Gonzalo Queipo de Llano

Biografía

El general Gonzalo Queipo de Llano y el cardenal Ilundáin en la plaza del Triunfo, 18 de julio de 1937El general Gonzalo Queipo de Llano y el cardenal Ilundáin en la plaza del Triunfo, 18 de julio de 1937.

Oficial del Ejército, arma de Caballería. Militar español (Tordesillas, Valladolid, 1875-Sevilla 1951). Oficial del Ejército, arma de Caballería. Ingresó en la Academia de Caballería de Valladolid en 1893. Veterano de las campañas de Cuba (1996-1998) y Marruecos desde 1909. Ascendió a general de brigada en 1925. Reputado por su republicanismo de toda la vida, fue desterrado durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) y pasó a la reserva.

Tuvo un penoso altercado con José Antonio Primo de Rivera cuando este le abofeteó en público por haber denigrado la memoria de su padre. Dirigió en 1930 la fracasada sublevación republicana del aeródromo de Cuatro Vientos, en la que también estaban implicados Hidalgo de Cisneros e Indalecio Prieto, por lo que tuvo que exiliarse en Francia, y publicó un opúsculo de autobombo titulado El general Queipo de Llano perseguido por la dictadura (Madrid, 1930).

Al proclamarse la República (1931), regresó al servicio activo, fue nombrado jefe de la Primera Región Militar (Madrid) y respaldó de manera inequívoca las reformas militares de Azaña.

Ascendió a general de división y luego asumió la jefatura del Cuarto Militar del presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora que era su consuegro, en diciembre de 1931, cargo en el que fue relevado en marzo de 1933 tras haber proferido algunos comentarios desfavorables para el Gobierno que podían comprometer la debida imparcialidad del Jefe del Estado.

Director General de Carabineros (1934-1936), fue ganado para la rebelión contra la República por el general Mola, con el que se entrevistó en Pamplona en abril de 1936 y que le encomendó el mando de la sublevación en Sevilla, aunque él prefería su Valladolid natal.

Al estallar la rebelión, el 18 de julio, se encontraba en Huelva, desde donde telegrafió al Gobierno para ponerse engañosamente a su disposición. Luego se dirigió a Sevilla, en cuya capitanía general, sede de II División Orgánica, se ocultó por unas horas, a la espera de que la situación madurara.

Con el respaldo del comandante José Cuesta Monereo, que estaba en contacto con los conjurados, salió de su escondite en el momento oportuno y trató de convencer la jefe de la División, el general Fernández de Villa-Abrille, para que se uniera a la sublevación. Ante la respuesta negativa de este, ordenó su detención y la de otros jefes y oficiales leales a la República, e inmediatamente hizo un recorrido por todos los cuarteles de la capital hispalense para ganarse a la guarnición.

Paralelamente, declaró el estado de guerra, se proclamó general en jefe del Ejército del Sur, detuvo a todas las autoridades provinciales y locales y a las diez de la noche del mismo día 18, por Radio Sevilla, inició unas charlas radiofónicas, que se harían famosas, en favor de la rebelión, llenas de mentiras, sofismas y bravuconadas, sin duda con el propósito inicial de acollonar a sus eventuales enemigos, destinatarios de invectivas y burlas personales, y galvanizar a sus seguidores.

Los textos, entre la arenga y la soflama, entreverados de insultos y calificativos soeces, eran publicados al día siguiente por el diario ABC, convertido en portavoz entusiasta de los insurrectos, como una advertencia o un estímulo. En cualquier caso, sus charlas fueron una verdadera novedad como medio de guerra psicológica, pero fueron suspendidas en febrero de 1938 probablemente por el deseo de mejorar la imagen internacional del Gobierno de Burgos.

Ante la escasez de tropas, emplazó varias piezas de artillería en el centro de la ciudad y logró la rendición del gobernador civil y la toma del edificio de Telefónica, que estaba custodiado por guardias de Asalto.

Al día siguiente (19), tras un llamamiento por Unión radio, los sindicatos replicaron declarando la huelga general, mientras en los barrios obreros se levantaban barricadas e incendiaban iglesias y edificios de la aristocracia, de manera que, enfrentado a una resistencia tenaz y con sus precarios medios, recurrió al ardid de pasear varias veces, en camiones a un grupo de legionarios y regulares llegados por vía aérea, para hacer creer que eran mucho más y amedrentar a sus enemigos.

No obstante, la toma de la ciudad no se produjo sino por el empleo indiscriminado del terror en muchos sectores populares donde se produjeron fusilamientos masivos de militantes o simpatizantes de los sindicatos y partidos de izquierda. Tras una represión implacable, a veces tan cruel como innecesaria, aterrorizada parte de la población, el día 21 de julio se había hecho con el control completo de la capital andaluza, que estaba considerada como un bastión republicano e izquierdista.

Una independencia rayana en la satrapía, incluso en la represión principado semi independiente le llama el historiador Gabriel Jackson, como se demostró con la ejecución de general Campíns Aura a pesar de la petición de clemencia del mismísimo Franco, y las relaciones comerciales que entabló con algunos países extranjeros.

El historiador Ricardo de la Cierva asegura que actuaba como un virrey. En contra de lo que aún puede leerse en numerosos libros, no fusiló, aunque sí mantuvo en prisión, al general Fernández de Villa-Abrille. Su poder fue disminuyendo a medida que aumentaba el de Franco.

En las reuniones que los jefes militares celebraron cerca de Salamanca para elegir al generalísimo, recusó a Mola y apoyó a Francisco Franco, pese a una supuesta animadversión personal hacia este, por considerar que era el único que podía obtener el necesario apoyo internacional para ganar una guerra que se presentaba más larga y difícil de lo previsto.

En octubre de 1936, Francisco Franco lo confirmó en el cargo de jefe del Ejército del Sur, en el que permaneció durante toda la guerra, sin otra actuación destacada que la de la toma de Málaga (febrero de 1937).

Al terminar la contienda, promovido a teniente general, fue relevado como capitán general de la II Región Militar (Sevilla) y reemplazado por el general Saliquet Zumeta. Su irritación con Francisco Franco se enconó ante la negativa de este a conceder la Laureada Colectiva a la ciudad de Sevilla.

Desde agosto de 1939 a enero de 1942 presidió una misión militar en Italia, lo que más que un premio parece simplemente una maniobra para alejarlo de España. Pasó a la reserva en 1943. Protagonizó varios desencuentros con Francisco Franco, que hasta febrero de 1944 no le concedió la Cruz Laureada de San Fernando que con tanto ahínco venía solicitando.

A finales de 1950, Franco igualmente le otorgó el título de marqués de Queipo de Llano. Falleció en el cortijo de Gambogaz de su propiedad, en los alrededores de la capital, el 9-III-1951, y está enterrado a los pies de la virgen de la Macarena, en su basílica. Todo lo que se ha dicho y escrito sobre los motivos de su implicación en la rebelión militar son meras conjeturas.

En sus Memorias, el presidente Azaña censura su ligereza e indiscrección notables. Otros autores suponen que se sintió vejado por su destitución como jefe del Cuarto Militar del presidente de la República en marzo de 1933 y luego enojado por la destitución como presidente de la República de su consuegro Niceto Alcalá Zamora Su figura fue exaltada sin freno por Antonio Olmedo Delgado y José Cuesta Monereo en la biografía General Queipo de Llano, Aventura y audacia, Barcelona 1957.

La represión ejercida bajo su mando fue relatada con todo detalle por Antonio Bahamonde y Sánchez de Castro en Un año con Queipo de Llano. Memorias de un nacionalista, Barcelona 1938, nueva edición en Sevilla, 2005, que constituye el relato más directo, estremecedor, amplio y documentado del terror impuesto por los sublevados en gran parte de Andalucía, la llamada entonces Región Militar Sur. El autor fue jefe de propaganda de Queipo de Llano, pero en 1938, asqueado por los métodos de este, se pasó a la zona republicana.

R.B.: R.B: Madridejos, Mateo, Diccionario onomástico de la guerra civil, Ed. Flor del Viento, 2006, págs. 295-298.

Fidel Dávila Arrondo

Biografía

Oficial del Ejército, arma de Infantería. Militar español (Barcelona 1878-Madrid 1972). Oficial del Ejército, arma de Infantería. General en la reserva, diplomado de Estado Mayor, al estallar la guerra civil se hallaba en Burgos, donde dirigió el alzamiento e hizo prisionero al general que mandaba la guarnición, Domingo Batet, que había proclamado su adhesión a la República.

Miembro de la inicial Junta de Defensa y luego presidente de la Junta Técnica de Burgos, fue uno de los más firmes partidarios de la promoción de Franco al mando supremo militar y civil.

Ante el proceso de unificación política y por encargo de Franco, conminó al líder carlista Fal Conde para que se expatriara o compareciera ante un consjo de guerra. Tras la muerte del general Mola (1937), fue designado jefe del Ejército del Norte, con el que tuvo que superar fuertes obstáculos, como el llamado cinturón de hierro de Bilbao, hasta ocupar toda la cornisa cantábrica (junio-octubre de 1937).

Participó en las campañas de Aragón, El Maestrazgo, el Ebro y Cataluña. Fue ministro de Defensa durante la guerra (enero de 1938-agosto de 1941) y ministro del Ejército (1945-1949). Francisco Franco lo hizo marqués de Dávila, Grande de España.

R.B.: R.B: Madridejos, Mateo, Diccionario onomástico de la guerra civil, Ed. Flor del Viento, 2006, pág. 101.

Emilio Mola Vidal

Biografía

Mola junto al general FrancoMola junto al general Franco en una aparición en Burgos el 27 de agosto de 1936, recogida por el periódico alemán Berliner Illustrierte Zeitung.

Oficial del Ejército, arma de Infantería. Militar español (Plantas, Santa Clara, Cuba, 1887-Alcocero, Burgos, 1937). Oficial del Ejército, arma de Infantería. Hijo de un capitán de la Guardia Civil destinado en Cuba. A los 17 años ingresó en la Academia de Infantería de Toledo (1904), de la que salió tres años después con el grado de segundo teniente. Destinado en Marruecos, realizó una brillante carrera militar.

En junio de 1924, siendo teniente coronel de Regulares, participó en las operaciones de Dar-Akobba, en las que reforzó su prestigio profesional, y que le granjearon la notoriedad pública. Ascendió a coronel en 1926, y a general al año siguiente, gracias a la defensa de la atalaya marroquí de Beni-Hassan, y fue nombrado comandante militar de Larache (1928) y director general de Seguridad en el gobierno de transición del general Dámaso Berenguer (1930-1931), cargo en el que desplegó una gran actividad antisubversiva y contra los elementos republicanos, pese a no ser un ferviente defensor de la Monarquía.

El imperativo Fusilad a Mola se convirtió en un grito frecuente entre los radicales de la época. Tras la proclamación de la República (1931) fue separado del servicio, detenido y encarcelado cuando Azaña era ministro de la Guerra, como presunto responsable de la represión de una manifestación de estudiantes durante su gestión como director general de Seguridad.

Según se desprende de algunos testimonios, ese castigo público engendró en su ánimo una inalterable inquina contra el ministro de la Guerra republicano. Amnistiado en 1934 por el Gobierno Lerroux, se reincorporó al Ejército y poco después, el entonces ministro de la Guerra, José María Gil Robles, lo destinó a Larache (1935) y le encomendó en la práctica el mando de las tropas de Marruecos.

Tras el triunfo del Frente Popular en las elecciones del 16-II-1936, fue destituido y trasladado a Pamplona como jefe de una brigada de infantería y comandante militar de la plaza (marzo de 1936), quizá con el propósito de abortar sus planes golpistas. pero la verdad es que se convirtió en el auténtico cerebro de la conspiración en sus dos ramificaciones (militar y civil) y dirigió la sublevación desde y en Pamplona, donde llegó a un entendimiento fundamental con los carlistas.

Contó con la colaboración de los coroneles José Solchaga y García Escámez, que le sirvieron de enlaces con otros militares, así como con el respaldo de un ambiente popular harto enfebrecido contra el Frente Popular en la capital navarra y del carlismo.

La conjura sufrió algunos sobresaltos y dilaciones como consecuencia de la ardua negociación con los carlistas, ya que estos pretendían resolver la cuestión de la naturaleza del régimen en favor de la monarquía tradicionalista, mientras que muchos militares eran accidentalistas en cuanto a la forma de gobierno o preconizaban el mantenimiento de la República, la separación de la Iglesia y el Estado y la preservación de las conquistas sociales. Mola insistió en que el respaldo civil era imprescindible para el éxito del alzamiento.

Considerado en todo momento el director de la sublevación militar, aunque actuando siempre como delegado del general José Sanjurjo, en abril de 1936 puso en marcha sus planes y escribió su primera instrucción reservada, en la que abogó por la instauración de una dictadura militar que tendrá por misión inmediata restablecer el orden público, imponer el imperio de la ley y reforzar convenientemente al Ejército, para consolidar la situación de hecho, que pasará a ser de derecho.

Firmó esta y otras proclamas como el director. El 27 de mayo recibió una carta de José Antonio Primo de Rivera favorable para sus propósitos golpistas.

Los planes de rebelión se fueron concretando en sucesivas instrucciones y consultas, en las que además designó a los militares que debían encabezarla en las distintas capitales de provincia. El 5 de junio distribuyó entre los conspiradores un documento político en el que hablaba de un directorio militar para dirigir el alzamiento. Todo estaba a punto a principios de julio, pero la fecha se aplazó al menos en dos ocasiones debido a la falta de coordinación y algunos incidentes menores.

El asesinato de Calvo Sotelo por un grupo de guardias de asalto (13-VII-1936) terminó con las dudas de algunos conjurados, Francisco Franco entre ellos, y el 15 de julio, Mola recibió la adhesión definitiva de la Comunión Tradicionalista. Tras la sublevación del 18 de julio, dirigió de hecho la acción de los insurrectos y asumió el mando de la VI División, con sede en Burgos, del que había sido despojado el general Domingo Batet.

En la madrugada del 18 al 19 de julio, triunfante el alzamiento en la capital navarra, habló por teléfono con Diego Martínez Barrio, cuando este había sido encargado de formar gobierno, pero la conversación resultó infructuosa.

Algunos historiadores sugieren que Martínez Barrio llegó a ofrecerle la cartera de Guerra en el nonato gabinete, pero que la rechazó, y se sabe que le dijo que era demasiado tarde para detener la rebelión. La desaparición en accidente aéreo, cuando se dirigía a Pamplona, del general José Sanjurjo, que era el jefe nominal de la sublevación (20 de julio), reforzó su autoridad entre los sediciosos en la Península.

Miembro de la Junta de Defensa Nacional, constituida en Burgos el 24-VII-1936, presidida por Miguel Cabanellas, asumió también la jefatura del Ejército del Norte. Aunque en un principio se mostraba reticente y poco comprometido, cambió de parecer y se unió al general Kindelán como uno de los principales valedores de la candidatura del general Franco al mando supremo y único de los ejércitos.

Participó en todas las reuniones que los jefes militares celebraron en Salamanca a tal fin (21 y 28 de septiembre) y apoyó a Franco porque creía que era el mejor visto en el exterior, según le comentó a Cabanellas. En cualquier caso, su propia candidatura contaba con muy pocas posibilidades debido a los recelos que concitaba entre sus pares. De haber nombrado a Mola, habríamos perdido la guerra, es la sentencia que se atribuye al general Queipo de Llano.

A principios de octubre trasladó su cuartel general a Ávila, en la esperanza pronto frustrada de poder entrar en Madrid. Sus comentarios imprudentes a un periodista extranjero sobre la quinta columna, presuntamente actuante en Madrid, que sería la primera en conquistar la capital, desató una oleada represiva (29-X).

Entonces centró todos sus esfuerzos en la conquista del País Vasco, pero no pudo completar sus objetivos porque murió en un accidente de aviación en 3-VI-1937, cuando se dirigía de Vitoria a Burgos, al estrellarse su aparato contra el cerro de Alcocero, muy probablemente a causa de la niebla.

El mismo día del accidente, Franco le concedió la Cruz Laureada de San Fernando, a título póstumo, en reconocimiento a los grandes servicios prestados a la causa nacionalista. El 18-VII-1848 le fue otorgado el título de duque de Mola.

H.Thomas, aunque solo lo conoció en fotografía, pergeñó un retrato poco convencional:

Era un militar valiente, imaginativo, tortuoso y con cierta inclinación hacia la literatura, cuyo rostro ascético, subrayado por unas gafas, le hacía parecer más un secretario papal que un general

Enjuiciando su negativa a aceptar la transacción propuesta por el jefe de gobierno republicano, el historiador Ángel Viñas aseguró que era, en el peor sentido del término, un reaccionario, que añoraba la sociedad de antaño, cuasi rural .

Pero fue probablemente el más ilustrado de los militares sublevados, o al menos, el más aficionado a la escritura y el análisis, por lo que otros historiadores y testigos le suponen ideas liberales y creen que su evolución hacia el golpismo, como escribió Gil-Robles, se inicia en una celda por su encarcelamiento durante el bienio social-azañista (1931-1932).

Sus Obras completas se publicaron en Valladolid en 1940 y en ellas se incluye el ensayo titulado El pasado, Azaña y el porvenir, dirigido contra las reformas militares republicanas y contra su promotor, al que manifiesta una animadversión irrefrenable. Varias obras están dedicadas a su vida y su actividad en relación con la rebelión militar.

Entre otras, la de José María Iribarren, El general Mola (Madrid, 1936); la de B. Félix María Sarasa, Mola, aquel hombre. Diario de la conspiración, 1936 (Barcelona, 1976), por el que fue su agente y enlace; y la del general Jorge Vigón, General Mola, el Conspirador (Barcelona, 1957). También pueden seguirse sus pasos en pamplona en las memorias de Jaime de Burgo, Conspiración y guerra civil (Madrid, 1970).

R.B.: R.B: Madridejos, Mateo, Diccionario onomástico de la guerra civil, Ed. Flor del Viento, 2006, págs. 235-238.

Antonio Aranda Mata

Biografía

Antonio Aranda.Antonio Aranda, durante la Guerra Civil.

Oficial del Ejército, arma de Infantería. Militar español (Leganés, Madrid 1888-id. 1979). Oficial del Ejército, arma de Infantería, e ingeniero geógrafo. De familia humilde, (su padre era cabo del Ejército), número uno de su promoción en la Academia de Infantería de Toledo y diplomado en Estado Mayor.

Veterano de la guerra de Marruecos, ascendido a coronel en 1926, ocupó la jefatura de las fuerzas de Estado Mayor en Marruecos en 1928. A raíz de la revuelta de octubre de 1934, fue designado gobernador general de Asturias.

Al estallar la guerra civil era gobernador militar de Oviedo y se adhirió a la rebelión preparada por Mola, a pesar de que tenía reputación de masón y republicano.

Prevaliéndose de su ascendencia en medios izquierdistas, desvió hacia Madrid una columna de mineros fuertemente armados y luego resistió con habilidad durante quince meses el asedio de Oviedo por las fuerzas gubernamentales, gesta que le valió la Cruz Laureada de San Fernando. Ascendido a general, mandó el Cuerpo de Ejército de Galicia, que intervino en la Batalla de Teruel y en el llamado corte de Vinaroz (1938).

Estuvo también en la campaña de Cataluña y finalmente ocupó Valencia al final de la contienda, ciudad a la que poco después fue destinado como capitán general de la III Región.

Siendo director de la Escuela Superior del Ejército, conspiró con los monárquicos contra el franquismo en 1942-1943, con apoyo británico, por si España entraba en guerra al lado del Eje, hasta el punto que se ha dicho que fue el hombre más odiado por Franco y el hombre que más odió a Franco.

Confinado en Mallorca (1946-1949), en aparente represalia por las declaraciones de don Juan de Borbón en Lausana (marzo de 1945) en favor del restablecimiento de la democracia, Francisco Franco decretó su pase a la reserva en 1949, aunque le quedaban seis años de vida militar.

Estuvo permanentemente vigilado por la policía. Relató su experiencia bélica en la monografía La guerra de Asturias, Aragón y Levante, incluida en la obra colectiva La guerra de liberación nacional (Universidad de Zaragoza, 1961).

R.B.: R.B: Madridejos, Mateo, Diccionario onomástico de la guerra civil, Ed. Flor del Viento, 2006, págs. 34-35.

Juan Yagüe Blanco

Biografía

Retrato del general Juan Yagüe.Retrato del general Juan Yagüe.

Oficial del Ejército, arma de Infantería. Militar español (San Leonardo, Soria 1891-Burgos 1952). Oficial del Ejército, arma de Infantería. Hijo de un médico rural, ingresó en la Academia de Infantería de Toledo en 1907, de la misma promoción que Francisco Franco.

Veterano de las campañas de Marruecos, sirvió en los regulares de Melilla en 1914 y alcanzó el empleo de comandante en 1921. Regresó a la Península y con el empleo de teniente coronel mandó la Legión en la represión de Asturias en octubre de 1934.

Amigo personal de José Antonio Primo de Rivera y afiliado a Falange desde 1933. En febrero de 1936 fue designado jefe de la segunda bandera de la Legión, con el grado de teniente coronel, en Ceuta, donde empezó a actuar como enlace del general Mola en la conspiración contra el gobierno republicano.

El 17-VII-1936 encabezó la rebelión militar en Ceuta, que triunfó sin dificultad, y se hizo cargo del mando supremo de la Legión. Trasladado con sus tropas a Sevilla, se puso al frente de las columnas que iniciaron la marcha sobre Madrid. Considerado como un buen jefe táctico más que estratega.

El 14 de agosto, tras una encarnizada batalla y muchas bajas por ambos bandos, sus avanzadillas de dos banderas de la Legión entraron en Badajoz y se entregaron a una brutal represión que pasó a la historia de los peores crímenes de la guerra. Como explicación de la matanza, alegó que no podía dejar detrás de sus tropas ninguna bolsa importante de izquierdistas, según le confesó al periodista americano John T. Whitaker.

Tuvo un primer desencuentro con Franco cuando este le ordenó que aplazara el ataque sobre Madrid para desviarse y liberar a los sitiados en el alcázar de Toledo (21-IX-1936). Dos días después fue sustituido en esa operación por el coronel José Enrique Varela. Fue rehabilitado a principios de octubre y se le encargó el mando de una de las columnas que marcharon hacia Madrid.

En el terreno político, aunque aceptó el decreto de unificación de abril de 1937, intercedió sin mucho éxito en favor del indulto de Manuel Hedilla y pronunció algunos discursos de marcado tono nacionalsindicalista. Ascendido a general en 1937, mandó el cuerpo de Ejército Marroquí, al frente del cual entró en Barcelona el 26-I-1939.

Nombrado ministro del Aire el 9-VIII-1939, cargo en el que cesó el 27-VI-1940. Ya no volvió a ocupar ningún cargo político. Ascendió a teniente general en 1943 y fue capitán general de la VI Región (Burgos). Francisco Franco le concedió a título póstumo el marquesado de San Leonardo de Yagüe. El periodista Ramón Garriga nos legó El general Yagüe (Barcelona, 1985), una biografía harto reivindicativa frente a Franco.

R.B.: R.B: Madridejos, Mateo, Diccionario onomástico de la guerra civil, Ed. Flor del Viento, 2006, págs. 361-362.

Segismundo Casado

Biografía

Oficial del Ejército, arma de Caballería. Militar español (Nava de la Asunción, Segovia, 1893-Madrid, 1968). Oficial del Ejército, arma de Caballería. Diplomado de Estado Mayor y profesor de la Escuela Superior de Guerra, donde ganó fama de técnico militar bien preparado.

Ostentaba el grado de comandante al iniciar la guerra civil, y estaba destinado en Madrid como jefe de la escolta del Presidente de la República, Manuel Azaña, a quien trasladó desde el Pardo a Madrid para prevenir cualquier intento de captura por parte de los rebeldes, que tenían previsto conducirlo a Segovia como rehén si la sublevación fracasaba en Madrid.

Proclamó su lealtad al Gobierno republicano y contribuyó a la derrota de los insurrectos. Estaba considerado como simpatizante de los anarquistas. Ascendido a teniente coronel por la llamada ley de fidelidad (ascenso concedido a todos los profesionales militares fieles a la República), fue uno de los principales artífices de las brigadas mixtas como nervio del nuevo Ejército Popular, que tanto criticaron otros oficiales profesionales.

Fue jefe de operaciones del Estado Mayor Central, director de la Escuela Popular de Estado Mayor y participó destacadamente en la batalla de Brunete al frente de un cuerpo de ejército (VII-1937).

Tras la batalla final de Teruel, recuperado por los nacionalistas en febrero de 1938, y la llegada de estos al Mediterráneo, dividiendo en dos la zona republicana, Casado fue ascendido a coronel y designado jefe del Ejército en Andalucía y poco después jefe del Ejército del Centro (17-V-1938).

Estudió minuciosamente la situación de las unidades y el material, y empezó a considerar que la derrota era inevitable a finales de 1938, después de la retirada del Ebro. En consecuencia, realizó diversas gestiones para entablar negociaciones de paz, algunas de ellas a través del cónsul inglés en Madrid, en contra de la política oficial de resistencia a ultranza del Gobierno de Negrín.

El 3-II-1939, se entrevistó con el socialista Julián Besteiro, encuentro que fue el punto de partida de la conjunción de las dos ramas (militar y civil) del partido de la paz.

Convocado por Negrín el 12 de febrero, en su primera visita a Madrid tras su regreso a España , en su condición de jefe del Ejército del Centro, le hizo ver por primera vez la inutilidad militar de la resistencia, actitud de abandono que empezaba a hacer estragos entre los mandos militares profesionales.

Pero el jefe del gobierno le replicó que, aunque estaba de acuerdo con su apreciación, no puedo renunciar a la consigna de resistir, según certificó el coronel en su relato de los hechos. En una reunión celebrada en el aeródromo de los Llanos (Albacete), la mayoría de los mandos militares hicieron saber al jefe del gobierno que la resistencia les parecía vana.

Según precisó en sus recuerdos Los últimos días de Madrid, esa reunión transcendental se celebró el 16 de febrero, pero todo parece indicar que se trata de un error cronológico. La mayoría de los historiadores, con el apoyo de otros testimonios concordantes, la fijan el 26 ó 27 de febrero, sin que exista ningún documento que permita deshacer el empate entre esos dos días.

Tras este cónclave, y en torno a Casado, por su posición clave como jefe del Ejército del Centro, se fraguó una conspiración cívico-militar que aglutinó, por una parte, a los militares profesionales (Matallana, Menéndez, Moriones, Escobar), que criticaban abiertamente la hegemonía comunista en el Ejército Popular, y por otra, a los adversarios políticos tradicionales del PCE, republicanos y anarquistas, todos los partidarios de una paz honrosa o una mediación internacional.

Casado, acompañado por Matallana, celebró otra reunión con Negrín en la llamada Posición Yuste (Elda, Alicante), el 2 de marzo, en la que este les informó de inminentes cambios en los mandos militares y de que ambos iban a ser nombrados para el Estado Mayor.

El jefe del Gobierno también le comunicó que sería ascendido a general, un ascenso que nunca se produjo pero que se daría por cierto hasta el punto de que fue anulado por otro decreto firmado el 13 de marzo.

En cualquier caso, ambos militares se negaron a aceptar los cambios y sospecharon que Negrín pretendía promover a los comunistas, lo que sin duda aceleró sus planes para terminar con la guerra. El jefe del Ejército del Centro subrayó en su libro que los ascensos previstos darían el control del Ejército a los comunistas.

La conjura desembocó en un golpe de Estado y en la constitución del Consejo Nacional de Defensa, máximo organismo del Estado, especie de gobierno provisional, presidido por el general Miaja, con los socialistas Besteiro (Asuntos Exteriores) y Wenceslao Carrillo (Gobernación), Casado como consejero de Defensa más otros representantes de la CNT y de los partidos republicanos, el 5-III-1939.

En el último momento, el Consejo recibió el respaldo crucial del líder militar anarquista Cipriano Mera, que mandaba el IV Cuerpo del Ejército, ya que, ante el caos político reinante, los jefes de las unidades militares se convirtieron en los elementos decisorios del desenlace de la guerra civil.

Fueron las tropas de Mera las que ganaron la batalla final a las divisiones comunistas que, dirigidas por el coronel Luis Barceló Jover, llegaron a ocupar durante tres días los centros neurálgicos de la capital. El Consejo envió a dos militares a Burgos en misión de paz, pero los intentos de negociación fracasaron porque Franco se mostró inflexible y exigió en todo momento la rendición incondicional.

En el terreno militar, el Consejo se mostró implacable con sus adversarios comunistas, como lo demuestra el hecho de que el coronel Luis Barceló fuera pasado por las armas después de un simulacro de juicio.

En el campo civil, el Consejo tomó otras decisiones menos traumáticas, como el nombramiento como alcalde de Madrid del anarquista Melchor Rodríguez, director general de Prisiones que había ganado justa fama por su humanidad.

Casado ordenó que se arrancaran las estrellas rojas de los uniformes militares y anuló todos los últimos ascensos. En su libro Los últimos días de Madrid. El final de la II República (Madrid, 1968), ofreció un relato bastante convincente del clima de inquietud, derrotismo y sospechas que reinaba en Madrid, así como de la prepotencia comunista detrás de Negrín, pero no consiguió justificar políticamente el golpe.

En todo caso, constituye un testimonio imprescindible para conocer la agonía de la República en manos de los mismos republicanos. En sus dos primeros capítulos, reprocha a Azaña y Casares Quiroga que no se dieran cuenta de la importancia de la conspiración militar de 1936, de la que, según asegura, estaban debidamente informados.

Los últimos días de Madrid es una nueva versión bastante corregida, de un libro publicado en Londres en 1939 con el título The last days of Madrid. Las discrepancias entre las dos versiones son importante, sobre todo por lo que concierne a la cronología. Recuerda que la derrota del Ebro, la catástrofe de Cataluña y la conducta, que juzga irresponsable, de Negrín decidieron su comportamiento final.

Sus adversarios comunistas, además de tildarle de traidor, aseguran que actuó bajo la influencia de Gran Bretaña a través de su agente Denis Cowan en la capital. Paul Preston considera poco probable que fuera un agente británico, como sugirieron desde le PCE, pero ciertamente estaba en contacto con representantes británicos en Madrid, que probablemente le animaron en sus esfuerzos por poner fin a la guerra.

Bien es verdad que la argumentación política y jurídica que respaldaba la formación del Consejo Nacional de Defensa fue ofrecida por su presidente, el socialista Julián Besteiro. Frente a las críticas comunistas, Casado lanzó muy duras acusaciones contra Negrín, entre ellas, las de tener secuestrado al Presidente de la República y revender material de guerra adquirido en Estados Unidos.

También recuerda que Negrín y la mayoría de los ministros huyeron de España en avión apenas seis horas después del anuncio de la formación en Madrid del Consejo Nacional de Defensa, como dando a entender que el abandono estaba preparado de antemano pese a todas las consignas de resistencia.

Un excelente estudio de las posiciones de Casado y Negrín, como adalides de dos concepciones enfrentadas, con otros análisis de interés de toda la documentación disponible sobre el crepúsculo de la contienda, se encuentra en la monografía de Ángel Bahamonde Magro y Javier Cervera Gil titulada Así terminó la Guerra de España (Madrid, 1999).

Para todo lo concerniente a estos acontecimientos resulta de gran utilidad el libro de Luis Romero titulado El final de la Guerra (Barcelona, 1976). Junto con otros consejeros y jefes militares, Casado abandonó España por el puerto de Gandía en el destructor inglés Galatea (29-30-III-1939) y estuvo exiliado en Gran Bretaña, donde fue comentarista de la BBC. Luego se refugió en Colombia (1947) y finalmente en Venezuela.

Regresó a España el 5-IX-1961, fue sometido a un consejo de guerra y acusado de auxilio a la rebelión y otros delitos que se le imputaban, pero la causa fue sobreseída el 5-X-1964 por prescripción del delito.

No consiguió reingresar en el Ejército ni cobrar una pensión, pero el Consejo de Ministros decretó su indulto en la causa por responsabilidades derivadas de la ley de represión de la masonería, de la que era miembro (8-X-1965).

R.B.: R.B: Madridejos, Mateo, Diccionario onomástico de la guerra civil, Ed. Flor del Viento, 2006, págs. 85-88.

Vicente Rojo Lluch

Biografía

Oficial del Ejército, arma de Infantería. Militar español (Fuente de la Higuera, Valencia, 1894-Madrid, 1966). Oficial del Ejército, arma de Infantería. Oficial de Infantería, general en jefe del Estado Mayor del Ejército republicano.

Huérfano de militar, ingresó en la Academia de Infantería de Toledo en 1911 y recibió su despacho en 1914 como segundo teniente, el cuarto de una promoción de 390 cadetes. Veterano de las campañas de Marruecos, profesor de táctica de la Academia de infantería de Toledo, conocido de Franco (algunos historiadores creen que eran amigos).

Durante la República, tras firmar la promesa de adhesión, estudió en la Escuela Superior de Guerra y obtuvo el diploma de Estado Mayor. Curiosamente, el ejercicio táctico propuesto para diplomarse fue el paso del Ebro para establecer una línea defensiva entre Reus y Granadella, una operación similar a la que dirigió durante la guerra civil. Católico practicante, fue miembro de la conservadora Unión Militar Española (UME).

Al comienzo de la guerra estaba destinado en la Escuela Superior de Guerra de Madrid, en la que era profesor, con el grado de comandante, y fue adscrito al Estado Mayor del ministerio el 20 de julio, en medio del desorden originado por la sublevación y la defección de muchos oficiales y jefes.

Luego pasó a la columna de operaciones de Somosierra y regresó al ministerio el 6 de septiembre, cuando ya se había constituido el gobierno de Largo Caballero y el coronel Asensio Torrado había asumido el mando de las fuerzas del teatro de operaciones de la región central.

En el Madrid revolucionario y en el Ministerio de la Guerra infectado de rumores y acusaciones, se proclamó católico y legalista, según diversos testimonios concordantes, lo que suscitó algunos recelos en el ambiente enfebrecido de los primeros meses de combates.

Ascendido a teniente coronel por lealtad y comisionado por el gobierno, el 9 de septiembre, entró en el Alcázar de Toledo para parlamentar con los sitiados y conseguir su rendición, pero fracasó en el empeño.

Algunos cronistas, fantaseando con los antecedentes ideológicos y las supuestas simpatías de Rojo, lucubraron maliciosamente sobre su conversación con Moscardó, su imaginario deseo de quedarse en el Alcázar o con las informaciones que presuntamente facilitó a los sitiados.

En el mismo sector, mandó inmediatamente después una columna de milicianos en un intento fallido de reconquistar Illescas. A finales de octubre fue nombrado segundo jefe del Estado Mayor del Ministerio.

Ante la marcha del gobierno a Valencia (noviembre de 1936) y el nombramiento de una Junta de Defensa de Madrid, el general Asensio Torrado lo propuso como jefe del Estado Mayor de ese organismo, cargo desde el que planificó las operaciones para detener el avance de las columnas franquistas, cuya entrada en la capital se consideraba inevitable e inminente.

Según escribió el mismo Rojo, su nombramiento no fue propuesto sino simplemente aceptado por Miaja, presidente de la Junta. El éxito defensivo, sus buenos modales inalterables, sus excelentes relaciones con los comunistas y los mandos de las Brigadas Internacionales, así como sus enérgicas y precisas maniobras en los diversos frentes madrileños, elevaron su prestigio dentro del Ejército Popular, por lo que fue condecorado con la Placa Laureada de Madrid y promovido a coronel en marzo de 1937.

Tras el excelente comportamiento de los gubernamentales en la batalla del Jarama (febrero de 1937), las fuerzas que combatían en el entorno de Madrid fueron reorganizadas y fusionadas en el Ejército del Centro, del que fue designado jefe del Estado Mayor, de nuevo a las órdenes del general Miaja.

Su decisión de nombrar al teniente coronel Jurado Barrio como jefe del cuerpo de ejército que protagonizó la contraofensiva y el triunfo en la batalla de Brihuega-Guadalajara (marzo de 1937) fue decisiva para que empezara a fraguarse su reputación como el más capacitado de los jefes militares republicanos.

Tras la caída del gobierno de Largo Caballero, el nuevo ministro de Defensa Nacional, Indalecio Prieto, le nombró Jefe de Estado Mayor de la Defensa, supuestamente por iniciativa comunista, cargo en el que permaneció hasta febrero de 1939.

Ascendido a general en septiembre de 1937, dirigió las fuerzas gubernamentales en sus ofensivas de Brunete, Teruel y Ebro, después de ser confirmado en su cargo por el jefe del gobierno y nuevo ministro de Defensa, Juan Negrín (abril de 1938).

Colaboró estrechamente con los comunistas, lo que le echaron en cara algunos compañeros de armas republicanos, como el coronel Jesús Pérez Salas, por entender que favorecía la promoción de los oficiales procedentes de las milicias, y que llegó a considerarlo como un instrumento más del PCE. M. Teresa Suero Roca, en unas notas biográficas bastante críticas, sin aportar ninguna prueba, acepta la diatriba de Pérez Salas.

Rojo, que no era ni fue jamás comunista, tampoco aceptó el carnet del [PCE], pero admitió la servidumbre política al partido, probablemente antes de ser nombrado jefe del Estado Mayor de la defensa de Madrid.R.B.: Militares republicanos de l Guerra de España, Barcelona, 1981.

la primera operación concebida como jefe del Estado Mayor Central fue la ofensiva de Brunete (6-14-VII-1937), presumiblemente auspiciada por los comunistas en condiciones poco favorables , con el fin de frenar la marcha nacionalista hacia Santander.

El éxito inicial (toma de Brunete y Quijorna) no pudo mantenerse por mucho tiempo. Algo parecido ocurrió con la ofensiva sobre Zaragoza (agosto de 1937) que acabó por conocerse como la batalla de Belchite, aunque esta fue planeada por el teniente coronel Antonio Cordón, a la sazón jefe de Estado mayor del Ejército del Este, y meramente aceptada por el Estado Mayor Central.

En diciembre de 1937 planeó y dirigió una ofensiva contra Teruel, donde el frente enemigo formaba un entrante en territorio republicano, a fin de obligarle a concentrar más tropas y frustrar un nuevo intento de presionar hacia Madrid.

La toma de la ciudad (7 de enero de 1938), única capital de provincia recuperada por los republicanos, constituyó un importante éxito táctico y estratégico, pero que, al cabo de mes y medio de encarnizados combates, bajo los rigores de un ambiente siberiano, no pudo consolidarse.

Los nacionalistas reconquistaron Teruel el 22 de febrero. Al día siguiente, presentó su dimisión, pero no le fue aceptada por el ministro Prieto, que le renovó la confianza, en un momento crítico de las operaciones militares.

Pese a todos los refuerzos encaminados hacia el frente de Aragón, los gubernamentales no pudieron impedir lo que el mismo Rojo había considerado un acontecimiento decisivo para la suerte de la guerra: el hachazo del enemigo y su llegada al Mediterráneo, por Vinaroz (15 de abril), lo que entrañaba el corte en dos del territorio republicano.

Ante la presión de los nacionalistas en todos los frentes de Cataluña, Rojo concibió y organizó la más ambiciosa ofensiva, la del Ebro, con unidades mandadas principalmente por comunistas, con el coronel Juan Modesto Guilloto al frente, cuyo objetivo último era llegar a Alcañiz y restablecer la continuidad territorial de la zona republicana.

Como en otras ocasiones parecidas, la ofensiva fulgurante degeneró en combates de desgaste, por lo que el éxito inicial que supuso el paso del río por sorpresa (25-VII-1938) y la toma de posiciones en su margen meridional quedó muy lejos del objetivo estratégico y tampoco pudo explotarse tácticamente más allá de tres meses.

La retirada del Ebro, completada el 15 de noviembre, señaló el principio de su eclipse como máximo estratega del Ejército Popular.

Las críticas no se hicieron esperar por los que consideraron que la ofensiva del Ebro fue el último disparate estratégico cometido por el bando republicano, según la severa reflexión muy posterior del historiador británico Raymon Carr, pero que parece inspirada por el general republicano Gamir Ulibarri, quien, nada más terminar la guerra, escribió en sus memorias (1939) que la pérdida de Cataluña se decidió en el Ebro y que la batalla fue un desastre estratégico.

Rojo se defendió en sus libros reduciendo quizá en exceso los objetivos militares de toda la operación, como si se tratara de una mera ofensiva táctica.

Al producirse el derrumbamiento de Cataluña y la llegada de los nacionalistas a la frontera francesa (10-II-1939), pasó a Francia. En sendos informes comunicó al presidente Azaña y al jefe del Gobierno, Juan Negrín, que la guerra estaba irremediablemente perdida y que, por lo tanto, aconsejaba negociar la rendición.

Los partidarios de Negrín y los comunistas le reprocharon que se negara a regresar a la zona centro-sur para organizar la resistencia a ultranza, pero él asegura en sus escritos que no recibió orden expresa para el regreso, aunque no es menos cierto que presentó la dimisión al jefe del gobierno y ministro de Defensa.

Según de desprende del archivo del general Vicente Rojo Lluch, en la última decena de enero se le cayó la venda, es decir, concluyó que la resistencia era inútil, dando por admitido que tanto por razones de orden interno como internacional es imposible sostenerla [la guerra] con alguna probabilidad de éxito.

Cuando pasó la frontera francesa, el 9 de febrero, su decisión de abandono era irrevocable, y el día 12 comunicó a Negrín, por telegrama y por carta, su renuncia al cargo y su alejamiento definitivo de la política numantina condenada al fracaso, pese a que el día antes había sido ascendido a teniente general, según decreto firmado por el presidente de la República en la embajada de París.

Esta actitud fue compartida esos días por su compañero el general Enrique Jurado Barrio, que también se encontraba en Francia. El jefe del Gobierno no quiso darse por enterado y requirió a ambos generales para que regresaran a la zona centro-sur, pero Rojo le replicó con una última carta, el 28 de febrero, en la que reiteró que estaba ya desligado del gobierno y le pedía que asumiera la derrota y creara en una resistencia baldía.

Por el contrario, tras producirse el golpe de Estado del coronel Casado, el general Rojo expresó por carta su adhesión a Matallana el 8 de marzo y le informó de que tanto él como Jurado no tendrían inconvenientes en regresar a Madrid porque no deseaban seguir la suerte de los fugitivos políticos, sino, buena o mala, la que sea la de los militares que, como yo, han hecho la guerra honradamente.

El 12 de marzo, insistió en mostrar su adhesión al Consejo Nacional de Defensa. No obstante, posteriormente, en sus libros, se mostró muy crítico con la ambición de Casado y la rivalidad de los anarquistas con los comunistas que adquirió dimensiones trágicas al final de la contienda, para subrayar los deplorables efectos de la politización sobre el esfuerzo militar.

De Francia marchó a la Argentina y luego a Bolivia, donde fue profesor en la Escuela Militar de Cochabamaba. Regresó con su familia a España en 1957, previa mediación de un jesuita y un obispo bolivianos, y fue sometido a consejo de guerra y condenado a 30 años de cárcel, pero indultado inmediatamente.

La condena fue por rebelión militar, paradójicamente por no haberse rebelado contra el gobierno de la República. Como su regreso suscitó algunas críticas entre los militares más recalcitrantes y vengativos, todo parece indicar que el mismo Franco tomó una solución salomónica. El archivo privado del general Rojo, depositado por su familia después de su muerte, se conserva en el Archivo Histórico Nacional de Madrid y resulta imprescindible para adentrarse en el laberinto de los últimos meses de la contienda.

Autor de ¡Alerta los Pueblos! (1939, edición en Barcelona en 1974), ¡España heroica! (1942, edición en Barcelona en 1975); y ¡Así fue la defensa de Madrid! (México, 1967). Las tres obras constituyen una especie de historia militar del conflicto desde el punto de vista del más famoso estratega del bando republicano.

El primero ofrece una reflexión en profundidad y muy cercana a los acontecimientos sobre las causas internas y externas de la victoria de Franco, una terrible condena de los fallos militares causados por el faccionalismo político, según la opinión de Raymon Carr.

Su panegírico puede leerse en Carlos Blanco Escolá, Vicente Rojo, el general que humilló a Franco (Barcelona, 2004). Para una visión menos elogiosa puede consultarse el libro de M.Teresa Suero Roca, Militares republicanos de l Guerra de España, Barcelona, 1981).

Una aproximación biográfica que incluye algunos documentos de interés es la de Jesús I. Martínez Paricio (coordinador). Los papeles del general Rojo (Madrid, 1989). Uno de sus nietos recibió en 2005 el premio Comillas por una biografía de su abuelo.

R.B.: R.B: Madridejos, Mateo, Diccionario onomástico de la guerra civil, Ed. Flor del Viento, 2006, págs. 313-316.

Rafael García Valiño

Biografía

Oficial del Ejército, arma de Infantería. Militar español (Toledo, 1898-Madrid, 1972). Oficial del Ejército, arma de Infantería. Perteneciente a una familia de tradición militar, sirvió varios años en Marruecos, donde alcanzó la Medalla Militar Individual. Al estallar el Alzamiento militar, era teniente coronel y se hallaba de vacaciones en el País Vasco.

Inmediatamente se puso a las órdenes del general Mola, que le confirió el mando del tercio de Montejurra, con el que intervino con arrojo y buena estrategia en toda la campaña del Norte (Bilbao, Santander y Asturias). Tras su ascenso a coronel mandó una división navarra y luego el Ejército del Maestrazgo, con el que llegó al Mediterráneo, cortando en dos la zona republicana (15-IV-1938).

Tuvo una actuación destacada en la Batalla del Ebro, ya que sus unidades lanzaron la ofensiva final que permitió la ruptura de la líneas republicanas, el asalto a las alturas de la sierra de Cavalls (30-X-1938).

Sus tropas fueron de las primeras que entraron en Barcelona (26-I-1939). Después de la guerra, ascendió a teniente general en 1947 y fue designado alto comisario de España en Marruecos, cuya independencia tuvo que negociar (1956).

Luego fue director de la Escuela Superior del Ejército y capitán general de Madrid, consejero del Reino, procurador en Cortes y consejero nacional del Movimiento. Miguel Alonso Baquer, en su libro Franco y sus generales (Madrid, 2005), lo presenta como un general prestigioso, incómodo para el dictador y partidario de la restauración monárquica con don Juan de Borbón. En sus funciones finales —escribe— se muestra poco dócil e incluso rebelde a las consignas oficiales.

R.B.: R.B: Madridejos, Mateo, Diccionario onomástico de la guerra civil, Ed. Flor del Viento, 2006, pág. 135.

Enrique Líster Forján

Biografía

(Almeneiro, La Coruña, 1907-Madrid, 1994). Militar de milicias y político comunista. A los 11 años emigró con su padre a Cuba, donde en 1927 se afilió al Partido Comunista Cubano. Regresó a España en 1928 y residió en Galicia hasta 1932, trabajando como cantero y dedicado a la organización del partido y del sindicato de varios oficios.

Entre 1932 y 1935 vivió en la URSS, recibiendo instrucción militar en la academia Frunze. A su regreso a España, en septiembre de 1935, ya en la dirección del PCE, estuvo encargado de la agitación antimilitarista dentro del Ejército, a través del periódico Soldado Rojo, pero al mismo tiempo era instructor de las Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas (MAOC), creadas en 1933, fuerza de choque comunista semiclandestina que actuó contra los falangistas y otros grupos derechistas en la primavera trágica de 1936.

Koltsov y Enrique Líster en el frente.Koltsov y Enrique Líster en el frente.

Curtido en los combates callejeros que hicieron fracasar la rebelión en Madrid, en especial el asalto al cuartel de la Montaña, fue uno de los fundadores del Quinto Regimiento, unidad que los comunistas trataron de que fuera modelo en el Ejército de la República, y el primer jefe de milicias que tuvo una nítida visión militar de los problemas, como se puso de manifiesto en la defensa de Madrid.

Su brigada adquirió pronto fama de aguerrida y eficaz en los duros enfrentamientos del Jarama y Brunete. Militarización y disciplina, repetía Líster a los que le preguntaban por el secreto de sus éxitos, incluso cuando tenía que taponar las brechas de otras unidades.

Una disciplina férrea, por supuesto, que implicaba un castigo inmediato y ejemplar, además de público, de cualquiera que flaqueara ante el enemigo. Luego estuvo al mando de la 11 División en todos los frentes, excepto el del norte, y fue el primer oficial de milicias que alcanzó el empleo de teniente coronel. Miembro del comité central del PCE desde 1937.

Sus críticos y especialmente los anarquistas lo presentaron como cruel e implacable, no solo con el adversario, sino con sus propias fuerzas; pero hay que tener en cuenta que estuvo siempre en primera línea, en unidades de choque.

Una de sus actuaciones más controvertidas, por orden del gobierno de Negrín, fue poner en práctica el decreto de disolución del Consejo de Aragón, un organismo dominado por los anarquistas y presidido por Joaquín Ascaso, en agosto d e1937, así como la liquidación forzosa de las colectivizaciones.

Según el historiador pro anarquista César M. Lorenzo, que acusa de brutalidad a los gubernamentales, las divisiones libertarias deseaban ardientemente embestir a las tropas de Líster, pero el comité nacional de la CNT y el comité peninsular de la FAI lo impidieron para no desencadenar una nueva guerra civil. Líster alardea en sus memorias de haber amedrentado a los confederales para terminar con la pesadilla faísta, según expresión de Pasionaria.

en la batalla del Ebro (julio-noviembre de 1938) mandó el V Cuerpo de Ejército y obtuvo la Medalla del Valor. Estuvo hasta el último momento defendiendo al gobierno de Negrín, en el pequeño aeródromo de Monóvar con solo 80 guerrilleros, el 6 de Marzo, tras la sublevación del coronel Casado.

Al terminar la guerra en España, marchó a Moscú y volvió a la academia Frunze, para luego luchar contra Alemania y obtener el grado de general del ejército soviético. Su peripecia bélica resulta impresionante, pues también mandó una división del ejército polaco y alcanzó el generalato con las tropas de Tito en Yugoslavia.

Miembro del comité ejecutivo del PCE desde 1946 hasta 1970, residió varios años entre Moscú y Praga. En desacuerdo con la línea conciliadora del PCE, y acusando a Carrillo de seguir una deriva socialdemócrata y liquidadora, protagonizó una escisión en 1970 para organizar el Partido Comunista Obrero Español (PCOE).

Regresó a España en 1977, pero su partido no obtuvo ningún respaldo electoral, y en 1986, tras la caída de Carrillo, volvió al redil del PCE, y fue elegido miembro de su comité central. Fruto de la polémica intestina fue su libro Así destruyó Carrillo el PCE (Madrid, 1983), una pormenorizada requisitoria con numerosos testimonios y argumentos sobre la presunta traición de los ideales comunistas por parte del que había sido su camarada y secretario general.

Antonio Machado le dedicó un famoso soneto en 1938, al jefe de los Ejércitos del Ebro, con motivo de la batalla homónima, pero Ramón J. Sender, que estuvo muy cerca de él, trazó un retrato al vitriolo en el personaje Verín de su novela Los siete libros de Ariadna (Barcelona, 1977).

El presidente Azaña se mostró desdeñoso con él, lo mismo que otros jefes militares surgidos de las milicias. Sus compañeros lo vilipendiaron por irascible e intolerante, aunque no discutían su honradez y su arrojo. Sus recuerdos de la guerra civil están recopilados en Memorias de un luchador (Madrid, 1977).

Su afición por los temas bélicos y sus experiencias en los frentes se reflejaron en Nuestra guerra. Aportaciones para una historia de la guerra nacional revolucionaria del pueblo 1936-1939 (París, 1966), luego incluida en la Memorias, que resulta esencial para conocer la situación y los entresijos del Ejército Popular, pese a su lógica parcialidad y sus obsesiones. Muchos de los insultos que lanza contra los anarquistas son tan zafios como injustificados.

R.B.: R.B: Madridejos, Mateo, Diccionario onomástico de la guerra civil, Ed. Flor del Viento, 2006, págs. 195-197.

Valentín González González

Biografía

Militar de milicias. Malcocinado, Badajoz, 1909-Madrid, 1983). Más conocido por El Campesino. Militar de milicias. Minero, desertor del ejército y militante del PCE desde 1929, guerrillero nato, fue una de las figuras más populares de la zona republicana y uno de los jefes del Quinto Regimiento y siempre al mando de tropas de choque.

Después de colaborar en la derrota de la rebelión en Madrid en julio de 1936, luchó en la sierra madrileña al mando de una columna y participó en casi todas las batallas importantes de la guerra (Guadalajara, Brunete, Belchite, Lérida), resultando herido varias veces.

Su actuación fue especialmente sangrienta en la batalla de Brunete. Alcanzó el empleo de teniente coronel de milicias y al frente de la división 46, entre cuyos combatientes se encontraba el poeta Miguel Hernández, quedó sitiado en Teruel después del repliegue ordenado por el alto mando republicano en febrero de 1938.

Según sus declaraciones y relato, logró escapar rompiendo el cerco en una maniobra desesperada. Líster y otras fuentes comunistas, sin embargo, lo acusan de haber abandonado a sus hombres en la azarosa retirada, pero él insiste, por su parte, en que los jefes comunistas, en vez de socorrerlo, como habían prometido, planearon la evacuación precipitada de la ciudad a fin de utilizar el desastre en su campaña denigratoria contra el ministro de Defensa, Indalecio Prieto.

Sus enfrentamientos con Líster fueron continuos. El también comunista Modesto Guilloto lo destituyó en plena batalla del Ebro, presuntamente por indisciplina, y acabó la contienda al mando de un centro de reclutamiento, triste destino para un guerrillero.

Exiliado primero en Argelia y luego en la URSS, asistió a la academia militar Frunze, pero su enfrentamiento con la dirección comunista le condujo al campo de concentración de Vakuta, en los Urales, del que se fugó para llegar a Irán, donde fue detenido y devuelto a Moscú.

Internado en otro campo de trabajos forzados, volvió a evadirse, y, según su relato, fue recibido en el Kremlin por Mijail Kalinin, a la sazón presidente del Soviet Supremo (jefe de Estado), que le facilitó la huida definitiva a Francia, vía Teherán, y también con la ayuda de Julián Gorkín.

En París trató de formar un grupo guerrillero para entrar en España, pero el proyecto no llegó a realizarse (1963). En contraste con la diatriba de sus ex correligionarios del PCE, el general Ramón Salas Larrazábal, en su Historia del Ejército Popular de la República, esboza el siguiente retrato: Este fabulosos guerrillero, de innegable audacia y dotes de mando, tenía un gran sentido teatral y era fanfarrón, ampuloso y embustero hasta lo inconcebible.

Paul Preston lo condena sin paliativos como analfabeto y feroz y acepta la versión comunista sobre lo ocurrido en Teruel, pero sin aportar pruebas concluyentes.

Hugh Thomas se muestra más circunspecto: El Campesino tiene mala memoria, pero tampoco sus rivales comunistas tenían la conciencia tranquila.

Sus peripecias están contadas en varios libros que, con algunos olvidos interesados, mezclan la fantasía con unos hechos terribles: Vida y muerte en la URSS 1939-1949 (Buenos Aires, 1951), con prólogo de Julián Gorkin; Comunista en España y antiesalinista en la URSS (México, 1952); Yo escogí la esclavitud (caracas, s.a.). En las elecciones generales de 1977 pidió el voto para el PSOE y regresó definitivamente a España en 1978.

R.B.: R.B: Madridejos, Mateo, Diccionario onomástico de la guerra civil, Ed. Flor del Viento, 2006, págs. 147-149.