El Derrumbamiento

Besteiro

Casado

El Consejo de Defensa

La huída de la flota republicana

La situación del gobierno

La lucha en Madrid

Fusilamiento de Barceló y Conesa

Condiciones de paz del Consejo

Las negociaciones

La desbandada

El exterminio de los republicanos

Besteiro

Fotografía de Besteiro (1931)

Fotografía de Besteiro (1931)

Como sabemos, los republicanos no habían menospreciado medio de obtener una paz sin venganza, y ahora trataban formalmente de entablar negociaciones con los rebeldes por conducto de las potencias particularmente interesadas en el rápido final de la guerra.

El 13 de febrero, en embajador de la República en Londres, señor Azcárate, presentó al Foreing Office una nota en la que se manifestaba la esperanza de que el gobierno británico adoptaría las medidas necesarias respecto de los insurgentes para crear las condiciones de un compromiso que permitiera el cese inmediato de las hostilidades.

Días después marchó a París el ministro de Estado de la República, llamó al embajador en Londres y reunidos ambos con el doctor Pascua, embajador de la República en la capital francesa, concluyeron a la luz de las circunstancias que pronto crearían la defección de Azaña y el inminente reconocimiento del gobierno de Franco por Francia e Inglaterra, que sería inútil e incluso perjudicial seguir estableciendo como condiciones de paz la evacuación de los extranjeros y el derecho del pueblo español a darse el régimen político que deseara.

Decidieron concentrar sus gestiones en el extremo relativo a las represalias, tratando de obtener facilidades para que salieran de España los republicanos, civiles y militares, que mayor peligro habrían de correr bajo los fascistas. El embajador de Londres quedó encargado de comunicar al Foreing Office la actitud definitiva del gobierno de la República.

Al propio tiempo, en España continuaba estudiando Negrín con los jefes del Ejército la situación militar. El ministro de Defensa se propondría introducir sin demora la reorganización del Estado Mayor y la creación de unidades móviles de choque.

Pero los generales republicanos más desalentados consideraban en su fuero íntimo, y confiaban a cuantos querían oírles, que todo intento de mejorar la disposición combativa del Ejército sería estéril y engañoso.

Los enemigos de la resistencia, esto es, los partidarios de acabar la guerra como fuese, eran numerosos e influyentes en España y fuera de España. Diversos sentimientos y aspiraciones les movían a desear la rendición de la República. Unos, de buena fe, esperaban justicia del injusto, cosa de locos: Justum ab injustis petere insipientia est. Otros estaban seguros de obtener un puesto honroso en la historia si negociaban la paz con éxito. Otros, los traidores, se lanzaban al fin sobre su presa, tras dos años y medio sin haber podido destruir la infrangible moral de las masas madrileñas.

Había también los republicanos que desde el primer día del conflicto hubiesen entregado, si hubieran podido la República, simplemente porque preferían la dictadura fascista a una República genuinamente popular. Se contaban, por último, esas almas ruines que favorecerían la victoria de Franco, o no harían nada por impedirla, para holgarse con el fracaso del gobierno republicano propio, al que querían ver aniquilado y sin gloria.

Digna representación de la condición humana en horas de tribulación y desastre, esta lastimosa amalgama de militares y políticos preparaba ya la ruina de la República antes de que el gobierno Negrín regresara al Centro.

Don Julián Besteiro era el centro de uno de los círculos de la conspiración; el centro de otro círculo opuesto a la resistencia era el coronel Segismundo Casado, jefe del Ejército de Madrid. Ambos núcleos se pusieron pronto de acuerdo.

Besteiro era un político divorciado de la realidad española, con una política de compromiso utópica e impracticable para España. Tenía del fascismo una idea moderada y quiso introducir en la Constitución republicana elementos corporativos, propugnando en las Cortes la fundación de una Cámara corporativa. Besteiro era de los que creían que el avance de los comunistas en la política española aseguraba a la República un porvenir soviético.

Estas ideas, gobernadas por un carácter extraordinariamente complejo, digno, pero no humilde, muy sensible a las cuestiones personales, hicieron de Besteiro un abogado de la capitulación aun antes de que comenzara la guerra civil.

En mayo de 1937, el profesor Besteiro asistió a la coronación de Jorge VI, y emisario especial del presidente d ela República, a espaldas del gobierno, visitó a Mr. Eden con una embajada evidente: la de ver cómo podía acabarse la guerra de España. Su gestión no dio más fruto que todas las demás.

La incontestable autoridad de Besteiro no era intelectual, sino moral y procedía, en buena parte, de su integridad personal y de haber defendido los intereses del proletariado, dedicándose activamente a la política socialista, cuando el socialismo apenas seducía a los intelectuales y solo contaba con líderes obreros.

Durante la guerra civil, el profesor Besteiro se aisló en Madrid, se negó a aceptar ningún puesto de los que le ofreció el gobierno, salvo el nominal de presidente de una Junta de Reconstrucción de la capital, y en esta actitud pasiva, que no implicaba indiferencia, permaneció hasta que consideró que la situación estaba madura para la paz que el preconizaba, una paz cualquiera.

Desde que don Julián Besteiro ingresó en el Partido Socialista procedente del lerrouxismo, arrastró una tragedia personal, engendrada más por su carácter que por sus ideas. En el partido socialista se creó desde el principio una situación de aislamiento. Estando llamado, quizás, a suceder a Pablo Iglesias en la dirección del movimiento obrero y socialista, fue desplazado por el carácter más flexible y más político de Largo Caballero.

La tragedia personal de Besteiro continuó manifestándose en un ir a contrahilo de cuanto la dinámica política española exigía de un líder socialista, y culminó en la cruel condena que le impuso Franco al entrar en Madrid, sin que este profesor hubiera alzado una mano contra los insurgentes ni antes ni después de la guerra ni en el curso de las hostilidades, habiendo contribuido por el contrario, como ninguna otra personalidad a que cesara la resistencia. Besteiro murió el 28-IX-1940 en la cárcel de Carmona (Sevilla).

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 369-372.

Casado

Si Besteiro era la figura civil que mayor impulso dio al complot contra el gobierno de Negrín, el coronel Casado aventajó al resto de los militares republicanos desmoralizados en la empresa de persuadir a los partidos y a los mandos de que el gobierno de Negrín representaba el único obstáculo considerable para la paz.

Casado, jefe del ejército del Centro, nombrado por Negrín, que no quiso dar ese empleo a un comunista, estaba convencido de que Franco jamás negociaría con Negrín y más convencido aún de que haría la paz con él en cuanto él se la pidiera. Este punto de vista lo expuso el coronel Hidalgo de Cisneros en un almuerzo, el 2-III-1939, en la Alameda de Osuna, cuartel general de Miaja..

En el curso de la conversación Casado expresó su convicción de que Franco no deseaba negociar con el gobierno Negrín y de que en tanto dependiera de este gobierno entablar tratos de paz nada podía hacerse. Por otro lado, no había tiempo que perder. Era esencial que se llegara a un acuerdo en dos o tres días. Y solo nosotros, los militares, podemos lograrlo, añadió el coronel.

A continuación se refirió a las entrevistas que había celebrado en Madrid con funcionarios británicos. No puedo entrar en detalles, pero le doy a usted mi palabra de honor de que yo puedo conseguir de Franco mucho más que el gobierno Negrín pueda lograra jamás. Luego dijo.

Estoy seguro, y comprometo en esto también mi palabra de honor, de que será posible obtener de Franco que prometa que ni alemanes ni moros ni italianos entrarán en Madrid; que no habrá represalias; que todo el que lo desee podrá abandonar España y que será reconocida nuestra categoría militar.. Casado pensaba que después de la guerra, Franco necesitaría oficiales republicanos para cubrir las enormes pérdidas que había sufrido.R.B.: Álvarez del Vayo, Freedom´s Battle, Nueva York, 1940, p. 306 ss.

La persuasión de que Franco haría la paz con un nuevo gobierno republicano era firme en el coronel Casado:

Negrín —escribió— terminó diciéndonos que no había tenido éxito en sus esfuerzos por la paz y que por consiguiente, no había más remedio que resistir. No se le ocurrió decirnos que habiendo fracasado él había decidido dimitir para que se pudiera formar un gobierno capaz de lograr lo que él no había podido conseguir.
El doctor Negrín —apunta en otro lugar— había perdido la esperanza de iniciar negociaciones de paz, y en vez de dar paso a un gobierno que estuviera en condiciones de discutir el asunto con el enemigo, se hallaba decidido, o forzado, a resistir en su lema de resistencia a todo coste.R.B.: Coronel Casado, The Lasy Days of Madrid, Londres, Peter Davies, 1939, p. 119.

¿Qué gobierno estaría en condiciones de discutir la paz con el enemigo? Según el coronel, un gobierno dirigido por los militares, de preferencia por él mismo, o en el que tuviera parte, porque el coronel se hallaba convencidísimo de que él podía obtener una paz aceptable para la República.

Esta otra idea tampoco abandonó a Casado un momento. No más llegar Negrín a Madrid se le ofreció, al decir del propio Casado, para tomar parte en las negociaciones de paz, si se entablaran. De creer a Casado, el 1 de marzo, en otra conversación con el jefe del gobierno, le dijo que yo me creía muy respetado en el campo enemigo, a pesar de mis bien conocidas simpatías republicanas y antifascistas y que me pondría a su disposición para que si se iniciaban las negociaciones utilizara mis servicios. Casado concreta que la única solución era la discusión directa entre los dos ejércitos, opinión que ya había comunicado al general Hidalgo de Cisneros, como hemos visto.

El nuevo gobierno que preconizaba el coronel no debería comprender, claro es, a los comunistas. El 24 de febrero, Casado conferenció con dos representantes de Izquierda Republicana y quedamos en que irían a París a llevarle un mensaje al señor Azaña invitándole a volver a España, a retirar su confianza al gobierno Negrín y a formar otro gobierno de republicanos y socialistas.

La exclusión de los comunistas de un ministerio decidido a poner fin a la guerra que les parecía a estos republicanos obligada, por cuanto habían llegado a la conclusión de que el partido comunista era el gran obstáculo para la paz. Creían que Franco no negociaría mientras existiera traza de influencia comunista en la zona leal a la República, un prejuicio fomentado por la propaganda fascista, según la cual los insurgentes luchaban solamente por el bolchevismo.

Para que los fascistas se entendieran con los republicanos —pensaban los republicanos moderados— habían de dar pruebas inequívocas de anticomunismo. De añadidura, los comunistas eran unos fanáticos que no se fiaban de las palabras de Franco y estaban dispuestos a seguir combatiendo. Con ellos, en suma, no podía contarse para la paz decente y honrosa. Había, pues, que suprimir el partido comunista.

Para semejante misión, el coronel Casado estaba preparado mentalmente, y las enconadas luchas de los partidos, en las que los comunistas medraron largo con su disciplina y su táctica, prometían apoyos muy amplios a quien se propusiera enlistar al resto de las organizaciones republicanas contra la sección española de la Tercera Internacional.

Los líderes del Frente Popular, salvo los comunistas, se movían en febrero de 1939 en dramática perplejidad, irresolución comprensible si se tiene en cuenta que las cabezas directoras del movimiento republicano y socialista no estaban en Madrid y que la descomposición política de la República, estrangulada por las rivalidades de los partidos, se hallaba en estado muy avanzado.

Los líderes del Frente popular eran, la mayoría, adversarios de la política de resistencia, pero no cabe duda que vacilaban ante el supuesto de apoyar una sublevación militar contra el gobierno, particularmente después de oír a Negrín. Las vacilaciones de los directores de los partidos —socialistas y republicanos, sobre todo, porque los anarquistas se hallaban, como siempre, resueltos a probar fortuna— exasperaban al coronel Casado, quien pretendía que debían obligar a Negrín a pedir la paz, al parecer por radio, como luego haría el Consejo de Defensa.

El coronel les reprochaba su imperdonable debilidad, considerada la gravedad de la situación. Esta debilidad —dice Casado— me hizo pensar que la ayuda que en tantas ocasiones me habían ofrecido no sería tan efectiva como pudiera desearse.

El coronel se impacientaba. Circunstancias para él abrumadoras le habían privado del juicio crítico y estaba seguro del éxito de su iniciativa pacifista. Desde luego, la inculpación de que Casado, de acuerdo con el enemigo, se proponía entregarle la República no me parece suficientemente fundada en los hechos; que esa era la intención de gentes que marchaban con él, gentes confabuladas con los fascistas, no ofrece duda, porque en el Consejo de Defensa que luego se constituyó y en torno a este desgraciado organismo había de todo. Pero no es menos cierto que la irreflexiva política de Casado le llevaba a entregar la República, inerme, al enemigo, como ocurrió, aunque este no fuera su designio.

Casado transmitía su desesperación a cuantos le rodeaban o se acercaban a él y destruía la moral que pudiera restarles a la mayor parte de los líderes políticos y jefes militares de la República.

Decía, por ejemplo, que el enemigo había concentrado una gran parte de sus reservas en la zona sur de Madrid con la idea de comenzar la batalla decisiva; que los fascistas tenían listas treinta y dos divisiones, con abundantes armas automáticas, grandes masas de tanques y artillería; que en esa situación, si se esperaba hasta la ofensiva que el enemigo tenía ya preparada para la conquista de Madrid —insistía—, el frente republicano saltaría en el primer día de combate.
Que si el enemigo llegara a cortar las comunicaciones con Levante, como trataría de hacer, los republicanos tendrían que entregarse en cuarenta y ocho horas, o morir de hambre; que existía la posibilidad de que parte de la población pereciera en las ruinas como resultado de los terribles ataques aéreos que había preparado el enemigo para combinarlos con su poderos fuego artillero; que el Ejército carecía de elemento de combate; que el suministro de víveres que había prometido Negrín para Madrid no llegaría por falta de medios de transporte, etc.

Un mes más tarde, el propio Casado se ofrecía a Franco para ayudarle a resolver el problema de la alimentación en Madrid cuando entraran las tropas fascistas utilizando los suministros de víveres que la Junta ha adquirido en el extranjero y que pueden ser traídos a esta zona con relativa facilidad.

Es indudable que días trágicos aguardaban a la zona republicana. En el desfiladero en que se encontraba la República difícilmente podía evitarse la catástrofe, por un camino o por otro. Pero Casado, que creía que todos los medios eran lícitos en la consecución del alto fin de lograr la paz, exageraba sin escrúpulo la debilidad de la República y la fuerza de los insurgentes.

En primer lugar, el enemigo no tenía preparada ninguna ofensiva contra Madrid. Además, en ningún momento podía había podido poner Franco en un solo frente treinta y dos divisiones, y menos tenerlas concentradas en las afueras de la capital de la República a la hora en que el grueso del ejército fascista ocupaba Cataluña. Cuando, un mes después, Madrid, capituló, las unidades móviles de los insurgentes se hallaban todavía en aquella región.

La realidad era que los insurgentes no se proponían atacar de momento. En parte, porque lo mejor de su ejército estaba asegurando la conquista de Cataluña, conquista que para algún tiempo tenía que ser para Franco una carga y una preocupación, y en parte, porque Franco se había hecho a la idea de que vencida Cataluña, Madrid se rendiría.

Franco disponía de exacta información sobre el éxito con que trabajaban sus agentes en Madrid y en el extranjero, sabía que muchos republicanos actuaban, sin proponérselo, como si fueran agentes suyos y esperaba que le entregarían la República sin necesidad de acometer nuevas operaciones militares. A los fascistas, por tanto, no les urgía reanudar la ofensiva, política que hubiera sido imprudente, porque podría haber unido a los republicanos, sino que, antes bien, se avenían a dejar que fructificaran en su favor las intrigas y odios que destrozaban los partidos democráticos.

Si se prescinde de la descomposición política republicana, se comprueba que la República era más fuerte y Franco más débil de lo que se imaginaba o decía el coronel Casado. El hecho de que los fascistas dieran por concluida la guerra con la conquista de Cataluña les situaba en una disposición de ánimo peligrosa para ellos y que tal vez les hubiera obligado a aceptar la capitulación de la República en las condiciones que proponían los republicanos, esto es, sin venganzas ni represalias, si en la zona democrática hubiera habido designio unánime de respaldar al gobierno.

Con justicia podría haberse abierto camino en el campo rebelde la idea de que no valía la pena seguir sacrificando al Ejército en varios meses más de combates, siendo tan modesto el precio a que Franco podía comprar la paz.

Las luchas intestinas y el descontento general también existían entre los facciosos. Las discordias políticas y el malestar provocado por la enorme multitud de fuerzas extranjeras mantenían a lo vivo la inquietud en la zona insurgente. La incurable desavenencia de falangistas y requetés había dado lugar por aquellos días a choque violentos en el Norte. Tal era la situación —aunque tampoco sería lícito exagerarla—, que los republicanos que vivían bajo Franco conservaban la fe en la victoria republicana aun después de haber perdido la República los territorios catalanes.

Una de nuestras más grandes sorpresas fue advertir, al establecer contacto con la zona llamada facciosa, como la fe en nuestra victoria era infinitamente más viva que en la nuestra. La mayoría de la población de la zona no leal a la República, creía a pies juntillas en nuestra victoria y esperaba, aun después de la pérdida de Cataluña —cosa a mi juicio ya imposible—, que nosotros podíamos vencer.R.B.: Rodríguez Vega, conferencia en México, 10-III-1943.

Quizás porque no concebía que hubiera alguien que creyera en la posibilidad de solventar la tremenda cuestión que tenía planteada la República de modo distinto que el gobierno, a Negrín no parece haberle preocupado la idea de una rebelión contra su política.

Pues, ¿quién que estuviera en su juicio se atrevería a echar sobre sus hombros las responsabilidades de una usurpación del poder, que además llevaría anejas las de dirigir la República en aquella desesperada coyuntura? Sin embargo, el derrumbamiento moral de la mayoría de los jefes militares republicanos delataba una insubordinación latente.

El gobierno debía tener la persuasión de que solo en los mandos comunistas podía confiar sin vacilación. Los jefes militares comunistas que habían regresado de Francia aun no habían sido empleados; los primeros en obtener puesto fueron los tenientes coroneles Etelvino Vega y Tagüeña, que pasaron a encargarse de las comandancias militares de Alicante y Murcia, respectivamente.

La iniciativa del ministerio de Defensa de crear unidades móviles de choque que pudiera acudir donde más falta hiciesen cobraba cuerpo en la práctica. Constarían estas unidades de 50.000 hombres y al parecer —porque este extremo está oscuro— las mandarían, en el Centro, Modesto, que ascendería a general; en Andalucía, Líster, y en Extremadura, Galán, los tres comunistas.

Los nombramientos de comunistas que ya se habían hecho públicos y los proyectados contrariaron profundamente a muchos políticos y militares de los demás partidos. A unos, porque se negaban a reconocer la utilidad para la guerra de los jefes comunistas y ponían los intereses de partido sobre los de la República, como si feneciendo la República pudieran salvarse los partidos; a otros, porque la creación de las unidades móviles bajo mandos comunistas precisamente certificaba que el gobierno estaba decidido a resistir, que habría más guerra y que las probabilidades de dar el golpe contra el gobierno con buena fortuna se desvanecerían en un dos por tres.

Otro paso alarmante para los conjurados iba a producirse a poco. Negrín anunció que se dirigiría a la nación por la radio, y con anterioridad de días comunicó las líneas generales del discurso que iba a pronunciar a `políticos y militares, entre ellos, al coronel Casado.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 372-379.

El Consejo de Defensa

Todo ello precipitó los acontecimientos. Negrín iba a hablar por la radio el 5 de marzo. Casado se adelantó y a medianoche del 4 los españoles oyeron por el mismo conducto un manifiesto subversivo del Consejo Nacional de Defensa, un organismo en el que no había consejo, sino ofuscación; ni podía llamarse nacional, porque excluía a sector tan importante de la República como era el partido comunista; ni venía a defender nada, sino a dejar a la República indefensa.

El manifiesto de la Junta sublevada es claro ejemplo de cuán fácilmente puede inducir la desesperación a un grupo de hombres, hasta ayer servidores de causas nobles, a enajenar los escrúpulos morales y trocarse en juguete de las pasiones más bajas. Me limitaré a reproducir los párrafos más notables de este documento.

Varias semanas han transcurrido desde que terminó la guerra en Cataluña con la deserción general... Mientras el pueblo sacrificaba a varios miles de sus mejores hijos en la arena sangrienta de la batalla, los hombres que se habían destacado predicando la resistencia desertaron de sus puestos y buscaron medio de salvar sus vidas incluso a costa de su dignidad en la más vergonzosa fuga...
Para evitar esto, para borrar la memoria de esa vergüenza, para evitar la deserción en los momentos más graves, se ha constituido el Consejo Nacional de Defensa que ha recogido la autoridad de donde el gobierno del doctor Negrín la había abandonado... Afirmamos nuestra propia autoridad de honestos y sinceros defensores del pueblo español, de hombres decididos a dar su vida como garantía y a unir su destino al de los demás, de manera que nadie escape a los sagrados deberes que a todos nos incumben.
Hemos venido a mostrar el camino por donde se puede evitar el desastre y a seguir ese camino con el resto del pueblo español, cualesquiera que sean las consecuencias. Nos oponemos a la política de resistencia para evitar que nuestra causa termine en el ridículo o en la venganza. O todos nos salvamos, o todos nos hundimos, decía el doctor Negrín, y el Consejo Nacional de Defensa se ha dado por principio y por fin, como su única tarea, la conversión de esas tres palabras en realidad.R.B.: Casado, pp. 140, 141, 142.

A continuación leyó un discurso don Julián Besteiro.

La verdad es, conciudadanos, que después de la batalla del Ebro, los ejércitos nacionalistas han ocupado totalmente Cataluña y el gobierno republicano ha andado errante y durante largo tiempo en territorio francés.
El gobierno del señor Negrín, con sus veladuras de la verdad y con sus propuestas capciosas, no podía aspirar a otra cosa que a ganar tiempo, tiempo que se ha perdido para el interés de la masa ciudadana combatiente y no combatiente, y esta política de aplazamiento no podía tener otra finalidad que alimentar la morbosa creencia de que la complicación de la vida internacional desencadenase una catástrofe de proporciones universales, en la cual, juntamente con nosotros, pereciesen las masas proletarias de muchas naciones del mundo.
De esta política de finalidad catastrófica, de esta sumisión a órdenes extrañas, con una indiferencia completa al dolor de la nación, está sobresaturada ya la opinión republicana. Yo os pido, poniendo en esta petición todo el énfasis de la propia personalidad, que en estos momentos graves asistáis, como nosotros lo asistimos, al poder legítimo de la República, que transitoriamente no es otro que el poder militar.

Por último habló el coronel Casado, cuyas palabras fueron dirigidas casi en su totalidad.

a los españoles allende las trincheras, a quienes dijo que también les afectaba la frase con que hemos expresado el dilema que tenemos delante: O todos nos salvamos o todos nos hundimos. Volver los ojos al interés patriótico, la mirada a España, les pidió. Esto es lo que nos importa como base de cualquier aspiración que lícitamente podamos tener. Nuestra lucha no terminará mientras no se asegure la independencia de España. El pueblo español no abandonará las armas mientras no tenga la garantía de una paz sin crímenes.

El pueblo español empuñó las armas en julio de 1936 para poner fin a un pronunciamiento y acabar para siempre con la violenta usurpación del poder de los militares, y ahora, partidos políticos y respetables republicanos destruían su propio gobierno civil, proclamaban al Ejército como única institución legal y se situaban a las órdenes de un coronel, ni más ni menos que los partidos de la reacción habían secundado a Franco.

El Consejo de Defensa no era sino la máscara grotesca de una dictadura militar como otra cualquiera. El general Miaja se había prestado a presidirlo, pero Casado era el típico dictador militar rodeado de una junta consultiva. (Formaron el Consejo el general Miaja, el coronel Casado, Besteiro, González Marín, San Andrés, Del Río, Val, A. Pérez y W. Carrillo.)

El Consejo de Defensa apenas halló oposición. Le favoreció sobremanera la pasividad de sus enemigos y el desconcierto o la expectación de la masa general. Los adversarios de la Junta estaban en minoría en todas partes, y esta minoría se resistía a luchar contra los autores del golpe de Estado.

Casado, que no venía dispuesto a proseguir la guerra contra Franco, venía, en cambio, preparado para luchar contra otros republicanos, y consecuentemente quienes aún querían batirse con los fascistas rehusaban el conflicto armado con el nuevo poder. Ambas actitudes eran leales al principio que las animaba.

El Consejo hipnotizó al pueblo, o se lo atrajo con el golpe demagógico de la promesa implícita de la paz honrosa, y la fe que por este procedimiento encendió en la falacia taumatúrgica de la junta, sirvió a esta de estímulo para defender la superchería sin reparar en medios.

Creyeron los sublevados, además, que serían asistidos en su empresa por las potencias que anhelaban liquidar cuanto antes la guerra de España, ilusión que les infundieron los representantes diplomáticos y los agentes especiales que actuaban alevosamente en Madrid.

Se explica perfectamente la expectación con que el pueblo republicano siguió los sucesos de marzo. Los jefes de la rebelión declaraban que se oponían a la política de resistencia para evitar que la causa popular terminara en el ridículo o en la venganza, y con estas palabras afirmaban que traían una solución por virtud de la cual la República no perecería sin gloria ni ventaja.

Las masas suspiraban por la paz, como es natural, y quien se la prometiera con ciertas garantías, como dije antes, las tendría a su lado, aunque el autor de la promesa hubiera sido el propio general Franco. Pero el pueblo no quería rendirse sin condiciones y la política de la junta conducía a eses trágico desenlace.

Es inconcebible que el jefe del ejército del Centro no sospechara que al sublevarse destruía las posibilidades de resistencia que les restaran a los republicanos, y que, por consiguiente, dejaba a la República ante la alternativa de rendirse incondicionalmente.

El coronel Casado había dicho en su discurso en la radio que el pueblo español no depondría las armas mientras no obtuviera garantías de una paz sin crímenes. Era la misma política del gobierno Negrín, solo que después de la insurrección de la junta esa política no podía llevarse a la práctica.

El coronel venía a decir: si Franco no nos concede las condiciones mínimas de paz que le vamos a pedir, resistiremos; pero minutos antes, en el manifiesto y en otros discursos, se había afirmado que la resistencia llevaría a la República al ridículo y a la venganza. Se desarmaba, pues, moralmente al pueblo para seguir defendiéndose y a continuación se le advertía que estuviera preparado para resistir.

En sustancia, El Consejo de Defensa anunciaba a todo el mundo que la guerra había terminado y que la República estaba ya al albedrío del enemigo. Esta era la situación creada, en todo caso, por el pronunciamiento del de marzo.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 379-382.

La huída de la flota republicana

Las primeras consecuencias no tardaron en verse.

Para los partidarios de la rendición como fuese había sido desde la pérdida de Cataluña una necesidad urgente demostrar que la República no podía continuar la guerra. Lógicamente, veían un obstáculo para la paz en los elementos defensivos que aún les quedaban a los republicanos; pensaban que cuanto mayor fuese la desmoralización del pueblo y más desamparado estuviera el régimen de medios de resistencia más ganaría la causa de la paz. Así se explica la huída de la flota republicana a África a las pocas horas de constituirse el Consejo de Defensa.

Cuando el almirante-jefe, don Miguel Buiza, ordenó a la escuadra, en las circunstancias que diremos, que saliera para Argel. le pareció al comandante del destructor Antequera que en vez de desertar, la marina debía ponerse a la disposición del Consejo de Defensa; pero el comandante de la flotilla de destructores le respondió a las siete de la mañana que la decisión del almirante venía en apoyo del nuevo gobierno y facilitaría su misión.

La huída de la flota fue corolario fatal de la sublevación de Madrid. Dos días antes de que este hecho se produjera, el 2 de marzo, anunció el almirante Buiza a los mandos de la marina republicana que era inminente un golpe de Estado contra el gobierno de Negrín y que se formaría un Consejo Nacional de Defensa, que representaría al Ejército, a los partidos políticos y a los sindicatos. La flota también iba a sublevarse para ponerse a las órdenes del Consejo nacional de Defensa.

Tuvo conocimiento el gobierno de lo que pasaba en Cartagena y al día siguiente, 3, envió al ministro de la Gobernación, Paulino Gómez, para que advirtiera a los mandos que el gobierno estaba decidido a frustrar la conjuración. El 4, el gobierno nombró al teniente coronel Francisco Galán jefe de la base naval.

La designación de Galán fue recibida con disgusto y protesta y su presencia en Cartagena precipitó la insurrección del coronel Armentía, de otros jefes y oficiales y de un regimiento de Marina. Con ellos se confundieron en la calle los falangistas, quienes se apoderaron de la estación emisora de radio de la base naval y de los fuertes y las baterías.

La coincidencia de los enemigos de la resistencia y la Falange imprimió a los sucesos de Cartagena un aspecto de turbiedad del que nunca estuvo limpio el propio Consejo de Defensa. Pero la revuelta de capituladores y falangistas quedó pronto sofocada por fuerzas al mando de un comunista Rodríguez, que acababa de llegar de Francia.

Consumado el golpe de Estado en Madrid, el almirante-jefe de la flota republicana tuvo noticia del acontecimiento por un mensaje que le envió el comandante del crucero Libertad

En el manifiesto del Consejo de Defensa —subraya el comandante del Libertad— se ha dicho al pueblo la verdad sobre la guerra y que el gobierno Negrín era culpable de traición e intentaba fugarse.R.B.: Casado, p. 162.

El almirante comunicó en las horas subsiguientes con los comandantes de los barcos y ordenó que al amanecer la flota se refugiara en Argel. Pero cuando los buque republicanos se hacía a la mar, las autoridades francesas indicaron al almirante que los llevara a Bizerta. Por primera vez se admitía de buen grado a la marina de guerra de la República en un puerto francés.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 382-384.

La situación del gobierno

Ante el golpe de Estado del jefe del Ejército del Centro, el gobierno Negrín se dispuso a salir por los fueros de la ley, pero no tardó en comprobar que su aislamiento era casi absoluto. Moralmente, el gobierno se encontraba no menos desasistido que físicamente. En particular porque la propaganda fascista, que coincidía con la de los partidarios de la capitulación, había convencido a las gentes que había llegado el momento de hacer la paz y de que era posible una paz sin venganza, dado que nada estaba más lejos de la intención de Franco que perseguir a los que no hubieran cometido crímenes.

Por otro lado, hacía mucho tiempo que la población madrileña no había visto al gobierno; la ausencia de autoridad superior, influyó considerablemente en sentido favorable a la desmoralización. Parte de este quebranto comenzaba a remediarse con la presencia de los ministros en Madrid. Pero el gobierno permaneció escaso tiempo en la capital de la República.

El presidente del Consejo deseaba conocer personalmente la situación de las provincias, y se decidió a visitarlas, un hecho que facilitó de manera decisiva los trabajos subversivos de los capituladores en Madrid; y no solo porque volvían a tener campo libre para sus combinaciones, sino porque, además, el incierto paradero del gobierno debilitaba su ascendencia sobre el sentimiento popular.

Negrín se proponía dirigir la guerra desde las provincias levantinas, acaso recordando el deplorable efecto producido por la precipitada marcha del gobierno a Valencia en noviembre de 1936, y tal vez pensando que de situarse en Madrid atraería con mayor motivo sobre la ciudad el castigo de la aviación y la artillería de Franco.

Por último, la presencia de Besteiro y del general Miaja en la junta inducía al público republicano a pensar que no sería defraudado en su esperanza de obtener un desenlace digno. El Consejo traía una solución —creían las masas— que Negrín no tenía, impresión fomentada de consumo por la seguridad con que hablaban los autores del golpe de Estado, como quien actúa con garantías, y por el silencio del gobierno, cuya declaración había sido ahogada en proyecto por los insurgentes republicanos.

El gobierno percibió enseguida su impotencia ante el alzamiento, pues no pudo establecer contacto con los mandos del Centro adictos a su política. Casado se había hecho con el control de las comunicaciones.

La idea de enzarzarse en una guerra civil republicana repugnaba a toda persona responsable. Una vez desencadenada todo podía darse por perdido. Según apunté, psicológicamente, los partidarios de la resistencia no estaban preparados para luchar con otros republicanos. Del enemigo únicamente cabía esperar condiciones aceptables de paz si la República testimoniaba voluntad de resistir.

La guerra intestina republicana destruiría o mellaría sin remedio esta arma. Negrín se inclinaba, por consiguiente, a sacrificar su posición en beneficio de la concordia antifascista. Intentó negociar con Casado, ofreciéndole el traspaso del poder en ciertas condiciones. Pero la actitud del coronel era inflexible.

El jefe del gobierno agotó las posibilidades de reconciliación con un mensaje en el que, entre otras cosas sugería.

Tenemos que rendir todos nuestras armas en el altar de los sagrados intereses de España, y si deseamos un arreglo con nuestros adversarios, primero hemos de evitar todo conflicto sangriento entre quienes han sido hermanos de lucha. Por tanto, el gobierno propone a la junta que se ha constituido en Madrid que designe una o más personas para resolver todas las diferencias de modo patriótico y amistoso.

Mas Casado estaba tan poseído del éxito de su misión, que recordaba a Mola cuando Martínez Barrio le invitaba a parlamentar.

Cuando el gobierno supo que las fuerzas del Consejo de Defensa se habían adueñado de los mandos en Alicante y que se hallaba en riesgo de ser hecho prisionero se resolvió a abandonar España.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 384-386.

La lucha en Madrid

A pesar de la aversión de los partidarios de la resistencia a participar en una guerra civil en el campo republicano, el conflicto se presentó y era inevitable que se presentara, y el coronel Casado sabía que lo provocaba. Conviene insistir en que los miembros de la junta estaban decididos a luchar contra las fuerzas y personas leales al gobierno, en tanto que las fuerzas y personas leales al gobierno querían esquivar la colisión.

Así, los adversarios del Consejo adoptaron una actitud pasiva. Gran número de militares y políticos republicanos, entre ellos el general Escobar, el coronel Moriones, Ossorio y Tafall, Comisario general; Rodríguez Vega, secretario de la UGT, se mantuvieron apartados del Consejo o lo repudiaron en privado con palabra dura, pero no lo combatieron en público. ¿Para qué, si la derrota de la junta hubiera impuesto la formación de otro organismo semejante tan falto de autoridad real como aquélla? La situación no admitía enmienda.

Pero otra cosa era el pleito con los comunistas. Casado tenía que reducirlos a la impotencia si había de moverse con absoluta libertad en sus tratos con los fascistas. El coronel había tomado, pues, medidas contra ellos anticipándose —según él mismo dice— a la agresiva actitud que el partido comunista adoptaría posiblemente con las fuerzas militares que le siguieran. Porque el partido comunista adoptaría probablemente una actitud de rebeldía, repite en otro lugar.

Casado estaba seguro de que los comunistas se alzarían contra el Consejo, porque entre los puntos principales de la política del Consejo se contaba la represión del comunismo y no era de esperar que los comunistas se resignaran a desaparecer.

El Consejo de Defensa tenía que suprimir los gritos histéricos y las absurdas consignas y la conducta intolerable del partido comunista, declara el coronel. Desde el primer instante —añade— el Consejo se dispuso a lograr esto, porque estábamos convencidos de que era el único camino que conduciría a la paz decente y honrosa.R.B.: Casado. p. 131, 184, 198.

La junta trataría de eliminar el influjo comunista, no solo, naturalmente, porque los comunistas preconizaban la resistencia y afirmaban que los republicanos no podían fiarse de las palabras de Franco, sino también porque, como hemos visto, privaba la ilusión de que suprimiendo todo rastro de comunismo, los fascistas verían en los negociadores republicanos personas respetables con las que podrían entenderse.

El carácter defensivo de la reacción de los comunistas ante el Consejo es, por tanto, palpable. Casado les impuso la necesidad de luchar contra la junta y en el curso del conflicto fue obligando a los mandos militares de este partido, según comprobaremos, a esgrimir las armas contra él.

A las órdenes del coronel Casado había en el Centro cuatro Cuerpos de Ejército. El 1º lo mandaba el coronel Barceló, el 2º el teniente coronel Bueno, el 3º el coronel Ortega, los tres comunistas: el 4º Cuerpo de Ejército estaba subordinado a Cipriano Mera, anarquista, el más íntimo aliado de Casado en el golpe de Estado.

En la mañana del 5 de marzo, el comunista Ascanio, jefe de la 3ª división, movilizó sus fuerzas contra el Consejo. Enfermo Bueno, Ascanio se puso al frente del 2º Cuerpo de Ejército antes de que Casado pudiera sustituir a Bueno por Zulueta, un ex comunista al servicio de la junta. Ascanio situó sus tropas en las carreteras de Aragón y Francia, impidió el contacto de las tropas de Gutiérrez de Miguel, pertenecientes a la 65 división, con las de la junta y recibió el refuerzo de parte de aquellas tropas, que advertidas del papel que se les asignaba, se pasaron a las de Ascanio.

El sesgo que en un principio había tomado la lucha militar era desfavorable al Consejo. Casado lo había fiado todo en este dominio, en rigor, al apoyo del 4º Cuerpo de Ejército, mandado por Mera, y del cual se habían desplazado a Madrid dos batallones antes del golpe de Estado. Pero una columna de este cuerpo, que procedente de Guadalajara se dirigía a la capital de la República al mando de Liberino González, no pudo pasar por Alcalá de Henares, donde pueblo y tropas se declararon leales al gobierno Negrín.

En este momento los comunistas iniciaron gestiones para llegar a un compromiso con Casado, y el conflicto pareció en vías de acabarse. Oficialmente, en efecto, se daba por resuelto, pero la lucha continuaba, porque ni la junta ni los comunistas querían ser los primeros en cumplir las condiciones acordadas; y viendo pronto Casado que la columna de Liberino González había conseguido, al fin, abrirse camino por Alcalá de Henares —un hecho que colocaba al Consejo en situación más favorable—, se desvanecieron las probabilidades de paz entre los republicanos; antes bien, la batalla se tornó más enconada y odiosa.

A continuación Casado trató de hacer uso de la 7ª división, mandada por otro González, comunista. La 7ª división defendía las líneas de la Casa de Campo y Rosales y no había mostrado ni hostilidad ni simpatía hacia el Consejo de Defensa. Pero cuando el coronel pidió por teléfono a González que le enviase la artillería y un batallón de ametralladoras, dicen que González le respondió: Ven tú por ellos, traidor. Lo cierto es que esta división se negó a obedecer a Casado y Casado ordenó que las fuerzas de que disponía la junta en la Puerta del Sol atacasen el puesto de mando de González, situado cerca de la Plaza de España.

Entonces se produjo un suceso sintomático: la 7ª división tuvo que hacer frente a un tiempo al ataque de las fuerzas de Casado y al de las tropas de Franco. Las últimas le acometieron en la línea del estanque de la Casa de Campo. González derrotó a las fuerzas de la junta, les causó bajas y las obligó a retroceder hasta su punto de partida, pero en la Casa de Campo tuvo que replegarse ante los fascistas, que avanzaron ante la misma puerta del estanque.

La 7ª división organizó un ataque contra los fascistas, después de haber puesto en fuga a las fuerzas de Casado, y al día siguiente reconquistó las posiciones perdidas, hizo al enemigo más de 300 bajas y le tomó unos noventa prisioneros.

Entre tanto, la aviación y la artillería de Franco bombardeaban los sectores dominados por los comunistas que guerreaban contra el Consejo de Defensa.

En otro orden de cosas la tragedia de la zona fascista se repetía ahora en el territorio republicano como farsa. Desde el principio, el Consejo de Defensa se colocó respecto de sus adversarios en la posición que ocupaba Franco en relación con la República. La junta de Madrid llamaba insurgentes y rebeldes a los defensores de la legalidad y del gobierno y calificaba de comunistas a todos los republicanos no entusiasmados con el golpe de Estado de Casado.

El desarrollo de la lucha intestina republicana en las calles de Madrid, en el seno de una población indiferente y fatigada, podemos obviarlo sin riesgo de defraudar a la historia. El Consejo se impuso al cabo de una semana de sangrientos combates y, en realidad, debido a la falta de entusiasmo de sus enemigos por disputarle el poder en el terreno militar; pero la derrota de los comunistas fue acompañada de una severa persecución policíaca, en la que tomaron parte, con toda seguridad, los fascistas embozados que servían al nuevo organismo.

Las cárceles republicanas se llenaron de comunistas, aunque no pocos de los más destacados se sustrajeron a las represalias refugiándose en los ejércitos del Sur y de Levante, donde no tuvo interés en buscarlos el coronel Casado.

Los comunistas, por su parte, no se habían detenido en el calor de la lucha ante excesos reprobables que ni siquiera justificaba la fanática convicción de que combatían contra traidores de la causa popular. Entre sus excesos o desmanes se contaba la muerte de los coroneles de la junta Otero, Fernández Urbano y Pérez Gazzolo. Nunca se supo en qué circunstancias habían muerto esto militares ni quienes fueron sus ejecutores. Lo único cierto es que sus cadáveres aparecieron en el Pardo.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 384-390.

Fusilamiento de Barceló y Conesa

El Consejo condenó a muerte a dos jefes militares, miembros del partido comunista: el teniente coronel Eduardo Barceló y el comisario Conesa. Ambos fueron fusilados.

En la corta y penosa historia de la junta no hay, si bien se considera, episodio más desgraciado que el de la ejecución a sangre fría de estos dos militares republicanos. Las razones que aduce Casado para justificar estas sentencias podrían proceder de uno de los tribunales de Franco.

Hubo algunos comunistas —escribe el coronel— que se mantuvieron en sus posiciones hasta el último momento, y entre los más dignos de censura figuraban el teniente coronel Barceló y el comisario Conesa. El Consejo aprobó la última pena para Barceló y Conesa —agrega—, no solo como líderes de la rebelión, sino también porque bajo su autoridad, o quisiera decir, bajo su mando, se habían cometido toda clase de delitos y se había asesinado.R.B.: Casado, p. 179.

La justicia del Consejo venía pisando sobre las huellas de la justicia de Franco desde que Casado prometió, en el primer intento de paz con los comunistas, que solo castigaría a los que hubieran cometido crímenes y delitos comunes. Era la justicia de los fascistas, pero con una diferencia importante que conviene señalar.

Las luchas de los partidos —de las que se sirvió la reacción fácilmente para destruir a la República y darle el golpe de gracia— habían culminado en la pequeña guerra civil republicana que analizamos, y los militares del Consejo asesinados por los comunistas cayeron en el furor de la contienda, cuando las pasiones corrían más desenfrenadas.

Pero en la desaparición de Barceló y Conesa concurren por el contrario, circunstancias que dan a este doble asesinato el repugnante carácter que siempre presenta la venganza cuando se engalana con los arreos de la justicia. Los individuos de la junta se erigieron jueces en una causa de la que eran parte, y verdaderos reos, y decidieron ejecutar en nombre de la ley una sentencia dictada por el odio de partido.

Probablemente, no le bastaba al Consejo derrotar a los comunistas; tenía, además, que apoderarse de algunas víctimas propiciatorias, y de ahí también la ejecución de Barceló y Conesa.

El Consejo no solo acreditó imperdonable fariseísmo en la ejecución de los dos jefes comunistas, sino que eligió torpemente a sus víctimas. Barceló era uno de los militares profesionales que mayores servicios habían prestado a la República en la guerra civil. Leal a la causa popular desde el primer día de la sublevación de Franco, distribuyó las armas al pueblo desde el ministerio de la Guerra y coadyuvó eficazmente a organizar a las masas para la lucha.

En los combates de Pozuelo y las Rozas, en noviembre de 1936 sufrió graves heridas. Su conducta durante toda la guerra fue la de un republicano cabal. Nada se le podía reprochar, en conciencia, y exigirle cuentas por las demasías cometidas por comunistas fanáticos en momentos de general ofuscación, era pura arbitrariedad. La moderación personal de Barceló era tan notoria como su lealtad a la República y a su partido, a los que servía sin alharacas ni excentricismo; quizás esta moderación indujo a Casado a creer que Barceló no era comunista de corazón.

Al concluir la guerra civil entre los republicanos la República quedaba tan mal parada como Patroclo en La Ilíada después que Apolo le dio el soberbio golpe que le aflojó la armadura. El golpe de Estado del 5 de marzo había costado la vida a dos mil republicanos. Los vencedores estaban tan perdidos como los vencidos. Dejemos al propio Casado que nos pinte la situación.

Desgraciadamente —escribe— nuestro propósito de conseguir semejante paz —una paz decente y honrosa— tropezó con la hostilidad de los comunistas. Su subversiva actitud duró siete días y los estragos fueron tan considerables que el Consejo Nacional de Defensa no podía ya abrir negociaciones (con los fascistas) esgrimiendo el poder de resistencia de las tropas y la población civil.
La lucha entre las fuerzas comunistas y las del Consejo Nacional de Defensa debilitó nuestra efectividad, condujo al abandono de sectores del frente que quedaron a merced de los nacionalistas durante varios días y causó la desesperación de la población civil. Nos encontrábamos en la más precaria situación como resultado de los daños morales y materiales que había originado la revuelta comunista.

Naturalmente, Casado se niega a reconocer que todos esos males eran consecuencia de su golpe de Estado, y sorprende que los lamente no habiendo retrocedido el 5 de marzo ante la perspectiva de suscitar en la zona republicana, precisamente, la subguerra civil que ha quedado descrita. Es más: Casado confesaría más tarde que cuanto ocurrió estaba de acuerdo con sus planes. Discurso del 26 de marzo.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 390-392.

Condiciones de paz del Consejo

La constitución del Consejo de Defensa había tenido ya repercusiones fatales para la República: había huido la flota y se había acentuado hondamente la desmoralización republicana; se daba por terminada la guerra. En estas condiciones ¿qué cabía esperar de Franco?

El Consejo se había ocupado de las negociaciones de paz en el transcurso del conflicto con los preconizadores de la resistencia, y había llegado, incluso a pedir la apertura de los tratos por la radio. Casado seguía creyendo, a pesar de todo, que luego que él se pusiera en contacto con los generales fascistas se desvanecería la intransigencia enemiga. Se consideraba, como sabemos, muy respetado en el Ejército de Franco y tenía desmesurada confianza en sus dotes de persuasión. Veía la paz como un asunto a resolver por los ejércitos, entre caballeros militares.

La junta se proponía recabar de los nacionalistas que garantizaran la independencia e integridad nacionales, la expatriación de todo aquel que deseara abandonar España y la ausencia de toda suerte de represalias. La misión de parlamentar con los generales de Franco, recayó, claro es, en el coronel Casado, a quien acompañaría el general Matallana, jefe del Grupo de Ejércitos

Convenido el alcance de las condiciones de paz aceptables para los republicanos y designados sus plenipotenciarios, el Consejo hizo público el documento que habría de servir de base de discusión con los nacionalistas.

El Consejo se declara en el preámbulo expresión viva de la España republicana (con indiscutible propiedad, porque después de la derrota de los comunistas había una expresión muerta o encarcelada), y se disculpa ante Franco por no haber podido dedicarse a obtener la paz debido a la circunstancia de que ciertos elementos comunistas han realizado una rebelión contra su autoridad... Afortunadamente —aclara—, el alzamiento ha quedado sofocado y ha servido para demostrar una vez más que el Consejo cuenta con el apoyo de todos los españoles cuyo sentido del honor les hace poner sus esperanzas de paz ante todo los demás.

Siguen las condiciones de paz de la junta, a saber:

  1. Declaración final y categórica de respeto a la soberanía y la integridad nacionales.
  2. Seguridad de que todos los que han tomado parte honorable y limpiamente en la guerra serán tratados con el mayor respeto para sus personas y sus intereses.
  3. Garantía de que no habrá represalias ni otras sentencias que las dictadas por tribunales competentes.
  4. Respeto para la vida y la libertad de los militares republicanos y comisarios políticos republicanos que no sean culpables de ningún delito criminal.
  5. Respeto para la vida, la libertad y empleo de los militares profesionales que no hayan sido culpables de ningún crimen,
  6. Respeto para la vida, libertad e interese de los funcionarios públicos en las mismas condiciones.
  7. Concesión de veinticinco días para la expatriación de todas las personas que deseen abandonar el país.
  8. Que en la zona republicana no haya soldados italianos ni moros.
  9. Que una vez aceptado por el Consejo este documento, el consejero de Defensa y el general jefe del Grupo de Ejércitos lo presentarán al enemigo.

El Consejo acreditaba absoluta desorientación yéndole a Franco, que no admitía que se hablara de paz condicionada, con las pretensiones que se registran en el documento precedente. El gobierno Negrín se había manifestado dispuesto a poner fin a las hostilidades si el enemigo garantizaba que no tomaría represalias y permitiría la salida al extranjero de los republicanos que lo desearan.

Conocida es, sin embargo, la negativa de los rebeldes a pactar en condiciones tan favorables para ellos. La junta del coronel Casado era más exigente, y a las aspiraciones del gobierno Negrín añadía las de que no hubiera moros ni italianos en la zona republicana, que Franco prometiera final y enérgicamente la salvaguardia de la soberanía nacional y la integridad del territorio, que se respetase en sus puestos a los funcionarios públicos y que a los militares profesionales se les reconociera la graduación y el empleo.

Por lo que concierne al Ejército de la República, el Consejo traza una línea divisoria entre los militares no profesionales y los profesionales. A los primeros los alude en la condición 4ª, y a los segundos en la 5ª. Ello testifica cuan dominada estaba la junta por el coronel Casado y los generales del antiguo Ejército. Es evidente que los militares profesionales sublevados contra el gobierno Negrín trataban de salvarse a toda costa, y no solo salvarse físicamente; se disponían a ingresar en el Ejército nacional con el empleo que disfrutaban en el Ejército de la República.

Casado suponía que Franco necesitaría oficiales, y se forjó la ilusión que los nacionalistas no podrían prescindir de los militares republicanos de antiguo Ejército competentes en su especialidad: Casado lo era, sin duda. Y es harto probable que los agentes de Franco aseguraran a estos militares profesionales de la República que sus servicios en pro del cese de la resistencia les serían reconocidos con ventaja para su carrera. Con algunos, el Caudillo fue generosos después.

Negrín había ascendido a Casado a general y Casado había recibido el ascenso con satisfacción, según afirma el general Hidalgo de Cisneros, en cuya presencia dio el coronel órdenes para que prendieran las nuevas insignias en su uniforme. Pero a poco cambió de parecer, y cuando se sublevó lo hizo como coronel. Había comprendido que la categoría de general le perjudicaría en el futuro ante Franco, y los hechos justificaron su recelo.

Reiteremos que el papel de los nueve puntos nos presenta al Consejo de Defensa plenamente extrañado de la realidad. Esta junta era mucho más ambiciosa, siendo militarmente mucho más débil, que el gobierno Negrín. Negrín se hallaba al frente de fuerzas militares que, bien dirigidas y administradas, hubieran dado a Franco serias preocupaciones, porque nunca se insistirá bastante en que la prolongación de la guerra no era, a pesar de sus victorias, deseable para Franco. La junta del coronel Casado no tenía propósito de combatir y había aniquilado la mayor parte de los medios de resistencia que pasaron a su poder.

En aquella situación, la República estaba encomendada a la voluntad de los fascistas y los fascistas lo sabían. Y si antes menospreciaba Franco el anhelo de paz condicional de los republicanos, ahora reaccionaba respecto de las aspiraciones del Consejo de Defensa con estúpida, pero explicable soberbia. Los de Burgos declaraban que Franco considera como una injuria grave todo paso que se dé cerca de él para llegar a una paz con condiciones, ya que, como ha dicho repetidas veces, solo aceptará una rendición absolutamente incondicional.

En la mañana del 11 de marzo, el Consejo aprobó el documento de los nueve puntos y decidió comenzar las negociaciones de paz con el gobierno nacionalista. Es decir, ya habían pedido la paz repetidamente por la radio, logrando solamente respuestas inciviles de los fascistas, y ahora iba a ver quiénes eran los fascistas de Madrid aceptables para Franco como intermediarios.

Asunto tan importante se llevó —apunta Casado— con el mayor secreto. La reunión del Consejo tuvo lugar por la mañana, y por la tarde se presentaron a Casado, espontáneamente, con la audacia de los poderosos, los representantes de Franco en Madrid. Los representantes de Franco en Madrid conocían ya el documento de las condiciones de paz del Consejo. Un consejero traidor los había informado de todo.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 392-396.

Las negociaciones

El agente principal de Franco en Madrid era el teniente coronel de Artillería Cendaños, ¡jefe de uno de los departamentos militares de la República! Le acompañaba otro sujeto. Cendaños felicitó a Casado por la decisión del Consejo de negociar la paz y le anunció que él y su acompañante se ponían a su disposición. La declaración de sus visitantes, tan impulsiva e inesperada, alarmó a Casado. Pensó —dice— detenerlos y juzgarlos sumarísimamente por alta traición, pero prefirió aceptarlos como enlaces para tratar con Franco.

Los representantes de Franco advirtieron a Casado

que los representantes del Consejo solo tendrían la misión de buscar un acuerdo con los nacionalistas sobre el modo de entregar la zona y el Ejército republicanos, puesto que el generalísimo exigiría en breve la rendición incondicional.R.B.: Casado, p. 210.

Casado respondió que el Ejército republicano estaba preparado para luchar hasta el final, y los agentes de Franco, con una sonrisa, sin duda, le alargaron un documento con las condiciones fijadas por el Caudillo

El Consejo de Defensa estudió detenidamente el papel. Se podía ver —anota Casado— que este documento había sido redactado tan hábilmente que, sin conceder nada, alimentaba la confianza en todos los que lo leyeran de buena fe.

El jefe de la junta, que se había alzado contra el gobierno impelido por la convicción de que él podía obtener mejores condiciones de paz que Negrín, advertía ahora, un poco tarde, que con aquel enemigo no se podía tratar. Las declaraciones hechas por los representantes del enemigo y un estudio de las concesiones que hacía el generalísimo —concluye amargamente el coronel— me hacían dudar de que hubiera posibilidad de negociar.

Con todo, Casado se calla su impresión.

Sin embargo, no quería yo que mi escepticismo afectara a los demás miembros del Consejo, porque teníamos que evitar la depresión y la excitación, las consecuencias de las cuales pudieran haber sido fatales. Mas a pesar de mi silencio, comprendí que los demás miembros del Consejo pensaban, como yo, que el general Franco se negaría a entablar conversaciones de paz.R.B.: Casado, p. 214.

Casado pidió a Burgos que aclarara el sentido de varias proposiciones, pero a Franco no le urgía contestar. Durante una semana las negociaciones estuvieron paralizadas, y el Consejo desesperó, quizás, por primera vez, de obtener la paz decente y honrosa que ya le iba saliendo tan cara en indecencias y en deshonor.

En este intervalo, el coronel pensó en ordenar la retirada del Ejército del Centro por el Tajo y se dispuso —dice— a organizar la evacuación de la población civil de Madrid. Pero el temor a acentuar la desmoralización decidió al Consejo a aplazar todo movimiento hasta el día 26.

La junta no tomaba ninguna medida porque, en síntesis, había prometido al pueblo la paz en condiciones de justicia y decoro y no osaba anunciar al público su fracaso. Nada se decía a los republicanos del estado de las negociaciones, pero la prensa —no tolerados los periódicos de oposición— insistía en persuadir a las gentes de que todo republicano que no hubiera asesinado ni robado podía mirar con confianza el porvenir. Se preparaba psicológicamente al pueblo para recibir sin alarmas a las tropas de Franco.

En su afán de aplacar las iras del Júpiter de Burgos, Casado ordenó que fueran puestos en libertad los presos fascistas. Los comunistas continuaron encerrados.

El 19 anunciaron al coronel que los representantes de franco deseaban verle. Cendaños y su acompañante le comunicaron que el generalísimo accedía a negociar, pero que los rechazaba a él y a Matallana como plenipotenciarios, en vista de su alta graduación militar. En lugar de ambos debían elegir dos oficiales del Ejército republicano, cuya sola misión consistiría en disponer los detalles para la rendición.

El Consejo convino que si bien Franco insistía en la rendición incondicional no era mal síntoma que se prestara a negociar.

Casado recomendó como negociadores por la junta al teniente coronel Antonio Garijo y al comandante de caballería Leopoldo Ortega, los dos pertenecientes al Estado Mayor.

Dos días después los agentes nacionalistas comunicaron a Casado un mensaje del generalísimo en el que se establecía que los representantes del Consejo se trasladaran a Burgos el 23, en aeroplano, que cruzaran Somosierra en vuelo directo y que aterrizaran en el aeródromo de aquella capital entre las nueve y las doce horas.

Antes de que el teniente coronel Garijo y el comandante Ortega pasaran a cumplir la misión que les habían confiado, Casado informó al cónsul británico en Madrid del desarrollo de las negociaciones, y este diplomático manifestó que no podía dar opinión oficial sobre tan importante extremo, pero en privado y amistosamente consideraba que ese era el único camino y quizás la única solución. Personalmente, yo estimé —dice Casado— que esta opinión particular del señor Milanés coincidía con la del gobierno británico.

Con el fin de ver cuáles eran las posibilidades de evacuación de los republicanos más seriamente amenazados por la venganza de los fascistas, Besteiro y Casado realizaron gestiones cerca de los cónsules de la Gran Bretaña y Francia. El cónsul francés no prometió nada en concreto y el señor Milanés declaró que el gobierno británico no tendría inconveniente en contribuir a la obra humanitaria de la evacuación con los barcos de guerra estacionados en la costa levantina española si el general Franco lo permitía.

Casado envió a París al Intendente General del Centro, Trifón Gómez, para asuntos relacionados con igual problema y para que gestionase el reconocimiento diplomático del Consejo de Defensa. Pero las potencias parlamentarias, cuyos agentes hicieron creer al Consejo de Defensa que contaría con su apoyo en cualquier dificultad, comenzaban a desentenderse de la tragedia republicana y dejaban a Besteiro y a Casado en la estacada. Ya no los necesitaban.

Los plenipotenciarios de la junta despegaron del aeropuerto de Barajas a las diez y media de la mañana del 23 de marzo. Con ellos viajaban los representantes de Franco en Madrid y eran portadores de un mensaje del Consejo Nacional de Defensa al Mando Nacionalista.

En este documento, suscrito solamente por Casado, se expresa el deseo de entregar la zona republicana.

en las mejores circunstancias posibles, sin efusión de sangre; se piden al gobierno nacionalista facilidades para la evacuación de las personas que deseen salir de España; se reclama que no se ofenda a Madrid con el desfile de fuerzas extranjeras; se propone la entrega del territorio republicano por zonas o teatros de operaciones, para que haya organización y orden, y se concluye prometiendo ayuda al gobierno nacionalista en el problema de la alimentación de la zona Centro.

Los emisarios de la junta estuvieron de regreso de Burgos a las siete de la tarde. Contaron sus aventuras. En el aeródromo de Burgos habían visto algunos alemanes, quienes tiraron varias placas del aeroplano Douglas en que viajaban. Pasaron a un pequeño edificio destinado a los aviadores. Fueron recibidos fríamente por los señores Gonzalo y Ungría, coroneles de Franco, con quienes se reunieron en el comedor de oficiales del aeródromo.

Los señores Garijo y Ortega transmitieron a sus interlocutores el plan del Consejo de Defensa, según el cual la zona republicana le sería entregada a Franco en el término de veinticinco días, por teatros de operaciones. Primero el Centro, luego Extremadura, después Andalucía y finalmente Levante.

Franco no aceptó la entrega por zonas y replicó con un elaborado y extenso plan de ocupación. El Caudilloexigía la entrega simbólica de la aviación republicana antes de las seis horas del veinticinco de marzo y la rendición del resto de las fuerzas militares de la República el día 27.

Los plenipotenciarios de la junta propusieron la firma de un pacto, pero los representantes nacionalistas aclararon que no se firmaría pacto alguno, que no habría ampliación de las concesiones y que el Consejo de Defensa tendría que ajustarse estrictamente a las instrucciones que le diera el generalísimo.

Casado decía que la actitud de los nacionalistas carecía de precedente en la historia.

El Consejo pidió a Burgos otra entrevista y el 25 contestó Franco concediéndola.

Otra vez aparecieron en el aeródromo de Burgos, para sostener el mismo punto de vista del Consejo, el teniente coronel Garijo y el comandante Ortega. Pero los representantes de Franco tornaron a rechazar el deseo de la junta de entregar la República por zonas, si bien accedieron a que se redactara un convenio que suscribieran ambas partes.

El teniente coronel Garijo quedó encargado de escribirlo. Y en esta tarea se hallaba ocupado cuando, a las seis de la tarde, un representante de Franco le comunicó que las negociaciones debían darse por rotas, supuesto que la junta no había entregado la aviación republicana en el plazo estipulado. A tan desconcertante noticia, los representantes del Caudillo añadieron la conminación de que los emisarios del Consejo de Defensa abandonaran Burgos al instante.

Lo avanzado de la hora y las malas condiciones atmosféricas en que se les obligaba a emprender el vuelo motivaron una lamentación de los militares republicanos, pero no consiguieron ablandar el corazón de sus antagonistas.

El teniente corone Garijo y el comandante Ortega salieron, pues, de Burgos, afrentados.

A las siete y media de la tarde llegaron a Madrid, y el Consejo, después de escuchar a sus defraudados plenipotenciarios, resolvió entregar la aviación republicana al día siguiente, 26. En tal sentido dirigió a Burgos un radiograma; pero Franco respondió con otro en el que invitaba al Consejo a que ordenara a las fuerzas republicanas de las primeras líneas, que alzaran bandera blanca y comenzaran la rendición.

El ultimátum de Burgos fue seguido de tres ataques a cargo de las fuerzas fascistas, uno en Pozoblanco hacia Almadén, otro de Toledo a Mora y otro hacia las colinas de Ocaña. Solo en estos sectores hostilizaron las tropas de Franco al Ejército republicano y aun estas agresiones las realizaron con muy escasas fuerzas, según el propio Casado.

En los ejércitos de Levante y Andalucía —agrega el coronel— nuestras fuerzas permanecieron en sus posiciones sin ser atacadas por el enemigo. Si este avanzó sobre Almadén y Mora de Toledo lo hizo, no con idea de aislar al ejército de Extremadura, sino simplemente con objeto de obligar a nuestras fuerzas a retirarse, de suerte que pudiera ocupar la zona rápidamente y sin lucha.

En este momento, como desde la caída de Cataluña, la preocupación esencial de Franco le llevaba a evitar nuevos combates. Temía el dictador que las fuerzas republicanas, desobedeciendo al Consejo de Defensa, ofrecieran resistencia; y la benevolencia con que los fascistas acogían a los militares republicanos que se rendían (en contraste con la crueldad con que los trataron después) era debida al temor de que actos de violencia de su parte provocaran una reacción en las fuerzas republicanas.

No le faltaban motivos a Franco para recelar oposición, porque la junta del coronel Casado era ya un pelele tragicómico. No pudo entregar la aviación, aun habiéndolo acordado, porque buen número de los pilotos huyeron a Orán con los aparatos. Y cuando el pueblo republicano supo que tenía que rendirse incondicionalmente se sintió, naturalmente, perdido y angustiado. Las gentes, como tantas veces hemos dicho, ansiaban la paz, pero nadie concebía la entrega al enemigo de ocho millones de habitantes, diez provincias y un ejército glorioso de 800.000 hombres sin alguna concesión o garantía compensadora.

La alarma y el descontento públicos forzaron al Consejo a dirigirse por la radio a los republicanos. El 26 por la noche desfilaron por el micrófono varios consejeros y líderes comprometidos en la política del coronel Casado. José del Río, secretario del Consejo, dijo, entre otras cosas.

El Consejo Nacional de Defensa ha sido sorprendido por lo que ha pasado y no puede comprender las intenciones del gobierno nacionalista, a quien le ofreció todo lo necesario para la rendición de la zona republicana en las mejores condiciones posibles.

El coronel Casado debió de dejar confusos a sus oyentes con esta revelación.

Puedo asegurar que en toda la zona leal nada ha acontecido que no estuviera en los planes concebidos por nosotros al tomar el poder constitucional de la España republicana el 5 de marzo.

Pero el discurso más notable fue el de González Marín, anarquista y consejero de Hacienda y Economía en la junta.

Para realizar la reorganización total de este país y dedicar las energías del pueblo a la guerra —afirmó— no teníamos más remedio que derribar al gobierno Negrín, actuando por encima de consideraciones de carácter constitucional y jurídico...R.B.: Casado, p. 243.
R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 392-402.

La desbandada

En la tarde del 27 de marzo los soldados republicanos comenzaron a abandonar los frentes. El jefe del ejército del Centro pidió instrucciones a Casado y el coronel le mandó que no se opusiera a la desbandada. A las siete de la mañana del 28, el mismo jefe del ejército del Centro recibió la orden de ponerse en contacto con los nacionalistas para ejecutar formalmente la rendición; y cuando este jefe republicano compareció ante los generales de Franco en el Hospital Clínico, Casado consideró que su misión en Madrid había terminado y se dispuso a salir para Valencia para liquidar los demás ejércitos del mismo modo..

El coronel marchó en su automóvil oficial al aeródromo en que le esperaba el aeroplano que le trasladaría a la capital levantina. Desde el avión divisó columnas de camiones y grupos de soldados que se marchaban a sus casas, comprendiendo, quizás, la inutilidad de su magnífico sacrificio.

El coronel se encontró con la guarnición de Valencia alarmada. Mandó que formaran las tropas y les dijo que según las promesas de Franco, todo el que no hubiera cometido crímenes de sangre quedaría en libertad.

En la misma Valencia, ante los miembros de la Delegación Internacional y una docena más de personas, Casado declaró.

El generalísimo Franco me ha prometido que no se opondrá a la evacuación. No ha firmado ningún documento, porque eso hubiera sido una humillación que no pude exigirse de un vencedor; pero ustedes pueden confiar en su palabra. Todas las promesas que me ha hecho las ha cumplido.

En la mañana del 29 prácticamente todos los ejércitos republicanos se habían disuelto y a las once Casado dio instrucciones para la rendición, aun comprendiendo que semejante acto carecía de sentido.

La junta había aconsejado a los republicanos que querían huir que se concentrasen en Alicante y en este puerto se contaron pronto unas diez mil personas deseosas, con la ansiedad imaginable, de salir de España.

Los miembros del Consejo de Defensa, reunidos en Valencia con Casado —salvo Besteiro y algún otro, que prefirieron permanecer en Madrid— decidieron marchar al puerto de Gandía, donde, con otros cien españoles, embarcaron para Inglaterra en el buque de guerra británico Galatea.

En el puerto de Alicante no hubo barcos para la evacuación, y la multitud innumerable de fugitivos, entre los que se encontraban de dos a tres mil niños y mujeres, fue inmediatamente rodeada por las fuerzas italianas del general Gambara. Indescriptible desesperación anonadó a muchos y en pocas horas se registraron cuarenta y cinco suicidios.

Del puerto de Alicante, la mayoría de los hombres fueron conducidos al campo de concentración de Albatera, donde pronto se apretaron 17.000 o 18.000 republicanos en un espacio acotado por la República para 800 personas. Durante varios meses vivieron a la intemperie, prácticamente sin alimentación, a menudo sin agua. Dos o tres veces a la semana, oían los reclusos las detonaciones de los fusilamientos de republicanos que habían intentado fugarse o injustamente acusados de haberlo pretendido.

Fue por entonces cuando se inició una reacción que nos permitió discernir por qué habíamos luchado y por qué hubiera sido útil el mantenimiento de la resistencia.R.B.: Rodríguez Vega, de UGT, conferencia en México, 10-III-1943.
R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 402-404.

El exterminio de los republicanos

Del campo de concentración de Albatera, a la vuelta de varios meses, fueron saliendo los republicanos para ser procesados y juzgados. La entrada en Madrid —relata Rodríguez Vega— nos dio una idea de cual iba a ser el panorama de espanto, de dolor y de tragedia que habríamos de presenciar o vivir por espacio de unos años: apaleamientos de compañeros, palizas propinadas sin respetar sexo ni edad, lo mismo a un anciano que a una mujer; tormentos refinados que en el tiempo que yo estuve en aquella comisaría —la de la calle de Almagro— dieron lugar a tres suicidios...

En julio de 1939 visitó a España, invitado por Franco, el conde Ciano. Acedía a participar, con innegable derecho, de la victoria. En sus papeles diplomáticos escribió:

Todavía hay muchas ejecuciones. Solo en Madrid entre 200 y 250 diarias; en Barcelona, 150; en Sevilla, una ciudad que nunca estuvo en manos de los rojos, 80... Durante mi estancia en España, habiendo en las cárceles más de 10.000 condenados a muerte a la espera del inevitable momento de la ejecución, solo dos, repito, solo dos peticiones de perdón me fueron hechas por las familias.R.B.: Ciano´s Diplomatic Papers, p. 294.

Acusados de rebelión —denunciaba Mr. A. V. Phillips en 1940— cientos de miles de españoles están siendo condenados a muerte, cientos de miles a treinta años de presidio, y a cientos de miles más se les imponen penas de veinte, doce o seis años de prisión.

Según Mr. A. V. Phillips, a fines de 1939 cien mil republicanos habían sido ya ejecutados por Franco en lo que era a principios de ese año zona republicana. A. V. Phillips, autor del folleto Spain under Franco, residió en Madrid desde 1927 hasta 1939. Fue corresponsal de Reuter, la Exchange Telegraph Company y el News Chronicle de Londres.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo III págs. 404-405.