Batalla de Covadonga

La batalla

Victoria de los astures, mandados por Pelayo sobre el ejército de Alqama. Siempre había llegado con dificultad la marea de España hasta las abruptas serranías de Asturias. Todo el mundo mediterráneo había sido señoreado por Roma y los astures permanecían indómitos; solo a comienzos del s. VII habían logrado los godos dominarlos. Una vez más se repitió el proceso con ocasión de la conquista musulmana.

Como la mayor parte de las minorías que regían la Península, también las que gobernaban Asturias capitularon; pero la masa popular de los astures inició pronto la resistencia a los dominadores. Pelayo fue un refugiado político de la facción no colaboracionista, acogido a Asturias después de Guadalete, que quizá por cuestiones personales inició el alzamiento.

Alfonso III cuenta que el valí Munuza, enamorado de su hermana le envió a Córdoba, y las crónicas árabes refieren que en Córdoba permaneció como rehén el año 717. Huyó; estuvieron a punto de detenerlo al cruzar el Piloña, pero se refugió en las abruptas estribaciones de los Picos de Europa y, aprovechando una asamblea popular de los astures, consiguió que se negaran a pagar el impuesto y que se alzaran contra los musulmanes (718).

En Córdoba probablemente no se dio importancia a la noticia del alzamiento de unos grupos de astures en las lejanas montañas del N. cantábrico. El nuevo emir Al Samh b. Malik, que hubiera podido reaccionar contra la rebelión, se consagró por entero a proseguir la expansión del Islam por la gran tierra, es decir, por Francia. Al Samh cayó peleando delante de Toulouse (721) y fue reemplazado en el gobierno de la España musulmana por Anbasa.

Este deseó tal vez restaurar la moral de las fuerzas islámicas de al Andalus y, con la esperanza de obtener una victoria fácil e importante, el año 722 (acaso en mayo) envió al N. a las órdenes de Alqama un destacamento cuyas cifras ignoramos, pero no debió ser insignificante. Penetró probablemente por la vía romana de la Mesa, que cruzaba Asturias por lo alto de una serie de colinas, dominando el país, y logró sin duda éxitos importantes frente a los rebeldes astures que regía Pelayo.

Solo esos éxitos, que registran las crónicas árabes, pudieron empujar a los cristianos hacia oriente y decidirlo a buscar refugio en las estribaciones de los Picos de Europa, que forman una imponente fortaleza natural. La larga serie de capitulaciones obtenidas de los españoles y los éxitos alcanzados en Asturias, debieron brindar a Alqama (Alfonso III le hace compañero de Tariq) la esperanza de que el caudillo de los sublevados se rindiera.

Oppas, hermano de Witiza y arzobispo de Sevilla, acompañaba como truchimán a las fuerzas sarracenas. Pelayo y los hombres que le permanecieron leales (Isa al Razi los redujo a 300) se habían acogido al estrecho valle de Covadonga. Un alto cabezo o cerro avanzaba hasta casi cerrarlo; en el fondo una gran cueva, donde acaso se rendía culto a la virgen ¿Cova dominica? se alzaba a unos cientos de metros sobre el valle.

Los musulmanes no encontraron difícil ni arduo el camino que desde Cangas por la Riera sube hasta Covadonga. Habían cruzado en Asturias rutas mucho más ásperas y eran probablemente berberiscos acostumbrados a la lucha de montañas.

Seguros, a lo que parece de la capitulación, Alqama y Oppas a la cabeza de la hueste musulmana (Alfonso III la eleva a 187.000 hombres, pero no debieron integrarla sino unos miles de combatientes) se acercaron hasta el lugar de refugio de Pelayo. Oppas le brindó la paz: Fue vencido el gran ejército de los godos, toda España ha capitulado. Es inútil toda resistencia; gozarás de todos tus bienes.. Pelayo no aceptó la propuesta y empezó la batalla (combate o escaramuza).

Pelayo resistió; su posición era inexpugnable: las armas lanzadas contra él rebotaban en la peña. Pero sus gentes no estaban solo en la cueva sino en lo alto de los cerros; cayeron sobre los musulmanes, cortaron la hueste, y las gentes de la vanguardia, con Alqama y Oppas resultaron vencidas. Cayó Alqama, Oppas fue hecho prisionero y solo algunos centenares, a la desbandada para salvarse, huyeron de la matanza por lo que parecía salida normal del cerrado valle, pero que en realidad llevaba a lo alto de los Picos de Europa.

Era imposible el retroceso; la salvación estaba en huir. La marcha fue penosa; el tajo profundo del Cares les cortaba el camino. Por los puertos de Amuesa descendieron a la Liébana y allí fueron de nuevo combatidos y exterminados. La retaguardia de la hueste vencida en Covadonga retrocedió desmoralizada y probablemente perseguida. La noticia del triunfo hubo de extenderse rauda por Asturias y determinar la huida, derrota y muerte de Munuza.

No es cierto que en Covadonga fuese proclamado rey de los godos Pelayo. Los autores islámicos disimularon, pero no ocultaron la derrota. La tradición astur la exaltó y le atribuyó al divino favor, la leyenda la adornó desde temprano.

Los eruditos modernos han discutido largamente la autenticidad y pormenores del triunfo. Debemos a Sánchez Albornoz la reconstitución científica del mismo. Bendita la Virgen de nuestra montaña que tiene por trono la cuna de España, cantaban los asturianos de ayer en la cueva refugio de Pelayo. Resumían la tradición popular, pero reconocían la realidad del hecho histórico.

R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Larousse, Ed. Planeta, 1993, tomo 6 págs. 2703-2704.