 a 1918 y español desde 1516 a 1700.

Un mapa de los dominios de los Habsburgo después de la Batalla de Mühlberg (1547).

Un mapa de los dominios de los Habsburgo después de la Batalla de Mühlberg (1547) como se muestra en The Cambridge Modern History Atlas (1912); las tierras de los Habsburgo están pintadas en verde.

Los representantes de la rama principal de la dinastía fueron Carlos I (1500-1558), Felipe II (1527-1598), Felipe III (1578-1621), Felipe IV (1605-1665) y Carlos II (1661-1700), quien al morir sin descendencia dio paso al reinado de la casa Borbón en España.

El origen de la familia de los Habsburgo se remonta al s. X, cuando Gontrán el Rico (938-973) se rebeló contra el emperador germánico Otón I en 950. En 1020 su nieto Count Radbot (970-1027), en colaboración con su hermano Werner, obispo de Estrasburgo, construyó un castillo junto al rió Aar (actual Suiza) que se llamó Habichtsburg (castillo de los Azores), convertido desde entonces en patronímico de la familia.

Entre los descendientes de Radbot, su hijo Werner I llevó desde 1055 el título de conde de Habsburgo, mientras su bisnieto Alberto III (m. 1199) fue señor de Lucerna, conde de Zurich y landgrave de Alta Alsacia.

Con Federico II (1230-1246) se extinguió la rama de Babenberg y los territorios de la Austria interior Innerösterreich, Estiria, Carintia y Carniola, fueron anexionados por el rey Otocar II de Bohemia. La elección de Rodolfo IV (1218-1291), hijo de Alberto IV el Sabio (m. 1240), como rey de Alemania (o de Romanos) el 1-X-1273 (Rodolfo I), estaba en la base de su proyecto para reunir un patrimonio habsburgués en torno a los dominios de Suabia.

Tras la victoria sobre Otocar II en Dürenkurt, se apoderó de los feudos de Austria, Estiria y Carniola, que dejó en 1282 a sus dos hijos, Rodolfo II (1271-1290) y Alberto I (1255-1308), posteriormente rey de Alemania, mientras reservó la Carintia al conde Mainardo de Goritzia-Tirol y Bohemia y Moravia al hijo de Otocar, Wecenslao II. En aquel momento se inició el gobierno de los Habsburgo en Austria, que se prolongó hasta 1918, por lo que la historiografía identifica el nacimiento de la Casa con el del Estado.

Esta región había constituido la Marca oriental (Östenmark) fundada por Carlomagno en el s. VIII para proteger su Imperio de las invasiones de los ávaros y otros pueblos procedentes del E. y sus gobernadores eran margraves, hasta que Federico Barbarroja la elevó a rango de ducado (Österreich). El hijo de Alberto I, Rodolfo III el Bondadoso de Austria, reinó en Bohemia entre 1306 y 1307 y en 1363 los Habsburgo extendían su soberanía en todos los países de los Alpes orientales (Austria, Estiria, Carintia, Carniola y Tirol).

Sin embargo, la división entre las ramas albertina y leopoldina puso en peligro este patrimonio, toda vez que se había perdido hacía tiempo el feudo alemán primitivo de la familia. Alberto V el Magnánimo fue duque de Austria (1404-1439), rey de Hungría y de Bohemia (1437-1439) y rey de Alemania (Alberto II), además de recibir el ducado de Luxemburgo tras su boda en 1421 con Isabel, hija del emperador Segismundo I, pero la muerte en 1457 de su hijo Ladislao I el Póstumo sin descendencia provocó la extinción de la línea albertina.

Federico V (1415-1493), duque de Estiria, Carintia, Carniola y Tirol y, por tanto, archiduque de Austria desde 1425, fue elegido rey de Alemania en 1440 (Federico IV) y emperador romano-germánico en 1452 (Federico III), último de los emperadores coronados por Roma hasta Carlos I.

Apodado El de los Gruesos Labios, su peculiar aspecto físico, caracterizado por el geotropismo de su labio inferior (labio belfo) y el destacado prognatismo, fue heredado por todos los miembros de la familia, distinguida por ese rasgo facial en toda la iconografía que de ella se conserva.

El título del Imperio Romano-Germánico era electivo, como el de Bohemia o Hungría, y su autoridad era muy superior a la meramente nominal del rey de Germania y de Romanos, dignidad esta última que permaneció para los príncipes herederos.

Si los Habsburgo se sucedieron en el trono imperial hasta la ascensión de Carlos VI en 1711, se debió a que su extenso patrimonio les aseguraba la elección sobre las demás candidaturas alemanas, pues su derecho a voto solo radicaba en su condición de reyes de Bohemia.

Para Federico III era fundamental asegurar la herencia imperial, después de que los reinos de Hungría y Bohemia se hubieran perdido tras la muerte de Ladislao I el Póstumo y los territorios suizos se hubieran separado en 1315, y definitivamente desde 1474.

Una de sus primeras acciones como emperador fue ratificar el uso único por los Habsburgo del título de archiduques de Austria, antecedido en ocasiones por el acrónimo A.E.I.O.U. [Austriae Est Imperare Orbi Universo o Alles Erdreich Ist Ósterreich Untertan] y que hace referencia al destino de Austria como dominadora del mundo.

No vivió lo suficiente para ver a su hijo Maximiliano I hacerse con las tierras hereditarias de Austria, tras la renuncia a su favor de Segismundo I de Tirol en 1496, pero sí para asistir en 1477 a la boda de este con María, hija de Carlos el Temerario, duque de Borgoña.

Tras fracasar Maximiliano en su intentos de concertar una alianza matrimonial con Inglaterra, en 1496 casó a su primogénito Felipe I el Hermoso (1478-1506) con Juana I, hija de los Reyes Católicos. Con ello se aseguraba la herencia no solo de España, sino también de Nápoles, Sicilia y Cerdeña en el Mediterráneo y de los extensos dominios americanos

Alianzas matrimoniales

Así se acuño el lema de la familia Bella gerant alii, tu felix Austria nube (Deja a otros la guerras, tú, afortunada Austria, cásate). El prematuro fallecimiento de Felipe I el Hermoso posibilitó a su hijo Carlos I, rey de Castilla, Aragón, Nápoles, Sicilia, etc., desde 1516, recibir a la muerte de Maximiliano (1519) la soberanía sobre los Países Bajos, El Franco Condado, Artois, Luxemburgo, Austria, Estiria, Carniola, Corintia, Alsacia y Suabia.

Además en aquel último año consiguió la elección como emperador romano-germánico, título que le otorgaba una autoridad nominal sobre los numerosos principados alemanes, y en 1529 fue coronado por el papa.

La responsabilidad contraída era de tal magnitud que, por el tratado de Bruselas de 1522, asignó a su hermano Fernando el archiducado de Austria, lo que sentó las bases para la distinción de dos ramas de la Casa Habsburgo; la principal, que reinó en España y los Países Bajos, y la secundaria, que ocupó el trono austriaco y el imperial tras la muerte de Carlos I.

Fernando I (1503-1564), casado desde 1521 con Ana, hija de Ladislao V, tras la defección de este último en la batalla de Mohács (1526( contra los turcos, fue elegido rey de Bohemia y Hungría, con lo cual consiguió la vieja aspiración de la familia de incorporar estos territorios, solo parte de Hungría pero también Moravia y Silesia, a la corona austriaca.

Cuando Felipe II (1556-1598) substituyó a su padre en el trono español, la Casa de Austria había alcanzado el cenit de su poder mundial, después de la conquista de amplios territorios en América, de numerosas plazas en el N. de África (Melilla, Orán, Bona, Túnez, La Goleta) y del Milanesado en 1535.

En 1580 recibió la corona de Portugal, con sus posesiones en África, entre ellas Ceuta, en Brasil y en algunos archipiélagos en los océanos Atlántico y Pacífico. En 1519 Carlos I ocupó el trono del Sacro Imperio, la Reforma de Lutero se consumó en Leipzig tras su ruptura con Roma, Hernán Cortés emprendió desde Cuba la conquista de México azteca y partieron las naves de Magallanes y Elcano, que dieron la primera vuelta al mundo, acontecimientos que evidencian la llamada edad moderna.

Política europea con Carlos I

Señala también el comienzo de la hegemonía europea de la Casa de Austria, que se prolongará durante los ss. XVI y XVII, hasta su desplazamiento por la Francia de Luis XIV. La preferencia del CésarCarlos I por la idea de la monarquía universal española contribuyó a acelerar la decadencia del Imperio, iniciada durante la Baja Edad Media, a pesar de los cuantiosos gastos que había requerido su elección y el posterior mantenimiento de la fidelidad de los príncipes electores alemanes.

La Paz de Augsburgo de 1555, con su reconocimiento de la Reforma de Lutero, sancionó definitivamente el fracaso del universalismo carolino, asentado en el concepto Univertitas christiana de Erasmo de Rotterdam.

La oposición del papado a la política religiosa del emperador, cuyas causas estaban en la ocupación militar española de Italia y en la conmoción europea que supuso el Saco de Roma en 1527, impidió ampliar el carácter renovador de la Contrarreforma, aunque esta detuvo el avance de la doctrina protestante en la Europa central.

La unidad política era aún más difícil de conseguir que la religiosa, puesto que se partía de la extremada variedad social, lingüística y cultural de los territorios bajo soberanía española. El internacionalismo de la monarquía empezaba por el mismo Carlos I, quien había nacido en Gante (Bélgica) y permaneció alejado de España durante más de la mitad de su reinado (la abandonó en 1543 y no regresó hasta 1566).

La mayoría de sus ministros fueron alemanes, borgoñones o italianos y delegó la administración de sus diferentes dominios en su esposa Isabel de Portugal (España), su tía Margarita de Austria y su hermana María de Hungría (Países Bajos), su hermano Fernando (Austria) y en gobernadores y virreyes (Italia e Indias).

Las mujeres de la Casa de Austria se distinguieron por su tolerancia y excelente administración, tradición que continuó con Isabel Clara Eugenia en Flandes, pero ello no evitó que el desplazamiento de la descentralización imperial por la española resultara un fracaso a largo plazo.

Política nacional con Felipe II

Felipe II renunció a la política de su padre para concentrarse en el gobierno de España, que solo abandonó para viajar a Italia, los Países Bajos e Inglaterra como príncipe heredero y hacerse cargo de la Corona portuguesa en Lisboa. Defendió el catolicismo como asunto de Estado y se liberó de la responsabilidad del Imperio, lo cual fue recibido con satisfacción por los castellanos, cansados de mantener demográfica y económicamente una política que no sentían como propia.

La Hacienda Real estaba embargada por los banqueros alemanes, florentinos y genoveses desde la elección imperial de 1519 y, a pesar de la creciente llegada de metal americano, en 1554 se había gastado todo lo previsto para 1560. Además, a la ya escasa colaboración de los estados de la Corona de Aragón, se sumaba en aquel momento una reducción en la aportación italiana, flamenca y alemana.

Felipe II tuvo que declarar la bancarrota a principios de su reinado (1557), lo cual se repitió en 1575 y 1597, con tal intensidad en esta última ocasión que provocó las ruinas de las ferias de Medina del Campo y de los pocos banqueros españoles con capacidad suficiente como para hacerse cargo de parte de las deudas reales.

El aumento y creación, respectivamente, del impuesto del encabezamiento en 1575 y de los millones en 1590 no lograron paliar el déficit originado por la activa política exterior. La historia europea durante la primera mitad del s. XVI se desarrolló en torno a la rivalidad entre la Casa de Austria y Francia, nación rodeada por los dominios familiares de los Habsburgo, que se dirimió primero en Italia y posteriormente en Alemania.

El peligro exterior estaba representado por el imperio otomano, cuya expansión continental pudo ser detenida en Viena gracias a la colaboración entre las dos dinastías, pero no así en el Mediterráneo, donde se apoderó de las plazas españolas de la Goleta, Túnez, Argel y Bugía. La liquidación del enfrentamiento con Francia tras la firma de la Paz de Cateau Cambresis (1559) abrió la vía para la intervención de Felipe II en la política interna de aquel país, destinada sobre todo a la erradicación del calvinismo.

Este era también el objetivo de la guerra contra la Provincias Unidas, la cual desencadenó un conflicto con Inglaterra que tuvo graves consecuencias y rompió el periodo de suma amistad que había culminado con la boda en 1554 entre el monarca español y su tía María I Tudor, reina de Inglaterra e Irlanda. La victoria naval de Lepanto sobre los turcos (1571) no pudo compensar el desastre de la Armada Invencible en el Canal de la Mancha (1588).

También en el interior surgían disidencias, como las provocadas por la resistencia nobiliar a las tendencias autoritarias de la monarquía, manifestada en las revueltas de los comuneros y las germanías (1520-1522) y de los aragoneses (1591).

El problema de los moriscos y judaizantes, que culminó con la rebelión de las Alpujarras (1569-1571), trató de solucionarse con los decretos de expulsión de Felipe III entre 1609 y 1614 y la represión organizada por el tribunal de la Inquisición, que también actuó contra los escasos focos internos de protestantismo (autos de fe de Sevilla en 1558 y en Valladolid en 1559).

Los bandoleros, los pícaros y los pobres, que constituían el 20 % de la estructura poblacional, protagonizaban una disidencia marginal, aceptada por el sistema y amortiguada por una extensa red de asistencia caritativa.

Política de pactos con Felipe III

Felipe III (1598-1621) trato de proseguir la política activa de su padre, pero se encontró sin recursos para ello y hubo de firmar la paz con Inglaterra y Francia y una tregua de doce años con Holanda, momento que aprovechó para desterrar a los moriscos.

Con el duque de Lerma se inició el gobierno de los validos o ministros de estado y la nobleza recuperó el poder directo, perdido desde la época de los Reyes Católicos, en un proceso que no se había acompañado de la consolidación de una estructura funcionarial y militar estatal.

La aristocracia de servicios —según definición del hispanista B. Bennassar— que prestó una valiosa colaboración a los monarcas renacentistas aun a costa de su propio erario, acabó convirtiéndose en un estamento parasitario y receptor de favores reales. El latifundio señorial inició en aquel momento su expansión, sobre todo en la España meridional, a costa de las tierras de las órdenes militares, los concejos municipales y los pequeños propietarios arruinados por la crisis.

El debate historiográfico sobre las causas de la decadencia del s. XVII fue iniciado ya por autores coetáneos, integrantes de un movimiento de carácter ético-moral para la regeneración del país conocido como arbitrismo, cuyas propuestas de solución se caracterizan por un monetarismo que adelantaba algunas de las teorías de la economía política dieciochesca.

A partir de 1950 los historiadores españoles y extranjeros recuperaron el legado de los arbitristas y trataron de actualizarlo con amplias series cuantitativas sobre moneda, precios y salarios, las cuales destacaron como vectores de la crisis el hundimiento de las remesas indianas entre 1591-1595, la ruptura del movimiento alcista de los precios en 1600, la recuperación salarial del primer cuarto de s. XVII, la quiebra del comercio americano desde 1608-1610 y la inflación del vellón desde 1599.

La historiografía más reciente, si bien valora la utilidad de las estadísticas para comprender fenómenos como la gran Deflación o Revolución del Cobre de 1680, no las admite como única explicación de la crisis. resultado de esta nueva orientación han sido los estudios sobre demografía, producción agrícola, actividad comercial e industrial, evolución de la renta y transformaciones sociales.

Así se ha podido determinar que la decadencia demográfica y económica fue desigual en el tiempo y en el espacio, con una zona expansiva durante todo el siglo, la cornisa Cantábrica; un área de bruscas oscilaciones, el litoral mediterráneo, que conoció una recuperación a finales de la centuria, y la España interior y meridional, la más amplia y próspera anteriormente, afectada por una grave crisis, con recuperación desigual.

Pero aquél fue también el Siglo de Oro del arte y la literatura hispanos, con la creación de una cultura característica y original, pero no endogámica sino con la fuerza suficiente para transformar las aportaciones europeas más renovadoras y constituirse en un foco de irradiación.

Política de reformas con Felipe IV

Si el conde-duque de Olivares, ministro de Felipe IV (1621-1665), emprendió una reforma político-administrativa para poner fin a la crisis, fue precisamente su mandato el que conoció el inicio del derrumbamiento de la estructura levantada por los Austria.

El nuevo monarca debió hacer frente el mismo año de su coronación a la expiración de la tregua con los holandeses y al comienzo de las hostilidades, que enlazaban con las iniciadas tres años antes a causa de la insurrección de Bohemia y que dieron paso a la Guerra de los Treinta años (1618-1648).

La cooperación entre las dos líneas de la Casa, la conquista de Breda en 1624 por Spínola o la victoria del cardenal infante Fernando en Nördlingen sobre el rey de Suecia (1634), además del resultado favorable a las armas españolas en algunos encuentros navales en Gibraltar y América,, no lograron detener el empuje creciente de Francia y sus aliados daneses y suecos.

El desastre de la gran armada de Oquendo en 1639 rompió la vía de comunicación marítima con los Países Bajos y permitió a Inglaterra afianzar su dominio en el Mar del Norte. La pérdida de Arras y la derrota de Rocroi en 1643 desembocaron en la Paz de Westfalia (1648), por la que se restringió la soberanía del emperador y Alsacia pasó a Francia, si bien reconoció el edicto de 1627 para la conversión de Bohemia en un reino hereditario de Austria.

El ministro francés Richelieu había conseguido desde 1620 la división entre las dinastías habsburguesas y la paz con el Imperio fue paralela a la intensificación del conflicto con España, que negoció con Holanda el tratado de Münster (1648).

Aunque este precedía al reconocimiento de la independencia holandesa ratificado en la Haya (1661), permitió proseguir la lucha contra Francia hasta la Paz de los Pirineos (1659) y la cesión española de Artois, Gravelinas, parte de Hainaut y Luxemburgo, el Rosellón y la Cerdaña.

La conmoción interna fue igualmente grave, con movimientos secesionistas en Cataluña (1640-1652) y Portugal, cuya independencia fue reconocida en 1668 si bien era efectiva desde 1640, alteraciones de Andalucía (1641) y Aragón (1648) y motines en Sicilia y Nápoles (1646-1647) provocados por la política uniformadora de Olivares.

Política de ruina con Carlos II

Con Carlos II (1665-1700) se consumó la ruina del poder de España en Europa y su reinado se inició ya con la derrota en la guerra de Devolución (1666-1668) y la pérdida de algunas plazas en Flandes por el tratado de Aquisgrán (1668).

En la segunda guerra contra Luis XIV (1673-1678), España luchó en colaboración con Holanda, el Imperio y el ducado de Lorena, pero en la paz de Nimega(1678) renunció al Franco Condado, mientras en la tercera hubo de aceptar la desventajosa tregua de Ratisbona.

En la cuarta o Guerra de la Gran Alianza (1688-1697), los ejércitos franceses se enfrentaron con éxito a las tropas españolas, alemanas, holandesas, inglesas y genovesas de la Liga de Augsburgo tanto en el N. (Fleurus, 1690) como en el S., donde penetraron hasta Barcelona (1697).

En el E. la amenaza otomana impidió a los imperiales colaborar de forma efectiva con la Liga; consiguieron levantar el cerco turco sobre Viena (Austria) de 1683 y convertir Hungría en patrimonio hereditario de los Habsburgo.

En la Paz de Rijswick (1697), Francia devolvió las plazas arrebatadas a España en Cataluña y Luxemburgo, además de las ciudades de Mons, Ath y Courtrai, concesión que formaba parte de la estrategia de para tomar posiciones ante la inminente muerte de Carlos II sin descendencia.

Una intensa endogamia, para proteger la herencia familiar ante posibles interferencias de las dinastías rivales, substituyó a la estrategia de alianzas matrimoniales que había permitido a los Habsburgo acceder a su posición privilegiada.

Las bodas entre tíos y sobrinas o entre primos, a veces por las dos partes provocó a largo plazo una consanguinidad que tuvo como consecuencia una mortalidad infantil del 30%, diez puntos superior a la media española de la época, y una evolución biológica degenerativa que culminó con Carlos II. Su sucesión había recaído en el príncipe José Fernando, elector de Baviera, hijo de su sobrina María Antonia, lo cual no ponía en peligro el equilibrio europeo.

La muerte de José Fernando en 1699 redujo las candidaturas legítimas a los descendientes directos de sus dos hermanas, María Teresa y Margarita, casadas con el monarca francés (1660) y el emperador Leopoldo I (1666), respectivamente.

Temeroso de que las grandes potencias pactasen el reparto de las posesiones españolas, Carlos II designó como único heredero a Felipe de Anjou, nieto de , decisión que al no ser aceptada por los Habsburgo, Las Provincias Unidas e Inglaterra, dio comienzo la Guerra de Sucesión (1701-1714).

Los tratados de Utrecht (1713-1715) sancionaron el surgimiento de un nuevo reparto del poder internacional; España cedió Menorca, Gibraltar y amplios derechos comerciales en la Indias al reino Unido; Flandes, parte del Milanesado, Nápoles, Toscana y Cerdeña a Carlos VI, representante de los Austrias de Viena, y la otra parte del Milanesado y Sicilia al duque Amadeo II de Saboya. a cambio de todo ello se reconoció como Rey de España y las Indias a Felipe V, de la francesa Casa Real de Borbón.

R.B.: MUÑOZ SORO, Javier, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo III págs. 1097-1102.