El Duque de Alba

Biografía

Retrato de Fernando Álvarez de Toledo por Tiziano.

Retrato de Fernando Álvarez de Toledo por Tiziano.

Contemplando cualquiera de los retratos que poseemos del tercer duque de Alba en diversos momentos de su vida, siempre nos hallamos ante la misma expresión de energía, que se denota en los ojos de penetrante mirar, en lo cortante de las líneas del rostro y en la tenacidad de su mentón. Altivo, dinámico y decidido, algo arrebatado en sus pasiones, el duque de Alba fue un cabal ejemplar de los generales y políticos españoles del siglo XVI.

Nada importa que una leyenda transmitida de generación en generación y recogida por la Historia haya procurado entenebrecer su fama y su recuerdo. Como hombre de su tiempo, el duque no podía ser más que como fue: todo fuego y voluntad al servicio de los dos más grandes ideales podía sustentar, el de su fe y el de su monarquía. Sin embargo, no en todas las circunstancias estuvo oportuno, y en algunas de ellas su rigidez y su obstinación más perjudicó que benefició la causa de la corona española.

Descendiente de la estirpe de los Álvarez de Toledo, entroncada con la más rancia aristocracia del país, don Fernando nació en Piedrahita (tierras de Ávila) el 29-X-1507, hijo de don García, que murió en la expedición de las Gelves (1510), y de Isabel de Zúñiga, de los duques de Arévalo. A la muerte de su padre heredó los derechos a la sucesión de su abuelo, Fadrique Álvarez de Toledo, segundo duque de Alba, marqués de Coria, conde de Salvatierra y de Piedrahita, señor de Valdecornejo y primo del rey Católico.

Este grande de España quiso hacer de su nieto un militar, y a tal fin le educó en las duras lecciones de la guerra. Don Fernando se formó en la corte del emperador Carlos V, al que prestó no pocos servicios. Figuró a su lado en la expedición a Túnez (1535); defendió brillantemente la ciudad de Perpiñán ante los ataques del delfín de Francia (1542), y contribuyó de modo notorio a la victoria de Mühlberg sobre los protestantes alemanes (1547), en la que demostró sus grandes dotes militares.

En 1552, Carlos V le confiaba el mando de las fuerzas que habían de poner sitio a la ciudad de Metz, el cual se llevó a cabo sin resultados positivos. El César, que tanto había admirado las virtudes militares del duque de Alba, no comulgaba en su ideología ni le era grata su manera de actuar.

Le chocaba no poco su intolerancia y su intransigencia, su santo odio contra los protestantes. En cambio, Felipe II, crecido en un ambiente distinto al de su padre, le convirtió en brazo de sus designios en Europa. El duque de Alba había sido su asesor durante cuatro años, de 1542 a 1546, cuando Felipe fue designado regente de los reinos españoles en una de las ausencias de su padre.

El nuevo soberano tenía extraordinaria confianza en la rectitud, la decisión, la lealtad y el catolicismo del duque. Muchas de las grandes empresas de su reinado fueron confiadas a don Fernando. En 1555 este fue nombrado virrey de Milán, y al año siguiente, ante las veleidades francófilas de Paulo IV, avanzaba sobre Roma al frente de un poderoso ejército, con el que logró romper la alianza entre el papa y Francia. Más tarde intervino en las negociaciones de paz celebradas en París. En 1559 representaba a Felipe II en el matrimonio de monarca con Isabel de Valois, hija de Enrique II.

La confianza de que gozaba el duque ante el soberano español se acrecentó en los años ulteriores. En 1567, cuando la crisis social, política y religiosa en los Países Bajos había estallado de forma brutal y sacrílega, Felipe II envió al duque de Alba a Flandes con un poderoso ejército y revestido de plenos poderes. Entró en Bruselas el 22-VIII-1567 y muy pronto prescindió de la regente doña Margarita de Parma, hasta que esta señora presentó la dimisión de su cargo (noviembre).

Encargado también del gobierno de los Países Bajos, el duque no vaciló en acudir a las medidas más extremadas para sofocar el alzamiento religioso; pero, al no hacer la oportuna distinción entre este problema y el político, precipitó a la gran nobleza católica en los brazos de los caballeros y del pueblo calvinista. Durante seis años practicó a rajatabla su sistema, sin reparar ni en fines ni en medios. Por dos veces, en 1568 y en 1572, reconquistó el país y evitó que cayera en manos de los jefes calvinistas.

Pero su política descontentó tanto a los burgueses del norte como a los grandes señores de sur. La toma de Brielle por los Wassergeusen (1572) y el subsiguiente alzamiento de Holanda y Zelanda, revelaron que el duque había fracasado en su intento. A petición propia fue relevado del cargo en diciembre de 1573.

Durante algunos años pareció rota la buena relación que existía entre el rey y el duque. Debido al fracaso de su gobierno en Flandes y a las intrigas de Antonio Pérez, don Fernando fue desterrado de la corte, en 1578, por un periodo de cuatro años. Pero no debían transcurrir sin que Felipe II le confiara el mando del ejército que iba a operar contra el prior de Crato, bastardo de la casa real portuguesa que se había levantado en armas contra la entronización en Portugal de la dinastía española de los Austrias.

El duque de Alba condujo a las fuerzas reales a la victoria con su veterana maestría, entrando triunfante en Lisboa (junio de 1581). Un año después moría en la misma ciudad, a causa de unas fiebres malignas, el que durante sesenta años había luchado por España en Europa (11-XII-1582).

R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, pág. 11.