Alfonso I Henríquez

Biografía

Miniatura del siglo XVI que representa al rey Alfonso I de Portugal.

Miniatura del siglo XVI que representa al rey Alfonso I de Portugal.

Rey de Portugal, 1139-1185. Dinastía Borgoña. Llamado Alfonso Henríquez el Conquistador. Fue el fundador de la monarquía portuguesa. Era hijo de Enrique de Borgoña, conde de Portugal, y de doña Teresa, hija de Alfonso VI de León. N. en Guimaraes en 1109 y m. en Coimbra en 1185. Siendo aún muy niño sucedió a su padre en el condado bajo la tutela de su madre doña Teresa.

Toda la minoridad del nuevo conde estuvo llena de zozobras con los ataques de los musulmanes, las amenazas de Castilla y los escándalos que la regente daba con sus amoríos con el conde de Trava. Pero en la lucha con los moros se aguerría el ánimo de los portugueses, en los riesgos de absorción se fortificaba el espíritu independiente de la nobleza y el pueblo.

Así es que cuando los devaneos de la condesa se hicieron intolerables fue fácil al hijo, aunque solo contaba diez y ocho años de edad, contar con el apoyo incondicional de los nobles y del pueblo, destituir a la regente y asumir por entero el gobierno de sus Estados.

Buscó doña Teresa apoyo en su primo el rey de Castilla, Alfonso VII. Siguen varios años de luchas, logrando el rey castellano asegurarse el vasallaje del conde portugués, del cual se constituyó en garantía Egas Móniz, preceptor que fue de Alfonso Enríquez.

Poco después, en 1139, el soberano portugués obtiene contra cinco reyes moros la gran victoria de Ourique, suceso capital en la historia lusitana. La tradición y la leyenda han magnificado el suceso elevando a cifras fantásticas el número de combatientes. Es positivo, no obstante, que este triunfo valió la corona al afortunado conde.

Para regularizar su proclamación se apresuró a convocar una Asamblea de obispos y después Cortes en Lamego. Niegan la celebración de estas Cortes algunos historiadores, las aseguran otros y aun añaden que se celebraron en la iglesia de Santa María.

Don Alfonso se presentó sin los atributos de la realeza, ostentado solo la espada que ciñó en Ourique. Preguntado el concurso si confirmaba la proclamación del ejército respondió unánime y afirmativamente. El arzobispo de Braga puso entonces sobre la frente del vencedor una corona de oro que, según tradición, habían donado los reyes visigodos al monasterio de Lorvao. A las mismas Cortes se atribuye la constitución del nuevo reino.

Por este tiempo (1142) se formalizó en Zamora la paz de Valdévez, pero preocupados ambos monarcas por el peligro mahometano, ni el de Castilla ni el de Portugal pusieron gran empeño en respetar las cláusulas y el condado quedó convertido en reino independiente, no sin que Alfonso Enríquez rindiera homenaje a la Santa Sede, de la cual se declaró vasallo.

Alfonso I de Portugal se consagró resueltamente al ensanche de las fronteras. Sucesivamente ganó a los moros las plazas de Santarem, Cintra y Lisboa que, perdidas y recobradas en tiempos anteriores diversas veces, quedan ahora definitivamente por el cristiano (1147). En Cintra estaba el bello palacio de los Walis moros, la Alhambra portuguesa, hoy convertida en el famoso pazo de Cintra, una de las más hermosas residencias reales y de los más pintorescos sitios del país.

Lisboa quedó por Alfonso I gracias al inesperado auxilio de una flota de cruzados que, al mando del flamenco Aerschot, se dirigía a Jerusalén por vía marítima. Muchos de estos caballeros quedaron en la corte portuguesa y poblaron con sus gentes tierras que el rey les confió. El monarca dedió conmemorar estas victorias con la fundación del monasterio de Alcobaça, cuya primera piedra se puso el 2-II-1148.

Parece ser que el rey, al salir a campaña, formuló el voto de donar a la orden del Cister las tierras que abarcabas sus miradas por el lado del mar; y así cumplió su voto de creyente cuando vio coronado por la victoria su esfuerzo de guerrero.

La conquista de Evora por Giraldo Giraldez que permitió la ocupación de Palmella, D´Almada, de Zecimbre y de otras plazas, así como la heroica expedición a Ceuta capitaneada por Fuas Rouphino que, no obstante su resultado adverso, permitió a los portugueses castigar al musulmán en sus propias guaridas africanas, cubren de gloria y de esperanzas los comienzos de la nueva monarquía.

Tuvo por entonces (1171) lugar la invasión de los almohades, y se suscitaron también (1178) las disensiones entre el rey portugués y el rey Fernando II por cuestiones fronterizas en Galicia y Extremadura. La invasión retardó la conquista del Algarve, y las querellas con León se desenlazaron en una guerra donde el portugués pudo perder la vida y buena parte del reino.

Benignamente se limitó el rey leonés a asegurar los territorios objeto de litigio. Con mejor suerte volvió Alfonso I sus armas contra los almohades, consiguió que levantaran el sitio de Santarem, defendida por el infante don Sancho y muy estrechada por el moro.

Murió al año siguiente (1185), siendo inhumado en el monasterio de Santa Cruz con muestras de sincera veneración pública.

En su época se fundaron las Órdenes religiosas de San Miguel, para perpetuar la toma de Santarem, orden que se extinguió pronto, y la de Avís, que llegó hasta nuestros días y que tuvo por primer gran maestre a don Pedro, hermano del rey.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 pág. 702.

Sancho I

Biografía

Rey de Portugal, 1185-1211. Dinastía Borgoña. A Alfonso I le sucedió su hijo Sancho I, el defensor de Santarem, príncipe de grandes alientos guerreros y de apreciables talentos políticos. Con el auxilio de otra expedición de cruzados frisones y dinamarqueses, que aportó a Lisboa, hizo una audaz correría por el Algarve (voz árabe equivalente a País del Oeste).

Por algún tiempo pudo creerse que bajo su cetro se terminaba la reconquista. Pero Ben Yusuf recobró pronto los territorios invadidos, y don Sancho comprendió que sin afianzar la organización de sus Estados eran vanos los intentos de expansión territorial. Atajó los privilegios del clero, fomentó extraordinariamente la agricultura, fundó ciudades y burgos, y en esta labor reconquistadora le sorprendió la muerte (1211). La posterioridad le conoce con el sobrenombre de O Povoador.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 pág. 702.

Alfonso II

Biografía

Rey de Portugal, 1211-1223. Dinastía Borgoña. El rey Sancho I, sensible a los efectos paternales, e imitando ejemplos recientes de reyes castellanos, hizo en su testamento importantes concesiones territoriales a sus hijos, pero su primogénito y sucesor, Alfonso II, cuidadoso de la integridad de la monarquía, logró, en contra del apoyo que a las infantas prestaron Alfonso IX de León y la Curia romana, mantener bajo su cetro la totalidad de los dominio.

Convocó en seguida Cortes, donde con el apoyo del tercer estado legisló contra los privilegios de los nobles y del clero, sentando el principio de que las concesiones regias no obligan a los sucesores sino, cuando revisadas, estos las aceptan.

El arzobispo de Braga, la más alta dignidad del reino, resistió y hasta excomulgó al rey por estas mermas de las exenciones tradicionales. El monarca se mantuvo inflexible, aunque desde entonces desplegó gran ardor belicoso contra los musulmanes, a quienes tomó Alcacer do Sal.

Además contribuyó lúcidamente al triunfo de las Navas de Tolosa. No por estas campañas en pro de la fe desarmó las iras de Roma. Murió en 1223 incurso en la excomunión contra él fulminada y amargado por las disensiones que en el país produjo el suceso.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 pág. 703.

Sancho II

Biografía

Rey de Portugal, 1223-1248. Dinastía Borgoña. A Alfonso II le sucedió en minoridad su hijo Sancho II Capello, sobrenombre que le granjeó su afán por aplacar el enojo del poder eclesiástico. Se consagró a dirimir las discordias antiguas con el clero y con las hermanas del rey difunto.

Sosegado momentáneamente el país, se volvió con bravura a los sarracenos, a quienes redujo a los últimos límites del Algarve. De esta empresa le apartaron nuevos disturbios de la nobleza ensoberbecida, la cual, atropellando prerrogativas regias, exenciones municipales y fueros eclesiásticos, produjo un hondo trastorno social.

Acreció la anarquía la conducta de la reina doña Mencía López de Haro, que dejaba en manos de favoritos indignos la confianza ilimitada con que la honraba el rey su esposo.

Una conspiración de nobles y prelados, a la que se unió el pueblo de Coimbra, arrojó a la reina de Palacio, exoneró al rey por mano del papa Inocencio IV y colocó en el trono a su hermano Alfonso III (1248). Solos dos caballeros portugueses se mantuvieron leales al rey proscrito: Martín de Feritas, alcaide de la ciudadela de Coimbra, y Fernando Pacheco, que regía algunos territorios de Beira.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 pág. 703.

Alfonso III

Biografía

Rey de Portugal, 1248-1279. Dinastía Borgoña. Alfonso III vivía en Francia cuando fue llamado al trono; allí había casado con la condesa Matilde de Bolonha; tenía cultura y experiencia; probó después energía y valor. Aunque subió al trono ayudado por el clero y la nobleza , procuró cercenar los privilegios de ambos con el auxilio del estado llano.

Para ello dio entrada de nuevo en las Cortes a los representantes de los municipios. Después prosiguió (1249) la conquista del Algarve, que consumó con ayuda de una flota que cortaba a los moros todo socorro por mar.

No contento con esto, dirigió sus armas contra la Andalucía musulmana, pero el régulo de Niebla pidió el auxilio del rey de Castilla, Alfonso X, que se lo prestó gustoso, alarmado con las iniciativas del portugués. Este detuvo sus conquistas, evacuó Ayamonte, abandonó la mitad del Algarve y hasta se comprometió a suministrar al rey de Castilla 50 lanzas.

Este signo de vasallaje duró hasta que don Alfonso, después de repudiar a la condesa doña Matilde, casó con doña Beatriz de Guzmán, hija natural del rey castellano.

La lucha contra los abusos del clero tornó a exacerbarse al finalizar el reinado, y el monarca para conservar la paz del reino y evitar otra excomunión, devolvió a la Iglesia los territorios que la ocupó al comenzar su reinado. Murió en 1279.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 pág. 703.

Dionisio I (Dionís)

Biografía

Rey de Portugal, 1279-1325. Dinastía Borgoña. A Alfonso III le sucedió su hijo don Dionís (Dionisio), de diez y siete años de edad, príncipe de las más altas prendas y con instrucción muy superior a la que era habitual en las personas de su jerarquía. Su nacimiento había precedido poco a la legitimación oficial del segundo matrimonio de Alfonso III, y su hermano don Alfonso aprovechó esta circunstancia para reclamar la corona, apoyado por la misma doña Beatriz y también por el rey de Castilla.

Don Dionís, apoyado en la expresa designación que para sucederle hizo su padre, y sobre todo en la confianza que sus dotes inspiraban al pueblo, desbarató fácilmente todas las maquinaciones. El infante rebelde se vio obligado a pedir gracia y doña Beatriz fue desterrada a Castilla, donde sucumbió poco después. Durante este periodo concertó su matrimonio con la infanta Isabel, hija del rey de Aragón Pedro III (1282). La angelical virtud de la nueva reina contribuyó no poco a reducir las disensiones familiares de que hemos hablado.

Cuando estuvo en disposición de ocuparse de los asuntos del reino completó la conquista del Algarve con el territorio de Riba de Coa y tomó grandes iniciativas para poner en producción los recursos naturales del país.

Dictó disposiciones en favor de los siervos que se distinguían por su habilidad; pobló de pinares las riberas del mar con intención de defender el territorio costero y de disponer de elementos para la flota que pensaba crear; estableció la desamortización de muchos bienes eclesiásticos; comenzó la explotación minera y fomentó la agricultura hasta merecer el dictado de rey labrador. Hizo venir de Génova marinos experimentados, entre ellos micer Manuel Pesagno, que fue nombrado almirante de la flota portuguesa.

Personalmente cultivó las bellas letras, dejando en los Cancioneros de su tiempo muestras de su inspiración y maestría. En 1290 fundó la Universidad de Lisboa, que en 1307 trasladó a Coimbra y que fue una de las más célebres de la Edad Media.

Cuando en 1311 el papa Clemente V abolió la orden de los Templarios, dueña de grandes territorios en Portugal, el rey juzgó benignamente a los acusados, y en vez de incorporar estos dominios a la Corona, o de entregarlos a la Santa Sede, como se pretendía, creó en 1319 la orden del Cristo, cuyos caballeros, vestidos de blanco como los templarios, se consagraron a la guerra santa y dispusieron de la mayoría de aquellos bienes.

Rey tan insigne, amado de su pueblo y ensalzado fuera de él por todos, sufrió la amargura de ver conspirar contra él a su hijo Alfonso, celoso de la preferencia que suponía en su padre por el bastardo Alfonso Sánchez.

La vejez del rey dio bastantes partidarios al rebelde, La intervención de la santa reina, primero, y la noble conducta del bastardo, después, desterrándose voluntariamente a Castilla para no ser motivo de discordia entre el padre y el hijo, atenuaron mucho los estragos de esta rebeldía.

Por tres veces, sin embargo, hubo de empuñar el rey las armas para imponerse a las pretensiones del hijo rebelde. Estos pesares le acortaron la vida y falleció en 1325, entre las lágrimas de su pueblo. Doña Isabel falleció diez años después, venerada ya como santa. Roma la canonizó en 1625.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 págs. 703-704.

Alfonso IV el Bravo

Biografía

Rey de Portugal, 1325-1357. Dinastía Borgoña. A Dionisio I le sucedió su impaciente hijo con el título de Alfonso IV. Contaba treinta y cuatro años de edad, era de carácter áspero y retraído, con aficiones de cazador que se sobreponían a sus cuidados de gobernante. En los bosques inmediatos a Cintra pasaba largos días fatigando a sus consejeros con los relatos de sus proezas cinegéticas.

Estos tuvieron entereza bastante para anunciar que si no variaba de conducta buscarían otro rey. Reflexionó Alfonso IV y supo dominar el despecho que le produjo la admonición, variando de tal modo que emuló pronto la gestión de su ilustre padre en lo que se refiere a la administración del reino.

Continuó la política amistosa con Castilla que iniciara don Dionís y en 1327 casó a su hija doña María con Alfonso XI de Castilla, matrimonio infeliz por los escándalos que el monarca español dio enamorando públicamente a doña Leonor de Guzmán. Para que entrase en razón su yerno, el rey portugués invadió por Extremadura la monarquía vecina, con escasa fortuna militar.

Entonces medió Santa Isabel que abandonó su convento de Coimbra para interponerse, en Estremoz, entre los dos ejércitos. El rey castellano prometió enmendar su conducta dando a doña María trato digno de esposa y de reina (1336).

Cuatro años más tarde, ante el ruego de su hija, concurrió Alfonso IV, con lo mejor de la caballería portuguesa, a la Cruzada que Aragón y Castilla organizaron contra el sultán benimerín Abul-HassanBatalla del Salado—. Allí conquistó este monarca el sobrenombre de el Bravo. El rey de Castilla le ofreció, en reconocimiento de sus servicios, los más ricos despojos de los vencidos; pero es fama que el monarca portugués se contentó con llevar a su país, como trofeos de la victoria, algunas armas y el estandarte personal de Abul-Hassan.

Manchan la gestión de este monarca su odio constante contra su hermano bastardo Alfonso Sánchez, que produjo entre ellos algunas sangrientas luchas, y el asesinato de doña Inés de Castro, de nobilísima familia gallega, dama de la esposa del infante don Pedro, por la cual este concibió exaltadísima y constante pasión amorosa.

Reunía doña Inés belleza y dulzura. Muerta doña Constanza en 1345, el infante casó secretamente con doña Inés, resuelto a publicar el matrimonio cuando llegase al trono. Pero la nobleza y el pueblo veían con poca simpatía a doña Inés, la una por bastarda, el otro por extranjera, y ambos por el ascendiente notorio que tenía sobre el príncipe heredero.

Alfonso IV tuvo la debilidad de consentir en el asesinato, ejecutado casi a presencia del monarca, por tres nobles portugueses llamados Pacheco, Gonsalves y Coello, en ocasión que doña Inés, con sus tres hijos, estaba recluida en el convento de Santa Clara, cerca de Coimbra.
La desesperación del infante correspondió al amor que profesaba a la muerta y a la cólera que la brutalidad del crimen produjo en su alma vehemente. Celebró pomposos funerales por doña Inés, y al terminarlos, montó a caballo e invadió las tierras de los asesinos para hacerles pagar con sus personas el crimen.
El arzobispo de Braga consiguió hacer entrar en razón al príncipe, que se reconcilió con su padre a condición de que fueran amnistiados cuantos le habían acompañado en sus venganzas.

En 1356 murió el rey no sin aconsejar, conocedor del carácter de su hijo, a los asesinos de doña Inés, que buscaran asilo lejos de Portugal.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 pág. 704.

Pedro I

Biografía

Rey de Portugal, 1357-1367. Dinastía Borgoña. Apenas posesionado del trono, Pedro I reemprendió sus venganzas. Logró del rey de Castilla la extradición de dos de los fugitivos, a quienes hizo morir supliciados en Santarem. Exhumó el cadáver de doña Inés para coronarla y que recibiera así el homenaje de la corte; la hizo construir una tumba suntuosa en el monasterio de Alcobaça, entre los príncipes de la real familia. Camoens cantó estos amores y venganzas y es ya difícil discernir donde la leyenda acaba y donde comienza la historia.

La tradición le presenta como poseído de una locura de justicia. Recorría el reino con el látigo en el cinto; no se desdeñaba de aplicar por su propia mano la flagelación a los criminales: hizo responsables a jueces y abogados de la lentitud de los procesos, reprimió los excesos del clero y de la nobleza; instituyó el placet regio para los rescritos pontificios.

Contemporáneo de Pedro I el Cruel de Castilla, tan semejante en el carácter de su homónimo de Portugal, supo mantener alejado el reino de las querellas que perturbaron a España en este periodo. Tuvo algunas aficiones literarias y musicales. Fue singularmente dado a la danza. En Coimbra y en Lisboa mismo, de noche y aun de día, no se recató en bailar en medio de la plebe, al son de grandes trompetas, instrumento por el cual mostraba predilección, propia de su extraño carácter.

Murió en 1367 dejando dispuesto que se le enterrase al lado de su amada Inés.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 pág. 704.

Fernando I

Biografía

Rey de Portugal, 1367-1383. Dinastía Borgoña. Con Fernando I se abre una época poco afortunada para Portugal. Príncipe tan ambicioso como débil, vivo de inteligencia, pero remiso de energía, quiso hacer valer sus derechos a la corona de Castilla a la muerte de don Pedro el Cruel.

Se lanzó, pues, a una guerra desastrosa con Enrique de Trastámara, en que, durante años, despilfarró sin tino los recursos de la corona. Hecha la paz y concertado el casamiento de Fernando I con una hija del rey castellano, faltó al solemne compromiso para unirse con doña Leonor Téllez, mujer de Lorenzo Acunha, hidalgo portugués, del cual se divorció la Téllez.

Este matrimonio se celebró entre la hostilidad del pueblo, que incluso por la fuerza, procuró evitarlo. También los nobles lo desaprobaron. Castilla, por su parte, renovó la guerra con Portugal para vengar la afrenta recibida. Las tropas de don Enrique devastaron el territorio lusitano y llegaron a sitiar Lisboa. Se logró la paz en 1371, mediante gestiones del Papa, quedando concertado el matrimonio de doña Beatriz, hija de Fernando I, con el infante de Castilla.

Aun se rompieron las hostilidades entre Portugal y Castilla en 1371 con el pretexto de sostener las pretensiones del duque de Lancaster. Los 6.000 soldados que envió Ricardo II a Portugal lejos de asegurar las pretensiones del monarca portugués, solo sirvieron para vejar el país y acrecer la impopularidad de los reyes. Hubo que reembarcarlos después de haberles castigado duramente. Por fin, en 1383, se hizo la paz con Castilla y Juan I casó con doña Beatriz, hija única de don Fernando. Poco después murió este a los treinta y cuatro años de edad.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 pág. 704.

Casa Aviz, 1385-1580

Introducción

A la muerte de Fernando I quedó como regente doña Leonor, que ya en vida del marido había mancillado su dignidad de esposa y de reina con el descarado valimiento que concedió al hidalgo gallego Juan Fernández Andeiro. Doña Leonor quiso proclamar reina a la infanta doña Beatriz, reina de Castilla —por matrimonio con Juan I— , designada sucesora por su padre; pero a ello se oponía el derecho vigente y el sentir de la nación entera.

Los candidatos nacionales, por decirlo así, eran don Juan de Castro, hijo mayor de la desventurada doña Inés, y don Juan, hijo bastardo de Pedro el Justiciero, que gozaba desde la edad de siete años del gran maestrazgo de la orden de Aviz.

Pronto se simplificó el problema sucesorio, pues el rey de Castilla, para allanar las aspiraciones de su esposa, hizo prender a Juan de Castro, expatriado de Portugal, por haber asesinado inicuamente a su esposa doña María Téllez, hermana de la regente, movido por celos infundados.

Esta eliminación de un candidato concentró la aspiración común de los portugueses en Juan de Aviz, cuya juventud (contaba veinticuatro años), intrepidez y talento hacían olvidar la ilegitimidad de su nacimiento a la puntillosa nobleza lusitana.

Colocada entre las aspiraciones nacionales y su deseo de ver en el trono a su hija, doña Leonor procuró disimular sus inteligencias con Castilla, halagando al de Aviz y encomendándole, ante los avances de las tropas de España, la guarda y defensa de las fronteras. Fingió también disimulo el de Aviz, que aparentó marchar al Alentejo para cumplir sus deberes militares. Mas a las pocas horas se personó en Lisboa, sorprendiendo desprevenida a la reina, en íntimo coloquio con el conde de Andeiro.

Al terminar una breve y fría entrevista con doña Leonor, invitó al de Andeiro a seguirle, y en la misma antecámara le dio una puñalada; un caballero del séquito remató al valido. Su muerte fue la señal de un levantamiento unánime que motivó la expulsión de la reina, tan odiada, que hasta sus propios hermanos sostuvieron las aspiraciones del maestre de Aviz. Este procedió con prudencia, no tomando al principio más que el título de gobernador.

Las circunstancias eran para poner a prueba la energía y talentos del maestre. El ejército castellano avanzaba sobre Lisboa, la escuadra de la propia nación bloqueaba la desembocadura del Tajo, y doña Leonor intrigaba promulgando Ordenanzas a nombre de Juan I y haciendo batir moneda con la efigie del castellano.

A todo hizo frente con fortuna completa el nuevo representante de la independencia portuguesa. Desde luego obtuvo éxitos parciales que acrecieron su popularidad. Los castellanos, en quienes el hambre y la peste se cebaron, iniciaron su retirada y aflojaron el bloqueo. Las Cortes se reunieron entre tanto y comenzó a discutirse el derecho de los distintos aspirantes; pero el noble Álvarez Pereira, conocido más tarde por el Escipión portugués, y por el Santo Condestable, y ya entonces caballero de excepcionales prestigios, cortó la discusión, saliendo de la Asamblea y preguntando directamente al pueblo su sentir sobre el caso.

La multitud aclamó al rey Juan I, y las Cortes, de buen o mal grado, suscribieron la proclamación. Sin embargo, el nuevo soberano no se hacía grandes ilusiones, pues conocía la fidelidad que plazas importantes mantenían hacia doña Beatriz. Quiso, pues, confirmar con proezas militares las esperanzas en él depositadas.

Su buena estrella le deparó pronto la victoria de Atoleiros y en seguida el espléndido triunfo de Aljubarrota (1385), donde, si bien estuvo a punto de perecer a manos del caballero castellano González de Sandoval, desbarató por completo al ejército enemigo, y aunque la guerra se prolongó algo más, aseguró entonces definitivamente la independencia de la nación portuguesa.

Si para los portugueses fue gloriosa, para los intereses de la península en general fue fatalísima, pues cambió para siempre el curso de la unidad peninsular y frustró la grandeza común de ambos pueblos. El hermosísimo monasterio D´Batalha, emplazado no lejos del teatro de la victoria, perpetúa el magno acontecimiento.

Aquí termina la segunda época de la historia portuguesa, para dar comienzo a los tiempos áureos de esta gran pueblo.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 págs. 704-705.

Juan I

Biografía

Rey de Portugal, 1385-1433. Dinastía Aviz. El primer cuidado de Juan I fue asegurar el porvenir de su dinastía, para lo cual solicitó y obtuvo del Papa la revocación de sus votos como maestre de la orden de Aviz. Inmediatamente casó con doña Felipa, segunda hija del duque de Lancaster, dama de las más altas prendas, que hizo de palacio escuela de toda virtud, y que atendió principalmente a la educación de sus hijos, formando en ellos los grandes caracteres que les impulsan a las proezas que consumaron.

Simultáneamente se previno Juan I contra las amenazas de Castilla, excitando al duque de Lancaster a reclamar esta corona, obteniendo así el apoyo de Inglaterra. Las peripecias de la campaña más afectan a los españoles que a los portugueses. Surgieron disentimientos graves entre el duque y Juan I, y los ingleses no se cuidaron más que de obtener el mejor partido posible de las circunstancias.

Catalina de Lancaster casó con el príncipe Enrique de Castilla, y quedaron identificados con este enlace los intereses de las dos ramas. Aun medió el duque de Lancaster para establecer una tregua entre Castilla y Portugal, basada en devolver aquélla las villas adictas a doña Beatriz y este las que había ocupado en Galicia.

En 1389 se llegó a la paz definitiva, bien que quedando entre ambos pueblos deplorable semilla de preocupaciones, de antipatías y aun de odios.

Cuando tuvo libertad para ocuparse en los asuntos interiores normalizó la vida jurídica unificando las costumbres y leyes vigentes, e introdujo el Derecho romano como subsidiario de la legislación nacional en todo lo que fuera conforme a la buena razón. También en 1422 decretó la adopción del calendario gregoriano.

Entre tanto el rey había tenido cinco hijos: Eduardo, Pedro, Enrique, Juan y Fernando, y una hija llamada Isabel, que casó después con Felipe III el Bueno, duque de Borgoña, y fue madre de Carlos el Temerario. El mayor de los hijos contaba veintidós años, y todos se preparaban para ser armados caballeros.

Con este motivo acordaron ofrecer a su padre la realización de una empresa que, redundando en beneficio del país, justificara en sus autores merecimientos para ceñir gloriosamente las armas.

Por consejo del más joven de los príncipes, de don Fernando, se convino en proponer al rey la conquista de Ceuta, nido de piratas musulmanes que constantemente amenazaban el desarrollo de la marina portuguesa. Aunque vaciló el rey en acometer la empresa, la apadrinó con entusiasmo el condestable Nuño Álvarez, cuya opinión tenía el rey en la más alta estima.

También la reina vio con simpatía el proyecto, pero el destino no la consintió presenciar la brillante realización del proyecto. Murió la ilustre dama víctima de la peste, cuando ya en el puerto de Lisboa: balanceaban los numerosos bajeles que habían de tomar parte en la nueva cruzada (julio de 1415).

Al expirar recomendó que su muerte no fuera obstáculo de duelo, dio el rey orden a todos los expedicionarios de vestir de gala incluso a sus hijos, y hacerse a la mar. Ceuta cayó en poder de los portugueses el 24 de Agosto de 1415, después de resistencia heroica.

El infante don Enrique, tercer hijo del rey, se distinguió sobre los caudillos de la empresa, con haber sido grande el ardimiento de todos. Tenía escasamente veintiún años. Aficionado al estudio de las ciencias y amante de la vida de mar, esta expedición acabó de decidirle a organizar viajes hacia tierras cuya existencia presentía en el desconocido Oriente. Su fe religiosa y su gran patriotismo pusieron alas de águila a su voluntad intrépida.

Fundó en Sagres la famosa Escuela de Náutica y Cartografía, desde donde mandaba todos los años algunos navíos hacia el S., con el fin de explorar las costas africanas. De esta suerte Gonzàlvez Zarco y Tristao Vaz llegan en 1418 a Puerto Santa y en 1419 a la isla de Madera. En 1422 se dobló Cabo Nao, primer obstáculo que, según las leyendas, se oponía a los navegantes. En 1432 Gonzalo Velho Cabral, navegando hacia el O., descubrió la isla de Santa María y el resto de las Azores.

En medio de estas glorias y con seguridades de otras más espléndidas, falleció Juan I el 14 de Agosto de 1433. Con razón ha dicho el historiador Bouchot, al compendiar este período, que la nación entera era digna de sus gloriosos jefes; jamás las costumbres fueron más puras, ni el espíritu caballeresco más exaltado, ni el entusiasmo por los grandes hechos más general.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 págs. 705-706.

Eduardo I o Duarte

Biografía

Rey de Portugal, 1433-1438. Dinastía Aviz. Ocupó el trono el primogénito don Eduardo o don Duarte. No faltan calamidades ni reveses al nuevo soberano. Durante todo su gobierno una peste terrible diezmó la población y contuvo el desarrollo económico del país.

Después, en 1437, sobrevino el desastre de Tánger, sobre el cual fueron, en son de conquista, los príncipes don Enrique y don Fernando; pero el ejército solo consiguió salvarse con la promesa de entregar Ceuta, quedando en rehenes el príncipe don Fernando.

Por consejo de éste, que prefirió la muerte y el martirio a la devolución de una plaza que representaba la más pura gloria del reinado de su padre, Ceuta permaneció en manos de Portugal. Incapaces los portugueses de rescatar al príncipe, sucumbió este después de seis años de horribles sufrimientos, y su cadáver, relleno de paja, fue colgado y quemado en las murallas de Fez.

Murió el rey cuando aún no habían llegado a Lisboa los mensajeros de la triste nueva, y le sucedió (1438) su hijo Alfonso V, menor de edad, bajo la regencia del infante don Pedro, hermano del monarca difunto, quedando reservado a la madre doña Leonor —infanta de Aragón— el cuidado personal del soberano y algunas prerrogativas más honoríficas que sustanciales.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 pág. 706.

Alfonso V el Africano

Biografía

Alfonso V. Rey de Portugal y los Algarves.

Alfonso V. Rey de Portugal y los Algarves.

Rey de Portugal, 1438-1481. Dinastía Aviz. El testamento de don Duarte reservaba la regencia exclusivamente a la reina madre, la cual, encontrando para su despecho el apoyo de la voluntad del rey, procuró eliminar a don Pedro de la regencia. Aunque al principio encontró apoyo en el conde de Barcellos, hijo bastardo de Juan I, el regente, con el apoyo popular, consiguió prevalecer.

La reina tuvo que buscar asilo en Castilla. Entre tanto, don Pedro desenvolvía iniciativas afortunadas, perfeccionaba el puerto de Lisboa, terminaba el Código cuyo plan trazara don Duarte, depuraba la administración y recogía las glorias de las nuevas expediciones de don Enrique, durante las cuales fue doblado Cabo Blanco, descubierto Río de Oro, explorado el Senegal y las islas de Cabo Verde.

Cumplida la mayor edad, Alfonso V casó con una hija de don Pedro, y expresó de varios modos su gratitud al regente; pero no tardó el conde de Barcellos en apoderarse del ánimo del nuevo monarca y conseguir de este el destierro de tan fiel servidor.

Acató don Pedro la orden; mas, temiendo mayores peligros, se retiró y fortificó en sus dominios, dando pretexto a sus enemigos en la corte para inducir al rey para que castigara con las armas tal insolencia. Don Pedro fue declarado traidor, y el ejército real avanzó contra las huestes del ex regente, el cual fue derrotado y muerto en el combate de Alfarrobeira.

Poseído de un espíritu caballeresco y de una profunda fe religiosa, no soñó más que con incorporar a su nombre las glorias de una cruzada. Hizo grandes aprestos belicosos para acudir a Jerusalén y a Constantinopla, caída esta recientemente en poder de los turcos.

Batió, con el nombre de cruzados, moneda alegórica de la proyectada empresa. Pero remisa la cristiandad de Occidente en renovar las empresas que comenzara a la voz de Pedro el Ermitaño, el monarca portugués decidió emplear los preparativos en nuevas excursiones contra los moros de allende el Estrecho.

Las conquistas de Alcázar (1457), Arcila (1472) y Tánger poco después, le reportaron el sobrenombre de el Africano.

Los frutos de estas victorias los frustró con sus pretensiones a la corona de Castilla en apoyo de los derechos de doña Juana la Beltraneja, con la cual, de acuerdo con Enrique IV el Impotente, había concertado esponsales al quedar viudo de su primera mujer.

Duraron cuatro años las guerras que don Alfonso sostuvo con los partidarios de doña Isabel la Católica, proclamada ya reina de Castilla, y se desenlazaron funestamente para los portugueses con la derrota de Toro en 1476.

Aun invocó Alfonso V el apoyo de Luis XI de Francia y de Carlos el Temerario, quienes, aunque al principio le hicieron concebir esperanzas, terminaron por reconocer a Isabel de Castilla.

Estos fracasos le produjeron gran depresión espiritual, y resolvió abdicar en su hijo Juan II, resuelto por su parte a vivir como religioso en Palestina. Pero mudó rápidamente de propósito y tornó de un modo inesperado a ocupar el trono, que su hijo le cedió sin dificultad.

Entre tanto, los navegantes portugueses seguían coronándose de gloria. En 1441 Nuño Tristao descubre Cabo Blanco, en 1443 las islas de Arguim y en 1445 explora Senegambia.

Diniz Díaz y Álvaro Fernández prosiguen en 1446 la exploración de Senegambia y arriban a Sierra Leona. Desde 1446 hasta 1460 Diego Gómez, el veneciano Cadamosto y el genovés Antonio de Nolla, ambos al servicio de Portugal, completan el conocimiento de las Islas de Cabo Verde y el de los ríos y costas del litoral africano ya descubierto.

En 1470 Fernando Gómez, Juan de Santarem y Pedro Escobar arriban a las costas de Mina, Denin, Calabar y Gabao, aparte de descubrir las islas de Santo Tomé y Príncipe. En el mismo año Fernando Poo descubre la isla que aún lleva su nombre y la de Annobom.

Persistiendo en tomar desquite de sus derrotas en Castilla, aún intentó, con éxito infeliz, pugnar por los derechos de doña Juana, El tratado de Alcántara (1479) puso fin a estas disensiones. Doña Juana, cuya figura han reivindicado modernos historiadores sacando a luz las nobles condiciones de su carácter, acabó por renunciar al trono y al mundo encerrándose en un claustro.

Este ejemplo acaso influyó en el espíritu del regio paladín de la princesa castellana, que formó propósito de renunciar definitivamente al trono. La muerte le sorprendió en 1481, cuando preparaba su abdicación.

Algunos historiadores colocan en este reinado el establecimiento de la trata de negros en las costas del Senegal. Don Enrique el Navegante, a cuyas geniales iniciativas se debieron los descubrimientos que dieron lustre inmarcesible a su patria, murió en 1460, años antes de que esta iniciativa proyectara una sombra sobre la administración de los territorios arrancados por el genio portugués a los misterios del Océano.

Alfonso V tuvo, como dice un escritor contemporáneo, dos pasiones: África y Castilla. Promovió las expediciones marítimas por la ambición de dilatar el imperio portugués; la guerra con Castilla con el designio de reunir en su cabeza las dos coronas.

Puso en ambas empresas, como todos los caracteres apasionados, sus cualidades y sus defectos. Caballeroso, hizo la guerra con bravura, combatió con denuedo, batalló con valor. Político inhábil, se dejó burlar por el astuto Luis XI, y no supo vencer a los Reyes Católicos. Su alma de caballero tuvo un carácter épico que lo redime de muchas culpas.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 págs. 706-707.

Juan II

Biografía

Rey de Portugal, 1481-1495. Dinastía Aviz. El hijo de Alfonso V, Juan II, es uno de los grandes reyes de que puede ufanarse Portugal. Comenzó definitivamente a reinar en 1481. Cuando recibió el homenaje sus súbditos en Evora se mostró altivo con los nobles, respetuoso con el clero y afable con el tercer estado.

Esta actitud define lo que fue su política interior constante. Comenzó sometiendo a revisión severa los derechos exorbitantes de la nobleza, y como esta conspirara por conservarlos, hizo sangrientas justicias en el duque de Braganza, bisnieto de Juan I y cuñado de la reina; en el conde de Montemor, condestable del reino, a quien ejecutó en efigie, no habiendo podido hacerlo personalmente por haberse refugiado en Castilla, y en el duque de Vizeu, hermano de la reina.

La nobleza hubo de someterse y dulcificar el ejercicio de los derechos que conservó sobre sus vasallos. El elemento popular notó pronto en sus franquicias el desvelo del rey, que fue el ídolo de su pueblo.

En cuanto a la Iglesia, se vio favorecida en sus exenciones y la Santa Sede halagada con la supresión del placet para la publicación en el reino de las disposiciones de Roam.

En el exterior, cuidó principalmente de su buena amistad con Castilla, que selló el matrimonio de don Alfonso, hijo único, con la hija de los Reyes Católicos (1488).

Un año antes Bartolomé Díaz había doblado el Cabo de Buena Esperanza, que abría al genio portugués el paso hacia las Indias, mientras Pedro de Covillán y Alfonso de Paiva, geógrafos eminentes, iban por tierra a buscar en las extremidades de África los fabulosos Estados del preste Juan.

Fue particularmente fructuoso el viaje de Covillán, cuyas noticias sobre los mares y países de Oriente, traidas a Portugal, permitierron establecer el nuevo camino de las Indias y preparar la grandeza alcanzada en el reinado siguiente.

El año 1491 sufrió el rey el dolor de ver morir, de la caída de un caballo, a su hijo único, mientras una gran peste flagelaba todo el territorio. Por entonces también arribó a Lisboa Cristóbal Colón de regreso de su inmortal viaje, que hacía palidecer todas las glorias de los navegantes portugueses.

Recogen algunos historiadores la leyenda de que consejeros despreciables habían insinuado al rey el propósito de ahogar en la sangre de Colón, dice Bouchot, el secreto de su maravilloso descubrimiento. Lejos de esto, Juan II, sobreponiéndose a la contrariedad que pudo producirle el recuerdo de haber desdeñado las ofertas que Colón le hiciera para ejecutar por cuenta de Portugal lo que realizó por cuenta de Castilla, honró como se merecía al gran navegante.

Lo que intentó fue seguir con su intrépida marina la huella de los descubridores españoles, creyendo fácil suplantarlos. No fue así, y la emulación marítima de ambos pueblos fue zanjada por mediación de la Santa Sede con el famoso tratado de Tordesillas, que contando 370 leguas desde las islas de Cabo Verde para Occidente y tirando por ese punto una línea imaginaria que pasase por los polos, dividió el mundo en dos hemisferios, atribuido el del O. a los portugueses y el del E. a los castellanos.

Murió este monarca en 1495, sin descendientes legítimos, y aunque se preocupó en vida de dejar el trono a su hijo natural don Jorge, supo posponer sus afectos a la conveniencia pública y ahorrar al país los males de una guerra sucesoria, pues el derecho a la Corona estaba definido en su primo y cuñado don Manuel, duque de Beja, hermano del de Vizeu, ejecutado, como hemos dicho, por el propio Juan II al comienzo del reinado. Don Manuel fue, pues, instituido heredero del trono, y lo ocupó en 1495.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 pág. 707.

Manuel I el Afortunado

Biografía

Rey de Portugal, 1495-1521. Dinastía Aviz. Durante la gestión de este soberano, Portugal se encumbra a la más alta gloria. El primer cuidado del rey fue completar los preparativos navales de Juan II y confiar la expedición a Vasco de Gama.

Partió este del puerto de Lisboa el 7 de Julio de 1497, costeó África por el Poniente, dobló después hacia el S., y subiendo hacia Mozambique, Mombaza y Melinde, llegó por el naciente a Calcuta, en la India, en 1498; al año siguiente tornaron los expedicionarios a Lisboa para admirar al país con el relato de su grandiosa empresa. Vasco de Gama fue nombrado gran almirante de la India.

No tardó en aprestarse otra escuadra al mando de Pedro Álvarez Cabral, compuesta de 12 navíos, que partieron para la India con objeto de establecer en sólidas bases el comercio con Oriente. Tomaron los navíos la ruta de Vasco, pero, arrastrados por una tempestad, se desviaron hasta tocar la costa del Brasil.

Cabral no se dio cuenta exacta de la importancia de este accidente de su navegación; se limitó a admirar la belleza del país, la afabilidad de sus naturales y a dar el nombre de Santa Cruz al territorio. Después enderezó su rumbo hacia la India y llegó a Calcuta con solo seis navíos. Allí se encontró con la hostilidad de los naturales, y aunque los portugueses lucharon con valor extraordinario, perecieron muchos, entre ellos Ayres Correa, jefe de la factoría establecida en el primer viaje.

No se desalentó Cabral por este revés. Se ingenió para buscar apoyo en otros reyezuelos locales, castigó duramente la muerte de sus compañeros, y tomó la vuelta de Lisboa, donde, una vez conocidos los sucesos, ordenó don Manuel una nueva expedición de 20 navíos, mandados por Vasco de Gama, a quien acompañó por completo la fortuna.

Calcuta fue casi arrasada, toda la costa malabar quedó por los portugueses y el nombre de esta nación respetado y temido por todo el Indostán.

Entre tanto, Gaspar Corte de Real exploraba Terranova, y Juan da Nova descubría la Ascensión y Santa Elena.

En 1505 fue nombrado virrey de la India Francisco d'Almeida, que descolló como administrador inteligente y soldado intrépido, lo mismo que su hijo Lorenzo Almeida.

A estos sucedió Alfonso de Alburquerque, conquistador de Goa, Malaca y Ormuz, bases espléndidas para dominar el Oriente; Lope Soares d'Albergaria (1515), Diego López Sequeira (1518), sucesores del gran Alburquerque, aunque mantuvieron con honor el prestigio de las armas, no supieron continuar la inteligente política y recta administración de su antecesor.

No descuidó tampoco don Manuel las conquistas de África, que le aseguraron el respeto al comercio con la India.

Completó esta hábil política concertando su matrimonio con doña Isabel, viuda del hijo de Juan II, hija del rey de Castilla. La muerte del hijo de los Reyes Católicos hizo recaer en la reina de Portugal el principado de Asturias.

De modo que don Manuel el Venturoso, como le llama la historia, pudo muy bien acariciar la segura perspectiva de reinar a la vez en toda la Península, en parte de África y en la India. Pero la reina murió a los diez y ocho meses de la boda; su hijo don Miguel solo le sobrevivió dos años.

Los destinos de Portugal y de España cambiaron por completo al quedar como heredera de los Reyes Católicos doña Juana la Loca. Pero el rey portugués, fiel a su política de amistad con Castilla, casó con la infanta doña María, hermana de la difunta doña Isabel, y al quedar nuevamente viudo, diez y siete años después, aún eligió por esposa a doña Leonor, hermana de Carlos V.

En este reinado la corte adquiere maravilloso esplendor; Lisboa llega a ser uno de los primeros emporios del comercio. Las riquezas de Ultramar se traducían en grandes obras religiosas y civiles. El convento de Belem, el monasterio de Tomar, el hospital de la Misericordia, datan de esta época.

Los únicos yerros de este reinado parecen ser la poca importancia dada al descubrimiento del Brasil y la expulsión de los judíos, admitidos benignamente por monarcas anteriores y ahora decretada, al parecer, en homenaje a su primera mujer doña Isabel de Castilla Princesa muito rogada, como dice algún cronista contemporáneo, pues es fama que resistió mucho al enlace, fiel al recuerdo de su amor primero.

En su tiempo se publicaron las Ordenaciones Manuelinas, que dieron un gran avance en la unidad legislativa. Murió este gran monarca en Diciembre de 1521, víctima de la peste.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 págs. 707-708.

Juan III

Biografía

Rey de Portugal, 1521-1557. Dinastía Aviz. Bien preparado para gobernar, le sucedió a los diecinueve años su hijo Juan III, caracterizado por la exaltación de su fe religiosa. Implantó el Tribunal de la Inquisición (1531) y abrió el reino a la Compañía de Jesús (1540). A lo primero contribuyó un terrible temblor de tierra que arruinó varias ciudades y sacó el Tajo de cauce, interpretándose todo ello como un signo de la cólera divina, a lo segundo las virtudes de san Francisco Javier y del padre Rodríguez de Acevedo, que Paulo III envió a Portugal apenas instituida la milicia ignaciana.

También favoreció las ciencias y las letras. Trasladó definitivamente a Coimbra la Universidad de Lisboa y trajo del extranjero profesores ilustres para enseñar todas las disciplinas que se cursaban en los más afamados centros.

En el exterior acreditan su celo la colonización del Brasil, comenzada por su primer gobernador Tomás de Souza, asesorado por varios jesuitas. Souza eligió la bahía de los Santos y fundó San Salvador. Administrativamente dividió el territorio en las capitanías de Pernambuco, Porto Seguro, San Vicente, Itamaraca e Illeos.

Se mostraron muy hostiles los naturales a los portugueses; pero poco a poco fueron sometiéndose ante la acción persuasiva de los jesuitas. En 1555 el nuevo gobernador Méndez de Sa, luego de derrotar a unos hugonotes franceses que buscaban refugio en el país, fundó la ciudad de Río de Janeiro.

Por lo que se refiere a la India, la situación era bastante delicada. Acrecía, es cierto, el comercio con la Metrópoli; Lisboa no podía contener apenas en su puerto los bajeles que iban y venían de aquellos espléndidos territorios; pero las revueltas de los naturales eran frecuentes.

No solo en la India, sino en las Molucas, Ceylán y Malaca, la rebelión se difundía amenazando gravemente la seguridad del imperio colonial. Tenía el descontento base en la corrupción administrativa, y para hacer cumplida justicia a todos, fue enviado allá, con plenos poderes, el gran Vasco de Gama (1524).

El éxito más feliz coronó sus esfuerzos. Cortó todos los abusos y consiguió la sumisión de los naturales. Pero murió en Cochinchina en el mismo año de su arribada. Su obra fue continuada con energía y acierto por uno de sus capitanes, Enrique de Meneses, pero murió a poco en un combate, y sus sucesores Vaz de Sampayo, Nuño da Cunha, García de Noroña y Esteban de Gama, salvo el segundo, no supieron continuar los ejemplos de sus ilustres antecesores.

Juan III atendió al remedio enviando de virrey a Juan de Castro (1545), hombre sabio, probo y justiciero. Fue secundado por san Francisco Javier, que entonces mereció el título de Apóstol de las Indias. Entre ambos consiguieron rehacer el imperio portugués de la India. Todos los rajás se sometieron y no solo quedaron sometidos los antiguos territorios, sino que fue preparada la ocupación de Sumatra y fundada la colonia de Macao. Juan de Castro murió en la mayor pobreza a los tres años de gobierno, en brazos de san Francisco Javier.

En cambio de estos acrecimientos Portugal abandonó, en África, Alcacer Seguer, Azamor, Saffin y Arcila.

Juan III murió en 1557 llorado por su pueblo y cantadas sus virtudes por Camoens.

De su matrimonio con doña Catalina de Austria, hermana de Carlos V, tuvo un hijo llamado Juan, el cual, siendo aún príncipe, se casó en 1552 con Juana de Austria, hija del emperador y de Isabel de Portugal. Este príncipe murió en 1554 dejando engendrado un hijo que se llamó Sebastián.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 págs. 708-709.

Sebastián

Biografía

Rey de Portugal, 1557-1578. Dinastía Aviz. En este niño, cuyo nacimiento rodearon augurios siniestros, precursores de trágico destino, según leyendas después formadas, recayó la corona de su abuelo Juan, el rey difunto.

Quedó instituida regente la reina Catalina, de gran experiencia y talento, que designó como ayo y preceptor del rey a Alejo Meneses, noble de gran cultura y señaladas prendas de soldado La educación del regio niño hizo concebir grandes esperanzas a su pueblo y asimismo su condición caballeresca, inteligente y reflexiva.

Mas cuando don Sebastián llegó a la adolescencia tomaron gran predicamento cerca de él dos jesuitas, los hermanos Camara, a quien se atribuye, por parte de historiadores más apasionados que veraces, haber transformado en un alma de asceta guerrero, la de un joven llamado a gobernar en paz un reino engrandecido de repente

Doña Catalina hubo de dejar la regencia y fue substituida por el cardenal infante don Enrique, tío del rey, hombre débil y de pocas luces, grato por ello a cierta parte de la nobleza. Con todo, esa misma nobleza, celosa de cualquier influencia cerca del rey, apresuró el momento de ponerle en posesión del trono.

La ceremonia se realizó el 20-I-1568. Desde entonces no pensó don Sebastián más que en ser un paladín de la fe católica entre los infieles.

Los negocios de la India no ocuparon su atención, como no fuera para trasladar allí el Tribunal del Santo Oficio y crear varios obispados. Por fortuna estaba allí de gobernador Luis de Ataide, digno continuador de la obra de los Gamas, Almeidas y Alburquerques. El supo dominar las insurrecciones, agrandar los territorios, restaurar por completo el prestigio del poder lusitano.

Llamado a Lisboa, el rey le honró como merecía; pero durante la ausencia (1571), sus sucesores Antonio Noroña y Moniz Barreto, hicieron una gestión desgraciada. en que moral y materialmente, casi se perdió todo lo ganado. Vuelto Ataide a la India en 1578, no pudieron su energía ni su talento contener la ruina del prestigio portugués en Oriente.

Don Sebastián, en tanto, estaba obsesionado con un proyecto de cruzada en África. Se aislaba en el palacio de Cintra, se manifestaba esquivo a toda inclinación amorosa; no se preocupaba de asegurar heredero a la corona; domaba potros, cazaba alimañas en los bosques, emprendía peligrosas excursiones, en frágiles navíos, por las aguas del Tajo; todo con el designio de endurecer su cuerpo para las fatigas de las bélicas jornadas que preparaba en tierra africana.

La oportunidad para su designio se la ofreció un príncipe moro, Muley-Hamet, expulsado del trono de Marruecos por su tío Abdel-Malek.

Cuantas reflexiones se le hicieron sobre lo vano del pretexto para meter al país en aventura, que el mismo Felipe II había juzgado peligrosa, fueron inútiles. El regio aventurero de la fe no veía en el moro suplicante más que un instrumento que permitiera realizar por Cristo las proezas soñadas.

Al frente de un ejército donde iba la flor de la juventud del reino, pasó a África (1578), y poco después, no obstante la bizarría de su ejército y el arrojo con que don Sebastián lo acaudilló, fue completamente diezmado en la tórrida llanura de Alcázarquivir. El rey peleó hasta el último momento; se supone que cayó prisionero. Se dice que su paje de armas descubrió el cadáver terriblemente desfigurado.

Ello es que su desaparición fue, andando el tiempo, muy explotada y sirvió para combatir la dominación española en Portugal.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 pág. 709.

Enrique

Biografía

Rey de Portugal, 1578-1580. Dinastía Aviz. Sucedió a este desventurado monarca —Sebastián—, su tío el sexagenario cardenal infante don Enrique, que nada hizo ni podía hacer para levantar el espíritu público y contener los estragos del general abatimiento. Portugal caminaba a la muerte, o moría más bien, según la frase de Camoens agonizante.

En torno del viejo eclesiástico que ocupaba el trono bullían las intrigas de los pretendientes a la sucesión. Eran los principales Felipe II, nieto de don Manuel por su madre doña Isabel de Portugal; la duquesa de Braganza, hija de don Duarte, y don Antonio, prior de Crato, hijo bastardo de don Luis.

El rey de España era el más poderoso y hábil. Ni la energía ni la prudente astucia ahorró para consumar la gran obra política de reunir a los dos pueblos peninsulares y sus espléndidos Imperios de Ultramar bajo un solo cetro. No tardó en conseguir partidarios de importancia en Portugal, comenzando por el propio regente.

Reunidas las Cortes en 1579, acordaron lo que hoy llamaríamos un voto de confianza a don Enrique para escoger el sucesor. Su elección recayó en el rey de España, y volvió a reunir las Cortes en Almeirin (1580) para confirmar la elección.

Una inmensa mayoría se inclinaba hacia el omnipotente monarca español, no tanto por temor a su poder, como por evitar la lucha civil entre los pretendientes nacionales. Pero una inflamada protesta de Phebo Moniz contra la sumisión del reino a España, produjo vacilaciones tales en el ánimo del concurso y aun del mismo don Enrique, que quedó la elección en suspenso.

El rey se limitó á nombrar cinco gobernadores que le ayudaron a levantar la carga de dirigir los asuntos públicos. Pocos días después falleció don Enrique. A él se debe la fundación de la Universidad de Évora.

Acto seguido el ejército español, al mando del duque de Alba, invadió Portugal. Entonces el patriotismo portugués herido se volvió hacia el prior de Crato, a quien aclamó rey en Santarem.

Pero la fuerza y la diplomacia del Rey Prudente triunfaron fácilmente del prior. Los cinco gobernadores se pronunciaron por el rey de España, mientras el duque de Alba derrotaba a los portugueses y hacía huir primero al pretendiente y expatriarse poco después. Comienza, pues, con la dominación española, un nuevo período en la historia de Portugal.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 pág. 709.

La Casa de Austria

Los Austrias en Portugal

Los sesenta años de dominación española en Portugal fueron de anarquía y servidumbre para esta nación. Los inevitables excesos del ejército de ocupación, los intentos de don Antonio por recuperar la corona, la aparición de un falso don Sebastián cuyo parecido con el desventurado caudillo de Alcázarquivir fomentó esperanzas, jamás desvanecidas en el pueblo, de ser regido por monarcas propios.

Los mismos compromisos políticos de la vasta monarquía española, que la obligaban a levantar en sus dominios continuos ejércitos, fueron, entre otras, causas poderosísimas para que la política contemporizadora de Felipe II con sus nuevos Estados se desviase a severidades que, sin duda, no estuvieron en su inicial propósito.

Fue, sin embargo, aclamado rey en las Cortes de Tomar, desbarató los intentos de don Antonio, apoyados unas veces por Francia y otras por Inglaterra; nombró para las Indias gobernadores justos y experimentados, como Mascareñas, Coutiño, Alburquerque y Gama (Francisco).

Hizo publicar las Ordenaciones filipinas, que alaban incluso los historiadores de este período más hostiles a la monarquía española, pero murió sin obtener éxitos que le conquistaran la confianza de los portugueses; antes por el contrario, con fracasos tan completos como el de la Invencible, organizada en Lisboa con lo mejor de la flota portuguesa, y atrayendo sobre este país principalmente la animosidad de ingleses y holandeses, que hicieron ricas presas en el comercio y en las colonias lusitanas.

No son para historiar aquí los reinados de Felipe III y de Felipe IV, ampliamente tratados en su lugar correspondiente. Baste decir que los errores de los validos a quienes confiaron los asuntos públicos ambos monarcas fueron de desastrosas consecuencias para el dominio español en Portugal, y desde luego para Portugal mismo.

Durante este tiempo la reacción del espíritu público contra el yugo de los Austrias fue imponente. Las tristes noticias llegadas de Ultramar exacerbaban a diario la repulsión que inspiraban aquellos dominadores ineptos.

En la India, ingleses y persas arrebataron Ormuz; en el Brasil, los holandeses se adueñaron por más o menos tiempo de Pernambuco, Bahia, Tamacara y otras ciudades importantes; también ocuparon puntos en la costa de Río de Oro, en África.

Por otra parte, la duquesa de Mantua, gobernadora del reino, era impopularísima por tener entregados los negocios a personajes como Miguel de Vasconcellos y Diego Soares, odiados por la nobleza y el pueblo a consecuencia de su sumisión incondicional a Olivares.

La petición de un nuevo impuesto de 50.000 cruzados oro, rechazado por las Cortes y percibido, no obstante, por la fuerza, sirvió para que los portugueses apelaran a la rebeldía

Alma de ella fue doña Luisa de Guzmán, hija del duque de Medina-Sidonia, casada con don Juan, duque de Braganza. Ella despertó en el ánimo de su marido, remiso en comprometerse, la ambición de escalar el trono. Los principales directores del levantamiento fueron el arzobispo de Lisboa, Miguel de Almeida, Antonio de Almada, Jorge de Melo, etc., todos con ascendiente positivo en el país. Sabido es la facilidad del éxito y la total imprevisión del Gobierno de Madrid ante sucesos presagiados de mil formas.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 págs. 709-710.

Juan IV

Biografía

Rey de Portugal, 1640-1656. Dinastía Braganza. El 1-XII-1640 fue proclamado rey el duque de Braganza con el nombre de Juan IV, y el 15 fue solemnemente coronado, ratificando después las Cortes la designación.

Suecia, Austria, Holanda, Francia e Inglaterra se apresuraron a reconocer al nuevo soberano, interesadas como estaban en precipitar la ruina del poder español, la Santa Sede permaneció indecisa. Así es que, aunque el arzobispo de Braga y algunos próceres portugueses intentaron restaurar el poder español, de acuerdo con Olivares, fracasó el intento, no tanto por la malaventura de haberse descubierto prematuramente, cuanto por el escaso ambiente que en casi todo el país tenía.

El nuevo soberano deseaba tratar benignamente a los conspiradores, pero los jueces y la opinión fueron implacables, el arzobispo fue condenado a prisión, donde murió con sospecha de haber sido envenenado, y el duque de Camiña, como el marqués de Villarreal, con otros conjurados, condenados a muerte.

Sabido es también que cuando el sucesor de Olivares, Luis de Haro, quiso vengar con las armas estas ejecuciones y destruir la obra de la revolución portuguesa, fue vencido en Montijo (1644) quedando definitivamente consolidada la independencia de Portugal. Entre tanto los portugueses perdieron Ceuta, que quedó en manos de España, y en Oriente, Malaca y Ceylán. En cambio, lograron recobrar de manos de los holandeses casi todo Brasil.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 pág. 710.

Alfonso VI

Biografía

Rey de Portugal, 1656-1667. Dinastía Braganza. Murió el primer Braganza en 1656. Las Cortes se dividieron al apreciar el problema de la sucesión, inclinándose muchos por don Pedro, hijo menor del rey, pero fue proclamado el mayor, Alfonso VI, niño de trece años, de poca salud y no mayor inteligencia.

Su madre, doña Luisa de Guzmán, quedó por tutora y regente. Mujer de talento político, procuró ante todo el apoyo de una gran potencia a fin de no quedar aislada frente al poder de la Corte de Madrid.

Fracasado su empeño en Francia ante el proyectado proyectado enlace de Luis XIV con doña María Teresa de Austria, infanta de España, lo renovó ante Inglaterra, que lo concedió primero subrepticiamente, después de un modo franco, con garantías tales, que la suerte del pequeño reino del Occidente ibérico quedó desde entonces en sus manos (1660).

Después la regente concertó afortunadas paces con Holanda, merced a las cuales el Brasil quedó por Portugal. Perdió, en cambio, Tánger y Воmbay que constituyeron el dote de la princesa Catalina al casar con Carlos II de Inglaterra.

Entre tanto el joven monarca mostraba con los años un carácter débil y un ánimo inclinado a la licencia. Acabó por perder en bajos excesos la poca fortaleza que siempre tuvo, y fue juguete sucesivo de favoritos como el genovés Conti, desterrado al Brasil, y el conde de Castelmelhor, que acabó por prevalecer, suplantar a la regente y ser el verdadero árbitro de los destinos de Portugal (1622).

El favorito llevó con éxito la guerra con Castilla, obteniendo las victorias del Ameixial, Castel Rodrigo y Villaviciosa, que motivaron la paz definitiva entre ambos pueblos firmada en 1668.

Además, deseoso de contrarrestar la influencia inglesa, gestionó el matrimonio de Alfonso VI con María Francisca de Saboya, hija del duque de Nemours y de Isabel de Vendôme, princesa de gran hermosura y talento, que no tardó en conocer y despreciar a su regio consorte, degenerado por la parálisis que padeció a los trece años, gravemente lesionado después en ocasión en que se entretenía en derribar toros y virilmente agotado en su vida crapulosa de los primeros años en reinar.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 pág. 710.

Pedro II

Biografía

Rey de Portugal, 1667-1706. Dinastía Braganza. La reina no tardó en apasionarse por el hermano del rey, el infante don Pedro, Pedriño, como le llamaba el infeliz soberano. María de Saboya consiguió destruir la privanza de Castelmelhor. Privado el soberano Alfonso VI de este apoyo inteligente y enérgico, fue juguete de su esposa y de su hermano.

La abyección en que el monarca había caído acaso justifica políticamente el rigor con que fue tratado por el uno y la otra. Ello es que el matrimonio se anuló, que Alfonso VI fue desterrado a la isla Tercera, que la reina casó con don Pedro y que este se encargó solemnemente de la regencia.

Castelmelhor, por lealtad o por conveniencia, intentó la restauración de su antiguo señor con ayuda del Gobierno español. Descubierto el complot, el regente castigó a los comprometidos con mano de hierro, y para vigilar mejor a su hermano lo trasladó a Portugal encerrándole en el Pazo de Cintra, donde pasó un cautiverio de nueve años. Hoy una de las curiosidades que los guías enseñan al viajero, es la huella que los pies del cautivo dejaron en las baldosas de la prisión.

El descubrimiento de las magníficas minas de oro del Brasil en 1669, comenzaba a dar sus frutos y a despertar en los portugueses la esperanza de compensar con ello las menguas de su imperio comercial le los de Oriente.

En cuanto a la política interior mostró don Pedro deseos de estrechar amistades con Castilla; pero cuando Felipe V tomó posesión de la corona de España, Inglaterra supo explotar hábilmente la suspicacia de los portugueses ante el poder creciente de la casa de Borbón. Pedro II se dedicó a tomar parte en la Guerra de Sucesión al lado de los ingleses y holandeses.

Murió en 1706, después de concertar el famoso Tratado Comercial de Metuen, embajador de la reina doña Ana I de Inglaterra en la corte de Lisboa, que supone la sujeción, que perdura, de Portugal a Inglaterra.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 págs. 710-711.

Juan V

Biografía

Rey de Portugal, 1706-1750. Dinastía Braganza. Diez y ocho años tenía el hijo de Pedro II, Juan, cuando le sucedió en el trono. Sea por inexperiencia, sea por devoción a la memoria de su padre, acentuó la política de hostilidad a España y Francia. No solo reforzó los contingentes militares que operaban en nuestro territorio, sino que se apresuró a concertar su matrimonio con doña María Ana de Austria, hermana del emperador José I y del archiduque Carlos, que disputaban la corona a Felipe V.

En el terreno militar Portugal no recogió más que adversidades. Mientras después de varias derrotas de sus ejércitos vio invadido el territorio nacional por los españoles, una escuadra hispano francesa (1711) se apoderaba de Río de Janeiro y amenazaba arruinar el poderío portugués en el Brasil, única colonia que con su oro sostenía el fausto y atenuaba los errores de la política interior y exterior de este monarca.

Por fin se llegó a la paz de Utrecht (1713) y poco más tarde estableció la cordialidad con España con las bodas de don José, príncipe del Brasil, con doña María Ana Victoria, hija de Felipe V, y la de la infanta doña Bárbara con el príncipe de Asturias, Fernando (1728).

Fue Juan V hombre de gran religiosidad, sobre todo externa. Ninguno con más pródiga mano fomentó la pompa eclesiástica. Mandó construir, agradecido a haberse corregido la esterilidad, que se tuvo por definitiva, de la reina, el fastuoso convento de Mafra; gestionó para Lisboa una legación patriarcal y una iglesia para este patriarcado semejante en privilegios a la de San Pedro en Roma; elevó la Iglesia das Necesidades y el Hospicio de San Felipe Neri.

Ese mismo celo religioso le indujo a ayudar a los venecianos en una guerra contra los turcos. Recuerdo de la gratitud de Roma por todo ello es el título de fidelísimo que ostentaba la monarquía portuguesa, poco popular siempre por los cuantiosísimos dispendios hechos para ganarlo.

En contraste con estos alardes devotos está la vida íntima del Rey, muy aficionado a aventuras galantes, mesmo nos conventos, dice un historiador, y a ir:

disfarçado de mendigo, en vesperas de Passos, observar de perto as lindas caras de fidalgas que vinhan beisar o pé do Senhor; y as aventuras con Camoes do Rocio, que lhe alegrava as horas con os versos facetos sua martinhada, según puntualiza otro veracísimo historiógrafo.

No son bastantes para mitigar las severidades de la posteridad el deberse a él el acueducto das Aguas Livres, que abastece a Lisboa, el asilo de Desamparados de Caldas da Rainha, la fundación de la Academia de la Historia y la Biblioteca dela Universidad de Coimbra.

Los más benévolos llegan solo a reconocer que sus desarreglos administrativos y su despotismo se deben a la influencia maléfica que sobre él tuvo el padre recoleto Gaspar de la Encarnación, verdadero rey de Portugal durante un largo periodo.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 pág. 711.

José I de Portugal

Biografía

Rey de Portugal, 1750-1777. Dinastía Braganza. Sin demostrar superioridad sobre su padre ni mayor amplitud de criterio gubernamental, sucedió a Juan V (m. en 1750) su hijo José I. El reino se hubiera precipitado, sin duda en la más irremediable de las decadencias, si no hubiese surgido, con todas las condiciones de un hombre providencial, Sebastián José de Carvalho y Mello, universalmente conocido por el marqués de Pombal.

El marqués de Pombal

Corresponde a la reina madre la gloria de haber apreciado las cualidades de este personaje y de haberle impuesto como primer ministro, contra las influencias que le eran adversas.

Baste decir que llegaba al gobierno en plena madurez, con perfecto conocimiento de la vida europea, adquirido como embajador en las cortes de Londres, Viena y Roma; con espíritu muy abierto a las ideas volterianas, aunque templado en sus manifestaciones por conocimiento de la mentalidad media de su país, y bien enterado de los problemas económicos de su tiempo.

Era físicamente de complexión atlética, altanero, cuando importaba, severísimo, cuando convenía. Puede decirse que encarnó todas las cualidades de la raza, sin excluir sus defectos.

El marqués de Pombal mostrando la reconstrucción de Lisboa

El marqués de Pombal mostrando la reconstrucción de Lisboa" por Louis-Michel van Loo, 1766.

No tardó en probar espléndidamente aquéllas ante el terremoto que asoló á Lisboa en 1775. Entre los horrores de una catástrofe, que solo en los modernos terremotos de Mesina ha tenido par, en medio de la consternación del vecindario y de la magnitud de la ruina, el primer ministro desplegó maravillosa energía personal y verdadero genio reorganizador. Alimentó a los hambrientos, castigó a los ladrones, levantó el espíritu público y rehizo la ciudad con perseverancia infatigable.

La Lisboa actual, tan bella y admirada del viajero, ha surgido de los planos que ante la catástrofe inesperada tuvo serenidad de trazar el marqués.

Poco después castigó con repetidas ejecuciones una tentativa de asesinato tramada contra el rey imputada al duque de Aveiro y a la familia de los Tavoras. Domeñó así a la aristocracia, que no perdonaba el encumbramiento y la gloria de un simple hidalgo.

Después se dedicó a cortar los abusos atribuidos al clero y aun la natural influencia que sobre la sociedad portuguesa tenía. Sus tiros se dirigieron principalmente contra la Compañía de Jesús, cuyos abusos reales o supuestos, denunció ante Roma; pretendió, además, complicar a la Compañía en la intentona de Aveiro; durante su gobierno fue acusado injustamente de herejía el padre Gabriel Malagrida ante el tribunal de la Inquisición y quemado vivo; consiguió, negociando con el Papa, la expulsión primero (1759) y la abolición más tarde de la orden.

Al par restringió considerablemente el poder de la Inquisición y quitó al brazo eclesiástico la censura de los libros. A su iniciativa se debe también la fundación del Aula de Comercio de los Nobles y el establecimiento de la Imprenta Nacional en Lisboa.

En sus manos no padeció mengua la dignidad nacional. Exigió y obtuvo del Gobierno inglés satisfacción honrosa por la violación de las aguas portuguesas, donde el almirante Boscawem, en un episodio de la guerra de los Siete Años, había quemado varios navíos franceses al mando del almirante la Clu, refugiados en el puerto de Lagos después de un brillante combate con la flota británica.

Quien de este modo hacía frente a los poderosos no es de extrañar que diera los pasaportes al Nυncio, a consecuencia de incidentes diplomáticos en que el ministro portugués creyó advertir escasa cortesía; ni que rehusara enérgicamente la invitación de España y Francia, unidas entonces por el Tercer Pacto de Familia, para hostilizar a Inglaterra.

Como su política era de mantener paz con la monarquía vecina, le sorprendió, sin aprestos militares de importancia , la invasión de 40.000 hombres y 12 batallones auxiliares franceses que se apoderaron de Miranda, Braganza, Outeiro, Chaves, Almeida y Vilhadella.

Pombal pidió auxilio a la corte de Londres y encomendó el mando del ejército al conde de Lippe, quien no obstante mandar escasa fuerza y ser licenciosa la que procedía de Inglaterra, consiguió recobrar el territorio invadido. Se llegó a la paz de 1763, funesta para España y Francia, y no muy favorable para Portugal, que vino a figurar en el tratado como nación protegida por Jorge III.

Se repitieron con intensidad los terremotos en 1764 y volvió aquel ministro hacer frente a la catástrofe con igual brío y con más recursos que la vez pasada, pues su administración inteligente y enérgica consiguió tener remanentes de importancia en el tesoro nacional.

El rey padeció un ataque de hemiplejía en 1774, y la reina María Ana, amiga de los émulos de Pombal, hizo declinar la estrella del ministro. No tardó como regente en prohibirle que visitase al rey; además, trabajó el ánimo de su hija doña María, presunta heredera, en contra del marqués, a quien se imputó, acaso no vanamente el designio de eliminar del trono a la princesa par dar la corona al duque de Beira.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 págs. 711-712.

María I de Portugal

Biografía

Maria I, reina de Portugal, atribuido a Giuseppe Troni

Maria I, reina de Portugal, atribuido a Giuseppe Troni

Reina de Portugal. Dinastía Braganza, 1777-1816. Cuando en 1777 murió José I, doña María, reconocida heredera, se negó a recibir desde el primer instante al ministro Pombal. Se apresuró, por el contrario a devolver la libertad a todos los complicados en la intentona de Aveiro, miembros los más de familias poderosas, y en general a cuantos había hecho sufrir el ministro en desgracia el peso de la ley.

Pombal dimitió el cargo y cuantos honores iban anexos. Soportando con entereza la adversidad se retiró a la villa de Pombal. Pero allí se vio acosado por todos sus enemigos. Se pidió y obtuvo la revisión del proceso sobre el frustrado regicidio de Aveiro, y la revisión, ocupando los puestos más importantes los enemigos de la política pombalina, dio por resultado la inocencia de todos los complicados.

En su virtud el marqués fue condenado como criminal y sentenciado a penas muy rigurosas. La reina parece que resistió cuanto pudo esta persecución; y cuando se dictó la sentencia la conmutó por la de destierro a más de 20 leguas de Lisboa, pero murió poco después (1782).

Entre tanto, los asuntos públicos sufrían la influencia de una gobernación inepta. La fundación de la Academia de Ciencias y de la Biblioteca pública de Lisboa fueron consecuencia de los planes pombalinos.

Es justo destacar la labor de Martín de Mello y Castro, ministro de Marina, que se preocupó con fortuna de la reorganización de los elementos navales. Con España se concertaron los tratados de San Ildefonso y del Pardo. que arreglaban las diferencias pendientes en las colonias de América y África. Desde entonces la islas de Fernando Poo y Annobom fueron incorporadas a los dominios españoles.

Como si quisiera el destino confirmar las preocupaciones de Pombal, las medianas luces mentales que siempre acreditó doña María se eclipsaron apenas fallecido aquel gobernante. Después de una temporada de profunda taciturnidad la soberana perdió la razón por completo. Poco antes (1786) había muerto el rey consorte, su tío don Pedro [Pedro III], personaje por otra parte insignificante, y el hijo primogénito don José, duque de Beira.

En infante Juan, regente

Hubo, pues, que habilitar de regente al infante don Juan [Juan VI] que se educaba en el convento de Mafra, con más aficiones a la vida devota que a los esplendores y preocupaciones del oficio de rey.

Coincidió su advenimiento al trono con el estallido de la Revolución francesa, y Portugal se vio arrastrado a tomar parte en la Liga de soberanos europeos forjada con intento de atajar aquel formidable movimiento emancipador. La Convención francesa que había gestionado la neutralidad del pequeño Estado, castigó sus incorporación a Inglaterra y España, infligiendo a su comercio pérdidas considerables.

España se retiró de la lucha por la paz de Basilea, y Portugal quedó, asistido por Inglaterra, haciendo frente a las iras de Napoleón, que ejercía ya el Consulado y preparaba sus planes contra el poderío británico. Era esencial para ello cerrar al Reino Unido puertos del Occidente ibérico.

España estaba anuente a esa política; faltaba Portugal, y Bonaparte consiguió que Carlos IV, suegro del príncipe regente, amenazase con la invasión. Como importaba a Portugal no dar pretexto a los franceses para intervenir, llegó pronto a un arreglo, que consistió Tratado de Badajoz, 1801); en cerrar los puertos a Inglaterra, ceder a España la plaza de Olivenza y pagar a Francia una indemnización. No convenía a Napoleón este arreglo y lo rechazó, no obstante haber intervenido en él su hermano Luciano.

Pero es sabido que el Gobierno de Madrid mantuvo lo acordado, aunque ante la amenaza de Bonaparte de que el ejército francés enviado sobre Portugal no tramontaría los Pirineos sin obtener mejores ventajas, se llegó al Tratado Madrid de Noviembre de 1801, por el cual la nación portuguesa se comprometía a no admitir en sus puertos navíos ingleses hasta la terminación de la guerra, a recibir las mercancías francesas con las mismas franquicias que disfrutaban las británicas, a la cesión de 60 millas cuadradas en la Guayana y al pago de 25.000.000 de francos, levantados con la garantía de las minas de Brasil.

Pocos años pasaron tranquilos después de esta paz. Napoleón no cejaba en sus planes contra Inglaterra. Su pensamiento del bloqueo continental estaba a punto de realizarse; Portugal era un factor indispensable.

No daba el menor motivo el pequeño Estado, fiel y resignado observante de la paz última, para la menor violencia; pero es sabido que el emperador inventó el pretexto conminando al Gobierno portugués a que en veinticuatro horas expulsase a todos los súbditos ingleses de su territorio, confiscase sus bienes y rompiera las relaciones con Inglaterra.

Aunque el regente procuró aplacar estas exigencias enviando a París al conde de Marialva con ricos presentes y la misión de pedir para el infante don Pedro la mano de la hija de Murat, no faltaron al emperador pretextos para extremar su política de fuerza.

La invasión francesa

Decretó pues la expedición sobre Portugal al mando de Junot y concertó con España el Tratado de Fontainebleau (1807), mediante el cual el infante de España recibiría el N. de Portugal, donde reinaría; Godoy seria príncipe del Alentejo y los Algarves, el resto del país, Extremadura, Beira y Tras-os-Montes, quedaría en manos del emperador para combinaciones definitivas al terminar la guerra.

La marcha del ejército de Junot, a través de España, fue penosísima Las tropas llegaron a pisar territorio portugués hambrientas y desnudas. La corte portuguesa las vio avanzar, y aun pisar el territorio nacional, sin hacer preparativo alguno de defensa, pensando solo en huir al Brasil.

Esta fuga, que presenció la multitud indiferente y consternada, solo arrancó alguna protesta a la Reina Loca, la cual, mientras la conducían al muelle para embarcar en los navíos ingleses ofrecidos para esta empresa, decía: ¡Huir, huir sin combate! También ordenó al cochero que fuese despacio para que la multitud no creyese que huía.

Aún estaban a la vista los navíos en que se marchaba la corte, cuando Junot entraba sin resistencia en Lisboa al frente de unos 600 hombres. El marqués de Abrantes, que presidía el Consejo de regencia nombrado por el rey fugitivo, recibió al intruso y de hecho reconoció su autoridad. No así la masa del pueblo que, a la vista de la débil fuerza que acompañaba al mariscal francés, sintió el bochorno que la flaqueza e imprevisión de los gobernantes arrojaba sobre la nación entregándola sin condiciones al extranjero.

Tardó en surgir la protesta lo que tardó en reaccionar la dignidad nacional ofendida. Además, aunque Junot, antiguo embajador en Lisboa, conocedor del carácter del país, procuró congraciarse con los naturales, el orgullo del emperador exigiendo fuese arriada la bandera nacional y substituida por la francesa, y la necesidad de recursos que le inspiró la idea de decretar una contribución de 100.000.000, hizo fracasar todo intento amistoso.

Aun aumentaron el odio que la nación sentía al francés las burlas que el emperador se permitió al recibir una comisión de magnates portugueses que fue a exponerle las quejas del pueblo. Por último, las noticias que se recibían de España, alzada en masa contra los franceses, redoblaban los alientos rebeldes del pueblo.

El día del Corpus de 1808 estalló el levantamiento en Lisboa; rápidamente cundió por todo el reino. Oporto se convirtió en capital del movimiento emancipador. Allí se constituyó una Junta soberana que procuró aunar el esfuerzo nacional. La victoria española de Bailén fue acogida con entusiasmo inmenso. Por su parte, Inglaterra había prometido su concurso, y se tenían noticias de la salida del ejército inglés.

Junot, en situación comprometidísima, tuvo que concentrar sus fuerzas y dejar que el país procediera a su antojo. El 29 de Julio desembarcó el ejército inglés en la Coruña al mando de sir Arturo Wellesley, después glorioso duque de Wellington. Puesto en seguida de acuerdo con la Junta de Oporto, penetró en el país y derrotó sucesivamente a los franceses varias batallas, haciendo capitular a Junot en Vimeiro (21) de Agosto).

Las condiciones principales fueron: evacuación del país por las tropas francesas, entrega de todas las posiciones y honores militares a los vencidos. Aún estuvieron a pique renovarse las hostilidades por entender los ingleses que la flota rusa venida en socorro Junot quedaba .incluida en la capitulación, pero el mismo almirante ruso no tuvo inconveniente en entregar los barcos a Inglaterra con la sola condición de que fueran repatriados los oficiales y la marinería.

El Tratado de Cintra del 30 de Agosto sancionó este acuerdo. Sabido es que Napoleón procuró en persona tomar el desquite de estos reveses, y durante todo el año 1809 pareció que su genio militar iba a conseguirlo, pero obligado a dejar España para atender a las provocaciones de Austria, confió a Soult y a Massena la misión de sojuzgar la Península entera.

El primero se apoderó rápidamente de Galicia y sucesivamente de Braga y Oporto en Portugal; el segundo, después de tomar Almeida, marchó sobre Coimbra, creyendo fácil el paso; pero allí encontró admirablemente situado al ejército anglo portugués, mandado por lord Wellington, que obtuvo sobre el intrépido caudillo francés la victoria de Alcoba, de gloriosa resonancia en todo el continente (Septiembre de 1810).

Massena justificó sus talentos militares maniobrando por los desfiladeros de Saldao y amenazando a Lisboa, pero las famosas líneas de Torres Vedras cortaron su paso, y después de resistir durante cinco meses la táctica reflexiva y tenaz de agotamiento a que le sometió el general inglés, se vio forzado a retirarse buscando contacto por Extremadura con el ejército de Soult, no sin verse gravísimamente comprometido en Redina y Condeixa. Por fin, pasó la frontera española en Abril de 1811 y derivó hacia Salamanca.

Portugal continuó fuera de su territorio la guerra contra el francés, y llegó con los ejércitos aliados hasta Toulouse (1814). Sabido es que Portugal no recogió el fruto de tanto heroísmo, pues sus reclamaciones no fueron escuchadas en el Congreso de Viena. Olivenza quedó definitivamente por España.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 págs. 712-714.

Juan VI de Portugal

Biografía

Rey de Portugal, del Brasil y de los Algarves. Dinastía Braganza, 1816-1826. Entre tanto la corte seguía en el Brasil sin mostrar la menor preocupación por regresar a la patria. En Marzo de 1816 falleció allí la Reina Loca, y el príncipe regente, que, a comienzos del referido año había constituido en reino su gran colonia americana, tomó el título de Juan VI, rey de Portugal, del Brasil y de los Algarves.

Sirvió esto, complicado con lo inexplicable de su ausencia, para que en Portugal creciera el disgusto contra el rey. Por otra parte, la vieja levadura de las ideas propagada por la Revolución francesa, fermentaba con el prestigio que las Cortes españolas de Cádiz adquirían por su labor admirable frente al invasor y a todos los elementos retardatarios, interesados en mantener la política absolutista.

Gran parte de la opinión portuguesa y valiosos elementos del ejército temían que se supeditasen los intereses de Portugal, a los del Brasil y que el reino quedara a merced de la influencia inglesa. Heridos en su dignidad y en su patriotismo, era cada vez más visible el desasosiego de los portugueses.

El grito revolucionario estalló en Oporto el 24 de Agosto y repercutió en Lisboa el 29 (1820), pidiendo convocatoria de Cortes y promulgamiento de una Constitución, a imitación de la de Cádiz. Todo el país, incluso lo mejor del elemento oficial, apoyó con actividad y con simpatía la demanda.

Rápidamente se constituyó un Gobierno provisional, se convocaron Cortes, no al estilo de las que hacía un siglo habían dejado de funcionar, sino inspiradas en los principios modernos, con plenos poderes para hacer labor constituyente.

Esas Cortes eliminaron del ejército a los ingleses, incluso a lord Beresford, gran mariscal y verdadero árbitro de los destinos del país aun antes de ausentarse la corte, suprimieron la Inquisición, establecieron la igualdad ante la ley, la libertad de imprenta y los derechos del ciudadano

Lord Beresford, que estaba en el Brasil, regresó precisamente cuando las Cortes legislaban con más entusiasmo y el país las apoyaba con más ilusión. Traía el nombramiento de vicerregente, pero no fue reconocida su validez por los legisladores, y comprendiendo que no era oportuno ni acaso posible tratar de imponerse, el mariscal optó por acatar el fallo de la Asamblea y reintegrarse a su país.

Los sucesos tuvieron en el Brasil repercusión hondísima; un conato de revolución en Pernambuco en 1817, probó cuánta fuerza expansiva tenían las ideas renovadoras que producían en el continente europeo mutaciones radicalísimas.

El rey, que no necesitaba pruebas tan duras, para acreditarse de apocado, quedó al conocer las noticias temeroso y perplejo. Pero la familia real se dividió hondamente: el príncipe real don Pedro, de veintidós años, se convirtió en representante de la monarquía constitucional; la reina madre, doña Carlota Joaquina, ambiciosa y autoritaria, se inclinaba a mantener el absolutismo, identificada perfectamente en ideas con su hijo menor don Miguel.

De todas suertes los sucesos de Portugal hacían forzosa la vuelta de la corte. No sin vacilaciones, que hubo de vencer con su consejo el Gobierno inglés, se decidió el viaje. Don Pedro quedó instituido regente del Brasil. Los reyes, que habían sido recibidos con amor, fueron despedidos con manifestaciones tumultuarias dejando tras sí indiferencia o desprecio.

La corte desembarcó en Lisboa el 3 de Julio de 1821. En el mes de Octubre del año siguiente juraba la Constitución redactada por las Cortes. La reina madre, que se negó a jurarla, fue desterrada. Además, la Asamblea legislativa conminó a don Pedro para que en el término de un mes viniera a prestar el juramento, so pena de ser exonerado de sus derechos a la Corona, y declaró traidores a cuantos prestaban acatamiento al Gobierno constitucional del Brasil.

Es evidente que las Cortes portuguesas caminaban demasiado de prisa; en la amplitud de las libertades promulgadas, llegaron hasta el sufragio universal, y en la entereza con que hacían valer su soberanía, lastimaban sentimientos muy arraigados en el país de devoción al poder real.

La reacción, pues, era visible, y como al mismo tiempo el avance de los Cien Mil Hijos de San Luis por España, para restaurar el absolutismo, alentaba las esperanzas de los reaccionarios, apenas el conde de Amarante (1823) dio en Tras-os-Montes el grito de libertad para el rey, y felicidad para el pueblo según las leyes antiguas, cuando el infante don Miguel, buen número de tropas y gran parte del pueblo, se pusieron resueltamente al lado del régimen derrocado.

El movimiento logró disolver las Cortes, anular la Constitución de 1822, secuestrar al rey que no quería subscribir todo el programa reaccionario y encumbrar a la regencia efectiva al infante don Miguel. El rey logró romper el secuestro y buscar refugio en buque inglés. Las potencias apoyaron sus derechos y el regente intruso se expatrió instalándose en Viena.

Designio era de las naciones que influyeron en la restauración de Juan VI implantar un sistema parlamentario en Portugal, pero el rey entró en Lisboa a los gritos de ¡viva el rey absoluto!, y de hecho en Portugal, lo que entonces no era absolutismo era simplemente anarquía.

Poco después (1825), se vio obligado, por consejo de Inglaterra, a reconocer la independencia del Brasil, después de haber intentado durante dos años evitar esta pérdida, apoyándose en las provincias fieles a la corona portuguesa Pará, Bahía y Pernambuco.

Sir Carlos Stuart fue el principal negociador del Tratado: se hacía en él caso omiso de la sucesión a la corona de Portugal, pero el infante don Pedro, ahora emperador del Brasil, renunció, aunque con reservas, a sus derechos sucesorios.

Pronto hubo oportunidad de declarar sus verdaderas intenciones, pues en Marzo de 1826 falleció Juan VI, en circunstancias que hicieron sospechar un envenenamiento. Cuatro días antes de su fin nombró a la infanta doña Isabel María regente del reino, mientras el heredero legítimo, cuyo nombre se omitía, tomara sus determinaciones.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 págs. 712-714.

Pedro IV de Portugal

Biografía

Rey de Portugal, del Brasil y de los Algarves. Dinastía Braganza, 1826. Fue proclamado sin vacilar don Pedro, tanto por la regente como por el pueblo y el mismo infante de Miguel, que desde Viena escribió que no consentiría se lesionara el derecho del legítimo heredero el reino, su muy amado hermano y señor el emperador del Brasil.

Don Pedro tenía, junto con ideas progresivas, otras tradicionales un poco incongruentes con el liberalismo de que alardeaba. Y ahora quiso conciliar su fe en la monarquía patrimonial, con su deseo de gobernar liberalmente a sus pueblos. A modo, por lo tanto, de merced regia, redactó una Carta Constitucional inspirada en la de Inglaterra y en realidad bien acomodada a los sentimientos y preparación ciudadana de los portugueses.

La regencia de don Miguel

Después (2-V-1826) abdicó la corona en su hija doña María de la Gloria, de siete años de edad, que había de casarse en tiempo oportuno con su tío don Miguel, a quien se confiaba la regencia.

En Portugal se recibió con frialdad la intromisión del emperador del Brasil en los negocios del reino, y el Consejo de regencia tuvo el propósito de no publicar la Carta. Sin embargo, el general Saldanha, gobernador militar de Oporto, nieto del ilustre Pombal y popularísimo entre las tropas, se pronunció en favor de la Carta, anunciando a la regente que estaba dispuesto a publicarla en su territorio sin consentimiento del Consejo de regencia.

Se circularon entonces las órdenes y el 31 de Mayo fue jurada fidelidad a la nueva pauta constitucional, en medio de gran entusiasmo popular, aunque en la región del Miño hubo chispazos absolutistas en favor de don Miguel. Por otra parte, los portugueses refugiados en España, adictos a antiguo régimen, conspiraban en la misma frontera a las órdenes del marqués de Chaves.

Inglaterra se vio obligada a llamar la atención del Gobierno español sobre estos manejos y a desembarcar una división en territorio portugués para apoyar la legalidad cartista. En 1827, gracias al ejército británico, la Carta era aceptada en todo el reino.

Al año siguiente don Miguel desembarcaba en Lisboa con el doble carácter de regente defensor de la Carta, y prometido de doña María. Tuvo un recibimiento suntuoso y cordial; se le aclamó como rey absoluto, y su juventud y apostura impresionaron gratamente a todo el mundo.

El nuevo regente procedió con estudiada cautela, de tal suerte que cuando disolvió las Cámaras prescritas por la Carta, ante las cuales había hecho sus juramentos de fidelidad, no encontró oposición alguna.

Hay que advertir que repatriado el ejército inglés, principal sostén del régimen cartista, la labor reaccionaria del regente no podía encontrar obstáculos de importancia, Don Miguel se apresuró a reunir Cortes según el estilo antiguo, con asistencia de los tres brazos. En ellas, a propuesta del obispo de Vizeu, fue proclamado rey (Junio de 1828).

No dejaron Saldanha y Palmella (este último antiguo ministro con Juan VI) de intentar mantener los derechos de doña María II. Fue, no obstante, arrolladora la fuerza de la reacción miguelista, y doña María se vio obligada a refugiarse en Londres con la plana mayor de sus partidarios. Se suceden tres años de guerra civil entre los partidarios, de tío y sobrina, cuyo concertado desposorio no llegó a celebrarse.

En la Isla Tercera fue donde tuvieron su principal centro de operaciones los partidarios de María lI. Sin embargo, la ventaja parecía estar asegurada definitivamente en favor del usurpador, rodeado, de aura popular, aun en medio de la represión cruel ejercida contra toda manifestación de ideas liberales. Pero en 1831 se vio obligado a abdicar en su hijo Pedro II el emperador Pedro I, que por afecto paternal y por repulsión de ideas no podía ver resignadamente lo que en Portugal ocurría.

El ex emperador logró, desde luego, el apoyo de Francia, cuyo trono ocupaba a la sazón Luis Felipe; también logró auxilios pecuniarios de España merced a la intervención de Mendizábal; Inglaterra, aunque oficialmente estorbó algo los manejos de los cartistas, no evitó que levantasen tropas en su territorio.

Don Pedro superó con actividad infatigable todas las dificultades; consiguió reunir escuadra y ejército de desembarco, concentrándolo en las Azores y pasando después a Portugal, que invadió por la aldea de Mindello, y más tarde Oporto (Julio de 1832). Allí padeció largo asedio de las fuerzas miguelistas, que seguían dominando el país y contaban con la popularidad de su causa. Su situación llegó a ser desesperada, aunque no por ello se abatió la extraordinaria energía de su ánimo.

Los talentos militares de Saldanha y del barón de Solignac lograron, no obstante, mejorar la situación, dando un golpe afortunado sobre Lisboa que cayó en poder del ejército libertador (25 de Julio de 1833). Don Pedro, después de veintiséis años de ausencia, tomó posesión del Palacio de Ajuda en medio del entusiasmo público.

Sin dar oídos a los consejos de moderación que el experimentado Palmella y el embajador inglés le dieron, multiplicó las represalias y las confiscaciones sobre los vencidos. También expulsó a los jesuitas y dio los pasaportes al Nuncio. Después (Septiembre de 1833) colocó en el trono a su hija doña María, y reservó para sí el cargo de regente.

Don Miguel pudo resistir hasta Mayo del año siguiente, en que firmó con su hermano la Convención de Evora, mucho más favorable para él de lo que podía esperar dado el ambiente hostil que tenía su causa en España, Francia é Inglaterra, y los fracasos militares que sufrió desde la pérdida de Lisboa, pues logró amnistía para todos sus partidarios, derecho a salir del territorio sin ser molestado y una pensión de 400.000 francos a condición de vivir lejos de la Península y de las posesiones portuguesas.

Altivamente renunció la pensión y aceptó la pobreza manteniendo dignamente su causa. El regente don Pedro murió en septiembre de 1834, después de declarar mayor de edad a su hija y de casarla con el joven duque de Leuchtenberg hijo del príncipe Eugenio de Beauharnais.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 pág. 714.

Mª da Gloria II

Biografía

Reina de Portugal. Dinastía Braganza, 1826-1853. Doña María de la Gloria vio ensombrecidos los primeros meses de su reinado con una intentona de don Miguel, abortada por la intervención de la Cuádruple Alianza, y con la muerte prematura de su esposo (marzo de 1835). En Abril del año siguiente casó en segundas nupcias con Fernando de Sajonia Coburgo, sobrino del rey de Bélgica.

Doña María confió a hombres ilustres como Palmella, Freire y Carvalho, la dirección de los asuntos públicos. Mas las dificultades económicas, después de tantos años de desorden, eran superiores a los talentos de aquellos experimentados ministros. Los partidos políticos que entonces comenzaban la conquista de la opinión cartistas, partidarios de la Carta de don Pedro; septembristas, de la Constitución de 1822, y miguelistas, de la monarquía absoluta dificultaban con sus querellas toda política reconstructora.

Un movimiento constitucional triunfa en Septiembre de 1836 y obliga a la reina a jurar el Código de 1822. La belemzada, intento de contrarrevolución preparado en el Palacio de Belem el mismo año, y el conato cartista de 1837, llamado de los generales, no tuvieron más resultado que exacerbar el espíritu partidista.

Llega en estos forcejeos el año 1842, durante el cual Costa Cabral, antiguo septembrista y ministro de Justicia en el Gabinete moderado del conde Bomfin, logra restaurar la Carta y asumir la dictadura. En ella se mantiene hasta el año 1844, intentando de un modo principal organizar la Hacienda para que el Tesoro viviera de sus propios recursos y no apelando constantemente a un crédito cada vez más agotado.

Las sociedades secretas, ya entonces poderosas, y sus antiguos amigos los septembristas, logran derrocarlo en la fecha indicada. La nueva situación, poco grata a la reina, duró poco, y Costa Cabral volvió a ser árbitro de la política portuguesa. Mas éste prefirió quedar en segundo término por el momento, instituyendo primer ministro al veterano mariscal Saldanha. Después, por cansancio de este, tuvo que volver a ocupar el Gobierno, donde inició mejoras importantes, aunque no dejó de reprimir con mano severa las inquietudes de los adversarios.

Desde 1846 hasta 1853, en que muere doña María de la Gloria, a política portuguesa se reduce a un duelo entre el mariscal Saldanha y Costa Cabral ya conde de Tomar, enemistados por incidentes de política interior que envenenaron episodios de corte, fatuidades del mariscal, campañas difamatorias contra el primer ministro, y no poco la presión extranjera interesada en mantener la anarquía del reino y con ella ambiente propicio a toda injerencia lucrativa.

Aunque la reina procuró mantener primero y defender más tarde a su ministro, Costa Cabral fue depuesto y desterrado. Le sustituyó Saldanha el 1-V-1851, aunque teniendo contra sí elementos formidables. Se dedicó a rectificar la obra de su rival y promulgó el Acta adicional, que restringía las facultades del poder ejecutivo, creaba municipalidades representativas, abolía la pena capital para los delitos políticos y establecía reglas para la percepción de tributos.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 pág. 715.

Pedro V

Biografía

Rey de Portugal. Dinastía Braganza, 1853-1861. Murió doña María de la Gloria en Noviembre de 1853. y ocupó el trono su hijo Pedro V, bajo la regencia del rey consorte. Dos años después, declarado mayor de edad, se hizo incompatible con el mariscal Saldanha, que dimitió al cabo de cinco años de gestión, cuyos aciertos hicieron olvidar las irregularidades de su encumbramiento.

El marqués de Loulé, su sucesor, hubo de liquidar con humillaciones, que le hicieron impopularísimo, un incidente con Francia a propósito del buque negrero Charles et Jorge. La peste en tanto hacía estragos en el reino, singularmente en Lisboa. Una de sus víctimas fue el rey (noviembre de 1861).R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 págs. 715-716.

Luis I

Biografía

Rey de Portugal. Dinastía Braganza, 1861-1889. Luis, hermano de Pedro juró como heredero el 22-XII-1861. El 1862 casó con María Pía de Italia con general beneplácito del país.

Aunque no faltaron dificultades interiores, la gestión del monarca y de sus ministros Loulé y Saldanha fue beneficiosa: inauguró grandes obras públicas, abolió la esclavitud en las colonias, mejoró la situación financiera, comenzó el catastro, celebró en Oporto exposiciones internacionales, pidió la reducción de su lista civil.

Ganó con todo ello autoridad indiscutible que frustró una tentativa republicana, fraguada al calor del ambiente revolucionario, forjado en España con el destronamiento de Isabel II y de las tendencias socialistas que comenzaban a arraigar en las ciudades y en la población jornalera de algunas provincias.

Pero las causas de la decadencia seguían actuando; rapacidad de los partidos turnantes, progresistas y regeneradores, desbarajuste de la Hacienda con abrumadores déficits que prepararon crisis financieras, precursoras de los trastornos políticos de que fue víctima su hijo y sucesor Carlos I (octubre de 1889).R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 pág. 716.

Carlos I

Biografía

Rey de Portugal. Dinastía Braganza, 1889-1908. Entre estos los reinados de Luis I y Carlos I surgen incidentes diplomáticos de importancia. Cuando las necesidades de los tiempos obligan transformar los antiguos puntos de parada a todo lo largo del continente africano, de las naves portuguesas que hacían el camino de la India, en posesiones para cuya seguridad era necesario el dominio del correspondiente hinterland, los audaces exploradores que acometieron la empresa se encontraron con los avances que otras naciones poderosas, singularmente Inglaterra, daban en el intento de asegurar a su influencia la explotación del continente negro.

Serpa Pinto, Robero Ivens, Brito Capello, entre otros, emularon con sus misiones científicas en África las glorias de los tiempos antiguos.

Uno de los incidentes suscitado con motivo de la posesión de Lourenço Marques fue favorablemente zanjado por el fallo arbitral de Mac-Mahon, presidente de la República francesa; otro ocurrido en 1890, al comenzar su reinado Carlos I, con ocasión de haber fortificado Serpa Pinto algunas plazas del territorio Makalolo, fue liquidado imponiendo Inglaterra a su antigua aliada las más crueles humillaciones.

Esto, unido a la situación de la Hacienda, a la proclamación de la República del Brasil, a los gastos excesivos de la Corona, no voluntarios en gran parte, y a los sentimientos católicos de la reina Amelia, dio auge extraordinario al republicanismo.

No ya contaba este con grandes masas, sino con las primeras capacidades del país, entre otras, Latino Coello, Elías García, Sousa Brandao, Teófilo Braga, Manuel de Arriaga, Magalhães Lima y Teixeira de Queiroz.

Era fácil convencer al pueblo de que las humillaciones presentes y futuras no procedían de un abuso de fuerza de los grandes, sino del descrédito e ineptitud de la monarquía.

El monarca mostró serenidad y talento en circunstancias tan críticas. Convencido de que el mundo político era una piolheira, de que gran parte de la crítica republicana era fundada, rehusó entrar por caminos de violencia; procuró remozar los partidos turnantes; hizo algunas concesiones a los radicales, cerrando algunas casas religiosas.

Todo fue en vano. Para colmo de contrariedades comenzó a exteriorizarse (1902) el descontento en el ejército y la marina. Por último, como las Cortes habían degenerado en una comedia, como los adelantos hechos a la Corona para gastos que no encubría la mezquina dotación de la lista civil, eran motivo de una feroz campaña de prensa, Carlos I consideró forzoso prescindir del Parlamento y confiar a Juan Franco una dictadura limitada a reorganizar la Hacienda y la Administración y a restaurar el crédito público (1906).

Las severidades de Franco, el corte de Cuentas que hizo para librar al Tesoro real de sus deudas, promovieron agitación intensísima. Las sociedades secretas, muy poderosas, extremaron las propagandas y tramaron el regicidio.

Conocedor Franco de la conjura, consiguió desbaratarla, reduciendo a prisión a sus promotores principales, Costa, Monis, Ribeira, Brava, entre otros.

No tuvo igual suerte para frustrar el atentado. Este se ejecutó el 1-II-1908 en el sitio denominado Terreiro do Pazo. Murieron casi instantáneamente el rey y el príncipe heredero, y aquella misma noche el Consejo proclamó sucesor del monarca asesinado al hijo menor Manuel II.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 pág. 716.

Manuel II

Biografía

Rey de Portugal. Dinastía Braganza, 1908-1910. El nuevo soberano no tenía vocación para el peligroso oficio que le encomendó la tragedia de Terreiro do Pazo. En la misma noche del regicidio el Consejo de Estado propuso a Manuel II la formación de un Ministerio donde se concentrase el mayor número posible de fuerzas monárquicas bajo la presidencia del almirante Ferreira de Amaral, ex ministro de Marina.

Entraron en el Gobierno elementos del partido regenerador, del partido progresista, más algunos amigos personales del presidente. El nuevo Gobierno se apresuró a borrar toda la obra de Juan Franco y a decretar amplísima amnistía.

En 1909 Manuel II visitó España, Francia e Inglaterra para agradecer las atenciones de los jefes y Gobiernos de estas naciones con la familia portuguesa. Estos viajes fueron explotadísimos por los elementos revolucionarios, que alarmaron el patriotismo portugués haciendo creer a la opinión que se procuraba allegar el apoyo armado del extranjero, a fin de sostener la vacilante monarquía.

Las Cortes formadas, entre tanto, bajo la presidencia del Gabinete Amaral, fueron perturbadoras y estériles. En espacio de año y medio consumieron la vida de cinco situaciones presididas, aparte de la de Amaral, por Campos Enríquez. Sebastián Téllez, Venceslao Lima y Francisco Beirao. La única fracción que no participó del poder fue la franquista, acaudillada por el ex ministro de la Guerra Vasconcellos Porto.

Mientras el desconcierto en los negocios se agravaba con la inestabilidad de los ministerios y la ineptitud del personal gobernante, tomaban extraordinario desarrollo las sociedades secretas, singularmente la Carbonaria, donde afluyeron elementos masónicos y todos los intelectuales que sin filiación en la secta aspiraban sobre todo a proclamar la República.

Esta asociación parece que se funda en 1893 por estudiantes de Coimbra, de ideas exaltadas; más tarde agranda su organización y sus fines Luz y Almeida, que concibe el propósito, y lo realiza sin descanso, de prepararla para una acción violenta y directa contra el trono.

Poderosa ya antes del regicidio, aumentó por miles sus afiliados durante el reinado de Manuel II; el pueblo, el ejército y la intelectualidad más escogida figuran en ella. La Carbonaria tenía por fin la acción directa, pero, previo juramento de fidelidad, no rechazaba al que prometiese, en ocasión oportuna, ayudar al derrocamiento de la monarquía.

En Octubre de 1909 casi todo el ejército y la marina quedaban comprometidos para un alzamiento revolucionario, que había de secundar el pueblo convenientemente armado y aleccionado por la Carbonaria.

En esto el Gabinete. Beirao, que regentaba los asuntos públicos, sufrió rudo golpe con motivo de descubrirse grandes irregularidades en el Crédito Predial, institución oficial de la cual era gobernador Luciano Castro, progresista y principal sostén, con sus amigos, de la situación gobernante.

Declarada la crisis total, invirtió el monarca catorce días en conjurarla, al término de los cuales, sin tener solución mejor, confió el poder a la fracción regeneradora de Teixeira de Souza, por ofrecer, dentro de su conservadurismo, el matiz más avanzado.

Este personaje formó Gobierno apoyado en los progresistas disidentes y coincidió su posesión del mando con perentorios avisos del ministro portugués en París de que era inminente una intentona revolucionaria importante (enero de l910).

Este Gobierno fue conocido por el dictado de los Siete Satanases. Se suponía que su presidente tenía inteligencias con Alpoin, monárquico ambiguo, este con republicanos como Costa, Machado y Chagas; todos ellos con los revolucionarios de acción, o sean los carbonarios y los regicidas. Ello es que todas las fuerzas monárquicas, progresistas, franquistas, nacionalistas, católicos, etc., desampararon y combatieron, con la feroz pasión que el carácter nacional pone en empeños tales, al Gobierno del rey.

El Gobierno, entre tanto, disolvía las Cortes, convocaba elecciones y adoptaba, ganoso de simpatías en la izquierda, algunas medidas contra el clero, con lo cual la revolución se engreía y los elementos gubernamentales se exasperaban.

Realizadas las elecciones en este ambiente, sus resultados fueron desastrosos para el Gobierno; solo en Lisboa triunfaron 13 republicanos; y mientras tanto, deseoso el rey de paliar la política hostil de su Gobierno hacia los católicos, tomaba iniciativas, como la de ingresar en la Hermandad del Santísimo y concederla el título de Real, que sin aplacar el descontento de los creyentes, provocaban una crisis ministerial sin desenlace satisfactorio posible.

Aprovechando el descontento, los revolucionarios planearon el golpe decisivo. El doctor Miguel Bombarda, director general del movimiento, tomó a su cargo movilizar los elementos civiles, y el comisario de Marina, Machado dos Santos, los militares y la escuadra.

Todo estaba dispuesto para que la revolución estallara en la noche del 3 al 4 de octubre, cuando el mismo día 3 fue asesinado por un demente en el hospital de Rilhafolles el doctor Bombarda, suceso fortuito que los periódicos revolucionarios achacaron, sin embargo, a los clericales.

Comenzaron los tumultos en las calles, fueron perseguidos algunos religiosos por las turbas, y así llegó la noche en que, por una inexplicable inacción del Gobierno, el Comité revolucionario formado por el almirante Cándido dos Reis, Alfonso Costa, Antonio J. Almeida; Eusebio Leao, Alfredo Leal y otros, decidió el levantamiento en la madrugada del día 4.

Simultáneamente se sublevaron algunas importantes unidades del Ejército y tripulaciones de la Armada, con muerte de la oficialidad leal. Varios regimientos de infantería, una sección de artillería mandada por el mayor Paiva Couceiro, y la Guardia municipal, defendieron honrosamente, hasta el último momento, a las instituciones. El rey salió de Palacio refugiándose primero en Mafra, después en Gibraltar y luego en Londres.R.B.: VARIOS AUTORES, Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Ed. Espasa-Calpe, 1988, tomo 46 págs. 716-717.