Batalla de Villalar

La batalla

Hecho de armas ocurrido en las cercanías de Villalar de los Comuneros (Valladolid), el 23-IV-1521, en el contexto de la Guerra de las Comunidades (1520-1521), en el que las tropas realistas comandadas por el condestable de Castilla, Íñigo de Velasco, derrotaron al ejército comunero en una batalla decisiva para el desenlace final de la guerra.

Superada la primera fase de la contienda, las tropas comuneras se encontraban dispuestas sobre Villabrágima (Valladolid) —al amparo de Valladolid y Tordesillas—, con la intención de asaltar Medina de Rioseco (Valladolid) en posesión de los imperialistas. Sin embargo, esta campaña no llegó a realizarse gracias a la iniciativa diplomática del realista Antonio de Guevara, obispo de Mondoñedo, que si bien no consiguió poner fin a la guerra, sí que logró dividir a los comuneros, atrayéndose a la causa imperial a Pedro Girón.

El 2-XII-1520 los comuneros levantaron el cerco de Medina de Rioseco y se dirigieron hacia Villalpando (Zamora), lo que significó un grave error para sus intereses, pues dejaban el camino libre hacia Tordesillas (Valladolid) a las fuerzas realistas que la tomaron dos días más tarde y rescataron a la reina Juana I de Castilla (1504-1555) y Aragón (1516-1555), madre de Carlos I (1516-1556), además de hacer prisioneros a varios miembros de la Junta.

Acto seguido los comuneros se refugiaron en Valladolid, pero esta acción ya había significado un duro golpe para la causa de las Comunidades, pues algunas ciudades empezaron a apartarse de ella. Los realistas colocaron guarniciones en Simancas, Portillo y Torrelobatón (Valladolid), con un doble objetivo: por un lado, proteger Tordesillas —lugar donde se encontraba la reina—, y, por otro, formar una línea de ataque contra Valladolid.

Sin embargo, las tropas comuneras, capitaneadas de nuevo por Juan Padilla, en sustitución de Girón, se presentaron por sorpresa ante la fortaleza de Torrelobatón (21-II-1521), que tomaron tras seis días de asedio, junto con los ejércitos de Juan Bravo y Francisco Maldonado. Allí, las tropas imperiales les entretuvieron durante algún tiempo con negociaciones que solo provocaron divergencias entre ellos, ya que unos eran partidarios de la paz, y otros, de continuar con la lucha.

Mientras tanto, el condestable solicitó ayuda al virrey de Navarra y de Aragón, y pidió a la artillería que estuviese dispuesta en la plaza fuerte de Fuenterrabía (Guipúzcoa), lo que era muy arriesgado, pues dejaba libre el paso a cualquier intento de invasión por parte de Francisco I de Francia (1515-1545).

Finalmente el ejército imperial pudo contar con la ayuda de Navarra, pero no con la de Aragón ni con los depósitos de artillería de Medina del Campo (Valladolid) —en manos de los comuneros— ni de Málaga, pues estos últimos eran interceptados antes de llegar a Burgos por el conde de Salvatierra en el monte de Orduña (Vizcaya-Burgos). Ante esta situación, parecía que el triunfo comunero era cuestión de tiempo, pero fue esto último, precisamente, lo que finalmente se giró en su contra.

El ejército comunero era poco disciplinado y se producían deserciones cuando alguno de sus miembros veían ya cubiertas sus necesidades. El ejército imperial empezó a aproximarse a Torrelobatón, pero Padilla no actuó, por lo que el 21-IV-1521 los dos ejércitos imperiales lograron contactar con Peñaflor, logrando reunir 6.000 infantes y 2.400 caballos. Dos días más tarde, por San Jorge, el ejército comunero marchó hacia Toro (Zamora), con la intención de recuperar Tordesillas.

Sin embargo, nada más salir, los imperiales les sorprendieron, atacaron y persiguieron hasta las cercanías de Villalar, que tomó el nombre de Villalar de los Comuneros a raíz de estos sucesos. Tras esta derrota las Comunidades se deshicieron. Ciudades como Valladolid y Medina del Campo fueron sometidas, al igual que Segovia. Únicamente Toledo continuó luchando bajo el mando de María Pacheco, viuda de Padilla, que finalmente capituló el 25-X-1521.

R.B.: VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XXII pág. 10799.