Navarra

Historia del reino de Navarra
Las primeras campañas
La Vasconia
Los Beni Cassi
Iñigo Arista, gobernador o caudillo
Alianza navarra contra Asturias
El nuevo reino navarro

Las primeras campañas

Alfonso I el Católico (739-757) emprende las primeras grandes campañas cristianas, dirigidas a dar profundidad y anchura al nuevo reino asturiano. Facilita esas operaciones la retirada hacia el Sur de las guarniciones bereberes que los árabes habían puesto en el Norte.

En 750 se presenta en esas regiones el espectro del hambre y se agudiza el descontento de los africanos, que, además, resentían el papel de parientes pobres o auxiliares subordinados que los árabes les habían asignado en la conquista. Parte de Galicia, las regiones del Duero, Pisuerga, Arlanzón, Arlanza, y Osma, Sepúlveda y Segovia, quedan casi por completo libres de invasores.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. 1, p. 73.

Entonces inicia sus ofensivas el rey Alfonso, comenzando por Galicia, territorio en que guerrea durante dos años consecutivos. En 753 recupera Astorga y León; al año siguiente invade la Cantabria y penetra en Saldaña; toma a Mave y Amaya, e internándose en la cuenca del Arlanzón, llega hasta Oca, de donde pasa, por Lara, al valle del Arlanza. Reconquista luego a Clunia, Arganza, castillo junto a San Leonardo, y avanzando río abajo se apodera, asimismo, de Osma.

En una nueva expedición marcha Alfonso I sobre Sepúlveda, y Segovia y Ávila. Otra campaña le hace dueño de Miranda de Ebro, Revenga, Haro, Cenicero, Alesanco y de todo el valle del Oja y Tirón. Por último, en 755 tuvieron que ceder los árabes al espíritu ofensivo de los cristianos algunos territorios y pueblos de la Vasconia, entre ellos Pamplona.

Al final de sus conquistas, Alfonso el Católico dejaba una frontera, que arrancando del este de Pamplona, descendía por Tudela a Guadalajara, continuaba delante de Toledo por Talavera y de allí seguía a Coria y Coimbra. La monarquía neogoda de España tenía ahora los dominios, más o menos efectivos, los territorios del Norte de Portugal, Galicia, León, Asturias, Castilla la Vieja (el primitivo rincón cantábrico), las Provincias Vascongadas y la región occidental de Navarra.

En este nuevo confín oriental del reino asturiano, la Cristiandad y el Islam se tocaban; pero más a Occidente, en el Duero, mediaba entre ambas sociedades un vasto y melancólico No Man's Land, o tierra de nadie, talada y asolada por los cristianos. Había aconsejado a los españoles aquella inmensa devastación la pobreza de medios de todo orden; hacían la tierra inhabitable para que los árabes carecieran de centros militares próximos desde los cuales desencadenar ofensivas sobre la Cantabria.

La guerra se llevaba entonces con inaudita ferocidad por ambas partes. Alfonso I no hacía prisioneros: a cuantos musulmanes cogió los pasó a cuchillo. A los cristianos los trasladó, con sus rebaños y bienes transportables, a la Cantabria, y los distribuyó con cierto orden.

Así, los de tierra de Oca y Bureba se domiciliaron en Villarcayo, Losa, Mena, Valdegobia, Carranza, Encartaciones y Trasmiera, en tanto que los refugiados de Osma, Sepúlveda, Segovia, Ávila y Burgos se avecindaron en Liébana, Reinosa, Asturias de Santillana y comarca de Santander.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. 1, p. 74.

La Vasconia

Con la dilatación del territorio dominado por los cristianos se extiende también la soberanía del nuevo Estado. Alfonso I agrega al reino de Asturias, como hace con toda la Cantabria, la mayor parte de la Vasconia, es decir, la Berrueza, Álava, parte de Guipúzcoa y Vizcaya, comarcas sobre las que tenía, asimismo, determinado derecho por otro concepto: por heredarlas de su suegro, el duque Pedro, último gobernador de Cantabria

Mas persistiría en esas tierras la tradicional rebeldía, cuyos últimos efectos tocaron los visigodos hasta el propio Rodrigo, por cuanto Fruela (757-768), sucesor Alfonso I el Católico, se encuentra con una sublevación vascona, que sofoca personalmente, casándose, para sofrenar a los naturales del país, con una vasca, Munia, de la que nacería Alfonso II el Casto.

Los monarcas que reinan en Asturias de 768 a 795: Aurelio, Silo, Mauregato, Vermudo I, debieron de pasar inadvertidos para los vascones. Probablemente, ya había comenzado la corte asturiana a desentenderse de Navarra. Esta política culmina en el reinado de Alfonso II el Casto (795-843), que abandona Pamplona a la influencia de Carlomagno, con quien estrechó mucho relaciones iniciadas por Vermudo I.

El emperador franco intervino directamente en la corte asturiana, que Alfonso II fijó en Oviedo. La constitución del Estado godo se llevó a cabo con el consejo y la ayuda de Carlomagno, quien envió a Oviedo en los comienzos del reinado del rey Casto a su gran privado, el español Teodulfo, con esa misión y la de organizar las iglesias a la manera carolingia.

Por lo demás, en un período particularmente anárquico sería punto menos que imposible poner orden desde Oviedo en los territorios entre el Ebro y los Pirineos, codiciados por vecinos poderosos, como eran los árabes Sur y los francos en el Norte.

Los Beni Cassi

Los árabes —yemenitas— ocupaban la cuenca del Ebro donde, como sabemos. se habían establecido en los primeros años de la conquista, como en la mayor parte de Norte, por capitulación.

Se dio también en estas zonas un caso muy frecuente entonces: el conde godo, Fortunio, se rindió al invasor mediante uno de aquellos pactos sobremanera liberales que los sarracenos suscribían con los indígenas que no ofrecían resistencia; se convirtió en seguida al mahometismo, cambió de nombre conservó el poder político como antes, solo que ahora en nombre y al servicio de los emires.

Tales eran los antecedentes -por aquellos años nada excepcionales- de la familia de los Beni Cassi, con centro en Tudela, a la que le estaba sometida casi toda esta región navarroaragonesa, llegando incluso a imperar sobre los influyentes Tochibitas de Daroca y Calatayud. Muza, hijo de Fortunio, tuvo esos territorios por los emires, pero en condiciones de gran independencia.R.B.: Balparda. Historia crítica de Vizcaya y de sus fueros. Madrid. 1924. Libro II, p. 199.

Los renegados Beni Cassi, como los demás de España ora conspiraban contra los árabes, cuyos dominios pusieron al principio en peligro, ora los servían -sirviéndose siempre a sí mismos- contra los reyes cristianos. La Vasconia, rodeada de fuerzas tan diversas como lo cristianos de Asturias, los francos de Carlomagno los musulmanes y muladíes del Ebro, era un vivero de intrigas, componendas y conflictos políticos.

Cuando acaecieron los memorables sucesos que tanto pesar dieron, según la Chanson de Roland, a Carlomagno, lo condes vascones tenían formada una especie de confederación con los Beni Cassi y a través de ellos, sin duda con el emir, contra los francos, en quienes todos veían en ese instante un enemigo común.

Conocidísima es la derrota de las tropas de Carlomagno en Roncesvalles cuando ya iban de retirada, el año 778. Las circunstancias políticas que concurrieron en estos acontecimientos están por demás oscuras. El rey franco intervendría en Navarra de acuerdo con el rey de Oviedo —a la sazón Vermudo I—, desacatado en esto por la nobleza asturiana y por los vascones. Se da por más seguro generalmente que fueron los gobernadores musulmanes de Cataluña y Aragón, en rebeldía contra Abderramán I, quienes pidieron la expedición franca.

Los francos tomaron Pamplona y llegaron a las puertas de Zaragoza. Aquí comenzaron a ponérseles mal las cosas y decidieron la retirada. Volvieron por Pamplona que abandonaron, no sin antes derribar sus murallas; y cuando parte del ejército había traspuesto los Pirineos, los vascones cayeron sobre la retaguardia, aniquilándola en la forma que sabemos. Los cronistas árabes acreditan la hazaña a gente de su nación, y es muy posible que en ella tuvieran parte fuerzas musulmanas, al menos las de los Beni Cassi.

No amenguó por ello el afán franco de intervenir en España. Alfonso el Casto, fue aliado humilde de Luis el Piadoso, rey de Aquitania —como lo había sido de su padre, Carlomagno— hasta el año 840, en que murió Luis. En 812 Luis conquistó Pamplona.

Política y militarmente, las tierras vasconas constituyen para nosotros, con anterioridad al siglo X, uno de los rincones más umbríos e impenetrables de la Historia de España. Sin embargo, gracias al Códice genealógico de Meyá, y a los trabajos de Barrau-Dihigo, Orígenes de Navarra, Les premiers rois de Navarre, Revue Hispanique, VII, 308, 842; VI, 614; Serrano Sanz, Orígenes de Navarra, Noticias y documentos del Condado de Ribagorza, 1912; Francisco Codera, Colección de Estudios Críticos de Historia árabe española. Discurso de recepción en la Academia, 1879.; Balparda, Historia crítica de Vizcaya y de sus fueros. Madrid. 1924. Libro II, p. 199, y otros eruditos e historiadores de nuestros días podemos discernir con alguna claridad la formación de los condados y reinos pirenaicos.

Iñigo Arista, gobernador o caudillo

Organizó y dirigió la lucha contra los francos por la independencia de Pamplona quien era su conde, gobernador o caudillo cuando la tomó Luis el Piadoso en 812: Iñigo Arista. Iñigo Arista parece haber dominado solamente en Pamplona y su comarca, hasta el Pirineo. No poseía, pues, desusado poder por sus estados, pero se hallaba bien emparentado y tenía alianzas que le hacían pesar considerablemente en la política vascona.

Yerno suyo -casado con su hija Ausona- era Muza Ibn Muza, cabeza de los Beni Cassi de Tudela y señor de Borja y Terrero. También tenía lazos familiares el caudillo pamplonés con Galindo Belascotenes, conde o gobernador de una región que englobaba Berrueza, Abárzuza, las Amezcoas y Degio o Estella, o sea Navarra occidental.

Todos estos elementos se presentan coligados frente a los francos y al conde de Aragón, Aznar Galíndez, jefe en Aragón y Navarra del partido franco. Aznar Galíndez perdió su gobierno expulsado por Arista y sus amigos, pero Carlomagno le indemnizó dándole la Cerdaña.

En 823 había recuperado Iñigo Arista Pamplona y sus dependencias territoriales, al cabo de doce años de dominación franca. Una nueva invasión al año siguiente, capitaneada por los condes Eblo y Aznar, vascones al servicio de los francos, fracasó; los condes cayeron prisioneros de los pamploneses, fortísimos ahora, pues contaban, no solo con el apoyo de los Beni Cassi, si también con el de Abderramán II (822-852), que por entonces puso en la Rioja un gran ejército.

¿Estuvo Iñigo Arista considerado rey? Apuntan unos autores que la idea de que Iñigo Arista recibió el título de rey se originó en una interpretación errónea de las historias árabes, que solían llamar rey a todo señor poderoso.

Afirman otros que hubo en Navarra dos dinastías, la primero fundada por Iñigo Arista a comienzos del siglo IX, y la segunda, por García Jiménez a principios del X. El caudillo pamplonés era un noble de la Vasconia francesa, natural de Bigorra, como dice el arzobispo don Rodrigo; la Crónica General recoge también esta impresión sobre la procedencia de Iñigo Arista.

veno un cavallero del condado de Bigorra, que de su ninnez era muy usado en armas et en cavalleria; et era muy afamado ende, et llamavanle Yenego. . . Et desque siempre que veno esquantra Espanna montes Pirineos, que son los montes de Aspa et yazen entre Gasconna et Spanna; empos esto descendido morar a los llanos de Navarra, o alli vencio muchas lides que ovo con los moros.

No fue en las montañas de la Berrueza y Deyo, cercanas de Álava y Castilla. donde se formó el núcleo primitivo de Navarra -escribe Serrano Sanz, contra la opinión de Barrau-Dihigo- sino en los valles de Salazar y del Roncal, próximos a Francia, de cuya Vasconia, de Bigorre, vino el primer caudillo que consolidó la independencia de los vascos españoles.

Hacia el año 850 sucedería a Iñigo Arista en Pamplona su hijo García Iñíguez, que parece murió oscuramente a manos de los musulmanes en 822, cuando se hallaba retirado en el lugarejo de Larumbe, o en Aybar, o en Liédana.

García Iñíguez tuvo un hijo, Fortún Garcés, que heredó de su padre el gobierno de Pamplona, y del que se sabe que fue hecho prisionero en Hisn Caxtill, acaso Carcastillo, el año 860 u 861 por Mohammed I, que lo tuvo encerrado en Córdoba veinte años.

Fortún Garcés eligió en sus últimos años el estado religioso, y entró probablemente en el monasterio de Leire.

Tal vez viviera aún Fortún Garcés cuando ocupó el trono de Pamplona la dinastía fundada por García Jiménez. Esta dinastía tenía su tronco en la familia de los Jiménez, descendiente de Galindo Belascotenes, y de la que también procedían los condes de Álava y Castilla.

Galindo Belascotenes (a quien hemos visto aliado de Iñigo Arista en tiempo de Carlomagno) dejó dos hijos: García Galíndez, o García el Malo, y Jimeno Galíndez. Hijos de Jimeno Galíndez fueron: García Jiménez, Iñigo Jiménez y Vela Jiménez, conde este de Álava en 882.

García Jiménez se casó en primeras nupcias con doña Iñiga Rebelle de Sangüesa, de la que nacieron Iñigo Garcés y Sancha. De su segunda mujer, doña Dadildi de Pallars, hermana del conde Raimundo de esta comarca, García Jiménez tuvo a Iñigo Garcés, el segundo de este nombre, Jimeno Garcés y Sancho Garcés, que sería primer rey de Navarra. Sancho Garcés se unió en matrimonio con Toda Aznarez, nieta de otro Sancho Garcés, nieto de Iñigo Arista, y, por tanto, tataranieta del primer caudillo pamplonés.

Ambas familias han sido bien diferenciadas por los genealogistas: el Sancho Garcés nieto de Iñigo Arista solo tuvo un hermano, que se llamó Fortún.

Del Códice de Meyá no se desprende que García Jiménez no fuese rey de Navarra. Si lo fue, lo sería por poco tiempo, por cuanto consta que Fortún Garcés reinaba en Pamplona en el año 901. Es fijo y seguro, en cambio. que Sancho Garcés comenzó a reinar en Navarra el año 905. El verbo erexit usado en uno de los documentos de las Genealogías susodichas en relación con Sancho Garcés I, parece indicar una renovación dinástica.

Sancho Garcés sería elegido por los nobles al retirarse Fortún Garcés, pues la monarquía navarroaragonesa era electiva, con tendencia a la sucesión en los individuos de una familia.

El hecho de la entronización de Sancho Garcés el año 905, resulta preciso y concreto de las Crónicas. El Albeldense, del año 976, dice: "In Era DCCCXLII surrexit in Pampilona rex nomine Sancio Garseanis. El Cronicón Burgense señala: "Era DCCCXLII surrexil in Pampilonia rex nomine Sancius Garsiae...

Alianza navarra contra Asturias

Cuando Navarra se sacude de nuevo la tutela carolingia en 823, conquista su independencia, no solo de los reyes francos, sino también de los de Oviedo. Ahora bien. Ramiro I (843-850) y Ordoño I (850-862) rectifican la política de su antecesor Alfonso el Casto, y antes que mostrarse indiferentes por la suerte de la Vasconia se disponen a reincorporarla de hecho a la monarquía asturiana.

Mas Navarra se orientaba por aquellos años hacia Francia, como en otras ocasiones. El año 850 visitaban a Carlos el Calvo, hijo bastardo de Luis el Piadoso, en Vermeria (Verberie, Oise), portadores de presentes, dos condes o jefes navarros, Iniconis y Eminonis, o Scemenonis, de la oligarquía de los Jiménez, con propósito de conseguir una alianza con los francos contra Oviedo. Esta política iba a contar con el apoyo de los Beni Cassi.

Los Beni Cassi o Beni Muza disfrutaban en Tudela esa importante y lucrativa posición política que convierte a una familia o a un partido en aliado indispensable para otros dos separados por diferencias fundamentales.

Los Beni Cassi pactaban y disolvían alianzas según los cánones del más desaforado oportunismo. Fortunio, el fundador de la familia en su avatar islamita, dejó una sólida situación a su hijo Muza. Uno de los hijos de Muza, Fortún Ibn Muza, hizo la guerra en 838, aliado de Abderramán II, a Alfonso el Casto.

La campaña abundó en desastres para los cristianos, metiéndose el enemigo por Castilla la Vieja hasta Sotoscuevas sin hallar verdadera resistencia y volviéndose a Córdoba al año siguiente con muchos cautivos y copioso botín. Muza ben Muza, hermano de Fortún, obtuvo una señalada victoria sobre los francos en 840, año en que, de acuerdo con Abderramán, invadió Francia por la Cerdaña y desbarató a las fuerzas de Carlos el Calvo, que, ostensiblemente humillado, le salió al encuentro con valiosos regalos.

De las anteriores empresas, Muza ben Muza, surgió con tan alto prestigio político, y militarmente tan fortalecido, que no vaciló en desafiar al propio Abderramán II, contra el que hizo armas, aliado, según las crónicas, de uno de los reyes cristianos de España, se cree que García el Malo, muerto entonces (año 844) por los sarracenos no lejos de Pamplona.

El emir temió la enemistad con el poderoso walí de Tudela y buscó en seguida las paces con él. A poco, Muza ben Muza estaba de nuevo al servicio de Abderramán, a quien fue utilísimo en la lucha contra los normandos que llegaron a amenazar a Sevilla.

El fiero Mohammed I (852-886), hijo y sucesor de Abderramán II, tampoco pudo prescindir del apoyo del guerrero y político Beni Cassi, a la sazón en el auge de su predicamento, y le distinguió con todo linaje de halagos.

Bien pudo Muza ben Muza hacerse llamar el tercer rey de España., pues fue por algún tiempo poderoso y temido en el Norte y en el Sur, entre moros como entre cristianos. A él debieron los Beni Cassi el extraordinario engrandecimiento político de su casa, cuya irresistible influencia llegaba ahora a Toledo, donde Muza puso un gobernador de su familia, a su hijo Lope.

La estrella de los Beni Cassi comenzó a palidecer con Ordoño I, resuelto a acabar, repetimos, con la situación de práctica independencia imperante en Navarra, Esta política del rey de Oviedo, desconocida, como hemos indicado, desde los días de Alfonso I el Católico, provocó la unión de los elementos más heterogéneos con intereses en la vasconia: los Arista de Pamplona, Muza ben Muza, su yerno Garseano, es decir Garcés, hijo de García el Malo, a lo que parece, y los Jiménez de la Navarra occidental. Vino a robustecer aún más la temida alianza Navarra Carlos el Calvo, que suministraría artefactos de guerra.

No más abrirse el reinado de Ordoño I, ocurrió el choque con los vascones y sus aliados. Los primeros en atacar fueron los sarracenos a las órdenes de Muza ben Muza. Pero el invencible Beni Cassi sufrió una tremenda derrota en la famosa batalla de Albelda o de Clavijo (año 852).

Automáticamente cambió la situación política en el Norte. Ordoño fue reconocido y acatado como soberano en la totalidad del territorio navarro, y no a la fuerza y pasivamente, sino con espontaneidad y espíritu de colaboración. Por otra parte, cuando llegaron a Toledo las nuevas de la batalla de Albelda, el walí Lope, hijo de Musa, antes mencionado, se declaró tributario de Ordoño.

No pararon ahí los triunfos del rey cristiano, que también había de modificar radicalmente la situación al otro lado del Pirineo, pasando a la Gascuña, donde pudo percibir el eco de sus victorias militares en el homenaje que le rendían aquellos indómitos vascones.

A continuación decidió Ordoño intervenir en Toledo, en apoyo de los mozárabes perseguidos por Mohammed I. Contaba el rey asturiano con la complicidad de Lope ben Muza, el gobernador, disgustado por la tiranía del emir. Y el año 854 Ordoño realizó un alarde de fuerza enviando tropas a la antigua capital de los godos. En el lugar de la disuelta alianza navarra contra Oviedo se había formado otra, a base de navarros y asturianos, dirigida por Ordoño.

Muza ben Muza, vencido y humillado en Albelda, siguió adicto a Mohammed. Bien a manera de réplica por la intervención de Ordoño en Toledo, bien porque ambicionara desquitarse de la derrota que el rey de Oviedo le infligiera tres años, Muza no tardó en aparecer al frente de un grueso ejército sarraceno, camino de Castilla y Álava. Cayó en su poder el castillo de San Esteban de Degio.

La ofensiva del walí Beni Cassi inaugura una época en la que los árabes conservan la iniciativa militar y los cristianos sufren gran quebranto. En la expedición que realizó Mohammed I en 860-861 contra Pamplona, el emir se paseó durante veinte días por Navarra, causando considerables estragos. (Sería en esta ocasión cuando Fortún, hijo de García Iñíguez, cayó prisionero de los musulmanes.)

Los ataques de los sarracenos, a los que luego hemos de volver a referirnos, coincidían con una situación política crítica en Castilla, que también estudiaremos con algún detalle en el capítulo siguiente. Ordoño murió en 862 y la monarquía vino a encarnar en un adolescente de dieciocho años, Alfonso III, merecedor, con el tiempo, del sobrenombre de Magno. Hubo sublevaciones en Galicia, en Castilla y en Navarra. Mas, con ayuda del conde de Castilla, el joven Alfonso pudo someter a todos los rebeldes.

El nuevo reino navarro

Los recientes sucesos, la debilidad de la monarquía, los peligros militares que amagaban muy seriamente a la España cristiana, persuadirían a Alfonso III de la necesidad de fundir los intereses de la corona y los de Navarra, la región más lejana, mediante una alianza matrimonial, como dice expresamente la Crónica de Silos.R.B.: Balparda. Historia crítica de Vizcaya y de sus fueros. Madrid. 1924. Libro II, p. 328; Cotarelo, Alfonso III el Magno, p. 145; Abad de Silos t. I, pp. 127, 128.

La boda del joven Alfonso con Jimena parece haber constituido, aun en días de importantes acontecimientos, un acontecimiento feliz, del que todos, en la corte asturiana como en los condados navarros, se prometían óptimos frutos. Jimena era parienta de Sancho Garcés, pronto rey de Navarra: descendía de Iñigo Jiménez o de Vela Jiménez. Casándose con Jimena, Alfonso creaba, por tanto, un lazo consanguíneo entre la corte de Oviedo y la indispensable oligarquía familiar dominante en todo el Norte castellanovascón.

Pero ese matrimonio no aplacó los deseos de independencia que sentían los condes navarros. Probablemente debía de ser ya imposible evitar que surgiera en esta región un nuevo reino. Pero uno de los efectos inmediatos del enlace entre el rey Alfonso y Jimena parece haber sido el acercamiento de los Beni Cassi al monarca asturiano.

Desde la derrota de Albelda, los Beni Cassi no habían dejado pasar ocasión de mostrar hostilidad hacia el rey de Oviedo, manteniéndose siempre, por lo demás, amigos de los condes navarros. Muza ben Muza había muerto en 862, la reconciliación de sus hijos, Ismael y Fortunio, con Alfonso III fue tan cabal, que el rey asturiano les entregó a su hijo Ordoño para que se lo educasen, un episodio que hace mucha luz sobre el alto grado de intimidad moral que a veces alcanzaban las relaciones entre cristianos y árabes.

La amistad con el rey de Oviedo y la antigua asociación con los Arista y los Jiménez permitió a los Beni Cassi acometer empresas militares de gran aliento contra Mohammed I. Ismael lbn Muza dio un golpe audaz apoderándose de Zaragoza en 872, suceso que, naturalmente, alarmó al temible emir y le obligó a movilizar tropa numerosa, con la que trató de recuperar la capital del Ebro al año siguiente.

Zaragoza, sin embargo, continuó en poder de Muza. En 876 y 883 volvió Mohammed a intentar la reconquista de la ciudad, poniéndole sitio, que tuvo que levantar. En vista de la tenaz resistencia de Ismael lbn Muza en Zaragoza, el ejército el emir trató de quebrar el poder de los Beni Cassi en Tudela. Pero Fortún también rechazó a Mohammed.

Las buenas relaciones con los Beni Cassi y la guerra que estos sostenían con Mohammed resguardaron por algún tiempo a los territorios cristianos de correrías y agresiones.

La situación cambió cuando Mohammed Ibn Lope, hijo de Lope Ibn Muza de Toledo, señor de Viguera, se declaró por los moros —cuentan que por envidia de sus tíos Ismael y Fortún— contra Alfonso el Magno y contra su propia familia. Esta infidencia tuvo por primer efecto que Almondhir, hijo de Mohammed penetrara al frente de las fuerzas musulmanas en las zonas de fortificaciones de Álava y Castilla, episodio a que hemos de referirnos nuevamente después.

La deslealtad de Mohammed Ibn Muza había tenido, asimismo, consecuencias trascendentales para la familia de los Beni Cassi. En las campañas de fines de 882 y principios de 883, el joven Mohammed hizo prisioneros a sus tíos Fortún e Ismael y se adueñó de los castillos de Valtierra y San Esteban de Degio. En realidad, vino a heredar todos los dominios de su poderosa familia, y aunque sus relaciones con la corte asturiana fueron al principio tirantes, más tarde reanudó con Alfonso III la alianza que tuvieron con él sus tíos.

Mohammed Ibn Lope fue muerto el año 898, defendiendo Zaragoza contra los Tochibíes y el emir Abdalah.

El hijo de Mohammed, Lope ben Mohammed, desató los lazos que últimamente habían unido a los Beni Cassi con los reyes cristianos y fue en toda su política hechura del emir.

En los días de Abderramán III, la cuenca del Ebro experimenta las mudanzas que sacudieron a toda España, y se afianzan allí los intereses puramente árabes. La hegemonía en la región pertenecería en lo sucesivo a los Tochibíes de Daroca y Calatayud.

De las campañas de Mohammed Ibn Lope, los territorios cristianos de Navarra habían salido menguados; y Alfonso el Magno no se conformaba con las pérdidas sufridas por la monarquía cristiana en este sector. En consecuencia, comenzó en 903 la guerra para recuperar las tierras de la Navarra occidental. El rey asturiano pudo reconquistar San Esteban de Degio, sin duda en colaboración con quien enseguida sería rey de Navarra, Sancho Garcés, ya eminente como caudillo, a un tiempo, del interés vascón y de la causa cristiana.

Esta cooperación entre el rey de Oviedo y el caudillo navarro no se interrumpiría al convertirse Sancho Garcés en rey, según veremos.

Alfonso no pudo quizás, oponerse a la creación del reino de Navarra. Antes bien, todo indica que Sancho Garcés llegó a ser rey con su asentimiento, conforme dijimos en lugar anterior. Acaso participase Alfonso del sentimiento de que era necesario un nuevo reino, es decir, un gobierno fuerte y centralizado en la frontera oriental de la monarquía, donde no había autoridad ni concierto. Además, su enlace con Jimena, que le emparentaba con la familia de donde saldría el rey navarro, disminuiría en su ánimo el efecto de la desmembración.

Sancho Garcés parece haber sido proclamado rey el año 905 sin dificultad ni oposición. Ante todo, la nueva monarquía se justificaba en la fuerza y preeminencia militar del candidato al trono. El monje de Abelda señala las hazañas de Sancho Garcés.

Campeón contra las gentes ismaelitas, llevó muchas veces el estrago a las tierras de los sarracenos. Se apoderó por la parte de Cantabria de todos los castillos, desde la ciudad de Nájera hasta Tudela. Poseyó toda la tierra de Degio, con sus fortalezas, sometió a su autoridad la ciudad de Pamplona y asimismo tomó todo el territorio de Aragón.

El nuevo rey es proclamado por los suyos según la costumbre germánica: levantándolo sobre un pesado escudo de hierro, justamente como los godos, después de derrotados por el emperador bizantino Teodosio, hicieron rey a Alarico, en Moesia, el año 382.

En ambos casos, un caudillo militar pasa a ser rey en virtud de exigencias de la guerra. Razones militares aconsejaron los godos sustituir a sus duques por un soberano; y Sancho Garcés debería esencialmente su exaltación al trono de Navarra a causas análogas.R.B.: Herry Pirenne. Mohammed and Charlemagne. Londres, 1939, p. 24.

Factor subsidiario, aunque positivo, en el cambio que comentamos sería también el parentesco de Sancho Garcés, el conde Raimundo de Pallars y Ribagorza, con cuyos dominios vino a limitar el reino de Navarra.

Por último, mencionemos que la reina Jimena animaba en la corte de Alfonso la tendencia desmembradora favor de sus hijos y parientes, y de esta influencia desintegradora no ofrece duda que se lucró Sancho Garcés, como se lucraron, aunque con menos gloria, los hijos que ella tuvo con el rey Magno.

Fue destino de este Alfonso comenzar a reinar con los principales condes cristianos sublevados y acabar destronado en la villa de Boides, el año 909, víctima de su mujer y de sus hijos.

Sancho Garcés inicia su reinado con dos rasgos bien marcados: estrecha amistad con su pariente el rey de Oviedo y franca hostilidad hacia los Arista de Pamplona y los sarracenos vecinos suyos, los Beni Cassi de Tudela y los Al-Tawil de Huesca. El conflicto con Lub, o Lope ben Mohammed, ensangrentó en 907 las tierras navarras; y en esta invasión de los dominios de Sancho Garcés halló la muerte el último Beni Cassi con interés para esta historia.

La alianza de Pamplona con Oviedo y León fue más firme que nunca. La inteligencia era tanto más necesaria cuanto que la crisis de las instituciones cristianas coincidía con la ascensión al emirato cordobés del insigne Abderramán III. Si habían de sobrevivir, los cristianos no podían disipar energías en la desunión, como se vio en Valdejunquera. En 921 Abderramán invadió Navarra, y derrotó a las armas cristianas en ese lugar, entre Estella y Pamplona.

Pero los cristianos se rehicieron pronto del descalabro. Sancho Garcés castigó duramente al enemigo en una serie de campañas. Y en estas operaciones tuvo el apoyo de Ordoño II, quien al tiempo que Sancho Garcés tomaba Viguera, conquistaba la importantísima posición de Nájera después de un enérgico asedio. Diríase que el rey leonés reconocía es la aparición del nuevo reino navarro la delimitación de una esfera de influencia, pues en seguida entregaba Nájera al rey de Pamplona. Cerró la amistad el casamiento de una hija de Sancho Garcés con Ordoño.

La conquista de Nájera permitió al rey navarro asentar la corte en esta plaza fronteriza, y con ello cesaron las formidables acometidas con que el Islam castigó hasta entonces por este flanco a Álava y Castilla.R.B.: Abad de Silos, El Obispado de Burgos y Castilla primitiva, t. 1, p. 128.

Como dice el Albeldense, Sancho Garcés no solo se hace independiente del rey asturiano, sino que se anexa las comarcas de Pamplona y Aragón, y con todas esas tierras forma su reino, aspirando de añadidura a conquistar la región del Ebro que perteneció a la Tarraconense romana.

La nueva monarquía navarra se extendía pues, por los territorios vascones de España, o sea la Navarra moderna y la Rioja Baja, más buena parte del Alto Aragón hasta el río Esera. Por Occidente, la frontera con el reino neogodo de León era aproximadamente la misma que en la actualidad separa a las provincias de Álava y Guipúzcoa de la de Navarra.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 312-327.