Alfonso VII el Emperador

Biografía

Alfonso VII el EmperadorAlfonso VII según una miniatura del Tumbo A de la Catedral de Santiago de Compostela.

Rey de Castilla 1126-1157. La tradición histórica leonesa, superviviente de la visigoda, culmina en el reinado de Alfonso VII de Castilla con la proclamación imperial de 1135. Por este acto no solo se reafirmó el título que venían usando los reyes de León, sino que, además, se le dio su pleno valor en tanto que expresión de la hegemonía castellano-leonesa en España y de la diferenciación político nacional respecto a las tendencias ecuménicas del Imperio alemán.

En consecuencia, el Imperio medieval español se encarna y se afirma en la persona de este soberano, cuya actuación bélica y política respondió en todo momento a la teoría general que derivaba de este título. Los primeros años en la vida de Alfonso VII, hijo de Raimundo de Borgoña y de Urraca, heredera de Alfonso VI, transcurrieron en el agitadísimo ambiente de las rivalidades de su madre con su padrastro, Alfonso I el Batallador, y de las tendencias disgregadoras de Galicia frente a León y Castilla.

Alfonso Raimúndez todavía niño, pues había nacido en 1104, se criaba en Galicia, confiado a los cuidados del conde de la Traba, Pedro Froilaz, y de su esposa, Mayor Guntioda Rodríguez. Entonces fue utilizado como instrumento de los Froilaz, partidarios de un movimiento de rebeldía contra Alfonso I el Batallador de Aragón, segundo esposo de doña Urraca. En 1109, a la muerte del conquistador de Toledo, parece ser que el niño fue proclamado monarca.

A la liga alfonsina se unió Diego Gelmírez, obispo de Santiago de Compostela, aunque no sin ciertas vacilaciones. Alfonso I el Batallador invadió Galicia y devastó los estados del conde de Traba, pero no pudo apoderarse de la persona de su hijastro (1110). Muy poco después los nobles de la hermandad contraria a la de los Froilaz arrebataron al infante de la custodia de este, después de un breve asedio al castillo de Miño, donde se hallaba refugiado.

Sin embargo, no conservaron durante mucho tiempo esta real presa en su poder. Gracias a la intervención de Diego Gelmírez, los nobles gallegos se reconciliaron con doña Urraca, pero a base de la coronación de su hijo. Esta ceremonia tuvo efecto en Santiago de Compostela el 17-IX-1111. Durante más de catorce años Alfonso fue la prenda del obispo de Santiago y de los nobles gallegos en su lucha contra la hegemonía castellana.

Porque una vez que Alfonso I hubo renunciado a sus pretensiones sobre Castilla y León (1113), continuó la lucha civil entre los partidarios y los adversarios de doña Urraca. Esta pretendió atraerse a Diego Gelmírez, pero sin lograrlo. Después de un periodo de continuas escaramuzas, el compromiso de Tambre, en mayo de 1117, garantizó el reconocimiento de la soberanía de madre e hijo en dos distintas partes del territorio castellano-leones.

En virtud de dicho acuerdo, en noviembre de 1118 Alfonso entraba en Toledo, la arrebataba del vasallaje aragonés y se hacía coronar rey de la ciudad. Tenía entonces catorce años, y continuaba realizando los designios de sus partidarios, en particular los del obispo de Santiago, los cuales eran forzosamente localistas.

Así se explica que Alfonso VII ora se aliara con su madre para combatir a su tía, doña Teresa de Portugal, ora luchara con Diego Gelmírez contra doña Urraca (1121-1123).

Parece ser que desde 1122 se tituló rey de León, Castilla y Toledo. En todo caso, desde sus veinticinco años empezó a obrar por cuenta propia. Muerta su madre el 8-III-1126, Alfonso VII se coronó solemnemente en León dos días después.

El monarca puso de relieve muy pronto sus grandes cualidades, pues su situación política no era muy favorable. En el interior de su reino predominaba el espíritu levantisco de la nobleza; en el exterior le amenazaban Portugal, Navarra y Aragón.

Con constancia, decisión, prudencia o firmeza, según pedían los acontecimientos, Alfonso logró alterarla por completo en diez años, y en beneficio propio. Apenas ceñida la corona, impuso su autoridad a los grandes de Castilla y León. Aunque en el transcurso de sus primeros años de gobierno las actitudes de rebeldía fueron frecuentes, como las de Pedro Lara, Pedro Díaz y Gonzalo Peláez, el rey las supo dominar, mostrándose enérgico en la represión y magnánimo en el castigo.

Respecto al problema aragonés, que abordó desde el primer momento, el compromiso de Támara (1127) le aseguró la devolución de las plazas y castillos que aún poseía Alfonso I en Castilla.

Sin embargo, este monarca le atacó de nuevo en 1129 (conquista de Almazán), siendo esta la última invasión que hizo en la frontera castellana. Cinco años más tarde, a la muerte de su padrastro, Alfonso VII aprovechó la confusa situación producida por el testamento del Batallador para intervenir con decisión en los asuntos de los Estados pirenaicos. En 1134 recobró Nájera, aceptó el vasallaje del nuevo rey de Navarra, García Ramírez, y se apoderó de Tarazona, Calatayud, Daroca y Zaragoza.

Muchos nobles del Mediodía francés le prestaron homenaje. Sus éxitos no fueron mayores a causa de la resistencia de la nobleza de Aragón, estimulada por Ramón Berenguer IV de Barcelona. Pero incluso este le consideró como su señor feudal por la posesión de las plazas aragonesas que Alfonso VII consideraba suyas.

En el colmo de su poder, el monarca castellano-leonés fue proclamado y coronado emperador de España en Santa María de León el 2-VI-1135, con toda pompa, pues a la ceremonia asistieron muchos príncipes extranjeros, como el rey de Navarra y los condes de Barcelona y Tolosa.

La efectividad de este título era realmente precaria; pero Alfonso VII la impuso, aunque con ciertas claudicaciones. En 1137 su reino fue atacado por las tropas portuguesas y navarras; Alfonso firmó paces con aquellas y obligó a García Ramírez de Navarra a reconocer de nuevo su soberanía feudal.

Este éxito lo aprovechó para concentrar sus fuerzas en la lucha contra los musulmanes. Iniciadas sus expediciones antes de 1135, cobraron gran interés a partir de 1137. En 1139 el emperador llegó a orillas del Guadalquivir, atacando Oreja, que cayó en su poder en el mismo año.

En 1142 los cristianos se adueñaron de Coria, y al año siguiente derrotaron a los mejores adalides almorávides. En 1144 Alfonso llevó nuevamente sus huestes hasta el corazón de Andalucía, campando por sus anchas por aquella región. Córdoba fue ocupada por el emperador en 1145 y por segunda vez en 1146.

En enero de 1147 caía Calatrava y en octubre del mismo año era tomada al asalto la plaza de Almería, en cuya empresa, realmente imperial, cooperaron los aragoneses, los catalanes y algunos languedocianos. Alfonso VII se había convertido en el terror de los moros peninsulares, quienes llamaron en su auxilio a los almohades.

Los diez últimos años de reinado del emperador fueron de constante pelear. En 1149 caía Uclés; al año siguiente asestaba un nuevo golpe contra Córdoba, ciudad que no pudo ahora conquistar. No cesando su actividad, sitió Jaén en 1151, a Guadix en 1152 y a Andújar en 1154.

En 1155 se apoderaba de esta plaza, y, además, de Pedroche y Santa Eufemia. Pero no pudo mantener Almería, su máxima conquista, que cayó en manos de los almohades en 1157. Tras sí dejaba una actuación brillantísima, muy difícil de reemplazar en la historia de aquellos tiempos.

R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 120-121.

Sancho III el Deseado

Biografía

Sancho III el DeseadoSancho III en una miniatura del Compendio de crónicas de reyes de la Biblioteca Nacional de España.

Sancho III (¿? h. 1133 Toledo, 31-VIII-1158). Rey de Castilla (1157-1158). El Deseado. Hijo primogénito de Alfonso VII el Emperador de Castilla y León (1126-1157) y de Berenguela, hija del conde de Barcelona Ramón Berenguer III el Grande (1096-1031), y hermano de Fernando II de León (1157-1188).

En 1136, su padre había negociado con Ramiro II de Aragón (1134-1137) los futuros esponsales de Sancho con la hija de aquél, Petronila, nacida dos meses antes (29-VII), aunque el acuerdo no fructificó, y la futura reina de Aragón fue entregada en matrimonio por poderes (Barbastro, 1137) al conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV (1131-1162).

Casó en 1151 con la infanta Blanca de Navarra, hija de García V Ramírez el Restaurador de Navarra (1134-1150). Asociados ambos hermanos al trono en vida de su padre, quien un año antes de morir renovó solemnemente las disposiciones hereditarias, al producirse el óbito (23-VIII-1157), Sancho, el primogénito, accedió a la Corona de Castilla —lo que demuestra la preponderancia castellana respecto al reino de León—, y recibió la tierras del reino de Toledo, mientras que su hermano Fernando II recibía el reino de León y Galicia.

Poco tiempo después de acceder al trono, Sancho III se entrevistó en Najima, cerca de Osma (Burgos), con Ramón Berenguer IV, reunión que confirmó las cláusulas acordadas entre este y Alfonso VII en Tudillén, adonde Sancho ya había acudido junto a su padre (1151).

De este modo, el conde de Barcelona y príncipe aragonés confirmaba su vasallaje con respecto a Castilla, a cambio de que Sancho devolviera el Regnum Caesaraugustanum que su padre había ocupado en vida; así mismo, acordaron su colaboración mutua en el futuro frente a las aspiraciones expansionistas del reino de Navarra.

En efecto, poco después, Sancho VI de Navarra (1150-1194), a pesar de que había prestado homenaje al nuevo monarca castellano en Soria (noviembre de 1157), como su padre García V Ramírez hiciera con Alfonso VII, invadió las tierras riojanas para reintegrarlas a su reino; Sancho III, finalmente, pudo frenar sus aspiraciones en Valpiedra, cerca de Bañares (La Rioja).

Por el S. de sus dominios, la fortaleza manchega de Calatrava (Ciudad Real, en poder cristiano desde 1147 y defendida por la Orden del Temple, peligraba por el acoso almohade, por lo que sus tenentes la reintegraron a la Corona. Sancho III encomendó entonces su defensa (I-1158) al abad del monasterio de Fitero (Navarra), Raimundo, y al monje Diego Velazquez, quienes lograron mantenerla bajo poder cristiano; a raíz de ello, el rey instituyó, mediante privilegio real, la Orden de Calatrava, la primera de las órdenes de caballería plenamente hispanas.

Con respecto a su hermano el rey leonés, las reclamaciones fronterizas de las tierras entre el Cea y el Pisuerga —los condados de Saldaña, Monzón y Cea y el infantado de Medina de Rioseco, erigido por Alfonso VII para su hermana, la infanta Sancha—, que habían quedado del lado castellano, se solucionaron en Sahagún (León), escenario de la firma del acuerdo (23-V-1158) entre ambos monarcas, por el que acordaban mantener el mutuo respeto, la futura repartición del reino de Portugal y de las tierras reconquistadas a los árabes, la cuestión sucesoria de ambos reinos si cualquiera de ellos moría sin sucesión directa, así como la tenencia de las regiones fronterizas, que debían ser para los nobles leoneses procastellanos (Ponce de Cabrera y Osorio Martínez).

Falleció poco después, dejando como sucesor a un bebe de apenas dos años de edad, Alfonso VIIIel Noble (1158-1214), habido de su matrimonio con Blanca, que había muerto durante el parto. La minoría de edad del nuevo rey, abrió un periodo de inestabilidad interna del reino, debido a la enconada pugna entre los dos linajes castellanos más poderosos, los Castro y los Lara, por la regencia del reino, conflicto que se agravó con la posterior intervención de Fernando II de León.

R.B.: VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XIX, págs. 9460-9461.

Enrique I

Biografía

Enrique I de CastillaEnrique I de Castilla en una miniatura del Compendio de crónicas de reyes de la Biblioteca Nacional de España.

Rey de Castilla 1214-1217. Hijo de Alfonso VIII de Castilla el Noble y de Leonor Plantagenet (hija de Enrique II de Inglaterra), y hermano de Berenguela de Castilla. Coronado rey siendo menor de edad, al morir su padre (6-X-1214). En el testamento de Alfonso VIII se especificaba la regencia de Leonor, pero la muerte de esta un mes después del fallecimiento de su marido obligó a buscar otras soluciones.

La tutela de Enrique I fue asignada, de acuerdo con la voluntad de Alfonso VIII, a su hermana mayor, Berenguela, esposa de Alfonso IX de León, quien se vio obligada a cederla al conde Álvaro Núñez de Lara como consecuencia de las presiones de la nobleza castellana.

En el juramento efectuado por Álvaro Núñez se establecía que este no adoptaría decisión de importancia sin consentimiento de la reina. Esta se reservaba el derecho a declarar la guerra, a otorgar o retirar cargos y a declarar nuevos tributos. Sin embargo, el incumplimiento de las condiciones pactadas por Álvaro Núñez derivó en el enfrentamiento entre ambos gobernantes.

Berenguela abandonó la corte y se refugió en el castillo de Autillo de Campos (Palencia), donde permaneció bajo la protección de Gonzalo Ruiz Girón. Entre tanto, Álvaro Núñez buscó el apoyo de la corona portuguesa mediante la propuesta de matrimonio de Enrique I con la infanta Mafalda de Portugal. Aunque la boda llegó a celebrarse (29-VIII-1215), no tuvo validez ya que el papa Inocencio IIIse negó a otorgar la dispensa matrimonial.

El conde de Lara intentó un nuevo enlace del monarca de Castilla, esta vez con Sancha, hija de Alfonso IX de León. El matrimonio, que hubiera supuesto la unión de los reinos de Castilla y de León, no se celebró a causa de la muerte accidental de Enrique I, ocurrida en el palacio Episcopal de Palencia.

Esta circunstancia alteró totalmente los acontecimientos, puesto que los derechos de la Corona pasaron a Berenguela, quien los transmitió a su hijo Fernando (futuro Fernando III el Santo, artífice de la unión castellano-leonesa.

R.B.: VARIOS AUTORES. Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo VIII, págs. 3568-3569.

Enrique III el Doliente

Biografía

Enrique III el DolienteRetrato imaginario del rey Enrique III de Castilla (1379-1406), hijo y succesor del rey Juan I de Castilla.

Rey de Castilla 1390-1406. Enrique III nació en Burgos (4-X-1379) y murió en Toledo (25-XII-1406), hijo de Juan I de Castilla y de Leonor de Aragón. Nieto del famoso don Enrique el Bastardo, había subido al trono, vacante por la desastrosa muerte de su padre don Juan I y de Leonor de Aragón, hermano del futuro Fernando I de Aragón (1412-1416) y padre de Juan II de Castilla (1406-1454) y de María de Castilla, esposa de Alfonso V el Magnánimo de Aragón (1416-1458).

Contrajo matrimonio (1388) con Catalina de Lancaster, nieta de Pedro I el Cruel de Castilla (1350-1369). Estuvo afectado desde la niñez por diversas enfermedades que dieron lugar al sobrenombre de El Doliente.

Sin embargo, esta circunstancia, no fue obstáculo para que demostrase una gran dedicación a las actividades de gobierno, en las que desplegó una energía muy notable, cuya consecuencia fue la mayor consolidación del régimen monárquico Trastámara, asegurando la expansión de la autoridad regia y tomando una gran diversidad de iniciativas por parte de la realeza castellana en orden a asegurar la consecución de este objetivo.

No es casualidad que durante este reinado comience a hacerse un uso más frecuente en la documentación procedente de la Cancillería Real de fórmulas alusivas a las más amplias pretensiones de autoritarismo regio, pudiéndose encontrar ya alguna alusión a un primitivo concepto de soberanía con pleno sentido político.

También es acorde con esta situación el mayor relieve y la mayor frecuencia de ceremonias políticas protagonizadas por la realeza, con las que se favorecía una cierta imagen propagandística y legitimadora de esta, del mismo modo que se tomarán algunas iniciativas de carácter artístico que contribuirán también a prestigiar a la Corona, siendo buen ejemplo los reyes Nuevos de Toledo.

Pero, probablemente, la consecuencia política más significativa de este reinado sea la que Emilio Mitre ha enunciado como la reestructuración nobiliaria, que dio lugar a la definitiva configuración de la denominada nobleza nueva nacida con la dinastía Trastámara.

Sin embargo, la muerte de su predecesor, Jual I, dejará al reino castellano en una situación muy delicada, como consecuencia de que Enrique III tan solo contaba por entonces con once años, lo que daba paso a una etapa de minoría de edad verdaderamente inquietante por la diversidad de intereses contrapuestos entre las facciones políticas con mayor poder e influencia.

A principios de 1391 se reunieron las Cortes en Madrid con el fin prioritario de establecer un consejo de regencia que asegurara la gobernabilidad del reino.

Ya desde el mismo momento de la muerte de Jual I, en octubre, se habían ido formando en el seno de la Corte diversas alianzas políticas que pretendían opciones distintas para el periodo de minoría, siendo los dos personajes más significativos el arzobispo de Toledo Pedro Tenorio, partidario de una máxima limitación en el número del miembros del Consejo, que facilitase la consolidación del autoritarismo regio, frente a una fórmula de Consejo amplio, que diese cabida a los intereses de las principales familias nobiliarias que inevitablemente tendrían que producir el debilitamiento de la preeminencia real.

Se impondría esta segunda fórmula, quedando constituido el Consejo de Regencia por catorce procuradores, ocho nobles, dos prelados y el resto, representantes de las ciudades. Esta solución sería rechazada por Pedro Tenorio que trabajaría para reducir la credibilidad de los consejeros.

Mientras, las Cortes, desempeñarían un importante papel de arbitraje, alcanzando probablemente ahora el mayor peso político de toda su trayectoria medieval, para entrar inmediatamente en decadencia, apenas se haga cargo de la Corona el monarca ya de forma efectiva.

Matanzas de judíos

En 1391 se produjeron los asaltos de juderías y las matanzas de hebreos en el contexto de una fuerte enfervorización antisemita que la falta de una autoridad regia sólida permitió controlar. Las primeras manifestaciones en Castilla tendrían lugar en Sevilla, a raíz de las predicaciones del arcediano Ferrán Martínez. Consecuencia de estos hechos serán las conversiones por temor a los actos violentos que darán origen a lo que se conoce como el problema converso, de tanto peso en la evolución histórica castellana del s. XV.

Las fuertes disensiones entre los distintos miembros del Consejo, así como las intrigas de Pedro Tenorio, forzarán el prematuro reconocimiento de la mayoría de edad del monarca, que tendrá lugar en las Huelgas (Burgos), el 2-VIII-1393, contando solo catorce años.

Objetivo principal de Enrique III tras la toma del gobierno efectivo, será asegurarse su preeminencia sobre los sectores que más amenazaban su autoridad tras la minoría: la alta nobleza y las ciudades. En su consecución tendría un gran protagonismo el ya citado arzobispo de Toledo, como decidido partidario del personalismo regio.

El sometimiento de la alta nobleza llevará al monarca a enfrentarse con los denominados epígonos Trastámara, es decir los representantes de los linajes emparentados con la propia realeza Trastámara y que habían engrandecido de forma extraordinaria su patrimonio y su fuerza política tras el acceso de la nueva dinastía al trono.

Episodios básicos de esta política de sometimiento fueron la confiscación de las tierras del duque de Benavente y de Leonor de Navarra, quien habría de abandonar el reino de Castilla para volver con su marido; la derrota del conde Noreña en Gijón, la recuperación por el rey de los señoríos de Villena y el sometimiento a su autoridad del conde de Trastámara.

Sin embargo, este conjunto de victorias que suponían la definitiva desaparición de la esfera nobiliaria de personajes poco afectos a los intereses del poder regio, solo pudo conseguirse con la colaboración, que exigiría de recompensas, de otros nobles, en especial, de una nobleza de servicio de segundo orden, cuyos linajes pasarán a protagonizar buena parte de la vida política del s. XV, y del infante Fernando, que habrá de ser conocido como Fernando I de Antequera, quien se asegurará un lugar político de primer orden como regente de Castilla tras la muerte prematura del propio Enrique III.

Política exterior

La política exterior de Enrique III continuó en sus líneas generales la que ya había quedado establecida al término del reinado de su padre, por la que se había tratado de reducir los focos de tensión a dos frentes: Portugal y Granada, tratándose, en cambio, de estrechar lazos con Aragón, Navarra y Francia y evitándose los conflictos con Inglaterra.

No obstante, este planteamiento pasaría por momentos difíciles, sobre todo en lo referente a las relaciones con Francia y Aragón, tras la elección de Benedicto XIII, en 1394, como papa de Aviñón, en el contexto del Cisma de Occidente, lo que haría oscilar a Castilla entre la postura francesa y aragonesa.

Con Portugal acabarían rompiéndose las hostilidades en 1397, hasta que dos años más tarde se consiguieran una treguas. Las relaciones con Granada se limitaron a escaramuzas fronterizas, hasta que, una vez concluida la paz con Portugal, Enrique III se planteó la preparación de campañas ambiciosas sobre el reino de Granada, en las que venía pensando desde hace tiempo.

Una vez conseguidos los medios materiales para ello, tras la votación de los correspondientes servicios en Cortes, la muerte prematura impediría al monarca ver los resultados de su iniciativa, materializada por el infante Fernando. Algunas de las iniciativas de política exterior de Enrique III excedieron con mucho a lo que había sido hasta entonces había sido el marco habitual de intervención de los monarcas castellanos, dando indicios de objetivos más ambiciosos.

Así, en 1400, los castellanos asaltan Tetuán, con el fin de acabar con las acciones de la piratería, contra las que se realizarían otras expediciones por el Mediterráneo. Es en este reinado cuando las Islas Canarias son incorporadas (1402) a la Corona de Castilla, comenzándose también entonces, con el apoyo regio, una intensa actividad misionera en estas islas.

Finalmente, se llevarían a cabo dos embajadas dirigidas a Tamerlán, como cabeza visible del extraordinario imperio mongol, en plena expansión por entonces; siendo sobre todo conocida la segunda, encabezada por Ruy González de Clavijo.

Tras la muerte, a los 27 años (1406), de Enrique III, dio comienzo una nueva minoría, de la que serían tutores el infante Fernando, futuro Fernando I de Antequera, y la esposa del monarca fallecido, la reina Catalina de Lancaster.

R.B.: NIETO SORIA, José Manuel. Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo VIII, págs. 3569-3570.