Historia del reino de Asturias

La Resistencia

La ocupación musulmana provocó en España un movimiento de fugitivos hacia el Norte gentes que no avenían a vivir como tributarios del conquistador. Hacia 720 había refugiados en todo el Norte de España, en ambas vertientes del Pirineo. Estos refugiados que huían de un peligro y ante todo buscaban tranquilidad, debieron de conformarse con haberla logrado.

El reino de Asturias hacia el año 721..
Hispania 721 d. C. una vez finalizada la conquista musulmana de los últimos reyes Visigodos Cristianos de Narbona.

Los que inician la resistencia y rechazan al invasor son hombres del Norte, como pronto ocurrió en Francia.De los tres o cuatro centros pirenaicos y cantábricos a donde no llegaron los sarracenos y en los que se formaron en seguida focos de resistencia fue el de Asturias el más temprano y el más activo.

Los soldados musulmanes cayeron en la emboscada de Covadonga con la incauta precipitación de una fuerza que venía siendo objeto de continua hostilización y decidió buscar al enemigo en su propio y difícil terreno.

De Galicia, Asturias y León hicieron los árabes un solo distrito Djalikyab, que obedecía a un gobernador de su raza residente en Gijón. Cuando la osadía de los guerrilleros asturianos se tornó intolerable para el ejército de ocupación —nunca numeroso en ninguna parte de España—, Alkama, gobernador o general del Noroeste, reunió sus tropas y emprendió el avance hacia el interior.

De cuanto en nuestro tiempo han escrito los eruditos sobre la célebre primera batalla de la Reconquista se aclara lo que sigue: Los cristianos esperaron a las huestes de Alkama distribuidos en grupos: unos en el lugar que dio nombre al suceso, en la cueva (Covadonga), otros en las laderas del monte Auseva.

Los musulmanes dieron rostro a los cristianos concentrando los tiros de flecha en dirección de la cueva. Su posición no podía ser más peligrosa en mediana teoría militar, dado que combatían desde el fondo de un valle contra un enemigo, aunque inferior a todas luces, inasequible y dueño del terreno.

Las flechas que disparaban los guerreros de Alkama rebotaban en las rocas y volvían sobre ellos. Se conjetura que los guerrilleros, parapetados en los flancos, atacaron a la retaguardia y esta sorpresa desconcertó a los sarracenos. Temiendo un copo, emprendió el enemigo la huída, más que retirada, monte arriba, con el designio de trasponer el puerto de Amuesas y salir a Liébana.

Pero cuando pasaba por Cosyaya, unas rocas del monte Subiedes que echaron a rodar los asturianos, o un desprendimiento natural —fenómeno frecuente en el país— sepultó a una parte de la tropa enemiga. Alkama murió en estas luchas.

En eso se piensa que consistió la batalla de Covadonga. Como hasta entonces no habían conocido los árabes en España más que puertas abiertas, sumisiones y apostasías —y si algunas ciudades, como Mérida y Zaragoza, resistieron, hubieron de entregarse pronto a merced del conquistador—, el evento de Covadonga tuvo importancia extraordinaria.

El invasor no era invencible; España, que los españoles comenzaban a dar por perdida, podía reconquistarse. Y al calor de la hazaña surgió poco después un poder político con el mandato histórico de expulsar al Islam de la Península y rehacer la nación española.

Ya a los pocos años de la invasión, desde el emirato de Alahor, en 718, luchaban los asturianos capitaneados por Pelayo.

Poco se sabe, quizás, a ciencia cierta sobre el vencedor de Covadonga. Los cronistas medievales, creadores de mitos, perfilan un Pelayo de sangre real. Otros autores, modernos, creen que era hombre del pueblo, natural del país, acaso de Liébana, encumbrado por su propio carácter: una de esas figuras populares, en suma que engendran en todas partes, y muy especialmente en España, las revoluciones y las guerras. Por su nombre, Pelayo sería hispanorromano, pero el nombre dice poco. Con mejor acuerdo se le asigna nombre godo.

Sánchez Albornoz, con su gran autoridad, apoya las tesis de cronistas árabes (Al Makkari, Analectes, II, p. 671), según la cual Pelayo era espatario, o sea, individuo de la guardia real de Witiza y Rodrigo, que estuvo en Córdoba, quizás como rehén, de donde salió furtivamente entre marzo y agosto de 717, para refugiarse en Asturias.

Llegó al Norte resuelto a organizar la resistencia. Su primer encuentro con la masa popular ocurrió un día, avanzado el año 718, en que grupos de asturianos se dirigían a celebrar una asamblea.

Pelayo les excitó a sacudir el yugo sarraceno, prendió en ellos la prédica rebelde, enviaron mensajes por toda la región, se congregaron gentes de toda la tierra de Asturias y en ese concilium o congreso eligieron a Pelayo por su jefe.R.B.: Sánchez Albornoz, Cuadernos de Historia de España. Cuadernos I y II, p. 84-85.

En la Edad Media se suponía que después de la batalla de Covadonga proclamaron los suyos formalmente rey a Pelayo, levantándole sobre un escudo.

No ofrece duda que la monarquía asturiana tuvo el mismo principio que los demás reinos de España: la necesidad, impuesta por la guerra, de concentrar el poder militar y político en la figura de un general, acreedor, por sus dotes personales, al título de príncipe o rey.

Con Pelayo nació, en rigor, una monarquía que, aun siendo nueva por quien la encarnaba -si desechamos la idea de la ascendencia real del personaje-, se trocó luego en continuación de la destruida. Levantado el primer trono en España, automáticamente se revestía del atributo de la continuidad.

Los nobles godos, los hijos de los duques, harían valer luego su admitido derecho o ocupar el trono de Pelayo. Así se enlazan en nuestra imaginación -sin violencia alguna, antes con favor, para la probabilidad histórica- el origen popular de la monarquía de Pelayo y el advenimiento al trono de un Alfonso I el Católico.

Después de la victoria de Covadonga, Pelayo se instaló en Cangas. Los conflictos internos en España y los reveses militares sufridos por los árabes en Francia, permitieron al caudillo asturiano abandonar los montes y ocupar terreno llano.

Restauración de la Monarquía

Vimos que el emir Ambasa en cuyo emirato se encajan los acontecimientos de Asturias murió en Autun (Francia), en 725. Le siguieron gobernadores feroces de cuyos nombres no se quiere acordar la Historia. Imborrable es, en cambio, el de Abderramán al Gafequi (segunda época: 730-732), personalidad de excepcional vigor.

El estado de la España árabe —que era casi toda España— le recomendó a su gente otra vez en 730 para el emirato. No iba a aflojar la dominación con este emir, el que más castigó al Norte (no al Noroeste), el invasor más peligroso de Francia, el que llevó a los soldados de Mahoma hasta los campos de Poitiers.

Et este —dice la crónica romanceada del Moro Rasis— es el que cercó todos los cristianos de Espanya, en guissa que nunca en Espanya obo villas nin castillos que se defendiesen nin home sinon aquellos que se acogieron a las Asturias...R.B.: Crónica y descripción de España, por Ahmed b. Mohammed b. Muza Abu Baker-Ar-Razi, p. 93. Gayanyos. Memorias de la Real Academia de la Historia. VIII, Madrid, 1852.

Ahora bien, sabemos que esto no era enteramente cierto, como se recordará más adelante: en el Pirineo español había lugares no hollados por el conquistador. Abderramán al Gafequi cayó en Poitiers atravesado a lanzadas.

Los siguientes emires: Abd-el-Melek (732-734) y Okba (734-741) prosiguieron la guerra en Francia y trataron de completar la ocupación militar y política de España. Abd-el-Melek se internó en la Vasconia y redujo a escombros a Pano.

Los vascones le infligieron una derrota, motivo de que fuese llamado a África. Okba atacó a Pamplona, que hasta entonces habían dejado los árabes en poder de los cristianos, y la ocupó; devastó la parte de Álava, desde la vega de Miranda y riberas del Zadorra hasta el condado de Treviño.

Asaltó al invasor el temor de que Castilla. hasta entonces independiente, fuera absorbida por el recién formado reino de Asturias, y se le uniera toda la región del Duero, Burgos y la parte llana de Oca. Para impedirlo levantaron los árabes fortalezas en las fronteras de Cantabria: Mave, Amaya, Oca, así como en las comarcas del río Tirón: Miranda de Ebro, Haro, Cenicero, Revenga y Alesanco. Ello causó la huida de los cristianos de Bureba, Oca, Amaya, Burgos y cuencas del Pisuerga, Arlanzón y Arlanza, Esgueva y Duero.

Las campanas de Okba en el Noroeste de la Península en 734 ó 735 le permitieron dominar a Galicia. Se propuso acabar con la resistencia de Pelayo y penetró en Asturias. Sus incursiones fueron más peligrosas para Pelayo y su gente que las de Alkama. El héroe de Covadonga tuvo que abandonar Cangas y dispersar a sus soldados, y quedó otra vez refugiado en las montañas, con muy pocos hombres.

Por fortuna para los cristianos, se produjeron en África sublevaciones de los bereberes. Reclamó el emir de ella región el auxilio del gran guerrero y activísimo emir Okba, quien se vio forzado, por esa razón, a interrumpir las operaciones en el Norte de España y salir de la Península precipitadamente.

Pelayo murió en 737, dejando su diminuto reino amenazado todavía por Okba, que había vuelto a España. Favila (737-739), el sucesor de Pelayo —y de quien harto poco se sabe también— se conformó con evitar que el terrible emir destruyera la obra de su antecesor, para lo cual se mantuvo en una discreta defensiva.

Desaparecido Favila —devorado por un oso en una cacería— recogió el cetro Alfonso I, luego llamado El Católico (739-757), yerno de Pedro, duque de Cantabria en el momento de la invasión árabe, como dijimos más arriba. Alfonso pertenecía a la nobleza goda. Probablemente lo proclamaron los nobles que hubiera ya en Asturias.

Su ascensión al trono de Pelayo restaura la monarquía derribada en la batalla de la Janda. Vino viejo en odre nuevo, quizás. Con este monarca comienza la Reconquista. El reino asturiano sale de su angostura, pero todavía correrá serios peligros.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 293-297.

Genealogía de los reyes electivos de Asturias.
Genealogía de los reyes electivos de Asturias (en azul claro).

Pelayo

Biografía

Nació ¿? y falleció en Cangas de Onís en el año 737. Dada la carencia de fuentes medievales, no puede asegurarse el origen real de Pelayo que los cristianos le atribuyeron en la Crónica Profética y la Crónica de Alfonso III. Mientras en esta aparece como hijo de Bermundo y nepus [sobrino o nieto] del rey Rodrigo, en la primera se le supone hijo del conde Fabila de sangre real.

Sin embargo la tesis de su condición goda como hijo del citado duque fue apoyada por Claudio Sánchez Albornóz basándose en la versión erudita de la crónica alfonsina, o Crónica de Albelda. Por lo que se deduce de esta última, como versión más fiable, Pelayo fue, además, un noble espatario —o guardia con espada— del rey godo Rodrigo (710-711) y, como tal estuvo enfrentado al bando de Witiza.

Su participación en la batalla de Guadalete es tan solo una hipótesis aunque ello justificaría su huida por los montes de Asturias, donde organizó la resistencia y fue elegido caudillo por los que le seguían. Según otra versión de la crónica alfonsina la Rotense y los Analectes de al Maqqari, Pelayo estuvo en Córdoba como rehén en tiempo de al Hurr, ciudad a la que fue enviado por Munnuza, gobernador árabe de Gijón, y de la que huyó.

Según las mismas fuentes árabe y cristiana, Munnuza pretendía a la hermana de Pelayo y estaba temeroso de la oposición de este a las relaciones, por lo que lo envió a Córdoba con el pretexto de realizar algunas gestiones y negoció luego su esclavitud. La Crónica Rotense, por su parte, dice que Pelayo se libró por poco de ser apresado por las tropas de Munnuza y del compañero de este, Tariq, en la aldea de Brece, y que logró escapar gracias a la ayuda de un amigo.

Después de vadear el río Piloña, se refugió en un monte de la otra orilla donde se encontró con otros resistentes. Éstos, según la misma fuente, le acompañaron a los montes de Covadonga y allí convocó a los astures, que se le unieron y le nombraron rey. El carácter legendario de estos datos hace que tan solo se puedan dar como cierto los únicos hechos que escuetamente refiere la Crónica Albendense: que Pelayo fue el primer rey de Asturias tras ser allí el primero en rebelarse contra los árabes.

Por otra parte, según los historiadores musulmanes, en aquel tiempo era normal que se obligara a vivir en Córdoba a personas que supusieran peligro de rebeldía en otros lugares. Independientemente de la razón de la estancia de Pelayo en Córdoba, según Sánchez Albornoz, salió de aquella capital entre marzo y agosto de 717 para ser de inmediato proclamado rey de los astures en las estribaciones de los Picos de Europa, mediante un concilium o asamblea popular.

A la vez que la Crónica de Sebastián, otra versión erudita de la de Alfonso III, sitúa el comienzo de su reinado en el año 718 y con ello el inicio de la rebelión astur, gracias a fuentes árabes como el Ajbar Machmua se pude fijar con bastante exactitud la batalla de Covadonga durante el gobierno del emir de al Andalus Anbasa b. Suhayn al Kalbí (721-726), en el año 722.

Los musulmanes no fueron conscientes del peligro que suponían las huestes de Pelayo hasta que, bajo el mando de Alqama, Anbasa envió aquel año una expedición para acabar con el levantamiento astur.

Desde una cueva (Cova Dominica o Covadonga) y sus proximidades atacaron y vencieron Pelayo y los suyos al contingente de Alqama. Aunque la Crónica mozárabe del año 754 no menciona Covadonga, en la Crónica de Alfonso III se hace el más extenso y famoso relato de aquellos hechos., de cuyas exageraciones y elementos fabulosos prescindió Sánchez Albornoz para acabar situando la personalidad heroica de Pelayo como la de un caudillo alentado de un auténtico sentimiento popular y goticista.

Nada más enterarse Munnuza de los sucedido en Covadonga, dice la Crónica Rotense que salió huyendo de Gijón hasta ser alcanzado y muerto con todos los suyos en una aldea llamada Olalies, posiblemente cercana a Proaza. Poco después llegaba Pelayo a Cangas de Onís, donde se situó el embrión de la corte y donde no debió afrontar importantes ataques de los musulmanes hasta su muerte en el 737, ya que estos estaban por entonces muy ocupados en la conquista de Francia y sobre todo en la captura del botín.

Tan solo se tienen vagas noticias de más campañas por la Crónica Rotense, que refiere algunos combates victoriosos contra los moros, ayudado el rey asturiano por su yerno Alfonso, el marido de Ermesinda y futuro Alfonso I (739-757). Cuenta una versión tardía de la Crónica de Alfonso III que Pelayo fue sepultado junto con su esposa, la reina Gaudiosa, en la iglesia de Santa Eulalia de Abamia, en el concejo de Cangas de Onís.

La poca fiabilidad de la fuente, la datación de los sepulcros de Abamia en fecha posterior al s. VIII así como la existencia de otro más moderno en la Santa Cueva de Covadonga del que la tradición también sostiene que contienen los restos del caudillo asturiano hacen poner en duda este dato, si bien cabe la posibilidad de un traslado posterior de tales restos.R.B.: VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XVI págs. 7831-7832.

Fávila

Biografía

Rey de Asturias, 737-739. Asturias, p. s. VIII-Cangas de Onís (Asturias, 739). A la muerte de Pelayo en Cangas de Onís (737) le sucedió en el trono su hijo Favila, según testimonio de la Crónica Albeldense que corrobora la Crónica de Alfonso III en su dos versiones. Los mismos textos narrativos coinciden en señalar el breve mandato del nuevo caudillo de los astures, dos años, y en la atribución de su prematura muerte a un accidente de caza:

Por su ligereza fue muerto por un oso.R.B.: Crónica Albeldense.
Se sabe que a causa de una ligereza fue muerto por un oso.R.B.: Crónica Alfonso III.

La redacción Rotense de la crónica alfonsina aporta, sin embargo, una afirmación de gran interés acerca del corto reinado del hijo de Pelayo: Edificó, en una obra admirable, una basílica en honor a la Santa Cruz.

No se conserva la fábrica primitiva de este templo, con el que se inaugura en el naciente reino de Asturias el culto a la Santa Cruz que enlaza directamente con la tradición visigoda y que, muy pronto, se manifestaría pródigo en dedicaciones piadosas y manifestaciones artísticas tan extraordinarias como la Cruz de los Ángeles (808) y la Cruz de la Victoria (908).

De dicho templo, muy reformado en el s. XVII y destruido totalmente durante la Guerra Civil (1936-1939), nos quedan descripciones de quienes, como Ambrosio de Morales o Luis Alfonso de Carballo, alcanzaron a verlo antes de aquella reforma, que parecen remitir también a una tradición constructiva de raigambre hispanogoda. Igualmente se perdería, en aquellas lamentables circunstancias bélicas, el epígrafe original de consagración del templo, del que por fortuna quedan fotografías y calcos fiables anteriores a 1936.

Para conocimiento de la época germinal del reino de Asturias dicho epígrafe constituye un testimonio de extraordinaria autoridad, al aportar un fiable término final a la cronología de Pelayo (737) y otras preciosas informaciones ausentes de los textos cronísticos. Así, a través de la lectura de este interesante documento epigráfico, se nos manifiesta la existencia de la esposa de Favila, de nombre Froiluba, y de sus hijos, a los que hay que suponer de corta edad a la muerte de su padre, lo que explicaría su exclusión de la sucesión a favor de Alfonso I, yerno de Pelayo.

Parece que tras el desgraciado accidente de caza que le costó la vida (739), si se da por cierta la noticia que incorpora Pelayo de Oviedo al interpolar la versión erudita de la Crónica d Alfonso III, Favila sería enterrado en la misma iglesia de la Santa Cruz por el construida sobre un dolmen, que aún se conserva, donde se depositarían igualmente los restos de su esposa Froiluba.R.B.: RUIZ DE LA PEÑA SOLAR, Juan Ignacio, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XVIII, págs. 425-425.

Alfonso I el Católico

Biografía

Rey de Asturias, 739-757. La prematura muerte de Fávila (739), con hijos presumiblemente de corta edad, plantea un problema sucesorio en el centro de poder de Cangas de Onís que se resuelve con la promoción al caudillaje del núcleo de resistencia astur de su cuñado Alfonso, primero en la serie de monarcas hispanos de este nombre.

Tanto la Crónica de Alfonso III, en sus dos versiones, como la Albeldense, fuentes narrativas fundamentales para el conocimiento de la historia política del reino de Asturias, facilitan abundante información sobre el círculo familiar del nuevo monarca y sus vínculos con Pelayo, a través de su matrimonio con su hija Ermesinda, que aparece como causa justificativa última de su acceso al trono mediante elección popular.

Otro documento de excepcional interés para esta época, el famoso Testamentum Adefonsi del año 812, al hacer la genealogía de Fruela I, hijo de Ermesinda y Alfonso, silencia el nombre de este, estableciendo la relación sucesoria de aquél por vía matrilineal que le lleva a su abuelo Pelayo.

A Alfonso I lo presentan aquellos textos cronísticos de fines del s. IX como hijo de Pedro, duque de Cantabria o de los cántabros, ennobleciendo su estirpe goda las dos versiones de la Crónica de Alfonso III con una pretendida ascendencia regia, en un afán de legitimación de órigenes de los monarcas astures que entroncarían así por vínculos de sangre con la extinta realeza visigoda.

El texto Rotense de la crónica alfonsina alude a la llegada a Asturias de Alfonso en tiempo de Pelayo, casándose con su hija Ermesinda, según la Albeldense por iniciativa del propio Pelayo, con quien habría combatido ya contra los musulmanes.

En cualquier caso, la jefatura de Alfonso significaba en términos políticos la formalización de una alianza astur-cántabra desde los primeros tiempos del Asturorum Regnum; y la soldadura de los dos linajes, el pelagiano y el de Pedro, entre cuyos descendientes recaerá exclusivamente —con la única excepción del breve reinado de Silo (774-783)— la Corona del reino, afirmándose finalmente, a partir de Ramiro I y no sin frecuentes y continuas contestaciones, el principio de sucesión patrilineal que parece vincularse al tronco familiar del antiguo duque de Cantabria a través de los descendientes de su hijo Fruela, hermano de Alfonso I.

Durante los casi veinte años de su caudillaje (739-757), el pequeño núcleo astur con centro en Cangas de Onís no solo logra preservar su independencia, sino que inicia decididamente su expansión territorial por los extremos occidental y oriental de la región de Primorias, entre el Sella y el Deva, desbordando ampliamente los límites de las Asturias nucleares.

Por otra parte, Alfonso I lleva a cabo una serie de victoriosas campañas militares en los vastos territorios que se extendían al sur de la cordillera Cantábrica, procediendo además a la reorganización interna de los espacios norteños o transmontanos encuadrados, con mayor o menor grado de integración, el órbita política de la Corte de Cangas.

Tales campañas, así como sus consecuencias y la actividad de repoblación interior en las tierras del reino, son conocidas por los relatos singularmente expresivos que de ellas hacen las crónicas ovetenses de fines del siglo IX, en especial la de Alfonso III.

Tales informaciones, teniendo en cuenta los intereses políticos del monarca que inspira su redacción —el propio Alfonso III— deben ser acogidas e interpretadas con bastantes reservas, como se ha venido haciendo en los últimos años, abriéndose así un animado debate historiográfico, con posturas extremas difícilmente conciliables, que dista mucho de estar resuelto en la actualidad.

Para la puesta en marcha de sus acciones militares contra los musulmanes, Alfonso I contó no solo con una fuerzas propias que no debían ser de gran entidad, sino y acaso en mucha mayor medida con las favorables circunstancias que le brindaban, de una parte, las luchas internas de la España musulmana —sublevación de los beréberes contra los árabes y evacuación por aquellos de sus asentamientos en el cuadrante noroccidental de la Península— y de otra el azote del hambre, con la inevitable secuela de drenaje demográfico, que en los años medios del s. VIII parece que hizo estragos en los territorios de la Meseta.

Las fuentes árabes ofrecen expresivos testimonios de esta situación que iba a brindar una favorable coyuntura al movimiento expansionista del primer Alfonso.

Política expansionista

Acompañado en sus expediciones militares por su hermano Fruela, cabeza del linaje de los últimos monarcas astures, recorrió triunfalmente, según el testimonio de la Crónica de Alfonso III, Galicia y el N. de Portugal, las tierras situadas al sur de la cordillera Cantábrica, hasta el Duero, traspasando en sus incursiones este río, y las comarcas de la cuenca alta del Ebro.

La Crónica Albeldense, con su laconismo habitual, refiere la conquista por Alfonso I de las ciudades de León y Astorga, añadiendo que el Monarca devastó los Campos Góticos hasta el Duero y extendió el reino de los cristianos.

Mucho más explícita, la crónica regia en sus dos versiones hace una detallada enumeración de las ciudades y fortalezas con sus villas y aldeas que el belicoso Rey asturiano, junto con su hermano Fruela, tomó a los musulmanes a los largo de una extensa franja territorial que tendría como límites extremos, por el Occidente, la costa atlántica, y por el E. las tierras de la cuenca del Ebro, al sur del país de los vascos.

Entre esas plazas, que se citan nominalmente —veintinueve en la versión Rotense, treinta y uno en el texto a Sebastián— se encontraban la mayoría de los más importantes centros urbanos de tradición romano-gótica existentes en los vastos espacios sometidos a las devastadoras incursiones del monarca. Carente de recursos humanos y materiales, Alfonso I no pudo, ni pretendió consolidar todas estas espectaculares conquistas.

Sin embargo, sus rápidas y brillantes campañas tendrían una importancia grande para el futuro del reino de Asturias: la defensa de su integridad territorial se reforzaba por la existencia de una amplísima zona despoblada que se extendía entre la cordillera Cantábrica y el Duero, prolongándose incluso más allá de este río.

Estos territorios asolados por las campañas de Alfonso, particularmente la Tierra de Campos, constituirán en los sucesivo un yermo estratégico que se interpondrá como barrera difícilmente franqueable entre la España islámica y el corazón del reino asturiano.

Los habitantes de esas tierras del valle del Duero, sometidas hasta entonces al dominio musulmán, serían transplantados a tierras transmontanas, repoblándose intensamente los espacios que se extendían entre la cordillera y el mar, desde las costas galaicas hasta el margen izquierdo del Nervión, ya en tierras vascongadas o vasconizadas de la actual provincia de Vizcaya: Por ese tiempo —dice la Crónica de Alfonso III— se pueblan Asturias, Primorias, Liébana, Trasmiera, Sopuerta, Carranza, las Vardulias, que ahora se llaman Castilla, y la parte marítima de Galicia.

Esta franja norteña constituye, al finalizar el reinado de Alfonso I, el marco territorial, considerablemente ampliado en relación con la época precedente, del reino cristiano del que Asturias, su núcleo originario, continuó siendo el centro geográfico y político.

Dos comarcas fronterizas y expuestas en el futuro a las continuas razias islámicas, protegían los flancos de aquellos territorios: por Occidente Galicia, y al E. las tierras de la Bureba, Rioja y Álava, zona esta última de límites imprecisos englobada, al menos particularmente, dentro del área vascongada.

Albornoz versus Pidal

La precedente exposición de las campañas de Alfonso I y sus consecuencias, deducida de la aceptación de las informaciones de los ricos textos cronísticos que las relatan y de la interpretación que de tales textos hizo en su día Claudio Sánchez Albornoz, resume la que podría calificarse de tesis tradicional sobre el problema historiográfico de la despoblación del valle del Duero y consiguiente repoblación interior del reino de Asturias.

Pero, ¿en que medida esta propuesta interpretativa refleja la realidad de los hechos? ¿Cual fue el alcance real de la despoblación del valle del Duero y del trasplante de población de esas áreas sureñas devastadas por las correrías alfonsinas que, según la expresiva referencia de la Crónica de Alfonso III, el monarca llevó consigo a la patria, es decir, a las tierras insumisas norteñas?.

La tesis patrocinada por Sánchez Albornoz, favorable a la despoblación efectiva y de gran alcance de la Meseta sería contestada por Ramón Menéndez Pidal, negando la efectividad del despoblamiento masivo expresamente atribuido por la crónica regia a las campañas del primer Alfonso y la de una consiguiente repoblación de las tierras comprendidas entre la cordillera Cantábrica y el mar con los contingentes humanos que el Monarca, siempre según el texto cronístico, habría llevado consigo a esas tierras norteñas.

La despoblación de la vasta cuenca del Duero quedaría reducida a términos relativamente modestos y un reducido alcance tendría, consecuentemente, la repoblación con los efectivos provenientes de la tierras sureñas en las comarcas septentrionales que la Crónica de Alfonso III dice que se pueblan por el primer Alfonso y que no parece que hubiesen sufrido quebranto demográfico apreciable.

El término poblar tendría, según Menéndez Pidal, el sentido de reducir a una nueva organización político-administrativa una población desorganizada, informe o acaso dispersa a causa del trastorno traído por la dominación musulmana, por breve y fugaz que hubiese sido.

Sánchez Albornoz se reafirmaría en su tesis despoblacionista del valle del Duero y favorable también a la consiguiente repoblación de las tierras norteñas del reino, con la aportación de ingentes argumentos documentales de todo tipo, abriéndose así un debate historiográfico que continúa vivo y ha suscitado en los últimos años adhesiones más o menos matizadas a una u otra posición o nuevos desarrollos interpretativos de las mismas.

Acaso el planteamiento de lo que pudo haber sido la despoblación del valle del Duero, cuyo alcance exacto nunca será posible establecer, deba hacerse no desde la consideración global de esos grandes espacios que se extienden al sur de la cordillera Cantábrica y de la franja norteña de Galicia sino tomando en consideración sectores parciales de los mismos, porque todos los indicios parecen apuntar a una desigual incidencia de esa pretendida despoblación según las áreas regionales a las que pudo afectar.

Es probable de que en relación con el alcance de ese proceso de vaciamiento demográfico y con las áreas más profundamente afectadas, la Crónica Albeldense, en principio siempre la más digna de crédito entre las fuentes narrativas asturianas, dé una visión más próxima a la realidad que la muy amplificada y radical versión de los hechos que ofrece la Crónica de Alfonso III, mucho más condicionada por los presupuestos ideológicos neogoticistas imperantes en el círculo cortesano ovetense de finales del S. IX.

Así, el sector leonés, del que la Crónica Albeldense cita expresamente las ciudades de León y Astorga como objeto de la expediciones de conquista de Alfonso I, y los Campos Góticos, hasta el Duero, asolados por este mismo Monarca según el mismo texto cronístico, habrían constituido el espacio más seriamente afectado por la despoblación.

Tampoco parece rechazable la extensión de las campañas de Alfonso I, continuadas después por su hijo y sucesor Fruela, sobre la región galaica, donde, sin embargo, no es admisible una despoblación, entendida aquí en el sentido de vaciamiento demográfico, que no permite suponer el curso de los acontecimientos que tendrán por escenario en el futuro próximo ese espacio galaico, cuyas estructuras político-administrativas y eclesiásticas en alguna medida debieron resultar afectadas desde los primeros tiempos de la conquista islámica.

Se hace igualmente difícil admitir la despoblación radical de las tierras que se extienden entre el Miño y el Mondego, en las que la historiografía portuguesa ha defendido tradicionalmente la presencia de habitantes.

En cuanto al sector más oriental de la Meseta superior, que englobaría los términos de la futura Castilla hasta la cuenca del Ebro en tierras riojanas y, por el sur, hasta el Duero, también deben extremarse las cautelas a la hora de medir el alcance de la despoblación sugerida por el relato de la Cronica de Alfonso III.

Los valles altos que descienden desde la cordillera hasta las tierras llanas de la futura Castilla no debieron verse afectados por un serio quebranto demográfico derivado de las campañas alfonsinas, ni seguramente las tierras alavesas que, según la misma crónica regia, siempre habían estado en poder de sus gentes y que aparecen soldadas sin solución de continuidad con esas Vardulias que ahora llaman Castilla y que constituyen uno de los escenarios de la acción pobladora de Alfonso I, en expresión del mismo texto cronístico.

Finalmente, y por lo que respecta a las tierras situadas al S. del río Duero hasta el Sistema Central y en las que se localizan un número pequeño de las plazas citadas en la pormenorizada relación de la Crónica de Alfonso III, el alcance de la despoblación tampoco es fácil de establecer, pero en ningún caso llegaría a suponer un vaciamiento demográfico de toda la zona extremadurana.

En conclusión, no parece que sea aceptable la tesis de una radical desertización del valle del Duero, pero sí, la de una efectiva despoblación, de desigual alcance regional, como consecuencia del alcance de unos hechos, las campañas de Alfonso I, que debieron ajustarse más a la moderada referencia que de ellas da la Crónica Albeldense que a la amplificación, claramente interesada y propagandística de los pasajes de la Crónica de Alfonso III.

Debe tenerse en cuenta, por otra parte, que las incursiones regias actuaban, con efecto acumulativo, sobre unas tierras ya sometidas a un proceso de drenaje demográfico y desarticulación administrativa que tales campañas no harían más que acentuar.

La despoblación sería especialmente sensible en el sector central de la meseta superior, pero la desorganización de los cuadros políticos-administrativos y eclesiásticos y la ruina urbana, compatible, desde luego, con una continuidad de grupos de población que pudieron ser relativamente numerosos en las áreas marginales de aquel sector central, no parece que puedan negarse y es probable que afectasen, si no a todas, sí a la mayoría de las ciudades y villas registradas en la crónica regia como objeto de conquista por Alfonso I.

La admisión de la permanencia de vida urbana organizada en esas localidades resulta incompatible, por ejemplo, con el llamativo hecho de que no se encuentre en el largo periodo de aproximadamente un siglo transcurrido entre las campañas depredatorias de Alfonso I y el comienzo de las actuaciones repobladoras de Ordoño I, ni un solo documento procedente de los centros de poder local que la Crónica de Alfonso III nos presenta como conquistados por aquel monarca o a ellos referido.

Hasta mediados del s. IX serán en exclusiva las tierras norteñas las únicas sobre las que proyecten su luz los, por otra parte, escasos diplomas emitidos por la Corte, los centros eclesiásticos o los particulares que pueblan esos espacios nucleares del reino de Asturias, desde Galicia hasta las tierras originarias de Castilla y Álava.

Los vastísimos territorios que se extienden al sur, prolongándose hasta el sistema central, constituyen un dilatado espacio fronterizo, política, administrativa y eclesiásticamente desarticulado, escenario durante largo tiempo de una historia silente, sin documentación propia.

La crónica regia presenta el traslado de la población de las zonas devastadas por Alfonso I a la patria, es decir, a las comarcas norteñas políticamente controladas desde la Corte de Cangas de Onís, como efecto de las campañas alfonsinas; y parece también relacionar ese proceso migratorio, de forma implícita, con la actividad repobladora desplegada por el Monarca en esas tierras, de Galicia a Vardulia (futura Castilla).

Asentamientos norteños

El asentamiento de hispanogodos en la periferia norteña es un proceso que parece iniciarse en los primeros tiempos de la conquista islámica y que sin duda se intensificará en los decenios medios del siglo VIII, a consecuencia de la situación en que se encontrarían los vastos espacios meseteños después de las campañas de monarca asturiano, prolongándose esas inmigraciones de gentes sueñas por mucho tiempo, hasta la etapa final del reino de Asturias.

La realidad de tales movimientos migratorios, cuya dirección sur-norte incluso puede reconstruirse a través de los diplomas que los documentan y que está acreditada por testimonios de todo tipo, desde los arqueológicos y diplomáticos, hasta los brindados por la toponimia o la onomástica, es hoy generalmente reconocida, aunque no se pueda valorar más que aproximadamente su entidad cuantitativa.

Pero es lícito suponer, a la luz de las fuentes disponibles, que esa corriente migratoria se nutriría fundamentalmente de individuos de las capas sociales superiores —prelados, monjes, hombres de la iglesia en general, representantes de las aristocracias locales, antiguos propietarios desarraigados de sus bases territoriales— que no llegarían solos a sus nuevos asentamientos norteños, como nos consta ciertamente en algunos casos.

Sin la existencia de esos trasvases de población no podrían explicarse fenómenos políticos, episodios sociales y expresiones culturales que se manifiestan desde la segunda mitad del siglo VIII en las tierras norteñas, incluso en zonas tan tradicionalmente tan marginales como pueden ser los valles de los Picos de Europa: no ya en Liébana, sino en uno de los rincones más abruptos de esa zona, San Pedro de Camarmeña, se ha podido localizar una activo foco de mozarabismo que seguramente no sería ajeno a aquellos movimientos migratorios.

En todo caso, y siempre por la escasez y el laconismo de las fuentes disponibles para la época, a la hora de medir la importancia numérica del flujo migratorio de las gentes sureñas a los espacios nucleares del reino de Asturias, ampliados en dirección O. y E. y en los valles de la primitiva Castilla por las nuevas incorporaciones territoriales de Alfonso I y de su hijo y sucesor Fruela I, se impone una cuidadosa cautela, compatible con la afirmación de la influencia que la minorías de inmigrantes debieron ejercer en la configuración de una nueva cobertura ideológica de la naciente monarquía asturiana.

Por otra parte, parece razonable interpretar la actividad pobladora que la Cronica de Alfonso III atribuye a Alfonso I sobre Asturias, Primorias, Liébana, Trasmiera, Sopuerta, Carranza, las Vardulias, que ahora se llaman Castilla, y la parte marítima de Galicia, no en el sentido de incorporación de contingentes humanos a unos territorios que no debían haber sufrido una previa despoblación, si se exceptúa acaso y con reservas el espacio de las más vieja Castilla, sino en el de articulación de la población indígena, mediante un proceso de organización y encuadramiento político administrativo de esa población y de aquellas regiones que parecen definirse, con rasgos todavía imprecisos, como las grandes unidades o circunscripciones territoriales del reino de Asturias con centro político en la embrionaria Cangas de Onís.

En relación con esa acción pobladora de Alfonso acaso deba ponerse también la labor de construcción y restauración de iglesias que le atribuye la versión erudita de la Crónica de Alfonso III y que no es posible verificar con informaciones puntuales fidedignas. En este mismo texto cronístico, después de resaltar las virtudes que adornaban al Monarca, refiere, que, al cabo de dieciocho años de fecundo reinado, terminó su vida felizmente y en paz, aureolando su muerte con un halo milagroso.

Sus restos, junto con los de su esposa Ermesinda —según una tardía incorporación en la crónica regia—, recibirían sepultura en el monasterio de Santa María —seguramente la abadía de Santa María de Covadonga—, que el texto sitúa en el territorio de Cangas.R.B.: RUIZ DE LA PEÑA SOLAR, Juan Ignacio, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol II, págs. 659-663.

Fruela I el Cruel

Biografía

Rey de Asturias, 757-768. ¿?, p. t. s. VIII-Cangas de Onís (Asturias), 768. Hijo de Ermesinda y de Alfonso I, y nieto, por tanto de Pelayo y de Pedro, duque de Cantabria, sucedió a su padre al frente del reino de Asturias en 757. Hombre de condición violenta, como señalan acordes los textos cronísticos, y heredero del espíritu belicoso de su antecesor, parece que guerreó, con fortuna, contra los musulmanes.

La Crónica de Alfonso III refiriéndose a estas campañas del rey asturiano dice lacónicamente que logró muchas victorias, dando cuenta pormenorizada del resonante triunfo obtenido por Fruela sobre las tropas cordobesas en el lugar de Pontubio (Galicia), probablemente cerca de la actual población de Puentes de García Rodríguez. Incorpora este texto cronístico una circunstancia de esa victoria reveladora del cruel temperamento del Monarca, al referir que habiendo prendido al joven jefe del ejército islámico, de nombre Umar, lo decapitó en ese mismo lugar.

Durante el reinado de Fruela (757-768) hicieron acto de presencia por primera vez los dos tipos de problemas internos que, periódicamente renovados en los reinados siguientes, lastrarán ya hasta su etapa final la trayectoria histórica de la monarquía astur: los separatismos regionalistas y las revueltas palatinas.

Aquellos parecen la lógica consecuencia de la propia y rápida expansión territorial del reino y comienzan a manifestarse en sus regiones extremas —Vasconia y Galicia—, de características muy distintas, con muy desigual nivel de desarrollo cultural e impregnación de la tradición romano-gótica, que habrían sido ya integradas parcialmente desde unos años antes —época de Alfonso I— en la órbita política asturiana y en las que el alejamiento geográfico del centro de decisión del reino —la Corte de Cangas de Onís—, el particularismo étnico, la existencia de aristocracias locales fuertes y reacias, en principio, al sometimiento a la autoridad central asturiana, así como la común y continua exposición a los ataques musulmanes, son factores que contribuyeron a fomentar un espíritu separatista que planteará serios problemas políticos a los monarcas astures, resueltos no pocas veces por la fuerza de las armas.

Éstos, por otra parte, se verían también obligados en numerosas ocasiones a sofocar las rebeliones de los propios magnates del reino, apoyados a veces en esas fuerzas disgregadoras periféricas, contra su autoridad, siendo acaso esa endémica situación de insumisión nobiliaria herencia de una tradición gótica que impregna gradualmente las estructuras políticas de la nueva monarquía, en concurrencia, quizá, con resistencias de poderes locales a la aceptación de la potestad expansiva de los caudillos astures, cuyo reconocimiento en esta primera etapa fundacional del reino de Asturias recorre acaso un proceso dialéctico de tensiones que son fruto de su propia inmadurez y se expresan en esas resistencias.

A esa doble amenaza de los separatismos regionalistas y las revueltas palatinas tuvo que hacer frente Fruela I, reprimiendo con dureza las primeras sublevaciones de vascones y gallegos y viéndose envuelto él mismo en un grave conflicto con su propio hermano Vímara, que sería la causa de su triste final. La Crónica de Alfonso III en sus dos redacciones da cuenta sucesivamente de los enfrentamientos de Fruela con vascones y gallegos, sin facilitar la cronología de los hechos, en los términos siguientes.

A los vascones, que se habían rebelado, los venció, y tomó de entre ellos a su esposa, de nombre Munina, de la que engendró a su hijo Alfonso II. A los pueblos de Galicia, que contra él se rebelaron los venció, y sometió a toda la provincia a fuerte devastación.

En relación con el primero de estos levantamientos, el de los vascones, la calificación de rebelión que le aplica la crónica parece suponer un previo sometimiento de los mismos a los monarcas astures y su integración en el reino, al tiempo de producirse la insumisión reprimida por Fruela.

Sin embargo, acaso esta interpretación sea una simplificación de una realidad bien distinta y de una situación de esos vascones —gentilicio cuya traducción exacta no es posible perfilar todavía en esta época— muy compleja, con referencia a ese hipotético y preexistente sometimiento a la autoridad de la realeza astur.

Efectivamente, la Crónica de Alfonso III, después de enumerar las regiones pobladas por Alfonso I y sometidas, por tanto, a su autoridad, indica que Álava, Vizacaya, Aizone y Orduña se sabe que siempre han estado en poder de sus gentes, como Pamplona [es Degio] y Berrueza, lo que parece sugerir la existencia en estos espacios que corresponderían, básicamente al área de asentamiento de los pueblos vascones, de unos poderes locales independientes y no integrados en la órbita política del reino de Asturias, cuyo límite extremo por oriente habría que fijar acaso en el Nervión, englobando la tierra de las futuras Encartaciones donde están los lugares de Sopuerta y Carranza, expresamente atribuidos por la crónica regia a la acción pobladora de Alfonso I.

La hipótesis acaso más prudente, en relación con la pretendida rebelión de los vascones contra la autoridad de Fruela, llevaría a ver aquí una actitud de conquista del propio Fruela que sería prolongación de la política expansiva de su padre por la marca oriental del reino y que seguramente habría que situar en el espacio alavés, de acuerdo con las precisiones que la misma crónica hará luego del lugar de procedencia de la madre del futuro Alfonso II y al que se acogería este tras la muerte de Silo (783).

El hecho es que la integración de esos vascones alaveses, sellada con la unión de Fruela con Munia, con seguridad vinculada a los círculos de la aristocracia local, supondría la efectiva ampliación de la órbita de influencia de los monarcas astures en el área vascongada y un sometimiento parcial y relativo de los pueblos que la habitaban, seguramente limitado a los más occidentales, a una autoridad central asturiana, facilitado sin duda por los lazos familiares establecidos por Fruela y consolidados en la persona de su hijo Alfonso II.

La insumisión de los vascones debió producirse en los primeros compases del reinado de Fruela, acaso después del resonante triunfo obtenido por este contra los musulmanes en Pontubio (Galicia), si es que la secuencia que de estos hechos dan los relatos cronísticos se ajusta a su cronología real.

El 24-IV-759 se otorga el interesante pacto monástico de San Miguel de Pedroso, junto al río Tirón, en la Rioja, situado en una zona muy próxima al espacio de la Vasconia occidental y en concreto a su parte alavesa, figurando en la larga relación de sorores que pueblan ese cenobio, algunas portadoras de onomásticos de probable raíz vascona; incluso aparece el nombre de Munia, que llevará la joven esposa de Fruela, lo que permite suponer que en la fecha en que se otorga dicho pacto podría haber tenido ya lugar el sometimiento de los vascones por el rey asturiano.

Dos años después (761) tendría lugar la presura de Máximo y Fromestano en el lugar de Oviedo, un erial no poseído antes por nadie, según el pacto monástico que, otorgado veinte años después (781), facilita la noticia de esa ocupación que se encuentra en el origen de la futura capital del reino de Asturias.

Fruela levantaría allí una iglesia dedicada al Salvador, destruida por las devastadoras campañas musulmanas contra el corazón del reino en 794 y 795 y restaurada después por su piadoso hijo Alfonso II. Este, según propia confesión en el famoso Testamentum de 812, habría nacido y recibido las aguas bautismales en ese todavía núcleo preurbano de Oviedo, que él mismo elevaría después a la condición de sede regia.

La situación de Galicia, el otro escenario de las sublevaciones de base regional contra la autoridad de Fruela, y el desarrollo mismo de estas rebeliones, sobre las que las fuentes no dan tampoco ninguna precisión cronológica aunque debieron ser posteriores a las de Vasconia, ofrecen una características bien distintas a las del espacio y pueblo vascongados.

No hay razón para dudar de la extensión del poder de la Corte de Cangas de Onís, en tiempo de Alfonso I, a esa parte marítima de Galicia de la que nos habla la crónica regia como escenario de la acción pobladora de este Monarca. Dicho espacio debía corresponder a la franja norteña que se extendía entre el Eo, divisoria fluvial con las Asturias nucleares, y la costa atlántica, englobando seguramente buena parte de las actuales provincias de Lugo y La Coruña.

También parece razonable suponer un cierto encuadramiento político-administrativo-eclesiástico de esa zona, mucho más impregnada de la tradición hispano-gótica que el País Vasco y seguramente con unas aristocracias locales poderosas y muy influyentes y de fuerte arraigo territorial, que acaso se resistirían a un proceso de forzada integración política en el reino de Asturias llevado de forma poco afortunada por Fruela, cuya violenta conducta consta muy expresivamente por los testimonios concordantes de las crónicas.

La relación de los pueblos de Galicia y la consiguiente represión, muy dura a juzgar por los términos que la Crónica de Alfonso III emplea, debió de ir seguida de una actividad regia encaminada a extender su autoridad, desde los territorios norteños hacia el sur.

En tal sentido podría interpretarse el pasaje de la versión Rotense en el que se dice que en tiempo de [Fruela] se pobló Galicia hasta el río Miño, aunque le control efectivo tanto sobre los nuevos espacios meridionales como sobre los de la parte septentrional sería todavía y durante bastante tiempo precario, según se encargaría de demostrar el curso de los acontecimientos en los próximos años.

En la misma línea política regia orientada a procurar la integración de las tierras galaicas, habría que situar algunas actuaciones de Fruela, como la protección dispensada al cenobio de San Julián de Samos, llamado a ser uno de los centros monásticos de mayor influencia en la Galicia de la época y que acogería años después, en momentos de especial dificultad para él, al futuro Alfonso II el Casto.

La versión Rotense de la Crónica de Alfonso III, con una clara carga ideológica antivitiziana, alude, en otro de los pasajes que consagra al reinado de Fruela, a las severas medidas adoptadas por el Monarca en defensa del celibato eclesiástico. Y finalmente, tanto las dos versiones de la crónica regia como la Albeldense, acordes en la calificación de la aspereza temperamental de Fruela —hombre de conducta brutal, de carácter feroz—, refieren un episodio postrero de su caudillaje en el que no es difícil percibir los ecos dramáticos de algún tipo de conflicto palatino agravado por la propia condición violenta del Monarca.

Por rivalidades en torno al reino, escribe el autor de la Crónica Albeldense, dio muerte con sus propias manos, puntualiza la crónica regia, a su hermano Vímara, quizá complicado en algún intento de destronamiento y cabeza de una oposición cortesana a Fruela. No mucho tiempo después del fratricidio y al cabo de once años y tres meses de reinado sobrevino el triste final del Monarca: Pagándole Dios con la misma suerte de su hermano, fue muerto por los suyos en Cangas.

De creer a Pelayo, interpolador de la crónica regia en el s. XII, sus restos recibirían sepultura, con los de su esposa, la reina Munia, en Oviedo. Corría el año 768. Fruela dejaba un heredero de corta edad, el futuro Alfonso II, que se vería alejado durante largo tiempo del trono paterno. Y un reino que había visto ampliado considerablemente su ámbito territorial, a partir de su primitivo espacio nuclear astur-cántabro, por las regiones del flanco occidental (Galicia) y oriental (la Vasconia occidental, y las tierras alavesas), iniciando una todavía muy tímida y localizada expansión foramontana por los valles de la futura Castilla.

Será, por otra parte, este Monarca el primero al que un diploma auténtico —el pacto monástico de San Miguel de Pedroso— aplique el título de rey, empleando una calificación de netas resonancias visigodas:gloriosi Froilani regis.R.B.: RUIZ DE LA PEÑA SOLAR, Juan Ignacio, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XX, págs. 722-724.

Aurelio

Biografía

Rey de Asturias, 768-774. ¿?, s. VIII-Asturias, 774. La violenta muerte de Fruela I (768) reproducía en la corte de Cangas de Onís la situación planteada treinta años antes (739) con la prematura muerte de Favila, sucesor de Pelayo, cuyos hijos, presumiblemente de muy corta edad, serían apartados de la sucesión al trono, que recae en Alfonso I, yerno de Pelayo por su matrimonio con su hija Ermesinda. Fruela dejaba una joven viuda, Munio, cuya suerte se ignora, y un hijo que contaría quizá no más de seis años: el futuro Alfonso II.

Pero ahora, a diferencia de lo ocurrido cuando se produce la inesperada muerte de Favila en un accidente de caza, al hecho de la minoría del heredero Alfonso II, causa suficiente para su desplazamiento, al menos temporal, del trono, se unían las circunstancias específicas del triunfo de una facción palatina opuesta a Fruela I en un sangriento conflicto político cuya naturaleza se desconoce, saldado con la muerte violenta de su hermano Vímara y con la suya propia.

La sucesión del Rey fratricida, víctima a su vez de un regicidio, recaerá en su primo Aurelio, hijo de un hermano de su padre, Alfonso I, llamado también Fruela, con quien había colaborado activamente en sus campañas militares al sur de la cordillera Cantábrica. No se sabe en que condiciones se produjo la sucesión de Fruela I en la persona de Aurelio.

La Crónica de Alfonso III en sus dos versiones detalla las relaciones de parentesco entre los dos primos, nietos ambos, por vía paterna, del duque Pedro de Cantabria. La versión Rotense se limita a consignar que a Fruela I tras su muerte, le sucedió en el reino su primo Aurelio: el texto a Sebastián puntualiza que este era hijo de Fruela, el hermano de Alfonso I, mientras que la Crónica Albeldense con su habitual laconismo omite la referencia a esas relaciones de parentesco entre los dos monarcas.

Hay que suponer que el nuevo monarca contaría con el favor de la facción política opuesta a Fruela y responsable de su muerte. Y aparte de esa mención puntual del parentesco con su antecesor, los textos cronísticos solo dejan constancia, en un breve reinado de siete años (768-774), del hecho de que tuvo paz con los musulmanes y de que en su tiempo se produjo una rebelión de los siervos contra sus señores, sofocada por el Monarca y siendo reducidos los rebeldes a su originaria condición servil.

Tras la desaparición de Fruela I se inicia, efectivamente, una etapa de paz con los árabes que se prolonga durante más de veinte años, coincidiendo con los reinados de Aurelio, Silo (774-783) y Mauregato (783-788), en los que el pequeño reino asturiano se vio a salvo de las acciones ofensivas islámicas. La existencia de ese prolongado periodo de paz exterior a la que no corresponde una ausencia de problemas interiores, el primero la propia rebelión de los siervos daría lugar a las más peregrinas interpretaciones, favorecidas por el laconismo de los textos cronísticos.

En realidad la explicación de esas pacíficas relaciones con los musulmanes hay que buscarla en la situación en que se encuentra por esos años la España islámica, donde el primer emir omeya Abderramán I (756-788) centraba sus esfuerzos en consolidar su autoridad frente a las oposiciones interiores y enfrentando ocasionales ataques exteriores, como la campaña de Carlomagno del 778.

En tales circunstancias, como afirma con razón L. Barrau-Dihigo, el caudillo omeya no pensó mucho en la guerra santa. Claudio Sánchez Albornoz, por su parte, ha insistido en las muy ásperas y prolongadas rebeliones a las que tuvo que hacer frente el emir y que se prolongaron más allá del reinado de Aurelio.

Que ni este ni sus inmediatos sucesores hubieran tratado de aprovechar a favor de una eventual continuidad de la política de hostigamiento antimusulmán iniciada por Alfonso I y continuada por su hijo Fruela I, las favorables condiciones que parecía brindar la crisis interna de la España islámica se explica fácilmente por los problemas interiores que atraerán su atención al frente del pequeño reino de Asturias.

Si la paz con los musulmanes en época de Aurelio no plantea problemas de interpretación no ocurre lo mismo con el episodio central de su breve reinado, que destacan, con ligeras variantes léxicas, las informaciones coincidentes de los textos cronísticos. La Crónica Albeldense señala cómo bajo su reinado los siervos que se rebelaron contra sus amos, apresados por obra suya, fueron reducidos a la inicial servidumbre.

El texto rotense de la Crónica de Alfonso III dice que en su tiempo [de Aurelio] los hombres de condición servil se levantaron en rebelión contra sus señores, pero vencidos por la diligencia del rey fueron reducidos todos a la antigua servidumbre.

La versión erudita o a Sebastián reproduce casi literalmente esta noticia, sustituyendo la palabra siervos (servilis origo por libertos (libertini. Esa misma parquedad de las fuentes es la que que ha permitido la formulación de todo tipo de hipótesis sobre las motivaciones y circunstancias que rodearon el enigmático movimiento de contestación antiseñorial, cuya noticia parece quebrar el tono que preside los relatos cronísticos.

Quizá la respuesta más razonable a los interrogantes que plantea el episodio de la rebelión servil, por lo que a sus protagonistas se refiere, es la que sugiere el tenor literal de las noticias de la Albeldense y del texto Rotense, contrastadas con las escasas informaciones disponibles sobre la propia realidad social del medio en que dicha revuelta se dio. Y en tal sentido no parece aventurado atribuir la iniciativa del movimiento antiseñorial a los individuos de condición servil que no debieron ser escasos en número en el reino de Asturias durante la segunda mitad del s. VIII.

A pesar de la escasez de fuentes fiables para esta época, no faltan testimonios acreditativos de la implantación de contingentes relativamente importantes de población servil en los espacios norteños, en relación normalmente con los procesos migratorios de gentes sureñas que, quizá ya desde época muy temprana y en todo caso desde las incursiones de Alfonso I, trasplantarían a aquellas tierras pautas de organización social a las que no sería ajena la pervivencia de formas de servidumbre heredadas de la época gótica.

La documentación posterior a esa época, desde principios del s. IX, en la medida que puede reflejar situaciones que pudieron y debieron darse unos años antes, descubre, en fin, que la existencia de mano de obra servil en el reino de Asturias debió ser los suficientemente abundante como para suponer fundamentalmente que la revuelta de los siervos contra sus señores, que sitúan los textos cronísticos en el reinado de Aurelio, pudo ser protagonizada por individuos de tal condición, representantes de una masa de población servil que nutrirían no solo las inmigraciones de gentes sureñas sino el botín de las campañas militares, tanto contra los musulmanes como las dirigidas para asegurar la autoridad regia en el ámbito interno del reino o en sus áreas periféricas.

Quizá también la tradicional afirmación de inexistencia de siervos, en número apreciable, en las tierras norteñas en el momento de producirse la insumisión contra el poder musulmán, que se asociaba a la escasa romanización de esas áreas, tendría que ser revisada a la luz de los últimos y renovadores estudios sobre el alcance final de tal romanización, sin duda mucho más profunda de lo que se venía sosteniendo.

En todo caso, parece menos razonable que fueran libertos, por fuerza muy dispersos y escasos en número, los protagonistas de la revuelta antiseñorial de la época de Aurelio, cuya localización no es posible fijar —¿Galicia, las zonas nucleares del reino?— pero cuya importancia debió ser grande a juzgar por la profunda huella dejada en la siempre lacónica historiografía cristiana.

Aurelio el séptimo año de su reinado (774) descansó en paz, anota la Crónica de Alfonso III. La interpolación pelagiana de este texto dice que fue enterrado en la Iglesia de San Martín, en el valle asturiano de Langreo, donde todavía se muestra un sepulcro en el que se supone que están depositados los restos del Monarca.R.B.: RUIZ DE LA PEÑA SOLAR, Juan Ignacio, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol VI, págs. 86-88.

Silo

Biografía

Rey de Asturias, 774-783. Sucedió en el trono a Aurelio (768-774), sobrino de Alfonso I el Católico (739-757), con una de cuyas hijas, Adosinda —hermana a la sazón de Fruela I (757-768)—, contrajo matrimonio. Al poco de acceder al trono, reprimió una sublevación de los gallegos tras derrotarlos en el monte Cuperius (Montecubeiro, Castroverde, Lugo).

Durante su reinado mantuvo la paz con el emirato de Córdoba, gobernado entonces por Abderramán I (756-788), circunstancia relacionada con la supuesta ascendencia musulmana de Silo por parte de madre. En su primer año de reinado, Silo trasladó la corte asturiana de Cangas de Onís a Pravia, sit. más al O. y, por consiguiente, mejor protegida de las incursiones musulmanas.

Asoció en el gobierno del reino a Alfonso, el futuro Alfonso II (783, 791-842), hijo de Fruela I. En el interior del reino, llevó a cabo un proceso renovador que consistió en restaurar antiguas instituciones, como el Officium Palatinum, con el propósito de recuperar la tradición visigoda.

Murió sin descendencia y, a pesar de los intentos de Adosinda de promocionar a su sobrino Alfonso II, finalmente se hizo con el poder Mauregato (783-788, hijo bastardo de Alfonso I. Alfonso II se vio obligado a refugiarse en tierras de Álava en espera de una mejor oportunidad de acceder al trono, mientras Adosinda pasó sus últimos años en un convento de Pravia.R.B.: VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XX págs. 9845-9846.

Mauregato

Biografía

Rey de Asturias, 783-789. ?, p. m. s. VIII-Asturias, 788. Mauregato, hijo de Alfonso I y de una sierva, calificación despectiva que la Crónica de Alfonso III aplica a su madre y de no clara interpretación, tío por tanto del futuro Alfonso II, tras hacerse ilegítimamente con el poder, en afirmación de la Crónica Albeldense, ocuparía el solio regio de Pravia durante cinco años (783-788), desplazando al hijo de Fruela I del trono, al que había sido promovido por su tía Adosinda con los oficiales palatinos, y viéndose obligado este a exiliarse a tierras alavesas, donde, siempre siguiendo el relato de la crónica regia, se refugió entre los parientes de su madre, la reina Munia, viuda de Fruela I.

No es posible precisar que tiempo, necesariamente breve, medió entre la muerte de Silo, con la consiguiente proclamación de Alfonso II y el destronamiento de este por su tío Mauregato, ni con que apoyos pudo contar el nuevo monarca. La redacción Rotense de la Crónica de Alfonso III parece dar a entender que el sobrino de Adosinda llegó a ocupar efectivamente el solio regio: Mauregato se levantó hinchado por la soberbia y expulsó del trono al rey Alfonso, dice.

La historiografía oficial del reino de Asturias, que se expresa en el ciclo narrativo representado por las crónicas Albeldense y de Alfonso III en sus dos versiones, redactadas seguramente en la corte ovetense de fines del s. IX, ha proyectado una interesada damnatio memoriae sobre la figura de Mauregato, bastardo de Alfonso I, sucesor ilegítimo de Silo, hijo de una sierva y causante del alejamiento del trono de su sobrino Alfonso II, quien no parece que pudiese contar, como pretende hacer creer la Crónica de Alfonso III, con el respaldo unánime de los magnates del círculo cortesano de Pravia, ya que, si así hubiese ocurrido, no tendría explicación el acceso de aquél al trono.

La historiografía posterior a esas primeras crónicas asturianas incide en el juicio negativo sobre su figura, incorporando nuevos datos vejatorios y fantásticos a su gestión política, como el pago de la paz a los musulmanes con el oprobioso tributo de la cien doncellas.

Sin embargo, el breve reinado de Mauregato, sobre le que se dispone, al margen de las escuetas referencias cronísticas, de las preciosas informaciones de unas fuentes literarias sin precedentes hasta esos momentos, dista mucho de ofrecer, en la realidad, la imagen de una corta e intrascendente etapa de la historia del reino de Asturias.

En el terreno militar, seguramente, se mantendría la larga paz con los musulmanes que se inició durante el reinado de Aurelio, ya que la referencia a un choque armado con los sarracenos que se desliza en las falsas actas conciliares ovetenses del 821 no merece mucho crédito.

En otro orden de cosas, debe destacarse que durante el reinado de Mauregato se percibe ya un claro anticipo del patronazgo de Santiago sobre pueblo cristiano y una iglesia asturiana, que en plena querella adopcionista, afirmaba su independencia frente a la poderosa Iglesia mozárabe.

Efectivamente, en el himno O Dei Verbum, de discutida atribución a Beato de Liébana y, en todo caso, pieza literaria independiente de la tradición cronística, se encuentra una primera formulación expresa de la percepción del pequeño núcleo astur como una comunidad política organizada bajo el patronato del Apóstol, a quien se invoca para que se muestre piadoso protegiendo al rebaño a ti encomendado y manso pastor para el rey, el clero y el pueblo.

El Monarca al que se le dedica el himno es, según se lee en el acróstico, el piadoso rey Mauregato. Sea cual sea la autoría del himno O Dei Verbum, y no parece aventurada su atribución a Beato de Liébana, sus contenidos, de extraordinario interés doctrinal, no solo espiritual sino, y acaso en mayor medida, político, solo cobran pleno sentido interpretados en el contexto de la controversia teológica que en esos momentos está enfrentando a la cabeza de la poderosa iglesia mozárabe y a dos representantes de la modesta comunidad cristiana insumisa norteña: Beato de Liébana y su discípulo el joven obispo de Osma Eterio.

Ambos van a actuar como celosos defensores de la ortodoxia frente al desviacionismo heterodoxo del metropolitano de Toledo Elipando, secundado por Félix de Urgel, obteniendo a la larga la posición mantenida por la joven Iglesia asturiana el decidido apoyo de la Monarquía franca y el reconocimiento final del papado.

El error adopcionista surge con ocasión de la refutación que Elipando hace, reunido en Sevilla con sus obispos (784) de la doctrina de Migecio, contraria a la ortodoxia católica sobre la Trinidad. De la profesión de fe de Elipando se seguía, sin embargo, la admisión de una doble filiación y, por tanto, la existencia de dos personas en Cristo, quien en cuanto hombre sería solo hijo adoptivo de Dios. En la cristiandad insumisa norteña se alzará rápidamente la voz de alarma contra el error del más significado representante de la comunidad mozárabe.

Beato y Eterio redactan un largo y ardoroso escrito en el que salen al paso del error adopcionista, restituyendo su sentido legítimo a las fórmulas litúrgicas visigodas que, torcidamente interpretadas por Elipando, habían dado base a su proposición herética. La controversia teológica se agravaría al adherirse el obispo de Urgel Félix a la doctrina mantenida por el metropolitano de Toledo.

A través de una carta que Elipando dirige a un cierto abad asturiano de nombre Fidel y que Beato reproduce fragmentariamente en su Apologético, que se presenta como carta dirigida por Eterio y Beato al arzobispo de Toledo, aluden estos a la lectura de la carta enviada por el prelado, en octubre de 785, al abad Fidel y que ellos pudieron ver con ocasión del viaje que hicieron a la corte Praviana para asistir a la profesión religiosa de Adosinda, el 26-XI del mismo año.

De esa carta se deducen dos hechos: que el error adopcionista había comenzado ya a difundirse por Asturias y que Beato y Eterio lo combatían provocando la iracunda reacción de Elipando, que encomienda al abad Fidel la instrucción en la verdad del joven obispo Eterio, alejándolo de la nefasta influencia de su maestro Beato y procurando desterrar de Asturias lo que él considera postura herética del monje lebaniego. La recomendación del metropolitano se acompaña de duras críticas contra Beato, a quien llega a calificar de precursor del Anticristo.

A pesar de las frecuentes digresiones que en el texto se hacen y que dificultan su lectura, esta obra, escrita para edificación e instrucción de los fieles, tiene, en opinión de su más reciente editor y estudioso, una línea argumental clara:

Su autor tiene en todo momento obsesivamente presente a Elipando y su tesis heréticas, en las que afirma que Jesús es hijo propio y natural de Dios en su divinidad; e hijo adoptivo en su humanidad; que la creación y redención fueron realizadas por el que es hijo por generación, por naturaleza, pero no por quien es hijo por adopción, en su humanidad, Jesús es lo mismo que los santos por la gracia: hijo adoptivo, cristo, párvulo, abogado y siervo. Exponer y refutar estas doctrinas y responder a las acusaciones e insultos [de Elipando], constituyen el argumento central del libro y dan a sus páginas cohesión y unidad.R.B.: A. del Campo Hernández.

La conclusión didáctica que se extrae del Apologético es clara: las proposiciones de Beato y Eterio representan la verdadera fe de la Iglesia; ellos son los debeladores de una doctrina errónea, la de Elipando, cuyo nombre se incorpora a la larga nómina de herejes conocidos. La última etapa en el desarrollo de la querella adopcionista se inscribe ya plenamente en el marco de las relaciones entre Alfonso II el Casto y Carlomagno, que encuentran seguramente en las implicaciones políticas de esa controversia teológica una de sus claves interpretativas fundamentales.

Al himno O Dei Verbum y al Apologético, obras de naturaleza e intenciones diversas aunque seguramente atribuibles a la común autoría de Beato de Liébana, se une una tercera, igualmente del monje lebaniego —el Comentario al Apocalipsis—, que forman un conjunto textual en el que pueden observarse claros paralelismos literarios y temático.

Esta última, monumental en sus proporciones aunque de escasa originalidad, parece que fue objeto de una primera redacción en el año 776, siendo la definitiva del 786 y puede obedecer a la intención de preparar a los fieles ante los terrores del año 800, proporcionándoles un útil instrumento de predicación. Por otra parte, el Comentario de Beato estaría llamado a ejercer una amplia y prolongada influencia literaria y artística en el futuro.

Al margen de las muchas y diversas sugerencias que brinda la lectura de las precedentes obras, interesa destacar que las tres están expresando, en el penúltimo decenio del s. VIII las primeras manifestaciones de un incipiente florecimiento cultural en el reino de Asturias, que tiene sus centros principales y estrechamente relacionados en la sede regia de Mauregato y en el ambiente monástico de Liébana y su figura central en el citado Beato.

Su actividad teológico literaria pone de manifiesto el temprano y profundo arraigo en los apartados valles astur-cántabros de una tradición cultural seguramente trasplantada aquí, en buena parte por los emigrantes sureños, pero sin que sea aventurado suponer su yuxtaposición a una cierta tradición local, acaso de mayor entidad de la que se venía afirmando y cuya influencia, por ejemplo, en el plano de las manifestaciones artísticas que cristalizaron pronto el la espléndida floración del llamado arte asturiano, parece admitirse cada vez con mayos convicción entre los estudiosos recientes de este arte.

Mauregato falleció de muerte natural, anotan los textos cronísticos, sin que digan el lugar de su enterramiento, que una tardía interpolación pelagiana sitúa en Santianes de Pravia.R.B.: RUIZ DE LA PEÑA SOLAR, Juan Ignacio, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XXXIV, págs. 52-54.

Vermudo I788-791

Biografía

Rey de Asturias, 788-791. El Diácono. Muerto Mauregato en el 788, es elegido para sucederle en el trono un hermano de Aurelio, sobrino por tanto, de Alfonso I (era hijo de su hermano Fruela) y tío del futuro Alfonso II, seguramente alejado todavía de los círculos cortesanos: el diácono Vermudo.

Las dos versiones de la Crónica de Alfonso III detallan esas relaciones de parentesco, que omite la siempre lacónica Crónica Albeldense. Y ambas plantean no pocos interrogantes de incierta respuesta en las referencias que dedican a la persona de Vermudo y a las circunstancias que acompañan su acceso al Trono y su renuncia, tras un breve reinado de tres años, en favor de su sobrino Alfonso.

El primer problema es el relativo a la elección misma de Vermudo cuya condición clerical suponía, en principio y de acuerdo con la legislación canónica visigoda, un impedimento, no insalvable, desde luego, para su promoción a la realeza, en perjuicio de los mejores derechos de su sobrino.

Tal elección en las circunstancias especiales en que se produce (tras la usurpación de Mauregato y durante la probable ausencia de Alfonso, exiliado en tierras alavesas de donde era su madre Munia) podría interpretarse como una fórmula de compromiso entre facciones cortesanas que harían de Vermudo una especie de monarca de transición, elegido, quizá, con acuerdo de todos los magnates del reino, como declara la tardía y por tanto no muy segura Historia Silense.

Por otra parte, la explicación a la voluntaria renuncia al Trono del nuevo Rey, cuyas cualidades espirituales destacan acordes los textos cronísticos —clemente y piadoso, lo llama la Albeldense; varón magnánimo, la versión a Sebastián de la crónica alfonsina— al cabo de sólo tres años de caudillaje, y que el segundo de estos textos atribuye al hecho de que Vermudo recordase que antaño se le había impuesto el orden del diaconado, dista mucho de ser satisfactoria.

Las causas de esa renuncia y de la promoción de Alfonso al Trono por la supuesta iniciativa del propio Vermudo debieron ser más complejas. Seguramente influyeron en esos hechos las críticas circunstancias derivadas del giro de la política exterior andalusí, con la violenta ruptura de un largo periodo de paz con los cristianos; y habría que considerar también la existencia de posibles compromisos cortesanos cuyo alcance se nos oculta tras las lacónicas y eufemísticas explicaciones de una historiografía oficial asturiana que, conviene recordarlo, se elabora bajo la directa inspiración de un biznieto de Vermudo: Alfonso III el Magno.

Cuando esas crónicas se redactan, en las postrimerías del siglo IX y seguramente en la Corte ovetense, obedeciendo al designio neogoticista de este Monarca, la figura de Alfonso II el Casto, el más grande de los monarcas asturianos, debía de quedar a salvo de cualquier información que pudiera poner en entredicho la pacífica transición del caudillaje del Rey diácono a su joven sobrino.

Pero tras los silencios, las contradicciones y las fantasías de los relatos cronísticos no es difícil suponer la existencia de algún tipo de conflicto cuyo alcance exacto se oculta interesadamente para preservar la buena imagen de la memoria histórica de la propia Monarquía asturiana, personificada en esos momentos en el biznieto de Vermudo.

Lo cierto es que los acontecimientos que se van a suceder tras la llegada al poder en Córdoba, en el mismo año de 788, de Hisam I, continuador de Abd al-Rahmán, precipitaron la reintegración de Alfonso al Trono paterno. El nuevo y piadoso Emir decide emprender la guerra santa contra los cristianos insumisos norteños a quienes su padre, atento a consolidar su propia autoridad en al-Andalus, apenas había inquietado desde mucho tiempo atrás.

Una primera y grave derrota de las tropas cristianas en Burbia, en tierras bercianas, debió de influir poderosamente en la decisión de Vermudo de llamar al trono a su sobrino Alfonso, con quien vivió muchos en el mayor afecto, según el interesante testimonio de la Crónica de Alfonso III, cancelando voluntariamente su efímero reinado de apenas tres años. De hecho, la Crónica Albeldense parece establecer una relación de causa-efecto entre la batalla de Burbia, a la que aluden también las fuentes árabes y que silencia la crónica alfonsina , y la abdicación de Vermudo, cuyas verdaderas razones nunca podrán establecerse con seguridad.

Ocurrían estos hechos en el año 791, La Crónica de Alfonso III en su versión a Sebastián , después de referir cómo Vermudo a su sobrino Alfonso, al que Mauregato había expulsado del Reino, lo hizo sucesor en el trono en el año 791, y vivió con él muchos años en el mayor afecto, dice que terminó su vida en paz.

La versión Rotense sitúa erróneamente su muerte en aquel mismo año y facilita la fecha exacta del acceso al Trono al nuevo monarca: el 14-IX-791.

R.B.: RUIZ DE LA PEÑA SOLAR, Juan Ignacio, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XLIX, págs. 766-767.

Alfonso II el Casto

Biografía

Rey de Asturias, 791-842. La consolidación del reino asturiano, tanto respecto al peligro exterior del Islam como a la organización interna de la monarquía, reanudando la tradición visigoda, fue obra de Alfonso II el Casto, figura extraordinaria en la época de hierro de la Reconquista inicial. Contemporáneo de Carlomagno, también Alfonso II edificó tras los montes de Asturias un reducto europeo contra el Islam, al amparo de cuya barrera fructificaron la fe y la cultura católica y se elevaron nuevos templos al Señor.

Sabio, prudente y valeroso, Alfonso II restauró iglesias, fundó monasterios, creó y restableció diócesis, y ensancho las fronteras del reino de Oviedo. Durante su reinado se descubrió el sepulcro del apóstol Santiago cerca de la antigua Iria, lo que reportó un acrecentamiento del espíritu religioso de la cristiandad cantábrica, una mayor confianza en la lucha contra el Islam y el establecimiento de importantes lazos culturales y económicos con los demás países del occidente europeo.

Alfonso II rigió los destinos de Asturias durante cincuenta años, periodo de tiempo realmente considerable en aquella época. Hijo de Fruela I y nieto de Alfonso I el Católico. Fue elevado al trono a la muerte de Silo y depuesto por Mauregato, hermano bastardo de su padre. Sobrino de Vermudo I el Diácono, recibió la corona de Asturias al abdicar su tío en su persona, tras la derrota que aquel sufrió en Burdia por el ejército musulmán.

En efecto, los musulmanes habían decidido acabar con el foco de resistencia asturiana, y desde 790 lanzaban furiosas acometidas contra el Norte. En 794 Hisam I atacó Asturias. Su general Abdelmélik logró penetrar hasta Oviedo y saquear la ciudad, pero en la retirada Alfonso II le infligió la terrible derrota de Lutos. Temiendo que este desastre no acarreara males mayores, pues suponía a los moros dispuestos a vengarse del mismo, Alfonso se alió con los machus, vascos idólatras y con Ludovico Pío, que gobernaba en el reino de Aquitania.

En 795 se produjo una nueva invasión musulmana, esta vez acaudillada por Abd al Karim. Los moros penetraron hasta Oviedo, pero no lograron establecer su dominio en el país y se retiraron hacia el S. Un nuevo intento del mismo general al año siguiente, no dio mejores resultados. Por el contrario, poco después, y aprovechando las luchas internas del emirato, Alfonso II llevaba sus armas en victoriosa campaña hasta Lisboa, ciudad que atacó y saqueó. Abd al Karim intentó forzar por tercera vez la resistencia asturiana.

Se libraron dos acciones en el Nalón y el Narcea, de resultado inseguro, aunque, por fin, los musulmanes renunciaron a la empresa. Desde entonces ya no volvieron a pisar el suelo de Asturias. Poco antes de morir, en mayo de 840, Alfonso II se apoderó del castillo de Santa Cristina, en Galicia, que se hallaba en poder de un tal Mahmud, renegado de Mérida y rebelde de Abderramán II. La fecha tradicional de la muerte del Casto se fija el 20-III-842. Legó fama de casto y de magno, y en realidad su reinado fue una época de esplendor para Asturias.R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 105-106.

Batalla de Lutos

Sánchez Albornoz Asturias resiste, Logos, t. V, núm. VIII, Buenos Aires, 1946, págs. 5-50) y Juan Uría RíusEstudios sobre la monarquía asturiana, Oviedo, 1949, págs. 501-545) han reconstruido la campaña musulmana en que el ejército del general Abd al Malik, que regresaba de haber saqueado Oviedo utilizando una antigua calzada romana, la vía de la Mesa, illa via de illos lutos, al lado de la aldea actual de los Lodos (concejo de Grado), sufrió una grave derrota que tratan de disimular los historiadores árabes, y que el refundidor erudito de la Crónica de Alfonso III convierte en un verdadero desastre, en el que habría perdido la vida el propio caudillo de la expedición, haciendo morir allí a los sarracenos ferro atque coeno Lévi Provençal Hist. Esp. de Menéndez Pidal, tomo IV, Madrid 1950, pags. 94-96) niega que Abd al Malik muriera allí, pues había dirigido nueve años más tarde, otra expedición contra el reino asturiano.R.B.: VÁZQUEZ DE PARGA, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo F-M, pág. 823.

Ramiro I

Biografía

Rey de Asturias, 842-850. Nació hacia 789 y murió en San Miguel de Lillo, Oviedo, Asturias, I-850. Hijo de Vermudo I el Diácono (788-791), sucesor de su primo segundo Alfonso II el Casto (783, 791-842) y padre del futuro Ordoño I (850-866). Accedió al solio regio según la tradición electiva que la monarquía astur recogió de la vieja fórmula goda.

A la muerte de Alfonso II, fue proclamado rey por un grupo influyente de nobles del Aula Regia —que seguramente ya habían preparado se elección con la aquiescencia del propio Alfonso II—, por delante de las aspiraciones de comes palatii Nepociano, cuñado de Alfonso II por su matrimonio con una hija de Fruela I (757-768) —descendiente del linaje de Pelayo (718-739), mientras que Ramiro representaba la continuación del linaje del duque Pedro de Cantabria.—

Su elección, así como su inmediato desconocimiento por Nepociano, que consiguió usurpar el cetro astur con el apoyo de una parte de los magnates cántabros y astures, sorprendió a Ramiro II en tierras de Castilla, adonde había viajado para contraer segundas nupcias con una dama castellana, seguramente la Paterna regina que reza en la inscripción de un ara votiva emplazada en el templo de Santa María del Naranco —palacio de recreo, sede del Aula Regia y uno de los mejores ejemplos del arte prerrománico asturiano, erigido a instancias del propio Ramiro I.—

Ramiro I decidió entonces dirigirse a Galicia; reunió un ejército a las puertas de Lugo y se adentró en tierras asturianas. Ambos contendientes, al parecer, se enfrentaron a orillas del río Narcea; sea esto cierto o no, sí que parece irrefutable que Nepociano sufrió muchas deserciones, entre ellas las de los condes Escipión y Sonna, que poco después prendieron al conde rebelde y lo llevaron a presencia de Ramiro I, quien lo hizo encerrar en un convento tras cegarle la vista.

Por lo que respecta a la política interior, el reinado de Ramiro I supuso un periodo de afianzamiento del poder real frente a la política disgregadora de la nobleza; tras poner fin a la rebelión de Nepociano, y la del comes palatii Piniolo, que fue ajusticiado junto a sus siete hijos. Como refiere el Códice Albeldense, que intitula a Ramiro I como verga iustitiae (vara de la justicia), se encargó, además, de atajar el pujante bandolerismo y las recurrentes prácticas de magia y brujería.

Por otra parte continuó la labor constructiva de su predecesor; a su impulso se deben tres de los ejemplos más notables del arte prerrománico asturiano: la citada Santa María del Naranco y las iglesias de San Miguel de Lillo y Santa Cristina de Lena, lo que derivó en la acuñación de la expresión arte ramirense utilizado para referirse a las técnicas arquitectónicas y las peculiaridades constructivas propias de su reinado.

Si pudo concentrarse en toda esta actividad interior fue porque su reinado disfrutó de un periodo de relativa paz en sus relaciones con al Andalus, ya que el emir Abderramán II (822-852) anduvo ocupado en otros asuntos, también de carácter interno: la continua oposición al poder emiral de los levantiscos Banu Qasi, gobernadores de la Marca Superior, a menudo en connivencia con los vascones de Pamplona, y la peligrosa incursión de los normandos en el corazón del emirato, que, remontando el Guadalquivir, llegaron y saquearon Sevilla (844) después de que, meses antes, el propio Ramiro I los hubiera rechazado, primero cerca de Gijón (Asturias), y después en las cercanías del afro de la Torre de Hércules (La Coruña), donde consiguió quemarles más de sesenta naves, en lo que fue la primera aparición normanda en las costas peninsulares.

Así pues, las contiendas militares contra los musulmanes durante su reinado se reducen a dos, tras descartar la legendaria batalla de Clavijo. En 845, una expedición asturiana llegó, por vez primera desde la invasión musulmana de la Península, a la ciudad de León con intención de repoblarla; no obstante, en 846 un ejército musulmán al mando de Muhammad I, hijo Abderramán II, puso en fuga a los moradores cristianos, incendió la ciudad e intentó, sin conseguirlo, derruir las murallas romanas. Se tiene constancia, pero no datos ciertos sobre su resultado, de una aceifa dirigida dos veranos después por otro hijo de Abderramán II, al Mundir, a tierras de Álava.

A su muerte le sucedió su hijo Ordoño I, habido de su primer matrimonio, a quien había asociado al trono y designado gobernador de Galicia en 847; de este modo, a partir de Ordoño I, la línea sucesoria de los reyes asturleoneses residió de manera definitiva en la línea patrilineal hereditaria, superando así la vieja fórmula electiva de la monarquía visigoda. Según refiere el Albeldense, Ramiro I murió en san Miguel de Lillo y fue enterrado en el panteón real de la catedral de Oviedo el 1-II-850.R.B.: VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XVIII págs. 8608-8608.

Ordoño I

Biografía

Rey de Asturias, 850-866. Hijo y sucesor de Ramiro I, nieto de Vermudo I el Diácono (788-791) y padre del futuro Alfonso III el Magno (866-910). Asociado al trono por su padre, quien lo envió como gobernador a Galicia en 847, fue el primer caso de la monarquía electiva asturiana en que el príncipe sucedía automáticamente en el trono a su progenitor sin intervención de la nobleza palatina.

Tras consolidar de forma definitiva su poder en el interior del reino al someter una nueva revuelta de los vascones (h. 852) e impedir las incursiones normandas en la costa gallega (854, 858 y 866), inició la gran expansión territorial, culminada por su hijo Alfonso III, por las tierras semidesérticas del valle del Duero, expansión que convirtió al reino astur en una primera potencia peninsular.

Para ello se aprovecho de la complicada situación interna del emirato andalusí, resultado de las tensiones provocadas por revueltas independentistas de los colectivos mozárabes y muladíes, especialmente en el valle del Ebro, Toledo y Mérida.

Fueron precisamente los muladíes de Toledo quienes solicitaron, tras deponer al gobernador mandado por el emir Muhammad I (852-866), la ayuda de Ordoño I, que envió un ejército al mando de su hermano Gatón, conde del Bierzo, que acabó siendo derrotado por las tropas del emir cordobés y del Banu Qasim Musa b. Musa, gobernador de Tudela y Zaragoza, en la batalla de Guadacelete (verano de 854).

Tras ese fracaso, la lucha de Ordoño I contra los dominios musulmanes se centró en el valle alto del Ebro, donde los Banu Qasim de Musa b. Musa, que habían logrado consolidar su relativa independencia en al Andalus, amenazaban seriamente la frontera oriental del reino —Álava y la naciente Castilla—, especialmente tras la construcción emprendida por Musa b. Musa de la fortaleza de Albaida (La Rioja), más tarde conocida como Albelda. Ordoño dispuso entonces una expedición de castigo, que sitió y arrasó la fortaleza (859).

Años antes había emprendido ya el salto definitivo a las tierras de nadie del S. de la Cordillera Cantábrica. Para ello, dispuso un cinturón defensivo formado por una serie de plazas estratégicas que tomó, amuralló y repobló, como primer paso para la posterior repoblación de aquellas tierras.

En la Galicia meridional tomo Tuy, cuya repoblación corrió a cargo del conde Pedro, y Orense; en las campiñas burgalesas tomó Astorga (854), repoblada por el conde Gatón con gentes del Bierzo, y León (856), mientras que en la zona oriental del reino, en el naciente condado de Castilla, tomó y fortificó la antigua plaza fuerte visigoda de Amaya (860), cuya repoblación corrió a cargo del conde Rodrigo.

Vascones y cántabros en Castilla, galaicos y astures en el valle medio del Miño y el N. de Portugal, y astures, cántabros y también mozárabes emigrados desde al Andalus —especialmente de Toledo y Coimbra—, portadores de la cultura visigoda y mozárabe y de la tradición filosófica de San Isidoro de Sevilla, poblaron las campiñas leonesas y palentinas.

Las expediciones más atrevidas de Ordoño I fueron las que realizó, junto al conde Rodrigo, al S. del Sistema Central, que acabaron con la toma momentánea de las plazas de Coria (Cáceres) y Talamanca (Madrid), en el año 859. Ante la peligrosa expansión hacia el S. del reino astur, el emir Muhammad I ordenó poco más tarde unas nuevas expediciones de castigo.

Así, en el año 860 se presentaba en Pamplona, y tres años más tarde, una poderosa aceifa, al mando de su hijo Abderramán y del general Abd al Malik operó en la zona alavesa; Ordoño I, que intentó atajarla en las cercanías del desfiladero de Pancorbo (Burgos), resultó derrotado.

En el año 865, una nueva expedición dirigida en esta ocasión por otro hijo del emir, al Mundir, penetró por el valle del Duero hasta las tierras del condado de Castilla; tras saquear las comarcas de La Bureba y la Lora, se dirigió hacia la fortaleza castellana de Salinas de Añana, que tomó y desmanteló, e inició el regreso a al Andalus.

El conde Rodrigo salió a su encuentro; la batalla se entabló en las proximidades del desfiladero de la Morcuera (9-VIII-865), en las cercanías de Miranda de Ebro, y supuso una dura derrota para el ejército castellano, cuyas consecuencias fueron el retroceso de las fronteras cristianas en aquella zona y el freno al proceso repoblador.

Ordoño I siguió el ejemplo de su padre Ramiro I y asoció a su primogénito Alfonso, futuro Alfonso III, al trono (862), otorgándole además el gobierno de Galicia. Falleció el 27-V-866, al parecer aquejado de una profunda crisis de gota. Casó con Munia o Muña, de la que tuvo, además del primogénito Alfonso III, cuatro hijos más: Froilán, Nuño, Vermudo y Odoario, que conspiraron activamente contra su hermano Alfonso III durante su reinado.R.B.: VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XV págs. 7351-7352.

Alfonso III el Magno

Biografía

Rey de Asturias, 866-909. Se habrá observado que desde mediados del siglo IX correspondía a los árabes, por lo general, la iniciativa militar. La resistencia era áspera y dificultosa en extremo para los cristianos, que faltos de hombres y otros elementos, fiaban su salvación a las murallas, y, en efecto, las fortalezas y lo abrupto del terreno salvaron a Álava y Castilla.

Esa era la situación cuando subió al trono Alfonso III el Magno (866-909), hijo del héroe de Albelda o Clavijo. Alfonso solo contaba entonces dieciocho años de edad. Ya le tuvo su padre asociado al trono con el gobierno de Galicia, y los nobles confirmaron la sucesión. Pero su hermano Fruela lo desposeyó de la corona, y Alfonso, menos fuerte militarmente, se refugió en Castilla. Recuperó el cetro gracias al conde Rodrigo, su protector, quien le acompañó a Oviedo para su solemne coronación a fines del año 866.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I. cap. IV, p. 131.
También se sublevaron contra Alfonso al comenzar su reinado los alaveses, dirigidos por el conde Eylón. Esta rebelión se inició en la Navarra occidental, donde la acaudillaría con ánimo de hacer independiente a esta región bajo su gobierno, Iñigo Garcés, hermano de Sancho Garcés, hijo del primer matrimonio de García Iñiguez, que en algún cronicón recibe el nombre de rey.R.B.: Balparda, libro II, cap. IV, p. 328.

Fracasada esta intentona se alzó en Álava el conde Eylón o Gilón, pero el rey lo aprehendió y cargado de cadenas se lo llevó a Oviedo, donde lo redujo a perpetua cautividad. Alfonso dio el condado de Álava a Vela Jiménez (año 867).

Tales conmociones políticas acaecían en otro momento crítico para la región castellanoalavesa. Mohammed I conseguía en 866-867 lo que no le había sido dable lograr en campañas anteriores, y Álava y Castilla veía, impotente, pasar al enemigo hacia Vizcaya y el litoral con el normal rastro de saqueos y devastaciones.

En los años siguientes, varias circunstancias resguardaron a los territorios cristianos de correrías y agresiones. Las buenas relaciones de Alfonso III con los Beni Cassi, los Tochibíes de Daroca y Calatayud y Aben Meruan de Badajoz, y la guerra que los Beni Cassi sostuvieron con Mohammed; las discordias y rebeliones en la España árabe, todo ello permitió al ilustre rey historiador dar cierto impulso a la Reconquista. Importantes fueron sus campañas en Galicia y la Lusitania, a las que volveremos a aludir cuando tratemos de reino portugués.

Los aliados musulmanes de Alfonso derrotaron e hicieron prisionero en 857 a Haxim, otro hijo de Mohamed I, y testifica la ascendencia que en ese momento disfrutaba el rey de Oviedo el hecho insólito de que le entregaran a Haxim, por cuyo rescate cobró dos años después 100.000 sueldos de oro.

En 878, Alfonso obtuvo una victoria en Polbarania (próxima al río Orbigo, sobre un considerable ejército mahometano a las órdenes de Almondir, que tuvo que replegarse y pedir la paz.

El rey Magno se sentía ya lo bastante fuerte para desdeñar la alianza con Aben Meruan, y le hizo la guerra con éxito. También puso Alfonso término a la tregua que tenía convenida con el emir cordobés, realizando incursiones más allá del Tajo y el Guadiana.

Pero en Álava y Castilla —un poco descuidadas por el rey, más interesado en León y el Occidente— se repetían las terribles invasiones en 882 y 883. El haberse declarado contra el rey Alfonso y contra su propia familia Mohammed Ibn Lope, hijo de Lope Ibn Muza de Toledo y señor de Viguera -asunto antes mencionado- permitió a Almondhir atacar a castellanos y alaveses en 882.

El enemigo combatió vigorosamente el formidable castillo de Cellórigo, que defendió con más bravura todavía el conde de Álava Vela Jiménez. En Pancorbo se estrellaron los asaltantes contra la defensa ejemplar del conde de Castilla, Diego Rodríguez, que los derrotó en combates que duraron tres días.

Rechazado de Pancorbo el ejército musulmán atravesó la Bureba y las tierras de Burgos, degollando, de paso, a los monjes de San Pedro de Cardeña. Los cristianos, perdieron Castrojeriz, que abandonó su gobernador, Nuño Núñez, probablemente el abuelo de Fernán González. Los árabes llegaron a Tierra de Campos y León. Temiendo lo peor el rey Alfonso concentraba aquí un ejército cuando los sarracenos se replegaron por el Esla y se fueron a Toledo, sin más estruendo.

Al año siguiente, en 883, reiteraron los mahometanos la invasión de Álava y Castilla. Nuevamente los derrotó el conde don Diego en Pancorbo. Tomaron el camino de la vez anterior, mas sin pararse en Castrojeriz. Destruyeron a Cea y Coyanza, incendiaron el monasterio de Sahagún y llegaron a amenazar a León. Se retiraron a Toledo por Ávila.

Hacia estos años pobló Alfonso III a Simancas, Zamora, Dueñas, Toro y los Campos Góticos, recientemente reconquistados. En el bienio 882-884 repobló el conde de Castilla, don Diego, por orden del rey, a Burgos y Ubierna.

El reinado de Alfonso III el Magno fue notable por muchos conceptos. Como vimos antes, en sus días nació el reino navarro, se dilató mucho la repoblación cristiana por el Noroeste, con trascendencia que apreciaremos mejor al tratar de los orígenes de Portugal. La frontera cristiana avanzó definitivamente hasta el Duero y, en el extremo Occidente, hasta el Mondego. Fueron ahora comarcas, fortalezas y ciudades fronterizas Oporto, Lamego, Coimbra, Zamora, Toro, Simancas, Roa, Gormaz, Osma, Deza, Atienza, Belorado y Pancorbo.

Concluyó el siglo IX con la tierra de Burgos muy poblada, hecho, como el de la expansión cristiana hasta el Duero, facilitado por la concentración del interés militar árabe en el Ebro alto, en la zona de entrada a Castilla y Álava desde la Rioja por el valle de este río. Mucha debía de ser la importancia estratégica de esa tierra, para que el Islam descargara allí, con terrible monotonía, todas sus fuerzas.

Los musulmanes se soliar desangrar ante Pancorbo v Cellórigo, pero los cristianos tenían también enfrente otro muro que no podían rebasar. Cuando Ordoño I tomó a Albelda, la arrasó por peligrosa. Por aquí apenas dio un paso adelante la Reconquista en todo el siglo IX. La lucha se polarizó ante Valpuesta y la Rioja, creándose una frontera en el río Oja y las alturas que separan a Santo Domingo de la Calzada de la ciudad de Nájera.

Conforme insinuamos en el capítulo anterior, destronaron a Alfonso III su mujer y sus hijos, al cabo de dos años de luchas, que el sensible monarca suprimió abdicando en Boides el año 909. En el cronicón de Lucas de Tuy se presenta a doña Jimena como alma del complot que forzó al rey a dejar el cetro. Doña Jimena quería ver reinar a todos sus hijos, e incitó a sublevarse al primogénito, García, pero Alfonso lo prendió y lo puso en cadenas en el castillo de Ganzón.

¿Era solo doña Jimena quien quería ver hecho rey a García? Este infante estaba casado con Momadona, hija del conde castellano Nuño Fernández, hermano de quien sería pronto conde titular de Castilla, Gonzalo Fernández. Nuño Fernández acaudilló la rebelión que estalló al ser preso García, y se declaró independiente del rey de Oviedo.

Alfonso el Magno repartió entre sus hijos (o se lo repartieron ellos) el reino. El mayor, García, obtuvo la corona leonesa, Ordoño II recibió Galicia y Fruela pasó a regir Asturias. La unidad de la monarquía se rehizo pronto, sin embargo, al volver a coincidir los tres estados bajo la autoridad de Fruela II.

Los tres hijos de Alfonso pasaron sucesivamente por el trono de León pues Ordoño II (914-924) sucedió a García (909-914) y Fruela II (924-925) a Ordoño. Veamos rápidamente a cada uno de ellos en el trono leonés.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 343-346.