Historia del reino de Aragón

Sobrarbe, Ribagorza y Pallars
La Leyenda de Bernardo del Carpio
Sancho III se apodera de Ribagorza
Los orígines del condado de Aragón
Tamarón. Fernando I, emperador
Atapuerca y Graus: dos fratricidios
División de reino por Fernando I
Sancho II y Alfonso VI. Llantada
Asesinato de Sancho por Bellido
Peñalén. Unión de Navarra y Aragón
Alfonso I. Reconquista de Zaragoza
La épica expedición a Andalucía
Separación de Navarra y Aragón
Unión de Aragón y Cataluña

Sobrarbe, Ribagorza y Pallars

En la fragosa y pobre región pirenaica comprendida entre el reino vascón de Pamplona y la Marca Hispánica aparecen en el siglo IX los condados o territorios de Aragón, Sobrarbe, Ribagorza y Pallars, de población vascona o étnicamente emparentada con ella hasta Pallars. En toda la zona abundan los nombres toponímicos vascos y mixtos de éuscaro y romance.

Los orígenes de estos pequeños estados pirenaicos no son mejor conocidos que el de Navarra, si bien cabe hoy discurrir con cierta seguridad, como pasa con el reino vascón, sobre extremos fundamentales. Se tiene por cierto que la invasión árabe se detuvo en las montañas de Guara y de Sobrarbe, tras las cuales veían los sarracenos el comienzo del Afranc o reino franco.R.B.: Serrano Sanz, cap. IX, p. 95.

El fabuloso reino de Sobrarbe nació, según creencia antigua, en San Juan de la Peña y en Oruel como consecuencia de la primera victoria de la Reconquista en estas regiones. Serrano Sanz conjetura que las leyendas relativas a los reyes de Sobrarbe se apoyaron en el hecho probable de proceder de allí los monarcas navarros de la segunda dinastía.

Estos reyes vascones afianzaron su dominio en Sobrarbe, o lo adquirieron, por el matrimonio de García Jiménez con doña Dadildi de Pallars. Sobrarbe, esto es, sobre el Arbe (sobre la sierra de Arbe) es, por tanto, un territorio, no un reino Sancho el Mayor se llama en un diploma de 1034 rey in Superarbe.

La amenazadora vecindad del musulmán impondría organizar la defensa de la región pirenaica y entonces aparecerían caudillos y señores. Aunque se ha negado que hubiera reconquista en Ribagorza y en Aragón, en las tradiciones deben los condes su hegemonía o su fama —y a veces también el puesto— a sus hazañas en la guerra con los sarracenos.

Las leyendas tejidas en torno a las figuras del primer conde de Aragón, Aznar Galíndez, y de don Bernardo, conde de Ribagorza, son en esto harto explícitas. Lo cual no es inconciliable con la circunstancia de que la región pirenaica, incluida en la Península española, formase parte en el siglo VIII —unas zonas con mayor efectividad o por más tiempo que otras— del Imperio carolingio.

Se cree que cuando, en 785, los francos conquistaron Gerona ocuparon asimismo Pallars y Ribagorza, comarca que hasta entonces, quizás, había permanecido bajo algún conde godo. Pallars era condado: Comitatu Paliarensis, y Ribagorza, en un principio, pago: pagus Ribacurcienses, o sea, como los vicos y villas, un centro de grandes propiedades; pero ambos estados formaron uno solo bajo el mismo conde durante casi todo el siglo IX.R.B.: Serrano Sanz, cap. IX, p. 95.

El condado de Ribagorza se extendía por el Norte hasta la muralla pirenaica; por el Este lo separaba de Sobrarbe el río Esera; por el Oeste, el Noguera Ribagorzano servía de límite con Pallars, y al Sur tenía territorio ocupado por los sarracenos. Por el Noguera Ribagorzano la frontera de Pallars no fue en ningún momento muy fija cuando ambos condados estuvieron desunidos.

A Occidente Pallars confinaba con el condado de Urgel y por el Sur llegaba en los siglos IX y X hasta las faldas del Monsech. Pallars gravitaba hacia la Marca Hispánica, con cuyas gentes tenía afinidades sociales y culturales. En la mitad oriental de Ribagorza llegó a dominar, como en Pallars, el catalán. Pero desde comienzos del siglo X, Ribagorza mira más hacia Occidente que hacia Oriente, y en aquella dirección se desarrollan sus relaciones exteriores, hasta desembocar en la unión con Navarra.R.B.: Menéndez Pidal. El Idioma español en sus primeros tiempos, p. 95.

Ribagorza dependería del imperio franco hasta que el avance del sistema feudal, con su impulso desintegrador, trocó a este condado en feudo autónomo en la segunda mitad del siglo IX. En 875, al morir el conde Bernardo de Toulouse, sus dominios se dividieron y separaron y Ribagorza-Pallars quedó en poder del conde don Raimundo, su hijo.

Este conde Raimundo es un lógicamente, el primer gobernador de Ribagorza de quien se tiene noticia fehaciente. Se piensa que pertenecía, conforme he indicado, a la casa real de Francia, caso muy generalizado en la región pirenaica, tanto en la vertiente francesa como en la española, cuyos condes, por lo común, se hallaban unidos por vínculos de sangre a los representantes de la dinastía carolingia.

Otra tesis, acaso menos autorizada, sostiene que el conde don Raimundo era un caudillo indígena, producto, como en otras partes del Norte español, de las condiciones creadas por la presencia de los moros.

Se sabe que don Raimundo vivía en 893 y se supone que debió de morir en los primeros años del siglo X. Fue su mujer doña Giniguentes o Guinicuentes. Gozó ostensible influencia en la región, merced, en parte, a su amistad con los Beni Cassi.

Su poder, así como la compenetración que existía entre los estados cristianos del Pirineo, se reflejó, tal vez, en la política interior navarra, dado que reinó en Pamplona Sancho Garcés, hijo de García Jiménez y de doña Dadildi, hermana del conde ribagorzano, con perjuicio al parecer, como apuntamos en otro lugar, de lñigo Garcés, nacido del primer matrimonio de García Jiménez.

Raimundo I de Ribagorza y Pallars dejó cuatro hijos: Bernardo, Miro, Lope e lsarno,

Don Raimundo había legado el condado de Ribagorza a Bernardo y el de Pallars a Lope y a Isarno, pero con expreso deseo de que ambos quedasen en cierta dependencia nominal de Bernardo.

El conde Bernardo se casó, concluyendo el siglo IX, con doña Toda Galíndez. hija de Galindo Aznar II, conde de Aragón, matrimonio que añadió Sobrarbe, aportado por la aragonesa, a los dominios de los condes de Ribagorza. Don Bernardo gobernó Ribagorza entre el año 900 y el 935. En la segunda decena del nuevo siglo fundó el monasterio de Obarra.

Se vio este conde a veces en guerra con los sarracenos. Mohammed Al-Tawil, régulo independiente de Huesca, invadió en 908 Ribagorza y Pallars, tomó el castillo de Roda y lo redujo a escombros. Al año siguiente se apoderó de los de Monte Pedroso y Oliola, e hizo prisioneros a trescientos cristianos, luego rescatados, según Codera, por trece mil monedas de oro que Al-Tawil invirtió en reforzar las murallas de Huesca.

En una de aquellas incursiones apresaron los moros a Isarno, hermano de Bernardo, y lo tuvieron encerrado en Tudela (feudo de Mohammed ben Lope, aliado de Al-Tawil) hasta que lo liberó Sancho Garcés l de Navarra. Isarno murió en 953.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 378-381.

La Leyenda de Bernardo del Carpio

No hay documentos fidedignos que apunten hazañas de don Bernardo en la guerra con los infieles. Antes parece haberse sentido en apuros contra un enemigo superior. Sin embargo, el conde Bernardo figura en la leyenda como el Pelayo de Sobrarbe y Ribagorza, fundador de un nuevo e importante estado cristiano, desde el Noguera hasta el Ara, a expensas del invasor.

La Crónica General de España registra tradiciones y leyendas en las que se exaltan las proezas de don Bernardo en lucha con los musulmanes, base y origen, según Pellicer, Milá y Fontanals y Serrano Sanz, de la leyenda de Bernardo del Carpio. De vencido y humillado por los musulmanes —comenta Serrano Sanz— don Bernardo pasó en la imaginación popular a conquistador de Ribagorza y agrandándose con el tiempo en otras tierras su memoria, llegó a ser el símbolo de la independencia castellana contra la hegemonía de Francia.

La leyenda de Bernardo se formaría desde un principio con recuerdos oscuros y anacrónicos de las hazañas atribuidas al Bernardo de Ribagorza y al de la Gotia. Los hechos heroicos de este fueron cantados en Ribagorza por juglares franceses, y más tarde se adornó con ellos la vida del Bernardo español por pura confusión de nombres.

La primitiva gesta de Bernardo pasaría a Castilla con motivo de la boda de doña Ava, hija de Raimundo II, conde de Ribagorza, con Garci Fernández, conde de Castilla. Y la evolución final de la leyenda se produciría a comienzos del siglo XII, cuando los peregrinos franceses que iban a Santiago dieron a conocer la Chanson de Rollans, se forjaron los primeros capítulos del seudo Turpin y cundió en León y Castilla el descontento por la excesiva influencia de las instituciones y de la corte de Francia en los dominios de Alfonso VI.R.B.: Serrano Sanz, pp. 281 ss.

La primitiva leyenda de Bernardo nada tiene que ver, a lo que se cree, con la de Bernardo del Carpio. La primera, según se transcribe en la Crónica General de España, presenta a un Bernardo de nacionalidad francesa, hijo de una doña Tibor o Timbor y padre desconocido.

Las afrentas que se complace en hacerle su hermano uterino le inducen a abandonar la corte de su tío, Carlomagno. Con las riquezas, armas y caballos que le da su tío toma la ruta de España y va causando cuanto estrago puede en los pueblos por donde pasa. Más noble empleo tiene su brazo al final de su aventurera expedición, pues derrota a los moros en tres batallas.

Su gran hazaña es la conquista y liberación del Alto Pirineo, desde Ainsa y Berbegol hasta Sobrarbe y Monte Blanco. Bernardo termina casándose con doña Galinda, hija del conde Aliardos de Latre.R.B.: Crónica General, pp. 350 y 351.

En su más elaborada presentación histórica, la leyenda del Bernardo español nos lo ofrece como fruto de la amorosa inclinación de doña Jimena, hermana de Alonso II el Casto, por Sandia o Sancho, conde de Saldaña, con quien se casa clandestinamente; veleidad o desliz que el rey casto no les perdona. De aquel furtivo connubio nace el infante Bernardo, a quien Alfonso adopta y educa como si se tratase de hijo propio, hasta hacer de él un consumado caballero.

La conocida subordinación de Alfonso el Casto respecto de Carlomagno dio pábulo a la especie de que a raíz de la coronación del rey franco en Roma, el monarca asturiano se mostró dispuesto a entregarle su reino si se comprometía a limpiar a España de moros.

Ya consignamos el descontento provocado entre la nobleza neogoda por las especiales relaciones de Alfonso el Casto con Carlomagno. Pues bien, la leyenda, o mejor, la historia, mezcla a Bernardo del Carpio en estas intrigas Bernardo trabaja contra el rey, porque aspira a ceñirse la corona, y acaudilla una potencial rebelión.

No hubo lugar a ella, pues Alfonso escuchó a tiempo los lamentos de los nobles. Corte y súbditos rompieron con Carlomagno, y así pudo darse la memorable jornada de Roncesvalles, donde, como sabemos, sucumbió lo más selecto de la caballería francesa. El héroe español de aquella contienda fue Bernardo del Carpio o Carpense, matador, mano a mano, del gran Roldán.

Después -o antes, que este punto no está claro- de Roncesvalles, Bernardo supo por dos damas, doña Urraca Sánchez y doña María Meléndez, la historia de su propia vida. Le dijeron quién era su padre y cómo el rey lo tenía preso. Bernardo se dirigió inmediatamente a don Alfonso en solicitud de la libertad de su progenitor; pero don Alfonso se mostró inflexible. Buen súbdito, Carpio no desesperó de obtener la gracia del monarca.

Para ello comenzó a servirle haciendo la guerra a los moros por su cuenta. En seguida logró resonantes victorias en Benavente y Zamora y en el alto Duero. Un caballero francés, Bueso de nombre, que había osado entrar en son de guerra por Asturias, conoció también la pesada mano del Bernardo español.

Con sus proezas y su noble conducta despertó las simpatías de la reina, quien le dio su apoyo. Mas el rey continuaba insensibles a su súplicas, por lo cual Carpio —dice Mariana— grandemente se agraviaba que ni sus servicios ni los ruegos de la reina fuesen parte para que el rey su tío se doliese de su padre y le librase de aquella larga y dura prisión.R.B.: Mariana. Historia de España, t. I, libro VII. cap. XII, p. 171.

Nuestro héroe se retira entonces, con licencia de don Alfonso, a Saldaña, pero resuelto a vengarse del menosprecio con que le trata su señor. Como la reina, la nobleza concluyó también simpatizando con Bernardo y teniendo por justas sus pretensiones. Desde Saldaña Bernardo entraba por las tierras del rey, robando y asolándolas, y nadie podía impedirlo. El rey estaba viejo y resentía las alas que los nobles daban al héroe. Por esta razón se negó a nombrarle su heredero.

Muerto Alonso el Casto, las cosas no cambiaron. Bernardo siguió en rebeldía en lo que duraron los reinados de Ramiro I y Ordoño I. Con Alfonso III el Magno, Bernardo volvió a ser el escudo de la Cristiandad, defendiendo al trono, ocupado por un infante, de toda suerte de peligros.

Mas Alfonso el Magno tampoco escuchó sus súplicas, Bernardo, despechado, abandonó entonces la corte para siempre y construyó cerca de Salamanca el castillo del Carpio, nombre que adoptó por apellido. Se alió con los moros contra los cristianos, incitándoles a que corrieran sus tierras.

El mismo mataba los ganados, talaba los campos y saqueaba las propiedades del rey.

Alfonso convocó en Salamanca junta de nobles para tratar de la rebeldía de Bernardo, y acordaron hacerle justicia, pero primero había de rendir el castillo. Era ya imposible satisfacer los anhelos de Carpio, pues —cosa que no sabían o habían olvidado en la corte— su padre había muerto en la prisión. Despojado del castillo, Bernardo esperó en vano la vuelta de su progenitor. Por fin, descorazonado, se expatrió a Francia y a Navarra. Por estas tierras anduvo, de una en otra, como peregrino, y así acabó su vida.

En otras versiones se da a la existencia de Bernardo desenlace menos sombrío; se dice que supo hacer cara con entereza a la adversa fortuna y que cerró sus días sirviendo valientemente al rey.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 381-385.

Sancho III se apodera de Ribagorza

No abundan las noticias sobre Pallars separado de Ribagorza. Lope tuvo cuatro hijos: Raimundo. Sunifredo, Borrell y Suñer. Entre 952 y 956 heredó el condado Raimundo.

Por algún tiempo hubo simultáneamente un conde Raimundo en Pallars y otro en Ribagorza. Ribagorza pasó a manos de Raimundo II, vástago del conde don Bernardo y doña Toda, hacia el año 935. También tuvieron los condes fundadores del monasterio de Obarra una hija, Ava.

Otro hijo de don Bernardo y doña Toda, Galindo, disfrutó título de conde y algunos feudos. Raimundo II dejó buen número de descendientes: Unifredo, Arnaldo, Isarno. Odisendo y Ava. Unifredo heredó el condado de Ribagorza en 962. Ava contrajo matrimonio son el conde de castilla Garci Fernández. Isarno y acaso también Odisendo, obispo de Roda, obtuvieron feudos.

Tras la muerte de Unifredo, hacia el año 980, Ribagorza entra en un periodo de prueba. Isarno, el nuevo conde, perece en Monzón, en guerra con los moros, en 985. Corrían los años de las victorias de Almanzor, cuyas invictas tropas acampaban en Ainsa, la capital de Sobrarbe, y señoreaban valles y picos que el musulmán jamás holló antes.

El hermano de Isarno, Arnaldo, falleció asimismo prematuramente.

Muerto Isarno en Monzón sin descendencia legítima, le sucedió entre 985 y 990 su hijo espurio Guillén lsárnez, sobrino de doña Ava, la condesa de Castilla, y educado junto a ella. Debió de existir conflicto y confusión política en Ribagorza a cuenta de la herencia del condado, pues consta que Garci Fernández ayudó a Guillén a tomar posesión de Ribagorza con tropas castellanas.

El conde bastardo perdió la vida, quizás a traición, en la primavera del año 1008, peleando con los montañeses rebeldes del valle de Arán, que Guillén pretendía heredar por haberlo poseído su abuelo Raimundo

En este tiempo, por otra parte, estuvo gobernado Pallars, sucesivamente, por los condes Raimundo III y Guillermo.

En julio de 1008 se calenda la primera escritura de Ribagorza por Sancho el Mayor de Navarra, es decir, que inmediatamente de morir Guillén Isarnez o Isarno II, el rey navarro se apoderaría de Ribagorza. Otros autores ponen este suceso en el año 1015.R.B.: Menéndez Pidal. El Idioma español en sus primeros tiempos, p. 76.

El ambicioso vascón reclamaría el condado de Ribagorza por derecho hereditario, proveniente de su cuarta abuela doña Dadildi, hermana de Raimundo I de Ribagorza y segunda mujer de García Jiménez; y de doña Ava, abuela de la mujer de Sancho el Mayor.

Parece que Raimundo III de Pallars disputó, en derecho, Ribagorza a Sancho el Mayor, pero llegaron pronto a una avenencia.

Se ha atribuido el afán del rey navarro de poseer Ribagorza a la concretísima preocupación de contener el movimiento expansivo hacia occidente del condado de Barcelona.

Cuando Sancho el Mayor entró en posesión de Ribagorza, estos territorios estaban ocupados en gran parte por los sarracenos. Mas no fue tarea dificultosa liberarlos, dada la situación que se había creado en Córdoba.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 385-386.

Los orígenes del condado de Aragón

El condado de Aragón tomó el nombre de los ríos Aragón y Aragón Subordan, ambos incluidos en su área primitiva.

Se tiene por primer conde aragonés a Aznar Galíndez, hijo, quizás, del conde Galindo de la Cerdaña, amigo de Carlomagno en 778. Serrano Sanz observa que los documentos más antiguos de Aragón van calendados por los reyes francos. Tiene, pues, por verosímil que Aznar Galíndez, como Iñigo Arista, y como, en general, según su punto de vista, todos los condes del lado español de los Pirineos. fuese oriundo de la Vasconia transpirenaica.R.B.: Serrano Sanz, cap. XI, pp. 162 y 163.

Recuerda, además, que en Aragón se habló en un principio el dialecto que se hablaba en el Bearne hasta que más tarde penetró el castellano desde Navarra y desde Soria, forcejeando en competencia con el catalán.

Por último, los Ordenamientos de Jaca, que datan de 1238, uno de los textos más antiguos del dialecto aragonés, se hallan redactados en una especie de gascón, bien que modificados por el español.

En su origen, el condado de Aragón se extendía desde las cumbres del Pirineo por los llanos de Ayerbe, terminando por Oriente, acaso, en una línea entre los ríos Gállego y Cinca; a Occidente lindaba con Navarra.

Los comienzos de este condado también aparecen envueltos en leyendas y tradiciones. Según el abad don Juan Briz Martínez, que recoge algunas de esas tradiciones, doscientos cristianos, huyendo de la invasión sarracena, se retiraron a la reducida meseta de Pano, en medio de hondos precipicios, en lo más inaccesible del monte Oruel. Allí levantaron un pequeño castillo.

Pero noticioso Abderramán I de la existencia de esta fortaleza y estas gentes envió contra ellos un ejército a las órdenes de Abdelmelek-ben-Katán, quien tomó las defensas y pasó a cuchillo a la guarnición. De esta suerte se cita el primer soplo de vida y resistencia en las peñas de Aragón.

Otra tradición nos informa de que un guerrero llamado Aznar, descendiente de Andeca, noble godo, se hizo dueño de Jaca en ocasión en que García lñiguez se afanaba en el cerco de Pamplona. El rey navarro premió la hazaña de Aznar creando para él el condado de Aragón, que le dio en feudo. Sin embargo, la situación de los cristianos aún no era firme.

Los moros no renunciaban al Pirineo ni perdonaban al guerrero de Jaca su victoria. Por tanto, volvieron con un formidable ejército y se trabó encarnizado combate, en el que los cristianos corrieron grave peligro. Afortunadamente, apareció en el instante más oportuno un escuadrón de amazonas, heroínas de Jaca, que los moros tomaron por una aguerrida legión de franceses. Esto les hizo huir.R.B.: Briz Martínez. Historia de la Fundación y Antigüedades de San Juan de la Peña, p. 91 y 93.

Detalles históricos de la. leyenda son, sin duda. las luchas con los moros y la figura de Aznar y su conquista de Jaca. Este conde viviría a principios del siglo IX y sería, por consiguiente contemporáneo de Carlomagno.

Aznar Galíndez engendró a Céntulo, a Galindo y a Matrona. Matrona se casó con García Malo, hombre feroz y de poco aguante, que mató a Céntulo, repudió a su mujer y expulsó del condado a Aznar. Todo porque sus cuñados le gastaron la pesada broma de encerrarlo en un granero el día de San Juan.R.B.: Serrano Sanz, cap. XII, p. 190.

García Malo tomó por segunda mujer a una hija de Iñigo Arista, quien le ayudó, en alianza con los moros (¿los Beni Cassi?) a despojar del condado a Aznar Galíndez.

Se fija la expulsión del conde Aznar por los años 810 a 812. El primer conde de Aragón murió en la Cerdaña, en tierras que le dio Carlomagno.

Otra versión es la que adelantamos al hablar de Navarra, según la cual Aznar Galíndez fue víctima de la alianza navarra contra Carlomagno por la independencia de Pamplona. En ambos casos se señala el probable origen franco del conde, bien que no sea de menospreciar la tradición que le presenta como descendiente del conde godo Andeca.

Los sucesores de Aznar Galíndez tornaron a poseer el condado de Aragón en el segundo tercio del siglo IX; Galindo Aznarez, su hijo, todavía vivía y lo gobernaba en el año 867.

En fecha incierta sucedió a Galindo Aznarez su primogénito, Aznar Galíndez II, casado con Iñiga, hija de García Iñíguez y nieta de Iñigo Arista. De este matrimonio nació Sancha, que eligió por esposo a Al-Tawil, el régulo moro de Huesca.

Hijo de Aznar Galíndez II fue Galindo Aznarez II, unido en primeras nupcias con Acibela, hija del conde de Gascuña. Fruto de este matrimonio fueron: doña Toda, que se casó, como sabemos, con don Bernardo, conde de Ribagorza; Mirón y Redento, que fue obispo.

Segunda mujer de Galindo Aznarez II fue doña Sancha, hija de García Jiménez de Navarra. De esta unión nació doña Endregoto, quien al heredar Aragón y contraer matrimonio con García Sánchez I de Navarra pudo llevar este condado en dote, confundiéndolo con Navarra, si va no lo estaba por anexión -como otros sostienen- realizada por Sancho Garcés I

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 385-388.

Tamarón. Fernando I, emperador

La fosquedad que envuelve a Aragón en su corta existencia de condado autónomo se desvanece desde que resurge como reino. Aragón no había tenido historia porque, confirmando la idea de Montesquieu, había carecido de incidentes. Pero una vez que renace como Estado adquiere súbita y creciente notoriedad.

Además, su metamorfosis coincide con el comienzo de una nueva edad para España, sobre la cual menudean las crónicas, los diplomas, las escrituras y otros testimonios dignos de fe, de la época o posteriores, así como los estudios especiales de los tratadistas modernos. Podrá haber dudas, se tropezará con contradicciones, pero ya trabaja el historiador con luz de mediodía.

La división que Sancho el Mayor de Navarra hizo de sus extensos dominios entre sus hijos condenaba a la España cristiana a desgarrarse en luchas fratricidas. Las nuevas fronteras eran inaceptables para los perjudicados. La misma partición, por ir contra un sentimiento unitario tradicional, nunca del todo extinto, y contrariar poderosos intereses —en primer lugar, los del primogénito— tenía en los palacios reales adversarios difíciles de contentar.

Recordemos: 1º: que García (1035-1054), el primogénito de Sancho el Mayor, heredó Navarra; una Navarra que ahora comprendía a todos los países de lengua vasca, más una parte considerable de Castilla, con la Bureba, hasta el río Arlanzón; y 2º: que Fernando (1035-1065) obtuvo Castilla, enseguida reino oficialmente; una Castilla agrandada por Occidente con las tierras que Sancho el Mayor tomó a Vermudo III de León en Carrión y Saldaña, hasta el río Cea, pero, como acabamos de repetir, malamente amputada en el Norte y en el Este.

Es esta la época del Cid Campeador, que se caracteriza por un vigor extremado —en España y fuera de España—, del que nacen la codicia desapoderada, la belicosidad y la exaltación religiosa, la cumbre de la Edad Media, en suma, como si al doblar el milenio sin cumplirse las apocalípticas profecías que anunciaban el fin del mundo, se hubiese adueñado de los poderosos un frenético deseo de acción vital.

Los hijos y casi todos los nietos del gran Sancho navarro son hombres de ese tiempo, y a tono con él. Y de entre todos descuella en la Historia la medievalísima figura de Fernando I de Castilla, llamado el Grande.

De Fernando parte, en rigor, la primera agresión, y es la víctima el desventurado Vermudo III, que al morir Sancho el Mayor (10-II-1035) había recuperado León. El conflicto surge por los territorios del Cea, Palencia y Campos, que Fernando consideraba de Castilla, en parte por haberlos dejado su padre anexos a Castilla y en parte por haberlos llevado en dote al matrimonio la hermana de Vermudo, doña Sancha.

Fernando y García de Navarra se disponían a invadir León cuando Vermudo, adelantándose, entró por la comarca de Castrojeriz hacia Burgos. Le salieron al encuentro castellanos y navarros en Tamarón, entre Burgos y Castrojeriz, y en la batalla del 4-IX-1037 quedó muerto Vermudo.

Fernando hereda entonces León, a través de su mujer, doña Sancha, y con el reino el título de emperador. Así conquistaba la dinastía vascona el único reino cristiano que Sancho el Mayor no había podido legar a sus descendientes.

También entonces toma Fernando el título de rey de Castilla.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. VI, p. 234.
R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 389-390.

Atapuerca y Graus: dos fratricidios

Ramiro I de Aragón (1035-1063) tampoco tarda en revelarse como político y guerrero de fuerte personalidad. En 1038 redondea su reino agregándole, por muerte de su hermano Gonzalo, Sobrarbe y Ribagorza. Coligado con los reyes moros de Zaragoza, Huesca y Tudela invade Navarra en ausencia de su hermano, García , peregrino en Roma a la sazón, y pone sitio a Tafalla.

Sin embargo, el oportuno retorno del rey navarro obligó a Ramiro, derrotado en ese sitio, a desistir de toda pretensión sobre los dominios de su hermano mayor. El expansionismo castellano en la cuenca del Ebro los haría pronto aliados

Más digna aplicación habían de tener las armas de Ramiro contra los moros, a expensas de los cuales ensanchó el reino aragonés en varios puntos por el Norte recuperó los castillos que aún poseía el invasor en Sobrarbe y Ribagorza y se apoderó de Pallars. Hizo tributario al rey mahometano Moctádir Ben Hud, de Zaragoza y a su hermano Moddháffar, de Lérida. Por Zaragoza entraría en conflicto con el rey de Castilla.

En Occidente, Fernando I de Castilla y León y García Sánchez III de Navarra, tenían que romper por la cuestión de los límites entre Castilla y Navarra, García avanzó por Castilla hasta Campoo y hasta tierra de Burgos, como precio del apoyo dado a su hermano en la conquista de León.R.B.: Moret, Anales de Navarra, t. I, p. 696.
Ocupó territorio de Oca hasta el río Tirión, la Bureba hasta cerca de Pancorbo y el valle de Ebro hasta Sobrón y Frías.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. VI, p. 247.

En 1054 estalló la guerra que ni aun la mediación de Santo Domingo de Silos y San Iñigo de Oña pudo evitar. El 1º de septiembre, entre Agés y Atapuerca, a dieciocho kilómetros al este de Burgos, se dio la batalla en que el monarca navarro fue derrotado y muerto. Allí mismo quedó proclamado rey el infante don Sancho (Sancho Garcés IV de Navarra), estando presente su tío el emperador.

Atapuerca marca el principio de la total recuperación y algo más, por parte de Castilla, de los territorios que pertenecieron a sus condes y que Sancho el Mayor incorporó a Navarra. No existe, sin embargo, certidumbre acerca del orden y el tiempo en que se realizó la reunión con Castilla de esas comarcas.

Parece ser que antes de 1060 entró en posesión Fernando el Grande de casi todo el territorio ocupado por García y que entre 1060 y 1065 se adueñó el emperador de la comarca de Castilla la Vieja, Mena, Laredo y Encartaciones y acaso también de la tierra de Salinas de Añana y Miranda de Ebro. Es decir, al morir el primer rey de Castilla había recuperado ya este estado casi la totalidad del territorio castellano que Sancho el Mayor anexó a Navarra.

Siete años después de la tragedia de Atapuerca se manchaba la dinastía vascona con un nuevo fratricidio. Las parias de Zaragoza constituían botín muy codiciado por todos los príncipes cristianos. Fernando I hostilizó hacia el año 1060 la frontera occidental de ese reino musulmán y se apoderó de Gormaz y Berlanga. Entonces se declararía Moctádir tributario del emperador y le prometería parias anuales.R.B.: Menéndez Pidal, La españa del Cid, parte II, cap. III, 2, p. 86.

El futuro rey de Castilla, el infante don Sancho, reafirmaba en 1063 el interés castellano en la cuenca del Ebro medio, acudiendo con lucida hueste de caballeros castellanos, entre los que iba el Cid Campeador, en apoyo del rey Moctádir.

Don Sancho acompañaba al rey moro de Zaragoza y su numeroso ejército a levantar el sitio de Graus, en Ribagorza, saliente amenazador del reino zaragozano, que molestaba a Ramiro I de Aragón y que este trataba de suprimir. Y el 8 de mayo se daba ante Graus la batalla en que el rey Ramiro perdió la vida.

El reino de Aragón, engrandecido por su primer monarca, pasaba ahora a ser gobernado por Sancho Ramírez (1063-1094), hijo del muerto, y no inferior a su padre en las lides de la guerra y la política. La primera gran empresa en que el joven príncipe aragonés se vio envuelto fue una cruzada en su propia tierra, la que predicó contra los sarracenos españoles el Papa Alejandro II en 1063 y dirigieron el conde de Poitiers y duque de Aquitania Guillermo y el barón normando Roberto Crespin.

A estos cruzados se unieron el obispo de Vich con sus tropas y el conde de Urgel, Ermengol. Resultado de tamaño esfuerzo fue la rendición en agosto de 1064 de Barbastro, próspera ciudad en la frontera de Lérida, en la que los cristianos conquistadores cometieron increíbles atrocidades.R.B.: Veánse con más detalles estos hechos en Menéndez Pidal, obr, cit., parte II, cap. III, 4, p. 97 ss.

Barbastro quedó bajo Sancho Ramírez, y su suegro, el conde de Urgel, tomó a su cargo la defensa. Los caballeros franceses y normandos se entregaron a las delicias que la ciudad podía ofrecer a aventureros ávidos de riquezas y placeres —no templados ni experimentados, como los españoles, en este linaje o guerra— y poco costó al rey mahometano de Zaragoza, con la cooperación de quinientos guerreros de Motádid de Sevilla, reconquistarla en abril de 1065. Allí, en una salida, murió el conde Ermengol; los demás defensores, españoles y extranjeros, fueron degollados.

Envalentonados con esta victoria, los sarracenos tomaron la ofensiva desde sus ciudades fortificadas, en particular desde Huesca, y castigaron a menudo las tierras de Sancho Ramírez con las habituales algaras y correrías. Pero el rey aragonés los contuvo con mano dura. Conquistó Nabal, Marcuello y Loarre; inició el asedio de Huesca y fortificó Monte Aragón. Sus hechos militares le dieron un prestigio que contribuyó luego a recomendarle para el trono unido de Navarra y Aragón.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 390-393.

División de reino por Fernando I

En 1063, a su regreso de Sevilla, Fernando el Grande anunciaba en León, en Corte o asamblea expresamente convocada, a presencia de los magnates de sus dominios el reparto de estos entre sus hijos para cuando él muriera. A Sancho, el primogénito, dio el reino de Castilla; a Alfonso, el reino de León, con los Campos Góticos, hasta el Pisuerga; a García, el reino de Galicia A sus dos hijas, Urraca y Elvira, legó el emperador el señorío de los monasterios de los tres reinos, con la condición de que no se casasen.

Asimismo, cada coheredero varón recibió como esfera de influencia un reino moro, con las parias, según advertimos en otro capítulo, Sancho quedaba confirmado en su protectorado zaragozano sobre Moctádir. (Para asegurarlo tendría que presentarse con tropas ante Zaragoza en 1067). Alfonso obtenía los tributos de Toledo pagados por el rey al Mamún, y García señoreaba los reinos tributarios de Sevilla y Badajoz, sometidos al rey Fernando en las personas de Abbed Motádid y Modháffar ben Alattas

Tan rica herencia política nos obliga a recordar, siquiera sea en pocas líneas, el formidable empuje que el hijo segundo de Sancho el Mayor dio a la Reconquista, Aspiraba a someter a toda la España musulmana, y lo hubiese logrado si hubiera vivido unos años más. Conocemos su intervención en Zaragoza, consolidada en 1064 con una expedición de castigo que don Fernando realizó contra Moctádir para reimponerle la contribución, que el moro, descansando en su alianza con Motadid de Sevilla, se resistía a pagar.

En continuas campañas, que duraron desde 1062 hasta su muerte en 1065, atacó el emperador el reino de Toledo (1062), donde tomó varias ciudades, entre ellas Alcalá, además de arrasar los valles del Jarama y el Henares; el rey Mamun capituló y se avino a las parias. La guerra contra los reinos de Badajoz y Sevilla (1063) produjo efecto político análogo.

Las conquistas en Portugal —de las que hablaremos al ocuparnos de este territorio— dejaron de nuevo libre de moros el Occidente de la Península hasta el sur del río Mondego. Finalmente, el rey Fernando combatía a Valencia, y la hubiera ganado, cuando le faltaron las fuerzas y se retiró a León para exhalar el último aliento con una impresionante preparación religiosa que duró tres días (diciembre de 1067).

La energía física y moral y la fe religiosa de Fernando el Grande hubieran movido montañas en cualquier caso; pero el terreno estaba abonado para los grandes triunfos que consiguió. La España musulmana se hallaba dividida en múltiples reinos, los famosos reinos de taifas, desde que en 1031, fecha del destronamiento de Hixem III, quedó oficialmente disuelto el ilustre califato de Córdoba.

En las refinadas cortes palaciegas de aquellos pequeños reinos árabes del sensual Levante y Mediodía se cultivaban con ardor y ventaja las artes y las ciencias, pero con mengua de la política, la milicia y el estímulo religioso, disciplinas que recibían ahora en la ruda España cristiana del Norte —cilicio y armadura— más que regular atención.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 393-394.

Sancho II y Alfonso VI. Llantada

Sancho II el Fuerte (1065-1072), el nuevo rey de Castilla, no aceptaría, quizás, de buen grado, como primogénito que era, que Alfonso pasara a imperar en León. Por cuestión de principios, además, resentía el reparto de los reinos hecho por su padre, y como vimos en el capítulo VI, no lo ocultaba. De momento, sin embargo, le apremiaría proseguir en Castilla las campañas reivindicadoras de territorio iniciadas por don Fernando, hasta acabar de expulsar a los navarros de esta región.

Según el Cronicón del obispo don Pelayo de Oviedo, al dar Fernando I a su primogénito Sancho el reino de Castilla, le recordó y transmitió los derechos que siempre había tenido la monarquía asturianoleonesa sobre la Rioja, Álava, Vizcaya y parte de Guipúzcoa y fueron usurpados por Navarra a principios del siglo X.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. VII, p. 262.
Los combatió, pues, en la Bureba meridional,que su padre no tuvo tiempo de reconquistar, y la tomó. En 1067 mandaba ya —hasta 1070— en Pancorbo un gobernador castellano, García Ordónez. No se detuvo ahí el rey Sancho, sino que también llegó a ocupar parte de la Rioja.R.B.: Menéndez Pidal. La España del Cid, parte II, cap. V, 4, p. 152.

La intervención de Fernando y su hijo Sancho II en Zaragoza y los avances de este último por Castilla, Álava y la Rioja unieron estrechamente al rey de Aragón (Sancho Ramírez) y al de Navarra (Sancho IV Garcés).

Estalló, al fin, la guerra entre los tres Sanchos, los tres primos carnales, los tres nietos de Sancho el Mayor; pero aunque militarmente triunfaron los aragoneses y navarros en Viana, donde Sancho Ramírez desbarató a los castellanos, no se reflejó este desenlace adverso a Castilla en el tratado de paz. Sancho de Castilla obtuvo cuanto deseaba: la confirmación de su soberanía sobre Pancorbo y la Bureba; de añadidura se reconocía su posesión de Montes de Oca, que era más de lo que podía esperar.

Resuelto el conflicto con el rey aragonés y el navarro de modo tan favorable a sus intereses, Sancho el Fuerte aparece envuelto en seria disputa con su hermano Alfonso VI de León. El Abad de Silos cree descubrir la causa en el hecho de haber quedado dentro del reino leonés la región entre el Cea y el Pisuerga, que Sancho el Mayor agregó a Castilla, Fernando I defendió contra Vermudo y a la cual no pensó renunciar Sancho II.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. VII, p. 265.

La lucha se concretó en un encuentro en la raya de Castilla y León, orillas del Pisuerga, en los campos de Llantada. Quien venciera se anexaría el reino del vencido. Y el 19-VII-1068 los dos reyes hermanos al frente de sus respectivos ejércitos midieron sus fuerzas en el más puro estilo caballeresco. La prueba fue adversa a Alfonso, que huyó a León, decidido a olvidarse de lo pactado. Lejos de dar León a Sancho, Alfonso invadió la zona de influencia asignada a su hermano menor, García, rey de Galicia, en Badajoz. El rey de León combatió las tierras del rey moro Modháffar y le forzó a pagarle tributo.

Nada pudo García, el más débil de los hijos de Fernando I, contra la intromisión de su hermano Alfonso en Badajoz, y todo ello alentó la ambición no solo de Alfonso, sino también de Sancho. Ambos se vieron hacia el año 1070 en Burgos o en Sahagún y acordaron despojar al hermano menor de Galicia.

El taimado Alfonso matizó el desheredamiento oponiéndose al reparto del reino de García, pero aceptaría la mitad de las conquistas de Sancho. El se limitaba a franquear el paso al rey de Castilla a través de León.

En mayo de 1071 Galicia estaba ya en poder de Alfonso y Sancho. El rey de Castilla haciéndose el ofendido por deslealtades no especificadas se adueñó de García y lo encarceló en el castillo de Burgos. Poco después le permitía desterrarse a la corte del rey Motádid de Sevilla, esfera de influencia que, según nos consta, su padre asignó al rey de Galicia y que ahora adquiría irónica significación.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 394-396.

Asesinato de Sancho por Bellido

Pero en enero de 1072 Sancho y Alfonso habían roto otra vez y nuevamente se desafiaban y llevaban sus huestes al campo de batalla. El lugar ahora elegido eran los campos de Volpejera, cerca del río Carrión. Los dos ejércitos se acometieron con furia hubo muchas bajas de ambas partes y los leoneses fueron de nuevo vencidos. Alfonso tuvo la desgracia de caer prisionero. Al fin lograba Sancho su anhelo de ver la rehecha la unidad castellanoleonesa; y sin pérdida de tiempo, el 12 de enero, se coronó emperador de León.

Como García, Alfonso estuvo preso primero en el castillo de Burgos, pero pronto se avino Sancho a dejarle partir para la corte de al Mamún, el rey moro de Toledo, hasta entonces tributario y gran amigo del caído emperador. Al desterrado le fue concedido el honor de acompañarse de una comitiva regia.

Análoga oposición que la encontrada por Fernando el Grande en León después de muerte de su cuñado Vermudo en Tamarón, le salió al paso a Sancho II de Castilla, después del vencimiento de su hermano. Pero don Fernando pudo dominar fácilmente a la nobleza leonesa, no así su primogénito.

La protesta se hizo fuerte en Zamora, ciudad inexpugnable sobre el Duero, dada por Alfonso a su hermana Urraca. Allí se habían refugiado, con la propietaria, los caballeros partidarios de Alfonso. Sancho y sus tropas castellanas sitiaron a Zamora, pero un caballero de doña Urraca, Bellido Dolfos de nombre, instigado por ella, consiguió deslizarse en los reales de las fuerzas sitiadoras y estando el rey desapercibido lo mató de una lanzada en el pecho.

Disperso el ejército de don Sancho y reinante el duelo entre los castellanos más leales al apuesto príncipe que acababa de desaparecer, volvió de Toledo Alfonso VI a uña de caballo y fue acogido con júbilo en Zamora por su hermana doña Urraca y por los condes y obispos leoneses, asturianos, gallegos y portugueses. Desde Zamora los magnates acompañaron a los reyes a León, donde el emperador volvió a ocupar el trono abandonado dos años antes.

Los castellanos, careciendo de mejor sustituto para Sancho, no tardaron en aceptar a Alfonso, pero le exigieron juramento de que había sido ajeno por completo a la muerte del rey de Castilla, su hermano. Le tomó la palabra con toda solemnidad en la iglesia de Santa Gadea de Burgos el Cid Campeador, viñeta muy celebrada de nuestra historia.

Entre tanto, García de Galicia, al tener noticia de que había dejado de existir el rey Sancho, se levantaba a sí mismo el destierro y se presentaba en su reino, introduciendo inesperada perturbación en los ambiciosos planes de Alfonso VI, a quien ya habían recibido los nobles gallegos como rey.

A inducción de su hermana doña Urraca, cuyo ciego amor por Alfonso dio pábulo a espantosas calumnias, y para evitar un nuevo fratricidio, el emperador resolvió quitar de en medio para siempre el desventurado García, enterrándolo en vida en una remota prisión. Y, en efecto, el 13 de febrero o 1073 llegaba el incauto rey de Galicia a León, llamado por su hermano. No más aparecer, Alfonso ordenó prendiesen. ¡Diecisiete años lo tuvo impíamente encadenado en el castillo de Luna, en la alta espesura de los montes de León, hasta que lo liberó la muerte en 22-III-1090!

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 396-398.

Peñalén. Unión de Navarra y Aragón

Bien será volver ahora la mirada a los reinos vascones, tema particular del presente capítulo.

La tutela sobre Zaragoza había pasado del rey de Castilla al de Navarra. Sancho Ramírez de Aragón hostilizaba con frecuencia a Moctádir, el rey moro de Zaragoza, quien, desatendido circunstancialmente por los castellanos, buscó la alianza con Sancho IV de Navarra, para que le protegiera contra cristianos y musulmanes y en especial contra el rey de Aragón.

La intervención del rey navarro en Zaragoza fue causa de que Alfonso VI rompiera con él e iniciase la guerra. Alfonso llegó a invadir la Rioja, pero el ejército castellano se retiró pronto. Esta situación de tirantez entre Castilla y Navarra duró poco tiempo, pues de pronto se presentaban mudanzas trascendentales en los estados del Norte.

El 4-VI-1076 caía asesinado el rey de Navarra. Había salido ese día de caza, y entre Funes y Milagro, en Peñalén, sus hermanos Ramón y Ermesenda y un grupo de cortesanos le apuñalaron por la espalda y a continuación lo despeñaron desde una roca al fondo de un precipicio, sobre el río Arga. Al conocerse el crimen en Navarra, la indignación popular señaló a los autores, pues vio en ello la obra de la impaciencia de Ramón por reinar, como presunto heredero que era durante la minoridad de sus sobrinos, los hijos de Sancho IV.

Los asesinos se refugiaron en la corte de Moctádir de Zaragoza, últimamente en tan buenos términos con Navarra. Huelga consignar que los regicidas no tuvieron, tal como se ofrecieron las cosas, la menor probabilidad de ocupar el trono vacante. Ni otro hermano de Sancho IV, Ramiro, ni los infantes obtuvieron la aprobación de los súbditos del monarca asesinado, que andaban divididos, en otra dirección. Espontáneamente se volvía a escindir lo que quedaba del imperio vascocastellano de Sancho el Mayor.

Las tierras que restaban a los navarros en Álava, Vizcaya y Guipúzcoa y la Bureba se pronunciaron, con la Rioja, por la reunión con Castilla, eligiendo por rey a Alfonso VI, al tiempo que los vascones de Navarra se declaraban en favor del rey de Aragón, el prestigioso Sancho Ramírez.

Los vascongados, que siempre, desde la época romana, dependieron, como sabemos, de la región del Duero, con la que los enlazaban motivos geográficos e históricos, tornaban a anudar su antigua comunidad política con Castilla, de nuevo impuesta, si bien se considera, por los cambios que trajo el tiempo.

Los navarros, que siempre gravitaron hacia la región del Ebro y en la época romana tuvieron su centro político y administrativo, como también se recordará, en Zaragoza, se inclinaron por la unión con el reino afín a su Oriente. Gran madrugador, Sancho Ramírez entraba en Pamplona en el mes de julio. Alfonso VI tampoco se descuidaba: a la misma hora penetraba por la Rioja con un ejército de castellanos y leoneses y era reconocido por rey en Calahorra y Nájera.

Aragón y Navarra habían constituido reinos aparte unos cuarenta años. Sancho Ramírez, como el Sancho despeñado, era nieto de Sancho el Mayor. Los dos estados volvían a una vieja mano dinástica. La unión durará, según diremos, unos sesenta años, con evidente oscurecimiento de la personalidad de Navarra —condenada a languidecer como estado— e incalculable medro de la corona aragonesa. El reino de Aragón, susceptible de medrar territorialmente por Oriente y Mediodía a expensas de los moros, poseía un porvenir que le estaba negado a Navarra, aprisionada entre Aragón y Castilla.

Sancho Ramírez reinó en Aragón y Navarra hasta o sin desmentir nunca la reputación que le había hecho bienquisto de los navarros. No dio reposo a los moros; y en su afán reconquistador chocó con la Iglesia, de cuyos bienes se incautó para hacer frente a los gastos de las campañas. Acusado de sacrilegio, Sancho Ramírez, no solo levantó la mano de la riqueza confiscada, sino que, por vía de penitencia, se humilló públicamente, como le mandaron, ante el altar mayor de la catedral de Roda.

El incidente le estimuló a combatir a los infieles con más brío, si cupiera, que antes, y una a una fueron cayendo las posiciones de los sarracenos en las montañas, quedando reducido su dominio a las comarcas llanas, de donde en lo sucesivo sería más fácil expulsarlos. Covin y Pitilla (Pradilla) se rindieron en 1080, Bolea, en 1081; Nabal, al año siguiente; Graus, que costó la vida a Ramiro I, en 1083; Ayerbe, próximo a Zaragoza, y otros pueblos en 1084, y este mismo año derrotó Sancho Ramírez a los moros en Piedra Pisada y Tudela.

Alfonso VI, siguiendo la política de su padre Fernando I y su hermano Sancho II, trató de hacer suya a Zaragoza a principios del año 1085, y ello dio lugar a nuevos roces entre el rey navarroaragonés y los castellanos. Pero Sancho Ramírez acabó reconociendo los derechos del emperador sobre esta ciudad. La invasión almorávide puso fin al asedio de la capital del Ebro y a una conquista que en otro caso estaba asegurada. También se vio Sancho Ramírez amenazado por la presencia del Cid y su mesnada en Zaragoza, donde se acogió el Campeador, brindando protección a Moctádir, al ser desterrado.

En 1089, el rey de Navarra y Aragón se apoderó de Monzón, lugar fortísimo, en la margen oriental del Cinca, y realizó una vigorosa campaña contra los pueblos y fortalezas del régulo musulmán de Huesca, que concluyó declarándose tributario suyo. En igual año pobló a Estella. Ante la ansiada línea del Ebro fortificó después a Castellar, centro desde donde operar contra el rey mahometano de Zaragoza. Sólo les quedaba ya a los musulmanes entre los Pirineos y el Ebro y desde Navarra al río Cinca una posición valiosa: Huesca.

En preparación del asalto a Huesca, Sancho Ramírez fue sobre Montearagón. Fundó allí el célebre monasterio de Jesús Nazareno. Sin demora puso sitio a Huesca, y en el desarrollo de estas operaciones fue malamente herido en circunstancias no muy desemejantes de las que se dieron en la muerte de Alfonso V en Viseo. En mayo de 1094, durante un reconocimiento, cuando alzaba el brazo apuntando a la muralla, una flecha le entró por el costado derecho y lo mató.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 398-401.

Alfonso I. Reconquista de Zaragoza

Caliente aún el cuerpo del héroe aragonés fue alzado en los mismos reales al trono unido de Aragón y Navarra su primogénito con el nombre de Pedro I (1094-1104). El nuevo monarca continuó largo tiempo el cerco de Huesca, como dejó ordenado su padre, contra infieles y cristianos, pues el rey moro recibió ayuda de su correligionario Mostain II de Zaragoza y de Alfonso VI.

Pero en los llanos de Alcoraz, cerca de Huesca, Pedro l derrotó espectacularmente, el 25-XI-1090, a la coalición enemiga. Hubo muertos sinnúmero. Dos días después se rendía Huesca. Tal fue el triunfo de las armas de don Pedro, que se atribuyó a la intervención sobrenatural de San Jorge, a quien el rey vencedor levantó un monumento en aquel campo de batalla.

No pararon ahí las conquistas de Pedro I. A continuación comenzó la campaña por Barbastro. En 1098 puso cerco a Calasanz; a poco, se adueñó de Pertusa, y en 1101 cayó Barbastro.

Al partir de este mundo en 1104, Pedro I dejaba los estados de Aragón y Navarra en el grado de prosperidad ambicionado probablemente por su padre. Pero la línea de reyes guerreros que comienza con Ramiro I se prolonga con éxito aún más extraordinario en Alfonso I, el Batallador (1104-1134), hermano del rey fallecido sin descendencia.

Alfonso I se hubiera bastado, quizás, para consumar virtualmente la reconquista de los territorios que aún quedaban a los sarracenos en España, si sus energías y las de sus súbditos no se hubiesen malgastado en los tristes, aunque explicables, conflictos civiles que durante su reinado despedazaron a Castilla y a Aragón.

La historia del matrimonio del Batallador con doña Urraca, hija y única heredera de Alfonso VI, y de las turbulencias que le siguieron, junto con las causas del desorden y su fatal repercusión en el Estado, pertenecen a otro lugar de este estudio. Registramos aquí sumariamente las portentosas conquistas del Batallador y sus navarros y aragoneses. que en tan alto lugar situaron al reino de Aragón y tanto contribuyeron a preparar su unión con Cataluña.

Fue la primera preocupación de Alfonso I expulsar a los moros de los castillos y fortalezas que todavía poseían en la margen septentrional del Ebro. En 1114 pudo ya pasar este río y ordenar el sitio de la histórica Zaragoza con el refuerzo de tropas del Bearne y la Gascuna. Reaccionaron vivamente los mahometanos, temerosos de perder el célebre bastión. Los de Tudela acudieron en socorro de los zaragozanos, dejando casi desguarnecida su ciudad. Se dividió entonces el ejército de don Alfonso, y una columna fue sobre la antigua capital de los Beni Cassi y la tomó por sorpresa.

Mas los aragoneses no lograron adueñarse de Zaragoza. El Batallador debió de desistir de rendirla, considerando de momento compensado el esfuerzo desplegado con las ventajas obtenidas. Continuó, sin embargo, la guerra en torno de tan importante presa, y en 1117 alcanzaba una gran victoria sobre los infieles cerca de Lérida. Estos combates le dieron Ayerbe (que debió de haberse perdido), Almudévar, Sarinan, Salcey, Robles y Zuera.

El estancamiento de las fuerzas sitiadoras ante Zaragoza desanimó a los franceses, quienes no viendo tangible ni cercano el disfrute del prometido botín, se retiraron a su tierra. No invadió pareja desilusión al Batallador, cuyas múltiples victorias no desviaban su pensamiento del objetivo más importante que entonces podía ofrecerse a un rey de Aragón.

Apoderarse de Zaragoza implicaba, además de despojar de su capital a los estados moros del Ebro, privar de punto de apoyo a importantísimas poblaciones de las comarcas al Sur del gran río ibérico, como Tarazona, Calatayud y Daroca, caídas las cuales se abría el horizonte político y militar de Aragón por el Mediodía y por Levante con profundidades insospechadas.

En la primavera de 1118, Alfonso I tornó a concentrar su atención y sus fuerzas sobre la renombrada plaza, ya con designio de tomarla a toda costa. La combatió todo el verano y todo el otoño sin desmayo, y a la postre, el 19-XII-1118, capitulaba la ansiada ciudad. La frontera aragonesa se corría de esta suerte a la línea del Ebro. Dos años más tarde se estrellaban los almorávides en Cutanda cuando intentaban reconquistar Zaragoza. Ese mismo año caían en manos de don Alfonso Alagón, Mallén, Magallón, Borja y Tarazona. En 21 añadía el rey los nombres de Epila, Ricla y Calatayud a la larga lista de sus victorias.

Mientras estos avances enardecían el ánimo pugnacísimo del monarca navarro aragonés —por lo demás en guerra envenenada, salvo breves treguas, con la nobleza de Castilla y León— cundía cada vez más el desaliento entre los árabes. La caída de Zaragoza había producido enorme sensación, no muy inferior a la que causó la toma de Toledo en 1035 por Alonso VI, y aquella catástrofe estaba aún grabada en el espíritu de los sarracenos.

Tras las conquistas del año 1121, el Batallador entró, pues, fácilmente en Bubierca, Alhama, Ariza, poblaciones y fortalezas de las márgenes del Jiloca, Daroca, Monreal y Belchite. Después de sitiada, Lérida se le escapó de las manos, pero don Alfonso pudo señalar el humillante ademán de tributario con que le saludaba el rey moro de esta ciudad como halagüeño testimonio de una nueva victoria. Otras adquisiciones hizo don Alfonso en las riberas del Cinca y del Segre.

Las invasiones de los almorávides, que vinieron a inyectar una corriente de vigor militar y exaltación religiosa a la blanda España árabe de los reinos de taifas, provocaron, con la desaparición de la tolerancia, el descontento y la rebeldía de los mozárabes del Sur.

Las victorias de Alfonso I de Navarra y Aragón hicieron concebir a estas masas cristianas esperanzas de liberación, y, sublevadas, le llamaron en su auxilio, ofreciéndole diez mil combatientes. La hazaña, que recuerda la retirada de los diez mil de Jenofonte, no haría mal papel en una historia de la caballería andante.R.B.: Menéndez y Pelayo, Heterodoxos, t. III, cap. II, p. 43.
R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 401-403.

La épica expedición a Andalucía

En septiembre de 1125 sale el Batallador con cuatro mil guerreros escogidos para Andalucía. Es una expedición desconcertante para amigos y enemigos. El itinerario seguido por los expedicionarios parece haber sido este: De Valencia, el rey y su numerosa hueste se dirigen a Alcira, y la atacan, pero son rechazados. El 3l de octubre se presentan ante Denia; de allí pasan a Játiba, Murcia, Vera y Almanzora, para subir a Purchena, y llegar a Baza, en cuyo intento de conquista fracasan.

El 4 de diciembre combaten a Guadix, de donde se dirigen a Graena y Alcázar. En estas comarcas comienzan a agregárseles los mozárabes. Vuelven a Guadix y desde Guadix se trasladan a Diezma. En enero de 1126 acampan en las riberas del Fardés cincuenta mil almas, navarros, aragoneses y mozárabes, a las órdenes y bajo la protección del Batallador. En vano intentan apoderarse de Granada; el tiempo no les es propicio y los refuerzos almorávides les preocupan.

Don Alfonso tiene que ponerse en movimiento con sus multitudes. Toman entonces el camino de las sierras y el mar, haciendo gala de tanta audacia como la que había informado la entrada en Andalucía. El 22 de enero reanudan la marcha el rey y sus gentes por la siguiente ruta: Maracena, Pinos Puente, Laseca, Luque, Baena, Ecija, Cabra. Polei y Arnisol, cerca de Lucena.

En Arsinol desbaratan los intrusos a un contingente sarraceno que venía hostilizándolos. Enfilan luego el abrupto camino de las Alpujarras, atravesando los valles y riberas del río Salobreña o Guadalfeo, hasta Vélez Málaga, en la costa Mediterránea andaluza, donde don Alfonso tomó simbólicamente posesión del mar embarcándose en un bote.

La vuelta la iniciaron por Granada a través de Dilar y Alhendín. Aquí y en la vega granadina la lucha con los moros, bien provistos de magnífica caballería, fue en extremo dura. El Batallador comenzó a sentir el precio de la aventura. Las epidemias causaban estragos entre sus muchedumbres y no podía cubrir bajas. Decidió regresar a Aragón cuanto antes, y lo hizo por Sierra Nevada, Alicún, Guadix, Murcia y Játiba.

Duró la expedición quince meses y el rey de Aragón se trajo unas doce mil familias mozárabes que asentó en territorios recientemente conquistados por él.

Aparte el rescate de tan gran número de cristianos el efecto de la invasión de Andalucía por el Batallador fue exclusivamente moral, porque puso de relieve la flojedad de la defensa musulmana, La expedición se tradujo también en el aumento del prestigio de Alfonso I fuera de la Península.

Al otro lado del Pirineo, Aragón y Navarra afirmaron su antiguo influjo. Ya en 1116 se había reconocido el conde de Tolosa (Toulouse), vasallo del rey de Aragón por los condados de Tolosa y Rodez, con las ciudades de Narbona y Carcasona, entre otras También le estaba subordinado con pleito-homenaje desde 1122 el conde Céntulo de Bigorra.

En 1130 pasó el Batallador los Pirineos para proteger a su vasallo Gastón del Bearne contra Enrique de Gusiena, que le disputaba la sucesión del vizconde Labourd García. Don Alfonso puso sitio a Bayona y la ganó.

Pero esta intervención en Francia arriesgó algunas de las conquistas aragonesas en el Ebro, pues en ausencia del rey, los moros de Lérida, Tortosa y Valencia se atrevieron a molestar sus fronteras, derrotando a varios generales cristianos. La situación cambió al regreso de Don Alfonso. Y lo ocurrido vendría, tal vez, a recordarle que aún quedaba mucho territorio por reconquistar en los confines de Aragón.

Todavía conservaban los sarracenos plazas en la orilla izquierda del Ebro y en las márgenes del Segre. En 1133 el Batallador dispuso el cerco de Fraga, que mantuvo mientras tomaba al año siguiente a Mequinenza, importante reducto enemigo en la frontera catalanoaragonesa, al borde del Segre.

Fraga se protegía con poderosas defensas, y además, el wali de Valencia, Abengania, acudió en auxilio de los sitiados con un ejército almorávide de diez mil hombres. El 17-VII-1134 entraron en combate los refuerzos moros con las legiones sitiadoras, muy inferiores en número y faltas de aquel momento de caballería, que había salido en busco de provisiones. Los aragoneses sufrieron una tremenda derrota y el rey tuvo que desistir del cerco.

Tres historiadores medievales: el monje de Ripoll, el arzobispo don Rodrigo y el anónimo autor de los Anales Toledanos, dan por muerto al Batallador en el batalla de Fraga. El autor de la Crónica de Alfonso el Emperador firma, en cambio, que se retiró al monasterio de San Juan de la Peña, donde sucumbió de pesadumbre al cabo de pocos días. Zurita dice que el rey salió ileso de la derrota de Fraga y que murió algún tiempo después cuando recorría el campo al frente de cuatrocientos caballeros.

La crítica moderna concluye que don Alfonso levantó el sitio de Fraga, continuó la guerra —al punto de rodear en agosto siguiente el castillo de Lizana—, y acabó sus días el 7 de septiembre entre Alminiente y Poliñino.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 403-406.

Separación de Navarra y Aragón

Fue en Bayona, en el sitio de 1130, cuando el rey de Navarra y Aragón hizo el testamento en el que dejaba sus estados a las órdenes militares del Temple, San Juan de Jerusalén y Santo Sepulcro, en parte para que Aragón no cayese en manos de la nobleza castellana. Sabido es que ni aragoneses ni navarros observaron esta absurda disposición de su monarca. Don Alfonso no dejó herederos directos. Su hermano Ramiro se declaró con derecho a reinar en ambos estados y en ello contó con el apoyo de los magnates aragoneses y con el del pueblo, expresado públicamente en la Asamblea de Jaca.

Por su parte, los navarros querían por rey en Navarra y Aragón a García Ramírez, nieto del desdichado Sancho IV por el lado paterno y del Cid Campeador, por el materno. La discordia conducía por modo inevitable a la división de los estados. Pareció a muchos impolítico y trágico que los dos reinos hermanos volvieran a separarse después de haber estado tantos años unidos y de haber alcanzado tanta gloria juntos; y no eran los menos sensibles a estas reflexiones los candidatos al doble trono.

Se procuró un acuerdo, y al efecto, ambas partes designaron compromisarios que se avistaron en Vadoluengo. Por Navarra acudieron Ladrón, Guillén Iñíguez de Oteiza y Jimén Aznares de Torres. La representación aragonesa la llevaron Fortún Garcés Cajal, Ferriz de Lizana y Pedro Talesa.

Recayó la decisión de considerar a los dos reinos como uno solo bajo dos reyes, a semejanza de la antigua monarquía de Esparta. Don Ramiro II entendería en los asuntos civiles y en la legislación, en tanto que García Ramírez mandaría el ejército.

Pero los recelos y las intrigas destruyeron el proyecto de monarquía bicéfala. Cuando Ramiro se dirigía a Pamplona para ratificar el pacto, le soplaron al oído que García le buscaba para apoderarse de su persona y proclamarse solo rey de Navarra y Aragón. La unión fue ya imposible.

Empezó, pues a reinar en Aragón Ramiro II (1134-1137) apellidado el Monje, por haberlo sido del monasterio de Tormares. Punto discutido es el de si Ramiro emitió votos solemnes, inclinándose la generalidad de los autores a considerarlo clérigo de menores, con encomiendas como las de Sahagún, de donde lo hizo abad su hermano el rey de Aragón en 1112. Don Ramiro se tuvo por rey desde que conoció a muerte del Batallador, es decir, desde septiembre de 1134.

Ramiro formaba parte de la comitiva de doña Urraca en 1110; en 1114 fue propuesto para las sedes de Burgos y Pamplona, según veremos más adelante; luego para las de Roda y Barbastro;entre 1130 y 1135 estaba en Huesca desempeñando funciones administrativas. No parece que llegara a tomar posesión de las diócesis, ni aun a recibir la consagración. Para esta cuestiones veánse:Rodríguez, Historia de la Huelgas, t. II, p. 329; Traggia, Ilustraciones del reinado de Ramiro II el Monje; Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. X, p. 388.

La desavenencia entre navarros y aragoneses puso en peligro el trono y las conquistas de Alfonso de Aragón en los primeros meses del reinado del Monje. Alfonso VII de León y Castilla se apresuró a lucrarse de la discordia e invadió las tierras de la ribera derecha del Ebro, asunto a que volveremos a referirnos.

Se diría que Aragón había quedado a merced de castellanos y navarros, a quienes tentaba la herencia de Alfonso el Batallador, quizás para repartírsela, mejor para poseerla indivisa, de poder ser. Ni Alfonso VII ni García Ramírez de Navarra tomaban en serio a Ramiro II; y en su designio de despojar al Monje, el rey de Navarra buscaba la alianza con el rey de Castilla. Pero Ramiro se apresuró a contraer matrimonio con Inés de Poitiers, y este hábil paso, al aniquilar las esperanzas de reinar en Aragón que pudieran haber acariciado sus rivales, apaciguó un tanto los ánimos.

Claro es que el casamiento del rey aragonés contrarió profundamente al emperador leonés y a García Ramírez, y cuando en 1135 don Ramiro y doña Inés tuvieron una hija —luego famosa o el nombre de Petronila—, las relaciones entre Aragón y Navarra y, entre Aragón y Castilla cambiaron de aspecto. El legado del Papa, Guido, pudo reconciliar en 1136 a Ramiro y a García Ramírez. Alfonso VII hizo en Aragón ese mismo año la paz con Ramiro, a quien prometió entregar Zaragoza (pero no las otras ciudades que le tenía tomadas).

Convinieron que Petronila se casaría con el primogénito del emperador, Sancho. Mas contra la probabilidad de que se celebrase este matrimonio actuaba el recuerdo del malogrado ayuntamiento de Alfonso el Batallador y doña Urraca y el temor medieval de los aragoneses a desaparecer como reino en el seno de Castilla.

Otro destino dieron, pues, a la infanta. En el nuevo plan tuvo decisiva intervención el senescal de Cataluña Guillén Ramón, que entonces se hallaba desterrado del condado. Urgía al Monje dejar a otros un puesto para el que no había nacido.

El estado de su reino, en parte ocupado por tropas castellanas; las continuas pretensiones del rey de Navarra; acaso el desasosiego de haber vuelto la espalda a una vida de recogimiento y devoción, y más si llegó a quebrantar votos, como ciertos historiadores han admitido; todo, en suma, aconsejaba a Ramiro II casar pronto a su hija y apartarse de la onerosa función de reinar.

Decidieron desposar a doña Petronila con Ramón Berenguer IV de Barcelona, y contando la infanta apenas dos años y el conde catalán veintidós, el 11-VIII-1137, se celebraban los esponsales de futuro entre ambos. En la elección de marido entró con mucho el designio aragonés de reunir fuerzas suficientes, físicas y morales, para defender la independencia de su reino de la intromisión castellana. Ramón Berenguer juró conservar los fueros y costumbres de los aragoneses, que le acatarían, no como rey, sino como príncipe y dominador de Aragón.

El 13 de noviembre del mismo año puso don Ramiro al frente del reino a Ramón Berenguer. El monarca cesante continuó siendo hasta su muerte, en 1154, rey de Aragón de modo formal y externo; doña Petronila fue llamada soberana y reina; Ramón Berenguer no se tituló rey ni aun después de fallecido su suegro.

Hacia 1150, habiendo cumplido ya la infanta los quince años, tuvo efecto el auténtico enlace de Petronila y Ramón Berenguer, acontecimiento feliz por unir a dos importantes estados y al que se llegaba después de haber pensado el conde catalán casarse con Blanca, princesa de Navarra (1149), y de haber tenido Alfonso VII a Petronila en Castilla con intención de casarla con su hijo Sancho. (Este Sancho se unió luego con Blanca.)

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 406-409.

Unión de Aragón y Cataluña

Con el gobierno de Ramón Berenguer IV de Cataluña y doña Petronila (1137-1164), heredera del trono de Aragón, comienza una nueva edad en la historia de ambos estados.

Puso especial empeño el príncipe catalán en obtener de Alfonso VII la devolución de Zaragoza (no hecha efectiva realmente aún), y las demás plazas que el emperador usurpaba en aquel reino. Por más que se reconociera Ramón Berenguer vasallo de Alfonso no lo consiguió, y hubo de esperar hasta 1158, al reinado de Sancho III de Castilla, para recuperarlas. El conde de Barcelona figuró como vasallo de Sancho, según lo había sido de su padre.

A imitación de Ramiro II, también trató Ramón Berenguer de incorporar Navarra a la corona aragonesa. Para hacer la guerra al reino vecino se alió con el emperador Alfonso, preparándose ambos a repartírselo. Alfonso sitió a Pamplona en 1140, sin llegar a rendirla, y a la misma hora eran derrotados los aragoneses por García Ramírez.

En otro orden de cosas, el testamento del Batallador legaba a los aragoneses y a Ramón Berenguer una espinosa cuestión. Los magnates de las órdenes militares reclamaban la grandiosa herencia, y no era otro el motivo de la presencia del gran maestre del Temple en Zaragoza. El derecho de estas instituciones no podía discutirse, particularmente en una época en que la monarquía solo comenzaba a curarse del carácter patrimonial que tanto se acentuó en los días de Sancho el Mayor.

Además, los principales nobles de Aragón habían jurado hacer cumplir la última voluntad de don Alfonso. Al cabo, Ramón Berenguer consiguió llegar a un compromiso con los jefes de las órdenes militares. San Juan y el Santo Sepulcro renunciaron al reino en 1140; el Temple, en 1143. Las tres recibieron a cambio importantes heredamientos y encomiendas en Aragón, Los templarios se comprometieron a servir en la guerra contra los musulmanes, y se convino que todos los lugares reconquistados por ellos en España quedarían bajo su jurisdicción

No tuvieron los aragoneses mejor fortuna en la guerra con Navarra en los años siguientes. En 1146, por mediación de Alfonso VII, se firmaron treguas entre aragoneses y navarros, y Ramón Berenguer y García Ramírez, asistieron al emperador en la guerra contra los moros. Tanto en el cerco de Baza como en la conquista de Almería (1147) estuvieron presentes los tres príncipes, el de Aragón y el de Navarra en calidad de vasallos de Alfonso.

De vuelta del Sur, Ramón Berenguer ocupó a Tortosa (1148) con la cooperación de los templarios y de la flota de guerra genovesa que había tomado parte en la campana de Almería. Al año siguiente se rindió Lérida, y poco después cayeron Fraga y Mequinenza en poder de aragoneses y catalanes. En 1153 expulsaba de tierras catalanas el conde catalán y príncipe de Aragón a los últimos musulmanes.

En el exterior se había extendido, o en todo caso consolidado, la influencia de catalanes y aragoneses. Ramón Berenguer luchó en la Provenza contra los baucios para defender sus derechos (1155), recibió el homenaje de la vizcondesa de Narbona (1157) y rigió el Bearne durante la minoridad de Gastón VI, conforme decidió la Junta de Campfranc (1154).

Ramón Berenguer IV de Barcelona falleció en 4-VIII-1162 en el burgo de San Dalmacio, cerca de Génova, cuando iba a Turín a verse con Federico Barbarroja para asuntos relacionados con la Provenza, quizá para rendirle pleito-homenaje por este condado.

Su muerte tuvo las siguientes repercusiones: en Barcelona comenzó a reinar Pedro Ramón, hijo suyo y de doña Petronila, tutelado por esta y por su primo el conde de Provenza; en Aragón permaneció como reina doña Petronila por dos años más, durante los cuales hizo la paz con Sancho VI, el Bueno, de Navarra (1150-1194).

Mas el 18-VI-1164 renunciaba la corona doña Petronila a favor de su hijo, y por este acto quedaba realizada la unión de Aragón y Cataluña en la persona Pedro Ramón, que ya no se llamaría Pedro Ramón, sino Alfonso, y solamente rey de Aragón. Como Alfonso II de Aragón reinaría, pues, en ambos estados, presidiendo una confederación vigorosa y rica, destinada a andes empresas.

La más profunda significación de la unión de Aragón y Cataluña es evidente. En su aspecto afirmativo no deja de ser un fenómeno renacentista, del primer Renacimiento, del Renacimiento del siglo XII, como la unión Castilla y Aragón en la centuria decimoquinta responderá a la inquietud del Renacimiento por excelencia.

En el siglo XII, circulante ya el Derecho justinianeo, renaciente el comercio, se da en los países del Mediterráneo occidental un movimiento general de despedida del feudalismo y enmienda de la dispersión política típica de la a Edad Media. La unión de Aragón y Cataluña es una manifestación de ese movimiento.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 378-411.