Las Indias / Reyes Católicos

Orígenes de la empresa indiana

El Atlántico y Andalucía

Influencia económica italiana

Bases de las expediciones

Descubrimiento y población

Empresas descubridoras

Empresas colonizadoras

El Atlántico en la economía andaluza de la Baja Edad Media

La verdadera raíz de los hechos que caracterizan la época de los grandes descubrimientos, se halla en un modo nuevo de pensar y de vivir que es típico del final de la Edad Media, y ya perceptible en todo el Occidente europeo a principios del siglo XIV: las gentes comienzan a aspirar a una vida menos agobiada, más cómoda y lujosa que la de sus antepasados.

La escasez de pastos invernales obligaba por entonces a los ganaderos europeos a sacrificar cada otoño muchas cabezas de ganado. El problema de conservar estas carnes, vital para comunidades humanas que en buena parte vienen subsistiendo al borde del hambre, determina una demanda insaciable de sustancias conservativas: sal del sur de Europa, la más común y barata de todas; pimienta del Oriente o del África occidental, la especia más usada; canela, nuez moscada y jengibre, todas de procedencia asiática, así como el clavo, la más buscada de las especias.

Junto a la necesidad, el lujo. Las sedas chinas y el algodón indio tienen cada vez más amplia aceptación frente a los bastos, malolientes tejidos de lana; el ruibarbo y otros productos chinos se cotizan cada vez más en medicina; varias clases de piedras preciosas, como esmeraldas de la India, zafiros de Ceilán y rubíes del Tíbet, tienen creciente demanda. Ropas, muebles, todos los adminículos de la vida diaria, ganan cada día en refinamiento. El lujo y la ostentación aparecen en las ciudades, y especialmente en las residencias de la nobleza.

El dinero, medio infalible para lograr todas estas cosas, máximo signo de bienestar y riqueza, es cada vez más deseado. Las crónicas y la literatura de la época muestran claramente la sed de oro típica del final del Mediterráneo. De aquí la necesidad que experimentan los grupos sociales más caracterizados —rey, cortesanos, nobles— de incrementar sus fuentes de ingresos.

Para adquirir dinero hubo en Andalucía varias posibilidades, y todas fueron empleadas. Era una organizar la lucha contra los musulmanes como empresas mercantiles dirigidas a adquirir botín, y tales fueron muchas de las emprendidas por los nobles andaluces en territorios de los moros, aunque su organización y aspectos económicos hayan sido poco investigados.

Estas empresas no solo se realizan por tierra, sino también por mar, contra la navegación y las ciudades costeras musulmanas del reino de Granada y del norte de África, adquiriendo un típico carácter mixto, pirático-comercial.

Las costas sudoccidentales de Castilla se caracterizaban ya a comienzos del siglo XV por el importante desarrollo de tales negocios marítimos. A semejanza de las primeras empresas de Enrique el Navegante (que tuvieron el carácter de piraterías contra los musulmanes), también nobles andaluces como los duques de Medinaceli y Medinasidonia, como el marqués de Cádiz, como los caballeros de Sevilla, Jerez y otras ciudades, se interesaron repetidamente en viajes oceánicos que eran a la vez, o indistintamente, comerciales y bélicos.

La pesca costera, y luego la pesca de altura, fueron escuela donde se iban forjando los hombres para estas navegaciones. El Atlántico andaluz, en cuyas playas de Rota, Chipiona, Punta Umbría y Lepe ya recolectaron los musulmanes crustáceos y mariscos, fue pronto para los campesinos ribereños un campo de trabajo y actividad al que llevaron un sentido de posesión reservado solo en otras partes a la tierra labrantía, y que quizá les hizo denominarlo la mar, como quien dice la huerta.

Ese mar domado, explotado, casi arado en busca de almejas y cangrejos, vía de tránsito para los buques que hacían el comercio entre países mediterráneos y atlánticos de Europa, les brindó pronto sus lejanas rutas, en busca de bancos de atún y otras pescas de altura, en demanda de las Islas Canarias —que hay indicios para creer fueron habitualmente visitadas por marinos andaluces desde fines del siglo XIV— y en demanda de las costas africanas del Noroeste.

De 1449 se conserva testimonio de una concesión pesquera hasta el cabo Bojador, hecha por el rey Juan II al duque de Medinasidonia; carabelas andaluzas visitan las costas de Guinea desde aquellos años, en pugna a veces muy violenta con las naves portuguesas, e incluso contra acuerdos diplomáticos luso hispanos.

En estos viajes, los marinos andaluces aprendieron que las rutas del Atlántico podían ofrecer rendimientos más preciados que la pesca: el oro, la pimienta y los esclavos negros que podían obtenerse en las costas africanas al sur del Cabo Bojador, a cambio de baratijas y mercancías europeas, o bien arrebatándolas a viva fuerza de las naves portuguesas que regresaban de Guinea con ese cargamento.

También las Canarias, donde se había afirmado la soberanía castellana, ofrecían un comercio lucrativo, tanto por la propia riqueza de las islas como por su utilidad como base de expediciones a la costa africana; incluso era posible hallar nuevas y desconocidas islas análogas a las que los portugueses ocuparon y colonizaron a lo largo del siglo XV.

En efecto, si hasta entonces habían surgido las Canarias, Azores y Madera, no había razón para pensar que dejasen de aparecer nuevos archipiélagos, e incluso se empezaban a llenar los mapas de míticas islas situadas al Occidente. Si hemos de creer el testimonio de las Décadas de Alonso de Palencia, era los marinos de Palos quienes mejor conocían el mar de Guinea, y quienes más tiempo lo habían navegado. No es extraño, pues, que a Palos fuese Colón en busca de tripulación y buques para su viaje descubridor.

La preparación del descubrimiento y colonización de América nos aparece como un proceso largo, lento, continuo, en el que no solo se integran la serie de factores típicos y locales de las costas sudoccidental castellana ya mencionados, sino también toda la técnica comercial y toda la experiencia colonizadora del Occidente europeo.

Influencia económica italiana

En realidad, Italia había sido durante la Edad Media el único país colonizador. Venecia, Génova, Pisa, luego Florencia y Nápoles se interesaron desde la época de las Cruzadas en las posibilidades económicas y colonizadoras que ofrecía en el Mediterráneo Oriental la progresiva decadencia del Imperio Bizantino. Pisanos y genoveses aparecen también en Cataluña a comienzos del siglo XII, y no tardarán en incorporar España y Portugal a las grandes corrientes comerciales del mundo.

Cuando la expansión turca hace decaer la posición de Génova en el Mediterráneo oriental, los mercaderes y navegantes genoveses intensifican su acción y su presencia en Occidente: muchos se establecen en Sevilla (donde tienen barrio propio y privilegios poco después de la conquista de la ciudad por Fernando III, haciéndola su principal centro de operaciones), en Jerez, en Cádiz, en Lagos y otros lugares del Algarve portugués, en Lisboa, y hasta en algunos lugares de Marruecos.

Los puertos de la Península son, a mediados del siglo XV, desde San Feliu de Guíxols hasta La Coruña, habituales escalas para los convoyes marítimos italianos consignados a Flandes, ofreciendo así a los marinos de Castilla el ejemplo de un sistema de navegación que ellos aplicarán más tarde en la ruta de América.

Genoveses y otros italianos sirvieron a los reyes de Castilla como navegantes o como banqueros, y pronto se interesaron en las empresas atlánticas de Castilla y Portugal. Hay constancia de que genoveses establecidos en Cádiz, Jerez, Puerto de Santa María y Sanlúcar de Barrameda comerciaban desde esos puertos con el África portuguesa, con las Azores, Madeira y Canarias, y son en parte responsables de la rápida colonización de este último archipiélago.

La red de factores comerciales genoveses se hace tan amplia que ha podido hablarse —con evidente exageración— de que Génova, tras perder sus colonias en el Mediterráneo oriental, las adquiere en el occidental, aunque estén bajo soberanía castellana o portuguesa. Más justo sería decir que, antes de ser absorbidos por la población castellana, los genoveses contribuyeron mucho a alterar la fisonomía social y económica del sudoeste de Castilla.

En efecto, desde fines del siglo XIII en Sevilla, desde principios del XV en Jerez y desde poco más tarde en varias ciudades costeras andaluzas, se establecen no simples factores comerciales italianos, sino incluso miembros de la nobleza genovesa. Llegan con sus buques, con sus capitales, con sus métodos técnico-mercantiles, con sus estrechas relaciones financieras respecto al Banco de San Jorge y otras instituciones bancarias genovesas, cuya posterior influencia en España será importante.

No tardaron en entroncar incluso con la nobleza local y, si no adquieren naturaleza castellana, sus descendientes terminarán por hispanizarse. Junto a los genoveses y en medida mucho menor, florentinos, venecianos, flamencos y tardíamente algún francés, contribuyen a dar a aquellas ciudades un cierto carácter cosmopolita.

El ejemplo de estos extranjeros influyó en la mentalidad de la aristocracia local: caballeros y miembros de la alta nobleza empezaron a dedicarse al comercio y los negocios, que dejaban de ser considerados incompatibles con los ideales de la caballería medieval y su concepto del honor y de la gloria.

No solo en Andalucía, sino al fin en toda la Península, se hace perceptible el contraste entre la nobleza que vive en el interior y la que habita las zonas periféricas y costeras; aquélla sigue viviendo de la agricultura, según la tradición; esta se dedica a toda clase de empresas y negocios, y su papel en el comercio con Canarias y África, aunque poco conocido, debió ser muy destacado.

Como lógica herencia de esta actitud, nobles sevillanos y gaditanos se incorporarán en amplia escala a todo el ciclo de negocios derivados de la colonización de América.

Bases de partida de las expediciones

Lógico resulta por todo lo dicho, que los puntos de partida de todas las expediciones de descubrimiento se hallen en el sector litoral comprendido entre Lepe y Cádiz.

En los primeros años, solo aquí podía ofrecer interés la empresa americana, prolongación natural de las navegaciones atlánticas a que durante tanto tiempo se han venido dedicando las poblaciones de esa zona costera. Además, por la situación geográfica de esta, solo desde aquí podía iniciarse cómodamente una navegación basada —como lo estaría la de Indias— en el régimen de vientos alisios.

La intervención de súbditos de la Corona catalanoaragonesa en el primer y segundo viaje colombino, es un hecho muy significativo, pero claramente esporádico.

Los marinos del Mediterráneo, tradicionales navegantes de otras rutas, no están familiarizados con los tipos de buques exigidos por el Atlántico, ni con las peculiaridades de la navegación de este; los mercaderes y banqueros catalanes dirigen también sus actividades hacia el Mediterráneo central, en dirección opuesta al lejano y problemático Oeste.

Tampoco los castellanos del Norte sintieron en general un atractivo inmediato por las empresas descubridoras, pues la pesca del centro y del norte de Europa les resultaban negocios mucho más remunerados y seguros; solo subsidiariamente y para suplir la escasez de material y personal experimentada algunas veces en Andalucía, esta requirió buques y marinos vascos o santanderinos para sus empresas de descubrimiento o de conquista.

Razones de tipo geográfico y económico actuaban, pues, para desinteresar de dichas empresas —en su momento inicial— a los núcleos hispanos más capacitados en el aspecto capitalista y de mayor experiencia mercantil e industrial: vascos y catalanes.

Hasta 1495, América, exige más improvisación, riesgo y heroísmo que especulación fría y serena. No es que careciesen vascos y catalanes de espíritu aventurero; simplemente que, por estar geográficamente lejos, tardaron un poco en ver las posibilidades que ofrecía esta aventura, y siempre ha sido insensato soltar el pájaro que se tiene en la mano por irse tras otro que vuela. Cataluña y las Vascongadas necesitaban una etapa de adaptación para orientar su estructura económica hacia las Indias; a facilitarla debió dirigirse la política de la Corona.

Mas sucedería justamente lo contrario: el particularismo castellano acentuó unas circunstancias geográficas y económicas que debía haber neutralizado. Isabel la Católica, que en otros aspectos pudo encarnar el sentido de una España completa y única, actuó aquí representando el exclusivismo de Castilla, al procurar que las Indias se incorporasen a dicho reino y que su negocio se limitase a los naturales de él. Así empezaría a quedar alejada del contacto de Ultramar, durante varios siglos, la mayor parte de España.

Más aún. Ese espíritu particularista y exclusivista se manifestó también dentro del propio rincón sudoccidental castellano, y viene a plasmarse en la concesión hecha a Sevilla de puerto único para la navegación y comercio del Nuevo Mundo, con carácter de monopolio cada vez más rígido.

Aunque muchas razones administrativas y políticas aconsejasen la adopción del monopolio, el acierto global de esta medida es discutible desde el primer momento, y no es del todo lógico invocar como antecedente de ese criterio la organización de las staples inglesas o de las hansas alemanas, que se crearon en numerosas ciudades, ni la de la Casa da Inda en Lisboa, cuya exclusiva es justificable por la reducida extensión del Portugal metropolitano.

Ahora bien, que el régimen de puerto único perdurase hasta muy entrado el siglo XVIII, fue un dislate que solo por la extraordinaria presión de los intereses creados en Sevilla y Cádiz pudo mantenerse durante tanto tiempo.

Dando por sentado el régimen de puerto único, es natural que Sevilla desplazase a todos los demás. Los puertos onubenses, tan importantes en la época inicial de los descubrimientos, se hallan en una zona peninsular relativamente excéntrica, mal comunicada con el interior de Castilla, y donde además abundan las tierras de señorío.

Sanlúcar de Barrameda, en la desembocadura del Guadalquivir, carece de un puerto abrigado y fácil de defenderse. Cádiz, con su magnífica bahía, cumple todas las exigencias imaginables desde el punto de vista náutico, pero era a comienzos del siglo XVI una ciudad pequeña, pobre, expuesta a cualquier ataque naval y bastante aislada del interior.

Sevilla, en cambio, es ya una gran ciudad, centro económico y verdadera capital de toda la Andalucía occidental; sus comunicaciones hacia el interior de Castilla son buenas y su puerto, excelente para la navegación de la época, está al abrigo de cualquier posible ataque extranjero.

Sanlúcar y Cádiz quedaron reducidos a antepuertos de Sevilla; solo más adelante, cuando el aumento de tonelaje de los buques empezó a hacer penosa la navegación del Guadalquivir, comenzó la rivalidad marítima y comercial entre Cádiz y Sevilla, decidida a favor de la primera ya a fines del siglo XVII y asegurada en 1717 con el traslado a ella de la Casa de la Contratación. Pero el nefasto monopolio no haría más que cambiar de sede, y solo sería interrumpido —tardíamente— por las leyes de comercio libre de 1778.

Descubrimiento y población

Está fuera de toda duda que el primer viaje de Colón fue una empresa exclusivamente comercial. Su objetivo básico era hallar una nueva ruta mercantil hacia los países asiáticos productores de especias; sus resultados serían hallar tierras desconocidas (próximas a Asia, según el Almirante) y dejar en el fuerte de Navidad un puñado de hombres como avanzada de una posterior factoría comercial.

Quedan así insinuadas, desde 1492, dos tipos de empresas castellana en América: la descubridora y la colonizadora.

La primera moverá a un mundillo reducido de banqueros, mercaderes y navegantes, interesará por su alcance político a monarcas, y hombres de gobierno, y perseverará en su objetivo inicial de hallar una nueva ruta marítima a la Especiería.

Una vez lograda su meta, al realizarse por Magallanes y Elcano la travesía del Pacífico y la primera vuelta al mundo (1519-1522), ha pasado la gran época de este tipo de expediciones; sus consecuencias de orden político y económico se malogran en buena parte para Castilla al ceder Carlos V la soberanía del Maluco a los portugueses (tratado de Zaragoza, 1529). Solo las islas Filipinas quedarán en el Lejano Oriente como vestigio de la renunciada presencia española.

Las empresas colonizadoras a base de factorías comerciales, fueron implantadas por Colón a partir de su segundo viaje, a beneficio exclusivo de él y de sus socios, los monarcas. Pero muy pronto interesaron a todo el pueblo de Castilla, cuya larga tradición pobladora se había forjado en la Edad Media a través de brillantes realizaciones.

La expedición de Ovando (1502) marca el comienzo de la población de las Antillas, el origen del Imperio español en América, y la incorporación del pueblo hispano a la tarea nacional colonizadora.

Ambas empresas, por lo tanto, son casi contemporáneas en su iniciación histórica, y aunque desde 1504 se hizo un gran esfuerzo por coordinarlas a través de una legislación y una política comunes, su radical diversidad destaca siempre y nos obliga a estudiarlas por separado.

Las empresas descubridoras atrajeron antes que las otras a los castellanos, pues al enfrentarse con un mundo nuevo les tentó más la aventura pasajera que el cambio de solar. Es por eso anterior el navegante al conquistador y al colono, y, por la importancia relativa de estas tres personalidades podrían distinguirse otros tantos períodos históricos.

  1. De 1492 a 1520, la era de los descubridores y navegantes, que va a producir un especialista típico: el explorador profesional.
  2. De 1520 a 1550, el período de los conquistadores, que legará otra personalidad típica, menos cosmopolita que la del explorador, más netamente española, más creadora quizá y más fecunda: la del conquistador profesional, fundador del primer gran imperio ultramarino.
  3. De 1550 en adelante, la etapa colonial, en que —tras la creación de los virreinatos— el imperio se estructura, desarrolla y estabiliza bajo sólidos moldes jurídicos y culturales; el encomendero, el funcionario, el misionero y el criollo español, vendrán a ser los tipos humanos más significativos de esta era.

Las empresas descubridoras sirvieron de preparación a todas las demás. Permanecieron relativamente fieles a la herencia del colonialismo mercantil del Medioevo italiano, y nunca perdieron su sello cosmopolita, europeizante: las inicia un genovés, las cierra un portugués.

De Colón a Magallanes, hay un Estado español que las dirige y organiza, unas tripulaciones castellanas que las realizan e impregnan de sentido nacional; pero dado su sello técnico, mercantil y capitalista, ajeno a la tradición castellana, nunca se prescindió del todo en ellas de capitales, de hombres, de recursos extranjeros.

El genio español cristalizaría en cambio, libre casi de influencias exteriores, en las empresas de conquista y colonización, más acordes con sus tradiciones pobladoras del Medioevo.

Por último, las empresas descubridoras evolucionarán hasta entroncar directamente con un aspecto parcial de la colonización hispana: la navegación y el comercio. Al explorador sucederá el piloto de las líneas comerciales; a la flotilla descubridora, los galeones de la carrera de Indias.

R.B.: CÉSPEDES DEL CASTILLO, Guillermo, Historia Social y Económica de España y América, Ed. Vicens-Vives, 1972, tomo II págs. 433-443.