Felipe I el Hermoso1504-1506

Biografía

Felipe I de CastillaFelipe I de Castilla, por Maestro de la Leyenda de la Magdalena

Brujas, Bélgica, (22-VII-1478); Burgos, (25-IX-1506). El Hermoso. Rey consorte de Castilla (1504-1506). Duque titular de Borgoña. Hijo de Maximiliano I de Alemania y de María de Borgoña; hermano de Margarita de Austria; esposo de Juana I —hija de los Reyes Católicos y reina de Castilla y Aragón— y padre de Carlos I (1516-1566) (V de Alemania) y Fernando I de Alemania.

En 1482, si bien bajo la tutela de su padre, en su calidad de archiduque de Austria, heredó los territorios patrimoniales de su madre integrados por los ducados de Borgoña, Brabante, Luxemburgo y Limburgo, los condados de Flandes, Artois, Henngau, Holanda, Zelanda y Namur, así como los señoríos de Malinas, Oberysel y Mastricht.

El cronista Lorenzo Padilla describió la personalidad de Felipe de Austria como mozo alto, robusto y ágil, rubio, ancho de espaldas y bien plantado; practicante de todos los deportes de su tiempo; amante del lujo, la vida despreocupada, la sociedad divertida y los placeres, se sentía fogosamente dominado por los hechizos del bello sexo. Alonso de Santa Cruz, en su Crónica de los Reyes Católicos, aún añadiría sobre él: de buen ingenio y entendimiento liberalísimo en el hacer de las mercedes..

El sistema de alianzas promovido por Fernando el Católico para contener las aspiraciones de la monarquía francesa, indujo a los Reyes Católicos a estipular con el Imperio los enlaces matrimoniales de dos de sus hijos, Juan y Juana, con Margarita de Austria y su hermano Felipe, respectivamente, cuya boda habría de celebrarse en la ciudad de Lille (Francia) el 21-X-1496.

La temprana muerte del príncipe Juan, hijo primogénito, en 1497, seguida un año más tarde por la de su hermana Isabel, casada en segundas nupcias con el monarca portugués Manuel I el Afortunado, colocaban a Miguel, hijo de estos, en disposición de heredar las coronas de Castilla, Aragón y Portugal.

Pero muerto este, a su vez, a la muy temprana edad de dos años (1500), los derechos de sucesión a la monarquía hispana recayeron en Juana y Felipe el Hermoso, quienes serían jurados como herederos en las Cortes de Toledo y Zaragoza en 1502. En diciembre de este mismo año Felipe, tras dejar en Castilla a Juana hasta el nacimiento de su segundo hijo, Fernando —futuro emperador Fernando I—, inició su viaje de regreso a Flandes, ocasión que aprovecharía, en su paso por Francia, para negociar un acuerdo entre sus suegro y Luis XII.

Sin embargo, las instrucciones conferidas por Fernando el Católico serían alteradas por su yerno, quien concertaba con el monarca francés el tratado de Lyon (1503), mediante el cual se establecía el matrimonio de su hijo Carlos con Claudia, hija de Luis XII, otorgando el reino de Nápoles como dote a la princesa, siendo administrado por el propio archiduque Felipe hasta que se consumara el matrimonio concertado.

En ningún momento Fernando admitiría lo acordado, derrotando pocos meses más tarde a los ejércitos franceses. Consecuencia de todo lo cual sería el rencor irreconciliable que Felipe profesaría a su suegro y que no tardaría en evidenciarse en el ámbito de la política castellana.

Conflictos con el rey Fernando

La muerte (26-XI-1504) de Isabel la Católica iba a propiciar el conflicto. De acuerdo con lo estipulado en el testamento isabelino y reunidas las cortes castellanas en Toro (11-I-1505), Juana y su esposo el archiduque Felipe eran jurados como legítimos herederos al trono, mientras que Fernando, en calidad de regente, se le confiaba la gobernación del reino, caso de que aquella mostrara síntomas de locura.

La controversia animada por el grupo de Flandes, que negaba los derechos del monarca aragonés, frente a los de Felipe, como rey consorte, y los felipistas castellanos, entre los que destacaban el duque de Nájera, Pedro Manrique de Lara, el conde de Benavente, Alonso Pimentel, los marqueses de Villena, Zenete y Priego, los duques de Medina-Sidonia y Béjar, y el conde de Ureña, entre otros, propiciaría una ofensiva diplomática contra el sistema de política internacional orquestado por Fernando, cuyo objetivo era el de aislar al monarca católico frente a su rival francés (entrevista de Hagenau —30-III-1505— entre Luis XII, Maximiliano I y Felipe; negociaciones con Navarra, Inglaterra y Portugal, producidas desde Flandes).

Sin embargo, con el Tratado de Blois (28-VII-1505), la astucia fernandina lograba neutralizar los intentos felipistas. En él se estipulaba la alianza con Francia, así como el matrimonio del monarca aragonés con Germana de Foix, sobrina de Luis XII. Ante el nuevo rumbo tomado por los acontecimientos, Felipe el Hermoso tuvo que aceptar las resoluciones acordadas en la Concordia de Salamanca (24-XI-1505), resultado de la contraofensiva diplomática llevada a cabo por Fernando.

Por ella el rey católico quedaba asociado a la Corona como gobernador perpetuo, actuando Juana y Felipe como soberanos; se establecía un nuevo reparto en las rentas de Castilla, así como la distribución de los cargos vacantes. Además, cuando sus hijos se hallaran ausentes del reino de Castilla, Fernando gobernaría personalmente.

Pese a todo, Felipe I, de regreso a España, aún firmaría con Enrique VII de Inglaterra el Tratado de Windsor (9-II-1506), con el que, si bien afianzaba su alianza con Inglaterra, debilitaba la posición internacional de Fernando. El 26-IV-1506 los jóvenes monarcas desembarcaban en el puerto de la Coruña.

Los intentos de Fernando, que había salido de Valladolid el día 20 del mismo mes, para encontrarse con sus hijos serían vanos. El cruce de embajadas y las negociaciones entre Fernando y su yerno, siendo partícipe de las mismas el cardenal Cisneros, no obtendrían ningún fruto.

La Concordia de Salamanca había dejado de tener efecto. Por fin, del día 20-VI en la alquería de Remexal, entre Puebla de Sanabria y la aldea de Asturianos (Zamora), se encontraron ambos mandatarios, actuando Cisneros de mediador. La entrevista, en la que Fernando no tendría ocasión de ver a su hija, sería de gran frialdad, no alcanzándose ningún acuerdo inicial y quedando su redacción en manos de los delegados de ambas partes. Su firma habría de producirse en Villafáfila (Zamora) el 27 del mismo mes.

Por el mismo, el monarca aragonés otorgaba a sus hijos el gobierno de Castilla, renunciando a su cargo de regente y conformándose con la administración de los maestrazgos de las Órdenes así como con las rentas asignadas en el testamento de Isabel. Un día más tarde, en Benavente (Zamora), firmaba Fernando un nuevo documento por el que se obligaba a mantener a su yerno en el gobierno de Castilla, habida cuenta de la incapacidad mostrada por Juana.

Dicho documento, sin embargo sería rubricado después de testimoniar por escrito y notarialmente su nulidad alegando que la firma del mismo, contra su voluntad, pretendía exclusivamente evitar la guerra civil y garantizar su seguridad personal. Mediante el Manifiesto de Tordesillas (Valladolid, 1-VII-1506), Felipe daba a conocer estos hechos. Aún habrían de encontrarse ambos personajes en Renedo (Cantabria) pocos días más tarde (5-VII), sin que Fernando obtuviera mejores resultados en su intención de ver a su hija.

El 9-VII-1506 se reunían en Valladolid las Cortes de Castilla. En ellos eran jurados Juana como reina de Castilla, Felipe como su marido legítimo, y Carlos (futuro Carlos I) como su heredero, en términos similares a los propuestos por Fernando en las pasadas Cortes de Toro.

La pretensión de Felipe para que su esposa fuera declarada incapacitada para gobernar no llegaría a producirse gracias a la resistencia planteada por algunos representantes de la alta nobleza y ciudades más importantes del reino, aunque no por eso pudiera impedir que, de hecho, gobernara como rey propietario aislando a Juana y rodeado por su propia camarilla.

La reorganización del gobierno de Castilla sería una realidad; los cargos y oficios de la Hacienda, casa Real y Justicia, consejeros y tenencias serían puestos en manos de felipistas, mientras que los servidores de Fernando el Católico eran depuestos.

Una pequeña minoría de privados del monarca iba a ser la encargada de llevar la gestión del gobierno, prevaleciendo con ello el talante de monarquía autoritaria, aunque sin el carácter personalista que en su momento habían los Reyes Católicos. El Consejo del Felipe I estaba integrado por los siguientes miembros: Juan Manuel, señor de Belmonte y presidente del Real Consejo; Filiberto de Veyre, llamado la Mouche; Juan de Luxemburgo, señor de Ville, y Garcilaso de la Vega, comendador de León.

Durante el breve espacio de tiempo en el que Felipe I iba a ejercer el poder real, la tensión política no remitiría en Castilla. Al desorden en la administración de las rentas de la Corona, unido a la concesión arbitraria de cargos y mercedes, hay que sumar la reactivación en su gestión política de partidos y núcleos de oposición y resistencia, tanto en el seno de la nobleza, como en los municipios.

Mientras se suscitaban desacuerdos entre Juan Manuel y los flamencos, la reina generaba una cada vez más abierta polémica entre los que afirmaban su incapacidad en el ejercicio de gobierno y los que denunciaban que se encontraba prisionera y se le impedía gobernar, en beneficio de los extranjeros y privados.

El II duque de Alba mantenía vivo, aunque débil, al partido fernandino y Fadrique Enríquez, almirante de Castilla, se solidarizaba con el duque de Nájera, el conde de Benavente y el marqués de Villena para integrar una Junta de Grandes que liberase a Juana y creara un gobierno de talante castellanista.

Por si fuera poco, la grave crisis económica que caracterizaba la situación financiera del reino, aumentada por los años de esterilidad que desde 1503 se venían produciendo, no mostraba síntomas de mejoría. Y en el orden internacional la política felipista no iba a alcanzar otros logros que no fueran los derivados de su actitud antifernandina, tratando de bloquear toda intervención de este (que había partido rumbo a sus territorios patrimoniales italianos), en los asuntos de Castilla.

Tal era el signo de las negociaciones con Portugal e Inglaterra, las recomendaciones a Maximiliano I sobre su actitud política en Italia, o el tratado de alianza estipulado con Juan de Albret de Navarra. No obstante, su mandato pronto quedó bruscamente cortado cuando, a la temprana edad de 28 años, perdía la vida presa de una rápida enfermedad, en la ciudad de Burgos.

Su cuerpo sería embalsamado mientras que su corazón era remitido a Flandes. Enterrado primeramente en la Cartuja de Miraflores (Burgos), sería paseado posteriormente por toda Castilla, hasta ser guardado en Santa Clara de Tordesillas, en donde su esposa habría de pasar el resto de su vida. Al final, sería conducido a Granada, donde yace, acompañado de Juana, en la capilla de los Reyes Católicos de la catedral.

R.B.: VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo VIII, págs. 3937-3938.