Jaime I de Aragón

Biografía

Jaime I de Aragón recibiendo del obispo y jurista Vidal de Canellas los Fueros de Aragón ante otros magnates eclesiásticos.

Jaime I de Aragón recibiendo del obispo y jurista Vidal de Canellas los Fueros de Aragón ante otros magnates eclesiásticos.

Rey de Aragón 1213-1276. Rey de Valencia 1239-1276. Rey de Mallorca 1229-1276. Conde de Barcelona 1213-1276. Señor de Montpellier 1219-1276. En la noche del 1 al 2-II-1208, María de Montpellier dio a luz, en esta ciudad, a Jaime, hijo de Pedro II de Aragón. Narra la leyenda que su concepción hubo de ser fortuita, debido a los caprichos amorosos del Católico.

Pero lo cierto es que Jaime I estaba predestinado a venir al mundo para cumplir en él una misión paralela a la que realizó en Castilla su gran contemporáneo, Fernando III el Santo. En efecto, gracias a sus ingentes dotes de caudillo militar, el hijo de Pedro II iba a ser el mayor vencedor del Islam en la franja levantina de la Península Hispánica. Jaime I, llamado por antonomasia el Conquistador, encarna uno de los periodos de mayor apogeo de la Historia de Aragón y Cataluña.

Las fuerzas concentradas en las poderosas urbes del litoral catalán y en los robustos brazos de los nobles catalano-aragoneses fueron puestas al servicio de las grandes empresas que realizó este monarca, en las cuales, como en el caso de Fernando III, al interés político se unió un elevado ideal religioso.

Toda la actuación de este ínclito soberano respira la más elevada idealidad: prudente, moderado, leal, prestó a la causa común de la Hispanidad tantos y tan grandes servicios que sin ellos no seria comprensible la obra de Fernando III de Castilla ni la superación de la crisis política castellana en tiempos de Alfonso X el Sabio.

Se formó como, como Alfonso VIII de Castilla, en la durísima escuela de la adversidad, y este hecho explica en gran parte las características de su temperamento. Bravo en la lucha guerrera, altruista en sus relaciones con los demás monarcas cristianos, cometió algunos errores políticos de importancia y su vida privada no fue lo recomendable que debía ser en un rey de su prosapia.

No obstante, su gallardía inspiró tal fanatismo entre sus huestes y sus hazañas fueron tan extraordinarias, que aún hoy su figura es la que destaca con rasgos más simpáticos y humanos en la lista de los grandes reyes de Aragón y condes de Barcelona.

Arrancado de los brazos de su madre a los tres años para ser entregado a Simón de Montfort, el mayor enemigo de su padre; huérfano a los cinco después de la desastrosa batalla de Muret (1213); libertado por orden de Inocencio III, a instancias de la nobleza de Aragón, en abril de 1214, el joven rey pasó a sus estados hereditarios para ser reconocido señor de ellos y luego recluído en la plaza fuerte de Monzón, donde convivió con su primo hermano Ramón Berenguer V de Provenza.

De la regencia se encargó el infante Sancho, hijo de Ramón Berenguer IV, hombre austero y enérgico, que con suma habilidad intentó restablecer la situación de la corona aragonesa en el Mediodía de Francia. Pero a pesar de los éxitos que obtuvo —uno de ellos la muerte de Simón de Montfort en el sitio de Tolosa—, la oposición del papado y el antagonismo de parte de los nobles le indujeron a renunciar a la regencia o procuraduría general de Jaime I en el transcurso de 1218. Entonces se inició el gobierno personal del Conquistador, y, al mismo tiempo, la etapa más dura de su existencia.

A los diez años de edad tuvo que enfrentarse con el rigor de la vida. Combatido y despreciado por sus propios consejeros; traicionado por sus vasallos, como en la expedición contra Rodrigo de Lizana, en 1230; sometido a las torturas del hambre en más de una ocasión; materialmente prisionero de los nobles de Aragón en 1224; teniendo que luchar a brazo partido —llegando en una ocasión a llegar personalmente a las manos— con don Pedro de Ahonés, uno de los consejeros nombrados por el papa, para hacerle respetar la voluntad real Calamocha, 1226); impotente para conjurar la rebeldía barones aragoneses y catalanes, dirigidos estos últimos por los Montcada, y los primeros por el infante don Fernando, abad de Montearagón, tío del rey (1226), el joven monarca venció ese enorme cúmulo de dificultades con sorprendente decisión y entereza.

El 22-III-1227 el acuerdo de Alcalá le hizo dueño, por fin, de los Estados, con su autoridad real acrecentada, aunque con un país debilitado por aquella larga y calamitosa minoridad.

Conquista de Valencia

Pero aún no habían transcurrido dos años, y ya la Corona de Aragón se aprestaba a formar detrás de su joven caudillo para lanzarse por el camino de las grandes conquistas. En su estancia en la fortaleza de los templarios de Monzón, Jaime I había asimilado el ideal de cruzada y de lucha contra el Islam propia de aquella orden militante.

Ya en los tiempos más duros de su minoridad, el rey niño había pretendido expugnar Peñíscola (1225) y había preparado una empresa contra Teruel, que no se llevó a cabo porque el rey moro de Valencia se le declaró tributario (1226). Ahora, seguro de su poder, miró más allá de sus fronteras y se propuso acabar con los reductos musulmanes del Este hispánico: Mallorca y Valencia.

Acordada la expedición contra las Baleares en diciembre de 1228, se llevó a cabo al año siguiente, con intervención directa del monarca. El 5-IX-1229, zarpan de Salou (Tarragona), al mando de Jaime I, 55 naves para emprender la conquista de Mallorca. Después de un desembarco heroico, la ciudad fue conquistada al asalto el 31-XII-1229. Dos años más tarde capitulaba Menorca y en 1235 caía Ibiza en poder de los catalanes. En esta fecha Jaime I se hallaba ya empeñado en la guerra contra Valencia, decidida en las cortes de Monzón en diciembre de 1232.

Pasos decisivos en esta nueva conquista fueron las tomas de Morella (1232) y Burriana (1233), las cuales libraron a los cristianos Peñíscola, Alcalá de Chisvert y otros muchos lugares. Después de tres años de continuas incursiones, Jaime I decidió rematar la empresa con un gran ataque contra la misma capital (1236). Desde mediados del año siguiente Valencia fue sitiada por mar y por tierra. Se rindió al Conquistador el 28-IX-1238. A consecuencia de este resonante triunfo fueron cayendo en poder de los catalano-aragoneses las plazas del Sur de Valencia, Cullera (1240), Denia (1242), Biar, (1245), Alicante (1246) y Játiva (1248).

A propósito de la posesión de esta ciudad y de Alcira surgió un incidente que estuvo a punto de encender la lucha entre Jaime I y el heredero de Castilla, el infante don Alfonso X, que acababa de conquistar el reino de Murcia. Las discrepancias fueron solventadas por el tratado de Almizra de 1244, por el cual el rey de Aragón aceptó el límite definitivo meridional de la conquista levantina.

Tan escrupuloso se mantuvo en el cumplimiento de su palabra, que en 1266, contra el parecer de sus barones, especialmente de los aragoneses, con motivo de una insurrección de los musulmanes en Murcia, restableció el orden y el dominio de Castilla en este reino a instancias de Alfonso X, quien se había visto impotente para domeñarla.

Las conquista de Mallorca y Valencia debían de ser los grandes hechos militares de Jaime I de Aragón, y si en ellas se hubiera limitado a su reinado, su gloria hubiera sido incomparable. Pero Jaime se sobrevivió a su generación. Baste decir que reinó sesenta y tres años y que fue contemporáneo de cinco reyes de Castilla, cinco de Navarra y cuatro de Francia.

Eso explica las vacilaciones de su diplomacia y que abandonara en ciertos casos los principios tradicionales de la Casa de Barcelona. En 1234, a la muerte de Sancho VII de Navarra, no hizo valer los derechos que le correspondían a esa corona según el tratado de Tudela de 1231 y permitió la entronización de la dinastía de Champaña con Teobaldo I.

El 11-V-1258 Jaime I convino con el rey de Francia, Luis IX de Francia o San Luis, el tratado de Corbeil, en cuya virtud renunciaba a todos sus derechos y pretensiones en el Mediodía de Francia, sacrificando con rasgo de pluma una tradición multisecular. En ambas ocasiones, Jaime I aceptó la extensión del poderío de la corona francesa en los territorios ultrapirenaicos.

Si estas dos actuaciones pueden computarse como desaciertos, no deja de ser evidente que Cataluña empujaba entonces a su monarca hacia la política mediterránea. En este sentido, Jaime I se plegó a las exigencias de sus súbditos y echó los cimientos de la expansión Mediterránea de la Corona de Aragón.

El enlace de su hijo Pedro (1262) con Constanza de Hohenstaufen, hija del rey de Sicilia, Manfredo, y la tentativa de cruzada a Palestina (1269), empresa en que se pusieron una vez más de relieve de altos vuelos caballerescos de Jaime I, demostraron claramente la resuelta actitud marítima del soberano.

Los últimos años de reinado de Jaime I fueron casi tan calamitosos como su minoridad, Incluso se ha llegado a hablar de su incapacidad senil. Las luchas entre los miembros de su familia, las insurrecciones de los moros en Valencia y las alteraciones de Aragón provocaron un malestar que el rey no fue capaz de disipar.

En 1265 los nobles aragoneses arrancaron a Jaime I en las cortes de Egea de los Caballeros substanciales prerrogativas para su poder político; en 1272 hubo extraordinario revuelo político, provocado por las discordias entre el príncipe heredero Pedro y el infante Fernando Sánchez de Castro; en 1276 se produjo una peligrosa sublevación de los moros valencianos.

Cuando regresaba de combatirla, murió el Conquistador en Valencia el 27-VII-1276, después de haber ratificado la partición de sus reinos entre sus hijos Pedro y Jaime, otra de las torpezas políticas que cometió en sus últimos tiempos. Pese a la decadencia final de su reinado, la figura del Conquistador permanece todavía como la encarnación histórica más gloriosa de la Corona de Aragón.

R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 132-133.