Carlos IV Príncipe de Viana

Biografía

Príncipe de Viana y de Gerona
Príncipe de Viana y de Gerona

Rey de Navarra 1441-1461. La historia sentimental se ha inclinado por la figura del príncipe de Viana en la lucha que sostuvo con su padre, Juan II de Aragón. A mayor abundamiento, la literatura ha tejido alrededor de su persona una leyenda dramática, en la que el bondadoso príncipe era objeto de las maquinaciones de su padre sin corazón y de una madrastra ambiciosa.

Realmente, no se puede negar que Carlos estuvo dotado de brillantes condiciones morales: heredero de las virtudes de su abuelo Carlos III el Noble y de la delicadeza de su madre, doña Blanca I, vivió entregado al cultivo de su espíritu a través de una formación intelectual de poeta y erudito. Fue historiador, compuso poesías de vario estilo, mantuvo estrechas relaciones con el círculo de literatos catalanes, y el mismo, por sus traducciones, puede vanagloriarse de pertenecer a los primeros humanistas españoles.

Sin embargo, como político —y es desde este punto de vista que ha de enfocarse su presencia en los acontecimientos históricos— el príncipe de Viana careció de las menores dotes: ni habilidad, ni energía, ni gran visión de las posibilidades de la hora. Por esto, se limitó a ser caudillo de los movimientos de oposición a la autoridad real en Navarra y Cataluña, movimientos que por otra parte, no engendró, sino que le utilizaron como instrumento de sus fines levantiscos.

Frente a Juan II, que encarna el advenimiento de los tiempos nuevos, Carlos de Viana representa una ideología que se desvanecía a pasos agigantados. Nació en Peñafiel el 29-V-1421, hijo del infante de Aragón, el futuro Juan II, y de la infanta de Navarra, la futura Blanca I. Pasó su infancia y adolescencia en el ambiente refinado del castillo de Olite; en 1423, su abuelo Carlos III creó para él el título de príncipe de Viana. A la muerte de su abuelo, el 8-IX-1425, el gobierno de Navarra fue ejercido por su madre, la cual le hizo jurar heredero de este reino en 1427.

El príncipe de Viana creció en virtudes y en letras, hasta que en 1442, al morir doña Blanca, recayó en sus manos el gobierno de Navarra como lugarteniente, pues su madre le recomendó que en vida de su padre no adoptara el título de rey ni ejerciera funciones soberanas. Esta sabia disposición fue aprobada por Juan II. Durante algún tiempo se mantuvo la concordia entre padre e hijo.

La desavenencia estalló en 1451 a propósito de un pacto firmado por el príncipe de Viana y el príncipe de Asturias, quien había invadido Navarra en son de guerra y amenazaba Viana y Estella. Juan II consideró que el tratado había sido dirigido contra su persona, y entonces, forzando la legalidad constitucional, impuso la corregencia de Juana Enríquez, su segunda esposa. Al lado del príncipe se colocaron los nobles Juan y Luis de Beaumont, y enfrente, el señor de Agramont, mariscal de Navarra.

Los dos príncipes herederos sitiaron en Estella a la nueva lugarteniente; pero Juan II, que regresó a Navarra con un ejército levantado en Aragón, contraatacó poniendo sitio a Aybar. Ante esta plaza se libró una batalla en la que Carlos fue hecho prisionero (1452).

Detenido en los castillos de Tafalla, Mallén y Monroy, donde compuso la Crónica de los Reyes de Navarra, Carlos recobró la libertad en 1453, debido a una intervención de los navarros y aragoneses (concordia de Zaragoza). De nuevo en Navarra, espoleado por sus partidarios, su hermana, la futura Blanca II, y Juan de Beaumont, que le instaron a hacer valer sus títulos, no cumplió los términos de este acuerdo, por lo que la lucha se reprodujo con un tenacidad muy superior.

En 1454 la suerte de las armas fue favorable al rey y a los agramonteses, por lo que, desalentado por su escasa fortuna y ante la intervención del conde de Foix, Carlos decidió abandonar su causa y refugiarse en Francia a principios de 1455. Acogido en París, en la corte de Carlos VII, Carlos pasó a Roma y luego a Nápoles, al objeto de recabar de su tío, Alfonso V el Magnánimo el apoyo que necesitaba frente a la política avasalladora de su padre, quien en 1457 le había depuesto de la primogenitura Navarra.

Alfonso V intervino enérgicamente en favor del príncipe, hasta el punto de que Juan II se mostró dispuesto a una concordia. La muerte del rey de Aragón, Alfonso V el Magnánimo y la entronización de Juan II planteó el problema en términos todavía más agudos. Carlos, al parecer intentó hacerse con el trono de Nápoles en detrimento de Fernando II de Aragón.

Pasó entonces a Sicilia, y lo cierto es que los sicilianos pretendieron nombrarle virrey perpetuo; ante ello, su padre, ya Juan II de Aragón, logró que se trasladara a Mallorca (1459); por la concordia de Barcelona (1460) se produjo una nueva reconciliación entre padre e hijo para apaciguar las bandosidades navarras, pero el rey se negó a nombrarle primogénito de Aragón, que en este reino entrañaba la sucesión directa: Juan II pretendía entregarla a su hijo Fernando, tenido de su segunda mujer, Juana Enríquez.

El 28 de marzo del mismo año, don Carlos desembarcaba en Barcelona, donde iba a dirimirse la última y trágica aventura de su vida. Recibido con solemnidad máxima por los barceloneses, Carlos demoró en esta ciudad algún tiempo en compañía de su padre.

La aparente concordia que reinaba entre Juan II de Aragón y si hijo fue desbaratada por sus divergentes criterios sobre la primogenitura y el posible enlace de Carlos con Isabel, hermana de Enrique IV de Castilla (el rey aragonés pretendía casarla con Fernando, y a la vez había mantenido negociaciones para un matrimonio de Carlos con Catalina, hermana de Alfonso V de Portugal).

El 2-XII-1460 Carlos, que se hallaba en Lérida por orden de su padre, que había convocado Cortes a los catalanes en esta ciudad, fue detenido junto con sus partidarios. Este acto provocó una grave agitación política en todos los estados de la Corona, singularmente en Cataluña. Después de esta grave amenaza de alzamiento, Juan II tuvo que devolver la libertad a su hijo, quien, mientras tanto, había sido encerrado en Morella (1-III-1461).

Recibido en triunfo en Barcelona (12 de marzo), proclamado heredero y lugarteniente el 20 de junio, ratificada su posición el 21 del mismo mes por el convenio de Villafranca del Panadés, se abría ante el príncipe de Viana un camino de porvenir enigmático —pues era dable suponer que Juan II no aceptaría pacientemente su derrota—, cuando le sorprendió la muerte en Barcelona el 23-IX-1461. Así se inauguraba la lucha entre Juan II y el Principado, presidida por el recuerdo del desgraciado príncipe, al que los catalanes de la época llegaron a venerar como un santo.

R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo I, págs. 204-205.