Conde Duque de Olivares

Biografía

Velazquez-Olivares

El Conde-Duque de Olivares a caballo (c. 1634), cuadro de Diego Velázquez.

Don Gaspar de Guzmán, segundón de poderosa familia andaluza, nació en Roma el 6-I-1587, en ocasión de ejercer su padre, don Enrique, conde de Olivares, futuro virrey de Nápoles, la embajada de Felipe II cerca de la Santa Sede. Fue educado en España (desde 1599) y estudió en la universidad de Salamanca. La muerte de su hermano mayor le legó el título y la herencia de los condes de Olivares.

En la corte pretendió alcanzar (1611) el cargo de embajador en la Santa Sede y la grandeza de España. El duque de Lerma le negó ambas pretensiones, por lo que Olivares se retiró a Andalucía, en una de cuyas ciudades reunió una florida corte de literatos y eruditos. En 1615 Felipe III, por indicación del duque de Lerma, que creía que de esta manera le haría adicto suyo, nombró al conde gentilhombre de cámara del príncipe heredero.

Muy pronto el futuro Felipe IV fue dominado por aquel hombre enérgico, decidido y ambicioso. De nuevo Olivares planteó sus reivindicaciones a la grandeza de España y a la embajada romana. Habiéndosele denegado estas demandas, se afilió entre los adversarios del privado. Gaspar de Guzmán tuvo parte muy activa en la caída del duque de Lerma en 1618. Al año siguiente acompañó al rey y al príncipe a su viaje a Portugal. Al regresar, se demoró en Sevilla; pero al enterarse de la mortal enfermedad que aquejaba al soberano, partió a escape para Madrid.

Incluso antes de morir, Felipe III (31-III-1621), el conde se abrogó las funciones de gobierno. A la muerte del monarca España tenía un nuevo y todopoderoso valido real en la persona del conde de Olivares. Figura muy discutida la del conde-duque (recibió este denominativo desde que Felipe IV lo creara duque de San Lúcar la Mayor en 1635); discutida, porque sus enemigos le achacaron la culpa de la decadencia española y porque su política global fue, en realidad, un considerable fracaso.

La crítica histórica actual, aun sin considerarle un estadista de excepción y reconociendo las profundas lagunas de su carácter y formación política, lo estima como el hombre que intentó galvanizar el cuerpo de España en el momento solemne de decidir sus propios destinos. El conde-duque supo hallar en la herencia de los Felipes la concepción del papel imperial de España. Bastó la presencia en el poder de un hombre responsable, para que el estado español recobrara eventualmente la hegemonía europea y estuviera a punto de aniquilar los planes de Richelieu.

Pero el esfuerzo desmesurado que exigió de la monarquía española, precipitó la crisis constitucional y militar de la nación y del Estado. El conde-duque pretendió reorganizar los cuadros de la monarquía. Al asumir la privanza en 1621, la enérgica actuación contra los vicios de la administración de los duques de Lerma y de Uceda; la represión de los desplantes de la alta nobleza, como en el caso del duque de Osma, y los decretos relativos a la moralidad en el desempeño de los cargos públicos, prepararon el camino para proyectos de mayor envergadura.

Olivares se daba cuenta de cuál era la coyuntura histórica y sabía que en ella se jugaba la gran carta de España. Su política, por interés nacional y religioso, debía de ser activa y belicista. Ahora bien, para obtener los recursos con que mantener la presencia de España en Europa era preciso intentar la centralización legislativa y financiera de la monarquía, al objeto de que las regiones privilegiadas contribuyeran con sus energías al desarrollo de la política expansiva que hasta entonces había cargado exclusivamente sobre Castilla.

Fundir en un solo cuerpo estatal homogéneo los restos de los antiguos estados medievales y agruparlos para resistir la acometida exterior y poner remedio a la decadencia interna, tal parece haber sido el plan político del conde-duque. En su desarrollo, Olivares puso tenacidad, firmeza y casi obcecación; pero en muchos casos no supo tener largueza de miras, por lo que en el momento culminante la unidad monárquica se resquebrajó profundamente.

Esta fue la tragedia del conde-duque: precipitar la decadencia de España al querer mantener a la nación en las líneas de su glorioso pasado. En el aspecto internacional, Olivares tuvo también su gran proyecto: establecer definitivamente la hegemonía española por el acorralamiento de Francia. Quizá habría triunfado si, menos escrupuloso que Richelieu, hubiera prescindido de los ideales religiosos que siempre defendió España en Europa.

En todo caso, se hallan en la misma directriz la ruptura de la tregua de los Doce años con Holanda en 1621, la participación de España en la lucha de los católicos contra los protestantes en Alemania desde la misma fecha, la ocupación de la Valtelina (1622) y las tentativas para enlazar las coronas de España e Inglaterra (1623). En 1626, después de la toma de Breda por Ambrosio Spínola(1625), de la derrota de la escuadra inglesa ante Cádiz (1625) y de la firma del tratado de Monzón con Francia, podía decirse que el conde-duque había restablecido la fortuna de las armas de España en Europa.

Sin embargo, en el interior del país Olivares no había triunfado. El pueblo gemía bajo los nuevos impuestos; Portugal, Cataluña y Vizcaya protestaban por la merma que se hacía de sus privilegios, y las costumbres públicas no habían mejorado. Sin que el conde-duque interviniera directamente en aumentar el despilfarro de la corte, este continuaba, y sus amigos y familiares sacaban positivas ventajas económicas de la preponderancia del valido.

En 1631, el conde-duque sufrió dos experiencias negativas: la derrota de España en la cuestión sucesoria de Mantua y el alzamiento de Vizcaya. Pero el éxito militar en Nördlingen (1634) le hizo despreciar aquellas serias advertencias. En 1635, Richelieu echó la espada de Francia en la balanza de la guerra de los Treinta Años. Y desde este momento se suceden ininterrumpidamente los fracasos: renuncia a la Valtelina en 1637, insurrección de los Algarves (1637), derrota de la flota española en las Dunas en 1639, insurrección de Cataluña y Portugal (en 1640.

La monarquía se hunde y se desmiembra. Olivares es víctima del descontento y de la incomprensión general, y de sus propios desaciertos. Felipe IV, por último, le destituye el 17-I-1643. El conde-duque se retira a Loeches, desde donde publica un escrito, el Nicandro, en defensa propia. Abandonado de todos, mortalmente enfermo, dejó este mundo el 22-VII-1645 en Toro.

R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 62-63.