Carlos III de España

Rey de Nápoles y Sicilia, 1734-1759
Mecenazgo artístico
Carlos rey de España
Reformas de la Monarquía
Los hombres de Carlos III
La Familia de Carlos III
El Motín de Esquilache

Biografía

Carlos III de España por Anton Raphael MengsCarlos III de España por Anton Raphael Mengs

Madrid, 20-I-1716 / 14-XII-1788. Rey de España, 1759-1788. Nació el infante don Carlos entre las tres y las cuatro de la madrugada del 20 de enero de 1716, en el viejo Alcázar de Madrid. Era hijo de Felipe V (1683-1746) y de su segunda esposa, Isabel de Farnesio (1692-1766). El bautizo público y solemne tuvo lugar cinco días después, en el Real Monasterio de los Jerónimos, oficiado por el arzobispo de Toledo, Francisco Valero y Losa.

El primogénito de Isabel de Farnesio llegaba al mundo con la todavía reciente paz, alcanzada tras la Guerra de Sucesión a la Corona de España, y, a las pocas semanas de la muerte, en Versalles, el 1-IX-1715, de su poderoso bisabuelo, Luis XIV de Francia.

Sin embargo, aunque era hijo de reyes, nada hacía presagiar que reinara en España. En la línea sucesoria al trono le precedían dos hermanos, Luis (1707-1724) y Fernando (1713-1759), hijos de la primera esposa de su padre, María Luisa Gabriela de Saboya (1688-1714).

Viudo Felipe V a los treinta y un años, el 14-II-1714, después de trece de matrimonio, contraería nuevas nupcias apenas siete meses después, el 16-IX-1714, con Isabel de Farnesio, hija única de Eduardo III, duque de Parma, y de Dorotea Sofía, condesa palatina del Rin y duquesa de Baviera.

Desde un principio, Isabel de Farnesio impulsó una compleja política dinástica, dirigida a evitar que su primogénito fuese un infante sin herencia. Contaba, para ello, con sus derechos sucesorios, aunque inciertos, como miembro perteneciente a dos poderosos linajes italianos, entonces en vías de extinción: el de los Farnesio y el de los Medici.

Como hija y única heredera de Eduardo III, fallecido en 1693, aspiraba a la sucesión en los ducados de Parma y Piacenza (Plasencia), cuyo titular era su tío, el duque Francisco, pero cuyo heredero, su hermano Antonio, padecía una monstruosa obesidad, no siendo previsible, ni que disfrutase de una larga vida, ni que tuviese sucesión.

Más lejanos eran sus derechos sucesorios al Gran Ducado de Toscana, a pesar de que Cosme III de Medici, al morir sin descendencia su primogénito Fernando, y no tener esperanzas de que su segundogénito, Juan Gastón, consiguiera descendencia, se mostrase favorable a que le sucediese un hijo del Monarca español. Y ello porque Isabel de Farnesio era hija del primogénito descendiente de Margarita de Medici, hermana del padre del gran duque, Cosme III.

Siendo costumbre en la Corte de España que los infantes estuviesen, hasta los siete años, a cargo de mujeres, no siéndoles puestos cuarto separado y servicio de hombres hasta cumplir dicha edad, a los tres días de nacer el infante don Carlos recibió su nombramiento la aya, María Antonia de Salcedo, marquesa de Montehermoso.

La tarea de enseñarle a leer y escribir correspondió a su maestro, el francés Joseph Arnaud, junto con el padre Ignacio Laubrusel y el padre Saverio de la Conca, maestro del Monarca desde 1723.

Al comunicar su alumbramiento, la Gazeta de Madrid de 21-I-1716 destacó que el infante recién nacido era robusto de cuerpo. Una excelente salud sería, desde luego, principal característica del futuro Rey. También fue calificado entonces, de hermoso. Su más destacado biógrafo, Carlos José Gutiérrez de los Ríos, VI conde de Fernán Núñez (1742-1795), que fue su gentilhombre de cámara con ejercicio entre 1764 y 1772, precisa a este respecto, que había sido en su niñez muy rubio, hermoso y blanco.

Con el paso del tiempo su rostro perdería la armonía, con el desarrollo de una prominente y distintiva nariz, y su tez se haría muy morena, como consecuencia del ejercicio de la caza, hasta el punto de que, sin camisa, parecía que sobre un cuerpo de marfil se había colocado una cabeza y una manos de pórfido.

Muy niño aún, el infante don Carlos acompañaría a su padre, y a su hermano Fernando, en una primera cacería real, que tuvo lugar en el Escorial, el 23-XI-1722. Pronto comenzó, por tanto, su inquebrantable afición cinegética.

Cumplidos ya los siete años de edad, el 1-VIII-1723, al frente de su cuarto personal fue colocado, como ayo, Francisco Antonio de Aguirre, hijo de la marquesa de Montehermoso. Junto al aprendizaje de las primeras letras, comenzaron a serle impartidas otras materias: Geografía, Cronología, Historia General y Sagrada, Historia de España y de Francia, Táctica militar y Náutica.

Bien dotado para los idiomas, además de castellano, llegó a hablar el francés y tres dialectos italianos (florentino, lombardo e napolitano), y escribir en latín. Después de casado, en Nápoles, para complacer a la reina María Amalia, aprendería algo de alemán.

La educación cortesana también incluía la equitación y el baile, y, en general, la música. Por esta última, en cambio, nunca sintió inclinación alguna. Siempre mostró, por el contrario, gran habilidad e interés por los oficios manuales (la relojería, la imprenta), y por los juegos, como el billar.

Supo manejar el torno, llegando a fabricar diverso objetos personales, como el puño de su bastón. Destacó, asimismo en el estudio de la Geometría y las Matemáticas, por su afición a las flores y los árboles, y por sus conocimientos de táctica militar y de fortificaciones.

En marzo de 1724, tras el fallecimiento del gran duque de Toscana, Cosme III, fue reconocida la investidura eventual de don Carlos sobre dicho ducado, en virtud de los acuerdos de la Cuádruple Alianza (de 1718, entre Austria , Francia, Inglaterra y Holanda, para vigilar el cumplimiento por España, del tratado de Utrecht de 1713), por parte del emperador austriaco, Carlos VI.

También por aquellas fechas se produjo un doloroso acontecimiento favorable para sus expectativas sucesorias, en este caso en España.

Felipe V había abdicado en favor de su hermanastro, Luis I, el 10-I-1724, retirándose al recién construido palacio de San Ildefonso. Una decisión sorprendente, incluso dentro de los círculos cortesanos y diplomáticos, que no resultaría definitiva.

Al fallecer Luis I, víctima de la viruela, el 31 de agosto, apenas transcurridos ocho meses, en el que sería bautizado después como reinado relámpago, Felipe V decidió retornar al trono, y no que le sucediese el segundogénito de su matrimonio con María Luisa de Saboya, el infante don Fernando. Mientras tanto la familia real iba haciéndose más numerosa, puesto que Isabel de Farnesio daría a luz siete veces.

En 1728, cuando fray Jerónimo Benito Feijoo realizó su primer viaje a la Corte, para presentar el segundo tomo de su Teatro Crítico Universal, don Carlos, apenas un adolescente de doce años, le recibió en audiencia.

El encuentro dejó patente huella en Feijoo, puesto que sus Cartas eruditas y curiosas (la número XXV), comenzadas a publicar desde 1742, no dejó de anotar un comentario sobre el carácter fuerte del infante, en el que había podido observar mal avenida la apacibilidad del semblante con el rigor de la sentencia.

Con trece años de edad, en enero de 1729, acompañaría a sus padres a un viaje a Badajoz, cuyo destino era celebrar los desposorios de su hermana María Ana con José, príncipe del Brasil y heredero de la Corona de Portugal, y del infante Fernando, príncipe de Asturias y futuro Fernando VI, con Bárbara de Braganza (1711-1758), hija de Juan V de Portugal.

Desde Extremadura la Corte española no regresó a Madrid, sino que se encaminó a Andalucía, donde habría de permanecer aproximadamente un lustro. Aunque la excusa oficial era visitar la flota de las Indias, lo cierto es que Isabel de Farnesio quería distraer al Rey de sus ataques de melancolía, y aliviar sus desarreglos mentales.

A Sevilla llegarían el 3-II-1729, alojándose en los Reales Alcázares. Precisamente en la capital hispalense fue firmado el tratado de 9-XI-1729, entre Inglaterra, Francia, Holanda y España, que expresamente reconocía los derechos sucesorios de don Carlos a los ducados de Parma y Plasencia.

En este estado de cosas, diplomático, político y militar, el día en que el infante don Carlos cumplía quince años, el 20-I-1731, falleció sin descendencia el duque de Parma, Antonio de Farnesio. Su hora había sonado.

En Sevilla, la Corte aprestó la ceremonia de solemne despedida del joven Soberano para el 20-X-1731. Contaba con Casa propia desde el 10-X, al frente de la cual, como ayo y mayordomo mayor, estaba Antonio de Benvides, conde de Santisteban del Puerto, del que dependían más de sesenta servidores, entre ellos, como gentilhombre de cámara, José Miranda, duque de Arión, y futuro duque de Losada.

La comitiva recorrió los pueblos y ciudades de España, y la costa mediterránea francesa, durante casi dos meses. En el puerto de Antibes le esperaba una poderosa escuadra anglo-española, bajo el mando conjunto del almirante Carlos Wagger y de Esteban Mari Centurione, marqués de Mari. Se hizo a la mar el 23-XII, desembarcando en el puerto de Livorno (Liorna) el 26-XII-1731. El infante don Carlos pisaba tierra italiana, y, con casi dieciséis años, concluía su infancia y adolescencia políticas.

Por medio de la Convención de Florencia, de 25-VII-1731, José Patiño, secretario de Estado y del Despacho de Guerra, Hacienda, Marina e Indias, y Juan Bautista de Orendain, secretario del Despacho de Estado, habían conseguido que el gran duque de Toscana, Juan Gastón de Medici, reconociese como príncipe heredero al infante don Carlos.

Por eso, cuando entró en Florencia, el 9-III-1732, fue recibido por la Electriz Palatina viuda, Ana Luisa María, hermana de Juan Gastón, quien, enfermo en la cama, no permitió simbólicamente que le besara primero la mano, en señal de reconocimiento.

En Pisa conoció a Bernardo Tanucci (1698-1783), lector de Derecho Público en la Universidad y asesor en los Tribunales, a quien Felipe V nombraría asesor de cámara del infante don Carlos, y que este, convertido aquél en su mentor y confidente, distinguiría con una relación de particular amistad, que culminaría con su designación como ministro de Gracia y Justicia, y de Estado, en Nápoles, la concesión del título de marqués, y el de regente del reino napolitano durante la minoría de edad de su hijo, Fernando I.

Seis meses después de su llegada a Florencia, el 6-IX-1732, el infante don Carlos partió para la ciudad de Parma, a fin de tomar allí posesión de los ducados de Parma y Plasencia, que estaban gobernados en su nombre, por la duquesa Dorotea de Neoburgo, abuela materna y tutora suya.

La entrada solemne tuvo lugar el 9-IX, haciendo lo mismo en el ducado de Plasencia el 22-X-1732. Como consecuencia de una nueva guerra de Sucesión, ahora de Polonia (1733-1735), la península italiana se habría de convertir, muy pronto, en escenario bélico.

Con ocasión de la misma, Felipe V y Luis XV suscribieron el Primer Pacto de Familia, en El Escorial, el 7-XI-1733. Con dieciocho años, el 20-I-1734, el infante don Carlos fue declarado generalísimo de los ejércitos españoles en Italia, bajo la asistencia efectiva del reconquistador de la plaza de Orán, José Carrillo de Albornoz, III conde de Montemar.

En febrero de 1734, las tropas borbónicas se encaminaron hacia Florencia, y después a Nápoles. Encabezando a los representantes napolitanos, el príncipe de Centola, el 9 de abril, hizo entrega de las llaves de la ciudad a don Carlos, quien, a su vez proclamó a su padre como Monarca del aquel reino.

Por su parte, Felipe V cedió solemnemente a su hijo, el 30-IV-1734, el reino conquistado de Nápoles, contando con el favor y aceptación del pueblo. Y ello, en teoría, porque el joven rey Carlos reunía en su persona los derechos sucesorios históricos de Fernando el Católico y de Luis XII de Francia, lo que significaba poner término formal a más de dos siglos de sometimiento, desde 1504, ora a España, ora a Austria.

La entrada triunfal en la ciudad de Nápoles tuvo lugar el 10-V-1734 siendo multitudinario el recibimiento del pueblo, que prefería un Rey considerado propio, y no a simples virreyes enviados desde Madrid o Viena. Una vez conquistada la isla de Sicilia, en Palermo, el 3-VII-1735, en su iglesia catedral, fue coronado rey de Nápoles y de Sicilia. Nacía una monarquía independiente, el reino de las Dos Sicilias, en la que su titular, Carlos VII de Nápoles y III de Sicilia, contaba solo diecinueve años.

Rey de Nápoles y de Sicilia

Durante los veinticinco años, entre 1734 y 1759, que Carlos fue rey de las Dos Sicilias, que le proporcionaron, por otro lado, una experiencia decisiva para su posterior labor de Rey de España, mantuvieron su autonomía ambos reinos, junto con sus respectivas leyes, instituciones y privilegios. Un reinado, el suyo, que ha sido considerado como el punto de partida de la historia moderna en la Italia meridional.

Aunque Nápoles fue elegida como capital del nuevo reino, Carlos III (también así conocido en tierras napolitanas) se mostró siempre atento a los problemas de gobierno en Sicilia. Prueba de ello fue su protección a los comerciantes sicilianos, su decidida lucha contra el bandidaje, la provisión en sus naturales de los beneficios abaciales y episcopales, la construcción del Instituto el Buen Pastor, destinado a ejercer la caridad con los niños desamparados, o su respeto hacia el Parlamento de Sicilia.

En el reino de Nápoles no había Inquisición, pero, el feudalismo poseía gran fuerza, frente a un poder central debilitado. La Iglesia, rica y poderosa, veía acrecentada su influencia por la proximidad de la Corte pontificia.

La Triple inmunidad (personal, local o derecho de asilo, y real o amortización) de los eclesiásticos generaba continuos conflictos de jurisdicción, acogiéndose a lugar sagrado miles de delincuentes. De ahí que un primer éxito del rey Carlos fuese el Concordato de 1741, concluido con el papa Benedicto XIV, que permitió contener algo dichos excesos, reducir el número de conventos, y controlar la asignación de beneficios eclesiásticos.

Menos afortunada fue su política de limitar, en 1738, las jurisdicciones de numerosos señores feudales (barones) existentes. Cuantiosas sumas de dinero fueron gastadas, en 1736, para hacer más seguro y capaz el puerto de Nápoles, y la capital se benefició de la incontestable vocación edilicia y constructora del Monarca, bajo la dirección del arquitecto Luigi Vanvitelli.

Entre los edificios públicos destacaron el teatro de San Carlos y el hospicio (Albergo dei Poveri). Y, entre los palacios reales, los de Capodimonte, Portici y Caserta.

También fomentó el comercio y algunas industrias (de cerámica, armas, vidrio, tejidos), e impulsó los primeros trabajos de establecimiento del catastro. Sin olvidar su permiso a los judíos, otorgado por un edicto de 13-II-1739, para retornar al reino de Nápoles, de donde habían sido expulsados por Carlos V, pese a que supondría un fracaso, puesto que fueron pocos los que se acogieron a tal medida, revocada en 1742.

El programa reformista alentado por el rey Carlos no tuvo adecuada expresión, pese a todo, en el Código carolino, una magna recopilación legislativa promulgada con limitados alcances, en 1749.

Retrato de la reina María Amalia de SajoniaRetrato de la reina María Amalia de Sajonia por Giuseppe Bonito

Obediente siempre a sus progenitores, don Carlos dejó en sus manos la elección de esposa. la elegida, joven y católica, fue María Amalia de Walburga (1724-1760), hija primogénita de Federico Augusto III, elector de Sajonia y rey de Polonia, y de la archiduquesa austriaca María Josefa, hija, a su vez, del emperador José I de Austria. La boda se celebró por poderes, el nueve de mayo de 1738, en la ciudad de Dresde.

Para conmemorar su enlace matrimonial, el rey Carlos fundó la Real Orden de San Jenaro, patrón de Nápoles; al igual que, en 1772, para conmemorar el nacimiento del primer hijo varón del Príncipe de Asturias, el futuro rey Carlos IV, crearía la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III. La reina María Amalia de hondas convicciones religiosas, daría a luz en trece ocasiones.

Mecenazgo artístico

El mecenazgo artístico del rey Carlos alcanzó su más perdurable expresión en las excavaciones de Herculano y Pompeya. Aunque su emplazamiento era ya conocido, le corresponde el mérito de haber organizado, de forma sistemática, las tareas de recuperación de las ciudades sepultadas por el Vesubio en su famosa erupción del año 79 d. de C.

Con ocasión de la construcción de su palacio de Portici, en la ladera del Vesubio, comenzaron oficialmente las excavaciones de Herculano el 22-X-1738, bajo la dirección del ingeniero aragonés Roque Joaquín de Alcubierre.

Los hallazgos fueron sucediéndose a ritmo creciente: arquitrabes de mármol, estatuas, trozos de bronce dorado, fragmentos de inscripciones, pinturas murales, mosaicos, papiros.

Las excavaciones en Pompeya nada tuvieron de casuales, puesto que, a diferencia de Herculano, no había sido sepultada por la avalancha de fango volcánico, sino por la ceniza que cayó en gran abundancia sobre ella, que, apelmazada con el tiempo, dejó al descubierto las partes altas de algunos edificios.

Comenzaron el 30-III-1748, siendo excavadas notables construcciones, como el anfiteatro, el teatro grande, el teatro pequeño u Odeón, el templo de Isis, o el cuartel de los gladiadores y su gran palestra. También dirigidas por Alcubierre, fueron iniciadas las excavaciones de Estabia, el 7-VI-1749.

Para acoger los valiosos tesoros encontrados (monedas, joyas, lucernas, vasijas), el rey Carlos fundó en Portici dos importantes instituciones: la Real Academia Herculanense, en 1755, con la finalidad de estudias e ilustrar tales descubrimientos arqueológicos, lo que se hizo publicando, entre otros, ocho tomos sobre las Antigüedades de Herculano, impresos, desde 1757, en la Real Imprenta de Nápoles; y el Real Museo Herculanense, creado en 1758, para exponer los diversos objetos encontrados, siendo el predecesor del posterior Museo Arqueológico de Nápoles.

Bajo su patrocinio se había iniciado, conscientemente, el estudio de aquellas antigüedades romanas, que se convertirían en el modelo neoclásico de la cultura artística europea del s. XVIII. Con la desaparición del emperador Carlos VI, el 20-X-1740, comenzó la guerra de Sucesión a la Corona de Austria, puesto que algunas potencias europeas no querían reconocer como heredera a su hija, María Teresa de Austria.

La alianza franco-española cristalizaría en el tratado de Fontainebleau., el 28-X-1743, el llamado Segundo Pacto de Familia, y, aunque en su articulado se preveía la neutralidad del reino de las Dos Sicilias, don Carlos no quiso mantenerse al margen de la contienda.

A punto de ser hecho prisionero, en Velletri, el 11-VIII-1744, por las tropas austriacas, a la postre, sin embrago, la paz de Aquisgrán, de 30-IV-1748, terminaría entronizando a su hermano Felipe como duque de Parma, Plasencia y Guastalla.

Por lo que respecta al gobierno interior del reino de las Dos Sicilias, la reforma fiscal emprendida terminó por fracasar, consiguiéndose solo la reversión de algunas rentas reales al patrimonio regio, y una gestión más directa de la real hacienda en el cobro de los tributos.

Fue fundado, en 1751, el Banco de Nápoles, al tiempo que se intentaba unificar el sistema monetario. La agricultura, por el contrario, siguió siendo de mera subsistencia, y la ganadería, trashumante. Fueron los claroscuros del reinado carolino napolitano, tímidamente reformista. Un reinado que, para entonces, en 1759, iba ya a concluir.

Carlos como Rey de España

En España, la reina Bárbara de Braganza había muerto el 27-VIII de 1758. Desde entonces, comenzó la lenta y terrible agonía de Fernando VI, recluido en el castillo de Villaviciosa de Odón. Sumido en la depresión y la locura, el Monarca estaba incapacitado, de hecho, para gobernar.

No tenía sucesión, y no había previsión de que pudiese tenerla. paralizado el gobierno, y hasta la administración ordinaria de la Monarquía española, el rey Carlos se mantenía, sin querer intervenir públicamente, informado de todo, a través de su embajador ante la Corte del Rey Católico, el príncipe de Yacci; del secretario del Despacho de Estado, Ricardo Wall; y de su madre, Isabel de Farnesio.

Al fin, se decidió a dictar una Real Orden, el 5-VIII-1759, dirigida a los Reales Consejos de la Monarquía española, y, en especial, al de Castilla y al Tribunal del Santo Oficio de la inquisición, instando a ser informado de los asuntos de mayor gravedad, en los que fuese precisa resolución soberana. No en vano, Fernando VI le había reconocido, en un testamento otorgado el 10-XII-1758, como heredero universal suyo, al tiempo que nombraba como gobernadora provisional a la Reina madre.

Todo concluyó, no obstante, al morir Fernando VI, en Villaviciosa de Odón, el 10-VIII-1759. La noticia llegó a Nápoles, el 22-VIII. Con sesenta y seis años, Isabel de Farnesio salió de su forzado retiro en el Real Sitio de San Ildefonso, y se encaminó a Madrid, para asumir el cargo de gobernadora interina. Carlos III fue proclamado rey de España y las Indias, en una ceremonia simbólica celebrada en Madrid, el 11-IX-1759.

Puesto que diversos tratados (de Aquisgrán, de Aranjuez) habían establecido que don Carlos no podía unir las dos Coronas, de España y las Dos Sicilias, tras inhabilitar a su primogénito, el infante Felipe Pascual, duque de Calabria, incapacitado física y mentalmente para reinar, cedió la segunda a su hijo, el infante Fernando, un menor de ocho años que había de quedar bajo la tutela de un Consejo de regencia, encabezado por Tanucci, el 6-X-1759.

En una escuadra comandada por Juan Navarro, marqués de la Victoria, Carlos III de España se embarcó, rumbo al puerto de Barcelona, el 7-X-1759. El pueblo napolitano acudió masivamente a despedir a su rey, a su Carluccio. En lugar de aportar en Valencia o Alicante, Carlos III quiso desembarcar en Barcelona, lo hizo el 17-X-1759, como gesto político de reconciliación de la dinastía borbónica con los catalanes, a fin de borrar el recuerdo de la Guerra de Sucesión.

Llegó Carlos III finalmente a Madrid, el 9-XII-1759, bajo una lluvia torrencial. La entrada solemne y oficial en la capital de la Monarquía no tuvo lugar, sin embargo, hasta seis meses después, el domingo, 13-VII-1760.

A los pocos días, el 19 de julio, fueron celebradas Cortes en la iglesia de los Jerónimos, cuyo objetivo primordial fue el de que el reino prestase juramento de fidelidad a su nuevo Rey, al tiempo que este se comprometía a defender las libertades y franquezas de sus ciudades y villas.

Reconocido así, públicamente, como Soberano, mayor importancia tuvo que fuese proclamado su hijo, Carlos Antonio, que había nacido en Nápoles, príncipe de Asturias y heredero al trono, a pesar de que la Ley Sálica, establecida por su padre, Felipe V, en las Cortes de 1712-1713, luego recogida en el denominado Auto Acordado de 10-V-1713, preveía que el heredero debería nacer en España. Quedaba subsanado, así, este defecto de capacidad para reinar del futuro Carlos IV.

Poco habría de durar la alegría del regreso para el nuevo Monarca, que contaba con cuarenta y cuatro años, ya que, cuando llevaba once meses, falleció prematuramente la reina María Amalia de Sajonia, el 27-IX-1760, a los treinta y siete años de edad.

Hasta su muerte Carlos III se mantendría viudo. Su madre, ya anciana, que no había logrado mantener tampoco buenas relaciones con la difunta Reina, también permanecería apartada del poder, en el palacio de la Granja, hasta su fallecimiento en julio de 1766.

De inmediato, el Soberano perfiló algunas modificaciones, pequeñas, em el régimen de gobierno. Decisiones simbólicas suyas fueron la puesta en libertad de Melchor Rafael de Macanaz (1670-1760), que había sido fiscal del Consejo Real de Castilla con su padre, Felipe V, entre 1713 y 1715, y que se hallaba prisionero en el castillo de San Antón, en la Coruña; y de Zenón de Somodevilla y Bengoechea, Marqués de la Ensenada (1702-1781), que había sido secretario de Estado y del Despacho de Guerra, Marina, Hacienda e Indias con su hermano Fernando VI, entre 1743 y 1754, desterrado en Granada y en el Puerto de Santa María

Aceptando la herencia administrativa del anterior reinado, únicamente fue sustituido el titular de la Secretaría de Despacho de Hacienda por Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, su ministro de Hacienda en Nápoles, que el Monarca había traído consigo, el 8-XII-1759. Permanecieron los restantes Secretarios de Despacho, en cambio, en sus anteriores cargos. En este primer equipo ministerial de Carlos III, fueron Wall y Esquilache los que asumieron el protagonismo político.

Su política inicial, y la de sus ministros, se proyectó sobre tres campos principales: La Hacienda, el Ejército y la Marina. La política financiera partió del reconocimiento de las deudas de la Corona en el reinado de su padre, Felipe V, que Fernando VI se había negado a asumir.

Las reformas en el Ejército y la Marina, la reorganización de sus cuerpos armados, y el fomento de la Marina, venían reclamadas por la situación internacional, en plena guerra de los Siete Años (1756-1763).

De la correspondencia que Carlos III mantuvo con Tanucci, a través de la cual estuvo siempre informado de los asuntos napolitanos, aconsejando u ordenando lo que se debía hacer, sobre todo, durante la minoridad de su hijo, Fernando I, se desprende que su propósito inicial era el de sostener una neutralidad armada. No resultaría posible. En vista de los éxitos militares británicos en el Canadá, Francia consiguió quebrantarla, ayudada por la actitud hostil inglesa.

El Tercer Pacto de Familia fue suscrito el 15-VIII-1761, e Inglaterra declaró la guerra a España en diciembre de 1761. Con un ejército y una marina todavía no preparados, las consecuencias fueron desastrosas: fracaso en el asedio de Gibraltar, pérdida de la Florida, y ocupación de las plazas de la Habana y de Manila. El único éxito apreciable sería la toma de la colonia portuguesa de Sacramento, en la orilla oriental del Río de la Plata.

El tratado de paz de París, 10-II-1763, consagró a Gran Bretaña como la gran potencia hegemónica europea: España tuvo que devolver a Portugal la colonia de Sacramento, recuperar la Habana y Manila a cambio de entregar ambas Floridas, oriental y occidental, y aceptar el corte del palo de tinte en Honduras. En compensación por tales pérdidas, Francia cedió a España La Luisiana.

Reformas de la Monarquía

Comenzaba el reinado en España, por tanto, con una derrota exterior. Quizá, por eso mismo, los proyectos de reforma de la Monarquía española, tanto en el interior como en el exterior, como base de su recuperación, recibieron un impulso todavía más firme, con nuevos protagonistas.

En sustitución de Wall, Jerónimo Grimaldi, futuro marqués de Grimaldi, fue nombrado secretario del Despacho de Estado el 1-IX-1763, al tiempo que Esquilache unía a su Secretaría de Hacienda la de Guerra.

No mucho después, el 16-I-1765, Manuel de Roda y Arrieta accedió a la Secretaría de Estado y del Despacho de Gracia y Justicia. Con anterioridad, en 1762, Campomanes, había obtenido la Fiscalía del Consejo Real de Castilla, al igual que, en 1766, José Moñino (1728-1808), futuro conde de Floridablanca.

Un italiano, Félix Gazzola, conde de Gazzola, fue designado, en 1764, para organizar y modernizar las enseñanzas en el Colegio de Artillería de Segovia. Las reformas interiores fueron propugnadas, principalmente, por Campomanes, aunque también por otros ministros y oficiales de la Monarquía: Esquilache, Aranda, Olavide, en muy diversos ámbitos:

    1. Reducción del número de fueros y jurisdicciones exentas, y máxima expansión de la jurisdicción real u ordinaria;
    2. Proyecto (junto con Francisco Carrasco, fiscal del Consejo de Hacienda) de una ley general de amortización o de limitación de adquisición de bienes raíces por parte del clero secular y regular; incorporación de señoríos y rentas a la Corona;
    3. Establecimiento del derecho regio de retención de bulas y breves pontificios regium exequatur, y restricción del derecho de asilo eclesiástico;
    4. Reforma de la organización y funcionamiento de la administración de justicia, tanto en la Administración Central (Salas de Provincia y de Alcaldes de Casa y Corte del Consejo de Castilla, Alcaldías de cuartel y de barrio), como en la Administración Territorial (creación de la Audiencia de Extremadura, de una carrera de corregimientos y varas), y la Administración Municipal (los nuevos oficios de diputados y procuradores síndicos personeros del común implantados en 1766, la mejora del abastecimiento de la Corte, la creación de la Contaduría General de Propios y Arbitrios);
    5. Eliminación de las trabas que encorsetaban la producción gremial;
    6. Implantación de la libertad de comercio de granos desde 1765, proyecto de una ley agraria, control de los privilegios del Honrado Concejo de la Mesta en la provincia de Extremadura, e introducción del comercio libre con los dominios de América, en 1765 y 1778; pretensión de conseguir una industria popular que permitiese compatibilizar la labranza con los oficios artesanos; fundación de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía, en cuyo fuero de 1770, quedó recogido el ideal de una nueva organización municipal;
    7. Atención de los marginados sociales (gitanos, chuetas, mendigos, vagos y ociosos, presidiarios, mujeres), a fin de convertirlos en súbditos útiles y productivos, incluyendo proyectos de erradicación de la mendicidad, y de consecución de una beneficencia organizada;
    8. Mejora del reemplazo anual del ejército y de la matrícula del mar;
    9. Organización y reforma de los planes de estudios de las Universidades (Salamanca, Valladolid, Alcalá), y supresión de los Colegios Mayores;
    10. Fundación de Sociedades Económicas de Amigos del País, así como del Banco Nacional de San Carlos, en 1782, etc.

Por otra parte, su reconocida afición edilicia, también en España, le mereció el sobrenombre de mejor alcalde de Madrid, en homenaje a la política de construcciones y de policía que caracterizó su reinado.

Particularmente destacable fue el mejoramiento urbano de la Corte (empedrado de las calles, construcción de desagües y pozos ciegos, colocación de farolas), encargado al arquitecto panormitano Francesco Sabatini. procuró convertir a Madrid, en fin, en la gran capital de la Monarquía española, embelleciéndola con diferentes monumentos y edificios (Museo de Historia Natural, Hospital General, Colegio de Cirugía, Observatorio Astronómico, Jardín Botánico).

Gozaron las artes industriales, por igual, de su aprecio y protección. De ahí que instalase, en 1759, su fábrica de porcelana de Capodimonte en el Buen Retiro; que impulsase la Real Fábrica de Paños superfinos de Segovia, en 1762; o que velase por la fábrica de cristal de La Granja, fundada por Felipe V, y reacondicionada en 1773.

También le interesó el fomento de la ciencia y la técnica, en especial, de la Botánica y la Medicina, para lo que envió a América varias expediciones científicas: la de Hipólito Ruiz y José Antonio Pavón por el Perú y Chile (1777-1786), la de José Celestino Mutis por Nueva Granada (1782-1808), o la de Martín de Sessé y Lacasta y el mexicano José Mariano Mociño por la Nueva España (1787-1803).

Los hombres y los nombres de Carlos III

Durante el decenio de 1766 a 1776, marcado por el motín y la caída de Esquilache, el gobierno de la Monarquía descansó en una serie de hombres y nombres: Grimaldi, como primer secretario del Despacho; Aranda y Campomanes en la presidencia y la fiscalía, respectivamente, del Consejo de Castilla; y, actuando coordinadamente con los dos anteriores en todo lo relativo a la política regalista, Roda, secretario de Despacho de Gracia y Justicia.

La rivalidad entre Grimaldi y Aranda, máximos exponentes del poder enfrentado de las secretarías, ministerios o vía reservada al de los Consejos o vía colegiada, se tradujo en la disputa dentro del mundo de las facciones cortesanas, de los golillas o letrados frente al denominado partido aragonés, que aglutinaba a quienes no eran juristas sino ministros u oficiales de capa y espada, pero, también, a los partidarios de Aranda.

Una lucha por el poder que terminó con la designación de Aranda, el 13-VI-1773, como embajador ante el rey cristianísimo, en París.

La crisis que defenestró al primer secretario de Estado se fraguó, sin embargo, con el fracaso de la Expedición a Argel, en el verano de 1775, promovida por Grimaldi y dirigida por Alejandro O´Reilly. Al dimitir Grimaldi, el 7-XI-1776, le sustituyó Floridablanca como secretario del Despacho de Estado. la marcha de Grimaldi supuso la desaparición de los extranjeros del gobierno de la Monarquía.

Nada más tomar posesión de su cargo, Floridablanca hubo de aplicarse al despacho de graves asuntos, como el de la independencia de las trece colonias inglesas de Norteamérica. La renovación del Tercer Pacto de Familia, de 1761, llevada a cabo con Francia mediante la Convención de Aranjuez, de 12-IV-1779, situó a España al borde de la guerra con Inglaterra.

No pudo mantener Floridablanca el papel que deseaba, de árbitro internacional, y, a instancias de Francia y con el apoyo de Carlos III, hubo de suscribir dicha Convención, que llevó a la declaración de guerra, y que concluyó, sin embargo, con la ventajosa Paz de Versalles, de 2-IX-1783, por la que España recuperó de Gran Bretaña la isla de Menorca y ambas Floridas, oriental u occidental. Una pésima consecuencia de la guerra fue, en cualquier caso, la emisión de deuda pública, cuyos títulos se denominaban vales reales, desde 1780, y que, a la larga, provocaron un endeudamiento crónico.

A pesar de todo, durante los últimos años del reinado de Carlos III fue consolidando Floridablanca su predominio político, al confiarle el Monarca la dirección de su política exterior, e incluso la supervisión de la interior, con lo que se convirtió, de facto, en una especie de primer ministro.

Una situación de preponderancia ministerial y política que desembocó, en 1787, en la creación de la Junta Suprema de Estado, prevenida en un Real Decreto de 8 de julio, acompañado, con esa misma fecha, de una Instrucción reservada.

Redactada por Floridablanca, y revisada minuciosamente, e incluso enmendada en su puño y letra, por Carlos III, a lo largo de tres meses, con la asistencia del príncipe Carlos, y finalmente aprobada por el Soberano, constituye un completo programa de gobierno, interior y exterior, de la Monarquía española en la segunda mitad del s. XVIII.

La puesta en funcionamiento de la Suprema Junta de Estado, por parte de Floridablanca, parece ser la solución lógica para un Monarca que, tras casi treinta años de reinado en España y América, y, en total, casi cincuenta y cinco, contando los de Nápoles y Sicilia, se hallaba ya próximo a la muerte, cansado de sobrellevar sobre sus hombros la responsabilidad del poder.

Sus últimos meses de vida resultaron, por lo demás, particularmente penosos. La enfermedad y la muerte hicieron presa en sus familiares más queridos. En el Real Sitio de San Ildefonso falleció de sobreparto, el 2-XI-1788, su nuera, esposa de su muy amado hijo Gabriel, la infanta portuguesa María Victoria, a causa de un ataque de viruelas.

Contagiado de la misma enfermedad, sin haber cumplido los treinta y seis años, murió el infante don Gabriel el 23-XI-1788. Carlos III se resintió de tanta desgracia, y, el 7-XII-1788, amaneció con calentura, que ya no remitió.

Otorgó testamento ante el conde de Floridablanca, en su condición de secretario interino de Gracia y Justicia, en la mañana del sábado 13-XII, sin poderlo firmar, dada su extrema debilidad. Dispuso que se le sepultase al lado de su esposa, la reina María Amalia. Le fue administrada la extremaunción a las cinco de la tarde y murió pasada la medianoche, en el domingo 14-XII-1788. El martes 16 de diciembre, sus restos mortales fueron trasladados al Monasterio de El Escorial, adonde llegaron al día siguiente, 17-XII-1788.

Carlos III fue el primer Borbón español que quiso reposar junto a los reyes de la Casa de Austria, en señal de continuidad dinástica de la Monarquía hispana, y el primero, también, que se opuso, en sus disposiciones testamentarias, a que su cuerpo fuese embalsamado. Fue en suma, el último Monarca español, cronológicamente hablando, del Antiguo Régimen, puesto que falleció antes de la Revolución francesa.

El retrato más íntimo de Carlos III que se conserva es el que dejó escrito el conde Fernán-Núñez. Asevera que nada sentía más que el que le dejasen, pues aseguraba que el no abandonaba, ni dejaba a nadie, y que así no quería [que] lo dejasen. De trato familiar y sencillo, y modesto vestido (de caza siempre, cuando se hallaba en el campo), procuraba mostrar un carácter muy contenido, dominio de sí mismo, sencillez y hasta campechanía en ocasiones.

Muy religioso, devoto de la Inmaculada Concepción y de San Jenaro, de castas costumbres, austeras y rutinarias, Fernán-Núñez hace especial hincapié en su afabilidad con todos, también con las gentes humildes o con los criados.

Célebre se hizo su frase de primero Carlos que Rey, en referencia a su modo de entender los deberes de un soberano. Cabe recordar, por último, los juicios globales que mereció su reinado a tres espíritus críticos contemporáneos, de indisputable talla intelectual.

En su Elogio de Carlos III, Jovellanos concluía que había sido la mano sabia y laboriosa que esclareció y entresacó a la nación de la influencia de los errores políticos. Cabarrús, por su parte, en otro Elogio de Carlos III (1789), sostuvo que no había tenido más norte que la fidelidad de su vasallos. Y, en su Elogio fúnebre (1789), José Nicolás de Azara afirmó que había sido en el trono lo que, siendo vasallo, hubiera querido que fuera su monarca.

R.B.: VALLEJO GARCÍA-HEVIA, José María, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2011, Vol. XI, págs. 485-494.

La familia de Carlos III

  1. María Amalia de Sajonia

    Cuando Carlos III era solo rey de Nápoles con el nombre de Carlos VII, casó el 11-VI-1738 con María Amalia de Sajonia, princesa de Polonia, hija de Federico Augusto III, rey de Polonia y elector de Sajonia (1696-1763), y de la archiduquesa María Josefa de Austria, primogénita del emperador José I. Esta princesa había nacido el 24-XI-1724, y murió en el palacio del Buen Retiro, en Madrid, el 27-IX-1760, a los treinta y seis años de edad. De este matrimonio nacieron siete hijas y seis hijos:
    1. María Isabel. Nacida en el palacio real de Nápoles el 6-IX-1740 y muerta en la propia capital el 31-X-1742.
    2. María Josefa Antonia. Nacida en Nápoles el 20-I-1742 y muerta en la propia capital el 3 de abril del mismo año.
    3. María Isabel. Nacida en Nápoles el 29-IV-1743 y muerta en la propia capital el 17-III-1750.
    4. María Josefa Carmela. Nacida en el palacio real de Gaeta el 16-VII-1744, aunque pequeña y contrahecha, sobrevivió, permaneciendo soltera hasta que murió en Madrid el 8-XII-1808.
    5. María Luisa. Nacida en Nápoles el 24-XI-1745, casada (1764) con Leopoldo de Lorena (1747-1792), gran duque de Toscana, emperador de Alemania con el nombre de Leopoldo II en 1790, hijo de la emperatriz María Teresa y de Francisco I de Lorena; murió en Viena el 15-V-1792. Tuvieron dieciséis hijos, entre ellos:
      1. María Teresa, hija mayor, nacida el 14-I-1767; casada el 8-X-1787 con Antonio Clemente (1755-1836), rey de Sajonia el 5-V-1827; muerta el 7 de noviembre del propio año;
      2. Francisco, nacido el 12-II-1768; heredó la corona imperial de Alemania con el nombre de Francisco II el 7-VII-1792, y la de Austria, con el nombre de Francisco I, en 1801, y murió el 8-III-1835. Hija de Francisco II y de su segunda esposa María Teresa de Nápoles fue la archiduquesa María Luisa (1791-1857), casada en primeras nupcias, el día 8-IV-1810, con Napoleón I; y en segundas, en 1822, con el conde Neipperg y de Bombelles y Fernando, nacido el 6-V-1769, gran duque de Toscana el 21-VII-1790, y muerto el 1-X-1800.
    6. Felipe Pascual. Príncipe de Calabria, nacido en el Real Sitio de Portici (cerca de Nápoles) el 13-VI-1747. Declarado incapacitado para reinar (8-IX-1749), murió en aquel reino antes de cumplir los treinta años.
    7. Carlos Antonio. El que fue Carlos IV de España, nacido en el citado palacio el 12-XI-1748.
    8. María Teresa. Nacida también en Portici el 3-XII-1749, y muerta el 29-IV-1750.
    9. Fernando. Nacido en Nápoles el 12-I-1751, y muerto en la misma capital el 4-I-1825. Con el nombre de Fernando IV de Nápoles y después de la unión de los dos reinos (Fernando I de las Dos Sicilias), heredó el trono por cesión de su padre (al pasar este a ocupar el trono español) el 5-X-1759, es decir, cuando solo contaba ocho años de edad. El 12-V-1768 casó en Caserta con la archiduquesa María Carolina de Lorena, hija del gran duque de Toscana Francisco Esteban de Lorena (1708-1765) y de la emperatriz María Teresa de Austria, nacida en Schoenbrunn el 13-VIII-1752 y muerta en Viena el 8-IX-1814. Viudo de su primera esposa, casó morganáticamente el 27-XI-1814 con Lucía Migliaccio, princesa viuda de Partanna que al contraer matrimonio con el soberano recibió el título de duquesa de Floridia. Del enlace de Fernando IV de Nápoles con María Carolina nacieron dos hijos y cinco hijas, entre ellos:
      1. Francisco, nacido el 19-VIII-1777, que le sucedió en julio de 1820 con el nombre de Francisco I de las Dos Sicilias, muriendo el 8-XI-1830. En 1797 casó con Clementina, hija del emperador Leopoldo II de Austria, muerta el 15-XI-1801; y más tarde contrajo segundas nupcias con la infanta María Isabel, hija de Carlos IV de España, con la que tuvo doce hijos;
      2. María Antonia, nacida en Nápoles en 1784, primera esposa de Fernando, entonces príncipe de Asturias, más tarde Fernando VII de España, con el que casó a los diecisiete años; la cual, a los cinco años de matrimonio murió en Aranjuez, sin dejar sucesión, el 21-V-1806.
    10. Gabriel Antonio. Nacido también en Portici el 11-V-1752, casado en Aranjuez el 23-V-1785 con la princesa de Braganza doña María Antonia Victoria (nacida en Lisboa el 15-XII-1768 y muerta en el Escorial el 2-XI-1788), hermana de don Juan, heredero del trono de Portugal (Juan VI); y fallecido en el real monasterio el día 23 del propio mes y año. De este enlace nacieron dos infantes:
      1. Pedro Carlos, venido al mundo el 18-VI-1786 y muerto el cuatro-VII-1812. Casó en 1810 con María Teresa de Braganza, princesa de Beira (1793-1874). De este matrimonio nació el infante don Sebastián de Borbón y Braganza (1811-1875). Doña María Teresa contrajo segundas nupcias el 20-X-1838 con el infante don Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII, pretendiente a la corona de España;
      2. Carlos José, nacido el 26-X-1788 y muerto el 9 de noviembre del propio año.
    11. María Ana. Nacida en Portici el 3-VII-1754, y muerta en el mismo Real Sitio el 11-V-1755. Esta y sus cuatro hermanas muertas en la infancia fueron enterradas en el Real Convento de Santa Clara, de Nápoles.
    12. Antonio Pascual. Nacido en Caserta el 31-XII-1755, y muerto en Madrid el 20-IV-1817. El 25-VIII-1759 casó con su sobrina María Amalia, hija de Carlos IV.
    13. Francisco Javier. El último de los hijos de Carlos III, nació el 17-II-1757 y murió en Aranjuez el 10-IV-1771.

El Motín de Esquilache

Se conoce con este nombre la insurrección del pueblo de Madrid contra el ministro de Carlos III, marqués de Esquilache. Duró esta insurrección del 23 al 26-III-1766 y tuvo por causa la real disposición publicada con gran solemnidad y ceremonia el 10 del citado mes, obligando a todo el mundo, bajo la pena de multa y cárcel, a que dejase la capa larga y el sombrero redondo y adoptase la capa corta y el sombrero de tres picos.

Motín de EsquilacheImposición de la capa corta y el tricornio, litografía de la colección Origen del Motín de Esquilache, autor anónimo.

Alegaba el autor de la disposición que las prendas que se prohibían daban a los españoles cierto aire poco culto y aun aspecto sospechoso. El disgusto que causó semejante providencia se manifestó muy pronto: aquella misma noche fueron arrancados todos los bandos de las esquinas y a la mañana siguiente apareció un cartel sedicioso amenazando al ministro y diciendo que había más de tres mil hombres dispuestos a levantarse.

Los alguaciles quitaron el cartel, cobraron multas a los que veían con capa larga y prendieron a los que se resistían. Esto dio lugar a lances desagradables, en que se cruzaron las espadas.

Con esto y con observarse que los hombres del pueblo dieron en andar por las calles y pasar por delante de los cuarteles en cuadrillas y en ademán provocativo, se encomendó al mariscal de campo Francisco Rubio el cargo de hacer cumplir el bando auxiliado de su tropa, lo cual dio ocasión a nuevos choques y a nuevas burlas del pueblo, que, resuelto a alzarse, hizo como unas ordenanzas para la dirección del motín.

Este documento se titulaba: Constituciones y ordenanzas que se establecen para un nuevo cuerpo que en defensa de la patria ha erigido el amor español, etc.; constaba de 15 artículos, en los que se decía que no se admitiría en el cuerpo a ninguno que no fuera español honrado, generoso, fiel y obediente, y concluía Lo que hemos de pedir se establezca que sea la cabeza del marqués de Esquilache, y si hubiese cooperado, la de Grimaldi. (Grimaldi era otro ministro de Carlos III, de origen italiano como Esquilache).

El día 2 de Marzo regresó el rey del Prado, donde había hecho una excursión cinegética, y al día siguiente, que era Domingo de Ramos, a eso de las cinco de la tarde, se observó que se paseaban por delante del cuartel de inválidos de la plazuela de San Martín, dos hombres embozados, uno de ellos con sombrero blanco, como haciendo alarde de no dárseles nada, ni por el bando, ni por la tropa

A este último se llegó un soldado, que trató de prenderle, y el paisano tercio la capa y tiró de la espada. La guardia acudió; los embozados dieron un silbido, y a esta señal se vio desembocar otros de las calles contiguas; el oficial mandó retirar la tropa, quedando el campo libre a los amotinados, quienes puestos en fila, salieron por la calle de Atocha haciendo despuntar el sombrero a cuantos encontraban y obligándoles a que los siguiesen y gritasen: ¡Viva el Rey! ¡Viva España! ¡Muera Esquilache!.

Al llegar los grupos a la plaza Mayor, se les incorporó otra porción de gente que en la misma actitud venía, por la calle de Toledo, de la plaza de la Cebada y, unidos, marcharon a la plaza de Palacio para ver al rey.

De Palacio salió el duque de Arcos, capitán de guardias de Corps, a decirles en nombre del rey que se aquietaran y retirasen, que todo se les concedería. Se retiró la muchedumbre y un grupo de unos, 1.000 sediciosos se dirigió a la morada del marqués de Esquilache; y forzada la puerta, con muerte de un mozo de mulas que con otros criados intentó resistir, penetraron en la casa, atropellándolo todo.

No hallando al ministro, que había pasado el día en el real sitio de San Fernando, intentaron pegar fuego a la casa, mas al cabo se contentaron con romper los vidrios y llevarse los comestibles que encontraron. Fueron enseguida a casa del marqués de Grimaldi, que era el ministro de Estado, donde procedieron en igual forma.

Gran parte de la noche cundió el desorden, concluyendo con quemar en plaza Mayor el retrato del marqués de Esquilache. Nada hicieron los guardias de Corps, ni las guardias españolas y valonas, únicas tropas que había en Madrid.

Al día siguiente se renovaron los desórdenes, tomando un carácter más imponente y sangriento, pues los valones que prestaban guardia en Palacio hicieron fuego contra el pueblo al querer este penetrar por el Arco de la Armería. En la plaza Mayor la tropa disparó también contra los amotinados. Una consternación pavorosa reinaba en la población.

En Palacio se celebraba a presencia del rey un Consejo para acordar lo que convendría hacer en tan críticas circunstancias. El duque de Arcos, el conde de Gazzoli, italiano y comandante general de la artillería, y el conde Priego, coronel de las guardias valonas, opinaron que se hiciera uso de la fuerza y del rigor contra los tumultuosos.

De contrario sentir fueron el marqués de Sarriá, el conde de Oñate y el de Revillagigedo, presidente del consejo de guerra. Estos tres últimos aconsejaron al rey que diera satisfacción al pueblo, por estimar fundadas sus quejas y justas sus reclamaciones contra las demasías del marqués de Esquilache y antipopular y ofensiva su providencia de las capas y sombreros.

Optó el rey por el dictamen de estos tres últimos y mandó que se dejase entrar la plazuela de Palacio a cuantos quisiesen. Entró tanta gente, que no cabía allí de pie. Entonces los duques de Arcos y Medinaceli; escoltados por guardias de Corps, salieron a calmar al pueblo ofreciendo a nombre del soberano que le sería concedido cuanto pedía; mas como indicasen ser necesario cierto plazo para esta concesión, la voz de los emisarios se vio ahogada por la muchedumbre que exigía hubiera de ser en el acto.

Viendo la ineficacia de este método, se acudió a otro más ingenioso. Había en el convento de San Gil un misionero popular que acostumbraba a predicar en las plazas, llamado el padre Cuenca. Este religioso se presentó a los amotinados con una corona de espinas en la cabeza, una soga al cuello y un Crucifijo en la mano, y comenzó a exhortarlos; mas viendo el giro que daba a su discurso Déjese de predicarnos, padre, le dijeron, que cristianos somos por la gracia de Dios, y lo que pedimos es cosa justa.

Entonces, variando de tono, les indicó que él mismo iría a hablar al rey toda vez que le dijeran lo que solicitaban. Uno, al parecer clérigo, se ofreció a redactar la petición, que constaba de los de los extremos siguientes:

    1. Que se destierre de los dominios de España al marqués de Esquilache y su familia
    2. Que no haya sino ministros españoles en el gobierno
    3. Que se extinga la guardia Valona
    4. Que se bajen los comestibles
    5. Que se suprima la Junta de Abastos
    6. Que se retiren las tropas a sus respectivos cuarteles
    7. Que se conserve el uso de la capa larga
    8. Que su majestad se digne a salir a la vista de todos para oír de su boca la palabra de cumplir y satisfacer las peticiones.

Partió el padre Cuenca a Palacio, y allí se resolvió acceder a la demanda de los amotinados; el rey salió al balcón, y en otros apareció el padre Cuenca con los capítulos que el pueblo le había entregado. Los leyó el religioso uno por uno, y según los leía iba accediendo el rey a lo que en ellos se solicitaba.

Los sublevados tiraron los sombreros al aire y clamaron alborozados: Viva el Rey.

Una hora más tarde, el pueblo estaba sosegado y tranquilo. Llegada la noche, se juntaron varias cuadrillas de hombres y mujeres, que con hachas de viento y las palmas del Domingo de Ramos fueron en procesión a Palacio dando parabienes y vivas al monarca. Recorrieron varias calles hasta media noche y luego se retiraron.

La familia real, los duques de Medinaceli, de Arcos y de Losada y el marqués de Esquilache salieron a la una de la madrugada para Aranjuez.

Ni el pueblo en su sorpresa ni en su disgusto pudo dejar de dar a esta fuga la interpretación más siniestra y hostil, ni los instigadores del motín perdieron la ocasión de persuadirle que aquella ausencia del monarca envolvía el propósito de hacer caer la real venganza de la manera más dura sobre los alborotados.

No se necesitaba más para que la alegría de la víspera se trocara en indignación furiosa. La población tomó un aspecto trágico.

El primer impulso del pueblo fue marchar a Aranjuez, a traer el rey a la capital y pedirle satisfacción del desaire; mas estando ya fuera, los directores de las turbas acordaron acordonar la corte e impedir toda comunicación con el Real Sitio, como así lo hicieron, obligando a retroceder a los mismos secretarios de Despacho y a personas de la servidumbre, no sin apoderarse de paso de un almacén de pólvora que había en el inmediato pueblo de Carabanchel.

Después de esto los amotinados se encaminaron a la casa del obispo Diego de Rojas, gobernador del Consejo, a quien intimaron que fuera a llevar su demanda al rey. El prelado obedeció, tomó su coche y salió acompañado de la multitud.

No anduvo mucho camino, pues al llegar al puente de Toledo ocurrió a los directores del motín la idea de que podría el obispo quedarse allá y no volver; y así les pareció mejor que regresase a su casa; que extendiera y firmara un memorial a nombre del pueblo, en que se recapitularan todas sus quejas y agravios, que le pusiera en manos del rey y volviera con la respuesta; y para mayor seguridad iría acompañándole alguno que pudiera dar testimonio de como ejecutaba su comisión.

A todo se plegó el prelado. Se hizo el memorial y lo firmó el obispo, si es que no podemos sospechar que estuviera hecho de antemano, a juzgar por su extensión y por sus conceptos, que ni uno ni otro podía ser obra de breves y agitados instantes.

A llevar la representación a Aranjuez y presentársela al monarca y volver con la respuesta se brindó un hombre de la plebe, llamado Diego Abendaño, natural del Toboso. Aceptado fue con gusto por los sublevados el humilde representante de sus votos e intereses, y en su virtud partió en posta para Aranjuez, quedando todos pendientes del resultado de su misión.

Todo el tiempo que transcurrió desde la salida hasta la vuelta de Abendaño, dominaron el desorden y el alboroto; los grupos recorrían las calles gritando ¡Viva España! y ¡Muera Esquilache! o recogiendo armas y municiones de los cuarteles, manteniéndose en completa inacción la tropa, que acaso llevó al extremo la orden que tenía de no hacer armas contra el pueblo.

Se notaron dos cosas singulares en aquel día: la primera, que los alborotados, dueños de la población y siendo casi todos gente grosera y muchos necesitados y pobres, ni robaran ni maltrataran a nadie; la segunda, que si bien los que comían y bebían en las tabernas nada pagaban, no tardaban en presentarse otras personas a preguntar el importe del consumo hecho, el cual satisfacían con largueza.

Unido esto a la circunstancia de haberse observado que a algunos de los que andaban en traje humilde solía vérseles la delicada camisa al desembozarse, y que otros que iban vestidos de carboneros descubrían la fina media de seda por el zapato y el botín, hizo sospechar, no sin fundamento, que entre la gente rústica y menestral se mezclaban, dirigiendo el movimiento, personas de otra educación y otra clase.

El mensajero de Aranjuez había desempeñado con buen éxito su misión. Por la mañana del día 26 le vio entrar por Madrid la muchedumbre que ansiosa le esperaba; él continuó con jactanciosa seriedad su camino por en medio de las turbas hasta la casa del obispo Rojas, quien se apresuró a convocar el Consejo, y acompañado de él y del portador del mensaje, se encaminó a la plaza Mayor y casa de la Panadería.

Colocados todos en el gran balcón de este edificio, cuajada la plaza de gente, ante un escribano de cámara entregó Abendaño el pliego todavía cerrado al presidente del Consejo y abriéndolo este, lo leyó al pueblo en alta voz y se vio que el rey decía.

que lo mismo desde aquel Real Sitio que desde cualquiera otra parte cumpliría y haría ejecutar cuanto había ofrecido al pueblo de Madrid, pero que, en debida correspondencia, esperaba que se aquietara, en el concepto de que ínterin no diese pruebas permanentes de tranquilidad, no concedería esta gracia.

A primeras horas de la tarde estaba todo tan tranquilo como en los días de mayor calma. Al día siguiente (27), que era Jueves Santo, el marqués de Esquilache, con toda su familia, salió para Cartagena, con escolta para su seguridad, y de allí partió a Nápoles el 13 de Abril, para establecerse después en Sicilia.

En el ministerio de Hacienda le reemplazó Miguel de Muzquiz y en el de la Guerra, el teniente general Gregorio de Muniain.

Ni los contemporáneos ni los historiadores modernos han podido poner en claro quienes fueron los instigadores del motín, que estuvo a punto de repetirse pocas semanas después a consecuencia de las excitaciones que por manos ocultas se le hacían al pueblo.

Se dijo que había proyectos de atentar a la vida del monarca, y por expresiones y amenazas de esta especie que vertió un caballero murciano llamado Juan Antonio Salazar, se le hizo expiar su imprudencia, o su locura, en un patíbulo, y se le cortó la lengua en la plaza Mayor.

«Se supo también, escribe el historiador Lafuente, que el abate Gándara, muy querido del rey, a quien acompañaba mucho y trataba con cierta familiaridad, sugerido, decían, por los padres de la Compañía de Jesús, seguía una correspondencia sospechosa en aquel mismo sentido, de cuyas resultas se le mandó prender y se le llevó al castillo de Pamplona.

Se presume que varios otros fueron castigados secretamente en las cárceles, pues se iba echando de menos a algunos de los que más se habían distinguido en el motín, sin que se pudiera averiguar su paradero.»

Se había ya susurrado bastante que una gran parte del dinero con que se sufragaron los gastos de los sediciosos procedía de mano y de persona no vulgar, y la sospecha pública de este hecho recaía sobre el Marqués de la Ensenada, ministro, dice un contemporáneo, con quien la rueda de la fortuna hizo toda suerte de habilidades.

Aunque cubierto todavía este asunto con cierto misterio, que el tiempo no ha llegado a aclarar, el rumor adquirió más validez cuando se supo haber llegado orden del rey (18-IV-1766) desterrando al marqués de la Ensenada a Medina del Campo, donde más adelante acabó sus días.

Los sucesos de Madrid tuvieron eco en algunos otros puntos de la monarquía: Zaragoza, Cuenca, Palencia y en algunas localidades de Andalucía, Guipúzcoa, Navarra y Cataluña. Estos disturbios se promovieron, principalmente, a causa de la carestía de los víveres y del descontento general del pueblo para con sus gobernantes.

El Gobierno apagó la sedición con mano fuerte. Las gracias concedidas a los madrileños durante el motín quedaron denegadas y anuladas; los guardias valonas fueron mantenidos por mandato real (6 de julio); se dictaron órdenes privando a los eclesiásticos de que se mezclaran a tumultos populares y cerrando las imprentas; aumentó la suspicacia con que era mirado el clero; se abrió un juicio reservado de pesquisas cuyo seguimiento se encomendó a jueces investidos de facultades omnímodas; y considerándose ya bastante fuerte el Gobierno, se propuso hacer variar el traje de los ciudadanos, adoptando el mismo que diera origen al motín de Madrid.

Los grandes de la Corte dieron el ejemplo de usar la capa corta y el sombrero de tres picos; a los cortesanos siguieron los representantes de los gremios y los diputados; y siguiendo todos por el mismo tenor, quedó establecida la moda de tales prendas, a la que se dio luego el nombre de moda de Esquilache.

El motín de Madrid es también conocido en la historia con el nombre de motín de las capas y de los sombreros. Todos los historiadores parciales o sectarios hacen hincapié en la supuesta participación de los jesuitas en el motín de Squilache; pero basta leer a los más imparciales y concienzudos para persuadirse de que el motín tuvo carácter político y social, mediando en él la rivalidad del Marqués de la Ensenada contra Squilache y el odio de la nobleza española a los intrusos gobernantes italianos.

R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, tomo 57 págs. 912-914.