Guerra de los Treinta años

La guerra de 1618-1648
Periodo bohemio-palatino
Periodo danés
Periodo sueco
Periodo francés
Periodo español
Consecuencias de la guerra

Guerra de los Treinta años 1618-1648

Fue un conflicto europeo, que afectó especialmente al imperio, desarrollado entre 1618 y 1648, y que se prolongó entre Francia y España hasta 1659. La guerra, que alcanzó por primera vez un ámbito europeo, fue interpretada como un conflicto religioso que degeneró en político o bien, según la historiografía liberal del s. XIX, como un conflicto político disfrazado con una ideología religiosa.

Rocroi, el último tercio, por Augusto Ferrer-Dalmau.Rocroi, el último tercio, por Augusto Ferrer-Dalmau.

Hasta tiempos muy recientes no se ha intentado plantearla a otro nivel que permitiera superar estas interpretaciones. En este sentido se ha formulado una hipótesis según la cual hay que relacionar la guerra con la crisis general que afectó a la mayor parte de países europeos durante el s. XVII. Esta crisis estaría provocada por los obstáculos creados al desarrollo del capitalismo como consecuencia del mantenimiento de las estructuras feudales.

El carácter de crecimiento económico del s. XVI perjudicó a la nobleza, que intentó resarcisrse mediente la usurpación de tierras a los campesinos, la reimplantación de la servidumbre y la creciente intervención en la vida económica.

Esta actuación de la nobleza al tiempo que obstaculizaba la transformación de la economía hacia formas capitalistas, generó tensiones entre la clase feudal dominante y los núcleos burgueses y la masas campesinas, que desembocaron en el estallido generalizado del conflicto.

Contradicciones de este tipo aparecieron en la mayor parte de países de Europa central; para Bohemia, centro inicial, es indiscutible que estos factores, al lado de los de tipo religioso y administrativo, tuvieron un peso decisivo.

La insurrección Bohemia ofrece muchas semejanzas con la revuelta de los Países Bajos contra España. En ambos casos el enfrentamiento era debido, más que a problemas constitucionales a concepciones opuestas sobre cuestiones económicas, políticas y religiosas. De hecho dos civilizaciones pugnaban por imponerse: la feudal y católica defendida por los Habsburgo y la burguesa y protestante preconizada por los Países Bajos y los Principados alemanes adscritos a la Unión evangélica.

Periodo bohemio-palatino

Después de la sublevación de Bohemia y de la elección como rey de esta región del calvinista y elector palatino Federico V, el emperador Fernando II apeló a la ayuda de España. Felipe III mandó un ejército al mando de Ambrosio de Spínola, quien colaboró con Tilly en el triunfo católico de la Montaña Blanca (1620).

Esta victoria, conjugada con la de 1622 en Wimpfen, liquidó la insurrección checa y determinó el progreso de la causa imperial en Alemania, circunstancia que movió a Francia —tras los nuevos éxitos imperiales en Fleurus y Hochst (1622) y deseosa de frenar la política expansionista de Fernando II y de Olivares (reanudación de la guerra entre España y la Provincias Unidas, 1621)— a adoptar una postura intervencionista.

Periodo danés

Richelieu, aliado con Saboya y Venecia ocupó el valle de Valtelina en 1625 para impedir la comunicación de los dominios españoles en Italia con el imperio; pero España, con el respaldo de Parma, Módena, Génova y Lucca, desbarató esta tentativa y, por el tratado de Monzón de 1626, tuvo expeditas las rutas militares entre Italia y Austria. Fue entonces cuando Francia favoreció la entrada en el conflicto de Cristián IV de Dinamarca, cuyo hijo administraba unos obispados secularizados.

Pero la derrota que Tilly le infligió en la batalla de Lutter (26-VIII-1626) determinó su renuncia intervenir en Alemania, decisión ratificada en la paz de Lübeck (22-V-1629). En esta coyuntura pareció inminente el triunfo católico, más la intransigencia de que hizo gala Fernando II con la promulgación del edicto de Restitución (6-III-1629), que obligaba a los protestantes a devolver los bienes a los católicos, prolongó la lucha.

Seguro de su situación política, el emperador intentó nombrar a su hijo como rey de romanos en la dieta de Ratisbona (1630), pero fracasó merced a la acción de los electores alemanes y de la diplomacia francesa.

Periodo sueco

Richelieu suscitó a Fernando II un nuevo y poderoso adversario Gustavo II Adolfo de Suecia; luterano convencido, ansioso de convertir el Báltico en un lago sueco, este soberano organizó un ejercito nacional de campesinos, muy religioso, disciplinado y bien armado, en el que desarrolló las últimas innovaciones de la estrategia militar.

El terrible saco de Magdeburgo llevado a cabo por Tilly (mayo de 1631) coincidió con la irrupción de los suecos en Pomerania y, posteriormente con la alianza de Sajonia, Gustavo II Adolfo derrotó a los imperiales de Tilly en Breitenfeld (17-IX-1631). Árbitro de Alemania, invadió Baviera, amenazó Bohemia y venció a Wallenstein en la batalla de Lützen, encuentro en el que Gustavo II Adolfo murió (16-XI-1632).

Su muerte salvó momentáneamente al imperio, que pudo reorganizar su ejército, tras huir de sus enemigos, al tiempo que Fernando II se deshacía —mandando asesinarle— de Wallenstein, aspirante a la corona de Bohemia (25-II-1634).

Pero persistió aún el peligro sueco, ya que el regente Oxenstierna salvó la cohesión del ejército, puesto a las órdenes de Bernardo de Sajonia-Weimar, y coligó en torno suyo a los príncipes protestantes alemanes Unión de Heilbronn, 23-IV-1633).

Esta situación se vio alterada en perjuicio de Suecia después de la batalla de Nördlingen (5-6-IX-1634), victoria imperial del Cardenal infante Fernando, hermano de Felipe IV, y, principalmente, del duque Carlos de Lorena; la victoria dislocó esta unión y de nuevo pareció inclinar la suerte del lado católico. Tras este encuentro, los suecos se retiraron más acá del Main, y Sajonia se vio obligada a firmar el tratado de Praga (1635), que preveía la disolución de todas la Ligas.

Periodo francés

Francia decidió entonces llevar la guerra a todos los reductos hispano imperiales (Flandes, Franco Condado, Alsacia, La Valtelina, el Milanesado y el Rosellón) y concluyó alianzas con Oxentierna, las Provincias Unidas, el duque de Saboya y el príncipe Bernardo de Sajonia-Weimar, antes de alzarse abiertamente a la lucha (1635).

Richelieu decidió involucrar directamente a su país en el conflicto y declaró la guerra a España (19-V-1635), medida que implicó a su vez, la declaración de guerra de Fernando II a Luis XIII (1636).

En un principio, la suerte fue favorable a las armas hispano imperiales con la conquista de Corbie, el asedio a Saint-Jean de Losne y la amenaza de las tropas del Cardenal infante Fernando sobre París (1636), pero la resistencia de Saint-Jean de Losne y la reconquista de París determinaron —después de las victorias de Rohan— la firma del tratado de Milán, por el que España hubo de renunciar al derecho de tránsito sobre Valtelina (1637), y la ocupación por parte de los franceses de diversas plazas del Luxemburgo y del Franco Condado, así como la afirmación del dominio galo sobre Alemania.

Por otra parte, Bernardo de Sajonia-Weimar, vencedor en Rheinfelden, logró la capitulación de Breisach en 1638, con lo que dominó la ruta del Rin.

A pesar de que en 1638 el ejército español rechazó al francés en Fuenterrabía, el año 1639 estuvo jalonado por una serie de éxitos de Luis XIII sobre Felipe IV, en el Montferrato, Lombardía y Rosellón (conquista de Salces); estas derrotas hispanas se agravaron con el desastre naval de las Dunas (octubre de 1639) ante los neerlandeses dirigidos por Tromp.

En esta confrontación entre España y Francia, el año 1640 determinó la suerte final de la guerra. En junio estalló la sublevación catalana y en diciembre la portuguesa, con lo que España tuvo que atender a dos frente bélicos más.

Esta doble revolución, alentada por Francia, permitió a Richelieu la ocupación de Arras y Perpiñán (1640 y 1642 respectivamente); poco después de la proclamación por los catalanes de Luis XIII como conde de Barcelona (23-I-1641), lo que posibilitó la penetración de Francia en Cataluña.

A la muerte de Richelieu (1642), su sucesor Mazarino prosiguió esta ofensiva, culminada en la decisiva victoria de Rocroi (19-V-1643), combate a partir del cual España ya no luchó por la victoria sino por recuperar los territorios perdidos (conquista francesa de Gravelinas, Courtrai, Mardick y Dunkerke, en 1644).

En el frente centroeuropeo, los suecos, que habían renovado su alianza con Francia (1641) atravesaron Alemania, Bohemia y Moravia y amenazaron Viena, antes de retirarse a Sajonia, mientras que el francés Turena operaba en el sur de Alemania y obligaba a Baviera a solicitar la paz de 1647.

De hecho, el emperador Fernando III, que había perdido en 1640 el apoyo efectivo de Brandeburgo y de Sajonia, presionado por los príncipes y ciudades alemanas, inició en 1644 conversaciones de paz con Francia, Suecia y sus respectivos aliados en Münster y Osnabruck, que desembocaron en los tratados de Westfalia (1648), que redujeron el poder imperial y colocaron a Alemania merced de la hegemonía franco sueca.

Por otra parte, España, agobiada por la bancarrota real de 1647 y enfrascada en las rebeliones napolitana y siciliana, firma en Münster una paz bilateral con las Provincias Unidas (mayo de 1648), por la reconoció la independencia neerlandesa.

Periodo español

A partir de los tratados de Westfalia, la guerra prosiguió entre Francia y España. Todo parecía presagiar la pronta derrota hispana (victoria de Condé en Lens, agosto de 1648), pero el estallido de la Fronda (1648-1653) y el fin de la guerra de separación en Cataluña (octubre de 1652), dieron un respiro a Felipe IV.

La victoria realista sobre los frondistas posibilitó la recuperación francesa, mientras que España sufría la bancarrota de 1653. A partir de esta fecha, ambas naciones intentaron atraerse a su causa a Cromwell, lográndolo Mazarino en 1657.

Tropas inglesas ocuparon Jamaica (mayo de 1655), incidente que abrió otro frente para España; posteriormente la coalición franco-británica al mando de Turena vencía a los españoles en la segunda batalla de las Dunas (14-VI-1658).

La constitución por el elector de Maguncia de una liga de paz, la Liga del Rin, que prohibía al emperador socorrer a los españoles, terminó por evidenciar a Luis de Haro, primer ministro de Felipe IV, la necesidad de concertar la paz de los Pirineos (7-XI-1659), firmada en unas condiciones menos favorables para España que las ofrecidas en 1656 por Lionne.

Merced a este tratado y al cese de las hostilidades, Mazarino pudo poner fin al conflicto desarrollado en el norte de Europa y que oponía a Suecia, Dinamarca, Brandeburgo, Polonia y Rusia en la disputa de la hegemonía del Báltico (primer paz del norte, 1660-1661).

Consecuencias de la guerra

Resulta difícil señalar efectos generales para el conjunto de países europeos. Si se acepta la interpretación del conflicto como enfrentamiento de civilizaciones, hay que señalar que ninguna de las dos logró triunfar de manera completa. De todas formas, si bien es cierto que la restauración católica feudal se impuso plenamente en tierras checas y en parte de Hungría, y de forma más tenue en el resto del imperio, es indiscutible que la guerra significó la pérdida de hegemonía de los Habsburgo y el fraccionamiento del imperio.

En cambio, los países del norte y este de Europa, a pesar de los problemas inmediatos derivados de la guerra, iniciaron su etapa de progreso o de recuperación. La supremacía marítima anglo neerlandesa salió reforzada del conflicto, y se consolidó la preponderancia francesa. De forma semejante al imperio, Italia quedó definitivamente relegada y España vio agudizar su decadencia.

Estas consecuencias de la guerra resultarían difíciles de comprender si no se tuvieran en cuenta otros aspectos. En primer lugar los efectos demográficos: el conflicto significó una auténtica catástrofe para la mayoría de los países de la Europa central: desde Silesia a Mecklemburgo y desde Pomerania al Palatinado y Württemberg, amplias zonas perdieron más de dos tercios de su población, pérdidas que significaron un auténtico vacío demográfico en el centro de Europa; más que a las batallas hay que atribuirlas a los destrozos de cosechas, matanzas debidas al paso de tropas mercenarias, que provocaron hambres, carestías y epidemias.

Estos descensos de población, junto con el reforzamiento del feudalismo, crearon obstáculos muy difíciles de salvar para el desarrollo económico. Su situación resalta vivamente con la de naciones como Inglaterra y las Provincias Unidas, donde la destrucción del feudalismo había permitido un progreso de las formas capitalistas y el acceso de la burguesía al poder.

R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Larousse, Ed. Planeta, 1993, tomo 23 págs. 10053-10053.