Guerra civil en Castilla

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Conflicto entre 1475-1480. La unión dinástica encarnada por los Reyes Católicos sobrevino tras difíciles avatares, particularmente en Castilla, donde Isabel precisó una guerra (1475-1480) para despejar por completo su acceso al trono.

En 1465 había tomado partido por su hermano Alfonso, contra el hermanastro de ambos Enrique IV. Al morir Alfonso sus partidarios quisieron proclamar reina a Isabel; ella solo se declaró legítima heredera y sucesora (1468).

Enrique IV, al aceptarla como tal en el acuerdo de los Toros de Guisando, reconocía la ilegitimidad de Juana la Beltraneja. Pero se arrepintió en 1470, molesto porque Isabel —en una opción decisiva para el devenir hispánico— se había casado con Fernando de Aragón sin su consentimiento y seguía considerándose sucesora.

La ilegitimidad de Juana, una niña entonces de ocho años, cobró fuerza. Hasta la muerte del rey, los príncipes ganaron adeptos entre la alta nobleza, prometiendo respeto a sus intereses a cambio de apoyo para una autoridad monárquica firme. De modo que Isabel fue proclamada reina en Segovia inmediatamente (12-XII-1474).

Rivalidad entre Castilla y Portugal

El conflicto sucesorio no tardaría en estallar. Desde marzo de 1475, en que Alfonso V de Portugal asumía la defensa de su sobrina Juana y de la unidad Portugal-Castilla en lugar de Castilla-Aragón, hasta las paces firmadas en Alcáçovas, pasarían años de incertidumbre; si bien la guerra se inclinaría pronto del lado de Isabel y Fernando, tanto en el plano militar como en el político. Tras enfrentamientos de tanteo en mayo, se apreció, no obstante, la inferioridad de las fuerzas isabelinas.

Para allegar recursos, reunió Cortes en agosto en Medina del Campo. La indigencia del reino forzó a Isabel a obtener en prestamo la mitad de la plata de las iglesias, unos treinta millones de maravedíes a resarcir en tres años; con ellos pudo armar su ejército.

Ciudad Rodrigo y Badajoz, estratégicas plazas fronterizas, estaban con Isabel, quien pasó por Toledo y se instaló en Tordesillas, mientras Alfonso V y Juana la Beltraneja se proclamaban reyes en Plasencia, donde celebrarían esponsales al amparo de Álvaro de Stúñiga.

El portugués desde Toro, Zamora y Arévalo, intentó establecer una vía de contacto, a través del Duero y Burgos, con los posibles refuerzos franceses. Pero Luis XI de Francia no intervino hasta septiembre: más que atacar Castilla, pretendía reforzar su dominio en Rosellón y Cerdaña, y entorpecer la poderosa alianza Castilla-Aragón. Con el invierno se aplacó la guerra en los distintos frentes: Duero, Galicia, marquesado de Villena, Campo de Calatrava, Extremadura y Andalucía.

Los juanistas perdieron en tanto el castillo de Burgos y la ciudad de Zamora, y, al reanudarse las campañas en 1476, la batalla de Toro les fue adversa: Fernando había tomado Zamora sin lucha y cercaba su castillo. Alfonso V quería negociar desde Toro, más los refuerzos venidos con el príncipe Juan le animaron a rodear a los sitiadores. En esta situación se iba a encontrar él cuando, en ayuda de Fernando, acudieron los infantes de Aragón y el duque de Benavente.

Tuvo que huir el 1 de marzo. Las tropas de Fernando le alcanzaron por la tarde en Campo Peláez. Los portugueses no rehusaron el combate, al contrario: el propio príncipe Juan lo inició, siendo detenido por el cardenal Mendoza. La intervención del duque de Alba sobre el flanco derecho del enemigo decidió en principio una batalla poco cruenta, aunque la debandada nocturna supuso numerosas bajas en las filas de Alfonso V.

Poco después se rechazaba a los franceses en Fuenterrabía. También la batalla política se decantaba claramente a favor de los futuros Reyes Católicos gracias a una intensa acción de gobierno que culminó en las Cortes de Segovia y Madrigal en abril de 1476. La actividad diplomática de ese verano, con la inteligente actuación de Fernando en Vitoria, y su pacto con Leonor de Navarra, neutralizó este reinado frente a Francia.

En realidad, Alfonso V fue víctima de la diplomacia de Luis XI: viajó a su corte para obtener subsidios; al fracasar abdicó un tiempo en su hijo, retirándose a un monasterio en Honfleur. Pronto volvería a Portugal —Juan le restituiría la corona— para encabezar de nuevo la guerra contra Castilla. Paulatinamente, miembros remisos de la alta nobleza, incluido el marqués de Villena (perdida Trujillo, ciudad de su señorío), aceptaron el poder de Isabel y Fernando.

Estos evidenciaron de nuevo su tacto político con la nobleza andaluza, granjerada para la causa durante su larga estancia en la región (julio de 1477-diciembre de 1488). Desde allí continuaron autorizando expediciones —sin mucho éxito— a Guinea, atentando contra el exclusivismo portugués. Con todo, los escenarios bélicos estaban en retroceso: en octubre de 1478 Luis XI firmaba el tratado de San Juan de Luz sobre el Rosellón, renunciaba a la guerra. Sólo quedaban en armas áreas de Galicia y Extremadura.

A principios de 1479 el conflicto quedaría visto para sentencia. En enero moría Juan II de Aragón; Fernando se convertía en rey y se consumaba la unión dinástica. En febrero, las tropas portuguesas enviadas al foco extremeño, en auxilio de la condesa de Medellín y de Alfonso de Monroy, caían derrotadas en Albuera. Sólo quedaba el conde de Camiña en Galicia, cuya peculiar rebeldía sería resuelta por el gobernador real Fernando de Acuña en 1480.

Los portugueses, sobre todo el entorno del heredero, comprendieron la inutilidad de continuar. Los últimos y más conspicuos rebeldes se avinieron a la paz, que llegó el 4 de septiembre en la Tercerías de Moura o Tratado de Alcáçovas. La propia Isabel y su tía Beatriz, duquesa de Viseo y de Braganza, habían preparado el terreno en marzo en las vísperas de Alcántara. Alfonso V y Juana la Beltraneja renunciaban al trono, y sus seguidores eran perdonados y recuperaban sus bienes.

Se restablecía la buena vecindad con Portugal y se consolidaba la relación dinástica, al acordarse el matrimonio de la infanta castellana Isabel con el infante portugués Alfonso, y ofrecer a Juana la futura boda con Juan, único heredero varón de Castilla y Aragón. Ella preferiría retirarse al Convento de santa Clara de Coimbra, donde seguiría siendo utilizada por maquinaciones políticas. En cuanto a las disputas atlánticas, incrementadas por la guerra, Castilla veía refrendados sus derechos sobre Canarias y Portugal se reservaba el monopolio al sur del cabo Bojador.

R.B.: GÓMEZ RIVAS, Fernando, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 584-585.

Guerra de las Alpujarras

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1500-1501. En las capitulaciones que en Granada se firmaron en 1492 se reconoció a los musulmanes la conservación del culto mahometano y de su ley religiosa. Sin embargo, Cisneros quiso imponer una conversión forzosa a los mudéjares granadinos dejando a un lado la política de atracción que hasta entonces llevaban a cabo con gran acierto el conde de Tendilla, nuevo gobernador militar de la ciudad conquistada, y fray Hernando de Talavera, primer obispo de Granada. Cisneros ordenó quemar en la plaza de Bibarrambla algunos ejemplares del Corán, mandando retirar antes los libros científicos que fueron depositados en el colegio de San Ildefonso de Alcalá de Henares.

Los moros descontentos provocaron en el Albaicín un primer intento de sublevación, que pudo haberle costado a Cisneros la vida si no hubiera intervenido a tiempo el obispo Talavera. Preocupados los Reyes Católicos por el cariz que tomaban los asuntos granadinos, ordenaron se instituyera un proceso y los del Albaicín, temerosos de ser objeto de represalias, prefirieron convertirse por conveniencia.

Pero mientras tanto el eco de la sublevación se había corrido por toda la sierra granadina y en enero de 1500, prácticamente la Alpujarra entera estaba en pie de guerra. Al frente de las tropas españolas que marchaban a someterles iban Tendilla y Fernández de Córdoba, pero al poco tiempo el rey Fernando en persona asumió el mando del ejército. En seguida se conquistan las plazas de Guejar, Mondújar, Lanjarón y Lonjar y los moros de la Alpujarra, de Guadix, Baza y Almería deciden someterse.

Pero en 1501, y con más fuerza, rebrota la sublevación a lo largo de toda la sierra de Filabres, pasando después a la serranía de Ronda. El ejército de Castilla contaba con jefes de la categoría del conde de Cifuentes, conde de Ureña y Alonso de Aguilar, el hermano del Gran Capitán, que sufrió un peligroso descalabro que le costó la vida en Sierra Bermeja. El mismo don Fernando decidió castigar a los moros, pero estos, temerosos de una feroz represalia, prefirieron entregarse.

El rey quiso ser benigno, mas siguiendo las ideas de Cisneros, acabó por obligar Pragmática del 11-II-1502 a todos los mudéjares de Castilla y León a elegir entre la salida inmediata de España o la conversión al cristianismo. La mayor parte optó por la conversión, que solo ventajas podía reportarles. Los conversos empezaron a ser considerados como moriscos y pasaron a constituir una de las capas sociales más importantes de la Península, pues prácticamente sobre ellos caía todo el peso d ela agricultura.

R.B.: ALONSO-CASTRILLO, Álvaro, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo A-E, págs. 188-189.

Guerra de las Comunidades

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Duró un año escaso (1520-1521), en el que afloraron múltiples y complejos factores de conflicto que Castilla arrastraba, en parte, desde la muerte de la reina Isabel. Entre febrero y mayo de 1520 los sucesos de las Cortes de Santiago-La Coruña precipitaron la sublevación. Antes de zarpar el 20 de mayo, Carlos I supo que Toledo se había alzado en comunidad, deponiendo al corregidor.

Ejecución de los comuneros de Castilla en Villalar el 24-IV-1521, visto por Antonio Gisbert, año 1860Ejecución de los comuneros de Castilla en Villalar el 24-IV-1521, visto por Antonio Gisbert, año 1860.

La iniciativa toledana se generalizaba en junio: Zamora, Toro, Madrid, Guadalajara, Alcalá, Soria, Ávila, Cuenca, Burgos, Salamanca, León, Murcia, Mula y Alicante constituyeron su comunidad, aunque todavía no actuaban unidas, y la moderación aristocrática se impondría en Burgos, Zamora y Guadalajara. En Segovia habían ahorcado a dos recaudadores y un procurador.

El cardenal regente, Adriano de Utrecht envió tropas con el alcalde Ronquillo, pero se retiraron ante Juan Bravo y los segovianos. Se pretendió, entonces, enmendar esta derrota con la artillería de Medina del Campo, que no la cedió para ir contra Segovia, su proveedora de paños. Un catastrófico incendio en Medina durante el asedio de las tropas de Antonio de Fonseca el 21 de agosto reanimó el movimiento.

La Santa Junta, convocada por Toledo desde el día 1 en Ávila, recibió representantes de más ciudades. Las tropas comuneras de Padilla, Bravo y Zapata, acogidas efusivamente en Medina y dueñas de su arsenal, entraron el 29 en Tordesillas, residencia de la reina doña Juana. Esta accedió a que los comuneros trasladaran la Junta allí, buscando mayor legitimación.

En septiembre, los procuradores de trece ciudades castellanas asumían el poder del reino, momento de máximo apogeo de la Junta y de la causa rebelde. El rey dictó medidas para dividir a las ciudades y ganarse a la nobleza territorial, acosada ya por los movimientos antiseñoriales. Asoció a la regencia al condestable Íñigo de Velasco y al almirante Fadrique Enríquez. La Junta, para evitar la reunión de los regentes, envió soldados a Valladolid.

Lograron detener a algunos consejeros y al cardenal Adriano; pero este consiguió escapar pronto hacia Medina de Rioseco, porque el partido comunero no controlaba plenamente la capital. En tanto, Burgos, Soria y Cuenca abandonarían la rebelión, adoptando la primera una posición hostil por sus intereses comerciales y su vinculación con el condestable.

Surgieron facciones dentro de una Junta deseosa de ofrecer imagen de orden y moderación; cada tema suscitaba controversias: los levantamientos anti señoriales, el apoyo inconcreto de doña Juana —no firmaba ningún documento—, la amenaza de los grandes, que condujo al error de nombrar a uno de ellos, Pedro Girón, capitán general, mientras Padilla, despechado, se retiraba con sus huestes...

Estas disensiones permitieron la reorganización del bando imperial, que el 31 de octubre declaraba la guerra a la Junta. El ejército realista se reclutó en tierras de señorío con el apoyo financiero inicial del rey Manuel de Portugal. Francia aprovecharía la desprotección de la frontera, acentuada al quedar Fuenterrabía sin su artillería.

La Junta utilizó entonces su antiseñorialismo restringido a los nobles más decantados. Demasiada cautela e indecisión como reflejan los sucesos de principios de diciembre: Pedro Girón y el obispo de Zamora, Antonio Acuña, belicoso comunero, sitúan sus fuerzas en Villabrágima; el almirante desde la próxima Medina de Rioseco todavía prefiere la negociación, que deriva el día 3 en la sorprendente marcha del ejército comunero sobre Villalpando.

El almirante, ante el camino libre hacia Tordesillas, la conquista dos días después. La reina, como el emperador deseaba, quedó en su poder junto a trece diputados. Este significativo hecho obligó a los comuneros a trasladar la Junta a Valladolid desde el 10 de diciembre, y a fomentar ya sin duda las revueltas antiseñoriales. Girón dimitía ante los rumores de su traición. La Junta apeló de nuevo al popular Padilla, aunque quiso nombrar capitán general a Pedro Lasso de Vega, del sector más moderado.

Seguían sus contradicciones y las negociaciones de paz paralelas a las operaciones militares de Padilla y Acuña. Este fue enviado a Toledo, donde entró apoteósicamente el 29 de marzo. Mientras, Padilla tomaba la estratégica Torrelobatón (25 de febrero). Pero una tregua obtenida por Lasso —pronto en el bando imperial— y aceptada por Padilla, y divergencias entre la comunidad de Valladolid y la Junta inmovilizaron al ejército comunero, en el que cundían la desmoralización y las deserciones.

Dejaron pasar la última oportunidad a los ejércitos divididos de los Grandes, quienes tampoco habían demostrado mucha unidad y decisión. Su victoria en Villalar supuso el golpe mortal a las aspiraciones comuneras, pese a que Toledo persistiera en su rebeldía durante nueve meses más. El emperador volvió en julio de 1522, pero hasta el 28 de octubre no firmó un perdón del que quedaron exceptuados trescientos comuneros.

R.B.: GÓMEZ RIVAS, Fernando, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 569-570.

Guerras de Portugal

Primera Guerra 1580.

Cuando muere el rey portugués Juan III (1521-1557) deja como sucesor a su nieto, don Sebastián, de tres años de edad. El último monarca de la casa Avís era hijo póstumo del príncipe don Juan y de doña Juana, hermana de Felipe II, y había nacido en 1554.

Ocupó la regencia durante su minoridad su abuela doña Catalina, que entrega su educación a los jesuitas en unos años en que se había exacerbado en la Compañía su celo religioso, lo que acentúa el carácter impulsivo y soñador de don Sebastián, cuyo único anhelo es luchar contra los infieles de África desde su subida al trono en 1568.

De nada valen los consejos de sus capitanes y parientes —incluido de su tío Felipe, que le advierte de los peligros— y así, en 1578 se lanza a la aventura en Marruecos con un ejército de diecisiete mil hombres —portugueses, alemanes, italianos y españoles (unos dos mil)— que entra en combate el 4 de agosto en Alcazarquivir Ksar-el-kebir, donde es destrozado, muriendo el propio don Sebastián, muerte que el sentimiento portugués no quiere creer, dando origen a la leyenda sebastianista del buen rey que volvería cuando el pueblo lo necesitase.

El nuevo monarca, el anciano cardenal-infante don Enrique, abre la cuestión sucesoria, pues la herencia del rico Portugal suscitaba muchas ambiciones. Los pretendientes son Felipe II, doña Catalina de Braganza, don Antonio, prior de Crato, descendientes de infantes o reyes lusitanos y, más lejanos, Catalina de Médicis, los duques de Parma y Saboya e incluso el papa Gregorio XIII.

El que tiene mejores derechos y obra con más habilidad es el rey español asesorado por el cardenal Granvela, que llega de Roma en 1579 y, especialmente por el inteligente diplomático portugués don Cristóbal de Moura, artífice de difíciles gestiones que culminan en el reconocimiento de Felipe II como rey portugués en las Cortes de Almeirín (1580) con la promesa por parte del nuevo monarca de mantener celosamente los fueros y las leyes lusitanas.

Desde este momento se inicia el conflicto bélico, pues mientras una gran parte de la nobleza, el alto clero y grupos de comerciantes aceptan esta decisión que les garantiza la ayuda española para proteger el Imperio colonial, el pueblo, movido por un fuerte sentimiento nacional, se agrupa en torno al bastardo don Antonio, que recibe además en apoyo de Francia e Inglaterra y el de los judíos portugueses. El fervor popular se concentra en Lisboa, donde incluso se forman batallones de mujeres para defender la causa del prior de Crato.

Ante esta situación, Felipe II —que se desplaza a Badajoz, donde enferma gravemente y donde muere su esposa Ana de Austria— despliega su ejército. Por tierra envía al duque de Alba, al que levanta el confinamiento que sufría en Uceda —el rey me manda encadenado a conquistarle reinos, comentará— que llega a la vista de Lisboa (25-VIII-1580), fecha de la batalla de Alcántara, donde obtiene un contundente triunfo sobre las indisciplinadas huestes de don Antonio, que huye hacia Oporto para ser de nuevo derrotado por el veterano capitán español Sancho Dávila. La operación de conquista se completa con la llegada al estuario del Tajo de la escuadra mandada por Álvaro de Bazán.

La victoria fue total y Felipe II entra en Lisboa, en la que permanecerá dos años. Reunidas las Cortes en Tomar (abril de 1581), ante ellas jura como rey, a la vez que ratifica su compromiso de mantener en su propia personalidad histórica y jurídica al reino de Portugal como una pieza más de su monarquía.

Los portugueses siguieron fieles a este compromiso durante los reinados de Felipe III (1598-1621) y Felipe IV (1621-1640), mientras la unidad les beneficiaba, rompiéndolo en 1640 cuando esta hermandad les resulta inútil y aun peligrosa.

Segunda Guerra 1640-1668.

En 1640, los portugueses, después de sesenta años de hermandad con la Monarquía de Madrid, se sentían descontentos y consideraban que la unión no les reportaba ningún beneficio a diferencia de 1580, por lo cual se agrupan en torno a la vieja rama nacional de los Braganza y, tras unos motines precursores —Évora, 1637—, el 1-XII-1640 Juan Pinto Ribeiro, mayordomo de los duque de Braganza, proclama en Lisboa rey a su señor don Juan (IV), casado con la española doña Luisa de Guzmán.

Desde ese mismo día se inicia la lucha contra Felipe IV en los dos frentes bien definidos: el planteamiento internacional de su causa y la guerra abierta, hábilmente conducidos por los dirigentes de la revuelta, nobleza y clero, apoyados por los jesuitas y con el entusiasmo popular.

En lo primero acuden con éxito a Inglaterra y Francia, con quienes conciertan tratados de amistad y ayuda, que se repetirán cuantas veces sea preciso a lo largo de la dilatada guerra que se extiende desde ese mismo año de 1640 hasta 1668, en que se firma la paz con el rey español Carlos II con el reconocimiento de su independencia o restauración.

El ataque portugués sorprende a la Monarquía hispana empeñada en otra guerra, la de Cataluña, y en un momento de evidente decadencia militar —derrotas de las Dunas (1639) y de Rocroi (1643)—, por lo que la lucha a lo largo de la frontera lusa será poco brillante, pespunteada de avances y retiradas, con un ejército sin brío, formado en la mayoría de los casos por gentes reclutadas a la fuerza y carente de capitanes como en otros tiempos.

En cambio, por parte de los enemigos, al entusiasmo inicial vino a unirse una entrega total y bien organizada de la guerra, que les permitió superar contratiempos y derrotas hasta alcanzar la victoria final. Cuentan, además, desde el primer momento con el aliento de sus colonias que, excepto Ceuta, reconocen al nuevo rey. Al principio los portugueses se dedican a devastar el sur de Galicia sin llegar a penetrar a fondo.

En 1644 el ejército español, al mando del marqués Torrecusa, se enfrenta al enemigo en la batalla de Montijo, que queda indecisa. Al año siguiente, el marqués de Leganés sitia la plaza portuguesa de Olivenza, mientras las tropas del portugués Castelho Melhor entran por tierras de Badajoz, quedando la situación estabilizada durante algunos años. En 1658 tiene lugar uno de los episodios más destacados cuando los lusitanos ponen sitio a Badajoz, que es bien defendido por el marqués de Lanzarote.

En cambio, en 1659 los portugueses se tomarán venganza cuando, al intentar don Luis de Haro tomar la plaza de Elvas, es rechazado por Luis de Meneses, conde de Castañeda, en la batalla de las Líneas de Elvas. Entre esa fecha y 1663, la suerte es varia, con algunos triunfos del nuevo jefe español, don Juan José de Austria (conquista de Aronches y Évora, hasta llegar a pocas leguas de Setúbal), pero los portugueses hacen un esfuerzo supremo, ayudados por franceses e ingleses, y obtienen las dos victorias decisivas de esta guerra: Ameixial (1663) y Montes Claros (1665).

La España de Carlos II no tiene más remedio que conceder la independencia en el Tratado de Lisboa-Madrid, de 13 de enero de 1668.

R.B.: CEPEDA GÓMEZ, José, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 592-594.

Guerras contra Francia

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Las cuatro guerras que enfrentaron a Carlos V y Francisco I tenían su origen en la posesión de los ducados de Borgoña y Milán, el dominio de Italia, y, dada la elección de Carlos al trono imperial —en contra de las pretensiones de Francisco—, el cerco que los territorios de los Habsburgo ejercían sobre Francia.

Primera guerra, 1521-1526.

La primera guerra entrambos tuvo lugar entre 1521 y 1526. Aprovechando las dificultades internas de Castilla, por el movimiento comunero, Francisco I orden invadir Navarra —recientemente incorporada a España y disputada por ambas monarquías—, ocupando las tropas francesas Pamplona; pero, tras ser vencidos en las Navas de Esquiroz, se vieron obligados a repasar los Pirineos.

En Italia, principal escenario de la guerra, los franceses son expulsados de Milán por Próspero Colonna. Los Sforza, como feudatarios imperiales, se instalaron en Milán. Con Adriano de Utrecht como papa y la alianza de Carlos con Enrique VIII (Windsor, 1522) —invasión de Picardía por Tomás Howard, duque de Norfolk—, la situación de Francisco I es desesperada. Reacciona y hace retroceder a los ingleses hasta Calais y ordena a Bonnivet la reconquista del Milanesado.

Aquél es rechazado y los imperiales penetran por la Provenza hasta Marsella, para posteriormente retirarse. En 1524, Francisco I, a la cabeza de su ejército, ocupa el Milanesado. Antonio de Leiva se refugia en Pavía, donde acuden los imperiales y derrotan a los franceses. Prisionero Francisco I y conducido a Madrid, firmo el tratado de este nombre (1526). A cambio de su libertad, renunciaba a Italia, Borgoña y el Artois.

Segunda guerra 1526-1529.

La segunda guerra acaeció entre 1526 y 1529. En lugar de cumplir el Tratado de Madrid, Francisco I organiza la Liga de Cognac —con el papa Clemente VII, Venecia y Florencia— contra el emperador. Este en represalia ataca el eslabón más débil, y tropas del condestable de Borbón —que se había pasado al bando imperial— saquean Roma Saco de Roma, 1527).

Los de la Liga, con un ejército de cincuenta mil hombres al mando de Lautrec y una poderosa escuadra a las órdenes de Andrea Doria, pusieron sitio a Nápoles. Pero la defección de Doria y la muerte de Lautrec a causa de la peste salvaron la ciudad. Los sitiados tomaron la ofensiva y derrotaron a los franceses en Aversa. por la Paz de Cambrai o de las Damas (1529) se puso fin a esta guerra, renovándose en lo esencial el Tratado de Madrid.

Tercera guerra 1536-1538.

La muerte del duque Francisco de Sforza (1535) y las pretensiones simultáneas del emperador y Francisco I al ducado de Milán fueron las causas de la tercera guerra (1536-1539) con Francia. En febrero de 1536 invade el Piamonte y Saboya. Por su parte, el emperador tomó el mando de su ejército, compuesto por cincuenta mil infantes y diez mil caballos, e invadió Provenza y sitió Marsella, pero hubo de retirarse a Niza ante la falta de recursos. Por intervención del papa se ajustó entonces la tregua de Niza (1538).

Cuarta guerra 1541-1544.

Con el pretexto del asesinato de los embajadores franceses Fregoso y Rincón en Milán comenzó la cuarta guerra (1541-1544), aliándose el rey francés con elsultán turco Solimán el Magnífico. por su parte, Carlos V se alió con Enrique VIII, cruzando tropas inglesas el Canal. Francisco I invadió Artois, Flandes, Luxemburgo, y un ejército al frente del Delfín entró en el Rosellón, fracasando ante Perpiñán (1542). Mientras Solimán llegaba hasta Viena, Barbarroja, unido al duque de Enghien, tomaba Niza.

En Cerisola (1544) el duque de Enghien derrotaba al marqués del Vasto. Carlos V, una vez asegurada la neutralidad de la Liga Schmalkalden, invadió Francia, avanzando entre el Morsa y el Marne (1544), mientras Enrique VIII permanecía sitiado en Boulogne. La guerra concluyó con la firma de la Paz de Crespy (Crêpy), el 19-IX-1544.

Quinta guerra 1552-1555.

Una quinta guerra (1552-1555) tuvo lugar con Francia, esta vez contra Enrique II, sucesor de Francisco I, quien, aliado con los protestantes alemanes, invadió Lorena y se apoderó de los territorios episcopales de Toul, Metz y Verdún, que pertenecían al emperador. Volvió este a tomar el mando de un fuerte ejército de sesenta mil hombres y puso sitio a Metz, que hubo de levantar tres meses más tarde.

La guerra prosiguió todavía por espacio de tres años, pero fatigado Carlos V de tanta lucha, ajustó con Francia la tregua de Vaucelles (1555); al año siguiente abdicó todos sus estado hispanos en su hijo Felipe II, y en su hermano Fernando el Imperio.

Sexta guerra 1557-1559.

Apenas había Felipe II ocupado el trono, tuvo que hacer frente a la alianza concertada por el papa Paulo IV con Enrique II de Francia, para expulsar de Italia a los españoles. Rota la tregua de Vaucelles, Enrique II envió un ejército a Italia al mando del Duque de Guisa. A su vez Felipe II dispuso una invasión de picardía con ayuda inglesa. Un fuerte ejército al mando de Manuel Filiberto de Saboya, en una admirable operación estratégica, se presentó ante San Quintín, defendida por escasa guarnición.

El condestable de Montmorency acudió en socorro de la plaza, ante la que se libró la batalla del mismo nombre, con rotundo triunfo español (10-VIII-1557), que dejaba libre la ruta hacia París. El duque de Guisa, que regresó de Italia a toda prisa, consiguió reunir en breve plazo un ejército, con el que se apoderó de la plaza de Calais, en poder de los ingleses.

Seguidamente se hizo dueño de Thionville, en la frontera de Luxemburgo y, dividiendo su ejército, ordenó a su lugarteniente Termes que se dirigiese a Dunkerque, mientras él hacía una demostración sobre Cambrai, ante lo cual Filiberto, que había licenciado parte de sus tropas, se retiró a Maubeuge.

El duque de Saboya envió al duque de Egmont a batir a Termes, que una vez en posesión de Dunkerque, continuó a Newport, encontrándose con los españoles en Gravelinas, lugar donde se trabó un combate indeciso (julio de 1558). Ello, unido a las dificultades financieras, condujo a la paz de Cateau-Cambrésis (3-V-1559). El conflicto Habsburgo-Valois se caracterizó por la táctica de tablas en lo militar, moviéndose las dos potencias, exhaustas y en bancarrota, en una tosca sucesión de ataques y contraataques.

R.B.: BALDUQUE, Luis Miguel, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 590-591.

Guerras contra Francia

Primera Guerra 1635-1659.

Las luchas por el dominio europeo entre los Habsburgo españoles y los Borbones franceses fueron inevitables a lo largo del s. XVII. Tras una ayuda española a los calvinistas de la Rochela —que concluyó en 1626 con la Paz de Monzón— y el triunfo de la Francia de Richelieu en la guerra de Mantua —que consiguió colocar un candidato suyo en este ducado italiano por la paz de Cherasco (1631)—, Francia declaró formalmente la guerra a España en 1635, como consecuencia de la derrota de los suecos en Nördlingen.

La entrada de los franceses en la Guerra de los Treinta años —que se sentían encerrados dentro de sus fronteras por una Europa unificada por los Habsburgo— dio un giro radical al desarrollo de la misma, pues la ayuda de la católica Francia al bando protestante supuso la derrota de los imperiales y España. La habilidad de Richelieu consiguió el apoyo de Suecia Tratado de Compiègne, 1635) y de los príncipes alemanes, que aclamaron en Worms a Bernardo de Sajonia como jefe el mismo año.

El primer año de guerra fue favorable a España con la toma de Corbie (1636), a ochenta kilómetros de París. Por contra, la guerra llegaba a ambos lados de los Pirineos: se combatía en el Rosellón, y Fuenterrabía sufrió un fuerte asedio, hasta que se logró liberarla (1638). Pero Holanda, por su parte, aniquilaba en las Dunas (1639) a la flota española, y en el interior de la Península, el cardenal fomentó el descontento contra la política de Olivares, a través de las sublevaciones de Portugal y Cataluña (1640), que reconoció a Luis XIII de Francia como su soberano, ocupando a continuación el principado un ejército francés.

Desaparecidos Richelieu y Luis XIII, en 1643 caía Olivares, pero ese mismo año los franceses, al frente de Condé, derrotaban a los tercios españoles en Rocroi, decidiendo el curso de la guerra, confirmada por una nueva derrota en Lens cinco años más tarde. La paz se hacía necesaria, pues ambos bandos estabas exhaustos. Los tratados de Westfalia (1648) confirmaban un nuevo equilibrio europeo: España reconocía la independencia de las Provincias Unidas, el Imperio firmaba la paz con sus súbditos protestantes y Francia pasaba a ser la nueva potencia europea. pero la hora de la paz franco española no había llegado todavía.

Francia se obstinaba en ocupar Cataluña, que fue recuperada en una rápida campaña de don Juan José de Austria en 1652, aprovechando los acontecimientos de la Fronda. La situación se hizo desesperada para España al entrar la Inglaterra de Cromwell en la guerra y al ser derrotada en las dunas arenosas de Dunkerque en 1658. En 1659 se firmaba la Paz de los Pirineos, que trazaba la frontera hispano francesa, decana de las europeas, pasando el Rosellón a ser definitivamente francés, retornando Cataluña a la Corona española.

Guerra de la Devolución 1667-1668.

Durante el reinado de Carlos II la actitud agresiva de Luis XIV haría imposible la paz. Su objetivo eran los indefensos Países Bajos españoles. Estalló así la denominada Guerra de la Devolución (1667-1668), en la que el monarca francés —amparándose en una costumbre existente en el Brabante— ocupó, tras una victoriosa campaña, los Países Bajos y el Franco Condado, provocando la alarma de ingleses y holandeses, lo que dio lugar —tras la adhesión de Suecia— al nacimiento de la Triple Alianza de 1668.

Ello llevó a Luis XIV a la negociación con España en la paz de Aquisgrán (1668), que fue muy moderada en relación con los triunfos obtenidos por el rey francés. La soberanía española permaneció casi por completo sobre los Países Bajos y el Franco Condado.

Tercera guerra 1673-1678.

Todavía en tres ocasiones se rompieron las hostilidades hispano francesas; la agresión de Luis XIV a Holanda en 1673 y el temor a una alteración del equilibrio en Europa dieron como resultado la formación de la Gran Alianza de la Haya (1673) contra el monarca francés. Los resonantes triunfos de este a costa de la España de Carlos II condujeron a la paz de Nimega (1678), en la que aquella perdió el Franco Condado, entregado junto a Ypres y otras plazas flamencas. Apenas seca la tinta de este tratado, la incorregible belicosidad del rey francés y su abusiva interpretación de las cláusulas suscritas, por medio de las famosas reuniones, que eran simples anexiones de territorios sin base jurídica, provocaron otra guerra, que terminó con la paz de Ratisbona (1684).

Guerra de los Nueve Años 1686-1697

Por último, el recelo de la preponderancia francesa, capaz de alterar el equilibrio en el continente, dio lugar a una liga antifrancesa que se concretó en Augsburgo (julio de 1686), compuesta por España, el emperador, Holanda, Suecia y varios príncipes alemanes, y desde 1688, la Inglaterra de Guillermo de Orange, que de esta forma dio a la liga un considerable refuerzo.

Después de varios años de lucha y otras tantas derrotas españolas en Milán, Países Bajos y Cataluña (sitio de Barcelona, 1697), y deseoso Luis XIV de tener un embajador en Madrid para obtener del monarca español un testamento sucesorio favorable a su nieto Felipe (futuro Felipe V), se firmó la paz de Ryswick (septiembre de 1697), en la que el rey francés devolvió a España todas sus conquistas desde la paz de Nimega. Ello se debió tanto a la presión de las potencias marítimas, Holanda e Inglaterra, como al deseo de Luis XIV de conseguir, por vía diplomática, nada menos que toda la Monarquía española, o al menos una parte importante de esta.

R.B.: BALDUQUE, Luis Miguel, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 591-592.

Guerra de Cataluña

Contenido

1640-1652. Alzamiento secesionista catalán contra la monarquía austriaca española, de acentuado contenido de revuelta social entre las clases populares campesinas. También suele llamarse guerra de los Segadores. Tuvo su origen en una crisis de relaciones políticas entre los organismos institucionales catalanes (Generalidad y Consejo de Ciento de Barcelona) y la monarquía debida a las pretensiones fiscales de esta sobre el Principado.

Batalla de Montjuïc 1641Batalla de Montjuïc 1641. Pandolfo Reschi-Galeria Corsini Florenci.

La política imperial que la monarquía austriaca mantenía en Europa, imponía enormes gastos, que financiaba Castilla en su mayor parte con la plata procedente del monopolio del comercio indiano. Al iniciarse el s. XVII, este comercio había disminuido sensiblemente, y el conde duque de Olivares, primer ministro de Felipe IV, propuso un programa político encaminado a obtener, de los reinos no castellanos de la monarquía, la misma contribución en hombres y dinero que Castilla.

Las Cortes Catalanas de 1626 rechazaron este programa y se negaron, con argumentos constitucionales, a conceder el quint la quinta parte de las rentas de los municipios catalanes, especialmente de Barcelona, la unión de armas —Participación catalana en la formación de un ejército real único y permanente—, y el excusado —prestación eclesiástica concedida por el papa a la monarquía.—

El rey abandonó Barcelona sin clausurar las cortes y sin aprobar las medidas proteccionistas que pedía la burguesía artesanal urbana. Las Cortes de 1632 constituyeron un nuevo fracaso. La política imperial austriaca determinó que, en 1635, Francia declarase la guerra a España. Felipe IV mandó un ejército real para defender la frontera franco catalana y decretó la movilización de la nobleza catalana con los Pragmática Princeps nanque (1637), que aquella consideró anticonstitucional.

El establecimiento de un ejército mercenario en el país provocó el malestar del campesinado, obligado a sostener alojamiento de soldados y a pagar impuestos especiales para gastos de guerra, y sometido a intentos de reclutamiento.

La caída de Opol y Salses (Rosellón) en manos de Condé (1639) acentuó la tensión entre Madrid y Cataluña, esta última dirigida desde 1638 por la pequeña nobleza pirenaica, grupo social económicamente débil y políticamente inestable y radical (como el canónigo Pau Claris, presidente de la Generalidad, y Francesc de Tamarit, diputado militar de la misma, que tuvo un papel determinante en el conflicto.

Después de la recuperación de Salses (1640) el ejército real, temeroso de nuevos ataques franceses, permaneció en el país y se produjeron graves y frecuentes incidentes entre el campesinado y las tropas. Campesinos sublevados contra los Tercios entraron en Barcelona (22-V-1640), con la complicidad de las autoridades catalanas, y pusieron en libertad a Francesc de Tamarit, encarcelado por la autoridad real bajo la acusación de no facilitar desde su cargo los trabajos de reclutamiento y alojamiento.

Corpus de Sang

El 7-VI-1640, día del Corpus, grupos de segadores entraban de nuevo en la ciudad y se originaba un motín (Corpus de sangre), con la participación de las clases populares urbanas, en el que era asesinado el virrey, conde de santa Coloma, máximo representante de la alta aristocracia catalana colaboracionista con la monarquía; el motín fue seguido de diversos ataques a las propiedades de dicha aristocracia.

Corpus de SangEl Corpus de Sang, de H.Miralles (1910). ¡Viva la fe de Cristo!, «¡Viva la tierra, muera el mal gobierno!» fueron los lemas de los segadores que originaron la revuelta popular del 7-VI-1640, día conocido como el Corpus de Sangre..

Pau Claris, con la adhesión de la burguesía urbana, descontenta por la presión fiscal de la monarquía, concertó una alianza político militar con Francia. Pero en septiembre de 1640, este, con la alianza señorial, ocupaba la ciudad de Tortosa y reprimía duramente el alzamiento popular. La intervención militar francesa obtenía la victoria en la batalla de Montjuich (enero de 1641).

Durante la guerra las tropas de Luis XIII de Francia también provocaron enorme malestar entre la población campesina, y la administración política francesa, en la que destacó el visitador Pedro de Marca, tuvo graves conflictos por motivos constitucionales con los organismos políticos del país en su gestión político militar.

En el curso de la guerra, Felipe IV dominó Tortosa, Tarragona y Lérida, mientras Francia se aseguró el Rosellón. La guerra de la Fronda debilitó las posibilidades francesas en el Principado desde 1651, y con la caída de Barcelona en manos de Juan José de Austria (1652) se puso fin al alzamiento. Cataluña conservaba sus instituciones y constituciones, pero el conflicto se saldaba con la anexión del Rosellón y parte de la Cerdaña a Francia (tratado de los Pirineos, 1659).

R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Larousse, Ed. Planeta, 1993, tomo 21 págs. 10999-11001.

Guerra de la Fronda

Contenido

1648-1653. Guerras civiles en Francia durante la menor edad de Luis XIV, siendo regente su madre Ana de Austria y valido el cardenal italiano Mazarino. Fue la sublevación de los nobles contra el valido, del Parlameto contra el poder real y de los burgueses contra el desastre económico provocado por el esfuerzo de la guerra de los Treinta años En la corte existían dos bandos contrarios: el de la regente y el de la nobleza. Esta se unió al Parlamento, descontento por la creación de los intendentes que aumentaban el poder real.

El Parlamento apoyó las quejas generales contra los impuestos, y, ante las débiles concesiones de Mazarino, acordaron reunirse en el salón de San Luis los representantes de las cuatro corporaciones principales, que, en mayo de 1648, redactaron un programa, en el que se pedía el habeas corpus, que en adelante no pudieran establecerse impuestos antes no aprobados por el Parlamento y la supresión de monopolios e intendentes.

Mazarino, dándose cuenta del peligro, detuvo a los destacados miembros del Parlamento: Blacmenil y Broussel. El Pueblo, uniéndose al Parlamento y a la nobleza, se sublevó en París el 27 de agosto. La regente puso en libertad a los detenidos y suprimió las tasas. Pero el oren era ficticio. La corte sale de París en secreto hacia Saint Germain.

En príncipe de Condé se pone al frente de las tropas reales contra las de la Fronda, de la que forman parte el príncipe de Conti, el mariscal Turena, los duque de Baufort, La Rochefoucauld y Longueville y el coadjutor de París, Gondi, agitador del pueblo. Por influencia de Condé y de las disensiones entre los elementos de la Fronda se llegó a un acuerdo en la declaración de Saint Germain el 24-X-1648.

Pero la revolución empieza a principios de 1649. Las tropas reales sitian París. Turena, que se encontraba dirigiendo la sublevación en Normandía, huye a Flandes. Los nobles recelaban de la efervescencia del pueblo. París no puede resistir el asedio, y el 4-III-1649, por el tratado de Rueil, se anulaban los decretos contra Mazarino y se confirmaba la declaración de Saint Germain.

La Fronda parlamentaria había terminado; pero el descontento de los nobles hizo que la paz fuera solo una tregua. Condé, que, enemistado con Mazarino, se había unido a la Fronda, fue detenido con los realistas con su hermano, el príncipe de Conti. Como jefe de las tropas de la reina se colocó a Gastón de Orleáns.

La regente aquietó con promesas a Retz y a sus seguidores. Mazarino aprovechó la tranquilidad para reafirmar su autoridad. Los de la Fronda se unen contra él, y piden la libertad de los príncipes. Gastón de Orleáns se une a ellos. La sublevación se extiende por todo el reino y el Parlamento pide el destierro del valido, a lo que accede la reina, obligada por las circunstancias. Mazarino partió para Colonia en febrero de 1651. Condé y Conti quedan en libertad y dueños de la situación; pero sus rivalidades las aprovechó la reina para que Condé fuera proscrito por el Parlamento.

El príncipe se pone entonces de acuerdo con España para levantar las provincias francesas de Guyena y Poiteau, mientras Turena se unía al partido de la regente. Condé, unido a los españoles, fue vencido por Turena en Etampes el 4-V-1652, y ambos rivales luchan de nuevo ante las murallas de París. Eran dueños de la capital los demagogos de la Fronda y los príncipes de la sangre sublevados.

La burguesía estaba descontenta porque los continuos disturbios perjudicaban el comercio. Un motín acompañado de matanzas y del incendio del Hotel de Ville asustó a los nobles. Esto, unido al acuerdo establecido entre la reina y Gondi, hizo posible el regreso del rey, proclamado mayor de edad en París el 21-X-1652, y el fin de la Fronda. Las provincias donde se habían refugiado los nobles se sometieron lentamente.

El nombre de Fronda, según la opinión más aceptada, tiene su origen en los golfillos de París, que se atacaban con hondas frondes. Los parlamentarios se llamaron asimismo frondeurs, por dirigir sus piedras contra la corte. La Fronda arruinó Francia y demostró que, frente a la nobleza y el Parlamento, hacía falta un poder fuerte y único, paro no un valido. Este poder lo representó el gobierno personal de Luis XIV.

R.B.: VILLA, Justa de la, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo F-M, pág. 138.

Guerra de Sucesión en Polonia

Contenido

1733-1735. Tras la muerte de Augusto II de Polonia se disputan el trono Federico Augusto, elector de Sajonia, hijo del monarca fallecido, y Estanislao Leczinski, suegro de Luis XV de Francia. El conflicto se convierte en guerra europea al apoyar Austria y Rusia a Augusto, y Francia a Estanislao. En lo que concierne a España, fue la ocasión aprovechada por Felipe V e Isabel de Farnesio para reanudar su obsesiva política de intervención en Italia para instalar a sus hijos Carlos y Felipe, el algún trono.

Ante la solicitud francesa de ayuda, la hábil gestión de Patiño consigue que se firme el Primer Pacto de Familia —como explícitamente se lo llama en el artículo 14 del tratado firmado en el Escorial (7-XI-1733)—. Las tropas españolas al mando del marqués de la Mina por tierra, y del conde de Clavijo por mar, se apoderan de Nápoles, en cuya capital entra el infante don Carlos.

El intento austríaco de recuperar el reino fracasa en la batalla de Bitonto (25-V-1734), en la que esta plaza, cercana al puerto de Bari y defendida por el general Traun, es ocupada por los doce mil hombres del conde de Montemar tras destrozar a la caballería enemiga.

Las operaciones militares terminaron en 1735, tras los Preliminares de Viena firmados por Austria y Francia (España, interesada en proseguir la guerra en el norte de Italia no fue consultada por su aliada). En la Paz de Viena (18-XI-1738), que Felipe V tardó meses en aceptar (21-IV-1739), se reconocía a su hijo Carlos como rey de las Dos Sicilias —donde reinaría veinticinco años—, pero España debía retirarse de Parma, Piacenza y Guastalla.

R.B.: CEPEDA GÓMEZ, José, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, pág. 585.

Guerra de los Siete Años

Los orígenes del conflicto y el cambio de alianzas

Conflicto que tuvo lugar, de 1756 a 1763, entre Gran Bretaña y Prusia contra Francia, Austria, Rusia, Suecia, España y los príncipes aliados. Las causas de esta guerra radicaron en la rivalidad económica y colonial suscitada entre Francia y gran Bretaña en América del Norte y en la India, y en la decisión de María Teresa de recuperar Silesia, a la sazón en poder de Federico II de Prusia.

La Gran Bretaña de Jorge II, sin previa declaración de guerra, inició las hostilidades (1755) con la captura de más de trescientos navíos mercantes franceses, y por el acuerdo de Westminster (enero de 1756), obtuvo de Federico II la promesa de defender Hannover de un hipotético ataque francés.

Amenazada por su aislamiento, Francia rehusó a su tradicional amistad con Prusia —con lo que se producía una inversión de alianzas respecto a la guerra de Sucesión de Austria (1740-1748)—, se apresuró a aceptar las proposiciones de Kaunitz y Luis XV se alió con María Teresa de Austria; ambos estados, en caso de conflicto se ayudarían mutuamente. La guerra se desarrolló en varios marcos: el naval, el colonial y el continental.

La guerra en el mar y en las colonias.

Después de la ocupación de Menorca por el cuerpo expedicionario del duque de Richelieu (mayo 1756), los británicos, gobernados por Pitt el Joven, bloquearon las costas francesas. Privados de socorros y hostigados por las tropas británicas, los colonos franceses sucumbieron fácilmente en América del Norte, los canadienses, a mando de Montcalm, evacuaron el valle de Saint-Laurent y, después de la conquista de Quebec por las fuerzas de Wolfe (ocurrida como consecuencia de la batalla de Abraham en septiembre 1759), Montreal fue ocupada por los británicos (IX-1760).

En la India, Lally-Tollendal, posteriormente al fracaso de Madras, capituló en Pondichery (enero de 1761), momento en que para atenuar estas derrotas marítimas y coloniales y obtener el apoyo de la flota española —restaurada por la acción de Ensenada—, Choiseul firmo el tercer pacto de Familia (agosto de 1761), que ponía fin al neutralismo español y determinó el inicio de un constante estado de guerra entre Gran Bretaña y España (enero de 1762).

La superioridad naval británica se reveló con la conquista de Florida y a Habana (agosto de 1762) y Manila (octubre). Sólo la ocupación de la colonia portuguesa de Sacramento constituyó un éxito español (Octubre 1762).

La guerra continental.

Federico II de Prusia desencadenó una ofensiva e invadió Sajonia (agosto de 1756). Los príncipes alemanes (enero 1757), Rusia (febrero 1757) y Suecia (marzo 1757) se unieron a la alianza franco-austriaca, reafirmada por el segundo tratado de Versalles (mayo 1757).

En un principio, austriacos y franceses obtuvieron varios éxitos; unos expulsando a los prusianos de Bohemia (junio 1757) y otros obligando a una armada británico-hannoveriana a rendirse en Kooster Zeven (septiembre de 1757), pero pronto Federico II batió sucesivamente a franceses y alemanes en Rossbach (noviembre de 1757) y a los austriacos en Leuthen (diciembre de 1757), aunque a partir de 1758 sufrió el ataque de los rusos, quienes le derrotaron en Kunersdorf (agosto de 1759 y octubre de 1760) y ocuparon Berlín.

Sólo el advenimiento de Pedro III (enero 1762), admirador de Prusia, salvó a Federico II del desastre total; ambos firmaron la paz por separado (tratado de San Petersburgo de 5 mayo 1762). Exhaustos, franceses y austríacos depusieron las armas.

Los tratados de paz.

La guerra terminó son los tratados de París (10 de febrero 1763) y de Hubertusburg (15-II-1763); fue, en cierto sentido, la primera guerra mundial, ya que se combatió en cuatro continentes. A raíz de ella, Prusia se confirmó como una gran potencia —ratificando la posición obtenida en el tratado de Utrecht— y Gran Bretaña pudo firmar una paz en condiciones sumamente ventajosas, a partir de 1763 comenzó su hegemonía en la política mundial, a pesar de que su opinión publica reprochara a Pitt el Joven el haber preferido Canadá a la riqueza de las Antillas.

La gran vencida fue Francia; el tratado de París liquidó su primer imperio colonial. Por otra parte, España tuvo que hacer onerosas concesiones comerciales a Gran Bretaña, amén de cederle la Florida, San Agustín y la bahía de Pensacola. En Cambio, el dualismo de Austria y Prusia en Alemania solidificó el marco normal de un equilibrio europeo.

R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Larousse, Ed. Planeta, 1993, tomo 22 págs. 10421-10423.

Guerra de Sucesión en Austria

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1741-1748. A la muerte del emperador Carlos VI, se desencadena una guerra europea al rechazar Federico de Prusia y otros aliados las cláusulas de la Pragmática que dejaba el trono de Austria a su hija María Teresa. Nueva ocasión esta para la política italiana de los reyes de España, que aspiran ahora a que su hijo Felipe ocupe los ducados de Parma, Piacenza y Guastalla y, si fuera posible, Milán.

Pero en el terreno militar, los hechos no tendrían el aire de victoria de la anterior campaña (Guerra de Sucesión de Polonia). Una vez más, las fuerzas españolas van unidas a las francesas mediante el Segundo Pacto de Familia Tratado de Fontainebleau, 25-X-1743), aunque las operaciones habían empezado antes, en 1741, con la desgraciada campaña del viejo conde de Montemar, que es destituido.

Mientras los ingleses obligan a la neutralidad a don Carlos, rey de Nápoles, su hermano don Felipe dirige el ejército franco español que, aparte algunos triunfos esporádicos, sufre dos importantes derrotas, la de Campo Santo (8-II-1743), en que el general conde de Gages es vencido por el alemán Traun, y el verdadero desastre de Trebia o Piacenza (15-VI-1746), en que el general Liechtenstein, tras veinticuatro horas de lucha, aniquila a las fuerzas hispano francesas de don Felipe y Maillebois, con pérdidas de cinco mil hombres y dos mil prisioneros.

Pocos días después moría Felipe V. La Paz de Aquisgrán (18-X-1748) ponía fin a la guerra, y en ella se reconocían los derechos de don Felipe a los ducados.

R.B.: CEPEDA GÓMEZ, José, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 583-584.

Guerra de las Naranjas

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1801. Esta guerra, llamada de las Naranjas, fue promovida por insinuación de Francia para que el gobierno lusitano cerrara sus puertas al comercio inglés. Fue uno de los grandes compromisos en que nos empeñó la conducta de Bonaparte, para llevar la guerra al país hermano, hacerle renunciar a su alianza con Inglaterra y firmar la paz con Francia.

Esta resolución, que nadie había podido arrancar, fue tomada por convenio solemne celebrado en Madrid el 29-I-1801. Napoleón puso a las órdenes de Carlos IV 20.000 hombres, declarando la guerra el 27-I-aquel año. España formó un ejército en la frontera portuguesa. De Francia vino el cuerpo auxiliar ofrecido por el emperador, al mando del general Leclerc, que se situó en Ciudad-Rodrigo.

De la fuerza española, que ascendía a 60.000 hombres, se formaron tres ejércitos; uno de 20.000 en Galicia, sobre el Miño; otro de 10.000 en Andalucía, sobre los Algarves, y otro de 30.000 en Extremadura, sobre el Alentejo. El mando en jefe de todos, incluso de los franceses, se dio al príncipe de la Paz, con el título de generalísimo, la primera vez que se usó esta denominación en la historia castrense.

Portugal formó un ejército escaso de 40.000 hombres, en su mayoría de milicias, confiriéndose el mando al duque de Lafoens. La guerra no podía ser larga, ni el resultado dudoso. El 20 de mayo penetraron nuestras tropas en territorio portugués, sin resistencia; Olivenza y Jurumenha se rindieron, y, después de derrotar al enemigo en Arronches, capitularon Campo-Maior, Ouguella, Castel-de-Vide y otras fortalezas, no quedando en todo el Alentejo más que la plaza de Elvas en poder de los portugueses.

La vanguardia española ofreció a Godoy dos ramos de naranjas de los jardines de aquella población, que el generalísimo presentó a la reina María Luisa. Este hecho, unido a la poca duración de la guerra, dio ocasión a que el vulgo llamase a esta contienda con Portugal la guerra de las naranjas. Portugal pidió la paz cuando el ejército español se disponía a pasar el Tajo, costando a la nación vecina el conseguirla la cesión a España de la plaza y distrito de Olivenza. El tratado fue firmado en Badajoz el 6-VI-aquel año.

R.B.: YAQUE LAUREL,José Antonio, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo N-Z, págs. 305-305.

Guerra de la Oreja de Jenkis

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1739-1748. Este conflicto —también conocido como Guerra de Asiento y Guerra de los Nueve Años—, aunque enlaza con la Guerra de Sucesión de Austria, es una contienda colonial entre España y Gran Bretaña.

Las aguas cercanas a las costas de los virreinatos indianos se convirtieron a lo largo del s. XVIII en una zona de frecuentes enfrentamientos con Londres, debido a la política de contrabando y asentamientos ilegales llegada a cabo por los británicos; y que movió a las autoridades españolas a organizar la adecuada defensa, consolidando fortificaciones y equipando guardacostas encargados de visitar y registrar los barcos que recorrieran aquellos parajes.

Los bien organizados grupos de presión economico coloniales en Gran Bretaña exigían el derecho a la libre navegación por los mares americanos y el fin de las presas en alta mar, llegando a aceptar el testimonio de un contrabandista, Robert Jenkis, que afirmó ante la Cámara de los Comunes (marzo de 1738) haber sufrido vejaciones de un capitán español. Declarada la guerra, una poderosa flota inglesa, mandada por el almirante Vernon, atacó infructuosamente la Habana (octubre de 1739) y ocupó Portobelo (22-XI-1739).

Año y medio después, en marzo de 1741, se dirigió a Cartagena de Indias orgulloso y seguro de su fuerza (había acuñado anticipadamente monedas conmemorativas de la rendición española), al mando de una flota de cincuenta navíos y ciento treinta buques de transporte que embarcaban veintitrés mil hombres.

Pero Vernon se encontró con una bien organizada resistencia de la guarnición española —unos tres mil combatientes—, mandada por el marino Blas de Lezo y el virrey Eslava, que obligaron a retirarse a los atacantes tras dos meses de sitio (marzo-mayo de 1741). Tampoco tuvieron éxito posteriores intentos británicos de desembarcar en el oriente de Cuba (17441-1748) y en la costa venezolana (1743).

Aunque el almirante Anson, en su hasta entonces poco brillante singladura en el Pacífico —que se había planeado para coordinar sus ataques con los de Vernon— se apropió del riquísimo cargamento del galeón Nuestra Señora de Covadonga, que navegaba de Méjico a las Filipinas con más de un millón y medio de pesos (30-VI-1743), y el almirante Knowles derrotó cerca de la Habana a la escuadra de Andrés Reggio, que protegía la flota de la Nueva España (octubre de 1748, cuando ya se había firmado la paz de Aquisgrán, que ponía fin al conflicto sucesorio en el que se había imbricado esta guerra americana), el conflicto terminó en tablas; supremacía naval británica pero incolumidad del Imperio colonial español.

R.B.: CEPEDA GÓMEZ, José, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 579-580.

Guerra de la Convención

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1793-1795. También llamada Guerra de los Pirineos. Tras la ejecución de Luis XVI (21-I-1793), los difíciles equilibrios diplomáticos de Madrid con la Francia revolucionaria se tornan imposibles; un postrer intento de Godoy por evitar la contienda fracasa, y el 7-III-1793 la Convención se adelanta a los planes españoles y declara la guerra a España.

Desde la primavera de 1793 hasta el 22-VII-1795 en que se firma la paz de Basilea, los ejércitos borbónicos, aliados con Inglaterra y las demás potencias contrarrevolucionarias de Europa, se enfrentan a las tropas francesas.

El teatro de operaciones más importante estuvo situado en los Pirineos catalanes y en el Rosellón, aunque hubo también, en los momentos finales, y cuando ya discutían los plenipotenciarios las condiciones de paz, una penetración francesa importante en el frente occidental. Asimismo, se combatió en torno a la plaza de Tolón, donde una flota angloespañola acudió, al mando de Hood y Lángara, en apoyo de los realistas franceses.

Popular en los primeros momentos, —fue llamada guerra gran por los catalanes—, hubo voluntarios y llegaron donativos, aunque menos de los que hubiera deseado la Hacienda, que comienza entonces a sufrir un déficit que será definitivo y que contribuyó a acelerar la caída del antiguo régimen.

Sobre el papel cubrían los tres frentes pirenaicos —el catalán, mandado por Ricardos; el aragonés, dirigido por el príncipe de Castel Franco; y el occidental, con Ventura Caro a su cargo— unos cincuenta y cinco mil soldados, de los que treinta y dos mil llevaban el peso de la acción principal, en el este. Pero fueron menos los que iniciaron, en abril, la ofensiva en el Rosellón.

En el primer año de la guerra, el entusiasmo popular, la acertada dirección de Ricardos y la multiplicidad de frentes a los que han de enfrentarse los franceses, incluso dentro de su territorio, hacen que la campaña se salde con una victoria española. Mientras el frente central está inactivo, y Ventura Caro se limita a hostigar prudentemente al enemigo sin profundizar, Ricardos lleva la guerra dentro del territorio republicano: llegó al río Tet, a treinta kilómetros de la frontera, tras conquistar Bellegarde, Le Boulou, Colliure y Port Vendres. Pero no se ocupó la capital del Rosellón, Perpinán.

Cuando todo parecía indicar que el acoso de Gran Bretaña, Prusia, España, Austria, Holanda y la Vendée y núcleos aislados como Tolón derrotarán a la revolución, surge el ímpetu de Francia en armas —la leva en masa es del 23-VIII-1793—, y una formidable máquina de un millón de soldados y doce ejércitos comienza a obtener victorias, cambiando el sentido de la guerra. la flota hispanobritánica debe abandonar el sitio de Tolón (XII-1793). Ricardos muere en marzo de 1794 y es sustituido por el conde de la Unión, que no puede resistir el empuje de Dugomier y se retira al Ampurdán (primavera-verano de 1794).

Muertos en combate ambos jefes, se produce la vergonzosa entrega de la fortaleza de Figueras, que provocó una reacción popular contra los mando militares reales y permitió al nuevo general español Urrutia restaurar la situación y mantener una especie de guerra de posiciones en la comarca gerundense del río Fluviá.

Pero la campaña de 1795 tendrá dos escenarios distintos. En el oriental, ninguno de los dos contendientes tiene fuerza bastante para derrotar al otro. Incluso hubo una cierta recuperación española, y Urrutia y Gregorio de la Cuesta vencen en Puigcerdá y el Pontós, aproximándose a la raya fronteriza.

Pero en el frente vasconavarro la situación es diametralmente distinta: los franceses ocupan con facilidad y casi sin oposición Fuenterrabía, San Sebastián, Vitoria, Tolosa e incluso Bilbao. Y se asoman a Miranda de Ebro, haciendo peligrar toda la meseta norte, indefensa por la orografía y porque el esfuerzo militar se había llevado a la frontera. Pamplona, objetivo francés, se defendió bien y aún se recuperó Miranda de Ebro, cuando se firmó la paz en Basilea (22-VII-1795).

R.B.: CEPEDA GÓMEZ, José, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 570-571.

Los Cien Mil Hijos de San Luis

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1822. El miedo de las monarquías absolutas europeas ante el triunfo del constitucionalismo en España en 1820, por un lado, y razones de política interior en la Francia posnapoleónica, por otro, deciden al gobierno de París a enviar un ejército a la Península que se encargaría de acabar con el proceso revolucionario español, tal como habían decidido en el Congreso de Verona (X-XI-1822) Rusia, Francia, Austria y Prusia. Tras el envío de notas diplomáticas exigiendo a Madrid que dejase en suspenso la Constitución (I-1823), notas que el gobierno de Evaristo San Miguel rechazó por ser una injerencia en asuntos internos, los embajadores de esas potencias salieron de España.

El 28 de enero el rey Luis XVIII anunció ante sus Cámaras que cien mil franceses estaban dispuestos a marchar invocando al Dios de San Luis, para conservar en el trono de España a un nieto de Enrique IV, y se preparan cinco cuerpos de ejército en los Pirineos Mandados por el duque de Angulema —que llevó como lugarteniente al general conde de Guileminot—, los 95.000 soldados franceses y algunas unidades de realistas españoles, como la del conde de España, entrarán en el Bidasoa y Roncesvalles (7-IV-1823), y por Cataluña dos semanas más tarde.

Estos hombres dirigidos por generales como Oudinot, Molitor, Hohenlohe y Moncey, habrán de combatir con ochenta mil soldados de los cuatro cuerpos del ejército español., a cuyo frente estaban Ballesteros, Espoz y Mina, La Bisbal y Morillo. Los acontecimientos fueron muy distintos a los de la primavera de 1808; muchos de los que se habían levantado contra los franceses entonces apoyaban ahora la invasión. Apenas encontró Angulema resistencia organizada, salvo en algunas plazas fuertes y en Cataluña.

El príncipe francés avanzó rápidamente por Vitoria, Burgos, Aranda y Somosierra, hasta llegar a Madrid el 23-V; protegían sus alas Oudinot por Valladolid y Segovia, y Obert por Logroño, Calatayud y Guadalajara. El general conde de La Bisbal se entregó sin combatir. Otras tropas se dirigían desde Bilbao hasta asturias y Galicia, donde se produjo la defección de Morillo, aunque Quiroga resistió en la Coruña hasta agosto.

El 22 de junio ya estaban los franceses en Sevilla, y el 20 de agosto frente a Cádiz —y ahora apoyados por varios barcos de guerra— en disposición de atacar la ciudad, donde se refugiaron los diputados con un Fernando VII al que el gobierno había suspendido en sus regias prerrogativas.

El general Ballesteros, que venía retrocediendo desde Valencia, fue batido en Campillo de Arenas (entre Granada y Jaén) el 28-VII. Rafael del Riego, símbolo del Trienio Liberal, fue derrotado y se refugió en Arquillos (Jaén), en donde fue delatado y capturado (14-IX). Cuando se preparaba el ataque sobre Cádiz llegó a al cuartel general francés la noticia de la pronta llegada del rey; el 1-X desembarcaba en El Puerto de Santa María Fernando VII y se iniciaba otro periodo de reinado absoluto.

Un mes más resistieron los veintidós mil soldados y catorce mil milicianos nacionales que en Cataluña mandaban Mina y Evaristo San Miguel, las últimas ciudades en rendirse fueron Barcelona y Tarragona (1-XI) y Cartagena y Alicante (5-XI). Hasta septiembre de 1828 no salieron los últimos soldados del ejército francés..

R.B.: CEPEDA GÓMEZ, José, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, pág. 249.

Guerra de Marruecos

Contenido

1909-1927. El estado de anarquía en que se encontraba Marruecos a la muerte de Muley-Hassan (1894) excitó la ambición francesa, que vio la oportunidad de extender sus dominios del Índico al Atlántico, aspiración que chocaba con la inglesa de crear un eje norte-sur. Buscó la amistad española y ofreció un reparto de Marruecos en el que se adjudicaba a España una parte importante del imperio jerifiano.

El gobierno de Silvela (6-XII.1902) rechazó la oferta y Francia llegó a la entente con Inglaterra (8-IV-1904), concediéndose mutuamente libertad de acción en Marruecos y Egipto, con reconocimiento de los intereses españoles para impedir la presencia francesa en el Estrecho. Consecuencia inmediata fue una declaración franco española en la que se reconocía la integridad del Imperio y se fijaban las respectivas zonas de influencia (3-X-1904).

La Conferencia de Algeciras en su acta final (7-IV-1906) abrió camino a un acuerdo franco-alemán, y este al definitivo acuerdo hispano-francés (27-XI-1912), en cuya aplicación se creó el Protectorado (27-II-1913), reducido a las comarcas del Rif y Yebala, ambas insumisas al sultán y regidas por cabecillas locales.

Con anterioridad, tanto Francia como España habían iniciado acciones de penetración, y en 1909 los rifeños, capitaneados por el Mizzián y Chadly, atacaron a los obreros del ferrocarril en construcción que unía Melilla con las minas, cuya explotación se había otorgado a compañías españolas y francesas, y desencadenaron las hostilidades (9-VII-1909). Las operaciones de castigo obligaron a desplazar a Marruecos tres brigadas de cazadores y dos divisiones, y a movilizar sus reservistas, lo que provocó gravísimos sucesos, expresión de la impopularidad del conflicto.

La falta de preparación de tropas y mandos ocasionó el desastre del Barranco del Lobo (27-VII-1909); pero una reacción posterior permitió finalizar con éxito la campaña (26-XI-1909), en la que se ocupó una larga zona costera desde el cabo del Agua a punta Negri. El Mizzián reanudó sus agresiones (24-VIII-1911), y la dura campaña del Kert no finalizaría hasta el 31-X-1912, después de la muerte del caudillo rifeño. (15-VIII-1912).

Al establecerse el protectorado, España contaba como puntos de apoyo con las plazas de soberanía de Ceuta y Melilla, y las de Larache, Alcazarquivir y Arcila, ocupadas por orden de Canalejas en respuesta a la acción francesa en Fez (8 al 12-VI-1911). Sin contacto entre sí, se ofrecían tres posibilidades: permanecer donde se estaba; enlazar los tres enclaves por la costa, lo que resultaba imposible por haberse otorgado a Tánger un régimen especial o dar cima a la ocupación.

Los gobiernos españoles, temerosos de la reacción pública, cambiaron constantemente el criterio. El sultán delegó su autoridad en zona española en el jalifa Muley el Medhiel Raisuni, y España nombró Alto Comisario al general Alfau (3-IV-1913), que ocupó Tetuán con anterioridad (19-II-1913).

Las kábilas de Yebala, dominadas por el raisuni, que había aspirado a ser nombrado jalifa, se declararon en rebeldía y la situación se tornó peligrosa. Marina sustituyó a Alfau (14-VIII-1913), que combinó la acción política con la militar tratando de llegar a un acuerdo con el raisuni. Su labor fue continuada por López Jordana, que le relevó en la Alta Comisaría (9-VII-1915) y ocupó Anyera y Fondak (26-V-1916) con la ayuda de aquel.

La paz dependía d ela posición de el raisuni, quien de hecho ejercía el dominio del territorio; y así se llegó al final de la I Guerra Mundial, durante la cual agentes alemanes trataron de alentar un levantamiento marroquí contra Francia contando con el beneplácito de xerif y de la poderosa familia de Abd el Krim. Jordana murió repentinamente (18-XI-1918) y el gobierno suprimió el cargo de general en jefe (11-XII-19018) con la intención de separar las funciones civiles de las militares, y nombró Alto Comisario al general Berenguer (25-I-1919).

Se prescindió de el Raisuni, que no se sometía al jalifa, y se procedió a la ocupación de Yebala para establecer comunicación directa entre Ceuta, Tetuán y Larache, uniendo el territorio occidental. Iniciadas las operaciones (16-III-1919), se consiguieron notables progresos gracias sobre todo a la eficaz gestión de la policía indígena, de las tropas regulares —creadas por el propio Berenguer siendo teniente coronel (30-VII-1911)—, y que ya contaban con cuatro grupos, y de las nacientes del Tercio. Con la ocupación de Xauen, el raisuni quedó arrinconado en Tazarut, y cuando su situación era desesperada se produjo el derrumbamiento de la Comandancia General de Melilla.

Estaba al frente de ella el general Fernández Silvestre, quien, a pesar de que Berenguer tenía el mando superior, gozaba de gran autonomía dado su aislamiento y lejanía. Se hizo cargo el 14-II-1920, y fue extendiendo sus tropas por la kábilas de Beni Said, Beni Ulixech y Tensaman, alargando peligrosamente sus líneas, atravesó el río Amekran y ocupó Abarrán, de donde sus fuerzas fueron desalojadas (1-VI-1921), sucumbiendo la guarnición.

A esta llamada de atención acudió Berenguer, que se entrevistó con Silvestre, quien quitó importancia al incidente y siguió hasta Igueriben (7-VI-1921).

Fue el momento elegido por Abd el Krim para dar la señal de insurrección general; la posición quedó cercada y el día 21 ante la gravedad de la situación, Silvestre tomó personalmente el mando en Annual y fracasó en su intento de socorrer a Igueriben, que cayó en poder de los rifeños; ordenó entonces la retirada, que degeneró en pánico, y en ella murieron casi la totalidad de los españoles, entre ellos el propio general. Acudió el general Navarro a ponerse al frente de las tropas desmoralizadas, pero quedó situado en el monte Arruit, donde fue autorizado a rendirse (9-VIII-1921)

La repercusión de la catástrofe fue grande, y Maura formó un gobierno de concentración nacional (13-VIII-1921) para hacerle frente. Contó con una entusiasta reacción popular, que exigía de un lado responsabilidades y de otro vengar la afrenta. Berenguer fue confirmado en su puesto y en una campaña afortunada recuperó lo perdido; pero cayó el gobierno y fue procesado (10-VII-1922). Entre el 4 y el 6 de enero se había celebrado en Pizarra (Málaga) una conferencia para definir la conducta a seguir, y en ella se exteriorizaron las permanentes diferencias de criterios, optándose por la irradiación desde la costa.

El nuevo gobierno (Sánchez Guerra) prefirió la acción política y nombró alto comisario al general Burguete (20-VII-1922) que reinició los contactos con el raisuni. Fracasado en sus propósitos, se le sustituye por Miguel Villanueva, que, enfermo, tiene que ser relevado por Luis Silvela (17-II-1923) poco después de que se consiguiera el rescate de los prisioneros. (27-I-1922).

La pasividad de las tropas españolas permitió a Abd el Krim consolidar su posición con el establecimiento de la incipiente administración de la república del Rif, lo que agravó la situación. Al producirse el golpe de Estado de Primo de Rivera, este, fiel a sus conocidas tesis abandonistas —era partidario de permutar Ceuta por Gibraltar—, decidió la evacuación de las posiciones avanzadas y retirarse a la llamada línea Primo de Rivera. Sustituyó a Aizpuru en la Alta Comisaría y en el mando (16-X-1924) y dirigió el repliegue que costó numerosas bajas y envalentonó a Abd el Krim, que pactó con el jeriro que acaudillaría la rebelión contra el raisuni, España y Francia.

Ambas naciones acordaron entonces una acción conjunta (conferencia hispano francesa del 17 de junio al 27-VII-1925), dirigiéndose a Abd el Krim, que rechazó sus propuestas. Se rompieron las hostilidades, que culminaron con el desembarco de Alhucemas (8-XI-1925) y la ocupación de Axdir, capital de la república del Rif.

En Fez, Muley Mohamed sucedía a su padre (1927); en Tetuán, Muley Hassan el Medhi era proclamado jalifa (8-XI-1925), y Primo de Rivera regresaba a Madrid, dejando en la Alta Comisaría al general Sanjurjo, quien dio fin a una guerra que se prolongó hasta el 29-VI-1927. Habia costado a España veinticinco mil muertos y 5.629.585.181 pesetas.

R.B.: SALAS LARRAZÁBAL, Ramón, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo V Diccionario temático, págs. 577-578.