El Frente Popular

Elecciones de febrero de 1936

Las elecciones resultaron una victoria, por estrecho margen, para el Frente Popular. Las derechas (en las que debe incluirse ahora la Lliga catalana) obtuvieron 3.997.000 votos, el Frente Popular 4.700.000 y el centro449.000. A estos deben añadirse los nacionalistas vascos con 130.000. Este partido, aunque católico y conservador, daría su adhesión al Frente Popular poco antes de estallar la guerra civil.

Pero, estas cifras no se reflejaron en las Cortes. De acuerdo con la ley electoral de 1932, el Frente Popular obtuvo 267 diputados y las derechas solamente 132. La forma de sufragio que en las anteriores elecciones había favorecido a las derechas inclinaba ahora el fiel de la balanza hacia las izquierdas dando al Frente Popular una aplastante mayoría.

La primera cosa que hay que observar en estas elecciones es la gran pérdida de votos de los partidos del centro. Los radicales que habían presentado pocos candidatos fueron completamente aniquilados. Su política temporizadora que culminó en el escándalo del estraperlo y de la Dirección de Colonias había disgustado a sus propios partidarios quienes, alarmados por el alzamiento de Oviedo, votaron casi todos por las derechas.

El principal grupo en el bloque del centro era un nuevo partido formado por Manuel Portela Valladares, el jefe del gobierno, y que era el responsable del resultado de aquellas elecciones. No había tenido tiempo para formar un nuevo partido con lo que quedaba de los radicales. Después de haber intentado luchar solo, se había dado cuenta de las desventajas que la ley electoral presenta a un partido de minorías y en algunas provincias, al menos, había llegado a un pacto electoral con las derechas. Este pacto las sostenía dándoles la —protección— de la policía, protección que solo un gobierno puede dar.

Portela Valladares llegó a extremos desconocidos al cambiar los gobernadores provinciales y los ayuntamientos, antes de las elecciones. Esto fue hecho, sin duda, como un paso hacia el arreglo de las elecciones al viejo estilo, pero los sentimientos generales del país no lo permitieron. El desplome del centro y del centro derecha puede juzgarse por el hecho de que ni Lerroux ni Cambó ni Melquíades Álvarez ni Martínez Velasco (dirigente del partido agrario) obtuvieron puesto en las Cortes.

Vamos a ver por primera vez a los partidos de derechas y de izquierdas luchando en términos aproximadamente iguales: cada uno había formado una combinación que aprovechaba plenamente las ventajas de la ley electoral. La CEDA había tenido al principio alguna dificultad para formar una liga que incluyera a los monárquicos, quienes estaban disgustados por las tácticas temporizadoras de aquélla, lo que no le impidió organizar una campaña de propaganda en una escala sin precedentes.

Carteles gigantescos que representaban a Gil Robles en sus gestos y actitudes grotescas cubrían las ciudades castellanas. Al pie de ellos había letreros escritos en un tono fascista: Gil Robles pide en nombre del pueblo el Ministerio de la Guerra y plenos poderesTodo el poder para el jefe, los jefes nunca se equivocan. Sus discursos de elecciones fueron de extraordinaria violencia y consistieron solamente en insultos contra sus contrarios.

Únicamente hizo vagas promesas electorales, aunque la mayoría de sus partidarios comprendieron que su victoria representaría el fin del gobierno parlamentario y la implantación de un régimen autoritario. Desde el año anterior, Gil Robles y los suyos estaban convencidos de que nunca obtendrían la España que deseaban bajo unas Cortes libremente elegidas.

Sin embargo, debemos notar que, a pesar de los fracasos en las provincias vascongadas y en Galicia, en donde el programa del Frente Popular prometía estatutos de autonomía, las derechas habían obtenido muchos más votos que en 1933, y que su menor representación en las Cortes era debida al hecho de ser un partido de minorías.

En cuanto al Frente Popular, no hay medio de saber la cantidad de voto obtenidos por cada partido de los que lo integraban. El número de los diputados elegidos reflejaba simplemente el acuerdo realizado entre ellos antes de las elecciones. Así, los socialistas tuvieron 89 diputados, Izquierda Republicana (el partido de Azaña) 84, Unión Republicana (el grupo de Martínez Barrio que se había separado de los radicales hacía dos años) 37 y, los comunistas 16. Los que más ganaron con este acuerdo fueron estos últimos y los dos partidos republicanos.

Lo que hizo inclinar la balanza fue el voto de los anarcosindicalistas. Aunque ni la FAI ni la CNT ni menos los Sindicatos de Oposición estaban representados en el Frente Popular, la inmensa mayoría de sus miembros votó por el mismo.

Ángel Pestaña, rompiendo con todas las tradiciones anarcosindicalistas, fue elegido en una lista de candidatos del Frente popular como diputado sindicalista por Valencia.

La razón que ellos daban de este proceder era la de que había en las cárceles unos 30.000 trabajadores, la mayoría de ellos pertenecientes a la CNT. Otros estaban en Francia en calidad de refugiados y un sin número de ellos había perdido su trabajo a causa de sus opiniones políticas. Las elecciones de 1936 podemos decir que fueron ganadas por el Frente Popular porque había prometido una amnistía. No había necesitado de otra propaganda.

Se puede pensar, pues, que el resultado de estas elecciones mostraba con toda exactitud la fuerza verdadera de las derechas y de las izquierdas en aquel momento crítico. Desgraciadamente la cuestión de compulsión y compra de votos complicó el asunto. Aunque en la mayoría de los lugares las elecciones habían sido ordenadas y pacíficas, las derechas se quejaron de que, en los barrios obreros, sus más tímidos partidarios no se habían atrevido a votar.

Pero ¿qué diremos de la coacción de los caciques y terratenientes en regiones agrícolas? En los pueblos alrededor de Granada, por ejemplo, en donde los dos partidos contendientes eran fuertes, la policía prohibía que se acercara a las urnas todo aquel que no llevase cuello y corbata. Este fue, sin duda, un recurso extremo, aunque por toda España, allí donde las casas del pueblo estaban débilmente organizadas, campesinos y trabajadores votaron conforme les ordenaba el agente local por miedo a perder su trabajo.

El insistente rumor de mal tiempo para aquel invierno, que vendría a aumentar el paro temporero, había dado a los terratenientes un fuerte motivo de presión y daban a entender claramente que solo trabajarían aquellos que votaron por las derechas.

Citando solo un ejemplo diremos que el Dr. Borkenau, durante su recorrido de investigación seis semanas después de estallar la guerra civil, vio que los habitantes de Alía, un pueblo remoto del linde entre Toledo y Extremadura, mostraban un entusiasmo delirante por la causa socialista, a pesar de que en las anteriores elecciones, bajo la presión del agente de los terratenientes, había votado por las derechas.R.B.: The Spanich Cockpit, por Franz Borkenau, p. 143.).

Desde luego, centenares de otros pueblos habían procedido del mismo modo.

La victoria del Frente Popular produjo la más grande expectación entre la clase trabajadora que había sostenido a las izquierdas y la correspondiente consternación en las derechas y centro. A despecho de cualquier cosa que los dirigentes de la CEDA pudiesen temer, la masa de este partido estaba seguro de que ganarían. El resultado fue rápidamente considerado como mucho más que una simple derrota electoral. En lugar del hundimiento de todo lo hecho desde 1931, que ellos esperaban, se inauguraba una nueva etapa del proceso revolucionario.

En consecuencia, el pánico siguió al anuncio del resultado de las elecciones. Algunos pensaban que, en aquel estado de excitación, los socialistas y los anarquistas se alzarían en armas. Otros, con mucha más razón temían un golpe de Estado por parte de las derechas. El primer ministro, Portela Valladares, declaró más tarde que Gil Robles y el general Franco le habían propuesto un golpe militar antes de que las Cortes se reunieran.

Tres días antes de empezar la guerra civil, Portela Valladares escribió una carta entusiasta a Franco. Después, como otros muchos, cambió de opinión. En el otoño de 1937 prestó su adhesión a la República y asistió a la reunión de las Cortes en Valencia. Fue allí donde divulgó la proposición que le habían hecho Franco y Gil Robles.

De todos modos era una imprudencia prolongar un solo día más la vida del gobierno. Portela Valladares dimitió sin esperar a la reunión de las nuevas Cortes y el presidente de la República encargó a Azaña la formación de un nuevo gobierno. Este promulgó al instante un decreto que liberaba a todos los presos que quedaban de alzamiento de octubre, unos 15.000. En algunos lugares habían sido abiertas ya las cárceles sin que las autoridades locales se atrevieran a impedirlo.

La destitución de Alcalá-Zamora

El pacto del Frente Popular en España había sido solamente un acuerdo electoral. La proposición original de Prieto de que debía ser formado un gobierno frente Popular había sido rechazada por su propio partido. Largo Caballero estaba resuelto a no volver a sentarse en el mismo gabinete con los republicanos. Todo lo que estaba dispuesto a conceder era sostenerlos en las Cortes mientras realizaban su programa.

Este programa era ostentativamente modesto. Ninguna socialización, ni aun la del Banco de España, estaba incluida en él. Su solo gesto positivo fue la presión hacia las reformas agrarias. Azaña personalmente hizo todo lo posible por tranquilizar a la opinión moderada. En una entrevista con periodistas de Paris Soir declaró: No queremos innovaciones peligrosas. Necesitamos paz y orden. Nosotros somos moderados.

El primer acontecimiento de importancia después de la apertura de las Cortes fue la deposición del presidente don Niceto Alcalá Zamora. El término de su mandato se cumplía al fin del año, pudiendo suponerse que por esa causa se le permitiría continuar hasta entonces. Pero, la situación fue considerada demasiado peligrosa.

La posibilidad de que, junto con las derechas, organizase un golpe Estado, o de que intentase, con legalidad dudosa, disolver las Cortes, estaba siempre presente. No se hablaba, además, con ninguno los ministros Frente Popular, excepto con Martínez Barrio. Por tanto, fue declarado culpable de haber disuelto las últimas Cortes sin necesidad: un cargo absurdo hecho por las izquierdas, pero el único por el cual podía asegurarse su destitución constitucionalmente.

Las derechas, que tenían razones más fuertes que las izquierdas para no quererlo, se abstuvieron de votar. Así cayó don Niceto, cuya sola falta había sido la de haber procedido con la meticulosa corrección de un presidente de tiempos de paz cuando España pasaba por un periodo revolucionario.

Ahora quedaba por elegir su sucesor. Ante la sorpresa general Azaña permitió que su nombre fuera propuesto. Si el era elegido, ¿quien ocuparía su puesto a la cabeza del gobierno? Los partidos republicanos estaban muy escasos de hombres y no tenían ninguno que se pudiera, ni de lejos comparar con él. Existieron varias razones para su actitud. En primer lugar, Azaña ya no era el hombre que había sido. Estaba sufriendo una gran desilusión en la vida política. La República que él había formado y en la cual había puesto todas sus ilusiones había fracasado en su anhelo de satisfacer a algo más que un pequeño grupo de españoles.

La mayor parte de las derechas estaba ahora definitivamente opuesta al gobierno parlamentario, mientras que en las izquierdas Largo Caballero había aparecido como un rival formidable que se estaba preparando, con el apoyo de la clase trabajadora, a hacerse el dueño de la situación.

Los partidarios del Lenin español, como empezaba a ser llamado, estaban ya vaticinando para él el destino de Kerensky. Entonces, aceptando la presidencia, podría impedir que los socialistas formaran jamás un gobierno ellos solos. Les obstaculizaría el camino hacia el poder del mismo modo que Alcalá Zamora se lo habla obstaculizado a Gil Robles.

Su antipatía, bien conocida, por Largo Caballero y por lo que representaba, lo empujaba hacia la cabeza del Estado desde la cual sería una garantía para todos aquellos que temían una revolución. Sería también una garantía contra una reacción fascista y un punto de atracción para todos los que temían al espectro de la guerra civil. Fue elegido el 10 de mayo por una inmensa mayoría con solo cinco disidentes. Las derechas, para demostrar que la República habla cesado de existir para ellos, votaron en blanco.

La situación no podía parecer más azarosa para aquellos que deseaban soluciones pacíficas y que eran aún la gran mayoría del país. Tanto en la derecha como en la izquierda, las facciones dirigentes estaban cansadas de medias tintas y se estaban alineando bajo banderas revolucionarias.

Las derechas ocultaban cautelosamente sus fines: se estaban organizando secretamente, reuniendo armas, negociando con gobiernos extranjeros y manteniendo al país en un estado de inquietud constante con sus provocaciones y asesinatos. Los falangistas no habían tenido a menos el tomar en prestamo las tácticas de los anarquistas y, en materia de terrorismo, los excedían.

Los socialistas, por otra parte, no se armaban, no planeaban una inmediata revolución, pero predicaban la necesidad de una gran transformación para fecha no muy lejana. Su finalidad era tomar el poder pacíficamente de manos de los republicanos, exactamente igual como lo había intentado Gil Robles con los radicales el año anterior. La pregunta que el pueblo se hacía era la de si la situación del país podría llegar a tal grado de desintegración que permitiera a los socialistas realizar sus fines.

Ya hemos descrito la división de opinión que se había producido en los medios socialistas después de la disolución de las primeras Cortes republicanas. Desde las últimas elecciones esta división se había hecho mucho más honda. Prieto, que era el dirigente del ala moderada, sostenía que, si las presentes huelgas y desórdenes continuaban, la clase media sería empujada hacia el fascismo y la rebelión armada. Los socialistas debían formar un gobierno en colaboración con los republicanos e introducir una legislación que hiciese para siempre indestructible el poder de las clases trabajadoras.

Con esto quería decir, entre otras cosas, una reforma agraria cuidadosamente organizada, con proyectos de irrigación que transformaran grandes áreas del campo, absorbieran el exceso de población rural y proveyesen de más trabajo a las fábricas e industria en general. Si las aspiraciones de los trabajadores, declaró, van más allá de las capacidades económicas, toda la estructura se vendrá abajo. En ese caso, lo único que se conseguiría sería a la socialización de la pobreza.

Este era el viejo programa social democrático de Pablo lglesias, pero requería una seguridad de poder durante muchos años y una atmósfera pacífica y al abrigo de toda revolución. La masa de los trabajadores socialistas rechazaron estos proyectos. Los que sostenían a Prieto estaban entre los funcionarios del partido, la mayoría ya viejos, y entre los mineros y fundidores de Bilbao y Asturias, quienes habían aprendido a ser cautos desde el fracaso de su alzamiento.

Con todo, debemos notar que en Madrid, el más fuerte sostén de la vanguardia socialista, Julián Besteiro, un socialista de extrema derecha, había obtenido más votos en las elecciones de febrero que Largo Caballero. Si en la UGT se hubiese votado sobre la entrada del partido socialista en el gobierno, hay dudas sobre cual hubiera sido el resultado de tal votación.

El dirigente de la otra tendencia entre los socialistas era, naturalmente, Largo Caballero. Su reciente encarcelamiento le había hecho disponer de tiempo que había empleado en leer, al parecer por primera vez, a la edad de sesenta y siete años, las obras de Marx y de Lenin. Entonces, como él mismo dijo: de pronto vi las cosas tal como son realmente. La no muy heroica participación que había tenido en el alzamiento de 1934 y el completo fracaso de la operaciones que había dirigido habían disminuido muy poco su popularidad.

La división en el PSOE

La masas socialistas, necesitaban un jefe y Largo Caballero con su fuerte personalidad, con sus cincuenta años de trabajo en el engranaje del partido, con su estricta integridad personal (nadie podía olvidar que Prieto se había convertido en un hombre rico), era el hombre hecho a medida para tal papel. Así, pocos meses antes de las elecciones, los comunistas lo ensalzaron hasta el punto de aparecer en Pravda un artículo saludándolo y aclamándolo como al Lenin español. En ese momento, lo socialistas de todo el mundo sintieron que una nueva estrella se elevaba en España.

Los meses de abril, mayo y junio vieron, en consecuencia, el declinar de Azaña y el ensalzamiento de Largo Caballero, el hombre que representaba una nueva España. En el Partido Socialista, la querella entre prietistas, que deseaban la colaboración con los republicanos, y caballeristas, que deseaban suplantarlos, era cada vez más fuerte.

En una jira de propaganda por todo el país que hizo Prieto aquel verano, junto con González Peña y Belarmino Tomás, fueron recibidos por las juventudes socialistas con silbidos e insultos y en Cuenca y en Écija pudieron apenas escapar sanos y salvos, a pesar de ser Tomás y Peña los héroes del alzamiento de Oviedo, que habían sido condenados a muerte por los tribunales, militares y que habían escapado por milagro al piquete de ejecución.

Mientras tanto, los falangistas de Sevilla promovían tumultos y aporreaban a los dirigentes de la CEDA. Iba siendo una práctica en la política española la de reservar los más rudos ataques, no para los enemigos abiertamente declarados, sino para aquellos grupos considerados como tibios e indiferentes.

Al mismo tiempo, los socialistas que seguían a Largo Caballero estaban haciendo grandes esfuerzos por llegar a un entendimiento con los anarcosindicalistas. Largo Caballero fue personalmente a Zaragoza, en donde estos celebraban un congreso y les habló en un grandioso mitin. Pero, estos esfuerzos no condujeron a ningún resultado positivo.

La CNT y la FAI observaban la política de espera, manteniendo vivo el espíritu revolucionario por medio de huelgas relámpago y estrechando sus filas (los treintistas volvieron a la CNT en mayo) y no se fiaban en absoluto de Largo Caballero. Sabían perfectamente el destino que les reservaban estos socialistas de izquierdas si alguna vez conseguían hacer su revolución. En algunas ciudades las Juventudes Socialistas y las Juventudes Libertarias habían empezado a tirotearse mutuamente.

Debemos preguntarnos cuál era el plan de Largo Caballero para conseguir o poder. Esperar a que los republicanos hayan mostrado su ineptitud para solucionar los problemas de España y entonces apoderarse del gobierno. Esta era la respuesta oficial, pero dejaba fuera de cuentas el hecho de que Azaña era el presidente de la República y que él nunca, bajo ninguna circunstancia ni pretexto, dejaría la dirección del Estado a los socialistas.

La posición de Largo Caballero era, pues, la misma que la de Gil Robles en 1934. En realidad era peor, pues mientras que Gil Robles siempre pudo haber tornado el poder por la fuerza en caso de haberlo juzgado necesario, Largo Caballero no podía hacer su revolución contra el ejército y la guardia civil.

¿Contaba quizás con un aumento general tal del sentir revolucionario del pueblo que conduciría a la desintegración total del Estado? Podemos contestar a esto que la situación de España en 1936 no era la misma que la de Rusia en 1917 y que, por rápida que fuese la desintegración en ciertos medios, surgían otros núcleos de resistencia. Solamente había una posibilidad de que Largo Caballero tomara el poder y era la de que los militares se alzaran, que el gobierno diera armas al pueblo para sofocar el alzamiento, y que el pueblo venciera en la lucha. Consciente o inconscientemente, él y su partido calculaban su juego sobre la posibilidad de una insurrección militar.

Entretanto, estaban engolfados en una orgía de ensueños optimistas y de anhelos que ya veían realizados. Una nueva y brillante España estaba presta a alzarse de las cenizas de la vieja. Socialistas del mundo entero llovían sobre Madrid y Barcelona para presenciar la ceremonia de inauguración. El periódico de Largo Caballero Claridad, brillantemente editado y escrito, proclamaba cada día la gran doctrina de la predestinación marxista. La causa del pueblo debía triunfar infaliblemente porque las leyes de la historia así lo han decretado, y el momento de triunfo se acercaba rápidamente. No había fracaso posible.

Los ingleses que vivían en España por aquel tiempo están de acuerdo en que nada contribuía tanto a aterrar a la burguesía española y a preparar un alzamiento militar como estas profecías diarias dichas con severo y restringido lenguaje. Terribles visiones de la matanzas y el hambre en Rusia flotaban en sus mentes. Las tranquilas afirmaciones de Claridad eran mil veces más alarmantes para ellos que las frases inflamatorias a que un siglo de periodismo demagógico les había acostumbrado.

Ahora bien: ¿favorecía a los socialistas ese estado de euforia mental con que la dialéctica materialista los obsequiaba? Parece más probable que, en este caso al menos, solo servía para adormecerlos y cegarlos ante los peligros de su situación.

Los españoles son, por naturaleza, propensos al optimismo fácil que los empuja en sus deseos de una acción inmediata. Son inveteradamente perezosos con arranques súbitos de impaciencia. Así, mientras los socialistas trazaban planes sobre lo que habían de hacer una vez que tuvieran el poder en sus manos, los oficiales del ejército y los falangistas preparaban un alzamiento, casi públicamente, y negociaban la ayuda de Mussolini y de Hitler.

Mucho sabe el ratón, pero más el gato, dice un proverbio español. De haber sido realmente Largo Caballero el Lenin español, o sea un hombre con instinto seguro del poder, hubiera venido a buenos términos con Azaña y hubiera permitido la entrada en el gobierno del Partido Socialista. Pero como en el fondo era un socialdemócrata que jugaba a la revolución, no obró así.

El Partido Comunista

El año 1936, vio el elevamiento de dos partidos, el comunista y el falangista desde muy pequeños principios hasta puestos de poder y de influencia sobre el país. Empecemos por los comunistas. Durante la dictadura de Primo de Rivera eran tan insignificantes que el gobierno no se tomó el trabajo de suprimir su periódico, Mundo Obrero.

Cuando se proclamó la República, el Komintern pasaba por un periodo de extremismo izquierdista y el Partido Comunista se opuso violentamente a todo compromiso con un Estado burgués. Se dejó al grupo comunista disidente los trotskistas, con Maurín al frente el abogar por una república democrática y un frente popular.

Pero, después de verano de 1934, después de la firma del pacto franco-ruso, la política del Komintern cambió y los comunistas tomaron parte en el alzamiento de Asturias. Esto los elevó al punto. Una de las heroínas del alzamiento, Dolores Ibarruri, corrientemente conocida como la Pasionaria, pertenecía al partido, el cual se aprovechó de ello para su hábil propaganda.

Tan influyentes llegaron a ser que, al fin del año siguiente, en el acuerdo del Frente Popular, les fue asignada una representación que les daba dieciséis diputados en las nuevas Cortes. Esto representaba cuatro veces más de lo que el número de votos obtenido por ellos le hubiera autorizado a tener.

Su debilidad numérica —en marzo de 1936 los miembros del partido no eran probablemente más de 3.000— era su principal obstáculo.

Ellos decían tener al menos 20.000 afiliados al partido a fines de 1935, pero nadie lo creía. Quizás esta cifra puede ser admitida incluyendo en ella a todos sus simpatizantes. En la parcial renovación bienal de todos los ayuntamientos de España en abril de 1932 solamente 26 comunistas fueron elegidos entre los 16.031 concejales de toda España.
En las elecciones a Cortes de 1933 solo consiguieron un diputado. El general Krivitsky, que debía saberlo bien, da el número de afiliados siguiente: casi 3.000 en 1936 y 200.000 en enero de 1937 Yo fui agente de Stalin, por W. G. Krivitsky, 1939). El Dr. Borkenau está de acuerdo en esto.

Con sus quince años de existencia solo habían sido capaces de adquirir un proletariado sólido que los seguía en dos lugares: Asturias y Sevilla. En ambos casos habían sabido captarse sindicatos de la CNT durante las luchas y envidias que provocó la primera aparición de la FAI. Su principal terreno de reclutamiento era Sevilla y, hasta cierto punto, Cádiz y Málaga. En Sevilla las secciones más activas y militantes de obreros, trabajadores portuarios y camareros de café, les pertenecían. La situación allí era una guerra perpetua con la CNT, habiendo pequeñas secciones de la UGT que la contemplaban.

Debemos notar, pues la coincidencia no puede ser accidental, que Sevilla y Cádiz eran también la cuna de la falange. Aun admitiendo el hecho de que la atmósfera de Sevilla, la ciudad del flamenco y de las corridas de toros, de tabernas y prostíbulos, no era propicia para la formación de un movimiento proletario disciplinado, debemos reconocer que la penetración comunista destruyó toda posibilidad de solidaridad entre la clase trabajadora.

Las consecuencias de esto se sintieron cuando, en julio, el general Queipo de Llano pudo apoderarse de la ciudad, uno de los puntos estratégicos de la guerra civil, con solo un puñado de hombres.

Durante los meses que siguieron a las elecciones, la política comunista estuvo orientada por dos consideraciones: cómo ajustarse a la política extranjera de Stalin y cómo aumentar sus efectivos en España. En cuanto a lo primero, sostenían fuertemente el pacto del Frente Popular y, al contrario que Largo Caballero, deseaban que se llegase a un gobierno de frente popular.

Detrás de la fachada de los slogans revolucionarios eran moderados. Votad por los comunistas para salvar a España del marxismo, decían los socialistas a modo de chiste durante las elecciones. Después de las mismas hicieron lo que pudieron para tranquilizar a los republicanos. El secretario del partido decía en abril: Tenemos aún mucho camino que recorrer en su compañía.

Podemos, por esta causa, tomar el bulo de que estaban planeando una revolución para aquel otoño como una mera propaganda fascista. Una revolución hubiera alejado a las democracias occidentales, a las cuales cortejaba Stalin por aquel tiempo, y, además, hubiera colocado a Largo Caballero y a los socialistas en el poder. La política comunista de aquella primavera era la de aprovecharse de la situación revolucionaria para aumentar su influencia y número de afiliados. Obrando así, estarían en posición, viniere lo que quisiere, de influir sobre los acontecimientos.

La dificultad de esto era el que socialistas y anarquistas habían absorbido con anterioridad, a todos los trabajadores industriales y de la tierra y la lealtad sindical era fuerte. Ellos no podían, como habían hecho siempre en el pasado, atraerse a los elementos más revolucionarios de las masas porque eran ahora menos revolucionarios que los dirigentes de los sindicatos. Por esta causa, su llamamiento, fue hecho como partido más joven, más europeo y más dinámico de todos los viejos partidos de España.

A los obreros industriales les decían que solo ellos tenían la suficiente experiencia para conducir una revolución triunfante. A los empleados y a las clases profesionales les explicaban que ellos eran los hombres predestinados con la misión de regir el país después de la revolución y que todo aquel que tentara su suerte con ellos estaba seguro de obtener un buen empleo.

Y sobre todo, detrás de ellos estaba Rusia. Toda aquella primavera las librerías se vieron llenas de traducciones de Lenin, de novelas de autores oscuros rusos y descripciones de la vida en el gran paraíso comunista. Rusia proveía no solamente asistencia material, sino también una mística que daba a sus fanáticos una energía y una devoción no igualada por ningún otro partido en España.

Sus tácticas eran las mismas que las empleadas por los jesuitas en el siglo XVII y llevadas a mayores proporciones por Hitler. Allí estaba la poderosa máquina de la propaganda, siempre bien engrasada con dinero. Allí estaban las organizaciones como Socorro Rojo Internacional que procuraban alimentos y dinero para los presos políticos, sin distinción del partido a que estuviesen afiliados. Allí estaba la adulación hacia los intelectuales y hacía todo aquel que pudiera serles útil.

Pero, el método más característico de aumentar sus fuerzas fue la infiltración dentro de los sindicatos y de las organizaciones de la clase trabajadora, llegando hasta a intentar la captación de la central sindical socialista, la UGT. En el lugarteniente de Largo Caballero, Álvarez del Vayo, hallaron un simpatizante, quien, sin abandonar las filas socialistas, estaba presto a obrar según ellos le indicaran.

A su vuelta de una visita a Rusia en abril fue lo bastante hábil para persuadir a Largo Caballero de que estuviese de acuerdo en la fusión de las Juventudes Socialistas con las Juventudes Comunistas, mucho menos numerosas. Pocos días después de estallar la guerra civil, toda la nueva organización con su secretario socialista, Carrillo hijo, ingresó en el Partido Comunista. De un solo golpe Largo Caballero perdió unos 200.000 de sus más activos sostenedores.

La Falange

La marcha hacia el poder de la Falange fue similar a la de los comunistas, aunque más rápida y con más éxito. José Antonio Primo de Rivera, hijo de dictador, fundó Falange Española en 1932 y dos años más tarde la fusión con otros pequeños partidos fascistas como las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS). Antes de las elecciones de febrero de 1936 seguía siendo un pequeño partido obstinadamente empeñado en no crecer. La Iglesia le mostró cara fría y los terratenientes no lo querían por su socialismo y por su violencia.

Envió un solo diputado a las Cortes: el mismo José Antonio. Más de la mitad de sus componentes eran estudiantes universitarios y solo uno por cinco de los restantes procedían de la clase trabajadora. Estos eran, por lo general, descontentadizos anarcosindicalistas. Su principal feudo estaba en la baja Andalucía. Sevilla, Jerez y Cádiz, en donde el elemento señorito era fuerte y naturalmente, en Madrid. En el norte conservador y carlista y en la industrial Cataluña no pudo hacer progresos.

Su dirigente, José Antonio, era un joven andaluz dotado de encanto personal y de imaginación. Hasta sus enemigos, los socialistas, no podían por menos que tenerle cierto afecto. En las discusiones de café acostumbraba a insistir en que estaba más cerca de ellos que de los conservadores. Apostrofaba a la República porque no socializaba los Bancos y los ferrocarriles y por tener miedo de emprender la reforma agraria con energía. En lo que no estaba de acuerdo con los marxistas era en su doctrina de la guerra de clases, que, según él, era corrosiva y disolvente. La solución que él presentaba era una armonía de clases y profesiones en un destino común.

Si partimos de una concepción de unidad de destino, todos los errores eliminan por sí solos y vemos entonces que la patria no es un territorio ni una raza, sino una unidad de destino orientada hacia un norte universal.

Traducido en términos concretos, como el programa falangista con sus veintiséis puntos lo aclara, esto es simplemente fascismo ortodoxo, diferenciándose del fascismo italiano únicamente por su actitud ante la Iglesia. Un falangista puede en lo más profundo de su alma ser un ateo. Pero, debe respetar a la Iglesia Católica porque representa el ideal histórico por el cual España ha luchado siempre. En pago de su protección, el Estado controlará a la Iglesia y la impondrá un nuevo catolicismo, o sea, un carácter nacionalista y falangista.

Finalmente, el destino que ellos deseaban para España era la creación de un imperio por el cual entendían la adquisición de más territorio en Marruecos y, aunque no era dicho abiertamente, la anexión de Portugal. Detrás de todo esto había algo mucho más tentador y de más alto precio: la soberanía espiritual y política sobre toda Sudamérica La victoria próxima de Hitler haría posible todo esto.

El fascismo, como todo el mundo sabe, es la réplica de las clases del orden a situaciones revolucionarias que no han podido llegar a su punto culminante. Cansada del perpetuo estado de guerra entre fuerzas opuestas y de la anarquía resultante de la misma, la clase media se refugia siempre en una solución extrema. Pero, mientras existió una posibilidad de que Gil Robles ocupara el poder pacíficamente, la burguesía española volvió la espalda a los falangistas.

En las elecciones de febrero de 1936, obtuvieron solamente 5.000 votos en Madrid de un total de 180.000 que habían obtenido las derechas. Fue el triunfo del Frente Popular lo que les dio toda su razón de ser. Las derechas habían ido a las urnas esperando ganar y llenas de fe en su caudillo, y su derrota les causó una desilusión inmensa.

Igual que habían hecho los socialistas en 1934, abandonaron toda idea de soluciones pacíficas y legales y pusieron sus esperanzas en la acción violenta. Gil Robles se vio abandonado de todos. Sus partidarios, o bien ingresaban en las filas de los monárquicos, de cuyo nuevo dirigente, Calvo Sotelo, se sabía que veía con buenos ojos un alzamiento militar, o se enrolaban en la Falange. Entre los últimos se encontraron las Juventudes de Acción Popular de Gil Robles, quienes con su secretario, Ramón Serrano Súñer, se sumaron a la Falange en abril, poco meses después de haberse unido las Juventudes Socialistas y las Comunistas.

Desde aquel momento la Falange empezó a crecer rápidamente. Como estaba organizada secretamente en grupos de tres y no conservaban lista alguno de sus miembros es imposible adivinar su envergadura. Era especialmente fuerte en Andalucía Sus adherentes pertenecían al mismo tipo de persona y venían de las mismas clases que aquellos que habían integrado las logias masónicas en 1814-1820 y hecho la revolución liberal. Solamente las tácticas eran diferentes.

Los falangistas creían en el terrorismo y en la violencia Trataban a los partidos de derechas, la CEDA por ejemplo, con insultos, lanzándoles huevos podridos, rompiendo escaparates y ventanas y destrozando los muebles. Las izquierdas eran apaleadas o asesinadas. Tenían sus automóviles de escuadristas con ametralladoras que recorrían las calles disparando sobre todo aquel que intentase oponérseles. Los jueces que condenaban a los fascistas y los periodistas que los atacaban en sus artículos eran ; asesinados; pero su particular venganza iba contra los socialistas.

Violencia y conspiración

Durante toda aquella primavera y verano las calles de Madrid y de otras ciudades de España se vieron animadas por terribles tiroteos entre ambas partes. Los fines de todo esto eran naturalmente, aumentar el desorden y confusión hasta tal punto que las clases pasivas se vieran obligadas a rebelarse y a clamar por un cambio de gobierno.

Debemos advertir, no obstante que no eran los señoritos de Falange los que exponían sus vidas en aquellos encuentros. Empleaban a pistoleros profesionales tomados, o algunas veces simplemente prestados, por la CNT. Los falangistas decían que algunas secciones de la CNT tenían una relación secreta con ellos. Muy bien podría ser pues, si su ideología era diferente, ambos tenían los mismos enemigos y la misma fe en la violencia.

La Falange no era el único partido que trabajaba por una contrarrevolución Había también un grupo de oficiales del ejército, los carlistas o tradicionalistas y los monárquicos. Los oficiales pertenecían a la Unión Militar Española o UME, una sociedad secreta que había ocupado el lugar de las viejas juntas de defensa. Estaban en contacto con los gobiernos italiano y alemán y las preparaciones para un alzamiento estaban ya muy avanzadas.

Los tradicionalistas, bajo la dirección de Fal Conde, ejercitaban sus milicias en las montañas de Navarra. Debido a la extinción de la línea de don Carlos (el último superviviente, don Alfonso Carlos, tenía ahora ochenta y siete años) y al renunciar los monárquicos al gobierno parlamentario, el abismo que separaba antes a estos dos partidos ya no existía.

Los monárquicos no habían cesado de conspirar desde el advenimiento de la República. Su jefe, Antonio Goicoechea, había estado en secreta y constante relación con el gobierno italiano desde 1933.

No mucho tiempo después de esto, Calvo Sotelo, que había sido ministro de Hacienda durante la Dictadura, volvió del exilio y emprendió la organización general de las fuerzas de derechas que favorecían una rebelión. Era un hombre de temperamento activo y violento, con un odio ciego hacia la República y hacia todo lo concerniente a la misma, siendo la sola figura con habilidad política entre la extrema derecha.

El hecho de no estar personalmente comprometido en ninguna restauración de la Monarquía hacía de él un lazo valedero entre los oficiales del ejército, los falangistas y los políticos conservadores. En las Cortes su política se dirigió a impedir toda reconciliación entre la CEDA y los republicanos e inclinar todo lo posible a las derechas del lado de la insurrección y de la guerra civil.

Semejante al resto de su partido, fue especialmente violento en sus ataques contra la Generalidad y los autonomistas vascos y gallegos. Prefiero una España roja a una España rota, declaró en más de una ocasión. A pesar de esta afirmación, fue una España rota la que surgió del alzamiento organizado por él.

La primavera y principios del verano se pasaron en continua efervescencia. Solamente en el norte y en Cataluña había una relativa tranquilidad. Huelgas relámpago de la CNT, terribles tiroteos entre socialistas y falangistas en Madrid, una iglesia quemada de vez en cuando por la FAI, era la regla diaria por doquier.

En algunos lugares los comunistas y la CNT habían venido a las manos y en otros lugares habían sido los dos extremos del partido socialista. En casi todos los oficios había huelgas en las cuales los trabajadores pedían aumento de salarios, reducción de horas de trabajo y el pago de los jornales perdidos mientras habían estado, presos.

Los negocios perdían dinero por todas partes, el capital huía del país y la bancarrota parecía inminente. España había pasado a menudo anteriormente por períodos de anarquía peores que aquél y había sobrevivido a ellos, pero su organización industrial era ahora más compleja y, por lo tanto, los efectos eran más hondamente sentidos. La primitiva psicología del país, con sus periódicas lamentaciones sobre los efectos que tales situaciones dejan tras sí, no se acomodaba a las condiciones modernas.

En el campo, los labradores sin tierra y los pequeños campesinos pedían tierras. Aquel invierno había sido excesivamente lluvioso y el paro y el hambre eran más terribles que nunca. El gobierno, que parecía no haber aprendido nada de las experiencias pasadas, no se daba ninguna prisa en escuchar sus quejas. Entonces los yunteros (propietarios de un par de mulas o bueyes para el arado) se lanzaron a la calle y ocuparon por la fuerza las tierras no cultivadas de las grandes propiedades.

El gobierno se vio obligado a aceptar los hechos y envió supervisores para legalizar la situación. Pocos meses después en Yeste, un pueblo remoto montañés, cerca del nacimiento del Guadalquivir, ocurrió una de esas batallas entre campesinos y la guardia civil de las cuales los anales del campo español ofrecen tantos ejemplos. Veintitrés habitantes del lugar fueron muertos y más de cien heridos. Después de ocurrir esto, los campesinos empezaron en varios lugares a labrar la tierra de las grandes propiedades sin que el gobierno se atreviera a intervenir.

Estos disturbios, no muy importantes en sí mismos, proporcionaban un buen telón de fondo para el drama que se estaba representando detrás de la escena. Todo el mundo sabía que los oficiales del ejército estaban preparando un alzamiento y que la guerra civil era inminente. El gobierno no podía ser más débil. Atacado diariamente en las Cortes por Calvo Sotelo, socavado por sus aliados los socialistas, y agotado por las tácticas guerrilleras de anarquistas y falangistas, no podía hacer nada sino amenazar públicamente.

El jefe de gobierno, Casares Quiroga, estaba tuberculoso. Reaccionó ante el peligro de la situación con un optimismo que podía ser considerado como loco, si no fuera un síntoma de su enfermedad. Tomó ciertas precauciones: hizo instalar su cama dentro de su despacho y allí comía y dormía; las guarniciones fueron reducidas a la potencia mínima enviado con permiso a la mayoría de sus integrantes.

Pero, su servicio de espionaje trabajó bastante mal. El general Queipo de Llano, por ejemplo, gozó de su confianza hasta el último momento y, a pesar de lo que había sucedido en Oviedo, parece ser que nunca se le ocurrió la posibilidad de una invasión por parte de la Legión Extranjera y de las tropas moras. De habérsele ocurrido, los puntos estratégicos de Sevilla y Cádiz hubieran estado bien guardados, se hubieran comprado tanques y aviones modernos y hubiera entablado negociaciones con las tribus bereberes del Riff ofreciéndoles y garantizándoles su autonomía.

Debemos preguntamos qué es lo que hacía Azaña entretanto. Estaba ansioso de formar un gobierno de unión nacional con Prieto a la cabeza que calmaría el miedo de la clase media, y que sería lo suficientemente fuerte para afrontar cualquier eventualidad. Para ello era necesario el consentimiento del Partido Socialista. La opinión de Largo Caballero fue contraría. Ansiaba, a toda prisa, formar una dictadura temporal para salvar al país de los peligros de una guerra civil.

El presidente mexicano, Juárez, a quien Azaña se parecía en muchos aspectos, había sido llevado hasta este extremo. Pero, otra vez, la oposición de los socialistas y de los anarquistas no hizo esto factible. En vista de estas dificultades se apoderó de él una especie de apatía Decidió dejar obrar al tiempo con la esperanza de que la excitación de las clases trabajadoras se calmaría y de que la clase media se tranquilizaría por sus repetidas promesas de no tolerar ningún avance más hacia socialismo. Lo erróneo de sus cálculos fue que el ejército actuara antes de que las cosas fuesen más adelante.

Es imposible no cargar una parte de responsabilidad de lo que ocurrió después sobre Largo Caballero. El 1º de mayo encabezó una manifestación grandiosa que recorrió las calles de Madrid. Más de 10.000 trabajadores, saludando con el puño en alto, llevaban banderas con inscripciones como estas: Queremos un gobierno de trabajadoresViva el Ejército Rojo Intoxicado por el entusiasmo de los que le seguían, enteramente confiado en su éxito, cerró los ojos ante los peligros del camino que había emprendido.

Tenía sesenta y ocho años y a esa edad debemos apresurarnos si queremos ver la tierra prometida. Orgulloso y obstinado por naturaleza, no fácilmente influenciable por los otros, había pasado toda su vida en el limitado marco de los sindicatos. Por esta razón, adolecía de falta de una amplia visión política. De no ser así, se hubiera dado cuenta de que la disposición de fuerzas en Europa, y considerando esto solamente, no hubiera tolerado nunca la implantación de una dictadura del proletariado en España.

Así, el único efecto de la política de los socialistas al socavar al gobierno republicano fue el de hacerlo aún más débil, moral y materialmente, para resistir la avalancha que estaba a punto de caer sobre él. Fue el mismo error cometido por los exaltados en 1823 y por las Cortes de la primera República en 1874. Podemos llamar a esto el error nacional, ya que la historia de España está hecha en gran parte con las ruinas y destrozos causados por estos actos de embriaguez y de excesiva confianza.

En junio, cuando un golpe militar parecía ser inminente, Largo Caballero tuvo una entrevista con Azaña. Señalando los peligros de la situación, pidió que se entregaran armas a los trabajadores. Esto hubiera significado, naturalmente, poner el poder del país en sus manos. Nos preguntamos qué respuesta podía esperar Largo Caballero. Durante los últimos meses había estado haciendo todo lo que había podido para que Azaña, ahora, no aceptase tal sugerencia o consejo.

El presidente de la República estaba igualmente empeñado en impedir una dictadura de las izquierdas como de las derechas. ¿Qué razones había para creer que mostraría ser aún más débil que Kerensky?

El 3 de julio se conoció la noticia de que Calvo Sotelo había sido asesinado por un grupo de socialistas disfrazados de policías, en represalias por asesinato de uno de sus compañeros por los falangistas pocos días antes. Calvo Sotelo era, junto con el general Sanjurjo y con José Antonio Primo de Rivera, la figura más sobresaliente de entre todos los que se aprestaban a alzar el estandarte del alzamiento.

La fecha de alzamiento fue adelantada ligeramente con el fin de aprovechar la impresión producida por su muerte. El 17, el ejército de la zona española en Marruecos se alzó ocupando Ceuta y Melilla.

El gobierno tenía aún tiempo para actuar. El ejército podía ser disuelto y se podían distribuir armas al pueblo. En lugar de esto se publicó una proclama diciendo que nadie, absolutamente nadie debía tomar parte en este absurdo complot. Aquella tarde, los oficiales de las guarniciones se alzaron en casi todas las ciudades de España. Solamente en la noche de sábado del 18 se dio la orden de dar armas al pueblo. Aún en aquel momento algunos gobernadores civiles se negaron a obedecer.

R.B.: BRENAN, Gerald, El Laberinto Español, Editions Ruedo Ibérico, 1962, págs. 225-236.