El Principado de Cataluña

Historia de Cataluña
Lista de los Condes Catalanes
Los Conselleres de Barcelona

Historia de Cataluña

La Invasión musulmana de Francia
Francos y Condados Catalanes
Carlomagno y la Marca Hispánica
Ludovico reconquista Barcelona
Condados de la Marca Hispánica
El Origen de la voz Cataluña
Primeros Condes Catalanes
Independencia de la Marca
Almanzor conquista Barcelona
Ramón Berenguer. Los Usatges
Feudos en Cataluña-León-Castilla
Ramón Berenguer funda Cataluña

La Invasión musulmana de Francia

Como observa Pirenne, la creación de la Marca Hispánica por Carlomagno y las incursiones de los francos en España en este periodo responden a la política, ofensiva primero, defensiva después, de proteger al sur de Francia contra las agresiones de los musulmanes, y no, como generalmente se ha supuesto, al expansionismo imperialista de la nueva monarquía carolingia.

Europa a la muerte de Carlomagno.Europa a la muerte de Carlomagno.

Tanto más necesario es, pues, al estudiar los orígenes de Cataluña, tener alguna idea de las luchas de árabes y francos en el Mediodía francés. Ni Musa ni su hijo Abd al Aziz debieron de trasponer los Pirineos. Barcelona cayó en su poder en 713; y el punto más cercano a Francia ocupado por ellos en el nordeste español fue Gerona, tomada en 716.

Al Hurr (Alhoor o Alahor, 716-719) parece haber sido el primer emir invasor de territorio franco. Al Samh (Asama. 719-721) continuó la guerra en la Galia con gran empeño, entró en Narbona en 720 y llegó a sitiar Tolosa. Eudes, duque de Aquitania, levantó el cerco y derrotó al enemigo en un combate en que murió el emir (año 721); pero no consiguió recuperar Narbona.

Tomó el mando de las fuerzas árabes el temible al Gafiqi, pronto depuesto. Anbasa (Ambasa, 721-725), el siguiente emir conservo Narbona, a la que fortificó y desde la cual se acentuó la amenaza para el reino franco. En 725, Anbasa desencadenó una ofensiva que le dio Carcasona y llevó a los soldados del Profeta hasta Autun, que pillaron el 22 de agosto.

Aquí pereció el emir en una batalla. Elegido por segunda vez al Gafiqi, se avivó la lucha en Francia. Con un potente ejército que reunió en Pamplona, Abderramán pasó los Pirineos, puso sitio a Burdeos, derrotó al duque de Eudes en el Garona, y después de arrasar la tierra avanzó hacia el Norte, hacia el Loira.

Eudes pudo escapar con parte de sus tropas junto a Carlos Martel, mayordomo de palacio, rey de hecho en el Norte de Francia, y en octubre de 732 salieron ambos al encuentro del emir español, al que hallaron con su ejército en los campos de Poitiers, en la misma brecha en la que Clodoveo había derrotado a los visigodos.

La batalla fue tan encarnizada como exigían los formidables intereses que estaban en juego. Los francos desbarataron a los árabes, y Abderramán sucumbió a lanzadas. Francia no salió por eso del peligro, pero la ola conquistadora que un siglo antes había arrancado de la Arabia moría en Poitiers, agotada su capacidad expansiva.

Con Abd al Malik, que prosiguió la guerra en Francia, cambió poco la situación. Sin embargo, los musulmanes seguían en Narbona y amenazaban aún al país. En el emirato de Uqba (Okba), más temible para los españoles que para los francos, el gobernador árabe de Narbona, Yusuf b. Abderramán tomó la ciudad de Arlés. Poco después se adueñaron los sarracenos de Aviñón, saquearon la comarca y se extendieron, de una parte por Lyon, y de otra por la Aquitania. Uqba mandó a sus generales de Francia un ejército de refuerzo.

De nuevo hubo de acudir el Norte a salvar al Sur. Carlos Martel reconquistó Aviñón, marchó sobre Narbona, con el designio de liberarla, y derrotó al ejército enviado por Uqba; pero Narbona siguió en poder de los árabes. Después de tomar e incendiar Maguelonne, Agda, Beziers y Nimes, regresó a Austrasia.

A continuación trató el invasor muslim de dominar la Provenza. Lo rechazaron de momento los lombardos, unidos a los francos, que capitaneaba Carlos Martel; pero poco después ocuparon los árabes la costa provenzal, de donde les desalojó Pipino, hijo de Carlos Martel, en 752, entregándole Nimes, Maguelonne, Agda y Beziers el godo Ansimundo.

En 759, Pipino pudo recuperar Narbona, cuya guarnición musulmana fue pasada a cuchillo por los habitantes. Carlomagno, hijo de Pipino y nieto de Carlos Martel, ascendió al trono de los francos en 768. La presión del Islam sobre el sur de Francia no había cesado, ni cesaría en mucho tiempo, facilitada por la supremacía de las tropas árabes en el Mediterráneo occidental. Ese mismo año intentaron desembarcar los sarracenos en Marsella; y en 793 invadieron otra vez la Septimania. Veamos ahora cual era la situación en la frontera española.

Francos y Condados Catalanes

Por los años de la invasión árabe, la parte pirenaica del territorio hoy llamado Cataluña se halló en situación política análoga a la de Navarra, Aragón y Ribagorza. Hubo en el Pirineo español varias Asturias, y con ello queremos decir no tanto punto de arranque de la Reconquista como lugares inaccesibles para el invasor y no hollados por él.

La alta Cerdeña, Urgel y tierras vecinas se libraron de la presencia del musulmán, lo mismo que Pallars, Ribagorza, Aragón, la Vasconia y las provincias Vascongadas.

En el actual Pirineo catalán se refugiaron muchas familias godas e hispanorromanas. Y la reconstrucción del Estado cristiano empezó aquí con iguales características que en los demás de la faja septentrional de la Península. Entre el Pirineo, la cordillera de Montsech y la cuenca del Cardoner hasta Manresa brotaron varios señoríos, representados por caudillos independientes entre sí, unos de prosapia hispanorromana, godos otros.

Se sabe, por ejemplo, que hasta el año 778 vivía uno de estos magnates en Mont-grony; y por su nombre, Quintiliano, bien perspicuo es su origen hispanorromano. Nos persuadimos, pues, de que la primera fase de la resurrección del poder político-militar cristiano se presenta también en Cataluña en forma del gobierno elemental de un caudillo en las comarcas a trasmano del invasor oriental. Esos señores permanecerán a la defensiva, contentándose con conservar el palmo de terreno aun no usurpado por el Islam.

La fase subsiguiente es ya el principio de la Reconquista, pero a cargo de los francos, que predominan sobre los guerreros españoles. Nos imaginamos que en cuanto los carolingios reorganizaron el Estado y señorearon la Aquitania (año 769) comenzaría la acción franca en el Pirineo catalán como una manera de protectorado. Entonces surgirían los primeros condados, regidos por personajes francos, más o menos allegados a la dinastía, como don Raimundo de Ribagorza y Pallars.

Desde luego, los orígenes de los primeros condados aparecen envueltos en la mayor oscuridad. Pero no es fácil refutar la tesis de Serrano Sanz, según la cual todos los dominios de los francos en España dependieron en los primeros tiempos del Ducado de Tolosa. Es patente la intervención del duque de Tolosa en la reconquista de los territorios incluidos bajo el nombre de Marca Hispánica.

El mismo Serrano Sanz apunta que las extensas provincias encomendadas a un dux, comes o marchio eran generalmente supervivencias de antiguas nacionalidades, cuyo espíritu se conservaba a través de los siglos; así la Aquitania era la Galia céltica de Julio César.

Desde Carlomagno esas regiones se subdividieron en pequeños condados sobre el plano de la civitas romana, tal como se conservó en los estados bárbaros y acaso en España por influencia del recuerdo de la administración goda. Los condes inferiores dependían, como todos, inmediata y directamente del rey, pero también del magnate a quien estaba encomendada una de tales provincias. La Gothia o Septimania y la Marca Hispánica eran uno de esos grandes condados y su capitalidad estaría en Tolosa.

Carlomagno crea la Marca Hispánica

En el Sudeste español inician los francos la Reconquista con las importantes ofensivas del último tercio del s. VIII. Parece ser —y todos estos hechos descansan en la feble autoridad de la tradición— que cuando por primera vez invaden España los ejércitos de Carlomagno penetran simultáneamente por las puertas naturales de los Pirineos oriental y occidental.

La especie más admitida sobre el origen de la invasión carolingia en Navarra y Zaragoza, a saber: que Carlomagno entró en la Península llamado por los árabes, en concreto: por el gobernador de Zaragoza Ibn al Arabi, y sus amigos, sublevados contra el emir Abderramán, que había despojado a Yusuf del mando en España. En embajada especial y solemne, estos régulos pidieron al rey franco que llevase tropas a la región del Ebro y los apoyara contra Córdoba.

Prosigue la tradición que en el año 778, después de celebrar Pascua, Carlomagno ordenó a sus ejércitos la marcha sobre la frontera pirenaica. Las fuerzas francas se dividieron en dos cuerpos: uno, mandado por el propio rey, penetró en España por el Pirineo occidental, tomó Pamplona y puso sitio a Zaragoza.

El otro cuerpo del ejército entró por el Rosellón y atravesó el Nordeste sin hallar resistencia. Estando Carlomagno combatiendo a Zaragoza se le agregaron estas fuerzas, que habían dejado todo el territorio entre el Pirineo y el río Llobregat y habían pasado finalmente por Lérida.

Los dos gobernadores más importantes de la región, el de Gerona y el de Barcelona, juraron ante estas tropas expedicionarias fidelidad a la monarquía franca y se declararon tributarios suyos. Bien sabemos que el fin de la expedición a Zaragoza no fue tan fructífero. Carlomagno hubo de ordenar la retirada, bien porque le urgiese ir a sofocar una sublevación de los sajones, bien porque no hallara en tierras del Ebro la acogida que esperaba. De regreso a Francia, por Pamplona, que desmantelaron los francos, su retaguardia fue aniquilada en los montes de Roncesvalles.

En años sucesivos los grandes centros políticos entre el Pirineo y el Llobregat dominados por gobernadores sarracenos independientes de hecho de Córdoba, quedaron bajo soberanía franca. En Gerona continuó de gobernador un tal Muhammad, pero como tributario. Su rebelión contra el poder franco del año 785 planteó a Carlomagno la cuestión de la conquista de Gerona.

Urgía a este rey afirmar su autoridad en estos territorios y ordenó a los condes de la frontera que sometieran a aquella ciudad a toda costa. Gerona se rindió después de breve asedio, en rigor entregada por sus habitantes cristianos, que se alzaron contra el gobernador árabe.

Desde entonces hubo en Gerona un conde cristiano, probablemente franco. Con este nuevo condado y con los de Ausona (Vich) y Urgel creó Carlomagno la primera Marca Hispánica o frontera de España en 795. Aconsejó al rey franco tomar esta medida la nueva invasión de la Septimania por los árabes en 793; con esta frontera militar esperaba proteger al Sur de Francia de las incursiones de los musulmanes procedentes de España.

En el año 796 volvió a inquietar a Carlomagno la situación en la frontera española, en especial la actitud de los gobernadores musulmanes que le estaban nominalmente subordinados. Su hijo Luis el Piadoso (Ludovico Pío), rey de Aquitania, acaudilló una expedición sobre Barcelona. Los enviados del rey franco quisieron asegurarse de la fidelidad del gobernador de Barcelona, Zeid, quien no tuvo inconveniente en prometer que se presentaría ante Carlomagno y que le rendiría en debido homenaje.

Lo cierto es que en el verano del año 800, el mismo en que Carlomagno se coronó emperador en Roma, su hijo reunió tropas de nuevo y tomo la ruta de España pasando por Tolosa. En las proximidades de Barcelona le esperaba el gobernador Zeid, muy dispuesto a reconocerle como señor y a jurarle fidelidad, pero no menos resuelto, entre zalemas y excusas, a no permitirle la entrada en la urbe.

Luis resintió sobremanera el descortés recelo del moro, mas continuó para el Sur hasta Lérida, que tomó y arrasó. De Lérida regresó a Francia por Huesca, que no pudo conquistar, dejando una estela de incendios y campos talados, al uso de la guerra de la época, no solo en España, sino en toda Europa; la razzia, contra lo que pudiera suponerse, no fue en la Edad Media táctica exclusivamente árabe: al mismo tipo la guerra se hacía en lugares tan distantes de nuestra Península como la frontera franco escocesa.

Ludovico reconquista Barcelona

Los francos comenzaron ahora a pensar en la necesidad de extender de modo permanente la Marca hacia el interior de España, es decir, de darle profundidad. El mismo año habían perdido Gerona y la habían tenido que reconquistar. En la primavera del 801 reunió Luis el Piadoso en Tolosa a los magnates cristianos del Sur de Francia y sometió a examen la situación de la Marca. El duque de Tolosa, Guillermo, recomendó con calor la expedición contra Barcelona.

Nadie negó la conveniencia de ganar tan importante plaza, pues Zeid no era de fiar; y en seguida se hicieron por los condes y el por el rey Luis los preparativos de rigor. Las comarcas al norte del Pirineo se animaron con inusitada concentración de fuerzas procedentes de todas las regiones de la Francia meridional. Entraron en estos ejércitos aquitanos, gascones, borgoñones, provenzales, godos, etc. Quedaron tales legiones divididas en tres cuerpos.

Uno lo mandaba Luis el Piadoso; al frente de otro iba Rostaing, conde de Gerona, y el tercero obedecía a Guillermo, duque de Tolosa. El cuerpo de ejército del rey Luis constituía la reserva y permaneció en el Rosellón, dispuesto a salir en apoyo de los otros dos, si fueran mal las cosas. Las fuerzas mandadas por el duque de Gerona llevaban orden de poner sitio a Barcelona. Guillermo tenía la misión de rebasar esta ciudad, pasar el Llobregat e incomunicarla por el sur, a fin de evitar que recibiera auxilio de Córdoba.

Barcelona se rindió al año siguiente, al cabo de siete meses de asedio. Nuevos afanes reconquistadores llevaron a Luis el Piadoso a entrar en la Marca Hispánica con grueso ejército en la primavera del año 809. Para sus operaciones militares en esta provincia los francos habían construido, aprovechando materiales romanos, una calzada o vía militar, la Strata francisca, hoy reconocida en toda su longitud por los eruditos.

Por esta calzada avanzó desde el Pirineo con considerable aparato de guerra el ejército franco que más lejos habría de clavar los estandartes cristianos. Por Barcelona se dirigió a Tarragona y Tortosa. En Santa Coloma se dividieron estas fuerzas en dos cuerpos: uno, el más numeroso, mandado por el monarca, causó enorme estrago entre aquellas dos ciudades, haciendo muchos prisioneros y no dejando en pie lugar, castillo o atalaya.

El otro contingente, a las órdenes de varios condes: Isembardo, Hademaro, Bera y Borrell, invadió la región montañosa. Una semana después de haberse separado de las tropas del rey Luis, el ejército de Isembardo vadeaba el Cinca y pasaba el caudaloso Ebro. Corrieron y devastaron esta huestes las villas y el campo musulmán, internándose hondo y obligando a dispersarse a los aterrorizados moradores. A los veinte días se reunieron con el ejército real.

En 810, es decir, al año siguiente, tornaron los francos a poner cerco a Tortosa, para lo cual realizó grandes preparativos Luis el Piadoso. Pero Carlomagno, que por cierto jamás visitó la Marca Hispánica, se opuso a que dirigiera esta expedición su primogénito y recayó el mando en un noble de la corte, Ingoberto. Ingoberto avanzó con numerosas fuerzas hasta Tortosa y organizó el asedio, pero la ciudad resistió con inesperada tenacidad los ataques de los cristianos y el sitio se prolongó más de lo que el general franco esperaba; desesperando de rendirla, se volvió, pues, a Aquitania con sus tropas.

Tortosa cayó al fin en poder de Luis el Piadoso en persona en una nueva ofensiva desencadenada por él en 811. Tras un sitio muy apretado, que duró cuarenta días, capitularon los defensores musulmanes, entregando al rey cristiano solemnemente las llaves de la ciudad, que Carlomagno recibió a poco de manos del conquistador. Pero los francos no pudieron conservar Tortosa y la abandonaron.

Condados de la Marca Hispánica

Después de la evacuación de Tortosa por los cristianos la frontera cristiano árabe se fijó en esta parte de España en el río Gaya, y en el señorío de Queralt; a partir de aquí retrocedía el confín de la Marca Hispánica en dirección Noroeste a Cardona y Solsona, bien al Oeste de Manresa, y de allí seguía al pirineo, incluyendo Berga. Este era el territorio conocido como Marca Hispánica a comienzos del s. IX.

De un precepto de Carlomagno expedido en favor de los hispanos en 812 se desprende que entonces existían los condados del Rosellón, Ampurias, Besalú y Barcelona. Tres años después se menciona el condado de Cerdaña, que ya existiría, como el de Ausona, que solo se cita años más tarde. En resolución, se nombran para esa época como constitutivos de la Marca Hispánica los condados del Rosellón, Conflent, Vallespir (en territorio franco), Gerona, Barcelona, Ampurias, Besalú, Ausona (Vich), Manresa, Urgel y Cerdaña.

Los condes francos puestos por Carlomagno y sus hijos en la Marca Hispánica hacen la guerras, como hemos podido apreciar, por idénticos procedimientos que los demás guerreros cristianos en España. No se advierte diferencia alguna entre la marcha de la Reconquista en otras fronteras cristianas de la Península y en esta del Nordeste.

Los custodes limitis hispanici o comes Marcae Hiapaniae, esto es, los condes y guardianes de la Marca Hispánica, organizaban, según barruntamos, las incursiones periódicas primaverales de rigor en territorio musulmán, talando e incendiando campos y propiedades. Lo mismo hacían los sarracenos.

Consta que en el año 822 los cristianos de la Marca había traspuesto el río Segre, penetrando en España, y cogido copioso botín, sin que hubieran descuidado la devastación de los campos y las villas por donde pasaron. Se habrá inferido del párrafo anterior que España era entonces el nombre que se daba al país ocupado por los árabes. Marca Hispánica y España eran conceptos distintos y aun antípodas. Serrano Sanz reproduce varios documentos en que esa diferencia se halla expresada de modo taxativo.

Al prestar juramento de fidelidad al conde de Barcelona Ramón Berenguer I (1035-1076), un tal Arnau Mir promete ayudarle a conservar y defender bienes que el conde tenía tanto en la Marca, país de cristianos, como en España. En la escritura de venta del castillo de Copons, hecha en el año 1065 por Guillem, obispo de Ausona, a los conde de Barcelona Ramón Berenguer I y Almodis, se consigna que dicha fortaleza se encontraba in extremis finibus marchiarum contra ispaniam.

Y la roca de Miravet, que fue cedida en 1067 por los condes dichos a Mir Isarn y a su mujer Gerberga se encontraba in extremis finibus marchiarum iuxta yspaniam. La Marca Hispánica es, pues, el territorio reconquistado, lindante con el de los sarracenos, en el Nordeste. El sentido lógico de ambas denominaciones, Marca Hispánica y España es incuestionable. Tan por entero cayó España en poder de los islamitas, que apenas quedó libre la frontera.

Decir España equivalía a evocar territorio musulmán, o una abstracción. Bien señala Menéndez Pidal.

El nombre mismo de Spania está entonces a punto de desnaturalizarse, pues tiende a designar especialmente al país islamizado por ser este la mayor parte de la Península.

Pero la región fronteriza, la Marca, aun no siendo España para los coetáneos, es habitada por españoles; y así lo aprecian los cronistas, según se ve en los Annales de Einhardo y la Vida de Ludovico emperador. Lo declara, por supuesto, la corte carolingia, en cuyas capitulares relativas a los habitantes de la Marca se llama a estos españoles. Los privilegios a favor de los españoles se titulan pro Hispanis, en fórmula nunca alterada: praeceptum pro Hispanis de 781, praeceptum pro Hispanis de 812, Constitutiones de Hispanis de 815 a 844.

El Origen de la voz Cataluña

Por la sucesiva fundación de condados y el sucesivo levantamiento de castillos y atalayas en la Marca Hispánica se descubre el carácter paulatino del avance de las armas cristianas, avance sujeto a contratiempos que de pronto lo desvirtuaban. Vimos que Gerona se perdió después de tomada. Vimos que Tortosa y Tarragona hubieron de ser evacuadas por los cristianos tras una brillante conquista.

Pues lo mismo aconteció a veces con otras posiciones y plazas dentro de la Marca. La Reconquista se llevó por los condes de la Marca como en Castilla, a base de líneas de fortalezas y recintos fortificados. Y en cierto momento a comienzos del siglo XI la Marca Hispánica empieza a llenarse rápidamente de esas plazas fuertes. Erizada de castillos esta tierra, los habitantes de la Marca comienzan a ser llamados castlanus, castlá, catlá, carlá, que quiere decir castellano, alcaide de fortaleza o guardián de castillo.

Ya en ese instante, al iniciarse la centuria once, se oyen esas palabras y las de castlanes y catlanes como denominadoras de los marquesinos hispánicos. De ellas procede Catalaunia, país de castlanus o catlanes. Catalaunia suena por primera vez en los comienzos del siglo XII, y pronto dejan de usarse Marca y Marca Hispánica, y se impone con el éxito que nos es dado comprobar, el neologismo surgido de la Reconquista.

Nótese que en la Marca los castillos prestan el apelativo a los habitantes, trocándose castlanus y catlá, castellano, en nombre gentilicio o de nación, y con el se forma Cataluña. En Castilla, Castella, los castillos dan directamente el nombre al país, y del país reciben los habitantes la designación gentilicia. A ciertas semejanzas físicas, acabadas de reseñar, de la Reconquista en Cataluña y en Castilla precisa agregar otras más fundamentales, que atañen al propio fenómeno de la nacionalidad.

La historia de los condes de Barcelona y sus hechos nos van a decir lo siguiente: que la nacionalidad catalana comienza a alentar con Wifredo I y, como pasa en las demás regiones españolas, es floración política de la Reconquista. El avance de la Reconquista en la Marca Hispánica la enajenaba paulatinamente, de modo necesario, de la monarquía franca. En cuanto la Marca dejase de ser Marca, esto es, frontera, empezaría a sentirse nación y Estado.

Ahora bien, esto es lo que iba a ocurrir en Castilla, en Navarra y en Portugal. La Castilla Vieja, la más primitiva, también era, como hemos visto, una frontera que, al ensancharse por el esfuerzo autónomo de sus condes, adquirió conciencia estatal y nacional. La región de Degio, cuna de la monarquía navarra, o si se quiere, Pamplona, también fue frontera. El Portus Cale era un condado fronterizo que al dilatarse hacia el sur por su propia cuenta, a expensas de los moros, asimismo despertó en los portugueses el sentimiento de la nacionalidad y el Estado independientes.

La originalidad catalana es adjetiva, aunque transcendental, según veremos. Grandes diferencias políticas y sociales separarán en la Edad Media a Cataluña de Castilla; pero repetimos que Cataluña no constituye excepción por su origen. Nace en la virtud de la misma circunstancia que da vida a los otros estados peninsulares.

Su originalidad estriba, primero, en que durante los dos primeros siglos de la Reconquista su historia es historia franca; los principales magnates de la Marca Hispánica son francos, lo cual no puede asegurarse ni aún de Ribagorza y Pallars, cuya independencia, de hecho al menos, del Afranc, parece manifiesta; y segundo, en que Cataluña, a causa de la penetración y la influencia franca, se organiza política y socialmente de modo singularísimo dentro de la Península.

En esto sí es Cataluña una excepción, y una excepción, como terminamos de apuntar transcendental. También vamos a ver sin demora como en seguida comienza Barcelona a gravitar hacia Levante y el Ebro y hacia Córdoba, esto es, a reafirmar históricamente su condición hispánica de las épocas romanas y visigoda.

Primero se produce la separación de la Gothia y la Marca Hispánica (865), y dejan ambas de figurar en el mismo condado; luego viene la conversión de los feudos en hereditarios, con lo cual se crean fuertes intereses condales en Cataluña como provincia bajo la soberanía franca; más tarde se decreta la independencia de los feudos; al cabo, aviene la cesión por los reyes francos de la soberanía a favor de los condes de Barcelona y la aparición del marquesado.

Cataluña se erige en nación feudal autónoma, desgarrándose a tirones de la nación franca, merced a dos energías operantes en este sentido: la centrífuga del feudalismo francés y la centrípeta del nacionalismo catalán nacido al calor de la Reconquista.

Primeros Condes Catalanes

El primer conde de Barcelona, Bara o Bera, sucesor quizás del moro Zeid, es un personaje borroso y arcano, del que se recela que no desempeñó su cargo con entera probidad política y que tal vez anduvo en inteligencia con el enemigo musulmán, por lo que fue depuesto en el año 820. Le sustituyó Bernardo, que imprimió cierta actividad, con los demás condes de la Marca, a la guerra contra los sarracenos, mencionándose la importante expedición del año 822.

Pero precisamente por esos años anduvo la Marca Hispánica sobremodo revuelta como consecuencia de la sublevación de Aizón, suceso de mucho alcance aunque de trama oscura. Hallándose el emperador Luis en la villa de Salz, allende el Rin, un sujeto de ese nombre penetró en octubre de 826 en la Marca Hispánica y ganó a traición a Ausona; destruyó la ciudad de Roda, se hizo fuerte con sus secuaces en varios castillos y envió a su hermano a pedir ayuda al emir cordobés Abderramán I.

A fines de agosto o primeros de septiembre del año supradicho fue arrasada Ausona. La rebelión se sostuvo mucho tiempo. En 827, Aizón, con el auxilio de los moros, devastó buena parte de la Marca, en especial las comarcas de la Cerdaña y el Vallés. Se le fueron uniendo cada día más partidarios, que le entregaban muchas fortalezas. El emperador Luis encargó la represión y levantar el decaído ánimo de las poblaciones de la Marca a los condes Hildebrando y Donato y al abate Elisacar, quienes trataron de hacerlo con un ejército de godos e hispanos.

Pipino, el hijo del emperador y rey de Aquitania, con sus lugartenientes los condes Hugo y Matfrido, se pusieron también en marcha al frente de importantes fuerzas para combatir a Aizón. Pero el caudillo rebelde obtuvo nuevos socorros de los sarracenos antes de que las tropas de Pipino, no eficazmente mandadas, al parecer, pudieran derrotarlo. Un contingente enemigo a las órdenes del general árabe Abumeruan pudo ir de Zaragoza a Barcelona y regresar después de haber talado las campiñas barcelonesa y gerundense y de haber incendiado innumerables lugares con absoluta impunidad.

Se atribuyó en Francia tamaño desastre a la negligencia de los condes Hugo y Matfrido, y en una junta celebrada en Aquisgrán en febrero de 828 fueron castigados con la pérdida de sus bienes. Sobre los últimos episodios de la sublevación de Aizón guardan silencio las crónicas. La propia personalidad del caudillo, así como el propósito que perseguía, están poco perfilados. Durante un tiempo se creyó que Aizón era un noble godo y que su alzamiento tenía por finalidad hacer a la Marca Hispánica independiente de los francos.

Semejante teoría no carece por completo de verosimilitud. Por aquellos años debía estremecer a todo el Norte de España una reacción patriótica contra los vecinos del otro lado del Pirineo. Es la época de las lucha de Íñigo Arista por la independencia de Pamplona. Sin embargo, Cordera, con su inmensa autoridad en el asunto, sugiere que Aizón era árabe, hijo de Sulayman, gobernador de Zaragoza hecho prisionero por Carlomagno. Aizón que vivía en territorio musulmán de Narbona, logró poner en libertad a su padre y se declaró aliado de los francos.

Con su rebelión estuvo a punto de arrebatar la Marca Hispánica a la monarquía franca, y siendo así no hay tanta distancia entre las opiniones que privan sobre estos acontecimientos. En aquellas edades no tenían la mayoría de las gentes predilección muy acusada por uno u otro poder. La conciencia religiosa, política o nacional era en extremo débil. Por su conducta durante la sublevación de Aizón, el conde de Barcelona, Bernardo, fue acusado en la dieta de Thionville y perdió el condado.

Ocupó este puesto el conde Berenguer, que murió en 836. Entonces Bernardo fue rehabilitado y volvió a desempeñar el gobierno de Barcelona. En circunstancias extrañas le quitó la vida el rey franco Carlos el Calvo en 844. Sigue a Bernardo el conde Sunifredo (844-848), cuyo breve periodo de mando no añade gloria ni ignominia a los anales de Barcelona.

Diríase que todos los acontecimientos graves de aquellos días se reservaban al condado de Aledrán (848-852), pues habiendo durado solo cuatro años cupieron en él notables siniestros: una invasión sarracena en Ampurias y Gerona, con asedio de esta última ciudad y devastación de aquel territorio y la pérdida, aunque momentánea de Barcelona en 852.

También asistió el conde Aledrán a la sublevación de Guillermo, hijo del infortunado conde Bernardo, delito que el joven pagó con la vida. Udalrico (852-857), sucesor de Aledrán impera en Barcelona sin suceso digno de mención; y de Hunfrido o Wifredo de Riá, que nada más tuvo el condado un año, queda en la Historia el rastro de haber perecido asesinado en el año 858 por unos agentes del conde del Rosellón y la Cerdaña, Salomón.

Dando entonces el regicidio título sobrado para usurpar el poder, Salomón (858-871) ocupó el palacio condal mientras crecía en años el infante que habría de darle muerte para vengar la de su padre y sentarse él mismo, con eficacia hasta entonces no igualada, en el sitial del primero de los condes de la Marca. Con Salomón concluye una época. En su tiempo (año 865), separa Carlos el Calvo a la Marca Hispánica de la Gothia, y se inicia ya el proceso de diferenciación de Cataluña como unidad política medieval.

Salomón muere a manos de Wifredo I, hijo de Wifredo de Riá, como ya insinuamos, el que le sucede en el condado. Con el gobierno de Wifredo I el Velloso (874-898), excepcionalmente largo para aquellas edades, coincide el despuntar de la gran revolución política que pone a los condes de Barcelona en la ruta de su independencia y hegemonía en la Marca Hispánica.

En la asamblea de Quiersy (año 877), son declarados vitalicios y hereditarios los feudos dependientes de los monarcas francos, cambio que afecta a las tenencias de los condes de Barcelona. Wifredo I toma a su cargo la guerra de Reconquista con independencia del poder franco, e ipso facto, es decir, por este mismo hecho, queda investido por primera vez el conde de Barcelona de la dignidad de marchio o marqués equivalente a jefe de la Marca; con ello se prefigura la imagen del príncipe o soberano, y ya desde entonces existe un centro político superior y un paladín en torno a los cuales va a desarrollarse el sentimiento nacional catalán.

Independencia de hecho de la Marca

Wifredo I es, con las diferencias que saltan a los ojos, el Fernán González de la Marca Hispánica. Como el héroe castellano, Wifredo recibe un condado con el carácter de amovible y los deja a sus hijos hereditario.

También como Fernán González, unificador de Castilla, Wifredo el Velloso absorbe multitud de condados menores, unificando por primera vez, en cierto modo, a casi toda la región reconquistada en el Sudeste, pues reúne en su persona, según se cree, los condados de Gerona, Ausona, Urgel, Cerdaña, Besalú y Conflent, además del de Barcelona.

A semejanza del castellano, el conde marquesino (ya marqués, no lo olvidemos) fue guerrero afortunado y gobernante que atendió con celo a la fundación de instituciones religiosas, actos por los cuales se acreditaba en aquellas edades un estadista, dado que los monasterios eran centros vitales, algó así como la primera piedra del edificio de la sociedad civil y económica, y no exclusivamente entidades religiosas como hoy.

Fernán González se distinguió por el aliento que dio a instituciones de este linaje, y Wifredo I y su mujer Winidilda no le fueron a la zaga con la fundación de San Juan de las Abadesas y Santa María de Ripoll.

Al tomar posesión del condado, Wifredo halló, sin duda, a la Marca sobremanera resentida de las invasiones del tiempo del conde Aledrán. A esta circunstancia se debió que el nuevo conde fuera conocido por comes pilosus, equivalente a conde de las malezas o de los yermos, lo mismo que Raugraf o Wildgraf en alemán.

Sería, pues, el condado de Barcelona a la sazón un auténtico Raugraviato, que Wifredo restauró y puso en pie de nuevo.R.B.: Balari, Feudalismo, en Orígenes, pág. 340.

Los árabes debían de ocupar importantes posiciones y ciudades de cuenta dentro de las fronteras reconocidas de la Marca. Se sabe que el nuevo conde reconquistó Ripoll y Montserrat y todo el condado de Manresa y demás territorios confinantes, que restauró el condado de Ausona y que señoreó el campo de Tarragona.

Estos triunfos militares producirían en la Marca Hispánica el mismo efecto político que conquistas parejas tuvieron en el destino de otras regiones españolas. Para A. de Bofarull, y Rubio y Ors no ofrece duda que Wifredo se consideró independiente de los reyes francos en cuanto a los territorios conquistados por él.

En punto a la situación general de la Marca por lo que atañe a la soberanía política, no parece que alcanzase todavía la independencia absoluta bajo Wifredo I. Don Póspero Bofarull y don José Balari entendieron, sin embargo, que la Marca Hispánica pasó de derecho bajo la soberanía del conde de Barcelona en tiempo de Wifredo el Velloso por cesión de Carlos el Calvo de los fiscos o feudos que el rey franco tenía allí a favor de dicho conde de Barcelona.

El primero de los susodichos historiadores trajo en prueba de este aserto un importante documento hallado por él en el decurso de sus actividades de archivero. Se trata de una escritura de venta de un alodio situado en el condado de Ausona, otorgada en el año 961 por el conde Borrell a favor de Arnulfo. El extracto que más me interesa dice así.

Ego Borrellus, comes e marchio, vindo tibi alodem meum propium qui mihi advenit per vocem genitores mei et parentum meorum, et parentibus meis advenit per vocem preceptis Regis Franchorum quod fecit gloriosissimus Karolus de omnibus fiscis vel heremis terre illorum.

Don Póspero Bofarull apostilla: siendo el conde Borrell hijo de Sunyer, genitoris mei, nieto de Wilfredo y Winidilda parentorum meorum, y habiendo estos adquirido per vocem preceptis Regis Franchorum quod fecit gloriosissimus Karolus de omnibus fiscis, resulta evidentemente probado que don Wifredo y doña Winidilda tuvieron el condado y sus fiscos o soberanía por donación de Carlos el Calvo, que fue el rey de este nombre que reinó en Francia durante el gobierno de nuestros condes; con lo que creemos haber demostrado un hecho hasta ahora dudoso por no hallarse documentado.

No tardó en replicar a don Próspero Bofarull don Joaquín Rubio y Ors en Los Condes de Barcelona vindicados, t. 1, pág. 16; resuelto creyente en la independencia de hecho de los condes de Barcelona, declarando su escepticismo respecto de las conclusiones reseñadas. Rubio y Ors, y Calmette vieron en el documento de referencia una simple confirmación de bienes y tierras y no del feudo, que no hallan mencionado en él.

Insistió Balari en Consideraciones histórico-críticas acerca del origen de la independencia del condado catalán, Memorias de la Real Academia de las Buenas Letras de Barcelona, t. IV, pág. 574, en que hubo entonces enajenación de los feudos, y descubrió también la prueba de ello en la escritura parcialmente reproducida por Bofarull, en la que no solo se mencionan los feudos, a su entender, sino asimismo las tierras yermas, en todo lo cual discierne significación por demás sugestiva.

Para dar al documento exhibido por Bofarull su verdadera y genuina interpretación, Bolari consideró necesario examinar ciertos rasgos del sistema feudal y su especial nomenclatura económica. La fuente del feudalismo —concluía— precisa buscarla en los beneficios y no en la conquista. La cuna del sistema no está en Alemania, sino en Francia.

La legislación de los francos antes denuncia un pueblo de propietarios que de guerreros. La propiedad privada era designada entre ellos con el nombre de propietas, hereditas, dominatio; y como equivalentes de estos nombres se empleó la palabra alodio, que no era privativa de los francos, pues se usaba hacía tiempo en Anjou y en la Turena.R.B.: Balari, Feudalismo, en Orígenes, pág. 366.

En la Galia pregermánica la mayor parte de la propiedad estaba en manos de propietarios, beneficiarios y colonos. Propietario se llamaba al señor que disfrutaba el dominio directo de la tierra; beneficiario era un cliente, un hombre libre, que poseía el dominio útil; denominábase colono al súbdito o siervo de la gleba que cultivaba la tierra de la que era inseparable y junto con la cual era vendido.

Las invasiones germánicas alteraron poco la situación de la propiedad. La propiedad libre o alodio siguió siendo asequible para todas las clases sociales y todas las razas; su disfrute no estaba condicionado por títulos nobiliarios ni por privilegios ni iba unido a la idea de conquista.

En los documentos relacionados con los alodios coexisten la expresión del derecho romano y el germánico. El beneficio venía a ser el precario del derecho romano, y aunque no se encuentra en la legislación de francos no borgoñones, existe en la costumbre.

La palabra feudo equivale a beneficio, procede del latín feudum, cuya etimología ha de buscarse en la voz fiu o fehu del alto alemán antuguo, que quiere decir Vieh, ganado, en el sentido de bienes, riqueza, como la palabra pecunia, riqueza, derivada de pecus, ganado. Fueron los francos quienes introdujeron en la Marca Hispánica los gérmenes del feudalismo.

Carlos el Calvo cedió los fiscos, esto es, los feudos que tenía en aquel territorio, pues fisco, feudo y beneficio eran la misma cosa para los autores de la época. En la primordial institución de los feudos, los príncipes concedían de por vida a los súbditos que deseaban favorecer tierras fiscales o patrimoniales en beneficio o feudo.

Porque no eran completamente enajenados, sino que seguían siendo propiedad del donador, conservaban el nombre de fiscos. La enajenación de los fiscos o feudos prueba que ya existían en la Marca de España, y a esa circunstancia va unido el origen de la soberanía de derecho de los condes de Barcelona.

Los reyes francos, como se ha visto, expedían diplomas o cartas reales denominados preceptos, que eran privilegios otorgados por ellos a fin de proteger o amparar cosas o personas. La cesión de los fiscos y yermos de la Marca Hispánica a favor de Wifredo I por Carlos el Calvo fue un acto de protección dispensado al conde de Barcelona por el rey de los francos. La autonomía legal o soberanía de derecho la adquirió, pues, Wifredo el Velloso en virtud de un diploma real y no por usurpación como creyeron, con error, algunos historiadores.

Al ceder el rey franco a Wifredo I los fiscos (feudos) renunció al dominio directo y en este concepto hizo señor o soberano de los mismos al conde de Barcelona. Las tierras fiscales eran patrimoniales. Y Carlos el Calvo concedió a Wifredo l, no solamente los fiscos, sino también los yermos: fiscis vel heremis. Don Próspero de Bofarull y don Joaquín Rubió y Ors —puntualizaba Balari— no han parado debida atención en lo relativo a los yermos, a pesar de ser de entidad e importancia para dilucidar la cuestión de la soberanía de derecho del condado de Barcelona.

Les faltaban sin duda, los testimonios que respecto del particular pueden alegarse. Por ser los bienes fiscales, conforme queda señalado, patrimoniales, los reyes francos tomaban posesión de ellos como si fueran propiedad privada, de su pertenencia personal. Eran dueños de los yermos por su mero título o dignidad de príncipes. Lo corrobora una sentencia dada en 1016 en un pleito sobre posesión de tierra yerma.

He aquí la esencia de la escritura, según la reproduce Balari del Cartulario de San Cugat del Vallés, núm. 317. Una mujer llamada Azalandis, viuda de Guillém del Castillo de San Martí, en representación de su hijo Bernat, menor de edad, litigó con Guitarf, abad de San Cugat del Vallés, acerca de la propiedad de cierta tierra yerma situada en Calders.
La disputa se solventó ante el tribunal constituido en el palacio condal de Barcelona bajo la presidencia de los condes Ramón Borrell y Ermessendis; y en la sentencia se estableció que la tierra objeto del litigio era del príncipe, y sentóse como jurisprudencia que al príncipe pertenecían las demás tierras yermas: iudicatum et in ipso iudicio... esse hec terra iuris Principalis, sicut et cetera a espaciaheremarum terrarum..

El descubrimiento con posterioridad a la cesión de los feudos, de un diploma de Carlos el Calvo, fechado en el año 875, u otro de Luis el Tartamudo, del año 878, por los cuales se corrobora que reyes francos mantenían aún su soberanía en la Marca Hispánica, puso en entredicho la efectividad de las brillantes conclusiones de Bofarull y Balari, pero no al punto de anularlas.

Sobre el particular resta hoy como probable que Wifredo el Velloso se consideró, según anotamos, soberano en la parte de la Marca liberada de los musulmanes por sus ejércitos y que el poder franco disfrutó una jurisdicción muy nominal, ya en vías de extinción en los postreros años del gobierno de este famoso conde.

La cuestión, fascinante para los eruditos, tiene más bien carácter académico. La Marca de España no sería aún independiente de derecho, pero con todos los atributos y elementos políticos y militares que acumuló en su persona Wifredo I harto claramente se dibuja un poder que escapa ya a toda tutela exterior. Por esa razón el interés político del asunto es escaso.

Almanzor conquista Barcelona

Al morir. Wifredo el Velloso dividió sus estados entre sus hijos. A Wifredo Borrell y a Sunyer les legó los condados de Barcelona, Ausona y Gerona, para que los rigieran conjuntamente. A Mirón le dejó los de Cerdaña y Besalú. A Sunifredo, el de Urgel. Todos ellos quedaron subordinados al de Barcelona, que en un principio desempeñó Borrell I, llamado también Wifredo II (898-914). Este príncipe engrandeció el condado barcelonés con nuevos territorios al sur del Llobregat.

Desaparecido Borrell, pasó a regir el condado su hermano y copartícipe Sunyer o Suniario (914-947), quien levantó el castillo de Olérdula, en el Panadés, sobre las ruinas de la antigua ciudad de ese nombre destruida por los musulmanes en sus primeras invasiones. Sunyer puso fin prematuro a su gobierno apartándose a la existencia monástica.

Su hijo Borrell II se hizo cargo del condado como regente hasta el año 954 en que lo comenzó a tener en propiedad por haber muerto ya el viejo conde, y lo compartió con su hermano Mirón. Borrell II (954-992) llevó la frontera del condado de Barcelona hasta Montruell, y consta que en 974 el obispo de Barcelona, Vivas, concedió privilegios a los pobladores de dicho lugar.

Este conde es el primero de la Marca Hispánica realmente independiente y soberano en sus estados. Por eso solo su período de gobierno, que es también el de su hermano Mirón, se recomendaría en particular a la atención del historiador. Pero eventos políticos y militares, aunque génesis de la independencia, en sí mismos extraordinarios, vienen a encarecérnoslo vivamente.

La Marca de España volvía la espalda a Francia y era arrastrada cada día más en el torbellino de peligros, conflictos e intereses que tenían en convulsión a la Península. Nace a la sazón en los condes catalanes la preocupación por las cosas de León y de Córdoba que llevará a Borrell II y a Mirón a tomar partido por Sancho I el Gordo en su lucha por recuperar el trono de León.

Mas también conoce la Marca, para no ser en esto tampoco excepción entre los demás reinos cristianos de España, sus días menos gloriosos. Si los reyes de León, como los de Navarra y como los condes de Castilla, mendigan en Córdoba el favor político y tienen a honor la humillante condición de vasallos del califa, también el conde de Barcelona Borrell II (su hermano Mirón había muerto en 966) se siente honrado y seguro rindiendo vasallaje en Córdoba, donde aparece su embajada en el año 974.

Dijimos que estos fueron los días menos gloriosos de la Marca Hispánica. También fueron los más trágicos. Tras la sumisión al poder califal, árbitro de la política cristiana, llega Almanzor con su furia demoníaca y reduce a escombros la Marca. El general árabe descarga su puño de hierro con fuerza inaudita sobre los dos extremos del Septentrión español: Galicia y Cataluña. Para la campaña de Cataluña Almanzor recluta y disciplina nuevas tropas, sobre las que sacó de Córdoba, en Valencia, Tortosa y Tarragona. A fines de junio del año 986 se presentaba ante Barcelona, dejando en pos de sí la consabida desolación.

El 1 de julio ponía sitio a la ciudad, y el 6 la tomaban por asalto sus fanáticas huestes. Barcelona ardió por los cuatro costados después de saqueada. Los cristianos que escaparon a la muerte conocieron la miserable existencia del cautivo. El conde Borrell pudo huir. Pero Almanzor se llevó encadenado a Córdoba al vizconde Udalart, caudillo de la defensa. Entonces se vio que los condes hispánicos no podían contar ya con el auxilio de las armas francas. Por última vez, en una crisis mortal, había vuelto los ojos la Marca a los reyes francos.

Mas en aquel momento culminaba en Francia la desintegración feudal que se había iniciado en las postrimerías del siglo IX. Reyes y nobles empleaban todas sus fuerzas en la lucha mutua. La Marca Hispánica habría de salvarse por su propio esfuerzo, y su propio esfuerzo acarreaba la independencia. Las necesidades de la guerra ofensiva y defensiva, o sea de la Reconquista como realidad histórica trascendental, el peligro musulmán, suscitaban a lo vivo la cuestión de la soberanía.

Y no fue otro el drama en Navarra, en Castilla y en Portugal. Abandonada a sus propios recursos, como acontecía, en fin de cuentas, a cada región española, la Marca se recogía en sí misma, concentrando sus fuerzas físicas y morales para no sucumbir. Este hecho influirá no poco en la gestación de la nacionalidad catalana, repitámoslo. Borrell II reconquistará Barcelona, aún humeante, pero lo hará con su pueblo, con los hombres de paratge.

Se había roto el último nexo político entre la monarquía francesa y el marquesado catalán. La Marca era ya independiente por todos conceptos, de hecho y de derecho. Ya no se volverá a emplear la fórmula de sumisión a los reyes francos, que, en efecto, era pura fórmula desde Wifredo I. El desgarramiento, por tanto, a nadie contrariaba. Fue un fenómeno natural.

Los reyes francos se desentienden por completo de aquella frontera, de la Marca. Y en la misma considerable medida que Cataluña deja de interesar a los reyes franceses, crece el interés de Cataluña por la marcha de los acontecimientos en la Península.

La supremacía militar de Córdoba tarda todavía unos años en trocarse en desapercibimiento y debilidad: está aún en alto la espada de Damocles.

Toman los catalanes costumbres peninsulares. Borrell II se casa con Ledgarda, hija del conde de Auvernia Ramón Pons, pero el primogénito de ambos se llama Ramón, nombre del abuelo, y Borrell, nombre del padre. Desde entonces los condes de Barcelona adoptan en esto el estilo de Asturias y Castilla; no se usa un solo patronímico, como en Francia, sino dos: el del padre va unido a otro. En punto al derecho, muy pronto es ley general en Cataluña el Fuero Juzgo, igualándose en esto al resto de la España cristiana, pues incluso en Castilla, que al principio lo repudia, lo reimponen más tarde los mozárabes.

Ramón Borrell (992-1018 preside una Cataluña (aún no se le da este nombre) en transición. Una Cataluña que todavía será yunque para el martillo musulmán por algún tiempo, pero que él, este conde verá también convertida en martillo cristiano para el yunque cordobés.

La primera fase del gobierno de Ramón Borrell es desastrada en extremo. Almanzor, se recordará, no muere hasta el año 1002. y mientras vivió no concilió el sueño ningún príncipe cristiano; tal era el temor de verle aparecer de súbito en el horizonte con su veloz caballería, Pero la muerte del dictador árabe tampoco dio sosiego a los cristianos, como sabemos.

El año 1003 se presentaba Abdelmelek, hijo de Almanzor, a las puertas de Barcelona, como quien dice, y destruía Manresa. Pusieron especial empeño los fanáticos invasores, según hábito de Almanzor, en no dejar en pie una sola iglesia o monasterio, ni aun las paredes chamuscadas. Cincuenta años después de la irrupción de Abdelmeleck, en 1056, Manresa era todavía un montón de escombros. Con todo, hasta las invasiones de los almorávides, durante un siglo, Cataluña disfrutará de cierto pacífico respiro, que empleará en constituirse y organizarse como Estado, conforme diremos a continuación.

Ramón Borrell sentiría vengados los desastres de Barcelona del tiempo de su padre y el reciente de Manresa si halló satisfacción, como la hallaría, en contribuir a la ruina del imperio militar levantado y sostenido por la familia de Almanzor, Vimos cómo se desploma y atomiza en cortes de taifa el califato después del reinado virtual del guerrero visir y cómo caen los príncipes cristianos sobre Córdoba para hacerla prisionera de su política.

En aquella intervención no faltaron, como ha de recordarse, los condes de la Marca. Por fin entraban los catalanes en la capital del califato de Occidente, devolviendo con maneras un poco más civiles las visitas de Almanzor a Barcelona y de Abdelmelek a Manresa. En la pugna intestina de los aspirantes al trono musulmán, Ramón Borrell y su hermano Armengol, conde de Urgel, toman partido por Mohammed contra Solimán, a quien apoyaba, si no lo hemos olvidado, el conde Sancho García de Castilla.

Al principio el triunfo sonrió a los catalanes, quienes en junio de 1010 desbarataban en Abalbacar a las fuerzas de Solimán, mas no sin pagar cara en hombres la victoria, dado que en aquella contienda se dejaron la vida Armengol y sesenta nobles catalanes más.

Fue tras esta batalla cuando irrumpieron en Córdoba los catalanes, pillándola. Pero en los combates siguientes les desertó la fortuna. Pocos días después fueron derrotadas las tropas de Mohammed y Ramón Borrell por los bereberes de Solimán en el Guadiaro. Habían perdido una jugada que dio a Barcelona, aunque efímeramente, empaque de potencia interior de la Península. El 8 de julio evacuaron Córdoba los catalanes, y se retiraron seguidamente a su tierra.

Con Berenguer Ramón I el Curvo (1018-1035), se consuma el emplazamiento político de la Marca Hispánica dentro de la Península. Ya tuvo el lector noticia del matrimonio de este conde con una hija del conde Sancho García de Castilla, hecho que prueba influencia castellana, pero también la importancia que adquiría Cataluña en la política peninsular y cómo se iban creando lazos políticos y de sangre entre las casas condales catalanas y las demás cortes españolas.

Berenguer Ramón I fue vasallo de Sancho el Mayor de Navarra, con quien le unía parentesco de concuñado, por estar casado el navarro con una hermana de su mujer. Como tal vasallo seguía la corte de aquel príncipe. Ego Sancius rex tenens culmen potestatis mee in Aragone et in Pampilonia et in Sobrarbi et Ribagorza et in Nagera et in Castella et in Alava; et comes Sanciu Guillemus in Gasconia, et Belengarius comes in Barcelonia.R.B.: Menéndez Pidal, La España del Cid, Parte I, cap. II, 6, p. 67.

Parte del período de gobierno de Berenguer Ramón el Curvo estuvo sujeto a turbulencias, debido a la ambición política de su madre, doña Ermesindis, que trató de negar al conde el ejercicio del poder, secuestrándolo por tiempo inadmisible en la minoría de edad. No se sabe a ciencia cierta dónde, ni cuando, ni cómo murió; unos autores escriben que cayó en la lucha con los moros, otros que fue asesinado por Wifredo de Cerdaña.

Ramón Berenguer. Los Usatges

Su hijo Ramón Berenguer I (1035-1076), defensor y muro del pueblo cristiano, según el acta de consagración de la catedral de Barcelona, es, sin duda, el soberano más ilustre de Cataluña en la Alta Edad Media, cuyas últimas luces bañan su figura. Estadista muy completo, dejó rastro memorable como militar, como político y como legislador.

Mucho tiempo después de muerto le apodaron las crónicas, a la vista de su obra, el Viejo: come vetulus o vetus, que quiere decir, en este caso, el mayor, de acuerdo con la interpretación de algunos autores, o el prudente, de seguir a otros; el mayor en prudencia sería, quizás, la exégesis más exacta. De sus dotes de político responden, primero, el haber puesto fin a las intrigas y ambiciones perturbadoras de su abuela doña Ermesindis, y segundo, la solución que dio a la inquietante rebeldía del magnate Mirón, vencido más por el arte diplomático que por la fuerza (año 1059).

Este conde mandó edificar y dotó la catedral de Santa Cruz y Santa Eulalia de Barcelona (1046-1048).

Faltó a la vida privada de Ramón Berenguer I la serenidad y la paz que la hubieran hecho tan fecunda en buenos frutos como su vida pública. Tuvo tres mujeres: Isabel que murió de muerte natural, Blanca que repudió, y Almodis que fue asesinada por su hijastro Pedro Ramón.

Durante el gobierno de este conde avanzó mucho la Reconquista en aquella parte de España, empresa en la que desplegó su habilidad política tanto como el vigor de sus armas. En 1050 adquirió por negociación el marquesado de Camarasa. En ofensivas militares tomó a los sarracenos varios castillos en el territorio de Litera. Por Occidente se anexó las tierras de Purroy, Caserras, Estopiñá y Pilzá, en Ribagorza.

A su muerte, el condado de Barcelona terminaba por el oeste en Castelló Cebollar (Castejón del Puente), y por el mediodía en los castillos de Tamarit, a la izquierda del río Gaya, en su extremo inferior, a muy corta distancia de Tarragona y no lejos de la Torre de los Escipiones, y el de Santa Perpetua, en el extremo superior a la derecha de dicho río.

Más a occidente en el Mediodía formaban el confín las fortalezas de Conesa. Grañena, Cervera, Cubells, Segura y Camarasa, hasta el río Segre. No pocos moros que tenían baluartes en la frontera se declararon tributarios del conde de Barcelona, del de Cerdaña y del de Urgel. El anónimo autor de Gesta Comitatum Barcinonensium cita a dos régulos árabes vasallos de Ramón Berenguer I.

Dos acontecimientos consagraron al primer Ramón Berenguer como legislador y estadista, y ambos en el mismo año 1068: el concilio que convocó en Gerona, previa autorización del Papa, para reformar las costumbres del clero. y la promulgación de los Usatges.

La Junta que en 1068 despachó en Barcelona, bajo la presidencia de Ramón Berenguer I y la condesa Almodis, el célebre código de los Usatges, la formaron tres vizcondes, trece magnates (comitores y valvasores) y tres jueces. Era la misma asamblea de próceres o consejo áulico, que solía congregar el conde de Barcelona para que la asesorase en las cuestiones difíciles y trascendentales.R.B.: Coroleu y Pella. Las Cortes catalanas, p. 19.

En el caso de los Usatges la palabra decisiva correspondió a los jueces, actuando el resto de tribunal como meros asesores. Harto se entiende que es nobles que figuraron en esta junta eran vasallos y súbditos del conde de Barcelona y no representantes de villas y lugares, versión pueril y anacrónica, puesta en curso en la época del catalanismo romántico por historiadores de reconocida ligereza, para los cuales fue aquello una especie de reunión de Cortes, con el pueblo ya en el supremo papel de legislador.

Oportunamente recuerda Balari que en la Genealogía de los condes de Barcelona que precede a las Constitucions de Catalunya se dice que Ramón Berenguer I, "convoca Corts generals en la ciutat de Barcelona, en las quals ab interventio y concell dels Bisbes, Prelats y altres eclesiastichs, Barons, nobles, cavallers, ciutadans y homens de vila, etc.R.B.: Balari, cap. VIII, p. 433.

Importa, pues, subrayar que las Cortes generales de Cataluña no empezaron a existir de derecho hasta la fines del siglo XIII, siendo las primeras las de Barcelona de 1283 en las que Pedro el Grande promulgó la constitución llamada Una vegada lo any, que ha sido traducida así.

Una vez al año, en aquel tiempo que no parecerá más oportuno, nos y nuestros sucesores celebraremos dentro de Cataluña Corte general a los catalanes, en la cual con nuestros prelados, religiosos, baronen, caballeros, ciudadanos y hombres de villa tratemos del buen estado y reformación de la tierra, cuya Corte no seamos tenido a hacer ni celebrar si nos lo impidiese una justa razón.

Se tiene por autor del proyecto de los Usatges a Ponç Bofill March, canónigo de la catedral de Barcelona, con quien colaboraron doce personas más. El título de este código se forma de la voz latina us-us y el sufijo aticus, o sea usaticus en el bajo latín de la Marca de España. Al sufijo aticus corresponde en catalán a atge

Los Usatges vienen a cubrir dos necesidades: una, la de fijar por escrito las costumbres feudales, y otra la de asegurar, mediante sanción penal, el cumplimiento de las obligaciones que contraía el vasallo. Las consecuencias políticas de la promulgación de ese código se palpan: hasta entonces había regido en la Marca, como en el resto de la España cristiana, incluso entre los mozárabes, el Fuero Juzgo, y aunque subsisten este y parte del derecho consuetudinario junto a los Usatges, y aunque, concluyendo el siglo XIII adopta también Cataluña el derecho romano justinianeo, no tiene duda que con los Usatges esta región se da una constitución original, solo vigente en ella.

Otro efecto, también diferenciativo, acompaña a los Usatges, y es el perfilar y resaltar al frente de la patria catalana según la frase de Romani y Puigdendolas, la figura del príncipe o soberano. Ramón Berenguer todavía usa el título de marqués, que después parece abandonarse definitivamente.

Ya tenemos, pues, hacia el año 1070 abocetados importantes atributos de la nacionalidad y el Estado catalanes. La Marca Hispánica es ahora un principado, condición que procede de presidirla el conde de Barcelona, príncipe para los demás condes catalanes. Ellos le reconocen por señor feudal y le rinden homenaje. Sin embargo, no se llama rey. En capítulo anterior llamamos la atención sobre este hecho extraordinario. Dijimos entonces que ello se debió a la fuerza que tuvo el feudalismo, en lo moral como en lo material, en Cataluña. Momento es este de volver, con particular justificación sobre el tema.

Uno percibe que la cuestión de la monarquía disidente al uso de Castilla, Navarra y Portugal, no podía plantarse en Cataluña. La escuela de historiadores con Rubio y Ors al frente, que solo cree en la independencia de hecho de los condes catalanes, tiene en contra la realidad de la ética feudal, que imponía, conforme con la opinión de Bofarull y Balari, que la soberanía se transmitiese en la Marca jurídicamente, por un acto de cesión de derechos por parte de los reyes francos.

Esta solución está más de acuerdo con la cerradísima concepción feudal del poder y la fidelidad que por fuerza había de privar en una región tan adicta a ese sistema político y social. Y es esta estrecha dominación de la sociedad catalana por el feudalismo lo que se opone a que prevalezcan los valores monárquicos y aun el nombre del rey. Oposición espontánea, de la que no tienen conciencia acaso ni príncipes ni súbditos. Poder monárquico y poder feudal son, en último análisis, términos antitéticos. La monarquía es antifeudal por naturaleza y el feudalismo es, con la misma profundidad, antimonárquico y antiestatal.

El conde de Barcelona es un príncipe eminentemente feudal. Es el conde más poderoso de la región, pero un conde más. Los otros condes son sus vasallos, mas su jurisdicción no trasciende, en rigor, de los límites del condado de Barcelona. Como marqués o jefe de la Marca ejerce en lo judicial el derecho de procurar que los tribunales y los señores feudales no se aparten de las leyes en vigor en la administración de justicia; además, el conde de Barcelona falla en última instancia en las causas criminales contra los nobles de segundo orden.

Con el tiempo, la supremacía del conde de Barcelona se torna más amplia, más efectiva, más parecida a la de un verdadero soberano. Pero en ninguna época, hasta la unión de Cataluña y Aragón, está el conde de Barcelona sobre los demás con aquella casi ilimitada soberanía de derecho que autoriza a los príncipes de otras regiones de España a titularse rex.

En el momento en que la Marca Hispánica se hace independiente, cuando se presenta la coyuntura para el conde de Barcelona de erigirse en rey y llamárselo, en ese instante el enérgico imperio del régimen feudal en aquel rincón de la Península Hispánica no le permite mayor grado de soberanía que la apuntada.

El conde de Barcelona no se titula rey, simplemente porque no lo es. Es el primus inter pares, el grado jerárquico típico del príncipe feudal. Cuán distinto el lugar del soberano, cuán distinto el régimen político-social en Castilla y en León. Aquí no existe el primus inter pares, aquí nunca pierde del todo la institución monárquica el carácter romano, aquí el rey no es el primero entre iguales, sino, jurídicamente único entre inferiores.

Feudalismo (Cataluña, León, Castilla)

Hubo en Cataluña, como más de una vez hemos dicho en estas páginas, un feudalismo cabal, que en la Edad Media asimiló socialmente a esta región española a Francia más que a España. Cuantos documentos se han conservado relativos a la organización de la sociedad catalana en la Edad Media —y abundan particularmente desde el siglo XI— atestiguan el predominio de las leyes y atributos del régimen feudal en su más genuina traza.

En la Marca Hispánica se había originado el feudalismo en las donaciones de tierras hechas por los reyes y condes francos, a trueque de ciertos servicios, en especial el militar, y de la fidelidad personal. Al principio el señor cedió solo por vida del donatario o vasallo el usufructo de los bienes dados en feudo. Más tarde —según vimos— se convirtieron los feudos en hereditarios, lo mismo que los condados.

El dueño de la tierra apareció investido de todos los derechos de la soberanía jurisdiccional, que era inherente al feudo. A raíz de la conversión de los condados en hereditarios viene a constituirse definitiva y rigurosamente el régimen feudal en esta región; al hacerse independiente la Marca, acentúa ese sistema sus líneas más privativas. La codicia de los condes, no sofrenada por ninguna consideración ética ni poder monárquico alguno, pone fin a la propiedad que hasta entonces se había mantenido libre y absorbe gran número de alodios.

Se extiende por estas comarcas la servidumbre de la gleba con caracteres excepcionalmente severos; y comienzan entonces a prodigarse en Cataluña aquellos malos usos que durante la Edad Media fueron el terror de los villanos y en nuestros días el escándalo de los historiadores. La prodigiosa desigualdad aneja al feudalismo aparece con igual rigor en todas las comarcas españolas del Sur de los Pirineos.R.B.: Guizot, Histoire de la civilisation, p. 94. París, 1855.

Esto es, la zona feudal por excelencia en España comprende también a Aragón y a Navarra. Pero los tratadistas señalan cierta diferencia entre unos distritos y otros. Ya en Ribagorza comienzan a ser la desigualdad y la servidumbre más llevaderas. Conforme se avanza hacia occidente y hacia el mediodía, el feudalismo pierde en compacidad y en virulencia, sin duda por influjo de Castilla y de la España musulmana.

En Navarra medra ya el príncipe (rey) más que en Cataluña, a expensas de los señores: la administración de justicia pertenece en plenitud al rey. Apartarse de las regiones fronterizas y pasar a Castilla o León debía de ser, pues, en la Edad Media una experiencia deseable para los siervos de Aragón y Cataluña, y de que lo era dan fe los muchos fugitivos que se ocultaban en las ciudades castellanas de nueva población.

Hemos indicado los dos atributos o rasgos principales del feudalismo en el orden político y social:

La concesión de tierras por el rey y los nobles en beneficio, a cambio de la adscripción personal, del vasallaje, de la fidelidad, lo cual aparejaba determinados servicios u obligaciones, en primer lugar, el militar
El enlace de la soberanía con el feudo, con la tierra, hecho que hacía al señor dueño de vidas y haciendas, como se dice con frase afortunada, reuniéndose en su mano el poder político y judicial con independencia absoluta de la corona.

Muy otro es el sistema que predomina en Castilla y en León. También dan aquí tierras los reyes, pero no existe el do ut facias, el doy para que hagas; estas concesiones de tierras no llevan adjunta la obligación de prestar servicio de ningún linaje; el rey castellano y leonés dan el territorio lisa y llanamente, en propiedad absoluta, y no se desprende por ello de la soberanía política ni de la administración de justicia.

Los fueros que otorgan algunos señores dimanan en última instancia del rey, con cuya licencia se dan, y el rey puede derogarlos o modificarlos. En Castilla y en León, y sobre todo en Galicia —donde los monasterios tuvieron mucho arraigo y poseyeron copiosas riquezas—, algunas instituciones dieron tierras a señores seglares a cambio de la protección militar (contra los sarracenos o contra otros señores cristianos).

No faltan a veces en los reinos mencionados nobles o comunidades religiosas que ejercen jurisdicción en sus territorios y administran justicia por su cuenta; pero esta manera de soberanía no puede confundirse con la privativa del feudalismo (que va unida al feudo), dado que nace de la voluntad del rey en casos especiales, sin que haya en ello enajenación de derechos; además, el trono jamás abandona la decisión final en las sentencias dictadas por los señores; el tribunal real es la última instancia.

Tampoco pueden los señores en Castilla y León tener prisiones propias. No les está permitido hacer guerra lícita entre sí. En fin, los cargos públicos no fueron hereditarios en Castilla ni en León y cuando, bien avanzada la Edad Media, esto ocurrió en algunos municipios, no provino el hecho del derecho señorial, sino que obedeció a imposición oligárquica.

Aunque a las veces figura la voz feudo en documentos castellanos y leoneses, su significación no es la misma que en los países de feudalismo organizado. No dándose en Castilla ni en León las tierras en feudo, no pudo surgir en estas regiones una jerarquía feudal o dependencia jerárquica escalonada de unos señores respecto de otros, con sus grados de nobleza, grados de nobleza que en definitiva respondían en las naciones feudales a la extensión del dominio, siendo, por tanto, de raíz territorial.

Hubo, sin duda, en Castilla y León una atmósfera feudal, y a pesar de que el feudalismo nunca llegó a constituirse aquí con la fuerza que en Alemania, Francia. Cataluña y otras naciones, existieron, a todas luces en la Baja Edad Media costumbres y normas feudales. El feudalismo en cuanto sistema social engendró unos modos de vida, una ética y unos ideales que dieron carácter a una época; y estos valores fueron también los de países sin feudalismo o de sociedad feudal débil.

En ninguna parte triunfó lo caballeresco como en la España musulmana, y en general, como en España, y, sin embargo, no puede decirse que hubiera en la España árabe feudalismo. En un sentido superlativamente amplio cabe hablar del feudalismo castellano y leonés, que no era sino pálido reflejo, restringido a las formas, presente solo en lo externo, del feudalismo de allende el Ebro y de Ultramontes.

Ahora bien, la ausencia de feudalismo era perfectamente compatible en Castilla y León con un estado de cosas en el cual los nobles se conducían con tanta autonomía y despotismo como los auténticos señores feudales, fenómeno proveniente, conviene reiterarlo, del descomunal poder militar que les dio la guerra de Reconquista —también traducible como medro de los más fuertes en la anarquía—, pero dentro siempre del sistema político y social romano-visigótico:

las mismas demasías, el mismo abuso de poder, se observa en el poder municipal, que es, precisamente, un eficacísimo agente antifeudal; y se debió en mucha parte a la privanza y prosperidad de los señoríos plebeyos, de los caballeros villanos, de los municipios, que no fraguase la organización feudal en Castilla y León y que fuera España en la Edad Media, hasta cierto punto, un vivero de pequeñas repúblicas.

Ramón Berenguer, Fundador de Cataluña

En 1076 moría Ramón Berenguer I el Viejo, después de un gobierno desusado por sus obras y por su longitud. Pero fue su impolítica voluntad que le sucedieran en el condado sus dos hijos Ramón Berenguer y Berenguer Ramón, ambos segundos de esos nombres.

Ramón Berenguer recibió el apodo de Cabeza de Estopa por el peculiar color de su cabellera. Este conde se casó con Mafalda, hija de Roberto Guiscardo. Por tal hecho, como por su activa alianza con Motámid de Sevilla, se descubre su afán de ensanchar el horizonte de Cataluña. Hay ya, bien patente, en los condes catalanes notoria inquietud expansionista. Los dos condes hermanos se habían dado al gobierno de Barcelona de acuerdo con las instrucciones testamentarias de su padre y turnaban en el palacio condal.

El despropósito de la decisión se evidenció sin tardanza: los condes riñeron a cuenta del gobierno y Cabeza de Estopa murió violenta v misteriosamente en el campo, yendo de caza, en 1082. La vox populi señaló como autor del asesinato a su hermano y corregente Berenguer Ramón, Ramón, estigmatizado desde entonces con el sobrenombre de el Fratricida

En lo sucesivo gobernó solo el condado Berenguer Ramón II, pero amenazado siempre por la vengativa nobleza catalana, que había puesto sus esperanzas y su interés en el hijo de "Cabeza de Estopa" y Mafalda.

En 1084 se juramentaron Ramón Folch, señor de Cardona, y Bernardo Guillermo, señor de Queralt, para despachar al Fratricida en cuanto se les ofreciese coyuntura. En 1086, el Fratricida asoció al gobierno a su sobrino, a quien tomó en tutela, siempre vigilado por la madre del niño y por los nobles.

El detestado conde, personaje violento, pero no extraño a su época, es una de las figuras de más fuerte personalidad de la historia de Cataluña. Tuvo una existencia accidentada. Adelantó mucho la Reconquista en esta región. Conquistó Tarragona en 1091. Selló alianza con el walí de Tortosa contra el Cid Campeador, pero el Cid lo venció cuantas veces midió fuerzas con él y acabó haciéndole tributario.

La muerte de Berenguer Ramón II fue tan extraña como su vida. Cuando su sobrino cumplió los quince años, retaron los nobles al Fratricida ante la Corte de Alfonso VI de Castilla y León y allí fue vencido en juicio de Dios, pero sin que se sepa de cierto si falleció como resultado de las heridas recibidas en el lance, o en Palestina, haciendo penitencia (Año 1096.)

Extraordinaria por todos conceptos es la etapa de gobierno de Ramón Berenguer III, titulado el Grande (1096-1131). La agresividad musulmana, que parecía haber remitido en España para siempre, tornó a poner en peligro, con gran desconcierto de los reinos cristianos, la paciente y secular obra de la Reconquista, y amenazó la propia existencia del joven Estado del Nordeste.

Las nuevas hordas de fanáticos africanos castigaron a Cataluña con jornadas tan trágicas como las del tiempo de Almanzor y Abdelmelek. Varias veces penetraron en el condado de Barcelona, y en dos ocasiones (1108 y 1115) pusieron sitio a la ciudad.

Estrago irreparable causaron en toda Cataluña. No dejaron un edificio religioso intacto. La tierra se despobló, en especial Tarragona y su campo, como si la hubiera azotado un ciclón. El condado de Barcelona también quedó diezmado de habitantes.

En medio de tanta adversidad fue dicha para los catalanes tener a Ramón Berenguer III, cuyo dinamismo y fortaleza de espíritu iba a salvarlos. El animoso conde de Barcelona no solo defendió su Estado, dando batalla a los almorávides en cien ocasiones y derrotándolos brillantemente en algunas, como en la de Congost de Martorell en 1114.

Aún logró, al tiempo que contenía al invasor, lúcidos triunfos con la conquista de Mallorca e Ibiza, empresa de interés para todas las naciones del Mediterráneo occidental y en la que le ayudaron las repúblicas de Luca y Pisa, y con la toma de Balaguer.

Poco tiempo estuvo Mallorca en su poder, pero ya había señalado a sus sucesores una meta más, sobre acrecer esa aventura su prestigio y su influencia en todo el Levante español y en el Ebro. Aquí cortó el Cid la expansión catalana, mas no sin reconocer la relevante personalidad de Ramón Berenguer III, con quien casó a una de sus hijas.

Si hubiera de elegirse una fecha, un período de gobierno, el nombre de un conde para adscribir a ellos la fundación de Cataluña, esa fecha sería la segunda decena del siglo XII (de 1110 a 1120), ese período de gobierno, el de 1096-1131 y el nombre de ese conde, Ramón Berenguer III.

La reacción de los catalanes provocada por las invasiones de los almorávides es una reacción nacional (usando este término dentro de límites discretos); es entonces cuando se emplea por primera vez, sintomáticamente, la palabra Cataluña para designar una Marca Hispánica agrandada y engrandecida, mayor de edad.

Pero además ocurre el hecho notable de la constitución territorial de Cataluña, tal como será hasta los tiempos modernos, con la adquisición por herencia por Ramón Berenguer el Grande de todo el condado de Besalú (1112) y del de Cerdaña (1117).

La afinidad étnica y la tradición, que imponían la unidad, o al menos la colaboración política y cultural de Cataluña con el Languedoc y la Provenza, al par que con la Península hispánica, no iban a ser defraudadas en este instante de providencial alumbramiento de la nación catalana, y para que la gloria de su condado fuese completa el príncipe de quien hablamos anexa a la Cataluña peninsular, por su matrimonio con Dulcia de Carlat, el Carladés, Arlés y Provenza, dándole su gran sentido político, o la suerte, derechos y poderes jurisdiccionales sobre los territorios de Carcasona, Narbona y Rodez y condados de Vallespir, Fenollet y Perapertusa.

Del condado de Ramón Berenguer IV, de su matrimonio con Petronila y de la unión de Cataluña y Aragón al heredar Pedro Ramón, hijo de ambos, el principado catalán y renunciar doña Petronila en su favor la corona aragonesa (junio de 1164) dijimos lo pertinente a este estudio en el capítulo anterior.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 411-447.