Felipe V de España

Biografía

Adhesiones al Rey en la Guerra

Los decretos de Nueva Planta

Primeros políticos de Felipe V

Política económica reformista

La Familia de Felipe V

Biografía

Felipe V por Louis-Michel van Loo

Felipe V por Louis-Michel van Loo

Versalles (Francia), 19-XII-1683 Madrid , 9-VII-1746. Rey de España 1700-1724 y 1724-1746. Primer rey de la dinastía de los Borbón. Segundo de los hijos de Luis de Borbón, Gran Delfín de Francia y de María Ana Cristina Victoria de Baviera, y nieto por tanto, de Luis XIV.

En su educación influyeron decisivamente cuatro personas: su tía abuela, la duquesa de Orleáns, hermana de Luis XIV que procuró que el niño superase su timidez; el médico Helvetius; la marquesa de Maintenon, la esposa secreta de Luis XIV, que intentó dotarle de afecto maternal (su madre había muerto cuando él tenía siete años); y el teólogo Fénelón, luego arzobispo de Cambray, que le inculcaría una religiosidad ferviente y el rechazo a la disipación de la corte versallesca.

El 3-X-1700, el rey Carlos II, el último Austria, firmaba su testamento tras no pocas tensiones y el uno de noviembre murió. En el testamento se establecía que su sucesor debía ser Felipe, el duque de Anjou. A los diecisiete años, Felipe V asumiría las responsabilidades del trono español. El recibimiento en Madrid no puso ser más triunfal.

Desde le principio de su reinado, dejó muestras de su voluntad de respetar las costumbres y ceremonias hispánicas y asumir el relevante papel político de los nobles palaciegos que habían condicionado la resolución final del testamento de Carlos II en los términos que se produjo (el cardenal Portocarrero, el obispo Arias, Antonio Ubilla, el marqués de Villafranca, el conde de Santiesteban, el duque de Medinasidonia...)

El 8-V-1701 se hacía público el compromiso matrimonial de Felipe con la princesa María Luisa Gabriela de Saboya. El primer encuentro entre Felipe y María Luisa se produjo en la Junquera y la ceremonia de la boda se celebró en el Monasterio de Vilabertrán (Figueras).

A Cataluña llegó Felipe tras un largo viaje a través del reino de Aragón. Tanto en Zaragoza como en Barcelona, recibió múltiples testimonios de apoyo y agasajos. En Barcelona, juro los fueros en las Cortes y concedió varios títulos de nobleza.

Las relaciones con Cataluña entonces no podían ser más idílicas, a lo que contribuyó la larga estancia (cinco meses) de luna de miel de los recientes esposos en el Principado. La princesa de los Ursinos, enviada por para controlar los movimientos y las relaciones de María Luisa de Saboya, llegó a tener enorme influencia en la joven Reina.

En marzo de 1702, las potencias de la Gran Alianza (Inglaterra, Holanda y el Imperio), que se había constituido seis meses antes, declararon la guerra a Francia y España en defensa de la candidatura del archiduque Carlos de Austria a la sucesión de España, negando la validez del testamento de Carlos II. Dos años más tarde, a la Gran Alianza se unirían el ducado de Saboya y el reino de Portugal.

La primera iniciativa de Don Felipe fue desplazarse de Barcelona a Nápoles y Milán para intentar pacificar a la nobleza napolitana y controlar sus posesiones italianas amenazadas por los austrinos. Hasta su regreso de Nápoles (I-1703), María Luisa se ocupó en Madrid de los asuntos de estado con notable eficacia.

Adhesiones en la Guerra de Sucesión

Durante la guerra, la adhesión a Felipe V de Castilla fue casi absoluta. Solo puede registrase a favor del archiduque Carlos la conspiración nobiliaria de Granada (los condes de Luque y Eril y los marqueses de Cazorla y Trujillo) y determinados sectores de la nobleza cortesana que, por diversos motivos, eran hostiles a Felipe (Enríquez de Cabrera, almirante de Castilla; el conde de Corzana; el conde de Cifuentes; Oropesa, Medinaceli; Leganés; Lemos y pocos más), que sobretodo se radicalizaron a partir de 1705 con la ocupación de Madrid por los aliados.

En Valencia el campesinado fue austrino y la nobleza muy partidaria, en cambio, de Don Felipe. La guerra en el reino de Valencia tomó perfiles de revuelta social encabezada por Juan Bautista Basset. En Aragón, muy pocos nobles fueron leales a los Austrias (Sástago, Cosculluela, Plasencia, Fuertes, Luna).

Las ciudades aragonesas se dividieron, y destacaron por su apoyo a Felipe Jaca, Huesca, Calatayud, Alcañíz, Tamarit, Fraga, caspe, Borja o Tarazona. En Cataluña, aunque el peso de los austrinos fue muy grande desde 1704, no faltaron sectores favorables a Felipe V dentro de la nobleza (Cardona, Bac, Agulló, Potau, Taverner, Copons, Perelada, Aytona), del clero (obispos de Gerona, Lérida, Tortosa, Vic y Urgel) y algunas ciudades (Cervera, Berga, Manlleu, Ripoll, Centelles).

Los navarros y los vascos se mostraron absolutamente fieles a Felipe de Borbón. La guerra ocupó intensamente al rey hasta su definitiva resolución en 1714. La movilidad de Don Felipe fue constante, determinada por los avatares bélicos:

    1. Campaña en la frontera portuguesa tras el desembarco del pretendiente Carlos en Lisboa, con larga estancia del Rey en Extremadura (primavera de 1704)
    2. Estabilidad en la Corte, con instalación en el Buen Retiro (hasta febrero de 1706), mientras se desarrollaban acontecimientos fundamentales de la Guerra de Sucesión (pérdida de Gibraltar e incorporación de la mayor parte de la Corona de Aragón a la causa austrina)
    3. Asedio frustrado a Barcelona tras la caída de la ciudad en manos del archiduque Carlos (abril-mayo de 1706); situación de máximo peligro, con salida obligada de Madrid y toma fugaz de esta ciudad por los austrinos (julio de 1706)
    4. Retorno a Madrid con estancia continuada (1706-1709), periodo en el que se produce la victoria borbónica de Almansa, que generó renovadas ilusiones en la causa de Felipe V
    5. Nueva crisis en 1710, que obligó al rey a combatir directamente en el frente de Aragón (derrota de Almenara, retirada forzosa de la Corte de Madrid, que tuvo que desplazarse a Valladolid y Vitoria)
    6. Revitalización posterior desde diciembre de 1710 (retorno a Madrid, victorias de Brihuega y Villaviciosa, asunción por el príncipe Carlos del Imperio Austriaco a la muerte de José I), que fue el pórtico al fin de la guerra.

El 11-IX-1714, las tropas borbónicas pudieron culminar el largo sitio de Barcelona, con la entrada en esta ciudad, que fue la que más se aferró a la causa de los Austrias.

La paz de Utrecht legitimó el reconocimiento de Felipe V como rey de España por todas las potencias (salvo Austria, que no lo hizo hasta 1725), a cambio de la renuncia formal a sus derechos a la Corona de Francia, y otorgó a Inglaterra Gibraltar y Menorca, así como concesiones comerciales (derecho de asiento —monopolio en la captura de esclavos— y navío de permiso), y al Imperio, los Países Bajos y las posesiones italianas.

El fin de la guerra casi coincide con la muerte por tuberculosis de la reina María Luisa (febrero de 1714). La Reina dio a Felipe cuatro hijos: Luis, el heredero; Felipe, que murió recién nacido; Felipe, que vivió solo siete años; y Fernando, el futuro Fernando VI. Además de la princesa de los Ursinos, los personajes que tuvieron mayor protagonismo en las decisiones diplomáticas de estos años fueron los franceses Orry y Amelor, el murciano Macanaz y el flamenco Bergeyck.

La irrupción de la nueva Reina, con la que se casó el Rey en Guadalajara, la parmesana Isabel de Farnesio, sobrina de Mariana de Neoburgo, la viuda de Carlos II, supuso el desalojo inmediato de la Ursinos, que se exilió a Francia primero y luego a Roma, la construcción de la Granja de San Ildefonso, como palacio de verano, y una mayor presencia de la reina en las decisiones políticas.

Los decretos de Nueva Planta

Los decretos de Nueva Planta desmantelaron los fueros que permitían a los distintos reinos limitar el ejercicio del poder real. Los fueros navarros y vascos, en contraste, se mantendrían plenamente.

En junio de 1707 se abolieron los fueros de Valencia y Aragón, en noviembre de 1715 los de Mallorca y en enero de 1716, los de Cataluña. La Nueva Planta trataba de hacer de España un Estado-nación en el que todos los súbditos quedaran sujetos a un régimen común, a unas mismas leyes, a una misma administración. El nuevo sistema institucional en los reinos de la Corona de Aragón se fundamentaba en:

    1. La instalación en la cumbre del poder del capitán general que ejercía el mando militar y presidía la Real Audiencia, con la cual formaba una suerte de gobierno dual conocido como Real Acuerdo
    2. El territorio fue dividido en corregimientos y los grandes municipios fueron reorganizados según el modelo castellano (fin de la autonomía y designación de sus cargos por la autoridad real)
    3. El intendente, cargo de nueva creación, se situó al frente de la Hacienda, se estableció un nuevo régimen contributivo (Equivalente en Valencia, Catastro en Cataluña, Única Contribución en Aragón, Talla en Baleares)
    4. Se suprimieron las Cortes, las Diputaciones de Cortes y las Juntas de Brazos (salvo en Navarra)
    5. Se derogó el privilegio de extranjería en la provisión de cargos de la Audiencia, por el que tradicionalmente se reservaban los mismos a los regnícolas.

En Valencia, se suprimió el Derecho Civil privado, lo que no ocurrió en los demás reinos. En Cataluña, se exigió que se sustanciaran en castellano las causas de la Audiencia y se suprimieron todos los estudios superiores de las distintas universidades, que se concentraron en la Universidad de Cervera.

Pese al componente punitivo visible en la propia letra de los decretos y a la implantación violenta de la nueva realidad administrativa, la valoración de la Nueva Planta exige algunas precisiones.

La aplicación de la Nueva Planta fue distinta en 1707, lógicamente precipitada e improvisada, a 1715-1716, mucho más madura y reflexionada. De los dos criterios que se barajaron —el radical de Macanaz, que postulaba un absolutismo ilimitado, con uniformación total según el modelo castellano; y el moderado de los Ametller o Patiño— se impuso el segundo.

La situación foral previa era difícilmente sostenible, y el propio pretendiente a la Corona, el archiduque Carlos, postulaba un absolutismo muy posiblemente similar al que, a la postre, se implantó. La Nueva Planta no solo afectó a la Corona de Aragón. Medidas como el despliegue de intendentes subvirtieron la Planta castellana tanto como la Corona de Aragón. El catastro catalán se aplicaría a toda España con Ensenada años más tarde.

Por otra parte, toda Europa, a lo largo del s. XVIII, caminaría en la misma dirección centralista, abierta por Felipe V (incluso el parlamentarismo inglés). En una de sus agudas crisis depresivas, Felipe V abdicó en marzo de 1724, en su hijo Luis I.

Las razones de tal decisión fueron complejas, pero sin duda debieron contar sus escrúpulos religiosos y el afán de evasión de responsabilidades en pleno hundimiento psicológico. No parece que tenga lógica el presunto interés de desembarazar de obstáculos su camino hacia el trono de Francia.

Luis XV gozaba de buena salud y era altamente improbable que se diera tal oportunidad. Su retiro en la Granja duró poco. Luis I murió de viruelas en agosto de 1724. En los pocos meses de reinado de Luis I, el control político de don Felipe se dejó sentir en los hombres del primer gabinete ministerial de aquél, con la influencia en el tándem Grimaldo-Orendain.

El testamento de Luis I le devolvía el reino a Felipe V y la reasunción del trono por este supuso un nuevo lanzamiento de la influencia de Isabel de Farnesio y la búsqueda ansiosa de la salud del rey con viajes frecuentes, como el que llevó a la familia real a Extremadura o la larga estancia en Sevilla, donde se alojó la Corte cinco años (1729-1733).

Con Isabel Felipe V tuvo siete hijos, el futuro Carlos III; Francisco, que solo vivió un mes; María Ana Victoria, futura reina de Portugal; Felipe, futuro rey de Nápoles-Sicilia; María Teresa, que se casó con el Delfín del Francia; Luis Antonio Jaime, futuro arzobispo-cardenal de Toledo; y María Antonia Fernanda, futura reina-consorte de Cerdeña.

Primeros políticos de Felipe V

Juan Guillermo, Barón y Duque de Ripperdá.

Juan Guillermo, Barón y Duque de Ripperdá.

Los primeros políticos después de la Nueva Planta fueron el parmesano Alberoni y el holandés Ripperdá. Su ocupación principal fue en la dirección de recuperar los territorios italianos perdidos en Utrecht. En este revisionismo, debió contar la voluntad de Isabel de Farnesio, quien pretendía obtener para sus hijos algún trono italiano, ya que la sucesión de España se hallaba asegurada, en principio, para los hijos del primer matrimonio del Rey.

El fracaso de Alberoni tras la expectativa inicial que había generado la expedición a Cerdeña (invasión con un ejército de 40.000 hombres y derrota del cabo Passaro), se reflejó en la formación de la Cuádruple Alianza europea (Francia, Inglaterra, Holanda y el Imperio) contra España que supuso la ruptura de las alianzas de la Guerra de Sucesión aislando políticamente a España.

La reacción de los aliados implicó la invasión de las Provincias Vascas y de Cantabria en mayo y junio de 1719, el saqueo de Vigo y Pontevedra y la ocupación por Francia del Valle de Arán hasta la Seu d´Urgell, plaza que no se podría recuperar hasta 1720 y que se erigió en uno de los núcleos de la resistencia austrina en Cataluña que se prolongó hasta 1725 (destacó en este sentido el maquis guerrillero Carrasclet).

Ripperdá logró articular el tratado de Viena de 1725 de España con Austria que supuso, en la práctica, el fin de la Guerra de Sucesión, en tanto que generó el retorno de buena parte del exilio austrino europeo a España y la apertura de relaciones diplomáticas entre Felipe V y el emperador Carlos VI, antes archiduque Carlos.

A estos políticos aventureros les sucedieron los políticos tecnócratas reformistas españoles entre los que sobresalen Patiño y Campillo. El primero fue el político más poderoso de España de 1726 a 1736; el segundo tuvo el máximo poder entre 1741 y 1743. Ambos fundamentaron su carrera política en su experiencia previa al frente de intendencias.

El legado de ambos fue positivo: mejoras en la administración fiscal —los ingresos del Estado se triplicaron—, eficacia en el aprovisionamiento militar con reestructuración del ejército —se sustituyó el tercio por el regimiento, se inició la recluta forzosa de los quintos, la creación de la Guardia de Corps, base de la Guardia Real, o la construcción de nuevos arsenales e Cartagena y Ferrol—, extirpación del contrabando o el traslado de la Casa de Contratación de Sevilla a Cádiz, entre otras acciones.

Y en política internacional, Patiño llevó a cabo una estrategia oscilante: asedio frustrado a Gibraltar en 1727, giro proinglés (Acta de El Pardo y tratado de Sevilla), acercamiento a Portugal (enlaces de Fernando y María Ana Victoria con infantes portugueses), segundo tratado de Viena, reconquista de Orán, I Pacto de Familia (1733) e involucración de España en la Guerra de Sucesión de Polonia, de lo que, a la postre, resultaría el reconocimiento de Carlos, hijo de Felipe, como rey de Nápoles y Sicilia.

Campillo promovió por su parte la intervención de España en la Guerra de Sucesión de Austria y la firma del II Pacto de Familia. La conclusión fue que en Italia se consiguió el ducado de Parma para otro hijo de Isabel de Farnesio, el infante Felipe. Si el revisionismo de Utrecht en lo que se refiere a las posesiones italianas quedó relativamente satisfecho, no se logró en cambio la recuperación de Gibraltar y Menorca.

La racionalización administrativa fue uno de los mejores logros de la política de Felipe V. Se articularon las secretarías de Despacho, se convirtió el viejo sistema polisinodial en sistema ministerial con cuatro áreas (Estado, Guerra, Marina e Indias, y Justicia y Hacienda).

Y en el ámbito de ultramar se creó el virreinato de Nueva Granada, se multiplicaron las visitas de control y se organizaron expediciones científicas, como las de Jorge Juan y Antonio de Ulloa. El regalismo, la política de absorción de la jurisdicción eclesiástica por la soberanía real, generó no pocas colisiones con el papado.

El documento más representativo de los criterios regalistas fue el Pedimento fiscal de Macanaz de 1713. El Concordato de 1717 con la Iglesia supuso una marcha atrás de la posición de Rey y el exilio forzoso de Macanaz.

El Concordato de 1737 implicó un cierto avance en la política de rearmar los derechos del Real Patronato frente a la Iglesia, la capacidad del Rey para controlar los nombramientos eclesiásticos y para intervenir en la tramoya económica de los intereses de la Iglesia.

Política económica reformista

La política económica del reinado de Felipe V se caracterizó por su voluntad reformista para intentar superar el retraso económico del que partía España y que reflejaban bien las encuestas de Campoflorido y las informaciones publicadas por Ustúriz.

La Monarquía llevó a cabo una importante ejecución de obras públicas, la adopción de medidas proteccionistas (la introducción de tejidos producidos en Asia e imitados en Europa, con el nacimiento de la industria algodonera catalana reflejada en el surgimiento de fábricas de indianas dedicadas al tejido y estampado de algodón a base de materia prima hilada fundamentalmente en Malta), la creación de manufacturas reales —con las pañerías de Segovia y Guadalajara, la fábrica de algodón de Ávila, la cristalería de la Granja o las porcelanas del Buen Retiro—, la erección de compañías privilegiadas de comercio, dentro de una política típicamente mercantilista potenciadora de los intercambios.

La fiscalidad mejoró sensiblemente con los nuevos impuestos en la Corona de Aragón que al gravar las propiedades y no a los propietarios, redujo las exenciones que habían caracterizado tradicionalmente a los estamentos privilegiados.

Se mantuvo la fiscalidad paralela de las rentas generales y de los estancos. Por último, el reinado de Felipe V representó un gran impulso para el proceso de renovación cultural de la Ilustración ya iniciado con la generación de los novatores a fines del s. XVII.

Ciertamente, continuó la actividad represiva de la Inquisición (1.467 procesados en el reinado de Felipe V) con su penosa influencia sobre la cultura del momento, pero el reformismo monárquico se dejó sentir en iniciativas culturales a la larga provechosas como la creación de la Universidad de Cervera —que contaría con figuras brillantes, como los filósofos Mateu Aymeric y Antonio Nicolau, el matemático Tomás Cerdá y, sobre todo, el jurisconsulto Josep Finestres—, el establecimiento de seminarios de nobles para elevar la formación de la nobleza española. —Seminario de Nobles de Madrid, relanzamiento del Colegio de Cordelles de Barcelona— y el nacimiento de las Academias.

La Real Academia Española, con origen en la tertulia del marqués de Villena, se creó en 1714 con gestión cultural temprana y fructífera de la que fueron buenos indicadores el Diccionario de Autoridades y la Ortografía. La Real Academia de la Historia se gestó en casa del abogado Julián Hermosilla y se aprobaron sus estatutos en 1738. Agustín de Montiano fue su director en esos años.

La Real Academia de Bellas Artes, larvada en la tertulia del escultor Olivieri, tuvo sus primeros estatutos en 1744, aunque su definitiva constitución se produjo en 1752. El apoyo prestado a la Regia Sociedad de Medicina de Sevilla —derivada de la tertulia sevillana de Muñoz Peralta— fue también constante a los largo del reinado. Felipe V fundó, asimismo, la Real Librería o Biblioteca Pública, abierta al público en 1712, que empezó nutriéndose de los libros del Rey (más de 6.000) y que sería el germen de la futura Biblioteca Nacional de Madrid.

También en el reinado de Felipe V empezaron la Academia Médica Matritense, la Academia de Buenas Letras de Barcelona, el Real Colegio de Cirugía de Cádiz y la Academia de Buenas Letras de Sevilla.

El dirigismo reformista se ejerció también en el ámbito artístico. la pasión constructiva de los Reyes se reflejó en la conservación de la herencia arquitectónica recibida de los Austria (Casa de Campo, Pardo, Zarzuela y, sobre todo, Buen Retiro), en la restauración de palacios (Balsaín) y la edificación del Palacio de la Granja y de Segovia y el palacio Real de Madrid, tras la destrucción del Alcázar en 1734 por un incendio.

Se promocionaron pintores como Houasse, Ranc y Van Loo, con algún pintor de cámara autóctono como Miguel Jacinto Meléndez. También hay que destacar el legado artístico de Felipe V, la Real Fábrica de Vidrio o Cristales de la Granja y la Real Manufactura de Tapices de Santa Bárbara.

La música alcanzó un extraordinario desarrollo, sobre todo tras la llegada a España del músico Doménico Scarlatti y el tenor Carlos Broschi, Farinelli que, a través de su prodigiosa voz, se convirtió en la mejor terapia de los problemas depresivos del Rey. El pensamiento experimentó signos visibles del desperezamiento lastrado por la resistencia de no pocos sectores reaccionarios ante los retos de la modernidad europea.

Las figuras de Feijóo y Mayans representaron las dos principales corrientes intelectuales de la época. El primero defendió una conciencia nacional española que no es ni el mimetismo respecto a lo extranjero ni la falsa pasión hacia lo propio de los casticistas. Mayans fundamentó su sentido nacional en la exaltación de la tradición cultural hispánica, despojada de los supersticioso o folclórico.

Los principales hitos culturales del periodo fueron: La publicación del primer volumen del Teatro Crítico Universal de Feijóo; el nombramiento de Mayans como bibliotecario real, con el apoyo del cardenal Cienfuegos; la edición de los Pensamientos literarios que propuso Mayans a Patiño y que constituyó todo un programa modernizador; la edición de la Medicina vetus et nova de Andrés de Piquer; el comienzo de la publicación del Diario de los Literatos de España, primer gran periódico ilustrado, que se inició en 1737 y concluyó en 1742.

Una de las sombras que se proyecta sobre Felipe V es la presunta responsabilidad de la Monarquía en la imposición forzosa de la lengua castellana a costa de las lenguas vernáculas, en particular, el catalán, pero también es notorio que la decadencia de la lengua catalana arrancó desde comienzos del s. XVI, que la misma obedeció a múltiples factores y que, por último, la continuidad de la lengua catalana, no ya solo ejercida en privado, sino a través de una literatura pública, es evidente.

En 1727, los Prelados del Principado disponen que no se permita explicar el Evangelio en otra lengua que no sea la catalana. Contra los tópicos de la decadencia conviene recordar las múltiples ediciones de las obras clásicas de la literatura catalana que se llevan a cabo en el s. XVIII. Se editaron, asimismo, en ese siglo diversas obras de defensa del catalán (Ferreres, Eura, Bastero, Tudó...). No estuvo exento de limitaciones el reinado de Felipe V.

La modernización fue superficial, se mantuvieron las estructuras heredadas del pasado sin transformación alguna en el régimen señorial y se conservaron los privilegios sociales. Pero el la valoración del reformismo de Felipe V debe tenerse presente que los logros acreditados de Carlos III no se hubieran alcanzado sin las semillas sembradas durante el reinado de Felipe V.

R.B.: GARCÍA CÁRCEL, Ricardo, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XVIII, págs. 489-494.

La familia de Felipe V

  1. María Luisa Gabriela de Saboya
    La primera esposa de Felipe V fue hija segundogénita de Víctor Amadeo II (1666-1732), primer rey de Sicilia y de Cerdeña, y de Ana María de Orleáns (1669-1728), sobrina de Luis XIV y hermana de la primera esposa de Carlos II. Había nacido en Turín el día 17-IX-1688 y murió de tuberculosis pulmonar en Madrid el 14-II-1714, a los 26 años de edad. De ese matrimonio nacieron cuatro hijos:
    1. Luis, príncipe de Asturias. Nacido en Madrid el 25-VIII-1707, jurado como príncipe de Asturias el 7-IV-1709. El 20-I-1722, cuando solo contaba 14 años de edad, casó con Luisa Isabel de Orleáns, princesa de Montpensier, hija de Felipe de Orleáns (1674-1723). Por renuncia espontánea de su padre, firmada el 10-I-1724, cinco días después el príncipe Luis I aceptó la corona. El 9 del mes siguiente tuvo lugar la solemne ceremonia de la proclamación; pero como murió sin sucesión, a consecuencia de unas viruelas malignas, el 31 de agosto del propio año, Felipe V volvió a regir los destinos de España.
    2. Felipe. Nacido prematuramente en Madrid el 2-VII-1709, y muerto el 8 del mismo mes.
    3. Felipe Pedro. Nacido en Madrid el 7-VI-1712, y muerto el 26-XII-1719.
    4. Fernando. Nacido en Madrid el 23-IX-1713. Reinó con el nombre de Fernando VI a la muerte de su padre.
  2. Isabel de Farnesio
    La segunda esposa del primer Borbón español fue doña Isabel de Farnesio y Neoburgo Baviera, hija de Odoardo III Farnesio, duque de Parma, y de Dorotea Sofía, condesa palatina del Rin y duquesa de Baviera. Había nacido el 15-VII-1692 y murió en Aranjuez el 11-VII-1776. De ese segundo enlace nacieron siete hijos:
    1. Carlos. Nacido en Madrid el 20-I-1716, rey de Nápoles y de Sicilia. Reinó en España con el nombre de Carlos III a la muerte de su hermano Fernando VI.
    2. Francisco. Nacido en Madrid el 21-III-1717 y murió a los 36 días de haber nacido.
    3. María Ana Victoria. Nacido en Madrid el 31-III-1718. Prometida de Luis XV de Francia, se concertó la boda cuando esta infanta tenía cuatro años de edad, quedando roto el compromiso tres años después por la tirantez de relaciones entre ambos países. María Ana Victoria fue reina de Portugal, por haber casado el 20-I-1729 con don José de Braganza, príncipe de Brasil, primogénito de Juan V, que a la muerte de su padre (1750) heredó el trono lusitano con el nombre de José I (1714-1777). Murió en Lisboa el 15-I-1781. Hija de estos fue:
      1. María, reina de Portugal, nacida en Lisboa el 17-XII-1734. En 1760 casó con su tío el infante Pedro, hermano del rey José; y a la muerte de este soberano ocurrida en 1777, heredó el trono lusitano. María de Portugal murió refugiada en Río de Janeiro el 20-III-1816.
    4. Felipe. nació en Madrid en 1720 y murió en Alessandría en 1765, duque de Parma, Piacenza y Guastalla (1748-1765), hijo segundo de Felipe V y de Isabel de Farnesio. Casó en 1738 con Luisa Isabel, hija de Luis XV de Francia. Al iniciarse la guerra de sucesión en Austria (1741) se trasladó a Italia, con la pretensión de hacerse con el Milanesado y el ducado de Parma, y nombró como primer ministro al Marqués de la Ensenada. Tras las campañas del ejército hispanofrancés, dirigido por Mallebois y Gages, por la paz de Aquisgrán (1748) se le reconoció Parma y Piacenza (que habían pasado de su hermano Carlos a la emperatriz María Teresa hija del emperador Carlos VI después de la guerra de sucesión de Polonia, 1738) y Guastalla (que a la muerte de Juan María de Gonzaga también había recaído en María Teresa, 1746), pero no el Milanesado. Su gobierno, dirigido por Di Tillot, estuvo presidido por el reformismo en todos los géneros, especialmente en el religioso, económico y cultural; Parma se convirtió en uno de los más importantes centros intelectuales de Italia. La influencia francoespañola se hizo notar, hasta el punto de que Felipe se unió al tercer pacto de familia borbónico (1762) durante la guerra de los Siete años. Tuvieron tres hijos:
      1. Isabel, nacida en Madrid el 31-XII-1741, primera esposa del archiduque José, entonces rey de romanos, que luego fue el emperador José II de Alemania, muerto en Viena el 27-XI-1769
      2. Fernando, nacido en Parma el 23-I-1751 y muerto en la propia ciudad en 1802, que fue quien le sucedió en la soberanía del Estado
      3. María Luisa, nacida en Parma el 9 de diciembre, que casó con Carlos IV.
    5. María Teresa. Nacida en Madrid el 11-VI-1726. Casó en Versalles el 27-II-1745 con Luis de Borbón, delfín de Francia (1729-1765), hijo de Luis XV y de María Leszczynska, y murió en el propio palacio el 22-VII-1746 a raíz del nacimiento de una niña (María Teresa) que también murió poco después. El delfín casó en segundas nupcias (1747) con María Josefa de Sajonia de cuyo enlace nacieron dos hijas (Clotilde, reina de Cerdeña; e Isabel) y tres hijos, que reinaron Francia con los nombres de Luis XVI, Luis XVIII y Carlos X.
    6. Luis Antonio Jaime. Nacido en Madrid el 25-VII-1727. Fue nombrado arzobispo de Toledo el 9-IX-1735, y cardenal el 9 de diciembre del mismo año, a cuya dignidad por no estar ordenado sacerdote, renunció, después de muerta su madre, y tomando entonces el título de conde de Chinchón contrajo matrimonio el 27-VI-1776 con la dama aragonesa doña María Teresa de Vallebriga, hija del conde de Torreseca, lo que le alejaría del ya rey Carlos III, quien le obligó a residir en la villa abulense de Arenas de San Pedro, donde murió el 7-VIII-1785. Hijos de estos fueron:
      1. Luis María de Borbón y Vallebriga, conde de Chinchón, nacido en Cadalso de los Vidrios (Madrid) el 22-V-1777 y muerto en Madrid el 19-III-1823. Recibió el Capelo cardenalicio en 1800, y fue arzobispo de Sevilla y de Toledo y regente del reino
      2. María Teresa Josefa, condesa de Chinchón, nacida en Velada (Toledo) el 26-XI-1780, que casó con Manuel Godoy, Príncipe de la Paz.
    7. María Antonia Fernández. Nacida en Sevilla el 17-XI-1729. Casó el 31-V-1750 con el heredero de Cerdeña, más tarde Víctor Amadeo II de Saboya (1727-1796), duque de Saboya, muriendo en Montcallier el 10-IX-1785. Tuvieron doce hijos de los cuales ocuparon el trono paterno, Carlos Manuel IV (1751-1819), Víctor Manuel I (1759-1824) y Carlos Félix (1765-1831).

María Luisa Gabriela de Saboya

Biografía

Retrato de la reina María Luisa Gabriela de Saboya.

Retrato de la reina María Luisa Gabriela de Saboya (1688-1714) por Miguel Jacinto Meléndez

Reina consorte 1692-1714. Según afortunada frase de un autor del Dieciocho, María Luisa Gabriela de Saboya, reina de España, murió cuando parece que empezaba a vivir, no solo por la corta edad de no haber cumplido veintiséis años, sino porque entonces amanecía la primavera de su reinado después del largo invierno de tan duras escarchas, guerras y turbaciones.

Esta es la verdad; porque María Luisa en la reina de la Guerra de Sucesión a la corona española, cuyos avatares, amarguras y sinsabores compartió con su esposo desde su llegada al reino en 1702 hasta la feliz resolución del conflicto; pero no pudo gozar de la paz largo tiempo, pues la muerte la arrebataba de la vida a los pocos meses de finalizar las hostilidades en virtud de los compromisos de Utrecht.

Nacida en Turín el 17-IX-1688, de Víctor Amadeo II de Saboya y Ana María de Orleáns acababa de salir de la pubertad cuando las conveniencias de la política de su padre le dieron por esposo al nieto de Luis XIV, Felipe de Borbón, que acababa de ceñir la corona de España por designación testamentaria de Carlos II. Los desposorios se celebraron en Turín el 11-IX-1701, siendo apoderado del monarca español el príncipe de Carignán.

La niña, porque todavía lo era la nueva reina de España, partió de Niza para sus nuevos estados el 27 de septiembre del mismo año, yendo acompañada, entre otra servidumbre, por la princesa de los Ursinos, María Ana de la Tremoille, que muy pronto se captó su completa confianza. La recibió Felipe V en Figueras, donde el 3 de noviembre se ratificó la boda con la bendición del patriarca de las Indias. Los monarcas permanecieron aquel invierno en Barcelona.

Cuando Felipe V partió para Italia al objeto de participar en la guerra que se dirimía en aquella península contra los Austrias, nombró regente del reino a María Luisa, asistida por un consejo presidido por el cardenal Portocarrero.

La joven soberana desempeñó la regencia desde el 8-IV-1702 al 20 de diciembre del mismo año, demostrando en aquellos días, que ya estaban preñados de amenazas, una entereza poco común.

Bien la necesitaba para soportar los graves reveses de la fortuna que pusieron en peligro su corona, de los cuales el más inmediato fue la entrada de las tropas del Carlos VI en Madrid en 1705. La reina había salido de la capital para Burgos, en donde permaneció hasta 1706, cuando disipada aquella tormenta, pudo regresar, con su esposo, al regio alcázar madrileño. Aquí dio a luz, el 25-VIII-1707, al heredero de la corona Luis, lo que colmó de satisfacción a las monarquías de Francia y España.

Las derrotas militares sufridas por Luis XIV en Flandes en las campañas de 1706 a 1708, le obligaron a iniciar gestiones de paz, en cuyo transcurso los aliados exigieron que su nieto renunciara a la corona de España.

En tan críticas circunstancias la reina alentó a don Felipe, propenso al abatimiento, a fin de que, honrando los destinos que le había confiado la Providencia, diera pruebas de la firmeza de la corona y se negara a ser víctima de los convenios internacionales.

Cuando el monarca se puso al frente de las tropas en la desgraciada campaña aragonesa de 1710, María Luisa recibió por segunda vez la gobernación del reino, que desempeñó con gran discreción, aunque no pudo evitar que continuara influyendo de modo extraordinario en la gestión de los negocios públicos su valida, la princesa de los Ursinos.

El 9-IX-1710, ante el mal cariz de las operaciones militares, la reina partió con la corte para Valladolid y, luego, para Vitoria. Después de los éxitos militares de Brihuega y Villaviciosa, se unió con su esposo en Zaragoza, de cuya ciudad regresaron a Madrid el 15-XI-1711.

Desde hacia algún tiempo el estado de su salud inspiraba serios temores. Después de dar a luz al infante don Fernando el 23-IX-1713, cayó en gran postración. Ya no se rehízo de su dolencia, que le causó la muerte en la capital de España, el 14-II-1714.R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 102-103.

Isabel de Farnesio

Biografía

Retrato de Isabel de Farnesio, por Louis-Michel van Loo.

Retrato de Isabel de Farnesio, por Louis-Michel van Loo (c. 1739). Museo del Prado (Madrid).

Reina consorte 1692-1766. El espíritu imperante en la monarquía española durante gran parte del reinado del primer Borbón fue Isabel de Farnesio. En un siglo en que los intereses del estado se confundían con los del soberano, es lógico que la política de España se realizara de acuerdo con los deseos de la segunda mujer de Felipe V, ya que este, de una voluntad cada vez más débil a medida que avanzaba en años, se dejó dominar por la ambición y férrea voluntad de doña Isabel.

Oriunda de Italia, esta reina preconizó una activa participaciión de la monarquía española en los asuntos de aquella península; pero desgraciadamente, solo hubo en ella motivos personales y dinásticos, de modo que, aun triunfando en los campos de batalla, España no se vio restablecida en una hegemonía que perdiera por las paces de Utrecht y Rastad.

Con todo, no se le puede negar sus dotes políticas, que llevaron a buen puerto, a través de incontables intrigas diplomáticas, la parte más substancial de su programa materno. Hija y heredera de Eduardo II de Parma y de Dorotes Sofía de Neoburgo, doña Isabel vino al mundo en aquella ciudad el 25-X-1692. Fue educada con el mayor esmero, y poseyó una cultura vasta, aunque no profunda, en idiomas, gramática, historia, música y pintura.

Las circunstancias de su persona —heredera de Parma y, así mismo de Toscana—;, así como las indicaciones del que había de ser cardenal Alberoni, determinaron a Felipe V a elegirla como esposa en el mismo año en que enviudó de María Luisa de Saboya.

Las bodas se celebraron en Parma por procuración, el 16-IX-1714. Poco después la reina partía para su nueva patria, a la que llegó por Génova y Francia. Pamplona fue la primera ciudad española que la recibió. Don Felipe salió a su encuentro en Guadalajara, donde se ratificó el matrimonio, con la bendición del patriarca de las Indias, el 24-XII-1714.

Pocos días después, en Jadraque, Isabel de Farnesio, que había recibido un minucioso informe de Alberoni sobre la situación de la corte, licenció de su servicio a la princesa de los Ursinos. Este hecho no fue un simple cambio de influencias femeninas, sino una verdadera revolución en la monarquía española, que desde el advenimiento de Felipe V parecía ser un instrumento de la política de Luis XIV.

Asociadas las ambiciones de la nueva reina a su extrema fecundidad (de 1716 a 1720 dio a luz a cuatro hijos: Carlos, Francisco, María Ana Victoria y Felipe, motivaron la aplicación de un vasto plan para restaurar el poder de España en Italia, al objeto de asegurar para sus sucesores unos estados que era de presumir se les negarían en el reino de España, ya que el rey tenía dos descendientes varones de su primera esposa. Artífices de estos proyectos fueron Alberoni y Ripperdá, los cuales lanzaron a España en el torbellino de la diplomacia y de los campos de batalla de Europa.

Fracasada las dos tentativas de Alberoni en 1717 y 1718 ante la Triple alianza (tratado concluido en 1717 entre Gran Bretaña, Francia y las Provincias Unidas para mantener el tratado de Utrecht contra España, y que se convirtió en Cuádruple alianza cuando se unió a ella Austria en 1718), y no habiendo obtenido éxito las negociaciones de Cambrai (1721), por lo menos en lo que motivaba su reunión, o sea, las investiduras de los ducados de Parma, Plasencia y Toscana a los hijos de Isabel de Farnesio, los monarcas españoles decidieron abdicar en favor de Luis I, lo que tuvo efecto el 10-I-1724.

La prematura muerte del nuevo soberano (31-VIII-1724) planteó la cuestión sucesoria, que Felipe V, influido por su esposa, resolvió volviéndose a hacer cargo del poder. Desde ese momento puede decirse que España solo conoce una voluntad, la de Isabel de Farnesio.

Ella preconiza la alianza de Felipe V con Carlos VI de Austria los dos antiguos rivales, lograda por un aventurero sin escrúpulos, el barón de Ripperdá, en la entrevistas de Viena de 1725; ella induce a Felipe V a participar en las guerras de sucesión de Polonia (1733-1737) y de la Pragmática Sanción (1740-1748); ella negocia, establece y rompe alianzas, intriga, nombra ministros y protege a los que cree han de aumentar su poder al enriquecer y remozar la nación.

Para España, Isabel consigue un indiscutible aumento de prestigio, aunque, a todas luces, desproporcionado al esfuerzo requerido a los españoles y a los resultados prácticos alcanzados. Para ella, la reina, logra establecer a su primogénito Carlos en los ducados de Parma y Toscana (1731); luego, darle la corona real de Nápoles y Sicilia (1737), hasta esperar que, por la paz de Aquisgrán, don Felipe, su tercer hijo varón y el segundo sobreviviente, reciba los ducados de Parma, Plasencia y Guastalla (1748).

En esta fecha, Isabel hacía dos años que había enviudado (9-VII-1746). Al advenir al trono Fernando VI se había retirado al real sitio de San Ildefonso, pues de sobras de constaba que no era bien vista en la corte de su hijastro. Aquí vivió durante trece años, sin intervenir en negocios de Estado. Pero a fines de su vida aún había de tener la alegría de ver a su amado hijo Carlos al frente de los destinos de España.

Muerto don Fernando VI, Isabel se encargó de la regencia del reino desde el día 17 de agosto al 9-XII-1759, en que llegó a Madrid, procedente de Nápoles, el legítimo soberano. Su madre residió en la corte durante varios años. Murió en Aranjuez el 11-VII-1766.

R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, pág. 103.