Fases de la Reconquista

El Estado de guerra permanente
Reparto del reino
El Imperio Leonés

El Estado de guerra permanente

Los reinos españoles que comienzan a brotar con el de Navarra en el siglo X son reinos de la Reconquista. Decimos reinos de la Reconquista en un doble sentido: no solo porque nacen en el decurso de esta alta empresa, sino también porque, probablemente, sin el movimiento de la Reconquista, o lo que es igual, sin la invasión sarracena, estos reinos no hubieran existido.

Carlos III rey de España
Guerreros cristianos y musulmanes

La necesidad de recuperar los territorios ocupados por los musulmanes mantuvo a España en perpetuo estado de anarquía, dando al propio tiempo a los grandes vasallos del rey un poder militar desmesurado, que en las circunstancias que se mencionarán no podían menos de incitarles a desmembrar los estados de la monarquía.

En otras palabras: la situación creada a España por la presencia del invasor mahometano favoreció a los nobles con una independencia mayor que la admitida en el resto de Europa, al paso que debilitaba al Estado en términos insólitos. En semejante desorden era inevitable que cada magnate hiciese la guerra a los moros por su cuenta.

Como desde la fundación de la monarquía asturiana, la religión y juntamente el patriotismo mandaban que se fuese reconquistando la tierra de España a los mahometanos, y como las virtudes guerreras eran, por consiguiente, las tenidas en mayor o única estima, fue creciendo por días el poder de los nobles principales, o dicho de otro modo, de los grandes guerreros, a quienes seguían al campo de batalla crecido número de secuaces armados.
No satisfechos aquellos señores con el influjo que gozaban como columnas de la monarquía y cabos naturales de la milicia, arrancaron a sus soberanos concesiones que ni habían pensado en reclamar sus antepasados visigodos, pues no solo levantaban tropas de entre sus colonos y siervos, sino que las llevaban dondequiera cumplía su voluntad bajo su pendón, y dependiendo de ellos solamente, y edificaban fortalezas.R.B.: Dunhan-Alcalá Galiano. Historia de España. Madrid, 1844, t. III, cap. XI.

El mismo pensamiento expresa Herculano:

La monarquía de Pelayo, después de dilatarse con alguna extensión más allá de sus primeros territorios tendía de continuo a desmembrarse en pequeños, principados. Cada conde o gobernador de distrito tendía necesariamente, en virtud del permanente estado de guerra, a juntar en sus manos poderes militares, judiciales y administrativos; era casi un rey y propendía a olvidar que allá lejos, al pie de los montes de Asturias, existía un hombre superior a él.
Sin haber feudalismo en España, causas análogas a las que lo habían engendrado en el Norte de Europa actuaban aquí, y estas causas, más fuertes en los distritos de la frontera árabe, donde el poder de los respectivos condes tenía que ser mayor y sus atribuciones menos limitadas, determinaban que en tales zonas fuesen más frecuentes las rebeliones, algunas coronadas por el éxito, como sucedió, primero, con Navarra en el Oriente, después con Castilla en el Centro y por último con Portugal en el Occidente.R.B.: Herculano. libro. I. p. 164.

Esta práctica militar, con otros síntomas que mencionaremos, delata también que en España no funcionaba un sistema feudal puro. El perpetuo guerrear privo a los reyes españoles de la autoridad que disfrutó la corona en las naciones de feudalismo sistemático y completo.

En estos pueblos, los barones asistían al monarca en la guerra, según el compromiso contraído al entrar en posesión del feudo, pero el servicio militar se entendía por tiempo limitado, y concluida la campaña, los nobles desbandaban, o derramaban según la típica expresión castellana, las huestes.

En España, por el contrario, los caballeros estaban más a menudo sobre las armas, porque la amenaza musulmana, cuando no la necesidad de adelantar las líneas cristianas, era constante. En consecuencia, como se nos ha dicho, los nobles se rodearon de un aparato militar que los hizo particularmente terribles y perturbadores.

La soberanía que virtud de su fuerza militar disfrutaban de hecho los grandes, los convertía en otros tantos reyes. La rigidez jerárquica del régimen feudal, basada en el servicio militar a trueque de la posesión de la tierra y la protección personal, evitaba en las naciones europeas genuinamente feudales que los barones se declarasen soberanos absolutos en sus dominios, como a menudo hicieron en España.

El peligro de que surgieran dinastías rebeldes e independientes en los grandes feudos europeos era muy remoto, incluso en aquellos que por sus especiales características geográficas y étnicas pudieran aspirar a convertirse en reinos. Los duques, por poderosos que fuesen, reconocían su condición de vasallos tributarios de la corona rindiéndole el pleito-homenaje.

Pero aun en los casos de mayor desobediencia, el barón en rebeldía no se le ocurría arrogarse la soberanía monárquica sobre los territorios sometidos a su mando. Se oponía a ello la ética del sistema feudal.

Esta ética del sistema feudal hacía de la lealtad uno de los más eficaces instrumentos en la conservación de las instituciones políticas en aquellas críticas edades. Tan fuerte era su imperio en los países feudales por excelencia, que el vasallo se consideraba obligado a vengar las ofensas que se hacían a su señor, sin retroceder ante el homicidio.

Unas palabras de Enrique II de Inglaterra contra Thomas Becket, luego Santo Tomás de Canterbury, incitaban a cuatro de sus caballeros a darle muerte, pues se consideraban deshonrados si dejaban impune el ultraje de que había sido víctima su señor.

Tal era la fuerza del lazo feudal, tal la virtud del juramento que recíprocamente se prestaban vasallo y señor, comenta un historiador moderno. En caso análogo, otro caballero, vasallo de Raimundo IV de Tolosa, de Francia, quitó la vida al monje Piero de Castelnau, que había dirigido a su señor ciertos reproches que este resintió vivamente.

Aconsejado por la ética feudal, Enrique I de Inglaterra estimó que debía sacrificar el interés de sus propios hijos al de su vasallo y los hijos de Enrique II antepusieron la lealtad al rey de Francia, soberano feudal de su padre, al mandato de los sentimientos filiales. El propio Enrique II no se consideró seguro de sus hijos hasta que les hubo obligado a rendirle pleito-homenaje.

En España, por virtud de la endeblez del sistema feudal y a causa del poder militar de los nobles, que el rey no podía menguar sin abrir, quizás, las fronteras a los moros, la corona no infundía con frecuencia respeto alguno, ni inspiraba a los optimates la debida lealtad.

En quiebra la ética feudal (en ninguna nación alcanzaron la infidenencia y la rebelión vuelos tan altos), nada tiene de sorprendente que la desusada autonomía de los gobernadores militares les animase a menudo a usurpar en sus dominios los atributos y poderes soberanos de la corona.

Por el contrario, en Francia la institución monárquica estaba protegida contra semejante peligro por el pleito-homenaje del modo y en la medida que ver.

Como es sabido, el poderoso duque de Borgoña aventajó en ocasiones al propio rey francés en fuerza y en influencia exterior y, sin embargo, los duques de Borgoña jamás vieron realizada su antigua aspiración de ostentar las insignias de la realeza en sus dominios.

Por cartas cruzadas entre Felipe el Bueno y Pío II, se tiene noticia de que el emperador había prometido a aquél el título de rey. Ya su antepasado, Felipe el Intrépido, trató de propagar la idea de que la duchié de Bourgogne nestoit yssue ne descendue de France, mais chief d'armes a part soy. Carlos el Temerario, el más codicioso de todos los duques borgoñeses, resolvió convertir el ducado en reino.

En la asamblea de los Estados de Borgoña que tuvo lugar en Dijon en enero de 1473, Carlos aludió al reino de Borgoña, que según él, los franceses habían de antiguo usurpado y hecho ducado. En la entrevista que tuvo lugar en Trèveris el año anterior con el emperador, le había pedido que le nombrase vicario imperial, rey de la Galia Bélgica o de Borgoña. Los borgoñeses habían acudido en gran número a Trèveris y el aterrad emperador lo hubiera pasado mal si se hubiese resistido a dar satisfacción al duque.

Se llegó a exponer al público en la iglesia de San Maximino, los atributos de la realeza: cetro, manto, corona; y todo el mundo iba a verlos. La ceremonia de coronar rey al Temerario debía de haber tenido efecto al día siguiente; pero el emperador se metió de noche en una barca, se fue por el Mosela y el duque se quedó en duque.R.B.: Michelet. Histoire de France. t. II, p. 185, 190.

Por el ejemplo que acabamos de citar comprobamos que la monarquía feudal pudo sostenerse gracias al hilo sutil de la soberanía, sin el cual no hubiera habido duque que renunciase a trocar su ducado en reino, Príncipes débiles recibieron a veces un homenaje extraño. Tal ocurrió cuando en el año 9ll el jefe normando Radholf o Rollo se estableció en el Sena con el consentimiento del rey de Francia, Carlos el Simple, de quien pasó a ser vasallo.

Rollo aceptó el bautismo y se declaró dispuesto a prestar el debido homenaje al rey, lo que hizo por él uno de los suyos, uno de aquellos bárbaros que pusieron espanto en Europa. El normando se inclinó hasta besar el pie del monarca y en ese momento le cogió por el talón y le hizo dar una voltereta en el aire. Mas no por tratarlo con tan brutal irreverencia había sido menos reconocido el rey como rey, ni el vasallo era menos vasallo.

Parece, pues, incuestionable que la pluralidad de reinos hispánicos se gesta en la situación singular de que exista una guerra permanente (tendencia a la desintegración) no habiendo arraigado el feudalismo, que en fin de cuentas se regía por una ley moral y jerárquica que templaba en alto grado la anarquía.

El reparto del reino por los reyes

Pero vemos —y en capítulos subsiguientes se comprobará con cierto detalle— que algunos reinos —Castilla, Aragón— parecen nacer de la división por el rey de los territorios de la monarquía entre sus hijos; y generalmente se piensa que el reparto del reino entre los descendientes del monarca se origina exclusivamente en una idea bárbara de la realeza, en el sentido patrimonial de la monarquía.

En España se inicia la práctica de repartir los dominios de la corona entre los hijos del rey en tiempo de Sancho el Mayor de Navarra (1000-1035). En Francia dividen varias veces el reino (o el imperio) merovingios y carolingios. A poco que se pare la atención en las circunstancias que concurren en estas desmembraciones, nos las explicaremos por motivos distintos del concepto en que los reyes pudieran tener a la monarquía.

En el fondo, las divisiones del reino nacen de las mismas causas en España que en Francia. En el año 511, Clodoveo reparte sus estados entre sus cuatro hijos. Teuderico se instala en Metz, Clotario en Soissons, Childeberto en París y Clodomiro en Orleáns. Pero en realidad, lo que se reparte no es la monarquía, sino el ejército. La división está aconsejada por la defensa del reino, que en las condiciones de entonces exigía, sin duda, la división de la soberanía. Cada hijo de Clodoveo aparece al frente de una de las líneas militares que los campamentos de los francos habían formado en la Galia.

La monarquía merovingia viene después a estar encarnada en Clotario (558-561), por muerte de sus tres hermanos. Clotario la dejó a sus cuatro hijos. Ahora también vuelve a obedecer el reparto a una necesidad militar. A Sigeberto correspondieron los campamentos del Este o Austrasia, con residencia en Metz.

Chilperico reinó en Neustria con el título de rey de Soissons. Gontran obtuvo la Borgoña, con Châlon-sur-Saône por capital. Extrañamente, pero por razones que acaso tengan que ver también con la defensa, Chariberto reunió bajo su gobierno a París y la Aquitania.

La división del reino como medio de defenderlo eficazmente tiene un precursor en Diocleciano, en quien no es discernible sentido patrimonial alguno de la corona. Tampoco lo es en Carlomagno.

La sospecha de que los repartos de los estados de la monarquía efectuados en la época merovingia pudieran provenir de un concepto bárbaro de la realeza no es válida para las divisiones realizadas por Carlomagno y por su hijo, ambos tan influidos por la Iglesia, para quien era dogma la unidad imperial.

La verdad es que la amenaza sarracena y las invasiones normandas impusieron la división del imperio ya en los días del gran Carlos. Por muerte de sus dos hermanos mayores reúne la dignidad imperial Luis el Piadoso. Nueva división. Luis el Piadoso encomienda el gobierno y la defensa de sendas provincias fronterizas, con título de rey, a sus dos hijos. A Luis le da Baviera; a Pipino, la Aquitania. Lotario, el mayor, aspiraba al imperio y seria rey de Italia.

Parece indudable que el imperio carolingio, no podía defenderse más que fragmentándose. El poder y la soberanía habían de polarizarse en ciertas regiones; los caudillos o jefes supremos de las zonas más codiciadas por el invasor habían de disfrutar atribuciones de rey.

Instintivamente, Francia percibió que el imperio era un estorbo para la obra vital de impedir los desembarcos normandos y contener el avance de aquellos bárbaros singulares, que, introduciendo un peligro hasta entonces desconocido, remontaban los grandes ríos de la Galia casi hasta sus fuentes y llegaban por el Sena las puertas de París, al que asediaban.

La impotencia del poder centralizado, incapaz de proteger a las provincias contra la calamidad normanda dio el primer impulso a la desintegración política característica del feudalismo. Cuando Herculano sugiere que, sin haber feudalismo en España, causas análogas a las que lo habían engendrado en el Norte de Europa actuaban aquí, y sospecha que los reyes españoles dividían el reino entre sus herederos, adelantándose a una desmembración implícita en el curso de los acontecimientos, apunta una realidad evidente.

La aparición de los reinos en España respondía a una tácita división de la Península en esferas de influencia. Esta división fue pronto explícita. El reparto de los dominios de la monarquía por Fernando el Grande entre sus hijos parece obedecer, en el fondo, a las mismas razones que las divisiones del reino por merovingios y carolingios en Francia, puesto que el hijo de Sancho el Mayor atribuye a cada uno de sus hijos un reino moro, según veremos más adelante.

Y es que cada región se defendía como podía, de acuerdo con sus recursos y el ingenio de sus capitanes, que inevitablemente se arrogaban poderes soberanos a expensas de la corona, y a menudo de acuerdo con ella. También en España, según eso, obedece la quiebra de la unidad a una necesidad militar.

Los reyes carecían de fuerza para impedir que los condados se convirtieran en hereditarios; ni lo hubieran dificultado con el tiempo, en beneficio de la autoridad y el prestigio de los gobernadores, cada uno de los cuales tenía que ser como un soberano si había de hacer frente, con éxito, a los problemas y situaciones que nacían de la guerra.

Se explica que los reinos de Navarra y de Castilla surgieran respectivamente de acuerdo con la corte asturiana y leonesa. La monarquía accedía a su propia desmembración. En el caso de Navarra es notorio que el rey leonés considera necesario este nuevo reino, como si la autonomía diera más eficacia a la defensa de aquella región, por lo demás muy difícil de gobernar desde Oviedo.

Como en España, en Francia, al descomponerse la monarquía carolingia, los caudillos que la reemplazan en las fronteras tienden a titularse reyes. Boson, cuñado de Carlos el Calvo, se proclama rey de Provenza o Borgoña Cisjurense en 879. En 888 Rodolfo Welf se apodera de la Borgoña Transjurense y la convierte en reino. Estos dos guerreros reclaman para sí la soberanía absoluta, disfrutan poder de reyes, se sienten reyes y se lo llaman. Son los guardianes de la frontera del Sudeste francés contra los sarracenos.

Igualmente, en Normandía y Bretaña, comarcas muy castigadas por los aventureros normandos, deja de existir moralmente la monarquía centralizada. ¿Que puede hacer aquí un Estado representado por los degenerados descendientes de Carlos Martel? Todos los años saquean a mansalva los piratas del Norte estas tierras costeras. La indefensión engendra la rebelión.

Los bretones acaban sublevándose contra el rey. Quieren hacerse independientes de su cetro, que no es capaz de garantizarles la seguridad personal. El caudillo Nomenoé solivianta al pueblo, derrota a Carlos el Calvo, somete a los normandos, preconiza contra Tours la independencia de la Iglesia bretona y llega a pensar en convertir a la Bretaña en reino. In corde suo cogitavit ut se regem faceret..R.B.: Histor. Britann, Ap. Scr. Fr. VII, 49. Michelet, t. II, p. 53.

Pero Bretaña no fue reino, ni lo sería más tarde, a pesar de reunir todos los caracteres de nación: geografía, costumbres, lengua. Los pequeños reinos de Arlés y el Jura tuvieron vida efímera, si bien cumplieron una función.

Francia se constituyó en grandes feudos con duques como reyes, como se ha visto, pero por insignificante y oscurecido que estuviera el rey, era el símbolo preservador de la unidad nacional, que renacerá un día con más vigor que nunca. En Francia, la desintegración no se sostiene, ni prospera en fondo, como en España, porque Francia se organiza al cabo en régimen feudal cerrado, con su rígida jerarquía.

Al eliminar la división de los estados de la monarquía entre los herederos como causa e incluso como hecho codeterminante del fenómeno de que España aparezca constituida en la Edad Media por diversos reinos o estados soberanos, prevalece como fundamento de la pluralidad monárquica la debilidad del Estado.

Es absurdo creer que la guerra continua robusteció a la corona. Al contrario, la perjudicó en grado superlativo. Reconozcamos que España no podía poseer en la Edad Media un Estado sólido. Un país en guerra es un país en revolución. En nuestra historia, la realeza llega a ser a menudo una mera abstracción.

No faltan, cierto, monarcas de vigorosa personalidad, pero, en cuanto institución, la monarquía española jamás disfruta en la Edad Media el poder y el predicamento que tiene en Francia. Una larga minoridad, cualquier otro accidente en la sucesión, una irresistible acometida de las armas sarracenas, provocan en España rebeliones y turbulencias que conducen a desmembraciones y separatismos desconocidos en otros países.

En la baja Edad Media, conclusa virtualmente la Reconquista, no es ya, sin embargo, la guerra la causa principal de la flojedad de la corona, sino la ambiciosa nobleza territorial, enriquecida sin mesura con las vastas y ricas provincias recuperadas de lo moros en el Sur.

El Imperio Leonés

Dijimos antes que una de las causas de que en España hubiese pluralidad de reinos radicaba en la poca profundidad que tuvo aquí el feudalismo. Al ocuparnos de Cataluña acabaremos de exponer las diferencias que separaban a España de los países feudales. Verdadero sistema feudal solo existió dentro de la Península Hispánica en esa región. El feudalismo de Navarra y Aragón era menos puro. Estas regiones recibieron el régimen feudal de Francia.

No obstante, en el Sur de Francia, hondamente romanizado, tan romanizado como España a la llegada de los pueblos germánicos, el derecho feudal, fue también poco vigoroso. Se debió, en parte, a la romanización de los visigodos que ni en la Narbonense ni en España prendiera el feudalismo. Cuando comienza a gobernar a España, la nación visigoda había perdido en grado considerable su germanismo y, conforme vimos también, pronto se dejó absorber por la sociedad indígena.

Una de las cualidades o rasgos germánicos sobremanera atenuados en los visigodos era el sentimiento de la dedicación personal o veneración del hombre por el hombre, que más tarde contó entre los principios de la sociedad feudal. Naturalmente, el feudalismo no se componía solamente de psicología germánica: era también un sistema económico particular, debido a la dominación del Mediterráneo por el Islam, suceso que convirtió a los restos occidentales del Imperio romano en pueblos exclusivamente agrícolas, sin apenas comercio, y por tanto, huérfanos de burguesía.

Como se ha demostrado, la única riqueza y la única fuente de riqueza en Europa, por algunos siglos, fue la tierra. Sobre estas dos columnas, una psicológica, económica la otra, se sostuvo el sistema feudal.

España siguió otro rumbo, porque no quedó aislada de África y el Oriente como Francia. Media España, la ocupada permanentemente por los musulmanes, nunca vio cortadas sus relaciones con el Mediterráneo oriental y meridional. La influencia sarracena actuó, claro es, eficazmente contra la formación en la España cristiana de un régimen feudal digno de tal nombre.

El constante paso de los mozárabes a territorios cristianos mantuvo viva de sur a norte una poderosa corriente antifeudal que contrarrestaba positivamente los aires feudales que exhalaba el Norte europeo.

España, en suma, permaneció en la mitad islamizada del imperio romano, con la próspera provincia romana de África, y su cultura, su economía y su política tomaron un sesgo oriental, es decir, fueron más las que privaban entonces en el mundo oriental que en el occidental, a pesar de la situación occidental de la Península. Esta situación occidental no impidió que España se alejara de Europa, del Occidente, representado en esos siglos por Francia y el feudalismo.

Enérgico agente antifeudal fue también el municipio, difícil de desarraigar en provincias tan romanizadas como España y el Sur de Francia. Respetado el municipio por los godos como parte de la organización político-económica del imperio, la clase media nunca desapareció por completo en España y en el Sur de Francia.

Sabemos de qué forma fragmentaba el feudalismo el poder político. La hegemonía del rey sobre sus vasallos era con frecuencia meramente nominal. La monarquía poseía una fuerza real inferior a la de los barones. Mas también hemos advertido que la monarquía en ningún momento abdica la ascendencia moral que recibe del pleito-homenaje. A veces, caía el reino en manos de nobles poderosos, que, sin desconocer la fidelidad nominal del sistema feudal, eran, en la práctica, independientes.

Pero el espíritu de vasallaje, al extinguirse la segunda raza de reyes franceses y producirse la usurpación del trono por Hugo Capeto (año 987), tiene a los nobles pendientes de París. El mismo espíritu espolea a los caballeros codiciosos y audaces a aventuras militares para fundar reinos, pero no en los dominios de sus reyes, sino lejos de ellos, como Godofredo de Bouillon en Palestina y los hijos de Tancredo de Hauteville, Roberto y Roger Guiscardo, en el Sur de Italia.

En España, ese espíritu o punto de vista feudal que hacía compatibles la más absoluta independencia del barón con la supremacía nacional indiscutida del rey, solo existió plenamente en Cataluña.

Los nobles no tenían en Castilla y León facultades o atributos feudales, como el de jurisdicción, que los hiciese de derecho soberanos en sus dominios, pero carecían del espíritu de vasallaje, y de hecho eran más independientes de la corona que en Francia.

En notable y de todo punto conforme con lo que venimos diciendo que el único estado español genuinamente feudal, el de Cataluña, no se convirtiera jamás en reino, y que lo fuera, al fin, por mediación de Aragón. Ningún conde de Barcelona aspiró al título de rey.

Vasallos, primero, de los reyes francos, y más tarde de los emperadores españoles, los condes de Barcelona nunca soñaron con fundar en esta región de España una monarquía. Es decir, que el feudalismo, por una parte agente de desunión y fatal para la monarquía, contenía, por otra, un elemento disciplinario que iba a favorecer la unidad y a salvar a la monarquía en los países donde el sistema funcionaba con pureza.

Nada tiene de particular que en Francia vayan unidos la conversión de los condados en hereditarios (por Carlos el Calvo, año 877) y el robustecimiento del principio unitario del Estado. En España, el carácter hereditario de los condados y la integridad del Estado son en seguida inconciliables. Porque la ambición de hacer hereditario el título (por influencia francesa) tiene en España sentido desintegrador, resulta un paso hacia la separación, es un movimiento hacia la monarquía disidente; los condados hereditarios se trocaban al cabo del tiempo en reinos.

Ahora bien, aunque cesara de depender de Asturias o de León, el conde o guerrero que pasaba a ser rey no conquistaba la independencia absoluta, excepto en la tardía aparición de la monarquía portuguesa.

Por parte de todos se tendía a hacer compatible la existencia de varios reinos con la unidad de España, unidad que estaba en la conciencia de reyes y súbditos. Jaime I, el gran rey aragonés, pide la ayuda de sus barones para ir a reforzar las tropas de Alfonso X, en ante los moros, diciéndoles que así salvarán a España (per salvar Espanya).R.B.: Pasaje de la Crónica de Jaime I. Menéndez Pidal. Castilla, la tradición y el idioma. p. 18.
La división del reino no se hacía sin repugnancia de los mismos príncipes; según las gestas poéticas de los juglares que se repetían reino XIII, don Sancho se opuso a la partición del reino por su padre Fernando el Grande, negando que pudiera hacerlo, dado que los godos habían dispuesto que jamás se dividiese el imperio de España, sino que fuese todo de un señor.R.B.: Menéndez Pidal. La España del Cid. parte II, cap. III, p. 91.

No había otro procedimiento para armonizar la fatalidad con el interés político de los españoles que elevar al rey de León por encima de los reyes que iban apareciendo, esto es, que se declarase emperador y como tal se le reconociera. Ante la creación de un nuevo reino en Pamplona, los reyes de Asturias y León reaccionan dándose el título de emperador y de esta suerte salvan la unidad política esencial de España.

Alfonso III recibió el nombre de imperator, lo mismo que varios de sus sucesores. Galicia, Castilla, Aragón reconocían esa supremacía. En diplomas aragoneses se menciona junto al rey propio al rey leonés como emperador. Hacia el año 1029, el encumbrado Sancho el Mayor reconocía la dignidad imperial del nuevo rey de León, Vermudo III.

Ego Sancius rex, tenens culmen potestatis mee in Aragone et in Pampilonia et in Sobrarbi et Ribagorza et in Nagera et in Castella et in Alava; et comes Sancius Guillelmus in Gasconia, et Belengurius comes in Barcelonia; et imperator domnus Vermudus in Gallecia..

En Cataluña, el obispo de Vich, Oliva, llama a Sancho el Mayor simplemente rey, pero llama imperator al de León. Cuando Sancho el Mayor se apodera de León en enero de l034 toma el título de emperador. Pero recuperado León por Vermudo III, los hijos de Sancho el Mayor reconocen la supremacía del rey leonés. Ramiro I de Aragón fecha en 1036 la carta de las arras que concede a su esposa Gisberga de este modo.

regnante imperator Veremundo in Leioni, et comite Fredinando in Castella, et rex Garsea in Pampilonia, et rex Ranimirus in Aragone.

Después de adueñarse del reino leonés en 1037, las crónicas llaman emperador a Fernando, el hijo segundo de Sancho el Mayor, rey de Castilla: Imperator fortissimus. Sus hijos le llaman imperator magnus. Su hermano, el rey de Aragón, le reconoce como emperador.

regnante me rege Ranimiro in Aragone et in Suprarbi; frater meo Garseano in Pampilona, et Fredelandus imperator in Castella et in Leone et in Astorgas..

Alfonso VI empieza a generalizar en sus diplomas el título de emperador con un estilo más explícito: Ego Adefonsus imperator totius Hispaniae. Los demás reinos de la Penínsila continúan aceptando el rango imperial del rey de León: regnante rege domino Sancio in Aragone et in Pampilonia; imperatore domino Adefonso in Legione, rezan varios diplomas aragoneses.

Los historiadores árabes —añade Menéndez Pidal— hacen constar esta preeminencia cuando explican que Alfonso VI usaba el título de imperator, que quiere decir rey de reyes. Más tarde, Alfonso amplió si título y se proclamó constitutus imperator super omnes Hispaniae nationes.R.B.: Menéndez Pidal. La España del Cid. parte I, II, p. 70. Parte II, IV, p. 161.

Resumiendo cuanto llevamos dicho, concluimos que en la perfecta unidad geográfica de la Península había llegado a constituirse un estado nacional, obra de cinco centurias de civilización romana y dos y media de monarquía visigótica, en extremo romanizada. La invasión sarracena asestó un golpe mortal a la unidad española en todos sus aspectos político, cultural, religioso, económico.

La España que va renaciendo a medida que es expulsado el musulmán evoluciona social y políticamente en sentido distinto del resto de la Europa occidental. Y no puede ofrecer duda que la diferencia se origina en el costosísimo accidente que sufre España con la ocupación árabe y la Reconquista cristiana.

Si atribuyésemos la pluralidad de reinos españoles a motivos no relacionados con la ocupación sarracena y la Reconquista, negaríamos de modo implícito las consecuencias políticas de esos formidables acontecimientos y desconoceríamos su más profunda huella en la historia de España. Nuestra nación tenía que ser ya desemejante de las demás de Occidente y en cierto modo anormal.

Bien será ahora, en práctica confirmación de las observaciones anteriores, trazar una historia sinóptica de cada uno de los reinos que hemos llamado de la Reconquista.

R.B.: RAMOS-OLIVEIRA, Antonio, Historia de España, Compañía general de ediciones, 1950, México, Tomo I págs. 298-311.