Fernando III el Santo

Biografía

Fernando III el Santo
El rey Fernando III de Castilla, representado en el Tumbo A o Índice de los Privilegios reales de Santiago de Compostela.

Rey de Castilla 1217-1252. Los frutos de la batalla de las Navas de Tolosa los recogió el nieto de Alfonso VIII de Castilla, el infante de León, don Fernando, quien con sin igual acierto llevó las armas de la Cristiandad a cubrirse de gloria en las tierras de Andalucía y Murcia.

Don Fernando no fue solo un esforzado paladín, que luchó sin tregua ni descanso contra el Islam, sino también un excelente administrador de sus Estados y un gobernante prudente, benigno y magnánimo, cualidades que no excluyeron nunca ni la firmeza ni la energía. Dotado de un profundo celo religioso, favoreció las instituciones eclesiásticas, protegió los monasterios y las iglesias y construyó catedrales.

El mismo no desdeño en ningún momento la práctica de virtudes cristianas: fue caritativo con los pobres, moderado en todos los placeres, casto y virtuoso. Tanta fue su fama en España y fuera de España, que la Iglesia lo elevó a los altares, y en todas partes fue considerado como prototipo del rey cristiano, como un San Esteban de Hungría o un San Luis de Francia.

Fernando nació cerca del monasterio llamado entonces de Belfonte y hoy de Valparaíso, entre Zamora y Salamanca, en 1199, en 1197 habían contraído matrimonio sus padres Alfonso IX de León y doña Berenguela, hija de Alfonso VIII de Castilla, primos hermanos, pues ambos eran nietos de Alfonso VII.

Esta boda, impuesta por las circunstancias políticas, desagradó a los papas por la proximidad de parentesco de los cónyuges. En 1204 Inocencio III anuló el matrimonio.

Doña Berenguela regresó a Castilla; su hijo fue reconocido heredero de León por la paz de Cebreros de 1206 y ella fue dotada por Alfonso IX en 1207. Mientras el infante don Fernando crecía en vigor y en virtudes en la corte leonesa, su madre intervenía en los asuntos políticos de Castilla.

A la muerte de Alfonso VIII en 1214 le fue confiada la tutela de Enrique I, su hermanastro, pero tuvo que resignarla ante la oposición de los Laras. La prematura muerte del rey niño, Enrique I, acaecida el 6-VI-1217, hizo recaer en Berenguela los derechos sucesorios y fue motivo para instaurar a su hijo en el trono castellano, pese a la oposición de Alfonso IX.

Don Fernando fue proclamado rey de Castilla en Valladolid (31 de agosto), logrando afirmar su situación política por su victoria sobre los Laras, instrumentos de su padre, el rey leonés, quien quería evitar a toda costa su coronación, y por su casamiento con Beatriz de Suabia, hija del príncipe alemán Felipe de Suabia (1219). La actividad combativa del nuevo monarca se puso de relieve desde la iniciación de su reinado.

En 1224 conquistaba Quesada y otros castillos, y llegaba con sus armas hasta la vega granadina; también intervenía en las cuestiones dinásticas de Marruercos, poniendo un ejército al servicio del califa almohade al Mamun. En 1230 se hallaba sitiando la plaza de Jaén cuando tuvo conocimiento de la muerte de su padre, ocurrida en Villanueva de Sarriá (24-IX).

Supo también que Alfonso IX había dejado el trono leonés a sus dos hermanastras, Sancha y Dulce. No queriendo renunciar a sus derechos al trono de León, Fernando penetró en este territorio para sostenerlo por las armas, si fuera necesario.

El alto clero se hallaba a su favor, pero no toda la nobleza, que estaba dividida. Afortunadamente, doña Berenguela y doña Teresa de Portugal, madre de las infantas leonesas, llegaron a un acuerdo en Valencia de San Juan, que fue firmado en Benavente el 11-XII-1230, según cuyos términos Sancha y Dulce renunciaban a la corona de León en favor de su hermano a cambio de una espléndida dote. Por este acto se consumó la unión definitiva de las coronas de León y Castilla, hecho de gran trascendencia con que se inicia una nueva época en la Historia de España.

Desde 1230 a 1252 la espada de Fernando III no descansó ni un momento. Cada año el estandarte real de Castilla ondeaba en la cima de una nueva fortaleza, lugar, villa o ciudad andaluza. Cuando él no podía dirigir personalmente sus tropas, sus adalides daban buena cuenta de las huestes del Islam. Al cabo de seis años, después de las sucesivas conquista de Trujillo (1232), Montiel y Úbeda (1233), y de varias afortunadas campañas, se rendía a su persona la antigua sede califal del Islam en la Península.

La caída de Córdoba (29-VI-1236) produjo como consecuencia natural la toma de numerosas ciudades andaluzas y extremeñas, entre las cuales Zafra, Aguilar, Cabra, Osuna, Marchena y Cazalla.

Al mismo tiempo, decidió el rey moro de Murcia, Muhammad b. Ali, a buscar protección en el monarca castellano frente a las amenazas de los granadinos y aragoneses. Firmadas en 1241, en Alcaraz, las capitulaciones oportunas, las tropas castellanas, al mando del primogénito Alfonso, se apoderaron de Murcia en 1243 y de Mula y Lorca en 1244 por el tratado de Almizra.

Se estrechaba el dogal que prendía a los musulmanes. Restablecido de la dolencia que le había impedido dirigir la empresa de Murcia, Fernando el Santo, el infatigable, se lanzó de nuevo contra Andalucía con ímpetus redoblados. En 1245 cayeron varias plazas en su poder y en 1246 sucumbió Jaén, después de porfiado asedio, iniciado en diciembre del año anterior.

Ahora sus miras se dirigieron a la ciudad de Sevilla, la más pujante de Andalucía. Después de algunas algaras de preparación, reunió un poderoso ejército y una no menos nutrida flota y puso sitio a Sevilla en junio de 1247. Los sevillanos resistieron tenazmente, pero no era menor la firmeza de los propósitos del rey santo. El 23-XII-1248 sus tropas entraban triunfales en la ciudad. Del caído árbol del Islam hispano Fernando III arrancó nuevas ramas: Jerez, Medina Sidonia, Arcos, Rota, Lebrija, Sanlúcar siguieron a Sevilla.

Ante el monarca alboreaban los sueños más ambiciosos: la destrucción del reino granadino y la cruzada en el N. de África. Mientras se hallaba preparando esta gran empresa, le sorprendió la muerte en Sevilla el 30-V-1252.

R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 131-132.