El Motín de Esquilache

Introducción

Motín de EsquilacheImposición de la capa corta y el tricornio, litografía de la colección Origen del Motín de Esquilache, autor anónimo.

Se conoce con este nombre la insurrección del pueblo de Madrid contra el ministro de Carlos III, marqués de Esquilache. Duró esta insurrección del 23 al 26-III-1766 y tuvo por causa la real disposición publicada con gran solemnidad y ceremonia el 10 del citado mes, obligando a todo el mundo, bajo la pena de multa y cárcel, a que dejase la capa larga y el sombrero redondo y adoptase la capa corta y el sombrero de tres picos.

Alegaba el autor de la disposición que las prendas que se prohibían daban a los españoles cierto aire poco culto y aun aspecto sospechoso. El disgusto que causó semejante providencia se manifestó muy pronto: aquella misma noche fueron arrancados todos los bandos de las esquinas y a la mañana siguiente apareció un cartel sedicioso amenazando al ministro y diciendo que había más de tres mil hombres dispuestos a levantarse. Los alguaciles quitaron el cartel, cobraron multas a los que veían con capa larga y prendieron a los que se resistían. Esto dio lugar a lances desagradables, en que se cruzaron las espadas.

Con esto y con observarse que los hombres del pueblo dieron en andar por las calles y pasar por delante de los cuarteles en cuadrillas y en ademán provocativo, se encomendó al mariscal de campo Francisco Rubio el cargo de hacer cumplir el bando auxiliado de su tropa, lo cual dio ocasión a nuevos choques y a nuevas burlas del pueblo, que, resuelto a alzarse, hizo como unas ordenanzas para la dirección del motín.

Este documento se titulaba: Constituciones y ordenanzas que se establecen para un nuevo cuerpo que en defensa de la patria ha erigido el amor español, etc.; constaba de 15 artículos, en los que se decía que no se admitiría en el cuerpo a ninguno que no fuera español honrado, generoso, fiel y obediente, y concluía Lo que hemos de pedir se establezca que sea la cabeza del marqués de Esquilache, y si hubiese cooperado, la de Grimaldi. (Grimaldi era otro ministro de Carlos III, de origen italiano como Esquilache).

El día 2 de Marzo regresó el rey del Prado, donde había hecho una excursión cinegética, y al día siguiente, que era Domingo de Ramos, a eso de las cinco de la tarde, se observó que se paseaban por delante del cuartel de inválidos de la plazuela de San Martín, dos hombres embozados, uno de ellos con sombrero blanco, como haciendo alarde de no dárseles nada, ni por el bando, ni por la tropa. A este último se llegó un soldado, que trató de prenderle, y el paisano tercio la capa y tiró de la espada. La guardia acudió; los embozados dieron un silbido, y a esta señal se vio desembocar otros de las calles contiguas; el oficial mandó retirar la tropa, quedando el campo libre a los amotinados, quienes puestos en fila, salieron por la calle de Atocha haciendo despuntar el sombrero a cuantos encontraban y obligándoles a que los siguiesen y gritasen: ¡Viva el Rey! ¡Viva España! ¡Muera Esquilache!.

Al llegar los grupos a la plaza Mayor, se les incorporó otra porción de gente que en la misma actitud venía, por la calle de Toledo, de la plaza de la Cebada y, unidos, marcharon a la plaza de Palacio para ver al rey. De Palacio salió el duque de Arcos, capitán de guardias de Corps, a decirles en nombre del rey que se aquietaran y retirasen, que todo se les concedería. Se retiró la muchedumbre y un grupo de unos, 1.000 sediciosos se dirigió a la morada del marqués de Esquilache; y forzada la puerta, con muerte de un mozo de mulas que con otros criados intentó resistir, penetraron en la casa, atropellándolo todo.

No hallando al ministro, que había pasado el día en el real sitio de San Fernando, intentaron pegar fuego a la casa, mas al cabo se contentaron con romper los vidrios y llevarse los comestibles que encontraron. Fueron enseguida a casa del marqués de Grimaldi, que era el ministro de Estado, donde procedieron en igual forma. Gran parte de la noche cundió el desorden, concluyendo con quemar en plaza Mayor el retrato del marqués de Esquilache. Nada hicieron los guardias de Corps, ni las guardias españolas y valonas, únicas tropas que había en Madrid.

Al día siguiente se renovaron los desórdenes, tomando un carácter más imponente y sangriento, pues los valones que prestaban guardia en Palacio hicieron fuego contra el pueblo al querer este penetrar por el Arco de la Armería. En la plaza Mayor la tropa disparó también contra los amotinados. Una consternación pavorosa reinaba en la población. En Palacio se celebraba a presencia del rey un Consejo para acordar lo que convendría hacer en tan críticas circunstancias. El duque de Arcos, el conde de Gazzoli, italiano y comandante general de la artillería, y el conde Priego, coronel de las guardias valonas, opinaron que se hiciera uso de la fuerza y del rigor contra los tumultuosos.

De contrario sentir fueron el marqués de Sarriá, el conde de Oñate y el de Revillagigedo, presidente del consejo de guerra. Estos tres últimos aconsejaron al rey que diera satisfacción al pueblo, por estimar fundadas sus quejas y justas sus reclamaciones contra las demasías del marqués de Esquilache y antipopular y ofensiva su providencia de las capas y sombreros.

Optó el rey por el dictamen de estos tres últimos y mandó que se dejase entrar la plazuela de Palacio a cuantos quisiesen. Entró tanta gente, que no cabía allí de pie. Entonces los duques de Arcos y Medinaceli; escoltados por guardias de Corps, salieron a calmar al pueblo ofreciendo a nombre del soberano que le sería concedido cuanto pedía; mas como indicasen ser necesario cierto plazo para esta concesión, la voz de los emisarios se vio ahogada por la muchedumbre que exigía hubiera de ser en el acto.

Viendo la ineficacia de este método, se acudió a otro más ingenioso. Había en el convento de San Gil un misionero popular que acostumbraba a predicar en las plazas, llamado el padre Cuenca. Este religioso se presentó a los amotinados con una corona de espinas en la cabeza, una soga al cuello y un Crucifijo en la mano, y comenzó a exhortarlos; mas viendo el giro que daba a su discurso Déjese de predicarnos, padre, le dijeron, que cristianos somos por la gracia de Dios, y lo que pedimos es cosa justa.

Entonces, variando de tono, les indicó que él mismo iría a hablar al rey toda vez que le dijeran lo que solicitaban. Uno, al parecer clérigo, se ofreció a redactar la petición, que constaba de los de los extremos siguientes:

    1. Que se destierre de los dominios de España al marqués de Esquilache y su familia
    2. Que no haya sino ministros españoles en el gobierno
    3. Que se extinga la guardia Valona
    4. Que se bajen los comestibles
    5. Que se suprima la Junta de Abastos
    6. Que se retiren las tropas a sus respectivos cuarteles
    7. Que se conserve el uso de la capa larga
    8. Que su majestad se digne a salir a la vista de todos para oír de su boca la palabra de cumplir y satisfacer las peticiones.

Partió el padre Cuenca a Palacio, y allí se resolvió acceder a la demanda de los amotinados; el rey salió al balcón, y en otros apareció el padre Cuenca con los capítulos que el pueblo le había entregado. Los leyó el religioso uno por uno, y según los leía iba accediendo el rey a lo que en ellos se solicitaba.

Los sublevados tiraron los sombreros al aire y clamaron alborozados: Viva el Rey.

Una hora más tarde, el pueblo estaba sosegado y tranquilo. Llegada la noche, se juntaron varias cuadrillas de hombres y mujeres, que con hachas de viento y las palmas del Domingo de Ramos fueron en procesión a Palacio dando parabienes y vivas al monarca. Recorrieron varias calles hasta media noche y luego se retiraron. La familia real, los duques de Medinaceli, de Arcos y de Losada y el marqués de Esquilache salieron a la una de la madrugada para Aranjuez.

Ni el pueblo en su sorpresa ni en su disgusto pudo dejar de dar a esta fuga la interpretación más siniestra y hostil, ni los instigadores del motín perdieron la ocasión de persuadirle que aquella ausencia del monarca envolvía el propósito de hacer caer la real venganza de la manera más dura sobre los alborotados. No se necesitaba más para que la alegría de la víspera se trocara en indignación furiosa. La población tomó un aspecto trágico.

El primer impulso del pueblo fue marchar a Aranjuez, a traer el rey a la capital y pedirle satisfacción del desaire; mas estando ya fuera, los directores de las turbas acordaron acordonar la corte e impedir toda comunicación con el Real Sitio, como así lo hicieron, obligando a retroceder a los mismos secretarios de Despacho y a personas de la servidumbre, no sin apoderarse de paso de un almacén de pólvora que había en el inmediato pueblo de Carabanchel.

Después de esto los amotinados se encaminaron a la casa del obispo Diego de Rojas, gobernador del Consejo, a quien intimaron que fuera a llevar su demanda al rey. El prelado obedeció, tomó su coche y salió acompañado de la multitud.

No anduvo mucho camino, pues al llegar al puente de Toledo ocurrió a los directores del motín la idea de que podría el obispo quedarse allá y no volver; y así les pareció mejor que regresase a su casa; que extendiera y firmara un memorial a nombre del pueblo, en que se recapitularan todas sus quejas y agravios, que le pusiera en manos del rey y volviera con la respuesta; y para mayor seguridad iría acompañándole alguno que pudiera dar testimonio de como ejecutaba su comisión.

A todo se plegó el prelado. Se hizo el memorial y lo firmó el obispo, si es que no podemos sospechar que estuviera hecho de antemano, a juzgar por su extensión y por sus conceptos, que ni uno ni otro podía ser obra de breves y agitados instantes. A llevar la representación a Aranjuez y presentársela al monarca y volver con la respuesta se brindó un hombre de la plebe, llamado Diego Abendaño, natural del Toboso. Aceptado fue con gusto por los sublevados el humilde representante de sus votos e intereses, y en su virtud partió en posta para Aranjuez, quedando todos pendientes del resultado de su misión.

Todo el tiempo que transcurrió desde la salida hasta la vuelta de Abendaño, dominaron el desorden y el alboroto; los grupos recorrían las calles gritando ¡Viva España! y ¡Muera Esquilache! o recogiendo armas y municiones de los cuarteles, manteniéndose en completa inacción la tropa, que acaso llevó al extremo la orden que tenía de no hacer armas contra el pueblo.

Se notaron dos cosas singulares en aquel día: la primera, que los alborotados, dueños de la población y siendo casi todos gente grosera y muchos necesitados y pobres, ni robaran ni maltrataran a nadie; la segunda, que si bien los que comían y bebían en las tabernas nada pagaban, no tardaban en presentarse otras personas a preguntar el importe del consumo hecho, el cual satisfacían con largueza.

Unido esto a la circunstancia de haberse observado que a algunos de los que andaban en traje humilde solía vérseles la delicada camisa al desembozarse, y que otros que iban vestidos de carboneros descubrían la fina media de seda por el zapato y el botín, hizo sospechar, no sin fundamento, que entre la gente rústica y menestral se mezclaban, dirigiendo el movimiento, personas de otra educación y otra clase.

El mensajero de Aranjuez había desempeñado con buen éxito su misión. Por la mañana del día 26 le vio entrar por Madrid la muchedumbre que ansiosa le esperaba; él continuó con jactanciosa seriedad su camino por en medio de las turbas hasta la casa del obispo Rojas, quien se apresuró a convocar el Consejo, y acompañado de él y del portador del mensaje, se encaminó a la plaza Mayor y casa de la Panadería.

Colocados todos en el gran balcón de este edificio, cuajada la plaza de gente, ante un escribano de cámara entregó Abendaño el pliego todavía cerrado al presidente del Consejo y abriéndolo este, lo leyó al pueblo en alta voz y se vio que el rey decía.

que lo mismo desde aquel Real Sitio que desde cualquiera otra parte cumpliría y haría ejecutar cuanto había ofrecido al pueblo de Madrid, pero que, en debida correspondencia, esperaba que se aquietara, en el concepto de que ínterin no diese pruebas permanentes de tranquilidad, no concedería esta gracia.

A primeras horas de la tarde estaba todo tan tranquilo como en los días de mayor calma. Al día siguiente (27), que era Jueves Santo, el marqués de Esquilache, con toda su familia, salió para Cartagena, con escolta para su seguridad, y de allí partió a Nápoles el 13 de Abril, para establecerse después en Sicilia.

En el ministerio de Hacienda le reemplazó Miguel de Muzquiz y en el de la Guerra, el teniente general Gregorio de Muniain.

Ni los contemporáneos ni los historiadores modernos han podido poner en claro quienes fueron los instigadores del motín, que estuvo a punto de repetirse pocas semanas después a consecuencia de las excitaciones que por manos ocultas se le hacían al pueblo.

Se dijo que había proyectos de atentar a la vida del monarca, y por expresiones y amenazas de esta especie que vertió un caballero murciano llamado Juan Antonio Salazar, se le hizo expiar su imprudencia, o su locura, en un patíbulo, y se le cortó la lengua en la plaza Mayor.

«Se supo también, escribe el historiador Lafuente, que el abate Gándara, muy querido del rey, a quien acompañaba mucho y trataba con cierta familiaridad, sugerido, decían, por los padres de la Compañía de Jesús, seguía una correspondencia sospechosa en aquel mismo sentido, de cuyas resultas se le mandó prender y se le llevó al castillo de Pamplona. Se presume que varios otros fueron castigados secretamente en las cárceles, pues se iba echando de menos a algunos de los que más se habían distinguido en el motín, sin que se pudiera averiguar su paradero.»

Se había ya susurrado bastante que una gran parte del dinero con que se sufragaron los gastos de los sediciosos procedía de mano y de persona no vulgar, y la sospecha pública de este hecho recaía sobre el Marqués de la Ensenada, ministro, dice un contemporáneo, con quien la rueda de la fortuna hizo toda suerte de habilidades. Aunque cubierto todavía este asunto con cierto misterio, que el tiempo no ha llegado a aclarar, el rumor adquirió más validez cuando se supo haber llegado orden del rey (18-IV-1766) desterrando al marqués de la Ensenada a Medina del Campo, donde más adelante acabó sus días.

Los sucesos de Madrid tuvieron eco en algunos otros puntos de la monarquía: Zaragoza, Cuenca, Palencia y en algunas localidades de Andalucía, Guipúzcoa, Navarra y Cataluña. Estos disturbios se promovieron, principalmente, a causa de la carestía de los víveres y del descontento general del pueblo para con sus gobernantes.

El Gobierno apagó la sedición con mano fuerte. Las gracias concedidas a los madrileños durante el motín quedaron denegadas y anuladas; los guardias valonas fueron mantenidos por mandato real (6 de julio); se dictaron órdenes privando a los eclesiásticos de que se mezclaran a tumultos populares y cerrando las imprentas; aumentó la suspicacia con que era mirado el clero; se abrió un juicio reservado de pesquisas cuyo seguimiento se encomendó a jueces investidos de facultades omnímodas; y considerándose ya bastante fuerte el Gobierno, se propuso hacer variar el traje de los ciudadanos, adoptando el mismo que diera origen al motín de Madrid.

Los grandes de la Corte dieron el ejemplo de usar la capa corta y el sombrero de tres picos; a los cortesanos siguieron los representantes de los gremios y los diputados; y siguiendo todos por el mismo tenor, quedó establecida la moda de tales prendas, a la que se dio luego el nombre de moda de Esquilache.

El motín de Madrid es también conocido en la historia con el nombre de motín de las capas y de los sombreros. Todos los historiadores parciales o sectarios hacen hincapié en la supuesta participación de los jesuitas en el motín de Squilache; pero basta leer a los más imparciales y concienzudos para persuadirse de que el motín tuvo carácter político y social, mediando en él la rivalidad del Marqués de la Ensenada contra Squilache y el odio de la nobleza española a los intrusos gobernantes italianos.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1991, tomo 57 págs. 912-914.