García I

Biografía

Retrato imaginario del rey García I de León.
Retrato imaginario del rey García I de León.

Rey de León, 910-914. Nació entre 870 y 871, y murió en Zamora, el 19-III-914. García Adefónsiz fue hijo primogénito del rey de Asturias Alfonso III el Magno y de Jimena de Navarra. Contrajo matrimonio en el año 896 con Muniadona o Nuña Muñoz, hija del conde de Castilla Munio Muñoz, gobernador de Amaya, con la que no tuvo descendencia.

Sin que se sepan las causas y en unos episodios cuya historicidad no está probada, García, junto con sus hermanos Ordoño y Fruela, rompió los moldes de la tradición en la sucesión gótica al repartir el reino astur entre ellos contra la voluntad del padre o, al menos, sin su aquiescencia, pues parece haber dirigido en 909 una conspiración familiar contra el rey Magno, con el probable apoyo tanto de su madre como de su suegro, que en un primer momento fracasó, por lo que fue hecho prisionero por Alfonso III en Zamora y llevado en custodia al castillo de Gozón, situado en la orilla izquierda y a la entrada de la ría de Avilés.

Pero sus hermanos, ayudados por el conde castellano, consiguieron destronar o forzar la abdicación de su anciano padre, que hubo de retirarse a la villa de Boides, cerca del monasterio de San Salvador de Valdediós, en Asturias, para morir al poco tiempo, el 20-XII-910 en la ciudad de Zamora.

García estableció su corte en la antigua Lecio, ciudad romana que dio nombre al reino de León y que se convirtió en la capital del nuevo reino recogiendo la inmensa herencia ovetense, lo cual significó que los sucesivos reyes leoneses en sus frecuentes evocaciones de la memoria de sus antepasados aludieran a su intitulación astur, demostrando con ello la perenne conciencia que tuvieron sobre la identidad de ambos reinos.

García, en el primer año de su reinado, preparó un gran ejército y salió en persecución de los musulmanes, a los que se impuso:

depredándolos, incendiando sus tierras y trayendo de allí un gran botín y numerosos prisioneros. Apresó también al rey Ayolas y al pasar por el lugar de el Tiemblo, en el camino de regreso, logró evadirse el prisionero, por negligencia de sus guardianes.R.B.: Crónica Silense.

Constituyó un gobierno central relativamente fuerte pero flexible, a cuya cabeza se hallaba el Monarca, y, por su delegación, en las dos grandes circunscripciones del reino, Galicia y Asturias, dos príncipes subordinados al Soberano, sus hermanos Ordoño y Fruela, respectivamente, que actuarán de mediadores entre el rey y la nobleza condal.

Tuvo un reinado corto y tranquilo por las luchas internas en al Andalus, que aprovechó para mantener firmes las fronteras en la línea del Duero, a las que ya había llegado su padre en la política de expansión repobladora y en las que él mismo participó desde los años noventa del s. IX, cuando recibió de Alfonso III el encargo de repoblar Toro, tal como cuenta Sampiro en su Crónica, y que continuó ya siendo rey, a modo de avanzadilla, en el triángulo formado por esta ciudad, Zamora y Simancas.

Permitió también, en esta misma línea fortificada duriense, a los condes castellanos Gonzalo Téllez, Gonzalo Fernández y a su mismo suegro que repoblasen Roa, Osma, Coca, Aza, Clunia y San Esteban de Gormaz, y se tiene constancia de la propia presencia real, en octubre de 913, en Cerezo de Río Tirón, en esos confines extremos de su reino, cercanos a Calahorra. A estas tareas de reforzamiento del limes del territorio del reino se suma la protección directa del soberano sobre algunos de los cenobios más destacados del momento.

Así, se puede comprobar que el 15-II-911 solemnizaba con su presencia, acompañado de los obispos Genadio de Astorga, Atilano de Zamora y Cixila que gobernaba a un tiempo la diócesis de León y el monasterio de Abellar, la festividad litúrgica e institucional de San Isidro de Dueñas, monasterio erigido junto al castillo del mismo lugar al cual dotaba el monarca con el dominio pleno de su iglesia y un buen patrimonio territorial.

Al año siguiente, el 3-II-912, en unión de su esposa, donaba al de San Cipriano de Valdesanz y a su abad Eliseo el lugar de Castro de Fano (Castroañe) con sus términos, no siendo esta la última donación que recibiera este centro monástico, pues en los años siguientes les siguió ampliando los territorios con la inclusión de poblados e iglesias situadas en sus cercanías.

Otros importantes cenobios recibieron las dádivas regias, como el de San Pedro de Eslonza, al que siempre proclamó su devota familiaridad y expresiones de acentuada religiosidad y de singular afecto, en especial a los santos, Eulalia, Pedro y Pablo, sus patronos, donándole las villas realengas de Mudarrafe con sus moradores y su término territorial, Villafuente, Rebollar, Valferrarios, Tarozos, Villamoros y otras, además de costearle los gastos de culto e iluminación y sufragarle las necesidades de alimentación y vestido de sus monjes y proveerle de lo necesario para el sustento de peregrinantes y pobres o, muy especialmente, el portento arquitectónico de San Miguel de Escalada, un templo de traza mozárabe que, en doce meses de tensa tarea, con el patrocinio del Rey y de la reina, logró alzar el famoso Alfonso, probable maestro del propio monarca, y sus compañeros venidos de Córdoba, y cuya consagración litúrgica presidio el obispo Genadio, en 20-XI-913.

Al año siguiente tomó la plaza de Arnedo en un intento de dominar la Rioja, donde recibió unas heridas que le provocaron poco después la muerte en Zamora. Su fallecimiento el 19-III-914 tuvo lugar en esta última ciudad y no en Arnedo, como aseguró Ibn Idhari, aunque sí a consecuencia de las heridas recibidas en tal victoria y no de enfermedad natural.

Desde el punto de vista historiográfico, no se puede negar la inmensa oscuridad que preside el hecho del reparto del reino astur entre los hijos de Alfonso III, pero, sin duda alguna, fuel él quien inauguró el nuevo título de rey de León. Según J. Rodríguez, su principal biógrafo.

El sol de la nueva Monarquía nació en sus días con oscuros celajes y el joven rey no alcanzó pese a sus intenciones y personal arresto, a romper las sombras y animar las recientes estructuras con el soplo vivo del entusiasmo y la confianza, como suelen exigir los comienzos de toda alta empresa.
R.B.: ÁLVAREZ ÁLVAREZ, César, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2011, Vol. XXI, págs. 426-427.

Ordoño II

Biografía

Rey de León, 914-924. Rey de Galicia, 910-924. Segundogénito de Alfonso III el Magno de Asturias (866-910) y de Jimena, hija de García I Íñiguez de Pamplona (851, 852.870), y hermano de García I de León (910-914), de Fruela IIde Asturias (910-925) y León (924-925), de Ramiro y de Gonzalo.

Según la Crónica de Sampiro, única fuente documental disponible, colaboró estrechamente en la conspiración que junto a sus hermanos García I y Fruela II y parte de la nobleza leonesa, acabó con la abdicación de su padre Alfonso III y el posterior reparto del reino entre los tres hermanos, quedando García como rey de León, Asturias en poder de Fruela II y Ordoño como rey de Galicia (910-914).

Algunos historiadores, no obstante, defienden la tesis de que fue el propio Alfonso III quien repartió el reino entre sus tres hijos poco antes de abdicar por voluntad propia. Durante su gobierno en Galicia, Ordoño II organizó una expedición hacia tierras musulmanas que terminó con la toma de Évora (Portugal) (19-VIII-913).

Tras la inesperada muerte de García I en el 914, accedió al trono leonés, reuniendo así de nuevo todos los dominios del reino (Fruela II gobernaba en Asturias rindiendo vasallaje a OrdoñoII), al tiempo que situaba de forma definitiva la capital de reino en la ciudad de León.

Ordoño siguió una activa política expansionista frente a al Andalus aprovechando la difícil situación interior del emirato, que sufría entonces las consecuencias de movimientos políticos disgregadores (rebeldía del mozárabe Umar b. Hafsun, movimientos independentistas de varios príncipes), para lo que encontró un firma aliado en la monarquía pamplonica. Sus primeras campañas de castigo le llevaron al SO. peninsular; tomó la fortaleza de Alange, en los dominios del príncipe de Badajoz, que a partir de ese momento sería tributario del monarca leonés, y alcanzó las proximidades de Sevilla.

El emir (912-929) y califa (929-961) Abderramán III, una vez hubo reunificado bajo su poder todas las provincias andalusíes, respondió con una serie de incursiones por el valle del Duero (916-917) dirigidas por el general Ahmad b. Abi Abda, que finalizaron con la derrota y muerte de este ante Ordoño II en la fortaleza de San Esteban de Gormaz (Soria) (4-IX-917). Por aquella época fructificó la alianza entre Ordoño II y Sancho I Garcés de Navarra (905-925), colaboración que se prolongó hasta la muerte de ambos monarcas.

Así, una vez asegurada la línea fronteriza del Duero, mientras Sancho I Garcés avanzaba por tierras del S. de la Rioja tomando Calahorra, Valtierra y Arnedo, Ordoño II se dirigía al corazón del territorio andalusí, conquistando la plaza de Talavera de la Reina (Toledo).

La respuesta de Abderramán III consistió en una nueva aceifa por tierras leonesas que esta vez sí derrotó a Ordoño en la Batalla de Mitonia (verano de 918) y, especialmente en la expedición de 919-920, dirigida por el propio emir y que consiguió romper la línea del Duero —saqueos de San Esteban de Gormaz, Osma y Clunia—, penetrar en el corazón de la Rioja y Navarra —toma de Cárca y Calahorra— y vencer en la sangrienta batalla de Valdejunquera (26-VII-920), a unos 20 Km. al SO. de Pamplona, a los ejércitos aliados de Ordoño II y Sancho I Garcés.

Las consecuencias de la dura derrota no se tradujeron en pérdidas territoriales sino en un freno del avance repoblatorio, especialmente en las comarcas del Duero, y en el enfrentamiento con los nobles castellanos que, seguramente descontentos con la alianza de Ordoño con Pamplona, que podía ver frenadas sus expectativas expansionistas hacia el S. y La Rioja, no acudieron al auxilio cristiano en Valdejunquera; dos años después Ordoño II convocó a los condes en la Junta de Téjar, a orillas del río Carrión, los apresó y los condujo a León, donde permanecieron presos hasta 926.

En el año 921, Ordoño II dirigió una nueva expedición por tierras sorianas que consiguió tomar la plaza de Atienza. De nuevo, junto a Sancho I Garcés retomaron la conquista de las tierras riojanas, con la toma de Nájera (923), que Ordoño II cedió al monarca navarro, y Viguera (923).

De esta campaña nació también el enlace matrimonial de Ordoño II con Sancha, hija de Sancho I Garcés. Antes había casado con las damas gallegas Elvira, de la que enviudó, y Argonta, a la que repudió. De sus primeras nupcias nacieron los futuros Sancho I Ordóñez de Galicia (925-929), Ramiro II de León (931, 932-951), y Alfonso IV el Monje de León (926-931, 932). A su muerte accedió al trono leonés su hermano Fruela II (924-925).R.B.: VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XV pág. 7352.

Fruela II

Biografía

Oviedo (Asturias), ¿874?-León, VIII-925. Rey de Asturias (910-924). Rey de León (924-925, agosto). Fruela Adefónsiz fue hijo tercero, tras García y Ordoño II, de Alfonso III y de Jimena. Su presencia en la documentación cortesana se inicia a mediados de 886, cuando entre los hijos del último monarca astur aún no habían aparecido los nombres de Ramiro ni de Gonzalo, y continua a partir del año 894 como asistente a diversos actos oficiales.

Permanece en el séquito paterno hasta abril de 909 en que suscribe con sus hermanos el documento, datado en León, por el que el monarca permuta ciertos bienes en Sahagún, poco antes de producirse la rebelión que impuso a Alfonso III la renuncia al trono, abriendo la crisis que someramente se conoce, pero que de hecho significó el fraccionamiento definitivo del reino astur y el traspaso de la hegemonía política al nuevo reino de León, que se adjudicó García, reservando Ordoño para sí la vieja provincia de Galicia con sus territorios del sur, y Fruela, el núcleo astur que cierra la gran cordillera cantábrica.

Casado Fruela por estas fechas, celebraba en el mismo año 910 su llamamiento al ahora mermado reino astur mediante la ofrenda que, en unión de su esposa, Nunilo Jimena, hija del rey navarro, hacía a la iglesia ovetense de San Salvador, consistente en una preciada arqueta, ornada con ochenta y dos piedras de ágata y un remedo de la Cruz de Pelayo.

Documentos de 911 y 912 testimonian su condición de Rey al confirmarle varios documentos como tal, pero en el convenio de partición del reino debieron establecerse ciertas diferencias de jerarquía entre los hermanos, pues Fruela, que visitó en varias ocasiones a Ordoño en Galicia —como en ocasión próxima a la muerte de su madre, Jimena, que había vivido junto a Ordoño— y prescindió de todo rango en las suscripciones firmando simplemente Froila frater confirmat, actitud que mantuvo en adelante, cuando ya Ordoño se hallaba investido con la soberanía del trono leonés, pues siempre aparece en los distintos documentos como frater regis, silenciando, quizás porque no la tenía, otra titulación superior.

Fruela, presunto titular de un territorio reducido que protegía la gran barrera montañosa, halló su mejor defensa en secundar la actitud de Ordoño, a cuya amistad se acercó resueltamente desde entonces, manteniendo de este modo la integridad de su parcela asturiana, pero dando muestras constantes de reconocimiento de la supremacía del rey leonés.

Sin embargo, el apartamiento geográfico y político del territorio de Asturias le permitió de hecho una cierta independencia política, y la documentación acentuó en ocasiones el tinte de realeza con que se ornaron algunas actuaciones de Fruela, como puede apreciarse en documentos de 914 y 915 en que se especifica que en tierras de la Liébana reinaba el príncipe don Fruela o que don Fruela reinaba en Asturias.

Después de haber gobernado Asturias, ocupó el trono de León al morir su hermano Ordoño II en el verano de 924, con lo que se vino a restaurar, al cabo de catorce años, la mención unificada de los tres grandes territorios —León con Castilla, Galicia y Asturias— que habían constituido el patrimonio íntegro de Alfonso III.

De su actividad de gobierno no se tiene otro testimonio que el proporcionado por Ibn Jaldun según el cual Fruela acudió con poca ayuda al rey Sancho I Garcés de Navarra que había solicitado refuerzos al leonés en la dura campaña musulmana contra Pamplona., como consecuencia de la rebeldía latente de sus sobrinos, los hijos de Ordoño II.

Fue este un movimiento político de oposición, no se sabe si violenta, suscitado contra Fruela desde los primeros días de su mandato en el que participaba en la sombra la poderosa aristocracia gallega.

Durante su brevísimo reinado no hizo ninguna expedición a territorio musulmán y sus únicos combates estuvieron dirigidos contra la familia Olemundiz, de procedencia mozárabe, fiel partidaria, desde el noble Olmundo, de los vástagos de Ordoño II, entre los que se encontraba el mismísimo obispo de León, Frunimio, y que estaba muy arraigada en torno a Simancas, Zamora y zonas de Villapando y Benavente, así como en las feraces tierras de Valderaduey, Sequillo y Bajoz.

Realmente el nuevo rey apenas sería conocido en León ni se tendría de él otra imagen que la proporcionada por sus escasísimas visitas a la Corte de Ordoño y por el eco de su actuación de gobierno, llegado de las tierras de Babia y Luna, cuya comunicación con la zona asturiana había fomentado, mejorando un viejo camino romano que pasaba por Somiedo.

A través de la documentación, se observa que no muestra el Rey mayor cuidado por el fortalecimiento de la trama administrativa del reino ni por la consolidación y ornato de las instituciones vinculadas afectivamente al trono, la atención del Monarca solo se centró en la reconstrucción del monasterio de Pardomino, alzado en las montañas de Boñar, junto al río Porma, en tiempos de su antecesor Ordoño, obviando su preocupación por otros como el de Eslonza, fundado por su hermano García.

Según una noticia transmitida por Ibn Azm, estuvo casado en segundas nupcias con Urraca, una hija del príncipe de Tudela, Abdállah b. Mamad b. Lope, de la familia de renegados de los Banu Qasi, que acompaña al rey a partir de 917.

De sus matrimonios tuvo varios hijos, llamados Alfonso, Ramiro y Ordoño, ninguno de los cuales pudo reinar, si bien el obispo Pelayo de Oviedo, en sus ampliaciones al texto de Sampiro, transmite que los citados fueron engendrados en Muniadomna, silenciando a las dos esposas que se conocen y complicando este panorama familiar con la introducción de otro hijo, este ilegítimo de nombre Aznar.

Ibn Hayyan y el Tudense aseguran que murió de lepra en agosto de 925. Fue enterrado en león al lado de su hermano Ordoño —el verdadero refundador de la diócesis y patrono del nuevo templo mayor—, aunque resulta dudoso que la catedral acogiera al impío castigador del obispo Frunimio, muy prestigiado y querido socialmente en el ámbito leonés.R.B.: ÁLVAREZ ÁLVAREZ, César, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XX, págs. 724-726.

Alfonso Froilaz el Jorobado

Biografía

Rey de León, 925-925. Sucedió en 925 a su padre, Fruela II, quién ocupó la corona tras la muerte de su hermano Ordoño II. Alfonso Froilaz fue expulsado del trono por sus primos Sancho y Alfonso IV, hijos de Ordoño II.

Según Sánchez Albornoz en su libro La sucesión al trono en los reinos de León y Castilla, Alfonso se refugió en la zona montañosa y costera del antiguo solar del reino de Asturias, donde reinaba su tío Ramiro II, y allí se nombró rey en el año 929. En 931, tras la abdicación de Alfonso IV, Alfonso Froilaz intentó hacerse con el trono de León, pero el monarca Ramiro II ordenó que tanto aquel como sus hermanos fueran cegados.R.B.: VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XV, pág. 525.

Alfonso IV el Monje

Biografía

Rey de León, 926-931. Rey de Galicia, 929-931. A la muerte de Fruela II, en 925, se produce en León una situación confusa, que conocemos a través de las fuentes cristianas, pero que ha contribuido a aclarar singularmente la utilización de los fragmentos del historiador Ibn Hayyan por Dozy Recherches, I, págs. 142 y ss.).

Alfonso IV, al que apedillarán el Monje, era hijo de Ordoño II y, por tanto, sobrino del rey difunto. Sabemos que estaba casado con Oneca, hija de Sancho I Garcés de Navarra, y es probable que la ayuda de este le fuera muy útil para conseguir su reconocimiento en León; sin embargo, no empieza a contar sus años de reinado hasta febrero o marzo de 926 (Sánchez Albornoz, La sucesión al trono en los reinos de León y Castilla, Buenos Aires, 1945, pág. 31).

Tampoco consiguió verse reconocido en todo el reino, pues su hermano Sancho se hizo coronar en Santiago de Compostela y parece que consiguió pacíficamente ser reconocido por su hermano. Ibn Hayyan habla de una lucha entre los dos hermanos, de que salió finalmente triunfante Alfonso IV, pero conservando Sancho el gobierno de Galicia hasta su muerte.

Para Sánchez Albornoz, Alfonso Froilaz sería quien habría sucedido en un primer momento a su padre Fruela II ; pero unidos sus primos Sancho y Alfonso, y contando con el apoyo del suegro de este Sancho I Garcés, habrían logrado expulsar de León a Alfonso Froilaz, repartiéndose el reino los dos hermanos de forma amistosa, recibiendo Alfonso, aunque más joven, el reino de León en atención a la ayuda prestada por su suegro.

Alfonso no habría incorporado a su corona el reino de Galicia hasta la muerte de Sancho, a comienzos del verano de 929. En 931 ocurre un suceso inesperado: Alfonso IV, que acaba de perder a su mujer, se retira como monje a Sahagún y cede el reino pacíficamente a su hermano Ramiro II, que residía en Viseo y que se entroniza en León.

Pero algún tiempo después el rey monje vuelve sobre su decisión, abandona el monasterio y después de apoderarse de Simancas, logra entrar en León, de la que estaba ausente Ramiro, que había salido en campaña para auxiliar a los toledanos rebelados contra Córdoba; pero regresando con su ejército, hace prisionero a su hermano y poco después le hace cegar juntamente con los tres hijos de Fruela II, Alfonso, Ramiro y Ordoño. Todos estos episodios debieron sucederse rápidamente en el curso del mismo año 932, en el que terminó el reinado de Alfonso.R.B.: VÁZQUEZ DE PARGA, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo A-E, págs. 119-120.

Ramiro II el Grande

Biografía

Rey de León, 931-951. Hijo de Ordoño II de León (914-924) y de la dama gallega Elvira Menéndez, y hermano de Alfonso IV el Monje de León (926-931) y de Sancho Ordóñez de Galicia (925-929). La primera noticia que se tiene sobre Ramiro hace referencia al apoyo que prestó a sus dos hermanos en la contienda civil que les enfrentó a sus primos, los hijos de su tío Fruela II de León (924-925), encabezados por el primogénito, Alfonso Froilaz (925-926), por los derechos dinásticos de la Corona leonesa.

Fue precisamente esa ayuda, materializada en el apoyo que consiguió de distintos magnates gallegos —el mismo estaba casado, al igual que su padre con una dama gallega, Adosinda Gutiérrez—, la que le reportó, una vez que Alfonso IV hubo apartado a Alfonso Froilaz del poder, el gobierno autónomo de la provincia portuguesa que se extendía entre los ríos Miño y Mondego.

En 931, Alfonso IV abdicó en Ramiro antes de retirarse al monasterio de Sahagún (León); no obstante, meses después, en verano de 932, se desdijo de su decisión y, aprovechando que Ramiro se encontraba preparando una expedición en ayuda de Toledo, sitiada por aquel entonces por el califa Abderramán III(929-961), reclamó de nuevo la potestas regia en Simancas.

Ramiro se encaminó entonces a la capital del reino en busca de su hermano, al que prendió finalmente en algún lugar de Castilla, seguramente con la ayuda de Fernán González, futuro conde de Castilla (932-975) y por entonces únicamente conde de Lara, quien también le ayudó camino de Asturias, donde, con la intención de acabar con toda oposición a su mandato, hizo lo propio con Alfonso Froilaz y sus hermanos, que todavía mantenían cierta independencia en aquellas tierras. Una vez hubo reunido a todos ellos en León, mandó cegarles los ojos antes de encerrarlos en el monasterio de Ruiforco (Garrafe de Torió, León).

El reinado de Ramiro II significó el periodo de mayor esplendor, tanto político como militar, del reino de León, pero también, por causas diversas, pero entrelazadas, el inicio de su decadencia. Una vez consolidado su poder en los territorios de León, prosiguió la alianza con Navarra propugnada por su padre al casar (h. 932-934), en segundas nupcias y tras repudiar a Adosinda, con Urraca Sánchez, hija se Sancho I Garcés de Navarra (905-925) y la poderosa reina madre Toda.

Así mismo se aseguró por un tiempo el importante apoyo de Fernán González, a quien intituló conde de Álava, Burgos, Lantarón y Cerezo —y, por tanto, conde primero de Castilla (932)—. Afianzado con esas alianzas, el cinturón defensivo cristiano, diseñó una firme política ofensiva frente al mundo musulmán del S. de la Península, reforzado, así mismo, tras años de lucha intestinas, con la entronización como califa de Abderramán III.

Ya en 932 lanzó una expedición de castigo contra la fortaleza de Madrid, aunque no pudo evitar la entrada del califa en la rebelde Toledo. En 933, Ramiro II y Fernán González derrotaron una aceifa enviada por Abderramán III en las cercanías del castillo de Osma (Soria), aunque al año siguiente, a pesar de que lograron resistir el asedio de la misma fortaleza, rehuyendo el combate a campo abierto, no pudieron evitar que una nueva expedición andalusí devastara las tierras de Álava, la Bureba, Burgos y San Pedro de Cardeña.

Tal vez por ello, Ramiro II decidió atraerse al poderoso gobernador Tuyibí de Zaragoza, Abu Yahya Muhammad —el Abohaia de las crónicas cristianas—, con quien concluyó un pacto de ayuda mutua después de que aquél se declarara vasallo del de León; no obstante, tras la expedición leonesa por tierras lusitanas (saqueo de Lisboa, 937), Abohaia retornó, al menos de forma nominal, a la fidelidad cordobesa, después de que una expedición andalusí tomara Calatayud y la misma Zaragoza (937).

El año 939 fue sin duda, el momento de mayor éxito de su reinado, y una fecha clave en la alanza de poder entre cristianos y musulmanes. Abderramán III, convencido de su propia fortaleza, diseño para aquel verano una campaña bautizada por sus contemporáneos como la gazwat al qudra, o campaña de la omnipotencia que pretendía ser decisiva para frenar la expansión cristiana; con este propósito reunió un ejército de unos cien mil hombres que en el mes de agosto llegó a las proximidades de Simancas, foco repoblador leonés de la margen izquierda del medio Duero, donde se encontraba el grueso del ejército leonés.

Esta vez Ramiro II, reforzado por tropas castellanas y, seguramente, navarras, no rehuyó el combate en campo abierto (6-VIII); su victoria, refrendada días después en Alhandega (¿actual provincia de Guadalajara?), (¿valle del Tormes?), fue total y significó el afianzamiento de la línea defensiva del Duero y el primer avance repoblador cristiano en tierras de la extrema Durii castellana; poco después restauró algunas villas del valle medio y bajo del Tormes (Salamanca, Ledesma, Peña Ausende, Los Baños, Ribas), mientras Fernán González se decidía a restaurar la antigua fortaleza romana de Sepúlveda, en el piededemonte central segoviano.

Pero Simancas también supuso el inicio de la inflexión de su poder interno. Las recurrentes tendencias separatistas de buena parte de la nobleza, en especial la de los territorios periféricos del reino, iban a encontrar en Fernán González la prueba tangible de su realidad. Encumbrado, forzado por motivos militares, por el propio Ramiro II, el conde de Castilla se iba a sentir lo suficientemente independiente como para rebelarse tácitamente contra su señor (943), sentando así las bases para la independencia de su condado, que se hizo efectiva a la muerte de Ramiro II.

El monarca leonés logró a tajar la rebelión en 944 tras encarcelar a Fernán González y a su mejor aliado, Diego Muñoz, conde de Saldaña, a quienes desposeyó de sus dominios; al mismo tiempo, confió el gobierno de Castilla, primero a Ansur Fernández, para quien había creado el condado de Monzón, y, poco después, a su hijo Sancho —el futuro Sancho I el Craso de León (956-958, 960-966).—

Bastó, sin embargo, que el califa volviera a dar señales de vida en la zona de Medinaceli (Soria), adonde trasladó (947) el cuartel general de las tropas que defendían la frontera media, para que Ramiro II restaurara al conde de Castilla su patrimonio material y nominal (en 945 ya le había puesto en libertad, después de que le prestara de nuevo juramento de fidelidad personal); además, concertó el matrimonio de su primogénito, Ordoño III, con Urraca Fernández, hija del castellano.

Por otra parte, también algunos magnates gallegos mostraron signos de poca docilidad, con los que, quizá, se deberían emparentar las aceifas andalusíes que llegaron hasta tierras gallegas en 944 y 949.

En 950 encabezó una nueva expedición de castigo por tierras de talavera (Toledo). A su vuelta, encontrándose repentinamente enfermo, abdicó (5-I-951) en su hijo Ordoño pocos meses antes de morir, seguramente a finales de mayo o principios de junio de 951.

De su primer matrimonio con Adosinda nació su sucesor, Ordoño III (951-956), y de sus segundas nupcias con Urraca de Navarra nacieron el futuro Sancho I el Craso y Elvira que ejerció la regencia del reino durante la minoridad de su sobrino, Ramiro III (966-985).R.B.: VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XVIII págs. 8608-8609).

Ordoño III el Bueno

Biografía

Rey de León, 951-956. Hijo de Ramiro II de León (931-951) y Teresa Florentina, y hermanastro de Sancho I el Craso de León (956-958 y 960-966). Con el acceso al trono de Ordoño III se abre un periodo de luchas intestinas en el reino leonés. Nada más ocupar el trono tras la muerte de su padre, una conspiración dirigida por la reina madre Toda de Navarra intentó destronarlo en favor de su hermanastro Sancho, nieto de Toda por el matrimonio de Ramiro II en segundas nupcias con su hija Urraca.

A la conspiración se unió también el poderoso conde castellano Fernán González (932-970) —también casado con otra hija de Toda, Sancha—, a pesar de que el propio Ordoño III había casado siendo infante (947) con Urraca Fernández, hija de Fernán González; participaban también en la rebelión algunos condes y magnates gallegos.

A los problemas dinásticos se unieron también los intereses políticos; Galicia, y sobre todo, Castilla manifestaban ya deseos de autonomía política e incluso independencia de la Corte leonesa, y el reino navarro, libre ya del peligro que habían supuesto los Banu Qasim de Zaragoza y Tudela, vivía un momento de cohesión interior y de reafirmación de su poder en la Península.

La expedición conjunta de Sancho I, el conde Fernán González y las tropas navarras de García II Sánchez (925-970), tío de Sancho I, llegaron a las puertas de la ciudad de León (953), donde Ordoño III consiguió derrotarlos y poner freno a la sublevación dinástica.

Como consecuencia, Sancho I se vio obligado a refugiarse en la corte navarra, mientras que Fernán González se resignó a jurar fidelidad y vasallaje al monarca leonés, que además repudió a su esposa Urraca, hija del conde castellano, aunque al parecer, a finales de su reinado, volvió a reconciliarse con ella. Poco después, Ordoño III tuvo que hacer frente a una nueva revuelta instigada por varios condes feudatarios gallegos, entre ellos Jimeno Díaz, que buscaban una mayor independencia sobre León.

Una vez sofocados los problemas internos, decidió hacer frente a al Andalus, que por aquel entonces hostigaba mediante frecuentes aceifas las tierras leonesas. Promovió una gran expedición que, desde tierras gallegas, se dirigió hacia Lisboa, ciudad que saqueó y tomó (955), al tiempo que Fernán González lograba una importante victoria en San Esteban de Gormaz (Soria).

Ese mismo año, no obstante, una embajada de Abderramán III, presidida por el influyente nasi de la comunidad judía de Córdoba, Hasday Ben Saprut y por Muhammad b. Husayn, viajó a la corte de Ordoño III en León, al parecer como devolución de otra embajada cristiana que había visitado Córdoba poco antes, con la intención de acordar una tregua que finalmente fue firmada entre el califa, tars consultar con su hijo y suceso al Hakam II (961-976), y Ordoño III, y por la que el monarca leonés se comprometía a devolver algunas fortalezas fronterizas.

Los historiadores disienten sobre cual de los dos monarcas promovió el tratado de paz; mientras Ibn Jaldun afirmaba en el s. XIV que fue Ordoño III quien solicitó la tregua, Arib b. Saad, historiador del s. X, presenta el tratado como iniciativa de Abderramán III. Pocos meses más tarde —entre enero y el verano de 956, según las fuentes—, una enfermedad repentina acabó en Zamora con la vida de Ordoño III; a su muerte, la tregua y el tratado no fueron respetados por sus sucesores.

Tuvo un único hijo, que posteriormente reino como Vermudo II el Gotoso de León (985-999) y Galicia (982-985), al parecer fruto de una relación no reconocida con Elvira, una dama asturiana o gallega, habida durante el periodo que había repudiado a su esposa Urraca. Le sucedió en el trono su hermanastro Sancho I el Craso.R.B.: VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XV pág. 7352.

Sancho I el Craso

Biografía

Rey de León, 956-958/960-966. Hijo de Ramiro II de León y de la infanta navarra Urraca Sánchez, hermana de García II Sánchez de Navarra (925-970) e hija de Sancho I Garcés de Navarra (905-925) y de Toda Aznárez. Sucedió en el trono leonés a su hermanastro Ordoño III (951-955), frente a los derechos que pudiera tener el único hijo de este, por entonces un niño, el futuro Vermudo II (982-999) —que a la sazón, vivía recluido en Galicia—, en uno de los momentos históricos de mayor inestabilidad del reino asturleonés.

Así, consta que en vida de su padre, este lo envió en 944 a Castilla como gobernador, después de que hubiera desposeído de sus dominios y encarcelado al conde castellano Fernán González (932-970), quien poco antes se había rebelado contra el poder central leonés. A pesar de que, en 945, Ramiro II se vio forzado, ante las señales de belicosidad que de nuevo había dado el califato andalusí, a poner en libertad al conde castellano, Sancho continuó en Castilla hasta la muerte de su padre (951).

Nada más acceder al trono su hermanastro Ordoño III —habido de las primeras nupcias de su padre con una dama gallega, doña Adosinda—, una conspiración orquestada por su abuela Toda de Navarra, que contó con el apoyo navarro y castellano, así como de algunos magnates gallegos, intentó destronarlo en favor de Sancho. Una expedición militar conjunta de castellanos y navarros llegó a las puertas de la ciudad de León (953), donde Ordoño III consiguió derrotarlos y poner freno a la sublevación dinástica. En consecuencia, Sancho se vio obligado a refugiarse en la corte navarra.

La enfermedad repentina que acabó en Zamora con la vida de Ordoño III (956) supuso no obstante, la entronización pacífica de Sancho I, ya que, al parecer, nadie defendió los derechos del hijo de aquél, el futuro Vermudo II .

Sin embargo, pronto iban a tomar forma los profundos problemas que afectaron su reinado: por una parte, la oposición de algunas zonas periféricas del reino, que en algunos casos ya resultaba atávica, como la de Castilla o la de buena parte de los magnates gallegos; por otra, la enemistad que, al parecer, surgió entre la nobleza leonesa más cercana por el carácter del nuevo monarca —que Ibn Jaldun, en el s. XIV, relataba como vano, orgulloso y belicoso, carente de habilidad y tacto político.—

No menos importante, finalmente, era el desprestigio que le generaba la práctica imposibilidad, debido a su obesidad, de subirse a un caballo y encabezar sus tropas, como puso de manifiesto ante la incursión andalusí que en verano de 957 anduvo por León y derrotó fácilmente a sus tropas; esta aceifa tuvo su origen en la negativa de Sancho I a cumplir las estipulaciones del tratado de paz que Ordoño III había suscrito con Abderramán III (912-961), en lo referente a la entrega o desmantelamiento de diez fortalezas cristianas en la línea del Duero.

De este modo, una nueva conspiración, fomentada por algunos magnates leoneses y gallegos y que contó con el apoyo del conde Fernán González, que veía con preocupación las buenas relaciones con Sancho y su abuela Toda, derrocó fácilmente al rey, que se vio obligado a refugiarse, nuevamente, en la corte navarra, mientras la nobleza leonesa y castellana elegía como nuevo rey a su primo Ordoño Adefonsiz, hijo de Alfonso IV el Monje que reinaría como Ordoño IV el Malo (958-960).

No obstante, la reina abuela Toda no se resignó a ver a su nieto exiliado y olvidado, así que decidió, entonces, buscar la ayuda del califa Abderramán III, a la sazón pariente suyo, al que pidió apoyo militar para recuperar el trono, así como la resolución de los problemas de obesidad extrema que padecía su nieto.

Una embajada de la que formaban parte la reina Toda, su hijo García II Sánchez de Navarra y el propio sancho se trasladó a Córdoba (958) para entrevistarse con el califa, quien accedió a sus dos peticiones —mientras el dignatario y médico judío Hasday b. Saprut proporcionaba una acertada dieta alimenticia al rey Craso, Abderramán III organizaba un contundente ejército—, a cambio de que Sancho se comprometiera a la entrega definitiva de aquellas diez fortalezas defensivas de la línea del Duero. La expedición andalusí penetró fácilmente por tierras leonesas, tomando Zamora (959) y León (960), mientras tropas navarras atacaban Castilla.

Después de la toma de Zamora, Sancho I logró la adhesión de la zona del Duero y de gran parte de la nobleza leonesa, encabezada por Fernando Ansúrez, conde de Monzón, con cuya hermana Teresa casó, logrando así usurpar el trono; mientras, los apoyos de Ordoño IV en el interior de su reino se habían debilitado, al parecer a causa del difícil y sanguinario carácter del monarca, y los señores leoneses fueron reconociendo uno tras otro a Sancho, por lo que Ordoño, que había huido precipitadamente a Asturias, se vio obligado a trasladarse a Burgos, donde contaba aún con el apoyo castellano.

No obstante, Fernán González acabó cayendo prisionero del ejército navarro en las proximidades de Nájera (La Rioja), por lo que se vio forzado a retirar su apoyo a Ordoño, y obligó al derrocado monarca a exiliarse a territorio andalusí, donde pidió (961) al nuevo emir al Hakam (961-976) la misma ayuda que Sancho I había recibido de su padre. Ante estas noticias, Sancho I se apresuró hacer ver que cumplía con lo pactado con el califa, por lo que Ordoño IV fue olvidado y murió al poco tiempo (962).

Mientras, Sancho I pactaba una coalición cristiana con Navarra, con Fernán González —ya puesto en libertad después de comprometerse a abandonar a su suerte a Ordoño IV— y con los condes de Barcelona Borrell II (947-992) y Miró (946-966); sin embargo, una incisiva expedición andalusí, que en tierras castellanas supuso la pérdida de San Esteban de Gormaz, obligó a aquéllos a enviar embajadas en solicitud de tregua.

Quedaba de manifiesto con ello, la supremacía diplomática y bélica del califato ante los reinos cristianos de la Península, debilitados por intrigas internas. En política interior, Sancho I no pudo eliminar de raíz la actitud levantisca de Fernán González, ni la rebeldía larvada que existía entre buena parte de la nobleza gallega y portuguesa, antigua aliada de Ordoño IV.

Así, se vio obligado a desplazarse, al frente de una nutrida expedición (966), a tierras gallegas, que consiguió apaciguar hasta la línea del Duero, por entonces frontera con el condado de Portugal. Una vez allí, el conde portugués Gonzalo Muñoz, ante la inferioridad militar de sus tropas, fingió prestar su lealtad y vasallaje a Sancho I y, tras ganar su confianza, según relata Sampiro, envenenó al monarca con una pieza de fruta.

Sintiéndose enfermo, Sancho I decidió volver a León, pero la muerte le sorprendió tres días más tarde, seguramente en las cercanías de Chaves (Portugal), entre mediados de noviembre y diciembre. A su muerte le sucedió su hijo Ramiro III (966-985), que por entonces tenía cinco años de edad, bajo la regencia de su madre, Teresa Ansúrez, y de su tía Elvira.R.B.: PARRA CABEZA, Francesc, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XIX págs. 9462-9463.

Ordoño IV el Malo

Biografía

Rey de León, 958-960. El Malo, el Intruso o el Jorobado. Hijo de Alfonso IV el Monje y de Oneca, hija de Sancho I Garcés de Navarra. Accedió al trono tras el derrocamiento de su primo Sancho I el Craso (956-958 y 960-966) a consecuencia de la conspiración fomentada por algunos magnates leoneses y gallegos y por el conde de Castilla Fernán González (932-970), que veía con preocupación las buenas relaciones entre Sancho I y su abuela, la poderosa reina madre Toda de Navarra.

Una vez derrocado Sancho I, que se vio obligado a refugiarse en la Corte navarra, los magnates y el propio conde castellano eligieron como nuevo rey, siguiendo la antigua fórmula electiva de la monarquía asturiana a Ordoño IV; además Fernán González le unió en matrimonio a su propia hija Urraca, viuda de su primo Ordoño III de León (951-956). La reina Toda buscó entonces la ayuda del califa Abderramán III, pariente suyo, al que solicitó apoyo militar y la resolución a los problemas de obesidad extrema que sufría Sancho I.

Una embajada de la que formaban parte la reina Toda, su hijo García II Sánchez de Navarra (925-970) y su nieto Sancho I se trasladó a Córdoba (958) y se entrevistó con el califa, quien accedió a sus peticiones —el dignatario judío Hasdai ben Saprut proporcionó una acertada dieta alimenticia para el rey Craso, mientras Abderramán III organizaba un contundente ejército— a cambio de la entrega por Sancho I el Craso de diez fortalezas defensivas en la línea del Duero.

La aceifa de Abderramán III penetró fácilmente por tierras leonesas, tomando Zamora (959) y León (960) y alzando de nuevo en el trono a Sancho I el Craso; mientras los apoyos de Ordoño IV en el interior de su reino se habían debilitado, al parecer a causa del difícil y sanguinario carácter del monarca, y los señores leoneses fueron reconociendo uno tras otro a Sancho I por lo que Ordoño IV, que había huido precipitadamente a Asturias, se vio obligado a trasladarse a Burgos, donde contaba aún con el apoyo de los castellanos.

Al Este, el ejército navarro atacaba a Fernán González, que acabó cayendo prisionero en las proximidades de Nájera; forzado por su cautiverio, retiró su apoyo a Ordoño IV y obligó al derrocado monarca a exiliarse a territorio andalusí. Después de una breve estancia en Medinaceli pasó a Córdoba, donde solicitó una audiencia (961) al nuevo emir al Hakam II (961-976), en la que pidió de este la misma ayuda que Sancho I había recibido de su padre Abderramán III.

Sancho I, que había roto el acuerdo con Abderramán III sobre la entrega de las diez fortalezas, se apresuró a entregarlas, sin duda preocupado por las posibles negociaciones entre ambos, por lo que Ordoño IV fue olvidado y murió al poco tiempo (962), seguramente en al misma Córdoba.R.B.: VARIOS AUTORES, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XV pág. 7353.

Ramiro III

Biografía

Rey de León, 966-985. Ramiro III (¿?, h. 961-962-Astorga , León, 26-V-985). Hijo y sucesor de Sancho I el Craso de León (956-958, 960-966) y de Teresa Ansúrez, hija de Ansur Fernández, conde de Monzón. Al morir su padre, presuntamente envenenado a manos del conde portugués Gonzalo Muñoz, el primogénito Ramiro tenía tan solo unos cinco años de edad.

No obstante, fue proclamado soberano del reino bajo la regencia de su madre y su tía Elvira, hija de Ramiro II el Grande —que fue quien, de hecho, llevó las riendas de la política leonesa en la primera mitad de su reinado—, en una solemne ceremonia pública que tendía a imitar el ancestral principio electivo de la monarquía asturleonesa.

El carácter hereditario de la sucesión al trono leonés no se había impuesto todavía oficialmente —Ramiro III fue, de hecho, el primer rey leonés entronizado siendo impúber—, de manera que su encumbramiento se debió, sobre todo, a los vaivenes propios de la pugna política por el poder entre los diversos partidos y grupos de presión que conformaban el reino leonés en aquel momento.

La debilidad de carácter del nuevo rey —Sampiro afirma de él que era un varón de escasa inteligencia— fue un fiel reflejo de la propia debilidad interna del reino, desgajado por la cada vez más patente independencia y la rebeldía y autonomía de acción de los condes gallegos, e incluso de los propios magnates leoneses (los Ansúrez de Monzón, los Beni-Gómez de Saldaña o los Vermúdez de Cea), a lo que se unió la irresistible emergencia, en la ya de por sí poderosa Córdoba califal, del caudillo y dictador amirí Almanzor, verdadero director de la política andalusí durante el califato de Hisam II (976-1009, 1010-1013).

No obstante, la primera empresa complicada de Ramiro III fue la invasión normanda de 968-969 en tierras gallegas. A pesar de que los obispos Sisnando II (952-968) y san Rosendo (968-977) pudieron evitar el saqueo de Santiago de Compostela, la tropa normanda deambuló por Galicia durante más de un año de saqueos, hasta que el conde Guillermo Sánchez logró finalmente hacerlos reembarcar.

La impotencia, o quizá el desentendimiento, es posible que influyera el recuerdo del asesinato de Sancho I a manos, supuestamente, de uno de los condes galaico-portugueses, de la corte leonesa a la hora de hacer frente a los invasores le granjeó todavía más rencores entre la nobleza de aquellas tierras.

Esa misma debilidad interna forzó a la regente Elvira a concertar diversas treguas (966, 971) con el califa al Hakam II (961-976), que en su corte califal recibía por aquellos años las sucesivas embajadas anuales de todos los reinos cristianos del N., e incluso de los mismos nobles y condes, lo que prueba la fuerza que estos últimos estaban adquiriendo. El periodo de paz con al Andalus se prolongó hasta 974, cuando García I Fernández de Castilla (970-995) inició por cuenta propia una expedición por tierras sorianas que le llevó a la toma de la fortaleza de Deza.

Al año siguiente, una coalición de leoneses, navarros, castellanos y los condes de Monzón y Saldaña, dirigida por Ramiro III y su tía Elvira, puso sitio a la fortaleza de Gormaz (Soria, III-V-975); derrotada la coalición cristiana en Langa de Duero (Soria) y Estercuel (Ribaforada, Navarra) por el general Galib, gobernador de Medinaceli, Elvira perdió su protagonismo en la corte leonesa en favor de Teresa Ansúrez.

A partir de ese momento, la figura de Almanzor emergió plena de fuerza, rompiendo el tradicional y relativo equilibrio entre cristianos y musulmanes. En 977, nombrado ya corregente, junto a su yerno Galib, del nuevo califa Hisam II, devastó la región de Salamanca y Ledesma y tomó Cuéllar (Segovia), mientras una expedición conjunta de castellanos y navarros tomaba (978) por fin Gormaz y Atienza (Guadalajara).

Tras un breve periodo a lo largo del cual emprendió las reformas necesarias que le posibilitaron acaparar todo el poder interno, acabó con la oposición de Galib, al que apoyaron navarros y castellanos, en las llanuras de Atienza (10-VII-981); un mes después, Almanzor se presentaba en la puertas de Zamora, que sitió y arrasó.

En 982 llevó a cabo la llamada por los historiadores andalusíes campaña de las tres naciones, en la que devastó nuevamente la Extremadura castellano-leonesa y finalizó con el asedio a la propia capital del reino, León, que resistió gracias a una imprevista tormenta de granizo.

Al verano siguiente, derrotó al ejército de Ramiro III, García I Fernández de Castilla y Sancho II Garcés de Navarra (970-994) en Rueda (Valladolid), lo que significó la toma de Simancas (cuya fortaleza mandó derruir), Atienza y Sepúlveda (Segovia). Esas sucesivas derrotas fueron decisivas para el devenir de Ramiro III.

En Galicia, el descontento hacia el monarca había tomado cuerpo suficiente como para que sus más influyentes magnates consagraran y entronizaran solemnemente, en la catedral compostelana (15-X-982), a Vermudo Ordóñez, un hijo natural de Ordoño III (951-956) que había crecido en Galicia casi en el anonimato, y que reinaría como Vermudo II el Gotoso de León (982-999). En 983, ejércitos de ambos monarcas se enfrentaron en Portela de Arenas (¿Monterroso?, Lugo) con resultado incierto; de ahí que durante un año cada uno de ellos reinara en sus respectivos territorios de influencia.

En 984, Vermudo II logró, con la probable aquiescencia de los condes castellanos, apoderarse de León, obligando a Ramiro III a refugiarse, con sus últimos fieles, en Astorga, donde murió de enfermedad natural. Fue sepultado en el monasterio de San Miguel de Destriana (León), y sus restos fueron trasladados a la catedral de Astorga en 1185.

De su matrimonio (h. 980) con Sancha Gómez, hija del conde de Saldaña, nació el infante Ordoño Ramírez, del que procede, tras su matrimonio con Cristina, hija de Vermudo II, el linaje asturiano de los Ordóñez.R.B.: PARRA CABEZA, Francesc, Gran Enciclopedia de España, Ed. Enciclopedia de España, 2003, tomo XVIII págs. 8608-8609.

Vermudo II el Gotoso

Biografía

El Gotoso. ?, 952-953 — Villabuena (León), 4-IX-999. Rey de León. Aunque sobre la filiación de este monarca existió cierto debate genealógico, gracias a la documentación hoy se puede afirmar que se trata de un hijo legítimo del rey Ordoño III de León y de su esposa Urraca Fernández de Castilla, hija, a su vez, del conde Fernando González, y que se convirtió en moneda de cambio político de su ambicioso padre.

A partir de las fechas propuestas para el matrimonio de Ordoño III se deduce que el nacimiento de su hijo Vermudo debió de producirse hacia 952 ó 953. La muerte de su progenitor, en el verano de 956, cuando se disponía a emprender una algazúa contra los musulmanes desde la ciudad fronteriza de Zamora, le relegó de la sucesión, pues su escasa edad, apenas si tres o cuatro años, fue motivo más que suficiente para que su tío paterno, el infante Sancho Ramírez el Craso, se alzara con el Trono leonés.

Algunos autores han querido ver en esta circunstancia un nacimiento ilegítimo que desvirtuaría sus derechos al cetro. Sin embargo, como demostró en su momento Sánchez Albornoz y se puede constatar a través de una sencilla revisión de los monarcas asturianos y leoneses de los siglos IX y X, la sucesión regia no se regulaba primando al hijo varón primogénito en detrimento de los restantes príncipes. A menudo, véanse los casos de Fruela II o de Alfonso IV, bastaba con disponer de mayores o mejores apoyos que los restantes pretendientes al solio. Estas circunstancias y no otras se configuraron como las razones del alejamiento del trono de un niño de tan corta edad en un momento especialmente difícil para León.

Por si fuera poco, su madre, la reina viuda Urraca Fernández de Castilla, contraerá nuevas nupcias con otro dinasta: Ordoño Alfonso, que ha pasado a la historia leonesa como Ordoño IV El Malo. De esta unión, favorecida por el conde castellano, nacerán varios hijos, de los que se conoce el nombre de uno de ellos: García Ordóñez.

Durante el reinado de Sancho I, tío del joven Vermudo, y el de su padrastro Ordoño IV, el príncipe niño apenas si aparece en un puñado de documentos, siempre en un discreto lugar y generalmente vinculado a la Corte o a las tierras del Bierzo y Galicia-Portugal, donde debió de transcurrir su infancia y adolescencia.

Los desafortunados años por los que atraviesa León durante el período 956-961, se plasman en una confrontación civil entre Ordoño IV y Sancho I que culmina con el triunfo de este último, que contaba con el apoyo andalusí y navarro.

La oscura desaparición de Ordoño IV en Córdoba, en el año 962, eliminó los obstáculos existentes facilitando una nueva boda de Urraca Fernández de Castilla, madre de Vermudo, en esta ocasión con el futuro rey de Navarra Sancho II Garcés. Establecida en Pamplona, allí transcurrirá el resto de su vida hasta su defunción en 1005.

Desarraigado de su madre a partir de 962, con apenas diez años, y amparado en Galicia, probablemente junto a la estirpe de su abuela paterna, la reina Adosinda, su vida transcurre en un discretísimo alejamiento de los asuntos cortesanos leoneses.

En el año 966 sucederá a Sancho su hijo, Ramiro III, que contaba unos cinco años. Una minoría que, en esta ocasión, lejos de apartarle de la línea real, le permitirá avalar sus derechos a la sucesión, bajo la regencia y tutela de la infanta Elvira Ramírez y la protección de la reina madre, Teresa Ansúrez.

Buena parte de la nobleza galaica se había enfrentado a Sancho I, incluso se acusó de su muerte a uno de sus condes, Gonzalo Muñoz. Esta circunstancia provocará cierta recelo tanto en el nuevo monarca como entre las filas de estos magnates, entre los que se criaba el príncipe Vermudo Ordóñez.

El recelo se tornará pronto en descontento y, sumado a este las exitosas campañas de Almanzor contra León, se transformará en el germen de una abierta rebelión. Fue entonces cuando llegó el momento del infante hijo de Ordoño III.

Coronación y guerra civil

La denominada Campaña de las tres naciones (982), el intento frustrado de asedio de la capital del Reino, la inseguridad de la frontera y, según las crónicas cristianas, el carácter poco inclinado a la negociación y a la tolerancia con la aristocracia de Ramiro III se transformaron en las razones que condujeron a la solemne coronación de Vermudo Ordóñez, el 15-X-982, en Compostela.

Le acompañaron en esta ceremonia, y en sus primeros actos como soberano leonés, los principales magnates de Galicia y Portugal, así como los obispos de la sede del apóstol, de Viseo, Coimbra y otros eclesiásticos representativos.

A partir de ahora, León se encuentra, de nuevo, inmerso en una guerra civil. Una delicada situación que será aprovechada por Ibn Abu Amir, que atacará plazas como Toro, Simancas o la frontera castellana. Este hostigamiento, que continúa en 983, desequilibró la balanza de poder a favor de Vermudo II.

A comienzos de 983, cerca de Monterroso, en Portilla de Arenas, junto al camino que conduce desde Compostela a León, se enfrentaron las huestes de Ramiro y del usurpador. El resultado, indeciso, forzó a replegarse a Ramiro, que regresará a la capital seguido de cerca por Vermudo.

En el año 984, mientras Zamora y su comarca eran atacadas por los andalusíes, ambos príncipes enviaron embajadores a Córdoba, buscando la ayuda militar de Almanzor uno, el hijo de Ordoño III, y una tregua en la frontera que le permitiera concentrar toda su atención en los asuntos civiles, el otro: Ramiro III.

Cuando Vermudo se apoderó de León y Ramiro hubo de refugiarse en Astorga, Almanzor decidió aceptar la oferta del rebelde y se avino, bajo estrictas condiciones, a enviarle tropas, reconociendo su poder sobre las tierras delimitadas por la línea Zamora-León y, desde allí, hasta el mar del oeste, tal y como nos informa Ibn Jaldun.

Pero los meleados asuntos terminarán por resolverse de manera imprevista cuando, el jueves 26-V-985, Ramiro III fallezca después de una enfermedad. Dejaba un hijo, el infante Ordoño Ramírez, a quien apoyarán tanto su abuela, la reina Teresa Ansúrez, como sus parientes Beni Gómez. Pero tales fuerzas no podrán impedir que Vermudo II sea reconocido como el único Monarca legítimo a partir de la muerte de su enemigo.

Rebelión nobiliaria y Almanzor

Poco tiempo después de la desaparición de Ramiro, los condes Gómez Díaz de Saldaña y su hijo García Gómez, apoyados en el poder de su estirpe, que gobernaba sobre las tierras entre el Cea y el Pisuerga y desde la Liébana a la frontera del Duero, además de contar con algunos miembros de la misma asentados en Galicia, como el conde Osorio Díaz, alzaron su voz contra el ahora monarca.

Se apoderaron, como recuerda un diploma de la Catedral de León, de más de treinta villas con sus términos, que pertenecían a la sede legionense y se situaban en torno a la comarca de Sahagún, entre los ríos Cea y Valderaduey, en la región de los Oteros y en otros emplazamientos que nos permiten afirmar que los Beni Gómez aprovecharon el cierto vacío legal de poder para redondear sus propios patrimonios condales, que terminarán, por orden de Vermudo II, en manos de sus legítimos primeros propietarios.

Recuerdan diversas fuentes, como la Crónica Najerense o la Silense, entre otras, que por entonces varios condes partidarios del difunto Ramiro III decidieron ofrecer su alianza a Ibn Abu Amir, cuyas tropas de apoyo a Vermudo acababan de ser expulsadas por el Monarca, provocando el descontento del hayib.

Esta nueva unión de fuerzas creará un peligrosísimo binomio: Beni Gómez-Almanzor, que se plasmará en la relación de rebeliones nobiliarias-ataques al reino de León que marcarán los últimos años de reinado de Vermudo II hasta su muerte en el año 999.

Las razones de los condes de Saldaña y Carrión quedan perfectamente perfiladas a través de su cercano parentesco con el difunto Ramiro y su único heredero, Ordoño Ramírez, hijo de la reina Sancha, una Beni Gómez. Además, la represión de Vermudo II hacia quienes habían sostenido la causa de su antaño enemigo se plasma en los recortes patrimoniales que, justificados sobre excesos anteriores, realiza a los principales magnates vinculados a esta estirpe, tanto en León como en Galicia.

La oportuna desaparición del jefe de esta casa condal, Gómez Díaz, lejos de eliminar el peligro lo estimula. García Gómez, conde de Cea, y ahora de Saldaña, Carrión, Liébana y los restantes territorios vinculados a su difunto padre, se convertirá en el más duro escollo que encontrará en su reinado Vermudo II.

El 19-VI-986, Almanzor parte de Córdoba con destino a León. Es la denominada algazúa de las ciudades en la que, siguiendo un peculiar y clarificador itinerario, ataca Salamanca, Alba de Tormes, y, después de atravesar pacíficamente las tierras Beni Gómez, desde Carrión se encamina a la capital leonesa.

Después de un riguroso asedio, somete la plaza, cuyo gobierno deja encomendado al conde García Gómez quien, no mucho tiempo después, comenzará a aparecer en ciertos diplomas con los títulos de procónsul y dux eminentior.

Vermudo II se había refugiado en Zamora, pero cuando tuvo conocimiento de la proximidad del ejército amirí, abandonó la plaza de frontera y se recogió en Galicia. Su inestable posición, o el temor a Ibn Abu Amir y sus aliados, le mantuvieron allí hasta comienzos de la primavera de 987, cuando, de nuevo, los documentos leoneses recogen su vuelta.

A lo largo de 987 nuevas incursiones amiríes, con la ayuda de sus aliados, se registran en Portillo, Coimbra y otros territorios. Durante este año, se registra otro episodio de rebelión nobiliaria, en esta oportunidad protagonizado por el conde lucense Suero Gundemáriz, y que se localiza en las tierras del Miño, concretamente en la mandación de Búbal, y en el asedio y conquista de varias fortalezas y torres, como la de Aguilar.

El año 988 comienza con similares acontecimientos adversos. Las huestes de Almanzor apuntan ahora hacia un nuevo objetivo: Astorga, y, en León, aprovechando la ausencia de Vermudo II, que se encontraba en Galicia, un oscuro caballero, Conancio Ibn Zaleme, extiende el rumor de la muerte del Monarca y la cercanía de las tropas amiríes.

Con ello consiguió que los leoneses solicitaran la presencia y protección del conde García Gómez. A comienzos de 990 este magnate aparece en los escatocolos documentales bajo la formula de imperante in Legione o se data los mismos bajo el "anno imperii domino nostro domno Garseani".

A esta usurpación del poder real no era ajena la mano de Ibn Abu Amir. Según un pleito, resuelto en Villalpando, y en el que se encontraban implicados el monasterio de Sahagún y el noble Vela Vélaz, correspondía el juicio último de esta causa al conde García Gómez y el Sabih al-surta Ibn Abu-l-Hawz, cuya guarnición principal se encontraba en Toro (Zamora).

Quizás lo más relevante de este diploma no sea tanto demostrar la complicidad entre el jefe de los Beni Gómez y el hayib de Córdoba sino la misma datación: facta sub era MXXX, VI anno imperii domni nostri Garseani Gomiz comite et Zahbascorta ven Abolhauz sedente in Toro, que ha de situarse, por tanto, en el año 992 (era 1030), sexto año del imperio del conde García Gómez, lo que induce a considerar que, desde 986, este magnate y sus partidarios entendían como legítimo su gobierno y no el de Vermudo II, un elemento esencial para colocar convenientemente los sucesos que marcan el reinado de este Monarca.

A estos episodios pronto habrá de sumarse otro que forzó una nueva huida del soberano a Galicia. La razón de este se encuentra en el repudio de la reina Velasquita y la unión de Vermudo II con Elvira García de Castilla. Un enlace que disgustó a muchos y motivó una sublevación en el año 992, de la que fueron responsables Gonzalo Vermúdez, tenente del castillo de Luna, donde se custodiaba el tesoro real, el conde Munio Fernández, de la estirpe condal de Saldaña y conde él mismo de Astorga, y el conde Pelayo Rodríguez, un notable gallego pariente de García Gómez fidelísimo de Ramiro III.

Narra un documento ligeramente posterior que estos caballeros expulsaron al Monarca y se apoderaron de las riquezas y poder que correspondían al Soberano, y se las repartieron contando con la ayuda de los musulmanes y quien con ellos estaba. Este último no es otro sino el propio conde de Saldaña.

Mientras estos sucesos ocurrían al sur de la Cordillera Cantábrica, al norte de la misma, en las tierras de Asturias, un magnate de nombre Analso Garvisio, vinculado familiarmente a la minandación de Bonar (León), igualmente se suma a la causa de los revoltosos. Y otro tanto hará otro caballero asentado en Asturias pero originario de Hispania, esto es: el sur de la Península, cuyo nombre es Abravel Godestéiz. Por su parte, algunos notables gallegos también participaron de estos acontecimientos, como el conde Osorio Díaz, un Beni Gómez.

Un afortunado golpe de mano culminó con la captura de Gonzalo Vermúdez por los partidarios del Rey. Los graves crímenes cometidos por este personaje motivaron la confiscación de su patrimonio y su castigo, como nos relatan ciertos diplomas. Otros rebeldes fueron igualmente represaliados, como Analso Garvisio o Abravel Godestéiz. No así dos de los tres principales sediciosos: García Gómez y Munio Fernández.

Durante estos complicados años para el Reino de León, se había fraguado una conspiración en Córdoba para alejar del poder a Almanzor. De ella formaban parte significada el propio hijo del amirí, Abd Allah, y varios notables de la frontera como el príncipe omeya Abd Allah Abd al-Aziz, apodado Piedra Seca.

Ibn Abu Amir fue eliminando uno por uno a sus adversarios hasta restarle Abd Allah Abd al-Aziz. Este huyó, buscando amparo entre los Beni Gómez primero y después, junto al propio Vermudo II, que no dudó en entregarle cuando Almanzor asedió Astorga, donde se encontraba el Monarca.

A lo largo de los años, 994-995, en los que se puede situar cronológicamente los coletazos finales de la rebelión andalusí, San Esteban de Gormaz y Clunia en las tierras de Castilla, Luna, Alba, Gordón, los Argüellos, Saldaña, Carrión y otros territorios leoneses vinculados a los Beni Gómez, además de la ciudad de Astorga, sede temporal de Vermudo II, sufren las acometidas del hayib de Córdoba.

Aliados de circunstancias García Gómez y Vermudo II, ambos unen sus fuerzas y se asistirá a un cierto retorno a la normalidad en el reino. El Monarca, ante los peligros que se avecinan, envía como embajador plenipotenciario suyo al conde de Saldaña, tal y como recuerda el poeta Ibn Darray, Ambos, el jefe de los Beni Gómez y Almanzor, firman un tratado de paz. En él, además de un tributo anual, establece el andalusí que el monarca de León le entregue también a una de sus hijas, una práctica ciertamente común en la época.

Así, mientras Vermudo podía recomponer su maltrecha autoridad sobre el espacio leonés, Almanzor consiguió por su parte implicarse con mayor intensidad en los asuntos norteafricanos.

Campañas de Almanzor

Aprovechando esta ausencia de la frontera cristiana, el Monarca leonés cometió un nuevo error y se negó a pagar el oneroso impuesto. Ese motivo fue uno de los que impulsaron la campaña del año 997, la más dura, humillante у terrible de todas: la de Compostela.

Acompañado por algunos aliados cristianos, como Osorio Díaz y otros magnates gallegos, cruzó desde Coria a Viseo, atravesó Oporto, cruzó el Miño у arrasó Iria Flavia y Santiago, ciudad que ocupa el 10-VIII-997, saqueando la comarca a su placer y regresando a Córdoba por Ciudad Rodrigo no sin antes despedir con lujosos presentes a los condes leoneses.

Cuentan Ibn Jaldun y Al-Makkari que de esta campaña retornó a Al-Andalus con las puertas de la basílica donde se custodiaban los restos del apóstol, que ordenó colocar en el techo de la mezquita aljama de Córdoba, al igual que las campanas, que sirvieron como lámparas en su nuevo destino.

Sampiro, la Crónica Silense, la Najerense y Rodrigo Jiménez de Rada están de acuerdo en recordar que Vermudo II pasó sus dos últimos años de vida preocupado en sanar las heridas abiertas en Compostela, reconstruyendo la sede de Santiago, restaurando León y otras plazas.

En Galicia, el Rey tendrá noticia de otra Campaña de Almanzor en la frontera. En esta oportunidad el objetivo fue Zamora y el momento el verano de 999. Volvía a la capital cuando se agravó su dolencia de gota, falleciendo en Villabuena (El Bierzo, León), el 4-IX-999. Contaba unos cuarenta y ocho años de edad. Su cuerpo fue sepultado en la iglesia de aquel lugar y pronto trasladado al cercano monasterio de Carracedo, fundado por Vermudo en 990. Allí permaneció hasta su paso a San Juan Bautista de León, antes de ser recogidos sus restos por Fernando I y Sancha у depositados definitivamente en San Isidoro de León.

De sus dos matrimonios dejaba descendencia. Del primero, celebrado con Velasquita Ramírez, dama vinculada patrimonialmente a Galicia y Asturias, al menos una niña: Cristina Ramírez, que desposará con el infante Ordoño Ramírez, hijo del difunto Ramiro III, dejando numerosa prole de la que procederá buena parte de la nobleza asturiana y leonesa.

De la segunda unión, con Elvira García de Castilla, hija del conde García Fernández, nacerán, al menos, Alfonso V y Teresa. De diversas damas, algunas de ellas de nombre conocido, tuvo el Monarca gotoso a Ordoño Vermúdez, que llegará a ser mayordomo real con Alfonso V y Vermudo III, Elvira, Vermudo y Piniolo. Sus hijos y descendientes quedaron vinculados a Galicia formando parte de la primera nobleza de aquellas tierras.

R.B.: TORRES SEVILLA, Margarita, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XLIX, págs. 767-771.

Alfonso V el Noble

Biografía

Rey de León, 999-1028. (?-1028). Como hijo y heredero de Vermudo II, es coronado Alfonso V de León, en el mes de octubre de 999, comenzando su reinado bajo la tutela de su madre la reina Elvira García y del conde gallego Menendo González.

A principios de 1003, juntamente con el conde castellano Sancho García se alía con Abd al Malik, quizá a consecuencia de una devastadora correría de los ejércitos califales por la España cristiana; este tratado les obligó a ambos a intervenir como aliados en la campaña que en el año 1003 dirige contra Cataluña el hijo de Almanzor, quien hacia esta misma época es aceptado como árbitro en la disputa surgida entre Menendo González y el conde de Castilla por la tutoría del joven rey de León (1003-1004).

Muy breve debió ser, sin embargo, el periodo de armonía con el Islam, ya que en 1005 tendrá que hacer frente a una nueva incursión de Abd al Malik, que, apoyado por Sancho García, devasta Zamora y penetra hacia el N. hasta el castillo de Luna.R.B.: (Levi Provençal, España musulmana hasta la caída del Califato de Córdoba, en Historia de España, dirigida por R. Menéndez Pidal, IV, pág. 446).

En 1007, después de reprimir la sublevación del conde de Carrión y Saldaña, presta ayuda a Sancho García contra una nueva incursión de Abd al Malik, pero no logra evitar la pérdida de la plaza de Clunia.

A la muerte de Menendo González, la reina Elvira, para evitar nuevas complicaciones respecto a su tutoría, decide que Alfonso sea proclamado mayor de edad (1007-1008), y con su gobierno personal se inician nuevas trayectorias políticas. Muerto Abd al Malik en octubre de 1008, y libres ya los estados cristianos del peligro que suponían las constantes incursiones de los ejércitos musulmanes, vuelve a manifestase el tradicional antagonismo castellano-leonés.

El conde Sancho García apoya la rebelión de Munio Fernández de Saldaña, ocurrida poco antes de 1013, y las relaciones, ya nada cordiales, entre el reino y el condado, se hacen todavía más tirantes cuando, hacia 1014 ó 1015 se retira de la corte leonesa la reina Elvira García, hermana del conde castellano (F.J. de Urbel, Historia del Condado de Castilla, II, pág. 850).

Así continúa la situación, sin llegar a una ruptura definitiva, hasta el año 1017, fecha de la muerte de Sancho García; pero en este mismo año, aprovechando la minoría del infante García, reconquista Alfonso el castillo de Castrogonzalo y otras plazas sobre el Cea, que había ocupado el conde castellano en los primeros años de su reinado, a la vez que logra someter a los Ansúrez, de Monzón, que venían obrando por cuenta propia dentro de la órbita de los condes castellanos.

A partir de este momento, Castilla, que atraviesa un periodo de debilidad a causa de la minoría del infante García, deja de ser un enemigo inquietante para el soberano leonés; pero al mismo tiempo que declina como fuerza política el condado castellano, asciende al rango de primera potencia en el juego de fuerzas peninsular el reino de Navarra, y a partir de entonces su rey Sancho III el Mayor, se convertirá en el nuevo rival de Alfonso V.

Con su apoyo se levantan en armas contra el rey de León el conde Sancho Gómez de Saldaña y el magnate leonés Fernando Peláez, que, vencido por Alfonso, encuentra refugio en la corte navarra.

Sin embargo, un suceso inesperado vino a poner fin a esta situación, que de haber continuado hubiera desembocado en una guerra: el 2-XII-1022 enviudaba Alfonso V de su primera mujer, la portuguesa Elvira Menéndez, y comprendiendo el peligro que supondría para su reino una nueva guerra, cuando aún no se había repuesto de los trastornos ocasionados por las continuas incursiones de Almanzor y Almunadaffar, decide, para llegar a un acuerdo con Sancho el Mayor, contraer matrimonio con Urraca, hermana del rey navarro, que se celebra en 1023 ó 1024.

A partir de este momento se mantendrán las más cordiales relaciones entre ambos reinos, y Alfonso, libre ya de preocupaciones por parte de los estados vecinos, se dedicará a reanudar la obra de La Reconquista. Dirige sus esfuerzos a recuperar los territorios recientemente perdidos por la región portuguesa, donde había sido más profundo el avance musulmán durante el gobierno de Almanzor.

La fortaleza de Viseo fue su primer objetivo, pero la ciudad había de seguir todavía durante treinta años en poder del Islam, ya que. ante sus muros, fue herido de muerte por una saeta el soberano leonés, el día 7-VIII-1028 (A. Sánchez Candeira: Sobre la fecha de la muerte de Alfonso V de León, en Hispania, VIII, 1948, pág. 132).R.B.: SÁNCHEZ CANDEIRA, Alfonso, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo A-E, págs. 120-120.

Vermudo III el Joven

Biografía

Rey de León, 1028-1037. Vermudo III (¿?, 1016-valle de Tamarón, Burgos, 7-XI-1037). Hijo primogénito de Alfonso V el Noble de León y de Elvira, hija del magnate gallego Menendo González.

Sucedió en el trono leonés a su padre cuando apenas contaba con nueve años de edad, por lo que la tutoría y regencia del reino recayó en su madrastra, Urraca de Navarra —que había casado h. 1024 en segundas nupcias con Alfonso V—, hermana a la sazón de Sancho III el Mayor de Pamplona (1000-1035). Fue precisamente la relación con el monarca hispano más poderoso de la época, Sancho III Garcés, la que marcó profundamente su reinado.

En 1029 se negoció el futuro enlace matrimonial de la hermana de Vermudo, Sancha, con el conde García II Sánchez de Castilla (1017-1029), cuñado del monarca pamplonés por el matrimonio de este con su hermana, Mayor o Munia. No obstante, este matrimonio no llegó a realizarse, ya que el futuro esposo fue asesinado en León (1029), adonde había acudido para la ceremonia nupcial, por la familia de los Vela, condes alaveses expatriados en León, que Sancho III el Mayor se encargó de ajusticiar.

Tras ello el condado castellano pasó a Mayor (1029-1035), bajo el patrocinio de Sancho III, todavía con el problema presente de la dote que iba a aportar Sancha, los territorios situados entre el Cea y el Pisuerga que Alfonso V había ocupado durante la minoría de García II Sánchez, en atávica disputa entre ambos estados (la condesa reclamó sus derechos como heredera de García II Sánchez).

Sancho III Garcés aceleró desde entonces su influencia sobre el nuevo rey leonés, pero en base a relaciones de amistad, y no de enfrentamiento abierto, como la historiografía clásica ha querido ver.

Así, si bien es cierto que Sancho III el Mayor ocupó las tierras entre el Cea y el Pisuerga, cuya jurisdicción dejó al recién fundado obispado de Palencia, y también que se presentó en León, sin embargo, esa estancia en la capital imperial se debía a la debilidad de Vermudo III frente a los magnates leoneses —llegó incluso a verse forzado (1029-1030; 1032) a refugiarse por algún tiempo en Galicia—, que Sancho III el Mayor contribuyó a amainar, y a la negociación del enlace matrimonial entre la infanta Sancha y el hijo segundogénito de Sancho III, Fernando I, a quien por testamento paterno iba a corresponder el gobierno de Castilla.

Lo más probable es que Vermudo III prometiera du fidelidad al rey navarro, ya que ambos monarcas aparecen citados, en la documentación coetánea, como reyes de León (Vermudo III adquirió la mayoría de edad en 1032); y prueba de esas buenas relaciones fue el matrimonio entre la infanta Sancha y el segundogénito del rey navarro, Fernando (1032), a quien por testamento paterno iba a corresponder el gobierno de Castilla. Así, a la muerte de Sancho III Garcés (1035), Fernando I accedió al trono de Castilla, aunque no se intitularía como rey hasta dos años después, precisamente como consecuencia de la muerte de Vermudo III.

En efecto, la subida al trono de Fernando (1035-1065) avivó de nuevo la cuestión fronteriza entre ambos territorios —que incluían también la soberanía sobre el condado de Saldaña—, que se resolvió definitivamente en 1037, cuando los ejércitos de ambos monarcas se enfrentaron en el valle burgalés de Tamarón, el del castellano con el refuerzo de las tropas ofrecidas por su hermano mayor, Garcia IV Sánchez de Navarra (1035-1054).

La derrota del ejército leonés y la muerte en la batalla de Vermudo III permitieron a Fernando I consolidar el reino castellano y apropiarse del trono leonés en nombre de su esposa Sancha, en la que recaían los derechos sucesorios (Vermudo III no tenía descendencia). Ambos fueron coronados reyes de León en 1037, en lo que supuso la primera unión dinástica de ambos reinos.R.B.: FERNÁNDEZ DEL POZO, José María, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XLIX.

Fernando II de León

Biografía

Rey de León, 1157-1188. Dinastía Borgoña . Benavente (Zamora), 22-I-1188. Se trata de uno de los hijos y herederos del emperador Alfonso VII de Castilla (1126-1157) y de su primera esposa la emperatriz doña Berenguela, que a su vez era hija del conde Ramón Berenguer III, de Barcelona y doña Dulce de Provenza. Al contrario que su hermano y primogénito Sancho, futuro heredero de Castilla, desde el principio estuvo vinculado al viejo reino de León.

Su infancia y primera juventud transcurrieron entre este último reino, bajo la custodia de sus ayos Suero Alfonso y Juliana Martínez, y el de Galicia; pues su educación acabó siendo encomendada a Fernando Pérez de Traba, noble de estirpe gallega y uno de los personajes más influyentes de la Corte de su padre: el Poema de Almería, escrito en 1147, destacaba la valentía de este personaje, su primacía en el ejército real y su condición de tutor del hijo del Emperador.

Gallegos fueron también el primer capellán del futuro Fernando II, Rodrigo Menéndez, su maestro Pedro Gudesteis, que más tarde se convirtió en arzobispo de Compostela, y otros muchos colaboradores.

Parece, por tanto, que, desde el principio, su destino estuvo claro, aunque la herencia de Alfonso VII y la división de la Monarquía castellano-leonesa que le llevó al trono de León fue bastante posterior a la fecha de su nacimiento. Como hijo del Emperador y con título real, Fernando comenzó a aparecer en los documentos de sus padres hacia 1148, precisamente cuando los Reyes se dedicaban a favorecer a la sede de León.

La muerte de su madre la Reina en 1149 no hizo sino reforzar este papel; pues el propio Alfonso VII, que aún contrajo segundas nupcias con la polaca doña Rica, hubo de plantearse de forma más concreta el reparto de los reinos entre los hijos de doña Berenguela. Se puede decir que fue entonces cuando se produjo la incorporación de Fernando al gobierno de León.

Nueva separación Castilla-León

Desde 1151 hasta la muerte de Alfonso VII, continuó siendo habitual su confirmación en los documentos de su padre con el título de rex. Además, Fernando, como su hermano Sancho, el heredero de Castilla, se vio rodeado pronto por quienes habían de ser sus principales milites.

En su caso, no eran otros que los magnates más importantes de León, Asturias o Galicia, como el entonces tenente de las torres de León, Poncio de Minerva, o los condes Ramiro Froílaz, Pedro Alfonso o el ya citado Fernando Pérez de Traba. Su temprana participación en tareas de gobierno, se pone de manifiesto también en la asignación de un mayordomo y un alférez, que confirman junto a él en los documentos reales.

En última instancia, la designación de Fernando como heredero de León se produjo en el concilio celebrado en Valladolid el año 1155, donde triunfaron definitivamente los criterios de división de la herencia de Alfonso VII.

El triunfo de estos criterios supuso, a su vez, el fin casi definitivo de la llamada idea imperial leonesa, que venía preconizando la existencia de un imperium a nivel peninsular, y la consolidación de la diversidad política, en la que habrían de participar también Portugal, recién constituido reino, Navarra y Aragón. El caso es que, en aquel concilio de Valladolid de 1155, se acordaron los términos precisos de la división, que suponía una nueva separación de Castilla y León.

Según lo pactado, Fernando II recibiría Asturias, Galicia y León con las tierras al oeste de la ruta de la plata, o sea, Toro, Zamora y Salamanca y todas las villas que les eran adyacentes; no se incluía, por tanto, la Tierra de Campos, como tampoco Sahagún o Asturias de Santillana, que formaban parte de la herencia castellana de su hermano Sancho.

La línea fronteriza que separaba los reinos seguía el curso del río Deva, desde la costa cantábrica hacia el interior, dejando Sahagún como posición avanzada de Castilla, en detrimento de León, después venían Moral de la Reina, Tordehumos, Urueña, Cubillas, Medina del Campo, Arévalo, Ávila y desde la Sierra hasta la frontera musulmana por la antigua calzada de la Guinea.

Semejante división no dejó de traer problemas posteriores, y muy graves, entre sus beneficiarios, como todo lo relacionado con la herencia del Infantado de doña Sancha, una tía de Fernando II, que incluía importantes posesiones a caballo entre los dos reinos.

Sin embargo, cuando este último se hizo cargo de su herencia tras la muerte de su padre, acaecida el 21-VIII-1157, no parece que tuviera contradicción alguna; como tampoco hay constancia de que por su parte se planteara abiertamente ninguna reivindicación con respecto a la herencia de su hermano en Castilla. En realidad, fueron los acontecimientos, cuando no la propia situación de la Monarquía, los que determinaron la actuación de Fernando II una vez coronado rey de León.

No se sabe demasiado de su carácter, salvo las descripciones estereotipadas de los cronistas oficiales; pero es indudable su capacidad de gobierno y su celo por mantener y acrecentar las fronteras de su monarquía. Todo esto hubo de hacerlo, además, teniendo a veces enfrente a una nobleza poderosa, unos vecinos peligrosos y, sobre todo, un enemigo difícil en los almohades norteafricanos, ocupantes entonces de buena parte del sur de la Península.

El poder de la nobleza

La nobleza leonesa como la castellana, había alcanzado cuotas de poder importantes durante la primera mitad del s. XII. Sus principales representantes influían de forma decisiva en las decisiones reales, como ocurrió con ocasión de la propia sucesión de Alfonso VII. Ya se ha visto como fueron, en definitiva, los criterios definidos por personajes como Fernández Pérez de Traba o Manrique de Lara, los que llevaron a Fernando II al trono de León.

De esta aristocracia nobiliaria eran los cargos y la tenencias, mientras que su poder se apoyaba en importantes señoríos y donaciones reales. En cambio, su falta de acuerdo con las decisiones del Monarca podía llegar hasta la rebelión abierta o al enfrentamiento con otros estamentos de la población.

Fernando II sufrió muy pronto esta situación, como cuando al año siguiente de su coronación su propio mayordomo, Poncio de Cabrera, se vio privado de sus tenencias. Este poderoso magnate venía ostentando, entre otras, la del concejo de Zamora, donde a la sazón se acababa de producir una grave rebelión por parte de algunos de sus habitantes.

Estas rebeliones burguesas fueron habituales a lo largo de todo el s. XII, sobre todo en aquellos concejos en que las corporaciones de oficios intentaban adquirir poder sobre su propio gobierno. El Monarca quiso atajar las revueltas destituyendo a su tenente; pero este no dudó en rebelarse.

Además, no deja de ser significativo que el rebelde se exiliara a Castilla, dispuesto a ponerse al servicio de Sancho III y hacer la guerra a su antiguo señor. Es indudable que las relaciones con Castilla, su nuevo vecino, representaron otro de los problemas más importantes durante el reinado de Fernando II; a la posible falta de entendimiento entre los representantes reales de una y otra Monarquía, se unían los mismos intereses nobiliarios, que a la hora de contrarrestar el poder de la nobleza no entendía excesivamente de fronteras.

De hecho, los ataques que el rey de Castilla dirigió contra León o las intervenciones de Fernando II en el reino castellano estuvieron casi siempre relacionadas con actuaciones nobiliarias que, en parte, las provocaron.

Después de que Poncio de Cabrera se exiliara a Castilla, Sancho III atacó con su ayuda los territorios de Fernando II, lo cual podría haber llagado a tener graves consecuencias si, en mayo de 1158, ambos monarcas no se hubiesen puesto de acuerdo en Sahagún para firmar una paces que incluyeron previsiones de mutua ayuda e, incluso, sucesión. Los acuerdos adoptados entonces preveían, en efecto, mecanismos de mutua sustitución en caso de ausencia de herederos.

Incluso llegaron a preveer un reparto de Portugal, entre Castilla y León, como entidad nacida ilegítimamente dentro de la herencia de Alfonso VII. Como Castilla, Portugal fue otro gran vecino problemático de Fernando II, y aunque al comienzo del reinado las relaciones con Alfonso I Enríquez, el fundador del reino portugués, parece que fueron pacíficas —incluso se había celebrado ya alguna entrevista—, es posible que el monarca leonés quisiera mantener desde el principio una posición de fuerza.

Sin embargo, y a pesar de lo acordado en Sahagún con su hermano, como se pudo comprobar más tarde, no parece que estuviera nunca en sus planes inmediatos llevar a cabo ningún reparto.

Alfonso I Enríquez de Portugal, por si acaso, hizo alguna demostración de fuerza en la frontera de Toroño, pero Fernando II se entrevistó con él en Cabrera y en Santa María de Palo entre 1158 y 1159, manteniendo buena disposición para llegar a acuerdos fronterizos sin romper el equilibrio.

Además, cuando murió inesperada y prematuramente Sancho III en 1158, pocos meses después de la firma de las paces, lejos de preocuparse de los asuntos de Portugal, Fernando II se vio arrastrado a intervenir en Castilla y en las luchas que mantuvieron Castros y Laras, las principales familias nobiliarias, por la tutoría del heredero, Alfonso VIII.

Los Castros y los Laras

Es posible que Fernando II, al intervenir en Castilla durante la minoridad de su sobrino, tuviera ciertas pretensiones hegemónicas como hispaniarum rex. título que empezó a usarlo a mediados del año 1160. Por entonces, además, se había entrevistado con su tío el rey de Aragón, Ramón Berenguer IV, otra de las piezas clave para mantener el equilibrio y las buenas relaciones entre los distintos reinos peninsulares. Sin embargo, volviendo a Castilla, la compleja situación de esta Monarquía limitó mucho los intereses de Fernando II con respecto a ella.

Así, entre 1161 y 1162 tomó partido por los Castro y pasó con un importante ejército a tierras castellanas, logrando apoderarse de amplias regiones del sur del Duero y del Sistema Central, incluida la ciudad de Toledo; pero al año siguiente fracasó en su intento de hacerse cargo de la persona de su sobrino y heredero de Castilla, que quedó en poder de los Lara, con los que no tuvo más remedio que llegar a un acuerdo. Los nobles castellanos, Castros y Laras incluidos, le reconocieron entonces como regente, pero sin admitir que esto supusiera el fin de la independencia de Castilla frente a León.

Actividad política interna

Por otra parte, la atención que Fernando II le pudo dedicar a Castilla, durante esos mismos años y los posteriores, hubo de ser compatible con la que le demandaban otros asuntos internos y externos de su propio reino.

Así ocurrió, por ejemplo, en algunos procesos repobladores y reorganizadores que se iniciaron, bajo dirección real, en aquellas mismas fechas; en concreto la repoblación en lugares tan importantes como Ciudad Rodrigo o Ledesma que, además de garantizar el horizonte expansivo meridional del reino, pasaron a desempeñar la sede episcopal, en el primer caso, o de nuevos centro locales promotores, a su vez, de la colonización, cuando no defensores de la frontera leonesa frente a portugueses y musulmanes. Se convirtieron en definitiva, en aglutinantes de las aldeas de su entorno, aunque esto disgustara profundamente a los habitantes de otras grandes ciudades de la Extremadura, como Salamanca.

Se da la circunstancia que eran los de Salamanca los que se habían apoderado veinticinco años antes de Ciudad Rodrigo, consiguiendo para ella importantes privilegios reales, pero ahora, cuando el Monarca la convirtió en obispado y le dio una proyección propia, los salmantinos se sublevaron, y Fernando II hubo de llevar a cabo una represión armada y los derrotó en un lugar llamado Valmuza, en junio de 1162.

Ya se sabe que estas rebeliones, de las que hubo ejemplo en Zamora durante el primer año de reinado de Fernando II, fueron relativamente frecuentes, aunque las motivasen distintas causas. En 1161, los sublevados fueron los habitantes de Lugo, que al parecer tenían graves desavenencias con el obispo de la ciudad, y el Rey intervino con igual o mayor dureza que posteriormente en Salamanca.

Quizá el haber sido demasiado benevolente en Zamora le acarreara estas nuevas rebeliones, cuyo fin también parece que contribuyó a mantener a raya a los burgueses, con los que la Monarquía, tarde o temprano, habría de entenderse, pues en ellos radicaba buena parte de su poder y su riqueza.

Ser fuerte dentro y fuera de su propio reino se convirtió en una de las preocupaciones constantes de Fernando II, que no en vano tuvo que relacionarse con los representantes de las demás monarquías peninsulares, cuando no competir con sus ambiciones políticas. En 1162 se entrevistó con Alfonso II de Aragón, el heredero de Ramón Berenguer IV, que acababa de fallecer, concertándose entonces el matrimonio de la infanta Sancha, hermanastra de Fernando, con el soberano aragonés, quien, a su vez, prestó homenaje al rey de León por la tenencia de Zaragoza, como habían hecho sus antecesores.

A partir de 1165 también se intensificaron los acuerdos con Navarra y Portugal, encaminados siempre a mantener un cierto equilibrio entre los reinos. Al navarro Sancho IV de Navarra se le dieron importantes posesiones e intereses en León a través de su mujer, doña Sancha, hermana de Fernando II; es indudable que al rey de Navarra le interesaba la alianza leonesa frente a Castilla.

Algo más complejas resultaron las relaciones con Alfonso I Enríquez de Portugal, quien no había dejado de mostrarse agresivo, con ataques ocasionales a territorio leonés entre 1160 y 1165; en este último año, sin embargo, Fernando II pudo entrevistarse con el rey lusitano, que accedió a concertar nuevas paces, en las que se incluyó el matrimonio del propio rey de León con una hija del portugués, llamada Urraca de Portugal. El matrimonio se consumó y dio a Fernando un heredero; pero fracasó cuando una sentencia canónica obligó a los esposos a separarse.

Con respecto a Castilla, a la que Fernando II siempre tuvo que dedicar particular atención, aunque no con demasiado provecho, la minoría de Alfonso VIII continuó sin reportarle demasiadas ventajas para sus intereses. El dominio estratégico y político que intentó tener sobre Toledo, que había ocupado en sus intervenciones anteriores, se perdió cuando sus aliados, los Castro, tuvieron que ceder la ciudad al dominio de los Lara en 1166.

Así se puede considerar que la supuesta regencia de Fernando II sobre su sobrino castellano terminó también entonces. Quizá por eso, y después de haber comprobado las debilidades y fortalezas de sus vecinos a nivel peninsular, el monarca leonés decidió centrar su atención en aquello que podía resultar más decisivo para su propio reino: la expansión hacia el sur, a costa del Islam. En esta carrera, tan importantes eran los propios avances como los que venían logrando o pudiesen lograr sus competidores, sobre todo Castilla y Portugal.

Las tropas leonesas se apoderaron de Alcántara en 1166, pero esta conquista no hacía sino emular los avances mucho más decisivos de los portugueses, hasta el punto de que estos amenazaban gravemente el futuro de León. Para evitarlo, en 1168 Fernando II llegó a aliarse con las autoridades almohades, dominadoras por entonces del sur de la Península, y con su ayuda pudo desalojar a Alfonso Enríquez de algunos lugares que había ocupado o pretendía ocupar, entre ellos Cáceres, e incluso evitar que Gerardo Sempavor, servidor y aliado del monarca lusitano, conquistara Badajoz.

En definitiva, el rey de León no estaba dispuesto a ver limitado de manera irreversible su horizonte de expansión y se enfrentó a los portugueses con éxito, ayudando a los propios musulmanes a recuperar las posesiones perdidas y obligando a su suegro, prisionero, a devolverle los territorios ocupados en Galicia. En realidad, la alianza de Fernando II con los almohades, además de ser contra natura, tuvo bastante de coyuntural; pues aunque la multiplicación y división de los reinos cristianos obligara a delimitar líneas de expansión, esta siempre habría de hacerse a costa de los africanos.

El hecho de que el monarca leonés quisiera evitar por cualquier medio que los portugueses se apoderaran prematuramente de Badajoz, no rompió la dinámica de la Reconquista, que en muchas otras ocasiones habría de llamar a la colaboración de las autoridades cristianas frente a las musulmanas. De hecho, el propio Fernando II acudió en auxilio del rey de Portugal cuando los almohades atacaron Santarém en 1171. Además, el espíritu reconquistador se estaba renovando en aquellos últimos años con la aparición de las órdenes militares españolas.

Las órdenes militares

En 1164 algunos caballeros salmantinos, a imitación de los hospitalarios presentes en la Península, constituyeron la Orden de San Julián de Pereiro, que durante la época del sucesor de Fernando II, Alfonso IX, cambió su nombre por el de Alcántara, su principal plaza fuerte. También estimulados por el obispo de Salamanca, otros caballeros formaron, hacia 1170, una Congregación de los Fratres de Cáceres, que llegó a constituirse como orden militar bajo la advocación y nombre de Santiago. La misión de estas órdenes era la de contribuir a nuevos avances, pero también la de consolidar las posiciones ya alcanzadas frente a los siempre peligrosos invasores africanos.

De la persistencia de este peligro, y a pesar de sus momentos de alianza con los almohades, tuvo constancia Fernando II durante los años posteriores: el reino de León tenía Alcántara y Cáceres como puntas de lanza para su dominio en la Extremadura. Posiblemente fue esto lo que provocó los ataques de los musulmanes, que recuperaron ambas ciudades y llegaron a sitiar Ciudad Rodrigo en 1174.

Lo curioso del caso es que, mientras los almohades atacaban las defensas leonesas al sur del Tajo, el resto de los reinos habían logrado treguas con los africanos, así que Fernando II tenía que sufrir solo las iras de sus antiguos aliados, dándose además la circunstancia que las relaciones con sus vecinos, sobre todo con Portugal, tampoco evolucionaban favorablemente.

Los últimos años del monarca

En 1175 se produjo la separación entre la reina doña Urraca y Fernando II, forzada por la nulidad canónica del matrimonio, ya que no se consiguieron las oportunas dispensas papales. La infanta portuguesa se retiró a un monasterio de la Orden de San Juan de Jerusalén, dejando un hijo y heredero al rey de León, el futuro Alfonso IX, que había nacido el 5-VIII-1171; pero la alianza con Portugal perdió uno de sus principales fundamentos, complicando una vez más las relaciones entre las Monarquías cristianas más occidentales de la Península.

Además, para esas fechas, Fernando II ya no era el heredero superviviente del emperador Alfonso VII, frente a los inexpertos y jóvenes reyes de Aragón y Castilla. Con respecto a este último, su sobrino Alfonso VIII, cuya regencia había querido controlar sin éxito, desde el momento en que alcanzó la mayoría de edad, no hubo duda de que iba a tomar una clara iniciativa militar y política propia a nivel peninsular.

Fernando se reunió con él y con Alfonso II de Aragón en junio de 1177 en la ciudad de Tarazona; allí pudo comprobar la buena sintonía que existía entre ellos y su disposición a reanudar la lucha contra los almohades, si bien esta se planteaba como la acción individual de cada reino para el logro de determinadas metas.

El rey de Castilla puso su principal esfuerzo en la conquista de Cuenca, el de Aragón penetró por tierras de Murcia y Fernando II realizó una cabalgada por las de Jerez, sin duda pensando en la conquista de Sevilla como meta futura y última de su reino.

Todo esto ocurría durante el verano de 1177, mientras Alfonso I de Portugal también realizaba una penetración por territorio sevillano. Parece bastante claro que en la España que Menéndez Pidal calificó la de los Cinco Reinos, que incluía también a Navarra, durante la segunda mitad del s. XII, los Monarcas reinantes se veían más como competidores que como colaboradores.

En esta pugna Fernando II lo tuvo cada vez más difícil, su posición entre Castilla y Portugal es comparable a la que tuvo que soportar la Monarquía navarra entre Aragón y la misma Castilla. Los navarros hacía tiempo que habían perdido su horizonte reconquistador, y su suerte siempre estuvo condicionada a las alianzas o desavenencias de sus poderosos vecinos.

En 1178 Fernando II contrajo segundas nupcias con doña Teresa Fernández de Traba, hija del poderoso conde gallego Fernando Pérez, y viuda de Nuño Pérez de Lara. Esta unión, que duró apenas dos años (doña Teresa murió en 1180), significó el reforzamiento de los vínculos personales del rey de León con las dos casa nobiliarias más importantes de Galicia y Castilla, Trabas y Laras respectivamente. Ambas podían representar además el papel de oposición en los reinos vecinos, donde la actitud hacia León se iba haciendo cada vez más desfavorable.

De hecho, los reyes de Castilla y Portugal se pusieron de acuerdo en 1179 para realizar un ataque coordinado contra los intereses de Fernando II. El verdadero promotor de esta agresión fue el monarca castellano, tratando de solventar a su favor un viejo problema fronterizo, el del Infantado. La retención por parte leonesa de zonas importantes de Tierra de Campos, que habían pertenecido a la infanta doña Sancha, hermana de Alfonso VII, no estaba de acuerdo con los límites fronterizos previstos en la herencia de este último.

Fernando II rechazó el ataque de los portugueses contra Ciudad Rodrigo; pero lo tuvo más complicado para mantener sus posiciones frente a Castilla, con la que acabó negociando en Medina de Rioseco, durante el mes de marzo de 1181. El monarca leonés firmó con su sobrino un tratado para la delimitación de fronteras, según el cual una comisión de notables estudiaría la cuestión y lo que dicha comisión decidiera había de ser aceptado por ambos. El acuerdo definitivo llegó a través del tratado de Fresno-Lavandeira, haciendo referencia a los lugares donde los reyes de Castilla y León lo firmaron, respectivamente, a finales del año 1183.

Sin duda los leoneses salieron perdiendo, pero Fernando II no tenía entonces fuerzas suficientes para arrancar de Castilla un acuerdo ventajoso; tampoco las tuvo para enfrentarse con éxito a los almohades. El mismo año en que se firmó el tratado de Fresno-Lavandeira, terminaron unas treguas que los cristianos tenían con los africanos, y el monarca leonés intentó recuperar Cáceres, pero sin éxito.

En 1184, los almohades contraatacaron y Fernando de León solo pudo defenderse a duras penas; eso sí, cuando los musulmanes intentaron apoderarse de Santarém, el monarca leonés no dudó en volver a colaborar con los portugueses para que pudieran rechazarlos, y esa vez con éxito, pues en su retirada murió incluso el califa almohade Fresno-Lavandeira. A pesar de los enfrentamientos y desacuerdos, la solidaridad entre los reinos cristianos continuaba funcionando; lo cual dice mucho de la personalidad abierta y generosa de Fernando II, quien ocupó el trono de León cuatro años más.

Durante ellos la influencia castellana en la Corte leonesa se intensificó, con ocasión de un nuevo matrimonio del monarca con Urraca López de Haro, en realidad su amante, hasta que en mayo de 1187 se celebraron las bodas reales.

Doña Urraca era hija de Diego López de Haro, señor de Vizcaya, y sobrina de Fernando Rodríguez de Castro, el castellano; con Fernando II tuvo dos hijos, de los que sobrevivió en infante Sancho, nacido en 1184, y para el que la propia Reina, con el apoyo de sus parientes, intentó reservar la herencia del trono de León, en detrimento de Alfonso, el hijo del primer matrimonio del Monarca, siempre bajo el argumento de que ese enlace había sido objeto de anulación canónica.

Sin embargo, a la muerte de Fernando II el 22-I-1188 en Benavente, ciudad que el mismo había procurado repoblar años antes, su herencia recayó en el infante Alfonso, con el apoyo de la mayor parte de la nobleza leonesa, frente a las pretensiones de los castellanos.R.B.: RECUERO ASTRAY, Manuel, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XIX, págs. 664-669.

Su boda con Urraca López

Fue hija de don Lope Díaz de Haro,y tuvo relaciones con Fernando II de León, de las que fue primer fruto un infante García, que había muerto ya en 1184. El rey debió casarse con ella en mayo de 1187 (J.González, Alfonso IX, Madrid, 1944, I, 36), siendo consecuencia de este matrimonio la privanza de los Haro en la corte leonesa.

El nacimiento de un nuevo hijo, Sancho Fernández, provocó una situación tirante entre la reina, que trataba de asegurar para él la sucesión del reino, y el futuro Alfonso IX, el cual llegó a intertar expatriarse a Portugal, cuando ocurrió la muerte de su padre. Viuda Urraca, trató de organizar un partido, con apoyo castellano, a favor de su hijo. Cuando vio perdida su causa, se refugió en Castilla; pero conservó los castillos de su dote, que dejó en manos de su hermano Diego.

Tratado de Tordehumos

Firmado entre Alfonso IX de León y Alfonso VIII de Castilla, el 20 de abril, con intervención del legado papal, cardenal Gregorio, quien parece haber impuesto las condiciones en él estipuladas: duración de diez años, devolución por Alfonso VIII de los castillos de Alba, Luna y Portilla, sometimiento a la sentencia arbitral que dictara el Papa en las querellas pendientes, sin que estas pudieran servir de pretexto para una nueva guerra. El reino de León se reincorporaría al de Castilla en el caso de morir Alfonso IX sin hijos (J. González, Alfonso IX, Madrid. 1944, I, pag.66 y II, 116, el texto).R.B.: VÁZQUEZ DE PARGA, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo F-M pág. 783.

Una de las cláusulas del Tratado de Tordehumos (1194) estipulaban que habían de seguir en poder de Urraca las villas que Fernando II le había designado en su matrimonio, y que Alfonso IX establecería con ella una tregua de diez años; pero, en 1202, atacó y tomó las fortalezas que tenía la reina en León, de las que eran las más importantes las de Aguilar y Monteagudo. Más tarde Urraca fundó el monasterio de Vileña, en el que murió hacia 1226.R.B.: VÁZQUEZ DE PARGA, Luis, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza Editorial, 1979, tomo N-Z, págs. 852-854.

Alfonso IX

Biografía

Rey de León, 1188-1230. Dinastía Borgoña. Alfonso IX. Zamora, 15-VIII-1171-Villanueva de Sarria (Lugo), 24-IX-1230. Hijo de Fernando II (1157-1188), rey de León, y de su mujer Urraca Alfonso, llamada La Portuguesa, por su procedencia.

Fue bautizado en la catedral de Zamora. Dada la anticanónica consanguinidad de sus padres, el matrimonio hubo de disolverse poco tiempo después del nacimiento de Alfonso, en 1175, por lo que su madre desapareció de la corte leonesa refugiándose en un monasterio portugués; la ilegitimidad del matrimonio de sus padres, y su anulación posterior, no fue obstáculo para que fuese reconocido como legítimo heredero.

De su crianza sería responsable la salmantina María Ibáñez y el matrimonio leonés formado por Adán Martínez y María Díez, pasada la niñez, su formación estuvo en manos de Armengol, conde de Urgel, y de Juan Arias y su mujer, Urraca Fernández.

Es la pluma de Lucas de Tuy, canónigo isidoriano anteriormente a su condición de obispo tudense, quien, a través de su Cronicon mundi, nos revela las características físicas del joven príncipe, a quien conoció personalmente.

Es de rostro noble, elocuente, generoso, de gran fortaleza física, diestro en el manejo de las armas y muy firme en su fe católica [...] Cuando se enojaba se asemejaba al rugido de un león. Al revestirse con las armas de guerra y montar a caballo, su gesto manifestaba más fortaleza de ánimo que ferocidad [...] Nunca fue vencido en el campo de batalla, permaneciendo siempre victorioso en las guerras que sostuvo frente a cristianos y sarracenos.

Da a entender el tudense, poco después, que era clemente, misericordioso, pero también aficionado a las mujeres, colérico y de oídos atentos a la calumnia. Añade, además, para grandeza y loor de San Isidoro y de su colegiata leonesa, un milagro del santo en favor del propio Alfonso, a quien curó de ceguera, tras ser lavados sus ojos con agua milagrosa.

A la muerte de Fernando II, en enero de 1188, el acceso del príncipe Alfonso al trono era disputado por el infante Sancho Fernández, hijo legítimo de la legítima unión de Fernando II con Urraca López, de la dinastía riojano vizcaína de los López de Haro, hermano de la reina Urraca. Los apoyos de la casa real castellana, encabezados por Alfonso VIII (1158-1214), a los López de Haro, suponían un peligro real para que Alfonso IX consolidara su trono leonés, por proceder de un matrimonio nunca legitimado.

De hecho, a la muerte de Fernando II los castellanos invadieron tierras leonesas, tomaron Coyanza (Valencia de Don Juan) y algunos enclaves de Tierra de Campos, rompiendo el sistema defensivo leonés en la línea fronteriza con Castilla, disputada a lo largo de los siguientes veinte años. Al fin, el enfrentamiento oponía a los nietos de Alfonso VII el Emperador, aunque se resolviera favorablemente para el monarca leonés, que consolidó su corona manteniéndola nada menos que durante cuarenta años.

La reafirmación del trono sería definitiva cuando, en la primavera de 1188, el joven Monarca convocó una Curia Extraordinaria en la iglesia de San Isidoro de León. En ella se iniciaba la tarea legislativa alfonsina que se consolidará en los distintos ordenamientos y decreta promulgados durante su prolongado reinado. Esta Curia de 1188 contó con la presencia de procuradores de las ciudades y villas del reino, lo que ha llevado a identificarla como las primeras Cortes.

En la Curia de 1188 se revocaron algunas de las donaciones que Fernando II había otorgado en sus últimos años de reinado y que habían cercenado el realengo —conjunto de los bienes pertenecientes a la corona o dignidad real—, fundamentalmente las relativas a los cellarios regios; finalmente, se confirmaron y renovaron otros decretos. El análisis pormenorizado del conjunto legislativo de 1188 ha llevado a señalar que verdaderamente en dicha fecha solo se realizaron parte de los decreta en que se confirmaban usos y derechos anteriores; mientras que otra parte, la de temática judicial, por ejemplo, serían de formulación posterior.

En todo caso, la emblemática Curia Extraordinaria Cortes Leonesas de 1188 ha sido identificada tradicionalmente como el inicio de garantías jurídicas que dieron seguridad a los súbditos. Para evitar la guerra, los monarcas de Castilla y León llegaron a un compromiso que apartaba definitivamente a Sancho Fernández del trono leonés: en Carrión, en el mes de junio, convocada una Curia, Alfonso IX sería armado caballero por Alfonso VIII de Castilla, que así reafirmaba su posición, puesto que el leonés le besaría la mano siguiendo el uso caballeresco.

Los acuerdos matrimoniales fijados en este compromiso pretendían la unión de Alfonso IX con una princesa castellana, pero realmente el compromiso nunca se llevó a efecto. En Carrión, se dice (C. de Ayala), nació el profundo leonesismo de Alfonso IX, nunca favorable a compartir el trono con Castilla, al tiempo que Alfonso VIII no devolvía las plazas ocupadas. Y de Carrión, el joven Monarca pasó a Compostela, sin duda su refugio preferido a lo largo de todo su reinado, donde hizo que reposaran los restos mortales de su padre.

Aclarada la situación de Castilla, Alfonso IX debió imponerse también respecto al reino vecino occidental, donde Sancho I de Portugal (1185-1211) de la misma manera pretendía aprovecharse del cambio dinástico. Y por el sur, la subida al trono del monarca leonés coincidió con la gran ofensiva almohade localizada al sur de Coria. Es en estos primeros meses de su reinado cuando Alfonso IX se vio obligado también a tomar medidas económicas ante la mala situación de la Corona, que le incapacitaba para emprender cualquier empresa bélica.

La alternativa fue única: recurrir a nuevos impuestos, el petitum y la moneda forera. A lo largo de 1188 se consolidó la corona sobre Alfonso IX, que controlaba perfectamente la situación y que ahora aparecía acompañado por su madre, Urraca Alfonso. Un acercamiento a la Corte portuguesa a lo largo de 1190 hizo que Alfonso se olvidase del compromiso matrimonial castellano y solicitase de Sancho I de Portugal el casamiento con su hija Teresa; ello, a sabiendas de la proximidad familiar y la consanguinidad correspondiente: eran primos carnales.

La boda se celebró en Guimaráes el 15-II-1191. La unión no fue nunca aceptada por Roma, cuyo pontífice, Celestino III (1191-1198), ante la resistencia de los monarcas a la separación, envió un legado pontificio para llevar a efecto la anulación y, a continuación, aunar las fuerzas de los reinos cristianos contra el peligro almohade. Roma pretendía unir las voluntades de Alfonso VIII de Castilla, Alfonso IX de León y Alfonso I de Portugal.

En 1193, tanto los castellanos como los leoneses estaban interesados en la paz con los musulmanes y para ello desarrollaron, en el norte de África, tareas diplomáticas encargadas de prolongar las treguas. Por su parte, el peligro llevó al monarca leonés a tratar de fortalecer las órdenes militares, sobre todo a la poderosa Orden leonesa de Santiago, con el fin de defender la Transierra y reforzar Ciudad Rodrigo y las tierras meridionales. se intuía una gran ofensiva almohade, que sería una realidad en 1195 y que acabaría con el desastre castellano de Alarcos.

En 1194 se celebró el tratado castellano leonés de Tordehumos, en el que se estipuló la devolución de las plazas ocupadas por Alfonso VIII al acceder al trono leonés Alfonso IX; estipulación que no se resolvió hasta dos años después. Es también de 1194 el año en que Celestino III se vio obligado a excomulgar a Alfonso IX y Teresa de Portugal, por su anticanónica unión, lanzando entredicho sobre sus reinos. Era el final del matrimonio; para entonces, Teresa había dado al leonés tres hijos: Sancha, Fernando y Dulce.

Este es el primer matrimonio de Alfonso IX; matrimonio que nunca fue legitimado y cuya descendencia tampoco lo fue. El acuerdo leonés portugués fijó la dotación de Teresa, que volvió a su tierra, donde se convertiría en la gran benefactora del Císter (monasterio femenino de Lorvao, si bien sus propiedades leonesas la permitieron mantenerse en ambos reinos.

Reunida la Curia en Compostela, en este año 1194, Alfonso IX continuó su tarea legislativa y siguió afianzando su poder monárquico. Las constituciones aprobadas en este momento tienen como líneas prioritarias la justicia y el orden público: el interés específico del Monarca era el establecimiento de una recta justicia.

Alianza con los almohades

La falta de entendimiento entre Alfonso VIII y Alfonso IX rompió las expectativas de una lucha antiislámica conjunta de los reinos cristianos hispánicos; la negativa del primero a compensar al segundo por su ayuda, y a replantear el espinoso tema del infantado de Campos y liberar algunos castillos usurpados por el linaje de los Haro, produjo el acercamiento de Alfonso IX a los almohades, contra Castilla, en 1196.

Y, como consecuencia inmediata, al leonés le cayó la excomunión de Celestino III, junto con el entredicho sobre su reino. Castilla y León, sus monarcas y sus nobles, se tomaron sus venganzas con expediciones y saqueos de un lado y otro de sus mal definidas y disputadas tierras fronterizas.

El califa Yaqub no aceptó la petición de tregua solicitada por Alfonso VIII, lo que se tradujo, en 1197, en una reanudación de las campañas islámicas, con algaradas devastadoras que pretendían recuperar espacio, aunque fueron realmente poco provechosas para el califa. Mas tarde, este y el monarca castellano firmaron una tregua de diez años. Ello rompía las expectativas de Alfonso IX, cuya alianza con los almohades quedaba ahora minimizada y sin resultados. Era el decepcionante momento del monarca leonés, que veía, además unirse a Castilla y Portugal, que volvieron a ocupar las tierras de aquél.

Cuando el califa, retirado al norte de África, permitía la paz con los reinos cristianos, estos volvían e enfrentarse entre sí, en parte alentados por Roma, que pretendía castigar la alianza de Alfonso IX con los infieles. La solución procedió de la reina Leonor de Castilla. Su hija Berenguela, en otro tiempo propuesta en matrimonio al alemán Conrado de Hohenstaufen, era propuesta ahora para el segundo matrimonio de Alfonso IX de León.

La princesa Berenguela, en su unión con Alfonso IX, recibiría de sus padre los disputados castillos y villas de Tierra de Campos y otra serie de fortalezas: todo ello formaría un extenso infantado. Si naciese un heredero de esta unión, sería titular de un poderoso imperio. Leonor de Castilla obviaba intencionadamente dos problemas: en primer lugar, el hecho de que Alfonso IX había casado anteriormente con Teresa de Portugal, unión de la que procedían dos infantas y un príncipe, Fernando, heredero del trono de su padre.

Ciertamente, el matrimonio había sido disuelto por consanguinidad y era el mismo problema que ahora presentaría el nuevo que se proyectaba: nulo aquél, nulo este. Si eran ilegítimos los vástagos de Teresa de Portugal, ilegítimos serían también los vástagos que Berenguela le diera a Alfonso. Se esperaba la legitimación por Roma, dado que el parentesco no era tan próximo como en el primer matrimonio; pero nunca llegó, aunque Celestino III (muerto el 8-I-1198) parecía favorable; su sucesor, Inocencio III(1198-1216), fue inflexible.

Alfonso IX, casado, por fin, con Berenguela, convocó Cortes en Benavente. Era el año 1202. En ella se recogió el pacto entre el Rey y los miembros de las oligarquías locales, los ciudadanos, para impedir o atajar la devaluación de la moneda. El rey se comprometería a no alterar su valor y establecía, a cambio, el tributo —moneda— que percibiría de siete en siete años. Para algunos este pacto es la base de la representación ciudadana en las Cortes.

Nueva disolución matrimonial

Mientras Roma amenazaba con la excomunión, Alfonso IX y Berenguela tuvieron cuatro hijos: dos infantes, Fernando y Alfonso, y dos infantas, Berenguela y Constanza. Disuelto el matrimonio, al igual que había sucedido anteriormente, Berenguela de Castilla volvió a su reino. había dos matrimonios anulados, siete hijos ilegítimos y dos posibles herederos de idéntico nombre: Fernando. Por otro lado, estaba la viuda de Fernando II, Urraca López, madre del infante Sancho Fernández, cuyas aspiraciones al trono leonés no cejaban, al ser su hijo legítimo de legítimo matrimonio, frente al caos de los matrimonios e hijos de Alfonso IX.

Los intereses de Urraca López de Haro habían sido apoyados, como se ha señalado, por Alfonso VIII de Castilla en otro tiempo, mas ahora, con Berenguela y su descendencia, eran insostenibles para la Corte castellana. Era el momento de cortar sus reivindicaciones y Alfonso IX ocupó las fortalezas de Aguilar y Monteagudo, en manos de la viuda de Fernando II, y defendidas por los Haro; el leonés aprovechaba también las malas relaciones entre Alfonso VIII y los Haro, que habían protagonizado ya la huida de Diego López de Haro, refugiado en la Corte navarra de Sancho IV.

Mientras tanto, se mantenían las treguas con los musulmanes, y Alfonso IX, en su tarea legislativa, ordenaba los decretos de Lugo de 1204, y se separaba definitivamente de Berenguela, que ya no figura en los documentos leoneses desde fines de dicho año; la ex Reina regresa a Castilla con sus hijos poco antes del nacimiento del infante Enrique, hijo de Alfonso VIII y Leonor de Castilla, y futuro heredero al trono castellano. Fracasados ambos matrimonios, una embajada a Dinamarca en 1205, pretendía concertar un nuevo matrimonio para el monarca leonés, que no fue posible.

Por otra parte, la ruptura del matrimonio volvió a enfrentar a Castilla y León, ante la oscura situación del infante Fernando, futuro Fernando III, ahora que el matrimonio estaba disuelto. Nuevamente a punto de la guerra, los Alfonsos no tendrían más remedio que negociar. Alfonso VIII, en su testamento, dejaría a su nieto los castillos objeto de disputa entre ambos reinos: Valderas, Melgar, Bolaños, Villafrechós, Almanza, Castroponce, El Carpio, Monreal, Castrotierra, Siero de Asturias y Siero de Riaño; en conjunto formarían un sólido señorío, enclave divisorio entre León y Castilla, que menoscababa ciertamente a León.

El acuerdo entre Alfonso VIII y Alfonso IX llegó en Cabreros del Monte el 26-III-1206. En él, sin clarificar aún las expectativas del futuro Fernando III al trono leonés, se declaraba que los siete hijos de Alfonso IX procedentes de ambos matrimonios, a pesar de ser ilegítimos, eran herederos al trono de su padre.

Además, Berenguela entregaba al infante Fernando, su hijo, los castillos de Luna, Argüello, Gordon y Ferrera más aquellos que constituían las arras que le había entregado Alfonso IX. Así la Paz de Cabreros fijaba definitivamente el patrimonio del infante, primogénito de la unión de Alfonso con Berenguela, y se entregaba la correspondiente indemnización a esta por la nulidad del matrimonio. La paz con Castilla quedaba resuelta.

Tarea repobladora

Sin la materialización de una alianza anglo-leonesa, cuyos contactos había iniciado en el verano de 1207, Alfonso IX se dedicó a la organización interna del reino y convocó nuevamente Cortes en la ciudad de León, en 1208, cuyo ordenamiento es de contenido fundamentalmente eclesiástico.

Dedica también sus esfuerzos a favorecer el comercio, orientar la ampliación del espacio en la zona de Extremadura y, sobre todo, hacia las tareas repobladoras; entre 1208 y 1230 la repoblación constituye, sin duda, el punto más importante de su política interna, orientada a reforzar la ocupación del espacio, pero ante todo, sentando las bases para aumentar sus maltrechas rentas.

La colonización de sus territorios comenzó, en el mismo año de 1208, por tierras gallegas con la fundación del puerto de la Coruña en el burgo de la Torre del faro, seguida, hacia el interior, por tierras de la orensana Limia y la lucense tierra de Lemos y Sarria.

Pero su dinamismo repoblador se extendió a todas las regiones de su reino: Asturias, con las polas, bien estudiadas por Ruiz de la Peña (Tineo, Llanes); en la comarca berciana, las buenas villas situadas en el Camino de Santiago y las tierras del interior de Friera y Aguiar; las tierras diocesanas asturicenses que siguen la Ruta de la Plata por la Bañeza (San Martín de Torres) y hacia la zamorana Tierra de Sanabria (Puebla de Sanabria); la Extremadura, al sur del Duero (Castelo Rodrigo), consolidando la zona fronteriza con el reino portugués; y, posteriormente, tras la actividad reconquistadora de la etapa final alfonsina, la Transierra, donde las órdenes militares (Alcántara y Santiago) colaboraron activamente en su colonización.

Esta obra colonizadora alfonsina se completó con la concesión de fueros, a partir de auténticos modelos forales que constituyen las familias de fueros. Alfonso IX utilizó dos grandes modelos, el del Fuero de Benavente y el de Ciudad Rodrigo-Coria, más importante el primero y más difundido por tierras del interior, mientras el segundo se corresponde con un modelo fronterizo.

En versión original o refundida, el Fuero de Benvente fue otorgado a La Coruña, Betanzos, Milmanda, Parga y Burgo, en tierras gallegas; a Llanes, en la zona asturiana; a Sanabria, en territorio zamorano; a Villafranca del Bierzo y Laguna de Negrillos, en el corazón del reino de León. Con su otorgamiento, el Monarca buscaba la reactivación económica y comercial en los viejos territorios de su reino.

Por lo que se refiera al Fuero de Ciudad Rodrigo, fue otorgado a la comarca portuguesa, entonces leonesa, de Cima-Coa (Castelo Rodrigo, Castelo Melhor, Castelo Bom, Alfaiates) y Coria-Cáceres; de la redacción de Coria pasó a Salvaleón. Dicha política colonizadora y foral creó tensiones y desató conflictos. Alfonso IX, desde su frecuente refugio compostelano, buscaba el incremento del realengo y también un cierto equilibrio con los grandes dominios jurisdiccionales tanto de la nobleza laica como eclesiástica.

Hizo donaciones, permitió compensaciones, pero mantuvo una férrea política de control. Estableció concordias con la iglesia y los obispos de su reino, a la vez que, vigilante de sus límites fronterizos, fue perfilando la política de expansión meridional favoreciendo a las órdenes militares, sobre todo a Alcántara y Santiago.

Nuevamente se reunieron los monarcas de Castilla y León (27-VI-1209), ahora en Valladolid. El primero renunció a sus derechos sobre Villalpando, Ardón y Rueda; al tiempo que el segundo cedía el señorío de dichas villas a su esposa Berenguela y, en su defecto, a sus hijos, primero Fernando y después Sancho. Ambos monarcas convenían en que anualmente se reuniesen cuatro prelados, dos por cada uno de los reinos, para dirimir las cuestiones de querellas de sus ámbitos.

Alfonso VIII quería que, al acuerdo, se incorporase el reino de Portugal, regido por Sancho I. Sin embargo, la pronta muerte de este último monarca puso a la Corte portuguesa en conflictos que requirieron la atención de Alfonso IX, defensor de los derechos de su ex mujer Teresa, que el hermano de esta, Alfonso II, nuevo monarca portugués, pretendía recortar.

En la primavera de 1211 el monarca leonés acudía nuevamente a su refugio de Compostela para la consagración de la Catedral de Santiago. La intervención del leonés en los asuntos portugueses, al lado de su hijo el infante Fernando, explica la ausencia de Alfonso IX en las Navas de Tolosa, al lado de las tropas leonesas.

El 11-XI-1212 Alfonso VIII de Castilla, Alfonso IX de León y Alfonso II de Portugal establecían las Treguas de Coimbra, un acuerdo conjunto de mantener la paz entre ellos y emprender la guerra contra los almohades, bajo los auspicios del pontificado, regentado por Inocencio III. El acuerdo establecía un respeto de fronteras y reconocía el derecho de cada reino a emprender la reconquista por su sector fronterizo islámico. La proyección del acuerdo está en la recuperación, en 1213, de Alcaraz, por parte de Castilla, que asedia Baeza. Al tiempo, León llega a Alcántara y comienza a planear la ocupación de Cáceres y Mérida.

Cambios dinásticos

Entre 1213 y 1214 se produjeron cambios dinásticos preocupantes: falleció el infante Fernando de Castilla, con lo que el infante Enrique, niño, dejaba entrever la debilidad que se cernía sobre el frágil heredero al trono castellano. Falleció también el infante Fernando de León, hijo de Alfonso IX y Teresa de Portugal, que había sido declarado heredero, dejando una difícil situación en la herencia de las dos infantas, Sancha y Dulce.

Murió Abdallah al Nasir, dejando un niño como heredero, lo que desencadenó la definitiva debilidad almohade. Finalmente acabó sus días Alfonso VIII de Castilla. La personalidad de Berenguela, ex mujer de Alfonso IX, regente de Castilla por su hermano menor Enrique I, madre de los futuros Fernando III y Alfonso de Molina, marcó una impronta decisiva en esta coyuntura.

La muerte de Enrique I, en 1217, dio lugar a nuevas discrepancias: Berenguela, respaldada por los concejos de Extremadura y un sector nobiliario significativo, cedió sus derechos a su hijo Fernando. Por contra, el padre de este, Alfonso IX de León, respaldado por Álvaro de Lara, reivindicaba sus derechos al trono castellano en virtud del tratado de Sahagún de 1158 entre los hijos de Alfonso VII: Sancho III de Castilla y Fernando II de León habían establecido el acuerdo por el que, si uno de ellos o sus descendientes murieran sin herederos, el superviviente ocuparía el trono vacante.

En el verano de 1217 Fernando III accedía al trono de Castilla, cuyo respaldo concejil y nobiliar era superior. Alfonso IX, contrariado, invadió tierras castellanas y logró de Berenguela y su hijo la devolución de algunos castillos, y, para contrarrestar la influencia castellana, decidió que sus hijas, las infantas Sancha y Dulce, serían sus sucesoras en el reino de León.

En el momento en que Alfonso IX se replantea nuevamente el avance reconquistador, mientras Berenguela, como regente, solicitaba la tregua al califa Abu Yaqub Yusuf II. Firmada definitivamente la paz de Toro, entre Castilla y León, en el verano de 1218, el monarca leonés comenzó a diseñar el corredor expansivo hacia Andalucía, hacia Sevilla: Cáceres, Trujillo, Montánchez, Medellín, Badajoz, que le permitiría afianzar su frontera meridional, siguiendo la Ruta de la Plata, para acabar con el reino de Badajoz.

Para ello, estructuró la colaboración con las órdenes de Calatrava, Temple, Pereiro-Alcántara y los Hospitalarios de San Juan; ausente estuvo la Orden de Santiago, cuyas relaciones con el Monarca pasaron continuos altibajos a lo largo de todo el reinado.

Como monarca cristiano hispánico más fuerte, capaz de enfrentarse a los musulmanes, el monarca leonés recibió también el apoyo de la Santa Sede: castellanos, cruzados gascones y caballeros de las órdenes militares eran el soporte fundamental de la línea fronteriza, cuando el monarca leonés iniciaba una fallida conquista de Cáceres, comienzo del largo asedios a que sería sometida la plaza hasta su conquista definitiva. El avance extremeño leonés y el manchego de los castellanos acercaban la línea fronteriza cristiano-islámica hacia el Guadiana-Guadalquivir, dejando ya totalmente consolidada la del Duero-Tajo.

Por la paz del Boronal (13-VII-1219) León y Portugal interrumpían sus enfrentamientos, al finalizar los excesos de Alfonso II de Portugal contra los estamentos eclesiásticos de su reino. La tregua se firmaba por veinte años y suponía la no alteración fronteriza de la línea del Coa por parte leonesa. El portugués se comprometía a apoyar los derechos sucesorios de las infantas Sancha y Dulce al trono de León, en un momento en que Berenguela de Castilla acordaba el matrimonio de Fernando III con una princesa de la dinastía Staufen, Beatriz de Suabia.

Aumento de la lucha antiislámica

La intensificación de la lucha antiislámica comenzó a darle triunfos a Alfonso IX, que, en 1221, conquistaba Valencia de Alcántara y se decidía a asediar Cáceres en 1222. Se iniciaba la gran etapa ofensiva del monarca leonés, a la vez que se debilitaba el imperio almohade a la muerte de Abu Yaqub Yusuf II (4-I-1224). El momento era aprovechado igualmente desde Castilla, que buscaba su propia expansión con el cerco de Jaén.

La política belicista de León no impidió a su Monarca convocar nuevamente Cortes: en Benavente (1128). Poco tiempo después, entre 1227 y 1229, Alfonso IX incorporó definitivamente Cáceres. En 1230 seguirían Badajoz, Montánchez, Mérida y Elvas, y, como había proyectado, dejaba expedito el camino hacia Sevilla. Era el final de su reinado. El papel desempeñado por las órdenes militares, ejemplar en el caso de los caballeros de Alcántara, había sido decisivo.

Durante su vuelta a Compostela, el monarca leonés moría en Villanueva de Sarria en el otoño de 1230. La sucesión al trono de León no estaba clara: correspondía a los hijos de Teresa de Portugal y Berenguela de Castilla clarificarla y a ambas ex reinas colaborar en el entendimiento de sus respectivos vástagos.

Las ciudades, la Iglesia y la nobleza leonesas también tuvieron un peso específico en ello: de hecho, el apoyo a las infantas Sancha y Dulce pronto se cifró en mucho más débil que el otorgado al rey castellano, que contó desde el principio con el apoyo de la propia capital del reino, león.

Ello explica que finalmente Fernando III, rey de Castilla, hijo de Berenguela, se ciñese también la corona leonesa un mes después de la muerte de Alfonso IX, a pesar de no haber sido designado heredero por su padre, que siempre se había inclinado por las infantas hijas de Teresa de Portugal. León y Castilla quedaban unidos definitivamente: había desaparecido el último monarca del reino de León.

Sus restos reposarían en su refugio compostelano. La figura yacente de Alfonso IX de León en su sepultura del Panteón de la Catedral de Santiago de Compostela nos ofrece la serenidad en el rostro de un monarca que murió cuando tenía cerca de sesenta años.

R.B.: CAVERO DOMINGUEZ, Gregoria, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol II, págs. 727-732.