La Lucha (Continuación)

Recapitulación

Al cerrar el año 1938, la República había exigido ya al pueblo español aun no oprimido por los insurgentes, sacrificios de tal naturaleza, que solo a muchedumbres harto advertidas de lo que se dilucidaba en su lucha con fuerzas de la reacción fascista, las propias y las internacionales, les era dable conllevarlos.

Sobre las espaldas del pueblo español cayó todo el peso del conflicto de clases y naciones latente en el mundo.

La guerra civil universal y la guerra internacional habían elegido a España por teatro de su prolegómeno, y en el campo español chocaban intereses poderosos e innumerables. Los republicanos españoles pagaban por todo; pagaban por su resistencia a Franco y pagaban por su oposición al expansionismo imperialista de Alemania e Italia.

En general, las masas europeas y americanas eran incapaces de discernir los sufrimientos del pueblo español más que en cuanto calamidad de la que ellas escapaban y de la que se proponían seguir escapando, costase lo que costase a otros.

En aquel sobrecogimiento moral de Occidente, los republicanos españoles eran el emblema de la abnegación. Si el pueblo español no hubiese tenido conciencia de que agonizaba por intereses más altos que su propia libertad, no hubiera podido rayar a tal altura. De esa persuasión universalista, le nacían al pueblo español los bríos para perseverar en la lucha. Y no era otro el secreto de la grandeza moral de Madrid.

Si los insurgentes no hubiesen pertenecido a clases sociales podridas y sin honor se habrían afrentado de estar dos años y medio a las puertas de Madrid, impotentes antes sus muros, máxime contando con innúmeras fuerzas extranjeras y sobre exceso de material de guerra modernísimo. Jamás sufrió una oligarquía degenerada y soberbia tan grande humillación.

Al cabo de medio lustro de asedio, el corazón de Madrid no había cambiado; era el mismo de julio y noviembre de 1936. Bombardeado por la aviación y la artillería, con la línea de fuego pegada, en el sur y en el oeste, al casco de la población, transido por el hambre y el frío y por todos los rigores capaces de hacer insufrible la vida y de quebrantar la moral de un pueblo, Madrid era el más vivo y genuino exponente de las virtudes de la raza, perennes en el alma popular española.

La escasez de alimentos, común a toda la zona republicana, era extremadamente grave en la capital de la República. No lo era menos en Barcelona, pero en Madrid el hambre estaba más equitativamente repartida que en Cataluña.

A los treinta meses de guerra, y yendo cada día peor las cosas para él, el pueblo, en los dominios de la República, no se concebía vencido. Podía flaquear el cuerpo, pero no flaqueaba el espíritu. No estaba libre el soldado republicano de la desesperanzadora influencia de las privaciones que padecía, y no era la menor la del armamento. Tampoco podían dejar de impresionarle la privaciones que sufría la familia en la retaguardia.

Este soldado formaría parte de una de las unidades de choque del Ejército republicano o se hallaría incluido en una de las menos eficientes. En cualquier caso su corazón estaba con la República.

La adversidad no logró modificar un sentimiento en el pueblo que desde el primer día probó a los facciosos, por si se habían forjado otra ilusión, que las clases populares jamás les amarían.

Cuando la 43 división se retiró por los Pirineos a Francia, las autoridades francesas anunciaron a estas tropas que quedaban en libertad para pasarse al enemigo o seguir luchando bajo la bandera republicana. De 4.000 soldados solo 168 se fueron con los insurgentes.

El pueblo español se mantenía fiel a su República; y en una Europa satisfecha, que ponía su paz precaria y sus pequeñas expansiones por encima de deberes universales inexcusables, la proeza de los republicanos españoles constituía la esperanza de los generosos y los inteligentes. Pero esa misma gesta era continuo reproche y estorbo enojoso para los egoístas y una pesadilla para los reaccionarios. Los egoístas y los cínicos antes que admirar la esplendida resistencia republicana la deploraban.

Batalla de Roncesvalles en 778. Muerte de Roldán, en las Grandes Crónicas de Francia, ilustradas por Jean Fouquet, Tours, hacia 1455-1460, .
Los cuatro firmantes de los acuerdos de Múnich del 30 de septiembre de 1938: Benito Mussolini, Adolf Hitler, Édouard Daladier y Arthur Neville Chamberlain. Este hecho —procedente del exterior—fue determinante para la derrota de la República

Temían que si no se sofocaba pronto la hoguera española acabaría por extenderse a toda Europa y los abrasaría a ellos. Les urgía, pues, la destrucción de la República española en beneficio —pensaban— de la paz. Los reaccionarios de prosapia iban más lejos. Estos ansiaban la victoria del fascismo en España, y hubieran abierto las puertas de su nación al enemigo —como hicieron en Francia— si esa era la condición de la ruina de la libertad en Europa.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 350-352.

La ofensiva italiana sobre Cataluña

La campaña del Ebro había engolfado al enemigo durante cuatro meses, lo cual valía por una gran victoria republicana; pero Franco, como a raíz de la lucha por Teruel, estaba en condiciones de empalmar a la contraofensiva del Ebro una nueva ofensiva tan irresistible como la de principios de 1938. El gobierno republicano, en cambio, no podía reemplazar las pérdidas de material sufridas en los últimos combates.

En junio habían vuelto a cerrar los franceses la frontera a toda entrada de armamento para la República española.

El embajador inglés en Roma, comunicaba al conde de Ciano el 26 de julio d e1938 que Franco había expresado su satisfacción al gobierno británico por el cierre de la frontera francoespañola, que se había demostrado cerrada a cal y canto.R.B.: Ciano´s Diplomatic papers, p. 229.

De las encarnizadas operaciones del Ebro, el ejército democrático salvó cuanto podía salvarse, porque la retirada al margen occidental, en noviembre, fue una operación brillante en extremo, llevada a cabo con impecable destreza. Mas las tropas y las máquinas de la República se resentían del tremendo esfuerzo realizado.

Al propio tiempo el bloqueo que aprisionaba a la España antifascista era a la sazón más absoluto que nunca. La situación de nuevo, no podía ser más difícil para la República. Bien lo percibía el Gobierno, advertido de la concentración de fuerzas insurgentes en el frente catalán, una amenaza que Negrín denunció en palabras que dirigió al Ejército el 11 de diciembre. La batalla de Cataluña iba a comenzar de un momento a otro.

Debía de haber roto el 15 de diciembre, pero el tiempo, sobremanera revuelto, obligó al mando rebelde a aplazar la ofensiva. El 23, imponentes bombardeos aéreos y artilleros contra las líneas republicanas preludiaron el gran ataque. El enemigo pasó el Segre al sur de Lérida con inesperada facilidad, y esta brecha puso en seguida en peligro a Cataluña.

Operaban aquí las fuerzas mejor armadas del ejército fascista, los italianos. Los republicanos tuvieron que evacuar la orilla del Segre en buen espacio para no ser sorprendidos por el flanco, y entonces comenzó el enemigo a rebasar una posición tras otra sin hallar apenas resistencia. El alto mando republicano echó mano inmediatamente de las reservas, ordenando al 5º Cuerpo de Ejército, mandado por Líster, que contuviera el avance insurgente a toda costa.

Durante nueve días, los italianos —cabeza del ejército atacante— se estrellaron contra la contumaz oposición republicana en las montañas delante de Castelldans. Pero una fuerte columna enemiga se abrió paso hacia Borja Blancas (en la carretera de Lérida a Tarragona), y el 4 de enero la República perdió este importante centro de comunicaciones.

El 5 de enero anotaba el conde de Ciano en su Diario: Buenas noticias de España. El único peligro en perspectiva es la posible intervención de los franceses en gran escala por los Pirineos. Ya hay rumores de esto. Para evitar semejante amenaza e informado a Londres y a Berlín que si se mueven los franceses acabará la política de No Intervención. También nosotros enviaremos nuestras divisiones de tropas regulares. Quiere decirse que haremos la guerra a Francia en territorio español. He pedido a los alemanes que den una nota sobre la correspondencia diplomática apoyando nuestra tesis. (p. 5).

Al día siguiente, 6 de enero, escribía el conde Ciano en el mismo Diario.

Calma en España. Gambara dispone sus fuerzas para reanudar mañana el ataque. Esta noche hablé con el jefe de la Comisión económica española que ha llegado a Roma para negociar un tratado comercial. (p. 6.).

Entrada del 8 de enero en el Diario.

El señor Aunós ha traído al Duce un mensaje de Franco, en el que se resume la situación y se confirma que la victoria es inminente. El Duce agradeció mucho el mensaje, y lo elogió por la forma en que estaba redactado, definiéndolo como el informe de un subordinado. (p. 8.).

El 9 de enero anotaba el ministro italiano en su Diario.

El Duce ha contestado a Franco con una carta cordial, recomendándole que proceda con cautela hasta que haya terminado virtualmente la guerra, sin aceptar compromisos ni mediaciones de ninguna clase. Asimismo, en punto a la restauración de la monarquía, sugiere el Duce que Franco vaya despacio. Prefiere una España unida y pacificada bajo el caudillo, cabeza del país y del partido. Para Franco será fácil gobernar después de haber triunfado por entero militarmente. El prestigio de un jefe victorioso en la guerra jamás se discute. (pp. 8 y 9.).

El enemigo pudo ya desarrollar sus planes tácticos sin graves contratiempos, aunque había batallones republicanos que se batían con insuperable heroísmo. El Ejército democrático se desconcertaba, sin embargo, ante el avasallador y mortífero despliegue de máquinas que en tierra y en el aire hacían los fascistas.

Intentó el alto mando de la República trazar un frente desde Vendrell, en la costa, hasta el sector de Tremp, pero antes de que pudieran recogerse las fuerzas que habían de formarlo, los tanques enemigos rebasaron esta línea.

Diario del conde de Ciano.

Enero, 12, 1939. Conferencia con Lord Halifax (ministro británico de Negocios extranjeros) en el Palacio Chigi... La conversación recayó especialmente sobre España. Le repetí nuestro punto de vista y él expuso el suyo. Pero no parece muy convencido, y creo que en su fuero íntimo se alegraría de que la victoria de Franco liquidara la cuestión. (p. 10).

El 15 penetraron los italianos en Tarragona.

Diario del conde de Ciano.

Enero, 15, 1939. Las noticias del avance de las tropas en Cataluña son cada vez más alentadoras. El general Gambara ha asumido afortunadamente el papel de jefe de todas las fuerzas españolas.
Enero, 16, 1939. El avance en Cataluña continúa con mayor rapidez. Ayer cayeron Reus y Tarragona; hoy, al parecer, también Cervera. A este tren, se hará también insostenible la situación en Barcelona. El Duce está convencido de ello: dice que un ejército agotado queda paralizado cuando corre. La victoria parece ya cierta. Por esta razón no permitiremos que intervengan los franceses.
Esta mañana vi a Lord Perth (el embajador británico), y le hablé de esta suerte: Le advierto a usted que si los franceses intervienen con elementos importantes a favor de los rojos de Barcelona, atacaremos a Valencia. Están listos para embarcar a la primera señal treinta batallones completamente equipados. Lo haríamos, aunque ello provocase una guerra europea. Por tanto, le ruego recomiende a los franceses que se conduzcan con moderación y observen el sentido de la responsabilidad que la situación reclama. (p. 13.).

En el ínterim Barcelona se desplomaba moralmente. La aviación italoalemana bombardeaba la ciudad como en marzo del año anterior, a mansalva. Desorganizados los transportes e inutilizado el puerto por los bombardeos aéreos, el problema del abastecimiento de la ciudad se agravó por modo irremediable en unos días.

El barullo político, que nunca cesó; la acción corrosiva del separatismo, las luchas personales y de los partidos, que se reflejaban incluso en el acaparamiento de las provisiones por organismos partidistas, agudizaban el malestar público. Las privaciones de todo linaje, el largo sufrimiento, y sobre todo, la súbita disipación de la esperanza de contener al enemigo en las montañas, se coligaron para anunciar el fin de la resistencia republicana en Cataluña.

Entre el 20 y el 22 de enero Barcelona padeció quince ataques aéreos; entre el 24 y el 25, dieciocho.

Gran parte de la población civil de la capital catalana y de otros innumerables lugares ocupados o amenazados por los insurgentes estaba ya en las carreteras, en carros, a pie, embarazada con sus humildes enseres, hombres, mujeres y niños camino de Francia. Un ejército de fugitivos anunciaba uno de los éxodos más patéticos de la historia moderna. Ciertamente, esta multitudinosa huída entrañaba la lección moral de un plebiscito; el pueblo español prefería expatriarse a soportar el infame gobierno de los facciosos.

El 26 los insurgentes ocupaban Barcelona y el Ejército republicano se batía en retirada, con más orden del que pudiera esperarse (con un orden que no observó el Ejército francés en su retirada de 1940), hacia la frontera.

Diario del conde de Ciano.

—Enero, 16, 1939. El Duce espera con inquietud recibir noticia de la ocupación de Barcelona. Me telefonea a menudo, porque teme que se repita lo que ocurrió en Madrid; yo tengo confianza.
Nuestros voluntarios están venciendo la resistencia final de la División Líster. Barcelona está ya a su alcance. La empresa ha sido durísima y se desviven por llegar. (pp. 15 y 16.)
—Enero, 26, 1939. Me encontraba en el club de golf cuando llegó la noticia de que había caído Barcelona. Se lo comuniqué al Duce en Terminillo, y me puse de acuerdo con Starace (secretario del partido fascista) sobre la celebración del acontecimiento en toda Italia. Solo había que fijar el día; no hace falta animar a la gente, pues los italianos se muestran espontáneamente entusiasmados con la noticia.
También el Duce estaba profundamente emocionado, a pesar de que siempre le gusta aparecer imperturbablemente tranquilo. Pero tiene buenos motivos para estar realmente satisfecho, porque la victoria de España lleva un solo nombre, el nombre de Mussolini, que hizo la campaña con bravura, firmemente, incluso cuando mucha gente que ahora le aplaude estaba contra él. (p. 16.)
—Enero, 27, 1939. El ministro griego nos felicitó por la toma de Barcelona. (p. 17.)
—Enero, 29, 1939. Nada interesante, salvo buenas noticias de Gambara sobre su nuevo avance hacia los Pirineos. Hemos bombardeado y destruido veinticuatro baterías y un aeroplano que estaba a punto de despegar.
—Febrero, 1, 1939. Ha vuelto Muti (general italiano en España). La cosa marcha extremadamente bien. Pidió refuerzos y armamentos para el golpe final a Valencia y a Madrid. Decidimos dárselos.. (p. 20.)
—Febrero, 4, 1939. Cuando me encontraba jugando al golf recibí un telegrama de Gambara anunciándome la ocupación de Gerona por la División Littorio. Ya está Cataluña completamente ocupada, y resta solamente el golpe final en el centro.
A tal fin comenzaremos inmediatamente a organizar nuestras fuerzas en España, que de nuevo tienen que asumir el papel de arrastrar consigo a los (fascistas) españoles. (p-22.).

La ofensiva que culminaba en la conquista de Cataluña por los fascistas había sido una operación italiana y como tal debe quedar en la historia. En contraste elocuente, todas las fuerzas del Ejército republicano eran españolas, pues en octubre había licenciado el gobierno a las Brigadas Internacionales.

Las unidades italianas constituían el núcleo principal y decisivo del ejército fascista que atacó a Cataluña, y el general que se distinguió en la campaña fue, asimismo, un italiano, Gambara. Desde el Segre hasta Gerona donde para disimular con los franceses, —los italianos dejaron de combatir— fueron las fuerzas italianas las que arrollaron al Ejército republicano. Las unidades puramente españolas inquietaron menos al mando del Ejército popular. Su movilidad era menor, sin duda por no disponer de tan gran número de armas automáticas y máquina ligeras.

Apoyándose en las montañas de Valls, los republicanos contuvieron, quebrantándolas visiblemente, a las tropas españolas de Franco, que no pudieron desalojarlos de sus posiciones. Algo parecido aconteció durante algún tiempo en el sector Tremp-Balaguer. Solo la abundancia de personal y material italianos despejó para los fascistas la ruta de Tarragona, en la que, como hemos dicho, fueron los expedicionarios de Mussolini los primeros en entrar.

Gambara mandaba 40.000 infantes y 15.000 o 20.000 hombres más, unos al servicio de las máquinas y otros en calidad de reserva. Estas fuerzas se agrupaban en las divisiones Littorio, 9 de Marzo, Flechas Verdes, Flechas Azules y Flechas Negras, las tres últimas mixtas, con elementos españoles, bien que en minoría. Eran unidades móviles, provistas en cantidad desapoderada de fusiles automáticos, ametralladoras, artillería ligera y tanques. La artillería ligera ascendía a unos 400 cañones italianos, y la gruesa se cifraba en cerca de 100 piezas alemanas. Los tanques ligeros italianos sumaban alrededor de 200, y los Mercedes alemanes también figuraban en abundante número.

Añádase a estas fuerzas italianas —para completar el censo del ejército atacante— la Legión Cóndor alemana, en el aire, varias divisiones de moros, una división de Requetés y una tropa de aventureros fascistas de diversas naciones.

Las tropas republicanas de Cataluña sumaban unos 120.000 hombres y el número de fusiles que poseían no pasaba de 37.000. Al comenzar la ofensiva, los republicanos solo disponían, desde Lérida a la costa, de sesenta piezas de artillería, y de ellas la mitad en malas condiciones. En el sector de Valls se registraban una o dos ametralladoras por batallón y veintiocho cañones para todo el Cuerpo de ejército. Los republicanos carecían casi en absoluto de cañones antitanques y artillería pesada; y en el aire los fascistas podían poner entre diez y veinte aeroplanos por uno del gobierno.

No obstante, en ese momento más de un puerto francés rebosaba material de guerra de todo género propiedad de la República española, la última remesa de armamento adquirido por el gobierno español en la Unión Soviética. La última y la más considerable, al punto de representar una cantidad de material de guerra superior a cuanto hasta entonces había servido el gobierno ruso a la República española.

Se incluían en este envío más de 500 aeroplanos y treinta lanchas torpederas. Si el gobierno francés, en vez de haberlo paralizado, hubiese permitido el tránsito de tan importantes elementos de combate en septiembre, antes de que comenzara la ofensiva contra Cataluña, el Ejército republicano hubiera estado mejor equipado que nunca. Pero cuantas gestiones llevó a cabo el gobierno republicano para entrar en posesión efectiva de las armas rusas, a las que se unían otras adquiridas en distintos países, fracasaron.

Al fin, el gobierno francés, preocupado por el avance italiano en Cataluña, atendió los angustiosos ruegos de los representantes de la República española y parte de aquel armamento comenzó a pasar la frontera. Mas ya no podía variar el curso de los acontecimientos. Era demasiado tarde. Tanto, que algunos cargamentos cayeron en poder del enemigo antes de que hubieran tenido tiempo los republicanos de proceder a desembalarlos.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 352-357.

El Éxodo

La pérdida de Cataluña enfrentó al gobierno republicano con una situación pavorosa en la frontera. Pronto se apiñó ante la raya de Francia una multitud inmensa de fugitivos en la que predominaban las mujeres y los niños, muchedumbre extenuada, presa de un terror pánico fomentado, en parte, por la aviación italoalemana, que venía ametrallando y bombardeando a esta masas desde Barcelona, y a no pocos desde Borjas Blancas, y en parte por la intimidante perspectiva de caer en manos de los fascistas.

Los primeros refugiados españoles fueron relativamente bien recibidos en los tres puntos de entrada: Cèrbere, Le Perthus y Bourg Madame. Pero el 28 de enero cerraron los franceses la frontera y devolvieron a los soldados al territorio español, decisión que aplicaban a los heridos inclusive, si bien no iban en camilla. Comenzaron entonces a verse escenas de un patetismo escalofriante. La Guardia Móvil conducía sin piedad hacia la frontera, bajo una lluvia torrencial, a grupos de soldados que caminaban penosamente, algunos con heridas gangrenadas, hambrientos, empapados hasta los huesos.

El 30 los fugitivos españoles que pugnaban por abrirse paso en Francia sumaban unos 10.000. Miles de ancianos, mujeres y niños que se habían calado en la marcha por las montañas a pie pasaron la noche del 30 al 31 a la intemperie, con un tiempo de helada.

Volvieron los franceses a abrir la frontera, y el 31 se contaban en aquellos lugares alrededor de 35.000 fugitivos; y por todos los caminos, por montes y carreteras, descendían interminables filas de gentes desfallecidas. El 2 de febrero habría en la región fronteriza unas 45.000 almas pidiendo entrada en Francia.

Los franceses reforzaron la guardia con senegaleses, que prohibían a la población francesa socorrer a los refugiados. El 3, la aviación italoalemana bombardeó cobardemente Figueras, cuando mayor era la afluencia de refugiados en las calles; entre muertos y heridos las víctimas se acercaron al millar. El 5 entraron los italianos en Gerona, y 60.000 fugitivos más huyeron a Figueras, y de allí a la frontera.

El ejército republicano, exceptuadas las unidades que cubrían la retirada, se fue retirando a Francia por Le Perthus y entraba formado en divisiones de 5.000 hombres que, al pisar tierra francesa, eran conducidos por gendarmes, guardias móviles y tropas senegalesas a varios campos de concentración, principalmente el de Argelés, una extensión de arena acotada por alambradas con púas. En estos campos recibían a los soldados republicanos otros senegaleses con la bayoneta calada y spahis con los sables en alto. Los españoles recibían trato de prisioneros de guerra.

El 14 de febrero había en el campo de Saint-Ciprien unos 60.000 refugiados, hombres, mujeres y niños en abigarrada promiscuidad. En el campo de soldados de Argelés estaban concentrados alrededor d e70.000 hombres.

En aquellas condiciones, las naturalezas quebrantadas por los años de privaciones, sucumbían. Tras largos días a la intemperie, sin alimentación ni cuidados, los ancianos, los niños, los enfermos, los heridos graves no resistían la prueba. En una sola noche expiraron en La Junquera doce niños. Otros se acababan en las carreteras o debajo de un árbol, en los brazos de su madre, como Ismael, en la Biblia, se moría en el regazo de Agar. En el campo de Argelés se registraban unas diez muertes diarias.

En las arenas de Argelés, Saint-Ciprien y Prat de Mollo dejaron tirados al profesor, al militar, al médico, al artista, al obrero, al poeta, al héroe, a la flor del espíritu y del pensamiento y la juventud liberal de España. Sin agua potable, sin alimentos —pasaron semanas antes de que los refugiados pudieran apaciguar el hambre—, sobre un suelo sobre el que se filtraba el agua del mar, cegados por la arena de las dunas, los republicanos españoles poblaron estas playas inolvidables. Como hemos dicho, muchos por poco tiempo, porque Caronte llenaba todos los días su barca. Bien pudo colgarse de una de las alambradas el aviso de Dante.

Per me si va nella Cittá dolente; / Per me si va nell eterno dolore; / Per me si va tra la perduta gente. / Infierno, canto III, v. I.
R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 357-359.

El gobierno republicano busca la paz

El gobierno republicano permaneció junto al ejército de Cataluña hasta que se verificó por completo la retirada. Luego se pasaron las últimas unidades, el gobierno se dirigió a Toulouse, desde donde se proponía trasladarse a las regiones españolas aun regidas por la República. El jefe del Estado, don Manuel Azaña, pasó a Francia también y halló residencia temporal en la embajada de España en París.

En los días que estuvieron en la zona fronteriza, le presidente del Consejo español y los ministros que le acompañaban no solo se vieron embargados por los tremendo problemas derivados del éxodo de la población civil y la retirada del Ejército. El porvenir de la República y de España se hallaba comprometido como jamás, y sin duda se imponía en el ánimo de los gobernantes republicanos el dramatismo de la situación general con más fuerza que insólitos acontecimientos a que asistía.

Ya vimos que por múltiples caminos habían buscado los republicanos desde le primer día de la rebelión militar la paz con los insurgentes. Emisarios sinnúmero del presidente de la República se afanaron por entablar con los facciosos el diálogo que pudiera conducir al fin de la guerra. Raras fueron las figuras de la República que dejaron de utilizar relaciones privadas y políticas, ni de poner en juego su prestigio, para ablandar la invencible e impatriótica contumacia de los fascistas españoles. Pero en ningún momento se remontó la esperanza de alguna altura en este horizonte.

De nuevo exploraba ahora el gobierno republicano la generosidad del enemigo con proposiciones de una modestia proporcionada a la delicadísima situación de la República.

A despecho de la inaudita confusión que reinaba en la frontera, logró el ministro de Estado de la República mantener el contacto con los principales miembros del cuerpo diplomático. Expuso estos días Álvarez del Vayo al encargado de negocios británico, Mr. Stevenson, la trágica situación en que se hallarían miles de republicanos en la zona Centro-Sur, privados de los medios para abandonar España, si la derrota de Cataluña fuera seguida de análoga catástrofe, más pronto o más tarde, en el resto del territorio republicano.

El diplomático británico se declaró dispuesto a sugerir al Foreing Office la preparación de un plan para evacuar a los republicanos con ayuda de las flotas de la Gran Bretaña y Francia, tal como se había hecho con la población civil del País Vasco.

En cuanto a la paz, interesa consignar que el 1º de febrero, las Cortes reunidas en Figueras, facultaron al gobierno para que la negociara, si ello era posible, en las siguientes condiciones:

    1. Evacuación de los extranjeros al servicio de los insurgentes
    2. Libertad para que el pueblo español eligiera su propio régimen político sin injerencia exterior
    3. Ausencia de represalias

Sobre esta base, jornadas después el gobierno de la República celebró conversaciones con el encargado de Negocios británico y el embajador francés, M. Jules Henry.

El 5 de febrero, en un cambio de impresiones que el ministro español tuvo el Le Perthus con ambos diplomáticos, el representante del gobierno británico, cumpliendo instrucciones del Foreing Office, preguntó al ministro español si su gobierno admitiría la mediación británica para poner fin a la guerra en condiciones aceptables para la República.

Corolario de estas conversaciones fue la reunión al día siguiente, 6, en Agullana, donde residía de momento Negrín, del encargado de Negocios británico, el embajador francés, el jefe de gobierno español y su ministro de Estado.

Negrín aclaró a Mr. Stevenson y a M. Herry el sentido y el alcance de los tres puntos de Figueras. Hizo notar que las dos primeras condiciones habían de tenerse por puramente teóricas, visto cuanto había acontecido desde entonces, y que solo la relativa a las represiones sería mantenida a todo trance por los representantes de la República.

Para dejar de combatir, el gobierno republicano necesitaba garantías de que los republicanos no perdieran la vida ni la libertad por haber defendido a un régimen legítimo contra una rebelión. Si el poder republicano recibía tales seguridades y obtenía ayuda para situar fuera de España a aquellos ciudadanos cuya existencia en el régimen de los insurgentes sería materialmente imposible, así como una tortura moral, se trataría de ver el modo de poner fin a las hostilidades. Ahora bien —puntualizó el presidente del Consejo español—, de negarse tales garantías a los republicanos, la lucha continuaría hasta el último hombre y el último cartucho.

A continuación Negrín aludió a las posibilidades de resistencia que aun tenía la República, mencionando los elementos de combate existentes en la zona Centro-Sur en aquella medida en que podían ser divulgados, y volvió a afirmar el propósito del gobierno de no deponer las armas mientras no se le diera satisfacción en el capital extremo de la ausencia de venganza.

El encargado de Negocios británico y el embajador francés comprendieron que los republicanos no podían exigir menos de los rebeldes y se retiraron prometiendo hacer llegar a sus respectivos gobiernos el punto de vista que acababan de escuchar.

El 9 de febrero, después de presenciar en Le Perthus e paso a Francia de las últimas fuerzas republicanas, Negrín y los ministros que le acompañaban en la frontera salieron para Toulouse. En el consulado español en esta ciudad el gobierno republicano en pleno celebró consejo de ministros y tras acordar desplazarse a Madrid, según lo fueran permitiendo los medios de transporte, el jefe de Gobierno y el ministro de Estado marcharon a Alicante en un avión francés del Servicio Toulouse-Casablanca.

En esto se había desarrollado en la isla de Menorca uno de los sucesos más extraños de toda la guerra.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 359-362.

El extraño incidente de Menorca

Menorca, leal al gobierno republicano desde el comienzo de la lucha, se mantenía aún, firme como una roca, por la República. A las poderosas defensas militares de la isla, los republicanos habían añadido nuevas fortificaciones, trincheras, refugios, etc., trabajos en los que tomó parte toda la población. Del temple de los 43.000 españoles que habitaban a la sazón en Menorca fue constante testimonio la entereza con que aguantaron los bombardeos aéreos y las privaciones de todo linaje.

Con tales defensas y tales gentes, Menorca era inexpugnable. Su protección antiaérea dejaba poco que desear, tanto por lo que atañe a refugios como a artillería. Las incursiones aéreas de los fascistas solo habían causado veintiocho víctimas desde 1936, y en el mismo periodo los cañones antiaéreos habían derribado quince aparatos italianos. Ni los barcos de guerra de los insurgentes ni las flotas italiana ni alemana osaban acercarse a la isla. Pero dueños de Barcelona, los fascistas decidieron añadir a sus recientes conquistas esta fortaleza del Mediterráneo.

Es indudable que el jefe de la base de Menorca tenía noticia de la pérdida de Cataluña. Con todo, el propósito de defender la isla era en la guarnición y en los mandos tan resuelto como siempre. El mando supremo estaba en manos de uno de los valores militares de la República, el almirante Ubieta, quien ni siquiera se tomó la molestia de contestar a un ultimátum de los insurgentes de Mallorca.

El 9 de febrero tocó el puerto de Mahón el crucero británico Devonshire y su capitán saltó a tierra para efectuar la protocolaria visita de cortesía al gobernador de la plaza. Devolvió seguidamente la visita el almirante Ubieta, para lo que se trasladó al Devonshire. En este instante, la aviación italiana con base en Mallorca bombardeó Mahón con desacostumbrada intensidad, y en la capital menorquina estallaron disturbios promovidos por los secuaces de Franco, pocos en número.

Una vez a bordo del crucero británico, le fue comunicado al almirante republicano que se encontraba allí el conde de San Luis, gobernador fascista de Mallorca. El conde de San Luis buscaba la capitulación de Menorca.

Rechazó el almirante Ubieta la idea de parlamentar con el jefe insurgente, y se dispuso a retirarse para regresar a su puesto, máxime por estar Mahón alborotado. El capitán del Devonshire le señaló los peligros que correría desembarcando. Los ingleses se oponían a que el almirante republicano tomara de nuevo el gobierno de Menorca, Perseguían la rendición, y la situación personal de Ubieta era en la práctica la de un secuestrado.

El incidente concluyó con la capitulación de los republicanos, y el Devonshire puso a 400 a salvo en Francia.

Traslado del Gobierno a la zona Centro

El jefe del gobierno republicano y el ministro de Estado estuvieron de nuevo en territorio español en las primeras horas del 10 de febrero. Pocas veces se halló un gobernante ante perspectivas tan dramáticas como los que se le ofrecían a Negrín al reaparecer al frente de su gobierno en la zona Centro. (los demás ministros regresaron en los días subsiguientes.)

El dilema no podía ser más trágico. Perdida Cataluña, solo un milagro podía salvar la República. Por otra parte, la República no podía rendirse sin condiciones, que era la única manera de rendición que aceptaban los insurgentes. Es decir, podía hacerlo si había un gobierno irresponsable y apocado capaz de tomar tan gravísima determinación.

En febrero de 1939, reducida la República a la extremidad que conocemos, la paz dependía exclusivamente de que Franco garantizara que respetaría la vida y la libertad de los republicanos que quedaran en España y que no estorbaría la huída de los que quisieran marchar al extranjero.

Pero de semejante enemigo no podían esperarse garantías de ninguna clase; porque el deseo de venganza consumía a los rebeldes y hubieran considerado pírrica su victoria si no hubieran podido saciarlo en millones de españoles. La República estaba ante una deidad bárbara, ante un Moloch o Belial fascista, cuya sed de sangre solo se aplacaría con hecatombes de cientos de miles de republicanos sin excepción de sexo ni edad.

Sin embargo, en las alturas de la República la unanimidad, aquella unanimidad en la apreciación de que la República no podía rendirse sin condiciones, se había quebrado. Azaña se negaba a continuar presidiendo la guerra civil y dimitiría la presidencia de la República el 27 de febrero. Martínez Barrio, llamado a ocupar el puesto de Azaña, tampoco quería volver a España. Los generales republicanos, por la mayor parte, abogaban por la terminación de la guerra como fuese.

Más clarividente y más dueño de sí mismo, Negrín pensaba que cualesquiera que fuesen las posibilidades de resistir, los republicanos debían agotarlas. No tenía opción la República, no se le deparaba al pueblo alternativa mejor.

El gobierno barajaba los medios de que disponía para continuar la guerra y anotaba que en sus dominios habitaban ocho millones de almas repartidas en la cuarta parte del territorio nacional, con diez capitales de provincia. Las fuerzas militares de la República se cifraban en 800.000 hombres distribuidos en cuatro ejércitos:

    1. Ejército del Centro. Cuatro Cuerpos de Ejército destinados a la defensa del sector de Madrid bajo el mando del coronel Segismundo Casado.
    2. Ejército de Levante, mandado por el general Menéndez, con las provincias de Cuenca y Valencia y la costa entre Nules y Valencia a su cargo.
    3. Ejército de Andalucía, dirigido por el coronel Moriones. Defensor de una vasta extensión de territorio desde Motril a las proximidades de Córdoba.
    4. Ejército de Extremadura. Cuatro Cuerpos de Ejército a las órdenes del general Escobar, conectado con el Ejército del Centro en Extremadura y el valle del Tajo.

La flora republicana comprendía tres cruceros (dos de 9.000 toneladas y uno d e6.000); trece destructores, dos cañoneros, cuatro submarinos, tres torpederos y barcos auxiliares.

La República contaba aún con cierto número de puertos importantes: los de Valencia, Alicante, Sagunto, Gandía, Denia, Torrevieja, Cartagena, Almería.

En aviación, la situación de la República era crítica, como lo había sido a lo largo de toda la guerra.

En cuanto al material de guerra y municiones, había fábricas en Madrid, Albacete, Ciudad Real, Alicante, Sagunto, y se producían municiones en cantidad y armas ligeras: fusiles, ametralladoras, morteros y algunos tanques.

Negrín calculaba que con los elementos de combate que todavía poseía la República la resistencia podía prolongarse, por lo menos, durante seis meses.

Alegaba en apoyo de su tesis que si bien era cierta la cortedad de medios materiales, esa había sido desde el principio la relación respecto de los efectivos de los insurgentes; que confiaba en obtener parte, al menos, del material que la República tenía detenido en Francia; que si había poca aviación, nunca tuvo bastante la República; que de lo ocurrido en Cataluña no debía inferirse igual suerte para la zona Centro-Sur, supuesto que en Cataluña había menos material de guerra, menos ejército y la retaguardia padecía excepcional desmoralización como resultado del barullo político, el separatismo y la escasez de alimentos, más acentuada que en ninguna parte.
Que si 60.000 hombres del Ejército republicano habían podido contener al enemigo durante cuatro meses en la campaña del Ebro, no era absurdo esperar que los 800.000 hombres de los ejércitos de la zona Centro-Sur —material humano inmejorable— más larga defensa; que no se le ocultaba el hambre, verdaderamente trágica, que sufría la población de Madrid, pero que podría aliviarse con medidas que inmediatamente adoptaría; que en la revuelta y cambiante situación europea no consideraba un desatino, de resistirse varios meses más, que se produjeran en el exterior acontecimientos capaces de modificar estado de cosas tan adverso para la República; y, por último, y sobre todo, que la República no tenía más remedio que resistir, a menos que se avinieran todos los republicanos a someterse a la despiadada venganza de los insurgentes, y el gobierno a contraer la incalculable responsabilidad de entregar a un pueblo que tantas pruebas había dado de heroísmo y de nobleza a la reacción más tenebrosa que jamás haya existido en ningún país.

Con este criterio y estas ideas y estos propósitos y estas esperanzas de su presidente, inició el gabinete republicano sus trabajos para defender las últimas posiciones republicanas.

Una vez que estuvieron todos o la gran mayoría, de los ministros en Madrid, el gobierno se dirigió al pueblo en una nota oficiosa, puntualizando que no había otra política posible sino la de defender la parte no invadida de España mientras no existieran perspectivas de paz con independencia, seguridad y libertad.

De nuestra resolución y voluntad comunes —decía el gobierno— depende solamente que salgamos airosos de esta prueba difícil. Renazca el espíritu que inmortalizó a Madrid en los días memorables de noviembre de 1936; extiéndase ese espíritu por toda la España leal, aun pletórica de energía, de suerte que todos, sin excepción, marchemos juntos, sin rivalidades de partidos, que serían suicidas. Solo de este modo podrá el gobierno cumplir con éxito su dificultosa misión.

No ofrece duda, sin embargo, que la política de la resistencia, la única política posible, iba a contrahilo de la voluntad de vastos sectores republicanos. La pérdida de Cataluña había causado estragos formidables en la moral de los jefes políticos y militares de la zona Centro-Sur; y desde que cayó Cataluña, la propaganda enemiga agudizó la desmoralización republicana insistiendo en que Franco no tomaría represalias y solo castigaría a los autores de crímenes y delitos comunes.

De todos los cuadrantes soplaba la música con que se trataba de adormecer el instinto de conservación del pueblo. A las palabras tranquilizadoras de las emisoras de radio fascistas se unían las de los fascistas que siempre anduvieron sueltos por Madrid con máscara republicana. Estaban seguros de que Franco sería generoso si los republicanos se entregaban, pero, ¡ah!, su furor no conocería lindes si aun se empeñase la República en continuar la resistencia.

La prensa extranjera formaba en el coro de los que no dudaban un instante que Franco trataría humanamente a los republicanos. El Times del 9 de febrero escribía.

El doctor Negrín todavía tiene Madrid, pero si lo entrega sin derramamiento de sangre aun puede obtener del general Franco cierta mitigación de las condiciones de paz. El general Franco se ha conducido razonablemente en el territorio ocupado por él.

Los extranjeros avecindados en Madrid —ingleses, franceses, yanquis— que nada tenían que temer de los fascistas; los representantes diplomáticos y otra clase de agentes de las potencias interesadas en la victoria del fascismo o simplemente en la rápida conclusión de la guerra de España, no perdían coyuntura de contribuir a crear esa sensación de confianza y seguridad que llevaba paso a paso a los generales republicanos y a buen número de líderes políticos al abismo.

Negrín celebró con los jefes del Ejército republicano una interminable reunión en Los Llanos (Albacete). Los generales expusieron sus impresiones sobre la situación de los distintos frentes y hablaron de las posibilidades militares de la República en conjunto. El general Escobar, jefe del ejército de Extremadura y el coronel Moriones, del de Andalucía, se mostraron confiados en poder resistir en sus respectivos sectores. Pero el resto de los generales no ocultaron su pesimismo. Aunque no lo dijeran de este modo, creían que no había nada que hacer.

Por los mismo días, Negrín recibió a los directivos del Frente Popular y examinó con ellos la situación. Les llamó la atención sobre el indudable peligro de hacerse a la idea de que sería posible la paz sin que antes comprobaran Franco y sus aliados extranjeros que la República poseía medios para resistir por más tiempo del que a ellos les conviniera, y que estaba dispuesta a emplearlos.

Con un partido no precisaba el jefe del gobierno de arengas ni consejos de este linaje: el comunista. Ni el derrumbamiento de Cataluña ni la propaganda fascista habían hecho la menor impresión a los comunistas. No más concluir aquella campaña regresaron de Francia a la zona central republicana los jefes comunistas del Ejército y los líderes de este partido, decididos a batirse mientras fuera menester.

Era de lamentar el exagerado impulso proselitista y la ausencia de escrúpulos con que a menudo perseguían sus fines de partido los comunistas. Estas cualidades negativas, que sin duda estaban compensadas con el entusiasmo y la resolución con que luchaban contra el fascismo, herían, sin embargo, vivamente la susceptibilidad de partidos y personas menos combativos, a expensa de los cuales crecía este movimiento marxista.

En febrero de 1939 el partido comunista era el único partido que seguía propugnando la continuación de la resistencia. En las demás organizaciones políticas y sindicales había hombres que preveían los desastres morales y físicos de considerar única salida posible la rendición incondicional, y rechazaban de plano esta solución.

Pero pocos eran los que se atrevía a enfrentarse con la corriente pacifista; por manera que en este instante crítico de la República, el gobierno no contaba para su política con más apoyo que el de individualidades aisladas de diversa filiación política, trozos de partidos, y el de los comunistas en bloque. El pueblo, en cuanto entidad difusa, se había preparado por los sucesos recientes y por las privaciones de treinta y tres meses para creer todo aquello que halagara su justificadísimo anhelo de paz.

Las masas en general, se irían detrás de quien les prometiera una paz inmediata con garantías de pan y libertad. Pero solo un gobierno demagógico e irresponsable le habría dicho al pueblo que esta paz era posible.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 362-369.