Enrique IV de Castilla

Biografía

Enrique IV de Castilla (miniatura de un manuscrito del viajero alemán Jörg von Ehingen, circa 1455)
Enrique IV de Castilla (miniatura de un manuscrito del viajero alemán Jörg von Ehingen, circa 1455)

Rey de Castilla, 1454-1474. La lucha entre la monarquía y la nobleza castellana parece resolverse a favor de esta última durante el reinado de Enrique IV el Impotente. Sin autoridad política ni ascendiente moral, sin voluntad para imponerse, a no ser por los medios más bajos, sin dignidad para ostentar la majestad del trono, Enrique IV preside la descomposición del reino, sujeto a los caprichos y a las ambiciones de los bandos y los partidos.

Su figura poco agraciada, revela los estigmas de la degeneración de una raza. Se le acusó de las más inmundas acciones en su vida íntima. Aunque en este aspecto quepa la exageración de sus adversarios, a la que dio alas su propia actitud pública, la consideración de los hechos de su biografía deja una desagradable sensación de malestar, pues apenas puede concebirse que un soberano acepte su vilipendio con el desenfado y la irresponsabilidad del amoral.

Hijo de Juan II y María de Aragón, el heredero de Castilla nació en Valladolid el 5 de enero de 1425. En su juventud se mezcló en las luchas políticas de la época del condestable don Álvaro, pero en calidad de esclavo de los caprichos de su favorito, el Marqués de Villena, y cambiando de campo y parcialidad sin el menor escrúpulo, ora al lado de su padre y del condestable, ora como jefe o al servicio del bando de los infantes de Aragón.

Su primera intervención remota a la edad de quince años, cuando aconsejado por su valido se puso en frente de su padre en la guerra civil de 1439 a 1441, contribuyendo al triunfo de los enemigos del condestable. En 1444 participó en la conjuración del obispo de Ávila, don Lope de Barrientos, contra el grupo de los infantes de Aragón, cuyo resultado final fue la victoria de la monarquía y don Álvaro en los campos de Batalla de Olmedo (1445).

Pero a poco de obtenido este éxito, de nuevo el príncipe de Asturias pasó a la oposición, fomentando intrigas contra el condestable y aliándose con el rey de Aragón contra su propio padre (1448 y 1449). En definitiva, la ejecución del condestable y la muerte de Juan II (1453 y 1454) le dieron el poder, que era lo único que apetecía; pero no para ejercerlo en beneficio de sus súbditos, sino por el placer de no hallar nadie que le fuera superior en Castilla.

Pero si el poder se hereda, también se pierde. Enrique IV había desatado vientos y recogió tempestades. Al ceñir la corona de sus mayores (21-VII-1454) pareció que iba a inaugurar una era de paz interior y de brillantes conquistas contra el reino de Granada. Pero la campaña granadina de 1455, aunque acabó con el pago de tributo por Aben Ismail, fue una grotesca parodia militar.

El monarca prefirió solazarse en una corte desenfadada y libertina, que muy a menudo tuvo su lugar de residencia en Madrid. Esta corte era centro de activas intrigas, que se anudaban en torno a la reina Juana de Portugal, segunda esposa Enrique IV, y de las favoritas del monarca. El objeto de estas conspiraciones era desbancar del poder a la nobleza de segunda categoría, patrocinada por el monarca, e imponer un candidato a la herencia del reino, pues se daba por descontada la esterilidad de Enrique IV.

En 1460 los nobles se reunieron en Tudela con el nuevo rey de Aragón, Juan II, y exigieron el reconocimiento del príncipe Alfonso, hermanastro del monarca castellano, como heredero de Castilla mientras este no tuviera sucesión.

Este primer síntoma de malestar hubiera podido ser reducido si Enrique IV hubiera empleado las energías de la nobleza de Castilla en las empresas exteriores que se le acababan de presentar: una de ellas, la renuncia a su favor del trono de Navarra, hecha por su primera esposa doña Blanca en 1461 ; y otra, la oferta del condado de Barcelona, efectuada por los rebeldes catalanes en 1462. Pero Enrique IV no quiso enfrentarse con don Juan II de Aragón y aceptó el laudo arbitral pronunciado por Luis XI de Francia en las entrevistas del Bidasoa (mayo de 1463).

Este fracaso exterior vino acompañado de dos hechos que hundieron a Castilla en la guerra civil: de un lado, el nacimiento, acaecido en marzo de 1462, de una infanta, Juana; de otro, el desplazamiento de la influencia del marqués de Villena por don Beltrán de la Cueva, nuevo privado del monarca. Don Juan Pacheco, quien quería hundir a todo trance a su rival, fue el alma de una vasta liga de nobleza (1464).

Después de fracasar por dos veces en su intento de apoderarse de la persona del monarca y de asesinar a Beltrán de la Cueva, los nobles arrancaron de Enrique IV una real cédula por la que se reconocía como heredero de Castilla al príncipe Alfonso, en detrimento de los derechos de la princesa Juana y en vergonzoso reconocimiento de las hablillas que circulaban sobre su legitimidad. Por un pacto posterior entre el rey y el marqués de Villena (25-X-1464), aquél entregó a los nobles la persona del príncipe Alfonso y les aseguró el destierro de Bertrán de la Cueva y su renuncia al maestrazgo de Santiago.

Ya en el camino de la rebeldía, que facilitó la incalificable debilidad del monarca, los nobles le depusieron en efigie en Ávila, el 5-VI-1465, y proclamaron rey en su lugar al infante don Alfonso. Este acto fue el primer paso de una lucha general, que sumió al país en una anarquía espantosa. El verdadero dueño de la situación era el pérfido marqués de Villena, quien se servía del infante don Alfonso para obtener grandes concesiones de Enrique IV.

La victoria obtenida por este con don Beltrán de la Cueva en Olmedo (20-VIII-1467) no fue debidamente aprovechada. Por fortuna para Enrique, el Papado se puso a su lado. Excomulgados los rebeldes, muerto don Alfonso (5-VII-1468) y no queriendo doña Isabel, su hermana, levantarse en armas contra el monarca, se llegó a un acuerdo de pacificación en Toros de Guisando (19 de septiembre), cuyo resultado fue la ratificación de la deshonra de Enrique IV al reconocer como heredera a la princesa Isabel.

La pacificación de Castilla fue muy pasajera. Enrique IV quiso imponer a su hermanastra, de conformidad con el tratado de Toros de Guisando, un esposo a su gusto. Pero las inclinaciones de Isabel se dirigían al príncipe de Aragón, don Fernando. Celebrada esta boda el 19-IX-1469, a espaldas del monarca, este inició activas gestiones para casar a su hija doña Juana.

En julio de 1470 la declaró hija legítima, y en octubre la proclamó heredera de Castilla. Sin embargo, pese a esta duplicidad de derechos, no estalló la lucha entre los hermanos, los cuales se reconciliaron, por lo menos en apariencia, en Segovia (1473). Poco después, el 11-XII-1474, Enrique IV expiraba en Madrid, sin que su muerte, fuera sentida por su pueblo, al que había sumido en la anarquía y el desgobierno.

R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 200-201.