Duque de Lerma

Biografía

Retrato ecuestre del duque de Lerma, por Pedro Pablo Rubens, 1603.

Retrato ecuestre del duque de Lerma, por Pedro Pablo Rubens, 1603.

Rayaba en los cincuenta años, cuando el nuevo monarca, Felipe III, le entregó las llaves de los armarios y escritorios en que se custodiaban los papeles del Estado. Con este acto el rey inauguraba una nueva etapa en el gobierno de la monarquía española caracterizada por la concesión del poder a los privados o validos.

Primer beneficiario de este sistema —que tanto había repugnado al Prudente— fue, como decimos, don Francisco Sandoval de Rojas, marqués de Denia y conde de Lerma, hombre de ilustre prosapia, afable en el trato, dadivoso en las mercedes, pero no dotado de las condiciones necesarias para desempeñar un buen papel como político.

Ambicioso, interesado, poco enérgico y sin ningún programa de renovación interna o de actuación internacional, don Francisco de Sandoval dejó escapar una preciosa oportunidad para rehacer las fuerzas de España y prepararlas para la última y decisiva acometida contra sus adversarios de Europa y las colonias. Hijo de don Francisco de Sandoval, nació hacia 1550. Desde su juventud hizo vida palatina, primero como paje de la corte de Felipe II, y luego como caballerizo mayor del príncipe de Asturias, nacido en 1578.

Tanto ascendiente llegó a poseer sobre el futuro monarca, que este le apreciaba como a un padre. En estas circunstancias, se comprende que al morir Felipe II en 1598, Felipe III le confiara el gobierno del Estado, comunicando a los consejos y tribunales del reino que obedecieran las órdenes del marqués de Denia como suyas. De esta actitud del monarca usó y abusó el valido, reteniendo el poder, apartando al rey de los asuntos de gobierno y favoreciendo sus inclinaciones naturales al lujo, a las grandes ceremonias, al deporte y al placer de la caza.

En el primer año de su privanza, acompañó al rey en un viaje por el Levante español que culminó en su boda con la princesa Margarita de Austria en Valencia (abril de 1599). De Madrid a Denia, de aquí a Valencia y luego a Barcelona y Zaragoza, la corte vivió en continuo festejo, derrochando los nobles cantidades fabulosas de dinero, que luego recuperaban con mercedes que les otorgaba la debilidad de Felipe III.

Quien más se benefició fue el marqués de Gandía, el cual, además de aceptar los presentes de las corporaciones públicas, fue recompensado, al regresar a Madrid, con el título de duque de Lerma, el señorío de varias villas y la encomienda mayor de Castilla. La inconsistencia de los propósitos del todopoderoso marqués se puso de manifiesto en el traslado de la corte a Valladolid, ejecutado en enero de 1601, y rectificado en febrero de 1606 ante las instancias y, en particular, los donativos de los madrileños.

Pero, a mayor abundamiento, dio palpables pruebas de su incompetencia política favoreciendo la venta de los cargos públicos y decretando una valoración fraudulenta de la moneda, lo que precipitó el Estado a la bancarrota (1603). La inmoralidad se hizo dueña de la corte y de la burocracia, y entonces se inició la decadencia moral del Estado, fase preliminar del hundimiento político.

La política exterior del duque de Lerma, bastante inconsistente, como lo demostraron las iniciativas privadas de los virreyes en Italia, se caracterizó por una marcada tendencia pacifista, aunque no desde luego para recobrar alientos, sino para tener menos preocupaciones en el gobierno. La paz con Inglaterra (1603) fue seguida de la tregua de los Doce Años con las Provincias Unidas (1609), renunciando por aquélla, a prestar ayuda a los irlandeses, y confirmando, por esta, la primera desmembración de la monarquía española.

De esta manera se liquidaba la suprema lucha de Felipe II. En el aspecto interior, el duque de Lerma tuvo parte importantísima en la expulsión de los moriscos, decretada para Valencia en 1609 y para las demás regiones en 1610. Aparte los motivos de orden religioso y político que determinaron la adopción de tan radical medida, en el fondo de esta existen, en lo que respecta al duque, causas no confesables, como la expropiación de las tierras ocupadas por los moriscos. Se sabe que en la compraventa de estas posesiones el duque realizó un negocio saneado.

Sin embargo, muchos eran los que criticaban el gobierno del duque y el de su valido, don Rodrigo Calderón. Viviendo aún la reina doña Margarita de Austria (muerta en 1611), se formó a su alrededor un partido contra Lerma, en el que luego figuraron el padre Aliaga, confesor del rey, el conde de Olivares, valido del príncipe heredero, y el duque de Uceda, el hijo del propio Lerma. Sintiendo como el terreno se deslizaba bajo sus pies, el privado obtuvo la púrpura cardenalicia, que le confirió el papa Paulo V con el título de San Sixto el 29-VII-1618.

Pero esta distinción no fue óbice para que Felipe III, muy a su pesar, le relevara de sus funciones el 4 de octubre siguiente. El duque se retiró a sus posesiones de Lerma, de las que fue sacado en 1621 para responder de los cargos que le hacía el nuevo privado, el conde de Olivares.

Desterrado a Tordesillas, recobró su libertad de acción comprometiéndose al pago de grandes indemnizaciones. Pero no pudo soportar la proclamación pública de la depravaciones cometidas por su gobierno, y murió, en 1623, a los pies de sus enemigos triunfantes.

R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 55-56.