La Guerra de Cataluña

CATALUÑA (en rebeldía ]

Corpus de Sang¡Viva la fe de Cristo!, ¡Viva la tierra, muera el mal gobierno! fueron los lemas de los segadores que originaron la revuelta popular del 7-VI-1640, día conocido como el Corpus de Sangre. Autor H.Miralles (1910)

(1640-1659). Lo ocurrido en Barcelona el día del Corpus de Sangre (7 junio 1640) conmovió a todas las ciudades y villas del principado e inaugura uno de los períodos más sangrientos la monarquía española. En todas las poblaciones importantes de Cataluña, los habitantes hostilizaron gravemente a los castellanos. Los jefes militares estaban desconcertados.

El jefe más antiguo y también el más aborrecido era Juan de Arce, y no sabía como conducirse con la gente del país. En la frontera aragonesa estaba acuartelada buena parte de la caballería, a las órdenes del napolitano Felipe Filangieri, que la salvó fácilmente llevándola a Aragón. Peor suerte tuvo Fernando Cherinos de la Cueva, el cual con sus indecisiones llevó a la muerte a los cuatrocientos jinetes andaluces y extremeños de que era jefe, cuando pretendió llevarlos de Blanes a Barcelona.

Estos sucesos inclinaron a los jefes de Infantería Arce y Moles a retirar los tercios de su mando al Rosellón. En la retirada incendiaron las villas de Mataró, Palafrugell, Rosas, Aro, Calonge y Castellón de Ampurias.

Cuando llegó a Madrid la noticia de los lamentables sucesos del Corpus de Sangre (12 junio), estaba ya en la corte fray Bernardino de Manlleu, que había traído la misión de informar al rey de la situación de Cataluña. El remedio propuesto por los catalanes era retirar de Cataluña todas las tropas reales y encomendar a los catalanes su defensa. Para caso negativo, ofrecía otra proposición más moderada: que ciertos jefes militares fueran retirados y que se hiciese más llevadera la carga de los alojamientos, lo cual bastaría para aquietar a los catalanes. Olivares recibió con desconfianza estas proposiciones.

El asesinato del conde Santa Coloma había dejado sin virrey a Cataluña. Urgía nombrar otro y Olivares eligió a un noble de la casa más ilustre de Cataluña, respetado de todos en aquella tierra y que ya había sido virrey anteriormente: don Enrique de Aragón, duque de Cardona. En Barcelona iba volviendo la calma; pero en el campo, desde los púlpitos, se predicaba venganza y se incitaba al pueblo a defender las libertades catalanas, a la vez que el obispo de Gerona fulminaba sentencia de excomunión y anatema sobre soldados de Arce y Moles, declarándolos herejes.

Ocurrían entre tanto, en Perpiñán conflictos escandalosos entre el marqués de Xeli de la Reina, florentino, embajador militar del Rosellón, y el navarro Martín de los Arcos, gobernador del castillo de aquella ciudad. Los dos pidieron al gobierno municipal que preparase alojamientos para los soldados de Arce y Moles. Cuando estos llegaron, se encontraron cerradas las puertas de la ciudad. El florentino Xeli propuso al navarro Los Arcos castigar a la desobediente ciudad, pero este no consideraba prudente castigar a quienes todavía eran vasallos del rey.

El florentino asumió la responsabilidad y en las primeras horas de la noche cayó sobre Perpiñán una lluvia de bombas de mortero y proyectiles de cañón disparados desde el castillo, mientras los soldados de Arce y Moles saqueaban las casas. Cuando el duque de Cardona supo esto salió de Barcelona acompañado de un diputado y un conceller, y se presentó en Perpiñán, ordenando como primera providencia la prisión de los jefes Arce y Moles.

Pero Olivares prohibió a Cardona proseguir el proceso contra dichos militares; el virrey, impresionado por esta desautorización, perdió la salud y en pocos días la vida. Cataluña envió a Felipe IV una embajada compuesta de nueve diputados, tres por cada uno de los brazos, y un Conseller, representando a la ciudad de Barcelona.

Los embajadores fueron detenidos en Alcalá de Henares, 30 kilómetros antes de llegar a Madrid. Lo que iban a decir los catalanes al rеу, а la reina y al príncipe, lo dijeron al mundo en folleto titulado Proclamación Católica. Fue nombrado virrey de Cataluña un castellano, el obispo de Barcelona, don García Gil Manrique, y los comisionados catalanes fueron al fin admitidos en Madrid y recibidos por Olivares.

El Conde-duque —dice Melo— Guerra de Cataluña, Madrid, 1812 estaba ya resuelto por la guerra; sin embargo, para cohonestar tan grave resolución, en su aposento una Junta magna, de ministros y consejeros, ante los cuales hizo leer un papel titulado Justificación real y descargo de la conciencia del Rey. Se manifestaron después diversas opiniones. Sin embargo, se acordó que el rey debía salir de Madrid, con el pretexto de tener Cortes generales de Aragón, pero precedido de un ejército, el cual, si por ventura no era necesario emplearlo en Cataluña, en la primavera siguiente sería muy útil en el Rosellón contra Francia.

De este modo, y por la poca prudencia de Olivares como dijo Contarini en su Cartas al Senado de Venecia que es lo mismo que expresa Melo con suprema elegancia, quedó decretada la guerra de Felipe IV rey de toda España a uno de los Estados de Su corona, a Cataluña.

Guerra de Cataluña

En la guerra entre Cataluña y el rey de España Felipe IV pueden distinguirse dos períodos: el primero va desde el Corpus de Sangre (7 junio 1640) hasta la caída del valido Olivares 17 enero 1644), y el segundo desde ese momento hasta la paz de los Pirineos (1659).

Felipe IV designó como cuartel general de sus armas la ciudad de Zaragoza. Las galeras de España y los bergantines de Mallorca recibieron órdenes de concentrarse en Vinaroz. La infantería y caballería entrando desde Aragón y Valencia, debían acuartelarse en las riberas del Ebro, donde se les uniría parte de la artillería de Pamplona y de Segovia. No fue fácil la elección de general en jefe. Al final fue elegido el general de su ejército.

Los catalanes, combinando la preparación militar con la gestión diplomática, pidieron guerra, en la que serían auxiliados por otros reinos de España, como Aragón y Valencia, Navarra, Vizcaya y Portugal y especialmente por el rey Luis XIII de Francia. El ministro de este, Richelieu, aceptó inmediatamente la invitación y envió a Barcelona dos representantes suyos que negociaron con Clarís, como presidente de la Diputación, primero el reconocimiento de Cataluña como república independiente, bajo el protectorado de Francia, y luego la proclamación de Luis XIII como conde de Barcelona. El Gobierno de Cataluña designó plazas de armas las de Cambrits, Bellpuig, Granollers y Figueras, situadas todas en los territorios por donde podía ser atacada.

En Tortosa, ciudad que había ocupado casi por sorpresa el maestre de campo don Fernando Miguel de Tejada, se reunió trabajosamente el ejército real. El viernes 7 de diciembre de 1640 salió de Tortosa este ejército, bajo el mando del marqués de Vélez al que Felipe IV había cambiado el título de virrey de Aragón por el de virrey de Cataluña. Siete días antes el 1 de diciembre había estallado el levantamiento de Portugal anunciado por Clarís.

En una semana Felipe IV perdió dos reinos, definitivamente el de Portugal y por no pocos años el de Cataluña.

La marcha de las tropas de Felipe IV desde Tortosa a Barcelona, quedó jalonada por una serie de triunfos: Collado de Balaguer y Hospitalet, Monroig, Alcover, La Selva, Reus Valls, Cambrils. En Vilaseca y Salou comenzaron a intervenir al lado de los catalanes soldados franceses con sus jefes; pero la suerte no cambió y dos de esos jefes quedaron prisioneros.

El marqués de los Vélez avanzó hacia Barcelona, a pesar de que las galeras no le aseguraban el aprovisionamiento, porque su almirante, don García de Toledo, juzgaba impropio de su jerarquía ese servicio de colaboración.

El principio de las operaciones sobre Barcelona no pudo ser más afortunado para el ejército real. Como el general francés Espernan, desoyendo la angustiosas instancias de la Diputación, se retiró a Francia con sus tropas, se encargó de la defensa de Panades el teniente general de la Diputación, Vilaplana; pero el intrépido general realista de caballería San Jorge entró en Villafranca y ocupó luego San Sadurní, donde comenzaban las defensas de Barcelona. Entonces la Diputación llamó a Tamarit, encargado hasta entonces de la defensa del Ampurdán frente a las tropas reales del Rosellón. Con Tamati llegaron a Barcelona los jefes franceses Du-Plessis y Serignan con algunas tropas.

El paso de Martorell era la verdadera defensa de Barcelona. El marqués de los Vélez tomó a su cargo la empresa de ocuparlo, por ser Martorell lugar de su señorío. Fue ineficaz la intervención del guerrillero catalán José Margarit.

Como el marqués de los Vélez inició el ataque a Martorell con ímpetu y medios poderosos, el general de la Diputación, Tamarit, convocó a consejo de guerra, en el que catalanes y franceses estuvieron de acuerdo en reservar su ejército para la defensa de Barcelona. En consecuencia. Tamarit ordenó la retirada, que le costó más de dos mil muertos.

A estos hechos siguió el asalto a Barcelona, conocido como batalla de Montjuich.

Batalla de Montjuïc, el 1641Batalla de Montjuïc (1641) por Pandolfo Reschi

A Barcelona iban llegando, entre tanto, un embajador del nuevo rey de Portugal, Juan IV, duque de Braganza, para ofrecer a la ciudad y a Cataluña toda la amistad y ayuda de su señor; y monsieur d´Aurgeron, representante del rey de Francia Luis XIII, nuevo conde de Barcelona, para anunciar la llegada de un ejército francés a las órdenes de Houdencourt, conde de la Motte, que entró efectivamente en la capital de Cataluña el 20 de febrero de 1641. No tardó mucho en presentarse en la marina o costa catalana una considerable flota, de la que era almirante el arzobispo de Burdeos.

Pero a pesar de los auxilios militares franceses, Luis XIII no se decidía a presentarse en Barcelona para jurar los fueros, como deseaban los catalanes, y en su lugar mandó al mariscal marqués de Brézé, al que nombró virrey de Cataluña. Cuando este mariscal venía a Barcelona, sufrió un grave contratiempo en el Rosellón: las tropas españolas del marqués de Mortara y de Torrescusa que había sido rehabilitado, le derrotaron cerca Argelès (diciembre 1641).

El Conde Duque de Olivares, por Velázquez, 1632.El Conde Duque de Olivares, por Velázquez, 1632.

No obstante la mejoría que se había iniciado a favor de las tropas de Felipe IV, nuevas torpezas de Olivares empezaron a torcer el sesgo de la guerra. Decidió que Pobar pasara al Rosellón con su ejército (6.000 infantes, 1.500 coraceros y 1.000 dragones). Solicitó Pobar autorización para embarcarse con su gente en Tarragona, pero Olivares, con su terquedad característica, se negó a acceder. Emprendió, pues, Pobar la arriesgada marcha por tierra enemiga en marzo de 1642.

Catalanes y franceses, avisados traidoramente por émulos de Pobar, le tendían emboscadas. Convencido de la imposibilidad de seguir adelante, resolvió retroceder a Tarragona; pero engañado por los guías, se vio envuelto por el general francés de la Motte y cayó prisionero con todo su ejército. Luis XIII premió al conde de la Motte con el bastón de mariscal. Los culpables de este desastre fueron, en realidad, Olivares y el marqués de la Hinojosa, el cual, para anular a su rival, no reparó en traición ni maldad. El marqués de Pobar era hijo del duque de Cardena y se llamaba Pedro de Aragón.

El Rosellón se perdió entonces, y para siempre; en estas operaciones, los franceses se vieron animados por la presencia de Luis XIII y de Richelieu en sus campamentos.

Deseaba el pueblo español que su rey acudiera al frente de guerra, como lo había hecho el de Francia. Por eso Olivares dispuso el viaje de Felipe IV a Zaragoza, pero se llevó con tal lentitud que, iniciado Madrid el 26 de abril, duró hasta el 27 de julio. Como se reunió un nuevo ejército (18.000 infantes y 6.000 caballos) cuyo mando se confió al marqués de Leganés, y una poderosa escuadra ( 33 navíos, 40 buques menores y 9.000 tripulantes) de la que fue nombrado almirante el duque de Ciudad Real, renacieron las esperanzas de los castellanos.

Cuando las noticias de la pérdida del Rosellón llegaron a Zaragoza, se resolvió emplear todo el ejército de Cataluña. El primer objetivo fue Lérida. Ante esta plaza, en el llano de las Horcas, los dos ejércitos, el español y el francés, libraron una batalla, poco reñida y poco sangrienta, que terminó abandonando el campo los españoles (7 de octubre de 1642). Felipe IV se volvió a Madrid, desilusionado.

El 4 de diciembre de 1642 el mariscal de la Motte entró en Barcelona y prestó juramento como virrey de Cataluña, en nombre del rey de Francia y conde de Barcelona Luis XIII. Aquel mismo día murió en París el cardenal Richelieu, lleno de gloria. El conde-duque de Olivares, menos afortunado, vivía, pero lo había perdido todo, pues le faltaba la confianza de Felipe IV.

Liquidación de la guerra en Cataluña

La rendición de Perpiñán (1642, septiembre) y la derrota del marqués de Leganés en Lérida (7 de octubre 1642) fueron dos golpes terribles para Felipe IV que retiró a Olivares su confianza con la fórmula de una licencia para de descansar (17 de enero 1643). El 24 se comunicó a la Cámara su cese y salida de Madrid. Había anunciado el rey que gobernaría un valido, solo con la ayuda normal de los Consejos; pero pronto desmayó su flaca voluntad y buscó un apoyo, no en el duque de Híjar como audazmente le indicara sor María de Agreda, sino en el discreto don Luis de Haro.

Se encontró el nuevo valido planteadas una serie de guerras que desangraban a España. Su papel fue irlas liquidando con el menor daño posible La más grave de esas guerras era la de Treinta Años, que había entrado en su período francés, que era el decisivo. Con ellas se enlazaban todas, y muy especialmente la de Cataluña, porque este país se había convertido en un virreinato francés.

Por el lado de Francia parecía vislumbrarse la posibilidad de inteligencia Muerto también Luis XIII (13 mayo 1643), como su heredero Luis XIV no tenía más de cinco hubo de encargarse de la regencia una hermana de Felipe IV, la reina madre Ana de Austria. En Francia, como en España, comenzó a hablarse de paz, pero ni de una ni de otra parte hubo la menor gestión diplomática.

España se dispuso por el contrario, a continuar la lucha en Cataluña, en Portugal y en Flandes. En la frontera portuguesa no hubo realmente lucha. En la de Flandes, España sufrió dos graves derrotas, en Rocroy (19 mayo 1643) y en Thionville (2 agosto 1643), compensadas en cierto modo, con la victoria obtenida por los imperiales en Tuttlinga, gracias a la intervención de la caballería española de Juan de Viveiro.

Paralela a esa lucha se desarrollaba la guerra en Cataluña. El ejército estaba tan desmoralizado como pudo verse en la vergonzosa acción de Flix (1643); pero cuando tomó su mando don Felipe de Silva, las cosas empezaron a cambiar. Felipe IV otra vez animoso, confió el gobierno a la reina Isabel de Borbón y marchó a Aragón, acercándose hasta Fraga, casi en la línea de fuego, pues Silva, después de haber recobrado Monzón estaba poniendo sitio a Lérida (marzo 1644), que capituló cuatro meses después. Al día siguiente Felipe IV hizo su entrada en la ciudad que le aclamó

El rey juró respetar los fueros catalanes.

Noticias tan satisfactorias animaron a Felipe IV a repetir la jornada de Aragón, con el fin de presenciar la campaña de 1645. Acompañó al rey don Felipe de Silva; en cambio, le pidió licencia para retirarse don García de Toledo, marqués de Villafranca y duque de Fernandina, a quien sustituyeron en el mando de las galeras primeramente don Melchor de Borja y luego el marqués de Linares.

Llegó con tropas de refresco y un excelente tren de artillería el conde de Harcourt, nuevo virrey francés. Su primer objetivo fue la plaza de Rosas, cuya conquista encomendó a conde du Plesis-Praslin y a la escuadra. El comandante de la plaza, don Diego Caballero capituló a los dos meses de asedio, tan injustificadamente, que fue preso primeramente en Valencia y luego en la cárcel de Corte de Madrid.

Aseguradas las comunicaciones con la ocupación de Rosas, el virrey Harcourt avanzó por tierras catalanas hasta cerca de Balaguer, donde las tropas españolas se dispersaron vergonzosamente. Hubiera podido seguir hasta Aragón pero retrocedió ante la noticia de que se había descubierto una conspiración españolista en Barcelona Todos los comprometidos en ella fueron condenados a muerte, con una excepción, la baronesa de Albi, que era precisamente la que la dirigía.

Felipe IV volvió al frente para presenciar la campaña de 1646. La dirigió, por muerte de los generales Silva y Cantelmo, el marqués de Leganés, al que se dieron los títulos de virrey y capitán general de Cataluña y fue bastante afortunado, pues obligó a retirarse de Lérida, con graves pérdidas al virrey francés d´Harcourt que tenía circunvalada la plaza hacía seis meses.

Para la campaña de 1647 se hicieron de una y otra parte grandes preparativos Francia encomendó el mando de sus ejércitos al príncipe de Condé, quien se propuso cobrar Lérida, una de las dos ciudades catalanas —la otra era Tarragona— que reconocían todavía la autoridad de Felipe IV y sus virreyes; pero sus esfuerzos se estrellaron ante la energía y habilidad del gobernador de la plaza Antonio Brito, que le obligó a levantar el sitio (18 junio 1647).

Si la marcha de la guerra no era en Cataluña muy favorable a Felipe IV, el país estaba cansado y se sentía agraviado por los franceses. Y no le faltaban motivos, si ha de darse fe al triste cuadro que pinta un prócer catalán, el vizconde de Rocaberti, Conde de Peralada y marqués de Anglesola en su libro Presagios fatales del mando francés en Cataluña, Zaragoza, 1646.

Tal era la situación cuando el emperador Fernando III concertó paces con todos sus enemigos (Westfalia, 1648), abandonando a España, que, después de hacer la paz con Holanda, se retiró del Congreso. En Francia se produjo una verdadera guerra civil, la de la Fronda, entre los partidarios y los enemigos de la corte y del cardenal Mazarino.

En 1654 Luis XIV fue declarado mayor de edad y resolvió ponerse al frente de sus tropas en Flandes. Entre los emigrados franceses y los generales españoles se produjeron desavenencias. El archiduque no estaba muy seguro de la lealtad de Carlos de Lorena y por ello le arrestó y envió al Alcázar de Toledo, donde estuvo preso hasta el fin de la guerra (1659). El archiduque Leopoldo no solo no pudo recobrar Arras, con pretendía, sino que perdió Quesnay, Landrecy y Saint Guillain (mayo-septiembre 1655).

Después de tan desastrosa campaña, el archiduque pidió el relevo, y Felipe IV envió con gobernador y generalísimo a su hijo bastardo don Juan José de Austria, que llevó como segundo al marqués de Caracena. Aunque el gobierno de don Juan se iniciara con la resonante victoria de Valenciennes (15-16 julio 1656) y de Condé (15 agosto), luego la alianza de Luis XIV con Oliverio Cromwell (18 marzo 1657), por la que Francia e Inglaterra unían sus fuerzas contra España las campañas de 1657 y 1658 fueron desastrosas para España.

Felipe IV llamó a España a su hijo don Juan para darle el mando del ejército de Portugal, y a Flandes fue como gobernador otro archiduque, Segismundo, hermano del emperador Leopoldo. Preparaba el nuevo gobernador la campaña de 1659 cuando llegó la paz entre España y Francia, paz que puso también oficialmente, fin a la guerra de Cataluña.

Entre tanto, esta, desde 1647 había seguido suerte varia. El ánimo de los catalanes estaba fatigado y en toda Cataluña se conspiraba contra los franceses, y el centro de las conspiraciones era Lérida. En tan favorables circunstancias, el marqués de Mortara preparó una empresa decisiva, la reconquista de Barcelona, que se rindió tras un largo asedio de quince meses, el 11 de octubre de 1652. Era la paz de hecho para Cataluña, y el país la recibió con alegría después de trece años de calamitosa guerra.

Francia comprendió que había perdido Cataluña, pero quiso conservar, al menos, el Rosellón, aunque su población anhelaba la vuelta a la tolerante dominación española. Felipe IV y su valido Haro no supieron aprovechar la coyuntura. Margarit y otro caudillos catalanes como Dardenas, Aux y Sagarra, unidos al mariscal francés la Motte, pasaron los Pirineos por el paso de Pertús al frente de 15.000 infantes y 4.000 caballos, confiando en que toda Cataluña se alzaría contra Felipe IV.

En los primeros momentos consiguieron apoderarse de Castellón de Ampurias y de Figueras. Pusieron sitio a Gerona, pero la ciudad resistió lo bastante para dar tiempo a que llegara don Juan José de Austria, que obligó a los sitiadores a retirarse (1653). Todavía hubo unos años de forcejeo en el norte de Cataluña, aunque en realidad la cuestión catalana estaba resuelta desde que, en 1652, la Diputación general de Manresa se sometió, y mucho más, desde que en 1653. Felipe IV confirmó los fueros catalanes.

En 1656 don Juan José de Austria fue enviado a Flandes y volvió a Cataluña como virrey el marqués de Mortara, quien llevó la guerra durante los años 1657 y 1658 con su habilidad y energía habituales. En 1657 limpió de franceses el Ampurdán, aunque no pudiera arrojarles de Rosas ni impedir que el francés Candale y el catalán Margarit entraran en Blanes. Este contratiempo fue pronto contrarrestado: los voluntarios catalanes recuperaron Blanes; Mortara compró la fortaleza de Castellfollet al comandante francés de la guarnición; derrotó en el vado del Fluviá al ejército francés, que pretendió recobrarla; ocupó Camprodón, y volvió a vencer al ejército francés a orillas del Ter (1658). Esta fue en realidad, la última batalla que los franceses libraron en Cataluña pues en adelante prefirieron emplearse en Portugal, donde las armas españolas luchaban con desventaja en medio de la general animadversión.

La disputa de Cataluña entre España y Francia se resolvió en la paz de los Pirineos (1659).

AGUADO BLEYE, Pedro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 786-791.