La Lucha

El Gobierno Largo Caballero

Guerra y revolución seguían cursos paralelos en la zona democrática. Los problemas que agobiaban al gobierno eran los que siempre plantea, en la vertiente popular, una guerra civil de profundo sentir social. Menos que otras instituciones podían la propiedad y la economía sustraerse a la convulsión general.

El impulso reivindicativo del movimiento de las masas, si ya no lo exigieran las necesidades de la guerra, imponía grandes transformaciones en estos dominios. Pero una manera de orden era indispensable para que la República pudiera subsistir y continuar la lucha. Todo ello requería tiempo. Había cosas que tenían que morir de muerte natural, y otras que solo podrían nacer tras un periodo insoslayable de gestación.

El centro de gravedad de la guerra y la política estaba en la calle. El poder lo tenían las masas, los partidos, los comités. La revolución, y la misma guerra, en el territorio dominado por los republicanos, seguían el proceso de la prueba y el error. Avanzar y retroceder es el vaivén característico de una sociedad no vertebrada todavía y que trata de hallar un eje sobre el cual girar.

En el orden militar, como en el económico, la revolución atacaba y se replegaba, erraba y rectificaba, y estaría errando y rectificando hasta que la experiencia de sus acerbas lecciones, hiciese lo que aún no podía hacer el gobierno: mostrar a las masas los graves peligros de la indisciplina y los trágicos resultados de la ignorancia.

El ministerio Largo Caballero constituido el 4-IX-1936, significaba un progreso en esa ruta. La dirección de la guerra y la política comenzaban a pasar a manos del gobierno. Nadie disfrutaba entonces mayor autoridad sobre el proletariado que el viejo líder de los sindicatos socialistas. Todos los partidos de la República se hallaban representados en esta coalición, menos los anarquistas.

Indalecio Prieto se encargaba d ela cartera de Marina y Aire, con medro inmediato para el orden y la disciplina ene stos departamentos. Don Juan Negrín recibía el embrollado fardo de la Hacienda, que gracias a él, de toda evidencia, se salvaría del colapso que la amenazaba. Largo Caballero se reservaba, con la presidencia del gobierno, la jefatura del ministerio de la Guerra.

Un nuevo paso de importancia se dio en 3 de noviembre con la entrada en el gobierno Largo Caballero de cuatro representantes de la CNT; y si más de una vez se había atribuido a España, por eruditos optimistas y con dudoso motivo, la introducción de elementos originales en la historia política del mundo, al menos en lo de tener ministros anarquistas, sentaba nuestra nación un precedente incontrovertible.

La tiranía de los hechos y el cambio de las condiciones sociales conspiraban para transformar al anarquismo en una fuerza constructiva y responsable, del mismo modo que la revolución, al acabar con el lujo y establecer una mayor igualdad, había retirado ya de la calle a los mendigos. España, en la parte señoreada por el pueblo, iba eliminando rápidamente las excrecencias patológicas de una sociedad anormal en extremo, como no había otra, quizás, en Occidente.

Las masas sintieron pronto vivísimo deseo de unidad y de coordinación. La hora de las saturnales libertarias iba de vencida. Lo que hasta poco antes había satisfecho, y aun halagado, a muchos oídos populares: el elogio a la indisciplina, la recusación del mando y el orden, provocaba ahora en el pueblo una reacción de fatiga y de sospecha. Por el contrario, el llamamiento a la acción concertada, la demanda del mando único, el anhelo de tener un Ejército y concentrar todas las energías en la guerra, ganaba el ánimo de las masas obreras.

El gobierno Largo Caballero inicia la formación del nuevo Ejército republicano, a base de las milicias populares. Crea el cuerpo de Comisarios políticos. Porque es indudable que la República tenía que fundar un Ejército político, revolucionario, harto distinto del que aún prevalecía en la España de Franco. Sin disciplina, que es simplemente una ortopedia contra el miedo, no hay milicia; pero uno era el carácter de la disciplina bajo los insurgentes y otro tenía que ser bajo la revolución.

La moral de un Ejército regular se sostiene por el terror que pende de arriba; no hay ejército de este género, como ya descubrieron los romanos, si el soldado no teme más a sus jefes que al enemigo. Pero en un ejército revolucionario ese terror produce el efecto opuesto: desmoraliza; aquí el rigor no basta y ha de acompañarse de acción política, de persuasión ideal. Esto es clásico en la historia, y de consiguiente, como dije en otro lugar, el comisario, el agitador, el delegado político aparece en todas las guerras revolucionarias, con buenos y malos resultados, y desde luego, con inevitable contrariedad para los oficiales de la academia.

La empresa de crear el nuevo Ejército republicano era excepcionalmente ardua, porque, en general, se creía que la guerra podría ser corta, y cada grupo político quería tener sus soldados y sus armas propios para imponerse, o para no ser preterido, al volver la paz. La subsistencia de gran número de agrupaciones políticas sería el obstáculo que más tenazmente se opondría, en el interior, a la victoria republicana.

Largo Caballero asumió el poder en el periodo más difícil de la guerra, justamente por ser aquél en que lo viejo estaba derrumbado y lo nuevo habría de surgir penosamente. Comenzó el viejo secretario de la UGT a recoger las fuerzas dispersas y desorbitadas, incluyendo, como se ha visto, a los anarquistas en el gabinete, ordenando la retirada de las tropas catalanas que habían desembarcado, en una aventura, en la isla de Mallorca (rectificación impuesta por la Marina republicana) y tratando de crear un Estado Mayor.

Pero la situación militar se agravó, los italianos tomaron Málaga sin encontrar resistencia y estalló en Barcelona la turbia y alarmante insurrección de mayo de 1937; sucesos unos fatales, que correspondían al periodo de eliminación de lo desencajado e inadaptable; otros, menos fatales, pero difíciles de impedir aún.

Por otra parte, entre el grupo socialista de Largo Caballero y el partido comunista se agrió la desavenencia, oriunda acaso del estrecho parentesco filosófico de ambos movimientos, y acentuada por disputarse comunistas y socialistas de izquierda la dirección de la revolución. Esta rivalidad hacia enojosa la colaboración ministerial de estos dos grupos republicanos.

Los comunistas eran, sin duda, injustos con Largo caballero exigiéndole éxitos militares que tal vez no fueran ellos los más interesados en facilitarle, y Largo Caballero y sus asesores doctrinales, en guardia, ya desde antes de la guerra, contra los comunistas, acogían con desconfianza y recelo las iniciativas de este partido. La pugnacidad de los comunistas inclinaba cada día más al movimiento de Largo Caballero a reconciliarse con el anarquismo, y la CNT, igualmente amagada por el impulso proselitista del comunismo, no rechazaba, sino que aceptaba con impaciencia, saliéndole al encuentro, la solidaridad política de ese sector del socialismo.

El partido comunista, que solo contaba unos miles de adherentes en 1931, al nacer la República, fue engrosando sus filas a medida que se radicalizaba el proletariado en virtud de la oposición de la oligarquía a toda reforma. Pero el consagrado nombre de la UGT y la CNT, cada cual en las zonas de su tradicional predominio, impidió que surgiese una fuerza sindical comunista independiente. La sección española de la Tercera Internacional se desenvolvió, pues, con sus pequeños cuadros en los sindicatos socialistas, como una fuerza política minoritaria, no del todo exenta de clase media intelectual.

Con todo, la unanimidad interna, el entusiasmo y la facilidad para exponer sin prolijidad fórmulas de acción de tendencia constructiva hacían del partido comunista una agrupación más importante por su estilo de lucha que por su número. Hasta 1935 este partido predicó una política cerrada de clase, y esa fue la razón, entre otras, de que no avanzara más rápidamente en la República. Pero si no creció notablemente la sección comunista española se radicalizó el partido socialista, cuya numerosa juventud adoptó el marxismo de Lenin y quiso hacer de Largo Caballero un líder revolucionario de este corte.

Mas cuando la juventud socialista advirtió que Largo Caballero no podía, ni había pensado seriamente ser el Lenin español, cambió de mentor y puso sus esperanzas en Stalin. Más de 100.000 jóvenes socialistas ingresaron en bloque en el partido comunista. Por tanto, el prestigioso partido socialista, además de hallarse lamentablemente dividido por cuestiones personales y de táctica, perdió sus cuadros juveniles. Las disidencias internas le privaban de cohesión; la huída de los jóvenes al comunismo le sustrajo su vena dinámica.

Esto es, ningún partido de la República se hallaba, al estallar la insurrección militar, en mejores condiciones para la lucha que el comunista. Ninguno había tan coherente, ni tan disciplinado ni tan seguro de sí mismo. Y al abandonar las democracias parlamentarias —inspiración de todos los demás partidos de la República— al pueblo español y cumplir la Unión Soviética la ley internacional, el partido comunista medró mucho moralmente en los ámbitos del régimen.

Las masas, ante el material de guerra y las provisiones de todo linaje que arribaban de Rusia —en contraste con el bloqueo que mantenían a la República Francia e Inglaterra—, se consideraron salvadas por el Estado comunista ruso.

Las Trades-Unions británicas habían aprobado la política de No Intervención en el Congreso de Plymouth (11-IX-1936) por 3.029.000 votos contra 51.000. Asimismo, el Partido Laborista, en su Conferencia de Edimburgo (5-X) se pronunció a favor de la No Intervención.

La clase media republicana, admirada del moderado tono de la propaganda comunista y no menos impresionada por la unión y sentido de las realidades que imperaban en este partido, afluía en gran número a sus cuadros.

La mejor forma de catequesis es el éxito, y los comunistas, en el interior y en el exterior, eran una fuerza positiva. Jefes del Ejército y funcionarios que jamás habían ojeado un folleto marxista se hicieron comunistas, unos por cálculo, otros por flojedad de carácter, algunos contagiados por el entusiasmo que exhalaba esta organización; y políticos moderados hubo que quizás estimaron sana política alentar a los comunistas para debilitar al socialismo.

En mayo de 1937, el partido comunista, con su inconfundible manera, sometió a Largo Caballero e hizo público un programa de ocho puntos a poner en práctica inmediatamente por el gobierno. Las cláusulas comunistas se enderezaban a establecer mayor ilación entre los servicios y a acelerar la formación del nuevo Ejército.

El partido comunista anunciaba que de no aceptarse sus proposiciones abandonaría el gobierno.

Largo Caballero respondió con otro plan, en el que se otorgaba a la UGT y a la CNT preponderancia sobre los partidos políticos en el gabinete y se prometía un organismo central de guerra presidido por el primer ministro.

Largo Caballero advertía que de no ser aceptado su programa en su totalidad dejaría de presidir el gobierno.

Los anarquistas abrazaron al idea de Largo Caballero con entusiasmo, y manifestaron que no participarían en ningún ministerio que no tuviera a Largo Caballero como jefe. La Comisión Ejecutiva de la UGT respaldó el proyecto, pero si bien las organizaciones sindicales lo aprobaban, ningún partido político lo consideró acertado.

Había cambiado tanto en tan poco tiempo el sentir popular y era tan grave la situación de la República, que ni las masas resintieron la ausencia de los anarquistas y los socialistas de Largo Caballero del gobierno, ni a los hombres y organizaciones excluidos, quizás porque lo fueron de propia voluntad, les faltó entonces el patriotismo necesario para dejar gobernar a otros.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 309-315.

El Gobierno Negrín

El nuevo gobierno lo presidía don Juan Negrín, y sobre esta novedad contenía otra, como la de que Indalecio Prieto pasara a regentar el nuevo ministerio de Defensa Nacional, que incluía a todas las fuerzas militares sin excepción de armas. Prieto había organizado ya eficazmente la aviación republicana.

El ministerio Negrín entró en funciones en otro momento crítico para la República. En realidad, todos eran momentos críticos para la República. La intervención de los estados fascistas se desenmascaraba ya de disimulo. La flota alemana bombardeó Almería el día último de mayo. Bilbao estaba en peligro, por carecer de aviación y artillería; caería el 19 de junio, y le seguiría en tres meses todo el norte.

Jamás se hubiera creído que Inglaterra no solo permitiría la conquista del Norte de España —la zona donde su interés era más sensiblemente perjudicado— por alemanes e italianos, sino que, además, acentuaría el bloqueo de la República, desalentando y amenazando a su flota mercante para que no penetrase en aguas españolas.

Pero junto a tales desastres, que solo Francia e Inglaterra hubieran podido impedir, abundaban las señales de orden y organización en la España democrática, y la República se disponía a sobrevivir. El gobierno Negrín dio desde el primer instante sensación de fortaleza. La libertad empezaba a ser compatible con la autoridad.

Se rectificaban los experimentos perniciosos en el terreno revolucionario; se fundaban nuevas factorías de guerra; se ponía coto a la arbitrariedad en la administración de justicia, e iba surgiendo el Ejército popular capaz de hacer rostro a las fuerzas disciplinadas y excelentemente armadas del general Franco y los estados fascistas que le apoyaban.

Bueno será que paremos ahora atención en la situación militar.

Madrid se había salvado por segunda vez en noviembre de 1936, y lo había salvado, en el primer momento del nuevo peligro, el mismo pueblo de julio. Los voluntarios internacionales llegaron con providencial oportunidad para apuntalar la defensa; también fueron útiles los 20.000 fusiles que envió México, y los primeros aviones de caza soviéticos acabaron de realizar el milagro, que no otra cosa fue aquello, de hacer imposible la entrada de los insurgentes en la capital de España.

El gobierno Largo Caballero se había trasladado a Valencia el 7 de noviembre, después de encomendar la defensa de Madrid al general Miaja, quien realizó su misión al frente de una Junta compuesta, por la mayor parte, de jóvenes, algunos casi niños. Nunca cayó sobre hombros juveniles trabajo tan difícil ni tan grandioso ni nunca fue tan noble y cabalmente administrada una confianza.

Pero la batalla de Madrid no concluyó en noviembre, ni terminaría sino con la guerra. Impenetrable de frente, los facciosos trataron de aislar la capital, amenazando sus comunicaciones con el Este mediante una impetuosa ofensiva que dio lugar, en las márgenes del Jarama, a combates excepcionalmente cruentos. Aquí, como antes en los suburbios de Madrid, la brigada internacional opuso una resistencia de acero y tuvo pérdidas considerables.

En marzo de 1937 la ofensiva italiana sobre Guadalajara amagó de momento las comunicaciones de Madrid por el Nordeste. Treinta mil italianos mandados por el general Bergonzoli sufrieron, sin embargo la espectacular derrota de Brihuega. Y la batalla de Brunete (julio), una de las más sangrientas y enconadas de toda la guerra, fue el primer signo de que el nuevo Ejército republicano no estaba ya completamente exento de condiciones para la ofensiva, dato confirmado a poco por la que el ejército de Este desencadenó (septiembre) con Zaragoza como objetivo.

La pesadilla que privará del sueño hasta el final a los gobernantes republicanos, la escasez de armas, era, con todo, un serio obstáculo incluso para la formación del Ejército. La República padecía virtualmente un bloqueo que no solo afectaba al material de guerra, sino también a víveres y materias primas, a cuanto, en resolución, tenía que ser importado. Por este motivo eran mayores las privaciones que sufría la población civil. En cuanto al armamento, la situación, siempre dentro de la penuria, variaba. Unos meses era menos mala que otros. Por el instante, la República iba obteniendo lo necesario para no sucumbir.

Vista la complacencia con que en Londres, París y Washington se seguía por los gobiernos la guerra del fascismo internacional contra la democracia española, Alemania, Italia, Portugal y Franco lo osaban ya todo. En el verano de 1937, el Mediterráneo comenzó a tornarse intransitable para los barcos que acarreaban mercancías rusas para la República. Los submarinos italianos hundían a diestra y a siniestra. Ello obligó al gobierno republicano a buscar nuevas rutas o a realizar combinaciones para no carecer de las vitales remesas soviéticas.

Los gobiernos de las democracias capitalistas cohonestaban su complicidad en el desafuero fascista de que era víctima España con la especie de que su intervención redoblaría la de Italia y Alemania y todo acabaría en otra gran guerra. Semejante argumento era insostenible en teoría, y su falsedad no tardó en evidenciarse en la práctica cuando la Marina de guerra inglesa decidió poner fin a la piratería en el Mediterráneo. Los submarinos italianos desaparecieron. Y es que tampoco buscaban las potencias fascistas un conflicto universal; antes bien lo temían, por prematuro para sus planes.

El 31-X-1937, el gobierno Negrín dejó Valencia, donde apenas podían desenvolverse los servicios ministeriales, por la más espaciosa residencia de Barcelona. Azaña se había instalado en Barcelona pocos meses después de comenzar la guerra civil, lo cual le permitió comprobar con holgura los progresos del separatismo, la debilidad del gobierno autónomo, el insuficiente rendimiento para la guerra de esta riquísima y afortuna región y sufrir, en calidad de asediado, los turbulentos sucesos de mayo de 1937.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 315-318.

Teruel

En la sinóptica relación de hechos que he emprendido corresponde el próximo lugar a las operaciones de Teruel, un acontecimiento que pareció variar el curso de la guerra, y que, con el hundimiento del crucero insurgente Baleares por la flota republicana, está unido a los días en que más altas fueron las esperanzas de los republicanos desde que comenzó la No Intervención.

La ofensiva del Ejército popular sobre Teruel (batalla de Aragón), fue iniciada el 17-XII-1937, en las primeras horas de la tarde, bajo un espantable temporal de hielo y nieve. Las líneas republicanas se hallaban desde que estalló el conflicto muy próximas en varios puntos a esta capital. Con habilidad y cautela, el Estado Mayor de la República concentró cerca de Teruel un numeroso ejército, entre 40.000 y 50.000 hombres, con todo su aparato de guerra.

Cuatro horas duró la operación de aislar a la ciudad: las fuerzas del comandante Líster cortaron las precarias comunicaciones que enlazaban a Teruel con el mando de Franco. Quince mil soldados rebeldes y 20.000 habitantes quedaron copados. Las tropas se refugiaron en los edificios más sólidos: Gobierno civil, Banco de España, Seminario y Convento de Santa Clara. En estas posiciones se aprestaron a resistir unos 4.000 facciosos, en tanto era sacada la población civil por caminos de herradura.

El tiempo era infame, pero no impedía volar a la aviación enemiga, que enseguida se presentó con la superioridad de costumbre. Junkers, Capronis y Fiats bombardeaban y ametrallaban a las fuerzas republicanas sin reposo. Tampoco descansaba la artillería, que pronto concentraron también los insurgentes.

El cerco republicano se consolidó rápidamente con la argamasa del entusiasmo y el heroísmo, a pesar del implacable temporal. El 28 contraatacó Franco, con lujo de derroche de elementos, por el Norte y por el Oeste, en el primer intento serio de levantar el sitio. Las tropas republicanas, todas españolas, aguantaron firmemente la contraofensiva.

El 31 tornó el mando enemigo descargar otra ofensiva, más furiosa aún, sobre la barrera republicana. Este día soplaba un huracán insufrible, al que añadía rigor la incansable aviación italoalemana, siempre en el aire, y el perpetuo cañoneo de los insurgentes. Tropas de refresco se estrellaban contra las líneas republicanas, que apenas cedieron un palmo en toda la batalla. Fuera de Teruel, la posición enemiga más cercana quedaba todavía a cuatro kilómetros.

Los fascistas ya no darían tregua hasta reconquistar esta medieval capital del Maestrazgo. No podían perder prestigio ni en el interior ni en el exterior.

Las tropas rebeldes asediadas dentro de Teruel se rindieron el 7-I-1938, faltas de agua y alimentos.

Pero Franco atacaba cada día con más furor y con más máquinas y tropas nuevas. El mando republicano tuvo que meter a la postre a las Brigadas Internacionales, pero el enemigo poseía mucho hierro y luchaba bien.

La batalla de (Aragón) duró seis semanas, hasta el 22 de febrero en que la República abandonó la ciudad. Teruel resultó un esfuerzo excesivo, aunque necesario, para el Ejército de la República.

Las mejores tropas populares se agotaron y el mejor material republicano se melló o se perdió. Concebida como un medio de privar al enemigo de la iniciativa, tan peligrosa cuando la fuerza atacante sobrepuja desmesuradamente en elementos de combate al bando situado a la defensiva, la ofensiva de Teruel obligó, sin duda, a los fascistas a desistir de una nueva operación contra las comunicaciones de Madrid en el sector de Guadalajara. Desde este punto de vista alcanzó su objetivo el mando republicano. En realidad, para la República, en aquellas condiciones de inferioridad material, tantos inconvenientes tenía atacar como no atacar.

La frontera francesa estaba cerrada a cal y canto. Por allí no entraba nada en Cataluña. Y no todos los barcos que traían armamento arribaban. Indalecio Prieto apresuraba y multiplicaba la producción de guerra, pero el problema excedía las posibilidades interiores de la República.

Esta fue la causa principal de la catástrofe que siguió en el frente pirenaicoaragonés a la batalla de Teruel.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 318-320.

Derrumbe del frente republicano

El 8-III-1938 inició el enemigo en Aragón una ofensiva general —quizás retrasada varios meses por el ataque republicano sobre Teruel— desde los Pirineos hasta el Maestrazgo. Las líneas republicanas daban entonces vista a Zaragoza, se cernían en torno a Huesca, casi rodeándola, y pasaban por la vecindad de Jaca.

Franco atacó desde Huesca hacia el Norte; de Zaragoza en dirección a Lérida; de Zaragoza con la costa como objetivo, por el valle del Ebro; de Montalbán con rumbo a Valencia.

Aun conociendo los republicanos la abundancia de medios que disfrutaban los facciosos, tan vasta operación, después del desgaste que el enemigo sufrió en Teruel, tenía que sorprenderles; y la sorpresa, con la enorme superioridad del armamento, dio a las fuerzas atacantes una ventaja irresistible.

La República no disponía de aviación, ni de artillería, ni de tanques, ni de fuerzas de choque con que contener al ejército fascista. Había unidades republicanas que entraban en acción sin que la mitad tuvieran, no ya ametralladoras o bombas de mano, pero ni siquiera fusiles.

El frente republicano se derrumbó en toda su inmensa longitud.

De estas jornadas quedará como una de las grandes hazañas del Ejército republicano la resistencia de la división 43, mandada por el coronel Beltrán, que, aislada en las raíces de los Pirineos, aguantó al enemigo una semana, en una lucha épica. Solo cuando careció de alimentos y municiones se retiró la división 43 a Francia, ordenadamente, con nieve hasta la cintura.

Lérida cayó el 3 de abril, después de resistir en tremendas condiciones de inferioridad ocho o diez días. Las fuerzas republicanas poseían, como siempre, poca artillería y el enemigo señoreaba el aire. El mismo día perdió la República Gandesa, una posición de gran valor estratégico al sur del Ebro. El frente republicano quedó desorganizado, en confusión inextricable, rebasando los fascistas a contingentes gubernamentales numerosos, con grandes pérdidas para la República.

El 8 de abril llegaron los insurgentes al Noguera-Pallaresa y la República perdió Tremp y otros centros generadores de la energía eléctrica que alimenta a las zonas industriales de Cataluña. Este grave contratiempo fue paliado por la puesta en marcha de las instalaciones generadoras de corriente a vapor. De hecho, Cataluña había quedado sin electricidad días antes, al ocupar los fascistas Balaguer, al norte de Lérida, lugar por donde pasan los cables de alta tensión procedentes de Tremp, Camarasa y Capdella.

La ofensiva del general Franco y de los alemanes e italianos se sostuvo en toda la línea un mes . En parte por el desgaste natural y en parte por la reorganización de la defensa republicana, cada día más efectiva, el avance de los fascistas se detuvo, al fin, más o menos exactamente, en las rayas de Cataluña. Los grandes obstáculos naturales, principalmente los ríos —Noguera-Pallaresa, Ebro, Segre— marcaron, en general, la nueva división del territorio entre los beligerantes. Por el Norte la línea de fuego ascendía hasta la frontera francoespañola, a poniente de la Seo de Urgel.

Pero al sur del Ebro, la ofensiva iniciada el 8 de marzo proseguía, incontenible, y los italianos, provistos de aviación, tanques y artillería en la acostumbrada proporción, se abrían camino hacia el Mediterráneo.

Franco se desentendió de momento de Cataluña para concentrar el ataque al sur del Ebro, y el 15 de abril los insurgentes entraban en Vinaroz. El avance fascista continuó en dirección sur, al filo de la costa, con Castellón de la Plana y Valencia por objetivos. El territorio dominado por los republicanos quedó, por tanto, dividido en dos zonas..

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 320-322.

Bombardeos aéreos de Barcelona

Entre tanto, la población civil en los dominios de la República habría sufrido inusitados ataques de la aviación italoalemana. Desde enero las agresiones aéreas contra Barcelona y otras ciudades catalanas causaban víctimas innumerables y grandes daños. Pueblos como Granollers conocieron, más o menos, la suerte de Guernica.

El bombardeo de ciudades abiertas desprovistas en absoluto de significación militar, es particularmente odioso cuando se realiza sin riesgo alguno, a mansalva. De ahí el carácter francamente cobarde de los ataques aéreos de los alemanes e italianos contra las ciudades de la España republicana.

Barcelona sufrió la primera incursión aérea grave el 25 de enero; se contaron unos cien muertos en el centro de la ciudad. El 30 una nueva agresión llevada a cabo por los aparatos italianos con base en Mallorca causó trescientas cincuenta muertes, entre ellas las de ochenta niños.

Pero fue en marzo cuando Barcelona padeció los grandes y frecuentes raids que, al cabo, comenzaron a alarmar a la opinión internacional. Estos excesos de la aviación italoalemana se prolongaron desde la noche del 16, a razón de una agresión cada tres horas, hasta la tarde del 18, y ascendieron los ataques, sobremanera mortíferos, a diecisiete. A consecuencia de uno de ellos perecieron cerca de cuatrocientas personas.

El número de muertos a cuenta de los bombardeos de estos dos días se elevó a mil trescientos y el de heridos pasó de dos mil.

Los desmanes de las fuerzas aéreas al servicio de los insurgentes provocaron, al final, en todo el mundo una ostensible reacción de disgusto, bien que no tan enérgica como el hecho merecía. El Papa envió su protesta a la junta o gobierno de Burgos. Los gobiernos de París o Londres acordaron dirigir un llamamiento a ambas partes españolas para que cesaran bombardeos como los de Barcelona. Semejante amonestación —que ignoraba de intento la nacionalidad del personal y los aparatos causantes del daño— al agresor y a la víctima testificaba que la diplomacia francobritánica no podía dejar de mostrar perfidia en la cuestión española, ni incluso cuando quería tener un gesto humanitario.

A partir de marzo, la posibilidad de que los fascistas volvieran a cometer nuevas salvajadas aéreas mantuvo alerta por algún tiempo al público internacional amigo de la República española y no cesó de condenarse en Londres y en París el bombardeo de ciudades abiertas.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 322-323.

Negrín en Defensa

Los sucesos de todo género que asaltaron a la República en los comienzos del año 1938 habían de acompañarse de consecuencias políticas, dentro y fuera de España. El 5 de abril se encargó Negrín de la cartera de Defensa Nacional, por estimar que el estado de espíritu de Prieto no era el más apropiado para dirigir la guerra; y abierta la crisis ministerial dio entrada en el gabinete a la CNT y a la UGT, representadas respectivamente por Segundo Blanco y Ramón González Peña.(Sobre esta crisis véase Julián Zugazagoitia, Historia de la guerra en España, La Vanguardia, Buenos Aires.)

Partidos y hombres de la República sufrían con resultados diversos los bandazos del proceso político-militar trenzado por la marcha de la guerra y la revolución. El anarquismo se disolvía; desaparecidas las condiciones sociales que lo engendraron y lo alimentaron, moría de muerte natural.

Ni la acción directa ni la existencia clandestina tenían ya razón de ser; y a nadie causó sorpresa que el 4-VII-1937 el pleno peninsular de la FAI decidiese trocarse en un movimiento legal. Este transcendental acuerdo del pleno fue confirmado el 11 del mismo mes en la Conferencia regional de Valencia. El movimiento anarquista se convertía en una organización política y sus miembros quedaban autorizados para aceptar puestos en todas las instituciones públicas.

El avatar del anarquismo denunciaba una crisis vital en este importante sector del proletariado; y la crisis filosófica y moral de la CNT y la FAI no podía presentarse, ciertamente, sin suscitar la división interna de ambos partidos cognados.

El partido socialista, como hemos dicho, se hallaba sobremodo despotenciado por las disidencias personales y de principios. Sus tres o cuatro cabezas directoras interpretaban la situación general y aun los incidentes de cada día a luces muy distintas y a veces inconciliables.

Los partidos republicanos, privados de Azaña y Martínez Barrio —aquél encastillado en la presidencia de la República, este políticamente inmovilizado en la de las Cortes— se movían torpemente, acéfalos y sobreexcedidos por el dinamismo de las circunstancias. Además, numéricamente carecían de poder, y para mayor quebranto se hallaban embargados también por conflictos de opiniones en punto a extremos fundamentales de la revolución y de la guerra.

En el concierto —o desconcierto— de los partidos continuaba imponiéndose el comunista. Por virtud de su infrangible unidad, su ardor combativo, su unánime y resuelta disposición a no capitular (en otros partidos había gentes que consideraban deseable y posible una componenda con Franco), la organización comunista era un partido de guerra de dimensión superior a los demás de la República.

Las circunstancias, sobre todo las circunstancias exteriores, ya subrayadas, imponían el crecimiento del partido comunista.

Al frente del gobierno, don Juan Negrín no solo encarnaba, con su realismo, el sentimiento popular, sino que respondía, con los atributos más salientes de su carácter, a las inusitadas exigencias de la hora. Negrín, hombre de guerra y político improvisado, era una creación de circunstancias poderosas, que, como tantas veces en la historia, arrastraban al centro de la vorágine a quien más idóneamente podía encararse con la situación. En 1937 este hombre de ciencia era, por tal coyuntura, sin buscarlo, el director insustituible de la guerra y la República.

Naturalmente, este suceso no se producía, en cuanto dependía de Negrín, por virtud solamente de su vigor intelectual, ni por su mero conocimiento de los problemas nacionales e internacionales, y menos en virtud a su experiencia de político o gobernante, aunque su gestión en el Ministerio de Hacienda le calificase para más amplias empresas de gobierno. Azaña era también cabeza bien organizada, persona de muchos libros, algunos viajes y considerable práctica política; y no obstante, se había extraviado políticamente antes de la guerra civil y durante la guerra civil.

No bastaba ser inteligente ni culto, ni perspicaz político para dirigir la República en aquella encrucijada. Había de ser, además, hombre de acción, es decir, poseer energía moral bastante para arrostrar con cabeza clara las responsabilidades más intimidantes. La acción es la madre del conflicto y el conflicto entraña responsabilidad, y a esta responsabilidad no se puede hacer frente si no se es hombre de acción.

Negrín frisaba en los cuarenta y cinco cuando estalló la guerra civil. Extraordinariamente vital, dotado, a un tiempo, de una fisiología de hierro y de desusada energía vital, había en él, en todos los órdenes, a manera de un exceso de vida que pudiera haberle lanzado, con éxito seguro, en la absorbente lucha política de una nación en crisis mortal, como España, si Negrín hubiera sentido vocación por la vida pública y ambición de inmortalidad.

De aquella estaba exento, de esta se burlaba. En cuanto ciudadano no se había hallado de espalda a los problemas nacionales —¿quién lo estaba en España?—, pero había asistido a la tragicomedia política como preocupado espectador y no como actor. En 1928, durante la dictadura del general Primo de Rivera, Negrín había diputado un deber afiliarse a un partido y mostró su predilección por el socialismo, con cuyos postulados y filosofía se había familiarizado en Alemania en sus años de estudiante. Pero aparte aspirar, en sustancia, a ganar los grises laureles de miembro anónimo y disciplinado del partido socialista, Negrín, sumándose a esta organización, distaba mucho, contra lo que pudiera parecer, de querer encasillarse en un sectarismo.

Todo lo que hacía era proclamar que el partido fundado por Pablo Iglesias era, a su juicio, el más solvente, el llamado a dirigir los destinos de la nación y el mejor preparado para este alto menester. Porque para Negrín el partido, cualquier partido, no podía ser un fin en sí mismo sin riesgo de condenarse a esterilidad. Nada más remoto de su espíritu antidemagógico, vuelto a toda la gama de la vida, que el pensar que el partido pudiera subordinar a la nación en aras del interés de clase. Quiere decirse que Negrín, que veía con ojos filosóficos a los hombres de un solo libro, no era marxista no se sentía eslabón de una clase social determinada.

Como es natural, y como acontecía a otros españoles eminentes en las artes o en las ciencias, Negrín no pudo sustraerse, a la postre, a la actividad política. En España, como en toda nación en crisis, se ha hecho sobremanera difícil la compatibilidad del patriotismo con la inhibición en la brega política; y por tratarse de una nación de tan honda desigualdad social, todo español menor de sesenta años que no sea un revolucionario es un inferior. Ya hemos apuntado la sospecha de que probablemente Azaña tampoco hubiese roto una lanza en las luchas políticas de su país, si la tragedia nacional no le hubiera sacado de la literatura, que era su innata y tiránica vocación.

Pero en Negrín la resistencia a militar en la vida pública era más obstinada que en otros. En parte porque abominaba la publicidad; a este respecto, su ideal hubiera sido poseer el anillo de Giges y trocarse invisible ante públicos y fotógrafos; y en parte porque no se creía con condiciones para la política. Negrín no era orador, cosa frecuente en el hombre de acción; lo cual acaso le recomendase como gobernante nuevo y original a los ojos de aquellos que sabían cuánto daño había hecho a España la elocuencia.

Negrín, en síntesis, repudiaba la demagogia —tan útil incluso a los políticos españoles más austeros— y estaba totalmente huérfano de aficiones proselitistas; se diría que le daba igual tener adeptos que no tenerlos. Fue, por tanto, diputado sin haber pronunciado lo que se llama un discurso, y llegaría a presidir un gobierno democrático —fenómeno notable en España— sin haber popularizado su silueta en las tribunas.

Otra condición apartaba, acaso, a Negrín, instintivamente, de la política activa: el sentimiento defensivo de su libertad individual, su libre albedrío de hombre habituado a conducirse con una norma muy personal. Le extraía a la vida todo su zumo amable, y por esta razón, quienes le conocieran superficialmente podrían tenerle por frívolo. Pero bajo la máscara de frivolidad, o bajo la máscara antípoda de hombre duro y hosco —su otra careta defensiva— había un espíritu fino, cultivado y grave y un corazón sensible.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 323-326.

Los Copperheads

El derrumbamiento del frente pirenaicoaragonés y la llegada de los insurgentes al Mediterráneo confirmó a muchos en la convicción —que algunos padecían desde el 17-VII-1936— de que la guerra estaba perdida para la República. Para Negrín, la República, en el peor de los casos, no tenía otra opción que resistir y caer luchando. Sostenía, pues, como era su deber, afortunadamente respaldado por su convencimiento, que se podía ganar la guerra.

No puede decirse que abundasen entre los republicanos de toda clase los partidarios de la rendición sin condiciones, aunque algunos había que hubieran comprado la paz a cualquier precio. Pero los que creían que merecía la pena intentar la capitulación sumaban cierto número en la esfera influyente del régimen. A este linaje de personas las bautizaron en la guerra civil norteamericana con el nombre de Cooperheads por alusión a la serpiente más venenosa de los Estados Unidos.

Imaginarse que la República podía capitular en otras condiciones que no fueran las de quedar a merced del enemigo sin escrúpulos, enajenado por el odio y por el miedo, era ignorar supinamente el calibre de los fascistas españoles y desconocer no menos crasamente el carácter del apoyo que Franco recibía de Italia y de Alemania. Franco había respondido hasta entonces de manera invariable a cuantas exploraciones particulares y oficiosas buscaban el fin de la guerra por un compromiso con el monótono y tajante: Rendición sin condiciones.

Deliraban también quienes creían que la República podría contar en algún caso con el socorro diplomático de las democracias parlamentarias. Las clases directoras de Inglaterra y Francia deseaban la victoria de Franco —alemanes o no alemanes, italianos o no italianos— tan vivamente como los gobiernos de Berlín y Roma.

La reacción del gobierno francés ante la catástrofe de marzo y abril se expresó en el envío a aguas catalanas de un crucero para que escaparan Azaña y su gobierno. En los círculos oficiales de Londres se vio con satisfacción el corte de la España republicana en dos zonas, por cuanto se suponía que ya no podía demorarse mucho la defunción de la República.

Y a fortalecer esta impresión contribuían las palabras de angustia de destacados políticos de la República que llegaban a las cancillerías; palabras bien intencionadas, claro es, porque nacían de la asunción de que el triunfo de los rebeldes alarmaba, como debería haber alarmado, a los gobiernos de París o Londres; pero de efecto perniciosísimo, pues no había tal temor en Londres, sino todo lo contrario, y en París, donde existía mayor preocupación, ningún gobierno movería un dedo, a buen seguro, por una República que según algunas de sus eminencias, estaba desahuciada.

Los enemigos de la democracia española no harían nada por salvarla, e irles con jeremiadas era perder el tiempo, y presentar la situación como irreparable a quienes pudieran facilitar a la República elementos para defenderse era retraerlos o disuadirlos, dándoles la impresión de que cuanto hicieran llegaría demasiado tarde.

En resolución, los republicanos, cualquiera que fuese su subfiliación política, que imaginaban viable el compromiso con los rebeldes y buscaban mediadores donde creían poder hallarlos, no solo quebrantaban a la República, por si no lo estuviera bastante, en el exterior, sino que propagaban en el interior, primero entre una minoría, más tarde era considerable el número de republicanos, el trágico espejismo de que cabía esperar del enemigo alguna justicia.

La guerra no estaba perdida para la República en abril de 1938, a pesar del serio descalabro de Vinaroz. El avance insurgente contra Castellón tropezaba con enérgica resistencia republicana, y en penetrar cien kilómetros hacia el sur, hasta tomar el puerto, llevó a Franco dos meses de lucha encarnizada. Castellón cayó el 16 de junio, y se estabilizó el frente a unos 25 kilómetros de Sagunto.

Esos dos meses había estado abierta la frontera francesa al tránsito de material de guerra para la República. Los arsenales del gobierno recibieron el ansiado refuerzo de artillería ligera, cañones antitanques, tanques, alguna aviación, ametralladoras y fusiles; por la mayor parte armas adquiridas a Rusia, aunque también llegaban máquinas compradas en Estados Unidos y otros países, dondequiera podía obtenerlas el gobierno republicano.

En Levante se afirmó la resistencia gubernamental. Valencia se hallaba protegida en el Norte por la Sierra de Espadán y por excelentes fortificaciones construidas por los republicanos en esas anfractuosidades, entre Viver y la costa. Persuadidos, gracias a la tenaz oposición de las fuerzas antifascistas, de que no podrían abrirse paso a través de las posiciones inasaltables que defendían Sagunto, los italianos iniciaron una nueva ofensiva el 15 de julio, desde Teruel, con Valencia como objetivo.

Constituían las fuerzas facciosas las divisiones de Littorio, 23 de marzo y la mixta de Flechas Azules, mandada por oficialidad italiana. El enemigo atacó con desmesurada fuerza artillera (unos 600 cañones) y cerca de 400 aeroplanos. Las fuerzas italofranquistas ascendían a unos 80.000 hombres.

El ataque insurgente rompió con el ímpetu habitual. Una a una se fueron derrumbando las primeras posiciones republicanas, si bien el enemigo no dejase de tropezar con heroica resistencia en algunos puntos, como en Mora de Rubielos.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 326-329.

Viver

Centenares de aviones habían pulverizado los pueblos en la ruta de Teruel a Valencia. El 18, sin embargo, llegaron las columnas italianas ante las fortificaciones que defendían Viver. Los ingenieros republicanos habían construido fuertes solidísimos, algunos capaces de aguantar bombas de 500 kilos. Estas obras militares enfilaban todos los accesos que pudieran utilizar las tropas facciosas en el avance sobre Valencia.

Los italianos, que probablemente habían dado por vencida la resistencia republicana y se veían ya en Valencia, se precipitaron sobre las fortificaciones. Comenzó entonces la más considerable matanza en combate de toda la guerra. Según iban surgiendo los fascistas, las ametralladoras gubernamentales los segaban literalmente.

Los nacionalistas —escribe un testigo inglés— emplazaron la artillería y comenzaron a batir las defensas con intensidad que recordaba a la gran guerra. Difícil es saber cuántos proyectiles caían por minuto sobre las fortificaciones; y cuando cesaba el fuego artillero aparecían los aeroplanos de bombardeo, descargaban y regresaban por más bombas, que volvían a descargar. Parecía imposible que alguien viviese en aquellas colinas.
Sin embargo, en cuanto concluía el infernal ataque aéreo y artillero, y los nacionalistas trataban de avanzar hacia las fortificaciones, las ametralladoras republicanas volvían a escupir fuego furiosamente desde las ruinas. Luego, más horas de castigo, más bombas. Los aparatos insurgentes de bombardeo podían volar tan bajo como se les antojase, dado que el gobierno no poseía cañones antiaéreos en el sector.R.B.: Buckley, Ibídem, cap. XLII, p. 379.

En fin, el 25 los republicanos continuaban resistiendo en Viver. En ocho días había sufrido el enemigo de 15.000 a 20.000 bajas; la matanza, como hemos dicho, más considerable de toda la guerra; tantas pérdidas como tuvieron, juntos, los ejércitos de Wellington y Blücher en Waterloo.

Cualesquiera que fueran los planes del enemigo ante la insuperable defensa antifascista en el sector de Viver, una nueva ofensiva republicana en el Ebro le forzó definitivamente a renunciar a la conquista de Valencia y a suspender operaciones ofensivas en Extremadura.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 329-330.

La ofensiva republicana del Ebro

En la madrugada del 25 de julio pasaban las primeras unidades del ejército republicano el caudaloso río aragonés, tramos abajo de su confluencia con el Segre. La ofensiva cogió desprevenidos a los insurgentes. Los republicanos penetraron las líneas enemigas 45 kilómetros e hicieron gran número de prisioneros, principalmente moros e italianos; al quinto día habían reconquistado un área de 700 kilómetros cuadrados y ensanchado la cabeza de puente en una extensión de treinta y dos kilómetros.

Las fuerzas gubernamentales realizaron prodigios en estas operaciones del Ebro. En pocas jornadas cruzaron el río más de 50.000 hombres, con material, incluidas 200 piezas de artillería, y aprovisionamiento general. Los incesantes ataques de la aviación enemiga sobre posiciones y fuerzas desprovistas de defensas antiaéreas complicaban dramáticamente los movimientos de las tropas y los trabajos de los ingenieros. De añadidura, los facciosos abrieron algunos diques y la crecida arrastró en ocasiones los puentes improvisados, que los republicanos reconstruían con pasmosa celeridad.

Pero era evidente que luego que se entablase batalla en la zona occidental del Ebro, la superioridad del armamento enemigo había de destruir las ventajas alcanzadas por los republicanos mediante la audacia y la sorpresa. En tales condiciones se acentuaba la situación de inferioridad estratégica del ejército gubernamental, aislado prácticamente en territorio básico del enemigo y solo ligado al republicano por un puente de ferrocarril próximo a Mora de Ebro.

El ejército de la República atestiguó sus excelentes cualidades en una lucha desigual que duró cerca de cuatro meses. El 15 de noviembre pasaron las últimas unidades republicanas a la orilla oriental.

El corresponsal de la Agencia Stefani en Zaragoza hizo público el 8 de agosto el apoyo recibido por los insurgentes de la aviación italiana en los días críticos de la batalla del Ebro. Del 25 de julio al 5 de agosto los aeroplanos legionarios intervinieron en 1.672 combates, con un total de 2.817 horas de vuelo; arrojaron 462 toneladas de explosivos. El número total de aviones usados, 541.

Madrid, Teruel, Sagunto, Viver y el Ebro habían probado que la República tenía un Ejército y que algunas de las unidades de este ejército eran formidables, habida cuenta de la parvedad de medios materiales. Como en toda guerra-revolución, una parte del mando militar republicano recaía en figuras populares, soldados formados en la lucha, pequeños Cromwells, hasta poco antes entregados a su oscura profesión y —algunos— a su Biblia marxista, y que no hubieran creido, si se les hubiera dicho, que un día mandarían cuerpos de ejército.

De este linaje de soldados eran Juan Modesto, obrero de la madera, jefe del ejército que realizó la operación del Ebro; Enrique Líster, cantero, que alcanzó particular distinción en Teruel, defendió a Tortosa y encabezó el 5º Cuerpo de Ejército en el Ebro; Valentín González, el Campesino, muy inferior a Modesto y a Líster, pero que se había distinguido en Guadalajara y había contenido al enemigo una semana en Lérida; Cipriano Mera, obrero manual también, jefe de una división en el sector de Guadalajara; Tagüeña, universitario, que detuvo en Cherta con media división durante dos semanas a la división de Littorio, provista de abundante artillería y aviación; y en suma, tantos otros como Medina, mano derecha del Campesino, menos conocidos y a las órdenes de los jefes populares y profesionales.

Todos estos soldados de la República procedían de las primeras milicias, no de las academias, y aunque algunos revalidaran su derecho al mando con algunos estudios, dependían, en el orden técnico, de los jefes y oficiales del antiguo Ejército. Pero, a su vez, en general, los militares profesionales eran tributarios, en punto al mando, de esos soldados de generación espontánea. A estos les faltaba preparación técnica, a aquellos el empuje y don de mando necesarios en circunstancias revolucionarias.

El más ilustre de los profesionales era don Vicente Rojo, comandante al comenzar la guerra, el más competente y estudioso de los militares que sirvieron a la República en su hora más crítica. Rojo había sido profesor en la Academia de Infantería de Toledo, y en la guerra civil llegó a general y a la Jefatura del Estado Mayor. En rigor, ambas plantillas, la de jefes improvisados y la de profesionales, se complementaban, poniendo una la moral y la energía y la otra la inteligencia técnica.

Pero el Ejército popular se resintió siempre, como toda la guerra en el bando democrático, de un defecto radical. Al principio, cada partido fundó su milicia, y cada milicia constituía el brazo armado de un partido o una organización sindical. Al transformarse las milicias en el nuevo Ejército, la subsistencia de los partidos políticos, cada cual plantado en su posición partidista de los viejos tiempos, como si no hubiera pasado nada, tenía que reflejarse, por manera perturbadora, en las fuerzas armadas.

Aunque ya no existían unidades comunistas, socialistas, republicanas, anarquistas, etc., los jefes, los populares y los profesionales, no habían perdido su neta significación política; la mayor parte eran hombres de partido, que atisbaban de soslayo la contienda política en que siempre estaban enzarzados los partidos en retaguardia. Cada oficial, cada soldado, tenía en el bolsillo su carnet de afiliado a una organización política o sindical. Por su parte, los políticos partidistas también estaban atentos, con extremado celo, al sesgo político del Ejército.

Imbuidos en la necesidad de no perder la paz, los partidos políticos contribuían en no escasa medida a que la República perdiera la guerra. La filiación política de los jefes del Ejército, singularmente la de los populares, era tan ostensible, que en cierto modo ninguno podía triunfar o fracasar sin implicar automáticamente a su partido en la victoria o en la derrota personal. Consecuentemente, ninguno podía ascender sin disgusto o sospecha de sus émulos, que veían en ello medro político o aumento de la influencia de partido.

El ascenso de Líster, comunista, a teniente coronel, como premio a su brillante intervención en la batalla de Teruel, fue seguido días más tarde del ascenso de Mera, anarquista, al mismo grado.

Todo eso era absurdo, pero probablemente difícil de evitar en una guerra-revolución que dependía del humor de los partidos políticos, cosa rara vez vista en la historia, al menos en la historia de las revoluciones triunfantes.

Hay pues que maravillarse de que en tales condiciones llegase a tener la República un Ejército disciplinado y eficiente. Ello habla muy alto a favor de la capacidad del pueblo español para construir en las circunstancias más adversas.

Pasemos ahora a ocuparnos de otro asunto, no menos atravesado en la senda de la victoria republicana.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 331-334.

La perturbación separatista

El 17-VIII-1938 habían suscitado los nacionalistas vascos y catalanes una nueva crisis ministerial, abandonando el gobierno de la República el señor Ayguadé, ministro de Trabajo, y el señor Irujo, ministro sin cartera. El motivo fue la promulgación por el gobierno de tres decretos, dos relacionados con Hacienda y el tercero con Justicia. Con estas medidas se proponía el gobierno de la República sustraer a la jurisdicción de los poderes regionales facultades, atribuciones u organismos de la competencia del Estado.

El ministerio Negrín siguió su marcha con la incorporación de nuevos nombres: Don Tomás Bilbao, de Acción Nacionalista Vasca; Paulino Gómez, socialista vasco, y Moix, del Partido Socialista Unificado de Cataluña.

No era la primera vez en la guerra que el gobierno de la República entraba en colisión con los gobiernos autónomos del País Vasco y Cataluña. Antes bien, el conflicto jurisdiccional no dejó de existir un solo instante desde que fueron promulgados los Estatutos. Pero los nacionalistas catalanes y vascos se lucraron del desconcierto reinante y de la agonía republicana para repudiar, primero en la práctica, luego en la práctica y en la teoría, los Estatutos autonómicos.

El 25-VII-1936 apareció un decreto del poder regional catalán por virtud del cual se extendía la jurisdicción del Rector de la Universidad Autónoma de Cataluña (hasta entonces Universidad Autónoma de Barcelona) a la Segunda Enseñanza, de competencia del gobierno nacional. La Universidad pasaba bajo la jurisdicción directa del Consejo de Cultura de la Generalidad y del Consejo directivo desaparecían los representantes del gobierno de la República.

Por otro decreto la Generalidad disolvía las Juntas de Obras del Puerto de Barcelona y Tarragona, en las cuales había tenido delegación el gobierno nacional.

Otra medida inmediata de la Generalidad fue el decreto de 20 de agosto por el que se traspasaban al Departamento catalán de Gobernación todas las funciones de la delegación nacional de la República en Cataluña. Aduanas, pasaportes, etc., eran desde ahora de competencia de la Generalidad.

El Boletín Oficial de la Generalidad se convirtió en Diario Oficial, y solo las disposiciones aparecidas en esta publicación debían ser obedecidas y cumplidas por los catalanes.

Creó la Generalidad una escolta para el Presidente de Cataluña, quien trocaba el tratamiento de Honorable por el de Excelencia; y el 15 de octubre de arrogó el Presidente de Cataluña la facultad de indultar, derecho privativo del jefe del Estado.

A fines de agosto, la Generalidad dirigió al gobierno nacional la triple urgente demanda de un crédito de cincuenta millones de pesetas para cubrir los gastos de la guerra en Aragón y Mallorca, otro de treinta millones de francos, en París, para adquirir materias primas, y autorización del Centro de Contratación de Moneda para obtener cien millones de pesetas en divisas.

El gobierno de la República concedió todo ello, con algunas modificaciones, el 8 de septiembre.

El 22 de agosto, el ministerio de Hacienda de la República solicitó de la Generalidad contribuyese con 373.176.000 pesetas oro y 1.060.000 pesetas plata al fondo de reservas metálicas de la nación. El gobierno de la nación manifestaba el designio de concentrar el oro y la plata en Madrid para impedir la ocultación y la exportación clandestina.

La Generalidad se negó. Las negociaciones entre el gobierno de la República y Cataluña concluyeron con el aplazamiento de esta vidriosa cuestión hasta después de la guerra. Lo mismo pasó con los fondos metálicos de la región vasca.

La respuesta de la Generalidad no solo fue negativa, sino que denunciaba, además, el propósito de crear una organización financiera independiente, tendencia expresada enseguida por el nombramiento de un inspector de la Generalidad para cada sucursal del Banco de España en Cataluña. Los separatistas catalanes tramaban la creación de un sistema propio de Banca central y emisora. El 28 de agosto la Generalidad fundó el Banco de Descuento Oficial.

El 26 de septiembre Companys reconstruyó el gobierno de la Generalidad y sobre confirmar como consejero de Finanzas a Terradellas, le nombró primer consejero o jefe del gobierno autónomo. Con ello Companys pasaba a ser, de hecho, presidente de la República de Cataluña. El nuevo gobierno se asignaba atribuciones de poder soberano, incluyendo un consejero de Defensa, Sandino.

El 21 de octubre creó la Generalidad un Comisariado de Comercio Exterior, y todas las mercancías de exportación comenzaron a llevar el sello Made in Catalunya. Un mes más tarde el Comisario catalán se arrogó todas las funciones de la Cámara Oficial de Comercio y Navegación de Barcelona.

El 11 de diciembre. la Generalidad inició la emisión de billetes de Banco, con un lote de veinte millones de pesetas.

El 27 de diciembre la Generalidad fundó una Secretaría de Relaciones exteriores, aneja a la presidencia.

El nuevo sistema financiero independiente de Cataluña fue desarrollado por José Terradellas en cincuenta y ocho decretos promulgados por el Presidente de Cataluña entre el 8 y el 12 de enero de 1937. Por el decreto d e20 de noviembre, el consejero de Finanzas de la Generalidad se arrogaba plenos poderes para la unificación de las finanzas catalanas. Entre otras cosas se preveía en ese plan la nacionalización del comercio exterior.

La Generalidad —escribía Azaña— se ha alzado con todo.

Nadie, en la República, había batallado tanto y con tanto éxito como Azaña para sacar adelante la autonomía de Cataluña. Ni su pluma ni su palabra se fatigaron de proclamar la buena fe de los nacionalistas catalanes, su mesura, según Azaña, en la visión del problema de las relaciones de la región autónoma con el Estado y su coincidencia de sentimientos con los propugnadores de la autonomía no catalanes.

Esos hombres —había opinado Azaña de los autonomistas catalanes— para nosotros representan un sentido de libertad republicana y un sentido de autonomía que coincide exactamente con los programas, con las ideas y con los propósitos de nuestro partido republicano.R.B.: Discurso en las Cortes, 22-X-1931.
El líder de la República reconocía a poco que se había producido en España, con motivo de la discusión parlamentaria del Estatuto catalán una agitación, una propaganda, una protesta, una alarma.R.B.: Discurso en las Cortes, 22-V-1932.

Justamente, vastos sectores dee la opinión pública, y no todos reaccionarios, diputaban que el Estatuto entrañaría un gran paso a la secesión. Incluso la clase media susceptible de apoyar a la República, particularmente entre los comerciantes —sin excluir a muchedumbre de catalanes— existía la convicción que detrás de las aspiraciones autonomistas se agazapaba un incoercible designio separatista.

Azaña salía al encuentro de estas voces, al parecer apasionadas, calificando tales temores de prejuicio.

La única manera de resolver el problema de Cataluña —puntualizaba Azaña— es resolverlo en sentido liberal. La clase media republicana y el proletariado eran de igual opinión.
Por su parte, los nacionalistas catalanes aceptaban el Estatuto con palabras de buena fe: Por primera vez en la historia —escribía uno de ellos— hemos iniciado el camino de una acertada y justa organización política interior. Sepamos seguirla sin vacilaciones. Renovación completa política y social, y para conseguirla, cumplir sinceramente la Constitución.

En este ambiente, pensaban los republicanos, fiados de las palabras de Azaña y los nacionalistas catalanes, que estos últimos no rebasarían la autonomía ni crearían ya ningún conflicto grave a la República, régimen, que aun a riesgo de enfurecer a la oligarquía, soliviantar a la mayor parte del Ejército y concitarse la indiferencias o hostilidad de otros muchos españoles, se mostraba liberal con sus aspiraciones.

Para el hombre que más fervorosamente había luchado en España por la autonomía de Cataluña, la conducta de la Generalidad aniquilaba sus últimas ilusiones, si ya le quedaba alguna. Con este espíritu escribió Azaña la más desolada condenación de su propia obra.

El gobierno de Cataluña —subrayaba Azaña—, por su debilidad o por los fines secundarios que favorece al amparo de la guerra, es la más poderosa rémora de nuestra acción militar. La Generalidad funciona insurreccionada contra el gobierno. Mientras dicen privadamente que las cuestiones catalanistas han pasado a segundo término, que ahora nadie piensa en extremar el catalanismo, la Generalidad asalta servicios y secuestra funciones del Estado, encaminándose a una separación de hecho.
Legisla en lo que no le compete, administra lo que no le pertenece. En muchos asaltos contra el Estado toman por escudo a la FAI. Se apoderan del Banco de España para que no se apodere de él la FAI. Se apoderan de las aduanas, de la policía de fronteras, de la dirección de la guerra en Cataluña, etc. Cubiertos con el miserable pretexto de impedir abusos de las sindicales para despojar al Estado, se quejan de que el Estado no les ayuda, y ellos mismos caen prisioneros de la sindical.
El gobierno de Cataluña existe de nombre. Las representaciones de los sindicatos en el gobierno significan poco o nada; sus camaradas no los obedecen ni cumplen los acuerdos penosamente elaborados en consejo. Se aprobó el decreto de colectivización de la industria, como parte de una componenda, a cambio de que los sindicatos aceptaran los decretos de movilización y militarización.
Se cumple el primero, pero no los otros. Cuando el gobierno de la Generalidad lanzó de una vez cincuenta y ocho decretos, cada uno de los cuales era una transgresión legal, no ha obtenido la observancia de ninguno, porque a los sindicatos no les gustan. Con eso disfrutamos la doble ganancia de entrometerse la Generalidad en lo que no le compete y una desobediencia anárquica.
Ya se está viendo la repercusión en la guerra.
Un país rico, populoso, trabajador, con poder industrial, está como amortizado para la intervención militar. Mientras otros se baten y mueren Cataluña hace política. En el frente no hay casi nadie. Que los rebeldes no hayan tratado de romperlo, da que pensar. Si quisieran llegarían a Lérida. A los ocho meses de la guerra, en Cataluña no han organizado una fuerza útil, después de oponerse a que la organizase y mandase el gobierno de la República...
Los periódicos, e incluso los hombres de la Generalidad, hablan a diario de la revolución y de ganar la guerra. Hablan de que en ella interviene Cataluña no como provincia, sino como nación. Como nación neutral, observan algunos. Hablan de la guerra en Iberia. ¿Iberia? ¿Eso qué es? Un antiguo país del Cáucaso... Estando la guerra en Iberia puede tomarse con calma. A este paso, si ganamos, el resultado será que el Estado le deba dinero a Cataluña.
Los asuntos catalanes durante la República han suscitado más que ningunos otros la hostilidad de los militares contra el régimen. Durante la guerra de Cataluña ha salido la peste de la anarquía. Cataluña ha sustraído una fuerza enorme a la resistencia contra los rebeldes y al empuje militar de la República.R.B.: La velada de Benicarló, p. 101 y ss.

La situación catalana que con pincel tan cáustico pinta Azaña en las páginas transcritas perdió virulencia al instalarse el gobierno Negrín en Barcelona. Poco a poco fue el gobierno de la República recuperando las atribuciones y el poder conculcados. Y los decretos en que tomaron pie para abandonar el gobierno nacional los representantes del nacionalismo catalán y vasco cuentan entre las últimas medidas adoptadas a este fin.

Como se verá a continuación, no le fue a la zaga el nacionalismo vasco al catalán en justificar los temores de los Casandras antiautonomistas.

El improvisado gobierno vasco —escribía Azaña— hace política internacional.

En efecto, el gobierno Aguirre creó un Departamento o Dirección de Negocios Extranjeros, que confió a un miembro del Partido Nacionalista, personaje que gustaba de repetir.

Blancos y rojos son lo mismo en España.R.B.: G. L. Steer, The Tree of Gernika, p. 132.
R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 334-339.

La guerra en el País Vasco

La guerra en las Provincias Vascongadas concluyó en junio de 1937. Nada había ocurrido allí que no fuese común a toda la España republicana en el primer año del conflicto armado, si bien el terror aéreo alemán alcanzó su máxima intensidad en la destrucción de Guernica, y el bloqueo marítimo creó a la población civil una situación angustiosa que solo conoció más tarde el resto de la España antifascista. En suma, heroísmo, hambre y desesperación, a ratos templada por la fe en la justicia de la propia causa.

La dirección de la guerra y la política en esta región recayó de hecho en la fuerza más conservadora, que era a la vez la más considerable: el nacionalismo vasco. Y el nacionalismo vasco, en su lucha, no ya por el Estatuto, que estaba superado en su conciencia, sino por la independencia, perdió de vista que además de una guerra aquello era una revolución nacional.

Se ofreció a los nacionalistas vascos una coyuntura excelente para comprender la historia de España y comprender a los demás españoles. Comprender, de una parte, a los españoles que llegaban de Asturias, de Santander, de Madrid, y de otra a los que atacaban desde Navarra. En fin, advertir que todos no eran lo mismo ni iguales. Mas, los nacionalistas vascos no comprendieron ni a unos ni a otros en la guerra, como no los habían comprendido ni habían querido comprenderlos, antes. Era imposible de que se persuadiesen de que estaba en juego algo más hondo y universal que su Estatuto.

Partido conservador, católico y de orden, los líderes del nacionalismo recelaron más, a todas luces, de los aliados que de los enemigos, sobre todo si aquéllos no eran vascos y estos lo eran. Obsesos con no perder respetabilidad y consagrar su fama de católicos mostraron una indulgencia con los fascistas rayana en la frivolidad.

Por ejemplo, el jefe de la censura militar era un comandante de Estado Mayor apellidado Arbex, que gritaba en un consejo convocado para examinar si Bilbao podía o no resistir: ¿Qué sentido tiene dejarse matar aquí? Arbex, naturalmente, se pasó al enemigo días más tarde, con todo lo que sabía. El jefe de Estado Mayor vasco, coronel Montaud, era también hombre franco: Nuestros campesinos, si usted quiere oír la verdad —decía— están de corazón más con el enemigo que con nosotros. Steer, p. 223.

Esta increíble tolerancia del gobierno vasco respecto de los sospechosos y los traidores manifiestos pronosticaba una catástrofe. La catástrofe se produjo al fin. El capitán vasco Goicoechea, oficial del antiguo Ejército, inspector del cinturón de fortificaciones que había de defender Bilbao metió un día los planos del cinturón en una cartera, tomó su coche para el frente y se pasó al enemigo.

La traición de Goicoechea selló a corto plazo la suerte de Bilbao.

Con todo, los líderes nacionalistas vascos no dieron importancia a la grave infidencia de Goicoechea.

Le conocíamos bien, decían. Es un buen sujeto; se llevaba muy bien con nosotros. No, no es fascista; es un vasco de corazón. En su caso no ha sido una traición vulgar; es que estaba aterrado de la pobreza de nuestros recursos cuando se marchó. Acudía con frecuencia a las oficinas del partido (Nacionalista Vasco) y pudimos convencernos de que favorecía realmente nuestra causa.R.B.: G. L. Steer, The Tree of Gernika, p. 151.
R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 339-341.

La paz de Santoña

En peligro Bilbao, el gobierno vasco se trasladó a Santander, donde organizó la evacuación a Francia de una parte de la población civil vasca allí refugiada. Aguirre se instaló en una villa de Cabo Mayor.

Entre cinco y seis de la tarde del 19-VII-1937 el enemigo ocupó Bilbao. El ejército republicano se retiró hacia Santander, en buen orden, con su material. Las unidades nacionalistas vascas, formadas por unos 25.000 hombres, acamparon entre Castro-Urdiales, en la costa, y Valmaseda, al Sur. En Santander, las fuerzas republicanas sumaban otros 25.000 hombres. El material de guerra de ambos ejércitos era, como de costumbre, muy inferior en número y, en parte también, en calidad al que pudiera poner el enemigo en los nuevos combates.

La única novedad al respecto era el refuerzo de nueve monoplanos de combate rusos llegados de Madrid a Santander en vuelo directo después de la caída de Bilbao. La aviación gubernamental en el aeródromo santanderino de la Albericia se componía de dieciocho aeroplanos rusos de combate, diecisiete Gourdous de bombardeo y una colección de viejos Potezs y Breguets.

El día 14 los fascistas habían iniciado una ofensiva por el Mediodía contra Santander. Las fuerzas participantes en este ataque eran predominantemente italianas, y con su habitual abundancia de artillería y aviación rompieron pronto las líneas republicanas en el Puerto del Escudo. El día 18 las fuerzas de Franco se hallaban a medio camino entre el punto de partida y Santander. Sin embargo, tardarían aún cerca de dos meses en entrar en la capital de la Montaña.

El enemigo dirigió una de sus columnas contra las comunicaciones de Santander con Asturias por objetivo, con propósito de cortarlas en Torrelavega. En este instante, el general Gamir Ulibarri, uno de los militares republicanos más competentes, jefe de la fuerzas de la República en el Norte, ordenó a dos batallones vascos cubrir posiciones en la línea de Santander.

Por primera vez los vascos se negaron a luchar. No estaban dispuestos s dejarse matar por Santander. Ya se habían apartado demasiado de su propio país; no se moverían de donde estaban, en la frontera de Vizcaya.R.B.: G. L. Steer, The Tree of Gernika, p. 380.

Más tarde llegó la orden de retirarse hacia Asturias, dada por el Estado Mayor de la República, pero el ejército nacionalista vasco, en vez de obedecer, comenzó a concentrarse en Santoña. Los nacionalistas vascos tenían otro plan. Un batallón, el de Pandura, ocupó Santoña y los demás batallones nacionalistas se repartieron Laredo y Colindres.

Los jefes del nacionalismo vasco habían decidido firmar una paz por separado con las fuerzas italianas. Juan de Ajuriaguera, presidente de la comisión ejecutiva del partido Nacionalista Vasco, había marchado a parlamentar con el general Mancini, comandante de la división italiana Flechas Azules.

Aguirre, presidente del gobierno autónomo, salía en avión para Francia.

Rezola y el resto del Departamento de Defensa llegaban a Santoña con los archivos. Supieron que en breve saldrían para Francia en unos barcos ingleses, pero antes habían de asistir a la rendición del ejército vasco.

No sin sorpresa para la mayor parte, cuantas personas civiles y militares, se habían concentrado en Santoña advirtieron que no podían marchar a Santander, ni por mar ni por tierra. Los batallones nacionalistas vascos y la comisión ejecutiva de este partido habían constituido un junta de defensa para la capitulación, habían ocupado el puerto y enfilado todas las carreteras con ametralladoras y tenían a todo el mundo en situación virtual de prisioneros.

Las condiciones de rendición suscritas por Juan de Ajuriaguera y su lugarteniente Arteche, con el general Mancini eran las siguientes:

Por parte de las tropas vascas:

    1. Deponer las armas en orden y entregar el material de guerra a las fuerzas legionarias italianas, que ocuparían la región de Santoña sin resistencia.
    2. Mantener el orden público en la zona que ocupaban.
    3. Asegurar la vida y la libertad de los presos políticos en las cárceles de Laredo y Santoña.

Por parte de las fuerzas italianas:

    1. Garantizar la vida de todos los combatientes vascos
    2. Garantizar la vida y autorizar la salida al extranjero de todas las personalidades políticas y funcionarios vascos al presente en el territorio de Santander y Santoña.
    3. Considerar a los combatientes vascos sujetos a esta capitulación libres de toda obligación de tomar nueva parte en la guerra civil
    4. Asegurar que la población vasca, leal al gobierno provisional de Euskadi no sea perseguida.

De cierto que jamás se firmó una paz por separado en condiciones de mayor deslealtad para un aliado, en este caso para las fuerzas militares y la población republicana no vascas. La injusticia sube de punto cuando se sabe que los republicanos no vascos, privados de los beneficios de esa capitulación, también lo estaban, por los nacionalistas vascos, del derecho a huir, por mar o por tierra, a Santander, o retirarse a Asturias o embarcar para el extranjero.

Entabladas las negociaciones con Mancini, los nacionalistas vascos se deshicieron de la bandera de la República e izaron en Laredo y en Santoña la suya.

Porque antes de rendirse, los vascos se habían declarado libres de ambas Españas.R.B.: G. L. Steer, The Tree of Gernika, p. 386.

Pasemos por alto el incidente de que los nacionalistas vascos se habían anexado ya territorios fuera de la jurisdicción del gobierno vasco, que no significaba otra cosa arriar la bandera de la República en Santoña y sustituirla por otra nacionalista.

En el ayuntamiento de Santoña los jefes políticos y funcionarios del nacionalismo aguardaban ahora el arribo de Francia de los barcos que habían de ponerlos a cubierto de peligro.

La campaña de Santander se prolongó hasta el 26 de agosto en que los fascistas ocuparon esta capital. Corría el 24, todavía no había caído Santander, y los nacionalistas vascos esperaban aún en Santoña la llegada de los italianos. Habían tenido tiempo de marcharse todos, no ya a Francia, sino a los Estados Unidos, por ejemplo.

El 25 las tropas vascas comenzaron a manifestar descontento. Unos decían que no se fiaban de los italianos y que temían que se les forzara a luchar por Franco; otros llegaban al ayuntamiento reclamando iguales derechos que los líderes para salir de España. Los más exasperados gritaban que si no salían ellos no saldría nadie.

Por la tarde el puerto se llenó de pequeños pesqueros armados y sin armas. Los más impacientes se decidieron a embarcar. Estos barcos permanecieron en el puerto toda la noche por no autorizar la junta de defensa que se hicieran a la mar. No había prisa; la Junta creía en la palabra de honor de los italianos.

Al anochecer, los italianos habían entrado en Laredo. Un teniente coronel de esta nacionalidad llegaba al frente de las tropas en el side-car de una motocicleta, y tan pronto como ocuparon Laredo leyeron en la plaza al público las condiciones de la rendición negociada con los nacionalistas vascos. Izaron la bandera italiana y debajo, en una pared, pegaron el documento.

Al alborear el día 26 la junta de defensa en Santoña ordenó a los bous y pesqueros que se aproximaran al muelle, y a la gente, que desembarcase. Las tropas quedaron desarmadas y acuarteladas. Se sabía que los italianos entrarían por la tarde en Santoña y regularían el embarque de la gente, de acuerdo con las listas que los jefes vascos escribían en el ayuntamiento.

En efecto, hacia las cinco de la tarde, los italianos penetraban en Santoña y la junta de defensa traspasaba al coronel Fergosi la administración de la ciudad, de una ciudad en la cual ni el gobierno autónomo de Vasconia ni el Partido Nacionalista Vasco tenían jurisdicción ni súbditos. A continuación, los vascos entregaron las armas, el material de guerra y los prisioneros fascistas. Además, se encargaron de mantener el orden público en aquella zona, esto es, de que nadie se moviera.

En este momento dieron en la boca del puerto dos barcos británicos de modesto tonelaje. Habían sido enviados de Bayona, sin duda, por otros nacionalistas vascos, para evacuar a los vascos responsables. Eran el Bobie y el Seven Spray.

Al capitán del Bobie, un francés, Georges Dupuy, debemos un emocionante y puntual relato de cuanto aconteció en Santoña desde su llegada hasta el remate de la tragedia vasca. Helo aquí.

A las cuatro de la tarde del jueves —cuenta Dupuy— estábamos ante Santoña. Inseguros, naturalmente, sobre cual sería la situación de la ciudad, navegamos con tiento hacia el puerto. A las cuatro y veinte vimos pasar un pequeño remolcador. Llevaba bandera, pero la luz no impidió durante algún tiempo identificarla. Al fin nos pudimos persuadir de que era la de Euskadi. Entonces dimos marcha hacia el puerto y echamos el ancla.
El puerto estaba animadísimo. Gran número de pesqueros anclados rebosaban gente. El Gazteiz, un pesquero armado, y dos o tres pequeñas embarcaciones más se unían, también llenos de gente, a los pesqueros. En el muelle se movía una multitud que amontonaba todas sus armas: fusiles, revólveres, ametralladoras, municiones, todo. Hombres armados, vascos, custodiaban el muelle y los alrededores. Otras tropas, en buen orden, llegaban por las carreteras que conducen al puerto; una vez allí eran desarmadas y se dispersaban.
Salté a tierra con el capitán del Gazteiz. Gran animación en la ciudad; banderas, telas de los colores de Franco aparecían por todas partes. Casi todas las mujeres de Santoña lucían cintas y emblemas fascistas. En dos plazas había soldados italianos sentados y cantando, con las armas abandonadas al lado.
Me fui para el ayuntamiento —continúa el capitán del Bobie—, que se hallaba asediado por una multitud de vascos sin armas. Dentro, el corredor y las escaleras bullían de gente, y me costó trabajo abrirme camino hasta la habitación que ocupaban los líderes nacionalistas. Esta habitación también había sido invadida por la multitud y había heridos por todas partes. Una puerta al otro extremo daba a otro cuarto lleno de heridos.
Pregunté por Ajuriaguera, a quien se me había recomendado que viera primero, y me dijeron que se encontraba en Vitoria y que se le esperaba de un momento a otro.

(Dupuy —anota Steer— quedó informado de las condiciones de la rendición. Pidió instrucciones sobre el embarque de las milicias y le dijeron que estaban esperando noticias. Aunque Dupuy —añade— les aconsejó que actuaran con rapidez y enviaran los pesqueros fuera por la noche, nada hicieron y la única orden que recibió y cumplió fue la de trasladar los archivos y el equipo de radio al Bobie.

A mi vuelta —prosigue el marino francés— no noté nada extraño. Las calles y los muelles estaban abarrotados de público, pero había orden. Los italianos no parecían más agresivos que antes, y no se veían falangistas con uniforme azul. A las diez de la noche aún no había noticias.
A las siete de la mañana del 27 volví al ayuntamiento y encontré allí a varios italianos, con los vascos. Los líderes no parecían controlar sus hombres como ayer. Ninguna noticia de Ajuriaguera. El ayuntamiento rodeado de soldados italianos.
A todo esto, los vascos comenzaron a concentrarse en el muelle, siempre con buen orden, dispuestos a embarcar. A las nueve recibí la orden de iniciar el embarque de aquellos en posesión de un papel especial dado por los líderes, una especie de pasaporte del gobierno de Euskadi. El oficial observador del Comité de No Intervención, M. Costa e Silva, examinaba conmigo los papeles, y la tarea continuó de un modo regular en los dos barcos, el Bobie y el Seven Seas Spray.
A las diez, un individuo de uniforme del ejército italiano, pero español, y con las insignias falangistas se me acercó y me dijo que interrumpiera el embarque y esperase hasta nueva orden. Le pregunté quien le había dado tales órdenes y me respondió que el coronel Fergosi, comandante de Santoña. Interrumpí el embarque, y en ese momento —hacia las diez y cuarto—, unas secciones de soldados italianos aparecieron en el muelle, rodearon a la muchedumbre de vascos que esperaban embarcar, colocaron ametralladoras en posiciones excelentemente elegidas y pusieron una guardia de doce hombres y un oficial en el puente del Bobie. Toda comunicación entre el barco y tierra quedó prohibida.
Los italianos cargaron en camiones el material de guerra abandonado por los vascos. Camino de Laredo, por la carretera, vi una nutrida columna de tropas vascas desarmadas y camiones con la bandera italiana.
A las dos de la tarde Silva y yo, escoltados por cuatro soldados italianos, visitamos al coronel Fergosi en el ayuntamiento. No había allí ningún líder vasco y el edificio se hallaba totalmente ocupado por italianos.
El coronel Fergosi me dijo que había recibido órdenes expresas del generalísimo —Franco—, según las cuales nadie, ni vasco ni extranjero, debía abandonar Santoña. Le llamé la atención sobre el hecho de que todos los vascos que había en nuestros dos barcos estaban bajo la protección de la bandera británica y que si no podían embarcar otros, yo podría partir, al menos, con los ya embarcados, y lo mismo el Seven Seas Spray. Su respuesta fue definitiva. A nadie le está permitido salir de Santoña, y el Almirante Cervera, que vigila fuera, lo sabe. Silva insistió, pero sin éxito.
Al final, a las nueve —continúa Dupuy— volví al barco. El mismo oficial español ordenó a todos los pasajeros abandonar el Bobie. Todo se hizo ordenadamente y el barco fue registrado a continuación de arriba a abajo por esta persona y otros cuatro oficiales falangistas. Después, los falangistas se cercioraron de la identidad de la tripulación del Bobie, examinaron sus papeles palabra por palabra, especialmente la de los dos oficiales maquinistas (ambos vascos) y los míos.
Al clarear el sábado, vi a los vascos desembarcados la tarde anterior camino de Laredo. Otros iban en camiones con bandera italiana por carretera. No sé dónde los llevarían.
Más tarde aparecieron otros vascos en dirección del muelle y se concentraron allí; los custodiaba una guardia italiana mandada por el teniente coronel Farina. También estaban allí los coroneles Fergosi y Piesch, el último encargado de los campos de concentración.
En el muelle se formaron dos grupos: a un lado los vascos que habían luchado en la guerra y habían sido desarmados, al otro, los jefes políticos. Me fue permitido comunicarme con ellos y supe:
—Que no había noticias de Ajuriaguera, que debía haber salido de Vitoria la tarde anterior
—Que había cierta esperanza de que negociaciones en curso terminaría en una orden que permitiera embarcar a todos. Por esta razón se me pidió que demorase mi salida todo lo que pudiera.
En verdad la fe y la esperanza reinaban en Santoña, al menos entre los líderes.
En esto recibo la orden de desembarcar los archivos y la radio. Me resistí cuanto pude, pero sin resultado, a pesar del ardor y la nobleza de mis argumentos. Tuve que hacer el desembarco, que quedó terminado a las diez y media.
Entre tanto había estado yo conversando con los coroneles Piesch y Farina. Farina, hablando francamente expresó su amargura y se mostró indignado con todo lo que estaba pasando. Es humillante —decía— ver que un general italiano no puede cumplir la promesa que ha dado, y no hay rastro en la historia que esto haya ocurrido. El coronel Piesch asentía.
Hacia las once el coronel Farina ordenó al Bobie que anclara y esperase órdenes, y al Seven Seas Spray que se acercase al muelle y desembarcara a los que estaban dentro.
Antes de que el Bobie se apartase del muelle vi al coronel Fergosi y le pregunté, delante del coronel Farina, si los vascos eran realmente prisioneros del ejército italiano y solo del ejército italiano. Me aseguró que este era el caso y que no estaba en la intención del general Mancini entregar a los vascos, quienesquiera que fuesen, a los falangistas. Le di las gracias y le expresé mi más fervorosa esperanza de que se cumpliera la promesa.
En el último instante estreché la mano de los líderes nacionalistas y les pregunté si querían algo para la presidencia. Desgraciadamente su optimismo era aún desmesurado y no pensaban enviar recado alguno. Solo me pidieron que prolongara lo más que pudiera mi estancia en Santoña, pues esperaban que las conversaciones llegarían a buen resultado.
A mediodía estábamos quietos donde anclamos. Después allí pudimos divisar la carretera de Laredo, llena de columnas de hombres, y de cuando en cuando filas de camiones con la bandera italiana.
A las nueve de la noche un oficial italiano, acompañado de cuatro falangistas, también oficiales, vinieron a bordo para darnos la orden de marcha. Nuevo registro del barco, y a las diez rompíamos para alta mar... La noche transcurrió sin incidentes, salvo la aparición sobre cubierta de seis hombres que se habían escondido en la maquinaria. A la mañana siguiente estábamos en Bayona.
R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 341-349.