Carlos II de Navarra

Rey de Navarra 1194-1234

Conde de Evreux, de Mortain

Conde de Beaumont le Roger y de Longueville

Señor de Montpellier

Biografía

Carlos II nació en Évreux (Francia) en 1332 y murió el 16-I-1387. Hijo de Felipe III, conde de Évreux, y de Juana II de Navarra, fue criado y educado en Francia siguiendo el ideal caballeresco al que tanto se adecuaba la figura paterna; modelo, no obstante, matizado por las dificultades de una Francia convulsionada por los estragos de la peste negra y la contestación del poder real por parte de la dividida nobleza.

Al morir Juana II (6-X-1349) le sucedió en el trono de Navarra y pasó a ocupar un lugar relevante en Francia como conde de Evreux y par del reino.

Su posición estaba respaldada por señoríos territoriales de gran valor estratégico: por herencia paterna las tierras condales de Evreux y diversas plazas de la cuenca del Sena, así como el condado de Longueville, regido por su hermano Felipe; como legado materno, además del reino, el gobierno efectivo de algunas zonas bajonormandas en trono al condado de Mortain y el derecho nominal a otras, territorios todos ellos prometidos por Capetos y Valois a Juana II al renunciar a sus derechos sobre Brie y Champaña.

Tales compensaciones estaban todavía pendientes de ejecución, lo que generaba un profundo malestar en la familia real navarra.

Decidido a desempeñar un papel notable en la política francesa, tal y como le correspondía por su linaje como descendiente directo por línea femenina de los últimos Capetos, el reinado de Carlos II estuvo condicionado desde el primer momento por sus intereses norpirenaicos. No obstante, en su labor de gobierno es posible diferenciar tres periodos en los que se testimonia un progresivo distanciamiento del ámbito galo.

Nada más conocerse la muerte de Juana II, fue requerido desde Navarra por los estamentos del reino, recelosos del gobierno habitualmente distante de monarcas ajenos y ejercido a través de oficiales foráneos. Las primeras medidas tomadas desde Francia procuraron el mantenimiento del orden en el reino, confirmando al mariscal de Champaña como gobernador y prohibiendo la salida de cualquier oficial antes de rendir cuentas de su gestión.

Una vez en Navarra y ante unos representantes que habían hecho del pactismo su seña de identidad, Carlos II fue proclamado rey en Pamplona (27-VI-1350) incorporando al ceremonial tradicional el rito de la unción y solemne coronación.

Comenzó a proyectar así una nueva imagen de la monarquía, ya perfilada por sus padres, sacralizada y taumatúrgica, que subrayaba sus lazos de parentesco con los Capetos y manifestaba la voluntad de consolidar el proceso de fortalecimiento de la autoridad regia en Navarra. La aplicación de este ideario fue ligada desde el comienzo a un importante desarrollo administrativo que procuraría a la corona nuevas fidelidades gracias a la progresiva integración de las élites burguesas y nobiliarias del reino en el aparato burocrático.

Recaudado el monedaje (imposición para nueva moneda), con no pocas dificultades por la carestía general debido a las hambrunas y la epidemia de peste de 1348-1349, comenzaron a acuñarse los carlines, que resolvieron el déficit del numerario en el reino y reemplazaron gradualmente, pese a sus fluctuaciones a la moneda tradicional del reino, los sanchetes.

La primacía de los compromisos como par de Francia que marcó la etapa inicial (1349-1364) quedo manifiesta al morir Felipe VI de Valois (1350). Decidido a regresar a Francia para aprovechar la coyuntura, Carlos II buscó estabilizar la situación en Navarra, donde, pese a la política de renovación de cargos públicos y revisiones judiciales, la nueva recaudación y la baja ley de la moneda habían colmado el descontento popular. Juntas y hermandades, integradas especialmente por labradores y algunos infanzones, no tardaron en dar muestra de resistencia en torno a Pamplona.

Procurando su aislamiento, el Monarca buscó el apoyo de las clases privilegiadas con la concesión de donaciones, nombramientos y confirmaciones de privilegios. Además, dispuesto a frenar el movimiento y castigar el desafío a la majestad regia, mandó ejecutar a los principales cabecillas en la llamada justicia de Miluce (1351) y renovó la prohibición de que las Juntas tuvieran otros fines que los asistenciales.

Respecto a los reinos vecinos, decidió proseguir con la neutralidad que había caracterizado el reinado de sus padres, ya que la situación no permitía arriesgarse a tomar partido en la pugna por la hegemonía peninsular. Carlos II mantuvo buenas relaciones con ambos sin comprometerse: renovó con Aragón los pactos firmados por Juana II e idéntica actitud tuvo respecto a Pedro I de Castilla, con quien se entrevistó en Burgos en 1351.

Tras dejar a su hermano Luis a cargo del reino, marchó a Francia para ejercer como lugarteniente regio en Languedoc alrededor-VIII-1351, nombramiento con el que Juan II de Francia esperaba atraerse a su opositor; para Carlos II fue la oportunidad de afianzar posiciones en la Corte. Con el apoyo de su cuñado, el conde de Foix, logró hacer frente con éxito a los ingleses durante el otoño de 1351, ganándose inmediatamente el favor de los nobles y del rey de Francia, que le entregó a su hija Juana en matrimonio el 12-II-1352, celebrado en Vivier-en-Brie.

Las expectativas del rey de Navarra pronto se vieron defraudadas: el impago de la dote se sumó a la entrega pendiente de ciertas tierras acordadas con Juana II en 1349 y que Juan II acabó entregando a su favorito Carlos de España (o de la Cerda), condestable de Francia. Aglutinando a buena parte de la nobleza francesa en el llamado partido navarro y con el apoyo de figuras como Guillaume de Machaut, Carlos II pasó a encabezar el descontento generalizado ante el desgobierno y la arbitrariedad del Valois.

Contaba además con el apoyo en la corte de las reinas viudas de Francia, su tía Juana de Evreux y su hermana Blanca de Navarra, junto al de su propia esposa. La rivalidad familiar con Carlos de España y el distanciamiento con Juan II de Francia crecieron paralelamente.

En 1353 Carlos II inició la militarización progresiva de sus posesiones normandas con efectivos reclutados en Navarra, para lo que recurrió a movilizaciones masivas que al repetirse en años posteriores (1354-1358,1364) crearían importantes oportunidades de medro para la nobleza media navarra, especialmente la procedente de Ultrapuertos.

Finalmente, un grupo de nobles liderado por el infante Felipe de Navarra acabó con la vida del condestable el 8-I-1354 y el rey de Francia, profundamente afectado, planeó como venganza sendas campañas militares contra Navarra y Normandía. Pero Carlos II buscó el acercamiento a Inglaterra y el apoyo de nobles y ciudades francesas, del Papa y de las cortes europeas para frenar la ofensiva y Juan II, bloqueado por la presión y la amenaza de una potencial alianza anglo-navarra, tuvo que buscar la reconciliación.

Tras la mediación del Romano Pontífice y de las reinas viudas, el rey de Francia accedió a firmar el tratado de Mantes (22-II-1354), claramente favorable al navarro al concederle una amnistía general para sus partidarios y nuevas tierras en Normandía (Contentin y Pont Audemer y el condado de Beaumont-le-Roger).

Pero el cumplimiento de este acuerdo forzado quedó pronto bloqueado. De hecho, Juan II dirigió una malograda campaña contra las posesiones normandas aprovechando la ausencia de Carlos II que, conocedor de las negociaciones entre Francia e Inglaterra, había viajado secretamente a Avignon en noviembre de 1354.

Pacto con los ingleses

Allí, a comienzos de año, acordó con el duque de Lancaster los dominios de los que disfrutaría si Eduardo III se hacía con el trono de Francia, lo que suponía un reparto teórico del reino, y se comprometieron a una ofensiva militar conjunta, cuyos preparativos le obligaron a regresar a Navarra. En agosto de 1355 desembarcó en Cherburgo con nuevos efectivos e inició la ofensiva, tomando Conches. Juan II, incapaz de reaccionar, se vio obligado a renovar las promesas incumplidas en un nuevo pacto sellado en Valognes el 10.IX-1355.

Consciente de que Juan II carecía de autoridad, poder y recursos para cumplir lo acordado, y de que la solución pasaba por resolver de algún modo la crisis de la Corona francesa, Carlos II acercó posiciones al joven delfín Carlos . A comienzos de 1356 planearon un viaje secreto a la Corte del Emperador, que no hizo sino acrecentar la humillación y el odio de Juan II hacia el rey de Navarra.

Cansado de maquinaciones, el Monarca francés arrestó por sorpresa a Carlos II en Rouen mientras disfrutaba de un banquete ofrecido por el Delfín el 5-IV-1356 y, después de ordenar la ejecución de algunos nobles normandos que lo apoyaban, inició una nueva ofensiva militar sobre sus tierras. Conducido a Paris, fue encarcelado en el Louvre, antes de ser interrogado en Chatêllet y confinado sucesivamente en Château-Gaillard, Crèvecoeur y Arleux.

Sus hermanos se encargaron entonces del gobierno y de encabezar los esfuerzos para liberar al Monarca. Mientras Luis obtenía nuevos recursos en Navarra, Felipe desafió en Francia a Juan II haciendo causa común con los ingleses. Además, la prisión del Monarca no hizo sino incrementar sus apoyos, reforzados por la ofensiva diplomática de los infantes y el rechazo popular a los Valois provocado por la derrota francesa de Poitiers (1356), en la que Juan II cayó prisionero.

Mientras tanto, en París, el Delfín no lograba frenar las exigencias de reformas de unos Estados Generales dominados por la alianza del partido navarro y la burguesía liderada por Etienne Marcel Cuando en un golpe de efecto un grupo de nobles franceses y navarros liberó a a Carlos II el 9-XI-1357, este se mostró dispuesto a aglutinar descontentos y liderar la oposición a los Valois esperando sacar provecho.

Rehabilitado, atravesó triunfalmente Picardía y se dirigió a la capital. Allí, tras ganarse el favor de la población, los dos cuñados se reunieron y llegaron a un acuerdo el 12-XII-1357 por lo que Carlos II obtuvo el perdón y sus demandas se sometieron al arbitrio de los Estados generales.

El pacto no frenó la escalada de tensión y la revuelta no tardó en estallar en París. Mientras Carlos II regresaba a Normandía para rearmar sus posiciones, el Delfín concentró tropas preparando el asalto final a la capital. Marcel buscó entonces el apoyo del navarro, que volvió como mediador ya llegó a un nuevo acuerdo con el Delfín (8-10-III-1358), quien estaba dispuesto a otorgarle un lugar preferente en la Corte y nuevas rentas (Bigorra) siempre que se sometiese a su autoridad como regente.

Escéptico y reticente a prestar homenaje, se retiró a Normandía esperando el desenlace; pero al ser requerido por ambos bandos, regresó en mayo a Saint-Denis ofreciendo su mediación y excusando así su ausencia de los Estados que otorgaron plenos poderes al Delfín. Sin embargo, poco después, el estallido de la Jacquerie paralizó la ofensiva.

Afectado directamente en sus dominios y encabezando un grupo de nobles, Carlos II capturó al cabecilla y derrotó al movimiento antiseñorial en Mello (10-VI-1358). Seguro de su prestigio y requerido por Marcel, que lo nombró capitán general de París, entró días después en la capital con tropas inglesas. Pero aglutinada la nobleza en torno al regente por la radicalización del conflicto y con un Marcel cada vez más aislado, fue perdiendo apoyos y procuró un nuevo acercamiento al Delfín. El declinar de su fortuna quedó patente cuando a finales de julio Marcel murió asesinado al disponerse a entregarle la ciudad y esta volvió a la obediencia del regente.

Carlos II buscó entonces el apoyo de Eduardo III proyectando una alianza basada en el reparto de Francia (1-VIII-1358). Durante un año, el rey de Navarra y su hermano Felipe saquearon el país y bloquearon el avituallamiento de París. El regente, consciente de que la situación solo favorecía al Monarca inglés, no tardó en gestionar una paz con Carlos II en Pontoise (22-VIII-1359) por la que se le devolverían bienes y rentas si colaboraba con la Corona; pero, a finales de año, tropas anglonavarras tomaron Clermont y se descubrió una conspiración para entregarle la capital.

El tratado de Brétigny (8-V-1360) puso fin temporalmente a la lucha entre Inglaterra y Francia. Por iniciativa inglesa, el acuerdo incluyó a Carlos II, que renunció a los derechos maternos para recuperar sus plazas normandas y contar con la mediación de Eduardo III en su reconciliación con Juan II, liberado.

Poco después, el 22-VII-1361, nació en Mantes su primogénito varón Carlos, que confió a su hermana Blanca, y regresó a Navarra el 18-X-1361 quedando su hermano Felipe al frente del gobierno de Normandía.

No obstante, los asuntos franceses mantuvieron su carácter prioritario; máxime cuando sus derechos dinásticos fueron de nuevo conculcados antes de acabar el año, al incorporar Juan II el ducado de Borgoña al patrimonio regio ignorando sus pretensiones como nieto de Margarita de Borgoña. Carlos II recorrió Navarra contactando con la realidad de un reino exhausto y dando muestras de magnanimidad regia ante la penosa situación del campesinado.

Dispuesto, a pesar de todo, a obtener nuevos recursos, acudió a devaluaciones, prestamos y tributos habituales. Pero, sobre todo, puso en marcha nuevos tipos de ingresos, como la alcabala o la imposición sobre las mercancías (1361), pronto sistematizada y arrendada para agilizar su cobro; o las contribuciones extraordinarias, recaudadas desde 1359 pero sumamente frecuentes a partir de 1361, que costearon todos los estamentos.

Necesitados además de aprobación, su desarrollo contribuyó a la configuración funcional de las Cortes generales como órgano representativo del reino, mientras por su parte el Consejo real recibió su definitiva estructuración y operatividad. Potenció además la actividad artesanal y mercantil, así como la producción metalúrgica (1362).

Desde 1362 trató de reclutar contingentes para una nueva campaña en Francia, finalmente abortada por un rebrote de peste. Entre tanto, intentaba mantener la neutralidad de Navarra en la guerra de los dos Pedros, aunque Pedro I de Castilla, aprovechando su desconocimiento y menosprecio de la realidad hispana, logró vincularlo a su ofensiva contra Aragón (acuerdo de Estella, 22-V-1362).

Obligado a intervenir pero buscando recuperar la neutralidad, atacó testimonialmente la frontera aragonesa en julio de 1362 y contribuyó con tropas navarras a la expedición castellana sobre Valencia (1363), mientras advertía a Pedro IV de Aragón.

Con la firma de la paz de Murviedro (2-VI-1363) Navarra recuperó su papel mediador, si bien, buscando apoyos para intervenir en Francia, acabó vinculándose a Aragón (pactos secretos de Uncastillo (25-26-VIII-1363) y a Enrique II de Trastámara (tratado de Almudévar (20-22-III-1364), alianza que trató de ocultar a Castilla, simulando la captura del infante Luis.

La muerte de Felipe el 29-VIII-1363 agravó la situación en Normandía, amenazada por la presencia de Beltrán du Guesclin. En Navarra, lo recaudado con el pretexto de pagar a Aragón el rescate de Luis sirvió para movilizar y desplazar un nuevo contingente a Francia, pero el regente se adelantó a la ofensiva tomando Mantes y Meulan.

La derrota del ejército anglonavarro en Cocherel el 16-V-1364 y la posterior ocupación de las posesiones normandas marcaron un punto de inflexión en el reinado de Carlos II, al acabar drásticamente con su apogeo en Francia. Tratando de reparar el desastre, logró movilizar con grandes esfuerzos nuevos contingentes en Navarra que fueron enviados en otoño a Borgoña y Normandía al mando del alférez del reino y del infante don Luis, investido conde de Beaumont-le Roger.

Solo de este modo pudo recuperar el control de la mayor parte de sus territorios en Francia. Inició así una nueva etapa (1364-1379) marcada por el mantenimiento de dos frentes simultáneos, el francés y el hispano. Este, abierto repentinamente, acabó convirtiéndose por sus implicaciones internacionales en nuevo escenario de la contienda anglofrancesa y fue centrando progresivamente la atención del Monarca ante la pérdida creciente de peso, territorios y fidelidades en Francia, a la que, no obstante, continuó dedicando importantes esfuerzos.

Frente hispano

Comprobada la inoperancia de la alianza con Aragón, Carlos II acercó posiciones a Pedro I (tratado de Castelfabib, 19-X-1364), buscando el disfrute de los puertos guipuzcoanos para mejorar la comunicación con Normandía y potenciar el tráfico mercantil navarro. Pero ante la reacción de Aragón y Francia, que reactivaron su alianza planeando la ocupación de Navarra, y la penosa situación del reino, envió a su esposa a la Corte francesa para procurar el entendimiento con su cuñado.

Por el tratado de Avignon, sellado realmente en París el 6-III-1365, Carlos V consiguió liberar la capital de la presión del rey de Navarra al intercambiar Mantes, Meulan y Longeville por la baronía de Montpellier, y someter la cuestión de Borgoña al arbitraje pontificio. Estabilizada la situación, Carlos II intentó paliar la escasez de recursos en Navarra con la optimización de los existentes, a través de actividades pesquisidoras y de la institucionalización de la Cámara de Comptos (1365).

Al estallar la guerra civil en Castilla, no pudo permanecer al margen, sabedor de que Navarra sería lugar de paso de los contendientes. Antes de acabar 1365 y después de haber buscado en secreto la reconciliación con Aragón, tomó diversas precauciones para cuya financiación debió proceder a la venta de un buen número de propiedades regias (1365-1368). Con todo, no pudo evitarse el saqueo de la Ribera al paso del Trastámara y de las compañías enviadas desde Francia en su apoyo.

Cercado por Francia y sus aliados tras la victoria y proclamación de Enrique II de Castilla, Carlos II se alió con Inglaterra buscando restablecer en el trono a Pedro I a cambio de importantes concesiones territoriales (tratado de Libourne, 23-IX-1366), aunque sin renunciar a una salida de emergencia al prometer también su ayuda al nuevo Monarca castellano (entrevista de Santa Cruz de Campezo, I-1367).

Mientras tanto, la situación empeoró notablemente en Francia con la marcha del infante Luis a Albania (1366) y la ocupación de Montpellier por el duque de Anjou, hermano de Carlos V y aliado de Enrique II y de Aragón (1367).

Comprometido con ambos contendientes, cuando las compañías inglesas iniciaron su avance desde Aquitania, Carlos II se dirigió a su encuentro, guiándolas hasta Pamplona en los primeros meses de 1367, aunque evitó participar en el enfrentamiento simulando su captura en Borja por uno de los compañeros de Du Guesclin (1-16-III-1367). Sin embargo, Pedro I, una vez repuesto en el trono, incumplió los compromisos adquiridos con Carlos II y el Príncipe de Gales, y estos decidieron acercar posturas con Pedro IV.

El regreso de Enrique II desde Francia y la reapertura del conflicto rompieron la alianza con el monarca aragonés, si bien Carlos II aprovechó la situación para atacar la frontera y apoderarse en la primavera de 1368 de Logroño, Vitoria y Parte de Álava. Pero tras la definitiva victoria del Trastámara en Montiel hubo de retomar los contactos con Pedro IV (Tortosa, abril de 1369) y juntos buscaron la colaboración de Inglaterra y Portugal para bloquear cualquier represalia castellana.

Garantizado el respaldo de Aragón y dejando como gobernadora en Navarra a su esposa, regresó a Normandía en el verano de 1369, dispuesto a aprovechar la reactivación de las hostilidades entre Francia e Inglaterra para mejorar su situación. Condicionado por la presión de las compañías inglesas en sus posesiones, Carlos II inició en paralelo una doble ofensiva diplomática: con la mediación del duque de Bretaña se retomaron en París los contactos con Carlos V, bloqueados de nuevo en la primavera de 1370.

Mientras tanto, se despacharon desde Normandía legaciones a Inglaterra, donde viajó secretamente el Monarca en agosto de 1370, acelerando la conclusión de un tratado con Eduardo III por el que acordaron defensa mutua junto al tradicional y teórico reparto de Francia (Clarendon, diciembre de 1370). Paralizado su cumplimiento por la desaprobación del Príncipe de Gales, tuvo que reanudar las negociaciones con Carlos V hasta alcanzar un acuerdo en Vernon en marzo de 1371, en virtud del cual prestó homenaje al soberano galo y le fue devuelta Montpellier.

Entre tanto, Navarra, pese a ratificar los acuerdos con Aragón (febrero de 1370), no pudo evitar un ataque castellano que recuperó parte de las tierras alavesas y solo pudo frenarse con una propuesta de mediación papal (1371). Deseando participar en las negociaciones de la Corte pontificia, Carlos II regresó a Navarra atravesando Montpellier, Avignon y Aragón (1372).

Decadencia del reinado

Los recursos de Navarra se encontraban esquilmados como demostró la oposición del obispo de Pamplona y del déan de Tudela a recaudar nuevas imposiciones, desafío castigado duramente por el Monarca (1373). Para evitar el enfrentamiento armando con Castilla, Carlos II solicitó la mediación del cardenal de Boulogne que a través de una sentencia arbitral acabó con los conflictos fronterizos al asignar Fitero y Tudején a Navarra, devolver a Castilla lo conquistado en 1368 e imponer una alianza común (4-VIII-3-X-1373).

Como garantía, el infante Pedro, hijo de Carlos II fue enviado a Castilla a la espera de celebrar la boda entre el primogénito navarro y una infanta castellana. Navarra quedó así supeditada a los intereses de Enrique II mientras que, con la muerte de la Reina en Evreux (3-XI-1373), Carlos II perdía su principal aliado en Francia debiendo confiar el gobierno de sus posesiones a su primo Luis, conde de Etampes (1374).

Bloqueado por la presión de Enrique II e inmovilizados sus aliados tras el fracaso de la expedición del duque de Lancaster a Castilla y las paces firmadas por el Trastámara con Aragón y Portugal, Carlos II hubo de consolidar la alianza con Enrique II, dando por zanjados todos los conflictos después de celebrar el matrimonio entre el heredero Carlos y la infanta Leonor. (27-V-1375). Entre tanto se habían retomado también las negociaciones con Francia y, deseoso de potenciar el acuerdo, envió allí al infante Pedro, intitulado conde de Mortain (1376), sin obtener resultados.

A pesar de las apariencias, el paulatino distanciamiento de Castilla quedó patente al descubrirse la traición de Rodrigo de Uríz, merino de la Ribera, para entregar Tudela al Trastámara en marzo de 1377. Carlos II, dispuesto a salir de una situación que frenaba cualquier aspiración, retomó desde comienzos de 1377 los contactos con Inglaterra con el fin de obtener ayuda militar a cambio del arrendamiento de los puertos normandos. En respuesta, Carlos V y Enrique II acordaron en otoño dirigir contra Carlos II una ofensiva que preparaban contra Inglaterra.

A comienzos de 1378, buscando una salida mientras proseguían en Bayona los contactos con los ingleses, envió a su primogénito a Francia como conde de Beaumont-le-Roger y señor de Montpellier con el fin de reactivar las negociaciones con Carlos V; una labor imposible después de la detención del canciller Jacques de Rue, que había confesado a los oficiales franceses las maquinaciones del rey de Navarra.

Inmediatamente, tropas francesas dirigidas por el duque de Borgoña ocuparon las posesiones normandas y encontraron nuevas pruebas contra el navarro tras arrestar en Bernay a su secretario Pierre du Terre, mientras el duque de Anjou hacia lo propio en Montpellier en abril de 1378. Los infantes Pedro y Bona fueron también capturados y retenidos como rehenes en la Corte francesa junto con su hermano Carlos.

Desacreditado por la revelación de sus intrigas y confiscados sus dominios franceses, excepto el puerto de Cherburgo, desapareció para Carlos II cualquier posibilidad de actuar en Francia, aunque su pugna con los Valois permaneciera grabada en la memoria colectiva francesa; allí encontraría gran aceptación el sobrenombre de el Malo acuñado en el s. XVI por un cronista descendiente de uno de los linajes represaliados por Carlos II.

Informado de los sucesos franceses y revelados por el adelantado mayor de Castilla sus tratos con Carlos II para entregarle Logroño, Enrique II inició también su ofensiva contra Navarra en julio. Pese al refuerzo preventivo, el reino no pudo contener el ataque y durante el verano de 1378 los castellanos sitiaron Pamplona mientras Carlos II intentaba enrolar tropas gasconas desde Ultrapuertos. Solo el temor a la llegada de refuerzos ingleses, prometidos en junio a cambio del arriendo de Cherburgo pero hechos efectivos en noviembre, pudo contener el avance castellano.

Las consecuencias fueron nefastas: con un reino agotado y ocupado parcialmente, Carlos II hubo de paralizar proyectos anhelados como el de instalar un Estudio General en Ujué, fruto de la misma inquietud por la que había protegido a numerosos universitarios; unos ajustes que no evitaron sucesivas devaluaciones monetarias, con la consiguiente fluctuación de precios, a partir de 1378.

Tuvo que hacer frente además a importantes desacuerdos en el reino. manifestados a través de motines contra las tropas inglesas (Puente la Reina) y de la pérdida paulatina de fidelidad por parte de algunos linajes transfronterizos que, como había mostrado la traición del merino de Tudela, acabaron vinculándose a Castilla. Tras intentar sin éxito el apoyo de Aragón, derrotado, aislado y desacreditado firmó la humillante paz de Briones (31-III-1379).

Quedó así totalmente sometido a Castilla al imponer esta sus directrices francófilas, renunciando a cualquier aproximación a Inglaterra o Aragón; además se impuso el perdón y restitución de los perseguidos en el reino por su vinculación castellana. Como garantía, las tropas de Enrique II retuvieron una veintena de fortalezas y plazas navarras, pero al menos la integridad del reino quedó garantizada.

Última etapa del reinado

La última etapa del reinado de Carlos II (1379-1387) estuvo caracterizada por el desánimo político en el plano internacional, motivado por el fatal desenlace de los proyectos del Monarca, su aislamiento y el progresivo deterioro de su salud, evidente a partir de 1381.

Con todo, la apertura del Cisma de Occidente le procuró un nuevo escenario en el que hacer valer sus pretensiones frente a Francia. Inicialmente partidario del romano Urbano VI, en oposición a un clero navarro abiertamente aviñonés, evolucionó rápidamente hacia la neutralidad por convicción y por las consecuencias de la guerra con Castilla, sin alejarse del pontífice romano en tanto que los ingleses no devolvieran Cherburgo.

Su interés prioritario, no obstante, fue Navarra, debilitada tras años de esfuerzos constantes y en estado de postración; centrado en el gobierno del reino, el Monarca se mostró espléndido al recompensar a aquellos que le guardaron lealtad, premiándolos con donaciones y nombramientos que aceleraron el proceso de navarrización progresiva del aparato institucional y administrativo.

En contrapartida fue creciente el protagonismo del infante Carlos, acorde con el relevo generacional ocasionado por la muerte de Enrique II de Castilla (1379) y Carlos V de Francia (1380). Prisionero privilegiado en Francia como sobrino del Rey, su abierta francofilia y desconocimiento de las maquinaciones paternas le permitieron recuperar el disfrute de las posesiones confiscadas a su padre (6-21-II-1381), por las que prestó homenaje a Carlos VI.

Algunos meses después, gracias a la mediación de su cuñado Juan I de Castilla, recuperó la libertad para regresar a Navarra. Carlos II mantuvo su ambigüedad en la cuestión del Cisma, recibiendo en Pamplona a los legados de Clemente VII y Urbano VI en abril y junio de 1382. Suscitó así nuevamente los recelos de Francia que, so pretexto de abusos por parte de los oficiales del infante Carlos, procedió a la confiscación definitiva de Montpellier en octubre de 1382.

Mejor balance tuvieron las relaciones con Castilla a causa de la mediación del cardenal Pedro de Luna, del posicionamiento aviñonés del infante y del trato inmejorable de este con Juan I, a quien ayudó desinteresadamente a combatir la sublevación del conde de Nájera (VII-1383). Pudo así firmarse el tratado de El Espinar (19-X-1383), que suavizó notablemente las condiciones impuestas en Briones al proyectar la devolución al infante de la mayor parte de las plazas ocupadas, supeditando su cumplimiento a la vinculación pública de Carlos II al Papa de Avignon.

Pendiente aún la devolución de Cherburgo, teóricamente arrendado por tres años, y habiendo planificado en esas fechas un nuevo viaje del Monarca a Inglaterra, no realizado, Carlos II se negó a ratificar el tratado, mientras continuó las negociaciones con Ricardo II. Pese a los esfuerzos reconciliadores de Clemente VII y del Monarca aragonés, esta actitud empeoró notablemente la relación con el rey de Francia, que se había distanciado de Castilla (1384-1385).

Cansado de ambigüedades y bajo pretexto de haber descubierto una nueva conspiración del Monarca navarro para envenenar a los duques de Berry y Borgoña, procedió a la anulación de los derechos del infante y a la definitiva anexión de las posesiones francesas del Rey de Navarra (20-III-1385).

Sin embargo, el bloqueo del acuerdo no dañó las relaciones del infante primogénito con Juan I a este entendimiento y a la mediación del cardenal Pedro de Luna, que permaneció en Pamplona junto al Monarca entre abril y junio de 1385 con poderes de Juan I, Carlos II consiguió el más alto grado alcanzado por el reino en la adecuación de la geografía eclesiástica a su realidad política al obtener la exención de la diócesis de Pamplona (23-IX-1385), y poco después llegó a un nuevo acuerdo con Castilla.

Con las capitulaciones de Estella (16-I-1386) se puso fin a las duras condiciones impuestas en Briones, al devolver al rey de Navarra la plazas retenidas por los castellanos, excepto algunos lugares estratégicos que fueron entregados al infante, y resolver los pagos pendientes de la dote de Leonor, exigiendo a cambio la declaración del reino a favor del papa de Avignon.

No obstante, el puntual cumplimiento de todos los puntos a los largo de 1386, salvo la definitiva vinculación a Clemente VII, no palió la crisis de subsistencia en el reino ni mitigó el descontento popular, manifiesto en algunos tumultos que Carlos II ordenó reprimir con dureza (Pamplona). Falleció pocos meses después en el Palacio Real de Pamplona, sucediéndole en el trono su hijo Carlos III y facilitando con su desaparición el cumplimiento total de lo pactado con Castilla.

La familia de Carlos II

Del matrimonio con Juana de Francia, nacieron siete hijos:

  1. Carlos (1361), primogénito y heredero del trono
  2. Felipe, nacido en diciembre de 1363 y fallecido prematuramente con apenas un mes de edad
  3. Maríac. 1365), casada con Alfonso de Aragón el joven (1397), luego conde de Denia y duque de Gandía
  4. Pedro (1366), que permaneció en la Corte de Carlos VI de Francia como conde de Mortain, donde casó con Catalina de Aleçon (1411)
  5. Blanca (ant. 1369), muerta en la adolescencia
  6. Juanac. 1370), casada con el duque de Bretaña (1386) y posteriormente con Enrique IV de Inglaterra (1402)
  7. Bonac. 1372), fallecida en 1383. La Reina, por otra parte, murió estando encinta (1373).

Tuvo además descendencia ilegítima, origen de algunos ilustres linajes nobiliarios navarros: Leonel, nacido de la relación con Catalina de Lisazo (1377), señor de Cortes y vizconde de Muruzábal, casado con Epifanía de Luna; también una niña, Juana, fruto de la unión con Catalina de Esparza c. 1379), que casó en 1397 con Juan de Bearn, barón de Behorleguy.

R.B.: CIGANDA ELIZONDO, Roberto, Diccionario Biográfico Español, Real Academia de la Historia, 2010, Vol XI, págs. 463-470.