La Guerra de Granada

Introducción

Impacientes estaban por demás los soldados españoles deseando medir las armas con los moros de Granada. A esta ciudad y su vega estaba circunscrita la guerra. Mas la ciudad tenía inmenso circuito y fuertes torres; la vega era extensa, fértil y poblada; los montes, que la circuyen, ásperos y fragosos; y los montañeses valientes y arrojados.

La rendición de Granada, por Francisco Pradilla (1882). Palacio del Senado, Madrid.La rendición de Granada, por Francisco Pradilla (1882).

En nada tenían esto los españoles: lo creían todo llano y sencillo; y los que habían acometido tan grandes hazañas despreciaban las dificultades que aun debían presentarse.

Fernando ofrece la paz a Boabdil

El soldado español, heredero del valor del romano, de la sobriedad del godo, de la movilidad del árabe, sentía dentro de sí deseo, o más bien, necesidad de pelear. Don Fernando creyó que debía reprimir el ardor de los suyos; conoció que la plaza estaba bien provista de víveres, que tenía que habérselas con muchos y valerosos soldados, restos de anteriores conquistas, fuertes y agraviados, y juzgó que sería imprudente establecer desde luego un sitio formal. Pensó mejor ofrecer condiciones generosas y empezar pláticas de paz.

Boabdil había prometido entregar la ciudad tan luego como sucumbiera Guadix; mas ni quería, ni podía llevar a cabo su empeño. Encerrado en la Alhambra, oculto a las miradas de su pueblo, solo llegaban a sus oídos las maldiciones de los suyos. ¿Cómo un monarca tan abatido, y casi destronado, podía contar con los medios y auxiliares necesarios para cumplir su compromiso? Así lo hizo presente al rey castellano, que escribió al Diván para que optase entre las condiciones otorgadas a Guadix y Baza, y las terribles que sufrió Málaga.

En el consejo habló el valeroso Muza, enardeció los ánimos, y todos acordaron morir, primero que doblar la cerviz al yugo cristiano.

Ya no había que esperar medios pacíficos, y el rey juzgó indispensable aplazar la guerra para el año siguiente, limitándose por entonces a talar la vega, privando de recursos y víveres a los granadinos, que irían de día en día consumiendo sus almacenes. Ardieron los pueblos de la vega, ardieron los sembrados, fueron talados los árboles, apresados o muertos los ganados, y veinte mil infantes taladores y cinco mil jinetes llevaron durante un mes (en la primavera de 1490), la consternación y el espanto por donde quiera.

Los granadinos, aspirando el humo de aquel terrible incendio, a las órdenes de Muza trataron de hacer frecuentes salidas, estableciendo emboscadas, y empeñando sangrientas escaramuzas. Fernando, que no quería luchas estériles, ni efímeros triunfos, prohibió a los suyos que peleasen; y mandó continuar con mayor dureza la devastación y el incendio. Y aproximándose un día a la ciudad, bajo sus muros, al lado de la acequia grande, armó caballero el rey de Castilla a su hijo el príncipe Juan, niño de doce años, que por desgracia de la patria murió en Salamanca ocho años más tarde, y yace en el convento de Dominicos de Ávila.

Los moros de Granada en sus diferentes salidas se guarecían en el fuerte de Román, a dos leguas de la capital. Otean a deshora desde la torre más alta del castillo una cabalgada de jinetes moros, llevando a su usanza por delante los ganados de que se habían apoderado. Llegan, piden a su gobernador permiso para guarecerse de los cristianos, que dijeron venían en su persecución, entran en la fortaleza, se apoderan de los puestos militares, ocupan las puertas y almenas, y, dueños del recinto, aclaman reyes a Fernando y Doña Isabel.

El Zagal se alía con los cristianos

¿Quiénes eran estos soldados? Los mudéjares, o sean los moros que vivían sometidos a los cristianos, y los mandaba el valiente Cidi Yayhe, que quiso dar una prueba a la reina de la lealtad de su sumisión. En odio a Boabdil, se presentó su tío el Zagal a pelear en el ejército cristiano contra los hombres de su fe y de su ley. Cuando supieron en Granada la conducta de estos príncipes, se llenó el pueblo de justa indignación, apellidando traidores a los que tuvo antes por caudillos.

En la reacción que esto produjo les achacaban todos los males de la patria y como la plebe amotinada busca siempre los extremos, volvieron los ojos a Boabdil y le declararon inocente de las anteriores fallas. Ignoraba el débil monarca lo que ocurría, cuando oye voces de aclamación y gritos de entusiasmo a las puertas de su palacio. Rejuveneció el valor de los moros, cesaron por un momento las discordias; Boabdil resolvió salir a campaña, y llegó a su colmo el entusiasmo público.

Mas los cristianos se habían retirado al interior, y al llegar Boabdil con su gente no tuvo ya contrarios. Avanzado en tierra enemiga, ocupaban los españoles el castillo de Alhendin, cuyo gobernador, Mendo de Quesada, tenía a sus órdenes poco más de doscientos valientes. Los moros aprovecharon el entusiasmo que había renacido, sitiaron la plaza, la asaltaron muchas veces inútilmente, mataron gran número de los defensores, que se resistieron con heroísmo o, seguros de que no podían ser socorridos.

Minaron los moros el castillo y sustituyeron a sus cimientos puntales de madera para quemarlos, y lograr que se desplomase el fuerte. Mendo capituló; los moros quemaron los puntales, y desapareció Alhendin.

Marchena y Buduluy se rinden, y al ver tan feliz comienzo de guerra, bajan las gentes de las montañas, se enardece la juventud mora, y se oyen cantos de alegría donde antes lúgubres endechas. Un escuadrón de la primera nobleza de Granada penetra en el reino de Jaén de improviso, recoge ganados, hace muchos cautivos; mas el adelantado de la frontera, el conde de Tendilla, les arma una emboscada, mata la mayor parte de los jinetes, rescata los cristianos, se apodera de las presas, y detiene de este modo a los ya envalentonados musulmanes.

Salobreña se entrega a Boabdil

Un puerto hacía falta a los granadinos; toda la costa estaba por los cristianos, y carecían de comunicación con África, de donde aguardaban auxilios poderosos. Se decide Boabdil a tomar el de Salobreña: su gobernador, el célebre Francisco Ramírez, estaba ausente en Córdoba. Llegan las tropas de Boabdil a la vista de la plaza, habitada tan solo por moros mudéjares, que en cuanto vieron el estandarte de Mahoma, y supieron que Boabdil en persona estaba próximo, olvidaron la fe y lealtad juradas, y abrieron las puertas a sus antiguos amigos.

La escasa guarnición pudo encerrarse en el castillo, donde padeció los rigores de la sed. Cunde la nueva, se siente en Guadix, Almería y Baza síntomas de rebelión en la gente mudéjar, y se comprende la urgente necesidad de poner pronto y eficaz remedio a tan grave mal. Por un lado llega a la plaza Francisco Henríquez, tío del rey, con poca gente, llevando consigo al hazañoso Hernán Pérez del Pulgar.

Escaso el número para pelear contra el crecido ejército de Boabdil, se limitó a acampar en punto lejano, y a animar a los del fuerte con esperanzas de pronto y eficaz socorro. Pérez del Pulgar con algunos de los suyos resuelve atravesar el campo moro, y penetrar a todo trance en la fortaleza. ¡Temeraria expedición! Bajan sin ser sentidos, pocos en número, pródigos de la vida; acometen de improviso, y espada en mano; y sembrando el campo de cadáveres, llegan a la puerta del castillo.

Grande alegría tuvieron los sitiados, afligidos por la falta de agua, falta que era conocida por los sitiadores. Pulgar para hacerles ver que no había tal escasez, envió a los moros más próximos un cántaro de agua y una copa de plata.

Por otra parte se descubre en el mar una flotilla con naves españolas. El valiente Francisco Ramírez venía con alguna gente a defender o recobrar la plaza. Acampó no lejos y molestó a los moros. Se sabe a poco que el rey Fernando con lucido ejército se aproximaba, y ya Boabdil no atreviéndose a esperarle, levanta el campo, abandona la villa, y se dirige a marchas forzadas a guarecerse en Granada, talando y saqueando al paso los pueblos que dependían del Zagal, y de Cidi Yayhe.

El rey castellano, sabedor de su fuga, trata de salirle al encuentro, y no consigue alcanzarle. Llega a las inmediaciones de Granada y manda arrasar aquellos puntos que no lo fueron por completo en la anterior tala, sin dejar en la vega, como cuentan escritores coetáneos, ni un árbol, ni una mies, ni un ser viviente.

Se traslada el rey a Guadix, Almería y Baza, en donde se habían notado síntomas de insurrección, y mandó a los mudéjares que entregasen los principales conspiradores y jefes del abortado movimiento, previniéndoles que en otro caso los haría embarcar para África. Sea porque todos estaban en el proyecto, sea por dignidad, o por respeto a sus compañeros, a ninguno denunciaron; y el rey envió al África mucha parte de aquella gente, en que no podía confiar, distribuyendo el resto en poblaciones del interior.

Mas a poco se presenta al rey el destronado Zagal ofreciéndole los pueblos que le fueran otorgados, y pidiendo en cambio la suma de cinco millones de maravedís. Aborrecido de los suyos por haber empleado sus armas en favor de los cristianos, viendo a cada paso execrado su nombre, amenazada su vida, pensó volver a África con su familia y sus tesoros. ¡Desventurado! En la tierra que juzgaba amiga, le robaron sus bienes, le cegaron aplicando a sus ojos una plancha ardiendo; y viejo, y enfermo, y ciego, y pobre, prolongó su mísera existencia durante muchos años; los desgraciados no acaban de morirse.

Sitio de Granada

Para arreglar los preparativos del sitio de Granada pasó Fernando a Sevilla y Córdoba, y hechos los aprestos necesarios resolvió cercar la plaza, y estableció sus reales en medio de la vega, en Ojos de Huecar, a dos leguas de la ciudad, el 23-IV-1491. Colocó en sus estandartes un crucifijo y, según los romances de la época, hizo jurar a las tropas que no levantarían el sitio hasta rendir a Granada.

Llevaba en su ejército cincuenta mil soldados, según unos, ochenta mil según los más, y estableció su campamento en cuatro cuarteles, divididos por calles anchas en forma de cruz, y con otras de segundo orden que imitaban un verdadero pueblo. Mandó abrir fosos, poner estacadas, y con lienzos preparados al efecto formó una fingida muralla con sus torreones y saetías.

Se pasmaron los moros viendo por encanto levantada una ciudad con muros y defensas. Llega la Reina Católica al campamento, lo recorre, lo entusiasma; y en cuanto supieron en la ciudad que esta señora había venido, ciertos de su valor, de su prudencia y de su fe, empezaron a desmayar. No era posible tomar por asalto la plaza, era preciso obligarla por el hambre, y se establecieron grandes guardias, se atajaron los caminos que llevaban a la ciudad, se incendiaron los sembrados de los puntos que proveían a Granada, y eran sorprendidos a cada paso los convoyes.

De todo abundaba en el campamento cristiano: la reina con solícito afán había antevisto las necesidades del soldado. Víveres y ropas, armas y municiones, hospitales y lo necesario para la asistencia y curación de enfermos y heridos; todo estaba perfectamente prevenido, sin que fallase nada ni para el solaz y regalo del ejército.

Dentro de la ciudad los bandos de familias poderosas ensangrentaban las calles: Zegríes y Abencerrajes, siempre enemigos, se profesaban odio implacable. Había una mezcla informe de ferocidad y de cultura, se veía a veces entre el agreste y aun salvaje carácter de las diferentes razas, espíritu caballeresco, amor a empresas bizarras, a duelos singulares, a justas y torneos.

Osadía de Tarfe

Venían a desafiar a los principales caudillos cristianos, y en retos singulares perecía la flor de la nobleza de una y otra nación.

Prohibió Fernando estos desafíos; mas un día, el valeroso Tarfe, uno de los mas denodados caudillos granadinos, se acerca sin ser visto al real castellano, salta con su veloz corcel el valladar que dividía el campo, y arroja su lanza con tanto brío, que cayó a gran distancia a la puerta de la tienda que ocupaba la reina, quedando clavada en tierra.

Se vio que llevaba un cartel en que decía que iba dirigida a la reina castellana. Salen en seguimiento del moro, mas ya había llegado a donde le esperaban los suyos, y regresó incólume a Granada.

No era Pérez del Pulgar hombre que sufriese que nadie le sobrepujara en brío y en acciones extraordinarias. Monta a caballo con quince de sus amigos, llega a la ciudad, entra por la puerta que solía estar practicable, recorre las principales calles, y llegando a la mezquita, clava un cartel que a prevención llevaba con el nombre santo de María. Se aperciben en la ciudad, quieren cortarle el paso; mas él, hiriendo y matando, parte a todo escape, y regresa a sus reales.

Tarfe indignado arranca el cartel, lo ata a la cola de su caballo y se acerca al campamento de Castilla; mas el joven Garcilaso de la Vega sale a su encuentro, le embiste, le vence, le mata, y vuelve triunfante trayendo consigo el cartel del Ave María, que fue luego mote y emblema de sus armas.

Desde el campamento no se veía bien la ciudad, y la reina, habiendo recibido al embajador francés, resolvió dirigirse con él a un punto a la falda de Sierra Nevada llamado la Zubia, a una legua del campamento y a otra de Granada, desde donde vio la famosa vega, ya recobrada de la anterior devastación, la Alhambra, el Generalife y las torres que guarnecían la poética ciudad.

No quería la reina que aquel día se pelease; mas sabedores los moros de que Doña Isabel se hallaba en aquel punto, salieron a escaramucear: se generalizó la refriega, y la reina presenció el combate.

Escritores de aquellos sucesos dicen que se ocultó detrás de unos laureles con su comitiva; otros afirman que hizo plantar un laurel para memoria y recuerdo de aquel hecho. Lo cierto es que mandó erigir un convento de frailes de san Francisco, dedicado a san Luis rey de Francia, dedicación que sería tal vez un acto de respeto y veneración al santo, y también de fina atención al embajador que la acompañaba, aunque el cronista de la orden nos lo explique diciendo que san Luis había sido tercero de la religión seráfica —franciscano.—

Lo del riesgo de la reina, lo de haberse cobijado debajo de un laurel y lo de haber sido la acción el dia de san Luis, es todo una consejafábula: asi lo informó al Gobierno la Real Academia de la Historia. La reina no fue con poca, sino con mucha gente, vio la ciudad desde una casa, que aún se conserva, y trabada la pelea, que hubiera querido evitar, pidió postrada de rodillas que Dios protegiese el honor de sus armas.
El cronista de la Santa provincia de Granada del orden seráfico, Fr. Alonso de Torres, escribiendo mucho después del suceso, lo refiere con notoria equivocación diciendo que ocurrió el 25 de agosto, para deducir de aquí la razón de estar dedicada la iglesia a san Luis, que, según el mismo escritor, se apareció a la reina, de quien era tío, y tercero de nuestra orden.
Pedraza varía sustancialmente la relación; el cura de los Palacios y Zurita niegan el hecho. Bernáldez y Pulgar dicen que el suceso ocurrió el 18 de junio, no el 25 de agosto, y no mencionan, ni peligro de la reina, ni por tanto la necesidad de esconderse. Pedro Mártir, que fue a Zubia con la Reina Católica, testigo presencial, nada dice de riesgo, ni de laurel, a pesar de que describe minuciosamente lo ocurrido.
Informada S. M. la Reina nuestra señora en su viaje a Andalucía en 1862 de la tradición vulgar, mandó comprar en subasta pública el convento y huerta. No investigaremos si podía, siendo como era de patronato real, haberlo adquirido por otro título. Aplaudimos la resolución soberana, porque siempre aquel sitio conservará ilustres recuerdos de la Reina Católica.

Gonzalo de Córdoba se quedó aquella noche en celada para caer sobre los moros que saliesen de la ciudad a retirar los cadáveres de los suyos. Vinieron en tanto número, pelearon con tal brío, que pusieron en gran conflicto a los cristianos y mataron el caballo de Gonzalo, que se salvó montando, en otro que le ofreció un soldado.

Una noche se ven llamas en la tienda de la reina, crece el incendio, se propaga, arde todo el campo: costó trabajo a Doña Isabel salvarse y salvar a sus hijos. Fernando, creyendo que sería, no ya casual, como verdaderamente fue, sino debido al enemigo, salió armado de la tienda; todo el ejército acudió a sus banderas; se tomaron precauciones militares; pero se comprendió a poco que ninguna parte habían tenido los moros en aquel desastre.

El levantado ánimo de la reina pensó edificar una ciudad sólida y murada donde antes el campamento de madera y lona, y empleando los grandes recursos con que contaba, construyó en solo ochenta días una ciudad con muros y torres, templos, hospitales y fuertes edificios. Se vieron los membrudos —fornidos— soldados dedicarse a las artes de la paz, acarrear y preparar materiales, y consagrar sus fuerzas a la construcción de fosos y baluartes.

El ejército deseaba que la nueva ciudad llevase el nombre de la gran reina; pero esta ilustre señora no lo consintió, y dio al nuevo pueblo el nombre de Santa Fe, que en el día conserva.

En medio del campo, siguiendo con interés los movimientos del ejército, se veían dos figuras extrañas, que llamaban la atención de las gentes. No eran militares, y estaban mezclados con los soldados; no eran españoles; ni se distinguían por títulos nobiliarios, ni por su riqueza. Modestos en el vestir, se acercaban alguna vez a la reina, que los acogía benigna, no siéndolo tanto la manera con que los consideraba el rey. Eran padre e hijo: el primero, encanecido antes de tiempo, llevaba en su frente levantada y en sus ojos de fuego, impresa la llama del genio.

Le tachaban en el campamento de loco, burlaban de él, mientras miraban con interés la inocencia de su tierno niño. Aquel hombre iba dé nación en nación ofreciendo un mundo, y era, como le llama un poeta italiano, Nudo nochier promettitor di regni. Los sabios no le entendían, los políticos le miraban como visionario, y solo Doña Isabel comprendió que era uno de los seres, a quienes la Providencia descubre, parte de sus arcanos.

El tiempo avanzaba; Granada cada día estaba más desanimada, se sentía en ella escasez, y en lontananza veían los habitantes, el horrible espectro del hambre. Crecían los odios, las familias poderosas se hostilizaban cada vez más; y Boabdil, pasado el relámpago, de su esplendor, había vuelto a oscurecerse, siendo mirado por los suyos con insolente desdén. Los Reyes Católicos trataron de entenderse con él, escucharon a sus emisarios, y con cauteloso sigilo empezaron negociaciones de paz.

Gonzalo de Córdoba negocia la paz

El gran Gonzalo de Córdoba fue uno de los negociadores; conocía bien la lengua y las costumbres de los moros, y era considerado por su nacimiento y por su lanza. Largas y trabajosas fueron las pláticas de paz; se celebraron unas veces en la misma Alhambra, otras en campo abierto, o en el pueblo de Churriana, a una legua de los muros.

Empezaron a trascender, fueron bien escuchadas por algunos de la ciudad, las acogió el Diván, y en 25 de noviembre se firmaron dos capitulaciones: una particular con Boabdil, y otra con la ciudad en que se decía.

que la hayan de entregar dentro de sesenta días primeros siguientes, que se cuentan desde veinticinco días de este mes de noviembre, que es el día del asiento de esta escritura de capitulación.

En abril del año anterior (1490) había casado Doña Isabel, hija primera de nuestros reyes, con Alfonso, hijo primogénito de Don Juan II, rey de Portugal. Las aparatosas funciones que se hicieron en Sevilla, en que Don Fernando justó —peleó—, quebrando muchas lanzas; las joyas y preseas, el rico dote, mayor que el que acostumbraban llevar las infantas, lo cuentan prolijamente nuestros escritores, y el notable recibimiento y los festejos con que en Estremoz se obsequió a la princesa castellana, prenda de paz entre ambos reinos.

Mucho sintió la Reina Católica separarse de su hija; sintió más volverla a ver a los ocho meses viuda, muerto Alfonso de una caída de su caballo. Cuando falleció el infante de Castilla Juan, recayeron los derechos de la corona en Doña Isabel; casó con Manuel rey de Portugal, y se creía lograda la unión de ambos reinos. La divina Providencia lo dispuso de otro modo.

Hambre en Granada

En tanto el hambre afligía a la ciudad, los ánimos abatidos no se agitaron a la voz de Muza, único patricio que tenía en algo el decoro de su nación. Dios lo quiere, exclamaba fanáticamente Boabdil; se repetía esta frase por el Diván, cundía por el pueblo, que se consideraba perdido si no se cumplía la estipulación. Veían en ella conservado el derecho a vivir en Granada, respetados sus bienes, asegurado el ejercicio de su ley; y por otra parte no tenían jefes que los acaudillasen, ni soldados que quisieran empuñar las armas.

Muza les hablaba con ardor, les proponía muerte gloriosa, preferible a degradante y ominoso cautiverio. Dios lo quiere, era la única respuesta que llegaba a sus oídos. El valeroso Muza monta a caballo y acercándose al real castellano, rompiendo la tregua concertada, empezó a herir y a matar a una escuadra de veinte hombres, que encontró al paso. Más de la mitad mordían la tierra, cuando cayó muerto el caballo de Muza; los nuestros querían conservar la vida de un valiente.

Se negó a todo; puñal en mano acometía a cuantos se le aproximaban, y viéndose ya con las ansias de la muerte, se arrojó al rio, y con el peso de las armas se sumergió en el fondo. Así murió el último caballero de Granada.

Con solícita previsión cuidaba Fernando de que no entrasen víveres en la plaza. Conocía el carácter inquieto y movedizo de los moros, y temía que en desapareciendo el mal presente, variasen de opinión y faltasen a la capitulación contratada. Supo que se procuraba excitar los ánimos; que un santón recorría las calles de la ciudad clamando contra la capitulación ; que se le habían unido veinte mil moros; y que luego, abatidos por el hambre, habían abandonado la actitud amenazadora.

Sale Boabdil del alcázar, arenga al pueblo, le hace ver la voluntad del cielo, achaca tan miserable estado a los pecados suyos y de su pueblo, y envía mensajeros al real cristiano, ofreciendo entregar la ciudad antes del plazo estipulado. Se concierta la forma de la entrega: abandonan la madre de Boabdil, la valerosa Aixa, y su esposa, la fiel Moraíma, la Alhambra, y salen para la Alpujarra acompañadas de pocos fieles servidores.

Boabdil entrega las llaves de Granada

Llega el 2 de enero (1492) uno de los días más grandes que lucieron en España: el gran cardenal Mendoza se adelantó con parte del ejército para tomar posesión de la ciudad en nombre de los reyes. Tardó en dar la vuelta al muro para entrar por el punto señalado.

Seguido de pocos, con triste y humillado semblante sale Boabdil a caballo de la ciudad, y cerca de una antigua mezquita, hoy ermita de san Sebastián, llega a la presencia de los reyes. Trata de apearse para hacerles acatamiento: no lo consienten y le acogen con la mayor distinción. Entrega Boabdil las llaves de Granada diciendo.

Tuyas son, o rey, así lo ha querido Alá; usa de tu triunfo con moderación y clemencia.

La reina trató de consolarle con sentidas palabras, y le devolvió el hijo que estaba en rehenes. Impacientes estaban los reyes y el ejército por ver la señal convenida. Tenían alguna asechanza en la ciudad, y que los moros agraviados cometiesen algún atentado, hijo de la desesperación.

Aparece a poco en la torre de la Vela el guión de plata del arzobispo y el pendón de Santiago. Prorrumpe la tropa en gritos entusiastas de alegría, y puestos de rodillas los reyes, los caballeros y los soldados, dan gracias al Dios de los ejércitos por tan insigne suceso, y entona el clero el cántico de victoria, el Te Deum laudamus.

Se purificó la mezquita mayor; salieron de las mazmorras cinco mil cautivos, y se dispuso lo conveniente para el solemne recibimiento de los reyes, que entran el día 6 procesionalmente en la ciudad, y prohíben bajo severas penas que se cometiese la menor vejación contra los rendidos habitantes.

Aquel día se envainó en Granada la espada que se desnudó en Guadalete. Setecientos ochenta y un años de guerra costó la recuperación del reino. ¡Cuánta sangre! Cuántas hazañas!

En tanto Boabdil seguía silencioso el camino de la Alpujarra, en busca de su esposa y de su madre. Las encuentra en el lugar convenido, y continuando la marcha a Porcuna, llegan a una eminencia desde donde se descubría la perdida ciudad, que por última vez debía aparecer a su vista.

Se detienen todos a contemplarla, llenos los ojos de lágrimas y el corazón de luto. ¡Nunca les pareció tan hermosa! Boabdil prorrumpió en acerbo llanto: Llora, hijo mío, le dijo su madre, llora como débil mujer, ya que no supiste defenderla como hombre. Boabdil exhaló un profundo suspiro... aquel punto se llama, y se llamará mientras el mundo exista, el suspiro del moro.¡Cuánta enseñanza ofrece la conquista de Granada! ¡Cuántas lecciones!.

Ya veremos su grande influencia en la vida de la nación. Ochenta y nueve días después, el 31 de marzo, dieron los Reyes Católicos un decreto expulsando los judíos de España, decreto recibido con júbilo por el pueblo, condenado por los modernos escritores. Libre el país de la dominación agarena, se recordaba que los judíos habían protegido la venida de los moros a España, los culpaban por su orgullo, su doblez, sus malas artes; los acusaban de atraerse prosélitos.

En varios pueblos se hacían hecatombes de israelitas, y perseguía la inquisición sin descanso a los judaizantes. Los Reyes Católicos, que habían separado a los cristianos de los judíos, que habían dispuesto que viviesen solos en sus juderías los individuos del pueblo deicida, que los habían hecho abandonar la Andalucía antes del cerco de Granada, decretaron su expulsión.

Les dieron sin embargo cuatro meses para que vendieran sus fincas y salvasen su fortuna, y aunque exceptuaron el oro y la moneda, cuya extracción estaba prohibida por la ley, por letras sobre León, Venecia y otros puntos trasladaron al extranjero sus riquezas. Estos desgraciados, sin patria, sin hogar y sin templo, salieron de España, y aun hoy conservan el nativo idioma, y como dice un escritor antiguo: patriara hispanorum linguam mordicus retinent.

Expulsión de los judíos

La reina, que había conseguido la unidad del territorio, deseaba la unidad de la fe. Los que se pasman de la expulsión de los judíos de España en 1492, olvidan la suerte que les cupo en otros países, de donde fueron lanzados cruelmente.

En Francia desde el siglo XI hasta la mitad del XIV fueron perseguidos, víctimas de sangrientas ejecuciones. Los lanzaban del país, los admitían de nuevo a precio de cantidades inmensas, y en 1395 fueron expulsados del mediodía de Francia.
En Inglaterra, el mismo día que se coronó Ricardo I Corazón de León, fueron asesinados por el populacho. Juan Sin Tierra exigió cuatro mil marcos de plata por consentirlos en aquel país, de que fueron lanzados en 1290.
En Portugal, donde hallaron acogida por ocho meses los judíos desterrados de España, se les obligó a pagar un tributo o capitación, y fueron expulsados en 1495 por el rey Manuel. Lo mismo podemos decir de otros países; para juzgar una época, conozcamos su espíritu.
R.B.: CAVANILLES, Antonio, Historia de España, Madrid Imp. de J. Martin Alegría, 1860-1863, Tomo V, libro VII cap. V, págs. 5-26.