Blanca I de Navarra

Biografía

Blanca I de Navarra
Blanca I de Navarra

Reina de Navarra 1425-1441. ?, VIII.1385-Nieva (Segovia), V.1441. Hija de los reyes Carlos III de Navarra y Leonor de Trastámara. Casó en primeras nupcias en Catania, el 21-III-1402, con el rey Martín el Joven de Sicilia, hijo a su vez de Martín I el Humano de Aragón.

El monarca siciliano, viudo de su primer matrimonio y heredero del trono aragonés, era un magnífico candidato para anudar relaciones con el reino vecino, dentro de la activa política de Carlos III por mejorar su posición con los demás reinos cristianos.

La infanta se trasladó a la isla con un importante séquito de miembros de la alta nobleza Navarra, incluido el hijo ilegítimo de Carlos III, Leonel. Hay testimonios de como se celebró en la iglesia el matrimonio de Martín, rey de Sicilia, duque de Atenas y de Neopatria.

Además de estar representada Navarra por Leonel, ya mencionado, y Diego de Baquedano, en el castillo de la ciudad de Catania en presencia de los prelados, los nobles y caballeros del reino de Sicilia y una multitud de invitados estaban presentes los cantores y músicos de Navarra, Aragón y de Sicilia.

Las continuas ausencias de su esposo, motivadas por cuestiones como la política interna aragonesa o la rebelión sarda, la permitieron ejercitarse en las tareas de gobierno, que asumió de forma continuada a la muerte del rey en 1409. La ausencia de herederos legítimos provocó el retorno de Sicilia a la titularidad de Martín I de Aragón, pero generaba un nuevo problema, la falta de sucesión en el propio trono aragonés.

El testamento de Martín el Joven establecía la lugartenencia de Blanca asesorada por un Consejo, y Martín I asumió la disposición mientras buscaba la solución a su propia descendencia mediante un nuevo matrimonio, a la postre también infructuoso. Blanca tuvo que enfrentarse mientras tanto a una difícil situación, generadas por las luchas endémicas entre los diversos bandos nobiliarios y burgueses.

Una revuelta encabezada por Bernardo de Cabrera consiguió sitiar a la reina en Marqueto (Siracusa), en coincidencia con la muerte de Martín I de Aragón (1410), y con la presión de la Santa Sede romana, de la que Sicilia era teóricamente feudataria, y de los angevinos situados en el trono de Nápoles, viejos aspirantes al control sobre Sicilia. Solo la intervención diplomática de Carlos III de Navarra ante las Cortes Catalanas y la Corona francesa, mientras enviaba a su hija algunos refuerzos militares, consiguieron su libertad, ya en 1412.

Con todo las luchas banderizas continuaron y la reina volvió a verse en dificultades, mientras en Aragón se resolvía la cuestión sucesoria con la elección del trastámara castellano primo de la reina. El Papa de Aviñón, Benedicto XIII, otorgó al nuevo monarca la investidura de Sicilia, y este mantuvo a Blanca como su representante al tiempo que daba instrucciones para contentar a los nobles rebeldes y pacificar la isla.

En marzo de 1415, un hijo de Fernando I, Juan II, llegaba como nuevo lugarteniente. Durante este proceso, la situación en la familia real Navarra había cambiado profundamente; los hijos varones y la primogénita, Juana, habían fallecido y en 1413 Blanca había quedado como heredera del trono. Su regreso a Navarra, efectuado en 1415, y un nuevo matrimonio —pese a su condición de viuda—, resultaban imprescindibles para asegurar la continuidad dinástica.

Entre los diversos candidatos, Carlos III, el padre de Blanca, optó por la solución peninsular del infante Juan II de Aragón, que le aproximaba a los Trastámara aragoneses y castellanos, frente a la propuesta transpirenaica del conde Juan I de Foix, cuya primera esposa Juana, había sido otra hija del monarca navarro. El fugaz gobernador siciliano había vuelto a la Península a la muerte de su padre (Fernando de Antequera) en 1416, y quedó responsabilizado de los cuantiosos intereses castellanos de la familia.

Juan II de Aragón había estado prometido previamente a otra infanta Navarra, Beatriz, pero el compromiso se rompió en 1415 para desposar a Juana II de Nápoles, en el contexto de la complicada situación italiana; este enlace tampoco se llevó a cabo. En este marco, el matrimonio con Blanca permitía recuperar las relaciones entonces fracasadas y fortalecer aún más si cabe la compleja trama de intereses políticos y personales de las dinastías hispanas, ya antes intensamente emparentadas entre sí.

En las correspondientes y amplias capitulaciones matrimoniales de 1419 se reconocía la condición de Blanca y de sus herederos como futuros titulares de la Corona y la de su marido como consorte, pero no quedó detallada de forma concluyente la situación de Juan II en caso de que la reina falleciese en primer lugar. Con todo, cien años antes, en 1305, Luis I había heredado a su madre, Juana I, pese a que su padre, Felipe I de Navarra y IV de Francia, se encontraba en plenitud de facultades.

En 1328, Felipe III de Evreux había reconocido el mejor derecho de sus hijos para ocupar el trono en caso de que su esposa, Juana II, falleciera antes que él. La boda se efectuó en la catedral de Pamplona el 10-VII-1420, y a continuación los contrayentes juraron los Fueros del Reino y las Cortes les reconocieron como herederos. El matrimonio se trasladó a Peñafiel, núcleo del patrimonio castellano de Juan II, envuelto en aquellos momentos en una complicada situación familiar y política (atraco de Tordesillas, enfrentamiento con su hermano Enrique).

Allí nació el primogénito, Carlos, destinado con los años a recibir el trono de Navarra y el patrimonio paterno. Como heredero de su madre recibió juramento de las Cortes en 1422.

El 7-IX-1425 Blanca I y Juan II sucedían en el trono de Navarra a la muerte de Carlos III, aunque la coronación se retrasó hasta 1429. Del acta de la coronación se sabe que asistieron los obispos de Pamplona, Calahorra y Bayona, el prior de Roncesvalles y los abades de Leyre, La Oliva, Iranzu, Fitero y Urdax, figurando como primer cantor de la reina García de Asiaín.

Desde el punto de vista del reino la tradición reservaba el gobierno del territorio al varón, fuera monarca titular o consorte, pero los complejos intereses castellanos de los infantes Trastámara de Aragón, el propio Juan II y sus hermanos, alejaron al soberano de las cuestiones internas del reino durante algunos años. Blanca ejerció el poder de forma efectiva e intentó por todos los medios alejar a Navarra del conflicto en que su marido estaba envuelto. Sin embargo, las confiscación de las rentas castellanas de los Infantes de Aragón arrastró a Navarra y a Aragón a la guerra (1429).

Con las tropas de Juan II de Castilla instaladas en las villas navarras de la frontera, Blanca y Alfonso V de Aragón iniciaron largas gestiones diplomáticas para conseguir la paz: las treguas de Majano (1430) pusieron fin a las hostilidades, pero solo la paz de Toledo (22-IX-1436) cerró aparentemente el conflicto, con la devolución de buena parte del patrimonio confiscado y de los castillos navarros ocupados. Así se pactó el matrimonio del príncipe Enrique de Castilla (futuro Enrique IV) con Blanca, hija de los monarcas navarros.

Entre tanto, los viajes de Juan II a Castilla y a la Corte italiana, y el nombramiento de su hermano como lugarteniente de Aragón y Valencia (1435), le alejaron aún más si cabe de Navarra y dejaron largo tiempo la administración en manos de Blanca. La implicación de la reina en los asuntos de gobierno derivó en buena parte hacia los viejos intereses ultra pirenaicos de la dinastía de los Evreux.

Intentó sin éxito la restitución del ducado de Nemours (1440), concedido a su padre como compensación por el perdido condado de Evreux en 1405 y reincorporado a la corona francesa en 1420, pero consiguió cerrar el matrimonio en Olite, el 30-IX-1439, de su hijo y heredero Carlos, príncipe de Viana, con Inés de Clèves, sobrina del duque Felipe de Borgoña.

En 1436 se había llegado al compromiso de su hija menor, Leonor, con Gastón, heredero del condado de Foix, aunque en este caso la boda se produjo tras la muerte de la Reina.

El último periodo de gobierno efectivo de Blanca se abre en febrero de 1439, con la llegada de Juan II a la corte de su homónimo castellano, en plena guerra civil. En esta ocasión, la siempre frágil salud de la reina, aconsejó la colaboración de su hijo Carlos, y Blanca pudo dedicar mayor tiempo a sus devociones religiosas, con visitas constantes a los santuarios cercanos al palacio de Olite, donde tenía instalada su residencia habitual, y especialmente a Santa María de Ujué, muy vinculado al linaje familiar, y que designó como lugar de sepultura.

El 17-II-1439 dictó su último testamento, donde pedía al primogénito Carlos que no reclamase el trono sin el consentimiento de su padre; la ambigüedad de las capitulaciones matrimoniales de 1419 favoreció sin duda esta solicitud, contraria a los usos de la monarquía Navarra, y origen último de la crisis sucesoria declarada desatada años más tarde. Con todo, parece probable que la Reina pretendiera evitar un conflicto interno en el complejo contexto hispano del momento.

Su última gestión política de relieve (1440) consistió en acompañar a su hija Blanca a la boda con el futuro Enrique IV de Castilla, concertada en Toledo y ahora más necesaria que nunca para asegurar la creciente influencia en Castilla de los Trastámara aragoneses. Efectuada la boda en Valladolid, aún acudió al santuario extremeño de Guadalupe, donde permaneció hasta 1441, y a su regreso intentó un acercamiento entre su esposo y Álvaro de Luna. Falleció poco después en Santa María de Nieva, donde fue inicialmente sepultada.

Un aspecto muy importante del reinado de Blanca I de Navarra es la importancia que se da a la música. En el reino de Navarra la actividad musical era extraordinaria y esto daba lugar a que la Corte fuera visitada por importantes músicos que procedían de diferentes países. Es notorio observar que músicos como Guillem Ursúa, servía al rey desde 1412; se le pagaba 90 florines por súplica de su hija Doña Blanca, de la que se sabe que distinguía a este juglar con una gran simpatía.

Cuando murió Carlos III el Noble, se sabe como en la catedral de Pamplona se cantaba diariamente una misa por el eterno descanso del Rey, y que Miguel de Bernet, capellán de Santa María de Pamplona, recibía dieciocho libras por la capellanía cantando diariamente en la catedral por el alma del difunto. Numerosos juglares desfilan por la Corte como el primer cantor de la Reina que figura en el acta de coronación. Se aprecia además como ellos son no solo bien recibidos, sino bien dotados de dineros y tierras. La reina Blanca se encargó que el príncipe de Viana tuviera su capilla de cantores.

El 31-IX-1439 se daba orden por parte de la reina doña Blanca de pagar 116 sueldos a Sanchón, capellán y cantor de la capilla del príncipe para comprar catorce codos y medio de tela delgada con destino a un sobrepelliz.

Es indudable que en el reino de Navarra la actividad musical era extraordinaria, lo que quizá la hizo partícipe de numerosas visitas como la de John de Londres que incluso recibiría una cantidad para que pudiera trasladar a la Corte a su mujer que se había quedado en Inglaterra.

Un estudio de la historia de la música refleja la gran importancia de esta y muy en especial la preocupación que la reina Blanca tenía por esta actividad y que se aprecia en los numerosos gastos dedicados a juglares, trompeteros y arperos. La Corte desde el punto de vista musical puede ser comparada con la de Isabel de Castilla.

R.B.: BUENO DOMÍNGUEZ, María Luisa, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol. VIII págs. 395-398.