Enrique IV

Biografía

King Henry IV of France
Enrique IV por Frans Pourbus el Joven

Rey de Francia, 1572-1610. Rey de Navarra. Dinastía Borbón. Cuando nació el 14-XII-1553, en Pau, de Antonio de Borbón y de Juana de Albret, nadie podía suponer que aquel niño llegaría a ser rey de Francia. Del trono de San Luis le separaban cuatro varones Valois y, en particular, el credo religioso, puesto que Antonio de Borbón le educó en el calvinismo más riguroso. En consecuencia, su destino quedó muy pronto fijado cuando estallaron las guerras de religión en 1562 y su padre pereció en una de las primeras acciones militares.

Simple rehén hasta 1567 en manos de Catalina de Médicis, que le consideraba en su doble calidad de príncipe de la sangre y de futuro rey de Navarra, Enrique fue rescatado por su madre en la fecha indicada y llevado a las filas de los hugonotes, que entonces preparaban la tercera guerra civil. A los catorce años, pues, el joven Borbón empuñó las armas, y a los quince fue reconocido jefe de los hugonotes, después de la muerte del príncipe de Condé en la batalla de Jarnac (marzo de 1569).

Durante el predominio de Coligny y de los calvinistas en la Corte, se concertó el enlace de Enrique de Borbón, que acababa de heredar el reino de Navarra y el condado de Foix, con la princesa Margarita de Valois. La boda se celebró en París, el 17-VIII-1572. A los pocos días, el 24, se producía la matanza de la Noche de San Bartolomé, de la que Enrique pudo escapar gracias al refugio que le brindó Carlos IX. Sin embargo, tuvo que abjurar la herejía (26 de septiembre) y acompañar al duque de Anjou en la expedición contra La Rochela (1573).

Durante tres años vivió en París como un prisionero, e incluso le pusieron hierros en las ventanas de sus aposentos. Logró escapar el 3-II-1576, e intervino en la guerra de los políticos y los hugonotes contra Enrique III. La paz de Monsieur (Beaulieu, mayo de 1576) le confirmó en la posesión efectiva del gobierno del ducado de Guyena. Durante ocho años vivió en el Sudeste de Francia, preparándose para una posible sucesión al trono de Francia, que ahora parecía más próxima.

Gobernó, pues, su provincia con singular acierto, dando relevantes pruebas de su capacidad política. Pese a su retorno al calvinismo (13-VI-1576), se mostró tolerante en materias de religión, gracias a los cual La Guyena sufrió muy poco en la sexta (1577) y octava (1580) guerras civiles. Lo que Enrique de Navarra quería era forjarse un instrumento político y militar que le permitiera reivindicar sus derechos al trono si llegaba este momento. Por esta causa, intrigó para obtener la jefatura del partido hugonote, que le fue reconocida a pesar de la oposición del príncipe de Condé.

Cuando en 1584 murió Francisco de Alenzón, Enrique era, de derecho, heredero de Enrique III. Pero la Liga católica, dirigida por el duque de Guisa, se opuso a su reconocimiento. Se inició en 1585 la guerra de los tres Enriques, en la que el de Navarra se ilustró en la batalla de Coutrás, aunque fue derrotado en la de Auneau (1587). La animosidad entre el rey y el duque de Guisa favoreció en este momento a Enrique de Borbón. A principios de 1588 ambos combatieron bajo la misma bandera contra París.

El asesinato de Enrique III por Clement y el reconocimiento por el monarca de la sucesión a favor del de Navarra, despejaron el camino de este (1-VIII-1588). Sin embargo, existía un inconveniente formal para que Francia le aceptara como sucesor de Enrique III: su condición de hugonote. La guerra prosiguió con mayor encono que antes, ya que Felipe II de España apoyó de modo incondicional a la Liga.

Pese a los éxitos militares de Enrique IV en Arques (1589) e Ivry (1490), debidos a su intervención personal en el fragor del combate, no pudo forzar la capitulación de la capital, plaza que fue socorrida en los momentos más apurados por las tropas de Alejandro de Farnesio (Ligny, 1590, y Ruán, 1591).

La contienda, por tanto, no llevaba camino de terminarse, cuando dos hechos precipitaron su resolución: el patriotismo francés, espoleado por la política absorbente de Felipe II, y el oportunismo de Enrique IV, quien, después de unos coloquios teológicos, decidió abjurar por segunda y definitiva vez el calvinismo (25-VII-1593). París bien valía una misa, pero no solo de pura fórmula, sino en la rectitud de las intenciones políticas del gobernante.

El 22-III-1594, Enrique IV entraba en la capital. Pero Francia todavía no estaba conquistada. Ora por dinero, ora por las armas, fueron cediendo Provenza, el Languedoc, Bretaña e infinidad de plazas y ciudades. En 1595 Clemente VIII absolvió al rey, y Mayena, jefe de la Liga, firmó la paz con él. Este fue el último acto de las guerras de religión en Francia. La intervención española, que continuaba activa (conquista de Calais, en 1596, y de Amiens, en 1597), fue eliminada con el apoyo de Inglaterra y de Holanda, gracias a una serie de brillantes acciones militares.

Por el tratado de Vervins (2-V-1598), Felipe II reconocía la monarquía de Enrique IV. Pacificada Francia en el exterior, el edicto de Nantes (13-VIII-1598) puso término a las discordias religiosas, concediendo a los hugonotes determinadas garantías. Pero el hecho importante es que el Estado había permanecido católico, y que desde él podía favorecerse la propaganda ortodoxa (en 1603 fue restablecida en Francia la Compañía de Jesús). Auxiliado por Sully, desde entonces Enrique IV puso su empeño en la reconstrucción del país, en los términos en que ya hemos aludido.

Los últimos años de su reinado transcurrieron en viva agitación, a causa de la dura política fiscal y absolutista de la Corte y de la licenciosa vida privada de Enrique IV. Sin embargo, Francia re recobraba rápidamente bajo la audaz impulsión imperialista de su soberano. Este lanzó sus miradas sobre el Norte de Italia y el Rin, es decir, hacia los puntos menos consistentes de los Austrias en Europa. Su proyecto grand Dessin consistía en debilitar la posición predominante de España en Occidente y de Austria en Alemania.

En 1610, el conflicto sucesorio de Cléveris-Juliers le proporcionó la ocasión para lanzar el poder de la Francia reconstituida en la balanza de la gran política internacional. Cuando la guerra era inminente, el puñal de Ravaillac le quitó la vida en una calle de París el 14 de mayo de 1610.R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 51-52.

Luis XIII

Biografía

Louis XII of France
Luis XIII por Philippe de Champaigne.

Rey de Francia, 1610-1643. Rey de Navarra. Dinastía Borbón. Su gobierno es el gobierno del cardenal Richelieu. Ante la figura del eminente hombre de Estado, la de Luis XIII parece eclipsarse en la penumbra o refugiarse en los marcos de la pequeña Historia. Taciturno, melancólico, gris, Luis XIII no quiso brillar ni en su mundo ni ante la posteridad. Sin embargo, no fue un hombre que se dejara gobernar con facilidad ni que rehusara interesarse por los asuntos de Estado. Al contrario, si se relegó voluntariamente a segundo término fue porque, quizá aun a despecho de su vanidad herida, supo dar su pleno valor a las cualidades de su gran ministro.

Hijo de Enrique IV y de María de Médicis, Luis XIII nació en Fontainebleau el 27-IX-1601. El asesinato de Ravaillac le dio la corona en 1610, a los nueve años de edad. Pero el gobierno fue ejercido por la regente María de Médicis, apoyada por el aventurero italiano Concini. Durante este periodo la nobleza y los protestantes lanzaron nuevos y peligrosos asaltos contra la autoridad real. Luis XIII permanecía alejado de la vida política, casi prisionero del bando de los Concinis.

Muy orgulloso de sus preeminencias y jerarquías sintió en lo más hondo esta situación. Uno de los nobles adscritos a su servicio como halconero, Alberto de Luynes, le decidió a asestar el golpe que le libraría de la humillante tutela de Concini. Obedeciendo las órdenes del monarca, el favorito de María de Médicis fue acuchillado en la puerta del palacio del Louvre el 24-IV-1617.

Entonces Luis XIII quiso gobernar por sí solo. María de Médicis fue exonerada a Blois. Realmente, quien se benefició del cambio fue Luynes, pues el monarca demostró poca energía en la política interna. El gentilhombre provenzal procuró, en primer lugar, enriquecerse y, luego, ir sorteando las dificultades que se iban presentando con oportunismo y sin programa fijo. En 1619 y 1620, gracias a la intervención de Richelieu, Luis XIII se reconcilió con su madre. Este hecho significaba el fin de la privanza de Luynes. Iba a caer en desgracia, cuando la muerte se lo llevó en 1627.

Después de un periodo de vacilaciones, en que brilló algún tanto la persona de un tal Brulart, Luis XIII decidió nombrar al cardenal Richelieu consejero de Estado. En el momento en que este entró en el Consejo (29-IV-1624), Francia tenía un dueño. Sin embargo, antes de que su situación política estuviese consolidada fue preciso que Richelieu se captara la simpatía del rey, quien solo con el transcurso de los años llegó a considerarle como indispensable en el gobierno del Estado.

En dos ocasiones Luis XIII estuvo a punto de sucumbir a las presiones de sus íntimos. Una en 1630 y otra en 1642. Hallándose enfermo de gravedad en Lyon prometió a su madre y a su esposa, Ana de Austria, que al recobrar la salud licenciaría a su ministro; pero de regreso a París, le mantuvo en el poder en la llamada journée des dupes (1630).

Más tarde, Cinq-Mars, joven escudero de Luis XIII, para quien este sentía especial predilección, conspiró con España y varios grandes franceses para derribar a Richelieu. El cardenal demostró al rey la felonía de su amigo y obtuvo su aquiescencia a la pena capital con que le condenaron los jueces (1642).

Luis XIII murió en San Germán de Laye el 14 de mayo d e1643, pocos meses después de Richelieu. Durante su reinado Francia, por obra de su gran ministro, había dado un paso gigantesco en su lucha para lograr la hegemonía política en Europa.R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, pág. 65.

Luis XIV

Biografía

Louis XIV of France
Luis XIV por Hyacinthe Rigaud

Rey de Francia, 1643-1715. Rey de Navarra. Dinastía Borbón. El apogeo de Francia en el mundo corresponde al reinado de Luis XIV, no solo desde el punto de vista militar y político sino también desde el punto de vista cultural. Recogiendo la herencia legada por el gobierno de los cardenales Richelieu y Mazarino, el Rey Sol supo dar coherencia y unidad a los grandes impulsos del pueblo que iba a vivir un momento culminante de su historia.

En él cristalizó la monarquía del Antiguo Régimen resumida en la fórmula de la realeza absoluta de derecho divino. Consciente del papel singularísimo de su persona como centro de todo un reino e incluso del Occidente de Europa; Luis se propuso ser grande en la fama y en los hechos. Tanto en el interior como en el exterior practicó, una política de prestigio, que logró grandes éxitos al ser apoyada por la potencia del mejor ejército de aquellos tiempos. Sus sueños fueron vastos, grandiosos.

Richelieu y Mazarino habían destruido la hegemonía de España en Europa; Luis XIV se proponía erigir sobre estas ruinas la prepotencia de Francia. Por segunda vez en la historia de los tiempos, modernos, un monarca iba a intentar la superación del fraccionamiento europeo, herencia del Bajo Medioevo. Como Felipe II, Luis XIV chocó con la oposición de las fuerzas nacionales y fracasó en su empresa. Pero, si no pudo organizar en Europa una jerarquía política internacional, en cambio legó al continente la cultura, los gustos y la moda de Francia, los cuales lo avasallaron durante el siglo XVIII.

Luis XIV fue un monarca que intervino personalmente en los asuntos del Estado. A pesar de que le auxiliaron en los puestos de responsabilidad ministros de la talla de Colbert, Lionne, los dos Le Tellier, etc., el Rey Sol dirigió con mano firme los negocios políticos. No fue un trabajador minucioso y detallista como Felipe II, pero en los informes y las memorias de sus ministros y secretarios, en las reuniones de sus consejos, supo distinguir lo importante de lo accesorio y dar eficacia a la acción gubernamental.

No todas sus medidas fueron acertadas, aunque, en conjunto, su reinado se caracterizó por un marcado progreso de Francia. En el aspecto de la política interior su preocupación básica fue la unidad administrativa, judicial, religiosa y económica. Todo lo sacrificó a este supremo concepto del Estado. En el aspecto exterior, quiso asumir la monarquía universal, lograda por el hundimiento de Alemania, la humillación de Holanda e Inglaterra y el avasallamiento del Imperio hispánico en el Ecumene.

Nacido en San Germán en Laye el 5-IX-1638, Luis XIV perdió a su padre cuando tenía cinco años (14 de mayo de 1643). La regencia fue ejercida por su madre, Ana de Austria, quien confió el gobierno al cardenal Mazarino. Además, este tuvo a su cargo la tutela y la dirección de los estudios del futuro soberano, misión que desempeñó a conciencia. El muchacho se mantuvo alejado de los asuntos públicos, pero experimentó un vivo interés por cuanto hacía referencia a ellos.

La Fronda causó en su ánimo una impresión imborrable, en particular cuando, con la corte, tuvo que huir de París (octubre de 1648). De estas experiencias juveniles, completadas con la visión de la gloria militar lograda por Francia en su lucha con España (las Dunas, tratado, de paz de los Pirineos, 1659), Luis XIV sacó su fuerte voluntad de mando, su sentido unitario del Estado y su orgullo como monarca de la nación más poderosa de Europa.

A la muerte de Mazarino, Luis XIV, con gran sorpresa de los nobles que le creían incapaz de gobernar por sí solo, asumió la dirección del Estado en la famosa sesión del Consejo de 9-III-1661. Tenía entonces 23 años y se proponía cumplir la fórmula política que luego corrió de boca en boca: El Estado soy yo. En efecto, desde aquel momento su voluntad fue la única ley, aunque desde luego Luis XIV aplicó esta norma para procurar lo que él creía bien de sus súbditos e inquebrantable necesidad de la monarquía.

Su vida como monarca ofrece dos aspectos muy distintos. De un lado, el gran soberano de Versalles, centro donde convergían todas las miradas y aspiraciones de una corte brillantísima, regulada por un ceremonial y una etiqueta muy rígidas; es el Luis XIV de los amores con Luisa de la Vallière y con la marquesa de Montespán, el mismo que ha dado lugar a tantas crónicas galantes de la pequeña Historia. De otro, es el trabajador infatigable de los consejos, el celoso director de la política internacional y de los problemas religiosos y económicos del Estado.

Fronteras naturales

Su reinado fue una sucesión de guerras, como no podía ser de otra manera dados los fines que se proponía alcanzar y la intranquilidad creciente que provocaron en los estados de Europa. Sus primeros pasos los dirigió a la consecución de la política de las fronteras naturales, legada por Richelieu; luego, se ampliaron en el sentido de someter a su gloria y honor todos los países que se oponían a su voluntad hegemónica; en fin, la clave de bóveda de su reinado lo constituyó el problema de la sucesión a España, cuyo desarrollo influyó en muchos de sus actos y decisiones.

Cuatro grandes guerras sirven para enmarcar los períodos del reinado de Luis XIV.

La llamada guerra de Devolución (1667-1668) fue un tanteo preliminar de fuerzas realizado a expensas de la débil monarquía de Carlos II de España, la cual perdió en la misma varias plazas fuertes de la frontera flamenca. Pero en su transcurso, Luis XIV pudo darse cuenta de que Europa no iba a contemplar con los brazos cruzados la subversión del equilibrio político establecido en Westfalia.

Holanda había sido el centro de la Triple Alianza de 1668, y contra aquella república de mercaderes el Rey Sol aprestó sus dardos de guerra. A mayor abundamiento, la política de emancipación económica nacional practicada por Colbert pugnaba con los intereses de Holanda. A la guerra diplomática, seguida de una violenta guerra de tarifas, sucedió en 1672 la conflagración bélica, en cuyo transcurso los ejércitos franceses, convenientemente reorganizados por Louvois, estuvieron a punto de aniquilar la república holandesa.

Pero el orgullo de la monarquía hizo cometer a Luis XIV un grave error político. Quiso mostrarse intransigente con los holandeses, sin prever la revolución orangista ni la recuperación de Europa, que poco a poco fue saliendo de su estupor, de la coacción o del soborno de la diplomacia francesa.

No obstante, durante esta nueva guerra (1672-1679) los ejércitos de Luis XIV ratificaron sus laureles en los campos de batalla de los Países Bajos y el Rin y la marina real triunfó en aguas del Mediterráneo. La paz de Nimega (1679) proporcionó a Francia el Franco Condado y numerosas plazas fuertes en Flandes, el Cambresis, el Henao y el Artois.

Política imperialista

El reinado de Luis XIV culmina en el período de diez años que se extiende de 1679 a 1689. Entre dos guerras, el Rey Sol inicia la política imperialista de las reuniones; pacifica el Norte de Europa imponiendo a Dinamarca y al Brandeburgo su voluntad a favor de su aliada Suecia; bombardea las plazas berberiscas de Trípoli, Argel y Chíos; cañonea Génova (1684); rompe con Inocencio XI (1687) por un menudo incidente diplomático; establece su influencia en la corte española por el matrimonio de la infanta María Luisa de Orleans con Carlos II (1679); amenaza Turquía; soborna el gobierno inglés y ayuda a Carlos II de Inglaterra a prescindir del Parlamento whig.

En fin, se juzga lo bastante fuerte para unificar la nación en un solo credo y revoca el edicto de tolerancia de Nantes (22-X-1685). En pocos años, Luis XIV se ha creado enemigos en todas partes: desde los católicos a los calvinistas; desde las potencias marítimas a las continentales.

En 1689 Luis XIV tiene cincuenta y un años. Edad avanzada para su época y para un hombre que ha vivido tanto. Poco a poco se halla desplazado de las generaciones que constituyen el nervio vital de Francia. Su matrimonio secreto con Madame de Maintenon templa y hace más severo su carácter. Ya no puede cambiar de sistemas ni de procedimientos cuando la acometida de Europa exige una agilidad cada día mayor.

Esta se produce en dos fases, separadas por una tregua, mejor que paz, de tres años. En la guerra de la Liga de Augsburgo (1689-1697) Luis XIV se defiende con brillantez en los campos de batalla del continente; pero en el mar pierde toda posibilidad de hacer frente al poder de Inglaterra y Holanda (batalla de La Hogue, 1692). Sus éxitos en los Países Bajos y Cataluña determinan a sus adversarios a pedir la paz, que Luis XIV concede de modo inesperadamente benévolo en Riswick (1697).

Este hecho obedece a sus miras sobre la sucesión de Carlos II de España, que en varias ocasiones ha sido ya objeto de negociaciones diplomáticas. En 1700 acepta el testamento del monarca español, favorable a su nieto Felipe de Anjou. Ahora comete una segunda imprudencia.

Su afán imperialista echa a Inglaterra y Holanda en brazos del pretendiente Carlos de Austria. Se inaugura, pues, la lucha decisiva de Europa contra Luis XIV. Después de unos éxitos iniciales, siguen los años de amargura. Las derrotas de Hochstädt (1704), Turín y Ramillies (1706), Audenarde (1708) y Malplaquet (1709), rompen la hegemonía militar de Francia en Europa.

Estos reveses vienen acompañados del cansancio moral de la intelectualidad, del hambre (1708) y de las tragedias familiares. Luis XIV ya no es el gran rey de Versalles. Pero aún conserva sus garras el viejo león. Y en un supremo alarde de vigor, logra esquivar una derrota aniquiladora. Denain salva el honor y el prestigio de Francia (1712).

Las paces de Utrecht y Rastatt (1713-17I4) indican el fracaso de la política hegemónica de Luis XIV, pero no su humillación. Cuando muere en Versalles, el 1-IX-1715, el balance de su reinado es positivo para Francia, pese a la bancarrota inminente de la hacienda pública y al fermento subversivo que ha hecho crecer su política de compresión a ultranza.R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 74-75.

Felipe, regente

Biografía

Felipe de Orleáns
Felipe de Orleáns, por Jean-Baptiste Santerre, en 1715

Regente de Francia, 1715-1723. Duque de Orleans, 1701-1723. Dinastía Borbón. El periodo de la Regencia de 1715 a 1723. está presidido por la persona del príncipe regente, Felipe, duque de Orleáns, personaje no desprovisto de dotes de inteligencia, e incluso brillante y sólido, pero de costumbres morales disipadas y de ideología libertina. Hijo de Felipe I de Orleáns, a su vez hijo de Luis XIII y de la princesa palatina Carlota Isabel, el segundo duque de Orleáns nació en San Cloud el 2-VIII-1674.

A los diecisiete destacó en el sitio de Mons. En el mismo año contrajo matrimonio con madmoiselle de Blois, hija legitimada de Luis XIV. Eso le atrajo la simpatía del Rey Sol. Felipe de Orleáns continuó prestando sus servicios en las filas del ejército, y participó en las batallas de Steikerque y Neerwinden (1692-1695).

En la Guerra de Sucesión a la corona española demostró de nuevo su bravura en la campaña de Italia de 1706 y en las de España de 1707 y 1708, en donde destacó en la toma de Lérida (13-X-1707).Sin embargo, sus intrigas para desposeer a Felipe V del trono español le suscitaron la pérdida de la confianza de su tío. Bajo la influencia de la Maintenon, Luis XIV vaciló en concederle la regencia de su bisnieto, Luis XV. Pero por último se la confirió, aunque restringiendo su poder con un consejo en que predominaban los principies legitimados y los partidarios de su esposa morganática.

Muerto Luis XIV el 1-IX-1715; Felipe de Orleáns demostró su habilidad política haciendo anular el testamento de Luis XIV por el Parlamento de París. Ejerció, pues, el poder durante ocho años en forma absoluta. Sin embargo, la nobleza parlamentaria se cobró su benevolencia poniendo de nuevo en vigor el derecho de reclamación. Al mismo tiempo, la aristocracia pretendió gobernar, y los ministros de Luis XIV fueron sustituidos por una polisidonia.

El jansenismo levantó cabeza y provocó una nueva oleada de intranquilidad religiosa. Para acabar de redondear este cuadro, las costumbres imperantes fueron sumamente licenciosas. En 1718 se produjo una viva reacción absolutista, tanto por el fracaso del gobierno de la aristocracia como por las excesivas veleidades de los parlamentos. Asimismo, siguiendo los consejos de su antiguo preceptor, el abate Dubois, elevado a la silla archiepiscopal de Cambrai, se puso término a la agitación jansenista (1720).

Pero no pudo poner coro a la descomposición moral, ya que la vida del propio regente era muy poco ejemplar. En estos años tuvo lugar la experiencia del escocés Law, a quien Felipe dio una confianza inteligente, pero que fracasó por prematura (1716-1720). En política exterior, las principales preocupaciones provinieron al regente de la corte de España, pues si de un lado Felipe V ambicionaba la regencia o la corona francesa, Alberoni se proponía deshacer los últimos tratados de paz.

Dubois aproximó al regente a Inglaterra y Holanda (1717), con cuya alianza fue posible poner fin a la política del ministro español en el Mediterráneo, después de una breve guerra (1719). Al advenir la mayoría de edad de Luis XV (15-II-1723), Felipe de Orleáns ejerció el cargo de primer ministro del monarca, el cual desempeñó hasta su muerte, acaecida en Versalles el 2 de diciembre del mismo año.R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, pág. 100.

Luis XV

Biografía

Louis XV of France
Luis XV retratado por Maurice Quentin de La Tour en 1748.

Rey de Francia, 1715-1774. Rey de Navarra. Dinastía Borbón. La monarquía de los Borbones declina en Francia con ese monarca despreocupado, galante y sensual, que no tuvo en cuenta más que sus caprichos personales. El sistema del absolutismo del Antiguo Régimen requería en la jefatura del Estado a un hombre que se percatara de las necesidades de la nación y que se entregara con cuerpo y alma a procurar el bien de la monarquía.

Luis XV no fue, desgraciadamente, de estos hombres que son los primeros servidores del Estado. En consecuencia, en él recae en primer lugar la responsabilidad por el desgobierno que hizo inevitable el movimiento revolucionario en Francia. Durante su reinado hubo ocasiones en que pudo esperanzarse un cambio de rumbo. Pero Luis XV perdió esas oportunidades en el infecundo devaneo con sus favoritas y con los ministros y generales incapaces, elevados a sus dignidades por la influencia femenina.

En realidad, a partir de la muerte del cardenal Fleury en 1743, la historia del reinado de Luis XV, pese a cuanto se diga para rehabilitarlo, es la historia de las intrigas de la duquesa de Chateauroux, de la marquesa de Pompadour y de madame du Barry.

A Luis XIV había de suceder su biznieto. Su largo reinado había consumido las vidas del Gran Delfín y de su hijo primogénito, Luis, duque de Borgoña. Fruto del matrimonio de este con María Adelaida de Saboya fue Luis XV, quien nació en Versalles el 15-II-1710. El 18-II-1712 fue declarado delfín, y a los cinco años de edad, el 1-IX-1715, se le proclamó rey de Francia a causa de la muerte de Luis XIV.

La regencia fue desempeñada por el Duque de Orleans. El niño-rey estuvo confiado al obispo Fleury, quien logró educarlo en unos sanos principios morales, aunque luego los echara en descuido. Creció muy delicado, de salud, hasta el punto de que en más de una ocasión su tío Felipe V de España pudo esperar que le sucedería en la corona de Francia.

En 1723 fue declarado mayor de edad. El gobierno del Estado recayó en el duque de Borbón, quien actuó de modo irresponsable. En 1725 dio al rey en matrimonio a la princesa de Polonia María Leszczynska, hija de Estanislao I, la cual fue víctima, ulteriormente, de los caprichos amorosos de su regio consorte.

Este periodo de desgobierno terminó en 1726. La administración de Estado fue confiada al cardenal. Fleury, quien en el transcurso de diez años supo restablecer la prosperidad y el crédito internacional de Francia. Con la colaboración del ministro Orry recuperó el déficit de la hacienda pública. Al mismo tiempo, a pesar de su actitud pacifista, obtuvo en la guerra de Sucesión de Polonia positivas ventajas territoriales para Francia (1733-1738).

Muerto Fleury en la fecha expresada, Francia careció en adelante de cerebro director. Ciertamente, existían notabilidades que habrían podido dar gran rendimiento en el gobierno e incluso a algunos ministros no les faltó capacidad en el ejercicio de sus cargos. Pero todo había de subordinarse a las injerencias de las favoritas del rey en la política.

Después de una juventud casta, Luis XV se había lanzado a la vida galante en 1737. En 1745 conoció a Antonieta Poisson d' Etioles, a la que hizo su amante y marquesa de Pompadour. Durante casi veinte años esta dama fue predominante en las intrigas de la corte y en el desgobierno de la monarquía.

En realidad, parte de las responsabilidades recaen en el propio Luis XV, tímido, irresoluto y vacilante en cuantos problemas era preciso abordar.

La guerra de la Sucesión a la corona austríaca (1740-1748), en la que el ejército francés había dado aún pruebas de su capacidad combativa, terminó en la para Francia incomprensible paz de Aquisgrán. Si en esta lucha Luis XV recogió solo laureles, en la guerra de los Siete Años (1757-1763) se puso en evidencia el fracaso del régimen.

Ni el ejército, ni la marina, en el gobierno, ni la administración funcionaron adecuadamente. La materia prima era buena, pero la dirección incapaz y defectuosa. Derrotada por Prusia en Alemania y por Inglaterra en la India, el Canadá y los mares, Francia tuvo que aceptar el humillante tratado de París de 1763. De un solo plumazo perdía su primer imperio colonial.

Medidas inmediatas que acordó la corte para reparar el gran desastre: la expulsión de la Compañía de Jesús (noviembre de 1764), acordada por Luis XV, después de muchas vacilaciones, a instancias de la Pompadour y del duque de Choiseul. Parece ser que en los últimos años de su vida Luis XV se dio cuenta de que ante él se abría el abismo.

Entonces quiso reforzar el absolutismo, y sostuvo a Maupeou cuando este ministro acordó la supresión de los Parlamentos. Tal medida provocó un malestar general. En este ambiente de disgusto popular murió Luis XV, en Versalles, el 10-V-1774, legando a su joven sucesor una herencia onerosa y fatal.R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, pág. 122.

Luis XVI

Biografía

Louis XVI of France
Luis XVI por Antoine-François Callet

Rey de Francia, 1774-1789. Rey de Navarra. Dinastía Borbón. Consideremos su figura con el respeto que se merece. No fue la de un gran político, pero sí la de hombre honesto, bondadoso y amante del bienestar de la nación. Excelente padre de familia, celoso guardador de los principios legales, habría podido ser buen monarca en tiempos menos difíciles que los que vieron el vendaval revolucionario de fines del siglo XVIII.

Pero ante el desencadenamiento de las pasiones, ante la crisis constitucional y el torbellino de los intereses que se hundían, Luis XVI no supo adoptar un camino claro —quizá con la intención de evitar males mayores a Francia—. Aquella hora histórica exigía una actitud definida: o con la revolución o con la contrarrevolución. Navegar en los procelosos mares de las Asambleas revolucionarias, aceptar los símbolos y los hechos de la revolución, y negociar simultáneamente con las potencias extranjeras para reprimirla, era un juego mortal.

En él perdió la cabeza Luis XVI. A través de la perspectiva histórica este fue su sacrificio personal en el altar de muchos hogares franceses. Porque no todos podían hallar, más allá de las fronteras, el cómodo refugio de los emigrados de la gran aristocracia. Luis XVI quiso ser un dique que canalizara y regularizara el torrente de 1789. Su fracaso no mengua su personalidad. El valor con que hizo frente a la muerte, le ennoblece más que su nacimiento.

Hijo del delfín Luis y de María Josefa de Sajonia, Luis XVI nació en Versalles el 24-VIII-1754. A los once años, el 21-XII-1765, por muerte de su padre fue declarado heredero de la corona; a los dieciséis casó con la princesa María Antonieta de Austria (16 de mayo de 177o) y a los diecinueve, el 10 de mayo de 1774, se inició su reinado en medio del fervor popular, pues se sabía que, el nuevo monarca era hombre honesto y justo.

Reunía estas cualidades, en efecto; pero no las de firmeza y coherencia de criterio. Sus primeros pasos los orientó hacia las ideas reformistas. En 1774 nombró un ministerio en que figuraron Turgot, Saint-Germain, Sartine y Vergennes. El primero inició una serie de grandes reformas fiscales, económicas y administrativas; pero, ante la oposición de los privilegiados, Luis XVI claudicó y aceptó su dimisión (1776). De modo semejante terminaron las reformas de Saint-Germain en el ramo de guerra.

Una segunda oportunidad se presentó al monarca en la persona del banquero Nécker, quien por procedimientos fiscales extraordinarios logró cubrir los gastos de la intervención de Francia en la guerra de independencia de los Estados Unidos. En 1778 Nécker intentó llevar a la práctica un programa de reformas parecido al de Turgot; pero fue derribado por la misma coalición de intereses. Con él se extinguió el último intento reformista antes de la conmoción revolucionaria.

Luis XVI depositó luego su confianza en Calonne, hechura del conde de Artois. La monarquía vivió a base del crédito y del empréstito, hasta que la situación llegó a ser tan apurada que no cupo más remedio que exponerla al país. Las reformas de Calonne fueron rechazadas por la Asamblea de Notables (1787). Su sucesor Lomenie de Brienne, le fue impuesto por la camarilla de la reina. La debilidad de la monarquía era notoria, y los privilegiados obtuvieron la convocatoria de los Estados Generales.

Apenas estos inauguraron sus sesiones el 5 de mayo de 1789, se vio que ni el rey ni sus ministros serían capaces de dominar los acontecimientos Después del juramento del Juego de Pelota, Luis XVI quiso imponer su voluntad a los representantes del Tercer Estado sobre la forma de votación (23 de junio), sin lograrlo por no emplear la energía suficiente.

En este día la revolución moral estaba consumada, pues la soberanía pasó a manos de la Asamblea Nacional Constituyente. A mayor abundamiento, cuando el monarca pretendió rodearse de una guardia que respetara la libertad de sus decisiones y reclamó a su lado las tropas del mariscal de Broglie, pudo todavía dar un golpe contrarrevolucionario. Lo intentó el 11 de julio licenciando por segunda vez a Nécker. Pero al triunfar la sedición en París tres días más tarde, se inclinó ante el hecho consumado y, sin lucha, se dejó llevar a la capital el 17 de julio para festejar la toma de la Bastilla y el advenimiento de la revolución.

Estas vacilaciones fueron fatales para la causa de la monarquía. Luis XVI se mantenía adversario acérrimo de la obra de los diputados de la Constituyente, pero no sabía hallar el camino que podría salvar su trono. Unas veces disuadía a los que pedían soluciones de fuerza y otras se dejaba tentar por los mismos. Así, a fines de septiembre de 1789 autorizó de nuevo la presencia de tropas en Versalles.

El banquete dado a la oficialidad de los Guardias de Corps el 1 de octubre provocó la marcha de las turbas parisinas sobre Versalles. El 6 de octubre invadieron el palacio y ultrajaron la persona del monarca. Este, con su familia, se trasladó a París, verdaderos prisioneros en manos de los exaltados de la capital.

Durante un año los constitucionalistas del tipo de La Fayette ofrecieron al rey su colaboración política, sin hablar de Mirabeau, el cual se había dejado comprar por la corte. El 14-VII-1790 la autoridad de la monarquía parecía restablecida; no obstante, el rey y la revolución no podían concordar, porque esta destruía principios tan sagrados para Luis XVI como la catolicidad de Francia.

A partir del mes de octubre de 1790 pensó seriamente en huir de París. Cuando murió Mirabeau en abril de 1791, decidió poner en práctica su plan de fuga. Realizado el 20 de junio siguiente, fracasó al ser reconocida la comitiva regia en Varennes. La Constituyente depuso al rey de sus funciones. Pero ante la agitación democrática, la burguesía se reconcilió con el trono a base de la constitución liberal y censitaria que acababa de votar. Luis XVI fue repuesto el 14-IX-1791, después de jurar la nueva constitución de Francia.

El conflicto parecía haberse solventado. Sin embargo, la intranquilidad era notoria. Los girondinos de la Legislativa querían la guerra contra Austria y también la corte la deseaba, aunque con esperanzas opuestas. En realidad, la guerra revolucionaria fue la perdición de unos y otros. Cuando las tropas francesas sufrieron los primeros y graves reveses militares, los sansculotes quisieron atentar contra el monarca; pero les contuvo la digna actitud de este (20 de junio).

Luego, las secciones de París, agitadas por los Cordeliers, dieron el golpe de Estado de 10-VIII-1792. El palacio de las Tullerías fue asaltado. Luis XVI se puso a salvo bajo la protección de la Legislativa, la cual dispuso su detención en el Temple. El 21 de septiembre la Convención decretaba la deposición de la monarquía.

Aún no había bebido Luis XVI su cáliz de dolor. La Montaña exigió su proceso, el cual fue votado el 3 de diciembre, después de haberse hallado en la caja secreta del palacio de las Tullerías documentos que comprometían, sin duda, al monarca. Sin embargo, su proceso no fue legal, sino extraordinario y político.

El 11 de diciembre tuvo lugar su interrogatorio, en cuyo transcurso Luis XVI se defendió de modo inabordable desde el punto de vista jurídico y emocionante desde el punto de vista humano. Los girondinos quisieron salvar su cabeza; pero no tuvieron valor para enfrentarse con las masas.

La Convención decretó de muerte el 16 de enero de 1793 por 387 votos contra 334, y por 380 contra 310 rechazó la propuesta girondina de diferir la ejecución de la sentencia. En la mañana de 21 de enero de 1793 la sangrienta parodia terminaba con el suplicio de Luis XVI en la guillotina.

R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 124-125.

Luis XVIII

Biografía

Luis XVIII de Francia
Luis XVIII, rey de Francia

Rey de Francia, 1814-15/1815-24. Rey de Navarra. Dinastía Borbón. Su vida, fue, en parte, una gran pugna por la realeza. Inteligente, espiritual, de juicio recto y despierto, el que había de ser Luis XVIII vio obstaculizado su camino al trono, primero por el delfín Luis (XVII), luego por la Revolución francesa, y más tarde, por dos veces por Napoleón I.

Llegó a ocuparlo después de los Cien Días y en pleno apogeo del espíritu de la Restauración. Lo más significativo de su vida fue que, al ceñir la corona de Francia, olvidó sus angustias como príncipe emigrado y supo gobernar para todos los franceses. Luis XVIII restauró Francia en el pleno sentido de la palabra. Fue el último gran señor del siglo XVIII, con sus ribetes de volterianismo y su espíritu acogedor y tolerante.

Luis Estanislao Javier, conde de Provenza, nació en Versalles el 17-XI-1755, tercer hijo del delfín Luis y de María Josefa de Sajonia. Fue educado en los principios tradicionales por el duque de Vauguyón, pero su intelecto se inclinó por los escritos de Voltaire y los enciclopedistas.

Al subir la trono su hermano mayor, Luis XVI, en 1774, adquirió cierto relieve en la corte como presunto heredero de la corona. Pero el nacimiento del delfín Luis, el 28-III-1785, frustró sus esperanzas inmediatas.

Durante este periodo brilló en los salones como hombre agudo y de felices recursos en el hablar; compuso algunas poesías. Políticamente intervino en la Asamblea de Notables de 1787 y se manifestó contrario a la política veleidosa y egoísta de la corte, dominada por María Antonieta.

Durante la Revolución francesa permaneció en el país hasta junio de 1791, quizá con la esperanza de reemplazar a su hermano. Luego emigró y se refugió en Coblenza, centro de la actividad contrarrevolucionaria. Aclamado como jefe de los realistas, el conde Lille —que tal fue su nombre como emigrado— realizó una política propia, a veces opuesta a la de Luis XVI.

A la muerte de este, en enero de 1793, asumió la regencia en nombre de su sobrino, el delfín. Más tarde, cuando se supo el fallecimiento del príncipe Luis (8-VI-1795), adoptó el título de Luis XVIII en Verona.

Cuando Bonaparte dio el golpe de estado de Brumario (1799), Luis XVIII creó llegado el momento de la restauración de la dinastía. Pero se engañaba. Entonces precisamente empezaba para él una época de inseguridad.

Las victorias napoleónicas le obligaron a refugiarse en Colmar (Suecia) en 1804; en Mittau y Varsovia, y, finalmente en Inglaterra, a partir de 1707. Aquí vivió muchos años en Hartwell, en el condado de Buckingham, hasta las derrotas de Napoleón en 1812 y 1813 hicieron nacer nuevas esperanzas para su restauración

En efecto, apoyado por los aliados, Luis XVIII entró en París el 2-V-1814. Pero el nuevo monarca no entendía ser rey a sueldo extranjero. Desde sus primeros actos de gobierno demostró que no debía la corona a nadie, más que a su propia ascendencia. Comprendiendo que entre él y el reinado de su hermano mediaba un abismo de reformas, procuró resolver el conflicto otorgando a Francia una carta constitucional.

Sin embargo, los excesos de los ultras, el problema del ejército y las inevitables desilusiones favorecieron el regreso de Napoleón de la isla de Elba. Luis XVIII huyó de París el 19-III-1815 y se refugió en Gante. Después de Waterlóo, recobró la corona.

El 8-VII-1815 entraba de nuevo en la capital de Francia; pero esta vez su posición era mucho más difícil. Sin embargo, ahora demostró sus excepcionales cualidades de buen tacto y sentido común. Luis XVIII supo mantener el equilibrio entre los ultras y los liberales. Cumplió escrupulosamente la carta de 1815.

Gracias a la actividad de su gobierno, Francia fue readmitida entre las grandes potencias (Aquisgrán, 1818). En el aspecto interior, propugnó los gobiernos moderados del duque de Richelieu y de Decazes, hasta que el asesinato del duque de Berry en 1820 determinó un cambio de orientación, marcado por la Cámara Retrouvée, el ministerio Villèle y la expedición de los Cien Mil Hijos de San Luis a España (1823).

Luis XVIII murió el 16-IX-1824 con la confianza de que había asegurado la restauración de su casa en el trono de Francia.R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, págs. 179-180.

Carlos X

Biografía

Carlos X de Francia
Carlos X de Francia por François Gérard

Rey de Francia, 1824-1830. Rey de Navarra. Dinastía Borbón. El conde de Artois. Con este nombre el que luego fue Carlos X de Francia llena muchas páginas de la historia de la contrarrevolución, tanto en los días del exilio como en los de la monarquía restaurada. Fue siempre un espíritu leal, abierto e inteligente; pero le faltó la agilidad política de su hermano, Luis XVIII, para mantener el equilibrio simbolizado por la carta constitucional de 1814. Su actuación como monarca precipitó el alzamiento de la burguesía liberal en julio de 1830.

Carlos Felipe, conde de Artois, era el cuarto hijo del delfín Luis y de la princesa María Josefa de Sajonia. Nacido en Versalles el 9-IX-1857, en su juventud no destacó por ninguna cualidad positiva, sino por la mucha disipación de sus costumbres.

Adversario de la Asamblea de Notables, se convirtió poco a poco en el jefe del partido monárquico cortesano. En los días iniciales de los Estados Generales de 1789, actuó con gran decisión para evitar el desencadenamiento de la acción revolucionaria.

Por esta causa, huyó de Versalles el 17-VII-1789, tres días después de la toma de la Bastilla. Por su rango fue el jefe de los emigrados, aunque su actuación no fue aprobada en muchas ocasiones por el conde de Provenza, el futuro Luis XVIII. El conde de Artois provocó la declaración de Pillnitz (1791) y desembarcó en Francia en 1795 para alentar a los vendeanos. El fracaso de esta tentativa le hizo desesperar de su causa.

Se estableció en Inglaterra, donde vivió hasta la derrota de Napoleón en 1814-1815. El 12-IV-1814 entró en París como lugarteniente general del reino, y lo hizo por segunda vez el 8 de julio después de los Cien Días.

Durante el reinado de Luis XVIII fue el caudillo del partido ultrarrealista, provocando discrepancias en el seno de la familia real. El asesinato del duque de Berry (1820), su hijo, le confirmó en su opinión política. Se impuso a su hermano, quien nombró al ministro Villèle. Carlos X ascendió al trono el 16-IX-1824.

Desde este momento la monarquía, el ministerio y la Cámara eran partidarios de un legitismo a ultranza. El nuevo rey acentuó aun más la nota conservadora; se hizo consagrar en Reims (mayo de 1825) y apoyó la política de Villèle respecto a las leyes sobre las congregaciones, el sacrilegio y el millard de los emigrados.

Las elecciones de 1827 demostraron que la burguesía era partidaria de una política más moderada. Villèlle comprendió el mensaje electoral y presentó la dimisión. Carlos X, después de un ensayo liberal con Martignac, nombró un ministerio adicto, presidido por Polinac. Habiendo sufrido dos derrotas electorales sucesivas (1830), el gobierno publicó las Ordenanzas de 25 de julio, de cuya legalidad no dudaba Carlos X ni por un momento.

El 2 de agosto, Carlos X abdicó en su nieto, el duque de Burdeos, desde Saint Cloud, pues había abandonado la capital el 30 de julio. Sin querer provocar una efusión de sangre, ya que a su llamamiento las provincias se habían unido a su causa contra París, se embarcó en Cherburgo para Inglaterra (16 de agosto).

En 1832 el conde de Ponthieu —como se hacía llamar desde su abdicación—, se trasladó a Bohemia. Murió más tarde en Gorizia, a causa del cólera, el 6-XI-1836.R.B.: VICENS VIVES, Jaime, Mil Figuras de la Historia, Ed. Instituto Gallach, 1944, Tomo II, pág. 182.