Felipe III de España

Datos biográficos

Rey de España: 1598-1621
Nacimiento: 14-VI-1578
Fallecimiento: 31-III-1621
Predecesor: Felipe II
Sucesor: Felipe IV
Dinastía: Austria, Habsburgo
Padre: Felipe II de España
Madre: Ana de Austria
Consorte: Margarita de Austria
Valido: Duque de Lerma

Índice

Introducción
El reinado
Política exterior
La muerte

Introducción

Rey de España: 1598-1621, Portugal, Nápoles, Sicilia y Cerdeña, duque de Milán. Hijo de Felipe II y de su cuarta esposa, Ana de Austria; nació el 14 de abril de 1578, sucedió a su padre el 13 de septiembre de 1598 y murió el 31 de marzo de 1621. Tenía, al morir, cuarenta y tres años menos trece días y había reinado veintidós años, seis meses y diecisiete días. Fue don Felipe el primero entre los príncipes de Asturias al que se reconoció como heredero de todos los reinos peninsulares. En Lisboa, sin estar presente, fue jurado heredero del reino de Portugal el 1 de febrero de 1583; en Madrid, el 11 de noviembre de 1584, de los de León y Castilla; en Monzón, por las Cortes generales de los tres Estados de la Confederación aragonesa; de Valencia, el 6 de noviembre de 1585; de Aragón, el 9 del mismo mes y año, y de Cataluña, el 14; en Pamplona, finalmente, fue jurado heredero del reino de Navarra el 1 de mayo de 1586.

Felipe III por Diego Velázquez.Obra de Diego Velázquez

Felipe II, que había considerado indigno de reinar a su desgraciado primogénito el príncipe don Carlos, concentró en el nuevo príncipe don Felipe sus renacidas esperanzas, y le educó para que fuese digno de los altos destinos a que estaba llamado. Le dio por ayo a don Gómez de Ávila, marqués de Velada y sucesor de don Juan de Zúñiga en el cargo de comendador mayor de Castilla, y por maestro al virtuoso y culto don García de Loaysa, el cual, como el maestro de Felipe II, había de ser también arzobispo de Toledo. Sumiller de Corps del príncipe fue el austero, enérgico y leal don Cristóbal de Moura, marqués de Castel-Rodrigo, el portugués que mejores servicios prestó a los reyes españoles.

Estudió bien el futuro Felipe III el latín y la filosofía natural; se ejercitó en las lenguas francesa e italiana, y llegó a conocerlas como convenía a quien había de reinar y hablar con extranjeros. Gustaba de la Historia y más de la Cosmografía y Geografía. Aprendió nociones de navegación, estrategia y fortificación de ciudades. Pero le agradaban más los deportes: la equitación, el manejo de las armas y la caza, mejor con bala que con munición menuda. El continente de este príncipe era digno; su palabra, mesurada; su carácter, benévolo y leal.

Felipe II, cuando el fin de su vida se acercaba, quiso conocer la opinión que las personas de más respeto en la corte habían formado del heredero de monarquía tan difícil de regir. Confió misión tan delicada a su confesor fray Diego de Yepes, el cual debía reunirse con don Cristóbal de Moura, el marqués de Velada, don Juan Idiáquez y don García de Loaysa. Pedía Felipe II un dictamen verídico y leal, en el que no se ocultase nada de lo que los consultados sentían acerca del natural, inclinación y cualidades del príncipe.

Loaysa se encargó de redactarlo, y, aunque no íntegro, Matías Novoa lo incluyó en sus Memorias o Historia de Felipe III, donde puede leerse Colección de Documentos inéditos para la Historia de España, t, 60, páginas 36 y s.s. El dictamen fue veraz y sencillo, aunque no lo dijera todo.

Tenía, sin duda, el heredero de España -decía Loaysa- las artes principales que ha de tener un príncipe cristiano, pues era afable con sus criados, religioso y honesto; reservado, templado en sus actos y palabras, buen hijo, y no se le conocían vicios. Cuando Dios le llamase a reinar, sabría ganarse el corazón de sus vasallos. Para prepararle, aconsejaba Loaysa a Felipe II que le diera intervención en los negocios del gobierno y de la guerra; que le acostumbrara a ser liberal y a interceder por sus vasallos futuros, haciéndole conocer sus necesidades, y, finalmente, que le casara.

Leyó y meditó Felipe II el informe de Loaysa y resolvió que Moura, Velada e Idiáquez tuvieran sus juntas en presencia del príncipe, a fin de que este comenzara a conocer el manejo de los negocios de Estado. Cuando ya tuviese alguna práctica, pensaba Felipe II que el príncipe podría aliviarle el trabajo de las audiencias, y para ello le dio, por escrito, oportunas instrucciones.

Debería, le dijo, oír a todos con atención y buena cara; a los embajadores podría pedirles noticias de sus reyes o príncipes, y mostrar alegría cuando fuesen buenas y dolor si eran malas. En cuanto a los negocios, debería responder que quedaba bien advertido y que informaría al rey para que resolviese lo que conviniera, esto es: palabras generales que no os pierdan. Cuando fuese posible, debería ir a las audiencias, avisado de los negocios que se le habían de proponer, a fin de tener meditadas las respuestas, para lo cual convenía que las audiencias se pidieran por mediación del marqués de Velada o de don Cristóbal de Moura.

Si hubiéramos de creer a los historiadores áulicos, el príncipe cumplió a maravilla las instrucciones de Felipe II M. Novoa, ob. cit. páginas 40-41; pero, en realidad, el rey no estaba satisfecho, ni de la capacidad, ni del amor al trabajo de su hijo. Amargamente se lo decía, poco antes de morir, a su leal ministro el marqués de Castel-Rodrigo: ¡Ay, don Cristóbal, que me temo que le han de gobernar! Se cumplió la dolorosa profecía de Felipe II, quien tampoco había sido tan libre como él se imaginaba.

Margarita de AustriaMargarita de Austria. Reina consorte de España, Portugal, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, duquesa consorte de Milán, duquesa titular consorte de Borgoña y soberana consorte de los Países Bajos. Retrato de Bartolomé González y Serrano.

No descuidó Felipe II el casar a su hijo, y le eligió por esposa a la archiduquesa Margarita de Austria, hija del archiduque Carlos II de Estiria y de María de Baviera, y nieta del emperador Fernando I, hermano de Carlos V.

Doña Margarita llegó a Valencia el 18 de abril de 1599. Felipe III la esperaba dentro de la catedral, bajo un trono, con su hermana la infanta Isabel Clara, y en la puerta la recibió el patriarca don Juan de Ribera. Este y el nuncio ratificaron los matrimonios del rey y de la infanta, velando a los reyes el patriarca y a los infantes el nuncio, en dos misas consecutivas. A las tres de la tarde terminaron las ceremonias. Aquel día tenía Felipe III veintiún años y cuatro días, y Margarita trece años, siete meses y seis días.

La reina Margarita de Austria tuvo ocho hijos, cuatro varones y cuatro hembras. Enumerados por el orden de su nacimiento, son los siguientes: Ana 1061-1666, que casó a los catorce años con el rey de Francia Luis XIII y fue madre de Luis XIV; María 1603, que murió a los dos meses; Felipe (Felipe IV); María Ana 1606-1646, que casó, en 1631, con Fernando, luego emperador Fernando III, y fue madre de Mariana de Austria, segunda mujer de Felipe IV de España; Carlos (1607-1632); Fernando, el cardenal-infante; Margarita Francisca (1610-1617), y Alfonso 1611-1612, llamado el Caro porque costó la vida a su madre la reina Margarita, muerta en Madrid, de sobreparto, el 23 de octubre de 1611, a los veintisiete años no cumplidos.

Felipe III no se volvió a casar, aunque no tenía más que treinta y tres años, y no se le conocen amores ni hijos naturales.

El reinado

Alberto y la infanta IsabelEl archiduque Alberto y la infanta Isabel, soberanos de los Países Bajos, duques de Borgoña, Brabante, Luxemburgo, condes palatinos de Borgoña, de Flandes, Holanda, Zelanda.

El corto reinado de Felipe III está marcado por dos hechos principales: la Tregua de los Doce Años en Flandes y la expulsión de los moriscos. La tregua (1609) fue prudentísima, y el rey y Lerma no llegaron a ella sin causa ni meditación. Las guerras de Flandes habían consumido los recursos de España y de sus Indias en el reinado anterior. En este iba a ocurrir lo mismo. Las victorias de los holandeses rebeldes en las dunas de Newport frente al archiduque Alberto (junio 1600) y en Rhinberg, frente a Luis Dávila (julio 1601) no podían ser indiferentes a Felipe III: la princesa soberana de los Países Bajos, Isabel Clara, era su hermana, y lo que estaba en realidad en juego era el prestigio militar español. Por eso resolvió, de acuerdo con el Consejo de Estado, que todavía pesaba algo, y con el valido Lerma, enviar a Flandes los tercios de Italia.

Con estos refuerzos el archiduque Alberto acometió el sitio de Ostende (1602). Cobrar la plaza era empresa ardua. El sitio se prolongaba con merma del crédito militar del archiduque, no muy firme después de su derrota de las dunas. En momento tan crítico ofrecieron servicios no a los archiduques Alberto e Isabel, sino al rey de España, dos genoveses ilustres, los hermanos Federico y Ambrosio Spínola. Se dio a Federico el mando de la flota. Ambrosio tuvo el de las fuerzas, de tierra.

Federico contrarrestaba las maniobras de la flota holandesa, pero perdió la vida en un combate. Ambrosio, aunque no pudiera impedir que Mauricio de Nassau tomara a Grave (1603), fue restableciendo la situación y acabó por triunfar. Aunque la guarnición de La Esclusa hubo de rendirse al general holandés (20 agosto 1604) un mes después Spínola entró triunfador en Ostende (22 septiembre), la fortísima plaza que había resistido obstinadamente casi cuatro años. Los archiduques Alberto e Isabel visitaron la ciudad, y Spínola les pidió licencia para venir a España.

Pero en uno y otro campo la guerra pesaba. Las Provincias Unidas comprendían que era necesario renunciar a atraerse a las provincias católicas del Sur. España no podía seguir sacrificando su tesoro por una causa que estaba perdida.

El archiduque Alberto fue quien lanzó las primeras proposiciones de paz. Los holandeses se dividieron, pero la opinión de los pacifistas se impuso. Entre las Provincias Unidas y Spínola se firmó un armisticio de ocho meses, e inmediatamente, al comenzar el año 1607, se abrieron en La Haya las negociaciones, que fueron difíciles, y cuyo resultado fue una tregua de doce años, firmada en Amberes el 9 de abril de 1609, entre el archiduque Alberto y Felipe III, de una parte, y las Provincias Unidas de Holanda, de otra.

El Consejo de Estado, el organismo consultivo en asuntos internacionales, ya no era otra cosa que un instrumento dócil en manos de Lerma, cuyos deseos conocía, porque el valido los había expresado muy claramente en la sesión del 17 de enero de 1609, a la que asistió el rey. En esa sesión, Lerma anuló hábilmente la importancia del catolicismo en Holanda; reconoció la superioridad marítima de los holandeses; supuso a nuestros soldados fatigados y prontos al motín, y confirmó la gravedad de la situación financiera. En una palabra: Lerma descubrió el estado de quiebra política, militar, económica y religiosa a que había llegado España.

Y en otra sesión, la del 22 de enero, remachó el clavo: ante la penuria de medios, se imponía una tregua, aunque fuese mala, y si alguno cree —terminó diciendo en tono de reto— que es mejor volver a la guerra, que busque el modo de proveer lo necesario para hacerla.

La tregua llamada de La Haya es el pedestal sobre el cual se alza un pueblo de marinos y mercaderes que pronto acierta a hacerse un rico imperio colonial. Para España representa, en cambio, el resquebrajamiento de los ideales que venían inspirando su política hacía más de un siglo; la pérdida de un territorio —el holandés— de gran valor militar y político, y un gravísimo peligro para su sistema colonial mercantil y financiero. Portugal hubo de ver con amargura que España, con todo su poder, no podía o no sabía proteger los dominios portugueses de Asia Julián M. Rubio, los ideales hispanos en la tregua de 1609 y en el momento actual, Valladolid, 1937, págs, 81, 88 y 99.

La expulsión de los moriscos

El eje sobre el que venía girando la política de España desde el reinado de Carlos V era la defensa del catolicismo frente a sus dos enemigos: la herejía y el Islam, representado en estos tiempos por Turquía.

El frente musulmán tenía su prolongación dentro de la misma España, donde estaba representado por los pocos mudéjares que aquí quedaban y por los moriscos, cristianos de apariencia y musulmanes de corazón, muy numerosos y que constituían un peligro real por sus contactos con los piratas berberiscos y con Turquía y porque algunos reyes europeos, enemigos de España y del catolicismo, pretendieron aprovechar en beneficio propio el malestar de esos elementos mal asimilados de la población española. No por ello ha de creerse que la idea de la expulsión fue suya, y mucho menos de Felipe III o del duque de Lerma.

En 1582 parecía cosa resuelta y aceptada por Felipe II. Sin embargo, en 1585 y en 1587 el arzobispo se dirigió a Felipe ll, aconsejando que se persistiese en la labor catequista. El rey aceptó el consejo. Era otro esfuerzo, el supremo; pero nada se logró: los moriscos formaban, como antes los judíos, una unidad social perfectamente caracterizada, una nación distinta en medio de la sociedad española. La expulsión era la meta lógica, fatal, y el pueblo español la deseaba. Felipe IIII, empujado por los memoriales del patriarca y por las consultas de su Consejo, se inclinó a decretarla en 1602. El decreto quedó redactado, pero su cumplimiento fue retrasándose hasta que se tuvo noticia de la forma de la tregua de Doce Años. Entonces fue haciéndose público por órdenes sucesivas (1609-1614).

Política exterior

Felipe III se creía obligado, como su padre y su abuelo, a defender catolicismo; pero el duque de Lerma no tenía una política exterior definida, propia. Se ha dicho de él que, como discípulo del príncipe de Éboli era partidario de la paz, y que toda su política exterior obedecía al deseo de conservarla. En realidad, fue Felipe II quien, después de sus últimos esfuerzos bélicos, buscó la paz con todos. Con Francia tuvo tiempo de firmarla; con Inglaterra y las Provincias Unidas fue ya su hijo quien firmó las que él preparaba; pero cuando llega una nueva guerra (1618), en que se discute, el catolicismo, Felipe III ocupa su puesto.

En Flandes

Aunque Flandes tenía sus soberanos propios, el archiduque Alberto y la infanta Isabel Clara, España no podía inhibirse de lo que allí ocurriera, porque esos príncipes no tenían hijos y, cuando uno de los dos muriese, aquellas tierras habían de volver a la corona de España. Pero, en cuanto fue posible, se llegó con las provincias rebeldes, ya que no a una paz definitiva, a una tregua larga (1609).

En Francia

La conducta del rey de Francia, Enrique IV, con España no merece otro calificativo que el de hostil, pese a la paz firmada con Felipe II (Vervins, 1598). Eso no fue obstáculo para que en 1601, aceptando una iniciativa del papa Clemente VIII, abriera negociaciones encaminadas a casar a su hija mayor, la princesa Isabel de Borbón, con el príncipe Felipe (luego Felipe IV), negociaciones que prosiguió hasta su muerte en 1610 y que se resolvieron durante la regencia de la viuda María de Médicis en el doble matrimonio de la infanta española Ana de Austria con el rey francés Luis XIII, y del príncipe de Asturias, Felipe, con la princesa de Francia, Isabel (1615). De estos matrimonios no se derivaron, en modo alguno, los bienes que el Papa soñara.

En Inglaterra

En las relaciones con Inglaterra durante este reinado deben distinguirse también dos épocas: la inicial (1598-1603) corresponde todavía a los tiempos de Isabel I la Grande; la segunda, más larga, corresponde al reinado del primero de los Estuardos, Jacobo I (1605-1625). Durante la primera las relaciones siguen tan tensas como en el reinado de Felipe II, y de una y otra parte se producen diversos actos francamente hostiles.

Dos modos tenía Isabel de hostilizar a España: enviar expediciones propiamente guerreras y alentar a los corsarios. En la primavera de 1599 la flota inglesa, después de amagar en La Coruña, fue a dar el golpe en Gran Canaria. En el verano de 1601, don Juan del Águila aprestó cuatro o cinco mil hombres, que el almirante Brochero se encargó de llevar a Irlanda, para que allí ayudasen a los católicos que estaban en rebeldía contra Inglaterra.

En cuanto subió al trono inglés Jacobo I comenzó a hablarse de paz en Londres y en Valladolid, donde estuvo algún tiempo la corte española. Jacobo, cuyo lema era Beati pacifici, la deseaba tanto como el duque de Lerma. En junio de 1603 salió de España para Inglaterra el conde de Villamediana, que intervino en la negociación de la paz, y en julio de 1604 salió para Londres, con el fin de firmarla, el condestable y duque de Frías, que cumplió misión tan grata el 28 de agosto de ese año.

Firmada la paz, ambas cortes establecieron relaciones diplomáticas permanentes. Después de las cortas embajadas del marqués de Flores Dávila (1606) y del conde de la Revilla (1610), llegó a Londres el 2 de agosto de 1613 don Diego Sarmiento de Acuña, conde de Gondomar, diplomático de cualidades extraordinarias, que lucieron brillantemente, tanto en su primera embajada, que termina el 16 de julio de 1618, como en la segunda, que comenzó el 16 de marzo de 1620.

En la guerra de los Treinta Años

El primer periodo de la guerra que se llamó de Treinta Años, el periodo palatino (1618-23), coincide con los últimos años del reinado de Felipe III. España, que en la Tregua de Doce años parecía haber abandonado la defensa del catolicismo, vuelve a su política, prestando ayuda al emperador Fernando II (1619-37), como hubiera hecho Felipe II.

Con la guerra de Treinta Años se relaciona muy estrechamente la ocupación, por tropas españolas, de la Valtelina. España y Francia venían disputándosela en el terreno diplomático desde 1602; pero en 1620, el duque de Feria, gobernador del Milanesado, la ocupó militarmente. Francia envió a Madrid, como embajador extraordinario, al mariscal Bassopiere, con la misión de negociar un acuerdo que resolviera definitivamente la cuestión. Felipe III estaba moribundo y ya no pudo hacer otra cosa que aconsejar a su hijo que en este pleito oyera la opinión del Papa.

En Italia

Tenía la corona de España dos grandes dominios en Italia: al Norte, en la Lombardía, el Milanesado, regido por un gobernador, y al Sur, los reinos de Nápoles y Sicilia, cada uno de los cuales era regido por un virrey. El virreinato de Nápoles era el de mayor categoría en estos tres gobiernos y el más apetecido. Los dominios del duque de Saboya, Carlos Manuel, lindaban con el Milanesado.

Era Carlos Manuel, a pesar de estar casado con una hermana de Felipe III, enemigo de la dominación española en Italia, aunque sus relaciones con la familia real española fuesen en apariencia cordiales. El primer choque se produjo cuando Carlos Manuel, audazmente, invadió el ducado de Monteferrato, alegando que a él tenía derecho su hija Margarita (1612). No solo en Madrid, sino en Viena y París, desagradó la conducta atropellada de Carlos Manuel. En nombre del rey de España se le ordenó que licenciase a sus soldados y evacuara el Monteferrato. Carlos Manuel se resistió a cumplir esa orden humillante y buscó alianzas para defenderse.

En Italia, de la que se declaró libertador, no encontró quien le ayudase. El gobernador de Milán, marques de la Hinojosa, derrotó a Carlos Manuel en Asti (1615), pero cayó en la torpeza de aceptar una paz desventajosa que le costó perder el gobierno. Su sucesor, el marqués de Villafranca, hizo contra Carlos Manuel una campaña tan rápida como afortunada: invadió el Piamonte y destrozó al ejercito saboyano en el llano de Apértola (1616). La mediación de Luis XIII y la nobleza de Felipe III explican la paz de Pavía (1617) por la cual los dos beligerantes se comprometían a devolver lo conquistado y a restituir el Monteferrato al duque de Mantua.

Pero Carlos Manuel llevaba en su corazón el deseo de eliminar de Italia a los españoles y no lo abandonaba. Su aliada posible era Venecia, aunque en la pasada ocasión no hubiera hecho otra cosa que darle secretamente ánimos y oro. El gobernador de Milán, marques de Villafranca, difería el cumplimiento de la paz de Pavía, porque su anhelo era vencer para siempre a los dos principales enemigos que España tenía en Italia: Carlos Manuel y la señoría de Venecia.

Alberto y la infanta IsabelFrancisco de Quevedo y Villegas, atribuido actualmente a Juan van der Hamen.

Si el pensamiento era de Villafranca, la acción iba a ser del duque de Osuna, virrey de Nápoles. Compartía estos anhelos el marqués de Bedmar, nuestro embajador en Venecia, y a los tres servía Quevedo, confidente de Osuna, haciendo arriesgados viajes. La armada de Osuna venció en aguas de Génova a la soberbia flota veneciana, y el duque, haciendo lo mismo que tantas veces hiciera Venecia contra España, protegió a los uscoques, piratas de Croacia e Iliria, que causaban grandes daños al comercio veneciano.

Venecia, llena de espanto, temía que cualquier día se presentasen en sus aguas los barcos de Osuna, es decir, de la aborrecida España, y en su impotencia, acudió al arma, siempre eficaz, de la calumnia, inventando la conjuración de Venecia, para hacer odioso el nombre de España (1618). El Senado veneciano no acusó públicamente a Osuna, pero fomentó una campaña de murmuraciones calumniosas que acabaron por producir su caída (4 de octubre de 1618), celebrada por Saboya y Venecia como un triunfo propio.

En el Mediterráneo

La muerte de Felipe II no produce cambio alguno en la política española del Mediterráneo. En Constantinopla proseguían las negociaciones de tregua; pero en 1601 se produjo una grave alarma ante los preparativos que España hacía en Venecia y que se destinaban en realidad a una sorpresa contra el puerto berberisco de Argel, sorpresa que se malogró.

Contra Turquía hubo, sí, una interesante maniobra diplomática, cuyo resultado fue una alianza con el sha Abbas de Persia (1602). El objeto de esta alianza, la idea más original del reinado de Felipe III, era al parecer, doble: proteger al imperio obligando al turco a distraer fuerzas en un nuevo frente, y completar el cerco de Turquía por Oriente, para contrarrestar la amenaza turca a las colonias portuguesas de Asia.

Como el rey y su valido no se atrevían a lanzarse a guerras de gran estilo, la lucha languideció. Pero en 1613 los consejeros de Felipe III pensaron en renovar la alianza con el sha e inducirle a una nueva guerra con Turquía. Para misión tan delicada se eligió a un gran diplomático, don García de Silva y Figueroa, que murió en la costa de Loanda al volver de su misión. Había escrito un relato de su viaje, publicado en 1905 por M. Serrano Sanz, en Bibliófilos españoles.

No oyó Felipe III las sugestiones de los emisarios, entre embajadores y aventureros, que llegaban a España procedentes de Herzegovina, Albania, Peloponeso y Chipre, pidiendo apoyo para convertir en guerra las conspiraciones antiturcas A. Corral, «Unas conspiraciones contra el sultán turco.» en Simancas, vol. I, 1951.

También en África se conspiraba contra los turcos, y los reyezuelos berberiscos hubieran deseado una actitud más resuelta de España (1602-03). Más decidida fue la acción de nuestros barcos en 1609, año en que don Luis Fajardo deshizo frente a La Goleta a una agrupación de barcos turcos, holandeses e ingleses; y en 1610, cuando el marqués de San Germán ocupó el puerto de Larache, cedido a España por el sultán de Fez, Muley Xeque, en pago de la ayuda que le prestó para recobrar el trono (Alianza hispano-persa).

En Portugal

Portugal no estaba muy satisfecho del papel que se le reservaba en la comunidad de reinos de la corona española. El Consejo de Portugal manifestaba ese disgusto no asistiendo en Madrid a las ceremonias a que asistían todos los demás Consejos. El pretexto era una cuestión de precedencia: se les postergaba, decían los consejeros portugueses, a otros de menos categoría, como los consejeros de Italia.

Durante todo el valimiento de Lerma el rey no hizo ninguna visita a Portugal. Al fin, el 23 de abril de 1619, Felipe III, por propia iniciativa y contra el parecer de los Consejos de Estado y de Castilla, salió de Madrid con una brillante comitiva, en la que iban el nuevo valido, Uceda, el príncipe y la infanta María, en dirección a Lisboa. El pretexto era hacer jurar como heredero de Portugal al príncipe de Asturias (Felipe IV).

En Olivenza hubo besamanos, al que asistieron el duque de Braganza, Teodosio, y su hijo Juan. En Évora presenció un acto académico en el colegio de jesuitas y un acto de fe. El 29 de junio, día de San Pedro, hizo su entrada solemne en Lisboa. A la puerta de la ciudad aguardaba el doctor Terreiro, que dirigió al rey una salutación, al final de la cual le pidió que hiciera de Lisboa la capital de su imperio Matías Novoa, Historia de Felipe III. en Col. doc. inéditos, t. 61, pág. 215.

El 14 de julio las Cortes portuguesas juraron por heredero al príncipe. Al día siguiente comenzaron las sesiones. Como estas trabajaban lentamente, el rey mandó a los tres brazos que decidieran las materias sobre que venían platicando y le presentasen sus acuerdos. Así se hizo, y Felipe III embarcó en la galera real el 29 de septiembre, dejando a los tres brazos disgustados por esa precipitación. Presidió los capítulos generales de las órdenes militares en varias poblaciones y entró en España por Badajoz, llegando a Madrid el 4 de diciembre de 1619.

La muerte

En Santa Olalla se había sentido enfermo, y en Casarrubios se agravó; pudo, sin embargo, llegar a su corte. El 1 de marzo de 1621 el rey volvió a enfermar. Presintiendo que la muerte se acercaba, se preparó a recibirla cristianamente. Llamó a todos sus hijos para despedirse de ellos y darles consejos. Al príncipe le dijo: Os he mandado llamar para que veáis en qué para y fenece todo; gobernad con justicia y religión; tened en primer lugar las causas de la Iglesia y por más principal cuidado que otro alguno; mirad por vuestros hermanos y casad a la infanta María en Alemania, con vuestro primo; premiad a los soldados y a los buenos vasallos; y le dio otros consejos, igualmente sanos y prudentes, propios del momento. El miércoles 31 de marzo, a las nueve de la mañana, murió Felipe III, cuando le faltaban trece días para cumplir cuarenta y tres años. Su cadáver fue llevado a El Escorial.

AGUADO BLEYE, Pedro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 24-29.