Urraca I de Castilla

Biografía

Urraca I de León
Miniatura medieval que representa a la reina Urraca I de León.

Nació en 1080/1081 y m. 1126; reinó entre 1109-1126. (Saldaña). La muerte de Alfonso VI, siguiendo a poca distancia la de su hijo único varón, el infante Sancho muerto en el desastre de Uclés, planteó un grave problema sucesorio al venir a recaer la corona en Urraca, hija de Alfonso y de la francesa Constanza. Esta, cuando no tenía más allá de diez u once años, había contraído matrimonio con Raimundo Borgoña.

Compartieron ambos el gobierno de Galicia, y parece que Raimundo contó un momento con la promesa de su suegro de que sería su sucesor. Más tarde debió volver sobre este acuerdo, si es que alguna vez lo tuvo decidido, pues no parece que Raimundo haya gozado mucho tiempo de su favor. Incluso se llegó a atribuir a la antipatía que Alfonso sentía por su yerno la indiferencia con que el viejo monarca parece haber mirado a su nieto, el futuro Alfonso VII, educado en su infancia en Galicia, lejos de la corte de su abuelo.

La muerte de Raimundo, al finalizar el año 1107, parece que no alteró el estatuto observado en el gobierno de Galicia, que siguió ejerciendo su viuda, asociada ahora a su hijo Alfonso Raimúndez, el cual contaba entonces poco más de dos años.

Parece que en una curia, o concilio, reunido en León en 1107, estipuló el rey que, si su hija contraía nuevas nupcias, su nieto Alfonso sería el único señor de Galicia; pero todos estos sucesos y estipulaciones se nos presentan muy confusos, por embrollo intencionado de las fuentes contemporáneas, que reflejan una fuerte pasión partidista.

Por ello, no es fácil determinar si el matrimonio de Urraca con el rey de Aragón Alfonso I fue consecuencia de una decisión del rey en el final de sus días, al verse privado de heredero directo varón, o si se concertó por consejo de los nobles del reino.

En uno u otro caso, el peligro almorávide, que cada vez se acusaba más vigorosamente, era justificación sobrada para buscar una alianza que las diferencias temperamentales de los cónyuges convirtió en semillero de discordias y males, abriendo un lamentable periodo de guerra civil.

Por si fuera poco, vino a unirse la oposición de las jerarquías eclesiásticas, que no podían considerar válido un matrimonio en que los contrayentes eran parientes en grado prohibido, como biznietos que eran ambos del monarca navarro Sancho III el Mayor.

Conflicto con Alfonso I de Aragón

Mientras que los burgueses de los concejos y de las nuevas poblaciones veían con simpatía al aragonés y abrazaban con decisión su partido, los nobles se agrupaban, en general, en torno a Urraca y a su hijo Alfonso, aunque el viejo ayo de la reina, Pedro Ansúrez, parece haber apoyado al Batallador.

Un documento extendido en diciembre de 1109 especificaba los respectivos derechos de ambos esposos en sus reinos respectivos, estipulando, que en caso de fallecimiento de Urraca, le sucedería en León y Castilla su viudo, aunque sin poder transmitir su herencia a otro que no fuera Alfonso Raimúndez.

Entre tanto, el ayo de este, el noble gallego Pedro, conde de Traba, proclamó rey al niño a Alfonso, basándose en una interpretación arbitraria de los dispuesto en león en 1107; pero su decisión encontró desde el primer momento la resistencia de un numeroso grupo de nobles gallegos, los que se unieron en hermandad, en la que participó alguna ciudad, como Lugo, y a la que hubo de adherirse, al fin, el propio obispo de Compostela Diego Gelmírez, aunque se inclinaba cada vez más hacia el partido del rey niño, el cual contaba con un valedor eficaz en la persona de su tío carnal, el arzobispo de Vienne, Guido, que fue más tarde papa con el nombre de Calixto II.

A principios de 1110, entraron el Batallador y Urraca en Galicia, en son de guerra, encontrando allí el apoyo de Lugo, hostil al conde de Traba y a Gelmírez En la campaña fue arrasado el castillo de Monterroso y saqueados los dominios de Pedro Froilaz. El matrimonio aragonés provocó una fuerte oposición eclesiástica estimulada por el papa Pascual II.

En Sahagún se pronuncia sentencia de excomunión contra los reyes, que habría de mantenerse hasta que se hubiesen separado. Un momento Urraca accede a la separación y a que su hijo sea coronado como rey de Galicia; pero pronto vuelve sobre su acuerdo y se reconcilia con su marido.

Este, sin duda temiendo nuevas veleidades, la envía a la plaza fuerte de El Castellar, cerca del Ebro, y pone guarniciones aragonesas en las fortalezas de Castilla y León. En Galicia seguía dueño de la situación el conde de Traba; pero desconfiando de sus enemigos, envía a su regio pupilo a un castillo del Miño, acompañado por su propia esposa y algunos nobles, tratando así de asegurarlo contra cualquier golpe de mano de la hermandad formada contra él. Esta, por su parte desconfiaba de Gelmírez, quien acaba de reconciliarse con Pedro Froilaz, mientras que la hermandad consigue apoderarse del príncipe.

En el entretanto, la reina es rescatada y consigue huir de El Castellar y encuentra en Castilla el apoyo de algunos señores, entre los que se distinguen Gómez González y Pedro, conde de Lara.

El primero muere en la batalla de Camdespina (12-IV-1111), y el segundo se refugia en Burgos con la reina, que consigue entonces el apoyo de Enrique de Borgoña, y unida a las fuerzas portuguesas, poner sitio al Alfonso I Batallador , en Peñafiel. Allí, la mala inteligencia de las dos hermanas, Teresa y Urraca, lleva a una ruptura de la alianza y a una nueva reconciliación de la segunda con su marido.

Los dos se ven sitiados en Carrión por Enrique de Borgoña, que al fin tiene que levantar el sitio. Nuevamente enemistada con su marido, Urraca se acerca otra vez a Gelmírez y a los gallegos.

El domingo, 17 de septiembre, es coronado Alfonso como rey de Galicia, en la catedral de Santiago, y cuando, después de haber dominado el foco rebelde de Lugo, marchaba camino de León, donde se trataba de revalidar la coronación, la pequeña escolta que daba guarda al rey niño se encontró en Viadangos con fuerzas aragonesas muy superiores en número, siendo derrotada por ellas y cayendo prisionero Pedro Froilaz, mientras que Gelmírez con Alfonso pueden huir entregando al niño a su madre en Orcillón.

Aunque Urraca había visto con malos ojos la coronación de su hijo, la necesidad en que se veía de sumar fuerzas para luchar contra los aragoneses le obligaba a buscar la alianza con los partidarios de este. Junto con ellos combate a Arias Pérez, representante en Galicia de los intereses del Batallador. El tesoro de la Iglesia de Compostela es puesto a contribución para sostener la guerra, y un ejército gallego, unido a otras fuerzas leonesas y castellanas, permite a Urraca sitiar a su marido en Carrión.

Una intervención de los burgueses de varias ciudades consiguió una nueva reconciliación de los reyes, y hacia finales del año 1112, Urraca marchó a Aragón, mientras Alfonso, que había quedado en el reino castellano, quebrantando lo estipulado entre ellos, puso guarniciones aragonesas en los principales castillos.

Roto de esta manera el acuerdo, Urraca puede regresar de Aragón y recibe los castillos que lo garantizaban. Alfonso hubo de retirarse la Tierra de Campos, no sin haberla antes desolado espantosamente. Urraca requiere de nuevo la ayuda de los nobles gallegos y del obispo compostelano, que después de haberse reunido con ella en Carrión, marchan juntos a poner sitio a la guarnición aragonesa del castillo de Burgos (VI-1113).

El ejército del Batallador, que había llegado hasta Villafranca de Montes de Oca para prestar ayuda a la guarnición sitiada, se retira al saber la presencia de fuerzas, sin duda superiores, en Atapuerca.

Sin embargo, pese a las censuras canónicas había un fuerte partido que deseaba la reconciliación y acuerdo de los reyes, como medio único de asegurar la paz y terminar con el estado de espantosa confusión a que se había llegado como consecuencia de este desacuerdo.

Sus gestiones dieron resultado y hubo un nuevo intento de reconciliación, cuya consecuencia fue la aproximación de Gelmírez y Pedro Froilaz, que toman abiertamente partido contra Urraca. Pero la reconciliación fue breve.

Se dijo que Teresa, viuda de Enrique de Borgoña, siempre mal dispuesta hacia su hermana, pudo convencer sin esfuerzo al rey aragonés de que su esposa trataba de envenenarle. La separación fue ya esta vez definitiva, aunque Alfonso no renunció a usar el título de rey de Castilla, ni a mantener sus guarniciones en varios castillos.

Urraca buscó de nuevo apoyo en Galicia y, aunque necesitaba el apoyo de Gelmírez y no dudó en ir a buscarlo a la misma Compostela (V-1116), la situación siguió siendo inestable, viniendo a complicarse con los sucesos de la revolución comunal de Compostela, con ocasión de los cuales, la propia reina se vio gravemente ultrajada de obra y a punto de perecer.

Dominada la revolución, se reconciliaron Urraca, su hijo y el obispo, estableciéndose entre los dos primeros un pacto o stau quo Pacto del Tambre, que había de durar tres años, al cabo de los cuales la reina quiso reivindicar sus derechos sobre Galicia, lo que provocó la resistencia abierta de algunos nobles gallegos, contra los cuales supo ganar Urraca, utilizando los buenos oficios del abad de Saint-Jean-d´Angely y del camerario de Cluny, Esteban, la ayuda de Gelmírez, halagado por el nombramiento que le hizo de gobernador de Galicia, con lo que consiguió enfrentarle con el conde de Traba y su partido, aunque su devoción al papa Calixto asegurase su fidelidad para con el niño Alfonso.

Una intervención en la frontera portuguesa, provocada por Teresa, que había invadido el territorio detrás del Miño, apoderándose de Tuy, dio ocasión a una actuación conjunta de Urraca, su hijo y Gelmírez, cuyos ejércitos penetraron en tierra portuguesa hasta el Duero y sitiaron a Teresa en Lanhoso.

Pero durante la común campaña crecieron nuevos recelos y suspicacias, y, al regreso, Urraca hizo prisionero al obispo manteniéndolo en prisión durante ocho días y apoderándose de los castillos más importantes de la tierra de Santiago.

Solucionado este conflicto y devueltos los castillos, en 1123 vuelve a aparecer Urraca en Galicia acompañada de su amante o marido, el conde Pedro González de Lara, y emprende una guerra abierta contra Pedro Froilaz y su partido en el que milita ahora también, Arias Pérez, que había casado con una de sus hijas, y se hace fuerte en su castillo de Lobeira, donde Urraca, que entre tanto ha firmado un nuevo pacto de amistad con Gelmírez (27-III), le pone sitio.

Durante este, el obispo la libró de ser víctima de un atentado. Tres años más tarde moría Urraca en Saldaña, terminando así un infausto periodo, el 8-III-1126.

R.B.: VÁZQUEZ DE PARGA, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo N-Z, págs. 852-854.