Las Guerras Carlistas
Introducción a la Guerra Civil
El Alzamiento armado
La época de Zumalacárregui
La fase de equilibrio
Las Expediciones. La Real
La escisión del carlismo
El Convenio de Vergara
La II guerra carlista
La III guerra carlista

Introducción a la Guerra Civil

Las tensiones existentes entre grupos e intereses sociales españoles desde años antes de la muerte de Fernando VII estallaron en conflicto abierto a partir del mes de octubre de 1833. La guerra de partidas, que fue su primera manifestación bélica, tardaría aún largos meses en formalizarse como guerra de ejércitos, pero las posiciones de los bandos estaban fijadas con claridad, según sabemos, desde mucho antes. Las vicisitudes militares de la guerra de los siete años son conocidas hoy prácticamente sin ninguna oscuridad.

La guerra ha sido narrada muchas veces a partir de los abundantes relatos de los protagonistas y de la no escasa documentación militar de ambos bandos. La producción literaria e historiográfica ha prestado, sin embargo, mucha menos atención —y en algunos casos y autores ninguna— a los factores socioeconómicos e, incluso, meramente políticos, sin los que es imposible explicar adecuadamente este conflictivo momento de la historia española. De ellos no es posible hoy continuar prescindiendo.

El Alzamiento armado

Desde octubre de 1833, los chispazos de rebelión en favor de don Carlos, con mayor o menos gravedad, se produjeron en muchos lugares del Reino. Planteamientos superficiales han concedido desmesurada importancia a la sublevación del administrador de correos de Talavera, Manuel García González, y han destacado su carácter simbólico como primer grito por don Carlos en esta guerra

Tal primacía no es rigurosamente cierta, y, por lo demás, la sublevación de González al frente de un reducido grupo de Voluntarios Realistas, el día 3 de octubre, en territorio donde el arraigo del carlismo sería escaso, no revistió mayor gravedad que otros muchos incidentes del mismo estilo antes y después de octubre de 1833.

La sublevación fue desarticulada en pocos días y sus autores aprehendidos y ejecutados. Castilla La Nueva y Extremadura se verían perturbadas en adelante por movimientos de partidas, pero tropas carlistas organizadas solo se presentarían en función de expediciones desde el norte.

En Madrid, los Voluntarios Realistas hicieron un conato de resistencia a ser desarmados, el 27 de octubre. La Gaceta extraordinaria publicada ese día informaba que del acto no se dedujeron otras consecuencias que las de dos o tres muertos y cinco o seis heridos.... Hubo además un centenar de detenidos. Tuvo mayor entidad el levantamiento en Castilla la Vieja producido días después del vasconavarro. El ex guerrillero Jerónimo Merino, Ignacio Alonso Cuevillas y Basilio García fueron sus principales cabecillas.

En Burgos se constituyó una junta presidida por el canónigo Gregorio Álvarez Pérez que encargó del mando a Cuevillas, pero este lo cedió a Merino por su mayor significación. Los sublevados contaron en principio con no menos de diez mil hombres. Durante días Merino recorrió con su gente, mal organizada y armada, un extenso territorio de Burgos a Soria, y ampliando sus correrías hacia el sur llegó no lejos de Madrid. Dio proclamas y recaudó fondos sin detenerse ante la violencia.

Mientras Cuevillas intentaba atraerse a la causa al general Sarsfield que mandaba el ejército de observación sobre Portugal, sin conseguirlo. La incapacidad militar y política de estos cabecillas era notoria y su falta de objetivos concretos también. A pesar del retraso y las torpezas del gobierno, Sarsfield, que empezó a operar en los primeros días de noviembre, pudo acabar con la sublevación dispersando completamente a los levantados.

Merino no consiguió conectar con los sublevados vascos y acabó huyendo a Portugal prácticamente solo. La sublevación en la Rioja fue mantenida por Basilio García y recibió impulso por la presencia en Logroño, en los primeros días de octubre, del brigadier Santos Ladrón de Cegama de paso para Navarra. Tras las primeras derrotas navarras, García pudo unir sus fuerzas a estas, pero ello no impidió que el brigadier gubernamental Lorenzo derrotara y dispersara a las fuerzas riojanas entrando en Logroño el 28 de octubre.

La más grave de las rebeliones fue indudablemente la del país Vasco-Navarro. Por supuesto, se han intentado muchas explicaciones para el hecho del extremado arraigo del carlismo en Vasconia, cuando tal movimiento no es asunto vasco en su origen y no presenta en principio caracteres que le relaciones de especial manera a la historia anterior de esta comunidad. Lo mejor, sin duda, no es postular causa alguna, sino buscarla, fuera de ciertos tópicos al uso.

En Vasconia, la primera insurrección tuvo lugar en Bilbao el mismo día 3 de octubre, al siguiente de conocerse la muerte del rey. Al frente de ella estuvo primeramente un miembro de la Diputación del Señorío, el brigadier Fernando de Zabala, a quien se unió el coronel de Voluntarios Realistas Pedro Novia de Salcedo.

Poco después se sumaron un noble de prestigio, el marqués de Valdespina, Javier Batiz, Artiñano y otros. Otras autoridades notoriamente anticarlistas hubieron de huir u ocultarse, así Juan Modesto de la Mota o Pedro Pascual de Uhagón, autor de una Memoria sobre el levantamiento y sus causas remotas y próximas de extraordinario interés.

La decisión del clero, con el franciscano Negrete a la cabeza, fue de gran importancia para el triunfo carlista en una capital del reino donde había una importante opinión proliberal. La insurrección se corrió con rapidez hacia el interior del Señorío, pero los insurrectos sufrieron su primer descalabro en Balmaseda.

A la rebelión vizcaína siguió la alavesa, centrada principalmente en Vitoria. Fue aquí la cabeza un miembro de la nobleza, Valentín de Verástegui, de familia ilustra por sus servicios a la provincia. Era Verástegui entonces el comandante de la Cuadrilla de Vitoria de los Naturales Realistas Armados —nombre alavés de los Voluntarios Realistas.—

El 6 de octubre intentó apoderarse Verástegui de Vitoria y lo consiguió el 7, publicando una notable Proclama que hablaba de agravios forales. Este día mismo se subleva en Salvatierra José Uranga y se le suma Bruno Villarreal. Verástegui se impuso con facilidad a las autoridades de Vitoria, que adoptaron una actitud poco decidida, e intentó entenderse con ellas.

Los carlistas fueron dueños, pues, en los primeros días de dos capitales vascas. En Guipúzcoa la rebelión tuvo otro carácter. Tanto la capital foral, Tolosa, como la ciudad de San Sebastián permanecieron al margen. La sublevación vino del interior; el día 8 se pronunciaba en Oñate Francisco José de Alzáa y pronto le seguiría Lardizábal.

Cuando el día 14 el capitán general Federico Castañón declaraba el estado de guerra en Vascongadas, excluía de él a Guipúzcoa por su leal comportamiento que el bando exaltaba. A fines de octubre, Lardizábal llegó a atacar Tolosa con más de mil hombres, que fueron dispersados por Castañón.

En Navarra, destinada a convertirse en el corazón del carlismo, los comienzos de la rebelión no fueron fáciles. Las primeras huestes de don Carlos las reclutó el antiguo comandante de realistas Francisco Iturralde, precisamente en la zona sur de Navarra, en la Solana. Solo días más tarde, el 14 de octubre, se intentaría el alzamiento en la zona pirenaica, por obra del coronel Francisco Benito Eraso, intento que fracasó provocando la huida a Francia de Eraso. Pero el impulso clave a la sublevación navarra lo dio la presencia allí del brigadier Santos Ladrón venido desde Valladolid donde se encontraba desde su destitución en Cartagena.

Después de pasar por Logroño, penetró en Navarra y el día 8 se encontraba en Viana donde se le presentó Iturralde con sus hombres y también una de las personalidades fuertes del carlismo de la época, el beneficiado de Los Arcos, Juan Echeverría. Se trasladaron a Los Arcos al frente de algo más de seiscientos hombres, mientras el virrey de Navarra enviaba contra ellos al brigadier Lorenzo. En los alrededores de los Arcos se formalizó el día 11 una batalla campal, tan descabelladamente presentada como conducida por Ladrón lo que le llevó a la dispersión de su gente, tributo de prisioneros y prisión de él mismo.

Ladrón era hombre de prestigio en Navarra, de trayectoria militar relativamente brillante y, en esas fechas, con claros síntomas de desequilibrio mental como prueba su irreflexión al presentar combate con hombres sin preparación alguna y su curiosa Proclama del día 8 que empieza con una invocación a su Madre, hermana mía Matea, hermanos míos Joaquín y Mónica, parientes, amigos.... Nada de ello fue óbice para que fuera ignominiosamente fusilado —por la espalda— por traición, el día 14 en Pamplona.

En ningún otro punto de la Monarquía tuvo la sublevación en estos primeros meses importancia decisiva. En Levante, la más señalada intentona fue la del barón de Hervés en Morella, acabada igualmente en tragedia. El gobernador de Morella, Carlos Victoria, decidido por don Carlos, cedió el mando de la plaza al barón quien formó una junta con claro predominio del clero, en el mes de noviembre.

El gobernador de Tortosa, Manuel Bretón, se dirigió contra Morella y obligó a los insurrectos a refugiarse tras sus murallas. Hervés abandonó de noche la plaza con la junta y más de mil hombres, ocupándola Bretón el 10 de diciembre. Días después, tras un descalabro en Calanda, el barón cayó prisionero y fue ejecutado.

Los jefes del carlismo en el territorio bajoaragonés y valenciano, antiguos realistas todos y militares profesionales algunos, como Carnicer, emprendieron sus movimientos de partidas en noviembre. Entre ellos destacaban Quílez, Miralles el serrador, Corvasi, Marcoval y el propio Carnicer. La desunión y las rencillas entre estos hombres eran grandes, lo mismo que su escasez de recursos y armas.

La situación cambiaría poco a pesar de los esfuerzos desplegados por Carnicer en los meses subsiguientes. Solo años después un clérigo tonsurado de Tortosa que había recibido su bautismo de fuego con el barón de Hervés, Ramón Cabrera, conseguiría, tras no pocas disputas y situaciones de fuerza, alzarse con el mando absoluto en la región.

No fueron más brillantes los comienzos catalanes, promovidos por viejos realistas, clérigos y sublevados de 1827, como Bussoms, Vilella, Tristany y Plandolit. la montaña catalana y el campo de Tarragona fueron los sitios más propicios para sus actuaciones, apoyadas siempre por el clero pero teñidas también de indudables perfiles de bandolerismo. La falta de hombres realmente eficaces hizo que, en principio, la tarea represora del capitán general Llauder no tuviera excesivas dificultades. El carlismo catalán tardaría meses en adquirir una mínima operatividad.

Cuando la sublevación castellana estaba prácticamente vencida, Sarsfield recibió órdenes de pasar con sus tropas al país vasco, mientras Vicente Quesada quedaba como capitán general de Castilla. Los carlistas vascos dominaban Bilbao y Vitoria a pesar de algunos reveses sufridos ya. La situación en Guipúzcoa había cambiado en su favor. Ocupada Tolosa, que Castañón había abandonado para trasladarse a San Sebastián, establecieron en ella los carlistas su junta.

Los núcleos montañosos del centro del país estaban dominados por el carlismo y allí maniobraban las fuerzas reunidas por Uranga, Zabala, la Torre y otros jefes. Sarsfield incorporó a sus tropas las del brigadier Lorenzo, atravesó el Ebro y entró, prácticamente sin resistencia, en Vitoria, el 21 de noviembre. Los carlistas alaveses se replegaron hacia el norte de la provincia.

Sarsfield, con cargo ya de virrey de Navarra, avanzó hacia Durango en medio de la dispersión general de los sublevados y el 25 entró en Bilbao concediendo un indulto y prometiendo respetar los fueros. Tras esta aparente pacificación, Sarsfield marchó a Navarra y la jefatura del que se llamaría Ejército del Norte fue encomendada por estos días al general Jerónimo Valdés.

Entre tanto, en Navarra el carlismo había hecho grandes progresos de organización. Tras el desastre de Los Arcos, Iturralde intentó conectar con Uranga y con Basilio García, lo que consiguió pero sin que el resultado de la unión fuera más que nuevos descalabros. En la segunda quincena de octubre, otros jefes navarros como Sarasa, Ripalda o Tarragual, levantaron nuevos contingentes de voluntarios y acabarían incorporándose a Iturralde, Este, que como militar era hombre sin relieve, mostró ciertas dotes de organizador.

En Aguilar de Codes, en su propia casa, reunió el 5 de noviembre a todas las personas relevantes del carlismo navarro, jefes y capitanes de este ejército, en un total de treinta y dos, y se acordó crear un organismo civil que atendiera a las necesidades de mantenimiento de la insurrección y ejerciera la autoridad sobre los pueblos.

Tal fue el nacimiento de la Junta Gubernativa de Navarra, que quedó compuesta por Juan Echeverría, Joaquín Marichalar, Martín Luis Echeverría, Benito Díaz del Río y Crisóstomo Vidaondo. Un clérigo y cuatro propietarios agrarios. La junta elegida quedó citada para constituirse formalmente en Estella el 15 del mes, y en este lapso ocurrieron otros importantes acontecimientos y Florencio Sanz Baeza se convirtió en secretario de la junta. Con la obra inédita que nos ha legado Sanz es preciso desde ahora contar para la descripción de estos y otros sucesos de la guerra.

La junta de Navarra no fue, pues, creación de Zumalacárregui, como dice extrañamente Pirala, ni fue tampoco la junta quien llamó a este para hacerse cargo del mando, como han dicho otros autores. De la reunión del día 5 se levantó acta que quedó impresa.

El coronel Zumalacárregui salió de Pamplona para incorporarse a los sublevados el día 1 ó 2 de noviembre. Marchó en busca de Iturralde y después a Vitoria. El proceso por el que Zumalacárregui se hizo con el mando de las fuerzas navarras lo conocemos por diversas versiones. La de Zaratiegui es la más favorable al coronel. Pero está claro que la resistencia que Iturralde mostró a abandonar el mando no la hacía en solitario.

El día 14 se produjeron en Arróniz escenas de verdadero golpe de mano, con manejo de las fuerzas concentradas que realizó hábilmente Sarasa para forzar el reconocimiento de Zumalacárregui. La ineficacia de Iturralde pesó en la decisión, pero es evidente que, como dice Florencio Sanz, la sustitución de Iturralde fue una ilegalidad producto de los intereses particulares de media docena de jefes y oficiales, que, a pesar de ello, obraron con acierto. El día 15 en Estella se levantó acta de proclamación de Zumalacárregui como comandante de Navarra.

Zumalacárregui procedió de inmediato a dotar a su gente de una organización y espíritu militar enteramente nuevos. Las fuerzas navarra equivalían entonces a los efectivos de cuatro batallones de ochocientas plazas y la mitad de un escuadrón de caballería. Los esfuerzos de Iturralde y de la junta habían ido creando una incipiente organización administrativa. Mientras Sarsfield actuaba en las provincias, Navarra disfrutaba de cierta calma por lo que confluyeron en ella buena parte de las fuerzas dispersas mientras que algunos de sus jefes huían a Francia.

Navarra adquiría así cierta primacía. Alaveses y vizcaínos se sumaron a Zumalacárregui, mientras el día 2 de diciembre los representantes de los cuatro territorios vascos sublevados se reunían en Alsasua para tomar acuerdos de actuación común.

El acta levantada señala que era objeto de la reunión promover la causa y derechos del señor don Carlos V que por explícita manifestación de sus pueblos han declarado legales y legítimos. Se facultaba a la junta de Navarra para ponerse en contacto con don Carlos y se fijaban como objetivos militares inmediatos Vitoria y Bilbao, abundantes en recursos.

El acta aparece firmada por Vidaondo, Berroeta, Valdespina, Sáenz de San Pedro y Novia de Salcedo. El 7 de diciembre, representantes vizcaínos y guipuzcoanos se presentaban a Zumalacárregui en Echarri-Aranaz y le ofrecían el mando de las fuerzas de sus provincias que Zumalacárregui aceptó, mientras los alaveses con Uranga y Villarreal le obedecían ya. Pero hasta el momento Zumalacárregui no había emprendido ninguna acción de guerra.

En los primeros días de diciembre de 1833, por lo tanto, el Gobierno de Cea Bermúdez parecía haber controlado enteramente la rebelión carlista. Pero no solo pervivían núcleos insurrectos en diversos territorios, sino que en Vasconia estaban dotados de una cierta organización de guerra, administrativa y económica, contando además con terreno y población favorables.

Mientras en Portugal Don Carlos y sus compañeros emitían proclamas y expedían decretos intentando dar consistencia a la sublevación en todo el reino, el País Vasconavarro se convertía en su motor primordial. La gran capacidad de Zumalacárregui jugó un papel decisivo en ello.

Zumalacárregui. Conflicto europeo

A nuestro juicio, el obstáculo más serio que presenta una correcta valoración histórica de la obra de Zumalacárregui es el tono generalmente apologético de la abundante bibliografía en torna a su figura, recopilada hace años por José María Azcona. Un estudio crítico de la figura del héroe a la altura de nuestras exigencias actuales, de sus concepciones tácticas y sus objetivos militares y políticos, de su significación en la historia del pueblo vasco, no existe hoy, que sepamos. Pero lo que significó para el carlismo está perfectamente claro.

Zumalacárregui por Magues

Zumalacárregui-Magues

La jefatura de Zumalacárregui no fue reconocida oficialmente por don Carlos, desde Portugal, hasta la carta que le hizo llegar, fechada el 18-III-1834 en Villarreal, y que el general se apresuró a hacer circular impresa, en la que le llamaba digno jefe Zumalacárregui, le nombraba mariscal de campo y le concedía plenos poderes militares. La supremacía de Zumalacárregui fue reconocida por jefes de otros territorios, como es el caso de Carnicer o Merino.

El lapso de tiempo en que Zumalacárregui dirigió militarmente el carlismo —diciembre de 1833 a junio de 1835— admite claras subdivisiones. Un primer momento transcurrió hasta la llegada del pretendiente a Navarra, en julio de 1834, en el que Zumalacárregui decidió prácticamente todo.

Con la llegada de don Carlos, fue confirmado en su jefatura militar, ascendido a teniente general y no obstaculizado en sus decisiones tácticas hasta el momento de la decisión de sitiar Bilbao. Pero, a cambio de ello, Zumalacárregui tuvo sobre él, y acusó el hecho, una burocracia que no admitía sus criterios como cuando trataba con Diputaciones o Juntas. En torno a don Carlos se bosquejaba ya un aparato político con el que el general chocó repetidamente.

Militarmente es observable que Zumalacárregui empleó tres sistemas de guerra sucesivos: la táctica de guerrillas, la del control del territorio rural y de las comunicaciones, la de expugnación de plazas fortificadas. En una primera etapa, entre XII-1833 y VI-1834 las fuerzas de su mando practicaron una guerra de sorpresas y hostigamiento. En muy contadas ocasiones se prestó el jefe navarro, con lúcida conciencia de sus posibilidades, a encuentros campales que cuando aceptó fue con posiciones, número de combatientes y posibilidades de retirada, perfectamente calculados.

La base de sus planes fue siempre la insuperable movilidad de sus hombres y el conocimiento del terreno. Semejante sistema tuvo un efecto inmediato sobre las previsiones militares del ejército gubernamental, absolutamente impreparado para tal tipo de guerra. Jerónimo Valdés no pudo pacificar el territorio por no tener enfrente un ejército de bases conocidas y no contar con uno propio adecuado al terreno.

Un primer combate de cierta entidad se produjo en torno a Nazar y Asarta, en la Berrueza navarra, refugio favorito de Zumalacárregui, el 29-XII-1833, con tropas gubernamentales mandadas por Lorenzo y Oráa, recién llegado este de Aragón y navarro de nacimiento. Zumalacárregui no pretendía ganar una batalla, pero cumplió su objetivo de hacer resistir a sus hombres.

Al comenzar el año 1834 trasladó sus operaciones al norte de Navarra, a los valles del Roncal, Aézcoa y Salazar, con el objetivo de forzar adhesiones, obtener recursos y desarmar a la población civil armada por el Gobierno. Realizó entonces una primera acción de sitio, la de la fábrica militar de Orbaiceta con cuya guarnición capituló y de donde obtuvo un importante botín de guerra. El 4 de febrero se enfrentaba de nuevo a las tropas de Valdés en Güesa.

Valdés fue sustituido, el 17-II, por Vicente Quesada, viejo compañero de armas de Zumalacárregui en 1822. Quesada comprendió inmediatamente que el único plan militar válido era la ocupación en regla del territorio, pero carecía de fuerzas para ello. Empleó, pues, otra táctica: la de negociar directamente con Zumalacárregui el fin del alzamiento. En marzo de 1834 se cruzó una correspondencia entre ambos jefes, en la que parece probable que Zumalacárregui no pretendiera otra cosa que ganar tiempo.

Pero el contacto con Quesada desató ya la maledicencia en el seno de la Junta navarra, en la que parece haberse dudado seriamente de la fidelidad del jefe. Fracasado el proyecto, Quesada se propuso hacer una guerra de represión violenta, como anuncio el bando de 11-III-1834.

No era, sin embargo, mejor táctico que negociador. Zumalacárregui, que mandaba entonces fuerzas navarras equivalentes a cinco batallones, le infligió un serio descalabro en Alsasua —abril—, otro posteriormente en Muez y uno más en Gulina a su subordinado Linares. Pero Zumalacárregui practicó desde entonces una guerra de terror a base de fusilamientos de prisioneros, que en nada desmerecía de la violencia de Quesada. Zumalacárregui se permitió incluso, en junio, una incursión por la Rioja, pero normalmente no hizo la guerra fuera de Navarra.

Don Carlos atravesó en el mes de julio toda Francia, en viaje de características novelescas que preparó Auguet de Saint-Sylvain, y se dio a conocer en Elizondo el 12 de julio. La noticia no fue creída en principio por el gobierno de Madrid. En el mes de junio, Quesada había sido sustituido en el mando del Ejército del Norte por José Ramón Rodil, que no era la primera vez que se enfrentaba a don Carlos. Había mandado el ejército español de intervención en Portugal en la última fase de su guerra civil.

Desde la muerte de Fernando VII, don Carlos se había convertido en un problema europeo por su conexión física e ideológica con el entonces rey de Portugal don Miguel de Braganza, aunque, de hecho, nunca consiguió ayuda efectiva de este. El conflicto dirimido en Portugal entre los hermanos Pedro y Miguel, propugnadores de regímenes políticos distintos, enfrentaba también los intereses de las potencias liberales, Francia e Inglaterra, con las concepciones sacroaliancistas de las llamadas potencias del Norte, Austria, Prusia y Rusia.

De ahí que consideraciones de política europea llevaran a la firma de la Cuádruple Alianza, suscrita por los dos gobiernos peninsulares del rey don Pedro y de la reina gobernadora María Cristina, Francia e Inglaterra, cuyo objeto fundamental era impedir el triunfo del absolutismo en la Península Ibérica.

Su fecha fue la de 22-IV-1834. A pesar de lo mucho que los autores carlistas han exagerado desde entonces la importancia de este tratado, la verdad es que superó muy poco el nivel de lo simbólico. Era sin duda una barrera a cualquier veleidad de la Santa Alianza en España, pero la ayuda efectiva que procuró fue mínima. Vencido don Miguel, y celebrado el tratado de Évora-Monte con su renuncia al trono, el 26-V-1834, los ingleses protegieron la marcha de don Carlos a Inglaterra sacándolo de la persecución de Rodil.

Las repetidas llamadas de ayuda militar a las potencias firmantes, hechas desde Martínez de la Rosa a Calatrava, pasando por Toreno, no tuvieron más efecto que el envío de tropas de desecho, como fueron las Legiones francesa —procedente de Argelia— e inglesa, ambas reclutadas entre voluntarios —todos los proletarios de la tierra, que diría el carlista Guibelalde—, cuyo rasgo más notable fue la inutilidad y el elevado contingente de desertores que procuraron. Portugal envió mejores tropas, de su ejército regular, al mando del barón Das Antas.

Rodil intentó cercar a Zumalacárregui en las Améscoas, en julio y agosto de 1834 y no lo consiguió tras el encuentro de Artaza. Venció el carlista en las Peñas de San Fausto y en la Ribera navarra, destrozando la caballería de Carandolet. La movilidad de Zumalacárregui era imposible de neutralizar.

Pero fracasó en su intento de ataque a plazas fortificadas. Igualmente fracasó Rodil en su intento de capturar a don Carlos. Lo único que consiguió fue hacer huir al infante durante meses por las breñas de Navarra y Guipúzcoa y procurarle unas condiciones de vida infames... Zumalacárregui había cambiado ya sus objetivos. Ahora pretendía y conseguía el control permanente de territorios, aunque no consiguiera plazas de importancia.

El 22 de septiembre, completamente fracasado Rodil, el gobierno ensayó otro recurso táctico y psicológico: el nombrar general en jefe a otro antiguo guerrillero navarro, Francisco Espoz y Mina, teniente general. Mina no era ya tampoco el hombre de la guerra de la Independencia, ni siquiera el del trienio. Viejo y enfermo intentó dirigir la guerra desde Pamplona de la que apenas salió, encargando las misiones a sus subordinados Lorenzo, Córdova, Espartero y O´Donnell y al exguerrillero Jaúregui.

Zumalacárregui consigue a fines de octubre el mayor de sus éxitos campales. Derrota al brigadier O´Doyle en Alegría de Álava, cerca de Vitoria, con enorme botín de material y prisioneros, e importante cosecha de fusilamientos, entre ellos el de O´Doyle. La llanada de Álava era fundamental para cualquier intento de progresión de la guerra hacia Castilla cuando aún se pensaba que Merino sería capaz de controlar el norte de esta región. En diciembre hay un nuevo encuentro en Mendaza, donde se disputa el puente de Arquijas, sobre el Ega.

Desde comienzos del año 1835 hasta la llamada batalla de las Améscoas, Zumalacárregui no hizo sino sujetar nuevos territorios a su dominio. Caen en su poder las primeras plazas fuertes y se resuelven a su favor las disputas por ciertos valles estratégicos y ricos entre los que destaca el Baztán, cuya importancia conocía Mina perfectamente. Tras la batalla de Alegría, Zumalacárregui puede armar a doce batallones armados y cinco escuadrones de caballería armados de lanzas, se dota de una pequeña artillería que dirige el coronel Reyna y crea cuerpos auxiliares y una entera administración militar.

Empezaba el año con la toma de Ormáiztegui y Zumalacárregui llevaría después la guerra a la Berrueza. El grueso del ejército gubernamental se encuentra en la Ribera dirigido por Córdova, mientras Oráa protege el Baztán. En todo el oeste de Guipúzcoa y en Vizcaya, la situación era mucho menos brillante para el carlismo, pero dominaba también el espacio rural. El balance de la lucha entre Mina y Zumalacárregui quedó indeciso, pero el carlista había conseguido claramente que Mina no detuviera sus progresos y que cometiera graves como la quema de Lecároz, en el curso de la lucha por el Baztán.

Valdés de nuevo sustituyó a Mina en el mando en abril de 1835, y el panorama de la guerra iba a cambiar aún más en favor carlista. Valdés quiso dar la batalla definitiva a Zumalacárregui atacando su propia base, la Améscoa. Con treinta batallones, Valdés partió de Álava y penetró en Navarra por Aranarache y Eulate. Zumalacárregui practicó una táctica perfecta de dejar penetrar a su enemigo en un territorio difícil y desconocido sin ofrecerle combate.

Valdés, imprudentemente, se adentró en las sierras de Urbasa y Andía sin encontrar al enemigo y al descenso se encontró con un ataque por sorpresa en Artaza, el 22 de abril, con un ejército desconcertado, desconocedor del terreno y sin planes claros de acción. El repliegue hasta Estella fue penosísimo y costó numerosas bajas al ejército gubernamental.

Esta nueva acción en la Améscoa se saldó, pues, con unos resultados que en vano intentó ocultar o minimizar el gobierno de Martínez de la Rosa. Melchor Ferrer opina que el propósito de Valdés era derrotar a Zumalacárregui antes de que se presentara en España lord Eliot con una misión del Gobierno británico conocida ya, a fin de mejorar la posición negociadora gubernamental. La misión de Eliot fue producto de la política peninsular de lord Wellington, ministro del Exterior en un Gobierno Peel.

Se pregunta también Ferrer si Eliot traía a España una misión trascendente que no se reducía a una gestión para dulcificar las condiciones de la guerra. En efecto, esta cuestión parece ya dilucidada claramente en sentido afirmativo.

Las fuentes del tiempo ya comentan que Eliot estaba encargado de gestionar el fin de la guerra, y el inédito de Florencio Sanz dice que la misión ostensible de este personaje fue la de establecer una ley de cuartel para los prisioneros de uno y otro campo; pero el fin verdadero era de proponer que se concluyese la guerra por medio de una transacción. Sanz, oficial de la secretearía de guerra, debía estar bien informado y comenta que ya antes se habían recibido proposiciones extranjeras en el mismo sentido. Lo que ignoramos es el contenido exacto de tales proposiciones.

Don Carlos se negó a la transacción y lo único conseguido fue le llamado convenio Eliot, que regulaba el respeto y canje de los prisioneros solo en territorio vasconavarro, firmado el 27 y 28 de abril por Zumalacárregui y Valdés. Pero tenía mayor importancia el reconocimiento nacional e internacional de la beligerancia del carlismo que le hecho suponía, por lo que fue muy discutido en el Parlamento de Madrid.

La derrota de Valdés hizo cambiar el plan de guerra y reiterar las peticiones de ayuda extranjera. Valdés solo pensó ya en establecer una línea de contención del carlismo en el Ebro, y mantener las plazas fortificadas. Zumalacárregui, dueño de la mayor parte del territorio navarro, atacó entonces y tomó Treviño, en Álava, dejando Vitoria aislada. Trasladó la guerra a Guipúzcoa, donde las diversas guarniciones, bajas de moral y sin apoyo, fueron cayendo una tras otra. Villafranca, Tolosa, Vergara, Durango, Eibar y Ochadiano cayeron en manos de Zumalacárregui entre el 1 y el 11 de junio.

Espartero era derrotado en el alto de Descarga. A mediados de 1835, salvo las capitales, pueblos de la costa y el espacio entre Vitoria y Salvatierra, el carlismo dominaba en todo el País Vasconavarro. La cuestión era entonces que orientación dar a la guerra conseguida esta firme base territorial. No había un criterio unánime, y el cuartel de don Carlos era contrario al del general en jefe, cosa que este sabía desde la toma de Vergara. No es extraño que tomada Ochandiano, Henningsen, inglés del estado mayor de Zumalacárregui anotara que nunca había visto sus severas, pero nobles facciones, con aspecto tan sombrío.

En junio de 1835, la situación de la guerra en otras partes de España era muy desigual. En Castilla, el fracaso de Merino era ya un hecho. Vuelto de Portugal en marzo d e1834, solo consiguió levantar partidas que, sin embargo, trajeron en jaque a 1.500 hombres del ejército gubernamental. Zumalacárregui no prestó, tal vez, la atención debida al desarrollo de la guerra a este escenario, pero envió alguna pequeña expedición de ayuda a Merino, como las mandadas por Basilio García o Cuevillas, con nulo éxito.

La Mancha, Extremadura y Andalucía distraían también contingentes importantes de tropas, sin que los cabecillas consiguieran estabilizarse. Cuesta en Extremadura y los brigadieres Mir, en la Mancha y Malavilla en Andalucía no consiguieron progresos destacables.

La guerra, sin embargo, adquiría mayores visos en Cataluña y levante. Las partidas catalanas crecieron desde el año 1833, pero la falta de militares profesionales o de guerrilleros capaces de imponerse fue el mal endémico de la zona. Don Carlos había nombrado comandante general del Principado a Juan Romagosa el 24-VI-1834, estando en Inglaterra. Romagosa pasó al continente, llegó al reino de Cerdeña donde obtuvo auxilios económicos del rey Carlos-Alberto y un barco con el que embarcado en Génova llegó a las costas catalanas el 12-IX-1834.

Conocido esto por Llauder, persiguió al carlista que cayó prisionero y fue fusilado en Igualada el día 16. Saperes, Tristany, Ros de Eroles, Llarc de Copóns y otros siguieron haciendo la guerra por su cuenta. Plandolit fue nombrado segundo comandante general y como tal firmó algunas proclamas. Pero incapaz de imponerse fue depuesto por don Carlos en febrero de 1835. La cuestión catalana no cambió de aspecto hasta la expedición navarra de Guergué en aquel verano.

En Aragón-Maestrazgo-Valencia la guerra tiene dos etapas separadas por el paso de Cabrera a obtener la supremacía en la región. Antes y después de que Cabrera fuera nombrado comandante general en octubre de 1835, las disensiones continuaron siendo la tónica. Pero además el problema levantino se vio aún potenciado por la clara desconfianza con que la independencia de Cabrera era vista en la camarilla de don Carlos. las quejas contra aquél no dejaron de escucharse nunca entre los burócratas del Cuartel Real.

Muerto el barón de Hervés, la dispersión y las disputas fueron continuas, a veces por querellas sobre el mando superior, a veces por la consecución de recursos o de nuevos reclutas para las partidas. Marcoval parecía el más indicado para tomar el mando y así lo intentó en enero de 1834. Estaba mal de salud y en febrero, cuando intentaba reunir hombres, cayó en una emboscada en Villabona y fue fusilado.

Entre los que quedaban el hombre de más prestigio era Carnicer a quien se unieron otros jefes como Quílez, Miralles, Forcadell y Cabrera a quien ya seguía su propia partida. Carnicer estableció su base en el Maestrazgo pero llamado por los catalanes acudió con sus hombres, entre los que iba Cabrera, penetró en la provincia de Tarragona y tuvo un encuentro con el gobernador de esta, Carratalá, desastroso para las armas carlistas. Fue la acción de Mayals, en abril de 1834, que costó la pérdida de las fuerzas reunidas por Carnicer y retrasó el levantamiento en Cataluña.

Carnicer entró en contacto con Zumalacárregui, obtuvo el nombramiento de segundo comandante de Aragón y ascendió coroneles a Añón y Cabrera. En el último trimestre de 1834 la presión gubernamental fue tan intensa, bajo el mando de Nogueras y Pezuela, que los carlistas tuvieron que disolverse.

Cabrera lo hizo en Ejulve y, sin conocimiento de Carnicer, marchó acompañado del teniente García a Navarra, en enero de 1835. La actitud de Cabrera en este tiempo ha dividido a sus cronistas y biógrafos, desde Buenaventura de Córdoba, el mejor de ellos, hasta el más reciente, Román Oyárzun. Se discute la buena fe o la actitud intrigante de Cabrera y su relación con la posterior muerte de Carnicer.

Cabrera, como era de esperar, no levantó especial interés en el Cuartel Real. Habló con Villemur y don Carlos ordenó que pusiera por escrito lo dicho, que incluía bastantes acusaciones contra Carnicer. Con Cabrera mismo se transmitieron órdenes a aquél de presentarse en Navarra.

Carnicer fue descubierto cuando hacía este viaje y fusilado en Miranda de Ebro, el 6 de abril. El intento de Cabrera de hacerse con el mando creó tales problemas que en mayo se expidió la absurda orden de que cada jefe actuase con independencia. Según Quílez, el carlismo aragonés contaba en esta fechas con siete batallones y cinco escuadrones.

En el norte, la decisión que se impuso fue la de tomar Bilbao. La transcendencia de la decisión para el futuro de la guerra es innegable, porque significaba elegir entre dos estrategias: la de la rapidez o la de la seguridad. Zumalacárregui se inclinaba por la primera y la camarilla de don Carlos por la segunda. Sigue habiendo algunos puntos oscuros en este proceso que enfrentó al general con la Corte durante algunos días.

No sabemos a ciencia cierta el papel que jugó en todo ello la presión de las dificultades económicas, las exigencias extranjeras, la frivolidad de la Corte —si la hubo— y los deseos mismos de los combatientes de fila. Según Henningsen, entre estos era unánime el deseo de atacar la villa. No era la primera vez que Zumalacárregui tenía dificultades con las autoridades civiles. Su pugna con la Junta de Navarra, que culminó con una tormentosa correspondencia en el mes de mayo de 1834, es conocida por todos sus biógrafos.

Parece que en el fondo de las disensiones había dos factores clave. Zumalacárregui quiso subordinar siempre toda actividad a la necesidad de liquidar la guerra prontamente. Sabía que luchaba contra el tiempo, y despreciaba rotundamente las pretensiones protocolarias y leguleyas de la inepta burocracia que rodeaba a don Carlos. Después, la necesidad perentoria que siempre tuvo de dinero y medios para sus planes le llevaron, a veces, a exigencias desorbitadas, como muestran bien sus relaciones con la Junta.

En junio de 1835, parece claro que la intención del general era marchar prontamente sobre Madrid, a través de Vitoria, cuando el ejército de Valdés estaba inerme y el de reserva era insuficiente para detener a los treinta mil hombres de que podían disponer los carlistas. La decisión de tomar Bilbao no sabemos a quien pertenece exactamente, pero se concretó en el Cuartel real y todos los autores coinciden en que no fue compartida por Zumalacárregui.

Por qué este tenía otras miras puede aclararse a través del diálogo que transmite Henningsen en el que a preguntar don Carlos a Zumalacárregui si podía tomar Bilbao, este respondió: Sé que puedo tomarla; pero será un inmenso sacrificio, no tanto de hombres como de tiempo, que ahora es preciso. Las razones militares parecían ser, pues, las básicas. Pero todo indica también que, como ya señaló Pirala, si Zumalacárregui era contario al sitio de Bilbao no se opuso a él con decisión.

En todo este cuadro, resulta sorprendente y aleccionadora acerca de la entidad y carácter de los hombres que rodeaban a don Carlos la versión que sobre la decisión del sitio presenta el furibundo apostólico que fue Florencio Sanz en su Historia.

Obra escrita en los años amargos de la emigración, alegato fanático contra todos los transaccionistas, a los que siempre encuentra tras todas las desgracias del carlismo y entre los que incluye a personas que jamás fueron tal cosa —el propio don Carlos la prohibió en Bourges— por fortuna para la memoria de Zumalacárregui y otros hombres honrados.

Asegura Sanz que fue el propio Zumalacárregui, deslumbrado por pinturas lisonjeras y olvidándose de sus promesas de sacar la guerra de Vasconia, el que decidió el sitio. En su relato no se ahorra ni la sugerencia de la venalidad del general. Establecido el sitio, el general recibió una proposición de los bilbaínos de entregarle dos millones de reales si lo levantaba... Conocido esto en Durango, don Carlos y Villemur, a pesar de que Zumalacárregui insistió desde entonces en las dificultades del sitio, convinieron en que era preciso mantenerlo por honorabilidad.

Como quiera que tan graves afirmaciones no se acompañan de una mínima prueba y contradicen todo lo escrito sobre el caso, no cabe más que una interpretación: en su destierro de Aleçon, en los años cuarenta, Sanz estaba desahogando la mala conciencia de las gentes que rodeaban a don Carlos cuando se tomó tan errónea decisión años antes.

El sitio de la capital vizcaína costó la vida a Zumalacárregui que, herido en una pierna el día 15, murió el 24 en Cegama, legando en su testamento cuarenta onzas de oro. Es inútil hablar de las causas de su muerte, entre las que no se descartado el envenenamiento. Las consecuencias pudieron verse pronto. Pero los enemigos del carlismo se han ensañado con don Carlos por las palabras que se dice pronunció al conocer la noticia, acerca de lo reparable de la desgracia y de la facilidad de sustitución del general.

Don Carlos dio aquí una de sus escasas pruebas de sensatez política al dejar ver, y hacer creer, que la causa estaba por encima del genio de un hombre. Máxime cuando la algazara que el hecho produjo en la España liberal estuvo por encima de toda ponderación.

La fase de equilibrio

Muerto Zumalacárregui, el ejército carlista vasconavarro disponía de treinta y tres batallones de infantería, seis escuadrones de caballería, artillería y los servicios consiguientes. Del mando de estas fuerzas se hizo cargo interinamente el ya mariscal Francisco Eraso. El general Valdés no se decidió a prestar un inmediato socorro a Bilbao, no queriendo, sin duda, desguarnecer la línea del Ebro.

En el campo carlista las intrigas por la sucesión de Zumalacárregui se presentaron de inmediato y la solución adoptada fue la designación para el mando del teniente general Vicente González Moreno que contaba entre los primeros seguidores de don Carlos en Portugal, pero hombre poco significado hasta el momento. Rafael Maroto, que durante algún tiempo fue señalado como el más firme candidato a la sucesión de Zumalacárregui, quedó encargado de la comandancia de Vizcaya.

Las operaciones concertadas de Latre y Espartero en auxilio de la población de Bilbao establecieron contacto con su guarnición y el mando carlista decidió levantar el sitio el 1-VII-1835. Desde esta fecha hasta mayo de 1837 en que los carlistas emprenden la llamada expedición real, transcurre una fase de la guerra caracterizada por un equilibrio de fuerzas en el País Vasconavarro, pero también por el aumento de los efectivos y el dominio territorial del carlismo en Cataluña y Levante.

La guerra entra también en una nueva fase en función de las convulsiones políticas que afectan al régimen de María Cristina y a la definitiva instauración del sistema liberal entre 1835 y 1837. Por último, no debe olvidarse tampoco el deterioro económico que afecta a ambos contendientes y que les obligará a una reorientación de su política que representarán respectivamente Mendizábal y Erro.

Jerónimo Valdés había presentado su dimisión como general en jefe el 24 de junio en Miranda de Ebro. En circunstancias muy graves se hizo cargo del mando de manera interina el general José de la Hera, hasta que advino el nombramiento y la llegada del ya mariscal de campo Luis Fernández de Córdova, nuevo general en jefe, el 3-VII-1835. Parecía entonces que la intervención militar extranjera iba a ser un hecho y Córdova, una vez asegurada Bilbao, condujo el grueso del ejército a Miranda.

El teatro de la guerra se trasladó nuevamente a Navarra en un esfuerzo por parte de los generales respectivos de decidir la supremacía militar, de la que ambos necesitaban, dada la comprometida situación política por la que uno y otro bando atravesaban.

Los primeros encuentros tuvieron lugar en torno a Puente de la Reina, pero el combate decisivo se produjo en torno a Mendigorría, donde el 16-VII-1835 se trabó el mayor encuentro campal de la guerra. Los errores tácticos cometidos por Moreno en esta ocasión —con un río a su espalda, comprometiendo a todo su ejército y al propio don Carlos en un solo encuentro— has sido señalados unánimemente.

Córdova ganó la batalla, pero la incapacidad militar de sus tropas y de sus jefes, que el mismo Córdova señalaría, impidió sacar todo el partido posible de la victoria. Mendigorría no cambió el curso de la guerra. Si bien ahondó las diferencias entre los carlistas, no contribuyó a detener los movimientos revolucionarios desencadenados contar Toreno en el resto del verano.

El desprestigio de Moreno aumentó y sus diferencias con Maroto empeoraron las cosas. El 11 de septiembre consiguió este derrotar a Espartero en Arrigorriaga, obligándole a una difícil retirada sobre Bilbao. Pero el plan de Maroto de estrechar la ciudad no fue aceptado. La salomónica decisión del cuartel general de don Carlos fue destituir tanto a Maroto como a González Moreno. El nuevo general en jefe carlista, Nazario Eguía, tomó el mando el 21-X-1835. Decididamente el cuartel de don Carlos jugaba la carta de los generales de la época fernandina que no habían querido combatir bajo Zumalacárregui.

El ejército carlista adoptó una nueva organización que le dividía en tres divisiones al respectivo mando de los mariscales Iturralde, Villarreal y Gómez, mientras se creaba un ejército de reserva. El mariscal Mazarrasa, notable figura del bando apostólico, fue el jefe del Estado Mayor de Eguía.

Por su parte el plan de guerra de Córdova abundaba en la visión de Valdés de bloquear el País sobre la base de una línea continua que desde la frontera francesa —la llamada línea de Zubiri— bajaba al Ebro y ascendía al norte por el oeste de Vizcaya. El general el jefe se estableció en Vitoria. Durante el periodo, pues, los cambios territoriales fueron escasos. Eguía tomó Guetaria dificultando el bloqueo marítimo.

Córdova intentó la invasión de Guipúzcoa desde el sur atravesando los altos de Arlabán, dando lugar al primer combate de este nombre en enero de 1836. En febrero, Eguía se apodera de Plencia y Balmaseda —perdida después— y en abril de Lequeitio. En mayo, Sagastibelza, comandante de Guipúzcoa, muere en un combate en torno a San Sebastián frente a la legión inglesa de sir Lacy Evans, en uno de los pocos triunfos que tuvo esta unidad. Pero por este tiempo un segundo intento de Córdova por Arlabán fracasa de nuevo.

Los éxitos locales de Eguía no eran suficientes para un avance definitivo del carlismo. En los círculos cortesanos se imponía, cada vez con más fuerza, la necesidad de sacar la guerra del estrecho terreno actual. La oposición de Eguía al sistema de las expediciones, aunque no rechazara la posibilidad de una ofensiva masiva, determinaron su caída.

El 13-VI-1836, se encargaba interinamente del mando al alavés Bruno Villarreal, destacado en los combates de Arlabán. Las principales dificultades de Córdova eran de índole económica y en el ejército liberal empieza a relajarse la disciplina de manera alarmante en función de la desatención al soldado.

El ejército carlista estaba, por el contrario en el punto culminante de su potencia con efectivos de treinta y cuatro mil hombres; más que los que Córdova tenía en condiciones reales de operar. Villarreal empezó su mando con mucha actividad, que complació a la Corte. Salieron las expediciones de Gómez y la segunda de Basilio García y se proyectaba la de Pablo Sanz —hermano de Florencio— que cambiaría de objetivo, como veremos.

Francisco García opera en Navarra contra la línea Zubiri, mientras Guibelalde mantiene cercada a San Sebastián. Villarreal vence en Villasana, pero Iturralde es derrotado en Cárcar y procesado por ello. Prisionero más delante de los liberales moriría en cautividad. El mando de Villarreal culminó con la decisión de atacar de nuevo Bilbao, en acuerdo tomado en octubre.

Desde agosto Córdova había abandonado el mando del ejército gubernamental por su oposición a la revolución de la Granja y el estado del ejército era casi caótico. Tras los mandos interinos de Méndez Vigo y de Oráa, la jefatura recaería en el mariscal de campo Baldomero Espartero, que se mantendría en ella hasta el final de la guerra.

El nuevo sitio de Bilbao comenzó el 24 de octubre bajo el mando de Eguía, mientras Villarreal seguía con el mando en jefe. El bloqueo fue ahora mucho más prolongado y su levantamiento costó una batalla en regla que culminó con la acción de Luchana en la Nochebuena de 1836, un éxito que llenó de popularidad a Espartero y de disgusto a la Corte de don Carlos. Se acusó al mando carlista de haber actuado con negligencia y Villarreal presentó su dimisión el 29 de diciembre.

Advino entonces la jefatura del infante Sebastián Gabriel de Borbón y Braganza, hijo de la princesa de Beira, presentado en el campo carlista el año anterior. Con su nombramiento parecen haberse querido armonizar las dos corrientes presentes en el carlismo. Su jefe de Estado Mayor será González Moreno, mientras se le dota de un equipo de ayudantes de campo en el que figuran hombres dispares como Elío, Villarreal, pablo Sanz, Zabala y el portugués duque de Madeira. Además de por la decisiva victoria de Oriamendi sobre la legión inglesa, el 15-III-1837, el mando del infante se señaló por haber dirigido la expedición real, de la que hablaremos.

La guerra en Castilla quedó prácticamente extinguida cuando en la primavera de 1836 Merino se retiró al país Vasco, a pesar de la ayuda que el prestaron esporádicas expediciones como la del canónigo Batanero. En Cataluña la guerra entró en una nueva fase gracias a la expedición navarra que mandaría Juan Antonio Guergué, que partió de Estella el 2-VIII-1835, con dos batallones navarros, uno castellano y sesenta jinetes. Guergué tenía como objetivo unificar las fuerzas catalanas.

Atravesando Huesca, llegó a Tremp, donde se le unieron Borges y otros jefes. Guergué encontró en Cataluña el mismo panorama que señalarían futuros comandantes: desorganización y bandolerismo. De todas formas, Guergué consiguió organizar batallones y encuadrar en divisiones a las fuerzas catalanas. Según su propio informe los efectivos subieron a más de veinte mil hombres. No obstante, careció de un concreto plan de guerra y hubo de enfrentarse a las deserciones de los navarros disgustados por combatir fuera de su país, por lo que se retiró hacia el norte del Principado dispuesto a regresar a Navarra.

Guergué fue el primero de los comandantes foráneos que se retiró inopinadamente de Cataluña, con gran disgusto de las personalidades civiles catalanas que calificaron el hecho de escandaloso. Sus más cualificados representantes —Queralt, Canals, Muntadas— pidieron a don Carlos un nuevo comandante y una nueva expedición.

Posteriormente, desempeñarían el mando en Cataluña Ignacio Brujó, Rafael Maroto y Blas Royo, hasta que en el tiempo de la expedición real se hizo este encargo a Antonio Urbiztondo. El mando de Brujó prolongó en Cataluña todas las características ya señaladas, con nuevos perfiles de guerra sin cuartel. Los liberales expugnaron el santuario de Santa María dels Horts, con fusilamientos, y los motines populares de Barcelona a comienzos de 1836 costaron la vida a muchos presos carlistas.

Juan Bautista Erro, ministro universal, intentó resolver el problema catalán mediante el envío de un nuevo jefe foráneo. El elegido fue Maroto, de cuartel en Tolosa desde su destitución. Maroto partió para Cataluña en agosto de 1836 y, según su propio testimonio, se le prometieron medios de los que nunca dispuso. Su problema no fue esta vez de índole militar; Maroto parece haberse entendido perfectamente con sus mandos más directos, Brujó, Porredón (Ros de Eroles), Tristany y Masgoret.

El enfrentamiento fue ahora con la ya constituida Junta de Cataluña en la que existían hombres fuertes como Torrabadella, Ferrer o el marqués de Monistrol. Maroto se marchó inopinadamente a Francia en octubre. Le sucedió Blas Royo, de forma interina, cuyo mando se prolongó hasta el mando de la expedición real.

En el espacio aragonés-valenciano las cosas empezaron a cambiar gracias a la personalidad de Cabrera. Las contestaciones entre los jefes, protagonizadas por Cabrera, Quílez y Llangostera especialmente, continuaron, pero Cabrera poseía cualidades militares de las que carecían los jefes catalanes. Acabó controlando el mando en Aragón aunque siguió teniendo problemas en Valencia. Cabrera obtuvo nombramiento de comandante general el 25-X-1835, mientras Quílez quedaba como su segundo.

Los principales jefes eran Forcadell, Llangostera, Miralles y Torner. Los progresos militares fueron notables, tanto frente a Palarea, capitán general de Valencia, como a Nogueras, comandante de Teruel. Cabrera obtiene su primera victoria importante en Tortosa en enero de 1836. Pretendió entonces un control efectivo de las autoridades del territorio dominado y, a consecuencia de ello, ordenó el fusilamiento de los alcaldes de Valdeagorfa y Torrecilla de Alcañiz. El hecho propició indirectamente el bárbaro asesinato de la propia madre del carlista acusada de conspiración en Tortosa, el 16 de febrero.

La guerra adquirió desde entonces caracteres inigualables de ferocidad, dado que el convenio Eliot solo fue aplicado en Vasconia y en Aragón-Valencia no se llegaría a un acuerdo semejante hasta 1838. En todo caso, una real orden de don Carlos de 8-IV-1836, aprobó todas las represalias tomadas por Cabrera. En la primavera de 1836, Cabrera mandaba unos cinco mil hombres de infantería y caballería.

Las disensiones en el territorio decidieron al alto mando a encargar el mando de Aragón al conde de Villemur que murió antes de hacerse cargo de él. Este hecho supuso la continuación de Cabrera, pero desde el País Vasco se le enviaron continuamente personajes militares y civiles que se le incorporaron, con ánimo, tal vez, de controlar algo su independencia.

La base de Cabrera quedó establecida en Cantavieja desde 1835, cuyas instalaciones causaron admiración y disgusto al príncipe Lichnowsky cuando las conoció en 1837. En verano de 1836, las actividades de Cabrera se extendían desde Tarragona a Valencia y la conquista de Ulldecona le valió el grado de mariscal.

Sin embargo, hizo mucho daño al progreso de la guerra en Aragón el empeño del general Gómez de arrastrar a las fuerzas de Cabrera en su célebre expedición al sur. La ausencia de Cabrera hizo perder territorios, como Cantavieja, y su contribución a la expedición fue negativa por las disensiones. Gómez envió a Cabrera a Aragón desde Cáceres y cuando la expedición real llegó a sus dominios Cabrera había reconquistado casi todo lo perdido.

Las Expediciones. La Expedición Real

La llamada expedición real resulta muy significativa del curso de la guerra y también de los problemas de la política española en el momento culminante de la revolución liberal.

Tras casi cinco años de guerra, las contradicciones entre revolución y contrarrevolución iban a llegar a su momento de máximo enfrentamiento. Don Carlos hace un esfuerzo definitivo para detener el curso revolucionario, mientras en el campo liberal se acusan también ciertos movimientos retrógrados, cuyo centro parece ser la misma reina María Cristina y su más inmediato círculo. La expedición real no podría ser explicada, en todo caso, sin una alusión al menos a este interesante fenómeno de las expediciones como sistema de guerra y manifestación de las reales características socioeconómicas de esta.

Las expediciones militares carlistas tuvieron como objetivo general la ayuda a aquellos territorios en los que se suponía la existencia de una opinión adicta y en los que la falta de recursos o de dirigentes impedía el progreso de la guerra. Todas salieron del País Vasconavarro —a excepción de ciertas correrías de Cabrera y sus hombres—, y se dirigieron prioritariamente a Castilla, aunque se prolongaron por Cataluña, Santander, Asturias, Galicia e, incluso, Andalucía.

Las expediciones no fueron asunto exclusivamente militar y en torno a ella se fragmentaron los criterios del los cuadros altos del carlismo. Como hemos señalado, la guerra presentó en ciertos espacios caracteres de lucha social interna, pero los dirigentes carlistas, obviamente, supusieron siempre que no había solución militar que no incluyera el dominio del corazón de la Monarquía. Hombres como Zumalacárregui o Eguía comprendieron que el asalto al régimen solo podría hacerse mediante una ofensiva masiva sobre Madrid. Otros, como Moreno, Villemur o Villarreal supusieron que la guerra podría extenderse paulatinamente.

De esta creencia surgieron las expediciones. Había también una dimensión económica. Era preciso liberar a los territorios clave de la devastación y el esquilmo que suponía la guerra continuada en ellos. Había, en fin, un presupuesto político representado por la creencia del bando ultra de que existía una verdadera conspiración internacional para impedir que don Carlos saliera de las Provincias.

Por supuesto, únicamente Zumalacárregui tuvo una visión clara de los objetivos globales de la guerra. Las expediciones fracasaron todas porque no fueron capaces de levantar la guerra en sitio alguno. No tuvieron apoyo ni logístico, ni social ni psicológico.

Zumalacárregui no mostró interés en tal tipo de guerra. Se limitó a enviar pequeñas ayudas a Merino, como las que le llevaron Basilio García y Cuevillas con nulo éxito. En 1835 apareció ya una corriente favorable al sistema, que representa bien el escrito de don Carlos suscrito por Villemur en Gollano a 23 de enero. Razonaba la necesidad de mantener el alzamiento en Aragón y Castilla, de ampliar el escenario de la guerra y se permitía criticar veladamente a Zumalacárregui por su sistema de guerra que llena de gloria al corto distrito de su teatro pero que consume los caudales... aniquila estos pueblos.

Desde entonces el fervor por las expediciones parece haber sido patrimonio del bando ultra, aunque participara de él Villarreal. Eguía fue contrario al procedimiento como expuso pormenorizadamente en una Memoria sobre su mando. Dejaba ya entrever que se trataba de quimeras de los cortesanos que por ello atacaron sus sistemas de guerra. El criterio de los expedicionarios triunfó claramente bajo el mando de Villarreal. Gómez realizó la increíble correría que le llevó hasta el sur, aun cuando según parece, sus instrucciones era socorrer Asturias y Galicia, entre junio y diciembre de 1836.

Sus andanzas no tienen otra explicación que el intento de sublevar la mitad sur de España y particularmente Andalucía, su tierra de orígen. Basilio García realizó una nueva expedición en este verano y Pablo Sanz, destinado a hacerse cargo del mando de Aragón en ausencia de Cabrera, y cuando emprendía una expedición a esas tierras, recibió contraorden de marchar a Asturias por donde anduvo sin especial provecho. Con posterioridad a la expedición real aún se efectuaron otras salidas mandadas por el brigadier Balmaseda, Basilio García de nuevo, y el conde de Negri que efectuó las última y más desastrosa de todas.

La aventura que emprendió don Carlos a partir del 15-V-1837, desde Estella, y la que paralelamente llevó a cabo Zaratiegui en julio, encajan en cierto modo dentro de las características de este tipo de guerra. Pero, desde otro punto de vista, los orígenes políticos de la expedición de don Carlos permanecen sin aclarar enteramente. Segú señaló acertadamente Ferrer, ninguno de los protagonistas aclaró nunca debidamente los fines de la expedición y sus presupuestos.

Y en este caso los inéditos de Sanz no sirven tampoco de gran ayuda. Se limita a exponer la poco verosímil versión de que la expedición fue idea de González Moreno, pero señala el interesante hecho de que se preparó con un extraordinario sigilo. La animada relación que hizo Lichnowsky no resuelve nada sobre los orígenes, y cree que González Moreno tuvo efectivamente gran intervención en su génesis.

El problema fundamental reside en la aclaración de las exactas miras de don Carlos, y de la existencia o no de unos contactos previos entre él y el Gobierno de Madrid. Parece absolutamente improbable que don Carlos emprendiera esta acción sin algún género de ofertas o seguridades en cuanto a un arreglo de la guerra. La proclama difundida a los vasconavarros en Cáseda, el 20 de mayo, parece mostrar que no se piensa en el regreso: vuestra memoria vivirá conmigo eternamente..., dice.

Entre los autores del siglo XIX, el mejor informado resulta ser, como de costumbre, Pirala, que detalla la existencia de unas conversaciones previas mediante agentes y la intervención del rey Fernando II de Nápoles. Incluso así, ignoramos cuales eran los términos de la negociación y si se incluía ya entre ellos las respectivas renuncias de don Carlos y María Cristina y el casamiento de sus primogénitos. De este asunto hablaba una proclama clandestina de la llamada Junta de Madrid, carlista, que publicó Pirala, y sería en el futuro el caballo de batalla de los transaccionistas.

La misma oscuridad se cierne sobre las causas de la renuncia a atacar Madrid encontrándose el ejército carlista a sus puertas. En definitiva, lo único indudable es que la expedición se movió en el seno de dos coordenadas: el miedo a los adelantos de la revolución radicalizada desde los acontecimientos del verano de 1836 y, en segundo lugar, la búsqueda de soluciones políticas de transacción para la guerra que se venían apuntando desde 1835 y no cesarían hasta el Convenio de Vergara.

Si la expedición tenía desde la salida el objetivo de Madrid, su itinerario fue bastante oblicuo. Desde Huesca se adentró en Cataluña y llegó hasta Solsona, donde don Carlos envió embajadores a Viena, Turín y Petersburgo, asunto también significativo. Dejando a Urbiztondo como comandante en Cataluña, se adentró la expedición en tierras de Cabrera, llegaron sus fuerzas hasta Valencia, retrocedió después hacia el noroeste y el 22 de agosto se dio la gran batalla de Villar de los Navarros en la que fue liquidado el ejército isabelino de Buerens.

El 12 de septiembre se encontraba don Carlos en Arganda y en los días subsiguientes rodeó Madrid. El regreso tras la derrota de Aranzueque, fue bastante penoso. El 24 de octubre se atravesaba el Ebro y el 26 se llegaba a Arceniega, en Álava. El efecto del regreso fue deplorable, según cuentan las fuentes.

La escisión del carlismo

El resultado de la expedición real convenció a liberales y carlistas de que no existía una solución militar a corto plazo para la guerra. El carlismo perdió gran parte de su credibilidad ante sus amigos europeos e Inglaterra, principal apoyo de la reina Cristina, evolucionó hacia posturas de solución política. Desde ahora hasta el fin de la guerra, pasando por todo el episodio del convenio de Vergara y sus antecedentes, se desarrolla un periodo de extrema confusión política, de luchas de influencia y de búsquedas de soluciones no militares.

A partir de comienzos de 1838, el agotamiento parece detener la guerra en el País Vasconavarro, donde las posiciones respectivas sufrirán escasos cambios. Sin embargo, en los demás teatros de la guerra la lucha no decayó y en Aragón-Valencia aumentó. En la Mancha y Andalucía se realizaron algunas expediciones esporádicas de los hombres de Cabrera, como el coronel Tallada, en conexión con la última de las expediciones de Basilio García. pero desde el verano de 1838 y la creación de un ejército de reserva mandado por Narváez, la lucha cesó completamente.

En el norte, el manifiesto de Arceniega, de 29-X-1837, indicaba un radical cambio de política. El manifiesto se acompañó de destierros, como los de Villarreal y Moreno, procesamientos como los de Zaratiegui y Elío, además de Gómez, por los asuntos de sus expediciones. Y aun alcanzaron las medidas al infante Sebastián Gabriel, al ministro Cabañas, y a algunos otros. El poder fue entregado a los ultras, lo que hace pensar en la expedición real como empresa de los transaccionistas.

El ejército de puso en manos de Guergué, cuyo mando fue de muy escasa brillantez. Perdió Peñacerrada y no tomó iniciativa militar alguna, aunque recuperó Balmaseda. A raíz de la sublevación de dos batallones navarros en Estella, un cúmulo de circunstancias confusas, entre las que probablemente figuraban recomendaciones extranjeras, hicieron que don Carlos llamase a Maroto de su destierro en Francia para encargarle del mando, cosa que realizó el 24-VII-1838.

Por lo que respecta a Cataluña, el mando de Urbiztondo significó algún avance militar; tomó Berga, en julio de 1837 y trasladó el teatro de la guerra al campo de Tarragona. Los conflictos de Urbiztondo con la autoridad civil catalana fueron determinantes. Escribió el general a don Carlos narrándole el estado de desorganización militar, los crímenes cometidos en nombre del carlismo, la corrupción de los mandos y la inepcia de la junta.

Por desgracia para él, algunos de estos documentos cayeron en manos del barón de Meer, general gubernamental, que los hizo publicar en El Guardia Nacional de Barcelona en diciembre de 1837. La situación de Urbiztondo se hizo insostenible y, una vez más, su decisión fue abandonar Cataluña y marchar a Francia. El mando recayó en el brigadier José Segarra que lo desempeñó hasta la llegada a Cataluña del conde de España, en julio de 1838.

El progreso del carlismo fue notable en Aragón-Valencia. Cabrera tomó en enero de 1838 Benicarló. Pero la gran hazaña fue la toma de Morella, tenida por inexpugnable, que Cabrera convirtió en su capital. En febrero se conquista Gandesa y el general Cabañero hace una expedición hasta Zaragoza, entrando en ella y saliendo descalabrado. Cabrera conquista Chelva, pero fracasa ante Alcañiz.

Otro hecho resonante fue la defensa de Morella, en agosto d e1838, ante un fuerte ejército de Oráa, que mereció los honores de la publicación del Diario de operaciones. La culminación de la carrera de Cabrera fue la derrota que infligió al general Pardiñas, con muerte de este, en el combate de Maella, el 1 de octubre. Cabrera pasó entonces a suceder a Zumalacárregui en el mito.

La ferocidad de la guerra no cesaría haste el acuerdo firmado con Van Halen en Lécera y Segura el 3-IV-1839, que ampliaba a la zona los beneficios del convenio Eliot. Hasta el hecho de Vergara el poderío de Cabrera no retrocedió un ápice. Levante, menos esquilmado por la guerra, relevaba a Vasconia en la iniciativa del carlismo.

Volviendo al norte, el mando de Maroto empezó bajo los mejores auspicios políticos y económicos. Se recibieron los últimos auxilios extranjeros y Maroto, sin tomar iniciativas militares, procedió, sin embargo, a una puesta a punto del ejército. En verano de 1838 hubo calma y solo en septiembre se dieron los primeros combates en El Perdón, Los Arcos y La Población. En el futuro, Maroto no haría esfuerzos militares ningunos y solo movió las tropas en función de sus planes políticos, aunque sus subordinados empeñaron combates.

Durante el mando de Maroto culminó en el interior del carlismo un proceso ya viejo. No solo eran notables la discrepancia entre los objetivos de los cuadros políticos y los combatientes de base, sino también las mismas discrepancias que enfrentaban a estos cuadros acerca de la marcha de la guerra, las concepciones del Estado y el régimen futuro tras el triunfo de don Carlos. La escisión de los cuadros dirigentes del carlismo —pues de eso se trata, y no de ruptura entre la masa de adeptos— puede rastrearse desde los tiempos inmediatamente posteriores a la muerte de Zumalacárregui, sin que don Carlos haya jugado en ello, a lo que parece, más que un papel pasivo.

La historia de esta escisión fue siempre puesta en relación con el convenio de Vergara y juzgada en función de este, pero tal perspectiva es un claro anacronismo. Ciertas investigaciones modernas han querido ver en el hecho una derivación de la supuesta escisión de los realistas a partir de 1823. En cualquier caso, la real escisión de los dirigentes del carlismo debe ser separada del problema de Vergara, al menos en sus orígenes. El hecho de Vergara fue una consecuencia y no una condición de esta escisión que era muy anterior.

En líneas generales, don Carlos estuvo rodeado en la guerra de los siete años de personas de escasa valía pero de buena fe —a excepción de algún esporádico intrigante como Corpas—. Los intereses concretos de estos hombres, su extracción regional, su trayectoria política anterior, y algún otro detalle, determinaron la pronta aparición de dos posturas que, por lo demás, tampoco tenían gran cohesión interna. Entre los militares pareció florecer una opinión más moderada en cuanto a los contenidos políticos del absolutismo que deberían prevalecer en un hipotético régimen presidido por don Carlos.

Elementos civiles y eclesiásticos, de gran predicamento en la corte carlista, mostraron siempre criterios del más radical integrismo político y religioso. Este segundo grupo poseyó regularmente el aparato burocrático e ideológico durante la guerra. Sobre al base de ambas posturas, la más ostensible división fue la que se amparaba bajo los apelativos de apostólicos, puros o ultras con el que se conoció el radicalismo absolutista, o de transaccionistas aplicado a hombres a los que se acusaba de intentar el acuerdo pactado con los liberales, lo que no en todos los casos era cierto.

La postura más difícil de definir es realmente la de los llamados transaccionistas, cuyas expresiones se expresaron mucho menos y poseían, seguramente, diversas matizaciones. Los planes de transacción parecen haber pasado por diversas fases en función del papel que en ellos jugaba don Carlos y sus derechos. La idea de un matrimonio entre los herederos de las dos ramas nació, tal vez, en el extranjero y en cierto momento tomó cuerpo entre los carlistas. Es más difícil dilucidar el tipo de régimen político a que los transaccionistas propendían, hasta llegar a proposiciones concretas hechas por Maroto en 1839, que veremos.

Lo básico resulta ser en todo este asunto el enfrentamiento entre posiciones moderadas representadas por hombres como Elío, Zaratiegui, Gómez, entre los militares y Erro, Valdespina o Piscina y las personificadas por Villemur, Sanz, Guergué, Abarca, Arias, Labandero y otros tantos, cuyos orígenes pueden verse ya en 1835. La expedición real fue el momento en que el conflicto salió enteramente a la luz.

En su curso el general Pablo Sanz habló ya de traición en una exposición a don Carlos. A la vuelta de la expedición real, los apostólicos, enemigos de todo intento de solución política, ejercieron el poder en solitario y se desprestigiaron con él. Cuando don Carlos llamó a Maroto no tenía realmente otra solución. Maroto se había significado poco políticamente, pero se le conocía por sus enfrentamientos con González Moreno y por su enemistad con personal influyentes en el cuartel real.

Maroto, naturalmente, mostró pronto su oposición a la política del gobierno que manejaban Arias y Labandero. Anuló destierros, como el de Urbiztondo y sobreseyó procesos como los de Zaratiegui y Elío, al tiempo que Cirilo de la Alameda, arzobispo de Cuba, significó desde su llegada un refuerzo para el bando antiapostólico dada la campaña que emprendió contra Arias. Maroto cambió los mandos del ejército y consiguió contrarrestar a Arias con Valdespina. Un nuevo refuerzo los constituyó la llegada a la corte de la princesa de Beira, que contrajo matrimonio con don Carlos, en octubre de 1838, y que contra las esperanzas de los ultras no significó apoyo alguno para sus posturas.

Es unánime la creencia que desde la corte de don Carlos se empezó a fraguar una conspiración contra Maroto considerándolo como el elemento clave del bando transaccionista. Los apostólicos, en sus obras posteriores, acusan de todo a Maroto, como es el caso de Florencio Sanz, pero no niegan explícitamente que se trabajara para derribarle. Lo que ignoramos es la exacta extensión de la conspiración y las soluciones de recambio que aportaba a la situación.

La conspiración solo fue demostrable a través de cierta correspondencia y declaraciones de testigos que publicó Arízaga y a los que se refiere también Maroto en su Vindicación, y que sabemos que, en algunos casos, fueron reputadas como falsas o arrancadas por la violencia, en cartas escritas en Francia a Florencio Sanz. En todo caso, Maroto concentró su actividad en la lucha contra los ultras y no consta que antes de 1839 emprendiera ninguna verdadera acción que buscara un compromiso con el enemigo.

Las tensiones culminaron en un verdadero golpe de Estado que desencadenó Maroto a partir de febrero de 1839 y cuyo primer episodio fue la detención y consiguiente fusilamiento en Estella de unos cuantos jerarcas de la supuesta conspiración. Sin un proceso legal en forma, Maroto detuvo y mandó fusilar el 18 de febrero a los generales Sanz, Guergué y García, al brigadier Carmona, al intendente Uriz y al oficial de la secretaría de guerra Ibáñez.

El repetidamente citado Florencio Sanz, elemento fundamental en la trama probablemente, logró escaparse cuando era conducido a Estella. Los fusilamientos son el punto de no retorno del enfrentamiento entre los partidos y puede decirse que con ellos comienza el proceso que llevaría a Maroto al convenio.

Los intentos de solución pactada para la guerra son, como decimos, antiguos y después de la expedición real tomaron un nuevo carácter. Los Gobiernos de María Cristina, el liberalismo vasco y las potencias amigas como Francia e Inglaterra, van a poner en juego un nuevo argumento como sería la eliminación de don Carlos a cambio de la conservación del régimen foral y compensaciones a los combatientes, todo ello con diversos matices según fuera la procedencia de la propuesta.

La cuestión foral empieza a adquirir entonces un importante lugar en la problemática de la guerra. El episodio del escribano Muñagorri y su empresa de Paz y Fueros, entre abril y septiembre de 1838, se inscribe entre los manejos del Gobierno, apoyados por el extranjero y una parte del liberalismo vasco, para poner fin a la guerra. Pero el plan y su ejecución eran tan burdos que no hicieron prácticamente mella alguna entre los carlistas. Maroto emprendió su acción bajo supuestos distintos que contemplaban una verdadera transacción ideológica con el régimen liberal, un arreglo político que incluía los fueros y una solución personal del futuro de los combatientes carlistas.

Después de los fusilamientos, Maroto empleó soluciones de fuerza para imponer un cambio, en cuyo transcurso don Carlos perdió ya toda credibilidad ante sus anteriores valedores extranjeros. Maroto logra el destierro de 28 personas importantes del bando contrario, cambia el Gobierno y pone al frente de las divisiones del ejército a Elío, La Torre, Iturriaga, Alzáa y Urbiztondo. El marotismo, evidentemente, no había nacido aún, pero los contactos con Espartero empezaron a fines de febrero, a través de Martín Echaide, el arriero de Bargota.

El Convenio de Vergara

El proceso que llevó al convenio pasó por dos fases: una en los meses de febrero y marzo y otra en los de julio y agosto. En el intermedio Maroto sondeó la opinión de Francia y entró después en contacto con Inglaterra. Según el testimonio de Echaide, no desmentido, sus primeras gestiones intentaban averiguar para los liberales el significado de los fusilamientos y Maroto habló de la conspiración tramada contra él y del peligro que corría.

La dificultad fundamental en la negociación residía en que Maroto pretendía un convenio sobre la base del reconocimiento de los derechos de don Carlos, mediante, cuando menos, un matrimonio entre herederos. Espartero decía no tener autorización del Gobierno para convenir nada que no significara la exclusión automática de don Carlos y familia, ofreciendo a cambio no hacer variaciones en los fueros y asegurar grados y empleos de los carlistas. La primera fase no pasó de ahí, sin avenencia.

Todo hace suponer, no obstante, que las gestiones y postura de Maroto eran conocidas en el campo carlista y, en sus términos presentes, compartidas por bastantes personas importantes. En mayo Maroto envió a su ayudante francés Duffau-Paillac a entrevistarse a Francia con el mariscal Soult y sondear la opinión francesa. La respuesta se centraba en la renuncia de don Carlos, la proclamación como rey de su heredero casado con Isabel y la conservación de los fueros. Pero una renuncia voluntaria de don Carlos era impensable.

La situación se deterioraba por momentos y, por supuesto, el bando intransigente no estaba vencido. Espartero vuelve a presionar militarmente con pérdidas para el carlismo. Los desterrados carlistas desencadenan una campaña desde Francia a base de folletos clandestinos contra Maroto al que acusan ya de traición. Los manejos de los desterrados quedan perfectamente claros a través de un manuscrito de Florencio Sanz, que estaba implicado en ellos, y que muestra que la alta dirección corría a cargo de Abarca, que los financiaba además, del cura Echevarría y de Lamas Pardo.

Con ellos colaboraban Labandero —autor de panfletos— Orellana, Martínez de Celis, Mitchell, Basilio García, Marcó de Pont desde la misma corte y otros muchos. Pero Sanz descubrió que tales manejos no contaban con la connivencia de don Carlos y se apartó de ellos, según confiesa. Arias Teijeiro y Balmaseda conspiraban también desde el territorio de Cabrera, y fueron conocidas públicamente unas cartas de estos a don Carlos que parecían indicar que el pretendiente estaba también conspirando.

Maroto pidió explicaciones a don Carlos en el mes de julio y este, lejos de desembarazarse de él, le confirmó su confianza. La inconsecuencia, debilidad o falta de información de don Carlos, indudablemente fuera de toda conspiración, llegaron aquí a su punto culminante.

Maroto, que temía ya una rebelión armada, se puso en contacto entonces con el comodoro inglés John Hay a cuyo través pudo conocer la postura inglesa. Inglaterra insistía más en los derechos indisputables de la reina Isabel y proponía un arreglo de los fueros que no pusiera en peligro la unidad de la Monarquía. Maroto hizo entonces a Hay una proposición completa. Comprendía fueros, reconocimiento de Isabel y matrimonio con el hijo que eligiera entre los de don Carlos, amnistía política, conservación de grados militares y un régimen político con una Constitución moderada sobre la base del Estatuto Real. Es la mejor concreción de los ideales transaccionistas que conocemos, si es que, a estas alturas, las acciones de Maroto representaban a alguna parte del carlismo.

En el mes de agosto la situación empeoró en el bando carlista. Los batallones 5º y 11º de Navarra se sublevaron contra Maroto en absoluta connivencia con los desterrados. Juan Echeverría entró en Navarra y se entrevistó con don Carlos. Sin duda, Maroto concedió a esta sublevación mayor entidad de la que tenía suponiendo mezcladas en ella a personas que realmente no lo estaban. Maroto se veía forzado a continuar las negociaciones con Espartero desde peor posición.

En la última decena de agosto ocurrieron hechos insólitos. Maroto conoció la postura de Inglaterra que coincidía prácticamente con la mostrada por Espartero: en la negociación no se contemplaban para nada los derechos de don Carlos ni de su primogénito. A Maroto no le quedaba más solución que ceder o pelear y parece entonces haberse decidido por esto último. El día 26 dio cuenta de las proposiciones recibidas al cuartel de don Carlos y en una carta del día 27 pedía perdón a don Carlos. Para entonces el ministro Montenegro había publicado ya una circular en la que hablaba de traición sin nombrar al traidor. La intervención en este momento de vizcaínos y guipuzcoanos, partidarios de Maroto, en las negociaciones decidió el convenio.

Simón de La Torre se entrevistó directamente con Espartero y se aceptaron los términos ofrecidos por este. Es muy importante dejar sentado que Maroto y los militares que le seguían dejaron ya en este momento de representar a fracción alguna del carlismo, para representarse solo a sí mismos. Los hombres favorables a una transacción no aceptaron nunca la eliminación de don Carlos. Los escritos posteriores de los apostólicos calumnian a hombres como Elío, Villarreal y otros que se suponen acordes con el plan, cuando nunca realmente aceptaron el convenio.

En definitiva se aceptó de Espartero un convenio que solo hacía ambiguas promesas sobre los fueros y que daba seguridades en la conservación de los empleos y grados militares. En realidad, estos militares que llevaron adelante la negociación en los últimos días de agosto representaban, en todo caso, los intereses de ciertos hombres decepcionados y el sentimiento foralista de los combatientes vizcaínos y guipuzcoanos. Alaveses, navarros y castellano no se sumaron al convenio. A la firma del documento, el 31 de agosto en Vergara, no compareció Maroto. El texto ni siquiera se comprometía formalmente a conservar los fueros. Pero arrastró a la mitad del ejército vasconavarro.

Don Carlos abandonó España el 14 de septiembre en medio de la descomposición de su ejército. En Levante, Cabrera continuó peleando sin desmayo, ignorando completamente lo acordado en Vergara y rechazando otras proposiciones de convenio que se le hicieron. Su resistencia solo empezó a ceder cuando Espartero pudo trasladar allí el grueso de su ejército. En Mayo de 1840 caía Morella y el 8 de junio entraba Cabrera en Cataluña que se mantenía aún en guerra.

En el Principado, las sempiternas discrepancias entre la junta y el mando militar habían desembocado en noviembre de 1839 en el turbio asunto del asesinato del conde de España, en el que la responsabilidad de ciertos miembros de la junta parece probada. Al conde de España le costó la vida el mismo género de problemas con los que se enfrentaron Guergué, Maroto y Urbiztondo. Cabrera mandó abrir un proceso sobre el asunto y siguió practicando una guerra de retirada ordenada sobre la frontera francesa. El 2 de julio caía Berga y el 5 Cabrera y los restos del ejército que prefirieron el destierro entraban en Francia. las cuestiones políticas fundamentales quedaban en pie, pero se inscriben ya en un proceso distinto.R.B.: ARÓSTEGUI SÁNCHEZ, Julio, Historia de España Menéndez Pidal, Editada por Espasa Calpe; 1994, Tomo XXXIV págs. 98-106.

La II Guerra Carlista dels Matiners (1846-1849).

Fue, en importancia y extensión geográfica, de mucha menor entidad que las otras dos guerras carlistas, hasta el extremo de que en ocasiones no se ha considerado como tal. Comenzó tras el fracaso del intento de fusión dinástica apadrinado por Jaime Balmes y tuvo a su cabeza al conde Montemolín, Carlos (VI). El ámbito de la lucha se redujo a Cataluña y durante casi todo el tiempo estuvo al cargo de partidas itinerantes que, apoyadas por los campesinos, no tuvieron dificultades para subsistir. La llegada de Ramón Cabrera en 1848 y la existencia de partidas de progresistas y republicanos que también luchaban contra el gobierno revitalizó el conflicto. Sin embargo, la llegada de Montemolín a España fue un fracaso y Cabrera, con sus hombres más próximos se refugió en Francia (25-IV-1849).

III Guerra Carlista (1872-1876).

Tras la muerte en 1861 del conde de Montemolín y de su hermano, Fernando María, y del reconocimiento de Isabel II por parte del tercero de los hermanos —Juan Carlos— el único vivo, el carlismo atravesó una fase de desconcierto. La princesa de Beira, segunda esposa de Carlos María Isidro (V), partidaria de la idea de legitimidad de ejercicio, puso la cuestión de la sucesión al trono carlista en vías de ser resuelta.

Juan debía abdicar en su hijo, Carlos María de los Dolores (VII), quien defendería los principios considerados irrenunciables para un pretendiente carlista y que su padre había vulnerado perdiendo así sus derechos, a pesar de la prerrogativa dinástica. El partido, una vez más, imponía sus pautas políticas al monarca. La formación de un consejo en Londres a favor de esta iniciativa sirvió para promocionar al futuro Carlos (VII) nada más producirse la abdicación el 3-X-1868.

Días antes habían tenido lugar los acontecimientos conocidos como Revolución de 1868 que significaron la pérdida del trono para Isabel II y el hundimiento del régimen político que ella representaba. Esta circunstancia hizo más factible la posibilidad de que un rey carlista ascendiera al trono y muchos elementos neocatólicos y moderados buscaron abrigo en este partido como fórmula para obstaculizar la trayectoria revolucionaria.

Enriquecida su proyección con nuevos órganos de expresión de los recientes aliados, el partido carlista se opuso a los numerosos partidarios de tomar las armas y, bajo el nombre de Asociación Católico Monárquica, se dispuso a conseguir sus objetivos dentro del marco del nuevo régimen. El éxito de la estrategia fue evidente; veintitrés fueron los diputados carlistas producto de las elecciones a Cortes constituyentes de 1869.

La participación parlamentaria no fue impedimento para que las primeras intentonas armadas de hacerse con el poder tuvieran lugar. Sin embargo, débiles, desorganizados y faltos de medios, todos los proyectos insurreccionales anteriores a 1872 terminaron en el más completo fracaso. Ese año Carlos obtuvo una nueva derrota, pero en Cataluña, donde la insurrección estaba confiada a su hermano Alfonso, las partidas carlistas no pudieron ser disueltas y comenzó a crecer el clima de agitación. El temor de un nuevo fracaso en el País Vasco y Navarra hizo retrasar a Dorregaray, comandante carlista de esta área, la nueva ofensiva hasta diciembre. La estrategia escogida era conservadora; formar pequeñas partidas que eludieran el combate mientras consolidaban su presencia entre la sociedad campesina

Conseguido este objetivo, los hechos se sucedieron a favor de los proyectos carlistas: el 1-II-1873 abdicó Amadeo I abriendo el camino de la I República y multiplicando el número de partidarios de que Carlos accediera al trono; en mayo se produjeron las primeras victorias carlistas significativas y, en julio, cuando el pretendiente llegó a España, sus tropas dominaban buena parte de Guipúzcoa Y Vizcaya, no tardarían en ocupar Estella (Navarra) y poner sitio a Bilbao.

La Real Junta Gubernativa de Navarra, creada en aquel momento, dirigiría las actividades carlistas en esta provincia, y de la administración de las provincias vascas se ocuparon las correspondientes diputaciones forales. A finales de año, los carlistas contaban con un ejército próximo a los 25.000 hombres que alertó a las tropas republicanas ocupadas en otros frentes, como la insurrección cubana o el conflicto cantonal.

En los primeros meses de 1874 se desarrolló un intento de centralizar la dirección mediante un pequeño gobierno, compuesto por Martínez Viñalez, Elío y Luis Mon y Velasco, que se ocuparía de administrar el pequeño estado carlista en formación. A pesar de la importante victoria carlista en Somorrostro, el sitio sobre Bilbao no prosperó y su empeño por obtener reconocimiento internacional y prestamos con su garantía determinaron que la historia se repitiera; la capital vizcaína significó nuevamente la cota imposible de superar, preludio del declive.

La retirada no significó el desmoronamiento carlista y la nueva victoria de Abarzuza puso en tal aprieto al gobierno que el propios ministro de la guerra, Zavala, tuvo que ocuparse del mando del N. La situación se estabilizó y el descontento comenzó a circular pos las filas carlistas. Para evitar esta situación se acometió un objetivo de importancia estratégica, la toma del punto fronterizo de Irún, batalla de Irún, cuyo fracaso permite afirmar que los acontecimientos producidos en 1874 determinaron la suerte de la guerra.

Las características de la contienda en el E. eran bien distintas. A pesar de ser el primer enclave, nunca se constituyó un verdadero ejército disciplinado y el carácter propio de las partidas carlistas dejó su impronta durante toda la guerra. Alcanzaron triunfos de importancia en la Cataluña interior y extendieron la guerra sobre Aragón y el Maestrazgo, pero nunca se llegó a un nivel de organización similar al vasco-navarro. La importancia de Tristany, Cercos, Savalls, Castell, Gamundi, Marco o Cucala tiene menos que ver con el grado concedido por Alfonso, máximo responsable carlista de esta zona, que con su propio prestigio al mando de sus respectivas partidas.

Seo de Urgel, en Cataluña, y Cantavieja, en Aragón, dos símbolos de conflictos anteriores, fueron los enclaves que el ejército de la restauración debió vencer a lo largo de 1875 para terminar con la guerra civil en el E. Desde 1874 las distintas fases del conflicto discurrieron paralelas a las gestiones restauradoras precedentes del reinado de Alfonso XII en España. Del mismo modo que el temor provocado por la revolución de septiembre aumentó la base social carlista, la confianza en el proyecto canovista debilitó considerablemente la posición de Carlos.

Además, la situación de la guerra permanecía estancada desde hacía tiempo y el desánimo comenzó a cundir entre sus filas. Aunque el levantamiento del sitio de Pamplona fue una victoria liberal de importancia, lo que realmente decidió la última fase de la contienda fue el agotamiento económico de la región. Largos años de guerra, exacciones, represalias, contribuciones excesivas, bloqueos, etc., fueron determinantes para extender el desaliento entre los carlistas. El triunfo liberal de Zumelzu significó el avance continuado de las tropas del gobierno sobre territorio carlista. A comienzos de 1876 se abandonaron Montejurra y Estella y la retirada hacia la frontera se realizó sin apenas resistencia. El 27 de febrero Carlos abandonó España por Valcarlos, poniendo fin a las guerras carlistas.

R.B.: RÚJULA LÓPEZ, Pedro, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo V págs. tratamara-2213.