La Casa Borbón

Índice

Introducción
El Reinado de los borbones
Felipe V (1700-1724)
Luis I (1724)
Felipe V (1724-1746)
Fernando VI (1746-1759)
Carlos III (1759-1788)
Carlos IV, (1788-1808)
Fernando VII (1808/1814-33)
Isabel II (1833-1868)
Alfonso XII (1875-1885)
Alfonso XIII (1886/1902-1931)
Juan Carlos I (1975-2014)
Felipe VI (2014)

Introducción

Procede esta dinastía de una antigua casa feudal francesa que tomó su nombre del castillo de Bourbon (antiguamente Castrum Borboniense y hoy llamado Bourbon l´Archambault) en el país Bourbonnais, señorío que existía ya, al parecer, en el siglo VII. La familia Bourbon emparentó con la casa real de los Capeto y ha reinado en diversos países de Europa.

La dinastía de Borbón sube al trono de Francia con Enrique IV, a quien sucede Luis XIII, habido de su segunda esposa, María de Médicis. Luis XIII casó con Ana de Austria, hija de Felipe III de España, mientras Isabel de Borbón (hija de Enrique IV y hermana, por tanto de Luis XIII) casaba con Felipe [IV] de España, entonces príncipe de Asturias. Hijo de Luis XIII y de Ana de Austria fue Luis XIV, que casó con María Teresa hija de Felipe IV, la cual fue madre del delfín Luis (1711), de cuyo matrimonio con María Ana de Baviera nació Felipe, duque de Anjou. Este, proclamado rey de España en 1700, de acuerdo con el testamento de Carlos II, hubo de consolidar sus derechos a la corona española después de vencer en la guerra de Sucesión las pretensiones del archiduque Carlos [VI].

Los borbones en España

Los reinados de la casa de Borbón en España fueron los siguientes: Felipe V (1700-1724), Luis I (1724). Felipe V (1724-1746), Fernando VI ( 1746-1759 ), Carlos III (1759-1788), Carlos IV, (1788-1808), Fernando VII (1808; 1814-1833), Isabel II (1833-1868), Alfonso XII (1875-1885), Alfonso XIII (1886, 1902-1931), Juan Carlos I (1975-2014), Felipe VI (2014).

Para España, la instauración de la casa de Borbón significa la tentativa más seria, a lo largo del siglo XVIII, de recuperar el nivel nacional perdido desde los tiempos poco afortunados de Felipe IV. La Corte está asesorada en el primer reinado, por consejeros franceses, políticos y economistas (Grammont, Amelot, Orry, etc.) e italianos (Alberoni), en todos los ánimos empieza a cundir el espíritu de que es urgente conjurar la decadencia reflejada en la debilidad efectiva —despoblación, hambre, etc— y en la literatura de los preocupados por España, que ya desde un siglo antes —Quevedo, Saavedra Fajardo, Fernández de Navarrete, etcétera— reclamaba un remedio tajante al declive nacional, y este clamor del ensayismo político se adentra en el siglo XVIII con persistente criterio revisionista, a través de los escritos de Macanaz y de Feijóo (por citar solo a dos de los más caracterizados).

Paulatinamente surgen hombres españoles que afrontan, desde los ministerios, los diversos problemas que acucian: Patiño, Campillo, Carvajal, Ensenada y posteriormente el grupo de los llamados ministros de Carlos III y otros de significación afín Campomanes, Aranda, Floridablanca, Múzquiz, Roda, Cabarrús (de origen francés) y, por mencionar un teórico de prestigio aún vigente en diversos extremos Jovellanos. Estos nombres son, en esencia los que componen el cuadro político del siglo XVIII.

El intento de renovación favorecido por los propios monarcas, no logra, empero, más beneficios esenciales que los puramente dinásticos —por ejemplo, aunque la casa de Borbón vuelve a reinar en Nápoles este reino no dependerá ya de España— mientras el prestigio nacional se ve mermado por distintas causas. La guerra de Sucesión abre una brecha en la misma Península: Gibraltar (que en 1704 pasa a ser plaza de soberanía inglesa), ante cuyas fortalezas se estrellarán los esfuerzos militares españoles, reiterados a lo largo de casi un siglo, por recuperar el Peñón, cuya devolución tampoco se logra por medio de repetidas gestiones diplomáticas. Entre tanto el imperio de Ultramar sigue, a pesar de diversas alternativas, casi intacto hasta la paz de Basilea (1795), con algún sacrificio en América del Norte.

Se debe este tratado, en gran parte, a la inspiración de un tipo político (renacido en la última década del XVIII) muy peculiar en la historia española, el valido, personificado en esta ocasión en Godoy, que será durante algunos años el árbitro de la vida de España.

Entre los hechos políticos del siglo XVIII destacan el Pacto de Familia, concluido para ayuda recíproca entre los Borbones reinantes en diversos países europeos, y la expulsión de los jesuitas, consecuencia del acentuado regalismo que inspira todos los actos políticos de los reyes borbónicos.

En el orden económico y cultural, las conquistas son más notables; fundación de Academias, de Sociedades Económicas de Amigos del País (nombre que por sí mismo delata el filantropismo de la época). Compañías de Comercio con Indias, el Banco de San Carlos, los proyectos de colonización de Olavide, y la publicación de revistas y periódicos, a imitación de Francia e Inglaterra.

Las repercusiones de la Revolución francesa en España son de índole muy particular; no cabe duda de que los hombres públicos, los intelectuales y la aristocracia, e incluso ciertas jerarquías del clero, habían recibido con simpatía las ideas prerrevolucionarias —Ilustración, Enciclopedismo—; sin embargo, las consecuencias sangrientas de la Revolución imprimen a la política española una dirección de cautelosa reserva, y se procura sortear la situación contemporizando tanto con los revolucionarios como con Luis XVI. Resulta de esta contradicción —simpatía por las ideas, temor a los hechos derivados de ellas— una ausencia de base efectiva para hacer frente a los nuevos acontecimientos que amenazaban a España.

Protagonista de ellos es Napoleón. Los problemas que crea a España, tratados con poca habilidad política y con ambición personal tanto por lo que se refiere a Godoy como por lo que atañe al entonces príncipe de Asturias y después Fernando VII, provocarán una serie de hechos —proceso de El Escorial, motín de Aranjuez, viaje a Bayona, etc.— cuya culminación es la guerra de la Independencia. Esta larga contienda, en que los españoles reciben la ayuda inglesa, pone de manifiesto los fenómenos siguientes:

    1. Heroísmo del pueblo español y tenacidad combativa para expulsar del territorio nacional al invasor;
    2. España, a pesar de la orientación renovadora de los Borbones, no había conseguido situarse a la altura de otras potencias, que habían cuajado sólidamente, como por ejemplo, Inglaterra, Rusia y Prusia;
    3. La renovación no había alcanzado a las instituciones, por lo que se hacía urgente dotar a España de una nueva estructura institucional, empezando por darle una ley fundamental o Constitución.

De esta suerte, si el siglo XVIII había revelado un afán por renovar las ideas, el XIX tenderá a aplicar, en la medida de lo posible, las ideas a las instituciones. Sin embargo, el retorno de Fernando VII en 1814, con la adhesión de los persas, señala un retroceso en la reforma institucional de la monarquía, y el rey recaba para sí el poder absoluto que ejerce hasta 1820, en que Riego, con su pronunciamiento en Cabezas de San Juan, restablece la vigencia de la Constitución de 1812.

El trienio constitucional provoca la intervención de los franceses, los Cien mil Hijos de San Luis, que, al mando de Angulema, penetran en España y liquidan la situación, sustituida por un nuevo periodo de gobierno personal de Fernando VII, periodo que definirá después la historiografía liberal como ominosa década. Sin embargo, no satisface tampoco el absolutismo de Fernando VII a los elementos ultraabsolutistas, los apostólicos, que nutrirán, una vez muerto el monarca, las filas carlistas, partidarias del hermano del rey y pretendiente, don Carlos María Isidro.

Se inicia así el periodo de las guerras civiles derivadas de un pleito dinástico, la pugna entre Isabel II, hija de Fernando VII, y el hermano del rey. Concluye la primera etapa de las guerras carlistas con el convenio de Vergara (1859), que da el triunfo a los liberales. Las continuadas guerras desde los primeros años del siglo, acentúan la influencia de los hombres de armas (muchos de ellos, como Espartero, surgidos de humilde cuna y ascendidos al generalato y a la nobleza por méritos de campaña); los militares actúan en política, como el ya citado Espartero, O´Donnell, Narváez, Serrano, Prim, etcétera. Entre los hombres públicos de la primera mitad del XIX hay que citar, además, Martínez de la Rosa, Toreno, Zea Bermúdez, Istúriz, Mendizábal, Pérez de Castro, Bravo Murillo, etc.

Una vez pasado el interregno (1808-1814) durante el cual ocupa el trono español José I, hermano de Napoleón, empiezan a llegar a España nuevas corrientes espirituales, que si bien se insinúan en algunos sectores minoritarios, no alcanzan toda su pujanza sino tardíamente, después de 1830, con el retorno de los emigrados políticos que se acogen a la amnistía; se inicia en la cultura la asimilación del Romanticismo, cuando este ya ha empezado a decaer en sus países de origen. No obstante, en España florecen la literatura, las bellas artes, la industria, la economía, se acometen reformas radicales —por ejemplo, la desamortización—, y es nota singular de este proceso civil el hecho de que surja al margen de la incertidumbre política, caracterizada por los pronunciamientos y las guerras civiles antes mencionadas.

La regencia de Espartero da una fisonomía progresista a la vida pública, que vuelve al cauce conservador durante el periodo conocido como década moderada. A este sigue, después de la Revolución de 1854, un bienio progresista, relevado a su vez por una situación, no por duradera menos azarosa, amparada en la Unión Liberal, partido fundado por O´Donnell.

La desorientación y el descontento públicos culminan en la Revolución de septiembre de 1868 —preparada principalmente por Prim y otros militares—, que destrona a Isabel II e inaugura un confuso paréntesis: Cortes Constituyentes de 1869, reinado impopular de don Amadeo de Saboya, proclamación de la efímera República (febrero, 1873-enero, 1874), violento rebrote de las pretensiones carlistas, etc. Los remedios contra esta vacilante situación política creen hallarse en un programa de restauración monárquica, hábilmente proyectado por Cánovas, que, con la ayuda de los militares pronunciados en Sagunto y la aprobación tácita de la opinión pública eleva al trono a don Alfonso XII.

Con la Constitución de 1876 parece entrar el país en un periodo de relativa normalidad. Se establece el turno pacífico de los partidos —conservador, Cánovas; liberal, Sagasta—, y se gobierna con arreglo a los principios parlamentarios. Aunque el porvenir se afronta con cierta esperanza —en algunos sectores, con indiferencia—, la prematura muerte del monarca rompe muchas de las ilusiones concebidas. Otro periodo difícil se cernía sobre la nación: la regencia de doña María Cristina (1885-1902); las dificultades características de este periodo no conseguirá superarlas tampoco el reinado de don Alfonso XIII.

Con la industrialización que penetra en España en el siglo XIX —ventajosa para el desarrollo de la riqueza nacional y de los medios de comunicación— se propagan por a Península nuevas ideas de tipo proletario y revolucionarias: el anarquismo y el socialismo. El primero, con su acción directa causó víctimas entre los prohombres públicos: Cánovas, Canalejas, Dato, etc., y dio origen a movimientos subversivos como el de la Semana trágica (1909), durante el Gobierno largo de Maura; el segundo, consiguiendo organizar la UGT., instrumento sindical al servicio de su ideología, llevó a cabo acciones violentas tan importantes como la huelga de 1917.

También es, en la segunda mitad del XIX, cuando empiezan a dibujarse los movimientos separatistas, primero en Cataluña, con la reinaxensa —de estirpe romántica—, posteriormente, en el País Vasco (bizcaitarras).

No obstante la precaria situación política, a lo largo de las tres primeras décadas del siglo actual las letras y las ciencias continuaron desenvolviéndose en el ambiente propicio que a tal respecto se había creado bajo el régimen constitucional.

Por otra parte, fue la casa de Borbón la que la historia había reservado el destino de asistir a la emancipación del inmenso imperio colonial dependiente de la corona española; primero, la pérdida de las posesiones continentales de América —a raíz de Ayacucho (1824)—; después, y tras la guerra con Estados Unidos, —el desastre de 1898 —pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

La política africana registra, en cambio, un éxito inicial en la guerra de África (1859), aunque a partir de la de Melilla —1893—, Marruecos suponga una verdadera sangría para el ejército español. Sin embargo, los sacrificios se ven compensados por la creación de un Protectorado, y por la pacificación, llevada a cabo por el general Primo de Rivera (1926). Es este, precisamente, quien en 1923 había inaugurado la última fase de la dinastía de Borbón.

Relevando, mediante un golpe de Estado, a los hombres públicos —entre los cuales habían destacado en un principio del reinado de Alfonso XIII, Maura y Canalejas, y posteriormente Romanones, Dato, García Prieto, etc—, Primo de Rivera quiere encauzar el país por una senda de regeneración. Minado su prestigio por diversas causas, y sustituido por Berenguer llega el reinado de Alfonso XIII —que, personalmente, se había señalado de un modo especial al mantener a España al margen de la guerra Europea— a su fin, con el gabinete Aznar, el último Gobierno casa de Borbón en España.

BLEIBERG, Germán, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 564-566.