Batalla de Clavijo844

Supuesta batalla entre Ramiro I y los ejércitos de Abderramán II, en la que se habría aparecido el apóstol Santiago combatiendo contra los moros, montado en un caballo blanco. Por ella se habrían libertado los cristianos del vergonzoso tributo de las cien doncellas, que venía de tiempos del rey Mauregato, y en agradecimiento a la ayuda del Apóstol, Ramiro, en el célebre privilegio de los Voto y (supuesto del 25 de mayo de 844, en realidad una falsificación del siglo XII), establece para los habitantes de toda España, conforme fuera liberándose su territorio, la obligación de pagar a la iglesia de Santiago una medida de trigo y otra de vino por cada yugada de tierra. Aunque el tributo pudiera tener una base real en un voto de Ramiro II en la batalla de Simancas, la leyenda, que ha tenido y tiene aún acérrimos defensores, y ha dado motivo a una bibliografía extensísima, carece de todo fundamento histórico, Ninguna de las más antiguas crónicas cristianas de la Reconquista (Alfonso III, Albeldense) la menciona, y la existencia de esta batalla ni siquiera se plantea a un historiador serio. Hubo, sí, en Clavijo o Monte Laturce, una batalla real entre Ordoño II y Musa ben Musa Qasi, probablemente el año 859 cf. Sánchez-Albornoz, La auténtica batalla de Clavijo, CHE, IX, 1948, págs. 94-139, al atacar el rey asturiano la ciudad fuerte de Albelda. En ella fue malherido el reyezuelo musulmán, que escapó a duras penas de caer prisionero, y fue muerto un yerno suyo, noble cristiano, llamado García.

VÁZQUEZ DE PARGA, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E págs. 846-847.

Batalla de Simancas939

El año 939, Abderramán III había preparado una expedición contra León, cuyos resultados él creía que debían ser decisivos. Tomaban parte en ella más de cien mil hombres, y el propio califa se puso al frente del ejército y denominó orgullosamente la expedición Campaña de Omnipotencia. Sin embargo, los ejércitos cristianos aliados, de Ramiro II, Toda Aznar, regente de Navarra, y Fernán González, conde de Castilla, derrotaron completamente a los musulmanes, y el propio Abderramán debió huir dejando en su campamento su Corán y su cota de mallas de oro. Según la versión tradicional, la derrota, motivada por rivalidades internas entre los jefes musulmanes, se había completado en Alhandega, al sur de Salamanca; pero Lévi-Provençal, que utiliza un relato de Ibn al Jatib, reflejo de otro de Ibn al Hayyan, cree poder negar la realidad de esta segunda batalla, que habría nacido de una confusión entre el foso de Simancas contra el que fueron aculados los soldados califales y el nombre árabe de Alhandega, que significa la ciudad del foso. Trescientos oficiales de la caballería árabe fueron crucificados al llegar a Córdoba, como responsables del pánico del ejército. La batalla se dio el 1 de agosto. Su resonancia fue europea, haciéndose eco de ella el Anónimo de Saint Gall y Luitprando.

VÁZQUEZ DE PARGA, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E pág. 669.

Batalla de Tamarón1037

Al heredar Fernando I el condado de Castilla, convertido en reino, de su padre Sancho III Garcés de Navarra, devolvió a León las últimas conquistas de este, pero se quedó con las tierras compendidas entre los ríos Cea y Pisuerga como dote de su mujer Sancha de León. Vermudo III de León era entonces un niño, pero al llegar a la mayoría de edad tomó las armas para reincorporar estas tierras a sus dominios. Los ejércitos se encontraron en el valle del Tamarón y Vermudo fue derrotado perdiendo la vida. La muerte de su cuñado sirvió a Fernando para posesionarse el reino de León en nombre de su mujer Sancha, hermana del difunfo rey leonés. Se unieron entonces Castilla y León.

SEGURA GRAÍÑO, Cristina, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z, págs. 728-728.

Batalla de Atapuerca1054

Reñida el 1 de septiembre de 1054, a 18 kilómetros al oeste de Burgos, entre Fernando I de Castilla y García IV Sánchez de Nájera, que contaba con auxilios musulmanes. El señor de Nájera, Fortún Sánchez, murió al intentar proteger con su cuerpo la persona de su rey. Triunfó Fernando I, que había tratado de evitar el encuentro mediante el envío de mensajeros. Navarra, además del rey, perdió alguna tierras en la Bureba.

UBIETO ARTETA, Antonio, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, pág. 400.

Batalla de Graus1063

Ramiro I de Aragón, después de conquistar algunas plazas sobre los ríos Cinca y Esera, quiso apoderarse de la posición de Graus, que domina la confluencia de los ríos Isábena y Esera. En mayo de 1063 atacó aquella población, que pertenecía al rey musulmán de Zaragoza, Móctadir Ben Hud, vasallo de Fernando I de Castilla, quien envió a su hijo Sancho II el Fuerte en ayuda del musulmán. Ramiro I sufrió allí heridas gravísimas en un ojo, falleciendo seguidamente.

UBIETO ARTETA, Antonio, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, pág. 245.

Batalla de Viana1067

Ganada por Sancho IV Ramírez de Aragón a los castellanos que habían invadido el reino de Sancho IV Garcés de Navarra, el de Peñalén, y que sitiaban Viana. Es el episodio culminante de la denominada guerra de los tres Sanchos.

UBIETO ARTETA, Antonio, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z, pág. 985.

Batalla de Llantada1068

En esta batalla habían de dirimir Alfonso VI y Sancho II la posesión de sus reinos respectivos, habiendo pactado antes de combatir que aquel que resultara vencedor recibiría sin contradicción el reino de su hermano. Aunque resulto vencido Alfonso, huyó a León sin cumplir lo pactado, tal vez por no considerar decisiva la batalla, que hubo de darse el 19 (o tal vez el 16) de julio cf. Menéndez Pidal, La España del Cid, I, pags. 701-702

VÁZQUEZ DE PARGA, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M pág. 829.

Batalla de Golpejera1072

En la batalla de Golpejera combatieron entre sí los dos hermanos Alfonso VI y Sancho II, reyes respectivamente de León y de Castilla. Resultó derrotado Alfonso, que fue hecho prisionero por su hermano, quien le privó del reino y le mandó desterrado a Toledo. En la batalla tomó parte el Cid Campeador, como alférez de Sancho. Los relatos más circunstanciados de la batalla, en la Crónica Najerense, en Tudense, en el Toledano y en Gil de Zamora, son todos ellos muy posteriores y de fuente juglaresca. De ellos es favorable en todo a los castellanos y al Cid, que aparece como el héroe de ella, el de la Najerense, que sigue un episodio del Cantar de Zamora, y menos, los del Tudense y Toledano, donde la victoria se debe a una estratagema de Rodrigo. En Gil de Zamora, los leoneses son vencidos por la astucia, no por la fuerza. ya que, habiendo triunfado en la primer parte de la batalla, descansaban fiados en la seguridad que les daba un pacto anterior a ella, cuando fueron atacados por los castellanos.

VÁZQUEZ DE PARGA, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M pág. 219.

Batalla de Cuarte1094

Llamada así por el llano de su nombre en las inmediaciones de Valencia, donde acamparon las tropas almorávides que habían desembarcado con Muhammad el 13 de septiembre de 1094 y a las que se habían unido tropas andaluzas. El Cid combate la desmoralización que cunde dentro de la ciudad y, al mismo tiempo que hace correr la especie de que los agüeros se le presentan favorables, pide ayuda de Alfonso VI y de Pedro I de Aragón. Cuando los almorávides se disponían a atacar, después de haber terminado el ayuno del Ramadán (14 de octubre), en la noche de uno de los días siguientes (el 25 de octubre?), el Cid hizo una salida con sus caballeros, y dejando una celada preparada sobre el campamento de Muhammad, atacó él al amanecer, cediendo después y simulando retirarse a Valencia, consiguiendo así que el campamento quedase desguarnecido. Atacado este por los de la celada, se produjo en él tal desconcierto que el general almorávide, que había quedado en su tienda por estar indispuesto, fue de los primeros en huir, quedando el campamento en poder de las gentes del Cid, que hicieron en él, muy rico botín, del que participó el rey Alfonso VI, que venía de camino, para auxiliar al Cid, cuando recibió la noticia de la victoriacf. Menéndez Pidal, La España del Cid, I, pags. 505-507

VÁZQUEZ DE PARGA, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E pág. 1044.

Batalla de Alcoraz1096

Se dio durante el cerco de Huesca por Pedro I, poco más de un mes antes de la toma de la ciudad, y en ella los aragoneses derrotaron con grandes pérdidas al ejército de Mustain de Zaragoza, que intentaba entrar en la ciudad y que iba acompañado por el conde de Nájera, García Ordóñez, y por la hueste del de Lara, Gonzalo Núñez. Hubo muchos muertos por parte de los moros y quedó prisionero García Ordóñez. La batalla se dio el 18 de noviembre

VÁZQUEZ DE PARGA, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E pág. 112.

Batalla de Bairén1097

Gran derrota de los almorávides que, mandador por el sobrino del emir Yusuf, quisieron cerrar el paso a los ejércitos del Cid y del rey de Aragón Pedro I, que volvían a Valencia después de haber socorrido y aprovisionado el castillo de Peña Cadiella.

Los ejércitos cristianos debían seguir un antiguo camino cuyo trazado coincide con el de la actual carretera de Albaida a Gandia. En Bairén había una rápita o castillo hasta el pie del cual llegaba entonces el mar. Según la reconstitución de la batalla que hace Menéndez Pidal, los musulmanes estaban acampados al pie del gran monte Mondúber... cuyas estribaciones bordean la calzada por Occidente; desde las alturas los moros hostilizaban a los expedicionarios con toda clase de armas, mientras por Oriente, en los esteros del mar, había apostados muchos navíos africanos y andaluces que dominaban el camino con tiros de ballesta España del Cid, II pág. 569. La derrota musulmana fue tan dura como la del Cuarte.

VÁZQUEZ DE PARGA, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E pág. 447.

Batalla de Consuegra1097

Yusuf b. Tasufin había pasado el estrecho por cuarta vez, y se hallaba en Córdoba dispuesto a hostilizar la comarca toledana. Alfonso VI acudió al encuentro. El Campeador le envió su hijo Diego (joven como de veintidós años), acompañado de una hueste; él no podía abandonar Valencia, según se revela su pensamiento en versos del antiguo juglar, escritos por otro motivo: e yo fincaré, que mucho costado m´ha: / gran locura serie si la desempararás

Por su parte, el Emir al muslimín, esquivando encontrarse otra vez en persona con el emperador cristiano, encargó la expedición al general Muhammad b. Alhay, a quien confió un fuerte ejército de almorávides y andaluces de toda la Península: Si Dios a decretado que sean vencidos —decía el piadoso y cauto Yusuf—, yo quedo detrás de ellos como un manto para cubrir su retirada. Apenas los musulmanes invadieron la frontera de Toledo, se encontraron a Alfonso VI delante de Consuegra. También ahora la táctica almorávide fue desastrosa para los cristianos; en la vanguardia de estos según el Kitab al iktifá arrojó el Todopoderoso la confusión, y los musulmanes los desbarataron completamente.

Allí quedó muerto el hijo del Campeador. Este desastre ocurrió el sábado 15, día de la Vírgen de Agosto. de 1097; el rey Alfonso VI entró fugitivo en Consuegra, y los almorávides le cercaron durante ocho días, al cabo de los cuales se retiraron. Un nuevo revés sobrevino en la comarca de Toledo. Yusuf, antes de regresar a África, envió a su hijo Ben Axisa, el gobernador de Murcia, hacia las proximidades de Cuenca; el general almorávide peleó con Álvar Háñez, que tenía el mando de aquella región desde las fortalezas de Zorita y Santaver, y le derrotó saqueando el campo cristiano y cogiendo un cuantioso botín.

MENÉNDEZ PIDAL, Ramón, El Cid Campeador, Editada por Espasa Calpe, Austral; 1973, págs. 203-204.

Batalla de Uclés1108

Se dio el 30 de mayo entre las huestes de Alfonso VI y los almorávides, sufriendo las primeras un gran desastre. En ella murieron Sancho, hijo del rey y de la mora Zaida, y su ayo García Ordóñez, que cayó cubriendo al príncipe con su escudo. Como consecuencia de esta derrota se perdieron para los cristianos, además de Uclés, Consuegra y Cuenca, que no se recobró hasta el reinado de Alfonso VIII.

VÁZQUEZ DE PARGA, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z págs. 831-832.

Batalla de Viadangos1111

Cuando Pedro Froilaz, después de la coronación de Alfonso VII en Compostela, se dirigía con el niño a León con una escolta de no más de 250 hombres de armas, fue sorprendido entre Astorga y León, en el lugar que la Historia Compostelana llama Fos de Angos y que parece se debe identificar con el actual Villadangos del Páramo, por fuerzas aragonesas muy superiores en número que le derrotaron por completo. Gelmírez pudo huir con el niño y entregarlo a salvo a su madre, Urraca en el castillo de Orcillón; pero Pedro Froilaz fue hecho prisionero y murieron allí varios señores del séquito, entre ellos un conde Fernando, muy allegado a la reina. La batalla se dio al final de la primavera o comienzos del verano.

VÁZQUEZ DE PARGA, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z pág. 998.

Batalla de Cutanda1120

Librada por Alfonso I de Aragón contra los almorávides que se encaminaban hacia Zaragoza; los musulmanes fueron aniquilados. Participó en esta batalla Guillermo IX el Trovador, duque de Aquitania, con 600 caballeros. Los cristianos recogieron multitud de muertos, 2.000 camellos y otras bestias de carga.

UBIETO ARTETA, Antonio, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, pág. 1059.

Batalla de Fraga1134

Reñida el día 17 de julio entre las tropas de Alfonso I, que sitiaban Fraga desde principio de 1133, y los refuerzos enviados por Tasufin. Murieron en ella muchos señores y prelados aragoneses, navarros y franceses, teniendo que huir el monarca, que murió poco después.

UBIETO ARTETA, Antonio, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, pág. 128.

Batalla de Huete1164

Episodio de las luchas de Castros y Laras, durante la minoría de Alfonso VIII. El conde Manrique de Lara, que tenía consigo al rey niño tuvo un encuentro con Fernán Ruiz (o Rodríguez) de Castro, que iba con las gentes de Huete, siendo muerto en la batalla. La III Crónica General da un extenso relato de este episodio, que no mencionan las crónicas del Tudense ni del Toledano, ni la I Crónica General. Según esta, Manrique fue muerto por el propio Fernán Ruiz, que había trocado sus armas con otro caballero, al que dio muerte Manrique; pero cuando daba ánimo a los suyos, creyendo haber matado a su adversario, este le embistió de través y le derribó muerto de una lanzada. También quedó prisionero el conde don Nuño, su hermano.

VÁZQUEZ DE PARGA, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M págs. 405-406.

Batalla de Muret1213

Ramón VI, conde de Tolosa, casado con la infanta Leonor de Aragón, pidió apoyo a su cuñado Pedro I el Católico para contener la fuerzas de Simón de Monfort, caudillo de la cruzada contra los albigenses, que habían invadido el mediodía de Francia. Después de varias entrevistas con los legados pontificios y con el jefe de los cruzados, que no dieron el resultado apetecido, Pedro de Aragón tomó bajo su protección a los condes de Tolosa, Foix y Comenge, y pasó con sus fuerzas a la Galia meridional. El encuentro entre las armas aragonesas y los cruzados tuvo lugar el 12-IX-1213, frente a Muret. La batalla empezó por un infructuoso ataque de los aliados a una de las puertas de la ciudad. Poco después tuvo lugar la ofensiva de Simón de Monfort. Los cruzados se dividieron en tres cuerpos. El primero cargo sobre los aliados y penetró en las líneas catalanoaragonesas y tolosanas, siguiendo la misma táctica el segundo. En la carga de caballería dada por Simón de Monfort, sucumbió Pedro I el Católico con muchos de sus caballeros. El rey, en lugar de colocarse en la retaguardia, luchó en la segunda línea de combate, después de cambiar sus armas con las de uno de sus caballeros. Dice la Crónica de Jaime I que la mayoría de los caballeros que acompañaban al rey huyeron.

En todos los relatos de los cronistas aparece manifiesta la imprudencia del rey. Simón de Monfort atacó seguidamente a los tolosanos, que tras corta resistencia huyeron, lanzándose después contra la infantería que atacaba Muret, en la que causaron muchas bajas. Parte del ejército vencido se lanzó al Garona, tratando de alcanzar la flota, pero muchos de ellos perecieron ahogados. Terminada la batalla, Simón de Monfort se dirigió al lugar donde había caído el rey, y bajando del caballo lloró ante sus restos. La Crónica de Jaime I dice que los aliados no supieron disponer el orden de la batalla, ni marchar unidos, sino que cada uno combatió por su lado. En la derrota de Muret, una buena parte de la responsabilidad del desastre recae sobre la persona del monarca aragonés Rovira y Virgili, Historia Nacional de Catalunya, Barcelona, 1928, t. IV, páginas 488-494.

ÁUREA, Javier, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M págs. 1170-1171.

Batalla de Niebla1257

Entre las tropas de Alfonso X de Castilla y las musulmanas de Aben Mafot, señor de Niebla. Sometidos los mudéjares andaluces, que se habían sublevado contra el rey castellano, este decidió apoderarse de Niebla, cuya conducta había sido poco clara. Puso sitio a la villa bien guarnecida de murallas y abastecida de hombres y alimentos. Siete meses duraba el cerco, cuando se presentó en el campamento cristiano tan gran tempestad de moscas que ninguno de la hueste non podía comer ninguna cosa, Crónica Alfonso Décimo, ed. Rosell, Madrid, 1875. B.A.E., tomo 66, pág. 6. Se llegó a pensar en levantar el sitio. En Niebla escasearon los víveres y, a los nueve meses y medio, Aben Mafot propuso rendir la villa si le dejaban salir libremente con los suyos y le daban tierras en las que vivir. Alfonso X aceptó y le dio tierras en el Algarve. Por la toma de Niebla cayó en poder del rey sabio: Gibraleón, Huelva, Serpa, Mora, Tabira, Faro y Saule.

VILLA, Teodora de la, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z, pág. 42.

Batalla de Pajarón1289

Se dio el 21-VIII-1289 entre Diego López de Haro y sus gentes, que habían entrado en territorio de Cuenca desde Albarracín y Teruel, y las de Sancho IV, mandadas por justicia mayor don Ruy Páez de Sotomayor, con resultado fatal para estas, pues fueron capturados los pendones reales y muertos el jefe de las fuerzas reales, el comendador mayor de Uclés y trece freires de la Orden de Santiago.

VÁZQUEZ DE PARGA, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z, pág. 152.

Batalla del Salado1340

Es el punto culminante de la lucha por la posesión del Estrecho. Alfonso XI se preparó para hacer frente al ataque musulmán obteniendo de Benedicto XII la concesión de los beneficios de la Cruzada, y de Aragón el auxilio de una escuadra. En junio de 1540, el sultán de Marruecos, Abulhassan, unido a Yusuf I de Granada, puso cerco a Tarifa, que resistió heroicamente. Alfonso XI acudió en su socorro, y el día 29 de octubre hizo entrar una patrulla dentro de la ciudad, que se concertó para que los sitiados hiciesen una salida durante el combate. Al día siguiente comenzó este. Mientras el rey de Alfonso IV de Portugal combatía a las tropas granadinas, el castellano se enfrentaba con el ingente ejército de Marruecos. Mandaban la vanguardia, en la que figuraban los concejos andaluces, don Juan Núñez de Lara y don Juan Manuel. En el centro estaba el rey en compañía del arzobispo de Toledo don Gil de Albornoz. En la retaguardia combatían vascos y asturianos de Santillana y Oviedo, todos bajo el mando de Gonzalo de Aguilar. En lo más recio de la lucha una salida de los defensores de Tarifa decidió la victoria a favor de los cristianos. Salado es un acontecimiento de trascendental importancia. Marca el término de la cuestión del Estrecho, y cierra a los musulmanes africanos toda posibilidad de nueva invasión sobre la Península.

I. S., Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z, pág. 548.

Batalla de Lluchmayor1349

Librada el 25 de agosto entre las fuerzas de Pedro IV de Aragón, acaudilladas por Gilberto de Centelles y Jaime III de Mallorca, en la que las tropas de este último fueron completamente derrotadas. El rey Jaime murió en la batalla, y su hijo del mismo nombre, fue herido y hecho prisionero, sufriendo cautiverio, primeramente en el castillo de Játiva, y después en el palacio real de Barcelona. El pleito dinástico entre las ramas peninsular e insular de la dinastía catalano-aragonesa quedó resuelto definitivamente a favor de la primera Rovira y Virgili, Historia Nacional de Cataluña, Barcelona, 1928, tomo V, pág.317.

CORRAL LAFUENTE, José Luis, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, pág. 764.

Batalla de Nájera1367

Las compañías inglesas del Príncipe Negro, llevando consigo al rey Pedro I, entraron en Castilla por Logroño para expulsar a Enrique II de Trastámara. Este tomó posiciones en Nájera, mientras los británicos llegaban a Navarrete. Antes de la batalla se cruzaron misivas entre el príncipe de Gales y Enrique II, que no consiguieron, naturalmente evitar el combate. Los castellanos formaban un gran cuerpo de batalla con los mercenarios franceses y otras tropas. Entre ellos estaba Beltrán du Guesclin. El ala izquierda la mandaba don Tello y el ala derecha el marqués de Villena. La retaguardia, muy fuerte, era dirigida por el propio Enrique de Trastámara, que tenía a su lado al bastardo Alfonso y don Pedro, hijo de don Fadrique —hermano gemelo de Enrique.—

Los ingleses llevaron en vanguardia a Juan de Gante, duque de Lancaster y a Juan Chandos. En el ala derecha iban el señor de Albret y el conde de Armagnac. En la izquierda, Juan de Grailly, captal de Buch. El grueso en el centro llevaba a don Pedro I y al propio Príncipe Negro. Estaban pues, enfrentados todos los más famosos capitanes de la guerra de Cien Años. Realmente la batalla de Nájera es un episodio más de esta guerra, pues en ella va a decidirse hacia cual de los dos bandos se inclinará Castilla. El choque fue muy violento. Don Tello emprendió pronto la fuga, y con ello precipitó la derrota de su hermano, que, envuelto por el enemigo, hizo esfuerzos desesperados para restablecer la situación. De todas formas, Enrique de Trastámara consiguió huir y de este modo la batalla de Nájera, a pesar de su gran triunfo, no fue decisiva.

SUÁREZ FERNÁNDEZ, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z, pág. 1.

Batalla de Montiel1369

El autoritarismo regio de Pedro I de Castilla provocó la organización de una oposición nobiliaria al rey encabezada por su hermanastro Enrique de Trastámara, que desembocó en guerra civil desde 1366, cuando este invadió Castilla con ayuda de mercenarios franceses. Pedro I, con apoyo inglés (Tratado de Libourne, 1366), consiguió imponerse a Enrique y a los franceses (batalla de Nájera, 1367), obligando al bastardo a huir a Francia. La ruptura de Pedro I con los ingleses permitió a Enrique regresar a Castilla y reiniciar la guerra de nuevo con apoyo francés (Tratado de Toledo, 1368).

El enfrentamiento definitivo de ambos se produjo en Montiel (13-III-1369), donde Pedro I, en un movimiento de retroceso hacia sus bases de retaguardia, había sido alcanzado por Enrique, procedente de la ciudad de Toledo, a la que tenía sitiada desde abril de 1368. En el momento del encuentro las tropas del rey estaban desordenadas, por lo que la batalla fue muy breve, y la victoria rápida y decisiva para los enriqueños. Pedro I tuvo que huir y encerrarse en el castillo de Montiel, donde su servidor Men Rodríguez de Sanabria intentó negociar la salvación del rey con el capitán francés Beltrán Du Guesclin, a cambio de Soria, Atienza, Deza y otras villas. Durante las negociaciones Pedro I fue apresado y asesinado por su hermanastro en la tienda de Du Guesclin (23-III-1369), sentenciando el curso de la guerra.

MORENO TEJADA, Rosa María, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 833-834.

Batalla de Aljubarrota1385

Al morir Fernando I de Portugal (22-X-1383) heredaba el trono su hija Beatriz, esposa de Juan I de Castilla, pero los portugueses la rechazaron y proclamaron rey a don Juan, maestre de Avis, hermano bastardo del rey difunto. Ante esta decisión el rey castellano reclamó los derechos de su mujer, invadió Portugal y sitió Lisboa (1384), pero tuvo que retirarse a causa de la peste. Volvió al año siguiente y penetró por el valle del Mondego, saqueando los arrabales de Coimbra y ocupando Pombal y Leiria. Juan I de Portugal, apoyado por setecientos arqueros ingleses, situó sus tropas, muy inferiores en número, en una elevada meseta encajonada entre dos profundos barrancos tributarios del Lena que cerraban el camino a Aljubarrota.

Al enfrentarse con el obstáculo, los castellanos decidieron rodearlo para atacarle desde una dirección contraria a la de su marcha. Entonces, el condestable Álvarez Pereira cambió de frente, situó sus peones y hombres de armas desmontados a ambos flancos de los barrancos y flanqueados por los arqueros, en tanto el rey se mantenía en reserva detrás. Los castellanos, una vez realizada su maniobra, se lanzaron impetuosos por el estrecho paso entre los barrancos donde quedaron embotellados y fueron acribillados por sus alas sin posibilidad de retroceso. En tan difícil situación, los portugueses contraatacaron y les derrotaron totalmente. El rey escapó gracias a que Pedro González de Mendoza le cedió su caballo (13-VIII-1385). La batalla aseguró en el trono al maestre de Avis —Casa de Aviz—, consolidó la independencia portuguesa y resultó decisiva para el futuro peninsular.

SALAS LARRAZÁBAL, Ramón, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, pág. 36-37.

Batalla de Olmedo1445

La intriga creada por don Lope Barrientos, obispo de Ávila, cristalizó en la formación de una liga en la que el príncipe heredero de Castilla, don Enrique, era la cabeza visible. El rey, Juan II, huyó entonces de la corte, en la que mandaban los infantes de Aragón, y se reunió con don Álvaro de Luna, que desde Escalona había acudido con buen golpe la tropas. Los infantes y sus partidarios tenían establecido su centro de operaciones en Olmedo. Contra esta ciudad acudieron los realistas. Don Lope Barrientos, nombrado ahora obispo de Cuenca, prestó al monarca un gran servicio entreteniendo negociaciones con los rebeldes para dar así tiempo a que aumentasen los refuerzos.

La batalla comenzó en la tarde del 29 de mayo, de una forma casi inesperada, al generalizarse una escaramuza de exploradores. Mandaba la vanguardia de los realistas don Álvaro de Luna, con el grueso, don Iñigo López de Mendoza y el Conde de Alba, la retaguardia el rey y los flancos el maestre de Alcántara, el comendador de Calatrava, don Lope Barrientos, don Alfonso Carrillo y otros. No hubo táctica, sino solo choque entre las dos vanguardias, a quienes reforzaron las tropas que iban detrás. La victoria de don Álvaro de Luna fue completa, aun cuando más tarde no se obtuviera la todo el fruto que cabía esperar. Enrique de Aragón falleció como consecuencia de una herida en una mano, mal curada, que recibió en esta batalla.

SUÁREZ FERNÁNDEZ, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z, págs. 97-98.

Batalla del Olmedo1467

Durante la insurrección del infante don Alfonso contra su hermano, Enrique IV, los rebeldes atacaron Medina del Campo. Esta ciudad solicitó entonces auxilios del rey, que se encontraba en Valladolid. El monarca avanzó contra el enemigo, que se hallaba en Olmedo. En la cuesta de Iscar un mensajero del arzobispo de Sevilla vino a avisar a don Beltrán de la Cueva de que cuarenta caballeros habían jurado su muerte. A pesar de ello, el valido no se retiró. El choque no obedeció a táctica alguna. Poco tiempo después de Iniciado el combate, don Enrique se retiró de la lucha. Don Alfonso fue herido de un bote de lanza. La batalla terminó con una pálida victoria de los realistas, quienes no supieron sacar el menor provecho de ella.

SUÁREZ FERNÁNDEZ, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z, págs. 98.

Batalla de Toro1476

Con el ejército dotado con el dinero de las Cortes de Medina del Campo, Fernando el Católico pudo atacar en Zamora. El alcaide de las puertas, Fernando Valdés, le franqueó la entrada, y de este modo, sin lucha, el monarca ocupó la ciudad e inició el cerco del castillo. Alfonso V de Portugal, desde Toro inició negociaciones que fracasaron. Pero, entre tanto (II-1476), llegaron refuerzos portugueses con el príncipe don Juan y, con ellos, el Africano marchó a Zamora. Así, los castellanos se vieron a la vez sitiados y sitiadores.

Acudieron entonces los infantes de Aragón don Enrique y don Alfonso con el duque de Benavente y establecieron el asedio del campamento exterior portugués. A Alfonso V no le quedó otro remedio sino emprender la retirada, el 1º de marzo. Salidos en su persecución los castellanos les alcanzaron por la tarde, en un lugar, Campo Peláez, a orillas del Duero. la formación de los dos ejércitos fue enteramente medieval. Inició el ataque la vanguardia portuguesa, mandada por el infante don Juan, pero fue detenido por el cardenal Mendoza. Entonces el duque de Alba flanqueó la derecha enemiga y decidió la batalla, resuelta en una persecución nocturna en las que los portugueses tuvieron muchas bajas.

SUÁREZ FERNÁNDEZ, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z, págs. 786-787.

Batalla del Albuera1479

Combate librado entre las tropas de los Reyes Católicos y Alfonso V de Portugal en un lugar situado en las proximidades del río Albuera, Extremadura, el 24-II-1479. Las hostilidades entre España y Portugal, desencadenadas por los derechos dinásticos esgrimidos por Juana la Beltraneja, que contaba con el apoyo de los portugueses, frente a Isabel I de Castilla, se recrudecieron en 1477 a causa del monopolio d elas rutas marítimas del Atlántico ejercido por Portugal. En 1479 continuaban los enfrentamientos en el mar, Galicia y Extremadura, donde las disputas, especialmente por el maestrazgo de Alcántara, culminaron en la rebelión de Medellín, desde donde pidieron apoyo a Portugal. Al ejército del castellano Alfonso de Cárdenas, que se encontraba en Lobón (Badajoz) se unieron los capitanes Alfonso Enríquez, Sancho del Águila y Martín Fernández de Córdoba, hijo del conde de Cabra, mientras las tropas portuguesas se concentraban al otro lado de la frontera, bajo el mando del obispo de Évora, García de Meneses. Prisionero García Meneses al comienzo de la batalla y liberado por un soldado español gracias a un soborno, los portugueses fueron derrotados, sin que experimentara importantes pérdidas ninguno de los dos bandos.

VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo I pág. 385.

Batalla de Loja1482

Fue la primera gran empresa de Fernando el Católico en la Guerra de Granada. Loja era una fortaleza tan inexpugnable que era la llamada flor entre espinas. Fernando colocó sus tropas frente a ella en una posición poco favorable. Alí Atar, el capitán moro que la defendía, atrajo a los cristianos a un olivar donde les causó una grave derrota.

SUÁREZ FERNÁNDEZ, Luis de la, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, pág. 775.

Batalla de Ceriñola1503

Fue esta acción una de las más grandes victorias del Gran Capitán y el comienzo de la fama que alcanzó en el s. XVI la infantería española. En abril, habiendo recibido refuerzos considerables de españoles y de mercenarios alemanes, Gonzalo de Córdoba salió de Barletta, en donde había estado cercado casi medio año. Perseguido por los franceses, pudo alcanzar el pequeño pueblo de Ceriñola, sobre una elevación del terreno, en cuya falda ordenó abrir un foso y protegerle con largas estacas aguzadas. Mandaba a los franceses el duque de Nemours. En contra de su voluntad comenzó la batalla en la tarde del día 23 de abril de 1503, con una carga violenta de la caballería pesada de Francia. En los primeros momentos una chispa hizo saltar el polvorín español. Se dice que entonces el Gran Capitán exclamó: !ánimo, amigos; esas son las luminarias de nuestra victoria¡ Lo cierto es que la barrera de estacas detuvo en seco el avance francés. Murió entonces el duque de Nemours y poco tiempo después también el coronel de los suizos, Chandieu. Desde entonces todo fue confusión. El ejército enemigo fue prácticamente aniquilado y el campamento capturado.

SUÁREZ FERNÁNDEZ, Luis de la, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, pág. 813.

Batalla de Pavía1525

La batalla de Pavía (24-II-1525) puso fin a la primera guerra hispanofrancesa (1521-1526) entre las tropas de Francisco I y las imperiales de Carlos V. Supuso para los franceses la pérdida y expulsión del Milanesado y acabó con sus pretensiones en el N. de Italia. Con un ejército victorioso de cincuenta mil hombres el rey Francisco I atravesó los Alpes en X-1524 para ocupar Milán. Ante esta maniobra, Antonio de Leiva, con siete mil quinientos alemanes y españoles, se refugió en Pavía y defendió la ciudad de los ataques franceses durante todo el invierno. Mientras el ejército imperial se reorganizaba, Francisco I enviaba parte de sus tropas a Roma para atraerse al Papa. A mediados de enero las fuerzas de Carlos V se agruparon bajo el mando del marqués de Pescara, Lannoy —virrey de Nápoles—, Fernando de Austria y el duque de Borbón; intentaban romper el sitio de Pavía.

Los franceses, conociendo las penurias económicas por las que estaba pasando el emperador, aguardaban, en el Parque de Mirabello, a que las tropas enemigas se desmantelasen. La noche del 23 de febrero salió Leiva de la fortaleza y también atacó el ejército imperial. Los españoles hicieron una brecha en el Parque de Mirabello e incendiaron sus tiendas para hacer creer a los franceses que huían; el muro fue roto por tres sitios por los que pudo introducirse Pescara. Borbón atacó a la vanguardia francesa, y Pescara a los lansquenetes alemanes al servicio de Francia y a la caballería gala.

La superior artillería francesa tuvo que cesar de disparar porque el propio Francisco I irrumpió en el combate y temían herirle. Las tropas de Antonio de Leiva rompieron el puente sobre el Tesino para cortar la retirada enemiga. El rey francés fue hecho prisionero por Juan de Urbieta y entregado a Lannoy; salvó su vida por muy poco, y una vez apresado su sayo y jubón fueron hechos pedazos como recuerdo por parte de los soldados españoles. Las tropas francesas se retiraron con gran confusión. Murieron cerca de ocho mil franceses y fueron capturados los principales nobles. Esta victoria no pudo culminar con la invasión de Francia dadas las dificultades económicas de Carlos V.

Asimismo, el gran poder que obtuvo el emperador a la larga le perjudicó, pues hizo temer a Europa por la hegemonía de los Habsburgo y su dominio sobre Italia, lo que llevó al rey francés, al papa Clemente VII, al rey de Inglaterra y a los príncipes italianos a formar una liga contra Carlos V: la liga Cognac o Clementina (1526). El emperador negoció el tratado de paz directamente con su prisionero Francisco I; ambos firmaron el Tratado de Madrid (1526), en el que se establecía la devolución al condestable Borbón de todas sus posesiones francesas, la devolución a Carlos V del ducado de Borgoña, la renuncia a Italia por parte de Francia y la alianza matrimonial entre Francisco I y doña Leonor, reina viuda de Portugal, hermana de Carlos. Quedaban como rehenes en España los dos hijos del francés. Este pacto, sellado de modo caballeresco, fue roto una vez que Francisco I recobró la libertad.

CEPEDA GÓMEZ, Paloma, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 931-932.

Argel1541

El sueño cisneriano de arrebatar al Islam y ganar para la Cristiandad una amplia zona del territorio norteafricano se vio truncado muy pronto, pese al triunfo inicial de la conquista de Orán (1509) y las restantes victorias de Pedro Navarro. Los acontecimientos posteriores, encabezados por el desastre de Gelves (Djerba) en 1510, vendrían a demostrar la fragilidad del dominio español, que solo pudo mantenerse con cierta permanencia duradera en algunos puntos del litoral magrebí. Y no es que Carlos I se desatendiera de los asuntos norteafricanos. Por el contrario, abrió siempre el deseo de acabar con las correrías de los piratas berberiscos que, tomando Argel como centro, perturbaban la navegación por el Mediterráneo occidental y sometían a pillaje las costas del levante español. Pero los continuos conflictos que la política europea planteaba distraían su atención de aquel objetivo.

Argel pertenecía a los corsarios Barbarroja desde que, en 1516, el mayor de los hermanos, Aruy, se había apoderado de la plaza proclamándose rey y ese mismo año hubo de rechazar un ataque español dirigido contra la ciudad por Diego de Vera. Pero en 1518 moría Aruy en Tremecén a manos de los españoles, y le sucedía en el trono de Argel su hermano Jayr al Din, el más célebre de la familia Barbarroja, quien tendría que hacer frente a un nuevo intento español de conquistar Argel, dirigido esta vez por Hugo de Moncada (1519), que terminó también en fracaso; Jair al Din consolidó su situación acatando la soberanía del sultán otomano Selim I y buscando, por otro lado, la amistad de Francia. Y en 1529 asesta un duro golpe a las aspiraciones españolas sobre Argel al apoderarse del Peñón, que, frente a esta ciudad, fortificara en su día Pedro Navarro y que, inverosímilmente, aún permanecía bajo dominio hispano. Los ciento cincuenta hombres que los defendían, al mando de Martín de Vargas, sucumbieron casi en su totalidad.

Cuando en 1535 emprende Carlos I la victoriosa campaña de Túnez, el éxito alcanzado le anima a pensar en la conquista de Argel como siguiente objetivo, pero un nuevo conflicto con Francia le obliga a posponer tal proyecto e intenta, incluso, atraerse la amistad de Barbarroja, con resultado negativo. Por fin, en 1541, el monarca español estima llegado el momento de lanzarse contra Argel. La abundancia de documentación que conserva el Archivo General de Simancas sobre esta empresa permite constatar el cuidado con que se llevaron a cabo los preparativos en víveres, hombres y pertrechos de guerra pretendiendo siempre, sin conseguirlo, despistar al enemigo sobre el verdadero destino de la expedición.

El propósito de Carlos I era el de realizar la acción en septiembre, pero lo cierto es que hasta el mes siguiente no pudo hacerse a la mar, en época climatológicamente poco propicia. Como era previsible, la lluvia y el viento hicieron acto de presencia y, unidos a la fuerte resistencia de los argelinos, provocaron el fracaso de la expedición. las consecuencias fueron desastrosas para el prestigio español en el Mediterráneo, que vio intensificarse la acción de los corsarios en sus aguas.

CEPEDA GÓMEZ, José, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 69-70.

Batalla de Mühlberg 1547

Enfrentamiento armado entre el ejército del emperador Carlos V y las tropas luteranas de la liga Schmalkalden dirigidas por el elector Juan Federico de Sajonia y el Landgrave de Hesse. Carlos V, una vez perdidas las esperanzas de que un concilio restableciese la paz religiosa en Alemania, decidió enfrentarse militarmente a sus enemigos en el Elba.

El emperador, el Duque de Alba y Mauricio de Sajonia plantearon su mejor campaña estratégica. Los ejércitos de ambos contendientes se encontraban separados por el río. Once españoles lo cruzaron y recobraron unas barcas con las que hicieron un pontón por el que cruzó la infantería y la artillería. Se alcanzó un vado por el que pasó la caballería. El emperador atacó de frente, mientras que por las alas lo hacían el duque de Alba y los tercios de Nápoles y Mauricio de Sajonia con sus arcabuceros. Parecía que el poder del emperador no tenía límites.

No obstante, Mühlberg fue una victoria pírrica; como lo demostró el Interim de Augsburgo (año 1548), que estableció un modus vivendi que no contentó ni a católicos ni a protestantes. Los príncipes luteranos formaron una liga en torno a Mauricio de Sajonia y concertaron una alianza con Enrique II de Francia. Se puso en peligro la propia vida del emperador, que estuvo a punto de ser hecho prisionero en Innsbruck (1552). También la Iglesia se resintió por esta victoria, el mismo Concilio se dividió en dos: una parte se retiró a deliberar a Bolonia, y los afines a la política del emperador continuaron en Trento.

CEPEDA GÓMEZ, Paloma, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 839-840.

Batalla de Lepanto1571

La pujanza marítima turca se encontraba en su apogeo en 1560, después de la victoria de Djerba. Malta habia conseguido resistir en 1564, pero en 1570 los turcos atacaron a los venecianos en Chipre, determinando así el nacimiento de la Santa Liga, compuesta por España, Venecia y el papa Pío V, y la ayuda de Génova, Nápoles y Malta (20-V-1571). El comandante en jefe de las fuerzas de la Liga fue don Juan de Austria, que con sus veinticuatro años de edad acababa de vencer al Islam en la guerra de Granada. Felipe II no podía superar una permanente sospecha de la juventud y juicio de su hermanastro, por lo que le mantuvo bajo la tutela del magnate catalán don Luis de Requeséns y una junta compuesta por este, Andrea Doria, el recién nombrado marqués de Santa Cruz, Álvaro de Bazán y Juan Cardona.

Don Juan llegó a Messina, punto de reunión de la flota, el (23-VIII-1571), donde le aguardaban Marco Antonio Colonna al frente de doce galeras pontificias, y Sebastián Veniero, comandante de 48 galeras venecianas y que esperaba otras sesenta de Creta y 18 más de Venecia. Las fuerzas españolas eran de 81 galeras, veinte naves bien artilladas y veinte mil infantes. La sola presencia de don Juan levantó inmediatamente la moral de las tropas aliadas, a las que su orientación y personalidad forjaron como un todo homogéneo. Con la llegada de Andrea Doria, don Álvaro de Bazán y Juan de Cardona las fuerzas estaban al completo. Al pasar revista a todas las tropas concentradas y viendo que las galeras venecianas estaban escasas de tropas impuso a Veniero —en un alarde de valentía— que las ocuparan cuatro mil veteranos españoles e italianos. Distribuyendo sus fuerzas así mejoró al calidad de toda la flota. Finalmente impuso su decisión de ir a la búsqueda del enemigo y destruirlo. Antes de partir, el obispo Odescaldo, en nombre del papa concedió a la armada un jubileo extraordinario, la bendición apostólica y las indulgencias que se otorgaban a los cruzados de Tierra Santa.

Mientras tanto, la armada turca al mando de Alí Pachá y constituida por doscientas galeras, reforzada por treinta navíos del corsario argelino Euldj Alí (Luchalí), saqueó durante los meses de julio y agosto las costas del Adriático en acciones insignificantes que, sin embargo cansaron sus fuerzas. Lo avanzado de la estación se iba a convertir así en una oportunidad para la Liga que don Juan supo aprovechar.

Salió la flota cristiana de Messina el 16-IX rumbo a Corfú. En vanguardia, una flotilla de seis galeras al mando de Juan de Cardona tenía la misión de explorar y detectar la presencia de la flota turca. Por un aviso de Gil de Andrade se supo, el 29-IX, que los turcos se habían internado en el golfo de Lepanto, con intención, al parecer, de esperar allí a la armada de la Liga. Hubo junta de generales, y el cauteloso Doria fue del parecer de no ir a la batalla, pero opinaron en contra los demás, y el de Austria decidió salir en busca del enemigo. El 2 de octubre tuvo lugar un desagradable incidente que estuvo a punto de hacer fracasar toda la empresa: una reyerta ocurrida a bordo de una galera veneciana con unos arcabuceros españoles que tuvo por consecuencia el que Veniero, arrogándose competencias que solo correspondían al comandante en jefe, ajusticiase a algunos. Las dotes diplomáticas de don Juan salvaron el escollo.

De repente, las dos flotas, que se andaban buscando una a la otra, se encontraron al amanecer del siete de octubre a la entrada del golfo de Lepanto, donde la flota cristiana pudo inmovilizar al enemigo. En una extensión de unas cinco millas se encontraban las 230 galeras turcas frente a las 208 cristianas, aunque estas iban ocupadas con artillería de mayor calibre y contaban con la infantería española. Don Juan, de acuerdo con la táctica contemporánea, adelantó sus seis galeones venecianos para constituir una vanguardia de fuerte poder artillero; detrás de él dividió su flota de galeras en cuatro escuadras en línea de combate: a la izquierda, bajo el almirante veneciano Barbarino; a la derecha, bajo Doria; al centro, él mismo; y el cuarto escuadrón, bajo Santa Cruz, formando la retaguardia. Las galeras turcas estaban situadas de manera semejante. Hacia mediodía cesó el viento y bajo un cielo sin nubes, enarbolándose mutuamente las banderas sagradas, dio comienzo la batalla.

Los turcos trataron de coger por la espalda al enemigo por ambos extremos. A la derecha Doria fue desplazado e inducido a extender su línea hasta el extremo; dejaba así un hueco en el centro y se alejaba cada vez más de la acción principal. A la izquierda, los venecianos mantuvieron sus posiciones, a pesar de la pérdida de su jefe, Barbarino. En el centro, la galera de don Juan, con sus trescientos veteranos, se encaró hacia el buque insignia de Alí Pachá y sus cuatrocientos jenízaros. La batalla se convirtió en una serie de luchas feroces y sangrientas entre pequeños grupos de infantería. La muerte de Alí Pachá, cuya galera tomaron al asalto los soldados de don Juan de Austria y Colonna, decidió el combate sobre las cuatro de la tarde. la victoria aliada fue total. Solo escaparon 35 galeras turcas al mando de Luchalí; el resto fue capturado o hundido y las pérdidas fueron de treinta mil muertos y veintiún mil heridos. La victoria de Lepanto, fruto del genio de don Juan, la disciplina cristiana, la potencia de fuego de las naves venecianas y la excelente infantería española, no tuvo efectos inmediatos: Chipre siguió en poder de los turcos; el sultán se rehízo de las pérdidas con rapidez asombrosa —un año más tarde ya contaba con 220 embarcaciones— y en el norte de África los piratas berberiscos campaban a sus anchas, pero el mito del poder turco quedó roto.

BALDUQUE, Luis Miguel, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 737-738.

Batalla de las Azores1582

Es un capítulo más de la anexión del reino de Portugal a la monarquía de Felipe II, y una de las últimas pruebas del dominio del mar por los españoles en el s. XVI. El archipiélago de las Azores no reconoce al monarca español, y se declara en favor del pretendiente, don Antonio, prior de Crato, quien, vencido en Portugal, acude a Francia en busca de ayuda, dada la rivalidad existente entre las dos monarquías. El objetivo de la campaña francesa se fija en las Azores por lo que representaban de enclave estratégico en las navegaciones a Indias, para lo cual se prepara una armada de sesenta navíos al mando del almirante Felipe Strozzi, en la que figuran también otros importantes personajes franceses. Ante esta amenaza, se ordena al almirante español don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, que arme una flota en los puertos andaluces —mediados de junio de 1582—, pero cuando se dirige a las islas atlánticas, una tormenta dispersa los navíos, con lo que llega al punto de destino reducida a 27 barcos y la mitad de la tripulación, en evidente inferioridad con el enemigo, por lo cual la batalla se convertirá en un modelo de movimientos y pericia de los mandos españoles. El 23 de julio, Álvaro de Bazán decide atacar, tras colocar sus naves a favor del viento, con un fuerte cañoneo del ala que manda don Miguel de Oquendo y destroza la nave del almirante Strozzi, poniendo en fuga al resto de la escuadra francesa, que perdió diez barcos y dos mil hombres —entre ellos Strozzi—, mientras que la flota de Bazán salió indemne.

RUIZ JIMÉNEZ, Laura, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo 5, pág. 108.

Batalla de Nördlingen1634

Enfrentamiento bélico ocurrido en 1634 en la c. homónima (Alemania) durante el tercer periodo de la guerra de los Treinta años, comúnmente conocido como periodo sueco (1630-1635), y que decidió su desenlace en favor del partido católico. Tras la muerte de Gustavo Adolfo de Suecia (1632) y el asesinato del general bohemio Wallenstein (1634) quedaron al frente de las tropas protestantes el sueco Horn y el alemán Bernardo de Sajonia-Weimar, mientras que el archiduque Fernando (futuro emperador Fernando III, 1637-1657), hijo del emperador Fernando II (1619-1637), se colocaba al frente de los católicos. Éstos lanzaron una contraofensiva que permitió reconquistar Ratisbona (22-VII-1634) y, continuando en su avance, pusieron sitio a la ciudad suaba de Nördlingen. Amenazadas de este modo las comunicaciones entre Italia y los Países Bajos por la ocupación sueca del palatinado, se envió desde España un ejército de 15.000 hombres al mando del cardenal infante Fernando que se unió el 2 de septiembre en los Alpes a las tropas imperiales.

El 23 de agosto se presentó delante de la ciudad el ejército protestante al mando de Horn y Bernardo de Sajonia. Las tropas católicas estaban formadas por 35.000 hombres y el ejército protestante cometió el error de atacar solo con 27.000, sin esperar refuerzos. El primer ataque se produjo durante la tarde del 5 de septiembre y pretendió romper la línea de trincheras que tenía cercada la ciudad; cuatrocientos españoles se bastaron para contener la acometida, terminando por la noche la primera fase del combate. A la mañana siguiente se confió a Horn el asalto definitivo a las trincheras españolas; tres veces fueron rechazadas sus fuerzas. En el último ataque la línea estuvo a punto de ceder, pero la oportuna intervención de la caballería, al mando de Juan Werth, decidió la situación. Cundió el pánico en el ejército sueco-alemán y empezó la huida; Horn fue hecho prisionero, mientras Bernardo huía en un caballo prestado. Nördlingen se rindió y el ejército enemigo quedó hasta tal punto diezmado que la Confederación protestante se vio obligada a aceptar la paz, que se firmó en Praga en 1635.

VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XV pág. 7145.

Batalla de Tesino1636

En 1635 Francia entró en guerra con los Habsburgo, y la lucha se generalizó en todos los frentes a un mismo tiempo. Dispuesto el cardenal Richelieu a expulsar a los españoles del norte de Italia, se alió con el duque de Saboya, ajustándole un tratado en 1636 para arrebatar el Milanesado a la soberanía española. Los mariscales franceses Crêqui y Toiras, con un ejército de 10.000 hombres, se unieron a las tropas saboyanas. Tomaron la ofensiva desde el Piamonte y pusieron sitio a Valencia del Po, cuyo gobernador, don Martín de Galiano, les obligó a levantar el campo. Mientras tanto, el duque de Rohan, que había ocupado la Valtelina, intentó coger a las tropas españolas entre dos fuegos, atacando desde el norte. El gobernador español del Milanesado, Marqués de Leganés, impidió la ejecución de esta medida situándose entre ambos ejércitos y forzando a Rohan a retirarse a Valtelina. Entonces se dirigió Leganés contra el ejército franco-saboyano que caminaba hacia Milán a un lado y a otro del Tesino, habiendo sufrido la pérdida de Toiras al asaltar el fuerte de Fontenelle. Leganés ordenó atacar por separado al ejército dividido y encargó a don Martín de Aragón, capitán general de la caballería, acometer a los franceses y procurar destruirlos antes de que pudieran llegar los saboyanos en su ayuda.

La batalla se trabó cerca de Buffarola; los franceses resistieron las impetuosas cargas de don Martín, y durante todo el día se luchó con gran denuedo por ambos lados. Cuando los franceses comenzaron a flaquear, acudió en su ayuda el ejército saboyano, que había logrado atravesar el río gracias a un puente de barcas. Rodeadas por enemigos, las tropas españolas hubieron batirse en retirada, pero con tan buen orden y fortuna que no dejaron en el campo ni prisioneros ni artillería. Quedó la batalla indecisa, y ambas partes se atribuyeron la victoria; bien es verdad que, habiendo sufrido los franceses pérdidas considerables, fracasó el intento de invasión del Milanesado, y los aliados se retiraron al Piamonte. A causa de este fracaso cundió la desconfianza entre Francia y Saboya, empeorándose la situación para esta última al morir, al año siguiente, el duque Víctor Amadeo y ser su sucesor menor de edad.

CANO SINOBAS, José Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z, págs. 757-758.

Batalla de las Dunas1639

Ante la difícil situación que atravesaba Flandes en 1639, en guerra simultánea con Francia y Holanda, el conde-duque de Olivares decide un desesperado socorro de hombres y dinero por vía marítima. En agosto se reúnen en el puerto de la Coruña setenta naves, ocho mil tripulantes y seis mil soldados con destino a Flandes —en su mayoría campesinos sin armas ni vestuario— al mando de don Antonio de Oquendo. Al llegar al Canal se encuentran con una pequeña flota holandesa, a las órdenes del almirante Van Tromp, dispuesta a estorbarles en su arribada a los puertos flamencos. El 16 de septiembre se entabla combate, en el que los holandeses suplen su inferioridad numérica con una certera artillería. El 18 se vuelven a repetir los combates, en los que Tromp maniobró con arte muy superior a su adversario, y la artillería causó fuertes daños a la escuadra de Oquendo. Ante la falta de pólvora y municiones, ambas escuadras se retiran. Tromp se refugió en el puerto aliado de Calais y recibió del gobernador quinientas toneladas de pólvora. Rehechas sus naves y tras veinte horas de permanencia en Calais, salió para reanudar el combate. Oquendo, con su nave y otras muchas desaparejadas, se refugió en las Dunas o Downs —rada en la costa inglesa de Kent, al norte de Dover, frente a Deal—, ya que confiaba en la seguridad del asilo en puerto neutral.

En la costa se encontraba la escuadra inglesa de Pennington, encargado de velar por la neutralidad de su jurisdicción. Oquendo, tras laboriosas gestiones, obtuvo por parte inglesa una pequeña cantidad de pólvora y balas y, burlando la vigilancia enemiga, logró hacer llegar a Flandes, en barcas pesqueras de Dunkerke, los hombres y caudales que llevaba. El 21 de octubre, al verse bloqueado por una imponente escuadra enemiga de 105 naves, decidió salir a alta mar. Ya sea por la niebla o por la impericia, muchas naves vararon en la costa o en los bancos. Los holandeses, con la neutralidad amistosa de los ingleses —que abrieron fuego sobre ambas escuadras—, —aunque las balas cayeran en su mayoría en buques españoles—, hundieron el Santa Teresa, de don Lope de Hoces. La Real de Oquendo —con 1.700 balazos en el casco— y ocho naves más consiguieron refugiarse en el puerto de Mardique. Ya no me falta más que morir —dijo Oquendo—, pues he traído a puerto con reputación la nave y el estandarte. España perdió 43 navíos y seis mil hombres, por diez naves y mil hombres los holandeses. Este desastre era consecuencia del evidente declinar del poderío naval español.

BALDUQUE, Luis Miguel, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 430-431.

Batalla de Montjuich1641

La batalla que las tropas de Felipe IV libraron por la posesión de Barcelona, en la primera época de la Guerra de Cataluña, suele llamarse batalla de Montjuich, porque los episodios más dramáticos y decisivos de ella tuvieron por escenario esa famosa montaña, que domina el puerto y la vieja Barcelona. El 26 de enero de 1641, en un amanecer claro y sereno, el marqués de los Vélez, general en jefe del ejército real, comenzó a mover sus fuerzas, que pronto, por la Cruz Cubierta que miraba al portal de San Antonio, dieron vista a Barcelona. Los defensores de la ciudad, el catalán Tamarit y los franceses Du Plesis y Serignan, recorrían los puestos animando a sus soldados. A las nueve de la mañana, el conde de Tirón, maestre de campo de irlandeses, subía, por el lado de Castelldefels, a Montjuich, cuya defensa se había encomendado al francés Aubigny. El valeroso general irlandés murió de un tiro de mosquetón recibido en el pecho. El portugués Simón Mascarenhas, que tomó el mando, murió allí también con no pocos soldados, perdiéndose, en consecuencia, todo lo que por aquel lado se había ganado. Otra desgracia, no menos grave para el ejército real, fue la muerte del valiente general de caballería, San Jorge, frente al portal de San Antonio, seguida de la de Filangieri, cuando acudía a socorrerle.

La lucha se llevaba temerariamente. Montjuich fue ocupado en dos tercios de su perímetro por el ejército real; pero, cuando los soldados ascendían, quedaban descubiertos y eran diezmados por las baterías y los mosquetes. Con igual ardimiento se luchaba frente a las murallas de la ciudad. Ni en la ciudad ni en el monte se sabía para quien sería, al fin, la victoria, aunque las bajas fuesen, lógicamente mayores entre los atacantes que entre los defensores. A las tres de la tarde se combatía en Montjuich con más ardimiento que nunca y los sitiadores de la ciudad arreciaban en sus ataques. Los de Montjuich comenzaban a quejarse de que se les llevaba a la muerte sin una finalidad concreta. Y no les faltaba razón, porque hasta entonces el maestre general, Torrecusa, no pidió instrumentos de escalar y cubrirse. No tardó un sargento catalán en percibir vacilaciones en el ejército real y, seguido de otro sargento francés y de unos cuarenta soldados, se descolgó de la muralla de la fortaleza al campo. Los soldados reales que estaban más cerca, sorprendidos por semejante audacia, instintivamente huyeron. Su miedo se generalizó, se hizo pánico. Los esfuerzos de algunos oficiales para contener a los alocados fugitivos fueron vanos. Los sitiados salieron en masa de la fortaleza, para cebarse en aquella tropa desordenada. El hijo de Torrecusa murió, y, desde aquel momento, el maestre ya no quiso oír ni mandar.

La parte del ejército del marqués de los Vélez, que daba frente a las murallas de la ciudad, veía con dolor el desastre de sus compañeros de montaña. Vélez, informado de que el maestre de campo don Fernando de Ribera, conde de Torrecusa, jefe del sector de Montjuich, había abandonado el mando, resignó el suyo en Juan de Garay, quien desde aquel momento tuvo el mando de todo. No se podía hacer más que lo que este viejo soldado hizo: mandar a la caballería que contuviera a las turbas que bajaban huyendo de Montjuich, sableándolas si era necesario, y retirar ordenadamente, más allá de Sans, a las tropas que atacaban la ciudad. Más sereno y experto que todos, Garay ordenó el ejército y dispuso acertadamente la retirada del ejército real hacia Tarragona, antes de que los catalanes se dieran cuenta exacta de su derrumbamiento y ocuparan los pasos de Martorell y Congost. El ejército llegó a Tarragona.

AGUADO BLEYE, Pedro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 1117-1118.

Batalla de Rocroi1643

Decidido a explotar el éxito de la batalla de Honnecourt y la desorientación en el campo francés por la desaparición de Luis XIII y de Richelieu, el gobernador de los Países Bajos, Francisco de Melo, envió sus tropas a ocupar Rocroi, plaza fuerte que cubre la ruta del Oise hacia Paris, en la frontera norte de Francia. Pese al asedio español, el duque de Enghien (futuro príncipe de Condé), que contaba por entonces con veintidós años, conseguía introducir refuerzos en la ciudad y situar su ejército (veintitrés mil hombres, de los que seis mil eran de caballería) frente al español (veintisiete mil hombres de los que ocho mil eran de caballería, con una fuerte artillería para cubrir el sitio y que esperaba, además, la llegada de un refuerzo de seis mil soldados.

Al alba, Enghien decide atacar por las alas y entablar solo escaramuzas por el centro, defendido por los veteranos del conde de Fontaines (conocido, pese a su condición de flamenco, por conde de Fuentes). Por la izquierda el ataque se torna incierto, pero por la derecha Enghien hace huir a los españoles para, después, rodear con la caballería el centro del enemigo y replegarse sobre la retaguardia del ala derecha española, que se bate en retirada. A continuación concentra todas sus tropas, salvo aquellas que estaban destinadas a retardar la llegada de refuerzos enemigos, contra el centro del ejército español. Después de tres encarnizados asaltos, y tras la muerte del viejo conde de Fuentes —que dirigía el combate desde una silla de mano—, los españoles se rinden. Los franceses perdieron cuatro mil hombres y los españoles siete mil, más seis mil prisioneros. En Rocroi triunfa la maniobra de envolvimiento, unido al espíritu de decisión y ofensiva.

Rocroi, éxito indiscutible de las armas francesas sobre las españolas, ha adquirido fama legendaria como la mayor derrota jamás sufrida por la hasta entonces imbatible infantería española, y a menudo se considera que señala el final del poder militar español en Europa. No fue, sin embargo, la batalla decisiva que suelen ponderar las historias. No supuso pérdidas territoriales de importancia y las humanas fueron repuestas, aunque por tropas de inferior calidad.

BALDUQUE, Luis Miguel, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, pág. 1065.

Batalla de Montijo1664

La guerra de Portugal, ocasionada por los desaciertos del conde-duque de Olivares, estuvo paralizada hasta el año 1644, en que el duque de Braganza, eficazmente socorrido por el rey de Francia con gran número de soldados, pudo poner en pie de guerra un ejército de 10.000 infantes y 3.000 caballos, sin contar la gente voluntaria. El mando de este ejército se confió a Vasco de Macareñas, dándole por teniente a Vasconcellos, y el mismo Braganza se trasladó a la frontera hispano-portuguesa para dar calor a las operaciones.

En el ejército español remplazó a Garay el conde de Santisteban, hombre honrado, mas no perito en las armas. Los portugueses se atrevieron a poner sitio a la plaza de Badajoz, apoderándose antes de Alcochel, Villanueva del Fresno y otras localidades fronterizas. Variados los mandos de ambos ejércitos se dio el de Portugal al general don Matías de Alburquerque y el de España al marqués de Torrecuso, militar experto, valeroso, leal y amante de la disciplina.

Las tropas castellanas, en número de 8.000 infantes y 3.000 caballos, pasaron el río Guadiana, iban al mando del flamenco barón de Moligne, lugarteniente de Torrecuso. El ejército portugués, mandado por Alburquerque se situó en excelentes posiciones cerca de Montijo, tan fuertes por la naturaleza y el arte, que consideró el caudillo de los españoles que no era oportuno el ataque.

El marqués de Torrecuso no admitía dilaciones de su subordinado Moligne y le apremiaba con repetidas órdenes de combate. Se atuvo a ellas el barón flamenco y condujo a sus tropas hasta una llanura que se extiende entre Montijo y Lobón, lo más próximo que pudo a las enemigas, provocándolas con repetidos cañonazos a la batalla. Nuestras tropas, inferiores en número a las contrarias, se vieron obligadas a extenderse bastante en el frente para no verse envueltas, y esto hizo que redujera su fondo.

Los portugueses bajaron, al fin, al llano y formaron en orden de batalla, con la infantería en el centro, cinco cuerpos en la primera línea, cuatro en la segunda y dos en reserva y retaguardia; la caballería a sus costados y la artillería distribuida por el frente. Dada la señal de acometer, rompieron el fuego de artillería y mosquetería, y avanzó con las picas caladas el ala derecha castellana, que mandaba el barón de Moligne, desbaratando al chocar con la izquierda enemiga.

Se generalizó el combate en todo el frente, con notoria desventaja para Alburquerque, quien parece anduvo algo remiso en ordenar su gente, no pudo impedir que las dos alas de los españoles pudiesen coger el flanco y por retaguardia la de los portugueses. Este acertado movimiento envolvente decidió la victoria, viéndose obligados los adversarios a abandonar el campo en desorden.

Sus pérdidas consistieron en 2.500 hombres, entre ellos bastantes personajes; siendo las nuestras 433 muertos y otros tantos heridos. El marqués de Torrecuso aprovechó el entusiasmo provocado por esta victoria y acometió y ganó sin pérdidas la plaza fronteriza de Santalexio. En los años siguientes permanecieron las tropas a la defensiva, y poco después entró el marqués de Leganés en el vecino reino, poniendo sitio a Olivenza.

YAQUE LAUREL, José Antonio, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, págs. 1116-1117.

Batalla del Ter1694

Durante el reinado de Carlos II, nuestra nación, después de luchar contra Francia en 1683, aceptó una tregua de veinte años. No esperó España la terminación de la tregua para romper otra vez las hostilidades con la vecina nación en 1688, y que duraron hasta 1697. Hubo en el transcurso de esas fechas choques sangrientos entre las tropas francesa del rey Luis XIV y las que mandaba el marqués de Leganés. Se luchaba en Flandes, en Italia, en Francia y en España, unas veces con éxito y otros con desgracia.

En Cataluña, la ineptitud del virrey duque de Escalona y marqués de Villena, ocasionó a nuestras armas un serio revés a orillas del río Ter, al enfrentarse sus tropas con las del duque de Noailles, que llegaron junto a aquel el 26 de mayo, ocupando Torroella de Montgrí, en la orilla izquierda del río mencionado. El enemigo contaba con unos 20.000 hombres, y el virrey español, que llegó el mismo día 26, con fuerzas aproximadamente iguales, situándose en la orilla opuesta y entregándose, desde luego al descanso, sin cuidarse de fortificar, ni poner en condiciones de defensa sus posiciones, convencido de que su enemigo no trataría de cruzar el Ter.

El mariscal de Noailles reconoció las líneas enemigas para intentar el paso del río por Torroella de Montgrí. Comenzó a efectuarse el esguace a las cuatro de la mañana, sufriendo aquel un fuego al desplegar sus tropas en orden de batalla. Atacaron los franceses a los nuestros en sus puestos y los arrojaron de ellos, obligándoles a replegarse con repetidas cargas de caballería e infantería. En hecho tan desgraciado quedaron tendidos en el campo más de 3.000 españoles y mayor número de prisioneros, sin que llegasen a 500 las bajas que experimentó el enemigo, en cuyo poder cayeron numerosos efectos.

Fueron consecuencia de esta derrota la pérdida de Palamós, Gerona, tan gloriosamente defendida otras veces; Hostalvich, Corbera y Castellfullit. En Cataluña sucedió al marqués de Villena el de Gastañaga, tan inepto como su antecesor, y las operaciones se limitaron a correrías de los paisanos y migueletes, que lograron algunos éxitos sobre los franceses.

YAQUE LAUREL, José Antonio, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z, págs. 751.

Batalla de Luzzara1702

Suceso bélico que tuvo lugar el 15-VIII-1702, durante la guerra de Sucesión (1701-1714), en Luzzara, Italia, y en el que se enfrentaron los ejércitos imperial, mandados por Francisco Eugenio de Saboya-Carignan —llamado el príncipe Eugenio—, e hispano francés a cuyo frente se hallaba el propio rey de España Felipe V (1700-1746).

La primera fase de la guerra de Sucesión se inició con la invasión de las fuerzas imperiales del archiduque Carlos de Austria (futuro emperador Carlos VI, 1711-1740) del Milanesado, que se hallaba bajo la soberanía española desde 1540; en 1702 las tropas del príncipe Eugenio habían establecido su base de operaciones y su depósito de armas en la ciudad de Luzzara.

Ese mismo año Felipe V desembarcó en Italia para intentar reconquistar los territorios ocupados por los imperiales; con este fin decidió tomar Luzzara, debido a su condición de centro vital para la logística enemiga. Al frente de un ejército de 50.000 hombres -capitaneados de hecho por Luis José de Borbón, gran duque de Vêndome- y reforzados por otros treinta mil a las órdenes del príncipe de Vaudémont se dirigió al arsenal de los imperiales.

El príncipe Eugenio, a pesar de su inferioridad numérica -no contaba con más allá de treinta mil hombres- salió a su encuentro y al amanecer del día 15 ambos ejércitos entablaron combate; a mediodía el resultado de la batalla aún era incierto, pero al anochecer las fuerzas de Felipe V consiguieron forzar la retirada de las del el príncipe Eugenio, sin haber logrado vencerlas totalmente. Dos días más tarde, Luzzara fue tomada por el ejército hispano francés sin hallar resistencia.

VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XII pág. 5950.

Batallas por Gibraltar

Periodo 1704-1713

Durante la guerra de Sucesión, el príncipe de Hesse-Darmstadt, tras fracasar en su intento de desembarcar en Barcelona para ganar Cataluña para la causa de archiduque Carlos de Austria, llegó a Gibraltar en una escuadra angloholandesa al mando del almirante sir George Rooke. Sitiada por mar y tierra, la escasa guarnición borbónica hubo de capitular (4-VIII-1704).

El almirante inglés se apresuró a izar su bandera en nombre de la reina Ana, ganando así Inglaterra una plaza estratégica de primerísimo orden. Felipe V ordenó inmediatamente su reconquista al marqués de Villadarias; pero los nueve mil españoles —auxiliados por tres mil franceses del general Cabanne y la escuadra del conde de Tolosa— no tuvieron éxito en este primer asedio (1704-1705); lluvias, enfermedades y sobre todo, el absoluto dominio británico del mar permitirán en este sitio como en los sucesivos avituallar al peñón de hombres, municiones y víveres.

A comienzos de 1705, el mariscal Tessé sustituyó a Villadarias, pero fracasó en el asalto terrestre, mientras el almirante sir John Leake derrotaba a la flota borbónica del barón de Pointy. El asedio terminó consolidando a los ingleses en sus posiciones, ratificadas por el artículo 10 del tratado de Utrecht (1713). Con los primeros Borbones la recuperación de Gibraltar, por vía diplomática o militar, se convertiría en uno de los ejes de la política exterior. Jorge I de Inglaterra ofrece Gibraltar a Felipe V en 1718 a cambio de su adhesión a la Cuádruple Alianza y al abandono de sus aspiraciones en Italia.

Pero los triunfos iniciales españoles en Cerdeña y Sicilia hacen que Madrid decline tal ofrecimiento. Posteriormente, la derrota en cabo Pessaro de la flota de Felipe V, y con los ingleses ocupando Vigo, modificaron radicalmente las circunstancias, aunque Felipe V siguió reclamando Cerdeña, Gibraltar y Menorca. El embajador inglés Stanhope, conocedor del interés personal del rey de España, decía que eran la opinión pública y el parlamento quienes impedían iniciar las negociaciones a Jorge I (al que presentaba como deseoso de llegar a un cordial acuerdo con el monarca español).

Tales tácticas dilatorias ayudadas por las promesas epistolares del rey británico (1-II-1721) pospusieron el conflicto armado unos años, pero este se volvió inevitable al comprobar España la inutilidad de sus esfuerzos por recuperar la plaza por medios diplomáticos (Congreso de Cambray,1722).

Periodo 1727-1728

Declarada la guerra en 1727, el conde de las Torres inicia el segundo sitio con veinticinco mil soldados. Una vez más fracasó por la falta de una flota y por el empeño de acabar con la artillería enemiga practicando una serie de minas bajo la Roca, táctica desaprobada por Verboom, que se retiró enojado. Todo ello condujo a la firma del armisticio (23-VI-1727). El sitio se levantó por la firma del Acta de el Pardo (6-III-1728) por el que España aceptaba los acuerdos de Utrecht, a la espera de las decisiones del inmediato Congreso de Soissons.

El problema gibraltareño fue orillado (14-VI-1728) porque los plenipotenciarios ingleses utilizaron hábilmente el empeño de Isabel de Farnesio para obtener un trono en Italia para su hijo Carlos; Londres apoyó esta actitud, logrando alejar de momento el contencioso hispanobritánico. Durante la Guerra de los Siete Años, tanto Versalles como los ingleses trataron de atraerse a Fernando VI, pero España no abandonó su neutralidad, ni siquiera tras el ofrecimiento de Gibraltar.

Periodo 1779-1780

En 1779, en el marco de las participación española en la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos, Carlos III decide el tercer sitio. Catorce mil hombres al mando del general Álvarez de Sotomayor por tierra y la flota de Antonio Barceló pusieron en aprietos a los dos mil ingleses de Elliot. Pero el 16-I-1780 la escuadra de Lángara es destruida por el almirante Rodney, que llevó abundantes socorros a los sitiados. Este éxito inglés malogró tanto los planes militares como los intentos diplomáticos que se habían iniciado oficiosamente en octubre de 1779.

Periodo 1782

La reconquista de Menorca (febrero de 1782) animó a Carlos III a bloquear Gibraltar, empleando tropas que habían participado en Mahón y dando el mando al duque de Crillon, victorioso en Menorca. Con cuarenta mil soldados y la realización de imponentes obras militares (como la pasarela abierta en una noche que exigió el empleo de millón y medio de sacos de arena), Crillón hizo concebir grandes esperanzas entre los numerosos testigos oculares del Gran Sitio.

Pero el 13-IX-1782, dos días después de iniciado el ataque, las pretendidamente incombustibles baterías flotantes (diez naves de doble casco armadas con doscientas veinte piezas artilleras proyectadas por el ingeniero francés d´Arçon) se incendiaron. El sitio continuó, pero no había más remedio que negociar la paz.

El conde de Aranda, embajador de Carlos III en Francia, logró que por el tratado de Versalles (3-IX-1783) España, en un acuerdo sin duda ventajoso, recuperase Menorca, el dominio sobre las dos Floridas y Honduras. Pero Gibraltar, cuestión y objetivo fundamental para los plenipotenciarios españoles y que alargó mucho las negociaciones, siguió en poder de los ingleses, que sabían de su cada vez mayor importancia estratégica —y de prestigio— para el dominio de las rutas marítimas.

BALDUQUE, Luis Miguel, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 553-554.

Batallas de Menorca1706-1798

Durante la guerra de Sucesión los menorquines se alzaron a favor del pretendiente austracista el 19-X-1706, al mando del caballero don Juan Miguel Saura. Pero las guarniciones del castillo de San Felipe y Fornells, que permanecieron fieles al pretendiente borbónico, Felipe V, aplastaron la revuelta, tras lo que se desató una dura represión de los partidarios austracistas, ejecutados por el gobernador, Leonardo Dávila.

Así estaban las cosas cuando el 19-IX-1708 llegaba al puerto de Mahón una flota angloholandesa al mando de Stanhope, que ocupa la isla en nombre del pretendiente archiduque Carlos, pero que en realidad suponía conquistar la isla para Gran Bretaña; conquista ratificada en el tratado de Utrecht (1713). Comenzaba la primera dominación británica (1708-1756), en la que destaca la figura del primer gobernador, sir Richard Kane, constructor de la Mane´s Road, carretera que unía la isla de un extremo a otro; también ordenó la traída de nuevas especies vegetales y animales, y la unificación de pesos y medidas.

Enfrentadas Francia e Inglaterra con motivo de la guerra de los Siete Años, el 18-IV-1756 llegaban a Ciudadela 12.000 soldados franceses traídos desde Tolón por una potente flota a cardo del almirante La Galissonnière y mandados por el cardenal duque de Richelieu. Ocupada la ciudad sin resistencia, se puso sitio al castillo de San Felipe el 19-IV, donde resistía el gobernador Blakeney al frente de tres mil quinientos soldados, cuya única esperanza era la flota del almirante Byng, que se enfrentó a la de La Galissonnière en combate confuso y disputado, para finalmente retirarse.

Esto supuso el golpe de gracia para los sitiados, que mostraron bandera blanca el 28-VI. El desgraciado Byng fue condenado a muerte en consejo de guerra y comenzó la ocupación francesa (1756-1763), que fue breve en el tiempo, ya que por el tratado de París (1763) los franceses devolvieron Menorca a su majestad británica.

Esto dio lugar a una segunda dominación británica (1763-1782), ocupando de nuevo los casacas rojas la isla. Aprovechando la insurrección de las colonias norteamericanas contra al Metrópoli, Francia y España se unen contra Inglaterra, fijándose Floridablanca dos objetivos factibles: Gibraltar —a la que se pone sitio— y Menorca, donde se envía el 21-VII-1781 al francés duque de Crillon, desde Cádiz, con una fuerza de siete mil quinientos soldados en un convoy de 73 buques.

El desembarco tuvo lugar el 19-VIII en la cala Mezquida, y, a continuación, se puso sitio al castillo de San Felipe, que albergaba la exigua guarnición inglesa de mil setecientos infantes y seiscientos marineros mandados por el general Murray. No obstante, no se rindieron hasta el 4-II-1782, concediéndoseles honores militares. De esta forma comenzó el breve periodo español (1792-1798). Apenas posesionados los españoles de San Felipe, se ordenó demoler la fortaleza.

Esta orden, absolutamente desconcertante, dejaba a la isla totalmente indefensa ante cualquier ataque hostil. Al firmar España las paces con la Francia republicana, en 1795 (Paz de Basilea), se enemistó de nuevo con Inglaterra, que por tercera vez tomaba la isla el 7-IX-1798. Esto dio lugar a la tercera dominación británica (1798-1802), que concluyó con los tratados de Amiens de 1802, por el que Menorca quedó definitivamente española.

BALDUQUE, Luis Miguel, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 799-800.

Batalla de Almansa1707

Batalla que tuvo lugar el 25-IV-1707, durante la Guerra de Sucesión, en las cercanías de Almansa (Albacete). El marqués de la Minas y lord Gallway, al frente del ejército aliado, precipitaron los acontecimientos y propiciaron el choque con las fuerzas de Felipe V, que mandaba el duque de Berwick, antes de que se unieran con las del duque de Orleáns , a quien Luis XIV había designado comandante en jefe para España. El ejército franco-español sumaba unos veinticinco mil hombres, mientras que las fuerzas aliadas (formadas por ingleses, portugueses, holandeses, hugonotes y españoles partidarios del archiduque Carlos) ascendían a unos quince mil. La batalla terminó con un claro triunfo borbónico.

Las pérdidas sufridas por los aliados se estiman en torno a la mitad de sus efectivos; las de Berwick se aproximan a cinco mil hombres. El duque de Orleáns llegó al día siguiente. La batalla de Almansa tiene una importancia decisiva en el terreno militar y político. Por una parte, las fuerzas borbónicas conservaron —salvo en la coyuntura crítica de 1710— una posición de superioridad en la Península. Orleáns se dirigió hacia el reino de Aragón; Valencia capital se entregó sin resistencia el 8 de mayo tras la huida del virrey austracista conde de la Corzana.Por otra parte, la incorporación felipista de los reinos de Aragón y Valencia fue seguida por la promulgación del decreto que abolía sus antiguos fueros y libertades (19-VI-1707)..

LEÓN SANZ, Virginia, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, pág. 38.

Batalla de Passaro1718

Felipe V, en una política de revisionismo de los tratados de Utrecht, llevó a cabo —junto a su ministro Alberoni y el eficaz Patiño— la invasión de la isla de Sicilia en 1718. La Armada española —al mando de don Antonio Gastañeta— estaba compuesta por gran núnero de barcos que en su mayoría eran de poca calidad y cuyas tripulaciones carecían de experiencia marinera. Frente a las costas sicilianas apareció la flota del almirante inglés Byng, cuya actitud se estimó pacífica, a tenor de los informes de Alberoni.

Gastañeta salió del faro de Messina y en la noche del 10-VIII-1718 se encontraba entre Siracusa y el cabo Passaro, zona donde se nota la corriente del canal de Malta. Al día siguiente, la flota española apareció dispersa. No así la inglesa, que amaneció compacta y en posición de ataque. Sin tiempo para reaccionar, la retaguardia que mandaba el Marqués de Marí —y que se encontraba muy retrasada en Avola— fue la primera que Byng atacó, sin previa declaración de guerra.

Las naves que componían casi la mitad de la armada, pusieron proa a tierra, a fin de embarrancar y no entregar los buques. Byng, una vez cortada la retaguardia atacó el centro de los españoles en un combate que no merece en nombre de batalla. La real de San Felipe, que era la capitana, fue atacada por seis navíos a la vez e intimidada con un brulote para que se rindiera. Gastañeta resultó herido, como la mayor parte de los oficiales y doscientos hombres. En su defensa acudió don Antonio Escudero y su fragata Volante que, tras cuatro horas, tuvo que rendirse. El resto de las naves, dispersas, buscaron refugio en Malta y Corfú. Se perdieron doce navíos. Las galeras de Grimau lograron llegar a Palermo y dar noticia del descalabro.

BALDUQUE, Luis Miguel, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, pág. 926.

Argel1775

Tras el revés de 1541 se interrumpen durante dos siglos las grandes expediciones españolas contra Argel, aunque este enclave continuaba siendo un foco de piratería y hostigamiento para el comercio y la navegación. Y fue Carlos III quien asumió de nuevo la tarea de acabar con las agresiones argelinas. La más famosa y también la más nefasta, de las acciones emprendidas contra Argel durante su reinado fue realizada en 1775, bajo el mando del teniente general conde de O´Reilly. El conde de Fernán Núñez, participante en la empresa y cronista de los hechos, indica en su Vida de Carlos III que el ejército expedicionario se componía de veinticinco mil hombres y la flota de ocho navíos, ocho fragatas, veinticuatro jabeques, algunas bombardas y galeotes, más otros barcos para el transporte de las tropas y los avituallamientos, totalizando 381 barcos como señala el mismo autor en su Diario de la expedición.

El mando de la escuadra lo ostenta Pedro González de Castejón. Al amanecer del día 23-VI-1775 salían las naves de Cartagena, luego que el Velasco, buque insignia, diera la señal para hacerse a la mar. pero, apenas iniciada la marcha, ante un cambio del tiempo, hubieron de buscar refugio aquel mismo día en La Subida, al oeste de Cartagena, donde permanecieron hasta la mañana del 26, en que nuevamente se dio la orden de partida, que solo pudieron obedecerla ciento veinte embarcaciones, por haber amainado el viento. Las restantes no abandonaron aquel puerto hasta el día siguiente. La primera parte del convoy anclaba en la bahía de Argel el 30-VI; la segunda lo hacía el 1-VII, según indica Fernán Núñez en su Diario, si bien este autor, en la Vida de Carlos III, precisa que la vanguardia de la escuadra llegó a Argel el 1 de julio y los rezagados poco después.

El asombro de los expedicionarios fue grande al encontrarse con un enemigo preparado para repeler el ataque, cuyos campamentos y artillería dominaban las colinas que bordean la bahía. El cuidado puesto en llevar los preparativos de la acción con el mayor sigilo, a fin de contar con el factor sorpresa, no había servido de nada ante las informaciones filtradas a los argelinos por Francia y Marruecos. Tras algunas vacilaciones sobre el lugar y día de desembarco, O´Really dio la orden de efectuarlo al amanecer del 8 de julio y en ese mismo día, por la tarde, reembarcaban las tropas habiendo dejado sobre el terreno 528 muertos. El 15 de julio entraba O´Really en Alicante siendo blanco de las críticas y burlas del pueblo, manifestadas en buen número de coplillas y romances, que alcanzaron también a la persona de su valedor, el ministro de Estado marqués de Grimaldi.

CEPEDA GÓMEZ, José, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 69-70.

Motín de Aranjuez1808

Insurrección que se produjo en la noche del 17 al 18-III-1808, y que motivó el encarcelamiento de Godoy y la abdicación de Carlos IV en favor de su primogénito, Fernando. Godoy comenzó a desconfiar de las intenciones de las tropas francesas que habían penetrado en España, y convenció a los reyes de que debían retirarse a Andalucía, para, en caso necesario, pasar a las Baleares o a la América española. Pero el partido del príncipe de Asturias hizo correr la noticia de que Godoy pretendía secuestrar y destronar a Carlos IV y que temía a las tropas de Napoleón, porque estas entraban como aliadas de Fernando. El conde de Montijo, disfrazado de campesino manchego y ocultando su personalidad bajo el nombre de el tío Pedro recorrió los alrededores de Aranjuez para reclutar unos cuantos paisanos.

A la una de la madrugada se oyó un disparo de pistola en el palacio real y el príncipe salió de sus habitaciones con un grupo de guardias. Se organizó un tumulto que permitió dominar a los guardias fieles a Godoy; pero este no fue hallado hasta el día 19 por la mañana, oculto en un desván de su palacio. A las siete de la tarde de aquel mismo día, Carlos IV convocó a sus ministros para abdicar en favor de su hijo Fernando. Godoy parece tener razón al decir que el motín de Aranjuez fue organizado por unos cuantos nobles, valiéndose de las jaurías de lacayos, de cocheros, galopines y chusma advenediza que tenían asaliarada; pero lo cierto es que los sucesos del real sitio hallaron en Madrid un auténtico eco popular.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Larousse, Ed. Planeta, 1993, tomo 2 pág. 728.

Batalla de Espinosa de los Monteros1808

Después de la batalla de Valmaseda, el general Blake, con 30.000 hombres, se retiró a descansar a Espinosa de loa Monteros, huyendo así del combate que el mariscal Lefebvre le ofrecía por la parte de Bilbao y Víctor por la de Orduña y Amurrio. Este último, con 25.000 hombres atacó el 10 de noviembre a los de Blake, sufriendo el primer choque el conde de San Román. Fue este auxiliado por la división de Riquelme, muriendo los dos generales. La niebla interrumpió el combate, que no se reanudó hasta el día siguiente. Atacaron los franceses el ala izquierda, compuesta por una división de voluntarios asturianos, hiriendo sus tiradores al general Acevedo y al jefe de escuadra Cayetano Valdés, y causando la muerte al mariscal de campo Gregorio Quirós. Los asturianos huyeron entonces hacia el valle del Pas.

El centro entre tanto era atacado también, logrando acorralar a los españoles sobre el pueblo de Espinosa de los Monteros, mientras el general Labruyère deshacía el ala derecha. La reserva de Mahy protegió entonces la retirada, pero no pudo evitar perder la artillería en el paso der río Trueba y el que nuestros soldados se dispersasen. Balke consiguió reunir 12.000 de ellos en Reinosa, y con ellos marchó a León, huyendo del mariscal Soult que se dirigía hacia Reinosa desde Burgos. Las tropas de Lefebvre consiguieron atacar en esta marcha a la impedimenta, muriendo en este combate parcial el general Acebedo y muchos enfermos y heridos que fueron acuchillados.

PUENTE O´CONNOR, Alberto de la, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, pág. 1315.

Batalla de la Albuera1811

Enfrentamiento armado entre los ejércitos anglo-hispano-portugués y francés, ocurrido en La Albuera (Badajoz) durante la guerra de la Independencia (1808-1814). El bando aliado compuesto por unos 35.000 hombres estuvo dirigido por los generales Castaños, Wellington, Blake y lord Beresford, que ostentó el mando supremo. El francés formado por unos 25.000 hombres, estuvo a las órdenes del mariscal Soult. Beresford hubo de levantar el sitio de Badajoz, enclave estratégico para el dominio de Andalucía, debido a la proximidad de las tropas de Soult, procedentes de Sevilla.

En un primer ataque, las tropas francesas del duque de Dalmacia fueron rechazadas por las divisiones de Zayas y Ballesteros. En un segundo intento, el apoyo de la caballería polaca de Latour-Maubourg facilitó la toma momentánea de algunas posiciones españolas, que fueron recuperadas gracias al auxilio de la división inglesa de Steward. Soult intentó una nueva ofensiva que fue contenida por la división de Zayas, lo que motivó una gran concentración de fuerzas de ambos ejércitos que dejó en evidencia la inferioridad del ejército francés, que se retiró definitivamente hasta Nogales (Badajoz) el 17-V-1811. Al día siguiente se inició su repliegue hasta Llerena (Badajoz). El retroceso francés motivó un nuevo asedio sobre Badjoz, dirigido esta vez por Wellington.

Las bajas de la batalla, que ascendieron a unos 14.000 hombres, se repartieron aproximadamente igual por ambos bandos. Por Decreto de 1-III-1815 se creó la cruz de La Albuera, condecoración instituida en conmemoración de la batalla, y en la plaza de la villa de la Albuera se erigió un monumento dedicado a los participantes en la batalla, en cuyo cuerpo principal se ubica un busto del general Castaños. También Byron la cantó en Childe Harold ¡Oh Albuera, glorious field to grief!

VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo I pág. 385.

Batalla de Arapiles1812

Una de las batallas más importantes y decisivas de la guerra de la Independencia. Cuando llega a España la noticia de la campaña de Rusia el general Wellington decide aprovechar el momento para llevar a cabo una gran operación contra los franceses. Al mando de un ejército aliado de unos cincuenta mil infantes y cinco mil jinetes (divisiones inglesas, españolas, portuguesas y guerrilleros de Julián Sánchez se enfrenta, en las cercanías de Salamanca, a los 47.000 soldados del mariscal Marmont, duque de Ragusa; se combatió en los Arapiles: dos eminencias del terreno, Arapil grande y Arapil chico, que el francés pretendía tomar, primero de frente y, ante la imposibilidad de conseguirlo, con un ataque por los flancos después, momento que es aprovechado por las tropas anglolusoespañolas para desencadenar un gran ataque que disloca al enemigo. Roto el centro de Marmont (que resultó gravemente herido), la caballería francesa es arrollada, obligando al resto del ejército galo a la retirada, lo que se acentúa con la conquista del Arapil grande por los aliados, que persiguen a los enemigos hasta las cercanías de Peñaranda de Bracamonte. Los franceses tuvieron mil ochocientos muertos, más de dos mil quinientos heridos y setecientos prisioneros, perdiendo en la huida águilas imperiales y banderas. En los aliados las bajas fueron de unas cinco mil quinientas entre muertos y heridos. El resultado de la batalla fue el levantamiento del sitio de Cádiz, el repliegue de Soult hacia Valencia y la salida de Madrid de José I Bonaparte. Las Cortes concedieron el Toisón de Oro a Wellington.

CEPEDA GÓMEZ, José, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 69-70.

Batalla de Vitoria1813

Puede considerarse uno de los acontecimientos más significativos de la guerra de la Independencia no solo por la victoria decisiva sobre los franceses, sino también por una serie de circunstancias que rodearon el combate. El rey José, cada día más en desacuerdo con su hermano Napoleón, decidió abandonar Madrid para hacerse fuerte en Burgos, llevando con él la pesada retaguardia de sus rapiñas —el famoso equipaje del rey José—, en el que, por poner un ejemplo, solo el gobernador militar de Madrid, general Hugo, salió de la capital con una impedimenta de trescientos carros; alhajas, obras de arte, ropas, etc. El ejército francés siguió en su repliegue hacia el N. al rey José, quien después de abandonar Burgos y tomar el mando supremo de las fuerzas se aprestó a presenta batalla a las fuerzas de Wellington, jugándose el todo por el todo. Eran unos cincuenta y cinco mil franceses contra unos ochenta mil anglo-luso-españoles los que entraron en combate al amanecer del día 21-VI-1813 en las cercanías de la capital alavesa. José nunca fue un gran estratega, y en esta ocasión su error principal consistió en presentar una línea demasiado extensa y poco sólida. El dispositivo francés se colocó en paralelo en el camino de Francia, con poca soldadura entre sus alas, lo que aprovechó el inglés para atacar por el punto de unión del centro con la izquierda, que se retiró en desorden. José huyó precipitadamente por el camino de Pamplona, abandonándolo todo, incluso su coche. Los franceses perdieron cientos de carros y cañones y tuvieron ocho mil muertos y más de mil prisioneros, frente a unas cinco mil bajas aliadas.

MORALES ARRIZABALAGA, Jesús, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, pág. 1222.

Batalla del Trocadero1823

Este fuerte, uno de los más importantes de la defensa de Cádiz, fue tomado al asalto y casi por sorpresa en la noche del 30 al 31 de agosto por las tropas francesas del duque de Angulema. Defendía el fuerte el diputado coronel Grases con 1.500 hombres. Tres columnas de ataque embistieron a un tiempo, después de doce días de brecha abierta, aquella fortaleza que era la mayor esperanza de los sitiados de Cádiz, presenciándolo el duque de Angulema con su Estado Mayor al borde de la Cortadura. Casi todos nuestros artilleros perecieron al pie de sus cañones: hubo 150 muertos y 300 heridos; los demás, incluso Grases, quedaron prisioneros; se perdieron cincuenta y tres piezas de artillería. Los franceses ocuparon sucesivamente el Fuerte Luis y la antigua fortaleza de Matagorga (31-VIII y 1-IX). De distinguió por su arrojo en la toma de Trocadero el príncipe Carignan que servía como voluntario en las filas francesas.Lafuente Historia de España, 1880, tomo V, pág. 447. Con la toma del Trocadero no les quedaba a los sitiados sino el fuerte de Sancti-Petri que, a pesar de los refuerzos que aportaron el general Quiroga y el inglés Roberto Wilson, fue tomado el 20 de septiembre sin presentar apenas resistencia.

PUENTE O´CONNOR, Alberto de la, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z, pág. 816.

Batalla de Arlabán1836

A principios del año 1836, las partidas carlistas del Norte crecían considerablemente: en Arlabán tenían uno de sus reductos principales, y desde Mondragón al alto de Salinas acampaban gran número de fuerzas. Córdoba se dispuso a batirlas y formó tres divisiones, poniendo a la derecha la Legión británica de Evans, en el centro la Legión francesa de Bernelle y a la izquierda la división de Espartero. Se proponía atacar de frente y envolver por los flancos. Por su parte, los carlistas, al mando de Eguía, ocupaban Guevara, Arlabán y Villarreal de Álava. El primer punto lo defendía el general Villarreal, con cuatro batallones alaveses y dos vizcaínos, más alguna caballería; el segundo, los sostenía el brigadier Goñi, con dos batallones navarros y un escuadrón, y el tercero estaba defendido por cuatro compañías castellanas y un escuadrón.

El 16 de enero los liberales trataron de ganar el puerto, y el entonces coronel don Ramón María Narváez se arrojó valientemente sobre las guerrillas enemigas, siendo herido en la cabeza; continuó muy encarnizada la resistencia de los carlistas, que se retiraron a las alturas, siendo desalojados de varias de sus posiciones. Los combates continuaron, sin embargo, el 17. Los carlistas estaban decididos a hacer retroceder a sus enemigos hasta Vitoria y estos últimos a derrotar a los primeros. Las posiciones se perdían y recuperaban. Por fin vino la noche, y Eguía replegó sus fuerzas, mientras Córdoba decidió retirarse. El triunfo puede considerarse que correspondió a los carlistas. Córdoba quedó en Ulibarri-Gamboa y Eguía en Escoriaza. El 19 regresó Villarreal a la parte de Álava, con su división, y al llegar a Elgueta supo que Evans estaba acampado con la suya en las inmediaciones de Zuazo: era ya la noche, y una compañía carlista atacó a los ingleses, que se dispersaron huyendo en desorden hasta Vitoria.

MARTÍNEZ BANDE, José Manuel, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, pág. 352.

Batalla de Aranzueque1837

Se produjo esta batalla poco después de retirarse de Madrid la expedición de don Carlos. Espartero, que seguía la Expedición Real, al llegar cerca de Guadalajara, sospechó por la posición de las fuerzas carlistas, que no habían desistido estas de atacar Madrid de nuevo, y, para evitarlo, contramarchó rápidamente y se presentó por la mañana en Alcalá. El día 19 de septiembre se adelantó hasta Anchuelo y con la caballería y un batallón de guías atacó la retaguardia carlista. Retrocedió esta en medio de la mayor confusión, aumentada por los voluntarios recién incorporados que fueron a refugiarse a Aranzueque. Los liberales siguieron hasta el pueblo. Al entrar en él, huyó don Carlos a caballo, yendo a reunirse con las fuerzas que habían tomado posiciones para defender el paso del río. Marcharon después los carlistas a Ontava, donde pensaban descansar, pero ante el ataque del enemigo tuvieron que volver a marchar a medianoche. Según Pirala, Historias de la Guerra Civil, t. IV, pág. 133, los carlistas perdieron unos doscientos prisioneros y más de 400 que se presentaron. Entre otros, quedaron en poder de Espartero el brigadier Miranda, gravemente herido, el conde del Castillo y el general Lozano. La expedición real acabó prácticamente con la batalla de Aranzueque, pues las tropas se dividieron en grupos que procuraron llegar, cada cual por su lado, a lugar seguro en las provincias del Norte. Don Carlos auxiliado por Moreno, no llegó hasta el día 24 de octubre a Arciniega.

PUENTE O´CONNOR, Alberto de la, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, pág. 312.

Batalla de Wad-Ras1860

Esta acción, reñida el 23-III-1860, se distinguió por la dureza de sus episodios y el valor de los combatientes, que se empeñaron a fondo y en gran número cerca de 50.000 los marroquíes; por la amplitud de la maniobra española y el objetivo de nuestras tropas —forzar el difícil paso del Fondak y allanar el camino a Tanger—, y por las grandes bajas que costó a ambos bandos —las propias, inferiores en mucho a las del adversario, se elevaron a 137 muertos y 1.124 heridos.— Pero su mayor importancia consistió en que señaló el final de la Guerra de África, pues, vencidos rotundamente los moros, su caudillo, el príncipe Muley al Abbas, solicitó al día siguiente la paz, firmando con O´Donnell las bases preliminares para concretarla y el armisticio con que cesaron las hostilidades. Salvo la división Gasset, el primer cuerpo, que guardaba el campo de Ceuta y cubría su línea de fortificaciones, y las fuerzas precisas para guarnecer Tetuán y sus campamentos y el río Martín y sus fuertes, en la mañana del día dicho el ejército expedicionario emprendió la marcha en dirección al puente Busceja.

El primer cuerpo (Echagüe), aumentado con una brigada provisional, que marchaba en vanguardia, comenzó la acción ocupando posiciones al frente y destacando fuerzas a la izquierda para oponerse a un intento de envolvimiento. Luego, el segundo cuerpo (Prim) reforzó con unas unidades la línea constituida por el anterior, mientras su general con otras pasaba el puente, empujaba al adversario hacia los montes Amsal y Beni Ider y, aprovechando que parte del terreno reforzaba y daba solidez a los elementos avanzados, progresó para posesionarse de las primeras alturas citadas, que, a poco, fueron perdidas, recuperadas prontamente, vueltas a perder a continuación, y, al fin, definitivamente reconquistadas. Sin embargo, la situación de los batallones que personalmente mandaba el conde de Reus, muy avanzados y ante un enemigo que no se limitaba a defenderse, sino que atacaba con fiera saña, era muy comprometida, por lo que el general Ros de Olano, que ya tenía una división de su cuerpo, el tercero, embebida en la lucha, cañoneó al adversario y lanzó en auxilio de aquellos a la brigada de Cervino, que, con su heroísmo, evitó fuesen envueltos por la derecha, siendo tal la violencia del combate, que en uno de sus batallones, Ciudad Rodrigo, fueron bajas su jefe, 17 oficiales de los 25 que formaban su plantilla, y más de la mitad de la tropa.

En el comienzo, una división del cuerpo de Reserva (De los Ríos) y la de los Tercios Vascongados a él afecta, ocuparon Samsa y Sadina, y en el curso de la batalla guardaron el ala derecha; la otra división, en la retaguardia, tuvo que contribuir a la defensa de la impedimenta, escoltada por los escuadrones de la caballería (Alcalá Galiano), que el valiente enemigo llegó a atacar. Hasta entonces, aunque apoyándose en momentos arriesgados, la actuación de las fuerzas no estuvo ligada y la acción principal pasó sucesivamente, como se ha expuesto, de uno a otro de los cuerpos. Después, los esfuerzos se coordinaron y unificaron al disponer el general en jefe (O´Donnell) un ataque simultáneo y articulado de todas sus tropas, ante el cual el adversario temeroso de ser envuelto, abandonó el campo en rápida retirada. El ejército español quedó vivaqueando ante la entrada del Fondak, en tierras de la cabila de Uadrás o Wad-Ras, de la que tomó nombre la batalla, para regresar al día siguiente, una vez firmado el armisticio a sus campamentos de las inmediaciones de Tetuán.

RAMOS CHARCO-VILLASEÑOR, Aniceto, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo N-Z, pág. 1037.

Batalla de Alcolea1868

Combate que decidió la suerte de la revolución de 1868. El 28-IX-1868, las fuerzas sublevadas en Cádiz, al mando del general Serrano, duque de la Victoria, esperaron a las tropas que el gobierno enviaba contra ellas, mandadas por el general Pavía, primer marqués de Novaliches, junto al puente sobre el Guadalquivir que hay cerca de Alcolea (Córdoba). Si vencían los revolucionarios, tendrían libre el camino de Madrid. Si eran derrotados, las fuerzas gubernamentales podrían penetrar en Andalucía y tratar de reprimir la sublevación. La batalla que resultó decisiva para la suerte de Isabel II. Un cuerpo militar gubernamental dirigido por los generales Lacy y Paredes, el coronel Andía y el oficial del Estado mayor Pérez de Meca, intentaron cortarles el camino. El general Lacy, a las órdenes de Pavía, atacó con su brigada traspasando las fuerzas enemigas pero quedó cercado por estas y fue hecho prisionero, siendo liberado por el propio Serrano tras el encuentro entre ambos generales. El segundo ataque de los partidarios realistas lo llevó a cabo el coronel Pérez de Meca, que resultó muerto en una descarga y, finalmente, el propio Pavíainició el tercero de los ataques resultando herido y retirándose sus hombres en franco desorden. La lucha fue encarnizada (causó de 1.500 a 2.000 bajas) y se decidió a favor de los revolucionarios, que como había previsto Serrano, pudieron avanzar hacia Madrid sin hallar resistencia.

VARIOS AUTORES, Enciclopedia Larousse, Ed. Planeta, 1993, tomo 1 pág. 318.

Batalla de Irún1874

Tuvo lugar esta batalla el 10 de noviembre. En la madrugada de este día se hallaban las tropas de la derecha liberal concentradas en Rentería. A las ocho se inició el ataque contra las posiciones de San Marcos. Loma se trasladó de Rentería a Pasajes con seis batallones para embestir la parte de Oyarzun, Portilla por la izquierda y La Serna y Blanco por la derecha. pero los carlistas no habían fortificado debidamente la altura de Jaizquibel y este solo punto sirvió para decidir la batalla. Portilla vio con sorpresa que solo dos compañías carlistas defendían esta posición; la tomó sin encontrar gran resistencia y, descendiendo por la vertiente opuesta, hizo retroceder a sus enemigos, que, para no caer prisioneros, abandonaban las posiciones, huyendo hacia Arichulegui. Entre tanto, Loma se apoderaba de Oyarzun, y Blanco, simulando un ataque hacia el collado de Gainchurizqueta, permitió a Portilla un amplio movimiento envolvente, obligando de nuevo a retroceder a los carlistas. Solo estaba defendido el alto de San Marcial, y poco después era tomado por La Serna.

El triunfo dice Pirala, Historia Contemporánea. Anales, 1879, tomo V, pág. 80 fue completo para los liberales, y no a mucha costa, y si no fue grande tampoco la pérdida material de los carlistas, padeció mucho su fuerza moral ante los franceses, que presenciaron la embestida a Irún y la retirada. El comandante general carlista, Cevallos, que protegió hábilmente la retirada, fue procesado poco después y, aunque absuelto (Estella, 29-IV-1875), fue sustituido en la comandancia general de Guipúzcoa por don Domingo Egaña.

PUENTE O´CONNOR, Alberto de la, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo F-M, pág. 492.

Batalla de Cavite1898

En el Pacífico, el almirante Montojo salió el 26-IV-1898 en busca del enemigo, cuya escuadra al mando de Jorge Dewey hacía tiempo que estaba preparada en Hong Kong. Fue primero Montojo a la bahía de Subic, en la Costa Oeste de Luzón y bajó luego a Cavite, colocando su escuadra, compuesta por los cruceros protegidos Isla de Luzón e Isla de Cuba, los cruceros sin protección Reina Cristina, Antonio Ulloa, Juan de Austria y Marqués del Duero y el de madera Castilla en las ensenadas de Bacor y Cañacao.

A todo esto, Dewey, que se había puesto de acuerdo con Aguinaldo, jefe de los insurrectos filipinos (levantados desde 1896, sometidos luego y acogidos al pacto de Biacnabató, de diciembre de 1897, por el que se reformaba también la administración de Filipinas de acuerdo con las aspiraciones de los insulares), prometiéndoles la independencia bajo la protección americana, cruzó el Mar de la China, llegando a Bolinao el 30-IV-1898, y bajó después hasta la Bahía de Manila.

El 1 de mayo, a las 5,15 de la madrugada, comenzó el encuentro de las dos escuadras. Las piezas de nuestros cruceros quedaban cortas de alcance y los navíos yanquis, a salvo de sus disparos, hacían en cambio, buena carne en nuestra desdichada escuadra, que inútilmente intentaba abordar a la contraria. A las dos horas y veinte minutos cesó el fuego mortífero de la escuadra yanqui. Ya no era preciso: toda nuestra escuadra ardía o se iba hundiendo poco a poco. El balance de bajas dio, del lado de España, 150 muertos y 90 heridos, y del americano tan solo nueve heridos.
Al día siguiente, el 2 de mayo, se rendía el arsenal de Cavite, y el día 3, la plaza. En el resto de las islas, el general Agustín intentó resistir, pero los norteamericanos, desembarcados en contingentes muy considerables al mando de los generales Anderson, Mac-Arthur, Greene y Merry y ayudados por los insurrectos, tomaban la isla de Luzón apresando más de tres mil españoles y, amenazando Manila, la intimaron a la rendición.

Al fin, el 12 de agosto, la capital bombardeada por la escuadra yanqui, capituló también, firmando la rendición el general Jaúdenes; con lo que concluía la rápida conquista. No obstante, aún continuó un año más en Luzón la heroica y obstinada resistencia, conservando Baler para España hasta el 2 de julio del 99, un puñado de españoles comandados por Enrique de la Morenas y, muerto este, por Saturnino Cerezo.

GÓMEZ DE LA SERNA, Gaspar de la, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 1135-1136.

Batalla de Annual1921

Cuando el Alto Comisario de España en Marruecos, general Berenguer, ocupó la Yebala, el general Fernández Silvestre, comandante general de Melilla, creyó oportuno operar por la zona oriental con la intención de confluir en Alhucemas con su compañero y jefe circunstancial. De forma audaz e imprudente fue extendiendo sus líneas a vanguardia; per a medida que se acercaba al reducto de Abd el Krim, las reacciones de este iban siendo más duras, y el 1-VI-1921 sus harkeños ocuparon la posición de Abarrán, lo que era un serio aviso. Berenguer se entrevistó con Silvestre el día 6 y no apreció excesiva gravedad en la situación, por lo que autorizó la prosecución de las operaciones. Al día siguiente se tomaba Iriguiben. A partir de entonces la actividad de la Harka fue aumentando: la nueva posición fue atacada el día 16 y quedó totalmente cercada un mes después.

El día 21 Silvestre toma personalmente el mando de los hombres encargados de abastecer la posición sitiada y fracasa en el empeño, por lo que ordenó su evacuación y el repliegue de todos sobre Annual. El regreso se hizo de forma desordenada con muchas bajas y en un estado de total desmoralización. Vista la situación, el general decide emprender la retirada general sobre Ben Tieb al amanecer el día 22. Esta se transformó en una huida desorganizada. El pánico se generalizó y las posiciones se abandonaron sin apenas defensa, salvo algunos contados casos de heroísmo.

El general Navarro tomó el mando y trató de encauzar la retirada hacia Dar Drius, pero tuvo que recluirse en Monte Arruit, donde, sin moral, sin medios y sin posibilidad de recibir socorros, se le permitió capitular, lo que efectuó el 29 de agosto. El desastre ocasionó la práctica destrucción de las fuerzas de la Comandancia, que perdieron definitivamente más de trece mil hombres entre muertos, prisioneros y desertores.

SALAS LARRAZÁBAL, Ramón, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 57-58.

Batalla de Alhucemas1925

En la guerra de Marruecos, que se arrastraba desde finales del s. XIX, y que se había exacerbado desde 1909 y 1921 con duros golpes para España —Barranco del Lobo y desastre de Annual—, la acción de Alhucemas constituye un hecho de armas original y decisivo. Tras el fracasado desembarco anglo-francés de Gallipoli (1815) este tipo de operación mar-tierra estaba desechada por todos los estados mayores. Por ello, cuando Primo de Rivera y Gómez Jordana proponen al general Pétain un desembarco en las playas de Alhucemas para atacar por la espalda a los rifeños de Abd el Krim, los franceses se asombran y únicamente ceden cuando ven en peligro sus líneas del río Uranga. Se preparan dos columnas de desembarco al mando de los generales Saro y Hernández Pérez, donde destacan las fuerzas de la Legión y Regulares con Franco, Goded, Varela, Campins y otros jefes.

Mientras una flota hispano francesa cañonea desde el mar, el 8-IX se lanzan sobre las playas de Ixdain y la Cebadilla, al oeste de la bahía de Alhucemas, las 24 barcazas especiales compradas en Inglaterra; al caer la noche se ha formado una cabeza de playa de tres kilómetros cuadrados defendida por diez mil hombres. De esta primera posición progresan tierra adentro hacia las alturas de Malmusí y Las Palomas, donde la resistencia fue muy grande; pero el desembarco es el comienzo de una campaña de victorias que llevarán a Abd al Krim a rendirse a los franceses (27-V-1926). De esta complicada operación se destaca el cuidado en el avituallamiento y la precisión de los diferentes detalles de una forma de guerra por primera vez victoriosa en el s. XX.

CEPEDA GÓMEZ, José, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, pág. 33.