El Reino de Castilla

Las Defensas

La Población Primitiva

Los condes de Castilla y Álava

Nuño Rasura y Laín Calvo

El ritmo de la Reconquista

Alfonso III el Magno: la Línea del Duero

Ordoño II: Valdejunquera

Ramiro II y Fernán González

León, Navarra y Abderramán III

Córdoba, centro cultural y político

El conde Garci Fernández y Almanzor

El conde Sancho García en Córdoba

Sancho III, hegemonía de Navarra

García, último conde de Castilla

Castilla, reino

Las Defensas

Con el fin de proteger el flanco cantábrico del naciente reino de Asturias levantaron los cristianos, cimentándolo sobre las rocas naturales, un antemural inexpugnable. Por los castillos innúmeros que en este sector fueron apareciendo- la región se llamó Castella, Castilla. Estas fortalezas comenzaron a surgir a mediados del siglo VIII, y su primera línea se extendía desde las Conchas de Haro hasta los valles de Sedano, ajustada con cierta flexibilidad al curso del Ebro.

Entre otros de menos importancia, se levantaron entonces los castillos de Bilibio, Buradón, Cellórigo, Almiñé, Terminón o Santa Gadea del Cid, Mijangos, Mijancas, Covarasa, Parcorbo, Lantarón, Frías, Tedega, Siero y Caderecha; y en las eminencias que separan a las aguas del Ebro y las del Cantábrico fue construída la fortaleza de Castrobarto, en tierra de Losa, refugio para los cristianos que fuesen derrotados en la cuenca de aquel río.

Cuando cierra el siglo VIII, la fortificación de la cuenca del Ebro aparece ya muy completa, con una hilera de castillos que se extiende, desde Occidente, por Castrecías y Castrillo de Bezana, sigue por Orbaneja del Castillo, Torres de Soncillo, Castillo de Siero, El Almiñé, Tedega, Mijangos, Frías y Lantarón y concluye en Bilibio, Cellórigo, las Conchas de Haro Pancorbo y otras atalayas en los Montes Obarenses, dominando la Bureba.

El Abad de Silos (obr. cit., t. I, cap. III, p. 79), aunque no refuta este origen del nombre de Castilla, informa de que el primer documento que contiene ese apelativo es del año 800 y ya se da por antiguo; quizás existiese la denominación en tiempo de los visigodos, atribuyéndola al país regado por los afluentes del Ebro en su ribera izquierda, desde Bricia hasta Sobrón y también a parte de la Bureba.

En los primeros treinta años del siglo XX se alzó otro rosario de fuertes en la cumbre de la Cordillera que divide a las aguas del Ebro y las del Arlanzón con vistas a la cuenca de este último río. Su punto de arranque era Amaya; pasaba por Urbel del Castillo, Castillo del Moradillo de Sedano a Castillo de Rucios, Ubierna, Castillo del Monasterio de Rodillo, Poza, Castil de Peones y Oca.

Hacia los mismos años se edificaron las barbacanas de Castil de Carrias, Cerezo, Ibrillos, Grañón Pazuengos y Belorado, baluarte contra los ataques de los moros de Zaragoza y Toledo, que a la sazón apretaban por aquí.

En el segundo tercio de esa misma centura novena, la población cristiana de la cuenca del Ebro construyó otra línea de fortalezas que comenzaba a Occidente con Castillo de Río Pisuerga, Castrojeriz, Torres de Villasandino, Castrillo Matajudíos, Castrillo de Murcia, Torres de Hornillos del Camino, Castrillo de Tardajos, Burgos, Celada de la Torre y Castrillo de Arlanzón.

En 875 ya custodiaban la cuenca del Aranza nuevos fuertes a lo largo del río y avanzaba por esta tierra la repoblación. También volvía a tener habitantes la tierra de Lara, en la que se incluían los pinares de Vinuesa, San Leonardo, Hontoria del Pinar, Espeja y Huerta del Rey. Para protegerla se levantaron los baluartes de Lara, Castrovido, Castrillo de la Reina, Pinilla de los Barruecos, Carazo, Huerta del Rey y Espeja.

En 900 estaba ya fortificada la cuenca del Esgueva.

A continuación, el nuevo avance de la Reconquista hacia el sur originó otra hilera de castillos dominando el Duero: Clunia, Gumiel de Izán, Torre de Salce, Caleruega, Valdeando y Tubilla del Lago.

Después de 900 pudieron repoblar los condes de Castilla a Roa, San Esteban de Gormaz, Osma y otros lugares de las riberas del Duero, y fundaron y rehicieron varios pueblos a lo largo de Riaza y cerca de Peñafiel, atalayando ya las sierras castellanas al sur del Duero.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 327-329.

La Población Primitiva

Ese territorio en que Castilla acusa su personalidad, y los hombres que lo habitan reclaman ahora nuestra atención.

De conformidad con los más recientes estudios etnológicos, la población castellana se forma de diversos elementos: cántabros (de raza ibera, quizás), autrigones (vascos) y celtas (turmódigos y berones). Castilla nace: —coincide Menéndez Pidal— sobre antigua población de cántabros, várdulos, autrigones y otros pueblos... En el conjunto tal vez predomina la raza vasca, no solo porque sobreabundan seguramente los pueblos vascos en el territorio en que surge Castilla, sino porque la repoblación se lleva a cabo en alto grado en todo el sector castellano con vascongados y vascones.

Notemos que el área castellana formó parte en distintas épocas de la Historia de una región que ora se llamó Cantabria, ora Autrigonia, ora Bardulia. De esos tres nombres, dos señalan inequívocamente población de raza vasca.

En el momento en que la comarca recibe el apelativo de Castilla era conocida por Bardulia, como dice en su crónica Alfonso III el Magno: Vardulies quae nunc appellatur Castella. La Bardulia comprendía en el siglo VIII la región más oriental de la Cantabria visigoda, o sea Álava, cuya mayor parte se llamaba Bardulia en tiempo de los romanos, valles de Orduña y Ayala, Sopuerta, las Encartaciones, Vizcaya, valle de Mena, territorio de Villarcayo y riberas de Ebro hasta Buradón.

Todas esas tierras estarían más o menos vagamente incluidas bajo el nombre de Castilla al nacer esta región. No perteneció a la Bardulia la actual provincia de Guipúzcoa ni la parte septentrional de Álava. Quedaron fuera de Castilla, como quedaron fuera de la Bardulia, Guipúzcoa y el norte de Álava. Pero los várdulos dieron el nombre a la Bardulia, y los várdulos eran como sabemos, inconfundiblemente vascos, punto sobre el que no existen dudas para nadie.

A ese elemento euscaldún, primitivo y aborigen, que ya debía de constituir un grupo étnico considerable en la totalidad de la población castellana del siglo IX, se fue incorporando, a compás de la Reconquista, otra masa vasca, pues, así como por la parte de León la repoblación se hacía, sobre todo, con mozárabes, por la de Castilla se hacía en gran parte con vascones, según acabamos de decir.

De ello quedó rastro, de un lado, en el gran número de pueblos castellanos en Burgos y comarcas vecinas con nombre alusivo a tal hecho: Bascones, Basconcillos, Villabascones, lo mismo que en los llamados Zalduendo, Galarde, Anaya, Unez Alarcia, Ezquería, Eterna, Bascuñana; los últimos rehechos segu ramente con gentes del valle de Escaray, de Pamplona y del Baztán.

La inusitada propagación por Castilla del nombre vasco García denota también fuerte mezcla de las poblaciones cantábricas.

En el reinado de Alfonso III el Magno llegaron a tierra de Burgos y región atravesada por el Arlanza y sus afluentes grupos de emigrados de León, Sahagún, Saldaña, Carrión, Cervera del Río Pisuerga y montes de Liébana; y está averiguado que en igual época existía cerca de Burgos un importante enclavamiento de cristianos procedentes de la España árabe.

Siendo Castilla una creación ibero-celto-vasca era natural que se manifestasen en múltiples aspectos sus especiales afinidades étnicas con Navarra, y veremos a ambos pueblos persiguiendo en la Edad Media un mismo ideal político.

Al estrecho parentesco racial del castellano y el vasco se agregan condiciones históricas que acaban de explicarnos porque vizcaínos y alaveses, continuando sus relaciones tradicionales, vivieron unidos casi siempre a Castilla desde el comienzo de la Reconquista.R.B.: Menéndez Pidal, El Idioma español en sus primeros tiempos, p.70.

Había también de común entre castellanos, vascongados y vascones el bajo grado de romanización (donde esta influencia existió), por contraste con el reino de Asturias y León, muy romanogótico desde Alfonso II el Casto.

Finalmente, la importancia del influjo de los pueblos euscaldunes en la formación de Castilla se refleja en el idioma castellano. La aportación vasca a la composición del romance castellano no es una aportación cualquiera, sino primordial, por cuanto se debe a un vasco el primer texto romance que jamás se escribió en la Península: Las Glosas Emilianenses, redactadas en San Millán de la Cogolla a mediados del siglo X, tienen por autor a un navarro, y este navarro desliza al lado del romance unas glosas vascuences, las únicas que se conocen hasta el siglo XV, en que comienza a escribirse el éuscaro.

Con tales antecedentes étnicos, históricos y culturales, que hacen de los pueblos vascos uno de los componentes esenciales de Castilla, no nos sorprenderá hallar a toda esta región cántabrovascona gobernada por condes emparentados entre sí.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 329-331.

Los condes de Castilla y Álava

A mediados del siglo IX había dos condes Superiores al frente de las defensas de la región castellanovasconada. El conde de Álava (denominación que comprendía ya a Vizcaya propiamente dicha y a Guipúzcoa central y occidental, pues la llanada de Álava formaba parte de Castilla) tenía a su cargo el área de Conchas de Haro, con los castillos de Buradón, Bilibio y Cellórigo. El conde de Castilla gobernaba la Bureba, protegida por los castillos del desfiladero de Pancorbo.

los condes de Álava y los de Castilla pertenecían a dos o tres familias entrecruzadas o que se entrecruzarían pronto. En Alava gobernaba la de los Jiménez. En Castilla, por un lado, la de Muño Núñez, quien en el año 824 dominaba ya la tierra de Aguilar de Campoó y orígenes del Pisuerga; entre 824 y 843 repobló Treviño, Castrojeriz y Castillo de Muñó, en la cuenca del Arlanzón. Esta familia castellana era oriunda de Asturias de Santillana.

Por el mismo tiempo compartía el gobierno con esa familia, otra, a la que pertenecía el conde titulado de Castilla, bajo cuya jurisdicción caía de Villarcayo y riberas del Ebro hasta Miranda, con la mayor parte de la Bureba y Oca, debiendo de regir también las Encartaciones, Trasmiera, el valle del de Pas y las Asturias de Santillana.

Tanto los condes de Castilla como los de Álava tenían a sus órdenes otros condes o señores que ejercían jurisdicción en villas con su alfoz. Había condes de esta categoría en Lantarón, Oca, Grañón, Cerezo, Burgos, etc.

El primer gobernador que aparece en los documentos usando el título de conde de Castilla se llamaba Rodrigo y ejercía cierto predominio sobre los condes de tierra de Burgos, Castrojeriz y Lara. Hermano o próximo pariente de este Rodrigo sería el conde de Álava Jiménez.

Rodrigo desempeñó el condado de Castilla hasta el 862 en que debió de morir.

El segundo conde titulado de Castilla fue Diego Rodríguez de Porcelos, hijo de Rodrigo.

No es siempre fácil distinguir a los miembros de las familias dominantes en Castilla, ni está clara la historia del condado de Castilla, sobre todo por lo que se refiere a sus titulares, en el período que media entre la desaparición de Diego Rodríguez y el condado de Fernán González. Ni aun con guía tan perspicuo como el Abad de Silos logramos movernos con seguridad por un terreno histórico tan abrupto como la geografía de la tierra a que se refiere.

Parece ser, sin embargo, que sucedió a Diego como conde de Castilla Fernando Díaz, que tuvo dos hijos: Gonzalo Fernández y Nuño Fernández, y un hermano conde también en Castilla, llamado Rodrigo, que murió sin dejar prole.

Gonzalo Fernández, que en 899 era conde en Burgos, heredó de su padre en condado de Castilla hacia el año 910.

Por esos mismos años 899-909 era conde en Castilla Nuño Núñez, restaurador de la fortaleza y villa de Roa en 912. Este conde Nuño Núñez pertenecía a la familia originaria de Asturias de Santillana. Tuvo dos hijas, Muña y Lambra. Muña se casó con el conde de Castilla Gonzalo Fernández, que debía de ser de la familia dominante en Villarcayo y Bureba. Al aportar doña Nuña al matrimonio la herencia condal de su familia quedaron sentadas las bases de la futura unificación de los condados castellanos.

La otra hija de nuño Núñez, Lambra, enlazó con el conde Gonzalo Téllez, conde de Lantarón en 903 y 911, y de Cerezo en 913, poblador de Osma. en 912. Gonzalo Fernández reedificó y repobló, entre otras que se dirán, la antigua ciudad de Lara.

El renombrado Fernán González era hijo de Gonzalo Fernández y de doña Muña. Recibió primero de su padre la propiedad y la ciudad de Lara y fue conde de este nombre. El año 931 ó a principios de 932 obtuvo el condado de Castilla, en vida aun de su progenitor.

En Fernán González convergen los derechos hereditarios de las dos o tres familias condales que hasta entonces compartieron el gobierno de Castilla y Álava; además, suprime Fernán González el título de conde a todos los gobernadores subalternos, y lo reserva para sí exclusivamente.

A partir de 932 también figura Fernán González como conde de Álava. Este condado pasaría a su poder como los demás: sin violencia, por transmisión consentida. Había sucedido en Álava al conde Vela Jiménez su hijo Muño Vela, que aparece como conde cerca de Valpuesta en 919. A Muño Vela siguió como conde de Álava Álvaro Harramelliz, del que se sabe que tenía este condado en 929; sería de la misma familia de los Vela y se había casado en 929 con Sancha Sánchez, hija de Sanco Garcés I de Navarra y de doña Toda. Sancha fue antes —por unos meses nada más— esposa del rey Ordoño II.

Harramelliz falleció el mismo año 929, o entre 931 y 933. Quedó doña Sancha viuda por segunda vez, y contrajo terceras nupcias con el conde Fernán González. La boda del conde de Castilla con la viuda de Harramelliz le daría el condado de Álava, tanto más cuanto que los hijos de Muño Vela y los de Álvaro Harramelliz eran de poca edad. Además, la subordinación de los condes de Álava al de Castilla, autorizaba en cierto modo a Fernán González a hacer con aquel condado lo que había hecho con los demás.

Por último, doña Sancha tenía dos hermanas: Enneca, que fue mujer de Alfonso IV, y murió en 928, y Urraca, primera esposa de Ramiro II. Otra circunstancia que acrecería la influencia y el poder de Fernán González en la corte leonesa.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. IV. p. 173.

Por todas esas razones se avendría el rey Ramiro II a que el conde de Castilla absorbiera también el condado de Álava.

Se ignora cuándo murió doña Sancha. Vivía aún en 952. Pero en 955 estaba ya casado Fernán González con una señora llamada Urraca, y eso es cuanto se sabe de ella.

Con los diversos condados de Castilla y con el de Álava, Fernán González creó una entidad política respetable, que habría de pesar sin medida en el juego de las fuerzas civiles y militares de la España cristiana y la España musulmana.

Que Fernán González lograse unificar bajo su mando tantos condados ya al despuntar su vida adulta y que el gran condado que con ellos constituyó perdurase en su persona desde 931 ó 932 hasta 970, esto es, durante cerca de cuarenta años, son circunstancias que precisa tener en cuenta para comprender el proceso por virtud del cual se convierte Castilla en reino. La insólita continuidad del gobierno condal de Fernán González dio al poder político castellano una firmeza de que careció la propia corona leonesa.

Fernán González conoció cinco reyes en el trono de León: Ramiro II (930-950),Ordoño III (950-955), Sancho I (955-966), Ordoño IV (958) y Ramiro III (966-982).

En fin, los cuarenta años de gobierno del famoso conde corresponden a una época de grandes luchas, de graves peligros, de anarquía inaudita y de expansión territorial de Castilla. Es decir, se dan las condiciones ideales para que se impongan las cualidades personales de este conde: la valentía, la audacia, la ambición y el instinto político. La anarquía y el crecimiento territorial del condado castellano, procurado por el esfuerzo de Fernán González y sus sucesores, no podían menos de conducir a una nueva desmembración de la monarquía de Pelayo.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 331-335.

Nuño Rasura y Laín Calvo

Semejante evolución no carecía, claro es, de base, apuntada en ciertas tradiciones, como la de la elección jueces propios en Castilla. Dice la leyenda que, tomando pretexto en la ejecución de los condes castellanos por Ordoño II (episodio del que en seguida hablaremos), los naturales del país decidieron emanciparse judicialmente de León, cuyo derecho escrito era inaceptable para ellos, partidarios de regirse por albedrío, es decir, según su parecer y según las costumbres.

A tal efecto, reinando Fruela II (924-925), eligieron dos jueces, Nuño Rasura y Laín Calvo. Añaden las crónicas que más tarde, los castellanos pegaron fuego en la iglesia de Burgos a cuantos ejemplares del Fuero Juzgo pudieron hallar.R.B.: Menéndez Pidal. El Idioma español en sus primeros tiempos. p. 82.

Ni en Sampiro ni en documento alguno de la época se hace alusión al nombramiento de los jueces castellanos ni a la quema del Fuero Juzgo. La leyenda o tradición de los jueces aparece escrita por primera vez en el siglo XIII, en un fuero de Burgos, y el primer historiador que la recoge es el arzobispo don Rodrigo, probablemente tomándola de dicho fuero.

Con primor erudito desentraña don Luciano Serrano la tradición castellana de los jueces Nuño Rasura y Laín Calvo, en la que descubre un elemento perfectamente histórico, pero no correspondiente a los días, de Fruela ll, al siglo X, sino al anterior.

Castilla se resistió a aceptar el Fuero Juzgo cuando los reyes asturianos trataron de organizar el reino sobre este cimiento jurídico, como se había opuesto durante la época visigoda a que la susodicha ley sofocase sus viejas prácticas judiciales y antiguas libertades locales. Y esa realidad dio pábulo a la tradición del nombramiento de los dos árbitros componedores o jueces, que ahorraban a los castellanos el empacho y la molestia de tener que acudir a solventar sus pleitos en León.

En cuanto a las personas, el elemento histórico no es menos palmario, según don Luciano Serrano. El Nuño Rasura de la leyenda debe de ser Nuño Núñez, que repuebla a Brañosera y le da fueros a principios del siglo IX, con independencia absoluta del rey de Oviedo, es más: reservándose las multas que solían destinarse a la Hacienda real. Por haber otorgado Nuño Núñez fuero a la Brañosera le apodarían con ese nombre, corrompido con el tiempo en Rasuera, Rasura.

El otro caballero, Laín Calvo, seria en la realidad Albomondar Téllez, probablemente el Almondar Albo que figura en las crónicas como habiéndose revelado con los otros condes contra Ordoño II a comienzos de siglo X. Albomondar Téllez repobló villas de Bureba y en tierra de Cerezo, también por su cuenta, con olvido del acatamiento que debía al rey de León.

Los juristas hicieron de él a Laín Calvo, dándole el nombre de abuelo del Cid y trocando el apellido Albo en Calvo. Nuño Núñez era bisabuelo de Fernán González, e identificando al otro personaje con el abuelo del Cid Campeador reforzaban los castellanos la autoridad del fuero de albedrío instituido, según ellos, por los antepasados los dos héroes castellanos.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. III. p. 114 ss.

Es indudable que Castilla acusa desde un principio personalidad propia muy pronunciada y que su carácter sitúa a esta región pronto en conflicto con Oviedo y León, como hemos dicho. Pero, primero, leyendas como las mencionadas —registradas mucho después de haber nacido el reino castellano— se irían formando con exageración de hechos reales en épocas en que los castellanos tuvieran interés en llamar la atención sobre la legitimidad y validez de su poder político, tratando además de cohonestar la borrascosa historia del condado.

Se trataría, quizás, de dar un punto de arranque a la independencia cimentándola sobre un hecho diferencial poderoso; y segundo, por sí solos las tendencias jurídicas y el espíritu innovador de Castilla no justifican ni explican de modo convincente una evolución política que acaba erigiendo a Castilla en reino, frente a León. Esta separación no era fatal. Forzoso es pensar que en un desenvolvimiento histórico normal el conflicto hubiera tenido distinta solución.

La colisión castellanoleonesa está sobremanera avivada por la guerra. Y una teoría de los reinos medievales españoles basada en el repudio del Fuero Juzgo o en las diferencias que enemistan a Castilla y Navarra con León no se sostendría, por cuanto esas razones no son válidas para el nacimiento de los reinos aragonéscatalán y portugués. El motor del secesionismo castellano hay que buscarlo en otras causas, y el propio Abad Silos las aboceta.

Más inclinados los monarcas de Asturias a dilatar la reconquista por Galicia y Portugal y tierras de Zamora y Salamanca, abandonan a los condes de Castilla y Álava la misión de repoblar su territorio, así como la de ensanchar sus fronteras por Rioja y la cuenca superior del Duero; en consecuencia, dichos condes se consideran como por derecho de conquista soberanos en la propiedad y gobierno de sus respectivas tierras, por su solo esfuerzo repobladas o ganadas al enemigo.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. III. p. 129).
R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 335-337.

El ritmo de la Reconquista

Hemos visto al nuevo Estado cristiano consolidado y extendido por Alfonso I el Católico. Su hijo Fruela I —a quien también hemos hecho alusión con motivo de la Vasconia— continuó en Galicia la guerra de reconquista y obtuvo una victoria sobre los musulmanes en Puentedeume. Con ello afirmó definitivamente en el Noroeste el dominio neogodo. A Fruela se atribuye la fundación de Oviedo y el haber trasladado a esta ciudad la corte cristiana.

Al morir Fruela sacude al reino de Asturias una crisis dinástica, que persistirá varios años. Una peripecia para nosotros oscura dio el trono a Aurelio (768-774), con perjuicio del hijo de Fruela, Alfonso el Casto. Aurelio parece haber sido primo del rey desaparecido e hijo de otro Fruela, que era hermano de Alfonso I el Católico. Probablemente le eligieron los nobles con desprecio de una fórmula hereditaria en conflicto con la práctica, favorable aún a la elección.

Aurelio se mantuvo en paz con el Islam y pobló el lugar a que dio nombre —Rey Aurelio— en la línea estratégica de Nalón, donde residió.

Silo (774-783), que sucede a Aurelio, estaba casado esa Adosinda, hija de Alfonso I, y era, en consecuencia, yerno del iniciador de la Reconquista.

Desde la ascensión de Aurelio al trono; no solo hubo paz con los moros, sino que debieron de existir relaciones de intimidad entre los invasores y la corte cristiana. Tampoco guerreó Silo con ellos, y como en alguna vieja crónica se comenta la tregua diciendo que existió causa de su madre, se ha supuesto a esta señora musulmana o emparentada con la nobleza musulmana.

Silo tuvo que reprimir una sublevación de ciertos condes gallegos, que aspiraban, quizás, a poner en el trono a Alfonso el Casto. Tuvo este rey la corte en Pravia, en la línea estratégica del Narcea.

La de Mauregato (733-780), que recogió a continuación el cetro de Pelayo, es figura muy borrosa y bastarda. se le ha creído hijo espurio de Alfonso I, habido con una sierva mora, y de ahí su exótico apodo. Pero es de dudar que el primer Alfonso, hallase coyuntura en sus campañas devastadoras —en la que dio muerte a cuantos sarracenos aprehendió— para enamorarse de una mujer ismaelita.

En cambio, parece saberse que Mauregato no encontró despejado el camino del trono. Adosinda y varios nobles proclamaron rey a Alfonso el Casto, con el designio de que la reina viuda gobernase como regente. Mas buena parte de la nobleza se inclinó a Mauregato, y Alfonso el Casto, vencida su facción, huyó a Álava, donde vivía la familia de su madre, Munia.

Mauregato es famoso por haber comprado la paz de los árabes con el infamante censo anual de cien muchachas cristianas, el tributo de las cien doncellas, hecho no comprobado, acaso exageración de alguna humillante ofrenda que explicaría la sospechosa tranquilidad que entonces hubo con los moros.

Ocupó el lugar de Mauregato, Vermudo I (789-793), quien quizás fuese hijo de Fruela, el hermano de Alfonso I el Católico. Vermudo era diácono, y para reinar hubo de obtener las necesarios dispensas.

Contrajo matrimonio con Numilona y tuvo dos hijos: Ramiro y García.

El reinado del Diácono nos es mejor conocido que los anteriores desde Alfonso I. Al principio se alzaron contra él, pero también, sin éxito, los partidarios de Alfonso el Casto. Reinando Vermudo l concluye la tregua que había mantenido en paz al Norte de España y se registra la primera, gran ofensiva musulmana de la serie en Álava y Castilla (años 791 y 792). El enemigo derrotó a Vermudo en la Bureba, se internó en el país arrasó campos y poblados y acuchilló a más de nueve mil cristianos.

Nacido para vida más reposada, el Diácono comprendió que la dureza y alboroto de los tiempos pedía en el trono cristiano hombre más marcial, y abdicó en favor de Alfonso II el Casto (793-842). Alfonso salió del monasterio en que estaba encerrado para hacer frente a la crítica situación que creaba a la España cristiana la nueva acometividad árabe. Una de sus primeras medidas fue volver a instalar la corte en Oviedo,

No había tenido aún tiempo, como se dice, de ceñirse la corona el hijo de Fruela I, cuando otro ejército sarraceno entró por Álava y Castilla. Al mismo tiempo, llegaban otras fuerzas mahometanas, al mando de Abd-el-Melek ben Mogueits, a la propia Oviedo y la destruían, después de saquearla. La derrota de este ejército con la muerte de su general, entre Tineo y Cangas de Tineo, o cerca de Oviedo, levantó la moral de los cristianos y dio a Alfonso el Casto su primer laurel en una lucha que le reservaba más de una gloria.

Volvió la guerra a Asturias al año siguiente, y con refuerzos de la Aquitania y la Cantabria —en Francia debía de preocupar ya el empuje con que aparecía de nuevo el Islam en el Norte de España—, Alfonso pudo arrostrar al enemigo en las riberas del Narcea. El encuentro, sin embargo, resultó adverso a los cristianos, que perdieron un cuerpo de caballería y hubieron de replegarse en vista de la superioridad de las fuerzas mahometanas.

Quedó otra vez libre el camino de Oviedo al avance del invasor, que ocupó la ciudad. Pero no cejó por ello la resistencia cristiana. Sufrieron los árabes una que otra derrota parcial, el país les era hostil y el invierno se echaba encima. Todas esas dificultades les aconsejaron la retirada.

En 796 se combatía en Galicia, donde había penetrado otro ejército sarraceno.

Por estos meses se registraron en Córdoba graves disturbios, con motivo de la ascensión al emirato de Alhaquem I, y así como Alfonso I se había lucrado del conflicto árabe-berebere para avanzar hasta el Tajo, los desórdenes de Córdoba sacaron ahora a la monarquía cristiana de su apurada situación.

El ejército musulmán de Galicia se retiró a la capital árabe, Alfonso el Casto pudo ordenar sus fuerzas, e interviniendo en Córdoba en apoyo de los sublevados tíos de Alhaquem, reunió poder bastante —apuntalado en el exterior por la alianza con Carlomagno— para intentar espectaculares incursiones en territorio enemigo.

En una de ellas asaltaron los cristianos a Lisboa y la saquearon. Del episodio de los siete prisioneros musulmanes que el rey español envió, con otros tantos mulos y cotas de malla, al rey francés, por conducto de los caballeros francos Basilisco y Froya, se deduce que seguían en cierto número la corte de Alfonso el Casto enviados de Carlomagno.

La campaña que realizaron en 815 en Asturias las huestes de Alhaquem, con la derrota en el Nalón de las tropas de Alfonso, no tuvo consecuencias irreparables. Poco después se desquitaban los cristianos de ese contratiempo con una victoria en las márgenes del Anceo.

Álava y Castilla seguían muy expuestas a las ofensivas árabes. A despecho de la formidable fortificación de los distritos del Ebro —vecinos de la Rioja—, los moros habían aprendido ya el camino de Álava y Castilla, no por el Duero, por donde atacarán poco en todo el siglo IX, sino por la Rioja, donde se presentaban formidables ejércitos que llegaban de Toledo y Guadalajara por Medinaceli, o de Zaragoza. Recordemos que en 823 Abderramán II ocupó la Rioja con numerosa hueste sarracena y en el verano realizó una campaña por Álava y Castilla, sin detenerse hasta Guernica. En 838 y 849 se registraron nuevas invasiones de Álava y Castilla.

Hechos salientes del reinado de Alfonso II el Casto (aparte la restauración del godismo en la corte) fueron: el descubrimiento en Compostela, entre 808 y 814, del sepulcro del apóstol Santiago, que tantos extranjeros visitarían en la Edad Media, con la consiguiente repercusión intelectual y moral en el Norte de España; las relaciones internacionales, que parecieron indicar que la ocupación musulmana iba a unir a España y Francia con nexo solidario permanente, lo que no ocurrió, tornando pronto la Península al aislamiento; el adelanto de la frontera cristiana hasta el Duero en algunas zonas y la consolidación del territorio que dominó efectivamente Alfonso I.

A la muerte de Alfonso II, que no dejó descendencia, fue elegido para ocupar el trono Ramiro I (842-850), hijo de Bermudo el Diácono, que residía a la sazón en la Bardulia, esto es, en la tierra que ya debía de comenzar a ser conocida por Castilla, y donde vivía la familia de su madre.

El breve reinado de Ramiro I estuvo exento de sucesos trascendentales, aunque en él incluyen algunos autores la batalla de (Clavijo, jornada memorable en que el apóstol Santiago acudió oportunamente en socorro de los cristianos. Pero más cierto parece, como opina Balparda, que la llamada batalla de Clavijo fue la de Albelda, donde Ordoño I, según vimos, alcanzó su gran victoria sobre Muza ibn Muza.

Ordoño I (850-866) era hijo de Ramiro I. Aparte la campaña triunfal a que acabamos de aludir, su dominación de la Vasconia y sus relaciones con los Beni Cassi, otros acontecimientos importantes llenaron el movido período de este monarca.

En 855 devastaron otra vez los moros el territorio de Álava y Castilla.

En 856 repobló el conde Gatón, por orden de Ordoño, las ciudades que más habían sufrido últimamente en la región leonesa, entre ellas la propia León y Astorga. Por entonces, en 860, repobló también el conde de Castilla, Rodrigo, la posición de Amaya, a la que rodeó de potentes murallas, y que, como muchos otros pueblos de la región, conservó su nombre romano.

Corrió Ordoño I la tierra musulmana más allá del Duero. Se apoderó de Salamanca y Coria, para volverlas a abandonar. De su incursión en la Lusitania diremos lo pertinente más adelante.

Las razzias de este rey cristiano provocaron varias ofensivas árabes. En el capítulo anterior aludimos a la que realizó en 860-861 Mohammed I en la Vasconia. Otra campaña de este emir en Álava y Castilla (863-864) dio motivo a una de las batallas, o serie de batallas, más duras de la Reconquista, en los desfiladeros de la llave del Ebro superior y la Cantabria. Pero el enemigo se estrelló ante las fortalezas de Pancorbo y las Conchas de Haro y acabó retirándose ordenadamente.

El ejército sarraceno obedecía a un joven capitán, hijo de Mohammed, que luego sería ilustre y famoso con el nombre de Abderramán III, fundador del califato de Occidente en Córdoba. Mandaba las tropas cristianas el hermano de Ordoño. Se distinguió en la defensa de Pancorbo el conde don Rodrigo.

Mientras se desarrollaban esas luchas en Álava y Castilla, fuerzas musulmanas, al mando de Almondhir, se acercaban a Compostela, pero prefirieron retirarse al ver apercibidas las defensas.

Un año después, en 865, reanudaban los árabes la ofensiva por la parte del Duero, adonde llegaban, bien desde las inmediaciones de Ágreda, o desde Atienza y Medinaceli. Dueños de la llanura de Miranda combatieron con furor por abrir brecha en el muro de fuertes protectores de Castilla y Álava. Mas a pesar de haber arriesgado su ejército en tierras por aquella época pantanosas, el príncipe Abderramán, que también dirigió esta operación, se vio forzado a ordenar la retirada.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 337-343.

Alfonso III el Magno: La línea del Duero

Se habrá observado que desde mediados del siglo IX correspondía a los árabes, por lo general, la iniciativa militar. La resistencia era áspera y dificultosa en extremo para los cristianos, que faltos de hombres y otros elementos, fiaban su salvación a las murallas, y, en efecto, las fortalezas y lo abrupto del terreno salvaron a Álava y Castilla.

Esa era la situación cuando subió al trono Alfonso III el Magno (866-909), hijo del héroe de Albelda o Clavijo. Alfonso solo contaba entonces dieciocho años de edad. Ya le tuvo su padre asociado al trono con el gobierno de Galicia, y los nobles confirmaron la sucesión.

Pero su hermano Fruela lo desposeyó de la corona, y Alfonso, menos fuerte militarmente, se refugió en Castilla. Recuperó el cetro gracias al conde Rodrigo, su protector, quien le acompañó a Oviedo para su solemne coronación a fines del año 866.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I. cap. IV, p. 131.
También se sublevaron contra Alfonso al comenzar su reinado los alaveses, dirigidos por el conde Eylón. Esta rebelión se inició en la Navarra occidental, donde la acaudillaría con ánimo de hacer independiente a esta región bajo su gobierno, Iñigo Garcés, hermano de Sancho Garcés, hijo del primer matrimonio de García Iñiguez, que en algún cronicón recibe el nombre de rey.R.B.: BALPARDA, libro II, cap. IV, p. 328.

Fracasada esta intentona se alzó en Álava el conde Eylón o Gilón, pero el rey lo aprehendió y cargado de cadenas se lo llevó a Oviedo, donde lo redujo a perpetua cautividad. Alfonso dio el condado de Álava a Vela Jiménez (año 867).

Tales conmociones políticas acaecían en otro momento crítico para la región castellanoalavesa. Mohammed I conseguía en 866-867 lo que no le había sido dable lograr en campañas anteriores, y Álava y Castilla veía, impotente, pasar al enemigo hacia Vizcaya y el litoral con el normal rastro de saqueos y devastaciones.

En los años siguientes, varias circunstancias resguardaron a los territorios cristianos de correrías y agresiones. Las buenas relaciones de Alfonso III con los Beni Cassi, los Tochibíes de Daroca y Calatayud y Aben Meruan de Badajoz, y la guerra que los Beni Cassi sostuvieron con Mohammed; las discordias y rebeliones en la España árabe, todo ello permitió al ilustre rey historiador dar cierto impulso a la Reconquista. Importantes fueron sus campañas en Galicia y la Lusitania, a las que volveremos a aludir cuando tratemos de reino portugués.

Los aliados musulmanes de Alfonso derrotaron e hicieron prisionero en 857 a Haxim, otro hijo de Mohamed I, y testifica la ascendencia que en ese momento disfrutaba el rey de Oviedo el hecho insólito de que le entregaran a Haxim, por cuyo rescate cobró dos años después 100.000 sueldos de oro.

En 878, Alfonso obtuvo una victoria en Polbarania (próxima al río Orbigo, sobre un considerable ejército mahometano a las órdenes de Almondir, que tuvo que replegarse y pedir la paz.

El rey Magno se sentía ya lo bastante fuerte para desdeñar la alianza con Aben Meruan, y le hizo la guerra con éxito. También puso Alfonso término a la tregua que tenía convenida con el emir cordobés, realizando incursiones más allá del Tajo y el Guadiana.

Pero en Álava y Castilla —un poco descuidadas por el rey, más interesado en León y el Occidente— se repetían las terribles invasiones en 882 y 883. El haberse declarado contra el rey Alfonso y contra su propia familia Mohammed Ibn Lope, hijo de Lope Ibn Muza de Toledo y señor de Viguera -asunto antes mencionado- permitió a Almondhir atacar a castellanos y alaveses en 882. El enemigo combatió vigorosamente el formidable castillo de Cellórigo, que defendió con más bravura todavía el conde de Álava Vela Jiménez. En Pancorbo se estrellaron los asaltantes contra la defensa ejemplar del conde de Castilla, Diego Rodríguez, que los derrotó en combates que duraron tres días.

Rechazado de Pancorbo el ejército musulmán atravesó la Bureba y las tierras de Burgos, degollando, de paso, a los monjes de San Pedro de Cardeña. Los cristianos, perdieron Castrojeriz, que abandonó su gobernador, Nuño Núñez, probablemente el abuelo de Fernán González. Los árabes llegaron a Tierra de Campos y León. Temiendo lo peor el rey Alfonso concentraba aquí un ejército cuando los sarracenos se replegaron por el Esla y se fueron a Toledo, sin más estruendo.

Al año siguiente, en 883, reiteraron los mahometanos la invasión de Álava y Castilla. Nuevamente los derrotó el conde don Diego en Pancorbo. Tomaron el camino de la vez anterior, mas sin pararse en Castrojeriz. Destruyeron a Cea y Coyanza, incendiaron el monasterio de Sahagún y llegaron a amenazar a León. Se retiraron a Toledo por Ávila.

Hacia estos años pobló Alfonso III a Simancas, Zamora, Dueñas, Toro y los Campos Góticos, recientemente reconquistados. En el bienio 882-884 repobló el conde de Castilla, don Diego, por orden del rey, a Burgos y Ubierna.

El reinado de Alfonso III el Magno fue notable por muchos conceptos. Como vimos antes, en sus días nació el reino navarro, se dilató mucho la repoblación cristiana por el Noroeste, con trascendencia que apreciaremos mejor al tratar de los orígenes de Portugal. La frontera cristiana avanzó definitivamente hasta el Duero y, en el extremo Occidente, hasta el Mondego. Fueron ahora comarcas, fortalezas y ciudades fronterizas Oporto, Lamego, Coimbra, Zamora, Toro, Simancas, Roa, Gormaz, Osma, Deza, Atienza, Belorado y Pancorbo.

Concluyó el siglo IX con la tierra de Burgos muy poblada, hecho, como el de la expansión cristiana hasta el Duero, facilitado por la concentración del interés militar árabe en el Ebro alto, en la zona de entrada a Castilla y Álava desde la Rioja por el valle de este río. Mucha debía de ser la importancia estratégica de esa tierra, para que el Islam descargara allí, con terrible monotonía, todas sus fuerzas.

Los musulmanes se soliar desangrar ante Pancorbo v Cellórigo, pero los cristianos tenían también enfrente otro muro que no podían rebasar. Cuando Ordoño I tomó a Albelda, la arrasó por peligrosa. Por aquí apenas dio un paso adelante la Reconquista en todo el siglo IX. La lucha se polarizó ante Valpuesta y la Rioja, creándose una frontera en el río Oja y las alturas que separan a Santo Domingo de la Calzada de la ciudad de Nájera.

Conforme insinuamos en el capítulo anterior, destronaron a Alfonso III su mujer y sus hijos, al cabo de dos años de luchas, que el sensible monarca suprimió abdicando en Boides el año 909. En el cronicón de Lucas de Tuy se presenta a doña Jimena como alma del complot que forzó al rey a dejar el cetro. Doña Jimena quería ver reinar a todos sus hijos, e incitó a sublevarse al primogénito, García, pero Alfonso lo prendió y lo puso en cadenas en el castillo de Ganzón.

¿Era solo doña Jimena quien quería ver hecho rey a García? Este infante estaba casado con Momadona, hija del conde castellano Nuño Fernández, hermano de quien sería pronto conde titular de Castilla, Gonzalo Fernández. Nuño Fernández acaudilló la rebelión que estalló al ser preso García, y se declaró independiente del rey de Oviedo.

Alfonso el Magno repartió entre sus hijos (o se lo repartieron ellos) el reino. El mayor, García, obtuvo la corona leonesa, Ordoño II recibió Galicia y Fruela pasó a regir Asturias. La unidad de la monarquía se rehizo pronto, sin embargo, al volver a coincidir los tres estados bajo la autoridad de Fruela II. Los tres hijos de Alfonso pasaron sucesivamente por el trono de León pues Ordoño II (914-924) sucedió a García (909-914) y Fruela II (924-925) a Ordoño. Veamos rápidamente a cada uno de ellos en el trono leonés.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 343-347.

Ordoño II: Valdejunquera

Ordoño adoptó el título de rey de León. Este monarca inició su reinado con expediciones a la moderna Extremadura española, donde devastó en 914 la tierra de Mérida, se apoderó de Alanje, y recibió regalos del alarmado walí de Badajoz.

Al desaparecer García I concluyó aquella amistad con los musulmanes que mantuvo en paz la línea del Duero. En 917 desencadenó el enemigo una ofensiva sobre San Esteban de Gormaz para impedir que se afirmara esta nueva posición como base de operaciones contra Atienza y Medinaceli y su territorio. Acudió Ordoño II con los condes castellanos, prominente entre ellos Gonzalo Fernández, el padre de Fernán González, e infligió tremenda derrota a las fuerzas atacantes, sin darles ya reposo hasta Atienza y Medinaceli.

Entonces comenzaron a ser frecuentes -lo que no había ocurrido el siglo anterior- las campañas de los moros por esta parte de Castilla. En 920 entraron por Palenzuela, en tierra de Burgos, que saquearon dos veces; descendieron luego a las riberas del Duero por Cardeña, Lerma, Villafruela, y en todo el trayecto se dedicaron a reducir a escombros las iglesias.

Los árabes avanzaban con fuerzas tan considerables, que las guarniciones cristianas de Clunia, San Esteban de Gormaz y Osma abandonaron las fortalezas y se refugiaron en las montañas de Silos y cuenca superior del Arlanza. Pero cuando las tropas de Abderramán III se retiraban a Aragón por Agreda los castellanos volvieron a ocupar los pueblos del Duero, desde los cuales atacaron una vez más a Atienza y devastaron la comarca.

Al estudiar la aparición del reino de Navarra mencionamos la alianza de Ordoño II con Sancho Garcés I, la derrota de los cristianos en Valdejunquera en 921 y la importante conquista de Nájera por Ordoño II, con la subsiguiente boda del rey de León con una hija del monarca navarro.

En la Crónica de Sampiro se achaca la derrota de Valdejunquera a la deserción de los condes castellanos Nuño Fernández, Albomondar Albo, su hijo Diego, y Fernando Ansúrez, conde de Monzón, Ordoño II, enfurecido por el desacato —pues los había llamado al campo de batalla y no le habían obedecido—, los mandó venir de Burgos a Tejares, sobre el río Carrión, y de allí, cargados de hierros, los llevó a León, donde ordenó que les quitaran la vida.

La ejecución de los condes semeja leyenda. Dos de ellos figuran en diplomas posteriores a 925. Nuño Fernández aparece como comite in Castella, bajo Alfonso IV, en 926. Fernando Ansúrez bajo el mismo Alfonso IV, es comite in Castella según dos diplomas de 929. Fundado en esto y en que la Crónica Silense no habla de la muerte de los condes, sino solo de su prisión, niega Berganza que fuesen ejecutados.R.B.: MENÉNDEZ PIDAL, El idioma español en sus primeros tiempos. p. 82.

Estos hechos parecen hoy completamente aclarados. las fuerzas de Abderramán III invadieron Navarra, y Ordoño II acudió en auxilio de su suegro. Aunque era deber de los condes oír el llamamiento del rey en tales casos, los de Castilla, influídos en esta ocasión por el sentimiento autonomista y el deseo de emanciparse del reino leonés, y temiendo, además, un ataque enemigo por tierras del Duero, prefirieron quedarse a defender aquellas fortalezas y los castillos de Muñó y Burgos.

Pudo existir otra razón más concreta —sugiere don Luciano Serrano— en la que Nuño Fernández y los otros condes fundaran su disgusto con Ordoño. Nada se vuelve a saber de la esposa de García I, Momadona, hija de Nuño Fernández, después de la muerte de García, ni se conocen hijos suyos. Habiendo sido ese rey soberano de León y Castilla, ¿no alegaría la reina viuda algún derecho sobre esta región para sí o su familia, y en ese derecho fundaron Nuño Fernández y los otros condes castellanos la rebelión contra Ordoño II?

El reinado de Fruela II en León apenas tiene interés para la Historia. Entre 925 y 931 empuñaron el cetro entre discordias y conflictos, Sancho Ordóñez, en Galicia y en León, Alfonso IV, ambos hijos de Ordoño II.

Durante su reinado en León, Ordoño II había dejado de gobernador en Galicia a su hijo Sancho Ordóñez. que debió reinar después de Fruela II, su tío, pero se adelantó su hermano Alfonso, menor que él, y le privó de la corona por la violencia. Mas Sancho Ordóñez había echado raíces políticas en Galicia y con el apoyo de la nobleza se hizo proclamar rey en Compostela.

Los mismos nobles y su hermano Ramiro le incitaron a presentarse en León, lo que hizo, apoderándose del trono y expulsando a su hermano Alfonso IV (año 926). Tornó, sin embargo, Alfonso a recobrar el cetro, y Sancho Ordóñez terminó sus días en Galicia, a cargo de la provincia, con la aprobación del rey de León.

Ramiro, otro hijo de Ordoño ll, aliado de Sancho Ordóñez contra Alfonso IV durante la lucha por León (conforme acabamos de decir), fue gobernador de la parte meridional de Galicia, con residencia en Viseo, y mientras reinó Alfonso IV conservó este puesto. Una tragedia doméstica, la muerte de su esposa, sumió a este rey en tal melancolía, que decidió retirarse al monasterio de Sahagún. El cetro de León pasó a manos de Ramiro II.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 347-349.

Ramiro II y Fernán González

Tras los triunfos de Ordoño II y Sancho Garcés I de Navarra en Nájera y Viguera en 923, se abre un largo período de servidumbre para la España cristiana. Será un siglo de gloria para Córdoba y de humillación y desorden para los reinos del Norte, por más que no falten victorias militares y audaces incursiones de los cristianos en territorio musulmán.

Desde la fundación del califato por Abderramán III, hasta la muerte de Hixem II (año 1013) la España árabe da su máximo rendimiento político, mientras la desintegración que se había iniciado en Navarra avanza sin freno en la España cristiana.

Por lo demás, esta época se caracteriza en sus comienzos, entre otras cosas, por la vigorosa personalidad de los directores de la guerra y la política en ambas Españas. La constitución del gran condado castellano por Fernán González, viene a coincidir, año más o menos con la ascensión al trono de León de Ramiro II (931-951) enérgico monarca, hombre capaz de medirse en carácter con el soberbio conde castellano, a quien, como veremos, acaba dominando.

Coetánea de esas dos grandes figuras de León y Castilla, era la no menos insigne de doña Toda, la reina viuda de Navarra. También por los mismos días se erigió Abderramán III en Córdoba, con justo título, en primer califa de Occidente (año 929).

Ramiro II dilata los dominios de la España cristiana, conquistando posiciones y castillos en Salamanca, Ribas, Alhandega, Peña y otros muchos lugares. Las batallas de Simancas y Alhandega -consideradas por algunos autores como una sola acción-, ganadas por el rey de León, fueron de las más celebradas en aquella edad. Pero Fernán González también conseguía importantes victorias por su cuenta, con independencia del monarca leonés.

Después de la derrota de los moros en Alhandega, el conde castellano los desbarató en Hacinas, cerca de Aranda de Duero (año 939), y por el despliegue de fuerzas bajo Fernán González que cita la Primera Crónica General se advierte cuán considerable era el poder militar del conde castellano:

En la otra haz dio por cabdillo a D. Lope de Vizcaya con los de Trevinno et Burueva et de Castilla Vieja e con los de Castro et de Asturias e fueron todos CC cavalleros et VI mill peones.R.B.: Primera Crónica General, p. 400, párrafo 698.

Fernán González extendió pronto su condado hasta Sepúlveda, ciudad que fortificó y de la que hizo base militar dominante sobre toda la moderna provincia de Segovia.

La victoria de Hacinas, el gobierno, soberano de hecho, en las tierras por él conquistadas y repobladas, el mando supremo e indiscutido de un ejército considerable, todo eso daba a Fernán González aliento para resistir el predominio del rey de León, y el primer acto de rebeldía del poderoso conde contra Ramiro II se presentó ese mismo año de 940.

Le pidió el rey que acudiera con sus tropas para una ofensiva que preparaba contra los musulmanes y Fernán González se negó. Respondió Ramiro con la amenaza de que entraría en Castilla con el ejército que tenía dispuesto para atacar a moro. El conflicto no pasó de ahí; pero el rey tomó sus medidas y obligó al conde a que hiciera constar en todas las escrituras que tenía el gobierno de Castilla en nombre y bajo la soberanía de León.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t.I, cap. IV, p. 144.

El siguiente choque de Fernán González con Ramiro fue más grave y delata la peligrosidad de aquellos ejércitos permanentes confiados a los condes, ejércitos formados para luchar contra el Islam, pero que también solían volverse contra el rey.

En 943, el conde de Castilla y el conde de Saldaña, Diego Muñoz, resolvieron hacer la guerra al rey, se cree que por cuestión de límites entre el condado de Fernán González y el reino de León en tierras de Peñafiel, Cuéllar y Sepúlveda. Pero Ramiro contuvo el golpe con su habitual energía. Se apoderó de los dos condes: a Fernán González se lo llevó a León, donde le tuvo preso cerca de diez meses, y a Diego Muñoz le encerró en Gordón.

Entonces dio Ramiro el gobierno de Castilla a Asur Fernández, conde de Monzón, pariente de Fernán González, pero notorio por su sentido del deber, que le condujo siempre a no vacilar en su lealtad a los reyes de León. En mayo de 944, nombró Ramiro gobernador de Castilla a su hijo Sancho, sin prescindir por eso de los servicios de Asur Fernández, que quedó a las órdenes del príncipe.R.B.: Cartulario de Cardeña, p. 294; Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. IV.

Y en agosto se fue el rey en persona a Burgos con varios planes respecto de Castilla y su indomable conde. Le confiscó algunas propiedades, que cedió al monasterio de Cardeña, y trató con los nobles castellanos de la situación de su señor.

Se declaró Ramiro inclinado a devolverle la libertad bajo dos condiciones: primera, que Fernán González consintiese en no repoblar ni gobernar en tierras de Burgos, cuencas del Duero y Arlanza, Aguilar de Campóo y Asturias; le dejaba un condado reducido: tierras de Oca. Bureba, Álava y Castilla la Vieja, con Trasmiera, Carranza y Sopuerta.

La segunda condición que ponía el rey era que la hija de Fernán González, Urraca, con su hijo primogénito Ordoño. Y bien será preguntarse si no se propondría Ramiro II con esta boda atraerse a los castellanos como había hecho Alfonso III el Magno con los navarros, asociándolos de algún modo al interés de la corona leonesa.

A últimos del año 944 estaba ya Fernán González de vuelta en su condado, después de haber prometido al rey fidelidad y obediencia, y se celebraría el casamiento de su hija con el infante Ordoño. Pero no tuvo prisa Ramiro en restituirle el mando en Castilla, dado que en 945 seguían ejerciendo la autoridad en todo el condado el príncipe Sancho y Asur Fernándezz.

Entre tanto, los sarracenos se desquitaban de la derrota de Hacinas, asaltando en 944 y 945 los castillos de Osma y San Esteban de Gormaz, y entrando por la ribera del Duero la arrasaron de punta a cabo, y lo mismo hicieron en la cuenca del Arlanza.

En los dos años siguientes, 916 y 947, continuaban teniendo el condado de Castilla don Sancho y su lugarteniente el conde de Monzón, siquiera parece verosímil, por no decir cierto, que el príncipe don Sancho no ejercería su autoridad sino en tierra de Burgos, Santander, Lara, riberas del Duero y región de Castrojeriz, quedando lo restante del condado castellano, con Asturias de Santillana, bajo Fernán González, rebelde ya al monarca y en toda independencia de León.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. IV, pp. 145, 146.

Sin embargo, por razones que se ignoran, desde mayo de 950 figura de nuevo como gobernador general de Castilla el príncipe Sancho, sin que Fernán González volviera a tener el condado en los meses que aún vivió Ramiro II, en particular por lo que se refiere al territorio de Burgos. Y no obstante esta situación, Fernán González acabó reconciliado con su rey, a quien acompañaba en Sahagún el 24-III-950, firmando, además, como conde de Castilla, una escritura expedida por Ramiro en 17 de junio.

Como se ve, mientras ocupó el trono de León el conquistador de Alhandega no le fue dable al conde castellano desafiar impunemente a la monarquía. Pero Ramiro II murió en 950 y con él desapareció la mano fuerte que contenía a moros y cristianos; a los primeros dándoles batalla en Talavera, todavía poco antes de dejar el cetro; a los condes cristianos, sujetándolos de suerte que reinara alguna manera de autoridad sobre ellos.

Al morir Ramiro, Fernán González entró de nuevo en posesión de la región de Burgos, es decir, volvió a dominar toda Castilla. También iba a dominar en León.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 349-353.

León, Navarra y Abderramán III

Disponíase a ceñir la corona Sancho I hijo de Ramiro II y de Urraca; hija de Sancho Garcés I de Navarra. Le negaba el derecho de reinar su hermano Ordoño, habido en anterior matrimonio; y así comenzaba una guerra civil que haría a los cristianos tributarios del Islam.

En la disputa entre Ordoño y Sancho, el conde de Castilla tomó partido por Sancho, contra su yerno. La unión, impuesta por Ramiro, de Ordoño con Urraca hija de Fernán González, no había sido muy feliz. Sancho contaba, además, con el apoyo de su tío García de Navarra, y la reina doña Toda, abuela suya.

Navarra y Castilla pusieron sendos ejércitos en la guerra contra Ordoño, quien pronto dueño de León, hizo frente con éxito a todo el mundo. La intervención militar de Fernán González y el rey navarro fracasó; y Ordoño se vengó de Fernán González repudiando a su hija y contrayendo segundo matrimonio con Elvira, hija de Gonzalo, conde de Asturias. El conde castellano quedó humillado y sujeto; y el rey le recordó su condición de vasallo obligándole a que se presentase con su ejército para la campaña de Lisboa. Después de esto, Fernán González sirvió fielmente a Ordoño III (950-956) hasta la muerte de este monarca.

Al expirar Ordoño III recomenzó la anarquía, ahora con consecuencias más trascendentales. Diríase que para Fernán González lo importante era estar en guerra con quien reinara en León, política que respondía a su aspiración de alzarse con la independencia de su condado. El conde de Castilla había luchado contra Ramiro II y contra Ordoño III. Contra Ordoño en favor de Sancho I. Pero no más sentarse en el trono este Sancho se subleva el conde y le fuerza a abandonarlo precipitadamente en junio de 958.

Sancho Iel Gordo (956-966) padecía como indica el sobrenombre, extraordinaria obesidad, mal que le impedía cabalgar y hacer la guerra y le privaba de marcialidad, tan necesaria en aquellas edades; además le daba grotesca apariencia. La nobleza de León, que se había pronunciado desde un principio por Ordoño III, tampoco quiso ahora a Sancho, de quien se mofaban los caballeros, y en esto leoneses y castellanos coincidían.

Así las cosas, León quedaba a merced de Fernán González, Nadie disfrutaba en ese momento más autoridad en la capital de la monarquía, y el conde de Castilla no tardó en imponerse, expulsando del reino a Sancho y pasando el cetro al hijo de Alfonso IV el Monje, Ordoño IV, llamado el Malo (958-960), príncipe que había estado preso o relegado mientras reinó Ramiro, Con el cetro, Fernán González le pasó su hija Urraca, repudiada por Ordoño III, con quien Ordoño IV, hechura de Fernán González. no tuvo inconveniente en casarse.

Sancho el Gordo se había refugiado en Pamplona, junto a su abuela, la reina Toda, y junto a su tío, el rey navarro. Navarra cayó bajo la influencia de Abderramán III casi desde el punto y hora en que, por muerte de Sancho Garcés l (año 925), el reino vascón quedó en manos de la reina viuda y su hijo García. En 933-934, el califa ocupó militarmente a Pamplona, la reina Toda hizo acto de sumisión y Abderramán aceptó como soberano bajo su tutela al joven en García.

En un intento de sacudirse la tutela cordobesa, doña Toda precipitó una nueva invasión de sus estados por los sarracenos. En lo sucesivo, Abderramán fue árbitro de la política navarra, punto de apoyo formidable para dominar en el Norte e intervenir en León.

La gravedad de estos hechos era relativa. Las fronteras raciales y políticas se borraban o desvanecían a veces, y el musulmán conspiraba con el cristiano contra el musulmán, y el cristiano se aliaba con el musulmán contra el cristiano. Solía haber moros en los ejércitos de la España cristiana y cristianos en los ejércitos árabes.

En ocasiones ligaba a los magnates de una y otra España estrecho parentesco de sangre, y esta circunstancia tenía que dar a la política cristiano-musulmana cierto carácter de negocio entre familia. Abderramán III era nieto de Onneca, una navarra, hija de Fortún Garcés, casada en segundas nupcias con el emir Abdallah: de este matrimonio nació Mohammed, padre de Abderramán. El insigne califa —que, por cierto, nos lo pintan de piel blanca y ojos azules, un tipo del Norte europeo— era sobrino carnal por parte de madre de la reina viuda de Navarra.

El Mohammed padre del primer califa español era primogénito de Abdallah, contra quien se levantó, y murió misteriosamente en una prisión de Córdoba. Abdallah había sucedido en el emirato a su hermano Mohammed I.

Todos estos elementos: Sancho I, nieto de doña Toda, esta señora, su hijo García Sánchez I, el rey navarro, tío de Sancho, y su sobrino Abderramán III, tramaron la ruina de Ordoño IV el Malo y de la hegemonía de Fernán González en León.

Otro elemento nada despreciable aparece en el bando de Abderramán: un joven Vela, probablemente de la familia desposeída del condado de Álava por Fernán González, uno de los hijos de Muño Vela o de Alvaro Harramelliz. El joven Vela se sublevó contra el conde de Castilla, pero fue vencido, y huyó a Córdoba.

Con Ordoño IV y la nobleza de León de su parte, firme en los condados castellanos y alaveses, con Navarra sometida a Abderramán, Fernán González era en ese instante la personalidad más considerable y representativa de la España cristiana.

Mas el califato entraba entonces en sus glorias, y el califa, muy reforzado por la alianza con Navarra, aventajaba en poder a Fernán González. La suerte del conde castellano y su política leonesa estuvo echada luego que Abderramán y el rey de Navarra resolvieron invadir a León y Castilla.

Mientras el ejército musulmán penetraba a mediados de 959 en León, arrollándolo todo, Ordoño IV huía a Asturias y Sancho I ocupaba el trono —curado ya de su obesidad por un galeno judío, Rabbí Abu-Joseph Aben-Hasda—, García I de Navarra se abría paso a sangre y fuego por Castilla y hacía prisionero en Cirueña al propio conde Fernán González, al que encerró en un castillo del Pirineo.R.B.: AMADOR DE LOS RÍOS. Historia social, política y religiosa de los judíos de España y Portugal, B. Aires, 1943, t. I, p. 111.

Sancho siguió gozando la protección de Abderramán, a la que debió, al menos en parte, su permanencia en el trono. No menos útil le fue el apoyo del navarro, que no puso en libertad a Fernán González hasta que Sancho se hubo afirmado en León y el conde castellano prometió retirar su favor a Ordoño IV, lo que cumplió con exceso, expulsando de Castilla al infortunado rey, allí refugiado después de haber mantenido en Oviedo su derecho a la corona.

La ayuda de los Vela debió de contribuir también en cierto grado al triunfo de los aliados, por cuanto Sancho les pagó con tierras en distintas comarcas de León.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 353-356.

Córdoba, centro cultural y político

La vida de Abderramán III tuvo fin natural en 961, pero no se extinguió por eso la luminaria que el primer califa había encendido en Córdoba. El califato continuó prosperando bajo Alhaquem II, hijo de Abderramán, en todos los órdenes, particularmente en las letras, que alcanzaron entonces su período áureo.

El centro de gravedad de la política y la cultura españolas se había fijado definitivamente en Córdoba, y allí se hacía la política, tanto para el califato como para los reinos cristianos; al extremo de que en la paz sellada en 961 entre el rey de Navarra y Alhaquem II, el califa se atrevió a pedir que le entregase a Fernán González, conde de Álava y Castilla, y García I se negó a cometer esta ignominia; antes bien, puso al conde castellano en libertad.

En torno a la corte del segundo califa pululaban reyes, condes y políticos cristianos en desgracia o cesantes: buscando apoyo para su causa e intrigando contra sus correligionarios. En Córdoba estaban algunos Vela o sus embajadores, dispuestos a vengarse de Fernán González. Ordoño el Malo —que vivía de una pensión del califa— se declaraba vasallo de Alhaquem en 965 y le pedía elementos militares para tratar de recuperar el trono de León.

Dos años más tarde, en 967, se despedía de este mundo Sancho I el Gordo, despachado por un veneno -oculto, según parece, en una manzana- que le dio el conde Gonzalo de Galicia, en cuyo castillo se había hospedado.

Ramiro III, hijo y heredero de Sancho, contaba a la sazón cinco años de edad, y el trono vino a estar defendido por dos mujeres: doña Teresa, madre del infante, y doña Elvira, monja, su tía. Entonces anegó la anarquía a los estados cristianos y cada conde y barón se sintió independiente en su territorio. No iba a remediar Ramiro III esta situación cuando llegara a la mayoría de edad.

Bien que Fernán González desarrollase una política egoísta, con merma de la paz y la estabilidad del trono de León, en sus relaciones con los moros acreditó más carácter que los demás príncipes cristianos de sus días. No dio el espectáculo de acudir a Córdoba a implorar auxilio del califa, como hicieron los demás desde que a reina Toda y García I de Navarra se presentaron en la corte de Abderramán a solicitar socorros para la restitución de Sancho I al trono leonés.

Los árabes, como hemos podido apreciar, tenían, sin duda, a Fernán González por su mayor enemigo. Sin embargo, pendiente de afirmar su poder en Castilla aprovechándose de la debilidad de la corona, el conde castellano incluso descuidó la defensa de sus territorios.

Apenas acometió en sus últimos años alguna campaña sostenida contra los moros; en 963 fue derrotado en toda la línea, y perdió San Esteban de Gormaz, que devastó el enemigo. Dos años después señoreaba el moro la cuenca del Duero y fortificaba a San Esteban de Gormaz. En 967, la propia Sepúlveda, con Dueñas y tierras del Pisuerga, estaban sojuzgadas por los sarracenos.

Todo lo que Fernán González pudo conseguir fue que el Islam no ocupara el territorio de Burgos. Verdad es que la hora, por un conjunto de circunstancias que desconocemos, era desfavorable a los cristianos, y lo peor estaba por venir. También buscó al fin Fernán González su tregua con los musulmanes, y pudo acabar su vida en paz.

Sobre la personalidad moral y política del gran conde castellano hay dos puntos de vista. Uno duda de su carácter heroico y de su eficacia como político, considerándolo como perturbador para la obra reconquistadora (Menéndez Pelayo, Abad de Silos, este con menor rigor). Otra apreciación de la figura del conde entiende que su rebeldía era necesidad de los tiempos, aconsejada, no por el egoísmo, aunque no careciese Fernán González de este defecto, sino por el patriotismo o afán de hacer la guerra con más brío que León, lo que imponía cierto espíritu de independencia. (Menéndez Pidal.)

Probablemente, Fernán González fue, en último análisis, un guerrero y político de su tiempo y país, sujeto a las consecuencias de una guerra permanente, que por la condición de las fuerzas en pugna entrañaba, como tantas veces hemos dicho en estas páginas, una crisis política, del Estado, también perenne.

No es posible imaginarse a los magnates de aquellas edades imbuidos de patriotismo a la moderna. Con nuestro concepto moderno, lo patriótico hubiera sido que Fernán González se hubiese mantenido leal a su rey, reforzando su autoridad, tan necesaria para llevar a cabo la guerra con éxito: influir en León, si acaso, para que mejoraran las cosas políticas y militares, no tratar de suplantar al monarca y menos levantarse en armas contra él, en vista quizás de su ineptitud, disculpa que no sirve para el reinado de Ramiro II.

Por lo que a los demás se refiere, conviene tener presente que la noción de cruzada contra la morisma está más viva en las épocas que preceden y siguen a la de Fernán González, que en la suya. Momento hubo en que los castellanos abandonaron sin duelo a los sarracenos importantes plazas fuertes, preocupados únicamente con la lucha con León. La desobediencia al rey impuesta por la necesidad de proteger más eficazmente los intereses generales de la cristiandad debía de ser sentimiento que cohonestaba la disociación y el espíritu anticooperativo.

Este género de autonomía podía defenderse, y el nacimiento de Navarra, por semejante razón, contó con la aquiescencia del rey de Oviedo. Pero no ofrece duda que al amparo de ese concepto los condes trabajaban no solo por su cuenta, sino también para sí y su casa. La limitación de Fernán González es, quizás, de esta índole.

El célebre conde de Castilla murió el 9 de enero, o el 6 ó el 13-II-970. Legó a su hijo un condado de hecho independiente. No puede asegurarse que lo fuera ya de derecho. Aunque los castellanos tuvieran a Fernán González por soberano, hasta última hora calendó el conde sus escrituras por el rey de León. Pero solo faltaba al condado de Castilla el título de reino para igualarse con León. Trocando su Estado en hereditario, Fernán González afirmaba su soberanía, al paso que seguía la corriente general de la época fuera de España.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 356-359.

El conde Garci Fernández y Almanzor

El califato de Alhaquem II no fue exclusivamente literario y pacífico. Ya hemos visto, en parte, que en campo de batalla padecieron los cristianos lamentables reveses. Fernán González moriría en paz, pero no orgulloso del estado en que quedaban sus territorios.

Los musulmanes se habían encastillado en el Duero. Por otro lado, León, con su rey infante, había perdido toda influencia sobre el curso de los acontecimientos. Los reyes y condes cristianos, deslumbrados por el esplendor de Córdoba y temerosos de las armas del Islam, dieron entonces en convertir en hábito el envío de embajadas a la capital del califato, y todos los años se reconocían y confesaban de este modo vasallos de la otra España.

Así estaban las cosas cuando Garci Fernández, (970-995), hijo de Fernán González, se hizo cargo del condado de Castilla. El nuevo conde, aunque desprovisto de la genialidad de su progenitor, no parece haber sido inferior a él en carácter, y su más mesurado sentido gobierno le permitió introducir en su Estado reformas eficaces.

Garci Fernández comenzó confirmando la tregua con Alhaquen II y enviándole sus embajadores, como los demás príncipes cristianos. Se preocupó en primer lugar en poner orden en la administración de su condado y mejorar su defensa. Cuidó a tal efecto la repoblación en la cuenca castellana del Duero y territorio de Osma, y apremiado por la necesidad de atender a la guerra con todos los elementos de que pudiera disponer, introdujo en la clase de los nobles infanzones a los caballeros villanos dueños de un caballo por lo menos. De ese modo, el número de los hijosdalgo castellanos pasó de 200 ó 300 a 500 ó 600.R.B.: MENÉNDEZ PIDAL. Castilla. La Tradición. El Idioma, p. 15.

Con ello se afirma Castilla como región democrática, la más democrática e igualitaria de España, y en no escasa medida a esta cualidad social deberá su supremacía. El aumento de la caballería dio a Castilla, además, un empuje militar que la levantó definitivamente, en la guerra con los moros, sobre León.

En cuanto se le ofreció coyuntura rompió el conde castellano la tregua con los moros, un tanto pérfidamente, dado que reanudaba la guerra mientras sus emisarios hacían propuestas de paz en Córdoba. Enterado de que el gobernador de Medinaceli, Galib, había marchado a África con tropas del califa (año 971), Garci Fernández aprovechó la ocasión para combatir varios castillos peligrosos para Osma y San Esteban de Gormaz: en agosto tomó a Deza por asalto, y otra victoria en Alboreca o Arabiana dio a los castellanos algunos lugares fortificados más.

Por último, trató el conde de Castilla de reconquistar a Ateca, sin lograrlo, mas taló la tierra adyacente y derribó una serie de pequeñas barbacanas. La ofensiva de los castellanos exasperó sobremodo al califa, quien al tener noticia de que había caído Deza encarceló a los embajadores de Garci Fernández.

En 975 continuó la campaña de los cristianos en las tierras del Duero. Acudieron fuerzas de León y Navarra, que con las castellanas obedecían nominalmente al joven rey Ramiro III, allí presente, y pudieron poner sitio al importante castillo de Gormaz. La operación no tuvo un desenlace feliz para las tropas del rey.

Galib, de regreso a África, se presentó con un buen número de soldados, y en verano hubieron de levantar el cerco los cristianos. En una contraofensiva subsiguiente, el ejército de Garci Fernández fue derrotado y se replegó a las murallas de San Esteban de Gormaz, desde donde asistió, sin poder impedirlo, a la devastación de sus campos por la enfurecida morisma.

Una nueva tregua, propuesta por el conde de Castilla y aceptada por los musulmanes, devolvió durante tres años la paz a aquellos territorios. Tornaron a quebrantarla los cristianos en la primavera de 978 con un avance por la tierra de Osma. Reforzado con contingentes navarros, Garci Fernández se apoderó de Atienza y otras fortalezas de valor estratégico.

En un ambiente de optimismo tuvo efecto en el invierno de ese mismo año, en Covarrubias, la ceremonia de consagración a Dios de una de las hijas de Garci Fernández, doña Urraca. Con motivo de ese acto nos transmiten los documentos de la época un interesante cuadro familiar en el que se ve en el monasterio al conde de Castilla rodeado de su mujer, doña Ava, hija de los condes de Ribagorza, y de sus hijos Sancho, Gonzalo y Toda, acompañados de los reyes de Navarra, don Sancho y su mujer doña Urraca.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. V, p. 184.

Alhaquem II falleció en Córdoba en 976. Se abrió el reinado de su hijo Hixem II con nuncios de paz. Pero tales augurios resultaron engañosos en extremo. Los reinos cristianos invadidos y asolados por el irresistible HagibAlmanzor iban a verse amagados de extinción.

Las campañas de este genio de la guerra -de las que haremos mención en líneas siguientes- serían aún más extraordinarias para nosotros si perdiéramos de vista la situación política de la España cristiana en ese momento. En León reinaba confusión inextricable, y superfluo es decirlo, ausencia absoluta de autoridad. No había rey en Israel.

Los condes procedían como si no existiese el rey Ramiro; los de Galicia acababan sublevándose, llamando a los musulmanes y coronando a Vermudo, hijo de Ordoño III (15-X-982). Salió Ramiro III con un ejército al encuentro de su rival, establecieron contacto ambas fuerzas en Portillo de Arenas, se libró una batalla que terminó en empate, continuó la convulsión civil y dos años más tarde entraba Vermudo en León, Ramiro, refugiado en Astorga, pedía socorro a Almanzor. Y en ese trance se le acabó la existencia en junio de 984.

Mas anudemos el hilo cronológico de los acontecimientos en Castilla. Garci Fernández quiso mantenerse en paz con el nuevo calita, y en 979 ratificó este deseo con un nuevo tratado. Pero Almanzor iba a desconcertar todos sus planes

A mediados de 981, Ramiro III, violentamente atacado en su territorio de Valladolid por el general musulmán, pidió auxilio a Sancho de Navarra y a Garci Fernández; pero fue en vano, los cristianos sufrieron tremenda derrota en Rueda, perdieron Simancas y Zamora, y solo la boca del invierno salvó a León.

El conde de Castilla, aleccionado por el desastre de Rueda, regresó a su tierra con la preocupación de evitar por todos los medios que Castilla corriera la suerte de León. Almanzor era mal enemigo; había que rehuir el choque con él. Había, en primer lugar, que apuntalar las defensas de la ribera del Duero, casi a merced de los sarracenos de Medinaceli.

Mas poco pudo hacer Garci Fernández en ese sentido, porque el mismo año de su victoria en Rueda atacó Almanzor la frontera castellana del Sur y recuperó Atienza. Realizaron los castellanos en los años siguientes grandes esfuerzos para contener al enemigo, pero también con escasa fortuna: no pudieron conservar Sepúlveda, tan asociada al nombre de Fernán González, que cayó en 984.

En León, la muerte de Ramiro III en 982 dejó dueño del campo a Vermudo II (984-999). Doña Teresa, madre de Ramiro, buscó el apoyo de Almanzor contra Vermudo, pero el Hagib cordobés había resuelto sostener al nuevo monarca, que no solo se declaraba tributario suyo, sino que admitía tropas musulmanas de ocupación en territorio leonés.

Seguro de León, Almanzor dirigía su atención a Cataluña, llevaba la guerra a esta región, y en 985 entraba en Barcelona

En 987 intentó Vermudo librarse del yugo sarraceno y comenzó a hostilizar a las guarniciones extrañas; pero Almanzor salió en campaña para el Noroeste, y después de saquear a Coimbra entró a sangre y fuego por León, donde pasó a cuchillo a los defensores; se apoderó de Astorga y arrasó los monasterios de San Pedro de Eslonza y de Sahagún. Vermudo tuvo que refugiarse en los montes de Asturias, como si se volviera a los primeros años de la Reconquista.

A la expedición de castigo que Almanzor realizó contra León siguió otra ofensiva mora contra las tierras castellanas del Duero. En 988 rodeó el enemigo a San Esteban de Gormaz, sitiando al propio conde Garci Fernández, que estaba dentro. Entonces avino un incidente que encolerizó al caudillo musulmán y había de tener graves consecuencias para Castilla y su conde.

Uno de los hijos de Almanzor, Abdallah, que acompañaba a su padre en el campamento, se presentó en la fortaleza de San Esteban y se confió a la protección de Garci Fernández. La inquebrantable resistencia de los castellanos obligó a los árabes a levantar el cerco, y Almanzor regresó a Córdoba.

Pero el general musulmán se la había jurado a Garci Fernández, y a principios de agosto del año siguiente reanudó la ofensiva contra San Esteban de Gormaz y tierras circundantes. El ejército castellano le salió al paso en campo despejado. Perdieron las fuerzas de Castilla la batalla que se entabló, y Almanzor entró triunfante en Osma, donde puso guarnición propia. En octubre tomaba a Alcoba, cerca de Clunia.

En tal apuro, Garci Fernández pidió la paz. Almanzor pondría como primera condición que le entregara a su hijo, Abdallah. Las negociaciones se prolongaron muchos meses, sin duda porque el conde de Castilla deseaba obtener garantías de que Abdallah no sería víctima de represalias por parte de su padre. Con esa estipulación se lo entregó Garci Fernández. Si tal cosa se tiene presente, mengua la odiosidad del acto.

Pero el conde de Castilla se equivocó. Luego que Almanzor cogió a su hijo mandó que lo decapitaran. El sacrificio fue, además, estéril. El rencoroso Hagib juró todavía que el conde le había de pagar la afrenta que le infirió acogiendo al hijo rebelde.

Garci Fernández no había podido hacer la paz con Almanzor, y Castilla se sentía cansada y temerosa de la guerra con un enemigo casi invencible. Levantó entonces cabeza en este condado un movimiento partidario de comprar la tranquilidad con la sumisión al Islam.

Garci Fernández, que, en general, continuaba la política de su padre, no era hombre que pactase en tales condiciones. Pero en su corte abundaban los apaciguadores gentes que creían que había llegado la hora de arreglarse con el moro como fuese. Al frente de este partido aparecía el primogénito de Garci Fernández, Sancho, y quizás no fuera la condesa, doña Ava, ajena a la tendencia, por mujer y por pirenaica, pues los condados del Pirineo mantenían buenas relaciones con los moros. Sancho era en ese momento un personaje completamente entregado al Islam, medio moro él mismo, por sus inclinaciones y aun por su indumentaria, según tendremos ocasión de acabar de ver.

La existencia en Castilla de un poderoso partido de la paz -la mayoría de los nobles seguían a Sancho- facilitó la venganza de Almanzor contra Garci Fernández. Alentado por el caudillo musulmán, el heredero del condado castellano se sublevó contra su padre en 994; y desencadenada en esta región la guerra civil, los árabes tornaron a invadir las tierras del Duero, conquistando San Esteban de Gormaz y Clunia, verdadero contratiempo para Castilla, cuyas cuencas del Arlanza y Arlanzón quedaban ahora amenazadas.

La llegada de invierno indujo, sin embargo, al enemigo a aplazar nuevas operaciones hasta la primavera siguiente. Mientras tanto, le bastaba a Almanzor seguir fomentando la lucha civil en Castilla.

En la primavera de 995 se presentó la temida ofensiva mora contra los pueblos que le restaban a Castilla en el Duero; y aconteció lo que el conde castellano acaso temió en sus meditaciones del invierno. Cuando ordenó a su hijo y a los nobles principales que movilizaran fuerzas para la defensa de los territorios invadidos, oyó que se negaban a seguirle.

Con las tropas y vasallos que pudo sustraer a la conjura formó Garci Fernández un pequeño ejército y salió para el Sur a batirse con su terrible enemigo, que allí estaba al frente de sus soldados.

Los ejércitos eran muy desiguales: el moro tenía mucha más gente. Cuando el 25 de mayo entraron en combate en una llanura entre Langa y Alcozar, los castellanos fueron fácilmente derrotados. Garci Fernández, herido de lanzada, cayó en manos de Almanzor, que se lo llevó primero a Medinaceli y luego a Córdoba, donde el conde de Castilla moriría el 29 de julio.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, cap. V, p. 190.
R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 359-365.

El conde Sancho García en Córdoba

Almanzor se apresuró a reconocer por conde de Castilla a su aliado, el conde Sancho García. Consecuente con su política anterior el nuevo conde castellano aceptó la condición de tributario del dictador árabe, y se obligó a pagarle una suma anual. Uno de los primeros actos de don Sancho fue reclamar los restos de su padre que trasladó a Cardeña, en cuyo monasterio recibieron sepultura.

Mientras Castilla, por virtud de la política pacificadora del conde Sancho, conocía alguna paz, Almanzor se ensañaba con el Noroeste. En 999 llevó a cabo el general árabe su campaña más espectacular. Atravesó Portugal, entró en Galicia, llegó hasta la Coruña, ciudad que tomó; marchó luego sobre Santiago de Compostela, la destruyó y se llevó a Córdoba las campanas de la iglesia de Santiago; sabido es que con ellas hicieron los árabes lámparas para su espléndida mezquita

El reino cristiano menos castigado por el Hagib de Hixem II había sido hasta entonces Navarra, privilegio que se ha atribuido a los lazos familiares que se dice unían al dictador musulmán con el rey navarro. García Sánchez I había muerto el mismo año que Fernán González, esto es, en 970, y le había sucedido en el trono de Navarra su hijo, Sancho Garcés II, también llamado Sancho Abarca; y en 980 ó 98l se había casado Almanzor con una hija de este soberano.R.B.: Codera. Mélanges de la Faculté Orientale de l´Université Saint Joseph (Beyruth), Boletín de la Academia de la Historia, L. II, 535.

No obstante vemos al rey de Navarra y su gente cooperando con Garci Fernández en las luchas del Duero, y finalmente, a Almanzor descargando su furia contra el monasterio de San Millán, en la Rioja, territorio a la sazón de la corona navarra, bien que no pueda considerarse esta expedición, en rigor, dirigida contra Navarra, dado que San Millán era un santuario tan de Castilla como de Navarra.

Después de causar nuevo estrago en la tierra del Duero, emprendió el general musulmán con su ejército el camino de la Rioja con San Millán por objetivo. Enfiló el valle del Duero, pasó por la región de Salas de los Infantes, y cruzando el puerto de Canales o por los altos de Vinuesa y tierra de Vallellano entró en San Millán, saqueó el monasterio y lo destruyó por el fuego

Cumplido aquí el mismo empeño vandálico que convirtió en ruinas a Compostela, tomó Almanzor la vuelta de Córdoba por la ruta de llegada. Pero no había traspuesto las sierras del Urbión, cuando enfermó gravemente. Le dieron alcance fuerzas castellanas y navarras en Calatañazor, pero los musulmanes, rehuyendo la batalla, apresuraron el paso hacia Medinaceli. Con todo, los cristianos castigaron duramente la retaguardia sarracena.

El caudillo árabe iba en una litera, sin poder moverse. y es de suponer que impaciente por entrar en plaza fuerte propia. Al filo de los quince días de marcha lenta, arribó la comitiva musulmana a Medinaceli; y el 10-VIII-1002 expiraba el terror de los reinos cristianos. No mejoró de momento la suerte de esos reinos con la desaparición de Almanzor, a quien sucedió su hijo Abdelmelek, no menos temible, en la privanza del pobre Hixem II.

Castilla se vio otra vez amenazada en sus territorios meridionales. El conde Sancho se previno ante el nuevo peligro con fuerte ejército de leoneses, castellanos y navarros, que desafió al enemigo en tierra de Clunia. Abdelmelek desbarató las fuerzas de Sancho y tomó ese baluarte, siempre, hasta entonces, conservado por los castellanos. Volvió Clunia de nuevo a poder del conde Sancho; pero en 1006 vencidos los aliados la recuperaron los musulmanes. Dos años más tarde tornó Abdelmelek a atacar por la región del Duero: mas padeció tal derrota, que murió de pesar en Córdoba, a las pocas semanas del suceso.

Volvamos ahora la vista un instante a los asuntos de León.

Vermudo II falleció en 999, y alboreaba el siglo XI con el trono de León ocupado por otro rey infante, Alfonso V, hijo de Vermudo. Lo tutelaban la reina viuda, doña Mayor, y el conde gallego Menendo González. Testimonia que después de muerto Almanzor continuaban los príncipes cristianos sometidos políticamente a Córdoba, el hecho de que cuando el conde Sancho de Castilla y el conde Menendo González se disputaron la tutela de Alfonso V, el noble galaico la obtuvo por decisión arbitral de Abdelmelek.

Pero tras las vicisitudes militares y políticas de los días de Almanzor y Abdelmelek, la situación cambió casi de súbito, como si se alejara una tormenta, y los reyes y condes cristianos comenzaron a intervenir en Córdoba y a quitar y poner gobiernos, como poco antes los árabes quitaron y pusieron gobiernos en León.

Sobre el nuevo primer ministro de Hixem II, Abderramán Sanchuelo, hijo de Almanzor y de la hija de Sancho Abarca, recayó la acusación popular de haber asesinado a su hermano Abdelmelek. Agravó la tirantez la circunstancia de que el califa designase a Abderramán Sanchuelo para sucederle en el califato. Los príncipes herederos levantaron al pueblo contra el usurpador, y Abderramán pereció en estas luchas.

El pretendiente, Mohammed II, vio contradicho su derecho a reinar por Solimán, otro Omeya, bisnieto de Abderramán III. Pero Solimán carecía de fuerza para imponerse a Mohammed. Ambas facciones buscaron el apoyo del conde Sancho García de Castilla, quien optó por socorrer al bando de Solimán, con condiciones.

El conde de Castilla se puso en marcha con sus huestes camino de Córdoba a últimos de octubre o principios de noviembre. El 5 de noviembre les salieron al paso las tropas de Mohammed en Cantich, pero los castellanos las derrotaron. Libre la ruta de Córdoba, el conde don Sancho entró en la capital del Islam español con 600 caballos, y, con la ayuda de los berberiscos, puso en el trono del gran Abderramán a Solimán. A trueque del apoyo recibido, el nuevo califa prometió entregar al conde cristiano crecido número de fortalezas que los moros habían tomado a Castilla. El 14 de noviembre emprendieron la vuelta a Castilla el conde Sancho y sus tropas, cargados con rico botín.R.B.: A. Prieto y Vives, Estudio histórico numismático de los musulmanes españoles en el siglo V de la Hegira (XI de J.C.). Prólogo Dozy, Ibíd., t. III,, p. 356 ss.

En el verano de 1010 entró don Sancho en posesión de más de 200 lugares, fortalezas y castillos, según lo convenido con los musulmanes. Entre ellos recuperaron los castellanos Clunia, Osma, Gormaz, San Esteban de Gormaz, nombres que proclamaban la humillación de Castilla en los años de Almanzor, más todo el territorio de la cuenca del Duero, y Sepúlveda y Segovia.

Al retirarse de Córdoba los castellanos, resurgió con renovado brío la guerra civil. Mohammed conspiraba desde Toledo, y en modo alguno dispuesto a renunciar a las dulzuras del poder entre los musulmanes. La lucha entre Mohammed y Solimán parece haber respondido esencialmente al conflicto inveterado entre la población nacional hispanoárabe y la población berebere.

Los bereberes, como hemos hecho constar, apoyaban a Solimán. Por su parte, Mohammed recabó la intervención a su favor del conde de Barcelona Ramón Borrell, y unido con sus caballeros y peones a los de Mohammed, el catalán atacó a las fuerzas de Solimán, cuyos partidarios sufrieron en junio de 1010 la derrota de Acabalbacar. Pero dos semanas más tarde, el ejército de Mohammed y sus aliados catalanes perdieron una importante batalla, como en otro lugar se dirá.

Nuevamente en posesión de todas sus plazas fuertes, en paz con los musulmanes, gobernado en esta ocasión por un conde de robusta personalidad, el condado de Castilla se afirmó como gran potencia en la política peninsular; y esta hubiese sido la coyuntura histórica más famosa hasta entonces para Castilla, si Navarra no le hubiera llevado ventaja.

Los árabes decían que no habían visto guerreros como los de don Sancho García de Castilla, ni un príncipe cristiano de tanta presencia, tanto valor personal, tanta claridad de espíritu, tanta cultura y tanta elocuencia. Solo su pariente Sancho, hijo de García, señor de los vascones, se le podía comparar. Se referían a Sancho Garcés III de Navarra, el Mayor.

Con ese Sancho Garcés casó el conde de Castilla a su hija primogénita Munia, llamada también Mayora, heredera del condado de Castilla hasta 1009 en que nació el infante García, de trágico destino. A otra hija la dio don Sancho de Castilla en matrimonio al conde de Barcelona, Berenguer Ramón el Curvo.R.B.: El Abad de Silos duda de la realidad de este matrimonio, que no considera comprobado (Ibíd. t. I, cap V, p. 202.

El paso por Tudela en 1016, camino de Barcelona —donde iba para asistir a la boda de su hija— del conde castellano inspiró al historiador árabe Abenhayan un retrato que muestra en qué alto grado se había apropiado don Sancho hábitos islámicos. El emir de Tudela Mondzir, había autorizado el tránsito del conde cristiano por su territorio contra la voluntad de los tudelenses.

Don Sancho lo sabía y quiso captarse a sus enemigos mediante una entrevista con los notables. A tal efecto mandó un emisario a Tudela, y un grupo de musulmanes le salió al encuentro para parlamentar. Uno de era Ben Omayya, observador directo de los acontecimientos y la persona que transmitió a Abenhayan la información que le permitió describir estos sucesos.

Los notables se trasladaron al campamento cristiano donde vieron a don Sancho y contaron unos seis mil caballeros y peones. El conde estaba en su tienda, sentado sobre un estrado cubierto de cojines y en atuendo musulmán. Tenía la cabeza descubierta: sus pocos cabellos comenzaban a platear. Era hombre moreno y de gran figura. Habló a sus visitantes grave y finamente, explicándoles la razón de su viaje y el convenio que tenía con Mondzir.

Los musulmanes le respondieron que el pueblo —probablemente receloso de su fuerza— veía con disgusto su paso cerca de la ciudad y que se opondría a ello violentamente. Don Sancho les pidió que moderasen su indignación y les advirtió que un conflicto pudiera tener consecuencias desagradables para los súbditos de Mondzir. Las cosas se arreglaron del mejor modo posible, lo que no excluyó que se amotinara el pueblo y asaltase los últimos carros del cortejo marcial de don Sancho.

Al marcharse los moros, el Sur de Castilla debió de quedar despoblado, con límites en el Guadarrama y en Medinaceli, aunque don Sancho atendió a la repoblación de lugares como Sepúlveda. Por Occidente el condado de Castilla lindaba con León por el Pisuerga. El confín oriental era en ese momento fluido e incierto, a causa de las invasiones navarras, de las que hablaremos enseguida.

El sobrenombre el de los buenos fueros con que la historia distingue al conde don Sancho, gran reformador al estilo árabe, vuelve a mostrar la tendencia democrática de Castilla, región desde un principio de pequeña propiedad agraria y de pequeños nobles o infanzones.R.B.: Menéndez Pidal. La España del Cid, parte VII, XVIII, 5, pp. 494 ss.

La expresión buen fuero no significa buena legislación, como mal fuero no dice tampoco mala legislación: su sentido es otro. En la Edad Media se calificaba de mal fuero una obligación pecunaria o prestación personal, de origen servil, ya demasiado onerosa, poco liberal, menos conforme con el nuevo derecho o desproporcionada con la condición y dignidad del que debía satisfacerla.

La tenían los individuos de familias, también los municipios. Derogar tales obligaciones o disminuir su peso, dulcificar, modificándolas, las servidumbres del vasallaje o debidas a la autoridad real, conceder ciertas prerrogativas o exonerar ciertos tributos, era otorgar un fuero bueno.R.B.: Abad de Silos, Ibíd. t. I, cap. V. p. 208.

Importa insistir en que la fortaleza de Castilla no radicará en una nobleza territorial omnipotente como la de Galicia, León o Cataluña, sino en el Estado igualitario hasta cierto punto. La falta de propiedad acumulada, de gran propiedad, es decir la equitativa distribución de la tierra en pequeñas haciendas, constituye en la Edad Media una superioridad castellana sobre el resto de España desde el punto de vista de la eficacia del Estado.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 365-370.

Sancho III, hegemonía de Navarra

Al tiempo que Castilla se reponía rápidamente bajo el conde Sancho de los quebrantos sufridos por virtud de las invasiones de Almanzor, Navarra, que, conforme consignamos, padeció menos o nada en aquellos trágicos años, iniciaba con no menor resolución y fortuna su lucha por la hegemonía entre los Estados cristianos de la península.

Tenía el cetro vascón Sancho Garcés III, el Grande o el Mayor, reinante desde el año 999, tras el breve paso de su padre García Sánchez II, el Temblón (994-999) que había sucedido en el trono a Sancho Garcés II, Abarca, de quien dimos noticia. Entraba la nación vascona en el siglo XI intacta en recursos militares y gobernada por un príncipe de quien diez años después de su muerte se decía que fue superlativamente sagaz, fuerte y diestro.

El reinado de Sancho el Mayor de Navarra es de continua expansión de este Estado, que reabsorbió, para comenzar, los condados pirenaicos de Aragón, Sobrarbe y Ribagorza, sustrayéndolos a la dependencia virtual en que estaban respecto de los musulmanes.

La desmembración de Castilla figuraba como principio de la política navarra, por considerar los vascones como parte del reino navarro todo el territorio bañado por el Ebro y sus afluentes desde Haro hasta el alfoz de Bricia y Arreba, que en la antigüedad habían pertenecido a la provincia romana de Tarragona.R.B.: Abad de Silos, Ibíd, t. I, cap. VI, p. 217.

La primera invasión de Castilla por el rey vascón se fecha en 1005, pero la cosa no pasaría entonces de tentativa. En 1009, mientras don Sancho García de Castilla intervenía en Córdoba, Sancho el Mayor ocupaba ya territorio castellano por la parte de San Millán de la Cogolla. En 1016, un año antes de morir el conde, Sancho de Navarra se arrogó la soberanía sobre Álava y Castilla, como si quisiera desposeer al rey de León, por quien don Sancho tenía aún, en derecho, a Castilla y Álava y seguía teniendo, también en buen derecho, la parte detentada por el rey navarro.

Esta porción era ya, según Balparda, una vasta extensión de territorio, representada por Álava, la Castilla oriental, Término con Pancorbo, Oca y la Bureba. Le restaba a don Sancho, en lo poco que aún vivió, la Castilla primitiva, el primer recinto, la región al oeste del Nervión, defendida por los castillos de Lantaron y Tedega en los pasos del Ebro y del Oca, respectivamente, con Vizcaya propiamente dicha y las Encartaciones.R.B.: Balparda. Historia crítica de Vizcaya y de sus fueros. Madrid. 1924. libro III, cap. I, pp. 27 y 28.

Don Luciano Serrano no cree suficientemente fundamentado el hecho de haber perdido el conde Sancho todos esos territorios; pero no ofrece duda para este autor que el rey navarro dejó anexadas a Navarra la Bureba, tierras de Oca, antigua Castilla, Encartaciones y parte de Trasmiera.

Mas Castilla nunca se avino a quedar sin esos territorios que habían constituido, por decirlo así, el núcleo de su nacionalidad, la verdadera Castilla.R.B.: Balparda. Historia crítica de Vizcaya y de sus fueros. Madrid. 1924. libro III, cap. V, pp. 203 y 204.

En 1016 hicieron el conde don Sancho y Sancho el Mayor una delimitación de ambos estados en el Oriente. Llevó las negociaciones por el rey navarro Fortún Ochoiz, señor de Viguera y los Cameros. y por el conde castellano Nuño Álvarez, señor de Oca.

Quedó confirmado el avance de Sancho el Mayor, con la cumbre de Cogolla (lo que en opinión de don Luciano Serrano prueba que Oca era todavía de Castilla), como primer mojón de una línea que bajaba hasta Garrahe, Garray, antiqua civitate deserta, es decir, las ruinas de Numancia.

El conde Sancho García de Castilla moría el 5-II-1017, dejando en completa perplejidad y desorientación a los castellanos. Heredaba el condado el infante García, de ocho años de edad, cuñado de Sancho el Mayor de Navarra.

Hecho dudoso es el de si ejercieron la tutela del conde infante su madre doña Urraca y los nobles castellanos, o se la arrogó Sancho el Mayor. Castilla, sin embargo, continuó bajo la soberanía de León, dado que el nuevo conde siguió calendando las escrituras, como sus antepasados, por el rey leonés.

Tutelado o no por el navarro, el conde de Castilla y aun la misma nobleza castellana estaban a merced de Sancho el Mayor, nada podían contra él, aunque lo hubiesen querido. Y la coincidencia de sentimientos políticos antileoneses en castellanos y navarros predisponía particularmente a los caballeros que formaban en Castilla el partido de Sancho el Mayor a facilitar la expansión de Navarra por Occidente.

Al morir el conde Sancho García de Castilla reinaba en León Alfonso V, el restaurador de la capital, príncipe organizador y malogrado político. El concilio reunido por este monarca en León el 1-VIII-1020 tuvo la misión de reorganizar el reino y fue como un nuevo acto fundacional, como si el Estado leonés renaciese de sus cenizas. De entonces data el famoso fuero de León que denuncia hasta qué punto estaba la capital en necesidad de ser repoblada.

El conde castellano don Sancho era hermano de la reina madre doña Elvira y la había ayudado a sacar adelante el reino durante la minoridad de Alfonso V. La desaparición de Sancho García de Castilla dejó a León inerme contra Sancho el Mayor de Navarra. Bien apreció el joven Alfonso el valor que tenía para León la existencia del conde castellano allende el Pisuerga.

En una escritura de 1012 habla de él con amor filial. ... et etiam Tius, et adjutor meus Sancius Comes... En 1017 Alfonso V veía venir sobre su reino la tormenta que pasaba sobre Castilla: ... infidelissimo et adversario nostro Santioni Tio nostro, qui die nocteque malum perpetraba apud nos....R.B.: Balparda. Historia crítica de Vizcaya y de sus fueros. Madrid. 1924. libro III, cap. I, p. 65.
El tío traidor, Sancho de Navarra, que buscaba la ruina de León, invadió al fin los dominios de Alfonso en 1023; pero no parece que mantuviera la agresión; se retiraría pronto; mas ya se tituló rey de León, lo mismo que de Álava y Castilla.R.B.: Balparda. Historia crítica de Vizcaya y de sus fueros. Madrid. 1924. libro III, cap. I, p. 64.

El monarca leonés quiso unir más estrechamente a León con el condado castellano, para lo cual propuso el matrimonio de su hijo Vermudo con Teresa, hermana del conde García de Castilla, y el de su hija Sancha con el joven conde castellano.

Alfonso V pereció en Viseo, plaza mora que el rey leonés y sus hombres tenían sitiada. Una saeta le hirió mortalmente cuando se acercaba a la muralla sin armadura. Tenía el rey treinta y cuatro años y corría el 4 de julio del año 1028.

El matrimonio de Vermudo con Teresa se había efectuado ya en la ley, a pesar de la corta edad del infante, cuando León perdió a Alfonso V. El otro enlace, el del conde García de Castilla con la infanta Sancha de León, no quedó en suspenso por eso. No faltarían nobles en castilla que vieran en esta boda una defensa, por débil que fuese, contra la fuerte presión política de Navarra.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 370-374.

García, último conde de Castilla

Pasó a reinar en León Vermudo III, hijo de Alfonso V, casado, como terminamos de decir, con Teresa de Castilla, pero de once años no más. El cetro de León volvía a las manos de un niño, y el conde castellano no había cumplido los veinte. Sucesos de la mayor gravedad imprimieron de pronto sesgo insospechado a la marcha de los acontecimientos.

El martes, 13 de mayo de 1029, caía asesinado en el pórtico de la iglesia de San Juan de León el adolescente conde de Castilla en circunstancias extrañísimas. La historia de estos hechos solo existe en forma poemática, son narraciones poéticas de la época y algo más tarde, luego recogidas por los cronistas e historiadores, en las que, por lo común, clama el dolor castellano.

Para Menéndez Pidal, el poema o romance del infante aparte varias escenas de pura invención, abunda en exactos detalles históricos, inusitados e impropios para las crónicas de entonces, los cuales indican que su redacción poética hubo de ser escrita cuando estaba aún muy fresca la memoria del trágico suceso.R.B.: Menéndez Pidal. El Idioma español en sus primeros tiempos, p. 86.

Según este Romanz, el conde García iba a León a casarse con la infanta Sancha y a pedir a Vermudo que le autorizase a usar el título de rey de Castilla. La Crónica General hace suyas estas razones diciendo que el rey don Sancho y el infante don García y sus caballeros.

yvanse para León, lo uno por ver ell infant a su esposa, lo al para fablar con el rey Vermudo en pleito de sus bodas et ganar del quel ploguiese que ell infant D. García se llamase rey de Castiella.

El infante iba acompañado de su cuñado Sancho el Mayor de Navarra y ambos cabalgaban al frente de numerosas huestes de caballeros y peones. De creer en la culpabilidad navarra, la misión de las fuerzas castellanas estribaría en dar escolta a su conde; y los navarros aprovecharán la coyuntura del viaje del infante para invadir los territorios de niño Vermudo. La tierna finalidad de la expedición la boda contrasta con las violencias que se produjeron en el camino.

Sancho el Mayor y sus vascones entraron por el territorio leones en plan poco tranquilizador. Por lo pronto, se apoderaron de varios castillos, entre otros los le Aguilar, Cea, Grajar y San Román. Pasaron por Sahagún y llegaron a León. En las afueras de la capital las tropas del infante acamparon en el barrio de Trobaio y las de Sancho el Mayor en campo abierto. Hubo una refriega o zalagarda y en ella perdió la vida el conde castellano.

Se ha supuesto —soslayando el argumento del poema— que la refriega fue provocada por la intemperancia o la violencia invasora de los navarros. El romance tiene por autores directos del asesinato a los Vela, los villanos de la comedia para los juglares. Y aceptando la información del poema, no faltan tratadistas modernos que declaran regicidas a los Vela, servidores de los siniestros planes de Sancho el Mayor.

En el epitafio de la segunda tumba en que fueron depositados los restos del conde castellano, la del monasterio de Oña, se mencionan como traidores asesinos de don García a Gonzalo Muñoz, Munio Gutos, Munio Rodriz y muchos otros dentro de la ciudad de León.

En 1023, teniendo ya Álava Sancho el Mayor, aparece en el séquito del navarro como conde de Álava un Munio González. El Gonzalo Munios que se cita en el mármol era hijo de este Munio González y ambos pertenecían a la familia o al partido de los Vela.R.B.: Balparda. Historia crítica de Vizcaya y de sus fueros. Madrid. 1924. libro III, cap. I, p. 68.

El último incidente anterior a la trágica muerte del infante castellano en que figuran los Vela es la expulsión de Castilla de dos de ellos, hijos del conde Vela, por el conde Sancho García —mal et desonrradamientre.— Los Vela acaudillarían en Castilla la causa de Sancho el Mayor de Navarra, y el conde don Sancho tomaría medidas contra ellos a raíz de la invasión de 1009. Refugio y residencia de todos los Vela fue entonces León donde nuevamente Alfonso V dio a algunos tierras de Somoza, entre León y Asturias. En León formaron un partido poderosísimo, muy influyente en la corte y muy anticastellano.

La idea de culpabilidad de Sancho el Mayor de Navarra se basa, más bien que en la evidencia implícita, en el interés que para él tendría que Castilla se quedase sin su conde. El rey navarro no vería con buenos ojos la boda del conde de Castilla con doña Sancha, a quien su ambición preferiría, quizás, para esposa de uno de sus hijos.

La muerte del infante castellano hacía a Sancho el Mayor rey de Castilla, por heredar el condado su mujer, la hermana de García, doña Munia.

Corre la especie en alguna crónica de que, con el tiempo, Sancho el Mayor persiguió a los traidores y los mandó quemar vivos en presencia suya. Menéndez Pidal opina que el crimen permaneció impune y que, antes bien, los autores recibieron, en vez de castigo, honores y bienes.

Dos sucesos de gran alcance se producen no más desaparecer el conde de Castilla: Sancho el Mayor entra sin demora en posesión del condado, y bajo apariencia de vengar la muerte del conde, hace la guerra a Vermudo III, extiende sus dominios hasta el Cea, e invade a Galicia. El territorio entre el Pisuerga y el Cea lo agrega a Castilla para compensar a este Estado de la pérdida que le impuso al amputarle las tierras de que hicimos mención más arriba.

El precio de la paz pagado por el rey de León fue, además, la mano de su hermana doña Sancha para el segundo hijo de Sancho el Mayor, Fernando. En 1032, el navarro hizo a este hijo conde de Castilla. Así disponía el calculador Sancho Garcés II el paso en lo futuro del reino leonés a su dinastía. Pero fuera por impaciencia, fuera por defenderse de las actividades del partido antinavarro en León, Sancho el Mayor tornó a hacer la guerra a Vermudo en 1033.

Leoneses y gallegos combatieron, mas Vermudo perdió lo mejor de su reino. En 1034 el rey navarro se llamaba rey en León, en Tierra de Campos, en Cea, en Astorga y en Zamora, hasta Barcelona y en toda la Gascuña. En la cumbre de su poderío el monarca vascón reinaba el Navarra, en Aragón, en Castilla, Álava, León, Galicia, Barcelona —cuyo conde era su vasallo— la Gascuña y Tolosa. La Gascuña cayó bajo su soberanía al morir el conde Guillermo, su sobrino, en 1033.R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 374-377.

Castilla, reino

Sancho el Mayor legó su vasta monarquía, dividida, a sus hijos. Al primogénito, García, dio Navarra; a Fernando, Castilla, como conde independiente (todavía el 1 de enero de 1037, Fernando se llamaba conde de Castilla); a Ramiro, bastardo, Aragón, elevado ahora a reino, y al menor, Gonzalo, el reino de Sobrarbe, el condado de Ribagorza y las villas de Loarre y San Emeterio.R.B.: Abad de Silos, Cartulario de Arlanza, p. 62; Cartulario de Covarrubias, p. 46; El obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. I, p. 234.

Sobre la significación del reparto de su reino por Sancho el Mayor poco hemos de añadir aquí. Sin duda, como repetidamente hemos indicado, lo aconsejaron, por una parte, la desintegración política, estatal, de la España cristiana —debida a la ocupación árabe y a la Reconquista— y de otra, la también desintegrante concepción feudal del Estado, a la sazón en pleno prevalecimiento en Navarra.

Por lo que atañe a Castilla, interesa volver a señalar la dificultad de contener ya una disgregación política que tanto camino había hecho. Desde la muerte de Ramiro II, Castilla estaba desprendida de León para todos los efectos, salvo en lo puramente formulario.

Es más: cuando Fernando I toma el título de rey de Castilla en 1037 no hace sino confirmar una mutación realizada en 1029 con la aprobación del rey de León, pues Vermudo estuvo de acuerdo en que el conde García de Castilla tomara el título de rey, como recuerda el Tudense:

Tunc Burgenses comites mito consilio miserunt ad Veremundum Regem Legionensium, ut concederet eumden Regem Castelæ vocari. Rex attamen Veremundus hoc se facturum promisit..R.B.: Lucas de Tuy. Chronicon Mundi, p. 90.

Por último, bien será notar que a pesar de que Sancho el Mayor invadió varias veces a Castilla, en ninguna ocasión parece haberse entablado lucha. No hubo batallas. Castilla no se defendió. Entre la soberanía de León y la de Navarra, se diría que los castellanos eligieron la de Navarra, la nación más afín.

Sin duda, Castilla compartía en cierto modo el ideal navarro de unificación dinástica bajo el príncipe a la sazón más poderoso.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 377-378.