Guerra de Sucesión en España

La guerra de 1700-1714

La defección de Luis XIV

La campaña de 1710

El fin de la contienda

El fin de la guerra civil

La guerra de 1700-1714

La Guerra de Sucesión de España fue un conflicto que opuso a Francia y a las regiones de la corona de Castilla, que apoyaban a los Borbones, contra una coalición europea y contra los reinos de la corona de Aragón, que defendían la candidatura al trono español del archiduque Carlos VI (1701-1715).

El problema de sucesión de Carlos II había preocupado a las potencias europeas, sobre todo a Gran Bretaña, que no estaba dispuesta a permitir que se unieran las coronas de Francia y España, y que se rompiera con ello el equilibrio europeo.

En septiembre de 1701 se aliaron contra los Borbones el imperio, las Provincias Unidas e Inglaterra, a quienes se sumaron posteriormente Portugal y Saboya. Mientras tanto, los austriacos habían comenzado las hostilidades por su cuenta, atacando los dominios españoles en Italia. La guerra, en efecto, acababa de estallar en Europa, en cierta medida provocada las medidas imperialistas del rey francés Luis XIV.

Felipe V, obedeciendo las instrucciones de su abuelo, se embarcó en Barcelona el 8-IV-1702 hacia Nápoles, adonde llegó el 17, —allí recibió el juramento de fidelidad de sus súbditos—, para resistir la agresión austriaca.

Con el duque de Vendôme obtuvo los triunfos de Santa Vittoria y en la batalla de Luzzara (julio y agosto), pero en agosto de 1702 se produjo un intento de desembarco anglo neerlandés junto a Cádiz, y el monarca se vio obligado a regresar apresuradamente a España, donde la situación no era tranquilizadora: parte de la oligarquía aristocrática castellana se oponía a Felipe y a su camarilla francesa, y los reinos de la corona de Aragón, enemigos tradicionales de Francia, comenzaban a agitarse. Se registraron sensibles defecciones a la causa de los Borbones, la de papa Clemente XI entre otras.

El reflejo del influjo francés en la corte —señalado por la presencia de la princesa de los Ursinos, el embajador Amelot, que asistía a las reuniones de gobierno, y del financiero Orry, intentando poner orden en el caos de la hacienda española— agravó la situación.

A comienzos de 1704, el archiduque Carlos VI llegó a Portugal con 12.000 soldados e intentó de forma infructuosa penetrar en España; en agosto del mismo año, un afortunado golpe de mano del príncipe de Darmstadt, dio como resultado la toma de Gibraltar, plaza que se consideraba imbatible, y que por ello mismo estaba defendida por una guarnición muy reducida.

Lo que se se había iniciado como una contienda internacional se convirtió muy pronto en una guerra civil española, azuzada por los intereses de Francia y de Inglaterra: una guerra civil llena de equívocos, que opondría sangrientamente a los pueblos de la Corona de Aragón contra los de la Corona de Castilla, convencido cada uno de los bandos contendientes de estar defendiendo la causa de la justicia y de la religión.

La mitad de España fue arrojada contra la otra mitad en defensa de unos intereses que eran completamente ajenos a los españoles, con el pretexto de unos principios que no tenían nada que ver con el conflicto.

En el verano de 1705 estalló en el llano de Vich una sublevación al mismo tiempo que Antonio de Peguera y Domingo Parera, con poderes de miembros de la aristocracia catalana, firmaban en Génova una alianza entre el reino de Inglaterra y el ilustre y preclaro principado de Cataluña, en virtud del cual se comprometían los catalanes a reconocer al Carlos VI (en quien veían al mantenedor más fiel de la tradición de Carlos I y Felipe II), y a sumarse a la coalición contra los Borbones.

En agosto, la flota aliada se presentó ante Barcelona: desembarcó el archiduque Carlos VI, que se estableció en Sants, y se inició un asedio más o menos formulario, que concluyó a fines de noviembre; el archiduque hizo entonces su entrada solemne en Barcelona, donde comenzó su reinado con el nombre de [Carlos VI], y convocó una reunión de cortes (5-XII-1705). Cataluña y Valencia reconocieron al nuevo soberano, y en diversos puntos de Aragón se produjeron sublevaciones en su favor.

En vano las tropas franco españolas, mandadas por el mariscal Tessé, trataron de reconquistar Barcelona en abril de 1706, con el apoyo de la flota francesa: la llegada de la flota aliada obligó a retirarse a los franceses por el Rosellón para poder regresar a Madrid, ya que tenían cortado el camino directo.

Regresaron para abandonar seguidamente la capital ante el avance de las tropas anglo portuguesas que, al mando de lord Galloway, se acercaban a Madrid procedentes de Salamanca y entraron en la ciudad en junio de 1706. Felipe V se vio forzado a huir de Madrid para Burgos (20-VI-1706). Toledo y Alcalá cayeron poco después; Zaragoza se declaró también por el archiduque.

La situación parecía decidida, y los grandes de Castilla se apresuraban a proclamar su adhesión al bando que parecía ser el más fuerte. Abandonado por la oligarquía, Felipe V tuvo en estos momentos el decisivo apoyo del pueblo castellano, que se rebeló ante lo que consideraba un intento de los catalanes, aragoneses y portugueses de imponerle un rey.

El ejército aliado se halló aislado en medio de un país hostil, donde los soldados que se apartaban de sus compañeros morían acuchillados, y emprendió la retirada hacia Levante. El 5 de agosto, Felipe V volvió a entrar en Madrid en medio del entusiasmo de la población.

La defección de Luis XIV

El 25-IV-1707 las fuerzas borbónicas mandadas por el duque de Berwick, obtuvieron una decisiva victoria en la batalla de Almansa, triunfo que permitió la reconquista de los reinos de Aragón y Valencia, donde los borbónicos iniciaron enseguida las medidas represivas (supresión de fueros, etc.), y provocaron con ello la emigración de numerosos aragoneses y valencianos hacia Cataluña.

Pero en la escena europea la situación se desarrolló mucho menos favorable para los intereses de los Borbones: sus tropas habían sido prácticamente expulsadas de Italia (caída del reino de Nápoles en 1707) y retrocedían ante Marlborough en los Países Bajos; en 1708 los ingleses tomaban la isla de Menorca y pronto comenzó la invasión de suelo francés (1709), y Luis XIV, descorazonado, se vio en la precisión de pedir la paz, para lo cual se mostraba dispuesto a aceptar que su nieto Felipe, abandonara el trono de España.

Pero este se declaró dispuesto a morir antes que le echaran de España, y decidió proseguir la guerra sin ayuda de su abuelo; la defección de Francia aumentó si cabe el efecto que los castellanos sentían por Felipe.

Mientras tanto, los aliados presionaban a Luis XIV, exigiéndole condiciones cada vez más duras; el monarca francés aceptó incluso pagar un subsidio mensual a los aliados para ayudarlos a hacer la guerra a su nieto (1710), pero estos le exigieron que fuese el mismo, sin ninguna ayuda, el que expulsase de España a Felipe y entregara el trono al archiduque Carlos VI. Acosado de este modo, y favorecido por una mejora de su situación, Luis XIV hizo marcha atrás y reanudó las relaciones con su nieto.

La campaña de 1710

Sin embargo, para hacer más sombrío este cuadro, los austracistas, que disponían de un gran general —el mariscal Starhemberg—, y de abundantes refuerzos de dinero, cruzaron el Segre y derrotaron a los borbónicos en la batalla de Almenara (27 de julio). El 20 de agosto volvieron a darles alcance en Zaragoza y les infligieron tal descalabro que los dispersaron, de manera que el camino a Castilla quedó abierto y expedito ante ellos.

Una vez más, Felipe tuvo que abandonar la capital, y otra vez las fuerzas del archiduque ocuparon Madrid, donde el archiduque Carlos VI hizo su entrada en medio de la hostil frialdad del vecindario. Como había ocurrido en 1706, el ejército aliado tuvo que abandonar Castilla con la llegada del invierno, para dirigirse de nuevo a la costa mediterránea. Tras las fuerzas aliadas marchaban ahora las de Felipe, al mando del duque de Vendôme.

A comienzos de diciembre, Vendôme sorprendió y derrotó en Brihuega a las tropas inglesas de Stalhope, que de habían separado del resto del ejército. Al día siguiente de esta victoria se enfrentó a Starhemberg en los campos de Villaviciosa (11 de diciembre), el combate fue indeciso, pero como Starhemberg siguió replegándose hacia Cataluña, la acción supuso en la práctica una victoria para Vendôme.

Zaragoza se entregó sin lucha el 4-I-1711. Al mismo tiempo el duque de Noailles abrió un nuevo frente en el norte de Cataluña, y puso sitio a Gerona, que cayó el 25-I-1711.

El fin de la contienda

Si en octubre de 1710 el archiduque dominaba Madrid, en enero de 1711 se encontraba encerrado en una reducida zona alrededor de Barcelona. Sin embargo, lo que resultó realmente decisivo, fue la subida al trono imperial del archiduque Carlos VI, al producirse el fallecimiento de su hermano, el emperador José I (17-IV-1711).

A partir de ese momento, los británicos y neerlandeses, que combatían por impedir el engrandecimiento de Francia, perdieron interés en una pugna que podía conducir al engrandecimiento de Austria. Esto y la subida al poder en Inglaterra de los tories, partidarios de la paz, facilitó la apertura de negociaciones.

Los aliados se conformaron con que los Borbones renunciasen a la unión de las coronas de Francia y España en una sola persona, y con que se les pagasen sus gastos de guerra con concesiones territoriales y privilegios comerciales. En septiembre de 1711 partió Carlos VI de Barcelona; dos meses después empezaban en Utrecht (Holanda) las largas negociaciones de paz.

Felipe se avino a ceder todos los dominios europeos de España a los aliados (cedió al imperio los Países Bajos españoles, el Milanesado, Nápoles, los presidios de Toscana y Cerdeña; al duque de Saboya, Sicilia; a Portugal, la colonia del Sacramento y a Gran Bretaña, Gibraltar y Menorca, además del asiento de esclavos negros y de otros privilegios comerciales). Así pudo llegarse a las paces de Utrecht (Holanda), el 13-VII-1713 y Rastadt (Alemania), el 7-IX-1714.

En lo que Felipe no cedió fue en las presiones que se le hicieron para que respetara los privilegios de los catalanes. Prefirió ceder medio imperio español antes que renunciar a su victoria y a su venganza. Los tratados de paz dieron fin a la Guerra de Sucesión y consumaron el desmembramiento del imperio europeo de España.

Esta fue la recompensa que las cortes europeas dieron a la tenacidad mostrada en 1709 y 1710 por Felipe V, cuando en los campos de batalla europeos, Luis XIV se batía en retirada, hasta el punto de mostrarse dispuesto a aceptar la paz a costa de que Felipe renunciara al trono de España. Pero Felipe, obstinado y rencoroso, no se mostró de acuerdo con su abuelo: se sentía dispuesto a morir en España antes que declararse vencido, y decidió proseguir la lucha sin la ayuda de Francia.

Fue seguramente este, el único momento de su vida que mereció el calificativo de el animoso que le dieron sus partidarios.

El fin de la guerra civil

La emperatriz marchó a Barcelona en Marzo de 1713, y Starhemberg, que había quedado como virrey, abandonó el principado con su tropas el mes de julio, no sin antes haber entregado la ciudad de Tarragona a los filipistas.

De la gran contienda europea no quedaba ya más que los ejércitos de los Borbones de Francia y de España, por un lado; las ciudades de Barcelona y Cardona y las islas de Mallorca e Ibiza, por el otro. Seguir la lucha en aquellas condiciones era una locura, pero por ello optaron los diputados catalanes, reunidos en Barcelona a fines de junio de 1713.

La misma obcecación que les había hecho embarcarse en una guerra estéril, en la que habían actuado como peones de Inglaterra, les hizo adoptar ahora la heroica pero inútil e insensata decisión de resistir hasta el final. Y al hacerlo estaban convencidos de estar luchando por la libertad y la dignidad de España entera: Por nosotros y por toda la nación española combatimos, decían los defensores de Barcelona en los últimos momentos del asedio.

Cerca de un año resistió aún Barcelona a las fuerzas de Felipe V, a las que posteriormente se sumaron las de Luis XIV, mandadas por el duque de Berwick.

La resistencia de la ciudad produjo la admiración a Europa entera, y la vergüenza de quienes habían prometido amistad y ayuda a los catalanes. A punto estuvo Inglaterra de completar su vergonzosa conducta con el envío de una escuadra que ayudara a Felipe V a dominar a aquel turbulento pueblo.

El 11-IX-1714 capitularon los sitiados, y al día siguiente entró el duque de Berwick en la ciudad, exhausta por el asedio y arruinada por los bombardeos. En julio de 1715 capitularon Mallorca e Ibiza: con ello terminaba la Guerra de Sucesión, que dejaría una honda cicatriz en la vida española.

Su balance no pudo ser más lamentable, porque si los países de la Corona de Aragón tuvieron que sufrir la represión, los de la Corona de Castilla, que habían sostenido a Felipe V hasta el límite de sus fuerzas, no mejoraron en nada su suerte: siguieron entregados en manos de una oligarquía feudal que los explotaba, como en la época de los Austrias, y tuvieron que soportar la pesada carga de la política belicista que Felipe V se embarcó por sus meras conveniencias familiares.

Puede decirse, en síntesis, que hubo en la Guerra de Sucesión muchos vencedores —los Borbones, el imperio, Inglaterra, los Países Bajos y Saboya— y un solo vencido: el pueblo español.

R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Larousse, Ed. Planeta, 1993, tomo 22 págs. 10421-10423.