Batalla de Roncesvalles

La batalla

Roncesvalles es hoy una colegiata situada en lo alto del Pirineo, en la ruta de Pamplona a Francia, a cuyo alrededor se asientan unas casas con un centenar de habitantes; a dos kilómetros de la colegiata está la villa de Burguete, que en la Edad Media se conocía también con el nombre de Roncesvalles o Burgo de Roncesvalles. Pero en nombre de Roncesvalles evoca en toda Europa un cúmulo de recuerdos históricos y legendarios del más alto interés.

En primer lugar, el de la batalla en que el ejército de Carlomagno era derrotado por los vascos montañeses, con muerte de su principales capitanes.

Batalla de Roncesvalles en 778. Muerte de Roldán, en las Grandes Crónicas de Francia, ilustradas por Jean Fouquet, Tours, hacia 1455-1460, .

Batalla de Roncesvalles en 778. Muerte de Roldán, en las Grandes Crónicas de Francia, ilustradas por Jean Fouquet, Tours, hacia 1455-1460.

En la primavera del año 777, cuando estaba reunido en Campo de Mayo, en Paderborn (Sajonia) para recibir la sumisión de los sajones, se presentó ante Carlomagno una embajada compuesta por Sulayman ben Yaqzan ben al Arabí, gobernador, al parecer, de Zaragoza; Abu l Aswad, hijo de Yusuf al Fihri, a quien Abderramán I había despojado del gobierno de España, y el yerno de este, cuyo nombre callan los Anales reales que nos dan noticia de estos sucesos; prometían los emisarios, al decir de los mismos Anales, someterse a Carlos y hacerle entrega de las ciudades que mandaban.

Hacía poco que la región del Ebro se había levantado contra el emir, de cuya rebelión eran cabezas el citado al Arabí y al Husayn ben Yahya al Ansari: Abderramán había enviado contra ellos unas tropas al mando de Ta´laba ben Ubaid al Chudhamí, el cual había sido apresado en una escaramuza por la guarnición de Zaragoza. Para reforzar su petición, los emisarios entregaron el prisionero a Carlomagno.

Este, dando oídos a la petición preparó al año siguiente un gran ejército que dispuso en dos columnas: una mandada por él, que pasó por Pamplona, y ocupó esta plaza, siguiendo a Zaragoza sin obstáculo alguno; otra columna, en la que había fuerzas de Baviera, Austrasia, Lombardía, Borgoña, Septimania y Provenza, cruzó los Pirineos más al Este —la ruta exacta nos es desconocida—, pasó por Huesca, en la que no entró, pero recibió órdenes de Abu Thawr, su señor, y se juntó a la anterior ante los muros de Zaragoza.

Mientras tanto, al Husayn se había alzado con la plaza de Zaragoza, negándose a recibir a los ejércitos de Carlos. Este, que no venía preparado para un sitio en regla, sino para una toma de posesión, temiéndose los peor, regresó inmediatamente, llevándose como prisionero a Ibn al Arabí, que desde el primer momento se había incorporado a los ejércitos francos.

Carlomagno, al pasar por Pamplona, destruye sus muros, pues no deja a este lado del Pirineo ninguna conquista permanente, y, con cierta prisa, se dirige hacia Francia. De mayo a junio se calcula la venida de Carlos a España, y en el mes de agosto estaba ya de regreso.

Pero cuando sus tropas atravesaban los Pirineos —in ipso Pirinei iugo— eran sorprendidas por los montañeses vascos que les infligían una terrible derrota. Tal es la versión de Eginardo, el biógrafo de Carlos, en la que se apoyan casi todos los textos históricos y legendarios del suceso. Dice así.

Cuando caminaba en columna alargada, como la angostura de aquellos pasos exigía, los vascos, emboscados en lo alto de la montaña (ya que el lugar es a propósito para las sorpresa por la abundancia de bosques) acometieron desde arriba a los que iban en la última parte del bagaje, y a las tropas que cubrían la marcha del grueso del ejército, y los arrojaron a un profundo valle, donde, trabada la lucha, los mataron a todos.
Después de robar el bagaje, amparados por la noche que se aproximaba, se dispersaron con rapidez. Los vascos tenían a su favor la ligereza de las armas y la disposición del lugar en que luchaban; los francos por el contrario, resultaban inferiores por el peso de las armas y la aspereza del terreno. En esa batalla murieron el senescal Eggihardo, el conde palatino Anselmo, Roldán, duque de la Marca de Bretaña y otros muchos. Esta derrota no pudo ser vengada por entonces, porque el enemigo, terminada la lucha, de tal modo se dispersó que ni siquiera quedaron indicios de donde se pudiera encontrar.
La derrota había sido total. Iniciada en la retaguardia, se extendió a todo el grueso del ejército. La mayor parte de los palatinos —dicen los Anales reales—, a los que el rey había dado el mando de los cuerpos de ejército fueron muertos... El dolor de este desastre nubló en el corazón del rey el recuerdo de la campaña llevada felizmente en España. Sesenta años después del suceso, cuando el astrónomo escribía la Vida de Ludovico Pío, los nombres de las víctimas seguían en la memoria de todos.
Según los Anales de Ibn al Athir, los hijos de Ibn al Arabí —Matruh y Ayshun— rescataron a su padre cuando este ya había salido de tierra musulmana. Es, pues, muy probable que a los vascos asaltantes se agregaran algunas tropas musulmanas, lo que nada tendría de extraño dada la unión que por mucho tiempo hubo entre pamploneses e islamitas.

Fecha del combate

La fecha del combate la sabemos por el epitafio de Eggihardo, senescal de Carlomagno regiae mensae praepositus, que señala su muerte el día 15 de agosto. De Roncesvalles, Carlos pasó a Chasseneuil, donde la reina Hildegarda daba a luz dos gemelos, Lotario y Luis, de aquí a Auserre, donde tuvo noticia de la rebelión de los sajones que, con Widikindo al frente, forzaban las fronteras y se acercaban al Rhin, y el 24 de septiembre le vemos en Herstal, cerca de Lieja.

Entre el 15 de agosto y el 24 de septiembre ha tenido que hacer una marcha de treinta a cuarenta kilómetros diarios. Esto nos da una idea de la prisa que le acuciaba. Por una lado, los vascos, y por otro, los sajones, le han puesto en situación apurada, y los enemigos que Carlos trataba de someter o de los que esperaba al menos sacar ventajas —los moros— no habían sido debilitados lo más mínimo con una expedición en la que fundara tan grandes esperanzas.

El lugar de la batalla

El lugar de la batalla ha sido objeto de discusión entre los eruditos. Los cronistas solo nos dicen que el encuentro acaeció in ipso Pirinei iugo, in Pyrinei saltus summitate, y la tradición y la leyenda lo localizan en Roncesvalles. Pero, aun sobre el sitio preciso de la contienda hay discusión. Una versión tradicional situaba el suceso en el imponente desfiladero de Valcarlos —nombre que ya cita la Kaiserchronik a principios del siglo XII— y que conviene perfectamente con la descripción que nos da Eginardo.

Sin embargo, la dificultad de que un ejército bien dirigido se introdujera por una garganta tan abrupta ha hecho pensar a los historiadores que el combate tendría lugar en el valle que actualmente ocupa la Colegiata de Roncesvalles, al pie de Altobiscar, por cuya ladera se han creído encontrar los restos de la antigua calzada romana que atravesaba el Summo pyrineo, por Lepoeder a Saint-Jean-le-Vieux, camino más suave y seco por ir en gra parte por las cumbres y, en suma, más seguro y a propósito para conducir un ejército que transporte gran impedimente.

Emboscados los vascos en la montaña de Altobiscar, cortan el ejército en dos y arrastran a los francos al barranco de Arrañosin y al valle que ocupa la colegiata. Carlos, si había pasado ya las cumbres, no podía volver a la vertiente española por impedirlo los atacantes colocados en medio.

Versiones de leyenda

Esta es la batalla de Roncesvalles, tal y como la refieren los autores próximos al suceso. Al entrar en el dominio de la épica se va esfumando la historia, y la campaña se presenta bajo otros móviles y con otros derroteros. En vez de una corta expedición de tres meses, nos hallamos ante una guerra santa de siete años, en la que Carlos va liberando España del poder musulmán, o ante unas cruzadas que acaudilla Carlomagno con todos los héroes de las gestas francas, para rescatar el sepulcro de Santiago para la cristiandad.

Ya no son cristianos quienes derrotan a Carlos en Roncesvalles, sino moros del rey Marsilio, que reside en Zaragoza, y es el traidor Ganelón, el rival de Roldán, quien, de acuerdo con los musulmanes, prepara la emboscada que conducirá al martirio de tantos héroes. Martirio que será vengado inmediatamente por el emperador, tras ordenar el traslado a la dulce Francia de los cadáveres de los principales caballeros.

Esta versión legendaria, cuyos textos más representativos son la Chanson de Roland y la Historia Turpini, era la verdadera historia para las multitudes de peregrinos que en la Edad Media se dirigían a Santiago de todos los confines de Europa.

Ellos saben que en la llanura de Burguete Villa Roscidavallis habían tenido lugar los descomunales encuentros entre las tropas del rey Marsilio y la retaguardia de Carlomagno y señalan la piedra que Roldán partió por medio con tres golpes de su espada; una capilla levantada en lo alto de Ibañeta —en la divisoria de aguas del Pirineo— se llama capilla de Carlomagno, y al hospital levantado al pie para acoger a los peregrinos, se le llama Hospital de Roldán.

En la actual Colegiata de Roncesvalles, cuya fundación se remonta al primer tercio del s. XII, los peregrinos pudieron admirar por mucho tiempo los cuernos guerreros, estribo y mazas de Roldán.

R.B.: LACARRA, José María, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo N-Z, págs. 512-514.