Alfonso X el Sabio

Biografía

Rey de Castilla 1252-1284. Alfonso emperador del Sacro Imperio. Se ha dicho que el espíritu del s. XIII ha creado cuatro cosas definitivas:

La arquitectura gótica, la Summa se Santo Tomás, la Divina Comedia de Dante y las Partidas de Alfonso X el Sabio.

Esta síntesis revela exactamente la importancia de la obra cultural del rey castellano, obra más de dirección que de realización, desde luego, pero con un cuño uniforme y general de inspiración alfonsina. Alfonso X el Sabio, en efecto, fue una encarnación singular de la Europa de su época.

Alfonso X en una miniatura medieval del Libro de los juegos.Alfonso X en una miniatura medieval del Libro de los juegos.

Su corte fue un magnífico ejemplo de sistematización de culturas, de tolerancia, de creación y de estudio. En ella se reunieron intelectuales de distinta nacionalidad y credo religioso: árabes como Rabiçag; judíos, como Jehuda de Cohén y Samuel el Leví: peninsulares como Guillén Arremón de Aspa, Gil de Tibaldos y Ferrando de Toledo; extranjeros como Juan de Mesina y Cremona.

Unos fueron traductores y comentaristas; otros jurisconsultos; aquéllos astrólogos,; estos alquimistas. Rodeado de sabios y maestros, de músicos y ministriles, de miniaturistas y poetas, vestido con paños de seda, recamados de oro y piedras preciosas, Alfonso se presentó con un aspecto muy distinto al de su padre, el glorioso conquistador de Córdoba, Murcia, Jaén y Sevilla. Si este fue el político sagaz y realista, aquel fue el intelectual incapaz de dirigir de modo acertado los intereses inmediatos de sus poderosos Estados.

En realidad, entre el Alfonso de las Partidas, del Libro del saber de Astronomía, del Lapidario, de la Grande e General Estoria, de la Primera Crónica General de España y de las Cantigas, erudito, elegante, sensible y cultivado, y el Alfonso X, rey de Castilla y León, que fue de desacierto en desacierto, hay un abismo que parece infranqueable. Se trata de un caso extraordinario de la inadaptación del intelectual a la vida activa.

Su concepción del mundo —evidentemente imperialista— se quiebra en la palestra de la acción. En el derecho, la historia y la sabiduría profana, Alfonso fue un verdadero emperador europeo de la cultura. Pero este supremo deseo de unidad cultural, que él quiso aplicar a su actuación política, no pudo realizarse debido a su inhabilidad y a su impericia. Su fracaso como monarca hace resaltar aún más la pureza de sus intenciones y la rica complejidad de su persona en el cuadro general de la cultura europea de la época.

Nació en Toledo el 23-XI-1221 del primer matrimonio Fernando III el Santo, con doña Beatriz de Suabia; cuidó su padre de que se le diese una esmerada educación, tanto científica como literaria y militar, su juventud la aplicó al estudio de las materias de formación general, o sean; gramática, lógica, retórica, aritmética, geometría, música y astronomía.

Pero, además, aprendió el árabe, se interesó por la literatura oriental y empezó a redactar algunas de sus obras más famosas, como el Lapidario. También tomó parte activa en determinados hechos de armas del reinado de su padre, como la conquista del reino de Murcia (1243-1244). Este hecho demuestra que desde su juventud Alfonso no se desinteresó de los asuntos políticos, sino que los sintió profundamente.

Casado en 1249 con doña Violante, hija de Jaime I de Aragón, sucedió a Fernando III en el gobierno de sus Estados el 30-V-1252, cuando aún no tenía treinta y un años. Las orientaciones políticas de Alfonso X fueron las siguientes: completar la obra de Reconquista de su padre; asegurar la hegemonía de Castilla sobre los restantes reinos peninsulares; ceñir la corona imperial de Alemania, y establecer en su reino la monarquía autoritaria al estilo bajo romano.

En todos estos aspectos fracasó, y la tenacidad en mantener paralelamente las cuatro normas esenciales de su acción convirtió el fracaso en catástrofe casi irremediable. Al principio de su reinado, empleó las fuerzas reunidas por Fernando III para pasar a África, en la reconquista de algunas ciudades andaluzas, como Jerez, Lebrija y Morón, donde se habían sublevado los moros (1253).

Al mismo tiempo combatió contra Alfonso III de Portugal y contra Teobaldo II de Navarra. El primero le disputaba la posesión del Algarve, que le había cedido Sancho Capelo, su hermano. Después de varias peripecias, se firmó una tregua favorable al castellano. Pero en 1263 Alfonso concedió el Algarve a Portugal en calidad de feudo y en 1267 le reconocía su completa posesión en plena soberanía.

Respecto a Navarra, Alfonso X quiso aprovechar la muerte de Teobaldo I para obtener el vasallaje del reino. Teobaldo II, auxiliado por Jaime I de Aragón, hizo frente a sus pretensiones, que se deshicieron como el humo (1254). De la misma manera, acabó, en la misma fecha, un intento de reivindicar para Castilla la posesión de la Guyena. Estos fracasos no desalentaron a Alfonso X para intentar una empresa de mucha mayor envergadura.

Alfonso emperador del Sacro Imperio

En 1256, los embajadores de la ciudad de Pisa le instaron a pretender la corona imperial, vacante desde la muerte del anticésar Guillermo de Holanda, a la que tenía derechos por parte de su madre Beatriz de Suabia. El Papado y las ciudades italianas maniobraban para hundir el poder de los Staufen en Alemania e Italia y evitar la elección de Conradino para la dignidad imperial.

Sin darse cuenta de la magnitud de los problemas que iba a plantear, Alfonso X aceptó la propuesta de Pisa y las instigaciones de Alejandro IV, y el (1-IV-1257), después de derrochar dinero a manos llenas, fue proclamado emperador por los electores reunidos en Fráncfort. Simultáneamente, Ricardo de Cornualles, su rival en el Reich, se coronaba en Aquisgran (17 de mayo).

Para reivindicar su autoridad habría sido preciso que Alfonso X pasara a Alemania. Pero le faltó decisión para convencer a la nobleza castellana. Poco a poco fue perdiendo la adhesión de varias ciudades alemanas, y el mismo papado se mostró hostil a sus pretensiones. Entonces Alfonso se libró una tan larga y costosa cuan inútil negociación diplomática. En 1259 pareció desinteresarse del problema y contentarse con el título de emperador de España.

Pero la muerte de Ricardo de Cornualles reavivó sus esperanzas. Entonces se aplicó a conseguir los recursos que le hacían falta para lograr por la fuerza el reconocimiento de su título. Las cortes castellanas le votaron donativos en 1273 y 1274; pero mientras tanto, los alemanes ponían fin al gran interregno eligiendo al rey Rodolfo de Habsburgo (1273).

Con una terquedad que parecía invencible, Alfonso X insistió en entrevistarse con el papa Gregorio X. A través del reino de Aragón, el rey de Castilla pasó a Provenza, donde en mayo de 1275 celebró varias reuniones con el pontífice. Resultado paradójico de las entrevistas de Beaucaire fue la renuncia total de las pretensiones de Alfonso X a sus pretensiones. Tal fue el fin del famoso fecho del Imperio y de la no menos célebre ida a Alemania, palabras que durante veinte años habían constituido la preocupación de los castellanos y de su monarca.

Alfonso y los infantes de la Cerda

Llevado por sus quiméricas ilusiones imperiales; Alfonso X había renunciado a sus premisas autoritarias en Castilla. Después de la toma de Niebla en 1262, de la reducción de un nuevo movimiento insurreccional en Andalucía (1264) y de la conquista de Cádiz (probablemente hacia 1265), la cesión del Algarve a Portugal y la política del rey en el asunto de Alemania, habían provocado un alzamiento de la nobleza castellana, acaudillada por el infante don Felipe y los Laras.

Los noble reunidos en Lerma, exigieron del rey un cambio completo de conducta (1269). Don Alfonso no supo imponer su autoridad, y los rebeldes, después de desconocerla y de entrar en alianza con los moros de Granada, se lanzaron al campo en 1272. El rey, preocupado de nuevo por la sucesión imperial, accedió a las pretensiones de los levantiscos, con lo que estableció un nefasto precedente (1273). La situación política del monarca se agravó al regresar de Beaucaire.

Durante el alejamiento de Alfonso X de la Península, los benimerines cruzaron el estrecho y se apoderaron de Tarifa y amenazaron Sevilla. Las huestes castellanas pudieron contener a duras penas a los invasores. En el transcurso de estas operaciones enfermó y murió el primogénito, don Fernando de la Cerda (nacido en 1256), siendo reemplazado en la regencia y la dirección del ejército por su hermano Sancho (julio de 1275).

Alfonso X, de nuevo en Castilla, reconoció, al parecer, la situación creada de hecho por el infante, en detrimento de los derechos reconocidos en las Partidas a favor de los hijos del heredero, los infantes de la Cerda. Este reconocimiento provocó la hostilidad de Francia y de Aragón, que intentaron aprovecharse de la falta de energía del rey de Castilla para obtener ventajas políticas substanciales.

Alfonso X, dominado por Sancho, se negó a todo arreglo. Pero, por último, apurado por la falta de recursos, descorazonado por el fracaso del sitio de Algeciras (1279) y quizá receloso de la rápida popularidad lograda por Sancho, desheredó a este y otorgó la sucesión de sus reinos a los infantes de la Cerda (1281). Este acto provocó la guerra civil entre padre e hijo (1282), en medio de cuyos horrores murió Alfonso X (Sevilla, 4-IV-1284), sin que pudiera añadir a su gloria intelectual la de un reinado expansivo, próspero y clarividente.

R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 133-134.